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martes, 30 de noviembre de 2010

Apertura 20ª reunión Liter-a-tulia; Alberto Estévez comenta el cuento ¿Fue él?, de Stefan Zweig

Nos reúne hoy este hermosísimo cuento del maestro Stefan Zweig con un título que propongo tomar en la línea en la que creo que el autor nos traza como una invitación. ¿Fue él?

Visto el desarrollo y el desenlace del cuento, nosotros podríamos tenerlo más que claro, no necesitamos pararnos mucho en esa pregunta, claro que fue él, nos han preparado a lo largo de todo el relato para que podamos contestar sin dudarlo, efectivamente, fue él, ¿quién si no? La policía tras su investigación tampoco nos permite apuntar hacia ningún culpable más que el que todos sabemos, por tanto fue él.


Pero entonces debemos preguntarnos:
¿por qué el autor se ha empeñado en mantener ese título? Si sabemos que fue él, ¿a cuento de qué le añade los signos de interrogación que convierten la afirmación en pregunta? ¿Es que hay alguien aquí que pueda dudar de que nuestro sospechoso sea culpable? No nos hace falta ni siquiera un supuesto juicio para sentenciar que la culpabilidad de este crimen recae en él. ¿Para qué porfiar en el tono interrogativo? Piensen que en este estado de la situación, a Zweig no le hubiera costado nada suprimir las interrogaciones, y titular este cuento con un -Fue él- mucho más acorde con los hechos manifiestos. La obstinación de la pregunta nos plantea un enigma.

Les propongo que aceptemos el reto, tomémoslo, sin miedo; si insiste en interrogar es que quizá haya algo que se deslice entre lo manifiesto, y sin ser muy evidente, participe de la clave que encierra esta pregunta insidiosa. La pregunta que insiste, como todas
las preguntas que a lo largo de nuestras vidas tienen este formato de insistencia, aquellas que nos resultan difíciles de encarar, y que se empeñan en planteársenos sin que la respuesta que elijamos para acallarlas las agoten, las suturen, nos adelantamos a contestarlas para cerrar la cuestión, para alejar el dolor que subyace en ellas, pero como en el caso que nos presenta hoy tan oportunamente Stephan Zweig, transcurrido el relato, acabada la novela, una vez cerrado el libro, ahí la tenemos de nuevo. La historia narrada no ha agotado la pregunta que aún nos importuna, y por el contrario, nos retorna con fuerza.

Hay algo en este cuento que se presenta como un contraste. Desde el principio, el relato destaca por un clima de armonía apoyado en todos los elementos por los que va circulando. Una pareja de mayores que viven plácidamente en una hermosa casita, rodeados de un paisaje bucólico, donde la calma y
la tranquilidad imperan convirtiendo al lugar en romántico y encantador, a lo cual contribuye el canal, escenario de exquisitos paseos en los que la naturaleza parece haber encontrado su belleza más plácida, a las afueras de una pequeña ciudad, una pequeña población cercana a Bristol, en el sudoeste de Inglaterra, llamada Bath, que no creo que sea casualidad su elección, no tanto por sus escasos 80.000 habitantes de hoy día, supongo que bastantes menos cuando se escribió la obra, allá por los años treinta del pasado siglo, sino porque dicha ciudad destaca por
ser un centro de aguas termales debido a la proliferación de manantiales que posee, lo cual dotó a la ciudad de un marcado carácter de descanso, vacación y relax, y la gente adinerada de la época iba a disfrutar y curarse seguramente también de las enfermedades producidas por la sociedad de entonces.

Y en este entorno en el que todo parce que viene a combinarse sin la menor fricción, un perro rompe la calma. Por muy advertidos que estuviéramos, las escenas de lucha parecen de otro relato, como si pertenecieran a otra historia, nos pillan de improviso, quizá no tanto por inesperadas como por violentas, el caprichoso animal se convierte en una fiera peligrosa y es protagonista de
un lance absolutamente terrorífico, nada acorde con la senda que hasta ese momento el cuento nos había hecho transitar. Baste pues la intensidad de la escena para cargar contra nuestro bulldog.


Un bulldog es un perro bueno. No es algo que diga yo que soy un absoluto ignorante de las razas caninas, es algo del saber popular, y aunque su aspecto pueda dar cierta impresión de determinación y fuerza, en realidad destaca por su lealtad, su valentía, y aunque feroz en apariencia, es poseedor de una naturaleza afectiva. Baste esto para que comprueben que mi ignorancia perruna se soluciona en un pis pas gracias a internet. Ah, hay una característica más, que imperdonablemente olvidé citarles de la naturaleza de este animal y es un rasgo pronunciado en su carácter; ¿adivinan? La dependencia.

