martes, 17 de noviembre de 2009

La “novela familiar” de Milena Agus: una transmisión de vida Por Ana María Crespo

Esta novela, Mal de piedras, de Milena Agus, no responde a una novela histórica, no hay aquí un autor omnisciente. No interesa la verdad o falsedad de los hechos. El lector está ante una verdad de otra clase. Tratamos con asuntos subjetivos, familiares, mínimos y privados. Es importante plantearse: “¿quién habla?”, en primer lugar, para comprender la índole del mensaje. No es la abuela, la que habla; no es la voz del pasado, ni la voz de la exacta reconstrucción histórica. Es la nieta la que habla (una voz joven, fresca, ingenua y actual), en el momento preciso en que ella va a contraer matrimonio, y se dispone además a restaurar la casa del pueblo, la casa de los abuelos, tras cuyas paredes la nieta encuentra la carta-respuesta del Veterano. Una casa que llevaba vacía diez años, aunque nunca había estado vacía del todo, porque siempre habían acudido a ella, por “amor”. Segunda reconstrucción histórica, después de la que llevaron a cabo los abuelos, tras la segunda guerra mundial. Y tercera generación, la de la nieta: la generación de la “verdad”. Es ahora cuando la carta llega a su destino. ¿De qué habla esta carta? ¿Qué transmisión de vida porta su mensaje?

Hay aquí una sabiduría de transmisión de la feminidad, una coherencia entre las generaciones, un relevo generacional, y una reparación subjetiva. Aquella transmisión de vida y de amor de la que careció la abuela (porque mirar y sonreír a un chico, porque escribir cartas o poemas de amor en su infancia y juventud extremadamente precarias equivalía a estar loca y endemoniada, azotada por su propia madre), queda reparada en la nieta, deslumbrada por la figura de esta abuela, transmisora al cabo de pasiones y fantasías legítimas, en un mundo más grande y más bueno. La nieta siente que haciendo el amor con su novio en la casa de su abuela, conseguirán amarse para siempre. La casa de la abuela es la casa del amor, el puchero siempre al fuego, la música de piano siempre presta a sonar, y ella misma, la nieta, de niña, siempre llena de cuentos y dibujos que regalar a sus mayores, en agradecimiento.

El estatuto de esta historia no es entonces el de la “verdad histórica”, sino el de la “novela familiar” (del neurótico, si se quiere), en el sentido más freudiano. Se trata de la novela familiar de la nieta, idealizada, fantaseada acaso, a partir de cosas vistas y oídas, pero verdadera en otro sentido. En el sentido de la transmisión generacional, que habla de vida, de amor, de muerte, y de reparación. ¿De qué se trata si no en toda novela familiar?

¿Y de qué habla esta novela familiar? Estamos ante un mundo familiar destruido por la segunda guerra mundial y sus consecuencias subjetivas a lo largo de al menos tres generaciones. Y no solo eso. Estamos ante un mundo rural, marítimo y ancestral, en el que una mujer no tiene derecho a la sensualidad ni a la libre elección de nada en absoluto, ya se trate del hombre, de la escritura, de los viajes, de la profesión o de lo que sea. Hay a lo largo de toda la novela un verdadero trastorno de filiación, el que ha traído la guerra, desde luego, pero no solo, está también simplemente esa ancestral condición femenina. Nadie sabe muy bien aquí de quién es hijo: el de la abuela parece ser del Veterano (hasta la revelación final); la hija del Veterano no es suya sino de un partisano, o, tal vez, más probablemente de un alemán; la madre de la misma nieta que escribe la novela es hija de madre soltera (su padre estaba casado con una mujer que no podía darle hijos y acaba por tirarse a un pozo)

Pues bien, esta precariedad, este trastorno de la filiación, este horror histórico, este rigor y esta locura de la realidad, no recubre toda la realidad, no la ha recubierto nunca, en ninguna época del hombre.

La novela parece querer decirnos que el enigma de la vida se las arregla siempre para transmitir su misterio y sus leyes por otros vericuetos. Las mujeres se arreglan en la pobreza, se juegan la vida por tener un pastel de cumpleaños, las vecinas se divierten juntas mientras friegan los platos. Sabiduría recóndita de las mujeres. Sabiduría que se transmite. Ellas saben cómo consentir a sus hombres llegado el caso, aunque solo sea por ahorrarse el dinero (ah, pero no solo, él estaba casi atractivo cuando sacó por primera vez su pipa, y el dinero también era para que él siguiera comprándose el tabaco y fumándose su pipa por las noches delante de ella), y saben guardarse sus sueños para sí mismas, llegado también el caso. Ambas cosas igualmente audaces y legítimas.

Esta novela no es meramente una novela de inverosímiles fantasmas sexuales, entre la puta y la madre. Es una transmisión recóndita de vida, estrictamente femenina, humilde, sencilla. Eterna, universal.

Volviendo a la cuestión de esta carta que llega a su destino al final de la novela en manos de la nieta, quisiera decir que no se trata solo de un juego literario o de un agradable efecto sorpresa. Dice mucho más, y recodifica retroactivamente todo el mensaje. Finalmente, hubo más amor en la realidad de lo que parecía, y menos amor en la fantasía de lo que también parecía. Es a partir de este juego de apariencias y realidades, de esta “verdad” y de esta sabiduría tal vez involuntariamente trasmitida por la abuela a la nieta, que la historia se escribe. La nieta lo dice: tal vez Veterano no quiso tanto Abuela; tal vez Abuela hubiera querido “querer” al abuelo, y, en este sentido, tal vez lo quiso. Para todo el resto, y para todo lo principal que siempre falta, queda la música y la literatura. Pura y hermosa pérdida.

Ana María Crespo

domingo, 15 de noviembre de 2009

De la naturaleza del amor. Comentario de María José Martínez sobre la novela Mal de Piedras de Milena Agus.

Queridos amigos: Nos encontramos hoy, a mi entender, con una novela destinada únicamente a describirnos, explicar y desentrañar para nosotros la naturaleza del Amor. Y por ser el mayor negocio que nos ocupa en esta vida lo pongo con mayúscula.
En la primera página del libro nos encontramos con esta cita:
Si no he de conocerte nunca, haz al menos que te extrañe
Pero, ¿de qué estamos hablando? Pues del Amor, naturalmente, y esta frase podría ser la principal petición de un particular “padrenuestro” para que así, extrañándolo, añorándolo en su totalidad, saber inventarlo.
La autora de esta curiosísima novela, Milena Agus, nos embauca desde el primer momento contándonos esta historia, tal vez real, con la voz distante y atenuante de una nieta que resulta ser la confidente absoluta de una abuela rara, “la loca”, la que asustaba a los pretendientes escribiéndoles poemas de amor impregnados de cosas sucias. Y es que la abuela estuvo a punto de quedarse soltera esperando y esperando, fiel al Amor, como una Penélope cualquiera, hasta que la vida, ese juego caprichoso de encuentros y desencuentros, le brinda el, diríamos, primer azar, en forma de marido casi obligado, para hacerla circular a la fuerza por la carretera principal.
Nos encontramos primero con una familia que le impone un marido al cual ella, por vivir en una sociedad patriarcal, ha de aceptar, pues ella representa aquí a la “primera mujer”, según clasificación de Lipovetsky, dependiente del hombre y subordinada a él en este tipo de sociedades en las que la obediencia al padre y a la ley civil estaba por encima de cualquier otro deseo.
Después de esto, ella se queda esperando, inconsciente y desconcertada, muchas veces cómica, un segundo azar. Y este tiene lugar en el famoso balneario donde ella encuentra al Veterano, que es quien pone en marcha, para siempre, los latidos de su ya incontrolable deseo. Él la escucha, la enaltece, la valora, la eleva de rango, y ella empieza a vislumbrar otra historia. Así deja de ser la primera mujer, la sometida, y pasa a tener otras perspectivas dentro de las cuales el Veterano se convierte en el amor de su vida del que cuenta todo a su nieta que nos lo traspasa. Y todo esto cuajado de historias paralelas y terribles, de abuelos y abuelas que se tiran a pozos, y de palizas y exorcismos eclesiales contra el deseo femenino. La novela está narrada casi toda en tercera persona y con cierta distancia indiferente, con sucesivos avances y retrocesos sobre aquella familia tan mediterránea y peculiar, cuya historia creemos mientras disfrutamos con el feliz amor logrado por la abuela. En la última página nos enteramos de que casi todo lo que la abuela cuenta fue un invento.
“Usted me inventó”, le dice el veterano en una carta sencilla y sincera, tanto, que hasta le dice que ahora se gusta más así, como ella lo había imaginado, y que hasta se viste mejor. Y con esa frase tan sencilla le descubre el misterio de ese sentimiento del que tanto se habla en el mundo.
El Amor necesita ser inventado, creado sobre un ser especial, sobre ese ser particular que nada más verlo se reconoce, ese ser que habita el mismo lugar mental que la persona que lo inventa, puesto allí a su disposición, para luego, ayudada ella por la distancia, por una cierta distancia, también mental, poder crearlo, construirlo, añadirle, imaginarlo, idealizarlo, saberlo feo y adorarlo a pesar de su pata de palo, de sus camisetas arrugadas, de su desaliño imposible de ver porque ya lo reviste de nuevo para poder disfrutar de un ser a la medida de su necesidad, para conseguir enderezar y labrar su destino a través de su imaginación enferma, para no tirarse más al pozo y para ver a ese hermoso ser portador, soportador, más bien, del Amor curativo de su alma que acaba por curar también su cuerpo y su mal de piedras.
Desde ese Amor, y con el íntimo lenguaje amoroso en su cabeza, es desde donde ella, que tantas veces cedió a su desesperación, acaba por agradecer a Dios su vida porque, ayudada por el azar, ya le ha encontrado la magia. La cosa, pues, merecía la pena, pues aún siendo sólo desde su imaginación, ella se ha liberado y convertido en esa “tercera mujer” de la cual el filósofo francés nos ha dado las últimas noticias.
El profesor Amorós en su libro Momentos mágicos de la Literatura, nos comenta que si alguien le dice que ama a Stendhal, en principio, se fía de él. Sepamos también de Stendhal que El rojo y el negro, La cartuja de Parma, y Sobre el amor, fueron libros prohibidos, al menos en España, por la Iglesia Católica. Este último librito, que es un estudio importante sobre el amor romántico, fue escrito a raíz de un fuerte fracaso amoroso.
¿Es peligroso el amor? La Iglesia lo vio siempre como la guerra o el entendimiento, al fin, entre los dos sexos. Era peligrosa pues la lectura de esas obras donde el amor romántico y el real se contraponen y analizan muy seriamente.
Y es en esta deliciosa obra de Milena Agus, donde el amor se nos presenta como la salvación absoluta para una persona que era tan buena y esforzada, que hasta perfeccionaba las prestaciones para que su marido pudiese fumar tranquilo sin gastar dinero. Y es tan bonito y tan ingenuo su delirio, que su disposición amorosa hacia el Veterano encuentra disculpa en la autora, que la defiende y justifica a través de su familia y de su marido, que siempre encuentra la forma de ayudarla y consolarla. Dos hombres buenos, su amante imaginario y su marido real, que de alguna forma la sostienen en la vida.
Gracias a la autora por esta simpática historia de una psicosis muy seria que, descrita con un cierto estilo naif, nos ha llevado hasta el final sin hacernos sufrir demasiado.

