jueves, 11 de noviembre de 2010
¿Fue él? Una reseña de Mª José Martínez Sánchez
lunes, 8 de noviembre de 2010
La Noche del Eclipse Tú, VIII premio de poesía Fray Luis de León; un comentario de Luis Salvador López Herrero

Luis-Salvador López Herrero.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
El Acompañante; un relato de Oscar Strada
“Inmigrante culto, sensible y respetuoso se ofrece para cualquier tipo de acompañamiento durante las 24 horas del día, siempre que se le demande correctamente. Llamar al
Sé que puede parecer extraño que me anuncie así en la prensa local, que puede prestarse a malos entendidos, que puede generar confusión respecto de mis intenciones y provocar confusión en las intenciones inconscientes de aquellos que lo lean, pero creo que es lo mejor que se me ha ocurrido. Me quedan 150 euros, me alcanzará justito para una semana quizá. Mi visado de turista lleva dos años vencido y yo muchos más de fracasos.
Lo he intentado casi todo. Mi título de escribano, que aquí se llama notario, no puede ser convalidado aquí, sin tener que pasar por una universidad que me admita y me permita completar las asignaturas de derecho nacional, europeo e internacional que en mi currículo no existían y que eran ignoradas o consideradas insensatamente innecesarias en mi país. Además me cuesta entender aún, que no ser convalidado no se refiere a mí, sino a mi titulación académica. Pero me duele igual.
Me he ofrecido como carpintero, ebanista, camarero, electricista, entrenador de baloncesto, albañil, poeta, recogepelotas, recoge aceitunas, recoge tomates, funanbulista, limpiachimeneas, entrenador de paddle, jardinero, canguro, contrabajista, cocinero y profesor de esperanto. Curiosamente he llegado a trabajar esporádicamente en alguno de estos oficios y extrañamente, casi nadie sabía que era eso que yo enseñaba. Nadie parecía recordar que se trataba de un idioma, y yo siempre respondía: una utopía y colgaba el teléfono. Las utopías no se enseñan, se practican.
Me doy cuenta que este oficio de acompañante, que acabo de inventarme, es el reflejo de mis propias carencias y que pondrá a prueba hasta donde se puede llegar por un plato de lentejas y también cual será el límite de las concesiones a mi propia dignidad. Finalmente será un reto más, como la vida misma. Espero que no se rasguen mis vestiduras zurcidas con esmero por mis padres y mi abuela materna, que murió convencida de que yo sería presidente o al menos ministro de justicia.¿Pero de que otra estofa están hechas las vestiduras, sino de ilusiones necesarias, imposturas forzadas y abundante estupidez? También pienso que para este oficio uno nunca está suficientemente preparado, porque es difícil que alguien no haya sentido alguna vez la íntima certeza de que el humano está siempre solo y esperando no sabe que cosa.¿Quien podría aseverar que se ha sentido siempre acompañado a lo largo de su vida? Acaso durante el tiempo de la infancia que no estuvo jaqueado por los miedos infantiles, alguien logró alcanzar esa inmejorable ilusión de no estar solo, de sentir mágicamente dentro de si a la pareja encapsulada de los padres generando una protección permanente.
Quizá también el adolescente ensorbecido en un fatuo regodeo narcisista haya sentido esa omnipotencia ignorante de creer no necesitar a nadie y pensar que él solo sería capaz de dar cuenta de todas sus necesidades e ilusiones.
Ilusiones pasajeras que el tiempo se encarga de disolver para instaurar la realidad de las separaciones, claro que antes hay uniones, lazos, vínculos que se anhelan duraderos, eternos, siderales, cósmicos, religiosos, totales. La pareja, los hijos, la familia. En suma, la unidad originaria, sin fisuras, sin separaciones, sin mutilaciones.
Si algo he aprendido en estos dos años de inmigrante ilegal es a valorar los lazos que como pequeños puentes se pueden establecer entre personas que no se habían visto jamás y que sin embargo en un minúsculo instante surge una mirada, un gesto de sutil complicidad solidaria, de otro que como tu, sufre y que parece decirte: no desesperes hermano, Dios aprieta, pero no ahoga. Resiste, que resistir es vencer. También he de reconocer que me asombra la increíble fragilidad de todos los lazos, el saber que no hay puentes irrompibles. He visto quebrarse a parejas que parecían de hierro, a familias que creía indestructibles, a amistades transoceánicas.
Tengo que confesar que al cabo del cuarto día sin tener ninguna respuesta a mi anuncio, comencé a desesperarme, pero al quinto, recibí una llamada que iba a cambiar mi vida. Dijo simplemente, soy la señora Lorenz y quiero saber si está disponible, lo necesito 16 horas diarias. Respondí inmediatamente que si y ella dijo, naturalmente, debemos conocernos antes de establecer las condiciones. Quedamos a las cinco de la tarde. Me indicó la dirección y me explicó que nadie me recibiría, que debía entrar cuando el portero automático lo indicara y que una vez arriba en el séptimo piso debía repetir la operación, la puerta se abriría y luego de avanzar por un pasillo recto de aproximadamente cinco metros, debía entrar en la primera puerta a la derecha, me sentaría en un sillón granate y allí esperaría a que ella me recogiera. No debía tocar nada. Pensé, esta mujer sabe lo que quiere, mejor así, porque lo peor es cuando alguien quiere algo de ti y tú no sabes de qué se trata. Lo que quieren en esos casos es que uno les organice su demanda, que es como tener que comunicarles lo que en realidad desean sin saberlo. Eso es muy laborioso, muy cansado, como dicen por aquí.
A las cinco menos cuarto yo estaba en la dirección señalada, sentado en el café de abajo preguntándome, que clase de tarea tendría que hacer durante diez y seis horas diarias y durante cuánto tiempo. También, trataba de imaginarme por la voz casi marcial, pero sabia, como sería esa persona, cuántos años tendría, parecía educada.
