miércoles, 29 de octubre de 2008

Desde Valencia, Concha Miralles nos envía la siguiente noticia


EL NADIR EDITA A FELISBERTO HERNÁNDEZ


POR LOS TIEMPOS DE CLEMENTE COLLING


NOVELA LA MEMORIA DEL ESCRITOR AL DESCUBRIR LA MÚSICA


El Nadir ha publicado la novela del escritor, músico y compositor uruguayo, Felisberto Hernández, (Montevideo 1902-1964), Por los tiempos de Clemente Colling. Con este texto, publicado por primera vez en 1942, Felisberto Hernández inicia un periodo de madurez que no cesará en hallazgos literarios hasta su muerte. Felisberto Hernández es una de las figuras más importantes de las letras latinoamericanas, porque sus cuentos se acercan a la poesía sin caer por ello en el abuso metafórico, ni en el lenguaje poético de recursos manidos. Además, también fue un excelente concertista de piano que recorría con su representante, todo el país en largas giras.


Vivió una vida compleja, con matrimonios desafortunados, uno de ellos, con la espía del KGB, África Heras, modista española que se casó con Felisberto para establecer una cabeza de puente de los intereses soviéticos en Montevideo. Al parecer Felisberto nunca llegó a conocer las andanzas de su esposa, aunque algunos comportamientos posteriores al divorcio, como su furibundo anticomunismo, podría hacer pensar que algo sabía. En cualquier caso, la enorme capacidad de este autor para llevar al relato su particular mirada de ojos “habituados a la penumbra”, que sabe distinguir lo que se escapa, captó la atención de Julio Cortázar, que lo tomó como maestro. No en vano Felisberto es un autor que percibe y plasma en su obra aquello que ve con la perspicacia de quien poseyera un don premonitorio. Su obra ha sido traducida a distintos idiomas y celebrada como el trabajo de un autor fascinante.


Por los tiempos de Clemente Colling trata de la memoria del niño que fue Felisberto en el tiempo en que descubrió la belleza y el misterio de la creación musical, su relación con el mundo de los adultos y en particular, la que mantuvo con su maestro de música, un genio loco, piojoso y maloliente al que el niño admira, respeta y a quien termina lavando un día los pies.


El Nadir, Valencia, octubre de 2008


www.editorialelnadir.com


martes, 28 de octubre de 2008

Gabriel Hernández García, psicoanalista, reflexiona, en clave de ironía y humor, sobre la lectura y los libros


Cuenta Baltasar Gracián en su Criticón, que el hombre, a pesar de que se veía en desventaja respecto a los animales en multitud de facultades y sentidos, como la agilidad, el olfato o la vista, no envidiaba ninguna de ellas, y sólo codició la del rumiar, por el regusto y máximo aprovechamiento que con esa facultad se obtenía de lo engullido. De modo que suplicó al “soberano Hazedor” lo dotase de tan extraordinario mecanismo. Revisada la petición en el consistorio divino, le fue respondido que aquel don ya le había sido concedido desde el momento de su nacimiento.


Semejante respuesta dejó al hombre sumamente desconcertado, “pues nunca tal cosa había experimentado en sí ni platicado”. La divina aclaración le llegó en estos términos: “que el saber era su comer y las nobles noticias su alimento; que fuese sacando de los senos de la memoria las cosas y pasándolas al entendimiento; que rumiase bien lo que sin averiguar ni discurrir había tragado; que repasase muy de espacio lo que de ligero concibió”.

Supongo que este personaje, que nunca había “platicado” la rumiación y que incluso ignoraba poseer dicha facultad, si hubiese sido dado a la lectura, no lo sería, en cambio, a la relectura, ya que ésta es una forma de rumiar aquélla.


Y ya metidos en el terreno de la fauna lectora, lo siguiente que se me ocurre es contraponer la lectura rumiante a la lectura del tragalopavo, la lectura que se toma su tiempo, a esa otra que hace de un libro comida rápida y se deja fascinar por el brillo de los escaparates y las relucientes portadas, sin volver casi nunca la vista hacia esos otros libros ya pasados de moda, deslucidos por el paso del tiempo, faltos de la iluminación artificial que acompaña a todo lo novedoso, pero llenos aún de substancias que apenas han podido ser digeridas.


El libro va dejando de ser un objeto de culto para convertirse en un objeto de consumo. Con ello el lector es cada vez menos culto, menos cultivador y más consumidor –supuestamente de cultura. El problema es que la cultura no se puede consumir, sólo se puede cultivar, porque si se consume sólo nos quedará la incultura. A medida que el consumismo invade la actividad lectora, la pitanza literaria parece presentarse cada vez más escuálida y falta de molla.


Baltasar Gracián no nos dice cómo acabó la historia del hombre que no sabía rumiar. Pero si la contase en nuestros días, despojándose por un momento de su pesimismo barroco para darle un final feliz, imagino que habría hecho de aquel primer hombre iniciado en los secretos de la rumiación, el guía de todas las tribus de los rumiantes lectores habidas sobre la tierra, los bovinos, ovinos, caprinos, camélidos y cérvidos, a los cuales, una vez reunidos, conduciría hacia los fértiles valles y jugosos pastos de la literatura universal, lejos de las granjas urbanas y de los piensos compuestos teledigeridos.


Gabriel Hernández García

Psicoanalista

sábado, 25 de octubre de 2008

Convocatoria para la segunda tertulia literaria

LITER-a-TULIA

2ª TERTULIA

El viernes 14 de Noviembre, celebraremos la segunda tertulia literaria. Tendrá lugar a partir de las seis de la tarde en el Café Unión, situado en la Calle de la Unión nº 1 (Madrid, metro Ópera) . Es una tertulia abierta a todos los amantes de la literatura, sea cual sea el ámbito del que procedan. Para esta segunda sesión proponemos la lectura de Un hombre en la oscuridad de Paul Auster.

No queremos dejar pasar la oportunidad de agradecer la respuesta masiva que le disteis a la primera convocatoria, más de cincuenta personas nos dimos cita para constituir una sesión muy viva, de la cual podéis encontrar una reseña en el archivo de este mismo blog La tertulia 1.

Esperamos contar de nuevo con vuestra presencia en esta segunda celebración de liter-a-tulia. Recibid un cordial saludo.

Fecha: 14-Noviembre-2008.
Hora: 18 h.
Lugar: Café Unión
Dirección: Calle de la Unión nº 1 (Madrid)
Libro: Un hombre en la oscuridad. (Paul Auster)

Para cualquier consulta dirigirse a Miguel Ángel Alonso o a Alberto Estévez:
E-mail: miguelangelalonso56@telefonica.net




viernes, 24 de octubre de 2008

Demasiada Literatura. Un artículo de Graciela Musachi acerca de narrativa, literatura y psicoanálisis

En una novela que difícilmente entre en lo que considero literatura (“Pensamientos secretos”), David Lodge encarna en dos personajes el abismo que Charles P. Snow describió en 1959 como “Las dos culturas”, abismo que encontró en el ejercicio de su campo específico, el de la educación universitaria en Inglaterra y que se describe así: los que se dedican a las ciencias llamadas duras no saben nada (ni quieren saber) del campo de las letras y viceversa. Aunque años más tarde, él mismo y otros (el último en llegar es un tal John Brockman) han pretendido zanjar este abismo de distintos modos, la imposibilidad persiste y es lo que pone en escena Lodge cuando enfrenta a Ralph Messenger (su apellido alude, es sabido, al programa para mensajes de texto, en tanto que su profesión es la investigacion en Ciencias Cognitivas) con Helen Read (su apellido es “Leer” y su profesión es la enseñanza de las letras siendo, además, novelista). El abismo pretende zanjarse con la alegoría de la seducción mutua pero una amenaza de muerte que se cierne sobre uno de ellos termina volviendo a separar a los efímeros amantes.


Una reflexión de Helen Read (en la página 106) nos resulta sorprendente por venir de una novelista y nos da pie para decir lo que queremos decir:


“...me hizo pensar en la prolífica producción de narrativa de nuestra cultura. ¿Es una producción excesiva? ¿Corremos el peligro de acumular una montaña de ficción, un inmenso excedente de novelas, como las montañas de mantequilla y los lagos de leche de la CEE? Recuerdo el seco comentario de Ralph Messenger: ‘Es discutible que el mundo necesite más novelistas’


Claro que se puede argumentar que existe una necesidad humana básica de narrativa: es una de las herramientas fundamentales para entender la experiencia; lo ha sido hasta ahora, hasta lo más lejos que podemos remontarnos en la historia. Pero me pregunto: ¿esto entraña necesariamente la multiplicación infinita de relatos nuevos? Antes del auge de la novela no existía la misma obligación por parte del narrador; las viejas historias conocidas podían contarse centenares de veces, la historia de Troya, la de Roma, la de Gran Bretaña... dándoles un nuevo sesgo a medida que los tiempos cambiaban. Pero, a lo largo de los tres últimos siglos a los escritores se les ha exigido que inventen una historia nueva cada vez. (...) parece extraordinario y hasta malsano, que nos tomemos la molestia de inventar todas esas vidas ficticias adicionales.”


Sus preguntas son muy pertinentes: ¿qué es esa necesidad?, ¿por qué los últimos tres siglos?, ¿por qué hay algo malsano y excesivo en la literatura?


Hay una respuesta freudiana que, en este contexto, es ineludible y es que “la ciencia queda vencida por la creación del poeta”. Aquí Sigmund Freud usa la palabra del poeta como sinónimo de literatura pues está hablando de la novela “La Gradiva” de Jensen. Freud llega a decir que los poetas son aliados del psicoanálisis ya que ninguna ciencia ha podido decir mejor que la literatura algo verdadero sobre lo que German García llama “serdicentes”, para traducir en algo la palabra de Lacan “parlettre”.


En cuanto a los “tres siglos”, se ha podido decir que la modernidad, consecuencia del nacimiento de la ciencia moderna en el Siglo XVIII, avanza con una prosa que mortifica a la poesía del serdicente, Jacques-Alain Miller muestra que los siglos XIX y XX son, en este sentido, efecto de ese siglo XVIII y resultan un esfuerzo para que “la modernidad entregue algunas gotas de poesía”. En el momento de la revolución industrial y sus efectos, toma consistencia el escribir bien ya que los poetas captaron rápidamente que el discurso de la utilidad quitaba encanto al mundo. Pero la literatura implica algo más que el encantamiento del mundo. Ralph Messenger, que pretende registrar sus más íntimos pensamientos escribiendo todo lo que se le viene a la mente para alimentar sus hipótesis cognitivas, llega a una conclusión sorprendente: “Yo no intentaba crear un ilusión, yo buscaba lo real. Pero es difícil. Imposible, en realidad”.


