viernes, 12 de junio de 2026

Ramón Gómez de la Serna. Un ejemplo de historicidad*

* El texto que va a continuación corresponde a una exposición realizada en Julio de 2025 en el Taller Lengüajes que se celebra en la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis de Madrid. Así mismo, está incluido en la página cilajoyce.com del Círculo Lacaniano James Joyce y también en el libro Luna Rota de Giz Pedre, heterónimo de Miguel Ángel Alonso. 

Dado que, con Gómez de la Serna, voy a entrar en un escenario de historicidad, voy a comenzar contando una historia. Es la de un sábado cualquiera en el que, sin ninguna intención particular, entro al Museo Conde Duque de Madrid. Después de recorrerlo parcialmente, llego a una estancia en la que me doy de bruces con no sé muy bien qué, pero que me detiene radicalmente, un cubículo, una habitación llena de cosas, de estampas, figuras, libros, objetos. Comencé a caminar a su alrededor sin dejar de preguntarme qué era eso que estaba viendo y que se parecía tanto a una buena muestra de arte contemporáneo, hasta que alguna leyenda me detuvo para informarme que estaba, nada más y nada menos, que ante el despacho de Don Ramón Gómez de la Serna, no el madrileño, sino el que tenía en Buenos Aires. Iba para estar allí un ratito, y no salí hasta pasadas más de dos horas, dando una vuelta más y otra y otra. Muy impresionado por lo que había visto, por aquella acumulación y revoltijo de cosas, cuando acabé de ver la exposición, pensé que, tratándose del autor madrileño, amigo entre otros de Victoria Ocampo, Borges, Macedonio Fernández, Oliverio Girondo, un sujeto que se distinguía por su singular, iconoclasta, e irónica facundia, que merodeaba por los suburbios del goce de la lengua en su literatura, pensé que no sería mala idea hacer un trabajo para Lengüajes, un trabajo para construir un sentido o un sinsentido en relación a esa infinita profusión de objetos acumulados en su despacho.  

Y estaban allí, por supuesto, los textos que acompañan a toda exposición. Unos textos que ya me impusieron la idea de Ramón Gómez de la Serna como pensador del lenguaje, del sujeto, y de la relación sujeto-objeto. Pensador, no en un sentido profesoral, académico o filosófico, sino todo lo contrario, pensador en una vertiente artística, literaria y poética. En esos textos mínimos, en esas miniaturas, están, como si fuera obra de un milagro, situados de forma explícita y en su lugar preciso, los elementos que van a configurar un potente pensamiento sobre el sujeto y el objeto, elementos que pertenecen a las instancias de lo real, lo simbólico, lo imaginario. 

Tengo que decirlo así: me quedé perplejo y sobrecogido con su lectura. Algo me tocó el cuerpo. Allí se refiere Gómez de la Serna a un objeto que, al que venga del mundo del psicoanálisis, no puede dejarlo indiferente. Podríamos situar a ese objeto incluso como resorte de toda su obra, como una ficción del origen que la pone imperativamente en movimiento. Es un objeto que le señala la inconsistencia ex-sistencial que él siente como sujeto y, alrededor del cual, como un artesano, Gómez de la Serna construye su despacho. ¿De qué objeto se trata? Nada menos que de una botella. Dice el texto: “Mi actual habitación nació de una botella con una vela plantada en el gollete[1].

El vacío es el primer objeto que se presenta en el comienzo de su obra de arte –bien resguardado por una vela plantada en el gollete, dice. Cómo no articular el vacío de la botella con toda la profusión de objetos que Gómez de la Serna fue colocando a su alrededor. Y ante tal profusión de objetos como no asociar a esto el horror vacui que tantos sujetos sufrimos y que parece que Gómez de la Serna tenía muy presente. Y no hago estas asociaciones de forma retórica por mi relación con el psicoanálisis, sino que él mismo las confirma. Veamos una secuencia que gira alrededor de esa botella y de ese vacío. Dice: 

Ya aquella botella desapareció, y en su lugar hay dos candelabros con lágrimas de cristal que tengo frente al pupitre en que escribo para que me revelen el terremoto si alguna vez sucediese el tembleque.”