Cinco de la tarde en punto, sigo las instrucciones, llamo, subo, entro, camino veintitrés pasos y me siento en el sillón que me estaba esperando, un orejero obispal.
Casi como flotando entra ella en la habitación segundos después, mirándome fijamente dice: soy la señora Laurenz, no se levante y se sienta frente a mí en otro sillón igualmente orejero, pero de piel ocre.
Le devuelvo la mirada igualmente inquisitiva, porque yo también me pregunto, quien es ella y sé que ella se pregunta lo mismo que yo.
Es una persona mayor, de edad indefinida, alta, más que yo seguramente, cabello plateado que antes debió haber sido rubio ceniza, sus ojos son también grises, se nota, misteriosamente, que es inteligente y culta, se le adivinan modales de educación antigua, de serena consistencia, de seguridad inquietante.
Fue un momento de estudio, como los boxeadores antes de fajarse, e igualmente atentos al movimiento delatante de las intenciones del otro. No se cuanto se prolongó ese instante que parecía eterno, pero creo que ambos sabíamos que el que pronunciara la primera frase quedaría en desventaja, porque avisaría al otro por donde irían los tiros y los dos estábamos a la defensiva.
Yo me preguntaba que puede querer una mujer así, tan mayor y tan firme, de un joven escribano casi notario, sin papeles, así que decidí romper el fuego y dije, y bien, usted dirá señora en que puedo servirle.
Ella me miró intensamente y dijo:
-Claro, pero antes de eso, dígame, ¿quien es usted?
Lo primero que me vino a la cabeza, fue decir “el que usted estaba esperando”, pero me pareció una soberana pelotudez, una gillipolez, como se dice aquí, de modo que comedidamente respondí:
-Un trabajador de la vida. Sabe, las cosas no son fáciles para un extranjero.
-Así que usted es de los que piensan que la vida es fácil para los que no son extranjeros.
-Discúlpeme no quise decir eso, sino, que para los extranjeros es algo más complicado.
-Ahaa! ¿Y que es para usted ser extranjero?, inquirió serenamente.
- Uno de afuera, dije, uno que no puede entrar en el lugar de los que tienen un lugar definido. Uno que ha perdido lo que tenía, uno que se ha ido de su morada originaria y que probablemente nunca volverá.
-Me gusta eso, de la “morada originaria”, suena muy romántico, y agregó como sorprendida, es usted verdaderamente joven si piensa que hay un lugar desde donde uno sale, y hacia donde debe volver. ¿Se da cuenta de que usted piensa que hay una Casa Única?
-Bueno, dije confundido, hay un país donde uno ha nacido…
-Si, me interrumpió, pero eso no quiere decir, que usted no pueda tener otra casa, otro país. ¿No le parece que conduciría a una enorme pobreza, no incorporar otra cultura, mirar siempre al mismo lado?
-Si, desde ese punto de vista tiene razón, pero, aunque uno se incorpore a otro lugar, aprenda sus códigos, siempre estará en desventaja con el nativo, siempre le faltará algo a su historia que no coincide con la del lugar, siempre le faltará algo por saber, por sentir, por conocer.
-Bueno, mire usted, dijo ahora cambiando de posición en el sillón, como si hubiera llegado mentalmente a un lugar desconocido para mí, si le falta algo por saber, por sentir, por conocer , es usted afortunado, es la posición que le conviene.
-Si, suena muy bien lo que dice, pero en la práctica, repliqué, una persona así, se siente sola, muy sola, muy ajena, muy fuera, muy desprotegida.
-Todas las personas estamos solas, todas estamos desprotegidos, por eso debemos unirnos de alguna manera, porque de alguna manera todas somos extranjeras. Y además ¿cómo sabe Ud. que yo no soy también extranjera?
-Bueno, por su apellido, he pensado que quizá sí, usted era también extranjera, dije suficiente.
-Se equivoca, yo nací en Val de San Vicente, en San Vicente de
Me pude reunir con mi madre en Méjico tres años después. Viví 25 años allí enseñando literatura española y química, que era la profesión de mi padre, desaparecido no se sabe donde durante la guerra. Una vez me dijeron que lo fusilaron en la plaza de Toros de Badajoz, pero su cuerpo nunca apareció.
En Méjico conocí a un exiliado paraguayo y en 1969, nos fuimos a vivir a Chile hasta la caída de Allende en el 73, luego viví 10 años en Uruguay y en el 84 volví a España. En cada país que viví, aprendí, milité, sufrí y amé.
¿De donde cree Ud. que soy yo? ¿Y dónde o cuándo soy de un lugar u otro? ¿Podría decirlo acaso? Y no piense que me hago la víctima, el emigrar es un destino humano y si me apura, de todo ser viviente que quiera sobrevivir. Los españoles somos maestros en esto. Para situarme en sus latitudes, le diré que fueron miles y miles, lo que iniciaron el descubrimiento de América. Querrá decir, “
- Bien, o digamos mejor, ambas cosas. Después de la independencia y a comienzos del siglo XX, fuimos nosotros, vascos, gallegos, catalanes y valencianos los que poblamos esas tierras. Junto a los italianos, agregué. Así es, dijo, secamente y continuó.
- Luego, durante los 50 y los sesenta nos desplazamos por toda Europa central, Alemania, Francia, Inglaterra y otros a Canadá, México, Venezuela, Argentina, Chile, Uruguay, etc. Fuimos no miles, millones.
- Lo sé, dije, y la generación de mis padres, se beneficiaron culturalmente...
- Ah, me interrumpió, me olvidaba que era Ud. un “joven, inteligente y culto”.
- Yo nunca dije que era “inteligente”. Pero ¿dígame, quiere Ud. provocarme?
