No es de extrañar que el cuento de Henry James titulado “Lo Real” haya dado lugar a innumerables comentarios e interpretaciones, pues en
las pocas páginas que lo componen el autor ha conseguido condensar uno de los
dramas más universales del ser humano: la relación entre
lo ideal y lo real.
En el primer párrafo del texto se nos anuncian tanto el inicio de una experiencia
como el desenlace de la misma.
“Cuando la esposa del conserje, que solía
contestar el timbre, anunció «Un caballero y una dama, señor», tuve, como me sucedía a menudo por esos días - el deseo es padre del pensamiento - la intuición inmediata de que debía tratarse de modelos. Modelos eran en este caso mis visitas, pero no
en el sentido en que lo habría
preferido.”
Estamos frente a la intuición del protagonista del relato, el pintor, que como
toda intuición no es sino la expresión de un deseo: el deseo, en este caso, de convertirse en un verdadero
artista. Por eso prefería encontrarse con unos modelos que le sirvieran como vehículo de este deseo a conseguir nuevos clientes que le proporcionaran
una ganancia económica.
Pero en el segundo párrafo se nos anticipa el final de la historia, pues nos dice que no
fueron los modelos que él
habría
preferido.
El significante “modelo”
vertebra toda la narración, a la
vez que va cobrando distintas significaciones a lo largo de la misma. Notemos
que en determinado momento el pintor nos transmite que la palabra “modelo” es fea y puede tener un carácter peyorativo.
Trataré de exponer las aportaciones que me ha proporcionado este relato
para explicar con más
claridad algunos de los términos que utilizamos habitualmente en la práctica
psicoanalítica y que, como suele ser habitual, cobran su máxima expresión en la capacidad que tienen los poetas para mostrar los secretos
resortes de la subjetividad humana.
Comencemos por preguntarnos ¿de qué eran modelos estas dos
personas que llaman a la puerta de un pintor? De lo que es un caballero y una
dama. Ellos constituyen la quintaesencia de una presencia varonil imponente y
una distinción femenina inigualable. Al mismo tiempo, la unión de
ambos representa el modelo más logrado de lo que debe ser la pareja hombre mujer. Un autentico
matrimonio “comme il faut”. Respecto a las
diferencias sexuales, el psicoanálisis descubre, desde sus inicios, que la
relación entre los sexos no responde a ningún
fundamento natural o instintivo. El hecho indiscutible de que habitamos en un
mundo de palabras tiene como consecuencia la pérdida de ese conocimiento que
por la vía de una transmisión
genética determina la diferencia macho/hembra en las
especies animales. Para los seres hablantes,hacerse hombre o mujer se convierte
en un trabajo extremadamente complejo, pues nos faltan los rieles naturales y
nos sobran las palabras. Podemos producir miles de combinaciones de
significantes para tratar de cernir qué es lo masculino y es qué lo femenino, tantas más cuanto que ninguna es suficiente, pues resulta imposible la definición última e
inequívoca
de qué es ser hombre o ser mujer.Enfrentados a la falta
de un conocimiento natural y a los embrollos del lenguaje, tendremos que
conquistar una identidad sexuada masculina o femenina independientemente de
nuestra genitalidad.
Pongamos el acento en el término “identidad”, porque nos da la clave de la pasta con que se construyen las
diferencias sexuales y de la fragilidad que las caracteriza.Nos hacemos de uno
u otro sexo por vía de las identificaciones a los modelos que nos vienen del Otro del
discurso, pero no elegimos cualquier modelo sino aquellos que elevamos a la
categoría del ideal. Como le dice el Sr Monarch al pintor, al descubrir que le
ha sustituido por un nuevo modelo masculino: “¿Él es la idea que usted tiene de un caballero inglés?”
Efectivamente, lo que está
en juego son las ideas, o más
precisamente los ideales con los que se fabrican los semblantes de lo que deberían ser los caballeros y las damas. Estos semblantes, en la medida que
responden al registro de los ideales, son susceptibles de cambiar en el tiempo
y en el espacio. El señor Monarch encarna el ideal de un caballero inglés del siglo XIX,
así como su esposa representa el ideal femenino de esa época.La genialidad del autor consiste en crear un relato en el que se
nos va mostrando el drama que subyace bajo cualquier ideal que trate de
llevarse al extremo de su realización.
