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sábado, 2 de mayo de 2009

Apertura de la 7ª reunión de Liter-a-tulia: El Baile de Irène Némirovsky por Alberto Estévez

El Baile es la obra que hoy nos convoca, de la escritora de origen ruso, Irène Némirovsky, que desaparecería trágicamente en uno de los más tristemente famosos campos de exterminio nazi.
Su lectura me ha resultado muy agradable, pero sobre todo reveladora. El ingenio de Némirovsky, su perspicacia y su afilada vertiente clínica, quedan demostradas ante un tema que para el mismo Freud resultó controvertido, lo llevó a reconocer al final de su obra que había subestimado su importancia; me estoy refiriendo a la importancia de la relación madre - hija, de consecuencias psíquicas múltiples y de amplio alcance.
Es justo en este mismo sentido que El Baile resulta absolutamente esclarecedor, y la prosa de su autora fluye y nos desliza en este terreno que constituye la relación de una madre y una hija, que contiene zonas tranquilas, y rincones oscuros, más presentes estos últimos en la pequeña novela que tratamos.
Casi podríamos ir enumerando las ocasiones en las que esa madre y esa hija se encuentran, ¿o deberíamos decir se tropiezan?
En el transcurso del relato, los tropiezos y desencuentros se suceden, pero podemos detallarlos desde la primera hoja, cuando sólo hemos leído unas pocas líneas de texto. Es esa primera escena que ya nos da las claves de lo que se va a jugar entre ellas. La madre entra en la habitación y profiere la siguiente frase: ¡...podrías hacer un esfuerzo al ver a tu madre!
Es justo este el vocabulario que se pone en juego en un enunciado presidido por la demanda, enunciado característico de esta mujer, la madre, a lo largo de todo el libro. Siempre se dirige a su hija desde ahí, desde la demanda, excluyendo cualquier otra posibilidad que pudiera abrir diferentes elementos en juego que no sean los significantes tales como esfuerzo, sacrificio, ... Y me resulta colosal que, repito, en la primera hoja del libro esto ya quede mostrado por la aguda visión de la autora.
Este otro que que para Antoinette constituye su madre, es un otro inconmovible. Se muestra pétreo, sin fisuras. Nos lo van dibujando, son pinceladas precisas, pistas dejadas como al pasar, pero que resultan definitivas. Si somos capaces de seguirlas cautelosamente percibiremos que no siempre fue así la relación entre esa mujer y su hija. En la página 10 nos relata la más tierna infancia de Antoinette, cuando era pequeña y su madre la sentaba en sus rodillas, la apretaba contra su pecho, la acariciaba y abrazaba.
¿Qué ha pasado? ¿Dónde se extravió lo que madre e hija compartían? ¿Podríamos pensar en un desencadenante que provoque el enfrentamiento?
Expresado así parece que tuvieramos que formular una causa concreta, algo del orden de un acontecimiento puntual, un suceso, pero yo no lo he pensado así. Me ha gustado dejarme seducir por la sutil manera que la autora insinúa el peso del paso del tiempo. ¿Qué quiero decir?
Como bebé, Antoinette parece poder tener un lugar en su madre, pero esa adolescente desgarbada de 14 años, que no sólo no se pone en pie cuando su madre entra en la estancia sino que pretende asistir aunque sólo sea un ratito a un baile con hombres y mujeres, esa, no conviene a lo que la madre demanda de ella. El libro lo refleja muy bien, al menos en un par de ocasiones en las que encadena, con alguna frase haciendo de puente, los dichos de una y otra. tenemos aquella en la que Antoinette sentencia: ¡... ya no soy una niña! A lo que la madre replica casi a continuación: ¡apenas he empezado a vivir yo!
Esta madre ha pasado de considerar a su hija desde el pobrecita mía, al ¡déjame tranquila, me molestas! Una mujer cuyo marido recibe un tratamiento por parte de ella; es "querido amigo", negando cualquier vestigio de sexualidad en la pareja, y aún más, ejerciendo una fuerza contínua de desautorización de su función como padre. Como consecuencia, lo que obtenemos es una función paterna devaluada que fracasa como elemento que pudiera apaciguar la tensión madre - hija. Función paterna que encontramos deteriorada en la persona de la madre cuando nos confiesa que ella no es como su propia madre, que nunca supo negarle nada. Entonces se ve guiada por su propia ley caprichosa que la lleva a detestar al criado sin saber porqué, o incluso a preparar un baile sin desearlo, no hay deseo en ello, porqué lo iba a preparar ella si no fuera por lo que pueden llegar a envidiarla.
¿Qué opción le queda a Antoinette? O consiente ser el objeto de los caprichos de su madre, o se arranca a sí misma de esa posición de niña. Esto es clave, y por ello podemos decir que recibe complacida esas lágrimas nocturnas exentas de hipidos y sollozos, porque son lágrimas de mujer y no de niña.
¿Y esa obsesión con el amor? ¿No tiene un punto de exceso más allá de lo que una adolescente puede conferirle de importancia a este tema? Seguro, pero esta es la salida. Freud nos explicaba que el odio a la madre toma su intensidad del amor que lo precede. Y Lacan nos enseña que el amor es lo único que permite al goce condescender al deseo. En el caso de cada uno de nosotros tiene su traducción, también para Antoinette: se trata de su acceso a ser mujer, a su posición femenina, que se realiza por la vía del amor, y que conlleva la introducción de un elemento que no queda recubierto por el manto de la demanda.
Se trata del deseo. Y este es el paso que como sujeto ha de abordar: desde la posición de objeto que trata de colmar el deseo de su madre, o como gusta decir a su madre, ser una buena hija, hasta poder convertirse en el objeto del deseo del varón.
Desde luego que no es poco, pero ese pobre mamá con el que la autora ha decidido finalizar la obra, nos llena de esperaranzas.