Y Helen cita la tesis de Virginia Woolf sobre la literatura: “Grabemos los átomos en la mente a medida que caen en la mente y en el orden que caen”.


Sin embargo, aunque ambos pretender situar algo real no buscan lo mismo. Ralph busca la utilidad, Woolf busca otro valor que el de la utilidad, algo que no sirve para nada pero es tan real como el de la ciencia.



Algo pasa al leer, algo al escribir, algo al hablar a un analista



Rabelais hacía –hace- reír y aliviaba de las grandilocuencias de su tiempo. Jacques Lacan se aburre al leer a Sade. Romain Rolland (poeta cercano al misticismo hindú) producía exaltación y goce a Sigmund Freud, el racionalista extremo, según su autodefinición. Según Borges, como ningún otro texto de su tiempo, el “Martín Fierro” produjo un dispendio de inutilidades entre los críticos. Lo que pasa al leer es, entre otras cosas, algo del orden de la inutilidad (risa, exaltación, alivio, angustia...).


Osvaldo Lamborguini se reía al escribir alguno de sus textos en el que ponía en escena lo que llamaba “el dispositivo del contínuo” que consistía en volverse loco al hacer el gesto del dedo índice girando en la sien. James Joyce gozaba escribiendo el “Ulises” ya que imaginaba que iba a hacer trabajar a los universitarios durante 300 años. Mal que le pese a David Lodge o a su alter ego Helen Read, esa necesidad de narrativa, ese exceso que conlleva, lo malsano que la empuja resulta ser goce… goce del cuerpo que se exalta, se angustia, se sacude de risa, se alivia de dolores. Ese goce está alojado por la escritura, en la escritura y no es producto del significado de la historia (o no solamente) sino de la letra, no por la significación sino por lo que se escribe o se lee y esto no lo llega a captar David Lodge. La letra y el goce que produce es algo bien real ya que es satisfacción del que escribe pero también del que lee dado que está también su satisfacción. Ambas testimonian de lo que de la letra resuena en el cuerpo y va del placer al sufrimiento, del horror al alivio, de la risa al llanto, de la indignación al embeleso, de la autosuficiencia al síntoma en una línea que, sin pasar ningún borde, es el goce del serdicente y algo por completo inútil.


¿Sueño, juego, deseo? Paradojas de la satisfacción que vale como goce del cuerpo.



Singularidad del psicoanálisis.



Si bien el psicoanálisis es un esfuerzo por decir bien, no se asimila a una cuestión de pura retórica sino que en él, se trata de decir el goce propio de un modo que haga que el dolor de existir se convierta en soportable justamente por acercarse lo más posible a esa singularidad del propio goce habiendo logrado cierto saber sobre él. En suma, si bien el psicoanálisis toma el relevo de la poesía, hay diferencias. Un analizado se orienta respecto de su goce y sabe hacer uso de él. En un poeta lo primero no sucede necesariamente aunque el uso que haga de él tenga resultados sublimes. El caso típico es el de Rilke, el gran poeta que escribía con sus entrañas al desnudo lo que le hacía la vida insoportable. Contrariamente a lo que creía Rilke (apoyado en esto por su amiga Lou Andreas Salomé) un psicoanálisis le hubiera permitido quizás una relación a su vida, a su goce, menos insoportable y no le hubiera sacado nada de su don para crear poesía.


El psicoanálisis se sitúa, en el campo de las dos culturas en un lugar paradójico de autoatravesamiento: no es una ciencia pero la tiene en su horizonte. No hace poesía pero su ambición es el biendecir.


Graciela Musachi

miércoles, 22 de octubre de 2008

Esmeralda Miras, miembro de EOL Buenos Aires, Centro Descartes, AMP, escribe, desde la literatura, un breve ensayo sobre el amor.


Versiones del amor. Dante, Victoria, y Ortega.


Victoria Ocampo le comenta a Virginia Wolf su deseo: escribir, bien o mal, pero, como una mujer. ¿Cuál es el cómo?


Busquemos en su primer ensayo, sus apuntes sobre un pasaje de la Divina Comedia. "De Francesca a Beatrice", lectura que hace entre dos mujeres. Siendo joven y formal, escribe en su libreta de apuntes sus impresiones, lo que consuena con ella de esos versos.


Nos cuenta que subió la escalera de la Biblioteca Nacional, temblando, asustada, cuando le llevaba estos escritos a su maestro Paul Groussac. Él le recomienda abandonarlos, le sugiere que se dedique a algo menos dantesco y pedantesco, que escriba algo más personal, sobre ella misma, por ejemplo.


Victoria nos dirá: "No se percataba que sobre ese asunto, carecía yo de informaciones fidedignas”


Oscuramente como a tientas, buscaba en esos versos respuestas para sí. Se va entonces desmoralizada, desorientada, desilusionada. ¿Cómo abandonar lo que la abarcaba, lo que no la abandonaba, lo que al leer la leía? Sus informaciones sobre lo que le pasaba las estaba buscando en el Dante.


A pesar de esto guarda sus escritos y poco después aparecen en Babel, un apartado de la Nación en 1921. Más tarde, Ortega y Gasset los rescata y los publica en la Revista de Occidente.


¿Qué es el amor Francesca?


Estamos en El Infierno, en el canto V desde el verso 100.


Francesa y Paolo juntos en el viento como sombras, a las que Dante se acerca asombrado. Actitud que generalmente mantiene en todo su recorrido, no se privaba de preguntar, a la manera socrática, uno por uno, qué los había llevado a habitar tal o cuál lugar en los círculos de su universo. Dante, aquí, quiere saber quiénes son y cómo fue que se enamoraron. Pero es a ella, a Francesca a quién se dirige. ¿Qué es el amor Francesca? y ella le dice: " amor no perdona" a la manera que podemos ver en los versos del Canto V de El Infierno, desde el verso 100


Victoria escribe los sucesos que se producen a partir de su lectura de estos versos en el tercer tomo de su biografía, que según María Esther Vázquez, es una novela de amor. Francesca y Paolo le permiten acercarse a lo que estaba viviendo en ese momento, su amor prohibido con el primo de su marido.


"Empecé a encontrar en el poema una revelación de estados de ánimo, que aclaraban aspectos de mi propio ser".


Amor clandestino que se prolongará durante 13 años y que termina con su matrimonio, amor reconocido por ella como el amor más importante de toda su vida. Amor, pasión, que pretende describir en su ópera prima. Dice:


"Cuesta trabajo comprender cuando se empieza a vivir y a leer, en qué consiste el suplicio de los dos amantes del Canto V.

Es verdad que son arrebatados de la vida pero van eternamente unidos el uno al otro, se siente uno inclinado a imaginar que el ser llevado sin tregua por un huracán no ha de ser tormento muy terrible si se comparte con el ser amado, el sentido profundo de esta búfera infernal no aparece enseguida y los versos permanecen inexpugnables mientras el dolor de vivir no ha abierto la brecha por donde manan su belleza, su sentido y nuestra sangre."

“Francesca y Paolo van juntos, sí, pero… adónde. A ninguna parte. Giran, solamente. Francesca y Paolo están juntos, sí,… pero cómo. Envueltos en huracán y tinieblas, enceguecidos por la noche, asordados por el clamor del viento, no pueden verse, no pueden hablarse.

El huracán apaga el sonido de sus voces y sus miradas no encuentran sino tinieblas.

Van abrazados el uno al otro pero ciegos y sordos el uno del otro.

Prisioneros solitarios de la tempestad y de la noche.

Prisioneros de su propia tempestad y de su propia noche, prisioneros de sus sentidos.

Y aquello mismo que los mantiene asidos uno al otro, los mantiene separados, son los viajeros errabundos de su amor, esclavos del vórtice que los arrastra, sin jamás poder hacer alto y gustar el uno del otro porque para poder gustar de una cosa hay que hacer el silencio en torno suyo, hay que morar en ella.

Así tantos seres van inseparables y no obstante aislados.

Es el jamás mas absoluto, más desesperado que haya arrancado el arte a la vida”.


Creo que Victoria, en su consonancia, en su resonancia, capta la estructura de la imposibilidad de la relación, los amores difíciles, el silencio estructural aún en el ruido, silencio de lo indecible, que se alude mejor desde una posición femenina, el vacío que limita con el amor. Los versos que el " jamás" produce.


Es interesante, en este sentido, lo que produce en Ortega y Gasset, quién escribe un prólogo extenso para esta obra, donde ubica a Victoria en el Ideal, desarrolla el lugar de la dama y del amor, casi como un compendio del amor cortés. Victoria rechaza ese lugar de "La Señora”, y trata a Ortega como la dama al caballero. Desdén y causa.


Este juego de cajas chinas, de espejos, estas puestas de erastés, en Lanzarote, Francesca, Victoria, Ortega, me pareció un buen ejemplo de lo que para Lacan es la estructura del amor, un vacío significante. Encontré algunas referencias a Dante y su poesía del amor que, como Victoria, las llama la bufonada y como es que con el significante amor, se crea la comedia. Algo de verdad.


Victoria en este juego es una alusión a lo que ella llama una mujer escritora, finalmente, de estos encuentros y desencuentros, Victoria Ocampo obtiene un nombre: “Sur”, sugerido por Ortega para su editorial.


Esmeralda Miras.

martes, 21 de octubre de 2008

Concha Miralles hace una reflexión sobre la escritura y la lectura, partiendo de un hermoso cuento

¿QUÉ FUE ANTES, LA LECTURA O LA ESCRITURA?


Ésta, que parecería una pregunta más sencilla de responder que la del huevo y la gallina, si nos detenemos un poco a pensar, se encuentra en el mismo orden de retos del razonamiento. Si entendemos que leer consiste en descifrar el mensaje que encierran determinados signos y nos remontamos a la prehistoria, los hombres de aquellos tiempos, aún no iniciados en grafías de ningún tipo, observaban con curiosidad el cielo, sus movimientos y misterios. La naturaleza y sus ciclos han despertado desde antiguo enigmas que se han querido comprender e interpretar. Signos escritos, mucho antes de que existiera el pergamino, en el cielo, en el vuelo de las aves, en la lluvia o en el fuego. Signos de algo, de otra cosa, de un saber oculto y secreto que sólo los iniciados podían revelar.


