jueves, 18 de febrero de 2010

Comentario de Miguel Ángel Alonso sobre el relato de J.M. Coetzee, El proyecto Vietnam, incluido en su novela Tierras de poniente.

Soy el súbdito de un cuerpo en rebelión

Cuanto más arraigado y universal sea un mito, más difícil de combatir resulta

Tierras de ponienteEstamos ante un texto erudito y lúcido. Es mucho lo que enseña acerca de ciertas esencias que estructuran la subjetividad. Es asombrosa la puesta en escena de tantos y tan precisos resortes que operan esa estructura, lo cual sugiere, de parte del autor, un conocimiento que no puede adscribirse únicamente a lo intuitivo, lo cual, por otra parte, constituye una forma privilegiada de encuentro con nuestra verdad. Desde luego, parece imposible disponer del saber que enseña Tierras de Poniente, si no tiene que ver con algún tipo de experiencia particular y profunda que el autor sabe trasladar a la ficción con indudable maestría. El hecho mismo de situarse en el texto como interlocutor del otro, solicita, al menos, la “aventura” de un comentario mínimo. Digo aventura porque no es seguro que ese Coetzee sea el propio autor. Y es que la misma estructura del relato sugiere una división subjetiva y la consiguiente confrontación entre diferentes espacios de la subjetividad. Coetzee es nombrado en tercera persona, como autoridad y como conciencia moral del protagonista Eugene, supeditado de forma extrema e inamovible a sus juicios y a sus exigencias, y atrapado en las redes de la obediencia suprema, y de un cierto masoquismo moral.

El trayecto está jalonado, además, por otros elementos tales como el poder del lenguaje, la potencia del mito, la ambivalencia en la relación con el padre –representado aquí, de forma simbólica, por la autoridad de Coetzee—, y la puesta en escena del orden y la obediencia en un continuo hostigamiento por parte de esa feroz conciencia moral que, por un lado, impone la ley obligando a la renuncia, pero a la vez, se satisface en el protagonista con su insaciabilidad, exigiendo más y más renuncia. Así lo experimenta Eugene Dawn.

Las primeras palabras del relato son: “Me llamo Eugene Dawn. No puedo hacer nada al respecto”. Creo que muestran, de entrada, una esencia del relato: su determinismo ineludible, y el carácter marginal de la conciencia. Antes de ese principio no hay otra cosa que un inescrutable silencio, el protagonista nada posee que le pertenezca, todo es del Otro. En el principio no hay decisión, el deseo del Otro –encarnado en los padres— se impone en el mismo momento en que lo nombran. También podríamos decir que en el final, “tengo grandes esperanzas de averiguar de quién soy culpa” tampoco hay decisión, sólo puede invocar difusas esperanzas en la aridez de un secreto que no se le revela.

Ese sería el escenario donde se juega la partida de una existencia, la de Eugene Dawn, que sólo puede sostenerse en el marco del orden y la obediencia, instalado en un cuerpo que no responde a su voluntad, porque está signado, de una forma muy singular, por un deseo que no puede comprender.

Es importante el tratamiento que hace del cuerpo. Lo diferencia con claridad precisa del organismo. El cuerpo es algo construido, sintomático, que dentro de su patología le traiciona, es un enemigo que no hace caso de las disciplinas que se le quieren imponer, ni hace caso a ningún tipo de psicología del gesto. Aquellos síntomas a los que la psicología pretende hacer entrar por la puerta del cuarto oscuro, los descubrimos prestos saliendo hacia la claridad por la ventana. Lo dice de forma emocionante: “soy el súbdito de un cuerpo en rebelión”. Un cuerpo que no responde al pensamiento, a la estrategia que Eugene desea imponerle para luchar contra la autoridad insensata. Podemos ver, entonces, cómo en el ser humano, el cuerpo no es lo mismo que el organismo. El organismo sería una parte natural, biológica, por lo tanto, no sintomática, esos órganos que responden a sus funciones naturales: “Solamente los órganos de mi abdomen conservan su libertad ciega: el hígado, el páncreas, las tripas y por supuesto el corazón, chapoteando apiñados como octillizos no nacidos”. Habría que añadir que, muchas veces, ni las vísceras se libran de ser cuerpo.

Como decía, la conciencia es, en este relato, algo marginal. Ella sólo puede registrar una proyección patológica, el extremado afán de orden, de obediencia, y de evitar el conflicto con los superiores por parte de Eugene, sin que ningún elemento simbólico pueda rescatarlo de la inmovilidad férrea de su posición subjetiva. Estamos, por tanto, en el interior de un intrincado laberinto, de una historia personal atormentada, atrapada en un destino trágico, condenada, y sin posibilidad de conciliarse con ninguna identidad.