María José Martínez Sánchez

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Mal de Piedras, de Milena Agus. Comentario de Mónica Unterberger

A medida que iba leyendo “Mal de Piedras”, de Milena Agus, supe que me iba a conmover. Esa extraordinaria fórmula que da horizonte a su futuro: si no hay el amor, nada tiene importancia, al punto de invocar que “si Dios no quería permitirle que conociera el amor, que la matara como fuese,” se demuestra de una fortaleza tal, valor que solo le puede otorgar al peso de alguna verdad allí presente. Esta es tan potente que empuja al personaje central a la vida, en contra de la muerte que una y otra vez se anuncia y la visita. Pero también se divisa como una columna central alrededor de la cual gravitan y se soportan varias generaciones sucesivas. Locura amorosa que da sentido a su vida, la vida de cada una de esas mujeres que resultan tocadas, entonces, a su manera, por el milagro del amor. Nos enseña con total certidumbre, que con esa invención es posible la alegría, la espera, el dolor, la creación y toda la fuerza de su transmisión. Como se demuestra en la novela, puede soportar las más singulares privaciones a condición de inventarse un alguien que reúna las condiciones para quien una no es ni la loca ni la enferma sino aquella que es capaz de generar algo distinto a una piedra. “Soyez amoreuses et vous serez heureuses” exclama Gauguin, quien titula así uno de sus cuadros eróticos. Amor y erotismo reunidos allí y aquí.
Unas paginas antes del fin, detengo mi lectura impactada por la muerte de abuela, quien no alcanza a reencontrar a quien le hizo conocer el amor, a quien le permitió encarnar la cara amable de la vida. Me llevaba la prisa, siguiendo las idas y venidas de aquellos cuerpos que se prestaban, entregados gozosamente a la pasión, fáciles, encantados por las palabras de amor, guirnaldas que hicieron de lecho a tal advenimiento erótico eternamente esperado, eternamente celebrado cada vez que el sortilegio del encuentro se produce. Entonces, abuela que escribe a escondidas desde siempre es una impecable creyente que no cede en su espera hasta encontrar aquél con quien tejer una imperecedera y preciosa aventura del nacimiento y la experiencia del amor durante tanto tiempo esperado. En eso las mujeres, como lo ilustran los personajes de la novela, son especiales para crear algo allí donde hay nada, con una condición: encontrar a aquel a quien constituir en fiel depositario de tal valor, más allá de cualquier correspondencia con la realidad. Encontrar aquél, que puede ser cualquiera, que la eleve a ese escabel que en la novela se nombra ajustadamente como “Princesa” y que cumple esa función. Sortilegio que cada vez deberá hallar el encuentro entre hombre y mujer como resorte de aquello que necesita el deseo para “condescender al goce”. La sorpresa de la carta-respuesta descubierta al final, es un ejemplo de qué poco importa esa correspondencia con la realidad, pero a la vez cómo la dignidad de esa historia del encuentro con el amor opera una transformación en ese hombre que así honrado, aspira acomodarse a la invención para ser él también Otro que el que es. Para ajustarse a esa hora de la verdad a la que es convocado. Hay algo allí que indica cómo es esencial la presencia del algún arte implicado en ese paso que va de elevar la pura pulsión más cercana a la naturaleza animal, a una dimensión donde el encuentro sexual toma todo su carácter erótico más sagrado. Y por ese rodeo, se aleja de toda naturalidad para mostrarse inevitablemente ligado a las palabras que lo crean. Lo extraordinario de este cuento es que no deja lugar a ninguna duda sobre lo que es un encuentro sexual, del grado de placer más variado, ejercido y obtenido bajo las reglas más diversas, si se quiere, tal como lo hacen las “mujeres de la Casa de Citas”, de lo que se perfila como aquel erotismo provocado en la cuna de lo que trenza el discurso amoroso.
Emocionada con su lectura, sí, y a la vez me permitía manifestar que afortunadamente hubo la suerte de que eso me ocurriera y por tanto, asegurar, como tantas otras, que la experiencia del amor hace signo al deseo, lo causa, lo precipita. Es, a la vez, una suspensión transitoria de cualquier amenaza de castigo o de Infierno. Conviene destacar esa invención en todas sus letras. Y subrayar en lo que da a mostrar, la dimensión de verdad que entraña para todas las mujeres, en tanto que drena el vacío que presiona en el cuerpo sexuado y asumido como posición femenina. Semblantes al fin y al cabo que sirven para velar la nada, y desplazar, organizar las sombras oscuras que la habitan, insoportables de asumir si no es por esa vía que, en el fondo, no hace sino reunir bellamente en un encuentro, lo que es siempre fugaz, siempre fallido, siempre del orden del rehallazgo, al hombre, la mujer. Dicho de otro modo, abuela inventa la trama por la cual de esos dos, aspira a ser Uno. Es a lo que apunta el amor. El psicoanálisis nos enseña, que el goce, heterogéneo al amor, siendo lo más propio a cada uno, solo se alcanza por la mediación del rodeo del cuerpo del Otro. Pero es imposible hacer de dos, Uno. Y mejor saberlo. Es en ello que la novela me parece que muestra espléndidamente como además de que cada uno lleva sus piedras, del imposible se puede hacer transmisión y de allí ese resto jubiloso que exuda todo el texto.
Mónica Unterberger

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Apertura 2º curso; 10ª reunión Liter-a-tulia; Indignación de Philip Roth. (Alberto Estévez)


Buenas tardes: primeramente quiero daros la bienvenida a todos, los que nos acompañáis habitualmente, y a las caras nuevas, que os habéis animado a compartir esta aventura incesante que la literatura nos brinda, y que con la reunión de hoy, da comienzo al nuevo curso, el 2º año de Liter-a-tulia, que deja atrás un primer curso prometedor; se trata pues ahora de confirmar que los buenos inicios tienen una continuidad.

Es la 10ª ocasión en la que nos reunimos y para ello se ha dado la casualidad (no es esta la única casualidad que he constatado, pero eso lo contaré luego), la casualidad decía, de que en la entrega del nobel de literatura que se efectuó tan sólo 7 días antes, nuestro autor elegido para hoy, Philip Roth, figuraba como una de las apuestas. Como todos sabéis, finalmente no fue así, este recayó en la autora alemana Herta Müller, rompiendo las quinielas de muchos expertos.

Muchas veces nos preguntáis cuál es el criterio para elegir una obra para la tertulia. Bueno, primero que nos guste, aunque nunca pueda ser en la misma medida. Y no exagero si afirmo que en segundo lugar, valoramos que el libro se consiga sin dificultad, que pueda encontrarse casi en cualquier sitio, conscientes de que apartamos o posponemos algunas obras con lo que ello conlleva de pérdida para este espacio, pero es que su formato, la reunión mensual, nos obliga, introduce cierta premura, hay que tener un ojo en la calidad de la novela y la cantidad de páginas, y otro en el número de semanas entre una cita y otra, puentes, festivos,…

Philip Roth es un autor de sobra reconocido, gustará más o menos, pero su calidad es indiscutible incluso para sus mayores críticos. La elección de su obra, Indignación, cumple el segundo criterio que antes citaba, es su última novela y será fácil, siendo Roth, encontrarla en cualquier librería, pero hay que ver cómo ha superado el primero de los criterios, el del gusto.


Marcus, nuestro protagonista, judío, hijo de un carnicero Kosher, quiere proseguir sus estudios en la universidad, se dispone a iniciar la carrera de abogado, y su matriculación coincide con la aparición de una idea que aterroriza a su padre: la posibilidad de que su hijo muera.

Esto es lo que nos dan para iniciar este camino. Un protagonista abriéndose paso en la vida, un padre obsesionado con su hijo, y una relación entre ambos que se resiente de la tensión que introducen las ideas funestas del padre. Su hijo, al que ha visto crecer en la carnicería, que no ha dado motivos de preocupación jamás, por el contrario, ha encarnado al hijo ejemplar, recién graduado del instituto ha llegado a prestar su ayuda en la tienda hasta 60 horas semanales, pues bien, este hijo se ha convertido en un desconocido.

No debe asombrarnos este hecho, es más habitual de lo que en un principio pudiera pensarse; los chiquillos crecen, como jóvenes adultos empiezan a gozar de ciertas prerrogativas, y aparece el desasosiego en sus progenitores, que en muchas ocasiones se acompaña del intento más o menos patente de retenerlos. Todos los que somos padres, en mayor o menor medida podemos dar testimonio de esto. La particularidad de este caso reside en el grado que este argumento llega a asumir en la novela: tanta preocupación, ¿por qué tanta preocupación?

Enseguida enumeramos las consecuencias que se derivan de esta tensión que afecta a la relación padre – hijo. Están magistralmente balanceadas en el relato, incluso algunas de ellas se hacen esperar hasta casi el desenlace, no así otras, de las que disponemos prácticamente desde la presentación: en primer lugar, los desencuentros casi constantes de Marcus con su padre, la obsesión de este que alcanza un punto culminante cuando decide cerrar con llave la puerta aunque su hijo no haya regresado al domicilio, la subsiguiente matriculación de Marcus en una universidad tan alejada de la casa paterna, y también, el regreso de la madre a la carnicería para ayudar a su marido. La marcha de Marcus deja a los padres solos. El intento por retener ha provocado el efecto contrario.