- Provocarlo, mire joven, no soy tan petulante, pero sería lo mejor que podría pasarle a una persona de mi edad.
- Lo que intentaba decirle, es que la presencia de Alberti, María Teresa León, María Zambrano, José Gaos, León Felipe, Jesús López Pacheco, Arturo Soria, Angel Garma, Juan Cuatrecasas, Fernando Marquez Miranda, Fernanda Monasterio, Claudio Sánchez Albornoz, Manuel de Falla, Blasco Ibañez, y muchos más nos enriquecieron a todos en Latinoamérica y estamos agradecidos por eso, y quizá nosotros los de ahora, somos el efecto de todos ellos.
-Mire, Ud. mencionó a Jesús López Pacheco, que estuvo en México, y escribió un poema maravilloso, que dice algo así, como “que triste es tener espalda...”. Durante años de exilio me persiguió esa figura pensando que la espalda está para recordarnos que desde que nacemos siempre dejamos algo atrás.
-No lo conocía, pero me hace pensar, de que también, nos recuerda que marchamos hacia delante no?
Así es hijo, me dijo sin ninguna resignación.
Escuché todo como si recibiera un escupitajo agridulce, en realidad me estaba vapuleando, pero sentía que debía defenderme, que quería trabajar, pero debía decir algo que me afirmara a mi mismo y el que me llamara hijo me tocó el alma. Comprendía que era un giro lingüístico, una expresión coloquial, pero esa mujer compendiaba medio siglo de España y tenia más años de extranjera, que yo en toda mi vida. Un poco perturbado, le dije, no me ha dicho en que puede servirle a Ud. durante dieciséis horas diarias.
- Escuche joven, me susurró, si usted se ofrece como acompañante durante las 24 horas del día y además es inmigrante, culto, sensible y pide respeto, es evidente que es usted el que está solo y necesita acompañamiento.
Era algo tan irrefutable que no pude articular palabra y entonces para rematar me dijo, lo espero mañana a las 8.
Entonces pregunté, y bien, pero no me ha dicho aún para que me necesita y porqué dieciséis horas.
Para qué, ya lo veremos juntos y dieciséis horas, porque tiene que dormir las ocho restantes, ¿no le parece?
sábado, 30 de octubre de 2010
La voluntad. Un cuento de Horacio Quiroga. Comentario de Miguel Ángel Alonso
Cierto que el fondo del cuento lo conforma la obra de un hombre, pero más que esa obra, lo que capta la atención son los medios que emplea para llevarla a cabo. La aparente nobleza de una empresa relacionada con la consecución de una libertad, en realidad cede su carga afectiva para trasponerla sobre un hecho muy visible, la conversión de la mujer en el material y el medio para llevarla a buen puerto y el consiguiente sacrificio que ello supone para esta mujer.
Mi lectura se centra, por tanto, en la vertiente del sacrificio de una mujer, que, aunque puede parecer muy digno en relación al amor que ella parece sentir por el marido, ello no puede impedir que veamos el estrago del que es víctima en la relación con ese hombre. La mujer soporta el mandato de un imperativo –probar que se es libre en cualquier lugar— que, a toda costa, sostiene un tipo de hombre muy clásico, esclavo de una voluntad férrea, que precisa su obra para estampársela en el rostro a sus superiores, tipo firme, de carácter, poco afable, altivo, celoso, orgulloso, reaccionario.
Esta cuestión del imperativo, se impone como el resorte de la acción en su capacidad de desplazamiento de uno a otro protagonista.
No parece de gran trascendencia para el lector si el militar siente que consiguió o no su propósito de libertad, hasta diría que en nada le afecta. Pero hay otra parte del relato con el que nos sentimos profundamente conmovidos y que recoge todo el efecto dramático del mismo. Es la degradación de una mujer del amor a través de la candorosa identificación que lleva a cabo con los anhelos de su marido, haciendo depender su vida de la obsesión de él, hasta el punto de que no se distingue uno del otro, no hay ni una mínima distancia entre ellos, los deseos se confunden y viven una misma historia. El mandato del imperativo, entonces, se desplaza para caer de forma agobiante sobre una mujer que termina exhausta.
Parecen ilimitadas las concesiones que esta mujer está dispuesta a hacer. Entrega su ser hasta situarse en una posición casi de deshecho. Es un personaje irreconocible físicamente. El estrago se hace evidente cuando el cuento nos muestra, como contraste, la luminosidad de su aspecto recuperado, una vez que el marido marcha a la guerra y la voluntad imperiosa de éste cesa en su exigencia.
En un primer tiempo: “Vi a la mujer que salía en ese momento. Era una muchacha descalza, vestida de hombre... párpados demasiado globosos... la mujer debía entonces de hacerlo todo... levantarse cuando aún estaba oscuro... las caderas de una mujer de veinte años sometida a esta tarea duelen un poco y el dolor mantiene abiertos los ojos en la cama... El marido era muy celoso. Mal hecho, porque su mujercita con aquel pantalón y aquellas manos ennegrecidas... no despertaba otra cosa que gran admiración”
En un segundo tiempo: “Una joven y muy elegante dama... Era ella, pero de los pies descalzos de la dama, del pantalón y demás, no quedaba nada... era un verdadero golpe de vara mágica... Pobre Bibikoff. No era de su mujer deschalando maíz de quien debiera haber estado celoso, sino de aquella damita que quedaba tras él, y que miraba todo con una beata sonrisa primitiva de inefable descanso”
Y esto no es nimio en el relato ni en la vida. Cuando el amor se vuelve subsidiario de los imperativos, el terreno queda abonado al estrago. Esa mujer es el noble material que el tipo utilizó para llevar a cabo su obra. Si la voluntad de él parece enfermiza, la de ella parece teñida de aflicción, quizá por un amor que se diluyó en la ceguera de una férrea y obsesiva voluntad.