Creo pertinente hacer una referencia al extraordinario tratamiento que hace del lenguaje en el encuentro con Coetzee. Las primeras palabras que Eugene pronuncia en relación con él, son impecables, tanto en su forma como en el fondo, tienen tal plasticidad, tal fuerza expresiva, que nos arrastran en su narración agitada, a la vez que trasmiten la esencia de la relación. Respecto a la forma, son palabras que van de aquí para allá, en un catálogo de frases cortas, aforísticas, como sentencias que tratan de vestirse con una verdad que no encuentra nunca el lugar donde posarse, lo cual va conformando su fondo, un flujo de pensamiento, un monólogo interior que nos ofrece emociones, afectos, sentimientos, sospechas, fantasmas, estrategias, razones, cargado todo de tal dramatismo, que nos hace sentir en la superficie de esas palabras la intimidad de un sujeto atormentado por un conflicto de ambivalencia, amor/odio respecto a la autoridad.

Podemos localizar a continuación lo que el texto nos hace sentir como la profundidad de una nueva determinación del lenguaje, el poder de la ficción mitológica, en una escritura que fluye densa y plena de reflexión. La ficción pura de la primera parte del relato se muda en ensayo para articularse, como anillo al dedo, al drama vital de Eugene Dawn. Resulta difícil sostenerse a flote ante tamaña erudición mitológica que nos muestra los fundamentos de los lazos sociales en la vida pasada, pero que nos hace dudar de la vida futura. No es seguro que, tras la batalla entre las mitologías tradicionales y las nuevas, éstas últimas garanticen la vida de los seres humanos. Las nuevas mitologías, más que preocuparse por anudar y hacer consistentes los lazos sociales, tal como hacían las tradicionales, parecen destinadas a vehicular el mal.

La techné clásica, esa inteligencia creadora, tradicionalmente empleada para relacionarse con lo ente y encontrar una conciliación del sujeto con el mundo, es tomada de forma perversa por la tecnología para satisfacer las exigencias del mal, es decir, llevar a cabo el sometimiento del mundo y la destrucción de las mitologías tradicionales para sustituirlas por la nueva y abyecta “mitología” del poder: la voz del mal sin culpa, es decir, del padre omnipotente que no se somete a ninguna ley.

La tecnología sería el soporte material de esa nueva y analfabeta mitología, la que impone la obediencia plena e incondicional a una autoridad infalible que no tiene que convencer, sino simplemente ordenar. Mitología que, de forma casi total, es asumida por los herederos de la contienda de Vietnam, los que conformamos el mundo actual.

Esta es una lección que podemos extraer del relato, una lección que nos puede permitir posicionarnos para evitar que se apoderen, de forma definitiva, de todo pensamiento, de nuestra capacidad para crear ficciones y sostener en ellas los lazos sociales. Creo que, más que nunca, se hace precisa una nueva ficción, para ello hay que encontrar la vulnerabilidad, el Talón de Aquiles del padre omnipotente para asesinarlo, aunque tengamos que soportar por ello una culpa indeleble. Si no es así, sus determinaciones nos conducirán a una derrota final, de la cual nos ilustra también el relato.

La enfermedad mental decanta el devenir del protagonista hacia un casi fatal desenlace, muy revelador en relación a la inconsciencia, a la falta de sentido último de nuestros actos, para los cuales, las interpretaciones psicológicas de tipo fenomenológico que se construyen para dar sentido a la acción subjetiva, son simplezas que no tienen la más mínima relevancia, y no pueden llevar a cabo ninguna rectificación subjetiva porque son incapaces de acceder al secreto que ella encierra.

El conflicto real que surge con la autoridad, borra a Eugene como sujeto, ya no puede sostenerse en esa construcción mitológica de la obediencia que lo sostiene en el mundo. Todo su entramado simbólico sobre la obediencia se viene abajo, y acomete una acción inconsciente que lo sitúa en los límites del crimen.

Eugene acepta finalmente el orden impuesto de la institución mental. Está conforme en ese escenario que le permite reencontrarse con un orden vital que le resulta imprescindible para sostenerse. Aquí se revela el carácter analfabeto de la nueva mitología que llega a abarcar, no sólo el espacio de la tierra madre, sino también el de la enfermedad mental, el de las instituciones mentales. Todo lo que ocurre en el ser humano, la locura, los síntomas, la enfermedad mental, las angustias, las divisiones, todo lo refieren a lo fenomenológico, lo cual no puede llevar más que a que reconozcan su impotencia porque lo fenomenológico les dice poco. Es decir, la psicosis de Eugene, dice poco. Están desorientados. Todo su malestar lo suponen consecuencia de su relación con la guerra. Es la deriva simplista y fácil del padre omnipotente, siempre dispuesto a dotar a la institución mental de la pastilla que silencie lo que el sujeto sabe.

¿No estamos permitiendo que este analfabetismo ponga el punto final a la historia del ser humano?