Los genes pueden darnos ciertos rasgos que predominan en el animal, incluso a través de ellos se puede chequear la pureza de la raza, pero creo que en el carácter no podemos mostrarnos en absoluto seguros de la sobre determinación genética, y el carácter de este perro es algo que se ha construido muy minuciosamente, y ya no sólo hablo del carácter descriptivo con el que el relato nos lo cuenta, sino del trato del que ha sido objeto, único responsable de las reacciones del animal. Mi hipótesis que quiero compartir con ustedes es que el carácter del animal es el reverso del carácter de su dueño, Limpley.

La primera nota de inquietud en la lectura, tampoco es que rompa la calma, la encontramos en la página 10 en la que nuestra narradora percibe algo en la esposa de Limpley, algo que ésta deja escapar en la conversación acerca de la ausencia de su marido y que no gusta a su interlocutora. Las mujeres suelen percibir estas cosas, van un poco más allá de las palabras desafiando su mensaje de literalidad, mientras que los hombres se quedan por lo general más acá, y lo comprobamos en la reacción del marido de nuestra narradora, que la reprende por sus juicios precipitados, una acusación bastante habitual de los maridos, y a la que nuestra narradora está acostumbrada. Por cierto, pensé que Limpley era el único nombre propio con el que contábamos para los personajes principales, luego releyendo descubrí que no es así, también aparece el de su esposa en los labios de él, vean cómo lo dice, mi Ellen; y en la reseña que ayer publicamos de nuestra compañera Mª José descubrí que la narradora también tenía nombre, pero en cualquier caso, terminada la lectura no disponía de los nombres de los personajes exceptuando el de Limpley.

De este personaje sabemos desde su presentación que hace gala de una bondad infantil, que me dejó pensativo porque no terminé de entender muy bien qué quería decir, pero luego la narradora afina un poco más y lo transforma en una insistente bondad. ¿Qué es una insistente bondad? Parecen palabras que no encajasen bien juntas, al menos llevan a pensar en otra cosa que no sea la bondad. Y así es el tono con el que el autor decide tratar a Limpley en todo momento, no hace evidente casi en ningún lugar, y esos lugares cuesta encontrarlos, la responsabilidad de Limpley en lo que sucede, más bien al contrario, es el bonachón, el incondicional, casi el vecino ejemplar que corre solícito a auxiliarnos ante cualquier contingencia, si no fuera porque harta de la farsa, nuestra narradora decide dar rienda suelta a su ojo clínico aún a pesar de caer en juicios precipitados, y en las últimas páginas, justo antes del fatal desenlace directamente lo llama chiflado.

Uno de los pasajes más elocuentes en este sentido lo constituye la noticia del embarazo de la esposa de nuestro protagonista. Por oscuros motivos, seguro que interesantísimos, ya vieron que ella no quiere darle la noticia de que esperan un bebé. ¿Por qué no querrá? Y les pide a sus vecinos que sean ellos los que se la adelanten, Aquí es fabuloso el formato que el marido de la narradora decide darle a este encuentro, cito: Qué podría desear, por ejemplo, nuestro buen vecino si un ángel o un hada o cualquier otra de esas gentiles criaturas le preguntara: “Limpley, ¿qué es lo que le falta? Te permito expresar un deseo…”? La zozobra de éste lo lleva a insistir, ¿Acaso no tiene ningún deseo? Ya saben la respuesta, que es de aúpa: en realidad no… Tengo todo lo que quiero…., en realidad, lo tengo todo. Constatado esto, quizá el ángel deba visitar a la Sra. Limpley. ¿Mi mujer? ¿Cómo puede desear algo más que un perro?

Así que la falta para este señor no aparece por ningún lado, vamos no existe. Todo lo suyo es lo mejor, su esposa, su tabaco, sus rosas, hasta tal punto es así que hasta el silencio le resulta insoportable, no siendo el de su esposa, ese sí lo tolera, seguramente lo que no podría soportar es que hablase y que dijese algo acerca de la desmesura con la que éste se despacha. Y ésta desmesura es la que lo lleva a apropiarse de un perro que si recuerdan no era para él, sino para su mujer, un sustituto del hijo que no podía concebir, y a partir de ahí, ejercer su tiranía para con el pobre animal, no nos dejemos engañar, no es servilismo, es hacer a Ponto absolutamente dependiente de su amo, y cuando esto se ha consumado, dejarlo caer, porque su adoración por él ha pasado a ser por la hija que va a venir.


