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lunes, 5 de marzo de 2012

La mujer como enigma en Relatos Sombríos, Historias mágicas, de Remy de Gorumont. Comentario de Miguel Alonso

Quiero comenzar este comentario con las palabras de la página 43, escritas al final del relato Las correspondencias, incluido en los Relatos sombríos:

“- ¡Todo esto es muy sucio!
- Como la vida, querida alma mía, ¡Como la vida
...!”

Efectivamente, los relatos de Gourmont evocan la raíz ineludible de la vida, a saber, el deseo y su fundamento real perverso, que hace que se estremezca la potencia de nuestros ideales morales e intelectuales. Es algo clásico, lo sobrenatural ha de aceptar la convivencia con lo demoníaco, el bien con el mal, lo bello con lo informe, lo legal con lo perverso. Los antónimos en el marco del deseo, se convocan para realizarse en una ambigua sublimación elevándose así a la dignidad de la literatura y hasta de la poesía. Esta es parte de la fuerza que tienen los relatos de Gourmont, escudriñando la miseria moral de lo humano saben articularla a lo simbólico, esa legalidad necesaria para distanciarse de la sordidez, la crudeza y el hastío que produce lo exclusivamente perverso.

Es la ambivalencia moral y psíquica de lo humano. El deseo transita aquí un amplio inventario de perversiones sexuales, perfidias morales, incestos, adulterios, ignominias, violaciones, asesinatos, pero con una particularidad muy importante, salvo en algún que otro relato que conforma la excepción, es el caso de Vestido, ese deseo se matiza deteniéndose antes del acto en una escritura no exenta de profundo pensamiento.

Pretendo situar en el exceso perverso del deseo algunos elementos que unifican los relatos. Los encontramos, con formas diversas, en casi todos ellos.

Por un lado, todas las maquinaciones hipócritas, cínicas, desvergonzadas e inmorales, se movilizan en pos de un fin supremo muy singular, recoger los frutos del goce perverso, esas auténticas joyas que sólo serán preciosas si fluyen del interior del cuerpo femenino, joyas tales como las lágrimas que brotan del dolor y la sangre que fluye por las heridas de la piel. No deja de imponérsenos un estremecimiento cada vez que la fantasía perversa rompe, en los relatos, el cuerpo femenino. Esto es un dato fundamental, es lo que reclamaba para su derecho el Marqués de Sade, o es lo que sucedía en la espeluznante ficción de El perfume de Suskind, cuando el protagonista rompe la piel de cada una de las mujeres para encontrar en el interior de su cuerpo el perfume como su esencia más preciosa.

En este caso, el exceso perverso se detiene, diluyéndose en la inteligencia de Gourmont. Si la agitada vida de ese mundo interior es de difícil control, es decir, si el deseo en su perversión no sabe callarse, la inteligencia al menos elimina la vulgaridad del acto, le impone la estética de una renuncia que linda siempre con la insania, pero que pocas veces accede a su territorio.

Es como si las fantasías que sustentan los relatos entendiesen que no son otra cosa que la elaboración de un sueño, una estrategia para iluminar el deseo problemático que habita en los suburbios del ser. Es lo que Sigmund Freud nos ilustró de manera magistral en su obra Tres ensayos para una teoría sexual, y también en la más literaria La interpretación de los sueños. Un deseo que no se deja intimidar por el pudor, de manera que pacta con la censura, casi siempre al alza, un simbolismo particular para cada sujeto, un simbolismo que en el caso de Gorumont le permite acceder a lo literario. Miller evoca a Sigmund Freud diciendo que “uno sueña siempre en contra del derecho”. Los relatos que escribe Gourmont dejan ver lo que está más allá de la ley en un inventario de fantasías contra derecho fundadas en la altivez del espíritu sádico y en su afán de dominio sobre el Otro femenino.

Pronto nos es permitido congraciarnos con estos relatos. En una de las personificaciones del deseo, un espíritu como el de Primary acepta una legalidad como la metáfora para poner freno a esas pasiones que residen en su subjetividad. Eso, en realidad, sitúa al sujeto en un lugar ambiguo, entre la clásica neurosis y la perversión. Dice en la página 15:

No soy tan malo como dicen, ¡oh no!, puesto que me contento con hacerlas sangrar metafóricamente

Él sabe que hay algo falso en el objeto de esas pasiones, o lo que es lo mismo, sabe que la felicidad que auguran es una ilusión que se desvanecerá en la experiencia. La acción, ahora, se revela secundaria a la inteligencia. Ésta se impone enseñando una imposibilidad para la ambición del deseo: “La” Mujer. Es el acierto del autor, su lúcido pensamiento impregnado de gramática, situar como lugar central y enigmático el artículo “La”, imposible de ser colonizado para asimilarlo a ninguna mujer señalando así una frontera para el deseo, que su obstinada búsqueda no puede hacer otra cosa que divagar en “paseos amargos entre mujeres sucesivas”.

