jueves, 26 de noviembre de 2015

Un fantasma bizarro. Sobre el texto de Marguerite Duras, El rapto de Lol V. Stein. Por Patricia Leyack

El arrebato de Lol V. Stein (2), la novela de Marguerite Duras, relata lo que entiendo como tres tiempos en el derrotero de Lol, su personaje central, que si algo sitúan en relación con el fantasma es su fracaso, su imposibilidad.

El primer tiempo es el del acontecimiento desencadenante: las coordenadas desesperantes de la escena en que un grito se ahoga, una palabra no se articula, una reacción afectiva no se produce. El segundo tiempo, pasada la crisis, tiempo de construcción de una vida que se arma como maqueta de vida. Esta parte abarca en la novela diez años. Muerta la madre de Lol, ésta vuelve a vivir a su lugar de origen y a su casa de infancia con su marido y sus hijos. Allí se desencadena el tercer tiempo, cuya primera parte es la errancia, ese dejarse llevar sin saber qué se busca, ese cuerpo sin centro, esa ausencia de objeto que lo ancle, tiempo que concluye en la imposibilidad de prescindir de la escena de la realidad para armar –diríamos– un pseudo fantasma, en tanto requiere el marco real de una ventana, para incluirse como mirada en la escena deseante de los otros.

Duras sabe llevarnos de la mano, aunque por momentos nos tironea del brazo, por este doloroso recorrido de Lol quien también perdió la a, letra final de su nombre (Lola), perdió en el sentido de que nunca tuvo, la letra de su femineidad (3). Le seguimos los pasos y súbitamente es Lol quien viene detrás nuestro. ¿Quién cruzó al otro lado, ella, nosotros? La experiencia con la lectura de esta novela es que el rapto, el arrebato no deja de afectarnos también a los lectores. El brusco cambio de sujeto gramatical, uno de los recursos de la sabiduría literaria de Duras, nos descoloca, nos desconcierta, como desconcertados están los personajes ante Lol, la ravi; cierto efecto de rareza, de distancia se desprende de las iniciales dentro de los nombres propios (U. Bridge; S. Thala; T. Beach; Lol V. Stein); los nombres compuestos translingüísticamente,  impidiendo que nos situemos en la certidumbre de algo inequívoco (Jacques Hold; Jean Bedford; Tatiana Karl; Anne-Marie Stretter) (4).

Pero hay también otro tipo de saberen Marguerite Duras, aquél que le hizo proferir a Lacan, en relación con ella, la inquietante frase: No debe saber lo que dice, se perdería. Es un saber al que Lacan le rinde homenaje y le permite situar la satisfacción proporcionada por la sublimación como algo no ilusorio, sino como algo que, concerniendo a lo real, produce efectos en el cuerpo.

Todo comienza en el relato con la desnudez sin anclaje en la que viene a quedar arrebatada (raptada, ravi) Lol cuando la mirada de su novio ya no viste su vacío narcisista con amor. Al desaparecer la mirada que le otorgaba alguna consistencia a su cuerpo, éste revelará la vacuidad que siempre tuvo. Lol será como un vestido sin cuerpo. Es más, si había un a que le daba alguna consistencia, éste lo aportaba la mirada de su novio. La tinta con que se escribía esa tenue, frágil consistencia narcisista se borró junto con el desvío de la mirada de Michael.

Será a partir de la escena traumática que Lol, hecha mirada, se prenderá a las parejas de amantes hasta requerir ubicarse, como queda dicho, en el marco real de la ventana del hotel que cobija los encuentros amorosos entre Tatiana y Jacques Hold.

Ese vacío al que se ve reducida cuando queda despojada de la mirada amorosa la reencuentra con lo que se decía de ella previamente: que nunca estaba del todo ahí. En el colegio, [dice Tatiana], a Lol ya le faltaba algo para estar dice: ahí. Daba la impresión de soportar con un sosegado fastidio a una persona a quien debía parecerse pero de la que se olvidaba a la menor ocasión. [...] nunca pareció sufrir ni sentirse apenada, nunca se le vio una lágrima de muchacha. [...]. Lol era divertida, burlona impenitente y muy aguda aunque una parte de sí misma estuviera siempre ida, lejos de ti y del momento presente. [...]”.(5) [...] parecía que las posibilidades de sufrir que Lol pudiera tener habían incluso disminuido, que el sufrimiento no había encontrado en ella dónde deslizarse, que había olvidado el viejo álgebra de las penas de amor”. (6) [...] Lola Valérie, [...], esa durmiente viva, ese continuo eclipsarse [...]. (7) Breve semblanza que nos muestra cómo el afecto resbala, no encuentra cuerpo en Lol, cuyo nombre, irónicamente, es el diminutivo de Dolores.

Si en el transcurso de la escena traumática ella es la mirada que acecha a la pareja de Michael Richardson y Anne-Marie Stretter, no es Lol quien mira, no es ella el voyeur dirá Lacan. (8) Ella se realiza en el mirar, queda sumergida en una dimensión real: ¿qué es eso que mira en su mirar? Ella busca desesperada, arrebatadamente, acechando como mirada, reparar su vacío mirando el cuerpo enfundado en el vestido negro de Anne- Marie, primero, mirando la desnudez de Tatiana bajo sus cabellos negros, después. Desnudez que reemplazaría su propio cuerpo, más que desnudo, desanudado y que le permitiría, bajo esta única condición de ser una mirada en el campo de deseo de otros, participar de algo de ese deseo. Una y otra mujer, sus cuerpos deseados por el hombre, le darían un contorno para su propio cuerpo vacío.

Si el acontecimiento resulta desencadenante es porque lo que se desencadena es la frágil consistencia narcisista de Lol, consistencia que, decía, sólo la presencia de la mirada amorosa de Michael sostenía. Su textura de acontecimiento no se la otorga la supuesta repetición del hecho, sino aquello a lo que Lol se consagra, a rehacer continuamente un nudo, nudo que encierra propiamente lo que rapta. Y en esta escena que hará acontecimiento en la novela sucede algo que preanuncia la gravedad de lo que está en juego. Entra al baile, quejumbrosa, la madre de Lol, increpando, injuriando,- queda indecidible en la novela a quién está dirigida esta increpación y esta injuria,- y se sitúa de tal modo que hace de pantalla entre Lol y la pareja conformada por su novio y Anne- Marie Stretter. Lol tira al suelo a su madre, no admite que le oculten lo que desde ahora debemirar. Grita, suplica a la pareja que no se vaya. Cuando éstos abandonan la escena, es Lol la que cae al suelo desvanecida. Cortada la posibilidad de ser una mirada en la escena de deseo de la nueva pareja, Lol cae de la escena: no se puede sostener allí. Hubiera sido necesario amurallar el baile, construyendo este navío de luz en el que Lol se embarca todas las tardes,- se refiere a la errancia diaria de Lol por las calles de S. Thala, lo que situé como tercer tiempo del relato-, pero que permanece ahí, en este puerto imposible, amarrado para siempre y presto a abandonar, con sus tres pasajeros, este futuro en el que Lol V. Stein se halla ahora. (9) El nudo que Lol debe atar para no caerse de la escena requiere la presencia concreta de la pareja ante su mirada. La escena traumática hace acontecimiento en tanto todo se detiene allí. (10)