Alberto Estévez

viernes, 1 de mayo de 2009

Resumen 7ª tertulia; El Baile de Irène N'emirovsky

Nuestra compañera Sagrario Sánchez de Castro fue la encargada de abrir la séptima tertulia. Ya con anterioridad, había realizado su primer trabajo de psicoanálisis sobre esta obra de Irène Némirovsky, poniéndola como ejemplo de lo que es el estrago materno.

En dos escenarios se haría evidente el estrago. Uno en la infancia de Antoinette, cuando después de una época de abrazos, la madre la rechaza por molesta, llegando incluso al insulto llamándola “pequeña imbécil”. Es para Antoinette una frustración de amor fundamental. Y un segundo momento sería cuando le pega una bofetada delante de los chicos, momento en que Antoinette hubiese deseado morir.

Una frase de Antoinette resulta sugerente: “esa mujer que osa amenazarme”. Dos vertientes de esta frase adquieren relevancia, por un lado, la visión que la niña proyecta sobre su madre, no en la función materna, sino como rival. Por otra parte, la frase reflejaría la hostilidad de la madre hacia la hija, madre que está en una fase declinante de su vida, y que centra sus prioridades en los deseos de grandeza y de relaciones sociales, y no en su papel de madre.

Respecto a esta rivalidad madre-hija, la niña estaría contando como sale del idilio infantil con la madre. Lo que fueron abrazos deviene rivalidad. Parecen dos mujeres, una emergente, que empieza a despuntar, y la otra que necesita jugar la última partida como mujer. No es verdad que la madre organice el baile por pura apariencia, sino que hay un deseo detrás, volver a encontrar un hombre que la abrace, un amante. Hay un deseo de mujer detrás de toda la apariencia.

Un detalle extraordinariamente clínico lo podemos ver cuando Antoinette ve que la madre está preparando la fiesta, se inquieta porque los empleados no van suficientemente deprisa, y hace un gesto de desesperación con las manos. La niña descubre ese gesto y se mira en el espejo, es el mismo gesto que ella hizo al tirar las cartas. Hay muchos momentos en que las dos están en una relación especular, la madre dice “tengo que vivir yo”, “ahora me toca a mí”, todo el tiempo tú o yo en una especie de tirantez en el eje especular.

Respecto a toda esta rivalidad madre-hija, se sostuvo que habría una cierta perversión de la niña porque su venganza se va realizando poco a poco, en ese tiempo en que cada invitado no llega. Además, la niña se muestra malévola cuando en un momento dice que si la descubren le va a echar la culpa a la institutriz. Es decir, hay un cálculo de su acción.