Para entender este cambio en la dinámica familiar, en lo que respecta a la soledad que a partir de ahora ha de enfrentar el matrimonio, debemos preguntarnos qué lugar ocupa Marcus en dicha dinámica. La retención de la que es objeto pareciera prevenir un posible desequilibrio, como si la ausencia de Marcus pudiera causar una desestabilización, tres patas de un taburete que pasan a ser dos, y la pareja amenaza con no sostenerse.

Ahora bien, si el foco lo retiramos de la pareja parental y lo dirigimos a la persona de Marcus, ¿qué nos encontramos? Las cosas no marchan para él, tampoco en su caso existe estabilidad, y el autor abrocha las cuestiones en juego para que no nos perdamos, y nos dice: cuando un niño se tuerce, lo primero que hay que hacer es fijarse en la familia. Una familia que ha creado un chico ejemplar, que no da problemas, que cuenta sus calificaciones por sobresalientes, que ayuda a su padre, que como el indeseable compañero de cuarto, Flusser, le larga: es Marcus el aseado y pulcramente vestido, el que hace lo correcto tal y como mamá le enseñó, el irreprochable, el que lo hace todo bien.

Debemos obligarnos a declinar este “el que lo hace todo bien” más allá de los significantes que utillice Flusser, declinarlo en los propios significantes de Marcus, esos significantes que a todos nos arrastran no importa el precio, disponiendo nuestra realidad a su arbitrio, o más bien, gobernando nuestra ficción. La frase “El que lo hace todo bien” se origina en otra frase mucho más potente, y esta potencia radica en la calidad de sentencia que esta otra frase atesora y marca en él: “haces lo que tienes que hacer” Una sentencia que sella puertas, aquellas que Marcus no se permitirá atravesar y lo arrojan por otro camino, en el que el margen se estrecha cada vez más, hasta ponernos frente por frente con la revelación de que ese camino tiene la forma de un destino.

Podríamos objetar a esto: ¿alguien que “hace lo que tiene que hacer” se marcha de casa de los padres a sabiendas de la revolución que este acto va a generar? La clave nos la ofrece el acto en sí mismo, que cuenta con un motor íntimo y genuino: el deseo, un deseo que no puede soportar más ser aplastado por la demanda paterna, “alzaos, los que os negáis a ser esclavos…”, y que explota y se concreta en su marcha a Winesburg, experimentando la necesidad de alejarse poniendo tierra de por medio. Este acto, su marcha, el propio protagonista nos lo desmenuza detallándonos cómo surge en él, no sé si recordáis: se trata del impulso que provoca la visión de la imagen de un chico y una chica por el campus de Winesburg, y las prendas, que le aportarán una nueva vida, harán de él un hombre nuevo ya que pondrán fin a su condición de hijo del carnicero. Pero el impulso y el deseo no consiguen acuerdo en Marcus, y el Ideal no cesa de mirarlo y exigirle que esté a la altura, que dé la talla. Alienado pues al deseo del Otro, en este caso el de sus padres, los signos de su propio deseo lo sumen en la perplejidad y la confusión, introducen la dimensión de lo novedoso, “nunca recibí una carta como aquella”, “nunca experimenté sexualmente como entonces”, lo novedoso que también afecta a la elección de objeto amoroso, porque Olivia representa el prototipo de lo inadecuado para él, para la educación que ha recibido, y su Ideal, imperturbable, con sus juicios incordiantes, no tardará nada en hacerle pensar que la felación se ha producido porque algo anda mal en ella, seguramente sea que sus padres están divorciados, y degrada al objeto amoroso hasta la categoría de furcia. El deseo es algo malo, por mantener relaciones sexuales, por cambiarte de cuarto, en realidad casi por cualquier motivo, acabará expulsado de la universidad, de fusilero en Corea, y muerto.

- ¿Cómo se las arregla usted para ir por la vida?
- Saco sobresalientes en todo, señor
¿Es que no basta con los sobresalientes?

“… marchemos, marchemos adelante! … desafiando el fuego enemigo…” Desafiando al padre, al decano, incluso a Dios, concepto indigno de hombres libres. Pero el decano no es cualquier rival y utiliza el “marchemos” para lanzarle una interpretación que sacude a Marcus: “quizá sea marchándose el modo en el que usted se enfrenta a sus dificultades”, lo conmina a sentarse y a que regrese al redil, justo lo que Marcus no puede tolerar, volver a soportar el peso del Otro; él tuvo que poner distancia con su redil para dar un lugar a su deseo. “La indignación llena los pechos de nuestros compatriotas.”, también el de Marcus, provocándole una vomitona.

La Indignación, este enojo, la ira, el enfado vehemente que llena su pecho, lo convierten en una bomba de relojería, como su padre: No soy yo, sino el resto del mundo el que anda mal. Para finalmente reconocer:“yo era mi padre, me había convertido en él”.

Todos recibimos, esto es algo bastante común, esos correos que contienen un archivo adjunto en el formato de una presentación de diapositivas y habitualmente con un título rimbombante; imágenes de gran belleza se suceden con frases de distinta fortuna. Recuerdo que hace unas semanas recibí uno titulado Filosofía de vida, y que se ceñía muy bien a este molde que describo, la particularidad de este mensaje en concreto residía en el hecho de que contenía frases muy deficientes, incluso alguna, como la que reclamó mi atención, verdaderamente desacertada. Sobre una hermosa imagen de una carretera desplegada ante nosotros y flanqueada por árboles impresionantes, tendida hacia un horizonte colorido, sobreimpreso, rezaba lo siguiente: ve la vida desde el parabrisas, nunca desde el retrovisor.

“Marchemos, marchemos adelante…” Los conflictos de Marcus lo han seguido desde la casa de sus padres, y por muchos kilómetros que ponga por medio, lo persiguen. El libro es un relato continuo de los tropiezos de este joven, y las causas están detrás, recurriendo a esa desatinada metáfora del correo al que me refiero, las causas se reflejan en el retrovisor. Ahora bien, que las causas que lo llevan a tropezar apunten sólo al padre sería incierto, porque la última parte de la novela nos muestra una madre que advierte a su hijo que el mundo está lleno de muchachas que no se han cortado ninguna muñeca, le pide que renuncie a sus sentimientos porque estos pueden ser el mayor problema de su vida. Olvídate de Olivia y prométeme que te enfrentarás a lo que propone tu deseo como yo he hecho. Mantener esa promesa destroza a nuestro Marcus, y lo lleva a concluir que nada de esto hubiera sucedido si se hubiera quedado en casa.



Comenté al principio que había encontrado una segunda casualidad redactando esta entrada. Hay un puente tendido entre este inicio de curso y la primera reunión de Liter-a-tulia, hace un año. Iniciábamos nuestra andadura en el Instituto de Cultura Italiano, y entonces Chesil Beach nos ocupaba, comentábamos la obsesión de su autor, Ian McEwan, por un tema, lo que la vida puede cambiar en un momento, en una decisión, en aquella playa en la que Edward dejaba marchar a Florence. Pues bien, el párrafo final de la novela de hoy, las últimas líneas más concretamente, dicen así:” Marcus Messner, 1932 – 1952, el único de sus compañeros de clase que tuvo la desgracia de que lo mataran en la guerra de Corea, que finalizó con la firma de un armisticio el 27 de Julio de 1953, once meses antes de que Marcus, de haber sido capaz de soportar el servicio religioso y mantener la boca cerrada, se hubiera licenciado por la universidad de Winesburg, muy probablemente como primero de su promoción, y hubiera pospuesto así el aprendizaje de lo que su padre, sin estudios, se había empeñado tanto en enseñarle: la terrible, la incomprensible manera en que las elecciones más triviales, fortuitas e incluso cómicas obtienen el resultado más desproporcionado”

No, no tenía razón el presidente Lentz arengando a los estudiantes tras “El gran saqueo de las bragas blancas”, la noche en el que el exceso con el que la naturaleza se manifestó animó el desenfreno pulsional de los chicos. No es posible regular la conducta humana con grandes dosis de santurronería porque se encuentra ligada a profundas motivaciones inconscientes, evidentemente también para Marcus, y se alimenta del aspecto más escabroso del pensamiento freudiano, que escandalizó a sus propios discípulos. No hablo del Freud teórico de la sexualidad, sino del teórico de la muerte. Verdaderamente es un escándalo sostener que los seres humanos puedan perseguir el propio mal, y que la desgracia se haga más necesaria que contingente en sus vidas. Un escándalo y una pena también, que un muchacho de 19 años pueda experimentar la felicidad como una carga tan pesada.

16 de Octubre de 2009
Alberto Estévez

martes, 3 de noviembre de 2009

Resumen y comentarios acerca de la décima tertulia sobre la novela Indignación, de Philip Roth

En esta décima reunión de Liter-a-tulia, la relación con el padre centró gran parte del tiempo de la tertulia. Entre otras reflexiones, además de las que recogemos en las distintas intervenciones que vendrán a continuación, se vio esta relación con el padre como metáfora de la vida, es decir, el padre encarnando el sistema contra el que el hijo va a luchar. Se subrayó la deuda moral que, encarnándose en culpa, atrapa al hijo para encaminarlo al desastre que le va a acontecer.

El retrato de Marcus es visto con las siguientes características, como buscador de la perfección, lleno de prejuicios, víctima de fuerzas que no controla, el fanatismo, la intolerancia, la hipocresía, la historia. A través de ellos realiza una decisión, no siempre consciente, llevar a cabo un viaje sin retorno, huyendo del destino gris que impone el padre. Marcus, en esa huída, defendería una postura ética frente a los discursos perversos que lo aprisionan.

Se habló de muchas facetas del amor, desde un amor profundo, al más puro egoísmo que no hace más que exigir una determinada conducta. Paradójicamente, ante ese panorama, lo que se sedimenta es una total identificación de Marcus al padre, de tal manera que, aunque se produzca la huida, en realidad lo lleva con él.

Rescatamos a continuación algunas de las intervenciones que tuvieron lugar, aquellas que son audibles en la grabación de la tertulia.
Ana Castaño: Un texto fascinante. A través de pequeños detalles va entregando la dimensión trágica de la vida. Además de la cuestión con el padre, resaltan temas como la muerte. Marcus, preso de los ideales que se transmiten en relación a la condición judía, y en relación al padre, realiza una travesía por el ideal que acaba llevándolo a lo peor.
También me parece un fantástico tratado sobre las diferentes posiciones de los sujetos en el amor, en el goce, y en el deseo. La figura femenina se muestra en las dos versiones, en la vertiente del amor y en la vertiente del goce. Vemos la importancia del estrago materno cuando hace el pedido mortal a Marcus, y vemos a la chica Olivia, presa de lo femenino, lo cual la lleva a acabar enloquecida. Desde las cosas corrientes y cotidianas van sucediendo cuestiones que conducen a la dimensión trágica de la vida.