Lo que sitúo como el segundo tiempo del relato, tiempo de la maqueta de vida, nos muestra a una Lol desafectivizada, ocupándose como autómata de su casa y de sus hijos, de su jardín. Todo es desnudo, frío, Stein, piedra. No hay marca de estilo propio, la que devendría de los restos del objeto, producto del goce perdido”. (11) Lol sólo imitaba [...], sus habitaciones eran la réplica fiel de la de los escaparates de las tiendas, el jardín la réplica de otros jardines”. (12)

Finalmente, tercer tiempo, en su caminar sin rumbo Lol busca sin saber qué busca hasta que encuentra a la otra pareja que a partir de ahora podrá hacer de prótesis para su fantasma. ¿Cómo encuentra a esta pareja? Sigue, en la calle, la mirada deseante de un hombre. Y es esa mirada la que la conduce hasta Tatiana, quien se convertirá, a partir de ese momento, en condiciónpara Lol. Ningún reclamo amoroso a Jacques Hold, que ahora se ha enamorado de Lol, ninguna escena de celos. Todo lo contrario, le pide que no deje a Tatiana, que la siga amando. Ella, Lol, ha de mirar, ha de dibujarse con los contornos del cuerpo de la otra mujer, amada, deseada por el hombre. El fantasma nunca será en Lol un teatro privado, que adorne el cuarto del amor, (13) necesitará, y en esto está su bizarría y su inevitable fracaso, la escena de la realidad para sujetarse. De hecho cuando Lol intenta protagonizar la escena amorosa, su fantasma no la acompaña sino que la enreda, no sabe si es ella, si es Tatiana la que está bajo las sábanas con Jacques. El precario equilibrio se fractura.

Comentario aparte merece en este admirable relato de Marguerite Duras el tema de la ventana. Ventana a través de la cual y, haciéndole de marco, Lol intenta mirar, acostada en el campo de centeno, la desnudez de Tatiana, el amor y el deseo que circula en una pareja. Aunque lo ravi de su mirada no transporte una pregunta sino un goce desanudado, que intenta, aun en su bizarría, anudarse en su propio ejercicio. Ventana que enmarca la angustia de Jacques Hold cuando se ve siendo mirado por esa figura en el campo de centeno, de lo que se defiende suponiendo lo que sucede como campo de la visión.

No parece ajeno al tema de la ventana su frecuente inclusión en los pasajes al acto suicidas como ese borde que el sujeto atraviesa para arrojarse al vacío. El sujeto abandona abruptamente la escena del mundo donde ya no se puede sostener en tanto no se sostiene allí historizado, sino como puro objeto. Atraviesa el marco real, la ventana, en una consumación de su condición de resto. El marco fantasmático dejó de funcionar. El losange que enlaza en la fórmula del fantasma al sujeto con el objeto bien puede regular, hacer de marco (como el de una ventana) a la relación entre los dos términos del fantasma. El losange condensa por lo menos tres operaciones lógicas: mayor, menor; inclusión, exclusión; y la relación condicional reversible si... entonces. Es este losange lo que se desarticula cuando acontece la vacilación del fantasma, vacilación momentánea dentro del campo de la neurosis o aquello que no termina de articularse, como en Lol. Porque, ¿cómo articular dos términos de los que no se dispone o, en todo caso, que presentan fallas? Si del lado del objeto ella es una mirada, (14) ésta no está en el lugar de causa, es pura dimensión real. Del lado sujeto Lol es también aquella a quien le falta una palabra, lo que torna su hablar vano. Esa palabra que le falta contamina a todas las demás, escribe Duras. ¿Podríamos los analistas decir de forma más ajustada la falla a nivel del registro simbólico? Ella ha creído, durante la brevedad de un relámpago, que esa palabra podía existir. Sería una palabra-ausencia, una palabra-agujero, con un agujero cavado en su centro donde se enterrarían todas las demás palabras, (15) dice bellamente Marguerite Duras. Esa palabra alefproferida por Lol hubiera detenido la partida de los amantes del baile en el Casino y ella podría por siempre estar allí con ellos, detenidos los tres en ese extraño barco, en ese extraño fantasma.

Si el fantasma tiene una lógica, ésta es la que articula sus dos términos, sujeto y objeto. Para la constitución de lo que conocemos como el matema del fantasma a Lacan le fue necesario avanzar hacia la ubicación lógica del resto, aquello que cae como efecto de la operación de separación en el movimiento de constitución subjetiva. (16) Este avance teórico hacia la ubicación lógica del resto permitirá que cuerpo, goce y deseo sean articulables con el sujeto del significante en la fórmula del fantasma. La existencia lógica del sujeto tendrá, en adelante, cercana relación con el resto. De donde podemos leer la fórmula en su reversibilidad: si sujeto, entonces objeto y/o si objeto, entonces sujeto. Es lo que en Lol se muestra en fracaso.

Dirá Lacan de Marguerite Duras que ella evidencia saber sin él, lo que él enseña. Evidencia un saber que se adelanta a lo que Lacan enseña. Y eso que sabe Marguerite es un saber hacer, es un nudo, es su nudo, en el que converge la práctica de la letra con el uso del inconsciente. También nos advierte Lacan que en el abordaje de una obra literaria no hagamos psicología: nos llevaría al mismo error que si hiciéramos psicología con nuestros analizantes. Se trata, una vez más, de seguir el rastro de la letra, no de comprender. De hecho es la comprensión de Jacques Hold en relación con Lol lo que, Lacan lo puntualiza, la enloquece. Digo entonces que cuando la literatura no es mero entretenimiento para el propio escritor, cuando repara la falla de su nudo, solamente ahí, y esto es extensible cualquier savoir faire artístico, se adelanta al saber del análisis. Así lo dice la propia Marguerite: Si se supiera algo de lo que se va a escribir, antes de hacerlo, antes de escribir, nunca se escribiría. No valdría la pena. (17)