Como bien dice el relato, en una de sus frases finales, respecto a Bibikoff:
“Ese fue su error, empleando un noble material para la finalidad de una pobre retórica”
Miguel Ángel Alonso
martes, 26 de octubre de 2010
Miss Dorothy Phillips, mi esposa. Comentario de Alberto Estévez sobre el cuento de Horacio Quiroga
miércoles, 20 de octubre de 2010
"Un idilio" de Horacio Quiroga. Comentario de Gustavo Dessal
“Un idilio” es, sin duda, una maravillosa pintura de la época, en la que el matrimonio -pese a la crisis que ya se abatía sobre él- conservaba aún el prestigio de las buenas maneras y las formalidades que la vida civilizada imponía por entonces. Esta no es una historia de amor apasionado, ni el retrato de cómo en el instante de un encuentro puede brotar el desenfreno de Eros. Por el contrario, es un extraordinario ejemplo de cómo algunas veces el deseo debe abrirse camino trabajosamente, a regañadientes del yo, luchando contra sí mismo. Un ejemplo de cómo la mujer, en tanto causa del deseo, puede aparecer para un hombre bajo la forma de la negación, o incluso del rechazo. Además, “Un idilio” es una excelente ilustración de los complicados laberintos de la elección amorosa, que lejos de poder comprenderse como un fenómeno entre dos sujetos, requiere de la puesta en juego de una estructura mucho más compleja y sutil, hecha de palabras equívocas, gestos ambiguos, personajes que ofician de testigos, rivales e intermediarios. No hay duda de que la divertida dinámica de los personajes de este cuento está condicionada por el tercero, constituido en un extremo por Olmos, el misterioso y legítimo futuro marido cuya lejanía y opacidad redobla el dato patente (y a la vez mudo) de que nada sabemos sobre el padre de Sofía. En el otro extremo de este doble triángulo tenemos la figura decisiva de la señora Saavedra, cuyo veloz instinto actúa como un “switch”, un conmutador que en el momento justo es capaz de decirle a su hija, refiriéndose a Nicholson: “No, por Dios, tu marido, todavía no. Tu novio, sí”, y al día siguiente: “Mira que está tu marido delante. ¿Qué va a creer de ti?”.
Si Nicholson es el hombre dividido, cuya ambivalencia procede del hecho de que Sofía ha entrado en el campo de su deseo en virtud de estar prometida a otro, Sofía es digna hija de una madre pragmática, para quien la importancia de un falo estable es superior a la de su procedencia, razón por la cual tras el deceso de Olmos da por zanjada la perplejidad inicial para bendecir a continuación la nueva alianza con un: “En fin, ya que se ha muerto, no nos acordemos más de él”.
No hay nada mejor que ser rico para saber subordinar las desgracias a la practicidad que asegura el equilibrio y restaura el orden cotidiano. Olmos ha muerto, pero bien vale un Nicholson para reemplazarlo. Darle a cada cosa su justa medida es un arte que la señora Saavedra domina a la perfección. Regocijémonos, pues, los que seguimos vivos.
Gustavo Dessal
sábado, 16 de octubre de 2010
El cuento. Por Carmen Botello
Voy a señalar algunos apuntes sobre el cuento. Graham Swift en la página 195 de su novela El país del agua, hace que uno de los personajes se interrogue de esta manera:
“¿También Helen Atkinson cree en los milagros? No, pero cree en los cuentos. Cree que los cuentos son una manera de soportar lo que no hay modo de alejar. Una manera de dar sentido a la locura. En el interior de la enfermera asoma la madre, y tras años de trabajar en el hogar para neuróticos de guerra, Helen ha acabado viendo a esos pobres internos chalados como a sus hijos. Al igual que a los niños asustados, lo que más les gusta es que les cuenten cuentos. Y tras haber realizado este descubrimiento, establece el siguiente precepto. No, no tratéis de olvidar, no lo borréis, no podréis borrarlo, trasformarlo simplemente en un cuento, un relato, Sí, todo es una locura, ¿hay algo real? Todo se reduce a un cuento, un simple cuento”
Por su parte, otra escritora, Isak Dinesen, que en realidad se llamaba Karen Christence Dinesen, respecto al esfuerzo de contar dejará escrito lo siguiente:
“Donde el cuentista es leal, eterna e inquebrantablemente leal a la historia, al final hablará el silencio. Donde la historia ha sido traicionada, el silencio es tan sólo vacío. Pero nosotros los fieles, cuando hayamos dicho nuestra última palabra, oiremos la voz del silencio. ¿Quién entonces cuenta mejores cuentos que cualesquiera de nosotros? El silencio ¿Y donde lee uno cuentos más profundos que en la página más perfectamente impresa del más precioso libro? En la página en blanco. Cuando una regia y valerosa pluma, en su momento de mayor inspiración, haya puesto por escrito su cuento con la tinta más rara de todas, ¿dónde entonces puede uno leer un cuento aún más profundo, más dulce, más alegre y más cruel que ése? En la página en blanco”
Por un lado, la propuesta es contar historias, por otro lado, la apuesta es por la contención, desde la perspectiva, creo yo, de comprender que el vacío no siempre es nada, y que el silencio no siempre es pérdida. En esa tensión es donde se la juega el cuento. Entre la necesidad de contar historias, para así intentar comprender el mundo, y hacerlo con las palabras justas y precisas. Nada más y nada menos. El cuento opone palabra a palabrería, opone mesura a prolijidad. Aunque, como dice García Márquez, cada historia trae su propia técnica y lo importante para el cuentista es descubrirla. Habrá quién prefiera adjetivar, adornar, en detrimento de lo esencial, y habrá quién elija ponernos en la tesitura de buscar, con el autor, las palabras para decir más allá de lo que está escrito.
