Mostrando entradas con la etiqueta MUNRO ALICE - Amistad de Juventud. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta MUNRO ALICE - Amistad de Juventud. Mostrar todas las entradas

viernes, 3 de enero de 2014

Apertura de la tertulia 48. Comentario de Ana Castaño sobre Amistad de Juventud, de Alice Munro

Agradezco a los organizadores, Gustavo Dessal, Miguel Alonso, y especialmente a Alberto Estévez, por la invitación a participar en esta tertulia de la que soy fiel seguidora, así como de su blog y sus recomendaciones de lecturas. He de decir que me siento muy afortunada con la oportunidad que se me ha brindado de “estrenarme”, de ser mi primera intervención en ella, con  esta “maestra del relato corto” galardonada con el Nobel de Literatura de este año. Hacía muchos años que no se premiaba este género literario, así que estamos de enhorabuena. Por cierto los cuentos de Alice Munro pueden ser un estupendo regalo para las fiestas que se avecinan.

Me ha sorprendido mucho cómo de la lectura de este cuento pueden desprenderse diversos rasgos sobre el modo de hacer de está  genial escritora. Desde el principio nos encontramos con una escritura lisa y serena en la que lo desorbitado irrumpe en una aparente calma y poco a poco se va dibujando la tragedia, tragedia que está en lo cotidiano de la vida (dos hermanas que viven apaciblemente en su granja cuidando al padre y estando una de ellas, Flora, en espera de casarse…), cotidianidad que se torna siniestra en tanto lo más familiar se vuelve lo más extraño a medida que avanza el relato.

Toda la trama se desarrolla en un espacio geográfico limitado, cerrado y de gran intensidad donde desfilan los diversos modos fantasmagóricos de la condición humana….(la locura desmedida de Ellie, la entrega abnegada de Flora, la supuesta inocencia de la maestra, la presencia muda de Robert, el egoísmo malvado de la enfermera Atkinson……. los vecinos mirando la escena sin intervenir y la visión en los límites del relato, en un para relato, de una hija capturada y ahogada en la tortuosa relación con una madre impedida…).

Situándonos en el peculiar valle  de Otawa donde parece que el aire tiene algo que hace que a la intemperie la madera en vez de gris se vuelva negra o que posea un inigualable jarabe de Arce cómo ningún otro lugar del mundo, Munronos trasporta  con esta descripción tan brevemente precisa  a que  sintamos hasta el olor de la granjaGrieves y las gentes del Valle pero lo quemás ha llamado mi atención es como desde un lugar y un tiempo determinadola fuerza narrativa que emplea es capazde trascender todos los lugares y todos los tiempos a la vez.

Es por el uso de esta topografía cercana a la propia autora y esa finísima observación de las personas próximas a su entorno que se la considera la Chéjov Canadiense siendo una de las precursoras en su país  de la literatura en lengua inglesa, tarea nada fácil que contrasta con su sencillez en el uso de la lengua/ lenguaje.

El recurso del sueño al inicio del cuento abre varios registros a la vez y como si se tratase de las capas de una cebolla permite detenerse en diferentes niveles. Yo voy a tomar uno de ellos en esta amistad de juventud al que añadiré como subtítulo: un asunto entre mujeres.

Ya desde las primeras líneas deja entrever la compleja relación entre una madre y su hija:

Soñaba a menudo con mi madre y, aunque los detalles del sueño variaban, la sorpresa era siempre la misma. El sueño se detenía, supongo que porque era demasiado transparente en su esperanza, demasiado complaciente en su perdón.”

Se intuye una tensión entre ambas, un sutil reproche de esa hija a esa madre que en la vivacidad de su rostro y su voz  se le torna insoportable (precisamente esto es lo que había perdido en la vida consciente y lo recupera en el sueño). La novela que escribiría sobre Flora, Una bruja presbiteriana,  se opone radicalmente a la visión de la madre, La Dama soltera.

El Psicoanálisis nos enseña que está relación siempre tiene un punto estragante que en muchas ocasiones se intenta resolver por la oposición e incluso por el odio. Finalmente esta tensión se resuelve nuevamente a través del sueño y a propósito de lo que podría haber sucedido con Flora en un encuentro casual en la ciudad. La hija puede sorprenderse y desconcertarse con esa madre que en sueños muestra facultades y poderes no esperados cambiando algo más que su propia persona: “Cambia el amargo  bulto de amor que he llevado todo este tiempo en un fantasma, en algo inútil e inapropiado….”.

En este estilo Munro de cuánto más puede decirse, diciendo lo menos posible quisiera resaltar un párrafo, que así como de pasada deja caer el drama que sobrevino en este asunto entre mujeres y que la maestra y el lector todavía desconocen:

Por la manera en que la gente hablaba, mi madre pensaba que las hermanas Grieves y Robert Deal debían de ser al menos de mediana edad, pero Ellie, la hermana más joven, solo tenía unos treinta años, y Flora era siete u ocho años mayor. Robert Deal podría estar en medio de las dos”.

¿Qué sucede entre las hermanas?, ¿Qué quiere Flora?....Comienza el desfile de los diferentes semblantes femeninos representados por estas cuatro mujeres en torno a un hombre que aunque “se lo hace”está sin atributos, ausente, es una sombra silente, mecánica. No sabe hacer con una mujer…

En mi opinión el personaje central es Flora, ni tan buena ni tan pura como se muestra y que todo el tiempo nos lleva a preguntarnos qué es lo que quiere.  Atravesada por cómo hacer con su femineidad se sustrae de la escena y acaba empujando primero a la hermana y luego a la enfermera Atkinson  al encuentro con el Otro sexo mientras ella mira lo que allí sucede, esta es una de las lecturas posibles.

El final del cuento con la alusión a los orígenes un tanto macabros de los cameronianos me impactó por ese modo de concluir que nos evoca que las cosas siempre tienen su lado oscuro.
Hojeando algunas publicaciones sobre la autora me topé con lo que decía un conocido crítico literario sobre su escritura:

Alice Munro escribe sobre mujeres para las mujeres, lo que la diferencia de otras escritoras y donde está su genialidad es que los hombres no se meten con ella…”.

De cualquier manera me parece que su habilidad, lo que atrapa tanto a hombres cómo a mujeres, está en mantener abierto el enigma en torno a lo que quiere una mujer.
No quiero terminar sin mencionar que cómo lectora me llevó a reencontrarme con mis recuerdos de juventud.