Silvia Lagouarde: Yo había leído Los hechos, la autobiografía de Philip Roth, lo cual me ha permitido hacerme preguntas que enriquecieron mi lectura de Indignación. Curiosamente, me ha pasado algo desde el punto de vista ideológico. Una cosa me ha impactado, tiene que ver con todo lo que está pasando en el mundo. He tenido una especie de agradecimiento a Philip Roth porque me hace comprender algo acerca de la autoridad y el saber fundamentar esa autoridad en los jóvenes. En Pastoral americana, también Philip Roth me hace preguntar por algo que le preocupa mucho: ¿qué significa ser padre? Él no tiene hijos, sin embargo ha tenido un padre judío al que adoraba, y una madre a la que, ya no es que adorase, sino que cuando murió entró en depresión.

Quiero decir que la lectura de Philip Roth, en algún sentido, me ha americanizado el pensamiento. Yo soy de América Latina, y como tal apuesto por trabajar menos y gozar más. Sin embargo, con Philip Roth tengo la posibilidad de entender un poco más la mentalidad americana. Y me parece admirable, hace del trabajo un ideal –algo muy anglosajón— y siento admiración por esas personas que logran dejar algo a sus hijos, lo cual me genera un gran amor hacia esos padres más allá de que logren o no sus objetivos, pero son padres que están motivados por el amor.

Respecto al discurso del presidente de la Universidad, me pareció siniestra su condición de patriota. Pero es verdad que Estados Unidos es un país imperial, y es verdad que todo hombre americano está siempre traumatizado por la posibilidad de ser llamado a la guerra. Es una experiencia que tienen los países imperiales, lo que me hace comprender eso como un elemento de preocupación permanente en las familias americanas, y también me hace comprender ese miedo del padre a que su hijo muera, algo que disfraza de diferentes maneras.

Y tengo que decir que, para disfrutar de la lectura, necesito la escritura tradicional clásica que pone en juego el carácter trágico de la existencia. Pero quiero hacer notar que toda la literatura de Philip Roth, además de preguntarse sobre el padre, también insiste en el tema de la mujer como síntoma del hombre, y para la mujer como estrago. Su literatura es parte de experiencias vividas. Y también se pregunta si esa elección de objeto que hizo con su vida, no era lo que él necesitaba, este desgaste a través del amor y su imposibilidad, como estímulo para poder escribir. Es una pregunta acerca de por qué uno se convierte en escritor y por qué otro no. Ve la mujer como lo que él necesita, y una imposibilidad que es lo que más lo motiva en la escritura.

Y lo que a mí me impresiona mucho es cómo reacciona un hombre cuando una mujer, en la primera cita, realiza algo sexual que no está programado en su ideal. En este libro lo muestra de forma impactante, sorpresiva para la época. Pero lo que me generó una verdadera tristeza y una verdadera angustia es ver como esta chica, que realiza este acto con él y con otros por puro amor, buscando amor, como lo buscan todas las mujeres, viene marcada como una mujer que no tiene nada que ver con el ideal, de manera que es desechada por todos los chicos del campus. Esa, que es una situación particular, sin embargo es algo que, como mujer, lo he visto en muchas situaciones culturales, lo cual ha generado verdaderos estragos en mujeres que buscando amor son tachadas por mentes fundamentalistas. También muestra, en ese pequeño relato, el encuentro fantasmático de un hombre con una mujer y el ideal de lo uno y de lo otro. Para el hombre es muy difícil soportar que ese objeto de amor sea un objeto fácil, de manera que lo degrada.

Y también quiero hablar respecto a una contraposición que encuentro entre Philip Roth y Murakami, al que yo tanto he criticado en una tertulia anterior. En Murakami encontrábamos la extrañeza de ser hijo único, algo que ocurría hace sesenta años. Recordamos que en el libro que comentamos en esta tertulia, él no tiene hermanos. En el momento actual lo raro sería tener hermanos. En el caso Philip Roth, la cuestión está en los padres divorciados, de lo cual hacer un relato extraordinario. Recuerdo que en Argentina, hace años, cuando encontrábamos a un niño de padres divorciados, lo mirábamos de forma extraña. Y ahora habría que preguntarse, ¿quien no está divorciado en este momento?

Graciela Kasanetz: Este libro me hizo pensar en otro de Philip Roth en el que encontramos nuevamente el tema del padre, además del tema autobiográfico. Me refiero a Patrimonio. En él habla directamente del padre, de su muerte, y del patrimonio que le deja, que finalmente lo cifra en el objeto más abyecto, en la decadencia de la vida, y también en un objeto, los tefilines, dos cajas de cuero unidas a correas de cuero, que se colocan en los antebrazos, y que cada caja contiene cuatro secciones de la Torá escritas en pergamino. El libro Patrimonio termina con un sueño de Philip Roth sobre la orfandad del hijo frente a la muerte del padre.

La orfandad del hijo es algo constitutivo de los humanos. Siempre, por adulto que se sea, la muerte del padre deja huérfano al hijo, un hijo que ya es huérfano. Frente a la falta de garantías que hay en la vida, son las elecciones de uno las que garantizan, del lado del deseo y de la apuesta por esas elecciones, alguna protección respecto de esa orfandad. Creo que este libro, Indignación, es la contraportada de Patrimonio, porque muestra, en la figura del padre, la orfandad de los padres respecto de los hijos. Los hijos que creemos encontrar una protección en el padre, cuando somos padres creemos que los hijos nos van a garantizar – quizá porque la ley de la vida es que nos sobrevivan— esa protección incondicional en el amor. Y sin embargo, cuando los hijos se van –los psicólogos llaman el niño vacío—, y antes de que se vayan, cuando los hijos comienzan a caminar, a querer algo hacia lo que pueden ir sin nuestra mediación, ya tememos el peligro de volver a quedarnos huérfanos.

Este libro tiene este subrayado, cuán difícil es el ateísmo. Porque la creencia en el Nombre del Padre tiene dos partes, el padre, que es la protección, pero también tiene el nombre, y Messner, abjurando de los padres, sigue aferrado al nombre, sigue con la indignación apelando a algún otro tipo de nombre con más garantía que aquél que le imponen con la religión, tener que ir a las clases.

Creo que este libro pivota sobre una cuestión, ser digno del padre, de un padre y de una madre que señalan ambos, no la vía del deseo, sino la del sacrificio, exactamente la vía opuesta a la vida. Cuando el protagonista escucha a su madre la exigencia de renunciar a esa chica con las muñecas cortadas, ¿en nombre de qué?, lo hace diciendo que no elija a esa chica porque para sacrificios ya está el suyo. No sigue su deseo y pide la renuncia del otro a su deseo. El hijo tiene que sacrificarse.

El amor goza de muy buena prensa, pero el amor no siempre lleva a lo mejor, no siempre es aquello que permite ir en la dirección del deseo. Los psicoanalistas tenemos una de tantas frases hermosas de Lacan que me parece apropiado nombrar:

“Sólo el amor permite al goce condescender al deseo”.
Precisamente aquí, el amor no permite esto.

Además de todo esto que podemos enfocar de lo subjetivo, está la metáfora de Philip Roth presente en todos sus libros. Es cómo en la sociedad norteamericana, estas circunstancias se entrelazan y son aprovechadas por el poder político para llevar tantos individuos, que podrían tener una vida tan valiosa y prolífica, a la más terrible de las aniquilaciones, a una aniquilación muy bien expresada en la novela, es el filo tan terrible de la bayoneta que no corta cualquier sitio, corta los genitales, corta los intestinos, y corta las piernas.

Y respecto a la muerte, la define no como una ausencia de recuerdos sino como tener que repetir siempre los mismos recuerdos, una y otra vez, sin poder salir de ellos. Me recuerda un libro que me llamó mucho la atención porque no parecía un libro de Philip Roth, El pecho. Describe la muerte como la repetición, lo cual es algo que está muy teorizado en el psicoanálisis. En este libro subraya que cuando apostamos por la repetición nos alejamos de la vida.

Para finalizar quiero lanzar una pregunta: ¿quién es el padre de cada uno? Lo que cada uno entiende que es el padre de uno, no es lo que es esa persona. Es decir, la exigencia, la complacencia que cada uno pueda interpretar de su padre, es eso, una interpretación. El padre de cada uno, para uno, es, ni más ni menos que una interpretación. Quién sea ese padre es otra cuestión. Cuada uno puede solamente tomar de la realidad la interpretación que hace.

Y por otro lado, respecto a si Marcus busca o no la muerte, yo entiendo que existe el azar del encuentro y de los malos encuentros. Pero este chico era lo suficientemente inteligente en el diálogo con el decano, como para prever que la consecuencia de ese desafío que hacía suponía su expulsión, y sabía que eso lo mandaba de soldado raso con todas sus consecuencias. Hay algo elegido, tal vez no conscientemente, pero uno elige aunque es difícil de entender. Aunque no elige conscientemente, la elección inconsciente también es una elección. Cada uno de los actos, por pequeños que sean, están llevados por una elección. Después está el azar de los encuentros. Y por otro lado, algo que no era tan azaroso, y que envuelve toda la novela, es la situación política de Estados Unidos y la Guerra de Corea.

Luis Seguí: El eje conductor de la novela es la presencia de la pulsión de muerte. Es más, hay una invocación constante a la pulsión de muerte. Cuando me recluten y me maten en Corea, el padre con esa sobreprotección que conduce a lo peor. Hay una elección, más o menos inconsciente, por parte del protagonista.

Hay una escena clave, la que se desarrolla con el decano cuando lo confronta con Bertrand Russell, desplegando la teoría atea. Pero vemos la dificultad de llevar ese ateísmo consecuentemente, de tal manera lo vemos que la cuestión acaba en un sacrificio. Marcus niega a Dios, hace un discurso que es un alegato, una transcripción de la palabra de Bertrand Russell, pero acaba en un acto sacrificial, religioso, porque él elige ir a Corea en el momento en que desprecia al decano dos veces. Y ese desprecio, que aparentemente es una rebelión, confirma lo que le dijo el decano a su interpelación salvaje:

“Esa es la forma que usted tiene de encarar los problemas”.