En cualquier caso, ambas elecciones darán cuenta, en la ficción, de un ejercicio creativo que, en mi opinión, acercan más el arte a la vida. El relato es un trozo de la realidad sin otra aspiración que separar, de la vastedad de lo vivido, un instante subjetivo que pueda trasformarse en un referente universal.
Cuento deriva de contar, una de las formas del verbo latino computare, o sea, contar en sentido numérico, o bien, calcular. Parece que la palabra contar, en la acepción de calcular, no es más antigua que al acepción de narrar. Es posible que del enumerar objetos se pasara al relato de sucesos reales o fingidos. Un teórico argentino, Enrique Anderson Imbert, tiene un magnífico libro sobre el cuento y la escritura, Teoría y técnica del cuento. Opina que fue el cómputo el que se hizo cuento. Y tiene toda la lógica que así sea, porque la enumeración histórica de sucesos, no solamente tiene el sentido de trasmitir o divertir, sino también de acumular y ofrecer datos. Yo me inclino también a pensar que acumular y ofrecer datos es el objetivo primigenio de la narración.
Cervantes usa la palabra novela para la narración literaria escrita. Y dentro de la novela usó la palabra cuento para referirse a una historia oral. La diferencia entre novela y cuento, para él, no es un asunto de dimensiones en el espacio, sino de actitud. Dice que es espontánea en el cuento, y esforzada y voluntariosa en la novela.
El término cuento fue utilizado por los renacentistas para designar formas simples de relato, a saber, chistes, anécdotas, refranes explicados, casos curiosos. En cambio, los románticos echaron una mirada nostalgia a la Edad Media y rescataron viejos términos como consejo, que según el Diccionario de la Real Academia quiere decir patraña, cuento, fábula antigua. Los románticos usaron la palabra cuento para narraciones, tanto en prosa como en verso, generalmente de carácter fantástico, aunque también las llamaron leyendas y baladas. Según avanza el Siglo XIX, la palabra cuento va imponiéndose, aunque la imprecisión no desaparece todavía. Y en España, es a partir de la generación de Emilia Pardo Bazán y Clarín, cuando la voz cuento es aceptada para designar un género literario que cada vez va a alcanzando más prestigio.
Según Enrique Anderson Imbert, se puede establecer una lista sobre los orígenes del cuento. Hace una relación en la que encontramos orígenes religiosos: y el verbo se hizo carne; orígenes mitológicos, que explican los misterios en la naturaleza; orígenes simbolistas, cuentos de autores iniciados que se expresaban en claves interpretables a través de un oráculo; orígenes psicoanalíticos; orígenes evolucionistas, cuentos tenidos como libertadores de conflictos que se producen en el nivel más bajo de la conciencia –en realidad este sería el origen psicoanalítico—; orígenes antropológicos, los cuentos productos a partir de las costumbres propias de las sociedades primitivas –abandonadas las costumbres que les dieron origen, los cuentos sobrevivirían con un interés nuevo, independientes de las conductas o significados de las costumbres que quisieran contar o reflejar. Es de ahí de donde algunos dicen que proviene el carácter universal del cuento—. Y, finalmente, orígenes ritualistas, es decir, cuentos que serían expresión de rituales que dejaron de practicarse, fueron comentados en forma de mitos y por el intermedio de ellos se terminaron transformando en cuentos.
Todas estas conjeturas sobre los orígenes del cuento son posibles, ninguna excluye a la otra, al contrario, creo que se complementan y aparecen todas de forma muy sugerente.
¿Cuando nos encontramos con un cuento? Según Edgar Alan Poe, estamos ante un verdadero cuento sólo cuando escribimos un texto que:
“Gracias a su brevedad permite que el cuentista, libre de interferencias e interrupciones, domine, durante al menos una hora, el arte de producir un efecto único. El cuento responde a un designio establecido y cada palabra prefigura el diseño total. Que el comienzo de la acción esté lo más cerca posible de su final es una característica espontánea del cuento. La concentración con que lo implica, unidad y originalidad en el arte de sugerir e intensificar el significado de mínimos incidentes, distingue al cuento de la novela. Aunque tal distingo será meramente de grados”.
Lo cual sigue dejando todo el asunto abierto. Poe es bastante chejoviano en este planteamiento.
Por su parte, Cortázar compara el cuento con la fotografía. Dice que se trata de un momento detenido en el tiempo, momento que, sin embargo, se abre a una realidad mucho más amplia.
Chèjov decía que, si en la primera línea del cuento aparece un clavo, en la última el protagonista ha de ser colgado en ese calvo. No podía aparecer un clavo sin más, tenía que tener una utilidad final.
En definitiva, me parece que lo destacable del cuento, es su brevedad, además de esa virtuosa disciplina que tiene de ceñirse muy bien a los impulsos naturales con los que actúa la vida. Dice Anderson que la creación de un cuento se parece mucho al proceso que describen muchos biólogos y filósofos, proceso de impulsos vitales, descarga de energía, fase de desarrollo, punto de consunción o consumación.
Pero si le pedimos a un cuentista que defina qué es un cuento, cada uno contará su propio modelo. Por ejemplo, en Internet se puede encontrar el Decálogo del perfecto cuentista de Horacio Quiroga. Pero si se leen sus cuentos, a veces uno se pregunta dónde está ese decálogo. Es decir, no lo sigue.
Yo estoy convencida de que un cuento es tal cuando capta nuestro interés con apenas una pequeña serie de acontecimientos que, aunque reconozcamos que son manifestaciones de una experiencia común de la vida, siempre son imaginarios, porque es la imaginación la que crea la ilusión de realidad.