Es igual que haya desaparecido la botella y el vacío que contenía, el testimonio de lo real sería ahora ese terremoto que puede acontecer en cualquier momento. Hay algo implícito, Gómez de la Serna siente una falta de solidez en la ex-sistencia, y ha de agarrarse a algo. Y se entrega al acogimiento simbólico e imaginario que le ofrece un objeto: las estampitas. Una acumulación infinita de ellas con las que nos entrega, otra vez como un milagro de precisión, toda una exhibición de sabiduría y saber hacer.

Dice: “Poco a poco, durante once años, he ido pegando estampas en el techo y las paredes, en las puertas y en las contraventanas, hasta lograr que no quede más que un hueco secreto sin cubrir, pues tengo la íntima superstición de que si lo lleno todo me moriré.”

Llegado a este punto me quedé sin respiración: “un hueco secreto sin cubrir pues tengo la íntima superstición de que si lo lleno todo me moriré.” Descubrimos ya en las primeras cuatro líneas de los textos que informan sobre el autor, lo que podemos reconocer en verdad como Sujeto. Es decir, un sentimiento del desamparo y del vacío ex-sistencial, expresado con una autenticidad conmovedora. Y ahora intuye que, ante la acumulación de estampitas, tiene que dejar un huequito pequeño, secreto, para poder mover las fichas del tablero. Un huequito simbólico que no se puede tapar, como ocurría con el vacío de la botella, pues ese huequito permite el movimiento de la vida. Una sabia metáfora como superstición. Sin ese hueco, claro que no es una simple superstición pensar en la muerte. Es muy posible que, sin él, uno se sienta muerto en vida. Sin ese hueco no hay vida, al menos simbólica.

Este despacho que creó desde el vacío es un artefacto que conseguía separarlo de ese mundo en el que intuía un peligro real. Para ilustrar esa presencia de lo real problemático, me parece reveladora la significación que para él tenían las cortinas. Dice en una greguería: “No me explico la abolición de las cortinas cuando eran lo único que nos aislaba bien del mundo.”[2]. Hay una cortina en la exposición, radicalmente y obsesivamente llena de palabras, no queda un hueco en su interior, y hay poca variación de palabras: “Nuevo” “Lo nuevo” “Viva lo nuevo” “Siempre”. Yo sólo veo en ella esas palabras repetidas hasta llenar por completo la superficie de la cortina. Como si en esa sugerencia de llenar la página blanca de la cortina, siempre haya que renovarse.

Da la impresión de que tenía una fe ciega en lo simbólico. Cuento una anécdota de cuando la guerra, y el peligro que sentía por el asalto que podía realizarse a su casa, plantó en la puerta todas las enciclopedias que tenía en sus estanterías para defenderse.

Habiendo establecido este escenario de la relación de un sujeto, Gómez de la Serna, con las cosas, con el objeto real, con lo simbólico y lo imaginario, voy a hacer una pequeña digresión. Porque no está de más liberar a Don Ramón de la losa peyorativa con la que algunos intelectuales sepultan su obra. “Sabios”, “profesores” de no sé qué ideas trascendentes, manifiestan, neciamente, en medio de elogios retóricos, que todo es un jueguecito ornamental. Resulta extraño que alguien como Andrés Trapiello no sienta pudor al escribir un prólogo a El Rastro en el que dice que en Gómez de la Serna hay:  un pensamiento afectivo, casi sin ideas, con teorías un poco de decorado, que tienen la única misión de envolverlo.” Verdaderamente, con lectores así, Ramón Gómez de la Serna no necesitaría enemigos. Y se lo dice a alguien que inventó un género, la Greguería. La frase de Trapiello suena a máxima de profesor, una máxima, como decía nuestro autor en el prólogo de sus greguerías: “dura como la piedra, como los antiguos rencores contra la vida”.

Para contradecir tamaña necedad, unas palabras de Gómez de la Serna sobre sus Greguerías donde expresa una pequeña idea sobre la escritura. ¿Idea? Parece que sí: “La greguería es el atrevimiento a definir lo indefinible, a capturar lo pasajero, a acertar o a no acertar lo que puede no estar en nadie o puede estar en todos.[3]” (Gómez de la Serna 1940: 14). Es decir, una escritura signada por lo real, por lo indefinible.