El lugar central de la obra es el momento en que la chica lanza los sobres al Sena. Fue considerado
como un pasaje al acto, término psicoanalítico en el que encontramos los siguientes requisitos. Un instante de angustia patente en Antoinette cuando ve a su institutriz con la vitalidad de una mujer en relación con un hombre que la besa. Quiere desaparecer de la escena. La chica se retorció las manos como una mujer celosa y con el movimiento que hizo un sobre escapó y cayó al suelo, lo recoge, y a continuación decide lanzarlos todos al río. Acto imprevisto, no premeditado. Aquí hay un franqueamiento, un pasaje, y un punto de no retorno. En el acto se produce un cambio de sujeto, Antoinette ya no es la misma después de realizar esta acción. Ahí tiene una capacidad de acción, que en otros momentos no tiene.

Y aunque el despertar de la sexualidad de Antoinette está presente en toda la obra, de alguna forma está vinculado con esta escena.

Se relacionó El baile con la obra de Françoise Sagan, Bonjour Tristesse, teniendo en cuenta que su protagonista es una niña perversa para los escritores de esa época. La autora de El baile guardaría siempre una frialdad muy grande, frialdad narrativa también, porque nunca se implicaría como narradora afectiva, ni tomaría partido por nada ni por nadie, ni siquiera pone en boca de la niña ninguna manifestación excesivamente afectuosa, de cierta culpa o remordimiento. Antoinette tiene catorce años, mientras que la protagonista de Bonjour Tristesse tiene diecisiete y la venganza contra su padre es mucho más elaborada y llena de sentido, por eso más llena de culpa, cosa que aquí no ocurre.

Sin embargo, otra posición sostenía que la narradora sí está implicada. De hecho es un libro autobiográfico escrito por Irène Némirovsky como venganza hacia su madre, en unas vacaciones en que la dejaron sola. Era una niña muy apartada de la vida de sus padres. En el plano afectivo habría diversos momentos en los que hay una toma de posición, por ejemplo, cuando piensa que en la fiesta a la madre la van a confundir con una cocinera, que ella a su lado sería maravillosa y estaría rodeada de hombres. Otro momento es cuando estaban organizando el baile y ella piensa que sus padres son unos pobres incultos, y groseros. Y en el mismo final la sonrisa parece manifestar la indiferencia por la madre en el momento de su hundimiento.

Por lo tanto, la clave del libro en relación a la distancia narrativa estaría en el hecho de que es un libro profundamente autobiográfico. La autobiografía de Irène Némirovsky nos mostraría coincidencias abrumadoras. Sus padres eran judíos emigrados de Rusia, de fortuna, insertados en París, que en esa época era una sociedad profundamente semita, que buscan el brillo social a través de la riqueza y en algunos casos con la compra de títulos de nobleza, casarse bien o mal. Libro de juventud escrito a los veinte años, en el que habla de sus vivencias infantiles y de su pubertad, de la relación que ella ha tenido con sus propios padres. No es un libro donde la autora pueda tomar distancia porque, en realidad, está hablando de sí misma. Cuenta lo mal que lo ha pasado en la infancia, en la pubertad, en la adolescencia, y muestra una sociedad de arribistas y de trepadores, la sociedad del segundo imperio francés de 1870 hasta la primera guerra mundial, antes de la crisis del 29 cuando la especulación de la bolsa. Lo que se estaría demostrando en el libro es que todo es puro semblante, ellos ponen permanentemente el lazo social en el reconocimiento por parte de esa sociedad de lo que todavía no son. Son judíos recién llegados, ricos, pero que, al no tener el reconocimiento social, lo necesitan y lo quieren comprar. Y Antoinette describiría esa situación desde su punto de vista, que es el mismo que el de la autora de la obra. Por lo tanto, no se puede entender la obra si no se relaciona con la biografía de la propia autora. Eso le da una profunda amargura a la obra porque estaría hablando de su historia. Antoinette se podría llamar Irene.

En cuanto al tema del amor, una de las hipótesis era que estábamos ante un libro carente de amor. Los personajes viven juntos por circunstancias pero en ningún momento se habla con cariño sino con reproches. La niña es una adolescente con los típicos problemas de la adolescencia, afirmar su personalidad, querer hacer cosas que hacen los adultos, y no atenerse a la realidad estricta que tiene. El rechazo de la madre le hace ver que nunca hace nada bien, no le ofrece ningún cariño, al igual que el padre. No habría entre los personajes ninguna manifestación de amor.

Otra hipótesis discrepaba, no estaba de acuerdo con que no hubiese amor en el libro. Sostenía que amor y odio serían dos caras de la misma moneda. Lo opuesto al amor es la indiferencia, no el odio.