La lectura, en ese rango de misterio que se esconde en los signos escritos a través de los cuales surge el conocimiento, la cultura, y se nutre la imaginación, tiene, pues, su origen en el deseo de desvelar los grandes misterios del mundo, los mismos para los que aún, con toda la arrogancia tecnológica de nuestra época, no tenemos respuestas concluyentes. Y si la lectura surge por el deseo de interpretar, de desvelar, la escritura nace en el deseo de comunicar y trasmitir. Se trata de tiempos diferentes, ¿pero cuál de ellos antes? Acaso resulte lógico pensar que primero sea el deseo de conocer y luego el de trasmitir. En ese caso, la gallina o el huevo –según como se considere el principio de las cosas- sería la lectura.


Y, hablando de principios, hay un precioso cuento de Rudyard Kipling, incluido en Los cuentos de así fue, que se me viene al hilo de todo esto. Lleva por título “Cómo se escribió la primera carta”, y narra las peripecias de Tegumai Bopsulai y su hija Taffi. Estos fueron un día a pescar carpas al río Wagen, cuando se encontraron con el arpón roto y muy lejos de su hogar. A la niña, para ayudar a su padre, se le ocurrió hacer unos dibujitos en una hoja de abedul representando a su padre en el río, triste, con el arpón roto. También dibujó a su madre, la cueva donde vivían y el arpón de repuesto que allí tenían. Le pidió a un extranjero de piernas largas que casualmente pasaba por allí que llevara corriendo la misiva a su madre, confiando en que ella sabría interpretarla y le entregaría el arpón de repuesto. No contó Taffi con el susto que se llevaría su neolítica señora madre al leer la carta, pues de los dibujos concluyó que el extranjero había dado muerte con un arpón a su marido y que venía a vanagloriarse de ello delante de todos.


Según el cuento de Kipling, la primera carta que se escribió en el mundo tuvo una lectura equivocada, con la consecuente paliza descomunal en los lomos del primer cartero de la historia.


Valga este relato para argumentar que la lectura –sobre todo si se trata de asuntos literarios- tiene la virtud y el peligro de aquella primera misiva: poder ser interpretada de tantos modos diferentes como lecturas se hagan de ella, porque pasa sin remedio por el filtro de lo subjetivo, y éste suele conectar mucho más con las emociones que con la razón. Eso hace que la escritura pueda multiplicarse infinitamente en el ámbito de lo personal e intransferible y que cobre dimensiones absolutamente desconocidas a las intenciones originarias del autor, porque, como puede decirse, hay mil lecturas distintas y un solo escrito verdadero.


Concha M. Miralles

viernes, 17 de octubre de 2008

D. Cesar Mazza nos envía el siguiente texto, en clave de ensayo, sobre la lectura.

La lectura y sus dobles (Por César Mazza)


Me entrego otra vez a la lectura, tal vez como último refugio de lo que fuera una lectura de iniciación, con el objetivo más inmediato de contrarrestar cierto extrañamiento propio a la experiencia de la escritura. El reencuentro con aquel texto de Borges, signado como el primero de la serie en la ficción que cada cual construye del inicio, duplica las lecturas recorridas hasta aquí. Infatigable retorna la frase del relato El inmortal: (antes de entrar a la ciudad de los inmortales, el personaje murmura) Tan abominadas del hombre son la novedad y el desierto que me alegré de que uno de los trogloditas me hubiera acompañado hasta el fin. Cerré los ojos y aguardé (sin dormir) que relumbrara el día.


La pregunta entonces: ¿por qué la novedad sería abominable? Alusión aparentemente paradójica puesto que en otros textos Borges referirá lo abominable al espejo y a la paternidad, vale decir, a la potencia de la multiplicación. Un ejemplo puede señalarse en el pasaje que sigue, de Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius. Antes de comentar la frase, recordemos que la escena del comienzo es una invitación para ingresar al texto. Pero ¿de qué forma? Este relato en primera persona devela la ingenuidad del yo del realismo, pero en él un movimiento desestabiliza la identificación del lector: mediante un juego de espejos el reflejo de un reflejo configura una simulada simulación que sitúa nuestra presencia en el interior del cuadro observando ahora a los personajes cautivos de un espejo.


"Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar. El espejo inquietaba el fondo de un corredor de una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejías; la enciclopedia falazmente se llama The Anglo-American Cyclopadeia (New York, 1917) y es una reimpresión literal, pero también morosa, de la Enciclopaedia Británica de 1902. El hecho se produjo hará unos cinco años. Bioy Casares había cenado conmigo esa noche y nos demoró una vasta polémica sobre la ejecución de una novela en primera persona, cuyo narrador omitiera o desfigurara los hechos e incurriera en diversas contradicciones, que permitieran a unos pocos lectores –a muy pocos lectores- la adivinación de una realidad atroz o banal. Desde el fondo remoto del corredor, el espejo nos acechaba. Descubrimos (en la alta noche ese descubrimiento es inevitable) que los espejos tienen algo de monstruoso. Entonces Bioy Casares recordó que uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres".


Por su puesto que los referentes de la narración no guardan una estabilidad realista, tanto el espejo como la Enciclopedia formaran parte de la intriga. El espejo en tanto captación de la mirada ya no tendrá la bondadosa capacidad de darnos una imagen donde nos podamos ver amables y amados, representados por una buena forma. El espejo borgeano vuelve inquietante y más interesante la realidad. Más aún, es una ironía que desnuda la ingenuidad de una concepción del mundo anclada en dos términos: lo bueno y lo malo, la civilización y la barbarie, el cielo y la tierra, etc. En cuanto a la Enciclopedia, baste decir que el autor sostiene la intriga no solamente respecto a su origen sino que también en relación a la ubicuidad de ese país indocumentado y de ese heresiarca anónimo. Una ex -sistencia inquietante que no dejará de subvertir la idea establecida de lo que se entiende por el orden del mundo.


El otro relato que alude a la conjunción entre el espejo y la paternidad se titula Los espejos abominables dentro de la saga El tintorero enmascarado Hákim de Merv, títulos que se incluyen en la Historia Universal de la Infamia. El extraño tintorero, refiriéndose a su oficio, dirá: así pequé en los años de mi juventud y trastorné los verdaderos colores de las criaturas, así Satán y el Ángel son desenmascarados en su impostura, en su ingenua versión de la verdad.

El Ángel me decía que los carneros no eran del color de los tigres, el Satán me decía que el Poderoso quería que lo fueran y se valía de mi astucia y de mi púrpura. Ahora yo sé que el Ángel y el Satán erraban la verdad y que todo color es aborrecible.


Por suerte existe ese arte de impíos, de falsarios y de inconstantes que consiste en inventar la simulación. Borges nos advierte en el Prólogo a la edición de 1954 que dichas páginas no disimulan su naturaleza barroca, sin dejar de avisarnos que barroco es aquel estilo que deliberadamente agota (o quiere agotar) sus posibilidades y que linda con su propia caricatura. Un tintorero enmascarado es un pleonasmo ¿por qué alguien que se dedica al oficio de enmascarar con manchas, tinturas, colores aparece al mismo tiempo enmascarado? Procedimiento que exhibe el propio disfraz, comedia de la presencia, parodia que explicita la máscara: la inexistencia de una identidad original o, si se quiere, del imperativo de ser auténtico. Porque los no incautos, por un lado, son los que aparentemente no se dejan engañar o incautar por el juego de las máscaras, y por otro lado, como el Ángel y Satán son los que se engañan exigiendo lo verdadero sobre lo verdadero tras levantar el último velo. Así desfilan varias figuras de esa especie, los que encuentran tanto una novedad abominable, como infiernos maravillosos y cielos no menos desesperados por haber querido ver que hay detrás de la máscara, sin saber que lo esencial del universo es la vacuidad. Pero la parodia no solo denuncia todas las apariencias del mundo sino que, fundamentalmente resta dramatismo a las figuras del horror.

La operación del doble, primero como asegurador de la vida -dirá Freud- se transformará en un siniestro mensajero de la muerte que no deja de guardar relación con los semblantes del horror, con un supuesto goce malvado del Otro. Porque “el espejo –dirá Germán García- es un objeto donde se ve aparecer Uno”, la historia será la que atenta contra ese Uno: “La historia del espejo habla de envenenados por el azogue de los cristales que cubrían las paredes de sus cámaras de sueño: cuerpos confinados a la duplicación de los espejos que pasan durmiendo a la muerte.” (García, Germán)

Desarmar el espejo es atentar contra el régimen del Uno. Por lo tanto, fabricar la parodia del doble implicará desnaturalizar la propia máscara, esa encarnadura mediante la cual alguien se cree Uno. Tzvetan Todorov dirá que el gesto inaugural de toda lectura es cierto trastorno del orden aparente del texto. El autor tratando de responder a la pregunta ¿cómo leer? pasa revista a diversos tipos de “discursos críticos” de la literatura, tales como la proyección, el comentario, la interpretación y la poética. Procedimientos estos, que enmarcan la noción de lectura, situando su especificidad. Así la lectura atraviesa y es atravesada por esas otras operaciones.

Estos discursos no solamente son diferentes entre sí sino que también comparten un rasgo en común: ser heterogéneos al discurso literario mismo. Despierta cierta intriga la forma en que el autor se apropia de Freud para preguntarse por el precio de la elección metodológica efectuada: leer un lenguaje a través de otro, un sistema simbólico por intermedio de otro. Freud había señalado que el sueño no sabe decir ‘no’, dirá Todorov para preguntarse ¿la literatura no tendría a su vez, algunos elementos que el lenguaje ordinario no sabe decir?

Si la teoría presupone el lenguaje científico, la literatura tendrá un costado inteorizable. Afirmación que le permitirá al autor aseverar que una función de la literatura será la subversión de esos lenguajes, ya sea el científico o el ordinario. ¿Qué papel jugará la lectura en este entrevero de discursos? La lectura es una práctica que se hace y deshace, será la inquietante cabeza de Medusa que se duplica hasta el infinito. De la serie enumerada de operaciones, su concepto no se deja subsumir por los otros, permanece con una cierta indeterminación que sostiene la especificidad. Por ejemplo respecto de la poética, procedimiento que apunta a catalogar un texto dentro de un género, la lectura se diferencia porque su objeto es el texto singular y su objetivo será desmontar su sistema.