1. Este texto es producto propio a partir del grupo de investigación Homenaje a Marguerite Duras, del rapto de Lol V. Stein, cuyos integrantes son: Beatriz Bernath (coordinadora), Fito Bergerot, Lili Diament, Eduardo Gluj, Lucila Harari, Marina Levenson, Patricia Leyack y Alejandra Ruiz.
2.     Marguerite Duras: El arrebato de Lol V. Stein, Tusquets editores, Barcelona, 1987.
3.     C/f con la intervención de la Sra. Michèle Montrelay en la clase XXIV (23/6/65) del Seminario 12 de Lacan, Los problemas cruciales para el psicoanálisis”.
4.     De hecho, en su texto Le ravissement de Lol V Steindel libro Jaques Lacan y los escritores, Editorial de la Escuela Freudiana de Buenos Aires (2007), Hector Yankelevich dedica todo un apartado al tema de los nombres propios en la novela.
5.     Ibíd., pág. 10.
6.     Ibíd., pág. 16.
7.     Ibíd., pág. 28.
8. Jaques Lacan: Homenaje a Marguerite Duras, del rapto de Lol V. Stein, en Intervenciones y textos 2, Ediciones Manantial, Buenos Aires, 1988, pág. 69.
9.     Marguerite Duras: Op. cit., pág. 40.
10.  Jaques Lacan: Op. cit., pág. 66.
11.Isidoro Vegh: Las psicosis, en: Matices del psicoanálisis, Ed. Agalma, Buenos Aires, 1991.
12.  Ibíd., pág. 28.
13. Jacques Lacan: El Seminario, Libro XIV: La lógica del fantasma, clase del 21 de junio de 1967, inédito. [...] El fantasma parece estar ahí como una suerte de muleta, de cuerpo extraño, algo para el uso, que tiene una función [...], subvenir [...] a una cierta carencia del deseo; en tanto que está puesto en juego, interesado, hace falta que lo esté, sólo será para dar el paso de entrada, poner orden en la pieza, en la entrada del acto sexual”.
14. Jacques Lacan: Seminario XII: Problemas cruciales para el psicoanálisis, clase del 23 de junio de 1965, seminario cerrado. Inédito.
15.  Ibíd.
16.Si bien en el Seminario X: La angustia, el a aparecía como retorno de la inicial Verwerfung del ser y como aquello que restaba de la constitución simbólica del sujeto en el campo del Otro, es en el Seminario XIV: La lógica del fantasma donde ubica al a en la intersección de los dos círculos de Euler, en su lúnula central, ahí donde en el Seminario XI: Los cuatro conceptos... había ubicado el inconsciente como el campo del sinsentido (para el Otro). La formalización que aporta el Sem. XIV, es que la primera existencia del futuro sujeto es la de objeto del Otro; mediante el pasaje al acto fundacional al campo del Otro, obtendrá un ser. Su ser de objeto cubrirá en principio la falta del Otro. Hará luego el infans un recorte del unario que rodeará algún objeto parcial con el que se identificará. Con este paso lógico se habrán echado las bases de la posición fantasmática.