Y esto es lo que quería decirles sobre el cuento. Muchas gracias.
jueves, 14 de octubre de 2010
Raros Matrimonios. Comentario de Carmen Botello*
A pesar de la cantidad de magníficos escritores que hay de cuentos, este género sigue siendo el hermano menor de la literatura. No entiendo por qué. Entre otras cosas, creo que el relato es la manera de hacer prosa que más se acerca a la realidad psíquica del sujeto. Y además, los relatos, a no ser que se acaben a la manera chejoviana, dejan siempre un lugar para la apertura, jamás completan al lector. Probablemente por eso sea un género peor considerado, porque no satisfacen ni completan al lector de la misma forma que lo suele hacer una novela. Es decir, la novela da más abrigo y placer, mientras que el relato deja siempre esa vía de apertura. Y, precisamente, eso es lo que lo hace, en mi opinión, infinitamente más valioso.
Con los relatos, el lector puede realizar lecturas infinitas. Eso es lo que tiene de importante. Pero no pretenden la satisfacción. Esa no es la tarea de un escritor, sino conmover el corazón de los seres humanos. A partir de ahí, si uno se ha sentido conmovido después de la lectura de un relato, de una novela, el escritor habrá cumplido su único y verdadero objetivo.
Hace un par de temporadas, El Nadir publicó una pequeña novela de Horacio Quiroga ilustrada con dibujos de René Parra muy bonitos. La novela se llama Historia de un amor turbio, un trasunto de los amores de un ya maduro Quiroga con la adolescente Ana María Cires, una de sus esposas, a la que llevó a la selva y que terminó suicidándose. Elegimos esta novela porque sus locuras de amor nos parecen más divertidas, incluso, que sus locuras selváticas, y porque están mucho menos publicitadas. El esplendor verde de Quiroga y sus Cuentos de la selva están en todas partes, pero estos otros cuentos son más raros. Por eso decidimos rescatar estos pequeños relatos, Miss Dorothy Phillips, mi esposa; Un idilio; La voluntad, y reunirlos bajo este título Raros matrimonios. Porque son raros los relatos y porque los matrimonios son raros. Pero todos los matrimonios lo son.
Leyendo la vida de Quiroga, es imposible no tenerla en cuenta a la hora de analizar su producción literaria. Sé que es un tópico la cuestión de vida y literatura. Hay quien se niega profundamente a hacer este paralelismo. Recuerdo que cuando presentamos Los espejos de Inés Arredondo, la filóloga y especialista en literatura latinoamericana que los presentó se negó rotundamente a hablar de la vida de Inés Arredondo porque, en su opinión, muchas veces, sobre todo en el caso de las escritoras, si tienen una vida atormentada, esta circunstancia acaba aplastando su obra y la gente termina refiriéndose a ella como la obra de una loca. En ese sentido fue tajante, y no dijo nada sobre la vida tortuosa de Inés Arredondo en relación con los relatos que estaba presentando.
Pero nosotros creemos en la relación vida y literatura. La experiencia de vida también es experiencia literaria. Y, precisamente, nos gustan los escritores que entendemos que están en esa relación. No creemos que cuando la vida torturada de un escritor produce una obra, ésta sea más incomprensible o esté a más bajo nivel. Entendemos que vida y obra de un escritor van imbricadas y eso no las descalifica ni las desmerece. Y Quiroga es uno de esos casos. Sus problemas amorosos, su empecinamiento en llevar adolescentes a la selva –lo hizo en dos ocasiones— para hacerles vivir una mala vida, su incapacidad para ponerse en el lugar de aquellas jovencitas a las que sedujo, revela un empuje pulsional que no puede dejarse de lado.
En Raros matrimonios hemos reunidos tres cuentos en los que Horacio Quiroga vuelve a sus ensoñaciones de conquista de lo imposible. En Miss Dorothy Phillips, mi esposa, se trata de la conquista de una actriz; en Un idilio analiza los vericuetos de una relación de la que, en principio, no se espera nada, puesto que se trata de un trámite burocrático, un casamiento por poderes. Es un relato en el que el autor muestra, nuevamente, su atracción por lo difícil, cuando no directamente por lo prohibido; y por último, La voluntad, el relato que cierra el libro, refiere un desatino y la particular unión de una pareja cuyo temor más importante en esta vida parece ser la posibilidad de perder una apuesta. Una cosa de locos, muy en la línea de Horacio Quiroga.
En definitiva, Raros matrimonios recupera esa producción del autor que es considerada menor, puesto que el brillo siempre queda matizado por el esplendor de sus Cuentos de la selva, pero que a nosotros nos parece que cuenta la verdad más profunda del escritor pues, al darle a su historia un carácter de ficción, con ello se descubre.
Carmen Botello
* Carmen Botello es, posiblemente, una de las plumas excelentes de la literatura española. Quien quiera apreciar una muestra de lo que escribe, puede leer sus libros de relatos Otras Ofelias; La gata roja. O también sus novelas, por ejemplo Un perro en las nubes; Un error, novela verdaderamente impactante. Hoy nos visita en su doble condición de escritora y de editora, y le agradecemos su presencia en nuestra tertulia. (Gustavo Dessal)
sábado, 9 de octubre de 2010
Carta abierta de Horacio Quiroga
Quisiera comenzar mi presentación con el momento culminante de mi existencia, con la revelación, el sobresalto ante una naturaleza imponente que se extiende ante la vista y te reclama, incluso para un uruguayo nacido en Salto.
Arrastraré a Ana María mi joven esposa, y a sus padres si es preciso, construiré un hogar con mis propias manos, sembraré mi futura comida, pescaré, cazaré, y escribiré de lo que estoy viviendo.