Cualquier espectador del museo medianamente sensible, cualquier lector de El Rastro, de las Greguerías, de sus obras en las que habla de las cosas porque ellas le hablan a él, se da cuenta de que ahí pasa algo, que hay un imperativo que no le permite abandonar el juego de miniaturas en el que Don Ramón está metido. Juego sí, pero juego ex-sistencial. Me parece un trapiello[4], es decir, un tropiezo, esa retórica intelectual que sólo puede ver el cristal de la botella pero ignora el vacío que ella contiene. 

Para dar la auténtica medida de ese peso ex-sistencial, que ciertamente invita a pensar en su vertiente trágica, el mismo Gómez de la Serna nos sirve de referencia cuando leemos: “La exhibición (de objetos y estampitas) es interminable y por eso me resulta entretenido a través de los días mirar las paredes de mi secuestronario o antro ilustrado, y por eso precisamente no acaba ahorcándose el escritor.” Tres ideas: vivir en un secuestronario; Antro ilustrado; Suicidio; para componer el núcleo de un sentimiento trágico de la ex-sistencia. Es decir, nada de ornamento banal. 

Y respecto a su concepción de la escritura: “El escritor es como un presidiario que no sale de su celda y que por eso decora igual que el confinado en la cárcel y la llena de inscripciones y grafitos. Es lo imprescindible para no tener asco al encierro. El procedimiento para crear este cauchemar de imágenes es obra de la inspiración y el delirio...[5]

Ricardo Piglia, en su relato En otro país, habla de la literatura carcelaria, y sugiere que es la auténtica literatura. Y no le falta razón. Está en la línea de Gómez de la Serna. La escritura viene a ser como la acumulación de marcas que un presidiario, el sujeto, escribe en las paredes del vacío como recurso que encuentra para sostenerse y aliviar el peso del síntoma, del desasosiego que impone lo real. Gómez de la Serna dice que apenas salía de su despacho. Ese es su nudo ilustrado, como él lo califica, su sinthome, su artefacto, donde escribe su obra que pasa por las miniaturas, sean estampitas, greguerías, espejitos mínimos, cosas del Rastro sobre las que escribe pequeños cuentos. Todo como si fueran pequeños éxtasis, pequeñas epifanías, que se pegan como estampitas en su cubículo.   

Hasta aquí la presentación de la ex-sistencia en su concepción trágica. Pero está la otra vertiente de su obra, que ya tiende hacia la comicidad, lo risible, la hilaridad, la ironía, el despropósito, porque “Aburrirse es besar a la muerte”. Dice en su libro El Rastro: “Iconoclasta hay que ser más que nada con uno mismo, empleando la ironía y el despropósito con uno mismo sumergiéndose en ellos, consiguiendo así [...]el principal y más positivo encanto, la ironía de uno mismo, la idiotez más refinada, más desenvuelta, más curativa [...] la idiotez inevitable y liberadora.”[6] Yo diría que no hay nada más serio para Gómez de la Serna que la hilaridad, la ironía y la extravagancia. Ésta la siento como una función del sujeto y una aventura del sentido, que le permite abrir una ventana en la prisión de lo convencional, a través de la cual ve y dibuja el mundo a su manera.