La impetuosidad de Limpley marca su
relación con el objeto, el autor habla de monomanía para decirnos que toda la pasión de este hombre se concentra en un objeto, eso sí, a no ser que aparezca otro que lo sustituya. Les aclaro que en psiquiatría clásica, la monomanía es un tipo de paranoia, y ésta se traslada al perro en la forma relatada del enemigo que llega para robarle el amor del amo. La tiranía de Ponto está presente en las relaciones que su amo establece con el Otro.


Entonces plantémonos ahora ante la pregunta con la que iniciamos y hagámosla otra vez, personalmente no me es posible evitar cierta confusión en el pronombre, ¿Fue él? Pero, ¿él, quién? ¿A quién se refiere de ellos? Una cosa es el autor material de los hechos, otra muy distinta, quién dispuso las piezas de esta funesta partida.

No creo en ningún caso que la cuestión finalmente resida en atribuir la culpa a uno u otro contestando esa pregunta, no me parece que este sea el mensaje que el breve relato nos trata de hacer pasar; ¿fue él?, es una pregunta que Zweig nos dirige a todos, para que pensemos en torno a la responsabilidad. ¿Fue él? Es la manera elegante y maravillosa que encuentra el autor para cuestionar la idea de un destino, y con ello tratar de hacernos un poco más dueños de nuestras vidas, de las decisiones que tomamos, y las responsabilidades que de ellas se derivan, porque no hay más garantía que las avale que el propio autor en que debemos convertirnos. Por cierto, por si no lo han pensado, algo muy parecido a la experiencia que supone un psicoanálisis.

Alberto Estévez

lunes, 29 de noviembre de 2010

¿Fue él? de Stephan Zweig. Comentario de Beatriz García

Los recursos literarios hay que tomarlos como tales. No se trata aquí de pararse a pensar como son los perros, dado que estamos en la literatura.
Me parece muy interesante la reflexión de Silvia Lagouarde acerca de la vida real del autor y del auge del nazismo en esa época. Abundando en la cuestión del título, ¿Fue él?, me parece que tiene importancia en relación con lo que ella planteaba. Como se preguntaba Alberto Estévez, ¿por qué insistir en la pregunta si todo parece tan claro? Quizá tiene que ver con que todos fueron responsables de lo sucedido en la medida en que fueron dejando crecer el horror que al final se precipita y que se veía venir.
Se trata de la oblatividad y generosidad sin límites de ese hombre tan espantoso, Limpley, que con su modo absurdo de tratar al perro logra convertirlo en una criatura absolutamente dependiente y cargada de odio. Es un trasunto de lo que sucede en las relaciones humanas. Algo así creo que decía Lacan: amor con odio se paga, que viene a hablar del odio que produce la posición del que puede dar, situándose en una posición de dominio y situando al que recibe como carente. Es la actitud absurda de este hombre lo que genera el odio en el perro, dependiente del capricho de un amo arbitrario.
En cualquier caso, ninguno de los personajes hace nada para cambiar el destino que se va perfilando como inevitable para el lector pero al que todos parecen ciegos. Todos, de alguna forma, lo van soportando, lo van aguantando, nadie hace nada y se deja crecer esa bola que va conformando a un animal completamente enloquecido y lleno de odio. Reitero, todos son buenas personas y nadie hace nada para evitar el desastre. Este tipo de irresponsabilidad es quizá un trasunto del contexto social en el que se gesta el nazismo. El mal que se deja ir creciendo bajo una aparente placidez. Pero claro, al final todo termina de manera trágica.

Beatriz Garíca

jueves, 25 de noviembre de 2010

¿Fue él? de Stephan Zweig. Comentario de Luis Seguí

Me parece muy relevante el título. Es una forma que tiene el escritor de enganchar al público. Ahí demuestra su maestría. La maestría de un autor, tanto si escribe cuentos como relatos cortos, está en la primera frase. Ella es la que engancha. Hace referencia a un asesinato y a quién fue el autor. Es como cuando García Márquez escribe Crónica de una muerte anunciada. En la primera frase dice “El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana...”. Ya se sabe el final, a Santiago Nasar lo iban a matar. A partir de ahí hay una continuidad que nos conduce al desenlace. La maestría de Stephan Zweig, en este texto, también empieza por la primera frase.

Estamos ante un texto que trata de la relación de objeto. El objeto perro y el objeto niña. Y estamos ante una metáfora sobre la responsabilidad. Hay una cadena causal que empieza con el regalo del perro, hecho con las mejores intenciones, pero que desencadena la relación de objeto.