Teóricamente –dirá Todorov- pretende un imposible. Quiere asir, con ayuda del lenguaje, la obra como pura diferencia, mientras que el lenguaje mismo reposa sobre la semejanza y nombra lo genérico, no lo individual. La expresión ‘sistema del texto’ es un oxímoron. Esto es posible en la medida (la especificidad, la singularidad) en que no es pura. El trabajo de lectura consiste siempre, en un grado más o menos grande, no en obliterar la diferencia, sino en desmontarla como efecto de la diferencia cuyo funcionamiento se puede conocer. Sin ‘alcanzar’ jamás el texto, la lectura podrá acercársele infinitamente.


La lectura tampoco se subordinará al dominio de la interpretación [1] puesto que su operación no se constituye específicamente en la sustitución de un texto por otro. Todorov señalará al palimpsesto como ejemplar para describir la interpretación, en tanto descubre, a través del tejido textual aparente, un segundo texto más auténtico. Si bien la lectura tiene un parentesco con la concepción de texto como palimpsesto, su movimiento no apunta a remplazar un texto por otro sino a describir la relación entre ambos. Para la lectura –dirá Todorov- el texto no se constituye como otro sino como múltiple.

Otra puntuación que no quisiera saltear es la referida al comentario: una tensión se establece entre el comentario como una lectura atomizada y la lectura como un comentario sistemático. Vale decir, el problema de entrar al discurso universal sin la eliminación de la singularidad, sin el barrido del rasgo de cada lector. El autor resuelve la aporía de una forma muy divertida, con una especie de chiste: porque lo va a referir nada menos que al tema de la fidelidad. En primer lugar, dirá que la tensión se dirime en términos de renuncia: aquel que apunta al sistema deberá renunciar al principio de fidelidad literal; para luego subvertir el sentido de la fidelidad, en cuanto desnaturaliza la idea de tal virtud. Dirá que no se accede directamente a la fidelidad, se la conquista; eso implica abandonos frecuentes, pero no irresponsables.

Y una conquista no será estrictamente un descubrimiento, sino que su hallazgo viene del encuentro, se produce en y por el mal-encuentro. Más aún, llevar a un extremo la apropiación del texto me permitió no abandonar la fidelidad literal, extraer la frase para el título y explotar conceptualmente la figura del doble. La cita, entonces: estas distinciones entre la lectura y sus dobles no deben llevarnos a pensar que las separa un abismo y nada las reúne.


Cesar Mazza


Bibliografía:

García Germán (1977): “Enigma Tausk” en Obras Psicoanalíticas de Victor Tausk. Buenos Ed. Morel

Todorov, Tzvantan (1987): “¿Cómo leer?” (Traducción de L. Vilariño) Publicación de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario.

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Parafraseando al autor diremos que el reinado de la interpretación es vasto puesto que domina la tradición occidental desde las exégesis alegóricas y teológicas de la Edad Media hasta la hermenéutica contemporánea.



jueves, 16 de octubre de 2008

Alberto Estévez presenta la primera reunión Liter-a-tulia

Buenas tardes:

Quiero compartir con todos los presentes la doble satisfacción de la que soy objeto hoy. En primer lugar, la puesta en marcha de esta tertulia. Cuando el año pasado, 2007, conversaba con Miguel acerca de este proyecto que por entonces no era más que una idea difusa, sin forma, no podíamos imaginar que esta se iría concretando en lo que hoy, primera cita, contemplamos todos.
Las "primeras citas" tienen esa doble vertiente de deseo e incertidumbre y son ambas sensaciones las que nos acompañan y lo han estado haciendo en el último tiempo en la medida en que aquella idea primera ha ido conformándose.
En segundo lugar he de situar la satisfacción que me ha producido la elección y posterior lectura de esta obra para iniciar Liter-a-tulia. Una pequeña novela o novela corta con tan sólo 5 capítulos en la que McEwan nos narra el encuentro y desencuentro de sus dos protagonistas en la Inglaterra previa a la revolución de los años 60.
Considero que la forma que el autor tiene de narrar la historia convierte a esta en idónea para el análisis y la discusión. Creo firmemente que no es casualidad, sino más bien habilidad narrativa. De la misma forma que reconoce un "problema común" en los protagonistas tildándolos de demasiado educados, contenidos, timoratos, reconociendo la existencia de un silencio entre ambos que calla las diferencias, y ciega, y ata, de la misma forma deja abierto el enigma del motivo de lo que le ocurre a Florence. ¿Por qué ese síntoma? En ese sentido el lector queda ignorante, aunque muy posiblemente no en la misma medida que Edward.
Leyendo una entrevista reciente del autor, este confesaba su obsesión por una idea: cómo puede cambiar tu vida en un solo momento. En su obra anterior, Expiación, no había desarrollado esta temática a su gusto; ha seguido en Chesil Beach, pero acabada esta, aún le ronda.
En la playa de Chesil, Edward podría haber llamado a Florence mientras esta se alejaba, podría haber ido a buscarla, haber hecho algo, pero no hizo nada y cambió el curso de su vida. Sabemos que esa escena por sí sola no tiene la potencia de cambiar una vida, ya que pasado ese momento, al día siguiente, la siguiente semana, podría haber buscado la fórmula para haberse acercado a ella, que todavía lo buscaba años más tarde en el asiento 9C de la tercera fila del Wigmore Hall. El orgullo de Edward no lo permitió, y esto sí es dramático, más que la escena en la playa, porque nunca más conocería a nadie a quien amase tanto.
Muchas gracias.

Alberto Estévez

miércoles, 15 de octubre de 2008

Liter-a-tulia. Una reseña de la primera tertulia.


La primera sesión de Liter-a-tulia celebrada en el Instituto Italiano de Cultura de Madrid, el día 10 de Octubre de 2008, estuvo muy concurrida. Convocó alrededor de cincuenta personas, tanto del ámbito del psicoanálisis como del literario, para debatir acerca del libro de Ian McEwan, Chesil Beach. La tertulia se inició con una presentación y un saludo a todos los asistentes por parte de Alberto Estévez –el texto de la intervención está incorporado al blog en el apartado anterior a éste. A continuación se expuso de forma breve el marco general en el que se desarrolla la novela, y se hizo un despliegue de las características afectivas, además de otras circunstancias que ceñían las vidas de los protagonistas.

De forma mayoritaria, los tertulianos loaron la maestría del autor, su saber hacer, incluso el virtuosismo que vertía en su escritura magistral, fascinante y conmovedora, y también en el tratamiento que realiza de algunos temas, como por ejemplo, el del amor. Aunque también hubo críticas que, aunque menores en cantidad, fueron muy precisas. Incidían en una prosa que no fluía, que era cortada; y en cuanto al aspecto literario, muy decimonónico, describe mucho las cosas pero, por eso mismo, detiene un poco la acción. También se lanzó una crítica sobre la corta descripción que hace del acontecimiento final, cortedad que lo haría, según esa crítica, poco creíble. Se empleó una metáfora musical, era como si se ejecutase una técnica perfecta para tocar una mala partitura.

Las primeras palabras de la novela suscitaron un comentario que aludía a la capacidad y maestría de Ian McEwan para introducir el núcleo de la problemática en sólo dos frases. Situaba de entrada la contingencia, la particularidad de este momento histórico, aclarando que los protagonistas vivían en una época en la que la conversación sobre las dificultades sexuales era absolutamente imposibles, para, acto seguido, decir que nunca es sencillo. Ese deslizamiento de la época al nunca, daría en el centro de la cuestión. El problema, así, no remite a las condiciones particulares de una época, en tal caso, ella agudizaría una problemática esencial que trasciende las épocas: el siempre difícil encuentro entre un hombre y una mujer.

En el ámbito de esa dificultad, se dijo que el autor era diestro en mostrar el tránsito de los protagonistas de la niñez a la adultez, con el encuentro sexual en particular, y el pasaje de una sociedad en la que no se hablaba de “esas cosas”, a otra en la que los prejuicios se desvanecían. De esa manera, Ian McEwan cruzaría la estructura universal, la de siempre, aquí insertada en una época en la que se están empezando a producir cambios en la vida sexual de la gente, la cruzaría con lo que se experimenta como patología personal de cada uno los protagonistas. Sería la confluencia entre la vía universal expresada en la problemática sexual, encuentro que es desencuentro, y la estructura psicológica de cada uno de los protagonistas.

Una de las controversias que marcó el interés del debate fue el tema del acontecimiento, muy frecuente y recurrente en otras novelas del autor. Multitud de circunstancias, históricas, de lenguaje, familiares, etc., modeladoras de las estructuras subjetivas, tendrían el poder de marcar un destino trágico representado por los protagonistas en el escenario de un acontecimiento final en el que se desbarata una relación. Se evocó la dialéctica entre el determinismo y la libertad, entre el destino y la elección que en un momento determinado ha de hacer todo ser humano. Los dos protagonistas, hijos de su historia personal, de la historia de una época, en el momento del acontecimiento tienen que hacer una elección. Ella elige huir de la escena, y él elige dejarla perder. Es la dualidad destino/“libertad”, cada uno pudiera haber elegido una cosa, sin embargo, hicieron lo que hicieron: algo suyo.

Se subrayó el tipo de elección que se hizo. En ella intervendrían las determinaciones inconscientes que, aunque no son absolutas, hacen que esa elección no sea completamente voluntaria y libre. La sociedad cincela a sus individuos marcando unas pautas de las que es socialmente reprobable desviarse, sin embargo, los sujetos poseen un instante fugaz en el que pueden elegir frente a los grandes acontecimientos que nos convierten en marionetas de algo que está sucediendo. Esos pequeños instantes de nuestra vida, serían aquellos en los que sí podemos hacer algo.

Otro de los temas que se suscitó, con gran profusión y entusiasmo, fue el del amor y la dualidad amor/sexualidad. Por un lado se trajo a colación la cuestión del amor romántico, ese amor que sentiría cada uno por el otro. “Ellos”, como si fueran un ente, una sola persona, se va rompiendo a lo largo del libro para acabar siendo “uno y otro”. Se está contraponiendo el Amor romántico con mayúscula, ese amor que lo puede todo, a las pequeñas cosas cotidianas que se juegan en el primer encuentro sexual. En el momento histórico en el que principia a abrirse una puerta hacia la libertad, lo único que les plantea problemas es la cuestión sexual ante la que los dos protagonistas tienen un problema importante. Se establece así una dualidad entre amor y sexo. Por una parte, Florence sublima la cuestión del amor, que para ella tiene que ver con lo filial, con la pureza, de tal manera que no puede aunar amor y sexualidad. Habría una separación entre ambas categorías, el amor tendría que ver, para ella, con la pureza, y la relación sexual con la repugnancia. Por su lado, Edward sí aunaría el amor con el sexo, de tal manera que la proposición final le parece patética, aunque comprueba que la moralidad que sustentó su posición, se diluye con el paso de los años.