Muchas gracias

Ana Castaño

"Amistad de Juventud" de Alice Munro; comentario de Alberto Estévez

En este cuento que nos ocupa hoy mi lectura se ha visto afectada por cierto sesgo, y este sesgo se expresa en el contraste que suponen un anverso y un reverso, el cuento da a ver algo, sería su cara visible, su anverso, y deja oculta otra parte, que se demuestra esencial y tiene el formato de un reverso. Con esto no quiero proponer la importancia de lo oculto sobre lo que se nos da a ver, en un formato verdad oculta frente a mentira de lo aparente, sino más bien la necesidad de que consideremos ambas faces.

Comienzo por la muy breve entradilla con que la editorial encabeza el libro que contiene este y otros nueve relatos, diciendo que en ellos “se recrean los misterios que anidan en la experiencia humana” En realidad de tantas veces dicha, esta frase es casi una frase hecha.
Un poco más adelante continúa “las vidas de hombres y mujeres que rememoran los deseos y los sueños que enterraron hace ya quizá demasiado” Ya nos dice algo más que generalidades al hablarnos de sueños y deseos abandonados, es una frase mucho más descriptiva del tono que guiará la escritura.

Pero lo que verdaderamente me importa es lo que dice después: “las vidas que resultaron de elecciones incomprensibles pero que asimismo las han moldeado hasta convertirlas en lo que son”. Esto es lo que me interesó, la nota aún sigue un poco más pero pierde fuerza en pos de objetivos comerciales para el libro.

“Las vidas que resultaron de elecciones incomprensibles” Es lo que encierra esta frase lo que me cautivó. Que una vida pueda resultar de una elección, está dicho en muy pocas palabras, me parece algo de mucha gravedad, pero que además se postule que dicha elección pueda ser incomprensible, aquí incomprensible tiene toda su fuerza, me parece una declaración de intenciones, me parece una posición y una manera de pensar. No debemos apoyarnos exclusivamente en el sentido, en lo comprensible, para explicarnos el resultado de una vida, también está lo que ocurre por fuera de dicho sentido, a veces inesperado, lo que no responde a lo que se esperaría de esa persona.

Realmente es escandaloso pensar que dichas elecciones, con su parte de sin sentido, determinan una vida, la vida de alguien. Desde luego no disponemos de garantía alguna para afirmar que esas elecciones estén bien tomadas, sobre todo porque nuestro drama subjetivo no es de quita y pon, no nos lo quitamos para decidir, por lo tanto será un determinante absolutamente implacable en la toma de muchas decisiones. En otras palabras, no está escrito en ningún lugar que un sujeto elija lo mejor para sí, más bien al contrario, lo humano es solidario del embrollo, del callejón sin salida, del sufrimiento que hubiera podido no ser necesario.

¿Entonces decir elecciones incomprensibles es decir por tanto equivocadas? Pues probablemente lo sean aunque pueda defenderse que en ellas hay una, valga decirlo, coherencia sintomática, son elecciones afines al drama subjetivo que las sustenta, pero en cualquier caso lo acertado o equivocado no deja de ser una sanción, lo verdaderamente esencial es que estas decisiones moldean las vidas, como reza la entradilla, hasta convertirlas en lo que son. Las decisiones incomprensibles forjan el destino de nuestras vidas, por lo tanto el destino de una vida corre parejo al drama subjetivo que acarreamos cada uno de nosotros.


No conozco la obra de Alice Munro. Amistad de Juventud ha sido mi oportunidad de acercarme a ella. Pensaba que si el máximo galardón literario se otorgase por un trabajo y no por una trayectoria, si el Nobel se concediese a un cuento o a una novela, Amistad de Juventud en mi opinión lo merece, es un relato redondo y diría que hace merecedora a su autora del título de maestra del relato breve contemporáneo.

Primero quiero anotar que el cuento de Munro tiene una particularidad fundamental, es un relato que una hija dedica a su madre. Es una realidad que el psicoanálisis trata con insistencia, la difícil relación que se establece entre las madres y las hijas, y así pasen los años, aquello parece no resolverse nunca, no nos referimos al drama de la adolescente con su madre, hablamos del drama de la hija con la madre que no tiene caducidad a los 18 ni a los 50 años, nunca caduca. Un drama que contiene amor y rechazo, pero la vertiente amorosa de ese drama hija-madre también puede arrojar un producto extraordinario, en los dramas no todo es aciago.

Después, si tomé lo incomprensible al comienzo es porque me sentí empujado por el relato para hacerlo, y uno de los ámbitos más característicos de lo incomprensible en el ser humano, y a la vez una de las tentaciones más fuertes que desde el principio de la historia el hombre ha experimentado, uno de los ámbitos en los que se ha producido una denodada lucha contra lo incomprensible es la que ha consistido en hacer comprensibles los sueños. El sueño es un paradigma de lo incomprensible que el carácter pertinaz de Freud nos ayudó a comprender.

Munro parte de un sueño; es interesante pensar en el hecho de que un sueño inspire un relato, al hacerlo, Munro invita al lector, igual que Freud, a no quedarse en lo que el texto narra, el texto casi sufre cierta devaluación en pos de algo más importante que se trata de transmitir, que el cuento trata de hacer pasar. Pensado así, cuento y sujeto pueden superponerse, el cuento relata y el sujeto habla, pero en lo que expresan ambos hay algo que no es evidente, que solo se insinúa, que está medio dicho. Digo más, un cuento es tanto más grande cuanto que emula esta condición humana por excelencia, y ahí la literatura pierde su materialidad, deja de ser un libro, su autor, una frase lograda, ahí es donde la literatura se convierte en algo íntimo, en algo propio, pasa a formar parte indivisible del sujeto que al estar hecho de palabras está irremisiblemente literaturizado. No se trata de que nos guste o no leer, de que leamos mucho o poco, best sellers o clásicos, da igual, porque la literatura funcionaría como un órgano del que resulta imposible desprenderse, porque la literatura, y no voy ahora a diferenciar entre buena y mala literatura, entendida así no sería más que una, la que expresa el drama que para un sujeto supone estar animado por lo vivo.