Se analizaron las invariantes de la adolescencia. Se trajo a colación la definición de adolescencia definida por Víctor Hugo como “la más delicada de las transiciones”. ¿Qué hay de invariantes?, ¿qué permanece de la problemática adolescente siempre?, ¿qué hay que atravesar siempre? En esta etapa, para los adolescentes, hay un componente mortificante, aparece una tendencia a la muerte que muchas veces se realiza, y otras veces es fantaseada. Una invariante sería el encuentro con la sexualidad. Aparecería como desencadenante del pasaje al acto, como ya se dijo. Pero es algo que se juega en la relación entre la madre, la hija, y el padre, el triángulo edípico, con una resolución muy buena. Contrariamente al estrago –cuando Antoinette se queda con toda la mortificación encima, llena de síntomas—aquí la agresividad que le despierta la madre tiene una solución en la venganza. El acto está completamente dirigido a la madre y es como un punto de reconciliación. Ella recibió la agresividad de la madre y lo que hace es el diseño de una venganza, castra a la madre, la pone en falta. Pero no se trata de la conciliación de las dos, sino de conciliación del sujeto. Esto se dejó claro para evitar el malentendido que puede surgir de la palabra conciliación, pues es verdad que Antoinette arruinó el baile de la madre.

Se desdramatiza así la acción porque todas las adolescencias son complicadas y difíciles, y complicado es también para los adultos que acompañan la adolescencia. No se trataría solamente de la joven, sino también de los padres, los profesores, todos están implicados en esto. Que ella haya podido descargar esa agresividad parece una buena señal. El eje de su acción sería, o bien llevar esa vida elegida por los padres, o quebrar por completo este orden y establecer otra vida para ella.

Se especuló sobre el futuro para Antoinette, éste no aparecería como nada claro. Quizá no podría sostener una relación fácil con los hombres, y ello sería debido, precisamente, al estrago materno. Esta idea se sostiene en la hipótesis de que la primera vinculación con la madre siempre produce efectos en la relación que se tiene con los hombres.

El final del libro resultó controvertido. Por un lado parece desesperanzador, porque mostraría la venganza de la niña. Cuando todas las ilusiones de la madre se derrumban, la niña la abraza con una sonrisa que la madre no puede ver. En ese cruce entre ambas, la madre se hunde y la niña llega a la vida.

Pero también se dijo que lo extraordinario es cómo Antoinette provoca finalmente su alojamiento en el deseo materno, cuando en la última página la madre dice que todos son unos pajarracos, “sólo te tengo a ti mi pobre niña”. La niña por su parte dice “pobre mamá”. En esa pobreza –significante que está en oposición a la riqueza— se aloja la falta que permite que las dos se fundan en un abrazo.

Todos los comentarios reflejaron la complejidad que tiene el libro y las múltiples entradas que se pueden hacer. Quedaría puesta de relieve la realidad de una época donde la educación de los hijos era muy estricta, a la vez que, en ese principio de siglo, los hijos de familias con cierto nivel no estaban apegados a los padres como ahora, sino que tenían su institutriz y los padres veían a los hijos de vez en cuando. La autora, entonces, retrataría la sociedad de su época, basada en la apariencia, y los aspectos sociales, históricos, autobiográficos, todos ellos necesarios cuando de analizar una obra se trata.

Liter-a-tulia

miércoles, 8 de abril de 2009

El baile, de Irène Némirovsky. Comentario de María José Martínez Sánchez

Es una novela realista y abierta. Fue entregada a su editor parisino en 1929, cuando la joven autora rusa de 26 años, de origen judío, exiliada con motivo de la revolución bolchevique, que había estado un año en Berlín, irrumpe con esta tercera obra en el mundo de la Literatura.

Escritora-niña prodigio, comparada por muchos con Colette y Françoise Sagán, hace gala en esta obra de una distancia expresiva que no tuvo, por ejemplo, la heroína de Bonjour tristesse. Y aunque la “travesura” es aquí menos complicada que en aquella novela, no puedo dejar de comparar a Antoinette con Cécile, aquella otra niña perversa cercana a su época.

