jueves, 11 de noviembre de 2010

¿Fue él? Una reseña de Mª José Martínez Sánchez

Con cara de ingenuo y de no haber roto un plato, Ponto nos mira desde la portada. –Tienes razón, fue así –dice–: la niña esa me molestaba y me la quité de delante, era lógico, o ¿es que los humanos no hacéis lo mismo a todas horas persiguiendo vuestro deseo, vuestros más íntimos deseos?
Sólo faltan estas palabras en la obra de Zweig para completar ese cuento, a medias fábula, donde un animal toma la forma humana del deseo y lo lleva hasta sus últimas consecuencias. Inteligentísimo Zweig, imaginativo, envolvente, relato ameno y bien articulado en presentación, nudo y desenlace, no deja resquicios para que leyéndolo de un tirón, como han de leerse los cuentos, encontremos todo tan verosímil y posible como para cumplir con la obligación de prevenirnos, en este caso, sobre la astucia y la maldad.
Y hablando de maldad, nos encontramos con una forma de razonar que no es la debida, porque en un cuento no hemos de pararnos nunca a analizar si tiene elementos absurdos, o si una circunstancia es rara, como lo fue que el perro estuviese suelto o que los padres, cuidadosos en todo, dejen solo el carrito con la niña, o cosas así. El cuento ha de leerse de corrido para permitir, de antemano, que cumpla en nosotros con la función que le ha sido encomendada que es, la de advertirnos de cosas que pueden pasar, de todo lo posible que pueda darse en la vida, y dejarlo ahí, en nuestras cabezas, como un conocimiento que, sin duda, de no ser por haber escuchado esa narración, tardaríamos mucho en adquirir, y sería difícil de ver. Y es en esta enseñanza donde radica el meollo de la cuestión haciendo una fuerte llamada a nuestro inconsciente con la siguiente pregunta: ¿Hay maldad en esa actuación que acaba con la vida de una niña, o solo se ha seguido aquí la secuencia lógica de un deseo?
Difícil nos lo pone Zweig al poner este acto de muerte entre las manos-patas de un perro que, como en toda fábula, nos habla de nosotros mismos, pero sin apelar, de ningún modo, ni a la razón, ni a las leyes humanas, ni a nada. Deseo puro, lógica secuencia del que no ha de razonar, puro egoísmo o tal vez, lo que podríamos llamar deseo-necesidad, necesidad absoluta de ser felices. Y nada más, para decirnos que esa manera ingenua de mirarnos existe ya desde detrás de unos ojos que siguen sin entender, primero, porque se le aparta de sus satisfacciones diarias para dárselas a otro, y, segundo, por qué no resolver el problema directamente sin más vueltas. Si lo primero es comprensible desde nuestro punto de vista, véase el caso de tantos hermanos destronados, no lo es lo segundo. Pero ese sería el punto de vista desde un correcto discurrir, y discurrir adulto. Y no caigamos en la tentación de analizar cómo fue educado y admitido ese perro en aquella casa donde el dueño, desquiciado de lo real, parece actuar sin una lógica que contenga en sí misma una cierta medida, porque esto se da en la vida, sí, la vida absurda que a veces envuelve, tapa y justifica el crecimiento de un deseo absurdo también en nuestras vidas. Pero Zweig, que con esto nos habla de lo humano exterior y anterior al deseo, no pretende justificar ni explicar nada, sino solamente dejar constancia de todo lo que ocurre. Y eso es lo más inquietante del cuento.
Animales de fábula, cuentos, inquietantes cuentos sobre seres humanos mezclados, como en este caso, con animales que comparten con nosotros mucho más que un espacio doméstico. Y tal vez sea esa la mezcla difícil para convivir, humano y animal cercanos, en la misma patria, en el mismo pueblo, en la misma casa, o bien humano y animal dentro del mismo cuerpo que habitamos, a veces, sin darnos cuenta de que es así, aunque esta convivencia se lleve por recorridos separados que parecen disimular una unión inexplicable y cierta, y que con mirada clara intentan hacerse perdonar, o hacerse entender por los que desde fuera nos miran con la duda, con la misma duda de Bettsy, la narradora, a la que su marido decía que juzgaba las cosas con demasiada precipitación.
Mª José Martínez Sánchez.

lunes, 8 de noviembre de 2010

La Noche del Eclipse Tú, VIII premio de poesía Fray Luis de León; un comentario de Luis Salvador López Herrero



En primer lugar, quiero agradecer al poeta Luis Artigue, mi participación en este acto de poesía, yo que no me siento suficiente poeta aunque me esfuerzo en ello.
Pero antes de continuar debo decir que no hay interpretación posible del poema, puesto que éste es ya una interpretación del decir del poeta. Sin embargo, si me gustaría formular algún comentario del texto a partir de los guiños psicoanalíticos del autor, así como de las resonancias y ecos poéticos que me han suscitado.
Si tuviera que elegir un título a mi intervención acerca del poemario, éste sería Laboratorio del deseo. Porque el texto nos muestra claramente el funcionamiento del deseo a partir de la asunción de la paternidad por el autor. Trabajo del poeta que culminara con la adopción de un nombre, gestado simbólicamente, a partir de una ausencia. Lorca será el nombre, cosificado además, en la dedicatoria, a los engranajes que lo alienaran primitivamente a la historia generacional: Artigue y Ballesteros.
¡No se alarmen por mis palabras! Es así para muchos y es la mejor manera de entrar en la vida. Porque un nombre es siempre una conjunción de deseos, un eclipse, hasta el punto de cada uno de ustedes puede preguntarse en el curso de la vida: ¿por qué este nombre mío? ¿Qué deseo lo constituyó? ¿Qué deseo vehiculiza verdaderamente mi nombre?
Y esto es lo que trata de poner en juego el poeta a través del poemario. Porque más allá del tipo de paternidad comprometida –biológica o social-, en el mundo humano atravesado por el lenguaje, todos tenemos que ser adoptados por el deseo del Otro para garantizar mínimamente nuestra entrada en la vida. De ahí la acertada adopción del poeta para describir el título con que arropa el conjunto de poemas iniciales: embarazo simbólico. Concepto que sirve también para dar forma con palabras, tanto a esa ausencia simbólicamente presente que estimula el deseo, fuente del poema, como a la propia transformación subjetiva del poeta que recorre el texto. Presencia de palabras e imágenes que contornean la historia del poeta como entrega de su amor (bosque, abuelo, abuela, libros, circo, Van gogh, Rilke, Kafka…, locura). Paisajes y vivencias del poeta que tratan de asegurar o de permitir a esa existencia sin nombre, su entrada en un mundo humano de palabras. No en vano nuestro poeta cree suficientemente, tanto en el padre y su función como en las palabras. “Mi padre es mi estrella polar”, nos dice en silencio poético.
Me interesa destacar igualmente, en este trabajo de gestación simbólica del poeta, el nombre que finalmente surgirá como producto de elaboración. No cabe duda de que un nombre siempre precede al ser vivo, yendo éste íntimamente ligado a esa parte tan desconocida para cada uno de nosotros. Porque “yo es otro”, como muy bien nos ilustra en la portada el pintor Modesto Llamas. En este sentido, el nombre que irrumpe finalmente no será ni Federico ni García, sino Lorca. Además, Lorca, siguiendo las palabras del autor, en la estela del poeta mártir. Pero, ¿mártir de qué?, podríamos preguntarnos. Sin duda del significante, mártir de la letra.
Nadie sabe tanto como el poeta acerca del martirio de la letra, queriendo hacer justamente con las palabras ese antídoto particular al dolor de existir, como el propio poeta se preguntara al final del texto, allí cuando el nombre ya ha germinado a partir de la tensión y el conflicto promovido por el funcionamiento del deseo. “¡Nunca la ternura llegó tan lejos como al descubrir aquí cual será tu nombre!”
Otra cuestión que merece esclarecerse es lo que podríamos denominar la metamorfosis del poeta, como consecuencia de ese trabajo de gestación simbólica que supone la propia asunción de la paternidad. Porque, insisto, la paternidad humana es un trabajo simbólico a realizarse y, justamente, esto es lo que el poeta ha sabido transmitirnos a lo largo del poema.
Metamorfosis del poeta, despertar o proceso de descubrimiento a partir del desconocimiento del origen. Se pregunta el autor: “¿Cuándo un día leas esto sabrás que lo he escrito para entregarme a esa irritación que da origen a la perla de tu existencia; de la existencia?” Es decir, “de tu existencia” y “de la existencia” propia. Luego “tu existencia” y “la existencia” propia configuran así también un eclipse a desvelar, en donde el poeta trabaja insistentemente, aprovechando la función paterna y el empuje de la pasión narcisista.
Sí, tanto la paternidad como la poesía, son una tensión fantasmática que se nutren de la propia falta. Y, en este punto, el poeta nos muestra una especial sensibilidad. ¿No será, entonces, que la posición femenina, en su relación con la falta, está más cerca del alumbramiento poético?
Dejémonos llevar por las palabras del autor acerca de este momento tan crucial. “El poema nos une… Estoy enamorado de alguien que no conozco. Tú… Sí, quiero ir contigo al reino de las cosas tal como empezaron siendo… Nuestra metamorfosis…”. Diferentes frases que nos muestran la aureola narcisista que ha configurado el poema. Porque, efectivamente, “yo es siempre otro”, esto es, desconocimiento para todos acerca de nuestro origen y de nuestro ser.
Es así, la metamorfosis que ejerce el amor, como elixir que recorre todo el poema, quien nos alumbra en esa espera el funcionamiento del deseo del poeta.
Para concluir hay una cuestión que merece nombrarse porque interroga al propio poeta en su trabajo de elaboración, y que considero relevante en los tiempos hipermodernos que corren. La escritura y publicación de este poema, efecto de ese deseo que atraviesa al autor, ¿es un instante de sinceridad, un gesto de valentía para rescatar la feminidad que todo macho alberga y que esconde bajo la fortaleza del tener o, más bien, es un acto de locura poética?
A mi modo de ver, es un esfuerzo para dar cuenta de cómo opera el deseo a partir del martirio de la letra, teniendo como eje de elaboración la propia paternidad. El poeta se mira en el espejo enigmático del desconocimiento acerca del origen y escribe, conociendo que “yo es otro”. Sin embargo, a partir de esta mirada anhelante el espejo no estalla. Estamos ya advertidos de que el texto es obra de un poeta que vive a través de las palabras y de sus encantamientos. Luego, es la locura poética, en el sentido del empuje de la letra en el corazón del poeta, quien alumbra el texto, configurando así, un escrito poético suficientemente contenido, nada extrañado ni mucho menos explosionado en su propio enunciado. No en vano el poeta pretende ser un faro de orientación a aquello que alberga en su deseo, construyendo para ello, con dedicación, sinceridad y amor, todo este mundo simbólico de palabras que le van a acoger.
Gracias por este esfuerzo de poesía ante la paternidad, y os deseo mucha suerte en el momento del nuevo eclipse…, Lorca, Luis y Elena.