Este cuento tiene además peculiaridades que no son habituales en otros cuentos. De entrada, experimentamos un gran relato cuando percibimos que no falta ni sobra una coma, no se puede prescindir de ningún párrafo. Dicho esto, no es infrecuente que un cuento nazca de otro cuento, pero sí en este caso porque ese otro cuento no ha sido escrito, el que no escribió nunca la madre, y ahí observamos la figura del desdoblamiento que el cuento produce y que en mi opinión conduce a su mayor singularidad: este cuento, hacia su parte final, incluye su análisis. No necesitamos comentar el relato porque en la versión que la hija da de la historia ya está el análisis de la historia que le contó su madre, es esa parte del cuento en el que la autora habla de su Flora respecto de la Flora que le transmitió su madre, desgranando y pormenorizando la versión oficial, tratando de interpretar lo incomprensible de esa historia. “Lo que hacía mala a Flora en mi historia era exactamente lo que la hacía admirable en la de mi madre”.

Y ese efecto de desdoblamiento nos persigue, lo encontramos hasta en el título, la autora parece estar ante un dilema, ¿cuento la historia tal y como mi madre me la transmitió, o hago mía esta historia? Pero al hacerla mía debiera también ponerle un título, por eso el relato tiene un título y otro muy distinto es el que ella propone, ¿Qué será lo que lleva a Munro a no hacer prevalecer el suyo? Porque “la dama soltera” me parece mucho más elocuente que el inocuo “Amistad de juventud”, parece verse llevada al enfrentar ambas versiones, que son dos maneras de encarar la vida, a plasmar el peso que tiene la versión materna y a la vez a luchar contra tópicos y devociones, como ella misma dice, “un poder incontestable de madre impedida que podía capturarme y ahogarme” y que “nunca se acabaría”. Ya lo advertimos, esta cuestión no caduca nunca.

La historia de las hermanas Grieves sirve a este objeto, es el vehículo donde se juega otra partida, en la que el relato se debate entre la Flora generosa, desinteresada, magnánima llega a decir, y la Flora bruja, bruja presbiteriana con su venenoso libro. Florecer en la sombra; no puede estar mejor expresado, porque la sombra de Flora es el reverso de su conducta abnegada y santa. Un reverso que hace a lo incomprensible que proponía la entradilla, y lo tramita dándole una nueva lectura.

Leído el cuento desde la perspectiva de la dificultad inherente a toda relación madre – hija, resulta imposible no fundir a Flora y a la madre de la escritora como si fueran una única persona, ciertamente no es una fusión total, la madre de la autora se casa para compartir la vida con un hombre, Flora parece aliviada cada vez que Robert elige a otra, en este sentido Flora queda retratada en el párrafo final del cuento cuando habla de los cameronianos, Flora sería un “residuo irreconciliable”. Este residuo irreconciliable es lo que explica su proceder, muy agudamente la otra bruja del cuento, la enfermera Atkinson, se da cuenta de esto y dice que lo que ocurre en aquella casa no se explica solo como una cuestión de religión, tampoco de austeridad ni de simple amor a la pobreza, es otra cosa; ¿podemos proponer algo del orden de un rechazo en Flora, que recordaría en algún punto al rechazo que encontramos en la anorexia?

Pero sí hay fusión entre Flora y la madre, porque al igual que puede acertar con esa atinado florecer en la sombra hay un párrafo dedicado a la madre en esa línea y que no tiene desperdicio: “Mi madre, que salía más bien con descuido de su antigua prisión, mostrando facultades y poderes que nunca soñé que tuviera cambiaba así algo más que su propia persona. Cambia el amargo bulto de amor que he llevado todo este tiempo en un fantasma, en algo inútil e inapropiado, como un embarazo fantasma”.

Es una revelación, la madre revela la mujer que ella misma es y que su ser de madre no ha conseguido aplastar, hay una mujer que al descuido escapa de la prisión a la que la madre la confina. Seguro que no es fácil ser mujer, y lo que este cuento propone es que, más si cabe, para las propias mujeres.

Alberto Estévez

sábado, 28 de diciembre de 2013

Amistad de Juventud de Alice Munro. Comentario de Gustavo Dessal

Me gustaría comenzar mi comentario contándoles brevemente los entresijos de la elección de este cuento de Alice Munro, porque son divertidos. Algún tertuliano, no recuerdo quién, nos había hablado de esta autora que sólo conocíamos de oídas. Pero ninguno de los que organizamos la tertulia, ni Alberto Estévez, ni Miguel Alonso, ni yo mismo, habíamos incursionado en su obra. Investigamos en ella, y Miguel se tomó el trabajo de introducirse en alguno de sus libros de cuentos. Una vez realizada su lectura nos escribió diciendo que se había sentido profundamente decepcionado, que no comprendía por qué esta mujer había llegado a ocupar el lugar que ocupaba en la literatura, etc., etc. Pocos días después le dan el Premio Nobel, ante lo cual Miguel nos confesó que no sabía muy bien si tirarse por un barranco o abandonar por completo toda relación con la literatura. Realmente, esto dio lugar a un intercambio de correos muy divertido. En uno de ellos les preguntaba si habían visto la rueda de prensa que Alice Munro había dado, donde se la notaba muy conmovida. Los periodistas no sabían por qué ella solo atinaba a decir, con lágrimas en los ojos, "Michael Angel, Michael Angel…".  La razón era que la pobre mujer estaba desolada porque se había enterado de las críticas de Miguel Ángel.

La cuestión es que, ya por curiosidad, empezamos los tres a meternos en el tema, y leímos este cuento. Debo decir que yo rompí una lanza a favor de este relato, pero obviamente, por uno solo no puedo juzgar la obra de un autor. Y sin atreverme a restarle méritos a la autora, confieso que los otros relatos de Amistad de juventud no me engancharon en absoluto.

Sin embargo, este cuento sí me interesó. A pesar de que -en mi opinión- no constituye un gran relato, me parece que hay en él algo muy bien logrado. En primer lugar, tiene el valor de ser extraordinariamente caleidoscópico. Por ejemplo, la primera pregunta que me planteo cada vez que abordo un relato o una novela –quizá sea éste un vicio propio de mi oficio—es "¿Quién habla?". Aquí es difícil dar una respuesta inmediata. Aparentemente, la que habla es la hija, ella sería la narradora. Pero nos encontramos con una primera objeción. El cuento hace tan creíble el personaje de la hija, que damos por válido que ella ha escrito la historia que la madre le contó. Pero eso, que parece evidente, esconde al verdadero sujeto de la enunciación, que está más allá de todos los personajes. 