En la clínica tenemos ejemplos de los estragos que produce en algunos sujetos
su intento desesperado de alcanzar el ideal a cualquier precio. La anorexia es,
en muchas ocasiones, el resultado de un afán de
perfeccionismo que no encuentra un límite que lo frene o que solo lo encuentra con la
muerte.
El señor y la señora Monarch han apostado en la vida por encarnar, con
su propio cuerpo, la imagen ideal más próxima a lo que se supone
que sería valorado por la mirada del Otro. El Otro me ve en la forma que a mí
me place ser visto, y de está manera me aseguro un lugar en el mundo. Pero se trata de un lugar
forzado que condena al sujeto a reducirse a la condición de un
bello objeto petrificado, que adorna la escena para la mirada de todos. Ellos
ofrecen su imagen para ser fotografiados o retratados, y el pintor se ve
llevado sin darse cuenta a evaluar sus figuras como si se tratara de animales a
la venta o de negros esclavos útiles. Vemos asomarse en este comentario la vertiente de la degradación,
compañera inseparable de la idealización. Podríamos decir que toda imagen ideal encierra en sí misma un objeto
abyecto, inmundo, execrable, y es a este objeto al que los psicoanalistas le
daríamos un estatuto más cercano a lo real. El ideal cubre lo real, pero también señala su existencia. Ambos funcionan como una especie de banda de
Moebius, en la que el sujeto pasa sin solución de
continuidad de lo sublime a lo siniestro, de la belleza al horror, de lo amable
a lo rechazable. Aviso para navegantes: no conviene encarnar la imagen ideal,
pues su contrapartida es demoledora. Antes o después se
producirá la coincidencia del significante ideal con ese objeto insoportable que
es un indice de lo real. Pero no confundamos lo real al
que se refiere el psicoanálisis con la noción de
realidad.
Precisamente Jacques Lacan orientó toda su
enseñanza hacia la distinción entre lo
Real, lo
Simbólico y lo Imaginario. La realidad, que siempre es
subjetiva, se configura con elementos imaginarios y simbólicos
que van tejiendo esa trama con la cual cada uno trata de dar un sentido a su
existencia. Por contra, lo Real es
aquello que escapa a esta construcción, lo que de la existencia no se deja definir con
las palabras o representar mediante las imágenes. Es ese resto de nuestro ser que desconocemos completamente y en el
que, sobre todo, no podemos reconocernos. Lo más
intimo y a la vez lo más
extranjero: lo
“éxtimo" (neologismo inventado por Lacan). El problema surge cuando se
superponen el ideal y el objeto “éxtimo". Freud supo analizar este fenómeno en
un texto titulado “Psicología de las masas y análisis del yo”, en el que demuestra que las masas se constituyen en el
momento que se produce una conjunción entre un discurso de grandes ideales y un
pequeño rasgo, sin sentido, que detenta aquel que lidera este discurso. El
ejemplo que Lacan utiliza es el del movimiento nazi en el que el bigotito de
Hitler se juntó
con el ideal de grandeza de la nación alemana, dando lugar a un efecto de identificación masivo. Todos iguales al líder y todos iguales entre sí.
Cuando esto se produce, el ideal se transforma en esa figura obscena,
cruel y sádica, a la que denominamos superyo. Y hemos de decir que todo ideal es
susceptible de convertirse en un mandato del superyo que exige rendimientos
imposibles mediante un funcionamiento circular imparable, pues cuanto más sacrificios se le entregan, más castiga y más reclama. El superyo, voraz e insaciable, se alimenta de los ideales
hasta convertirlos en una tiranía bajo la cual el sujeto queda aplastado. Dicho de otro modo, el
superyo tiene la facultad terrible de transformar los ideales benéficos en
imperativos mortales. Por ejemplo, el ideal social de la felicidad, del
disfrute o de la búsqueda de la satisfacción, nos puede volver locos cuando se
transforma en un imperativo. Asimismo, cuando el ideal de la belleza y de la
eterna juventud se convierte en un imperativo puede llevar al sujeto a su ruina
(como en el relato de James), incluso a la muerte. En ese sentido, el mundo de la moda es uno de los sectores en los que la
circularidad del superyo produce mayores estragos. Los modelos tienen que
habitar en un medio donde las exigencias de perfección son llevadas al
paroxismo. La imagen del cuerpo se convierte en un imperativo tan voraz que no
hay suficiente delgadez, ni belleza, ni juventud, que pueda satisfacerlo. La
voz del superyo sigue pidiendo todavía más: más delgadez, más impacto, más belleza,
más perfección, produciendo el efecto espectral de un mundo convertido en
imagen.