17. Marguerite Duras: Escribir, Tusquets editores, Barcelona, 1994, pág. 56. 

domingo, 22 de noviembre de 2015

Amor Perdurable, de Ian McEwan. Comentario de Gustavo Dessal

En esta ocasión no vamos a disimular que la elección de esta obra es una forma de “arrimar el ascua a la sardina”, como expresa el dicho popular. Se trata de un thriller que abunda en el territorio de la subjetividad, y que remite a una serie de temas en los que el psicoanálisis tiene claramente una implicación directa. Uno de lo más importantes en esta obra no es solo el tema del amor y sus derivaciones psicopatológicas, sino algo que recorre toda la trama de manera subyacente, y que constituye una suerte de dilema que el autor deja deliberadamente irresuelto pero que se expresa a través de una serie de preguntas implícitas. ¿Cuál es el margen de maniobra que tenemos en nuestras vidas? ¿Somos meros objetos del destino? ¿Acaso la contingencia constituye una fuerza que no solo nos afecta por ser imprevisible, sino que sustrae nuestra capacidad de acción? ¿Qué es lo que uno elige, y hasta qué punto la elección es posible, o resulta ser el disfraz de una decisión que el inconsciente ha tomado por nosotros? Todas estas preguntas forman parte del debate interminable sobre la condición humana, y se presentan en esta novela de un modo verdaderamente original.
         La historia, aunque pertenezca al género realista, tiene en todo momento un clima fantástico, incluso onírico. El arranque, con la escena del picnic interrumpido por el accidente del globo aerostático, es ya en sí misma una muestra de lo que apuntamos. Los hombres colgados de las cuerdas, intentando dominar esa nave que se ha vuelto ingobernable, constituye una imagen formidable de la pequeñez humana, de la debilidad de la criatura en el gobierno de la existencia. En la canastilla del globo -no lo olvidemos- hay un niño.
         Antes de proseguir mi comentario, quiero detenerme un momento en el título, porque lo considero fundamental para obtener una mayor comprensión de la obra. El título en la versión original es Enduring love, correctamente traducido como Amor perdurable. Pero el verbo “to endure” no solo significa “durar”, al provenir del latín “durare”, sino también posee una acepción diferente que se traduce como “soportar”. Por ese motivo, el título contiene un juego de palabras intraducible a nuestra lengua: es Amor perdurable, pero al mismo tiempo Soportar el amor. Esta ambigüedad remite por una parte a la permanencia del amor mórbido de Jed Parry, pero también al hecho de que el amor puede en muchos casos y en muchos momentos alejarse considerablemente de su imagen idealizada y romántica para convertirse en algo que a duras penas podemos soportar. Hay una observación muy atinada al respecto, y es cuando el protagonista Joe Rose indaga en el síndrome de de Clérambault y se pregunta si esta patología del amor acaso podría enseñarnos algo sobre la esencia del amor en general. De hecho, es así como Freud comenzó su investigación sobre la vida amorosa. Tomó como punto de partida el estado de enamoramiento, al que no dudó en calificar como un proceso patológico, una enfermedad aguda en la que la conducta del enamorado, su exaltación apasionada del objeto, el carácter imaginario de la vivencia, se explican mediante una serie de mecanismos próximos al delirio.
         Joe y Clarissa forman una pareja casi perfecta. Una perfección que apreciamos incluso en las sencillas pero expresivas imágenes que el autor nos entrega de los protagonistas físicamente enlazados, formando una suerte de alegoría de la perfección de la esfera. Hay sin duda un contraste dramático entre la esfericidad inicial de esa relación y la redondez del globo que se desestabiliza. McEwan tiene un gran oficio y sabe trazar muy bien a sus personajes, en cierto modo arquetípicos de lo masculino y lo femenino. Joe representa la racionalidad, expresada en su pasión por el conocimiento científico y su fe incondicional en aquello que solo puede verse y demostrarse. Ella en cambio pertenece al mundo de la sensibilidad, es la encarnación de la belleza física y poética. Para él, el lenguaje está al servicio de la razón. Para ella, es la materia con la que se fabrica la forma más perfecta de lo bello, y también el espacio para el misterio, lo que no se revela a la razón. Pero a pesar de sus diferencias, parecen vivir en un idilio que se traduce en la imagen bucólica del picnic en la campiña británica, sin duda un guiño irónico del autor a la sociedad y la tradición a la que pertenece. ¿Quién podía prever que esa romántica serenidad se haría pedazos por la irrupción de algo que llega desde el aire, algo que descompone la armonía del amor e instalará en sus vidas la semilla de la desconfianza y el rencor? Clarissa y Joe, el uno para el otro, se volverán extraños e irreconocibles. Cuando el velo del amor se desgarra, la cálida familiaridad del semejante da paso a la emergencia del sentimiento de extrañeza. Nuestro alter ego, la proyección de nuestra imagen, se transmuta en algo ajeno que suscita distancia y nos coloca en una posición defensiva. Clarissa y Joe son sacudidos por el rayo del destino, que es eso que aguarda nuestra llegada. El destino no es lo que está escrito de antemano. No es la fatalidad en el origen. El lo que nos conduce azarosamente hacia algo que se disponía al encuentro. El destino es la garrapata que aferrada a la rama de un árbol espera pacientemente, durante años, a que un ser de sangre caliente, uno cualquiera, pase por debajo. Entonces, se deja caer. Ese día, Clarissa y Joe habrían podido elegir un lugar distinto para hacer el picnic, o suspenderlo porque uno de ellos hubiese cogido un resfriado, y sus vidas habrían sido otras.
         La vulnerabilidad y la incertidumbre son los dos grandes rasgos de la condición del ser humano que dan origen a lo que el pensador ruso Mijaíl Bajtín denominó “miedo cósmico”, el contraste entre nuestra infinita pequeñez y la inconmensurable dimensión de las colosales fuerzas del mundo natural. El miedo cósmico es la fuente de todas las religiones, pero también es el origen del desafío científico por comprender y dominar las leyes de lo que nos rodea. Ante la visión de la caída de Logan, Joe experimenta el sentimiento de dejá-vu. Él ha visto algo semejante en una pesadilla repetitiva de su juventud. En esos sueños angustiosos, él está subido a un promontorio, y desde arriba observa con horror una masa de seres humanos que están a punto de perecer a consecuencia de una catástrofe. Corren en desbandada como hormigas, y Joe siente el espanto y la impotencia de no poder hacer nada. Él no cree en Dios, y por lo tanto no aspira al consuelo de la salvación divina, pero tampoco su inconmovible confianza en la ciencia puede evitar la tragedia. Esta pesadilla es una puntuación fundamental en el relato, porque señala muy bien la naturaleza de lo real que va a irrumpir en su vida, un real del que ni Dios ni la ciencia pueden defenderlo.
         Detengámonos un momento en el personaje de Clarissa. No solo está dotada de la gracia de una belleza exquisita, sino que encarna la pureza de otra clase de fe: la fe en la bondad y en el amor. Está convencida en el poder del amor y del bien como las dos armas que pueden combatir el mal. Si el erotómano Jed encarna el amor como enfermedad, Clarissa representa el ideal del amor como curación. Hasta el final ella seguirá creyendo que todo habría podido ser distinto si al amor delirante de Jed se hubiera respondido con el amor de la caridad, de la mano tendida a aquel que ha equivocado su camino.
         La viuda de Logan es un personaje más secundario, pero tiene su interés por la modalidad de respuesta que da al acontecimiento traumático. Basándose en unos detalles que a priori se demuestran contingentes, desvía la vivencia de la pérdida mediante la sospecha de infidelidad de su marido, una sospecha que desemboca en una revelación absurda y tragicómica. Se trata de una reacción de resentimiento hacia el objeto perdido que algunos sujetos experimentan como forma patológica del duelo. McEwan maneja con gran conocimiento los mecanismos psíquicos, y los plasma con absoluta verosimilitud.
         Vayamos ahora al personaje de Jed Parry, que ha tenido su propio encuentro con lo real. Ese real se le presenta mediante el signo alucinatorio de una mirada, la mirada de Joe. Creo que no es gratuito el hecho de que el autor haya escogido dos nombres tan semejantes para los personajes de esta pareja formada por Jed y Joe. En cierto modo, Jed es el antagonista de Joe. La fe en Dios del primero es decididamente negada por el segundo, quien a su vez trata de defenderse amparándose en el conocimiento racional. Con estos caracteres McEwan fabrica un relato que se desarrolla siguiendo la lógica de la comunicación humana, que consiste fundamentalmente en el malentendido y la sobreinterpretación de los signos. Clarissa y Joe se distancian por la discordancia permanente de los mensajes, y la viuda de Logan está dispuesta a llegar al fondo de una verdad que solo se sostiene en su fantasía. Al respecto resulta muy instructivo darnos cuenta de que precisamente el malentendido, la duda, la incomprensión y el desencuentro de las significaciones son los elementos que permiten establecer una frontera entre la locura de todo el mundo y la de uno solo, siguiendo la famosa distinción de Pascal. El  amor de Jed no está sometido a ninguna variabilidad ni malentendido. Se trata simplemente de “entendimiento”, en el sentido de Wittgenstein, quien considera que “entender es saber cómo proceder”. Es saberlo sin duda alguna, y el delirante es el sujeto que por antonomasia ha “entendido” el mensaje del Otro, y sabe cómo proceder. Jed no posee la jactancia del neurótico, que presume o se pavonea con su yo cuando en verdad no entiende nada. Es un ser humilde que se declara simple mensajero o portavoz del deseo de Dios. De allí que negarlo a él sea equivalente a negar a Dios, desairar su voluntad. La certeza del amor de Jed proviene de la voluntad divina, y por eso no admite el rechazo bajo ninguna circunstancia. La presencia de Dios le da a este caso de erotomanía un acento particular: “El hecho que que me ames y que yo te ame no es lo importante. Es solo el medio…”, dice Jed ¿El medio para qué? “El propósito es llevarte hacia Cristo, que está en ti y que eres tú. De eso se trata en el don del amor. Acaso no es muy sencillo?”.
         Volviendo a Clarissa, es preciso destacar que no puede tener hijos, y que por esa razón su necesidad de amor se ha extendido hasta convertirla en una suerte de madre simbólica de muchos niños y adolescentes. A pesar de que la caída de Logan es para ella la prueba de la inexistencia de lo divino (habría sido una buena oportunidad para que los ángeles demostrasen ser ciertos), sin embargo no puede dejar de pensar que el hombre ha muerto por salvar a un niño, y que por lo tanto esa muerte tiene un sentido. Joe es en este punto mucho más escéptico, y considera que dicha muerte fue absolutamente insensata, que “la buena gente a veces sufría y moría no porque su bondad fuese puesta a prueba, sino precisamente por no haber nada ni nadie para comprobarlo”.
         La carta que Clarissa le dirige a Joe, y que en cierto modo decide la ruptura, es verdaderamente ilustrativa de su obstinación por culparlo a él de la forma en que los acontecimientos evolucionaron. Reconoce su error de apreciación sobre la locura de Parry, pero al mismo tiempo insiste en que Joe habría podido manejar las cosas de otro modo, fundamentalmente si hubiese seguido el consejo inicial de ella: invitar a Parry a entrar en la casa y mantener con él una conversación civilizada. La racionalidad de Joe, toda su confianza en la manera de concebir el mundo, se ve acorralada por la acción conjunta de Jed, la incomprensión de Clarissa, y desde luego la respuesta de la policía. La institución policial juega en la historia el papel de mostrar la rotunda necedad del sistema, sostén de una concepción delirante de la libertad que conduce muchas veces a la indefensión de las personas y la invulnerabilidad de los acosadores. La sociedad que propaga el discurso de la prevención de los riesgos resulta ser una farsa inoperante. El ojo paranoico que todo lo vigila en verdad no ve nada, y siempre se espabila cuando es tarde.
         Soportar el amor es una forma de expresar la esencia de su verdad: es siempre, y en todos los casos, un síntoma. McEwan nos ofrece en esta obra algunas de sus variantes, pero existen muchas más, todas ellas reveladoras de que el amor es la forma siempre fallida de consolarnos por el destierro y la soledad que los seres humanos sufrimos precisamente por carecer de ese entendimiento del que Wittgenstein hablaba. En el fondo nunca sabemos cómo proceder, y el amor viene en nuestro auxilio señalándonos un camino ilusorio.


Gustavo Dessal

jueves, 5 de noviembre de 2015

Presentación del libro Micronesia, de Gustavo Dessal


Presentación del libro

Micronesia

Gustavo Dessal

Miércoles, 11 Noviembre de 2015 a las 20:30 horas
Gran Vía 60, 2º Izda.