La segunda objeción: Si nos ponemos en la tesitura de que es la hija la que cuenta una historia que la madre ha vivido, nos encontramos con que sabe demasiado. Es decir, la narradora se confunde con lo que se denomina la voz omnisciente. La hija sabe de la historia como si realmente hubiera estado allí, incluso sabe mucho más que la propia madre. Relata cosas que ni siquiera la madre, habiendo estado un año entero, podría llegar a saber. Evidentemente, ahí hay un juego que todo el tiempo nos confunde. ¿Quién está hablando? ¿Habla la hija? Si es la hija quien habla, ¿cómo puede saber tanto de esta historia? ¿Está narrando la historia que le contó la madre o recreando esa historia según su imaginación? 

Resulta muy complicado responder a la pregunta "¿Quién habla?". En ese sentido, creo que la autora ha utilizado una técnica narrativa muy lograda. Efectivamente, a través de la historia de Flora, de Ellie, de Robert y la enfermera Atkinson, madre e hija se dicen algo entre ellas. Esa es mi lectura: se dicen algo entre ellas, aunque lo que se dice no es nada demasiado explícito, sino más bien alusivo.

Alguien dijo hace un momento que había algo fallido en el relato. Pero lo que parece fallido, para mí es su acierto. En efecto, uno no alcanza a entender qué es lo que se dice, aunque hay alusiones ya contenidas en el sueño. Me parece que lo logrado del relato es que la autora consigue que uno perciba que la historia es totalmente secundaria, que mediante ella los lectores sabemos que madre e hija se dicen algo, cosas muy fuertes e importantes. Al respecto, es una frase extraordinaria la del comienzo:

El sueño… era demasiado transparente en su esperanza, demasiado complaciente en su perdón”.

Y sin embargo, no acabamos de saber qué se dicen. Eso lo podemos considerar como el fracaso del cuento, o por el contrario como lo más logrado. El éxito del cuento sería ponernos frente a la percepción de que entre madre e hija circula algo que no alcanza verdaderamente a ponerse en palabras, y es lo que constituye el drama de su relación. 

Respecto del papel de los hombres en el relato, no se trata solo de que Robert sea un hombre prácticamente inexistente. Ocurre lo mismo con el padre de la narradora, de cuya vida no tenemos ningún dato, salvo que la maestra está preparando la boda. Pero la hija no dice ni una sola palabra sobre su padre.

Una vez leído el relato, me vino a la mente lo que dijo un escritor español cuyo nombre no recuerdo. Se trataba de un decálogo de las cosas que no se deben hacer en la literatura. Entre ellas aconsejaba no contar sueños, pues le parecía que se utilizan cuando el escritor no sabe cómo solucionar una situación. Creo que es una cosa un poco exagerada. Shakespeare contó algunos sueños que no están nada mal, y no digamos Borges. Y Alice Munro nos sorprende con el saber que posee sobre la función del sueño. ¿Qué quiere decir cuando afirma que ese sueño es demasiado "trasparente en su esperanza"? Quiere decir –no sé si Munro leyó a Freud o lo sabe por su intuición de poeta— que los sueños son realizaciones de deseos. ¿Cuál es el deseo que supuestamente realiza este sueño? El deseo de que la madre esté viva y en mejores condiciones que en la realidad del recuerdo. Sin embargo, la narradora es lo suficientemente sensible como para comprender que el sueño se detiene en un punto. Y ese punto nos abre la puerta hacia otra escena. ¿En qué punto se detiene? En que resulta "demasiado transparente en su esperanza". Es demasiado obvio el sentido del sueño: qué hermoso ver a mi madre viva, mejor de lo que la recuerdo y, encima, con un intercambio personal más fructífero del que hemos tenido durante años. No hay que confiarse en el contenido manifiesto.

Por otro lado, el sueño plantea: “demasiado complaciente en su perdón”. ¿Qué es aquello que la hija tiene que perdonarle a la madre y que, por lo visto, no perdona, pero que se dice a través de la historia de las otras mujeres? En efecto, el lector no alcanza a saberlo. Eso es lo fallido, pero pienso que no tanto desde el punto de vista literario, sino por el hecho de que hay cosas que no pueden ser dichas. Por tanto, el relato hablaría, también, de aquellas cosas que a veces pueden ser esenciales en una vida, pero que nunca se pueden llegar a decir del todo, se "medio-dicen".

Para finalizar, quisiera añadir algo sobre el personaje de Flora. Me interesa destacar lo siguiente. En una primera lectura me la representaba en su abnegación, privándose de todo, llevando una vida que gira en torno a la privación, el sacrificio, incluso cierto masoquismo. Sin embargo, cuando leí el cuento por segunda vez, me formulé lo que voy a plantearles a continuación. Tenemos la tendencia natural, por la época a la que pertenecemos y por la historia que nos precede, a imaginar que la subjetividad ha sido siempre la misma desde los tiempos de los griegos hasta nosotros. Es decir, que la gente sentía, pensaba, actuaba, más o menos de la misma manera que lo hacemos hoy en día. Sin embargo, sabemos –porque hay personas que se han ocupado de estudiar la cuestión— que nos asombra la falta de reacción por parte de Flora porque tendemos a creer que ella debe pensar y sentir como nosotros. No podemos concebir un tiempo que, sin embargo, existió. Tuvieron que pasar muchos siglos para que nuestra subjetividad se construyera, un tipo de subjetividad que se podía permitir formular preguntas sobre el sentido de su existencia, sobre la felicidad y la infelicidad. Es decir, la gente corriente no se planteaba esas cosas. Comenzaron a planteárselas a partir de un determinado momento, situado y fechado históricamente, y para ello debieron intervenir una gran cantidad de factores que contribuyeron a formar esa subjetividad. Factores que, entre otras cosas, hicieron posible la invención el psicoanálisis. Una persona acude a un psicoanálisis porque se ve asediada por preguntas a las que no puede responder. Es inimaginable que una persona, en el siglo XIV, fuera a buscar psicoanálisis, porque la vida era como era y a nadie se le ocurría plantearse nada. Había un poderoso discurso que daba sentido a todo. La idea fundamental era el destino, apuntalado por el discurso religioso, y la gente asumía su existencia. En este sentido, la gran metáfora, muy lograda, es cómo Flora acomete, una vez al año, una limpieza general. Hay que hacer una serie de cosas, pone la casa patas para arriba, desarma todo y asume su tarea como algo automático. Estaba por casarse, la hermana se cruza en el camino y la traiciona… Uno puede indignarse y preguntar cómo Flora pudo tragarse esa historia, por qué no se dividió, o se suicidó, o mató a la hermana a al novio, pero también hay que pensar que había épocas en donde la gente no se preguntaba nada, sino que aceptaba la existencia como un conjunto de acciones cuyo único propósito era llegar a la noche, acostarse, dormir, y permitir que la vida se extendiese un día más.