Respecto a estas posiciones problemáticas que ambos sustentan frente a lo sexual, sus funciones en relación al amor, al deseo, a la penetración, no serían cuestiones ideológicas, sino que lo experimentan como un síntoma. De hecho, los temores de cada uno, finalmente, se acaban produciendo. La diferencia es que ella evocaría la culpa, mientras que él se quedaría saboreando la delicia absoluta de la injuria y el insulto que ella le había inflingido. Es la diferencia de posiciones, él está en lo cierto y por eso no pudo rectificar en ningún momento, y ella se sintió culpable respecto a su déficit.

Pero se cuestionó la pureza de Florence. Habría un juego que el autor realiza con el lector, juego en el que da pistas, y hace referencia tácita a la relación incestuosa de Florence con su padre. Da pistas en algunos momentos, sin embargo no lo hace explícito. De una forma ambigua habla de algo secreto, misterioso, que ocurrió cuando viajaba con el padre, sin la madre. Es una escena en el camarote del barco en la que ella trata de cerrar los ojos para no ver nada. Va sugiriendo y al mismo tiempo velando. Cuando están en el hotel la noche de bodas, ella, boca arriba, acostada, recuerda la escena del camarote con su padre, éste iba quitándose el cinturón y ella cerraba los ojos y se dejaba ir. Pero resulta que el momento en el que recuerda esa escena –la escucha, no la mira— coincide con el momento en el que Edward se está desnudando. Si había alguna duda, el autor con el relato la disipa.

También aparecería el amor romántico en otro aspecto. Se casa un señor de clase baja con una señora de clase alta, pero se trata de un amor programado. En realidad ellos nos se quieren, están solamente preparando la boda. No hay una relación íntima entre los dos sino un arreglo igual al que existía en los amores de los matrimonios preparados, aséptico y completamente por fuera de la comunicación entre dos personas. Por eso cuando se lleva el matrimonio a cabo, pasa lo mismo que pasaba en el XVII y XVIII, que es un desastre, y que cada uno busca a otro. Se alude a Jacques Lacan, a su contraposición entre los matrimonios programados y los que se hacen por amor, pensaba cuánto mejor eran los matrimonios programados que no estos que se hacen ahora por amor y que son totalmente edípicos. Pero se concluye que la novela es una novela de amor, que hay muchos detalles de amor entre los dos.

En otro momento de la tertulia se sugiere que el desencuentro se produce, fundamentalmente, por la falta de comunicación. Pensaban algunos tertulianos que si hablasen uno con el otro podrían ayudarse, y que hasta el momento en que surge el acontecimiento existe esa esperanza. Hablan de todo menos del problema. Un aspecto importante que influiría en la falta de comunicación es la ignorancia sobre el tema y la imposibilidad de conseguir la información que les falta, porque la incomunicación existe no sólo a nivel de palabra sino también de codificación, porque entienden cosas contrarias a lo que el otro está sintiendo. Todo ello habla de la dificultad de tratar un tema tan difícil, decirlo en tan pocas palabras y tan ajustadas. Se siente la problemática, se reconoce una serie de datos que seguramente, de una u otra forma, todos pudimos vivir en carne propia.

A modo de síntesis, la falta de comunicación y la falta de amor fueron tratadas desde el punto de vista del psicoanálisis. Respecto a la primera, lo que haría verosímil esta ruptura es la idea de comunicación que aporta el psicoanálisis. Cuando dos personas tratan de expresarse, finalmente no dicen lo que les conviene ni lo que querrían decir. Y en el caso de los protagonistas, cuando se encuentran en la playa, ella no sabe por qué se le ocurre decir lo que dice cuando en realidad está sintiendo otra cosa. Y cuando quiere pedir excusas, lo que le sale de la boca son reproches, agresiones y humillaciones hacia él. Y a él le ocurre lo mismo. ¿Quién forja esas palabras? Esto mostraría que el sujeto no es agente de lo que dice sino que es hablado, y que la comunicación en el ser humano está condenada al malentendido. El ideal de comunicación, en cuanto a la posibilidad de aclararse, de entenderse, sería falso.

Respecto a la cuestión de la sexualidad tratada de forma particular y no en relación con el amor, se dijo que el autor lo había planteado muy bien, como una sexualidad siempre patológica. La novela sería, entonces, una demostración de que en la sexualidad no hay nada normal, que no habría que guiarse por ningún ideal de normalidad en el terreno de la sexualidad. Se ve claramente que cada uno está en su lógica. Ella, inclinada por la vertiente del síntoma, se divide, pero él no, lo cual sería indicativo de las posiciones que se corresponden con lo masculino y con lo femenino. Pero Edward terminaría estando menos a la altura de lo que podía estar. Hubo posibilidad de encuentro, es ese momento en el que la novela nos muestra la escena del vello púbico, momento en el que parece despertar el deseo sexual de Florence. Se propone como uno de los elementos esenciales de la novela porque es ahí cuando ella podía haber entrado en otra cuestión, pero no entra, ni él lo permite.

Y se polemizó mucho respecto a la forma en que la novela plantea el desenlace. Hubo dos posiciones, por un lado los que creían en ese acontecimiento porque había muchas circunstancias que lo precipitaban de forma inexorable. Pero también hubo tertulianos que expusieron su incredulidad respecto a que un momento pueda ser tan determinante en la vida de unas personas. En ese punto se les quebraba la novela porque les parecía un punto irreal. Según ellos, tantos detalles de amor que tienen lugar en la novela, lógicamente deberían de dar lugar a una segunda oportunidad y no a una ruptura tan radical.

La clave estaría en el primer párrafo. Al respecto, en esa época no se puede decir que no hay relación sexual, se cree en ella, se practica, se regala, se juega, se seduce, se disfruta. Eso podría ahondar en la profundidad de acontecimiento que a muchos les sorprendía, que un hecho nimio desencadenase ese acontecimiento. En ese contexto, en ese empuje cultural, ese acontecimiento tan viejo como el hombre, puede hundir una vida, una relación, o cambiar un destino.

Se evocó una frase de Hölderlin: “La imagen pierde al hacerse materia, la imagen del amor es deliciosa”. Aparte de los problemas de la época y de los protagonistas, cuando ella sale espantada del dormitorio en la noche de bodas, cuando lo ve a él con la erección, se produciría esto, “la imagen pierde al hacerse materia, la imagen del amor es deliciosa”. Si bien Edward lleva esa imagen introyectada dentro de sí porque es un hombre, lo que le pasaría a Florence es que la idea del amor que ella tiene no incorpora esa imagen. Aquí se produce un desencuentro de tal tamaño que ella no lo sabe expresar, no lo entiende.

También algún tertuliano planteó que, en el acontecimiento, no se trataría de un problema de creencia personal, sino de que no se cree en él porque el autor, que tiene que convencer acerca del universo que crea, no consigue hacernos creer en él al quedar un poco ficticio. Es decir, en la vida podría suceder eso, pero si ese acontecimiento se va preparando y luego no cuaja, es porque no es verosímil en la novela, porque en ella falla algo.

Como colofón, se puso en evidencia que cada uno de los protagonistas está en su propia problemática, que la comunicación no existe para nada y que lo único que les puede sacar del autismo en el que se encuentran, es el amor. Y la novela parece una historia de amor, aunque Edward mismo se da cuenta de que algo no pudo hacer con respecto a ese amor. El libro manifestaría un cierto virtuosismo al hablar del amor, de lo irreparable del amor, y de lo imposible que es a veces amar. Edward nunca amó a una mujer aunque Florence sí lo había amado. Y era la única historia de amor que podía haber tenido él, sin embargo llega a una edad adulta sin haber amado nunca a una mujer, llega a una edad adulta con una cierta sabiduría, pero una sabiduría irreparable. Eso es lo que finalmente parece transmitir la novela. Es un paso virtuoso porque hace el intento por comprender que cuando se pierde una oportunidad, se pierde, y hay algo de la sabiduría que se obtiene sólo a través del error y con el tiempo, quedando como resto algo irreparable. Por ejemplo, en la actualidad, es más notorio que en otras épocas, hay un error en el amar, porque amar es tener. Si Edward hubiera amado el vacío del otro, si hubiera dejado surgir algo de la verdadera condición del amor, estos hechos que estaban tan plasmados por los significantes del otro, no hubiesen sucedido. La pregunta que surge de este texto sería: ¿Qué es amar al otro?

Miguel Ángel Alonso

domingo, 12 de octubre de 2008

Un comentario de Miguel Ángel Alonso acerca del texto que constituyó el motivo de la primera tertulia literaria.

Chesil Beach de Ian McEwan

Introducción

Chesil Beach narra la historia de un desencuentro, el que se produce entre dos sujetos, Florence y Edward. Desencuentro que se consuma, en último término, ante la inminencia de la relación sexual, ante la exigencia de satisfacción que plantea el deseo sexual, ello aderezado por una carencia estructural, un no saber hacer con la sexualidad –“la falta de un derecho o de experiencia”, (pág 109) —, derivado de la no existencia de una ley inequívoca que asegure una universalidad, un para todos, al que pueda referirse ese deseo:

“Se sentía atrapado entre la presión de su deseo y el fardo de su ignorancia”, (pág. 102)… “por no saber interpretar los signos” (pág. 103) del deseo sexual.

La emergencia de sentimientos contradictorios produce tensiones que la voluntad no puede atemperar porque, verdaderamente, las posiciones subjetivas de Florence y Edward, están determinadas por múltiples factores, por elementos no siempre conscientes, tales como, experiencias antiguas (históricas) (pag. 109), enigmáticas palabras, influencias familiares, una moral victoriana que pone en juego la represión, e, incluso, aspectos mitológicos relacionados con la pureza. El padecimiento, la angustia, la inquietud, la intimidación, la soledad, la ignorancia, son los afectos y entidades más visibles que contaminan una relación en la que tratan de confluir, sin nunca conseguirlo, posiciones singulares y particulares frente a lo sexual. Todo ello configura las vidas de los protagonistas, vidas con un carácter marcadamente sintomático, en especial la de Florence, significativa, además, porque ilustra uno de los destinos que el ser humano puede dar a las exigencias de la sexualidad: la sublimación.