Miguel Ángel Alonso

Comentario de Silvia Lagouarde sobre el libro Tierras de Poniente, de J.M. Coetzee

Parece que en esta ocasión todos leímos el mismo libro. Hay una gran coincidencia en las intervenciones. Yo me identifico con ellas. Es un libro que, cuando empecé a leerlo, me compenetré con él a fondo, no me había pasado nunca con un texto, tenía que dejar de leerlo porque estaba totalmente dentro de la cabeza de este personaje. Incluso tenía la sensación de que me iba a psicotizar asistiendo a ese monólogo tan particular.

Quiero decir, en primer lugar, que no me identifico con Alberto en la simpatía que le generó el personaje. Coetzee escribe de una manera extraordinaria, y pocas veces he leído algo tan perfecto en relación a lo que es la mente de un psicótico, en relación a la locura. Es perfecto. Lo es tanto que, ese personaje, justamente porque no entra en ningún tipo de responsabilidad subjetiva, en mí no provoca ningún tipo de emoción, me provoca casi un sentimiento psicotizante, y entiendo que es imposible de ser amado.

Y creo que Coetzee pretende hablar de cuando hay o no responsabilidad en el hombre y en la historia. En ese sentido, en esta obra lo que observamos es la parte opuesta de su otra obra Desgracia. Porque allí plantea que las atrocidades que hace el hombre blanco en Sudáfrica –pero que se pueden extender a la historia del ser humano desde que somos tales— sí repercuten en una responsabilidad subjetiva. Y a veces, el precio que hay que pagar para ser redimido, es aceptar que esa violencia no se perdona solamente porque se haga un partido de fútbol, tal como ocurre en la película Invictus, que cuenta las peripecias de la vida de Nelson Mandela. Lo que plantea en Desgracia es durísimo, y a mí también me dejó mal.

Coetzee es un hombre que expresa de tal manera las cosas, que hace que me compenetre con lo que plantea sobre la violencia. Por ejemplo, lo que plantea es que hay una responsabilidad absoluta en Sudáfrica en lo que se ha realizado a nivel histórico.

Yo me pregunté el porqué este texto, qué intencionalidad puede tener hablar tan perfectamente de la locura. Me dejó intrigada. Quiero indagar en esta intuición que tengo sobre la intencionalidad de Coetzee, si es verdad que el tema que trata es el de la responsabilidad, que cada acto tiene consecuencias, y que no se puede perdonar sólo a través de la palabra perdón.

Silvia Lagouarde

Comentario de Graciela Kasanetz sobre el libro Tierras de Poniente, de J.M. Coetzee

Quería hacer un comentario sobre dos intervenciones que se han hecho, lo que ha tomado Miguel y el tema del cuerpo que mencionó Alberto.

Creo que en este libro están expuestos varios cuerpos, el cuerpo social norteamericano, el cuerpo de este sujeto y los cuerpos de aquellos que él no considera sujetos, y que son, para el cuerpo social norteamericano, un cáncer que hay que eliminar, los vietnamitas.

En psicoanálisis hablamos que no es lo mismo ser un cuerpo que tener un cuerpo. Que se llega a tener un cuerpo en el mejor de los casos, y que se parte siempre de un organismo. Y que de los actos –no del comportamiento, eso que nos quieren hacer creer que son comportamientos, incluso este sujeto se ampara en sus comportamientos no tomando ninguno de sus comportamientos como un acto—, de los actos es responsable un sujeto. Y hay una diferencia ética abismal entre el comportamiento, del que se ocupa la psicología cognitiva y la psiquiatría centrada en los fármacos, y los actos que son actos de sujetos humanos, por tanto éticos, y sobre los que cada uno tiene responsabilidad. Sobre el tema del cuerpo, hay que decir que este sujeto no llega a tener un cuerpo.

Sin embargo, hay una cuestión que no quisiera que quedara en paralelo. Y es que la psicosis, la locura, puede arrasar muchas cosas, pero la locura no arrebata per se, la vertiente ética de un sujeto. Hay locos que, aun cometiendo el mismo tipo de acto, o parecido, sin embargo siguen reclamando la humanidad de su acto, la responsabilidad sobre él. Recuerdo, tal vez debe ser algo que se repite mucho, a Althusser. Era un psicótico que mató a su esposa y se le exoneró jurídicamente de responsabilidad, y él, en el libro El porvenir es largo, reivindica el derecho a ser responsable de su acto. Porque si le quitan la responsabilidad de su acto, le quitan su humanidad.

Por todo esto, como todos los libros de Coetzee, este del que hoy hablamos me parece un libro extraordinario. El segundo ensayo del libro abunda en la misma línea, en no asumir en absoluto la responsabilidad del acto. Me ha sorprendido la madurez de este texto, no lo veo menos maduro que sus textos siguientes. Y creo que es una crítica que, igual que El porqué de la guerra de Freud, tiene hoy la misma actualidad en otros conflictos provocados por potencias dominantes, que en última instancia siguen siendo económicas, sobre pueblos enteros arrasando la cualidad humana de los integrantes de esos pueblos. Podemos pensar hoy mismo en Haití.