La autora de El baile, mantiene la frialdad narrativa durante toda la novela, y nunca se implica en el relato como narradora afectiva, ni hace ninguna reflexión profunda; ni siquiera se duele demasiado cuando la protagonista recuerda aquella primera bofetada

de su madre. De esa frialdad sale el tono general de la novela, sencillo, plano y prodigioso, que construye la indiferencia propia de los catorce años de la protagonista, que nos cuenta, en tercera persona, con el limpio corte de un bisturí, y sin entretenerse en consideraciones pegajosas, lo que ocurrió en su pasado que enseguida es presente. La autora ya no es tan joven cuando nos regala esta pequeña joya literaria escrita en francés, cuando ya había tenido bastantes experiencias.

De familia acomodada –su padre, banquero moscovita, de los llamados rusos blancos–, tuvo ocasión de conocer perfectamente, en su tierra natal, el mundo deslumbrante y delicado de la refinada burguesía rusa. Y aunque el exilio la sacó de allí a los 15 años, fue capaz de mantener la memoria adolescente de su aguda mirada enriquecida luego con estudios, y con una institutriz francesa, para años más tarde hacer la despiadada y sutil comparación de aquella sociedad con los arribistas de un Paris de entreguerras a los que luego nos mostrará en su más cruda realidad.

Estos nuevos ricos forman la familia de esta historia de banqueros que parece autobiográfica, ya que el Sr. Kampf también era judío, y a lo largo de la historia, la voz narrativa parece el vivo eco de la voz de la autora.

Libro sin sorpresas, la autora nos cuenta muy pronto cómo estos personajes quieren dar un baile para hacerse conocer entre los antiguos burgueses y aristócratas de París. Y cuando la hija de catorce años muestra su deseo de asistir a la fiesta, se encuentra con la rotunda negativa de la madre y la debilidad consentidora del padre que nunca la contraría. Y la madre aduce que es ella, ella, sin lugar a dudas, quien tiene que lucirse y destacar en ese evento. Esto da lugar a la fría y tremenda rivalidad que nos describe la autora entre una madre absurda y ostentosa, y una hija adolescente, tal vez algo precoz, que el día de la fiesta, y para no estorbar, ha de dormir en el cuarto de la plancha.

Y es muy cómica y muy reveladora, en este relato tan escueto, la elaboración de la lista de invitados, donde muchos pueden ser hasta antiguos delincuentes rehabilitados, gigolos, parejas irregulares, y, ¿algún marido, tal vez? –pregunta el padre–, explicado todo esto en presencia de la hija que va poniendo las direcciones a los sobres, mientras se prepara la sala con lámparas a media luz, con mesas íntimas, y con música, como en un dancing, imitación de alguna otra fiesta, donde según nos dice la autora, las damas desean ser tocadas. La historia, ligera en estos planteamientos, avanza sin ninguna cadencia sentimental, pero con la distancia justa para retratar perfectamente a la madre, y para ver más adelante la evolución de la personalidad que a partir de un cierto momento desarrolla la niña.

Y es que la madre, personaje principal de la historia, no aguanta la pasividad de su hija ante el evento que a ella la tiene enajenada. Y no aguanta esa pasividad natural en una cría de esa edad, —“esta niña siempre está en la luna”–, porque sólo desea ver a su alrededor a personas que puedan hacerle coro, a personas que sean capaces de aportarle las imágenes de glamour, de triunfo y reconocimiento que ella necesita. Y esa diferencia entre su ambiciosa forma de ser y la de su hija, es la que la hace ser agresiva sin motivo, pues está claro que la niña de catorce años nunca podría ser su rival. Pero no ocurre así, pues de alguna forma su hija es ese permanente reproche infantil que ella no soporta. Al final ella queda en ridículo en una representación finísima, y casi vacía de personajes, cuando los músicos van saliendo de la casa a medida que se beben los licores. Escena final de lágrimas y acusaciones matrimoniales en la que una mujer y su hija están grotescamente enlazadas.

Hija adolescente, deseosa de ser ya una mujer, envidia a la miss y su novio, que se besan y abrazan, imaginando ella cómo será todo aquello. Es una jovencita soñadora que cansada de vestidos feos desea ir a ese baile y flotar en ese ambiente en el que ya se ve bailando en brazos de un hombre. Y eso es un deseo tan legítimo, que hasta su padre podría comprenderlo, pero se encuentra con la negativa de la madre, a la que casi siempre estorba, y que en estos momentos quiere ser la única mujer en los salones.