“¡Oh, ese femenino oscuro que pasa y se marcha y que jamás será tocado –que se desvanecería si se tocase, ya que su encanto reside en ser desconocido e intocable”.

Este sería el elemento definitivo que unifica los Relatos sombríos y las Historias mágicas, el carácter fugitivo del enigma, “La” Mujer. Es la excepción, lo imposible de alcanzar. En virtud de esto, el conjunto de relatos adquiere singularidades muy específicas.

Por un lado nos ilustra sobre una imposibilidad, la de la relación sexual. Si “La” mujer es imposible de objetivar, si no se puede decir, no puede haber encuentro con el otro sexo, la auténtica relación sexual no puede advenir, o lo que es lo mismo decir, no existe.

En segundo lugar, nos confronta con un escenario ético. En el lugar de la verdad encontramos un vacío, una falla alrededor de la cual gira eternamente el deseo humano.

En tercer lugar, en su esencia intocable e inalcanzable nos hace rememorar una de las grandes creaciones de la mitología masculina, la Dama excelente, la Dama del Amor Cortés. Por momentos –por ejemplo el relato Visión— Gourmont parece un trovador que canta la sacralidad del cuerpo de “La” Mujer. Algunos párrafos la escriben en palabras tales como...

el santo sacramento de sus labios”,

... convirtiendo “La” mujer en excelencia inasible e indefinida. Dice en Visión, página 50:

Carne de Custodia... Soy la Intocable, es decir, la Mujer”.

Y para finalizar, quiero hacer una referencia al lenguaje. Habría que decir que sigue muy coherentemente al pensamiento de los relatos. El lenguaje merodea infatigable por los cuerpos de cada mujer para, finalmente, darse de bruces con una falta. Nada mejor para ilustrar en lo humano la metonimia del deseo y su imposibilidad: el sentido último. Y en esa congruencia qué mejor que deslizarse por los límites de lo legible, sobre todo en sus Relatos sombríos, como si las palabras quisiesen liberarse de la fatiga de tener que nombrar cosas que luego no se revelan en una verdadera objetividad. Es un afán muy propio del siglo XIX, tanto del Simbolismo en el que se enmarcan estos relatos, como de tantos otros escritores de este siglo conocidos alguno de ellos como “los locos de la literatura”, para quienes su ideal no era otro que la deconstrucción de sus propias lenguas madre.

Si en tantas lecturas el sonido de las palabras orienta nuestro entendimiento, en este caso, en el que ellas se muestran con frecuencia herméticas, más aún debemos oírlas que entenderlas. Nos pesan como “el calvario”, nos agujerean la piel como “alfileres en los labios” (18), nos desvanecen con “la idea de la sangre” nos estremecen por su falta de simbolismo en referencia a la filiación “el feto macerado por alcoholes amnióticos”, son palabras que nos hacen doler el cuerpo, que “descuartizan” los textos o se introducen en la carne “Los puñales reventaban bolsas y vientres”, o algo más literario, ilustran la tachadura que iguala las “voluptuosidades” al eufemismo de las “ensoñaciones”, etc.

En definitiva, la escalofriante declaración de intenciones de la primera página: “Con el fin de ejercer la malignidad más amarga” se detuvo en la fantasía y en la gramática conformando un texto que trasforma lo insoportable de la condición humana en una imposibilidad para nombrar a “La Mujer”. A fin de cuentas, eso no es otra cosa que esencia de la vida, el duelo inteligente del deseo.

Miguel Ángel Alonso

martes, 20 de abril de 2010

Alberto Estévez comenta el relato Las Fugitivas, en la presentación del libro Relatos Sombríos Historias Mágicas de Remy de Gourmont en la librería La Buena Vida


De viaje con fugitivas

En primer lugar, quisiera agradecer a la editorial El Nadir esta oportunidad de comentar una lectura tan bella; es un auténtico privilegio compartir una reflexión con ustedes sobre algo con lo que me he enriquecido enormemente, y que me ha evocado un gran número de sensaciones en la travesía de sus páginas.