Me parece, entonces, un relato extraordinario.

Y tampoco puedo compartir ninguna simpatía por el personaje. Porque este personaje no considera que el otro tenga más existencia que la de ser culpable de los actos que él mismo realiza. Y en esto léanse sus padres, léase su jefe, léase su mismo hijo, su mujer. Creo que no es un personaje con el que yo pueda simpatizar ni sentir la más mínima ternura. Porque respecto a la locura, para mí, que me dedico al psicoanálisis y a la clínica, hay muchos psicóticos con una posición ética realmente de responsabilidad de sus actos, aun cuando no sean dueños de ellos, aun cuando una voz les haya ordenado determinada cosa, no dejan de reconocer que el otro es un semejante. En ese punto me parece magistral el relato.

Graciela Kasanetz

Comentario de Carmen Peces sobre el libro Tierras de Poniente, de J.M. Coetzee

Más allá de estas cuestiones que a veces se plantean en la literatura, sobre la simpatía o no de los personajes, comparto lo que se ha dicho sobre la maestría del escritor. Tiene una habilidad de maestro. Se hablaba de Desgracia, pero hay otra obra suya donde relata lo que es una patología, En medio de ninguna parte, su primer escrito. El personaje protagonista es una mujer, y parece mentira que un escritor pueda plasmarlo de tal manera que hasta parece que está vivo.

Respecto al relato que nos ocupa hoy, me parece en su conjunto conmovedor, y por momentos inquietante. Me ha interesado mucho lo que se ha dicho sobre la cuestión de la psicosis porque me costaba ver la armonía con la que escribe el informe, con una cuestión que tenía que ver con su estructura psíquica. Me daba por pensar que ese tipo de informe lo podía escribir cualquiera que no fuese necesariamente psicótico.

Y ahí lo asociaba con lo que escribe Anna Arendt en Sobre la violencia, y la cuestión de la banalidad del mal. Porque hay algo de lo peor del ser humano ahí presente, la parte más oscura en cuanto a que queda deshumanizado, en cuanto a su materialidad. Cuando describe el contenido de las fotografías, es espeluznante, pero cuando hay párrafos en los que habla que hay masacres que no se pueden demostrar en relación a las aldeas que no están en el mapa, aun es más espeluznantes.

Me pareció impresionante esta cuestión de la banalidad del mal.

Carmen Peces

Comentario de Rosa López sobre el libro Tierras de Poniente, de J.M. Coetzee

Quería comentar el acto concreto de clavar el cuchillo a su propio hijo. Todo el libro tiene varias lecturas, pero hay una que tiene que ver con la paternidad. ¿Cómo entender el acto homicida con respecto a su propio hijo?

En ese sentido, el personaje dice que el estrés no explica nada, y se pregunta por qué el acto fue contra su propio hijo, carne de su carne, y por qué no fue suicida. Lo que ocurre es que es lo mismo. Esa carne de su carne también es el cuerpo que a él se le degrada, se le deteriora. Ese mismo acto era reversible, tanto podía ser homicida como suicida, porque en esa desesperación del psicótico hay un punto en el que tiene que erradicar, el objeto malo, interno, lo tiene que matar, lo tiene que aniquilar, ya sea fuera, ya sea dentro, porque no hay una topología exterior entre el hijo y su propia carne. Es lo mismo. Clavando ese cuchillo en la carne del hijo se lo está clavando a él mismo, no hay una diferencia.

Y de hecho, hay toda una cuestión sobre la paternidad. Está él como hijo frente a Coetzee, y éste como su padre. Y no sé si se dan cuenta de que la primera vez que menciona al hijo, dice que los únicos momentos que tiene de relax son por las mañanas, cuando su mente está un poco más calmada, momentos que son perturbados por Marilyn y por su hijo. Cuando leí esa frase pensé de quién sería el hijo. Más bien pensé que era de Marilyn, que lo había tenido con otra persona.

Lo que demuestra el psicoanálisis es que hay una diferencia entre ser padre desde el punto de vista biológico que desde el punto de vista humano. Cualquiera puede reproducirse biológicamente. Pero para asumir un hijo, amarle e integrarle en el deseo de uno, cuidarlo y reconocerlo como el objeto más preciado, hay que tener un aparato mental que los psicóticos no tienen. Y se ve muy claramente en este relato, como el hijo es un objeto en el cual el protagonista no ve una relación de continuidad.