Luis-Salvador López Herrero.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

El Acompañante; un relato de Oscar Strada

“Inmigrante culto, sensible y respetuoso se ofrece para cualquier tipo de acompañamiento durante las 24 horas del día, siempre que se le demande correctamente. Llamar al 6667778882”.

Sé que puede parecer extraño que me anuncie así en la prensa local, que puede prestarse a malos entendidos, que puede generar confusión respecto de mis intenciones y provocar confusión en las intenciones inconscientes de aquellos que lo lean, pero creo que es lo mejor que se me ha ocurrido. Me quedan 150 euros, me alcanzará justito para una semana quizá. Mi visado de turista lleva dos años vencido y yo muchos más de fracasos.

Lo he intentado casi todo. Mi título de escribano, que aquí se llama notario, no puede ser convalidado aquí, sin tener que pasar por una universidad que me admita y me permita completar las asignaturas de derecho nacional, europeo e internacional que en mi currículo no existían y que eran ignoradas o consideradas insensatamente innecesarias en mi país. Además me cuesta entender aún, que no ser convalidado no se refiere a mí, sino a mi titulación académica. Pero me duele igual.

Me he ofrecido como carpintero, ebanista, camarero, electricista, entrenador de baloncesto, albañil, poeta, recogepelotas, recoge aceitunas, recoge tomates, funanbulista, limpiachimeneas, entrenador de paddle, jardinero, canguro, contrabajista, cocinero y profesor de esperanto. Curiosamente he llegado a trabajar esporádicamente en alguno de estos oficios y extrañamente, casi nadie sabía que era eso que yo enseñaba. Nadie parecía recordar que se trataba de un idioma, y yo siempre respondía: una utopía y colgaba el teléfono. Las utopías no se enseñan, se practican.

Me doy cuenta que este oficio de acompañante, que acabo de inventarme, es el reflejo de mis propias carencias y que pondrá a prueba hasta donde se puede llegar por un plato de lentejas y también cual será el límite de las concesiones a mi propia dignidad. Finalmente será un reto más, como la vida misma. Espero que no se rasguen mis vestiduras zurcidas con esmero por mis padres y mi abuela materna, que murió convencida de que yo sería presidente o al menos ministro de justicia.¿Pero de que otra estofa están hechas las vestiduras, sino de ilusiones necesarias, imposturas forzadas y abundante estupidez? También pienso que para este oficio uno nunca está suficientemente preparado, porque es difícil que alguien no haya sentido alguna vez la íntima certeza de que el humano está siempre solo y esperando no sabe que cosa.¿Quien podría aseverar que se ha sentido siempre acompañado a lo largo de su vida? Acaso durante el tiempo de la infancia que no estuvo jaqueado por los miedos infantiles, alguien logró alcanzar esa inmejorable ilusión de no estar solo, de sentir mágicamente dentro de si a la pareja encapsulada de los padres generando una protección permanente.

Quizá también el adolescente ensorbecido en un fatuo regodeo narcisista haya sentido esa omnipotencia ignorante de creer no necesitar a nadie y pensar que él solo sería capaz de dar cuenta de todas sus necesidades e ilusiones.

Ilusiones pasajeras que el tiempo se encarga de disolver para instaurar la realidad de las separaciones, claro que antes hay uniones, lazos, vínculos que se anhelan duraderos, eternos, siderales, cósmicos, religiosos, totales. La pareja, los hijos, la familia. En suma, la unidad originaria, sin fisuras, sin separaciones, sin mutilaciones.

Si algo he aprendido en estos dos años de inmigrante ilegal es a valorar los lazos que como pequeños puentes se pueden establecer entre personas que no se habían visto jamás y que sin embargo en un minúsculo instante surge una mirada, un gesto de sutil complicidad solidaria, de otro que como tu, sufre y que parece decirte: no desesperes hermano, Dios aprieta, pero no ahoga. Resiste, que resistir es vencer. También he de reconocer que me asombra la increíble fragilidad de todos los lazos, el saber que no hay puentes irrompibles. He visto quebrarse a parejas que parecían de hierro, a familias que creía indestructibles, a amistades transoceánicas.

Tengo que confesar que al cabo del cuarto día sin tener ninguna respuesta a mi anuncio, comencé a desesperarme, pero al quinto, recibí una llamada que iba a cambiar mi vida. Dijo simplemente, soy la señora Lorenz y quiero saber si está disponible, lo necesito 16 horas diarias. Respondí inmediatamente que si y ella dijo, naturalmente, debemos conocernos antes de establecer las condiciones. Quedamos a las cinco de la tarde. Me indicó la dirección y me explicó que nadie me recibiría, que debía entrar cuando el portero automático lo indicara y que una vez arriba en el séptimo piso debía repetir la operación, la puerta se abriría y luego de avanzar por un pasillo recto de aproximadamente cinco metros, debía entrar en la primera puerta a la derecha, me sentaría en un sillón granate y allí esperaría a que ella me recogiera. No debía tocar nada. Pensé, esta mujer sabe lo que quiere, mejor así, porque lo peor es cuando alguien quiere algo de ti y tú no sabes de qué se trata. Lo que quieren en esos casos es que uno les organice su demanda, que es como tener que comunicarles lo que en realidad desean sin saberlo. Eso es muy laborioso, muy cansado, como dicen por aquí.

A las cinco menos cuarto yo estaba en la dirección señalada, sentado en el café de abajo preguntándome, que clase de tarea tendría que hacer durante diez y seis horas diarias y durante cuánto tiempo. También, trataba de imaginarme por la voz casi marcial, pero sabia, como sería esa persona, cuántos años tendría, parecía educada.

Cinco de la tarde en punto, sigo las instrucciones, llamo, subo, entro, camino veintitrés pasos y me siento en el sillón que me estaba esperando, un orejero obispal.

Casi como flotando entra ella en la habitación segundos después, mirándome fijamente dice: soy la señora Laurenz, no se levante y se sienta frente a mí en otro sillón igualmente orejero, pero de piel ocre.

Le devuelvo la mirada igualmente inquisitiva, porque yo también me pregunto, quien es ella y sé que ella se pregunta lo mismo que yo.

Es una persona mayor, de edad indefinida, alta, más que yo seguramente, cabello plateado que antes debió haber sido rubio ceniza, sus ojos son también grises, se nota, misteriosamente, que es inteligente y culta, se le adivinan modales de educación antigua, de serena consistencia, de seguridad inquietante.

Fue un momento de estudio, como los boxeadores antes de fajarse, e igualmente atentos al movimiento delatante de las intenciones del otro. No se cuanto se prolongó ese instante que parecía eterno, pero creo que ambos sabíamos que el que pronunciara la primera frase quedaría en desventaja, porque avisaría al otro por donde irían los tiros y los dos estábamos a la defensiva.

Yo me preguntaba que puede querer una mujer así, tan mayor y tan firme, de un joven escribano casi notario, sin papeles, así que decidí romper el fuego y dije, y bien, usted dirá señora en que puedo servirle.