En el transcurso de las mismas, y sobrevolando los distintos relatos, Las Fugitivas se convirtió muy pronto en uno de mis favoritos, les anunciaba el disfrute que como lector he experimentado, pues bien, dicho disfrute tiene distintas declinaciones; en primer lugar, estamos ante un autor que es un maestro del estilo: el ritmo del relato, la disposición de las frases, la elección de las palabras, compone en su conjunto una melodía tan agradable que uno no tiene por menos que admirar el esmero con el que este amante de la investigación estética elaboró este cuento, y más allá, el resto de relatos que componen la obra que hoy se presenta.

Claro que si se tratase únicamente de un ejercicio de estilo no podría transmitir esta otra dimensión satisfactoria y que tiene directa relación con el comentario que elaboré, estamos ante la pluma de un importante intelectual, y por ello podemos decir que hay un mensaje que subyace a su escritura, el autor nos comunica su pensamiento, y resulta desvelarse como un absoluto maestro recorriendo en este caso concreto de Las Fugitivas el laberinto que constituye la sexualidad humana.

Pero me queda todavía un último gusto que me proporcionó esta lectura y que me lleva a entrar de lleno en su análisis; al encarar las escasas tres páginas del cuento, me vi transportado en el tiempo, emprendí un viaje a otra sociedad, una comunidad muy diferente, con un contexto socio-político bien distante del nuestro, en el que la apreciación que se hacía de las figuras del hombre y la mujer conservaban importantes diferencias entre sí; las cifras que integran cada una de las identidades sexuales, las de uno y otro sexo, permanecían absolutamente presentes y dibujadas. Fue un placer y un descubrimiento encontrar un autor que mantuviera la diferencia tan viva, y evidentemente un conocedor de que en ella residen los cimientos de cada sujeto. En cualquier caso, comprenderán que viajé lejos, muy lejos de la ideología de la igualdad de los sexos que en nuestra sociedad de hoy esclaviza a hombres y mujeres.

Quiero empezar revelando una clave que esconde el relato de Las Fugitivas y que lo hace especialmente sugerente; el abordaje de la cuestión femenina se hace a través de un personaje masculino, y el saldo próspero que se obtiene es el resultado de que el autor ponga a trabajar la mencionada diferencia entre los sexos. La frase provocadora que da comienzo al relato y que es una declaración de intenciones en este sentido que propongo es una de las frases que sin ningún esfuerzo cualquiera de los aquí presentes podríamos atribuir al deseo del varón: ¿Por qué una,…, cuando hay más? Lo han tildado de enfermo en el relato que han escuchado, y en varias ocasiones, pero si por esta frase fuera deberíamos testimoniar de cierta pandemia masculina, no por nada el protagonista no tiene nombre.

¿Es un enfermo pues? El texto es bien explícito al respecto; su imaginación enferma sufría muy seriamente a causa de la multiplicidad de las mujeres, ¡Hay demasiadas!, repetía.
La solución que encuentra en su imaginación es una operación de reducción: resumir todas las mujeres que existen en unos solos labios, labios elegidos que contengan la esencia de lo femenino, y entonces, beberla en un beso. Pero podemos pensar qué esconde dicha solución: sin aventurarnos y siguiendo la sapiencia de Gourmont podemos llegar a afirmar que se trata de dominar el deseo, matarlo si fuera posible, porque dicho deseo le ha hecho sentir miedo, y el miedo es una señal que lo ha avisado de lo cercano que se encuentra por el camino de su delirio de traspasar cierto límite que lo aleje indefinidamente de la cordura.

Resultan muy notables los términos que baraja el escrito, forjan una cadena que es la que mantiene cautivo a nuestro protagonista; la nada, el misterio, lo infinito, el ser y el no ser, la oscuridad, lo desconocido o lo intocable, términos que no encuentran una concreción exacta, que no podemos reducir, que incluso podríamos pensar parientes del exceso, indudablemente nos hablan de las características de la naturaleza femenina, algo que escapa al todo reglado y cerrado que representa la lógica del varón y su cuantificación, del cual podemos decir que padece de su propia estructura, esa que como macho es responsable de tantos desencuentros en su intento de acceder a la fémina.