En el momento en que Stephan Zweig escribió el texto, no era noticia, o no se conocía, lo que ahora podemos ver en la prensa sobre los perros que atacan a niños. Lo que tiene que soportar el protagonista canino de esta historia es el sentimiento de exclusión. Los animales padecen este sentimiento igual que los humanos. No es infrecuente que los perros ataquen al niño que causó su desplazamiento como objeto privilegiado en una casa. Stephan Zweig se anticipó en esta cuestión.

No hay que olvidar la relación entre animales y humanos. Gerald Durrell escribió un texto que se llama Mi familia y otros animales. En este texto hace referencia a que en esa relación hay un punto tangencial en donde el comportamiento humano y el animal doméstico pueden encontrarse si se dan determinadas circunstancias. Y otro escritor, en este caso checoslovaco, Jaroslav Hasek, pone en boca de uno de los protagonistas la siguiente frase:

“El día en que los hombres se dediquen a hacer el bien, empezarán a matarse unos a otros sin descanso”

Encontramos el deseo de hacer el bien por parte de Betsy, al comprar el perro y regalarlo; también en el vecino con su generosidad exultante. Pero en un momento determinado se produce un desplazamiento. La hija pasa a ocupar el lugar de amor y privilegio que ocupaba el perro. Esa es la anécdota, lo que se nos cuenta. Y hay mucha habilidad por parte del autor, en poner en boca de la vecina, Betsy, la interpretación de lo que se supone que el perro piensa. El perro lo expresa a su manera. Cuando se produce el desplazamiento y busca a la vecina con la pata, está buscando un lugar de reconocimiento porque no puede soportar la postergación de la que ha sido objeto.

El texto es mucho más profundo de lo que parece en su corto número de páginas. Está presente todo lo que acabo de señalar, la relación de objeto y la bondad que conduce a la tragedia. Por eso insiste en la pregunta ¿Fue él? Todo el relato conduce a creer que sí, pero lo que importa es el deslizamiento que produce el autor, deslizamiento que tiene que ver con los comportamientos de los personajes, animales, y humanos.

Luis Seguí

miércoles, 24 de noviembre de 2010

¿Fue él? de Stephan Zweig. Comentario de Silvia Lagouarde

Stephan Zweig es un autor que sabe de la existencia del inconsciente. Lo podemos ver en todos sus relatos y en sus libros de no ficción. En estos últimos, lo que hace es contar el hecho histórico en su forma real, tal como sucedió, pero desde la subjetividad del personaje.

Stephan Zweig tenía una extraordinaria perspectiva del poder, de la maldad del poder, así como del odio que puede generar un narcisismo humillado, como en pocos autores pude observar. Para él, era tal la infalibilidad que tiene el poder cuando está encarnado en el odio y la certeza, que no estaríamos ante otra cosa que ante la locura del poder. Para ese tipo de poder, todo sujeto inocente que no forme parte de la verdad fundamentalista, no tiene otro destino que la muerte.

A partir de estas ideas, comencé a pensar que este texto iba más allá del relato. También me detuve en tratar de comprender por qué un hombre de tanto éxito, con una relación con el arte como poquísimos han tenido, ¿cómo decide suicidarse con 61 años? Y llegué a la conclusión de que este texto tiene que ver con la percepción que Zweig comienza a tener acerca de lo que va a ser su final como judío. Y no sólo su final, sino el final de la humanidad que atisba en el surgimiento del nazismo y el Holocausto dirigido contra seres inocentes.

Por lo tanto, el nazismo tiene que ver con este texto en la medida en que evoca el poder y el odio. Zweig empieza a vislumbrar la locura del poder encarnado en este buldog, la locura de un poder que arruinará a todo un pueblo. En definitiva, me parece que el relato está conectado con esta parte de la historia y con la decisión de Stephan Zweig de perder la vida antes de terminar como ese bebé.
Silvia Lagouarde

lunes, 22 de noviembre de 2010

¿Fue él? de Stephan Zweig. Comentario de Gustavo Dessal, enviado desde Buenos Aires y leído en la tertulia

Es una suerte que gracias a este ingenio cibernético yo pueda acercarme esta tarde a todos vosotros, y no dejar de participar en nuestro encuentro mensual.
Más allá de las obras que las contienen, existen escenas en la historia de la literatura que por sí mismas poseen una fuerza y una elocuencia que las convierten en paradigmas imperecederos, momentos donde la verdad nos deja sin aliento. Evoco aquí, a propósito de esta pequeña novela que hoy nos convoca, el instante que pertenece a otra, cuando Robinson Crusoe, amalgamado a su resignada soledad, descubre la pisada de Viernes, el inequívoco signo de una presencia que no había contemplado.
Muchas son las páginas que se han dedicado a esta