Ella me miró intensamente y dijo:

-Claro, pero antes de eso, dígame, ¿quien es usted?

Lo primero que me vino a la cabeza, fue decir “el que usted estaba esperando”, pero me pareció una soberana pelotudez, una gillipolez, como se dice aquí, de modo que comedidamente respondí:

-Un trabajador de la vida. Sabe, las cosas no son fáciles para un extranjero.

-Así que usted es de los que piensan que la vida es fácil para los que no son extranjeros.

-Discúlpeme no quise decir eso, sino, que para los extranjeros es algo más complicado.

-Ahaa! ¿Y que es para usted ser extranjero?, inquirió serenamente.

- Uno de afuera, dije, uno que no puede entrar en el lugar de los que tienen un lugar definido. Uno que ha perdido lo que tenía, uno que se ha ido de su morada originaria y que probablemente nunca volverá.

-Me gusta eso, de la “morada originaria”, suena muy romántico, y agregó como sorprendida, es usted verdaderamente joven si piensa que hay un lugar desde donde uno sale, y hacia donde debe volver. ¿Se da cuenta de que usted piensa que hay una Casa Única?

-Bueno, dije confundido, hay un país donde uno ha nacido…

-Si, me interrumpió, pero eso no quiere decir, que usted no pueda tener otra casa, otro país. ¿No le parece que conduciría a una enorme pobreza, no incorporar otra cultura, mirar siempre al mismo lado?

-Si, desde ese punto de vista tiene razón, pero, aunque uno se incorpore a otro lugar, aprenda sus códigos, siempre estará en desventaja con el nativo, siempre le faltará algo a su historia que no coincide con la del lugar, siempre le faltará algo por saber, por sentir, por conocer.

-Bueno, mire usted, dijo ahora cambiando de posición en el sillón, como si hubiera llegado mentalmente a un lugar desconocido para mí, si le falta algo por saber, por sentir, por conocer , es usted afortunado, es la posición que le conviene.

-Si, suena muy bien lo que dice, pero en la práctica, repliqué, una persona así, se siente sola, muy sola, muy ajena, muy fuera, muy desprotegida.

-Todas las personas estamos solas, todas estamos desprotegidos, por eso debemos unirnos de alguna manera, porque de alguna manera todas somos extranjeras. Y además ¿cómo sabe Ud. que yo no soy también extranjera?

-Bueno, por su apellido, he pensado que quizá sí, usted era también extranjera, dije suficiente.

-Se equivoca, yo nací en Val de San Vicente, en San Vicente de la Barquera, provincia de Santander. El Sr. Lorenz, mi marido era Suizo. Murió en la batalla del Ebro, perteneció a las Brigadas Internacionales. Había terminado la carrera de medicina seis meses antes de entrar en combate y vino a España junto con Max, y su mujer Mimí Langer. Max era cirujano y Mimi , psicoanalista austríaca discípula de Freud, trabajó durante la guerra civil como anestesista. Nos conocimos en Cataluña en el centro de reclutamiento, donde yo me había anotado como enfermera. Y para que usted no piense que yo le hablo así por cuestión de mi edad o teóricamente, le diré que cuando terminó la guerra en Alicante, me embarqué en el Stambrook hacia Oran, desde allí pasé a Francia.

Me pude reunir con mi madre en Méjico tres años después. Viví 25 años allí enseñando literatura española y química, que era la profesión de mi padre, desaparecido no se sabe donde durante la guerra. Una vez me dijeron que lo fusilaron en la plaza de Toros de Badajoz, pero su cuerpo nunca apareció.

En Méjico conocí a un exiliado paraguayo y en 1969, nos fuimos a vivir a Chile hasta la caída de Allende en el 73, luego viví 10 años en Uruguay y en el 84 volví a España. En cada país que viví, aprendí, milité, sufrí y amé.

¿De donde cree Ud. que soy yo? ¿Y dónde o cuándo soy de un lugar u otro? ¿Podría decirlo acaso? Y no piense que me hago la víctima, el emigrar es un destino humano y si me apura, de todo ser viviente que quiera sobrevivir. Los españoles somos maestros en esto. Para situarme en sus latitudes, le diré que fueron miles y miles, lo que iniciaron el descubrimiento de América. Querrá decir, “la Conquista”, agregué rápido.

- Bien, o digamos mejor, ambas cosas. Después de la independencia y a comienzos del siglo XX, fuimos nosotros, vascos, gallegos, catalanes y valencianos los que poblamos esas tierras. Junto a los italianos, agregué. Así es, dijo, secamente y continuó.

- Luego, durante los 50 y los sesenta nos desplazamos por toda Europa central, Alemania, Francia, Inglaterra y otros a Canadá, México, Venezuela, Argentina, Chile, Uruguay, etc. Fuimos no miles, millones.

- Lo sé, dije, y la generación de mis padres, se beneficiaron culturalmente...

- Ah, me interrumpió, me olvidaba que era Ud. un “joven, inteligente y culto”.

- Yo nunca dije que era “inteligente”. Pero ¿dígame, quiere Ud. provocarme?

- Provocarlo, mire joven, no soy tan petulante, pero sería lo mejor que podría pasarle a una persona de mi edad.

- Lo que intentaba decirle, es que la presencia de Alberti, María Teresa León, María Zambrano, José Gaos, León Felipe, Jesús López Pacheco, Arturo Soria, Angel Garma, Juan Cuatrecasas, Fernando Marquez Miranda, Fernanda Monasterio, Claudio Sánchez Albornoz, Manuel de Falla, Blasco Ibañez, y muchos más nos enriquecieron a todos en Latinoamérica y estamos agradecidos por eso, y quizá nosotros los de ahora, somos el efecto de todos ellos.

-Mire, Ud. mencionó a Jesús López Pacheco, que estuvo en México, y escribió un poema maravilloso, que dice algo así, como “que triste es tener espalda...”. Durante años de exilio me persiguió esa figura pensando que la espalda está para recordarnos que desde que nacemos siempre dejamos algo atrás.

-No lo conocía, pero me hace pensar, de que también, nos recuerda que marchamos hacia delante no?

Así es hijo, me dijo sin ninguna resignación.

Escuché todo como si recibiera un escupitajo agridulce, en realidad me estaba vapuleando, pero sentía que debía defenderme, que quería trabajar, pero debía decir algo que me afirmara a mi mismo y el que me llamara hijo me tocó el alma. Comprendía que era un giro lingüístico, una expresión coloquial, pero esa mujer compendiaba medio siglo de España y tenia más años de extranjera, que yo en toda mi vida. Un poco perturbado, le dije, no me ha dicho en que puede servirle a Ud. durante dieciséis horas diarias.

- Escuche joven, me susurró, si usted se ofrece como acompañante durante las 24 horas del día y además es inmigrante, culto, sensible y pide respeto, es evidente que es usted el que está solo y necesita acompañamiento.

Era algo tan irrefutable que no pude articular palabra y entonces para rematar me dijo, lo espero mañana a las 8.

Entonces pregunté, y bien, pero no me ha dicho aún para que me necesita y porqué dieciséis horas.

Para qué, ya lo veremos juntos y dieciséis horas, porque tiene que dormir las ocho restantes, ¿no le parece?


Oscar Strada

sábado, 30 de octubre de 2010

La voluntad. Un cuento de Horacio Quiroga. Comentario de Miguel Ángel Alonso

Es un acierto que la editorial El Nadir haya incluido este cuento bajo el epígrafe de Raros matrimonios. Ni el título del relato ni sus primeras palabras referidas a la valía de un hombre, Bibikoff, sitúan el peso específico del cuento en la escena matrimonial. Sin embargo, en la lectura se nos impone un desplazamiento hacia ella, y más concretamente hacia el papel de la mujer. Tener en cuenta este desplazamiento posibilita la captación de la dimensión dramática del relato.

Cierto que el fondo del cuento lo conforma la obra de un hombre, pero más que esa obra, lo que capta la atención son los medios que emplea para llevarla a cabo. La aparente nobleza de una empresa relacionada con la consecución de una libertad, en realidad cede su carga afectiva para trasponerla sobre un hecho muy visible, la conversión de la mujer en el material y el medio para llevarla a buen puerto y el consiguiente sacrificio que ello supone para esta mujer.

Mi lectura se centra, por tanto, en la vertiente del sacrificio de una mujer, que, aunque puede parecer muy digno en relación al amor que ella parece sentir por el marido, ello no puede impedir que veamos el estrago del que es víctima en la relación con ese hombre. La mujer soporta el mandato de un imperativo –probar que se es libre en cualquier lugar— que, a toda costa, sostiene un tipo de hombre muy clásico, esclavo de una voluntad férrea, que precisa su obra para estampársela en el rostro a sus superiores, tipo firme, de carácter, poco afable, altivo, celoso, orgulloso, reaccionario.

Esta cuestión del imperativo, se impone como el resorte de la acción en su capacidad de desplazamiento de uno a otro protagonista.