Esto es un caso clínico que encierra una buena parte de la teoría analítica. Podríamos estar horas hablando página por página, frase por frase. Los psicoanalistas lacanianos decimos que el ser humano necesita simbolizar los hechos de la vida como el nacimiento, la muerte, la procreación, el sexo, etc., todo eso hay que simbolizarlo. Todo eso acontece, pero si uno no lo registra y no sabe como integrarlo, sólo nos podemos encontrar con aberraciones. Este hombre tiene una confusión enorme en todo, por ejemplo en la sexualidad. El pene y el falo, no es lo mismo tener un cartílago que cuelga al final del espinazo, que tener un órgano fálico que permite un goce fálico. Él lo dice muy bien cuando sostiene que en la literatura dicen que se goza de esto, esa felicidad –sexual podríamos decir— los ha eludido. Lo dice claramente. Tiene eso que cuelga, dice que clava la reja de mi arado. El sexo se degrada completamente y la procreación es un acto puramente orgánico y biológico: “Mi semilla se derrama como orina en las fútiles cloacas de los trazos reproductivos de Marilyn”. Es un acto de procreación degradado completamente a lo más orgánico y biológico.

Y luego aparece ese episodio de fuga. De pronto se va con el hijo. Pero el hijo no es más que un correlato de sí mismo. Y hay un momento en el que sale a caminar con él, donde dice que el hijo está orgulloso de su padre, quiere ser como él. Es toda una respuesta. Él intentando estar del lado del padre como ideal para ese hijo que es criado por una madre histérica, pero a la vez el hijo es ese objeto que le corroe, tengo un hijo dentro que me corroe, que fue el primero, y luego tengo un hijo mogol y no se quiere marchar. Está preñado de un hijo que hay que matar. Hay que matar fuera o dentro, da lo mismo, no hay una topología. Es el sentido que tiene el acto desde el punto clínico, no es un acto homicida.

Rosa López

Comentario de Miriam Chorne sobre el libro Tierras de Poniente, de J.M. Coetzee

Retomando la discusión de si era o no un personaje que despertaba simpatías. Me parece que puede despertar las dos cosas al mismo tiempo. Porque es verdad que ese aspecto al que Gustavo aludía: “frío cristal”, espanta cuando describía lo que es el encuentro con su mujer. Y al mismo tiempo está la descripción tan fina que hace sobre lo que es la vida de este personaje, te transmite perfectamente lo trabajoso que es la vida para un psicótico. Porque dice que cuando está con la gente, piensan todos que no se desenvuelve bien. En realidad está controlando no tener el tic tal o el tic cual, no hacer una mueca, y va describiendo la tensión tan grande que muestra lo difícil que le resulta estar. Simplemente eso, estar, es complicado para él. Y cada acción es como un acto de voluntad. Para hacer las cosas corrientes que en la vida hace cualquiera, él tiene que buscarlas casi conscientemente. En ese sentido, es muy conmovedor. Tiene un aspecto que, no sé si es cuestión de ternura, pero si desierta compasión, conmueve y se puede sentir perfectamente lo difícil que es la vida para ese hombre.

Por tomar la primera frase, cuando habla de su nombre, dice que no puede hacer nada al respecto. La cosa que para nosotros es más obvia y evidente, de que somos tal o cual, para este hombre, el hecho de no poder hacer nada con eso quiere decir que no tiene ninguna identidad con ese nombre. No hay ninguna confluencia entre el nombre y él mismo. Y para uno, justamente, el nombre es una de las cosas a las que se siente más identificado.

Miriam Chorne

Comentario de Concha Miralles sobre el libro Tierras de Poniente, de J.M. Coetzee

Este libro me ha suscitado muchas preguntas durante toda su lectura. Se me hizo una lectura difícil y densa. Sobre el primer relato, comparto lo que decís, me parece una magnífica descripción de un delirio, de una locura. Pero también me pregunté por la cuestión literaria del texto, la estructura, se habla de que es un informe, parece ser que se está construyendo un ensayo, también se habla de una novela, cuando tiene este encuentro con Coetzee le habla de investigación y de que está haciendo una novela. Ahí me preguntaba qué es esto, cuando también parece un diario de su propia locura. Yo me preguntaba desde dónde habla, si habla después del acto con su hijo, si cuando está en el manicomio, desde dónde construye ese informe Vietnam. También me pregunto por el propio Coetzee, es muy curiosa su posición.
Incluso en el segundo relato, que también me leí, me he cuestionado qué unión podía haber entre los dos relatos, porque la novela son dos relatos, y se supone que tiene que haber un nexo entre ellas. Hay un momento que, en el primer relato, creí encontrar esa conexión. Es cuando hace referencia a la publicación de su trabajo en tal editorial, y que a partir de ahí se dedicará a otra cosa porque él es un explorador, y pensaba que si hubiera vivido hace doscientos años hubiera descubierto otros territorios. Es un punto donde parece que conecta con el otro relato.
Y ese Coetzee que no sé si es real o es un antepasado del propio autor. Es otra de las preguntas que me hago. Si esto es así, si realmente es un antepasado del autor, tiene un hilo importante que quizá no he sabido interpretar y llegar a descubrir. Sería interesante discutirlo.
Concha Miralles

Comentarios y diálogos suscitados tras las intervenciones, en el final de la tertulia de El Proyecto Vietnam