Lo que aparentemente es un acto de rebeldía, es la forma que tiene de ser expulsado para ir al sacrificio de Corea.

Y luego hay una situación constante de ambivalencia de sentimientos, con el padre, con la madre, con Olivia, con el personaje judío Sony, apolíneo, guapo, rico. Hay una cierta erotomanía en esa descripción que hace Philip Roth. Sony es una descripción del judío que él quisiera ser, el hijo de un empresario, que lo conduce también al desastre porque le propone ser sustituido, en la iglesia, por un mandado al que le paga. Ese personaje, Sony, está constantemente en el horizonte de lo que él quisiera ser, y al mismo tiempo, por tanto, rechazando su origen social y la figura de su padre.

Y la misma figura de Olivia, ese objeto sexual degradado. Marcus se siente el privilegiado que ha sido objeto de las caricias en el coche por parte de ella, pero resulta que los demás, finalmente, también habían tenido relaciones con ella. Hay algo ahí que choca profundamente con la moral en la que él ha sido educado. Hay una frase en la que dice que su padre jamás ha infringido la ley. Marcus está atenazado entre la tentación del deseo, infringir, y ese mandato paterno, el hombre del cuchillo, el hombre de la castración que nunca ha infringido la ley y dice, hay que hacer lo que es correcto hacer. Constantemente está ese latiguillo en el personaje.

Y, efectivamente, es la muerte por el cuchillo. El padre se hiere trabajando en la carnicería, y no se muere en el momento, pero se muere luego por la enfermedad mezclada con la muerte del hijo. Es un suicidio encubierto. Y el hijo muere por la bayoneta de un chino en Corea.

Está muy bien en todo el relato la presencia de esa guerra, un esquema de la ideología y de las convicciones que mueven al pueblo americano, la división entre los buenos y los malos. En ese momento los malos se llamaban comunistas, pero se desarrolla la historia siete años después de acabar la Segunda Guerra Mundial, donde dos primos de Marcus habían muerto. Por lo tanto, la presencia de la muerte y de la guerra, no es algo alejado en el tiempo, sino una constante en la vida americana. Nunca en la vida americana han pasado más de quince años sin que estuvieran en guerra. Y además, era una época de reclutamiento forzoso, y Marcus sabe que mientras esté estudiando está protegido, no lo van a reclutar. Cuando promueve su propia expulsión está buscando que lo recluten y lo manden a Corea.

Rosa López: Me parece importante diferenciar el deseo consciente que el padre transmite, del deseo inconsciente. Porque en ese fatalismo donde el padre profetiza que un movimiento anodino podría causar la muerte del hijo, también está ahí el deseo inconsciente del padre. La voz del padre actúa como una voz de un destino trágico que lo espera. Y de hecho, dentro de la distinción entre diferentes figuras del padre, en este caso sería el padre como la voz del superyó que exige ser más virtuoso, no hacer nada malo, etc. Y el chico no se mete en líos, se dedica a estudiar y no complicarse con nada. Pero hay algo del designio de la pulsión que se acaba cumpliendo bajo la forma de la muerte. El propio padre fumaba mucho y tenía un problema con el que se estaba matando continuamente y no ponía remedio.

También podríamos decir que la novela se centra en la sexualidad, la muerte y la castración. Los detalles de la castración son excepcionales. El padre cortando, con el hijo al lado, pedazos de pollo. Es una evocación continua de la castración imaginaria. Y otras imágines de corte, la cicatriz en la chica, la castración femenina, podríamos tomarla no en esa chica concreta, sino como que toda mujer tiene la cicatriz de la castración. Y lo que a él le fascina en la chica es la raya en el pelo, como corte. Todas imágenes de castración. Y por supuesto, la muerte con los cortes.

Henar Miguélez: Marcus provoca su muerte por las pequeñas y continuas decisiones que va tomando. Esa sería una primera conclusión, Marcus va viendo que se convierte en su padre y se autodestruye, pero en el fondo quiere matar a su padre. No quiere destruirse de forma consciente –él no cree que se está destruyendo— sino que inconscientemente ve a su padre en sí, y quiere destruir aquello en lo que se convierte: su padre. Y todo porque, con respecto a nuestros padres, nos llevemos con ellos de una u otra manera, arrastramos un bagaje, somos herederos de lo que hemos vivido con ellos.

Por otro lado, ¿quién no ha querido, lográndolo o no, que sus padres se sintiesen orgullosos de él?, ¿quién no se ha sentido fracasado al pensar que no lo conseguía, independientemente de cuál fuera la opinión del padre? Cuando uno termina de leer el libro piensa que Marcus parece que quiere llevar a las máximas consecuencias, tenías razón, me han matado; en todo lo que dijiste quiero darte la razón, quiero que te sientas orgulloso de que tu hijo cumplió todo lo que decías. La paradoja es ésta, pese a tratar de huir, termina dándole la razón en todo.

Creo que Philip Roth, en toda su obra, no se atreve a insultar a su padre. Pero no cesa de hacerlo. Sus personajes reflejan lo que han hecho con él. Yo no sé su biografía, pero sus obras reflejan el afán de perfección que él creyó entender que le exigían. En todas sus obras, el padre que se muere en un hospital, ese entierro tan raro, nunca llegó a sentir que su padre había estado orgulloso de él. Su padre quería la perfección, pero en la perfección, lo que se debe hacer no es, es lo que yo pienso que se debe hacer. No es lo que se debe hacer en cuanto a judío, en cuanto a leyes, etc., es lo que yo creo que se debe hacer. ¿Quién no quiere satisfacer eso de un padre? Yo creo que él no lo consiguió, y en sus libros se ha vengado. Y quiero decir que en esto no tiene nada que ver la actitud amorosa que se tenga hacia el padre. Es la contradicción que todos tenemos.

Liter-a-tulia.

Una vertiente educativa y el poder de la mentira en Indignación, de Philip Roth. Comentario de Miguel Ángel Alonso

“Me admira cómo se puede mentir poniendo la razón de parte de uno”.
Celine. Viaje al fin de la noche.

“La vida se niega obstinadamente a seguir el dictado de doctrinas, de teorías, y de leyes”
(Prólogo, La fierecilla domada).

Indignación nos sitúa ante un cuestionamiento de la posición educativa y ofrece una mirada sobre los peligros que esa posición encierra en cuanto a la facilidad con que se desliza desde posiciones obsesiva hacia otras perversas.

En las primeras veinte líneas aparecen la guerra, la muerte, la familia y la educación –fronterizos siempre con la obsesión— como pilares en los que se va a sustentar el relato. Ellos irán configurando una temática marcada por elementos mórbidos de la estructura subjetiva y familiar y por imperativos morales y políticos que se irán significando como los signos de una tragedia, tanto personal como colectiva.

Las dos citas, que a modo de epígrafes encabezan esta reflexión, pretenden señalar los elementos más significativos que, a mi modo de ver, sobresalen en la novela.

La primera pertenece a Viaje al fin de la noche, de Celine, y la segunda está sacada de un ensayo introductorio a La Fierecilla domada de Shakespeare. En ellas resaltan, por un lado, la mentira, que en el caso de Indignación se muestra poderosa, disfrazada de amor familiar, de educación y de conciencia moral, y por otro lado un conflicto vital que va a ser escenificado entre esa mentira y el deseo, o también se podría decir en términos más conceptuales, entre lo que pretende instaurarse en la lógica universal del “para todos”, y lo particular del deseo.
La mentira
Son dos vertientes de la mentira, una de carácter estructural enmarcada en la familia, y otra de carácter moral enmarcada en la institución educativa. Ambas tienen que ver con el fanatismo obsesivo y la segunda, además, con la perversión.

En el marco familiar, el fanatismo obsesivo está al servicio de no realizar un duelo necesario para poder llamar vida a una existencia, es el que tiene que ver con la aceptación de la finitud. Vemos cómo el padre, ante una contingencia real, la guerra, evocadora de la muerte, en su voluntad inútil de evitarla, pone en juego una irracionalidad que, concatenando absurdos, multiplica el riesgo de la vida a la que, necesariamente, hay que entregarse. Se podría decir que, tratar de evitar la muerte sometiéndose a los mandatos de la ley obsesiva, es evitar la vida y sostenerse en una inútil mentira. Porque la vida se niega de forma obstinada a seguir su dictado, al contrario:

“La vida espera relamiéndose para llevarse a tu hijo

En la institución educativa, el fanatismo obsesivo tiene unas características más sibilinas, y es en ella donde mejor podemos observar su deslizamiento hacia posiciones perversas. Los imperativos educativos, en las formas más características del ideal, son invocados para realizar una impostura, la educación, que sirve a la vertiente más rancia y aberrante de una abstracción política, la patria, y a una moral que pretende instaurarse en la lógica universal del “para todos” haciéndose sorda a la dialéctica con la razón y el deseo. La mentira se hace evidente, la institución educativa no sirve al saber, sino a la satisfacción de un goce ideal.

En lo que se refiere al conflicto vital, como dije anteriormente, tiene que ver con la tensión que se produce entre dos campos, lo universal y lo singular. Podemos observar una secuencia:

La dinámica del deseo en su intento de producir una separación respecto a las imposiciones irracionales del discurso familiar y del discurso educativo.
La excelencia del deseo cuestionando la legitimidad de la lógica universal del “para todos”.
La infructuosa soledad del deseo de Marcus Messner revelando su impotencia ante el poder del amo, familiar y educativo, que imponen una determinación trágica a su destino, la derrota final, la aniquilación.

Tenemos reunidas las principales características del cuestionamiento que Indignación realiza de la educación, su fundamento obsesivo y el deslizamiento que realiza hacia lo perverso. El primero trata de alienar al sujeto a los mandatos y fines de la institución, el fundamento perverso no es otra cosa que generador de profundos malestares y de destrucción. Las páginas de la novela están impregnadas del malestar producido por los amos, familiar e institucional que, como representantes y garantes de la “verdad”, y guardianes de la moral, no permiten el más mínimo espacio a lo que está fuera de la norma. Y esta es su imposibilidad, porque la ambivalencia subjetiva nunca es delimitable de forma absoluta, el exceso que se reprime por un lado, se escapa por otro, y encuentra siempre, en los escenarios educativos, simientes para lo peor. Si lo que excede a la norma no encuentra cauces en lo simbólico, los va a encontrar en lo peor. Es lo que ocurre en la noche de las pulsiones desatadas.