No parece de gran trascendencia para el lector si el militar siente que consiguió o no su propósito de libertad, hasta diría que en nada le afecta. Pero hay otra parte del relato con el que nos sentimos profundamente conmovidos y que recoge todo el efecto dramático del mismo. Es la degradación de una mujer del amor a través de la candorosa identificación que lleva a cabo con los anhelos de su marido, haciendo depender su vida de la obsesión de él, hasta el punto de que no se distingue uno del otro, no hay ni una mínima distancia entre ellos, los deseos se confunden y viven una misma historia. El mandato del imperativo, entonces, se desplaza para caer de forma agobiante sobre una mujer que termina exhausta.

Parecen ilimitadas las concesiones que esta mujer está dispuesta a hacer. Entrega su ser hasta situarse en una posición casi de deshecho. Es un personaje irreconocible físicamente. El estrago se hace evidente cuando el cuento nos muestra, como contraste, la luminosidad de su aspecto recuperado, una vez que el marido marcha a la guerra y la voluntad imperiosa de éste cesa en su exigencia.

En un primer tiempo: “Vi a la mujer que salía en ese momento. Era una muchacha descalza, vestida de hombre... párpados demasiado globosos... la mujer debía entonces de hacerlo todo... levantarse cuando aún estaba oscuro... las caderas de una mujer de veinte años sometida a esta tarea duelen un poco y el dolor mantiene abiertos los ojos en la cama... El marido era muy celoso. Mal hecho, porque su mujercita con aquel pantalón y aquellas manos ennegrecidas... no despertaba otra cosa que gran admiración

En un segundo tiempo: “Una joven y muy elegante dama... Era ella, pero de los pies descalzos de la dama, del pantalón y demás, no quedaba nada... era un verdadero golpe de vara mágica... Pobre Bibikoff. No era de su mujer deschalando maíz de quien debiera haber estado celoso, sino de aquella damita que quedaba tras él, y que miraba todo con una beata sonrisa primitiva de inefable descanso

Y esto no es nimio en el relato ni en la vida. Cuando el amor se vuelve subsidiario de los imperativos, el terreno queda abonado al estrago. Esa mujer es el noble material que el tipo utilizó para llevar a cabo su obra. Si la voluntad de él parece enfermiza, la de ella parece teñida de aflicción, quizá por un amor que se diluyó en la ceguera de una férrea y obsesiva voluntad.

Como bien dice el relato, en una de sus frases finales, respecto a Bibikoff:

Ese fue su error, empleando un noble material para la finalidad de una pobre retórica

Miguel Ángel Alonso

martes, 26 de octubre de 2010

Miss Dorothy Phillips, mi esposa. Comentario de Alberto Estévez sobre el cuento de Horacio Quiroga

Miss Dorothy Phillips, mi esposa
En primer lugar me gustaría situarles este cuento del que les voy a hablar. Se trata de un relato que inaugura una serie de cuatro entre los años 20 y 30 que versan todos ellos alrededor de la temática del cine, un arte que a Quiroga inquietaba, supongo que desde su faceta de investigador de una novedosa forma de ficción.
Guillermo Grant es su protagonista y va a aparecer en dos relatos más de esta serie cinematográfica, lo cual da otra dimensión a este relato en concreto, que claro está, tiene un final, pero al tiempo encuentra una continuación en las otras historias que va a vivir nuestro pobre diablo. A ello deben sumar el hecho de que se sabe que Quiroga utilizó un seudónimo con el que firmó sus colaboraciones en alguna de las revistas cinematográficas en las que participó; ¿saben cómo se autodenominaba? El esposo de Dorothy Phillips.
Les cuento todo esto para compartir con ustedes mi impresión de que este relato en concreto no fue uno más entre los que escribió el autor, la importancia que atesora, al menos para él, encuentra su eco en esas dos circunstancias, la continuidad del personaje protagonista en, al menos que se sepa, dos relatos más, y la adquisición de un seudónimo derivado directamente de la historia que el propio relato nos refiere. Y ahora quiero participarles la impresión que me dejó la lectura que me ocupa, el primero de los tres que conforman el libro.
Lo primero que se me hace evidente es que estamos ante un relato amoroso, el motor que impulsa sus párrafos, desde el primero de ellos, es el amor. Del amor concedamos que tiene la maravillosa virtud de conseguir que un hombre y una mujer puedan estar juntos, cosa harto complicada como todos sabemos, a su vez, y aunque su objeto sea hacer de dos, Uno, el amor no puede librarse de la diferencia sexual porque es extraordinariamente sensible al hecho de cómo esta pasión puede ser experimentada por uno o por otra, lo cual nos conduce a la segunda evidencia; este relato de amor está escrito por un hombre, y no sólo porque lleve la firma de Horacio Quiroga.
Estar escrito por un hombre significa que lleva las marcas con las que la posición sexual viril tramita el amor. Y encontramos, gracias al genio del autor, la réplica que se le da desde la acera de enfrente, el tratamiento tan diferente que el amor recibe por parte de la mujer. Pueden efectivamente converger en su meta, pero es indudable que son dos amores distintos, el amor de Guillermo y el de Dorothy.
¿Y por qué el amor, el de ambos, en esto sí hay acuerdo, habría de intentar resolver la ecuación de dos incógnitas, por reducción, quiero decir, convirtiéndolas en Uno; es que no podría respetar que son dos seres diferentes? Quizá sí que pueda, no cualquier amor, evidentemente, pero por muy depurado que este sentimiento pueda llegar a ser, siempre porta en su interior esta apuesta de unificación. Esta es la cuestión central en el amor, la que lo impulsa, porque el amor sabe, aunque no quiera saberlo, lo que separa a un hombre de una mujer; un abismo.
“… no hay suspensión de aliento, absorción más paralizante que la que ejercen dos ojos extraordinariamente bellos. Es tal, que ni aún se requiere que los ojos nos miren con amor. Ellos son en sí mismo el abismo, el vértigo con el que el varón pierde la cabeza…”
Por muchos motivos el autor es un genio, no sólo porque pueda escribir un párrafo de esta categoría literaria, sino por cómo nos sumerge en la cuestión. Aquí expresa la modalidad macho del amor, en la que un objeto, en este caso son los ojos, recubren el precipicio del acceso a la mujer. Hay dos referencias más en el relato a este tipo de objetos cautivantes aunque no están tratadas tan poéticamente como los ojos; el roce del vestido, “será para él una brusca novedad cargada de amor”, y por último, el escote de sus zapatos, que no escapa a la devoración de la que es objeto el cuerpo de ella por parte de nuestro protagonista, y en la que el autor abandona la poética para traer a primer plano el objeto zapato, uno de los fetiches por antonomasia.
Sí, el amor del varón es más proclive a esta característica, que no podemos decir que no esté presente en ellas, pero no en la misma forma esclava que representa en el varón. A tal punto, que el desencuentro amoroso está servido, y perfectamente relatado; ella le pide las palabras, palabras de amor, ésas que él no ha escatimado en dedicarle, y en uno de esos giros, como no podía ser de otra manera, ella apunta a la división de él, porque uno debe estar al menos un poquito en falta para poder amar, y le suelta; queda muy raro lo que dice, con su acento… Pero él es un varón, y eso de mostrarse castrado cuando de lo que se trata es de hacer ostentación de fortuna no le va, y la corta, con lo que intuye que le duele: puedo callarme. Craso error, en primer lugar por pensar que el cortejo amoroso puede verse privado de las palabras, y en segundo, porque tambalearse y titubear ante la propia falta en los inicios del galanteo no es digno de una contienda amorosa que se precie. Efectivamente, este acto de la obra teatral se cierra con la conciencia sombría del error de nuestro protagonista: Duerme corazón - ¡para siempre!
No fue para siempre, ella decidió darle otra oportunidad y él vino con la lección aprendida, y a las primeras de cambio le confiesa el pillete que es y la fortuna que no es, y eso lo salva a nuestro pobre diablo, porque evidentemente ella no necesitaba saberlo, ya lo sabía, lo que necesitaba era su confesión, hacérselo decir a él, que queda perplejo y protesta, ¿por qué me torturaste así? Ah, mujer siempre… Y la respuesta de Dorothy: Quería saber bien… Ahora soy toda tuya. Ya lo saben, Dios hizo el pudor del alma para los hombres y algunas mujeres.
Una compañera me comentaba esta misma semana su disgusto con la resolución del cuento, me refiero al hecho de que finalmente todo fuera un sueño. Me dejó pensativo, y efectivamente me fui en varias ocasiones al texto y pude descubrir releyendo que estábamos avisados de tal final, no de manera manifiesta pero sí que el protagonista nos cuenta que cierra los ojos y lo siguiente es por fin en Nueva York. Cruzó la distancia que separa ambas ciudades y la cruzó a través de un sueño, una ensoñación, quizá incluso una fantasía, cuesta pensar que un sueño condense esa riqueza en el detalle, pero es un poco una manera del hombre, la fantasía como forma de ir al encuentro con la amada, o mejor dicho, de no ir -por cierto una mujer casada- y al amparo de dicha fantasía, mantenerse a salvo de los inevitables tropiezos que conlleva aproximarse a una mujer, que para algunos, sobre todo hoy en día, son más que tropiezos, verdaderos peligros de los que conviene salir huyendo.
En mi caso, les confieso, me quedo con Quiroga, estoy convencido que el amor es el mejor tratamiento posible del abismo.
Alberto Estévez