Miriam Chorne
Respecto a lo que plantea Concha Miralles, yo pensaba, mientras leía, que llamar Coetzee al superior, hace que uno no identifique narrador y autor. Eso por un lado. Y por otro lado, cuando los escuchaba, pensaba que el personaje de Coetzee no se sabe si es el autor, su abuelo, alguien que se llama Coetzee. En realidad, estamos haciendo una suposición. Pero es cierto que en el siguiente relato, inmediatamente, habla de que hay tres Coetzee, y éste es el que ha hecho la traducción, porque pone los nombres. J.M. Coetzee es éste. Pero puede llamarse Coetzee y que no tenga nada que ver con su familia siquiera, o ser un antepasado. De momento uno puede jugar con todas estas variantes. En todo caso, que el narrador no se llama Coetzee.

Silvia Lagouarde
Es verdad, como decía Gustavo, que todo buen escritor es un filósofo. Cuando dije que me suscitó el deseo de leer más libros suyos para descubrir algo de su intencionalidad en este texto, tenía que ver con su filosofía, no con su psicología.

Y otra cosa que me parece importante de este texto, es la certeza psicótica y de inocencia. Porque yo a este personaje lo veo absolutamente inocente. Jamás le pondría la pena de muerte. Sin embargo, creo que en Desgracia, siguiendo el interés que me generó su literatura por ver qué quiere, o qué tiene en el fondo algo de la filosofía de este hombre, es que él está muy enfadado por lo que sería la falta de responsabilidad del poder del primer mundo, que no hay perdón ante las enormes tragedias humanas que se llevaron a cabo durante el siglo XX, y que hay algo de la posición política, en este momento, que no merece el perdón. Por ejemplo, en Europa, donde hay una desintegración absoluta de políticos, de partidos y una posición de estupidez y falta de responsabilidad.

Creo que de Desgracia se puede inferir un mensaje, o se toman cartas en el asunto, o se viene la venganza más atroz, de manera que los que tienen hoy poder y riqueza en este primer mundo, preparaos para lo que puede ser el futuro. Creo que está haciendo una advertencia y me conmociona la manera extraordinaria de contarlo, verdaderamente merece el Premio Nóbel, escribe de forma extraordinaria. Ha sido muy acertado haber elegido a este autor.

Graciela Kasanetz
Quiero retomar la cuestión del apellido, Coetzee, que aparece en los dos relatos. Voy a hacer una alusión mínima al segundo relato, pero primero quiero decir que, en el primero, Coetzee es el jefe que ocupa el lugar de un padre tomado desde la perspectiva del hijo. Porque Coetzee no es el protagonista.

En el segundo relato, el protagonista es el colono Coetzee. Y podríamos decir que está también del lado de la voz, la atronadora voz vengadora del dios padre a quien han desobedecido y osado ir contra su ley.

No solamente cualquiera puede ser padre biológicamente hablando, y puede reproducirse, sino que hay una condición que compartimos todos, y es una condición que también hay que adquirir, aunque sea una condición biológica, y es que todos somos hijos. También hay que hacerse hijo. Porque, precisamente, en el primer relato, el protagonista busca la culpa y la responsabilidad de los actos en esta genealogía paterna, él busca ser hijo de alguien, busca alguna subjetivación. Y en el segundo relato, lo que no hace este padre terrible es reconocer la humanidad en el sentido de este cuidado por los hijos. Me parece que también en eso es magistral.

Yo leí estos dos relatos y debo confesar que aparté el libro porque me resultaba demasiado terrible. Creo que la crudeza de estos dos elementos llevados al límite de los asesinatos, aúnan lo mismo que Gustavo señalaba en el protagonista del primer relato, la certeza y la inocencia también están en el protagonista del segundo relato.

Rosa López
Quiero preguntarle a Graciela. No sé como tomamos lo de investigar su infancia. ¿Qué valor le das a que él comience a investigar su infancia y sobre qué deseo le ha traído al mundo? El camino se lo sugieren los psiquiatras. El protagonista dice que el argumento de los psiquiatras es que para su tratamiento tendría que empezar en los inicios del pasado remoto y avanzar de forma gradual hasta el presente. Es un argumento razonable, así que por ahora está hablando no de la infancia de Martin, sino de la suya. Es como un proceso de análisis.

¿Tú ves que cuando busca la culpa él se está eximiendo?

Graciela Kasanetz
Respecto a ser hijo, siempre el deseo de los padres es una interpretación de los hijos, y en ese punto cada sujeto tiene la oportunidad de esa oscura e insondable decisión, de poder interpretarlo de una manera y no de otra, y no quiero decir que no haya condiciones para los sujetos, condiciones de su nacimiento y de su infancia, que puedan ser más determinantes que otras, pero siempre está la posición del sujeto.