Los discursos
La intensidad dramática de la novela se deja ver en los discursos, lleno de argucias el familiar, y de sofismas y premisas falsas el educativo, todo ello jugando en relación a las cuestiones de alienación y separación. Ambos reflejan la esencia de la posición educativa, son básicamente demandas del Otro.

Con respecto al discurso familiar, la demanda paterna provoca el movimiento de un tímido intento de separación, pero resulta que es la madre quien impide rotundamente esa separación, y lo hace con argucias muy sutiles. Llega a proponer su deseo de divorciarse para luego tener poder ante el hijo. En su demanda aprovecha el poder que el significante “divorcio” posee sobre Marcus en su calidad de judío (128), para llevar a cabo un chantaje moral. Si ella no cede a las emociones y sentimientos, lo mismo le corresponde hacer a él respecto a la fuerza de su deseo. De esta manera, con la intervención de la madre, se difumina el intento de Marcus de separarse del discurso familiar.

Respecto al discurso educativo, sus particularidades más notables cumplen las características del discurso del amo en su absoluta radicalidad en el empeño de alienar a los alumnos. El agente es la institución educativa, que como amo se dirige a los alumnos para someterlos al imperativo de su moralidad. Todo el panorama está preñado de un anhelo de homologación de los sujetos para que todo funcione “bien”, es decir, a la manera que gusta el amo, desvinculando a los sujetos de su peculiaridad, de su forma singular de situarse en la vida, o lo que es lo mismo, de su goce. Los alumnos quedan alienados a la institución, devaluados como sujetos. Y el beneficio que de todo este circuito se obtiene ha de revertir en los objetivos de la institución, saciar la sed del patriotismo y servir a los altos valores de un ideal de conducta personal. ¿Cabe mayor perversión?

Con el discurso del decano podemos ilustrar la radicalidad de la obsesión en su afán de alienar al otro, con el del presidente de la universidad podemos iluminar algo de la estructura de la perversión.

El discurso del decano es preconcebido. Presenta la característica impostura de los líderes de las congregaciones, de las fraternidades, y de las sectas. En su interlocución con el otro se sostiene en interrogatorios ominosos vistiéndose de amabilidad en el trato, de una posición de escucha, y de distancia respecto a la pasión sentimental, lo cual no tienen otro fin que tocar el ser de su interlocutor para dividirlo, haciendo resaltar, en el contraste, la imperfección pasional del interlocutor (39). Se hace muy evidente la tergiversación del discurso, lleno de sofismas y premisas falsas que no tienen otro fin que culpabilizar al otro.

Por su parte, el discurso del presidente de la universidad, Albin Lentz, utiliza una rotunda oratoria plena de sentido, de lógica y de razón. Aquí podemos ver la mentira en su máxima expresión ilustrada por la cita extraída de Viaje al fin de la noche, porque en el fondo, ese discurso no es más que una historia patriótica que elige el marco educativo para ser contada. Historia falsa en el sentido de que no tiene siquiera la estructura de una buena ficción, no es subsidiaria de ningún anhelo de tocar la verdad, sino de satisfacer los intereses propios de valores morales y patrióticos. Es un gran ejemplo de Storytelling, esa forma narrativa tan en boga actualmente.

Un párrafo pone al descubierto una estructura, a saber, el vacío esencial del goce perverso, casi se podría decir sadeano, de la institución:

“... la montaña de la Matanza cubierta de cadáveres y tan vacía de vida humana como lo había estado durante los muchos millares de años antes de que surgiera una causa justa para que cada bando destruyera al otro” (162)

La institución educativa se revela aquí como forma discursiva que justifica el goce de la patria y de la moral, y al igual que en el ritual sadeano, en el mismo momento que se satisface, impone al sujeto una manera de morir.

Miguel Ángel Alonso

domingo, 25 de octubre de 2009

Indignación, de Philip Roth. Intervención de Gustavo Dessal en la décima tertulia

Primero voy a contar una pequeña anécdota que viene muy a cuento de esta historia. Me visitó un amigo mío hace un par de meses, y tenía una preocupación respecto a su hijo. Una vez que nos la contó, le regalamos este libro porque pensamos que podría ser de ayuda. Mi amigo es un hombre oriundo de Bielorrusia, y vive en Londres. En ese momento nos trasmitía una preocupación, estaba tremendamente angustiado, y algunas noches las pasaba sin dormir pensando en que su hijo se iba a marchar a estudiar a una universidad. Exactamente el mismo argumento de la novela. La única diferencia es que al Señor Messner esto le aconteció cuando su hijo cumplió dieciocho años, mientras que el hijo de mi amigo tiene cinco años. Él como buen judío previsor ya está preocupado por lo que va a ocurrir.
Esto es una anécdota, pero a la vez es mucho más que eso. Forma parte de la idiosincrasia de la cultura judía que Philip Roth tiene la maestría de poder transmitir. Es un autor cuya obra siempre gira en el interior de un espacio restringido. Casi todas sus historias transcurren en el pequeño mundo de la ciudad de Newark, que ahora es una gran ciudad, pero que en esa época era apenas un pueblo en las afueras de Nueva York. Y centrando más el foco, esas historias suelen referirse a comunidad judía del lugar.
Lo extraordinario es que, centrando el foco en algo tan reducido, consigue conectar con un plano tan universal de la subjetividad, que solamente se puede explicar por el hecho de que es uno de los últimos autores que han sabido recoger el testigo de la gran tradición de la literatura occidental. Es un autor que podría perfectamente situar en la línea que comienza con la tragedia griega y pasa por Shakespeare. Porque toda su obra es la recreación de la esencia de la tragedia.
¿Qué es la esencia de la tragedia, de la tragedia de nuestra civilización occidental? Desde mi punto de vista, es la cuestión del padre. Y Philip Roth no se ocupa de otra cosa que de una profunda reflexión sobre el padre. En esta novela, como en todas sus obras, todo está extraordinariamente calculado. Para empezar, la elección del apellido, Messner. Si quitamos la n, Messer en alemán es cuchillo. Eso no es casual. Es absolutamente intencional en Philip Roth. La imagen del cuchillo es totalmente centrípeta, es alrededor de esa imagen que se ordena toda la lógica de la novela. La imagen del cuchillo es el cuchillo del padre, es el cuchillo de Isaac, evidentemente, porque en la metáfora de ese período histórico de los Estados Unidos de la guerra de Corea, lo que encontramos es una versión anamórfica de la tragedia bíblica.
Y a pesar de su declaración de ateísmo, es un autor profundamente religioso, porque es capaz de conectar con esta temática absolutamente arraigada en nuestra civilización, el pilar de nuestra civilización, que es la dimensión simbólica del padre.
Al protagonista le pasa lo mismo que le ocurre a Kierkegaard, sobre quien pesa la maldición de su vida. Toda la penuria de su vida es acarrear el pecado de que su padre maldijo y desafió a Dios. Aquí es lo mismo. Habiendo desafiado el nombre de Dios, el sujeto paga con la muerte. Es una enseñanza sobre cuán difícil es lograr un verdadero ateísmo. Porque para poder superar la creencia en Dios no basta decir que no creemos en él; el propio Marcus, quien declaraba ser contrario a toda religiosidad, supuestamente no creía en Dios, y sin embargo pagó con su propia vida el pecado de desafiar el Nombre del Padre.
Para poder derrotarlo de verdad, es necesario algo más que una simple declaración de intenciones.
Gustavo Dessal

sábado, 17 de octubre de 2009

Indignación. Comentario de Mª José Martínez Sánchez

Comenzamos el nuevo curso de Liter-a-tulia leyendo la novela titulada Indignación, de Philip Roth, el más famoso escritor vivo norteamericano. Es muy de agradecer que su libro defienda y mantenga, aparte de muchísimas y muy sabrosas sugerencias, una única tesis: la de que la realización de muchos de los mil hechos triviales de la vida pueden llevarnos, según nos dice literalmente el autor, a obtener un resultado desproporcionado.
De 75 años, lleno de vida y de inteligente experiencia, el escritor nos habla en esta historia de sus preocupaciones y de muchos de sus demonios familiares tan comunes a muchos de nosotros, como pueden ser, en un cierto orden dentro de la novela, el destino, el sexo, y la muerte como final que a todos nos alcanza, pero apuntando en sus últimas páginas a la nada despreciable influencia de las masas en la vida de las naciones y por tanto de las personas.
Y este me parece un tema muy importante dentro de la novela.
Ambientada en 1950, con la guerra de Corea como fondo, y desarrollada al principio en un barrio humilde y judío de Newark, es en esta novela donde la muerte va ligada directamente a la tesis del autor, de tal manera que la muerte temprana del protagonista, podríamos decir, siguiendo su idea, la “consigue” a fuerza de dejarse llevar por impulsivos actos juveniles. Pero no podemos perder de vista que estos actos estarían condicionados por el rechazo al ambiente vivido en su infancia, y a la educación de ese padre, ya senil, al que todo le da miedo, sobre el que quisiéramos poder colocar una palabra de disculpa.
De esta manera empezamos a encontrarnos con la dualidad propia de toda vida, porque ese padre aprensivo y temeroso que más bien parece una madre angustiada que un padre cabal del que valiera la pena tomar en serio sus advertencias, es su buen y trabajador padre que, por ser como es, cosa inevitable también para él, hace que el hijo desee huir de su casa con todas sus fuerzas para salvarse de su influencia, sin advertir que, aún queriendo desarrollar su propio estilo de vida, lleva al padre incorporado a su ser.
Y podemos empezar a distinguir entre el azar y el destino, siendo el azar todo lo que más o menos aleatorio pasa por su lado, y formando el destino todos aquellos condicionantes que, comenzando por la familia del chico y la forma en que el padre y la madre tratan de educarlo, acaba en la asimilación de sus ideas.