Introducir en el corazón del cuento este modelo de subjetividad "a-subjetiva", es lo que hace girar esta danza de distintos personajes que se van sucediendo a partir de la figura de una mujer, Flora, que ya no es ni sacrificada, ni abnegada, ni ama ni no ama. Es alguien que no se pregunta nada, no se plantea nada, no porque sea una enferma mental, una débil mental, sino porque hubo un tiempo, que no podemos siquiera imaginar, donde la gente vivía así. Lo más extraordinario -y para nosotros inverosímil-  es que todavía hoy existen muchas regiones del mundo donde la gente vive de esta manera.


Gustavo Dessal

Amistad de Juventud de Alice Murno. Comentario de Luis Teskiewicz

Estamos ante un relato de mujeres: Flora, Ellie, la madre de la narradora, la propia narradora, la enfermera Atkinson, mujeres que han tomado una posición diferente en la vida y tienen formas de gozar diferentes. El único hombre, Robert, como dice la propia narradora, es un hombre objeto, objeto de intercambio entre las mujeres, puede pasar de una a otra como objeto, sin que aparezca nunca su deseo manifiesto, de manera que uno pueda interpretarlo como causa de las sucesivas elecciones. Robert comienza con Flora, sigue con Ellie y termina con la enfermera Atkinson, pero parece ser solamente un objeto de intercambio. Es el único hombre que aparece en el relato, pues el padre de la narradora no aparece más que como una referencia lejana.

Pero el relato, además de mostrar diferentes posiciones femeninas en relación a su goce, muestra la incógnita, la imposibilidad de saber qué es una mujer. Hay una protagonista, Flora, en versión de la madre, pero no sabemos qué desea Flora, no sabemos con qué goza. Parece gozar de la abnegación, si tomamos en cuenta la versión idealizada por la madre. Versión que supone la hija, que nunca encontró la carta que debería de ir encabezada con un: “Mi querida y admirada Flora”. Y según la versión de la dama soltera –la hija de la narradora— goza con el sadomasoquismo, sufriendo y haciendo sufrir.

Son dos versiones interesantes que, en realidad, nos hablan más bien de la madre y de la hija, pues son ellas las que tienen fantasías respecto a lo que Flora es, qué desea, de qué goza, cómo goza. Y ello hasta el punto de que la hija, finalmente, realiza el proyecto de escribir sobre Flora: es el cuento del que estamos hablando. Pero entre tanto ha mediado una carta en la que Flora dice no, que ella no es quien la madre cree. Una carta que hace que la narradora, a partir de ahí, componga su propia fantasía, donde le supone a Flora otros goces posibles, podía conducir un coche, podría ir de vacaciones, podría tener un hombre, una pareja, etc. Pero lo interesante es que Flora aparece como alguien indefinible. En realidad, no sabemos quién es, sólo conocemos las versiones que se han dado de ella.

Y nos encontramos también con ese final tan sorprendente, donde aparece el tema de los cameronianos, su crueldad, y esa rigidez tan sorprendente que me parece cobrar el sentido de volver sobre el cuento mismo.


Luis Teskiewicz

Amistad de Juventud de Alice Munro. Comentario de Antonio

El relato tiene la virtud de ser un acertadísimo tratamiento de personajes banales, pero un tratamiento que consigue alzarlos a otra dimensión. Encuentro una trama muy bien hilvanada, llena de pequeños grandes hallazgos. Uno piensa que se trata de algo vivido por la autora, o bien de algo que le han contado muy de primera mano. Podríamos decir que es dolorosa esa virtud de la autora que consigue ponernos en contacto con unos seres que viven una vida realmente dramática, sin concederle al hecho demasiada importancia, pero que al ser relatada de este modo cobra una trascendencia especial. Insisto, la cualidad de la escritora estriba en conseguir que unos seres banales, sin demasiado interés, pasen a convertirse en primeras figuras de un drama que suena a cotidiano y conocido.

El cuento nos introduce, poco a poco, en una cruel historia de progresivos y retorcidos desenlaces que van encajando hacia un final que, para la escritora, es terrible, despreciable, inhumano. Esto podría decirse de la descripción que se va haciendo de Flora, genial descripción que frase tras frase va configurando un relato de una altura literaria fantástica. Cuando uno cree que lo ha leído todo sobre la vida, que ya no se puede decir mucho más, que todo ya ha sido escrito, descubre que una nueva autora ha sabido transmitir, con palabras diferentes, algo de eso que llamamos la vida y que llega profundamente al lector.


Antonio

La jibarización de la existencia. Comentario de Ignacio Castro al cuento Amistad de Juventud de Alice Munro

Quiero comenzar mi comentario citando uno de los párrafos del cuento:

Los malvados medran. Pero está bien. Está bien, los elegidos están ocultos bajo la paciencia y la humildad e iluminados por una certeza que los acontecimientos no podrán perturbar”.

Este párrafo precioso, que podía estar en cualquier libro de sabiduría de cualquier siglo –invirtiendo un poco la sabiduría religiosa, por ejemplo— es excepción en un relato al que le cogí cariño en las dos horas y media que dediqué a leerlo –con muchas interrupciones, como es mi estilo. Me dejó un leve poso de tristeza, cosa que le agradezco, pues es señal de que contiene algo.

Ahora bien, no veo a las mujeres por ningún lado como algo significativo, sino que veo un uso dudoso, desde el punto de vista literario, de lo que podríamos llamar, aprovechando la confianza, la jibarización de la existencia –una existencia liliputiense en un país enormemente grande— que recuerda muchísimo a lo que sería el abc de la cultura angloamericana –que poco a poco nos está invadiendo, no siempre con vaselina— una reducción brutal de la existencia. Es decir, hay tal ausencia de grandeza en los personajes, en todos ellos –excepto, quizá, en la madre— que hasta el fracaso es imposible, hasta la violencia es imposible.