Rosa López

Yo estoy de acuerdo con Alberto, la posición del sujeto es que él lleva toda la vida intentando ordenar el mundo para que no se le eche encima, porque es amenazador, todo es amenazador para él, cualquier gesto del otro lo es. Entonces, el hombre hace lo que puede, no veo que tenga una posición de Bella Alma.

Graciela Kasanetz
Las certezas de que ninguna otra cosa se puede hacer, y de que haya intentado hacerlo de la mejor manera posible, creo que forma parte de una metáfora entre el proyecto Vietnam, que no es el proyecto de una persona, y la implacabilidad del proyecto, y cómo lo justifica. Me parece que hay ahí una cierta metáfora. Yo no lo tomo únicamente como un caso clínico, pero además pienso que no puede ser un caso clínico porque el único caso clínico es del que habla. Aquí vuelvo a pensar que a pesar de todas las precisiones, hay que tener cuidado.

Rosa López
Efectivamente. Esto es un poco un abuso. Es un caramelo desde el punto de vista clínico.

Alberto Estévez
El Proyecto Vietnam, tiene un título muy sugerente: Vida nueva. No es cualquier título.

Gustavo Dessal
Por eso es importante que él se llame Dawn, amanecer.

Miriam Chorne

Hay una frase que cuenta Primo Levi, que cuando llegan al campo de concentración, hay una autoridad del campo que les dice que nunca se sabrá lo que aquí va a pasar. Si alguno de llega a escaparse, aunque quiera testimoniar, vamos a hacer desaparecer todo, los hornos. Si alguno llegara a escapar nadie va a creer que semejantes barbaridades hayan sido cometidas. Es una vida nueva errando hasta el fondo.

María José Sánchez

Cuando dice “Coetzee me pide que revise mi ensayo” es curioso como el autor se mete en el texto en la primera frase. El autor nos complica la vida en este sentido, porque el personaje se desdobla en dos, uno que quiere agradar a Coetzee, haciendo el ensayo acomodaticio para conformar esa idea de la nueva mitología, y el otro que no quiere hacerlo. Esta dualidad le lleva a la locura. Esto sería un resumen rápido. Y al final pide que le dejen algo de su malestar para no tener esa mente tan vacía de contenidos.

Liter-a-tulia

lunes, 15 de febrero de 2010

La librería Eléctrico Ardor invita a la presentación del libro de Rodolfo Walsh: ¿Quién mató a Rosendo?





















La librería Eléctrico Ardor


te invita a la presentación del libro

¿Quién mató a Rosendo?

de Rodolfo Walsh

que tendrá lugar hoy

lunes 15 de Febrero a las 20 horas
- c/ Pelayo 62 -


Constantino Bértolo, editor y crítico literario, y Virginia Rodríguez, editora de 451 Editores, charlarán sobre la obra del escritor argentino.

-Al finalizar se servirá un vino-



lunes, 8 de febrero de 2010

MªJosé Martínez comenta "El proyecto Vietnam", el relato que trabajaremos en la tertulia de este viernes 12 de Febrero.