escena, que reúne con gran intensidad dramática algo que el sentido común nos presenta como un
a experiencia natural y corriente, y que sin embargo está cargada de múltiples vivencias encontradas, complejas líneas de fuerza que se atraen y se repelen, creando una tensión por siempre latente y de inacabada resolución. Querríamos creer que la vivencia del semejante es un hecho sencillo y feliz, como si la Naturaleza o la Providencia nos hubiesen dotado de una tendencia consustancial a la idea del prójimo, de la comunión armónica de los hombres. Bien sabemos que tal ilusión es de inmediato derribada por la observación real de que nada nos predestina a un buen entendimiento y que, por el contrario, la aceptación de la existencia del otro es un hecho que nos conmueve en la raíz misma de nuestro ser. Los celos, esa pasión que abarca el amplio espectro de la comicidad y la tragedia, tienen allí su origen, en esa vivencia de intrusión a la que todo ser humano se confronta. Nadie, ni siquiera aquel que ha elegido una vida retirada, puede evitar por completo la sensación, al menos ocasional, de ver amenazado el pequeño reino personal que cada uno construye secretamente, y del que a toda costa querría preservar de huéspedes indeseables. De entre todas las experiencias intrusivas a las que estamos expuestos, posiblemente no haya ninguna comparable con la que supone la irrupción de la presencia fraterna. El hermano, prototipo de nuestro doble, nuestro semejante, prolongación viva de nuestra carne y nuestro espíritu, es ante todo el signo de una perturbación, de una incómoda ajenidad que irrumpe en nuestra vida, y que sin duda nos arrebata una porción de nuestro goce, una parcela de nuestro territorio, causándonos un daño considerable en el ejercicio del poder que creíamos detentar hasta entonces.
La extraordinaria penetración de S. Zweig en esta obrita que leí por primera vez en mi infancia por expresa indicación de mi abuela, es capaz de alcanzar los resortes últimos de lo humano, y hacerlos vibrar con la preciosa perfección de su lenguaje. Se vale en esta ocasión del extraño y magistral recurso de plasmar en un animal, el prototipo de la fidelidad y la nobleza, el terrible y

envenenado dolor que puede despertar el nacimiento de un hermano. Logra, de modo marcadamente convincente, situar en la conducta del perro el conflicto atroz cuyo resultado fatal nos va anticipando poco a poco, puesto que incluso la presunción del desenlace no nos ahorra ni un solo momento la angustia que nos invade como lectores.
¿Por qué transfigurar los celos infantiles en la figura sustitutiva del perro, en vez de expresarlos en el lugar originario, es decir, en el niño que, tomado por la confusión y el sufrimiento, ve peligrar el suelo sobre el que hasta entonces se alzaba la ilusión de una garantía inmutable? Tal vez porque el animal, y en particular el perro, que con tanta frecuencia ocupa en la vida real y para muchas personas el sustituto de un hijo, es un ser propicio para proyectar en él toda la indefensión y la desolación del alma humana. Podríamos entrar aquí en un largo y complejo debate sobre el alma de los animales, y del mismo modo en que que siglos atrás se discutió sobre la humanidad de los pueblos primitivos, proseguir la reflexión sobre la dignidad del animal, una polémica en la que grandes filósofos y pensadores se han comprometido, en un sentido u otro. No lo haré por varios motivos, pero al menos quiero concluir estas pocas líneas haciendo notar que en la metáfora del perro Zweig ha sabido mostrarnos la infancia en todas sus manifestaciones: en la ternura de su inermidad, en el ciego egoísmo de su irrenunciable narcisismo, en su devoradora obstinación a apoderarse de todo, y también en la ferocidad de sus deseos, en el fantasma criminal con el que es capaz de despachar todo aquello que se interpone en sus caprichos. Tanto el niño como el perro, si acaso envilecidos por el amor de los padres o los dueños, pueden convertirse en criaturas tiránicas, consumidas por el letal veneno de la omnipotencia. Zweig, lector y amigo personal de Freud, conocía tan bien como él, y lo vivió en su propia vida, que en la infancia habita ya el hombre, y que el hombre es esa extraña mezcla de nobleza y sinrazón que tanto el psicoanálisis como la realidad misma nos descubren sin cesar.