En este sentido, estamos ante un relato de una inhumanidad semi kafkiana, con un sentido elíptico continuamente aplazado. En realidad, nunca acaba de pasar nada. No me creo, si es la intención del autora, que la secta de los cameronianos arroje algún límite de registro siniestro dentro de la siniestralidad de lo normal.

Entonces, digo, tengo una impresión extraña. Desde luego, es absolutamente rotundo e indudable que estamos ante un trabajo bien hecho, pero dudo mucho que haya algún tipo de comparación posible con Chéjov. En éste autor –maestro de la ruina a cámara lenta— la caída de los seres, incluso una sonrisa o un enrojecimiento súbito, nos llevan al encuentro con la grandeza y la posibilidad de un fracaso absoluto, de un fin absoluto, con violencia contenida, o no. Y todo eso, en cierto modo, aquí está eludido de una manera magistral, pero me recuerda demasiado a esa jibarización de la vida que, en el fondo, uno asocia a algo muy distinto a la literatura.

Por lo tanto, tengo la impresión de que esta señora, Alice Munro, no es cualquiera, pero me pregunto si vale la pena seguir leyéndola, o todo está contenido aquí.

Recuerdo ahora algo que andaba por mi cabeza, este verano leí Canadá de Richard Ford. Tiene un poco el problema de esta literatura. Yo no me quejaría de la complicación de niveles, no me quejaría de que al final uno no sepa qué ha querido decir, eso es parte de la literatura. Lo que ocurre es que poco más contemplo que un excelente ejercicio literario, y esto a mí no me deja mucha huella.

¿Qué ocurre en la novela Canadá? Lo mismo. Richard Ford es un tipo con indudable oficio, tanto mayor que el de esta mujer. Por ejemplo, permite excelentes viajes en tren de largo recorrido, y a velocidad lenta, sin ver el paisaje. Esto lo digo sin ninguna ironía. Pero claro, al final es una apología del estado larvario en el que estamos. Y sólo en esta apología del estado larvario en que, por lo visto, está programada la humanidad de los próximos años, sólo dentro de esta reducción esta literatura es memorable, si no, no. Y hablo de ejemplos actuales, no me remito a Shakespeare, Hanke en el mundo germano y John Berger en el mundo angloamericano, son otra historia.

Es decir, el plegamiento a los intersticios casi insignificantes de la vida no se hace al precio de que no ocurra nada, y que lo que esté en primer plano sea la complejidad de la estructura narrativa. No. Ocurren cosas simplemente en el cambio de rostro de una mujer. Es lo que echo en falta aquí, salvo alguna frase, algún apunte. El personaje de Flora y el de la madre me interesan, pero apenas ocurre nada.

Es una literatura que funciona al precio de meterse en un vagón de metro, y francamente, yo viajo en metro, pero no es toda mi vida. No se me ocurre decir, simplemente por educación, que este relato haya sido una mala elección, a pesar de los titubeos de Miguel que comparto, si no qué es una literatura menor. Siento decirlo así, con palabras de segundo de bachillerato, pero es toda la grandeza de una literatura menor. Por qué menor. Porque vale básicamente para seres aprisionados, donde se abren ventanitas. Y poco más. No está mal, ya que asistimos al fin del mundo, pero no habría que dejar de poner el ojo en otra Literatura.

Y termino, me da mucha rabia decir esto y un poco de vergüenza, porque parezco un romántico de 15 años, pero claro, que le concedan el Nobel… Tiene razón Miguel, es una pésima señal. ¿Qué es el Nobel, aparte de los chistes que ha hecho Borges sobre esta cuestión? Es la santificación de una normalidad. ¿Qué es el Nobel, salvo rarísimas excepciones? Una santificación, una especie de metalenguaje mundial, una especie de ONU mundial de la literatura, contradicción sangrante donde las haya, que en general ha santificado nombres que ya no es que no pasen a la historia, porque casi nada pasa a la historia, sino nombres que verdaderamente no van a dejar ninguna huella, porque no producen ninguna herida en la carne de de seres que aún están empeñados en vivir. Entonces, el Nobel confirma mis impresiones, esta mujer sabe de lo que habla, tiene oficio, no tiene un pelo de tonta, yo hasta diría que en el relato hay una autenticidad que no vi en otros libros que comentamos en esta tertulia, por ejemplo en la novela de Michel Houellebecq, que me pareció un juego de artificio inteligente. En este caso estamos ante un relato auténtico, pero claro, funciona a condición de estar acogotado y, francamente, no lo estoy del todo. 

Ignacio Castro

Amistad de Juventud de Alice Munro. Comentario de Silvia Lagouarde

Me identifico plenamente con lo dicho por Ignacio Castro. Y, si bien leí el texto de Alice Munro con la actitud que siempre sostengo cuando me enamoro de un escritor, actitud que me lleva a comprar más textos del autor de que se trate, en este caso, sin embargo, después de leerlo, dije no, hasta aquí llego. No es una autora que me estimule a seguir leyéndola.

Pero quiero hacer una observación por la que pido perdón de antemano. Particularmente, tengo cierto rechazo por la escritura femenina y una gran admiración por la masculina. Sin embargo, con esta mujer me ocurre que su lectura me ha encantado. Es decir, he sentido que su manera de escribir es femenina, pero me he preguntado por qué me parece su escritura tan femenina y, sin embargo, con una inteligencia masculina. Insisto, hago este comentario pidiendo perdón de antemano. Tiene una capacidad de observación, de hacer un abanico de posiciones subjetivas, mostrar cómo somos las mujeres, y he sentido que hay un verdadero saber y un gran intento de que las mujeres comprendamos a las mujeres. Eso es lo que he detectado. Y también creo que tiene algunas licencias en su escritura que me parecen absolutamente femeninas, pequeñas banalidades, licencias que un hombre no vería jamás.


Me parece perfecto lo que dijo Ignacio Castro respecto a la asimilación de esta escritora con Chéjov. Me parece imposible esta comparación. La lectura de Chéjov es imprescindible para cualquier lector, pero no ocurre lo mismo con Alice Munro.