Y a partir de ahí, aderezada la historia con algún que otro amago de volver a levantar la mano a su hija, con ciertas alusiones injustas hacia su cara de adolescente –“¿en qué sueñas con ese labio colgado?”–, se elabora la venganza de la niña en esa novela cuajada de ironía sobre esa sociedad de nuevos ricos entre los que se siente más lista y más instruida que esa gente a la que juzga y que también llora por tonterías. Ella necesita apartar a todos de su camino para alcanzar esa vida en la que no quiere perder tiempo ni vivir tan modestamente como le ha ocurrido a su profesora de piano.

Por lo visto, la niña también es ambiciosa.

Al final, la venganza de la niña va llegando lentamente con el retraso de los invitados, al igual que ella se hace perversa a medida que pasa el tiempo. Todo ha ocurrido por la indiferencia triste y la falta de perspectiva de esa adolescente que un día se enfadó. Y aunque ella no está segura de si lo que hizo está bien o mal, lo hizo con el deseo de castigar a su madre, o tal vez a los dos, tirando al Sena o dejando caer las invitaciones para la fiesta.

Y aquí es donde la historia se decide. Si Antoinette hubiera echado las invitaciones al correo, habría sido la niña que seguía el camino conocido y señalado de antemano, el camino lógico y normal. Pero es en ese momento, cuando las deja caer, cuando elige un camino nuevo, el extraño camino de lo desconocido, un desafío al futuro donde ya nada estaba escrito, un futuro que para ella, y en su más íntimo interior, es un futuro sin retorno.

Y ya tenemos formado un vacío en esa niña-adolescente, entre inocente y perversa, que no tiene en donde sujetarse, y que en el paso hacia la madurez rompió las reglas del juego adentrándose en la aventura de, “a ver qué pasa”, con una dejadez y con una irresponsabilidad absoluta, pero con una sutil decisión interior que antes ha depurado con las lágrimas serenas de mujer vertidas en su cuarto. Luego esperará escondida disfrutando quedamente con todo lo que ocurre, para llegar al final y contemplar, en medio de un pequeño susto y una gran indiferencia –ya no queda más remedio que ser indiferente–, el desastre de esa fiesta a la que sólo llega la profesora de piano. Por cierto, a ésta no le ofrecen caviar para no estropear el efecto decorativo de las fuentes.
Es patética y extraordinaria la escena en la que se espera a los invitados. Son unas páginas maestras, para mí las mejores de esta historia, donde la tensión de la espera –tan fría y tan dosificada como la vieja venganza aplazada–, nos tiene en vilo cada vez que suena el timbre, aún sabiendo nosotros, como sabemos, que nadie va a llegar.

Así acaba, sin empezar siquiera, el dichoso baile tan deseado por su madre. Ella, que ahora se da cuenta de la dimensión de la tragedia, y que piensa que podría ser un sueño, se muerde las manos y dice algo así: –“Me importa un bledo, me importa un bledo; mamá puede hacerme lo que quiera, ya no tengo miedo”. Efectivamente, ya no puede tener miedo, ya rompió esa barrera. Estamos asistiendo al nacimiento de una valentía innecesaria en una niña que ya está sola. Cuidado. Ahora está más indefensa que antes.

Finalmente, y como colofón, la madre culpará al padre de todo su fracaso, y Antoinette ha de oír las frases duras y de desprecio con las que su padre humilla a la madre. Así es como se entera de por qué se casaron sus padres. El desprecio de la niña es absoluto. Tenía razón en lo que hizo. No valía la pena conservarlos.

Y ante tal desastre de fiesta y de vida que ahora parece dirigirse hacia esa ruptura matrimonial, ella, que oye todas esas imprecaciones, está indiferente.

–Y, ¿no se siente culpable? –nos preguntamos.

Según aparece en la historia, no, porque el tono general de la novela no es un tono pesaroso. Si lo fuera, la novela se cerraría con ese personaje triste que no existe aquí, como en la obra de Sagán, tal vez porque está desbordada por los acontecimientos, o tal vez por sentirse instalada sobre esa venganza esperando a que los padres empiecen a destrozarse mutuamente para confirmar que ella es superior.

Pero hay un momento en que la niña oye su voz interior y quiere desaparecer, porque a pesar de su prisa por crecer, aún es muy pequeña.

–“Me mataré –dice en una reacción muy infantil–, y antes de morir diré que todo ha sido culpa suya”.

Y aquí más que culpa se atisba mucho miedo, tal vez miedo al castigo.