Se inscribe exactamente en este mismo registro la forma secundaria de la locura que padece nuestro enfermo cuando comienza con la cuidada enumeración, cuando le desgrana a su compañera el rosario de las fugitivas; la descripción minuciosa cuajada de sensuales detalles de un buen número de mujeres es un intento por encontrar una definición que encaje en el ser de la mujer, que sea de una buena vez, y que cese esta alternancia entre lo que es y lo que no es, una definición que la fije y le permita albergar su sueño de reducción, porque algo le dice que la mujer no existe, su lógica femenina no permite universalizarla, sólo puede existir a condición de tomarlas una por una, y claro, eso es imposible para nuestro amante del infinito, que trata de encajarlas en una sola y única, y que tan sólo a través de su imaginación puede poseerlas a todas, o quizá sería más correcto usar el singular, porque ese es su anhelo, poder poseer a la mujer toda, sin ese resto que le recuerde que algo falta, la parte misteriosa de la mujer, la infinitud presente en su estructura, a la que el macho no puede acceder. La prueba de esto la encontramos en los episodios de recuperación de sus crisis que incluso llegan a dejarlo postrado; en ellos, su imaginación descansa hasta el próximo trance, pero no su anhelo, el de considerar a su amiga la única, la que valdría por todas.

Esto mismo constituye el germen que a lo largo de los tiempos ha hecho pensar la naturaleza femenina como algo peligroso; en la medida que delata el carácter limitado de la lógica masculina, el varón exige su regulación, y esto es lo que intenta nuestro enfermo. Pensado así podríamos decir que el cuento, hasta en el título de manera patente, fugitivas, plantea una vertiente que abre una perspectiva más social y que no se limita al caso de un solo hombre, sino el de todos los hombres, y argumenta en base al temor que todos ellos, incluso desde niños, han sentido respecto de la mujer en los distintos períodos de nuestra historia, ¡Oh, ese femenino oscuro que pasa y se marcha y que jamás será tocado! El heteros femenino representa una amenaza para el varón, pero a su vez el propio varón está concernido en ello, y este escritor al igual que algunos otros lo sabe, lo cual le facilita la tarea, la de hacer de la feminidad un enigma bien fecundo. Pero lo inquietante que acompaña a la mujer no lo es sólo para el varón, también para ellas mismas, que desconocen cuán lejos pueden llegar, donde se encuentran los confines del universo femenino.

Vemos finalizar el cuento con nuestro hombre pacificando su delirio, encontrando su consuelo derrumbándose sobre la carne compasiva de su insignificante mujer sin belleza, la misma que su denegación le impide reconocer como objeto de su propia elección para considerarla más bien como un destino de no se sabe qué primitivo mandamiento. El propio Remy de Gourmont contesta a esto, lo hace en otro maravilloso y estremecedor cuento titulado La Otra, más próximo al final de la obra, en el que nos entrega el quid que sitúa lo que verdaderamente está en juego: deseaba mundos y se contentaba de nadas.

Ha sido un viaje, les decía, que me ha brindado reencontrar lo fructífero que resulta enfrentar las respuestas de uno y otra ante el enigma que el sexo nos plantea a todos, y dichas respuestas evidencian la distancia y la absoluta diferencia que existe entre la lógica de un sexo y otro, por muy fuerte que resulte la pasión de la igualdad que nuestros tiempos pretenden imponernos. La misma pasión que lleva a nuestro amante imaginario a pensar que pueda existir un deseo sin renuncia, que puede alcanzar su resolución definitiva sin compromisos penosos, en el que frente a la demora de la satisfacción pueda oponerse un aquí y ahora, ¡ya! Un deseo a la altura de su delirio y que pueda consumarse hasta consumirse, y lo deje libre al fin de la esclavitud a la que lo mantiene sometido.

Pero por contra lo que se encuentra es que no puede desear sino en las claves que porta en su interior, y que por mucho que pretenda soltarlo para que divague, su deseo padece las restricciones que le impiden abarcar lo ilimitado propio de lo femenino. Y el cuento le sirve a Gourmont para recordarnos que ellas, por ser mujeres, son las fugitivas, pero además que no debemos dar las cosas por sentado antes de reflexionar al respecto, y si alguno no se había enterado, sólo debe repasar las líneas de este hermoso cuento para llegar a la conclusión de que en caso de que exista un sexo débil, no hay duda, señores, se trata del varón.