Y estos condicionantes tan imperiosos serán los que en adelante gobernarán su vida y por los que él decidirá, al igual que todos nosotros, qué cosas tomará y cuales dejará pasar, las que valen como acicate de mejora y las que le impulsan a hacer el mal camino, las que lo completan en lo que le faltaba y las que son la espoleta para hacer salir de él aquellas formas ocultas de su ser que aguardan el momento preciso para conseguir, digamos, su desgracia. Y así lo vemos en algunas frases que pone Philip Roth en boca del chico cuando dice: “hice exactamente lo que no debía”, y esto lo dice tratándose de un muchacho que en la novela se nos describe a través de su réplica al Decano, como un chico de mente excepcional, pero tan terco como su padre y que, en definitiva, y de forma compulsiva, no soporta ninguna autoridad reflejo de la paterna.
El destino es un tirano agazapado e ineludible, parece decirnos Roth.
Y tal vez sea así.
Dramática conclusión a la que la novela y el protagonista llegan cuando él mismo se da cuenta de que se parece muchísimo a su padre en esa confusa mezcla de identificación y rechazo.
Buen golpe de efecto en la novela cuando vemos que se nos está narrando desde la muerte, y buen texto claro y sencillo donde el sexo sirve de comparsa para que podamos ir viendo como se acerca aquella muerte adelantada y presentida por un muchacho que reconoce no poder ver más que lo que quiere ver. De nuevo el destino marcándole el camino, “aprovechándose” del azar de tener aquellos compañeros y elementos fatales que se dieron en aquella universidad donde su presidente proclamaba ser quien inculcaría los principios éticos a los jóvenes confiados a su custodia, “niños en pañales y desbocados”, para ganar la batalla moral contra el comunismo soviético.
Más tarde, un narrador nos cuenta del final de la vida de sus padres, nos resume las cosas que el protagonista podía haber hecho mejor, para redundar en la tesis final del libro, sin pensar, tal vez, el autor, que el haber sido como era el chico en sus aspiraciones, y el haber leído a Bertrand Russell, pacifista y premio Nobel de Literatura en 1950, no eran una trivialidad en su vida, sino la lógica determinación de un chico que se vale de esas lecturas para poder separarse de lo vulgar del ambiente en el que se crió. Pensemos que tal vez el muchacho quisiera prepararse para ser diferente, para poder llegar algún día a un lugar moralmente mucho más alto que el conjunto de aquellos estudiantes compañeros suyos que estudiaban sólo para tener un buen trabajo, cosa nada desdeñable, pero ajenos a toda superación propia y personal que fuese un poco más allá de la adquisición de un bienestar uniforme a todos y que a todos conformase. No olvidemos que veinte años antes nuestro gran Ortega publicó en la Revista de Occidente, su estudio sobre el fenómeno social de la creación del hombre-masa, ese hombre que solamente se esforzará por conseguir su bienestar al margen de toda investigación y crecimiento moral en su vida.
Es ahí, con los alocados estudiantes, futuros ciudadanos acomodaticios, con el presidente de aquella Universidad lleno de ambiciones políticas que les lanza un discurso incendiario, donde descubrimos la fatal espoleta para que él chico se desespere. Esos detalles fueron los que estaban trazando, con su asentimiento, los alumnos, y con su intervención interesada, el rector, la ignominiosa línea por donde el mundo americano habría de discurrir.
Y es ante ese mundo que no sabe ser crítico por estar falto de ideales humanísticos, es ante esta gran abdicación del hombre, ante lo cual el chico reacciona rebelándose.
Estupenda novela. Un hermoso comienzo de curso.

jueves, 1 de octubre de 2009

Eco de Borges y Joyce. Por Sergio Larriera

Umberto Eco ha hablado de Borges y Joyce. Fue en el discurso pronunciado en la Universidad de Castilla La Mancha el día en que fue investido “Doctor Honoris Causa” (Diario “El País”, 31 de mayo de 1997).

Eco empezó comparando dos bibliotecas. Una, la del Quijote, "de la que se sale"; otra, la de Borges, "de la que no se sale". Si el primero quería que el mundo fuese como su biblioteca, el otro decidió que su biblioteca era como el universo.

"La idea de la Biblioteca de Babel se ha unido a la también vertiginosa noción de la pluralidad de mundos posibles, y la fantasía de Borges ha inspirado en parte el cálculo formal de los lógicos modales (...) Hay otra historia que, inventada por un artista, ha influido también en la imaginación de los científicos, si no de los lógicos, ciertamente de los físicos y de los cosmólogos, y es el Finnegans Wake de Joyce".

Más adelante, Eco pasa a interrogarse sobre los paralelismos y las diferencias de estos dos escritores "que han hecho del lenguaje y de la cultura universal su terreno de juego". Una lengua tiene dos caras: el significante y el significado. Si el significante organiza sonidos, el significado por su parte aparece organizando ideas. "Joyce ha jugado con las palabras; Borges con las ideas. Y al llegar a este punto se delinea una concepción distinta de la infinita capacidad de segmentación del propio objeto de manipulación. Los elementos atómicos de la palabra son las raíces, las sílabas, los fonemas. Se pueden, como mucho, hacer nuevas combinaciones de sonidos, y se tiene entonces el neologismo o el “pun “(juego de palabras), o combinar letras, y se obtiene el anagrama, procedimiento cabalístico del que Borges conocía la magia. El elemento atómico de las ideas, o de los significados, en cambio, es siempre una idea u otro significado. Se puede descomponer hombre en "animal humano macho" y rosa en "flor de pétalos carnosos", se podrán encadenar idas para interpretar otras ideas, pero no se va más allá. Podríamos decir que el trabajo sobre el significante actúa en el nivel subatómico, mientras que el trabajo sobre el significado actúa sobre átomos que no se pueden descomponer más para formar nuevas moléculas. Borges optó por esta segunda elección, que no es la de Joyce, pero que es igualmente rigurosa, absoluta, y conducida al límite de lo posible y de lo pensable".

Para Domingo García Sabell, desde sus comienzos de artista Joyce va apartando fantasmas. Avanza por los retorcidos caminos de la vida -el laberinto- para llegar al ombligo del mundo, para llegar a la gran explicación final: "Una explicación elevada en epifanías y sumergida en fonemas" [i].

El laberinto, el dédalo, dan nombre a Stephen Daedalus, protagonista del Retrato del artista adolescente y del Ulises. "James Joyce tuvo la sensación, a lo largo de su vida, de que la existencia era un laberinto inextricable, un dédalo confuso y desorientador (...) En la existencia no hay más que estrechos caminos inexplicables en medio de revueltos campos y de huertos sin límites. No hay más que laberintos parciales cuyo inmenso conjunto constituye el inabarcable laberinto del universo". Así, el laberinto llega a ser el protagonista de Finnegans Wake, texto en el cual "toda la red argumental, el desarrollo de las acciones y el lenguaje empleado, son ya un puro dédalo".

Sabemos que en la topología borgeana hay dos figuras esenciales a la construcción de su espacio: el patio y el laberinto. Laberinto que se potencia mediante esa otra palabra, dédalo. Dédalo y laberinto; Borges escribió acerca de un poeta de un siglo lejano:

"¿Habrá sentido que no estaba sólo
y que el arcano, el increible Apolo
le había revelado un arquetipo,
un ávido cristal que apresaría
cuanto la noche cierra o abre el día:
dédalo, laberinto, enigma, Edipo?" [ii]

Tal vez sea el laberinto el que justifique nuestro neologismo: Joycenborg. Más allá de cualquier adhesión o rechazo de Borges por Joyce, y lejos de sugerir cualquier clase de influencia temática, hipotético fruto de tempranas lecturas, digamos simplemente que son dos escritores laberínticos, cada uno a su manera. Si el texto de Joyce siempre aspira a constituir un laberinto argumental y lingüístico, hasta su logro final, Borges, por su parte, con un lenguaje cada vez más claro y preciso, va tejiendo una obra laberíntica. Mientras Borges, valiéndose del sentido conduce al extrañamiento desrealizante, a la paradoja, a la perplejidad, Joyce, a través del sin sentido, arrastra al lector por su escritura laberíntica hasta confrontarlo al sentido último de la existencia.

[i] García Sabell, Domingo. Tres síntomas de Europa. Joyce-Van Gogh-Sartre. Ed. Revista de Occidente. Madrid 1968.
[ii] Borges, J.L. “Un poeta del siglo XIII”. En “El otro, el mismo”. O.C. Emecé, tomo... Buenos Aires.Aquí escribes el contenido.
Aquí escribes el resto del contenido que no se vera.

Sergio Larriera



jueves, 24 de septiembre de 2009

Presentación del libro Los Depravados Príncipes de la Vieja Corte



La editorial El Nadir quiere invitarte a la presentación de la novela:

Los depravados príncipes de la vieja corte, de Mateiu Caragiale.

Nos reuniremos en la librería La Buena Vida, en Madrid, calle Vergara nº10, junto al Teatro y el Palacio Real, a las 20,30 horas del 1 de Octubre de 2009.

Estarán con nosotros, su traductor, Rafael Pisot, el escritor Gustavo Dessal y la especialista en literatura rumana, Ioana Zlotescu.

Esperamos compartir contigo un rato agradable.

martes, 22 de septiembre de 2009

Ponencia de Luis-Salvador López Herrero en la I Jornadas Cultura, Medicina y Psicoanálisis de León. Amor a la literatura.


Si Rimbaud sabía que “je est un autre”, ¿hasta qué punto no quiso abandonar su yo de la adolescencia (moi), para buscar en África su otro yo (je), en un intento de experimentar sin el velo de la escritura la esencia de la vida? Al fin y al cabo, si Sade, mediante la escritura, quiso hacer realidad lo que la vida le impedía, ¿hasta qué punto Rimbaud, con su abandono de la poesía y sus ansias de libertad, no quiso sino vivir la vida en su pura esencia sin ese velo voyeurístico que supone la escritura? Vivir o escribir: he ahí el dilema en el que ciertamente se debate Rimbaud y también quizá todo poeta de la vida”.

Estas palabras fueron escritas en el texto La cara oculta de Salvador Dalí. Hoy quiero indagar a partir de este punto de abandono de la escritura de Rimbaud, el trabajo del poeta y su silencio. Como se puede apreciar, uno siempre retorna nuevamente a sus interrogantes iniciales.

Sabemos que Rimbaud se curó de la ilusión poética de la palabra, pero no de la escritura. Es un hecho. Rimbaud abandona la poesía, pero no la escritura como tal. Las investigaciones geográficas y las cartas comerciales y familiares siguieron ejerciendo una misión secreta en su vida.

Me interesa interrogar al hilo de esta vida tan convulsa, que no voy a analizar propiamente, la función del trabajo del poeta –y Rimbaud lo era—, así como también el modo en que el poeta puede llegar al silencio poético. Recordemos que el poeta Rimbaud, a diferencia de Marx, es mucho más radical en su aventura particular de transformar propiamente la vida y no la sociedad. De ahí que podamos tomar su empresa como más particular e íntima.