Cuando todo ha acabado la niña-niña va hacia la madre y le toca el pelo. De alguna forma la quiere consolar, cambiar la historia, volver todo a lo que era antes, volver a ser inocente. Y la madre quiere ponerla de su lado diciéndole, con esa expresión tan francesa, que su padre se ha ido y que, “sólo te tengo a ti, ¡mi pobre niña!”

Pero, al igual que al principio se nos cuenta, en esta novela discretamente circular, la madre acaba separando a la hija de su lado, porque materialmente le molesta. Y lo hace de tal modo que el posible acercamiento desaparece. Entonces la indiferencia vuelve a instalarse en la cabeza de la niña que viendo cercana su victoria da un paso más, y apretándose contra la madre, y viendo lo que se avecina, le devuelve la frase con una enigmática sonrisa: “¡Pobre mamá!”.

La perversidad ha crecido.

Y así acaba esta historia contada sobre un absurdo cruce de caminos entre una madre burda e ignorante, y su hija de 14 años, niña bien educada, que se atrevió a poner una zancadilla en el camino de sus padres, sin pararse a pensar en las consecuencias ni en su propio descalabro.
Pero, ¿qué habrá sido de Antoinette?

Mª José Martínez Sánchez.

sábado, 4 de abril de 2009

El baile, de Irène Némirovsky. Comentario de Miguel Ángel Alonso


Al contrario que en anteriores lecturas ensayadas en esta tertulia, en las que se dejaba ver la ambigüedad en la acción, la multiplicidad temática, y asomaba con facilidad la metáfora, esta obra aparece más pegada a la vida, una concreción, un retrato preciso de la misma. La acción no se distancia de lo cotidiano, una relación madre hija situada en lugares comunes, acentuada por los excesos surgidos de sus respectivas posiciones, y mediada por la insignificancia de un padre pusilánime.

El libro me trajo a la memoria la primera frase de Ana Karenina: “Todas las familias dichosas se parecen, las desgraciadas lo son cada una a su manera”. En su particularidad, esta familia de nuevos ricos procedente de un estrato social humilde, deseosa en desmesura por vestir un semblante de fortuna, no consigue llegar a la dicha de los que se parecen. Se quedan en la particularidad de su desdicha, incluso por convencimiento propio, pues ni se reconocen en ese semblante, ya que su procedencia, según ellos manifiestan, los delata.

La temática general del libro es la contraposición entre, por un lado, la futilidad de la comedia banal de la vida, y por otro, la vida de los valores y el drama trágico que llevamos escrito (87) a lo cual corresponden dos frustraciones,
del lado de lo fútil, representado por los padres, encontramos una frustración de goce. Del lado de los valores, representados por la hija, una frustración de amor:

“¿Cómo se puede llorar de esa manera por algo así ? ¿Y el amor? ¿Y la muerte?... Un día morirá. ¿Lo ha olvidado?” (92).

El primer papel es representado por los padres, indiferentes ante lo supremo de la vida, el amor, la muerte, y embargados por la frustración que produce la no consecución de lo banal (frustración de goce). El segundo papel es representado por la hija, que, ante una demanda de amor dirigida a la madre, sufre una gran decepción (frustración de amor). De tal manera que, la hija, sabiendo situar lo verdadero de la existencia, siente como se diluye la investidura de los padres como autoridades simbólicas, ellos no saben estar a la altura de la función que les corresponde desempeñar (92).

Otro tema general es la cuestión de la responsabilidad ante el deseo, vinculada por un lado al fracaso de las funciones parentales, y por otro a la cuestión de la alienación o la separación a un cierto tipo de deseo. Podemos ver como el hecho de tener hijos no implica necesariamente ser padres. Ser padres es desempeñar funciones a las que el hombre o la mujer han de estar vinculados por el deseo. Por otro lado, la responsabilidad de la hija respecto a su deseo se sitúa en la no alienación al deseo del otro, por el contrario, produce la separación de ese deseo estragante.
Relación madre-hija
Tenemos una madre, mujer muy primaria que no va más allá del goce en el cuerpo, que no contempla ningún escenario simbólico, y una joven adolescente que realiza una demanda de amor a la madre, demanda en la que está en juego el enigma de su deseo en relación a la cuestión de ser mujer. ¿Por qué lo que la chica pide es una demanda de amor? El objeto de esa demanda –asistir al baile— se convierte en símbolo que representa, en el dar o no dar de la madre, el amor de ésta hacia la hija. Y lo que observamos es la omnipotencia de una madre caprichosa que da o no da según su antojo. La chica se dirige al Otro materno a causa de lo que le acontece como enigma, y obliga al Otro a responder. El Otro responde no satisfaciendo la demanda, no dando el objeto de amor. La frustración de la hija por el tipo de respuesta que recibe es una frustración de amor.