Entrada libre


                                  Contaremos con la presencia del autor

¿Qué motivo puede tener Armando Bermúdez, simple cajero de banco de una sucursal de barrio, para colaborar con una oscura banda de delincuentes? Un hombre anónimo, que lleva una vida insípida, carente de anhelos, proyectos, o afán por el dinero, se convierte en la pieza clave de un misterioso engranaje donde se mezclan mafiosos de poca monta, un informático sobrepasado por sus propias habilidades, y una disparatada sucesión de montajes y simulacros. 

INTERVIENEN:

Sergio Larriera, psicoanalista, miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y docente del Nucep.

Gustavo Dessal, psicoanalista, miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y escritor.

COORDINA:
Amanda Goyapsicoanalista, miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, docente del Nucep y Directora de la BOLM.
  
ORGANIZA:
Equipo BOLM: Pilar Berbén, Carmen Bermúdez, Antonio Ceverino, Beatriz García, Amanda Goya (directora), Ivana Maffrand, María Martorell, Esperanza Molleda, Diana Novara, Juan Carlos Pérez.

lunes, 19 de octubre de 2015

TEATRO CONTEMPORÁNEO ARGENTINO IV CICLO DE LECTURAS DRAMATIZADAS

Organiza e invita: Embajada de la República Argentina en España
Colabora: Casa del Lector
Dirección general del Ciclo: Jorge Cassino


Próxima Lectura: Miércoles 21 de 
octubre: 'Segundas opiniones', 'La que sigue' 'Si tengo suerte' piezas breves enlazadas de Griselda Gambaro.
Dirección: Jorge Cassino 
          En  Matadero Madrid. Paseo de la Chopera, 10 . Casa del Lector
Entrada libre y gratuita hasta completar aforo.

jueves, 15 de octubre de 2015

Lectura dramatizada en Matadero Madrid. Dirige Jorge Cassino

Segunda Lectura Dramatizada:
Miércoles 14 de octubre a las 19:00 h.
En  Matadero Madrid. Paseo de la Chopera, 10 . Casa del Lector
Entrada libre y gratuita hasta completar aforo.

'DE PROFESIÓN MATERNAL' de Griselda Gambaro.
Dirección Damián Giménez.
Reparto: Soledad Oviedo (Matilde), Natalia Moya (Leticia), Marisol Antolino Gómez (Eugenia).

 Matilde, abandonó a su hija Leticia  hace años pero hoy se encontrarán finalmente. 
Matilde vive ahora con Eugenia, su actual pareja:  ese encuentro promete ser tenso, lleno de rencor, dolor y furia, porque: 
 ¿Se puede reconstruir una relación que nunca existió?
 ¿Cómo reaccionar ante una situación de abandono en la que ni siquiera hay recuerdos? 
¿Se puede perdonar?
 ¿Sabrán cómo llegar una a la otra: la madre que no pudo ser y la hija carente de su  amor tan necesario?

TEATRO CONTEMPORÁNEO ARGENTINO
IV CICLO DE LECTURAS DRAMATIZADAS 

GRISELDA GAMBAROABSURDO, REALISMO Y REALISMO CRÍTICO.

Organiza e invita: Embajada de la República Argentina en España
Colabora: Casa del Lector
Dirección general del Ciclo: Jorge Cassino


sábado, 10 de octubre de 2015

Tertulia 64. El regreso, de Joseph Conrad. Comentario de Gustavo Dessal

El regreso. Qué palabras tan sencillas y a la vez tan bien elegidas para dar título a esta obra, escrita por un grande entre los grandes de la literatura moderna. Conrad no solo ha conquistado un lugar eminente, sino que entre otras apasionantes circunstancias de su vida vale la pena mencionar que logró encontrar una extraordinaria fuerza expresiva en una lengua que no era la suya, puesto que había nacido en Polonia, y fue en la juventud cuando adoptó el inglés, convirtiéndose en uno de los más reconocidos estilistas de ese idioma.

A lo largo de este relato iremos viendo cómo el término “regreso” se despliega en una variedad de sentidos que se multiplican como esa imagen tan poderosa del juego de espejos que en cierto momento de a trama el autor va a introducir, para sumergirnos aún más en esa atmósfera de angustia que alcanza los límites de la desesperación. Creo que una de las virtudes más asombrosas de este cuento reside en que Conrad es capaz de acercarnos peligrosamente a lo trágico que, de manera latente, habita en lo cotidiano y lo anodino. Aquí no estamos en el mundo trágico de Shakespeare, no hay guerras, ni parricidios, ni matanzas ni suicidios. No sucede nada extraordinario. Sin embargo, la maestría de Conrad consiste en mostrar que lo trágico no necesita de lo espectacular, sino que podemos hallarlo con solo rascar un poco la delgada superficie de las apariencias. Por otra parte, el autor ha elegido un tema eterno para traducir la profunda y mezquina miseria de la que estamos hechos: el tema de la relación entre un hombre y una mujer, que como ustedes ya bien saben, es uno de los mejores argumentos que el psicoanálisis tiene para sostener que algunos agujeros pueden tener sus remiendos, pero que no por ello desaparecen como agujeros.

La historia comienza con un regreso. Alvan Hervey desciende del tren que lo devuelve a su casa tras una jornada de trabajo. El autor se detiene ex profeso para describir la escena. Le interesa destacar, fundamentalmente, esa multitud de soledades que se dispersan, como si huyesen de algo sospechoso o escondido, algo como la verdad o la pestilencia. Verdad y pestilencia son dos palabras que en cierto modo vertebran la trama. Nuestro protagonista ha escapado siempre de la verdad como de la peste, y está aún muy lejos de imaginar que va a tropezar con ella en la sagrada y firme intimidad de su hogar. Hay un detalle que tal vez pueda parecer un mero recurso destinado a recrear la imagen de la estación, pero que en cambio considero digno de mencionar. En el medio de esa multitud indiferenciada e indiferente, destaca la figura de un anciano que se para un momento, presa de un ataque de tos, y al que nadie presta atención. Esa presencia frágil e ignorada es el contrapunto de Alvan, que es joven, destacado objeto de la mirada, fuerte, exitoso, ganador. Alvan se dirige a su casa, su casa que es el fiel reflejo del mundo tal como él lo concibe y que Conrad resume con preciosas y mordaces palabras: “era una esfera sumamente encantadora, la morada de todas las virtudes, donde nada sucede y donde todos los gozos y las penas son prudentemente atenuados como placeres y molestias. En perfecta armonía con ese espíritu, Alvan ha elegido a una mujer con la que construye una relación que satisface plenamente sus necesidades de orden, normalidad y virtud, que pueda servir a todos los fines prácticos que se requieren para cumplir con esos principios, y cuya máxima intimidad no es presentada en una frase de una sórdida crudeza: “dos animales que se alimentan del mismo pesebre, bajo el mismo techo de un lujoso establo”. Este es uno de los tantos ejemplos de cómo procede Conrad: él mismo, con pocas palabras, convierte el lenguaje en un estilete con el que perfora su propia poesía, haciendo sangrar la superficie de la belleza.