Así que compro tierras algodoneras en Chaco por siete mil pesos, último dinero de mi herencia, y aunque se me arruinen las primeras cosechas me instalo frente al río Saladito. Mi escritura cambia; si siempre fue desnuda y directa, ahora se me compara con quien más admiro, Allan Poe. Tras el fracaso, regreso a Buenos Aires, escribo cuentos de terror, y cuentos que algunos creen para niños donde los animales no sólo hablan como las personas, sino que son los protagonistas de las historias. Como en las fábulas pero sin pretensiones educativas. Un paréntesis para volver a la selva, ahora, adquiriendo 185 hectáreas con las facilidades que procura el gobierno, junto a la orilla del río Paraná, donde mientras construyo mi futura casa, doy clases de castellano.
Y aquí me traigo a mi alumna Ana María convertida en mi esposa y traemos nuestra primera hija al mundo, yo mismo soy la comadrona, nuestra Eglé, tras un parto natural que consiente tras vivas protestas. A ella no le gusta la selva, teme lo salvaje. Nuestro segundo hijo, Darío, nace en un hospital de Buenos Aires. Para ayudarme a subsistir me nombran Juez de Paz en San Ignacio, pero mi actuación como funcionario es penosa, soy descuidado, y anoto en papeles, bodas y defunciones, que archivo en una lata vieja.
Llegado a este punto, mi vida se convierte en materia de leyenda y mis biógrafos se ponen las botas. Dicen que, igual como domestico animales salvajes que corren por la selva, educo a mis hijos para sobrevivir en ella; claro que les dejo solos en la selva por la noche, o con los pies colgando de un precipicio pero olvidan que ellos me adoran, ignoran nuestros paseos en piragua, nuestras exploraciones en este rudo paraíso. ¿Y ella? Pues sí, es verdad que no quiero oír mencionar palabras tales como huída, fuga o marcha a la capital. Rechazo con todas mis fuerzas la palabra “rendición”, y tampoco acepto que se vuelva sola. ¿Conclusión? Bien drástica. Ana María se vuelve depresiva e ingiere veneno tras una pelea con mi dominante persona.
Cierto que finalmente se salió con la suya y que no se lo perdonaré nunca. Cierto que me obligó, si no en vida, muerta, a volver a Buenos Aires con los niños y aceptar un cargo.
En mi sótano de la Avenida Canning, surgen libros de éxito, “Cuentos de amor de locura y de muerte” y mi obra más famosa “Cuentos de la selva”. Hombre urbano a la fuerza, hago crítica cinematográfica y hasta escribo un guión de cine.
Y otra vez amor, y esta vez la chica sí quiere vivir en la selva, mi manía, mi locura, y hasta intenta convencer a sus padres. Hago cuatrocientos sesenta kilómetros en motocicleta para verla. Finalmente he de renunciar, como siempre, por los viejos. Trato de consolarme. La ciudad posee sus ventajas, tiene la música de Wagner que es mágica, pero no existe placer que iguale a pilotar la barca que me he construido “Gaviota” para remontar los ríos.
Por fin, en 1932 vuelvo a Misiones, ya con 52 años y una nueva esposa, una jovencita bellísima que sólo aguanta tres años a mi lado, y me abandona después de convencerme de que nos traslademos a Posadas. Se va a Buenos Aires con nuestra hijita y me deja enfermo de la próstata, solo en la selva, solo y viejo y enfermo, es decir, débil, inerme ante lo que más admiro. Vencido, sí, vencido.
Hasta que no puedo más del dolor, dolor de espíritu y del cuerpo y me diagnostican un cáncer. La Junta de Médicos me explica lo grave de mi situación. Paseo por la ciudad dándole vueltas al asunto. Sé que en los sótanos del Clínicas hay un ser deforme, un pequeño monstruo, que solicito instalen junto a mí. Acceden. Nos apreciamos mucho, este Batisstesa será mi último compañero, él me ayudará.
En efecto, pido cianuro en la botica, ¿para qué lo quiere? Preguntan. Pues para tomármelo, les digo riendo y me sirvo un vaso lleno hasta el borde en el hospital junto a mi amigo
En mi época está muy mal visto el suicidio si se acude en demanda de legalidad, piden permiso, y se lo niegan. A Leopoldo Lugones le molestó en el velatorio mi sonrisa, o eso dijo, pero al año siguiente hizo lo mismo. También Eglé y Darío, mis hijos jóvenes tomaron parecida iniciativa. Y esta otra amiga, la poetisa Alfonsina Storni que tan simpáticos versos me dedicó. Cierta violencia me persiguió siempre, o debí de buscarla, porque una vez se me disparó la pistola y maté a mi amigo que iba a batirse y…
Me despido, estoy harto de tantas anécdotas. Me editaron mucho, sobre todo “Los cuentos de la selva”. He sido reconocido como maestro de cuentistas, con influencia decisiva en los más grandes escritores latinos, incluido por un tal Eduardo Mendoza, un paisano suyo, en la Biblioteca Universal de Maestros Hispánicos. Recientemente editorial El Nadir, publicó “Historia de un amor turbio” con ilustraciones de un tal Brené, o René o, no importa, una novelita de corte autobiográfico, donde me presento enamoradizo de dos hermanas, una de ellas como siempre, niña.
Ya saben donde pueden encontrarme, o escribirme. A lo mejor les contesto.
Blas Parra
viernes, 8 de octubre de 2010
Una isla en medio de la fatalidad; comentario de MªJosé Martínez Sánchez sobre el libro Raros Matrimonios
Un saludo afectuoso a todos los componentes de Liter-a-tulia, 2010-2011, esa tertulia que vuelve a convocarnos en las tardes de los segundos viernes de mes, para comentar, en este caso, tres cuentos de Horacio Quiroga que la editorial El Nadir ha publicado este mismo año.
lunes, 4 de octubre de 2010
Próxima tertulia. Raros Matrimonios. Tres cuentos de Horacio Quiroga recopilados por Editorial El Nadir.