miércoles, 20 de octubre de 2010

"Un idilio" de Horacio Quiroga. Comentario de Gustavo Dessal

Como lo acaba de decir Carmen Botello, todos los matrimonios son raros. No es que lo sean en apariencia, sino que lo demuestran en su esencia. Unidos o separados, armoniosos o desgraciados, todos ellos encierran un secreto, un pacto, un enigma indescifrable, una alianza estratégica, una guerra sorda y a veces sucia, en ocasiones invisible desde fuera, y en otras también desde adentro. Compenetrados en el amor o en odio, en la ternura o en la crueldad, los esposos conforman un extraño sistema regido por leyes oscuras e intransferibles, aquellas por las que dos seres son capaces de dar ese paso incomprensible y absolutamente contrario a su naturaleza primitiva: abandonar la innata soledad de la existencia en la que cada uno se encuentra, y unirla a la de otro.
“Un idilio” es, sin duda, una maravillosa pintura de la época, en la que el matrimonio -pese a la crisis que ya se abatía sobre él- conservaba aún el prestigio de las buenas maneras y las formalidades que la vida civilizada imponía por entonces. Esta no es una historia de amor apasionado, ni el retrato de cómo en el instante de un encuentro puede brotar el desenfreno de Eros. Por el contrario, es un extraordinario ejemplo de cómo algunas veces el deseo debe abrirse camino trabajosamente, a regañadientes del yo, luchando contra sí mismo. Un ejemplo de cómo la mujer, en tanto causa del deseo, puede aparecer para un hombre bajo la forma de la negación, o incluso del rechazo. Además, “Un idilio” es una excelente ilustración de los complicados laberintos de la elección amorosa, que lejos de poder comprenderse como un fenómeno entre dos sujetos, requiere de la puesta en juego de una estructura mucho más compleja y sutil, hecha de palabras equívocas, gestos ambiguos, personajes que ofician de testigos, rivales e intermediarios. No hay duda de que la divertida dinámica de los personajes de este cuento está condicionada por el tercero, constituido en un extremo por Olmos, el misterioso y legítimo futuro marido cuya lejanía y opacidad redobla el dato patente (y a la vez mudo) de que nada sabemos sobre el padre de Sofía. En el otro extremo de este doble triángulo tenemos la figura decisiva de la señora Saavedra, cuyo veloz instinto actúa como un “switch”, un conmutador que en el momento justo es capaz de decirle a su hija, refiriéndose a Nicholson: “No, por Dios, tu marido, todavía no. Tu novio, sí”, y al día siguiente: “Mira que está tu marido delante. ¿Qué va a creer de ti?”.
Si Nicholson es el hombre dividido, cuya ambivalencia procede del hecho de que Sofía ha entrado en el campo de su deseo en virtud de estar prometida a otro, Sofía es digna hija de una madre pragmática, para quien la importancia de un falo estable es superior a la de su procedencia, razón por la cual tras el deceso de Olmos da por zanjada la perplejidad inicial para bendecir a continuación la nueva alianza con un: “En fin, ya que se ha muerto, no nos acordemos más de él”.
No hay nada mejor que ser rico para saber subordinar las desgracias a la practicidad que asegura el equilibrio y restaura el orden cotidiano. Olmos ha muerto, pero bien vale un Nicholson para reemplazarlo. Darle a cada cosa su justa medida es un arte que la señora Saavedra domina a la perfección. Regocijémonos, pues, los que seguimos vivos.

Gustavo Dessal

sábado, 16 de octubre de 2010

El cuento. Por Carmen Botello


Voy a señalar algunos apuntes sobre el cuento. Graham Swift en la página 195 de su novela El país del agua, hace que uno de los personajes se interrogue de esta manera:

“¿También Helen Atkinson cree en los milagros? No, pero cree en los cuentos. Cree que los cuentos son una manera de soportar lo que no hay modo de alejar. Una manera de dar sentido a la locura. En el interior de la enfermera asoma la madre, y tras años de trabajar en el hogar para neuróticos de guerra, Helen ha acabado viendo a esos pobres internos chalados como a sus hijos. Al igual que a los niños asustados, lo que más les gusta es que les cuenten cuentos. Y tras haber realizado este descubrimiento, establece el siguiente precepto. No, no tratéis de olvidar, no lo borréis, no podréis borrarlo, trasformarlo simplemente en un cuento, un relato, Sí, todo es una locura, ¿hay algo real? Todo se reduce a un cuento, un simple cuento

Por su parte, otra escritora, Isak Dinesen, que en realidad se llamaba Karen Christence Dinesen, respecto al esfuerzo de contar dejará escrito lo siguiente:

Donde el cuentista es leal, eterna e inquebrantablemente leal a la historia, al final hablará el silencio. Donde la historia ha sido traicionada, el silencio es tan sólo vacío. Pero nosotros los fieles, cuando hayamos dicho nuestra última palabra, oiremos la voz del silencio. ¿Quién entonces cuenta mejores cuentos que cualesquiera de nosotros? El silencio ¿Y donde lee uno cuentos más profundos que en la página más perfectamente impresa del más precioso libro? En la página en blanco. Cuando una regia y valerosa pluma, en su momento de mayor inspiración, haya puesto por escrito su cuento con la tinta más rara de todas, ¿dónde entonces puede uno leer un cuento aún más profundo, más dulce, más alegre y más cruel que ése? En la página en blanco

Por un lado, la propuesta es contar historias, por otro lado, la apuesta es por la contención, desde la perspectiva, creo yo, de comprender que el vacío no siempre es nada, y que el silencio no siempre es pérdida. En esa tensión es donde se la juega el cuento. Entre la necesidad de contar historias, para así intentar comprender el mundo, y hacerlo con las palabras justas y precisas. Nada más y nada menos. El cuento opone palabra a palabrería, opone mesura a prolijidad. Aunque, como dice García Márquez, cada historia trae su propia técnica y lo importante para el cuentista es descubrirla. Habrá quién prefiera adjetivar, adornar, en detrimento de lo esencial, y habrá quién elija ponernos en la tesitura de buscar, con el autor, las palabras para decir más allá de lo que está escrito.

En cualquier caso, ambas elecciones darán cuenta, en la ficción, de un ejercicio creativo que, en mi opinión, acercan más el arte a la vida. El relato es un trozo de la realidad sin otra aspiración que separar, de la vastedad de lo vivido, un instante subjetivo que pueda trasformarse en un referente universal.

Cuento deriva de contar, una de las formas del verbo latino computare, o sea, contar en sentido numérico, o bien, calcular. Parece que la palabra contar, en la acepción de calcular, no es más antigua que al acepción de narrar. Es posible que del enumerar objetos se pasara al relato de sucesos reales o fingidos. Un teórico argentino, Enrique Anderson Imbert, tiene un magnífico libro sobre el cuento y la escritura, Teoría y técnica del cuento. Opina que fue el cómputo el que se hizo cuento. Y tiene toda la lógica que así sea, porque la enumeración histórica de sucesos, no solamente tiene el sentido de trasmitir o divertir, sino también de acumular y ofrecer datos. Yo me inclino también a pensar que acumular y ofrecer datos es el objetivo primigenio de la narración.

Cervantes usa la palabra novela para la narración literaria escrita. Y dentro de la novela usó la palabra cuento para referirse a una historia oral. La diferencia entre novela y cuento, para él, no es un asunto de dimensiones en el espacio, sino de actitud. Dice que es espontánea en el cuento, y esforzada y voluntariosa en la novela.

El término cuento fue utilizado por los renacentistas para designar formas simples de relato, a saber, chistes, anécdotas, refranes explicados, casos curiosos. En cambio, los románticos echaron una mirada nostalgia a la Edad Media y rescataron viejos términos como consejo, que según el Diccionario de la Real Academia quiere decir patraña, cuento, fábula antigua. Los románticos usaron la palabra cuento para narraciones, tanto en prosa como en verso, generalmente de carácter fantástico, aunque también las llamaron leyendas y baladas. Según avanza el Siglo XIX, la palabra cuento va imponiéndose, aunque la imprecisión no desaparece todavía. Y en España, es a partir de la generación de Emilia Pardo Bazán y Clarín, cuando la voz cuento es aceptada para designar un género literario que cada vez va a alcanzando más prestigio.