Ese hombre sobresaliente, y esa mujer hecha para completar el diseño perfecto de un cuadro perfecto, son en verdad tan cercano el uno al otro como dos mulos o dos vacas que se arriman para saciar su apetito. En cambio en el escenario público son dos hábiles y gráciles patinadores que se deslizan por la superficie de la vida, trazando figuras que suscitan la admiración de los otros. Mientras tanto, ambos ignoran la corriente secreta que fluye viva bajo la capa de hielo. Este juego de oposiciones entre lo congelado y lo abrasador, la luz y la oscuridad, lo vivo y lo muerto, la realidad y lo real, atraviesa todo el relato. Tan solo un ejemplo de ello es la estatua de mármol de una mujer que sostiene una luz con su brazo alzado. Esa mujer de mármol, referente que Conrad menciona varias veces y no por casualidad, es el ideal femenino de Alvan: la mujer muerta, inmóvil, funcional, y que aporta esplendor y valor estético. La mujer que está siempre en el lugar donde se la espera.

Por fin, vemos a Harvey alcanzar la meta a la que ansiaba regresar: su dormitorio. Conrad es minucioso en su explicación de los espacios. Se recrea en las estancias de esa casa que simboliza el reino del protagonista, y en especial el dormitorio, el núcleo sagrado de su intimidad, su secreto refugio, ese dormitorio donde va a descubrir la carta que abre un precipicio a sus pies. Ese cuarto donde mediante un ingenioso ardid dramático el autor hará surgir algo que desequilibra la anhelada y bendita soledad de Harvey: la multitud fantasmal y muda de los espejos, el tribunal, el jurado, los dobles imaginarios multiplicados al infinito que lo imitan y lo observan en silencio. La multitud indiferente y lejana de la estación, se ha introducido en la intimidad de su dormitorio para presenciar su caída.

El mero descubrimiento del sobre, incluso antes de conocer su contenido, desencadena en él la intuición de la catástrofe. Ese minúsculo signo que ha alterado la rutinaria y confortable inmovilidad de su vida basta para provocar una conmoción tal que lo hace experimentar “de pronto, el lacerante sentimiento de inseguridad, la absurda y rara impresión de que la casa se ha movido un poco bajo sus pies”. Una vez abierta la carta, su primera reacción consiste en correr hacia la ventana y asomar la cabeza para combatir el ahogo con una bocanada de aire fresco. Para su sorpresa, lo que sucede lo desconcierta aún más: el mundo emerge súbitamente del fondo de la noche, y el murmullo “de algo inmenso y vivo” penetra en sus oídos. La carta lo enfrenta a un horror que desconocía: lo vivo de la existencia, esa vida martirizada y mortificada por el orden, la virtud, la contención, la razón, la normalidad, las reglas, las convenciones, y toda esa compleja maquinaria de tortura que el psicoanálisis identifica con un solo término: el superyó. Es impactante el modo en que Conrad nos transmite el horror de Alvan ante sus propias palabras, unas palabras que a duras penas consigue balbucear y que al oírlas escapar de su boca lo llenan de espanto: “Ella se ha ido”. Las palabras son más poderosas que los hechos. Poseen la siniestra facultad de invocar los poderes del Destino, incluso más que las propias acciones.

Harvey se confronta a un acontecimiento que profana su cuerpo. Se siente de pronto enfermo, porque por primera vez ha sido tocado en la carne sensible de la vida, y la vida -escribe el autor- se le antoja intolerable. ¿Qué es aquello de la vida que ha desarbolado la seguridad en la que Alvan Harvey permanecía guarecido? Con su afinado arte, Conrad comienza a desplegarnos la respuesta: es la mujer. “¿Cómo puede ser que su esposa -¡su esposa!- desprecie el respeto, la comodidad, la paz, la decencia, una posición, todo por nada?”. El abismo no es cualquiera. Es el abismo del deseo, y nadie mejor que la mujer para mostrarnos la magnética afinidad entre el deseo y la nada. Es entonces cuando el relámpago de un pensamiento atraviesa a nuestro hombre. La había visto siempre a ella como una chica de buena crianza, una esposa, una persona culta, señora de su hogar, una dama. “Pero jamás se le ocurrió imaginarla simplemente como una mujer”.

En una cascada de ideas tormentosas, Conrad nos hace recorrer con pasmosa velocidad pero impecable rigor el proceso mental de Harvey, que acaba en la idea que se impone como el estallido de un trueno. “¡Si acaso ella hubiese muerto!”. Es decir, mejor muerta que mujer, antes estatua de mármol que carne palpitante, deseosa de algo que él no puede concebir, él que había creído encontrar la fórmula de la felicidad en una sobria medida: ni demasiado amor, ni demasiado arrepentimiento. Esa mujer, en un instante, ha echado por tierra todo aquello que él se ha esforzado en preservar. Alan comienza a comprender que ha sucedido algo terrible, algo que no se acaba en el hecho de que su mujer se ha marchado. Como la fractura creada por una falla geológica, esa partida ha producido en él una conmoción que toca el núcleo mismo de su existencia, amenazada con disolverse. Ella ha sucumbido a la pasión, esa fuerza innombrable, “esa infamia imperdonable y secreta de nuestros corazones”, eso que debe mantenerse a raya porque es un atentado al orden, la medida, el sentido común, la decencia, lo conveniente. El misterioso e insospechado deseo de ella ha puesto en cuestión el equilibrio del universo, de su universo, el de Alvan, lo ha desarreglado para siempre. Los otros, ese ejército incontable de reproducciones de su propia imagen, lo miran, lo reducen a la pequeñez de una cosa miserable e impotente. Esa violenta sensación de ser objeto de una mirada sin palabras, obra al mismo tiempo un efecto paradójico. Es la angustia y la humillación, la ira y la perplejidad, pero también algo que comienza a nacer en su interior, un dolor que lo humaniza, lo arroja al desamparado originario del que todos provenimos. “Estaba de pie, solo, desnudo y asustado, como el primer hombre en el primer día del mal”.       

Es imperioso que haga algo. ¿Quién puede soportar semejante dosis de verdad de una sola vez? La vida solo se tolera cultivando una buena cosecha de mentiras con el sudor de la frente. Como primera medida, es preciso hacer recuento de las pérdidas, como de las bajas tras una batalla. La contabilidad siempre es uno de los recursos favoritos del hombre, que intenta por todos los medios establecer una cifra al menos aproximada de lo que en el deseo femenino se manifiesta como un exceso incalculable. Pero ella regresa. Con toda la intención, Conrad desequilibra el perfil de los personajes. De ella no sabemos casi nada, o muy poco. No sabemos su nombre. No sabemos por qué se ha marchado, ni por qué ha vuelto. Pero sabemos que ya no es la misma. Para Alvan, la que ha vuelto es Otra, y si en Otra se había convertido al marcharse, es Otra al volver, porque su regreso, lejos de suponer la promesa de una reparación, no hace más que duplicar el horror de lo no sabido: no saber la causa de su partida, no saber la causa de su retorno. Al verla, tiene la impresión de retornar él también de un viaje a una región remota y desconocida, la región donde los corazones habitan sin velo. 

Otra vez la mirada. La mirada de ella, insoportable, indescifrable. Su regreso es tan escalofriante como la carta en la que anunciaba su despedida. Él querrá una explicación, pero al mismo tiempo le horroriza conocerla. “Tenía miedo de que ella dijese demasiado”. Él, que ha preferido siempre el silencio de la palabras inocuas y conocidas, las que no dicen nada. Y por segunda vez leemos la frase que Conrad nos impone como un axioma más pesado que el plomo: “Las palabras son más terribles que los hechos”, una frase que bien podría haber sido escrita por Sigmund Freud.