Raros Matrimonios es el título que nos convoca para la primera tertulia del ciclo 2010-11 que celebraremos el día 8 de Octubre en el Restaurante Este o Este, C/Malasaña 9 en Madrid. Contiene tres relatos de Horacio Quiroga recopilados por la Editorial El Nadir: Miss Dorothy Phillis, mi esposa; Un idilio; La voluntad.
Las rarezas matrimoniales de estos relatos lo son, no porque las relaciones que nos muestran entre hombre y mujer y las soluciones que se precipitan, estén alejadas de la experiencia común, sino porque se inscriben en una lógica que se sitúa más allá de los limitados anhelos de la conciencia, o de la convención que trata de establecer una ley sustentada en ideales de conducta moral.
Estos cuentos nos enseñan lo que la norma no logra atrapar, esa otra lógica, también humana, que se vincula con el devenir del deseo, a veces errático y a veces punzante, cuando no escandaloso. Y en este plano, todos los matrimonios son un poco raros.
Podemos, quizá, establecer el acuerdo de que en el amor entra en juego el anhelo de completitud que, supuestamente, vendría de la mano del partener. Pero también habría que aceptar que entre el hombre y la mujer siempre se yergue alguna imposibilidad y un elemento difícilmente domesticable: el deseo. Con estos ingredientes, amor, imposibilidad y deseo, los relatos de Horacio Quiroga, en general, ya desde los Cuentos de amor, ejemplifican la multiplicidad de situaciones, de papeles y problemáticas, de conflictos que hemos de asumir en el terreno de las relaciones amorosas. Se camina, con frecuencia, de lo que nos parece la totalidad de un encuentro, al sentimiento de la más profunda división producido por el desencuentro; de lo que parece una dicha plena, al indigno estrago que produce un amor diluido; desde la fidelidad inquebrantable hasta la infidelidad sobrevenida. Todo ello aderezado con la agudeza del autor en la observación y tratamiento de los pequeños detalles y en la importancia que otorga a los rasgos de carácter personales, elementos que, en las experiencias entre hombre y mujer, cobran un papel relevante y preciso.
Los cuentos de Horacio Quiroga ponen en evidencia que, en el escenario de la relación entre el hombre y la mujer nos movemos al arbitrio de un viento racheado que nunca sabemos con certeza, ni de dónde sopla, ni cuando sopla.
Miguel Ángel Alonso
viernes, 24 de septiembre de 2010
Meditaciones literarias IX. Los comienzos literarios del ser
La facultad del lenguaje es una singularidad exclusiva, y casi podríamos decir irrenunciable, del ser humano. La realidad en la que nos movemos está condicionada y supeditada, de manera determinante, por esa facultad, hasta el punto de que una parte importante de esa realidad es, en gran medida, literaria. Por ejemplo, ser sujetos de lenguaje nos convierte en inventores y protagonistas de la ficción desde el momento inaugural.
El lenguaje nos provee de los mecanismos que la ficción precisa para poner en juego nuestros afectos, nuestros sentimientos, nuestros deseos. No cabe duda de que esta circunstancia nos quita, ya desde el principio, protagonismo en cuanto a considerarnos dominadores del lenguaje. Si somos sujetos, es porque estamos sujetados por esos mecanismos ineludibles que todos hemos de admitir para posicionarnos en la cotidianeidad de nuestras vidas.
Podemos preguntarnos: ¿Quién enseña a un infans a soñar literariamente, es decir, a crear las ficciones de sus sueños? ¿Quién le enseña a poner en juego, durante el sueño, el mecanismo de la condensación, o lo que es lo mismo, la figura literaria de la metáfora? ¿Quién le enseña a poner en juego el desplazamiento, o lo que es lo mismo, la metonimia? ¿Quién le enseña a ligar esas ficciones a una verdad que concierne a su deseo? ¿Quién le enseña a vestir los desconcertantes disfraces que consiguen burlar la censura impuesta al deseo por la represión?
La contestación a estas preguntas sólo puede sugerir que el lenguaje preexiste al sujeto, de tal manera que esos mecanismos, propios de él, se apoderan de nosotros sin que nada podamos hacer, se imponen a todo saber, a la obstinada educación, a cualquier voluntad, y por supuesto, a todo afán de dominación. Las figuras del lenguaje, se quiera o no, son las herramientas con las que se escribe la ficción en nuestros cuerpos, y nos obligan a tomar una distancia insalvable respecto a nuestra constitución biológica.
Nuestras sendas son renglones -más o menos torcidos- letras y significantes que nos permiten bordear los efectos reales de nuestra vida. Construimos ficciones que, sin historia objetiva que nos pueda situar inequivocamente en ninguna certidumbre, procuran configurar el espacio vital que nos sobreponga a la imposilidad, es decir, a lo que nunca cesa de no escribirse: la muerte y la sexualidad.
Miguel Ángel Alonso
lunes, 20 de septiembre de 2010
Presentación del libro La noche del eclipse tú, del autor Luis Artigue

Lorca Artigue Ballesteros, nuestro bebé adoptivo que vendrá de Vietnam, acaso esté naciendo ahora…
He escrito este libro, este canto a la vida sin ingenuidad ni escepticismo, para facilitarle de todo corazón el despertar irrevocable que es nacer…
“Apoyado en un audaz despliegue metafórico y un elegante fraseo estos poemas conforman un libro conmovedor, muy original y muy maduro”
(CABALLERO BONALD).
PRESENTACIÓN
La noche del eclipse tú
Autor: Luis Artigue
VIII PREMIO DE POESÍA
FRAY LUIS DE LEÓN
Introducen:
Eduardo Aguirre y
Luis-Salvador López Herrero
Lugar:
Club de Prensa del Diario de
León. (Calle Fajeros, León)
Día y Hora:
Miércoles 22 de Septiembre
20.00 h.