Según Enrique Anderson Imbert, se puede establecer una lista sobre los orígenes del cuento. Hace una relación en la que encontramos orígenes religiosos: y el verbo se hizo carne; orígenes mitológicos, que explican los misterios en la naturaleza; orígenes simbolistas, cuentos de autores iniciados que se expresaban en claves interpretables a través de un oráculo; orígenes psicoanalíticos; orígenes evolucionistas, cuentos tenidos como libertadores de conflictos que se producen en el nivel más bajo de la conciencia –en realidad este sería el origen psicoanalítico—; orígenes antropológicos, los cuentos productos a partir de las costumbres propias de las sociedades primitivas –abandonadas las costumbres que les dieron origen, los cuentos sobrevivirían con un interés nuevo, independientes de las conductas o significados de las costumbres que quisieran contar o reflejar. Es de ahí de donde algunos dicen que proviene el carácter universal del cuento—. Y, finalmente, orígenes ritualistas, es decir, cuentos que serían expresión de rituales que dejaron de practicarse, fueron comentados en forma de mitos y por el intermedio de ellos se terminaron transformando en cuentos.

Todas estas conjeturas sobre los orígenes del cuento son posibles, ninguna excluye a la otra, al contrario, creo que se complementan y aparecen todas de forma muy sugerente.

¿Cuando nos encontramos con un cuento? Según Edgar Alan Poe, estamos ante un verdadero cuento sólo cuando escribimos un texto que:

Gracias a su brevedad permite que el cuentista, libre de interferencias e interrupciones, domine, durante al menos una hora, el arte de producir un efecto único. El cuento responde a un designio establecido y cada palabra prefigura el diseño total. Que el comienzo de la acción esté lo más cerca posible de su final es una característica espontánea del cuento. La concentración con que lo implica, unidad y originalidad en el arte de sugerir e intensificar el significado de mínimos incidentes, distingue al cuento de la novela. Aunque tal distingo será meramente de grados”.

Lo cual sigue dejando todo el asunto abierto. Poe es bastante chejoviano en este planteamiento.

Por su parte, Cortázar compara el cuento con la fotografía. Dice que se trata de un momento detenido en el tiempo, momento que, sin embargo, se abre a una realidad mucho más amplia.

Chèjov decía que, si en la primera línea del cuento aparece un clavo, en la última el protagonista ha de ser colgado en ese calvo. No podía aparecer un clavo sin más, tenía que tener una utilidad final.

En definitiva, me parece que lo destacable del cuento, es su brevedad, además de esa virtuosa disciplina que tiene de ceñirse muy bien a los impulsos naturales con los que actúa la vida. Dice Anderson que la creación de un cuento se parece mucho al proceso que describen muchos biólogos y filósofos, proceso de impulsos vitales, descarga de energía, fase de desarrollo, punto de consunción o consumación.

Pero si le pedimos a un cuentista que defina qué es un cuento, cada uno contará su propio modelo. Por ejemplo, en Internet se puede encontrar el Decálogo del perfecto cuentista de Horacio Quiroga. Pero si se leen sus cuentos, a veces uno se pregunta dónde está ese decálogo. Es decir, no lo sigue.

Yo estoy convencida de que un cuento es tal cuando capta nuestro interés con apenas una pequeña serie de acontecimientos que, aunque reconozcamos que son manifestaciones de una experiencia común de la vida, siempre son imaginarios, porque es la imaginación la que crea la ilusión de realidad.

Y esto es lo que quería decirles sobre el cuento. Muchas gracias.
Carmen Botello

jueves, 14 de octubre de 2010

Raros Matrimonios. Comentario de Carmen Botello*

Agradezco a los miembros de Liter-a-tulia su invitación para abrir esta tertulia, así como el hecho de haber elegido el libro de Horacio Quiroga, Raros matrimonios, para la ocasión. Y les felicito de corazón, porque tomar el cuento como motivo para todo el ciclo que se desarrollará durante este curso, es verdaderamente un acierto.

A pesar de la cantidad de magníficos escritores que hay de cuentos, este género sigue siendo el hermano menor de la literatura. No entiendo por qué. Entre otras cosas, creo que el relato es la manera de hacer prosa que más se acerca a la realidad psíquica del sujeto. Y además, los relatos, a no ser que se acaben a la manera chejoviana, dejan siempre un lugar para la apertura, jamás completan al lector. Probablemente por eso sea un género peor considerado, porque no satisfacen ni completan al lector de la misma forma que lo suele hacer una novela. Es decir, la novela da más abrigo y placer, mientras que el relato deja siempre esa vía de apertura. Y, precisamente, eso es lo que lo hace, en mi opinión, infinitamente más valioso.

Con los relatos, el lector puede realizar lecturas infinitas. Eso es lo que tiene de importante. Pero no pretenden la satisfacción. Esa no es la tarea de un escritor, sino conmover el corazón de los seres humanos. A partir de ahí, si uno se ha sentido conmovido después de la lectura de un relato, de una novela, el escritor habrá cumplido su único y verdadero objetivo.

Hace un par de temporadas, El Nadir publicó una pequeña novela de Horacio Quiroga ilustrada con dibujos de René Parra muy bonitos. La novela se llama Historia de un amor turbio, un trasunto de los amores de un ya maduro Quiroga con la adolescente Ana María Cires, una de sus esposas, a la que llevó a la selva y que terminó suicidándose. Elegimos esta novela porque sus locuras de amor nos parecen más divertidas, incluso, que sus locuras selváticas, y porque están mucho menos publicitadas. El esplendor verde de Quiroga y sus Cuentos de la selva están en todas partes, pero estos otros cuentos son más raros. Por eso decidimos rescatar estos pequeños relatos, Miss Dorothy Phillips, mi esposa; Un idilio; La voluntad, y reunirlos bajo este título Raros matrimonios. Porque son raros los relatos y porque los matrimonios son raros. Pero todos los matrimonios lo son.

Leyendo la vida de Quiroga, es imposible no tenerla en cuenta a la hora de analizar su producción literaria. Sé que es un tópico la cuestión de vida y literatura. Hay quien se niega profundamente a hacer este paralelismo. Recuerdo que cuando presentamos Los espejos de Inés Arredondo, la filóloga y especialista en literatura latinoamericana que los presentó se negó rotundamente a hablar de la vida de Inés Arredondo porque, en su opinión, muchas veces, sobre todo en el caso de las escritoras, si tienen una vida atormentada, esta circunstancia acaba aplastando su obra y la gente termina refiriéndose a ella como la obra de una loca. En ese sentido fue tajante, y no dijo nada sobre la vida tortuosa de Inés Arredondo en relación con los relatos que estaba presentando.

Pero nosotros creemos en la relación vida y literatura. La experiencia de vida también es experiencia literaria. Y, precisamente, nos gustan los escritores que entendemos que están en esa relación. No creemos que cuando la vida torturada de un escritor produce una obra, ésta sea más incomprensible o esté a más bajo nivel. Entendemos que vida y obra de un escritor van imbricadas y eso no las descalifica ni las desmerece. Y Quiroga es uno de esos casos. Sus problemas amorosos, su empecinamiento en llevar adolescentes a la selva –lo hizo en dos ocasiones— para hacerles vivir una mala vida, su incapacidad para ponerse en el lugar de aquellas jovencitas a las que sedujo, revela un empuje pulsional que no puede dejarse de lado.

En Raros matrimonios hemos reunidos tres cuentos en los que Horacio Quiroga vuelve a sus ensoñaciones de conquista de lo imposible. En Miss Dorothy Phillips, mi esposa, se trata de la conquista de una actriz; en Un idilio analiza los vericuetos de una relación de la que, en principio, no se espera nada, puesto que se trata de un trámite burocrático, un casamiento por poderes. Es un relato en el que el autor muestra, nuevamente, su atracción por lo difícil, cuando no directamente por lo prohibido; y por último, La voluntad, el relato que cierra el libro, refiere un desatino y la particular unión de una pareja cuyo temor más importante en esta vida parece ser la posibilidad de perder una apuesta. Una cosa de locos, muy en la línea de Horacio Quiroga.

En definitiva, Raros matrimonios recupera esa producción del autor que es considerada menor, puesto que el brillo siempre queda matizado por el esplendor de sus Cuentos de la selva, pero que a nosotros nos parece que cuenta la verdad más profunda del escritor pues, al darle a su historia un carácter de ficción, con ello se descubre.