Gustavo Dessal

viernes, 19 de noviembre de 2010

¿Fue él? de Stephan Zweig. Comentario de Miguel Ángel Alonso


Texto muy cuidado, pausado y rítmico, impecable en su escritura, y pautado por ideas de gran relevancia en relación a nuestra compleja constitución como seres hablantes. Además de mostrarnos el tema bien aparente de los celos, este cuento de Stephen Zweig parece un buen lugar para pensar cuestiones que tienen que ver con la estructura lenguaje. Por un lado, se nos propone una coyuntura trascendental: situarse dentro o fuera de la dialéctica que impone el lenguaje, lo cual, como veremos, tiene consecuencias de diferente sino. Por otro lado, nos muestra, de forma implícita, una cuestión muy importante, la relativa a la constitución y a la función de los objetos en el terreno de lo humano.

Para dar cuenta de la posición dentro/fuera del lenguaje, el texto sitúa el lugar donde se encarnan los celos, una animalidad ambigua que convoca en un mismo lugar al animal y al ser que habla. Ello nos permite hacer más visibles las diferencias entre ellos.En Ponto reconocemos escenarios propios de lo humano y de lo animal.

1º. Sus estrategias con respecto al otro, Limpley, al que esclaviza con un proceder que el relato muestra tan consciente como pudiera ser el de un comportamiento humano.
2º. El corazón del relato está constituido por algo muy familiar, los celos, que tienen que ver con el desalojo de una posición de privilegio en la que fuimos receptores de atenciones que se nos prodigaban en exclusividad.3º. En Ponto concurre el instinto animal, imperioso, marcando el camino inequívoco, primario, sin capacidad para asumir la palabra, esa legalidad que, en un contrato simbólico, puede sublimar los impulsos hostiles y la agresividad que dicta el instinto.
El llamado y la palabra
Se podría establecer la siguiente hipótesis. Ponto es un animal doméstico, por lo tanto, está en el lenguaje,
y es por ello que puede llevar a cabo estrategias muy humanas en su relación con el otro. Pero, aunque Ponto vive en un escenario de lenguaje, no puede asumir la estructura que implica ese lenguaje. Es necesario hacer una distinción entre dos cuestiones: el llamado y la palabra.
El llamado puede ser común a lo animal y a lo humano, pero no asume, necesariamente, la palabra. Ponto puede realizar llamados como los que dirige a su dueño o a la Señora Betsy en el momento de su destitución, llamados en los que manifiesta su angustia. Pero ahí no hay ninguna dialéctica. No ha lugar para ningún trato que posibilite la delimitación de los espacios de Ponto y de los humanos.
Por su parte, la palabra sólo es algo propio de lo humano. Exige el establecimiento de una dialéctica para formalizar un contrato simbólico, un acuerdo en el que quede delimitado el espacio de cada uno. Es claro que Ponto no puede entrar en esa dialéctica. Respecto al llamado leemos en la página 48 del relato algo que abunda en esta hipótesis:

Jamás olvidaré la mirada de súplica, apremiante, con la que me contempló. La mirada de un animal en momentos de extrema necesidad, puede ser mucho más penetrante, casi podría decir, más expresiva que la de los seres humanos, pues nosotros comunicamos la mayor parte de nuestras emociones, de nuestros pensamientos, por medio de la palabra, que hace las veces de intermediaria, mientras que un animal, que no es capaz de hablar, se ve obligado a comprimir en sus pupilas todo lo que quiere transmitir. Nunca he visto la desorientación expresada de modo tan conmovedor y desesperado como entonces en aquella mirada indescriptible de Ponto

Y para clarificar aún más esta cuestión, para sumar a lo esencial de lo que dice la Señora Betsy, traigo un pequeño párrafo de Jacques Lacan correspondiente al Seminario 3, Las psicosis, página 135:
Al llamado humano le está reservado un desarrollo ulterior, más rico, precisamente porque se produce en un ser que ya adquirió el nivel del lenguaje

Sin duda, el nivel de lenguaje no es alcanzado por Ponto. En la página 47 de ¿Fue él? podemos leer:
“¿Qué significaba todo aquello? ¿Y por qué se veía él excluido y desposeído de sus derechos?... Lo que distingue el entendimiento animal del humano es que se limita exclusivamente al pasado y al presente, y no es capaz de imaginar algo futuro o de contar con ello. Y así, esto lo sintió aquel obtuso animal con una angustia desesperante
De este párrafo se deduce una vertiente del lenguaje. La que tiene que ver con un cierto nivel de la comprensión, del sentido. Estar desprovisto de futuro no es otra cosa que estar desprovisto de un tiempo lógico de elaboración, es decir, un tiempo para comprender.
Los celos y el objeto
Para adentrarse en el terreno de los celos es conveniente considerar la cuestión del objeto. ¿Cómo se interesa Ponto por él? En tanto es objeto del deseo del otro. Esto es relevante porque ilustra la constitución primitiva del objeto en lo humano. En el mundo de Ponto se conforma un objeto –el bebé— única y exclusivamente porque es objeto del deseo de su amo Limpley. Esta condición, bien reflejada en el texto, moviliza la estructura delos celos y sus tiempos lógicos.