Pero volvamos al relato de Henry James, y al devenir de esta pareja
ideal que, por circunstancias no del todo claras, ha caído en
la ruina más absoluta y se ve obligada a utilizar el único
capital que le resta: su imagen perfecta. Esa imagen les ha petrificado como
estatuas inmóviles, y les condena a jugar siempre el mismo rol aunque su mundo haya
cambiado. Nadie quiere contratarlos para trabajos menores, porque su aspecto
produce en los otros prejuicios insuperables. Presos de esa cáscara bajo la
cual no se atisba el sujeto, no consiguen servir para nada. Solo pueden
representarse a sí mismos, y su falta de ductilidad les convierte en maniquíes sin alma, objetos
emblemáticos (lo ideal) que poco a poco se transformarán en objetos execrables (lo real).El significante “execrables” sale de la
boca de Jack Hawley, el critico amigo del pintor quien, con una mirada fresca, analiza
las ilustraciones para las que habían
posado los Monarch, y le dice que con este trabajo
se ha apartado de su meta artística dejándose llevar por las tipificaciones, que esas figuras eran
completamente estúpidas, y que, en definitiva, se trataba de esa gente a la que es preciso
poner en la puerta.
Al principio al pintor le divierte imaginar a esta pareja en todas las
facetas de su vida, pues le resultaba extremadamente fácil
hacerse una idea de su modo de vida, de sus gustos o sus gestos. No es que
fueran superficiales, sino que sabían lo que había que hacer para guardar la compostura que se espera de un caballero y
de una dama. Como si acaso esto fuera un asunto simple y natural. Más adelante lo divertido va dando lugar a un tremendo aburrimiento:“Me aburrían mucho; pero el mismo hecho de que me aburrieran me impedía sacrificarlos. Tengo de ellos la visión de su
permanencia en mi estudio, sentados contra la pared en el viejo banco de
terciopelo que luego iría
la basura”. En esta frase se anuncia que el destino de los
Monarch será
muy similar al del banco de terciopelo, convertirse
en objetos desechados por inservibles.
Efectivamente, los Monarch no servían a
los fines del arte, porque lo fundamental no es que el modelo se adecue al
ideal sino que transmita un punto de perversión, algo
fuera de la norma que se acerque más al sujeto en su complejidad, que a la apariencia de la persona.
Solo en una ocasión la Sra Monarch dejó
traslucir un rasgo que rompe
fugazmente con el molde imaginario, precisamente cuando se ofreció
a retocar el peinado de su rival,
Miss Churm, quien la había desplazado definitivamente de su trabajo. En ese momento el pintor
captó en ella una mirada que jamás podrá olvidar y que, esta vez sí, le
hubiera gustado pintar.
Para captar la subjetividad, nos
dice el pintor, es necesario omitir lo ideal. Esta aseveración se emparenta completamente con
la que sostiene el psicoanálisis, y en ese sentido la práctica analítica defiende una orientación que entra en consonancia con el
objetivo del arte. Ambos discursos tratan de ir más allá del campo de las representaciones
imaginarias, de las apariencias y de los lugares comunes, hasta tocar esa
extimidad de lo real que condiciona la vida humana.
El resorte fundamental de la
experiencia analítica es mantener la distancia entre lo ideal y lo real. Para ello, el
sujeto en análisis tendrá que atravesar las identificaciones idealizantes que le sitúan en el desconocimiento de sí
mismo y de lo real que lo determina. De no ser así, el ideal y lo real se juntarán, y entonces el sujeto puede ser
conducido, sin saberlo, hacia ese destino representado en este relato por el
señor y la señora Monarch, quienes pasan de encarnar el ideal admirado por todos a convertirse
en el objeto insoportable que nadie quiere tener a su lado.
Finalmente son dejados caer como
un resto excluido de la sociedad.
Rosa López