Estructura de la obra

A lo largo de la obra se aprecia una línea divisoria entre espacios o posiciones que se oponen, y que nunca confluyen para conciliarse, el mundo de Florence y el de Edward, dos vidas, dos destinos, dos familias, dos morales, dos concepciones del amor, dos soledades. En definitiva, dos deseos que van determinando un desencuentro, un lugar imposible de convivencia común.

“¿Y qué se interponía entre ellos? Su personalidad y sus pasados respectivos, su ignorancia y temor, su timidez, su aprensión, la falta de un derecho o de experiencia o desenvoltura, la parte final de una prohibición religiosa, su condición de ingleses y su clase social, y la historia misma” (pág. 109).

El escenario social

En el escenario social de Chesil Beach, la vida cotidiana está marcada por una moral victoriana, represiva, restrictiva, sobre todo con lo sexual, evocadora de la culpa (pág. 29). Es un escenario propicio para una palabra silenciada (pág. 28), y consiguientemente, para el malentendido, para el desencuentro, y para las contradicciones irresolubles que, sin precisar tanto aderezo, ya de por sí conllevan las exigencias de la sexualidad.

“Vivían en un tiempo en que la conversación sobre dificultades sexuales era claramente imposible” (pág. 11).

Este panorama dibuja un terreno abonado para el surgimiento de elementos clásicos del psiquismo, como la represión, el sentimiento de culpa, o ciertos sentimientos paranoicos como la mirada del Otro, o la de Dios, que los rectores de las sociedades regidas por morales religiosas estrictas, como sucede en este caso, saben tocar con especial aptitud.

“… Edward… había nacido demasiado tarde en aquel siglo, en 1940, para creer que estaba dañando su cuerpo, que perdería la vista o que Dios le observaba con una incredulidad severa cuando él ponía manos a la obra cotidiana. O incluso que todo el mundo se lo notaba en el semblante pálido y retraído” (Pág. 29).

Este escenario social, o cualquier otro, como norma general, constituye un marco simbólico, legal, que se le ofrece a las vidas como cauce, y, por supuesto, también a la sexualidad, que en esta obra aparece como la cuestión sobresaliente. El marco simbólico, siempre susceptible de cambio, puede ser determinante de un destino, ya sea porque son aceptadas las leyes que se proponen, ya porque uno se rebela contra ellas. En el caso que nos ocupa, parece ser un marco social asumido casi de forma plena por ambos protagonistas, aunque de diferentes formas.
Las consecuencias del sometimiento al escenario social simbólico, se hacen visibles en muchos lugares y episodios de esta historia, sintetizándose en los destinos que finalmente toman las vidas de los sujetos. Una propuesta final lanzada por Florence en el momento de la ruptura, es rechazada por Edward en consideración a la moral imperante. No aceptar la propuesta implica la ruptura. Cuando las costumbres se relajan, cuando las leyes que regían el escenario social antiguo, pierden valor, la antigua propuesta no parece descabellada. Pero es tarde, el destino cayó irremediablemente sobre ellos:

“Podemos establecer nuestras normas… viviríamos juntos… y si tú quisieras… siempre que ocurriera… yo lo entendería… porque quiero que seas libre y feliz. Nunca estaría celosa…” (pág. 171-2) “Ahora, por supuesto, veía –Edward— que la propuesta retraída de Florence era totalmente intrascendente. Lo único que ella había necesitado era la certeza de que él la amaba y la tranquilidad de que él le hubiera dicho que no había prisa porque tenían toda la vida por delante. Con amor y paciencia... sin duda los dos habrán salido adelante” (pág. 183)

Como veremos en el apartado siguiente, el que corresponde específicamente a lo sexual, en lo que sí tiene gran influencia el escenario social, la época, la cultura vigente, es en los modos y formas que toman las posiciones adoptadas ante la sexualidad, y las características de los padecimientos subjetivos que ella provoca, lo cual se hace patente en las subjetividades de los protagonistas. Quiero decir que ese escenario social influye en las formas, pero la esencia de lo sexual permanece inconmovible trascendiendo épocas y tiempos.

La sexualidad

Constituye el centro de gravedad de la novela, el lugar alrededor del cual gravitan las demás circunstancias personales de las vidas de los protagonistas. La sexualidad es lo más deseado y lo más temido, y tiene al silencio, a la soledad, al temor, al “no saber hacer”, como subsidiarios. Dos sujetos, cada uno a su manera, incapaces de afrontarla, imbuidos de timidez e inocencia, sumidos en el temor al encuentro, y no sabiendo acerca de la sexualidad (pág. 30, 31), dibujan dos vertientes, dos posiciones que, por ser habituales en cualquier época y lugar, son ilustrativas de la dificultad, de la problemática que conlleva la falta de naturalidad en la relación sexual, característica que en esta novela se hace muy evidente:

“No era tan sencillo. Su combate con la timidez de Florence…el velo convencional de una sexualidad intensa… la reticencia de ella convenía a la ignorancia y la inseguridad de él… (pág. 30).

A: Edward

La sexualidad constituía lo que más deseaba:

“… lo único en que pensaba era en él y Florence tumbados juntos desnudos encima o dentro de la cama de la habitación contigua, afrontando por fin aquella experiencia imponente que parecía tan alejada de la vida cotidiana…” (pág. 29) “… podríamos tumbarnos en la cama… le proponía lo que sabía que él más deseaba y ella más temía” (pág. 36).

La posición particular y singular de Edward nos muestra una problemática sexual subjetiva ligada a la “falta de saber”:

“Se sentía atrapado entre la presión de su deseo y el fardo de su ignorancia” (pág. 102)… por no saber interpretar los signos” (pág. 103) que le venían desde el deseo de Florence.

Las circunstancias que nos muestran esta posición particular, salpican continuamente las páginas de la novela. Edward es un personaje bastante convencional. Por ejemplo, ante su primera experiencia sexual, que la época ordena posponer al aceptado matrimonio, practica la abstención para estar en forma:

“La única y más importante aportación de Edward a los preparativos de boda había sido abstenerse durante más de una semana” (pág. 30).

Y ante la inminencia de una relación siempre pospuesta, siente inquietud, nervios, miedo al fracaso, a la eyaculación precoz, a no responder ante su partener. Todo este cuadro nos ilustra acerca de la falta de naturalidad consustancial a ese “no saber” característico de la sexualidad humana. Es estructural e inevitable, porque va más allá de las palabras cotidianas, de las definiciones:

“El noviazgo había sido una pavana, un desarrollo majestuoso, delimitado por protocolos no convenidos ni enunciados, pero en general observados. Nada se hablaba nunca; tampoco notaban la falta de conversaciones íntimas. Eran cuestiones más allá de las palabras, de definiciones… no era todavía habitual considerarse uno mismo, en términos cotidianos, como un enigma, como un ejercicio de narrativa histórica, como un problema aún por resolver… los permisos tácitamente otorgados para ampliar lo que se consentía ver o acariciar, fueron una conquista gradual…” (pág. 31).

En definitiva, y sintetizando, Edward está solo, nadie tiene el saber que le pueda informar acerca de lo que precisa para llegar a la consecución de un buen fin.

B: Florence

La sexualidad constituía lo que más temía (pág. 36).

1. Si en Edward encontramos una sexualidad del lado del no saber, en Florence, en cambio, se hace más evidente la vertiente del síntoma, de la inhibición, y de la repeticiónm provocadas porque no soporta el vacío, la falta de palabras, la falta de respuestas, la falta de definiciones que la sexualidad conlleva. Ella prefería abordar problemas solubles, en donde las palabras fuesen capaces de modificar los problemas que se planteasen. En lo sexual, como digo, siempre encuentra un vacío, una imposibilidad, una falta de palabras:

“Cuando se sentía infeliz se preguntaba qué era lo que más le gustaría estar haciendo. En aquel momento lo supo de inmediato. Se vio a sí misma… con el estuche de violín en la mano… rumbo a un ensayo con el cuarteto, hacia una cita con la dificultad y la belleza, con problemas que podían resolver unos amigos trabajando juntos. Por el contrario, allí, con Edward, no concebía ninguna solución” (pág. 166).

Y ante la falta de palabras, adopta una posición llena de cautelas, de reticencias, de “tácticas dilatorias” que tratan de ganar tiempo (pág. 91, 93) y rebajar las expectativas de Edward, posición afectada de aversión, de angustia, y, sobre todo, de padecimientos en el cuerpo –claustrofobia, asfixia, repugnancia, arcadas (pág. 39), torpeza de movimientos (pág. 24), tics, tales como el ademán de separarse un mechón imaginario (pág. 26, 36).
Es la configuración de la soledad sintomática de un sujeto dividido ante la fuerza de las exigencias pulsionales. Porque, esa sexualidad en la que no quiere implicarse, sin embargo, no se puede soslayar, produce irremediablemente una división que se hace palpable en el cuerpo en forma de síntomas:

“Es vergonzoso a veces que el cuerpo no quiera, o no pueda, ocultar emociones. ¿Quién por decoro, ha frenado alguna vez el corazón o sofocado un rubor? Indisciplinado, el músculo de Florence brincaba y se agitaba como una polilla atrapada debajo de su piel” (pág. 99).

2. Otra de las facetas que podemos observar en la relación de Florence con su sexualidad está relacionada con el saber. Si los síntomas portan un saber que nos habla del deseo subjetivo, en el caso de Florence se puede decir que ella no quiere saber nada acerca de sus síntomas:

“… no tengo remedio, soy un caso perdido para el sexo. No sólo soy una nulidad, sino que no parece que lo necesite como otras personas como tú… no forma parte de mi ser. No me gusta. No sé por qué es así…” (pág. 170)

Es decir, no sabe por qué es así, pero tampoco quiere saberlo. No querer saber nada de su inhibición implica que Florence no participa del síntoma que padece, no indaga el porqué del mismo. Consiguientemente, no puede producir ninguna rectificación subjetiva que modifique su relación con el deseo. Toda su acción queda derivada a una vida exitosa en el campo más abstracto de lo artístico, es decir, transfiriere al campo del arte todo su deseo.
Se podría decir que sólo hay un momento en el que se produce una rectificación, pero sin consecuencias, es el momento en que se besan, y encuentra una verdad, una responsabilidad propia, ella había dado su consentimiento a que la sexualidad tuviese lugar, aceptando el casamiento con Edward, se da cuenta de que ella era culpable de la situación. Pero más allá de eso, no investiga las defensas sintomáticas que elevó contra el deseo sexual.