Esta segunda parte, la que se inicia a partir de que ambos vuelven a estar uno frente al otro, en la intimidad del dormitorio, es una sucesión de fragmentos temblorosos, un intercambio de pocas palabras en dos planos que no se cruzan. Él reclama desesperadamente el sentido, y procura revolver en las ruinas de su edificio buscando las pruebas -mezquinas, previsibles, vulgares- de la infidelidad y los celos. Ella, en cambio, no dice casi nada. Sabe que es inútil hablar, que todo lo que diga será para él una lengua desconocida e incomprensible. Además, ella ha fracasado. Vuelve siendo Otra para él, pero  no para sí misma. 

“No hay nada que saber”, es lo que ella responde.
“Esa carta es el principio y el final”.
“¿Qué es lo que he hecho?”, pregunta él con desgarro.
“Nada”. 

Y en esa nada que a él le resuena como un disparo en el cráneo, se escucha la ambigüedad de la “nada” como inocencia, y la “nada” como necedad.

“Después de todo, te amaba”, admite él. Después de todo.
“No lo sabía”, susurra ella.
“¿Y por qué crees que me casé contigo?”
“Para hacer lo de siempre: complacerte a ti mismo”, dice ella, pero remata su respuesta con una observación demoledora. 

Ella asume su incapacidad para amarlo, pero sabe que si lo hubiese amado de verdad, con esa desmesura del amor a la que una mujer puede entregarse, entonces probablemente él no se habría casado con ella, no se habría atrevido a semejante riesgo. En el tono quebrado de la voz de Alvan ella logra percibir aquello en cuya búsqueda se había marchado. “En la tragedia de su vida, Alvan Harvey había olvidado por completo la mera existencia de ella”.
Pero él no está dispuesto a rendirse, e intenta la batalla suprema, la improvisada prosopopeya -un monólogo literariamente prodigioso- donde echa el resto para convertirse en el sacerdote de una ceremonia destinada a invocar las fuerzas de la razón, los principios, todo aquello a lo que debemos renunciar para garantizar que el mundo recobre la armonía del dulce sepulcro. Incluso está dispuesto a perdonar paternalmente el descabellado acto que ella ha cometido. No obstante, en el fondo está perdido, derrotado. Nunca jamás podrá volver a correrse el velo, nunca jamás dejará de sentir el aguijón de la duda, de la sospecha, de la evidencia de toda falta de garantía. 

“¿Qué pensaba ella?… ¿Qué pensó durante todos estos años? ¿Qué pensó ayer, hoy, qué pensará mañana? Tenía que averiguarlo. ¿Pero cómo podría llegar a saberlo? Ya nunca volvería a saber lo que ella quería decir, lo que ella significaba. Eso sería para siempre imposible”
“Esa mujer lo había aceptado, lo había abandonado, y había regresado con él. Y de todo esto, él jamás podría conocer la verdad”. 

Entonces esta vez fue él quien decidió marcharse, y ya nunca retornó.


Gustavo Dessal

Tertulia 64. El regreso, de Joseph Conrad. Comentario de Miguel Alonso

El relato me parece un prodigio de inteligencia, pero también de habilidad técnica, una genialidad de un escritor excepcional sustentado por un potente pensamiento. Se asemeja a esos cuadros del Romanticismo, Friedrich, Turner, en los que, de pronto, un hombre mínimo contempla la inmensidad natural que lo rodea, o sus grandes obras derruidas por el paso del tiempo, o un naufragio, inmensidades ellas que diluyen la importancia de sus pensamientos, de sus grandiosas construcciones, un hombre que pierde su posición antropocéntrica para a instalarse en una confrontación desigual con la naturaleza. Lo mismo ocurre con Alvan, nuestro protagonista, contemplando su propio naufragio, o la caída de esa ficción que él sostiene como ideal, como gran construcción moral, y todo por la inmensidad de un enigma insoportable, el deseo de La mujer. Lo que ocurre es que Alvan no tiene la audacia de muchos hombres románticos. Más bien, su nostalgia le impide, durante casi toda la obra, dar un paso adelante que lo adentre en esos espacios desconocidos en los que el deseo se escribe en una irremediable página blanca, siempre incierta, pero apasionante. Quizá después de marcharse consiga escribir una verdadera vida, pero no lo sabemos.

Lo que se me reveló al poco de introducirme en la lectura de este relato, fue la importancia simbólica, metafórica, de la descripción primera, la llegada del tren a la estación después de surgir, no de un túnel, sino de un “oscuro agujero”, y la salida en rebaño de todos los pasajeros –masculinos en su mayoría— vestidos con el mismo uniforme, y esa mujer, dirigiéndose al tren, abriéndose paso en contra de la marea arrasadora que formaban los pasajeros masculinos. Es toda una metáfora de lo que, posteriormente, se desarrollará como historia en el relato de Conrad. También adquiere importancia simbólica, sobre todo retroactivamente, algún elemento que va jalonando, como adorno, el relato. Es el caso, por ejemplo, de esa estatua de mármol situada en la escalera de la morada familiar.

La entrada del tren en la estación nos introduce en varios escenarios. Primero, trae a colación ese negro agujero del que vemos surgir al tren. Enfática negritud que, seguida de todo ese rebaño de hombres uniformados, sugiere un agujero más estructural, ese vacío estructural que signa a todos los humanos, vacío que actúa como resorte de nuestro deseo pero, también, de nuestras ficciones, por ejemplo, esa ficción moral de la que trata nuestro relato de hoy, ficción que, por otra parte, es construida por los hombres para velar ese agujero del que todos, inexorablemente, surgimos y que las mujeres encarnan, de forma paradigmática, como enigma del deseo. Si Alvan encarna imaginariamente la ficción moral, “ella”, la mujer de Alvan, que no tiene nombre, encarna el agujero, el enigma del deseo.   

En segundo lugar, y ante este panorama, el autor monta toda una estrategia, como diría nuestro querido y añorado Alberto Estévez. En la confrontación imaginaria entre un “un” hombre y “una” mujer, lo que hace, en realidad, es confrontar dos estructuras, la masculina y la femenina, lo cuantificable y lo que no entra en la cuantificación, lo limitado y lo que no entra en los límites, lo cual puede leerse también como confrontación entre una moral muy concreta usada como marco y límite para la convivencia, y lo que escapa a ese marco, a ese límite moral, a saber, el enigma del deseo de La mujer, en tanto no toda ella entra en el control de la moral. “Qué fecundo resulta el enigma de lo femenino”, decía Alberto. Pues sí. Como para que alguien como Conrad pueda escribir relatos tan potentes y extraordinarios como El regreso.