Silvia Lagouarde 

Amistad de Juventud de Alice Munro. Comentario de Miguel Alonso

Tuve muchas dificultades para centrar el relato y encontrar una posición desde donde articular tantas historias de gran calado, la historia de la narradora, su sueño, la historia de la familia de Flora, la historia de la madre, las conjeturas respecto a todas esas historias, etc. Finalmente, consideré que esos cuatro renglones que abren el cuento, en un sentido, eran muy significativos, y decidí situar allí el impulso para mi comentario. Me parece que abren a la multitud de contrasentidos, bien cobijados y resguardados por la estructura del relato. Además, Amistad de juventud, en su desarrollo, se presenta como el despliegue de ese sueño primero. Nada se escribiría de la “misericordiosa” Flora, de su misticismo, de su masoquismo, incluso de su sadismo, ni de la culpa y locura de Ellie, si no fuese evocado por la propia “misericordia” y el “misticismo” de la madre y los efectos de devastación que produjeron sobre nuestra protagonista –la narradora—con toda su carga de culpa. Porque ella es la verdadera protagonista, pues en el relato, lo que se pone en juego es la posición vital de ésta a través de asociaciones relativas a un mundo de creencias, afectos, “santidades” y perversiones que tocaron su vida. Sin embargo, todo aparece descentrado, los afectos aparecen transpuestos desde la escena principal –la relación de la narradora con la madre—a la otra escena, la de la familia de Flora, y los tiempos y espacios son heterogéneos y discontinuos, como siempre ocurre cuando de sueños se trata, lo cual coadyuva a provocar esa confusión que desubica al lector.     

El sueño… era demasiado transparente en su esperanza, demasiado complaciente en su perdón”.

Su esperanza… su perdón”. Como si el sueño no tuviese nada que ver con la narradora, como si esa esperanza y ese perdón viniesen de otro y no se tratase de su propia expectativa de perdón, o como si esa transparencia y esa complacencia fuesen actitudes ajenas cuando, en realidad, es su propio deseo el que se pone en juego. Porque si resulta complicado obtener el perdón del otro muerto –la madre— el deseo del sueño siempre puede acudir para entregar la redención añorada. Esa parece ser la esperanza y la complacencia que le cuesta aceptar como limosna, sin más, en su propio sueño. El perdón hay que trabajarlo incluyendo en él la verdad. Por eso comienza a relatar la historia del sueño, un inteligente juego literario entre el saber y el no saber, entre lo propio y lo ajeno, entre la interioridad y la exterioridad, entre el sí mismo y la otredad, entre el bien y el mal, observados desde el mandamiento religioso del amor al prójimo.

Entonces, para llegar a darle el verdadero sentido al sueño, es necesario que la narradora asocie algunos recuerdos. El acento se traslada de forma vehemente, como una primera asociación inmediata, como un relámpago, desde su verdadero lugar –la relación madre/hija— hacia la historia de la familia de Flora. Allí vamos a encontrar lo más revelador. Un mundo lleno de descentramientos, de paradojas, de deseos ocultos, etc., tomando como fundamento el inusitado ejercicio de amor al prójimo que exhibe Flora. Digo descentramiento, porque la sensación que uno tiene es que, pese a la magnanimidad de esta mujer, algo encubierto nos convoca todo el tiempo hacia el reverso de ese altruismo, de ese amor, de esa fraternidad. Si en esta historia, la función religiosa se presenta como un mandamiento de amor al prójimo, el juego literario nos hace sentir que por detrás de esa construcción hay algo muy próximo, inquietante, perturbador, que nos incomoda como lectores. 

Creo que hay una maniobra muy sutil en este magnífico cuento. Consiste en emplazarnos en la negación retórica como posibilidad de entrever que la bondad esconde algo perturbador, aunque ignorado. Es el juego entre saber y no saber. Cuando se nos presenta a Ellie, se hace hincapié en una negación: Ellie no estaba celosaEllie no mostraba la menor inquina… Pienso que estas construcciones gramaticales armonizan perfectamente con el juego de ocultamiento que circula por todo el relato. Es decir, el juicio sobre la verdad se presenta de forma encubierta, usando la negación. Es una forma de ocultar aquello de lo que no quiere saber: el mal. Pero lo cierto es que, si de alcanzar la verdad se trata, podríamos prescindir de esta partícula lingüística: Ellie estaba celosaEllie mostraba su inquina... Pues, ¿qué significado debemos de atribuir a las bromas de Ellie?, ¿qué significado tienen los cardos en la cama de Robert?, ¿qué significado tiene la mala colocación de los cubiertos?, ¿qué significado podemos darle al encuentro sexual entre Ellie y Robert, y a la culpa y posterior enfermedad de la hermana de Flora? En definitiva, vemos como la partícula “no” es utilizada para encubrir la verdad.

Pero hay otros lugares en los que la negación se muestra insistente:

Sentía no haberla ido a ver en tanto tiempo, sin que eso quisiera decir que me sintiera culpable, sino que sentía haber guardado un fantasma”

Construcciones que inducen la sospecha. Creo que, a la vista del relato, podríamos suprimir perfectamente también esta retórica negativa:

Me sentía culpable por no ir a verla…

La narradora “siente” por tres veces, como si repitiese en un ritual de imputación: “por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa”. Demasiadas sonoridades muy singulares como para que el lector no se sienta convocado hacia otros lugares más acá de los divinos. 

Por otro lado, creo que la palabra “Hermana” toma para sí un lugar central y simbólico en el relato. La gran hermandad familiar es un nido de víboras. Los familiares tan cercanos, nos parecen extranjeros los unos con respecto a los otros. Es decir, la palabra hermana, cargada de connotaciones familiares, aquí encierra en sí mismo una gran contrasentido, pues a la vez que sitúa al prójimo como el otro más próximo, íntimo y familiar, se muestra en un grado de perversión que convoca el estrago, la locura, la culpa y hasta  la muerte. Sólo la divina Flora permanece en pie. Pero claro, es que ella parece que no tiene cuerpo. ¿O sí?

Estamos en la pregunta: ¿Tiene cuerpo Flora? Diría que la función religiosa de enaltecimiento del amor al prójimo que ejerce Flora está perfectamente identificada con su falta de deseo y de pasión corporal. El deseo corporal es el abismo, el monstruo que Flora no desea despertar. Pero el amor a Dios parece ocultar un auténtico clamor. Flora es una mujer que parece poseída únicamente por un amor intellectualis Dei, pero alejada de todo amor terrenal, gozoso, soportando por ello todo tipo de calamidades, humillaciones y renuncias que parecen no tener fin. Es su masoquismo moral.