La greguería me parece un género bien representativo de esta tragicomedia. Las Greguerías son eso a quien Gómez de la Serna, en la intimidad, llama “Gregues”. Y recibiendo ese afecto, ellas se lo devuelven con creces. Las greguerías le permiten habitar la vida rompiendo el sentido de las convenciones de la lengua y de la realidad. Por ejemplo, respecto a la lengua y su afán de significación, hay ya una ruptura con el sentido: “Tiendo a la greguería inexplicable”. Porque las Greguerías nos trasladan al terreno de la resonancia, de la asociación, de la multiplicidad significante. “La Greguería es como esas flores de agua que vienen del Japón, y que siendo unos ardites, echadas en el agua se esponjan, se engrandecen y se convierten en flores”. Vemos que la Greguería abomina de la solemnidad del pensamiento, no parte de un pensamiento profundo, sino de un ardite, de algo insignificante: “la Greguería resuelve todas las hinchazones con que todo se hinchaba”. El pensamiento de la Greguería se construye desde “un matiz de un plural, de una palabrita, una virgulilla, una tilde, una incorrección, un ripio, una pifia...”[7]. Es decir, la Greguería está atenta la rompimiento gramatical y sintáctico, al lapsus, a los pequeños tropiezos que damos en la lengua, desde los cuales puede surgir algo nuevo para el sujeto. Tampoco habría solemnidad en su escritura: “La Greguería es el género que se debe escribir en los bancos públicos, en los pretiles de los puentes, en las mesas de los cafés, al ir solos en los coches lentos acompañando a los entierros...” La Greguería viene a ser como un éxtasis que no está en ningún lugar pero que aparece de pronto como un punto de luz y hay que atraparla. Está en esa mota de polvo que sólo se ve descendiendo a través del rayo de sol que entra por la ventana entreabierta. También es el clavo clavado en la pared que no deja de mirarte. En la Greguería “se aprieta la emoción de la vida y el temor a la muerte”. Lo cual consuena con esta reflexión que venimos elaborando sobre la tragicomedia. La “Greguería como una aceituna a la que le quitas el hueso e introduces una anchoa”, Esto me trae resonancias respecto al afán de desalojar lo real traumático e inscribir algo simbólico, algo comestible, en ese vacío que queda. Y finalmente, “La Greguería es lo único que no nos pone tristes, cabezones, pesarosos al escribirla, pues su autor juega mientras la compone y tira su cabeza a lo alto y después la recoge”.

Para ir finalizando la reflexión acerca de este escenario tragicómico, me gustaría incluirlo en el registro de la historicidad de la que hablaba al comienzo. Historicidad, en oposición al historicismo cronológico, es decir, a lo que comúnmente se dice “contemporáneo”. Historicidad como una dimensión del sujeto y una posición singular en el lenguaje, una posición poética siempre en donde la respiración del sujeto vendría dada por el ritmo único e intransferible que ese sujeto encuentre en su entrada a la lengua. El historicismo, por el contrario, coloniza al sujeto y al lenguaje encerrándolos en los trancos que impongan los signos de cada época. Entonces, el sujeto y el objeto real, como acabamos de ver, son la célula central de la historicidad en Gómez de la Serna, y el poema con el que va construyendo sus Greguerías, dicho por él mismo, es el ritmo de su respiración en la lengua. Para él, la palabra que le toma el cuerpo no es etimología sino un milagro que le permite encontrar el ritmo de su respiración en la vida, y Francisco Umbral dice que Gómez de la Serna traslada la palabra desde la utilidad a la belleza. Por esta historicidad, Gómez de la Serna no resulta extraño en contextos cronológicos que puedan ser muy diferentes del suyo, lo mismo que Kafka, Aristóteles, Sófocles, o quien sea, no resultan extraños en el mundo actual. Algo enigmático y eterno del sujeto manifiestan en sus obras, algo que atraviesa todos los tiempos. Por el contrario, donde puede resultar extraño es en su tiempo cronológico, pues rompe con sus clichés. 

El Rastro es un libro que publica en 1910 y poco después comienza a publicar sus primeras Greguerías. Con El Rastro y las Greguerías nos da una viva lección de historicidad y de la poética sujeto-objeto-lenguaje. En El Rastro, Gómez de la Serna recorre el mercadillo madrileño, así como los mercadillos de múltiples ciudades, a donde van a parar tantos y tantos objetos que fueron esclavizados por el valor de utilidad, encerrados, desterrados, exiliados, y acabaron abandonados para quedar como restos de la marea del mundo antiguo y del mundo consumista y capitalista, objetos que él rescata y pretende que encuentren en el Rastro su propio ritmo de respiración, su apaciguamiento, su sosiego, su apertura a nuevos horizontes.