Comencemos, para ubicar el trabajo del poeta con la letra, a partir de una premisa que articule el sufrimiento humano con el lenguaje y éste con la propia cura, en tanto que todo intento de dar sentido al sufrimiento por la vía de la palabra, sea escrita o verbal, es un modo

de atemperar el malestar. En este punto, el sujeto en la experiencia analítica, puede ser entendido igualmente como un sujeto poeta, o como aludo en mi reciente libro Mito y Poesía en el Psicoanálisis, un sujeto supuesto poeta.

Evidentemente, preguntarse por la vida o por la existencia es ya un modo de mostrar el parasitismo del lenguaje y su efecto de malestar en el sujeto efecto de ese lenguaje. Podríamos incluso plantear la neurosis como una “enfermedad” sostenida por el propio lenguaje y su incompletud, para otorgar una respuesta, plena de sentido, al enigma de la vida. Porque si bien el ser parlante no puede vivir sin una pregunta por la vida –es una condición del atrapamiento del ser por el lenguaje— tampoco lo puede hacer sin la creencia en una supuesta respuesta que el propio lenguaje le impone como alteridad. Y, en esa encrucijada –ser vivo y lenguaje—, cada uno va labrando su destino.

Rimbaud indaga inicialmente esta interrogación acerca de la vida y su respuesta, en el seno de la aventura poética, siendo consciente que para poder escapar del hechizo y de la magia que las palabras transportan, es preciso recorrer el camino poético hasta sus últimas consecuencias. Es decir, hay que atravesar esa senda de sentido que imponen las palabras, y que también anhela la conciencia, para alcanzar supuestamente una respuesta acerca de la vida. Todos nosotros conocemos la atracción que ejerce el sentido en la conciencia en cuanto pacifica temporalmente esa angustia que se evidencia ante la incompletud o la falta de saber. Pero, en su recorrido particular, Rimbaud intuye que hay que descender al infierno, diríamos al sinsentido, para poder encontrar el misterio de la vida o el azote del lenguaje. Sus palabras nos lo anuncian tempranamente: “Ahora me encanallo cuanto puedo. ¿Por qué? Quiero ser poeta y trabajo para convertirme en vidente. Usted no comprenderá nada –le dice a su profesor en la carta—, y yo no sabría casi explicárselo. Se trata de llegar a lo desconocido mediante el desorden de todos los sentidos. Los sufrimientos son enormes, pero hay que ser fuerte, haber nacido poeta, y yo me he reconocido como poeta. No tengo culpa alguna. Es falso decir: Yo pienso; se debería decir me piensan. Perdón por el juego de palabras.

¡Yo es otro!

Es una época en la que Rimbaud se muestra seducido por la investigación poética a través del juego de las palabras. Y es que el placer de narrar y el goce de la palabra en el sujeto, son un hecho consustancial en el ser parlante, en tanto éste está atravesado por el Lenguaje. De ahí que Rimbaud se sienta hechizado, en la espera de lo incierto de la vida, por un tipo de satisfacción que brota en el propio acto de hablar y que revela un sinsentido que subyace, en ese sentido que introduce el propio juego de las palabras. Satisfacción así –podríamos pensar en el yo— por el sentido alcanzado, en tanto que éste se hace eco de la instrumentalización de la palabra en la búsqueda de la verdad, pero también goce en el sujeto del inconsciente, como marca de ese Lenguaje que le parasita su existencia desde el origen. Lo interesante es que el placer por el sentido que se extrae del juego de las palabras nunca se colma definitivamente, jamás se agota en sí mismo. Además, el juego de las palabras que se desliza, tampoco puede alcanzar a decir una verdad plena, en tanto que ésta siempre se muestra resistente al propio encadenamiento de las palabras. De de ahí la insistencia perpetua de un eco de sinsentido que arrastran las propias palabras y que constituye el goce de la narración, pero también el motor de una búsqueda que se torna como imposible.

Ahora bien: en este contexto, Rimbaud intenta todo un trabajo de la palabra –aunque con la palabra y sus equívocos—, para alcanzar algo más que un saber. Pero, ¿no es esto mismo lo que acontece en la experiencia analítica?

Lo interesante es que ese sentido que brota entre las palabras en el juego poético, reabre incesantemente ese sinsentido inicial y originario que lo ha constituido. En este punto, en la experiencia poética –y también en la experiencia analítica—, el sujeto no sólo se va a confrontar con el saber del lenguaje, sino también con la letra –el sinsentido de lalengua— y ese goce mudo que habita en él y que es causa de su sufrimiento. De ahí que el saber en la experiencia, tanto poética como analítica, siempre se confronta con un límite: es el límite del saber frente al sufrimiento, o dicho en términos lacanianos, el límite del saber frente al goce. Pero, ¿qué goce? Justamente ese agujero de goce de la vida labrado en el cuerpo que vehiculizado en las palabras nos hace sufrir. Luego no olvidemos que el saber frente al sufrimiento y al goce siempre deja un resto.

De ahí que el intento poético de erradicar el agujero de la vida a partir de las palabras, sea siempre vano. Porque el deslizamiento de las palabras introduce entre sus dichos y su sentido, siempre fugaz, un nuevo vacío que sincroniza nuevamente con el agujero inicial, motor del proceso. Es decir, las palabras no cierran el proceso –aunque a veces lo aparenten y, desde luego, siempre lo intenten—, sino que abren nuevamente un vacío de sinsentido que relanza sistemáticamente a las palabras en búsqueda interminable que encadena todo este movimiento significante. Lo importante es que todo este proceso de deslizamiento significante que el sujeto precipita en la búsqueda de la verdad, introduce también un goce o sufrimiento. Goce que fija igualmente en este ser parlante, preso por la palabra y el sentido, esta insistencia por hablar y escribir, indefinidamente, en un intento de cernir lo imposible.

Precisamente, la poesía y el encantamiento de sus palabras se nutren de toda esta cuestión. En su eco metafórico y equívoco, en su espacio de ficción, la palabra puede contornear la verdad, introducir un saber, incluso bordear lo imposible, pero no puede decir ni cernir completamente todo aquello que, en definitiva, la impulsa, porque es un agujero. La falta de goce y la pérdida inicialmente acaecida en la captura del ser vivo por el lenguaje se lo impiden definitivamente. De este modo, en el ser parlante –en cualquiera de nosotros—, la falta de goce y la sed de gozar van de la mano, palpitando entre ellas una hendidura imposible de suturar que, sin embargo, insiste e insiste, convirtiéndose así en el motor de la experiencia analítica y también, propiamente, de la experiencia poética.

De ahí esa ilusión que se cierne sobre el sujeto en la experiencia, por tratar de cerrar o de agotar todas las preguntas que inauguran esa búsqueda de saber. Una búsqueda que, además, interroga todo ese malestar que está aguijoneado por el anhelo de ser. En este sentido, el logro de la sabiduría en la experiencia, es el efecto y la ilusión más inmediata que ejerce la intrusión del lenguaje sobre el sujeto. Habría así, desde el lado de la sabiduría y su logro esperanzador, una fina voz que enturbia decididamente el pensamiento y encandila nuestra mente: ¡Alcanzar la paz del espíritu!

Sin embargo, en ese supuesto horizonte de paz, la sabiduría y su anhelo de tranquilidad bordean un límite en el que podemos intuir y cernir ahora, toda esa ansia que golpea la interrogación del analizante, la mirada del artista, también la voz del poeta o la mano del escultor en su investigación particular. Es decir, poder alcanzar una invención que permita dejar de formularse preguntas para verdaderamente vivir y, en consecuencia, ser.

Vivir sin preguntas sería algo así como vivir sin ese lenguaje que nos parasita y nos atormenta desde el principio. Sin embargo, el goce por la palabra y su insistencia, nos muestran, justamente, la otra cara del asunto, es decir, que lo que verdaderamente constituye la pregunta esencial por la vida es siempre un agujero enigmático que nos obliga, incesantemente, a seguir hablando y escribiendo. Un agujero que es consustancial con la vida y que, aún cuando no puede ser respondido más que de forma parcial, sin embargo, no deja de seguir interrogándonos. De ahí la insistencia por las preguntas y por las respuestas, siempre insatisfactorias, que crean nuevos interrogantes.

De este modo, si bien el lenguaje agujerea al ser vivo para introducirle finamente el veneno por la pregunta, también le introduce el anhelo por una respuesta que se tornará imposible. El lenguaje genera así, un ansia por una respuesta que dé sentido al ser perdido y parasitado por el Otro del lenguaje. En este contexto, la palabra, como instrumento del lenguaje que posee y parasita al sujeto, crea una ilusión por la respuesta total allí donde sólo caben las interpretaciones o las elucubraciones que configuran siempre un conocimiento parcial. Por eso, la respuesta nunca cierra definitivamente la pregunta acerca del ser, su sentido o finalidad. Siempre resta un nuevo espacio que invita a seguir hablando, escribiendo, gozando. Y es, precisamente, a partir de ese agujero que determina ese malestar –que es consustancial con la hendidura creada por el mismo lenguaje en el ser parlante— como el saber precipita un tipo de conocimiento que no impide que la palabra no cese de insistir, en ese intento por alcanzar eso que se torna definitivamente como imposible.

¿Es el mismo fracaso de la palabra y de la poesía lo que irrumpe ahora en el escenario, en todo este anhelo por alcanzar la verdad?

Los poetas que han llevado la palabra hacia el límite de su investigación lo saben. Trabajan y trabajan en su anhelo de alcanzar la verdad, jugando y jugando con sus ecos y equívocos, hasta que finalmente algunos cesan de escribir. Unos porque sienten que ya han dicho lo que tenían que decir; otros porque se topan definitivamente con el silencio que la palabra condensa y encierra. Pero hay otros que, peleándose con las palabras, se resisten a abandonar esa ilusión de paraíso que las palabras configuraban en su articulación. Y, en su anhelo pertinaz, se lanzan ahora de manera dramática a la captura de nuevos mundos u objetos, en un intento de encontrar esa satisfacción que la palabra no concedía. Nuevamente estoy pensando en Rimbaud.

De este modo, si la palabra tiene impedido el acceso a la verdad absoluta, ¿no puede ser entendido el silencio de algunos poetas como un modo de encuentro fructífero con lo imposible, como una renuncia o un fracaso exitoso de la palabra ante su musa, la verdad?

Luis-Salvador López Herrero