Por lo tanto, la estructura de los celos siempre tendrá que ver con el deseo del otro. Limpley desea el objeto, ello implica que ese objeto se conforma en el mundo de Ponto como el adversario hacia el que dirige la animadversión y el odio.
Encuanto a los tiempos, podemos distinguir dos. En un primer tiempo, cuando surge el objeto, se lleva a cabo una inscripción imborrable, la marca del deseo del otro queda inscripta como alteridad primitiva: El otro desea más allá de mí. Podemos decir que ese tiempo es el de la perplejidad de Ponto. Pero esa marca es susceptible de surgir en un segundo tiempo de la vida: e
l del arrebato de los celos. En lo humano, cualquiera que encarne el primitivo deseo del otro, puede hacer resurgir la rivalidad y la competencia. En el animal, Ponto, ese segundo momento es el del acto.
Esta forma de constitución del objeto es lo que Lacan señala en el Seminario 3, Las psicosis, como “el conocimiento paranoico instaurado en la rivalidad de los celos”. Lo importante es que, en el ser humano, después de esta constitución del objeto aparece la mediación del lenguaje, lo cual permite otras posibilidades más allá de la absoluta agresividad. Para Ponto todo se queda en el estatuto de lo imaginario, de la imagen del otro, lo cual implica rivalidad y agresividad.

Los objetos como fijación del goce
Encontramos un cierto infantilismo en la posición de Limpley. Lleva a cabo un grado de fijación muy intenso con los objetos. Nos damos cuenta de que en cada renovación del objeto, produce una sustitución total y plena del anterior. Pero siempre encontramos la misma signatura, un exceso de goce que detiene la metonimia del deseo, hasta el punto de que olvidó el deseo de ser padre. Este detalle nos permite deshacer cualquier posible confusión entre goce y deseo. No estamos ante objetos que permiten el deslizamiento del deseo, sino ante objetos de goce en donde se produce una fijación.
Por otro lado, es tanto el goce que encuentra en cada fijación, que nos invita a la especulación. Se podría pensar que su juego con los objetos tiene algo que ver con lo puramente carnal y erótico. Cada fijación es como un éxito, como un encuentro pleno. Lo cual no puede sino indicar que tras ellos hay algo problemático que el texto no revela. Me inclino a pensar que esos objetos de goce, en realidad, pueden estar tomados para realizar una sustitución. Es importante ver que en ellos, Limpley no arriesga nada, al contrario, muchas veces parecen servirle para alejarlo de la relación con su mujer. Es una de las vertientes del problema. Los objetos, de esta manera, serían la metáfora de esa relación. Pero reitero, que esto sólo puede constituir una especulación basada en la evocación carnal que sugiere esa fijación plena de goce a los objetos.

Otra de las vertientes de estas fijaciones la muestra el texto de forma evidente. Es la vertiente que tiene que ver con su narcisismo, es decir, nuevamente con la completitud. Lo expresa Limpley en cada momento. Todo lo que hace, todo lo que toca, todo lo que es suyo, es lo primero en la escala de valores. Su yo no hace otra cosa que fabricar lo excelso. Parece un hombre cuya única finalidad es realizar lo pleno.

Y finalmente, todo se desvela de forma trágica en el desastre final. Si en el objeto se fija un goce completo, ello nos lleva a pensar que ese objeto está ahí para velar algo. Cuando al final, el objeto desaparece, deja al descubierto lo que obturaba, un vacío por el que se precipitan los protagonistas. La felicidad nunca más fue posible.

En ese contraste tan radical entre la plenitud y el vacío, vemos la función que cumple el objeto en el terreno de lo humano, la de velar una hiancia consustancial a lo humano. La falta por
excelencia.
Y es curiosa la articulación que se produce entre la posición de Limpley y el argumento general de esta reflexión sobre el lenguaje. También en Limpley encontramos una relación problemática con el lenguaje. Cada fijación produce una dificultad dialéctica, Limpley abandona casi la relación con los otros para dedicarse al objeto. De tal manera, en su objetivación, en su forma de identificarse a los objetos, no podemos evocar otra cosa que una muestra de su terror. La apuesta por el deseo es demasiado arriesgada para él.
Conclusión
¿Fue él? nos sitúa ante el reconocimiento o no de una alteridad: el Otro con mayúsculas, el lenguaje. Sin él no hay humanidad. Para quien no lo reconoce, Ponto o cualquier ser humano, no hay futuro que pueda establecer un tiempo de comprender. De tal manera, si el acontecimiento de la angustia promueve en el ser humano el encuentro con elementos simbólicos que nos permiten encontrar nuestro lugar en el mundo, en el animal, esa angustia promueve la acción específica, siempre directa, el acto, de tal manera que sólo la agresividad sin límites puede restituir el lugar de cada objeto.