Alberto Estévez
15 de Abril de 2010

domingo, 18 de abril de 2010

DE UN DIOS QUE RESISTE, por Gustavo Dessal



Presentación de Relatos sombríos. Historias mágicas, de Remy de Gourmont

(El Nadir Ediciones, Valencia 2009)

Todas las épocas han conocido charlatanes de variada procedencia. En la nuestra abundan aquellos que, envueltos en el manto de la pseudociencia, se dedican a propagar tonterías sobre el amor y la química del cerebro. Por ese motivo considero que el papel de la literatura es fundamental para salvaguardar un modo de concebir la subjetividad. Entre los muchos peligros que la acechan, debemos protegerla del reduccionismo a la fisiología natural. Cuando leemos a Hanna Arendt, y su profunda comprensión de la siniestra veneración del nazismo por el retorno a la naturaleza, no podemos menos que destacar una genial observación de esta pensadora: ¿por qué una teoría sobre lo humano se considera más científica cuando más pretende reducir el sujeto a su animalidad orgánica?

La editorial El Nadir no es solamente una política del buen gusto literario, sino también una forma de contribuir al combate contra las supercherías del cientificismo.

Relatos sombríos. Historias mágicas es un libro sobre Eros, que no es ni una glándula ni una hormona, sino un dios. Un dios caleidoscópico y perverso que lejos de imponer una forma definida y modélica del amor, admite diversas fórmulas. Es Eros quien domina las maléficas acciones morales de Primary (quien se contenta con hacer sangrar a las mujeres “metafóricamente”), Eros quien hace gozar a los senadores cuando en el medio de un fastuoso banquete brindan “por la salud de la Humanidad sufriente”, Eros el que empuja a Don Juan a intentar seducir a la muerte. Eros: el único dios que no será derrotado por el absolutismo científico.

Remy de Gourmont es mucho más que un gran escritor. Es, ante todo, un lúcido moralista, como lo fue también el Marqués de Sade. Los grandes moralistas (no olvidemos a Rousseau, a Rabelais) lograron percibir lo que Freud supo formalizar con la ayuda de sus conceptos: que la ética se sustenta en el goce, en los refinamientos y dobleces del deseo perverso, y que el bien pude no coincidir ni con lo razonable ni con lo conveniente. En este libro hallaremos una exhaustiva revisión de los fantasmas eróticos del varón y de de la mujer. Aunque variados en su policromía, tampoco son infinitos, y el autor (un auténtico precursor del microrelato) los atrapa con su maravillosa red de símbolos y metáforas. Recomiendo, por ejemplo, la lectura atenta de “Visión”, un cuento en el que desde la perspectiva de la mirada masculina, el objeto femenino nos es presentado como paradigma de la idealización más elevada, como representante de lo imposible e inalcanzable del deseo humano. “Mi cabeza se inclinó hacia los pies dorados, y al instante todo desapareció”, se lamenta el protagonista. “¿Te lo dije? -se exculpa la Visión. “De oro, de mármol, de carne, me desvanezco al mínimo contacto. Soy la Intocable, es decir, la Mujer”. De allí que algunos hombres solo puedan amar a la mujer en cuanto lo es Toda, espejismo que únicamente logra mantenerse a la distancia, como en el amor cortés. Cuando se toca, se disuelve. De allí la consabida costumbre masculina de adorar a una y tocar a otra.

¿Y qué sucede del lado femenino? Es desde el punto de vista de esta mitad del mundo que Gourmont hace gala de un exquisito poder de compenetración. Es capaz de hablar no simplemente de las mujeres, sino de pensar como ellas, introducirse en su piel, en los laberintos de sus emociones y sus fantasías. Una mujer no solo representa la absoluta alteridad para el hombre, el insondable misterio de un deseo sin nombre, sino que ella es también extraña para sí misma. Esa duplicidad de la mujer en cuanto al objeto de su deseo, está en ella mucho más enmascarada que en el varón. Pero al autor no se le escapa que, detrás de la presunta fidelidad femenina, toda mujer es esencialmente adúltera. No simplemente en el sentido literal, puesto que ellas han sabido desde siempre buscarse sus arreglos, sino en el hecho mucho más esencial de que su deseo se bifurca en todos los casos. Es así que Gourmont sabrá distinguir en el amante muerto (léase “El cirio adúltero”), en el fauno, o en los penetrantes copos de nieve, al íncubo las más de las veces oculto que a ella le es imprescindible para sostener la ficción de su sexo.

Porque si hay algo que el verdadero poeta sabe, y su saber es aquí la única y verdadera ciencia del amor, es que el deseo no es anatomía, ni fisiología, ni neurología. El sexo está hecho del mismo tejido con el que se fabrican las historias. Es por eso que los seres humanos pueden hacer el amor incluso a oscuras, pero jamás sin soñar.

Gustavo Dessal