De este libro me gustaría destacar el lenguaje de asociaciones y resonancias que envuelve a cada objeto que toca para arrancarlo de su escenario de utilidad. Es el mismo florecimiento que encontramos en las Greguerías. En el libro pesa mucho la perversión de un historicismo que en su máxima de utilidad volvió a las cosas, y por extensión al sujeto, en cosas tristes, ciegas, amputadas, pobres, fracasadas, mendigas, muertas. Valga como ejemplo lo siguiente:

Las lámparas de minero, trágicas, insinuando el fondo de la mina [...] ¿Quién las trajo aquí? ¿La viuda de un minero asesinado en la mina?[8]

Por el contrario, en otras historias de El Rastro, la historicidad tiene que ver con un lenguaje que no fija, que juega con la multiplicidad de asociaciones que se abren como un abanico, como una flor, estableciendo nuevamente el juego cómico de la ex-sistencia:

“... orinales risibles como sombreros de copa, con ese gran humor de los orinales, con esa gran ironía invertida, que en alguno es expresivo gracejo a lo Rabelais, porque tiene pintado en el fondo un ojo...”[9]

O bien esto: “Un cofre, feo, pesado, de pie como un oso [...] vacío, lleno de precauciones inútiles, grotesco bajo un traje fanfarrón y abrumador de guerrero, [...] se sospecha que pasa un hambre atroz de millones, un hambre risible que merece por avaro, por acaparador, por inmoral[10]

La poética de Gómez de la Serna se funda en una mirada que le viene de las cosas, sea “una mirada oscura y lúgubre”, sea una mirada que lo abre a significaciones insospechadas, llenas de humor o de tristeza, pero siempre conmovedoras. El Rastro podríamos tomarlo como una recopilación de Cuentos completos en donde cada cosa, cada sujeto, cada grupo humano, le cuenta a Gómez de la Serna un cuento catártico en el que reclaman la paz, la serenidad, el sosiego, que les permita abrirse a nuevos horizontes de significación.

Dentro de este escenario de historicidad, veo un paralelismo entre la concepción del objeto en  Gómez de la Serna y Marcel Duchamp, uno en el terreno literario y poético, el otro en el de los Ready-mades. En ambos hay un afán liberador, una extracción, en relación a la utilidad que el historicismo de cada época impone al objeto y, por extensión, al sujeto. Diría también que Gómez de la Serna es un paradigma de la Modernidad, como lo podían ser Baudelaire o Mallarmé. Está en la línea de Mallarmé cuando vive en un lenguaje que no fija lexicalmente la vida, sino que la abre a una construcción continua en la que cada historia es susceptible de crear un nuevo espacio. Decía el poeta: “... los viejos filósofos y retóricos, presentando directamente los objetos. Pienso, al contrario, que no debe existir más que alusión. La contemplación de los objetos, la imagen sobrevolando las ensoñaciones por ellas suscitadas, constituyen el canto” ¿No es esta la línea de las Greguerías y de El Rastro? Por otro lado, en El Rastro sitúa los suburbios de la gran ciudad, en este caso Madrid, al igual que Baudelaire hacía en París, y allí Gómez de la Serna dibuja la decadencia, la conmovedora humanidad de lo grotesco, de los mendigos, de la infancia perdida antes de nacer, de los juguetes rotos, etc. Me pregunto, ¿y no son esos suburbios en la pluma de Don Ramón, como lo eran en Baudelaire, una alegoría de nuestra propia miseria, y una invitación a que miremos de frente la fatalidad que introducen esos valores útiles y carcelarios? Contra eso, la belleza de un lenguaje que florece en la ruptura, la ironía, la extravagancia, para construir un destino más sereno y sosegado para lo humano. 

Y esta sugerencia de paz y de sosiego me parece una buena forma de finalizar esta exposición.



[1] Texto incluido en la exposición del Museo del Conde Duque. Madrid

[2] Greguerías Nuevas 1936

[3] Gómez de la Serna, Ramón (1940): Greguerías. Colección Austral. Espasa Calpe. Madrid.

[4] Trapiello es tropiezo en asturiano.

[5] Texto en exposición Cuartel Conde Duque.

[6] Gómez de la Serna, Ramón (2002: 29) El Rastro. Asociación de libreros de Lance, Madrid

[7] Gómez de la Serna, Ramón (1940: 26)). Greguerías. Colección Austral. Espasa Calpe. Madrid.

[8] Gómez de la Serna, Ramón (2002: 61) El Rastro. Asociación de libreros de Lance, Madrid

[9] Gómez de la Serna, Ramón (2002: 64) El Rastro. Asociación de libreros de Lance, Madrid

[10] Gómez de la Serna, Ramón (2002: 55) El Rastro. Asociación de libreros de Lance, Madrid