Hay que decir que, aún sabiendo que no siempre es posible ni conveniente saciar esa demanda de amor, el tipo de respuesta sí es importante. Ante la imposibilidad de esa satisfacción, la madre puede reaccionar con palabras o con insultos. En este libro se trata del segundo caso.

La función del insulto es importante, tiene que ver con las marcas en el cuerpo, marcas que determinan en gran medida la vida de los seres humanos. El insulto divide al otro, y queda grabado en el ser, fija al sujeto a los significantes que se profieren. El insulto va dirigido a la forma de gozar que tiene el otro (10). Dice “tu eres”, y ese decir es trasformado por el sujeto en “yo soy”. De tal manera es así que los parcos abrazos del principio, aunque fuesen eternos, son contrarrestados por un insulto eficaz. Es lo que produce esa madre gozadora, insultos y desprecio ante la demanda de amor de la hija. Muy acertadamente esta hija bien podría preguntarse: ¿soy hija del deseo y del amor de un hombre por una mujer?”

¿Qué mujer hay en la madre? ¿Qué madre hay en la mujer? Para ella la cuestión es el placer, el goce. En esta mujer, salvo en el principio y en el final –cuando ya es tarde— no hay madre. Nadie ejerce las funciones simbólicas que generalmente, con mayor o menor fortuna, se establecen en el entorno familiar. Es una madre próxima a lo ilimitado, dispuesta a grandes renuncias –no ejercer la función de madre en relación al amor— y a grandes concesiones para ocupar un lugar en lo social, un semblante ante el otro. Falta de límites y un padre débil que no ejerce su función simbólica, que no pone freno ejerciendo la función de pacificar esa tendencia a lo ilimitado, a ese exceso de goce por parte de la mujer.

Hay que decir al respecto que un padre no es tanto el que se ocupa de un hijo, sino el que se ocupa de la madre. Sería el padre en tanto hombre, ocupándose de la madre en tanto mujer, ocupándose de su deseo, de su goce. Y la intervención paterna parece débil en todos sus aspectos. Es, además, desvalorizado por la madre, en presencia de la hija. El verdadero padre simbólico sería el capacitado para cernir el goce articulándolo a ciertas normas que lo limiten. Aquí parece que ese padre no funciona, falla en la relación con su mujer, es un padre pusilánime.
La separación, un desafío
Al no encontrar satisfacción a esa demanda de amor que solicita una respuesta del Otro materno, se produce el desafío (55). La hija se desvincula de ese Otro, poniendo en juego su goce sin Otro, sin palabras, goce en su vertiente destructiva de venganza. Si no hay Otro simbólico, buenas palabras que regulen la acción, la respuesta es por el lado del goce pulsional. La hija, en el momento crucial en el que la sitúa su deseo, pone en juego la separación de una madre gozadora, y lo hace por el lado de lo peor, bajo la forma de la venganza. No puede encontrar un lugar para sí, y lejos de alienarse, se hace responsable subjetiva de su deseo con la forma de la venganza.

Se podría pensar que la reacción de la niña es la expresión de una queja y una oposición al deseo del otro. Con su acción, lo que hace es dividir, vaciar al otro, y hacer una denuncia: “Tú no te ocupas de las cosas realmente importantes de la vida”. Podemos decir que lo que hace la niña es no someterse a la ley de la madre, y en el desafío pone a la vista las carencias de ésta, su vacío. Antoinette parece, en este sentido, una pequeña Antígona.

En el instante final, las vidas de ambas se cruzan para bifurcarse en el instante. El padre desaparece en la máxima expresión de su debilidad. Y como al principio, pero ahora de forma trágica, la madre abraza a la hija después de un largo intervalo plagado de insultos y de rechazos, habiendo dejado pasar, como ocurre tantas veces en la literatura y en la vida, el amor. Todo concluye, el hombre muestra que no es padre, la mujer ha sido destituida como madre, y la chica comienza a caminar su deseo de ser mujer.

Miguel Ángel Alonso.