Miguel Ángel Alonso

jueves, 11 de noviembre de 2010

¿Fue él? Una reseña de Mª José Martínez Sánchez

Con cara de ingenuo y de no haber roto un plato, Ponto nos mira desde la portada. –Tienes razón, fue así –dice–: la niña esa me molestaba y me la quité de delante, era lógico, o ¿es que los humanos no hacéis lo mismo a todas horas persiguiendo vuestro deseo, vuestros más íntimos deseos?
Sólo faltan estas palabras en la obra de Zweig para completar ese cuento, a medias fábula, donde un animal toma la forma humana del deseo y lo lleva hasta sus últimas consecuencias. Inteligentísimo Zweig, imaginativo, envolvente, relato ameno y bien articulado en presentación, nudo y desenlace, no deja resquicios para que leyéndolo de un tirón, como han de leerse los cuentos, encontremos todo tan verosímil y posible como para cumplir con la obligación de prevenirnos, en este caso, sobre la astucia y la maldad.
Y hablando de maldad, nos encontramos con una forma de razonar que no es la debida, porque en un cuento no hemos de pararnos nunca a analizar si tiene elementos absurdos, o si una circunstancia es rara, como lo fue que el perro estuviese suelto o que los padres, cuidadosos en todo, dejen solo el carrito con la niña, o cosas así. El cuento ha de leerse de corrido para permitir, de antemano, que cumpla en nosotros con la función que le ha sido encomendada que es, la de advertirnos de cosas que pueden pasar, de todo lo posible que pueda darse en la vida, y dejarlo ahí, en nuestras cabezas, como un conocimiento que, sin duda, de no ser por haber escuchado esa narración, tardaríamos mucho en adquirir, y sería difícil de ver. Y es en esta enseñanza donde radica el meollo de la cuestión haciendo una fuerte llamada a nuestro inconsciente con la siguiente pregunta: ¿Hay maldad en esa actuación que acaba con la vida de una niña, o solo se ha seguido aquí la secuencia lógica de un deseo?
Difícil nos lo pone Zweig al poner este acto de muerte entre las manos-patas de un perro que, como en toda fábula, nos habla de nosotros mismos, pero sin apelar, de ningún modo, ni a la razón, ni a las leyes humanas, ni a nada. Deseo puro, lógica secuencia del que no ha de razonar, puro egoísmo o tal vez, lo que podríamos llamar deseo-necesidad, necesidad absoluta de ser felices. Y nada más, para decirnos que esa manera ingenua de mirarnos existe ya desde detrás de unos ojos que siguen sin entender, primero, porque se le aparta de sus satisfacciones diarias para dárselas a otro, y, segundo, por qué no resolver el problema directamente sin más vueltas. Si lo primero es comprensible desde nuestro punto de vista, véase el caso de tantos hermanos destronados, no lo es lo segundo. Pero ese sería el punto de vista desde un correcto discurrir, y discurrir adulto. Y no caigamos en la tentación de analizar cómo fue educado y admitido ese perro en aquella casa donde el dueño, desquiciado de lo real, parece actuar sin una lógica que contenga en sí misma una cierta medida, porque esto se da en la vida, sí, la vida absurda que a veces envuelve, tapa y justifica el crecimiento de un deseo absurdo también en nuestras vidas. Pero Zweig, que con esto nos habla de lo humano exterior y anterior al deseo, no pretende justificar ni explicar nada, sino solamente dejar constancia de todo lo que ocurre. Y eso es lo más inquietante del cuento.
Animales de fábula, cuentos, inquietantes cuentos sobre seres humanos mezclados, como en este caso, con animales que comparten con nosotros mucho más que un espacio doméstico. Y tal vez sea esa la mezcla difícil para convivir, humano y animal cercanos, en la misma patria, en el mismo pueblo, en la misma casa, o bien humano y animal dentro del mismo cuerpo que habitamos, a veces, sin darnos cuenta de que es así, aunque esta convivencia se lleve por recorridos separados que parecen disimular una unión inexplicable y cierta, y que con mirada clara intentan hacerse perdonar, o hacerse entender por los que desde fuera nos miran con la duda, con la misma duda de Bettsy, la narradora, a la que su marido decía que juzgaba las cosas con demasiada precipitación.
Mª José Martínez Sánchez.