Lo masculino, representado imaginariamente por Alvan, sostiene una ficción legal, una moral de clase fundada en el pensamiento burgués, para que nada escape al control, para que todo esté atado y bien atado, para que ningún deseo, emoción o sentimiento pueda perturbar la tranquilidad de unas relaciones humanas acomodadas. Por otro lado, una mujer sin nombre, simplemente “ella”, para abarcar así a La Mujer con mayúsculas, –el hombre sí tiene nombre, Alvan— “ella”, representada imaginariamente por un sujeto de carne y hueso, ante Alvan, parece una alegoría del enigma del deseo femenino, de ese agujero negro irrepresentable. Lo digo por la enorme cantidad de energía que tiene que emplear Alvan para luchar contra algo que para él es una abstracción irrepresentable, superior a él, un enigma que se le revela en ese ser femenino y que no puede ser captado ni aceptado por su ficción moral. Porque claro, no vamos a pensar que esa moral es revelación divina. No. Esa moral burguesa e ideal es una ficción creada por el hombre para dar lugar a un espacio de convivencia determinado. Pero ni la comodidad que esa ficción ofrece, ni sus bienes, ni la reputación y posición social que otorga, nada de esas materialidades pueden apoderarse del enigma que “ella” pone en escena. 

¿Qué son los pasajeros saliendo del tren más que un trasunto metafórico de esa moral universal con la que Alvan quisiera obturar la emergencia del deseo particular y singular de cada uno y, sobre todo, del deseo enigmático de la mujer? ¿Qué es esa mujer abriéndose paso a contracorriente del rebaño, sino “ella”, en el relato, una alegoría de ese enigma de lo femenino, siempre visto como amenaza para cualquier moral convencional?

De ahí que estemos ante un escenario profundamente ético. En esta línea, y dada la moral que circula por todo el relato, me parece muy pertinente traer a colación esa diferenciación que aparece en algunas vertientes de la filosofía y, de manera muy sólida, en el campo del psicoanálisis, a saber, la diferenciación entre moral y ética. Si se puede hablar de una moral universal como ideal, como ficción humana que intenta establecer un espacio de convivencia normativo basado en lo que está bien y en lo que está mal, no podemos hablar igualmente de una ética universal, pues en la cuestión ética estaría implicado el deseo. Y la relación con el deseo es, siempre, una cuestión particular. Una moral que no tiene en cuenta el deseo no es ética, es simplemente una estética de mármol, hierática, helada, inmóvil, como esa estatua que, inerte, adorna la escalera. En una moral de ese tipo, Alvan pretende ser el amo absoluto de la situación, pretende que la mujer no hable, no piense, no tenga afectos, que sea, simplemente, una estatua hermosa de mármol. Cualquier movimiento vital resulta peligroso.

Podemos preguntarnos, entonces, si se trata del deseo particular de cada uno, ¿cómo construir una relación estable entre hombre y mujer? Por supuesto, asumiendo una posición ética. Si nos movemos en el campo del amor, o de la vida en común, que pareciera ser el que sugiere el relato, podríamos pensar que Alvan quiere saberlo todo, tenerlo atado y bien atado, para lo cual dispone, de antemano, de una moral. Pero tenerlo todo atado y bien atado, ¿es un escenario seguro? En absoluto, ya estamos viendo que no. En una vida en común, necesariamente, la confianza en el otro ha de aceptar lo que no se puede decir.

Alvan parece confundido al final del cuento, pero sabe. Sólo piensa en un don. Y está bien que lo haga, porque de eso se trata. Él acabó comprendiendo.  ¿Ella no lo tiene? Alvan nos dice que no, pero sabe que sí, que ella representa paradigmáticamente ese don. La confusión de Alvan consiste en que para él un don sólo podía ser material. Él ve la verdad, sin duda, pero al esperar encontrar allí un don material, del cual “ella” iba a ser portadora, lo que encuentra es un agujero. Esa es, en realidad, la verdadera materialidad. Sabemos que comprende porque se marcha. Y nunca regresará, quizá como tantos y tantos hombres que vieron el agujero y prefieren vivir enfundados en el sobretodo de la moral y alejados del deseo, o quizá sea capaz de escribir un escenario nuevo en el que ponga en juego lo que aprendió, que en toda relación hay un vacío, algo que no se puede decir, un enigma inexorable que hay que poder soportar. Y quizá, entonces, pueda amar. Pero no lo sabemos.   

Miguel Alonso  

lunes, 28 de septiembre de 2015

Homenaje a Alberto Estévez. Intervención de Gustavo Dessal

Hay algo común en todos los comentarios de Alberto: el hecho de que él se hace presente en lo que dice, en lo que escribe. Todo el tiempo deja ver de forma explícita el modo en que se implica en la lectura, y no solo lo confiesa, sino que nos habla. Sus escritos fueron un diálogo entre las vivencias que la lectura de las obras producían en él, y los tertulianos. Por supuesto, esto no ha estado reñido con el hecho de que sus reflexiones sean brillantes, porque emplea un método de lectura que se apoya fundamentalmente en el detalle. Alberto no se interesa tanto en la trama general del texto, en las grandes líneas argumentales, sino que busca en el detalle el secreto de la obra, y trata de extraer de allí las consecuencias morales decisivas. La conclusión no falta en ninguno de sus comentarios. Se trata, para él, de encontrar en cada pieza literaria aquel trozo de verdad que valida su calidad universal. Alberto es un lector agudo, que no desdeña la identificación como punto de apoyo para la lectura. No es un crítico literario, quien por encima de todo buscará una aproximación despojada de su propio yo, aunque sea una pretensión imposible. Alberto escribe a partir del efecto que la lectura ha producido en él mismo, y utiliza ese efecto y ese afecto como brújula para orientarse en la lógica del argumento, en el mensaje supuesto del autor, en la enseñanza que la pieza nos deja. 

Desde luego, el psicoanálisis es el discurso que brinda el marco y la perspectiva del trabajo crítico sobre la obra. Desde un comienzo, nos propusimos como objetivo que esa referencia conceptual no se ejerciera como un instrumento de descodificación de los textos. No se trataba de “traducir” una novela o un cuento al aparato doctrinario del psicoanálisis, sino de una dialéctica sutil, que Alberto maneja con gran maestría, y por la cual la ficción literaria se convierte en guía espiritual del psicoanalista, en señales que nos guían por un camino que lleva hacia los secretos más recónditos del sujeto, y que nos ayudan a comprender mejor qué es el inconsciente, el deseo, el goce, la angustia, y tantos otros conceptos que el psicoanálisis estudia y emplea en su aproximación al drama humano. Por ese motivo las presentaciones de Alberto tienen, entre otras cosas, el mérito de mostrar un mirada analítica sobre la literatura sin desmerecerla, sin embadurnarla con el lenguaje del psicoanálisis, que no fue concebido para ser poético, aunque pueda ayudarnos a entender un poco mejor la poética de la vida humana. 

No es ninguna originalidad decir que en lo que cada uno escribe hay la huella del sujeto. En el caso de Alberto, él está en cada una de sus líneas, de sus frases. No solo no se esconde detrás de lo que dice, sino que se afirma en ello, nos habla, nos hace partícipe de manera apasionada de lo que a él le aconteció, la experiencia que supuso para él una lectura, la emoción que le causó, la asociación a veces personal e íntima que una frase despertó en su conciencia. Creo que a Alberto le gustaba admitir aquello de lo literario en lo que no solo encontraba al sujeto universal, sino también a sí mismo. En mi opinión, en eso radica uno de los mayores encantos que nos produce leer sus ensayos, escritos además con ese rasgo de finura, de ironía y de humor que todos recordamos como sus marcas inconfundibles.


Gustavo Dessal