Carmen Botello
* Carmen Botello es, posiblemente, una de las plumas excelentes de la literatura española. Quien quiera apreciar una muestra de lo que escribe, puede leer sus libros de relatos Otras Ofelias; La gata roja. O también sus novelas, por ejemplo Un perro en las nubes; Un error, novela verdaderamente impactante. Hoy nos visita en su doble condición de escritora y de editora, y le agradecemos su presencia en nuestra tertulia. (Gustavo Dessal)

sábado, 9 de octubre de 2010

Carta abierta de Horacio Quiroga

Horacio Quiroga

Quisiera comenzar mi presentación con el momento culminante de mi existencia, con la revelación, el sobresalto ante una naturaleza imponente que se extiende ante la vista y te reclama, incluso para un uruguayo nacido en Salto.
Acompaño a mi amigo Leopoldo Lugones como fotógrafo a una expedición a Misiones, donde se hallan las ruinas jesuíticas, y me viene la gracia al saberme rodeado de lo salvaje. Adiós al dandy que fui, al sombrero y al frac, adiós a los cafés y las tertulias literarias donde dejé establecidas las reglas a seguir en la redacción de cualquier cuento, adiós a la vida cosmopolita del París que visité en mi juventud o incluso el más provinciano de Montevideo. Adiós a las lindas chiquitas a las que cortejaba con la oposición de sus padres tras largos pedaleos en bicicleta. A partir de ahora, conocida la verdad, esta gigantesca belleza, en medio de ella, voy a instalarme.
Arrastraré a Ana María mi joven esposa, y a sus padres si es preciso, construiré un hogar con mis propias manos, sembraré mi futura comida, pescaré, cazaré, y escribiré de lo que estoy viviendo.
Así que compro tierras algodoneras en Chaco por siete mil pesos, último dinero de mi herencia, y aunque se me arruinen las primeras cosechas me instalo frente al río Saladito. Mi escritura cambia; si siempre fue desnuda y directa, ahora se me compara con quien más admiro, Allan Poe. Tras el fracaso, regreso a Buenos Aires, escribo cuentos de terror, y cuentos que algunos creen para niños donde los animales no sólo hablan como las personas, sino que son los protagonistas de las historias. Como en las fábulas pero sin pretensiones educativas. Un paréntesis para volver a la selva, ahora, adquiriendo 185 hectáreas con las facilidades que procura el gobierno, junto a la orilla del río Paraná, donde mientras construyo mi futura casa, doy clases de castellano.
Y aquí me traigo a mi alumna Ana María convertida en mi esposa y traemos nuestra primera hija al mundo, yo mismo soy la comadrona, nuestra Eglé, tras un parto natural que consiente tras vivas protestas. A ella no le gusta la selva, teme lo salvaje. Nuestro segundo hijo, Darío, nace en un hospital de Buenos Aires. Para ayudarme a subsistir me nombran Juez de Paz en San Ignacio, pero mi actuación como funcionario es penosa, soy descuidado, y anoto en papeles, bodas y defunciones, que archivo en una lata vieja.
Llegado a este punto, mi vida se convierte en materia de leyenda y mis biógrafos se ponen las botas. Dicen que, igual como domestico animales salvajes que corren por la selva, educo a mis hijos para sobrevivir en ella; claro que les dejo solos en la selva por la noche, o con los pies colgando de un precipicio pero olvidan que ellos me adoran, ignoran nuestros paseos en piragua, nuestras exploraciones en este rudo paraíso. ¿Y ella? Pues sí, es verdad que no quiero oír mencionar palabras tales como huída, fuga o marcha a la capital. Rechazo con todas mis fuerzas la palabra “rendición”, y tampoco acepto que se vuelva sola. ¿Conclusión? Bien drástica. Ana María se vuelve depresiva e ingiere veneno tras una pelea con mi dominante persona.
Cierto que finalmente se salió con la suya y que no se lo perdonaré nunca. Cierto que me obligó, si no en vida, muerta, a volver a Buenos Aires con los niños y aceptar un cargo.
En mi sótano de la Avenida Canning, surgen libros de éxito, “Cuentos de amor de locura y de muerte” y mi obra más famosa “Cuentos de la selva”. Hombre urbano a la fuerza, hago crítica cinematográfica y hasta escribo un guión de cine.
Y otra vez amor, y esta vez la chica sí quiere vivir en la selva, mi manía, mi locura, y hasta intenta convencer a sus padres. Hago cuatrocientos sesenta kilómetros en motocicleta para verla. Finalmente he de renunciar, como siempre, por los viejos. Trato de consolarme. La ciudad posee sus ventajas, tiene la música de Wagner que es mágica, pero no existe placer que iguale a pilotar la barca que me he construido “Gaviota” para remontar los ríos.
Por fin, en 1932 vuelvo a Misiones, ya con 52 años y una nueva esposa, una jovencita bellísima que sólo aguanta tres años a mi lado, y me abandona después de convencerme de que nos traslademos a Posadas. Se va a Buenos Aires con nuestra hijita y me deja enfermo de la próstata, solo en la selva, solo y viejo y enfermo, es decir, débil, inerme ante lo que más admiro. Vencido, sí, vencido.
Hasta que no puedo más del dolor, dolor de espíritu y del cuerpo y me diagnostican un cáncer. La Junta de Médicos me explica lo grave de mi situación. Paseo por la ciudad dándole vueltas al asunto. Sé que en los sótanos del Clínicas hay un ser deforme, un pequeño monstruo, que solicito instalen junto a mí. Acceden. Nos apreciamos mucho, este Batisstesa será mi último compañero, él me ayudará.
En efecto, pido cianuro en la botica, ¿para qué lo quiere? Preguntan. Pues para tomármelo, les digo riendo y me sirvo un vaso lleno hasta el borde en el hospital junto a mi amigo
En mi época está muy mal visto el suicidio si se acude en demanda de legalidad, piden permiso, y se lo niegan. A Leopoldo Lugones le molestó en el velatorio mi sonrisa, o eso dijo, pero al año siguiente hizo lo mismo. También Eglé y Darío, mis hijos jóvenes tomaron parecida iniciativa. Y esta otra amiga, la poetisa Alfonsina Storni que tan simpáticos versos me dedicó. Cierta violencia me persiguió siempre, o debí de buscarla, porque una vez se me disparó la pistola y maté a mi amigo que iba a batirse y…
Me despido, estoy harto de tantas anécdotas. Me editaron mucho, sobre todo “Los cuentos de la selva”. He sido reconocido como maestro de cuentistas, con influencia decisiva en los más grandes escritores latinos, incluido por un tal Eduardo Mendoza, un paisano suyo, en la Biblioteca Universal de Maestros Hispánicos. Recientemente editorial El Nadir, publicó “Historia de un amor turbio” con ilustraciones de un tal Brené, o René o, no importa, una novelita de corte autobiográfico, donde me presento enamoradizo de dos hermanas, una de ellas como siempre, niña.

Ya saben donde pueden encontrarme, o escribirme. A lo mejor les contesto.

Blas Parra

viernes, 8 de octubre de 2010

Una isla en medio de la fatalidad; comentario de MªJosé Martínez Sánchez sobre el libro Raros Matrimonios


Un saludo afectuoso a todos los componentes de Liter-a-tulia, 2010-2011, esa tertulia que vuelve a convocarnos en las tardes de los segundos viernes de mes, para comentar, en este caso, tres cuentos de Horacio Quiroga que la editorial El Nadir ha publicado este mismo año.
Se trata de tres narraciones que, a modo de cuento, y de manera fantasmagórica, en el primer caso, nos muestra a un protagonista no demasiado desgraciado, que nos confiesa que todo lo narrado fue un sueño del que dará buena cuenta a su amada Dorothy Phillips, a la que hubiera querido para esposa. Y con este poco comprometido desenlace, Horacio Quiroga se va del primer cuento, confirmándonos que éste fue algo solamente imaginativo, algo que ya pasado, y algo que leímos de un tirón, intentando sacar alguna consecuencia.
Estas son algunas de las necesarias características del género además de contener alguna figuración simbólica de la líbido que sea útil para todos y que de no ser contado así, como cuento o leyenda, en la vida real no apreciaríamos. Se trata, pues, de hacer un aprendizaje simbólico, ameno y fácil, para que “las cosas de la vida” no nos cojan desprevenidos. Y digo fácil, aunque algunos de los cuentos tradicionales sean muy crípticos, cosa que aquí no pasa.
Así tenemos en el primer cuento, a un Guillermo Grant, irónico idealista, que comienza a contar su historia rodeándola de mucho misterio, para seguir confesándonos que le fascinan los bellos ojos de una mujer, algo que le parece lo más determinante y maravilloso del mundo; esto le hace cometer urdir una historia inverosímil sobre su persona para disimular su turbación ante el amor que dice sentir hacia una mujer, ya real, a la que tiene la pretensión de haber visto como nadie vio ni apreció en su vida. Es curioso ver como el protagonista aplica a los ojos de una mujer, unas razones imaginarias para enamorarse de ella, al igual que hacen las mujeres en el mito del D. Juan, atribuyendo al hombre unos encantos, unos poderes tales que lo hacen irresistible.
Luego, en El Idilio, nos encontramos con un relato tan cómico como previsible, en el que el protagonista nos cuenta el vértigo que siente al acercarse demasiado a los paraísos prohibidos que imagina en la mujer a la que corteja con diálogos y frases insustanciales, propias del peor XIX, en tanto camina a una solución tan fácil como alocada y apasionada, al igual que pudiera ser la de cualquier amor que se tuviese por verdadero.
Y, finalmente, con un comienzo casi de “érase una vez”, con palacio encantado, con un bosque que a él le recordaba la selva en la que estuvo, tenemos el relato en el que nos cuenta cómo un hombre puede demostrar que es un ser libre, pero en el que también nos dice de qué manera su esposa le sigue automáticamente en ese proyecto. Y digo automáticamente porque nadie nos da razón alguna que justifique ese seguimiento, al igual que nadie comprende bien por qué el campesino vende su caballo para aportar su dinero a esa causa del marido. Creo que es aquí donde al cuentista la historia se le va de las manos, ya que Nicolás Dimitrovich Bibikoff, capitán ruso de artillería, es un ser enfermo y extremista, al que los demás le siguen el juego, como si fueran comparsas, en una historia de la que pienso que ni el propio Quiroga se cree, pero en la que se recrea al contemplar a una mujer, de nuevo, que por arte de magia pasa de estar mal vestida y fea, a ser una aparición bellísima tendida en una “chaise longue”, que ofrece al visitante una blanquísima mano en un abandono admirable.
Y aquí sí. El cuento de hadas, referido a la mujer, parece haberse cumplido, aunque después se rompa el encanto, y ella, de forma inverosímil que sólo justificaría un gran amor, vuelva junto a su marido, tal vez a vivir de la misma penosa manera que al principio, porque, como el mismo autor nos dice, el capitán ruso había empleado un material demasiado noble, para una pobre retórica.
¿Quiso Horacio Quiroga probarnos con este cuento, y convencerse a sí mismo de la posible existencia de tan hermoso amor en medio de tanto desvarío? ¿Quiso hacer un relato romántico dentro de esa América profunda?
No lo sabemos. En todo caso, es difícil establecer cierta relación de lo contado con su terrible y desgraciada vida rodeada de muerte y fracasos sentimentales por todas partes. Primero fue su padre muerto en accidente de caza, luego su padrastro suicidándose igualmente con escopeta de caza sin darse cuenta de lo ve su hijastro, otro amigo muerto por arma de fuego cuando ya había regresado de París, donde había dilapidado su fortuna, dejando atrás un idilio juvenil frustrado, al que siguió, ya en Buenos Aires, un matrimonio desgraciado con una alumna suya que acaba suicidándose con sublimado corrosivo y muriendo en las tierras de el Chaco tras una larga agonía. Su último matrimonio, con una jovencísima amiga de su hija, también fracasó, y él acabó suicidándose con cianuro el 19 de febrero de 1937, ante la idea de una enfermedad irreversible.
Nos conformaremos, pues, con apreciar, en cada cuento, tal como quiso hacer, la unidad que nos marcará una delgada línea emocional dentro de cada historia.
Así, ilusión y promesa aplicadas sobre unos ojos, el azar como cómplice de una historia deseada, casi infantil, y una triste leyenda, de locura y muerte en vida de la mujer que pudo estar destinada a desarrollar una historia propia, en lugar de acompañar a aquel hombre, capitán de sí mismo, que creyó valer más que cualquier otra cosa.
Horacio Quiroga y estos tres cuentos, un tanto ingenuos, una isla en medio de la fatalidad.
Mª José Martínez Sánchez