Pero hay otro pequeño detalle que parece indicarnos que Flora sí sabe del cuerpo, aunque a la vez, lo ignora. Su relato divino está tan arraigado, que jamás podría gozar de ese cuerpo. Es un motivo más de ese juego entre saber y no saber que circula en todo el relato como otro de los pares paradójicos. Nos situamos, entonces, en el momento en que Flora lee los salmos ante el lecho de su hermana enferma. Es una actitud que, por el sentimiento que manifiesta la madre de la narradora, y ésta misma, nos evoca algo del sadismo, por el efecto de división que parece producir en Ellie: “leyendo en voz alta su venenoso libro”, “los extraordinarios tormentos”. Amor, masoquismo y sadismo, un collage literario escrito en cada uno de los seres que pueblan Amistad de juventud

El amor al prójimo es un conglomerado que amalgama la lógica descriptiva del relato Amistad de juventud. Los pequeños detalles como las negaciones, los sentimientos, las repeticiones, se sitúan, en esa lógica, como manchas que rompen la armonía, y que nos dejan entrever que por debajo de todo el amor y el altruismo, circula una corriente impetuosa de indignidad.   

Esta reflexión creo que queda refrendada por las propias conjeturas de la narradora, en la confección imaginaria de su propia novela sobre Flora y la descripción que hace de su relación con la madre, pero también cuando, finalmente, dice que, “por supuesto, estoy pensando en mi madre”. Lo que la misericordia de la madre ve blanco, ella lo pinta de negro. Esa fue la huída de la narradora ante el estrago que la propia “misericordia” materna podía provocar en ella. Pero el poso de culpa es el precio que ha de pagar por su huída.

El sueño: “Demasiado transparente en su esperanza, demasiado complaciente en su perdón”. En efecto. Pero esa verdad, únicamente puede saberse con certeza, a posteriori. Por ejemplo, escribiendo un cuento.  


Miguel Ángel Alonso

Amistad de Juventud de Alice Munro. Comentario de Yenia Camacho

Recordaba algunos aspectos anecdóticos del relato, por ejemplo, que la narradora habla de un período comprendido entre sus 15 y 25 años. También, me da la impresión de que ella, escritora que recopila historias, tenía varias para contar, pero se puso con aquella de la que tenía más información, obtenida de la madre. En este aspecto, sentí un cierto desinterés por la narradora respecto de la historia que cuenta.  

En relación a la narradora y su madre, además del sueño, una de las frases del cuento da a entender que la hija se siente engañada porque la madre mejora. Tiene un sentimiento de engaño cuando la madre empieza a ponerse bien. Por otra parte, menciona también, en algún momento, que la madre, en su larga enfermedad, no se retira a tiempo. Como si la hija hubiese deseado que la madre no le pusiese delante la enfermedad.  En ese sentido, me parece que podía existir una contraposición entre el personaje de Flora y la propia hija.

Creo que es un relato demasiado oscuro. Es verdad que en lo literario siempre se dejan cosas abiertas, pero no hasta el punto de llevar a tantas y tantas elucubraciones. No me parece una buena actitud hacia el lector. Lo veo más como una carencia del relato que como algo pretendido por la autora.


Yenia Camacho

Amistad de Juventud de Alice Munro. Comentario de Carmen Peces

Soy primeriza con esta autora, me estreno con este relato que habéis sugerido, con lo cual no tengo formada una opinión consistente sobre ella. Comparto que el personaje protagonista es la narradora. Otra de las cuestiones que surgieron a lo largo de la tertulia hace referencia a que hay cosas que no se pueden decir. El recurso literario puede ser extraordinario para decirlas.

Este relato, según mi lectura, es el efecto de un ajuste de cuentas con la madre. Se me ocurre que, además de narrar la historia con la que empieza el cuento, construye una historia dentro de la historia. De esa manera ella escribe su propia historia, a la que califico como ajuste de cuentas con la madre. Al respecto, hay un párrafo que me parece revelador, en él encontramos algo del estrago materno, algo presente desde que empieza el relato hasta que acaba. El párrafo que me iluminó lo comparto con vosotros:  

Así es como yo creí que le parecían las cosas a mi madre, En su insistencia, sus ideas se habían vuelto místicas, y aveces había un silencio, un solemne estremecimiento en su voz que me molestaba, que me alertaba sobre lo que parecía un peligro personal. Yo sentía una gran confusión de tópicos y devociones al acecho, un poder incontestable de madre impedida que podía capturarme y ahogarme. Nunca se acabaría, tenía que mantenerme mordaz y cínica, discutir y rebajar los humos. Finalmente abandoné incluso ese reconocimiento y me opuse a ella en silencio”.

En ese silencio ella puede escribir lo que escribe. Me parece de gran riqueza para la comprensión de una de las vertientes del relato.


Carmen Peces

Amistad de Juventud de Alice Munro. Comentario de Ana Castaño

Sobre la cuestión del Nobel, en efecto, es una cuestión política. No necesariamente premia la calidad literaria, ni una buena relación con el lenguaje. Y Alice Munro, en su biografía, relata que siempre tuvo una relación especial con su madre, aspecto que se transmite en este cuento. Y si leísteis las crónicas de estos días, hubo bastante polémica con el tema de por qué no se premia a las mujeres, que son pocas las que han sido premiadas con el Nobel. Es decir, ya tocaba, ya era hora de que se eligiese a una mujer. Entonces, no hay que tomarlo como el Sancta Sanctorum del quehacer literario, creo que tiene ese uso político y, según como venga la mano, se puede premiar a un autor alemán, inglés, norteamericano, sudafricano, etcétera.

Y en relación a lo que se señalaba, creo también que estamos ante una literatura menor. Pero lo que realmente me ha sorprendido es cómo desde lo menor, desde lo inacabado –que habría que ver si es un efecto calculado que tiene la escritora o no— va aproximándose a las cuestiones que nos suceden a todos. Lo que me tocó es que, en un momento determinado, uno se pone a pensar en sus propias cosas. Es el medio decir que, al igual que el curso del sueño, hace pensar en las cosas que a le suceden a uno. Es el aspecto que me pareció muy interesante del relato.


Ana Castaño