3. Florence es algo así como un alma bella que se queja de la impureza de la vida, sin alcanzar a implicarse en esa impureza de la cual se queja. ¿Qué significan ciertas palabras para ella? ¿Por qué las trae a colación para impedir la realización del deseo sexual? Palabras insoportables –significantes, pues no sabemos en realidad su verdadera significación, el verdadero sentido al que están ligadas— palabras como “penetración”, “membrana mucosa”, “glande”, “tumefacto”, “ahí abajo”, “Repugnancia como una intervención quirúrgica”, “la virgen María” (pág. 17), etc. Todas ellas están ligadas a la repulsión, a las náuseas, y consiguientemente, a la pureza, en definitiva, a la angustia que provoca la exigencia de satisfacción sexual en Florence.

4. De todo lo anterior podemos colegir que la novela realiza una exhaustiva exploración que va poniendo a la luz elementos fundamentales de una problemática subjetiva que, a la vez, son esencias constitutivas de de la sexualidad del ser humano en general. Las resumo en la siguiente enumeración:

A: La sexualidad supone una problemática subjetiva de carácter universal.

En esta novela, lo sexual es planteado como una categoría subjetiva problemática que, aunque esté centrada en el escenario social que acabamos de describir, influida y delimitada por costumbres y convenciones sociales de carácter disciplinario, y por inamovibles prejuicios, en realidad trasciende épocas y lugares. Es lo que se revela en la siguiente frase:

“Vivían en un tiempo en que la conversación sobre dificultades sexuales era claramente imposible. Pero nunca es fácil”. (pág. 1)

Es decir, en cualquier tiempo, en cualquier lugar, en cualquier escenario social, sean cuales sean las convenciones que rijan en él, la sexualidad, por sí misma, plantea una problemática de carácter universal. Creo que es la reflexión que puede derivarse de la palabra “nunca”.

B: Una sexualidad no instintiva.

La sexualidad no es presentada en un contexto de naturalidad, sino todo lo contrario. La novela expone la falta de un instinto natural como guía inequívoca que sirva para todos, y que permita alcanzar el fin sexual que se podría considerar normal, la satisfacción en el partener:

“¿Y qué se interponía entre ellos?..., su ignorancia…, la falta de un derecho o de experiencia o desenvoltura…” (pág. 109).

C: La posición sexual: una singularidad y una particularidad subjetiva

La falta de un instinto tiene implicaciones subjetivas. Al no haber una ley general, para todos, como puede ser característico del instinto animal, cada sujeto humano, y en concreto Florence y Edward, han de encontrar por sí mismos un destino para las exigencias de satisfacción que requiere la pulsión sexual. Y ese destino ha de ser, forzosamente sintomático. Ha de envolver ese vacío de saber que, como esencia, conlleva la sexualidad.

C: La pulsión sexual es una exigencia constante, e ineludible, de satisfacción

La sexualidad tiene como una de sus principales características la de que supone una exigencia de satisfacción constante. Esta exigencia de satisfacción se muestra en la novela con dos caras. Por un lado la que representa Edward. No pudiendo llevar a cabo la satisfacción que exige el empuje pulsional, ha de atenerse a un principio de realidad que obliga a posponer la satisfacción y soportar una insatisfacción. Pero la exigencia no cesa y produce una sobreexcitación que muestra el empuje constante de la pulsión sexual.
Por otro lado, está la vertiente que representa Florence. Ante esa exigencia pulsional sufre momentos de angustia, y levanta barreras, reprime la consecución de los fines que esa exigencia de satisfacción exige, y para ello produce un síntoma relacionado con la repugnancia, con el rechazo, con la pureza, etc. Estas características se resaltan en la novela:

“Nunca podemos estar felices. Hay una presión constante. Siempre quieres algo más de mí. Es una solicitación interminable”. (pág. 162). “Cruzara la frontera que cruzase, siempre había otra nueva esperándola. Cada concesión que hacía aumentaba la exigencia y luego el desencanto” (pág. 162)

D. El Otro es el que sabe sobre el goce.

En relación al saber sobre lo sexual, Edward nos deja ver una característica muy importante respecto a la cuestión del goce. Su falta de goce propiciada por ese no saber hacer –que es el de cualquiera— induce a pensar que es el otro el que tiene el saber acerca de cómo gozar de la sexualidad. Y acude al otro en sus múltiples versiones para conseguir ese saber (pág. 102). Edward cree que fuera de su círculo subjetivo, el otro goza sin límites:

“Edward daba a veces un paseo experimental desde el departamento de historia hasta el de inglés con la esperanza de descubrir pruebas del paraíso en la tierra” (pág. 50).

Los antecedentes. Dos familias

La situación familiar de los protagonistas arroja mucha luz sobre el desencuentro de Florence y Edward, y nos ilustra acerca de la determinación que sufren los destinos subjetivos por mor de influencias sobre las cuales uno no tiene auténtica conciencia. En las primeras páginas se alude ya, de forma explícita, a la separación entre los dos mundos, se dibuja una frontera:

“Los padres de ella no se habían mostrado condescendientes con los de él, como habían temido, y la madre de Edgar no se había comportado llamativamente mal ni había olvidado por completo el objeto de la reunión” (pág. 12).

Veremos a continuación cómo se van configurando, por un lado, una abstracción de la vida, y por otro, una aproximación concreta a ella.

A: Florence

Una vida regida por lo abstracto. Además de un ambiente familiar sometido a una moral represiva, Florence tenía una madre intelectual, literata, filósofa, que nunca se ocupaba de nimiedades (pág. 95), esos pequeños detalles, más acá de los altos ideales, pero que, sin embargo, dan grandes significaciones a una verdadera vida. Florence sentía una cierta hostilidad de la madre hacia ella (pág. 60). La vida familiar le resultaba opresiva. Su madre la decepcionaba por sus opiniones políticas (pág. 65). Nunca había sido abrazada, ni tocada por la madre, ni siquiera en su infancia. Y de mayor era ya demasiado tarde.
Con respecto al padre, tenía Florence una ambivalencia de sentimientos:

“Su padre le despertaba emociones conflictivas… Había veces que lo encontraba repulsivo” (pág. 61).

Pero también tenía hacia él un sentimiento protector y de “amor culpable”. Después de acariciarlo, se aborrecía por haberlo hecho (pág. 62).
Una vida abstracta. Todo, en ella, va configurando un marco ideal alejado de lo vital, signado por la abstracción, en la música, en la veneración que siente por sujetos idealizados que sostienen valores ya anticuados, y por músicos que dan sustento a su universo Ideal:

“… el ansia de la humanidad por la magnífica abstracción de la música, con el genio de la armonía representado como una bola de fuego eterno. Veneraba a los personajes de otra época, que tardaban minutos en apearse de un taxi, los últimos victorianos, que se dirigían a sus asientos renqueando sobre sus bastones, para escuchar con un silencio crítico, alerta…” (pág. 51).

Esa separación de la vida la podemos comprobar en algunos párrafos. Es experta en ocultar sus sentimientos (pág. 62), en no complicar las cosas, en no entrar en conflictos, y experta en sentimientos de culpa (pág. 62). Se puede decir que la vida concreta resulta muy problemática para Florence:

“Enamorarse era revelarse a sí misma lo extraña que era, la frecuencia con que se enclaustraba en sus pensamientos cotidianos… Le faltaba un simple resorte mental que todo el mundo tenía, un mecanismo tan normal que nadie lo mencionaba siquiera, una inmediata conexión sensual con la gente y los sucesos, y con sus propias necesidades y deseos… Todos aquellos años había vivido aislada dentro de sí misma y, extrañamente, también aislada de sí misma, sin querer nunca mirar atrás ni atreverse a hacerlo” (pág. 73)

Podría decirse que Florence conforma una especie de Alma bella, sólo guardiana del Ideal proyectado en su sublimación, guardiana de un mundo interno. Retraída de las pasiones, se concentra en lo abstracto y rechaza el contacto con la vida verdadera. Piensa incluso en el antiguo Amor cortés (pág. 112), quizá fuese también un ideal suyo, ese vasallaje distante del enamorado hacia la dama ideal.

B: Edward:

Una vida concreta: Un ambiente familiar algo sórdido, con una madre afectuosa, pero sufriendo una incapacidad debido a un accidente producido a partir de los cinco años de Edward, incapacidad que la sumía en un mundo propio (pág. 55, 77, 79). Sentía atracción por la música, por la pintura, y su acción, dentro de la incapacidad, estaba constituida por unos particulares arrebatos de amor hacia sus hijos, particulares porque quizá nos hablen de la relación que tuvo con su hijo:

“Estos arrebatos podrían haber obedecido a algún fragmento de su antiguo ser… se contentaba con la idea, de hecho un complejo cuento de hadas, de que era una esposa y madre abnegada, que el orden reinaba en la casa gracias a su trabajo y que merecía un poco de asueto cuando completaba todas sus tareas” (pág. 79, 80)

Fantasía con la que colaboraban todos en la casa, nadie la contradecía hasta el punto de que le daban las gracias. Es un modelo de tratamiento de un delirio, aunque quizá, más que delirio parece la reviviscencia de una vida anterior.

“No eran falsedades, sino expresiones de lo que su madre era realmente, y estaban obligados a protegerla, en silencio” (pág. 81)

Un padre casi siempre afable, poco religioso (pág. 83), que no llevaba a cabo, casi nunca, las directrices severas de la moral victoriana. Funcionó como una buena institución simbólica para sus hijos, aunque también tenía sus momentos de tiranía. (pág. 86)
Vemos que se va configurando una vida concreta. Se sentía concernido por el anhelo del fragor de una vida más pasional. Hasta sus lecturas estaban contaminadas por la vida, ya desde el comienzo, en el que el padre le contaba las vicisitudes de la guerra que había padecido (pág. 73), lecturas fascinantes para él, que le informaban acerca de desvaríos, insanias, y violencias provenientes de lo humano en diferentes épocas de su devenir (pág. 55). Además, sentía el gusto vital por cultivar la amistad, la relación con el otro (pág. 54), tanto en el ambiente familiar como en el de la vida cotidiana. En contraposición a Florence, se inclinaba por la música Rock, Blues (pág. 48), ese tipo de música que representaba su apogeo cultural, y que, en palabras del mismo Edward, determinó su vida (pág. 49). Y algo importante, sabía que tenía que separar su vida familiar de su entorno doméstico (pág. 75), paso imprescindible para una verdadera vida. Esto podría contraponerse con la posición de Florence, para quien, de una forma inconsciente, sigue rigiendo la determinación de lo familiar.