lunes, 4 de octubre de 2010

Próxima tertulia. Raros Matrimonios. Tres cuentos de Horacio Quiroga recopilados por Editorial El Nadir.

Damos comienzo a un ciclo en el que dedicaremos la tertulia, única y exlusivamente, a leer a alguno de los cuentistas más significativos de la Literatura para disertar sobre sus cuentos. Nataniel Hawthorne, Antón Chejov, Stephan Zweig, Jorge Luis Borges, Franz Kafka, J. D. Salinger, etc, conformarán un programa que creemos verdaderamente atractivo.

Raros Matrimonios es el título que nos convoca para la primera tertulia del ciclo 2010-11 que celebraremos el día 8 de Octubre en el Restaurante Este o Este, C/Malasaña 9 en Madrid. Contiene tres relatos de Horacio Quiroga recopilados por la Editorial El Nadir: Miss Dorothy Phillis, mi esposa; Un idilio; La voluntad.

Las rarezas matrimoniales de estos relatos lo son, no porque las relaciones que nos muestran entre hombre y mujer y las soluciones que se precipitan, estén alejadas de la experiencia común, sino porque se inscriben en una lógica que se sitúa más allá de los limitados anhelos de la conciencia, o de la convención que trata de establecer una ley sustentada en ideales de conducta moral.

Estos cuentos nos enseñan lo que la norma no logra atrapar, esa otra lógica, también humana, que se vincula con el devenir del deseo, a veces errático y a veces punzante, cuando no escandaloso. Y en este plano, todos los matrimonios son un poco raros.

Podemos, quizá, establecer el acuerdo de que en el amor entra en juego el anhelo de completitud que, supuestamente, vendría de la mano del partener. Pero también habría que aceptar que entre el hombre y la mujer siempre se yergue alguna imposibilidad y un elemento difícilmente domesticable: el deseo. Con estos ingredientes, amor, imposibilidad y deseo, los relatos de Horacio Quiroga, en general, ya desde los Cuentos de amor, ejemplifican la multiplicidad de situaciones, de papeles y problemáticas, de conflictos que hemos de asumir en el terreno de las relaciones amorosas. Se camina, con frecuencia, de lo que nos parece la totalidad de un encuentro, al sentimiento de la más profunda división producido por el desencuentro; de lo que parece una dicha plena, al indigno estrago que produce un amor diluido; desde la fidelidad inquebrantable hasta la infidelidad sobrevenida. Todo ello aderezado con la agudeza del autor en la observación y tratamiento de los pequeños detalles y en la importancia que otorga a los rasgos de carácter personales, elementos que, en las experiencias entre hombre y mujer, cobran un papel relevante y preciso.

Los cuentos de Horacio Quiroga ponen en evidencia que, en el escenario de la relación entre el hombre y la mujer nos movemos al arbitrio de un viento racheado que nunca sabemos con certeza, ni de dónde sopla, ni cuando sopla.

Miguel Ángel Alonso

viernes, 24 de septiembre de 2010

Meditaciones literarias IX. Los comienzos literarios del ser


La facultad del lenguaje es una singularidad exclusiva, y casi podríamos decir irrenunciable, del ser humano. La realidad en la que nos movemos está condicionada y supeditada, de manera determinante, por esa facultad, hasta el punto de que una parte importante de esa realidad es, en gran medida, literaria. Por ejemplo, ser sujetos de lenguaje nos convierte en inventores y protagonistas de la ficción desde el momento inaugural.

El lenguaje nos provee de los mecanismos que la ficción precisa para poner en juego nuestros afectos, nuestros sentimientos, nuestros deseos. No cabe duda de que esta circunstancia nos quita, ya desde el principio, protagonismo en cuanto a considerarnos dominadores del lenguaje. Si somos sujetos, es porque estamos sujetados por esos mecanismos ineludibles que todos hemos de admitir para posicionarnos en la cotidianeidad de nuestras vidas.

Podemos preguntarnos: ¿Quién enseña a un infans a soñar literariamente, es decir, a crear las ficciones de sus sueños? ¿Quién le enseña a poner en juego, durante el sueño, el mecanismo de la condensación, o lo que es lo mismo, la figura literaria de la metáfora? ¿Quién le enseña a poner en juego el desplazamiento, o lo que es lo mismo, la metonimia? ¿Quién le enseña a ligar esas ficciones a una verdad que concierne a su deseo? ¿Quién le enseña a vestir los desconcertantes disfraces que consiguen burlar la censura impuesta al deseo por la represión?

La contestación a estas preguntas sólo puede sugerir que el lenguaje preexiste al sujeto, de tal manera que esos mecanismos, propios de él, se apoderan de nosotros sin que nada podamos hacer, se imponen a todo saber, a la obstinada educación, a cualquier voluntad, y por supuesto, a todo afán de dominación. Las figuras del lenguaje, se quiera o no, son las herramientas con las que se escribe la ficción en nuestros cuerpos, y nos obligan a tomar una distancia insalvable respecto a nuestra constitución biológica.

Nuestras sendas son renglones -más o menos torcidos- letras y significantes que nos permiten bordear los efectos reales de nuestra vida. Construimos ficciones que, sin historia objetiva que nos pueda situar inequivocamente en ninguna certidumbre, procuran configurar el espacio vital que nos sobreponga a la imposilidad, es decir, a lo que nunca cesa de no escribirse: la muerte y la sexualidad.

Miguel Ángel Alonso

lunes, 20 de septiembre de 2010

Presentación del libro La noche del eclipse tú, del autor Luis Artigue




Lorca Artigue Ballesteros, nuestro bebé adoptivo que vendrá de Vietnam, acaso esté naciendo ahora…

He escrito este libro, este canto a la vida sin ingenuidad ni escepticismo, para facilitarle de todo corazón el despertar irrevocable que es nacer…

“Apoyado en un audaz despliegue metafórico y un elegante fraseo estos poemas conforman un libro conmovedor, muy original y muy maduro”

(CABALLERO BONALD).

PRESENTACIÓN

La noche del eclipse tú

Autor: Luis Artigue

VIII PREMIO DE POESÍA

FRAY LUIS DE LEÓN

Introducen:

Eduardo Aguirre y

Luis-Salvador López Herrero

Lugar:

Club de Prensa del Diario de

León. (Calle Fajeros, León)

Día y Hora:

Miércoles 22 de Septiembre

20.00 h.