El lenguaje. Las palabras primordiales y sus significados

“El poder de las palabras” (pág. 84). Chesil Beach ofrece un saber acerca de la función del lenguaje como una estructura que resulta fundamental y determinante en el destino de los protagonistas. Podemos observar la función del lenguaje en la vida de los dos sujetos:

A: Florence y el deseo del otro

1. Escuchamos palabras que parecen privilegiadas en cuanto a su significación, puesto que no parecen ir unidas a los significados habituales propios del contexto en el que se evocan. Son palabras que irremediablemente se repiten, y que parecen tener una importancia fundamental en su posición sintomática e inhibitoria. Por ejemplo, la palabra penetración. De ella, todos podríamos derivar una significación en el contexto sexual, sin embargo en Florence parece adquirir connotaciones bélicas que, como no puede ser de otro modo, influyen a la hora de dar cauce a su deseo sexual. Tanta influencia tiene que determina su acción deteniéndola.

Penetración: “… ella sintió su lengua… como un matón que se abre camino en un recinto. Penetrándola”: “… sólo acertaba a encogerse y concentrarse en no forcejear”. (pág. 38)
“No era un cordero para que la acuchillaran sin quejarse. O para que la penetrasen”

Lo sexual, en esta palabra, parece condensar un sentido de pelea, de combate. O quizá, los prolegómenos del combate. De tal manera que el deseo del otro, tan importante para Florence, pues siempre se pregunta por él, parece configurar para ella “una máquina de guerra” (pág. 97)
2. Otro rasgo distintivo es que Florence no quiere saber nada de las carencias del lenguaje, de la falta de palabras que signifiquen de forma inequívoca lo sexual. Ella se adhiere, como vimos en otro apartado, a la palabra que puede solventar dificultades, la que encuentra de una u otra manera la significación. Pero no puede con la sexualidad, porque allí el lenguaje no da soluciones:

“Cuando se sentía infeliz se preguntaba qué era lo que más le gustaría estar haciendo. En aquel momento lo supo de inmediato. Se vio a sí misma… con el estuche de violín en la mano… rumbo a un ensayo con el cuarteto, hacia una cita con la dificultad y la belleza, con problemas que podían resolver unos amigos trabajando juntos. Por el contrario, allí, con Edward, no concebía ninguna solución” (pág. 166).

B: Edward

Vemos también la función del lenguaje cuando la novela nos habla del significante, de la palabra que le falta a Edward para referirse a la dolencia de su madre. Cuando no se tiene una palabra, no puede haber reconocimiento del objeto, y eso da lugar a contradicciones que no se resuelven hasta que, por algún motivo, se encuentra esa palabra que llena un vacío:

“La falta de un término para el estado de su madre le había mantenido en un estado de inocencia. Nunca había pensado que ella estuviera enferma y al mismo tiempo siempre había aceptado que era distinta. La contradicción la resolvía ahora aquel simple enunciado, el poder de las palabras para hacer visible lo que no se veía… y un espacio súbito comenzaba a abrirse.” (pág. 84). Ese es “el poder de las palabras” “… sintió que su propio ser, el núcleo sepultado del mismo al que nunca había prestado atención, cobraba una existencia repentina y cruda…” (pág. 85) “… ahora él interpretaba un papel a sabiendas…” (pág. 87)

El amor

En Edward parece que nos encontramos ante un amor bastante convencional, sería algo así como una entidad asociada a las pasiones del cuerpo. En Florence, en cambio, resulta más problemático. Para ella, el amor no se rige por la líbido, es independiente de lo físico, de lo material, de lo carnal. Se revela como una entidad separada de las pasiones y exigencias que emanan de ciertas zonas del cuerpo. El suyo es un amor identificado con la pureza virginal y con lo filial, de manera que, a veces se sitúa en la posición de hija, otras como madre. En ese sentido parece que desea ser amada tal como ella lo fue por el padre, o bien, desea amar con un sentido maternal. (pág. 18, 93)

La sublimación

Constituye el destino que Florence da a su líbido. Es un proceso que se puede observar en su evolución, cómo se va produciendo una desexualización para volcar su vida en una actividad alejada de lo sexual, pero con una energía lo mismo de intensa que la que se supone reprimida en el campo de lo sexual.

“… no tengo remedio, soy un caso perdido para el sexo. No sólo soy una nulidad, sino que no parece que lo necesite como otras personas como tú… no forma parte de mi ser. No me gusta. No sé por qué es así…” (pág. 170)

Como decíamos en el apartado referido a la sexualidad, no sabe por qué es así, pero tampoco quiere saberlo. No necesita rectificar esa posición, no quiere saber nada de su síntoma, de su inhibición, no quiere indagar el porqué. Toda su energía la deriva hacia una vida exitosa en el campo más abstracto de lo artístico, es decir, transfiriere al campo del arte todo su deseo. El arte es el terreno sobre el que construye su seguridad y su saber hacer.

“Era líder indiscutida y siempre decía la última palabra en sus numerosas discrepancias musicales…” (pág. 24)

Si el marco del deseo sexual no puede encontrar cauce en el terreno de las pasiones, ha de encontrar una derivación en otro lugar, por ejemplo, en el terreno simbólico del arte. Porque el deseo, de una u otra forma, ha de encontrar por donde fluir. Es decir, el fin y el objeto propios de lo sexual son dejados de lado para procurar otro objeto y otro fin diferentes de lo propiamente sexual. Eso es lo que supone la sublimación. Una desexualización y el encuentro con otros objetos y otros fines, ya no relacionados con la sexualidad, sino con lo que podríamos llamar, en este caso, el Ideal con mayúscula, el conjunto de ideas elevadas conformadas en el terreno de lo social, y que permiten una canalización de aquel deseo que, en el otro lugar, es reprimido:

“Yo te amaría y haría música, es todo lo que quiero hacer en la vida” (pág. 172)

Pero como dijimos anteriormente, también un amor sublimado, amar con pureza, con blancura, manteniendo la virginidad, como la Virgen María, lo más sublime de la pureza. A ella hace referencia para significar su posición en la vida.
Así sucedió el devenir de Florence, con una entrega total a la música:

“… leía la partitura con una expresión imperiosa, casi altiva… Aquella expresión contenía una gran certeza, una gran conocimiento del camino hacia el placer” (pág. 24) “ignorante de todo lo que no fuera el instrumento que tocaba…”. (pág. 53)

Efectivamente, el placer, la satisfacción, como decíamos, a través de caminos diferentes de los que corresponderían a un fin y un objeto sexual considerados normales. En Florence, la sublimación se da como contrapartida a la emergencia de un deseo sexual intolerable que, pese a las apariencias, es desmesurado y productor de síntomas en el cuerpo cuando se halla cercano a él. En todas sus palabras, en todas sus acciones aparece la desmesura como una entidad común. Esta desmesura se manifiesta de forma elíptica, pero hay que intuirla por la gran cantidad de diques que Florence precisa construir para contenerla y sentirse segura, y por el destino tan exitoso, tan excluyente, que consigue con la sublimación. Muchas significaciones parecen confluir en el concierto final:

“Siguió un adagio de una expresividad abrasadora, consumada belleza y potencia espiritual. La señorita Ponting, por la ternura cadenciosa de su tono y la delicadeza lírica de su fraseo, tocó, si se me permite la expresión, como una mujer enamorada, no sólo de Mozart, de la música, sino de la vida misma”.

¡Cuán próxima aparece la belleza de lo real insoportable! Como un velo que lo recubre.

El deseo

Es la categoría que fluye por debajo de toda la historia, en su vertiente de insatisfacción y en relación a los tortuosos caminos que ha de transitar para, de una u otra forma satisfacerse, ya sea directamente en el fin y objeto relacionados con lo propiamente sexual, bien indirectamente, en el sufrimiento que acarrean los síntomas, o en último término, bajo otras formas desexualizadas y sublimadas, más aceptadas socialmente por los ideales de la época.
En lo que a Florence respecta es como si el deseo, en el terreno del juego con el otro, no tuviese que ver con ella y necesitase encontrar otro terreno para su desarrollo:

“¿Tanto le había costado descubrir que le faltaba un simple resorte mental que todo el mundo tenía, un mecanismo tan normal que nadie lo mencionaba siquiera, una inmediata conexión sensual con la gente y los sucesos, y con sus propias necesidades y deseos?” (pág. 72, 73)

Sólo dos veces se manifiesta el deseo en Florence como una sensación no abstracta, sino del cuerpo, de la vida. Una fue antes de la estampida final, en un acercamiento de los cuerpos de los dos sujetos, y la otra en la infancia. Ambas veces estaban relacionadas con un importantísimo descubrimiento sensorial. Lo que habla de la dificultad de Florence con todo lo que provenga del cuerpo:

“Por primera vez, su amor por Edward estuvo asociado a una definible sensación física, tan irrefutable como un vértigo. Antes sólo había conocido un caldo reconfortante de emociones cálidas, un espeso manto invernal de bondad y confianza. Aquello le había parecido suficiente, un logro en sí mismo. Ahora despuntaban por fin los albores del deseo, preciso, y ajeno, pero claramente suyo… el alivio de ser igual que todo el mundo… A los catorce años, desesperada por su tardío desarrollo y por el hecho de que todas sus amigas ya tenían pechos mientras que ella parecía todavía una niña de nueve años gigantesca, tuvo un instante de revelación semejante delante del espejo, la noche en que por vez primera discernió y sondeó una nueva y tirante turgencia alrededor de los pezones. Si su madre no hubiera estado preparando su clase sobre Spinoza en el piso de abajo, Florence habría gritado de júbilo. Era innegable: ella no era una subespecie aislada de la especie humana” (pág. 100, 101)

En definitiva, una obra en la que se muestran los avatares del deseo y las consecuencias que ellos tienen en el destino de las vidas de los sujetos.

Miguel Ángel Alonso