Impresionante esta obra de J.M. Coetzee, breve, intensa, y condensada, que nos despista tanto que no parece una novela.
Nada más empezar el narrador dice su nombre, Eugene Dawn, y nos cuenta que Coetzee le ha pedido que revise su informe. Cierro el libro y compruebo el nombre del autor. Está bien. Vuelvo adentro, sigo, y en el primer renglón ya tengo tres personas narrador, autor y el alter ego del narrador. Tres verdaderas personas para una historia, y esto, ya se sabe, es siempre algo complicado.
El autor va a contarnos, dentro de un espacio irreal, las consecuencias de la guerra del Vietnam, sobre todo en los americanos, que es lo que importa. Para eso novela la historia de Eugene Dawn, al que le han pedido un informe sobre el Proyecto Vietnam que dirige Coetzee. Y estos dos personajes que, recubiertos de músculos y carne, son una persona, van a enfrentarse entre sí. Uno de ellos será Eugene, el subordinado, el débil, el hombre creativo y ahora descontento, y el otro es Coetzee, el que se vende al sistema y que mantendrá, sin decaer, las exigencias oficiales sobre el tono debido que de aquel informe se esperaba. En esa lucha van a estar los dos durante cinco capítulos, y en este último comprendemos que la persona que encerraba a los dos personajes incompatibles está muy enferma.
Y lo curioso de esta enfermedad es que ha sido retransmitida en directo, porque a la locura la vimos avanzar esas páginas que cada vez se vuelven más incoherentes conteniendo la palabra de un hombre que ha matado a su hijo y que acabará desvariando. Pocas veces se ha visto contar así una historia. Pero también está muy clara la distinción que hace el mismo Eugene sobre las dos locuras de la novela: una es la locura de la guerra, y otra, la peor, la causa de su crisis, es la locura de tener que mentir sobre ella.
Pocas cosas están separadas en esta novela de finales del XX en el que ya todo se nos muestra en los medios y en el cual Freud ya nos había ilustrado.
En la novela que comentamos no existe ningún orden interno y el autor mezcla, a posta, todos los elementos materia del argumento para plasmar la total confusión mental y la complejidad del asunto a tratar y de la locura.
Narrada en primera persona, en constante monólogo interior y sin orden cronológico, Eugene, nos traslada el informe que es la síntesis de la tesis de la novela. Luego nos adelantará su mirada a poniente. Y allí acabará su historia intentando ser un buen chico y ganarse el cariño de sus cuidadores en tanto que, muy aplicado, estudia su crisis. De esta nos confiesa querer quedarse con algo, con algo de su locura, con algo propio, para poder soportar su yo tan vacío y lamentable como el del resto de sus compatriotas.
Se trata, pues, de la biografía del hombre que se vio forzado a elaborar un informe lleno de instrucciones y consejos para lograr que los militares que combaten en Vietnam se sientan bien, donde las palabras hechas con 52 símbolos disimulen la verdad y justifiquen la barbarie, informe del que se roban y ocultan datos y fotos terribles, donde se aconsejan estrategias y tácticas, donde se sugieren caminos secundarios para no enfrentarse a lo que de verdad estaba ocurriendo, y para que, en definitiva, los pilotos de aquellos terribles B-52 puedan seguir matando. Porque ¿cómo podrían hacer aquellas cosas unos buenos padres de familia, hermanos leales, personas salidas de las ciudades pequeñas donde todos formaban una comunidad de bienintencionados vecinos? Imposible, no puede ser, la normalidad se ha roto y eso sería un fallo. Ya nos lo advierte la cita del comienzo al decirnos que “los pilotos habría que seleccionarlos entre sujetos sin escrúpulos”. Y por si entre ellos se cuela alguno de los sanos personajes a los que nos tienen acostumbrados sus películas, es necesario un informe que enseñe a los mandos a diseñar estrategias para cuidar a esos chicos y para cuidar a la opinión pública.
Porque se trata de aplastar la rebeldía de quienes le estaban saliendo díscolos al estado norteamericano, porque cada uno de aquellos pequeños estados fuera de su control y de su Geografía, estaban haciendo su camino de guerras y sometimientos, y este camino es tan largo, que ya no se puede consentir, porque aún no han llegado a la democracia necesaria para que todo vaya bien. Por eso hay que obligarlos un poco. Y todo de acuerdo con las normas de esos chicos que alzan en sus manos las cabezas de sus enemigos, los que han conquistado la razón absoluta de la fuerza, los dueños de una moral y una higiene, tales, que ya no deberían cuestionarse en ningún lugar del planeta.
Así nos dice el autor cómo Norteamérica va dando forma a sus mitos.
¡Señor! ¡Sí, Señor!
Pero aparece otro fallo, y sobre eso se ha de trabajar en el informe, pues esos pequeños y sucios vietnamitas harapientos no quieren escuchar la voz atronadora del Padre americano desde el aire, porque ellos tienen otro Padre que siempre les habló de otra manera. Y Eugene sigue trabajando aunque le falten fotos, aunque le roben papeles, porque el problema radica en conseguir la victoria. Pero eso ya es un problema técnico que tal vez tenga que resolverse mediante una fórmula. Y el protagonista nos remite a otros libros para que veamos la hipocresía y la falsedad del que quiere engañar a la gente de su país y a la de los demás. Pero él, que se siente culpable a más no poder, exclama: “¿Por qué no nos pudieron aceptar? Y luego: ¿por qué no se resistieron?” Porque “Si demuestras tu valía –les gritábamos– también demostraréis la nuestra”. Y Eugene nos dice que las fórmulas que trascribe las toma de un libro en la Biblioteca Truman, ya que él sólo es uno de esos hombres librescos que ha tenido la suerte de tener visiones de gran claridad. Y sigue trabajando y nos confirma, que solo se puede ganar la guerra si se bombardea 24 horas, si se fumiga todo el territorio con PROP-12, o si se usa NAPALM sin parar, y televisado, que emociona más.
“Hasta que nos mostremos como somos y nos deleitemos en el verdadero significado de nuestros actos, continuaremos sufriendo el doble castigo de la culpa y la falta de eficacia”
Terrible y cierta esa confesión, porque si encima de ser culpables no se consigue nada...Y Eugene, que aún está algo lúcido, siente que aún “Podemos triunfar”, y que además “Tengo el deber de señalar nuestro deber”
Después, ilusionado, se aleja de su mujer y de Coetzee para quedarse solamente con el hijo y con la parte buena de su persona.
En el motel a donde ha huido, el autor nos cuenta de sus trucos sobre su escritura, y ya no cabe más ficción dentro de la propia ficción de esta novela, de la que casi nos olvidamos que es novela, mientras desgrana, inteligentísimo, todas las ideas sobre el yo, y nos cuenta como su hijo va hacia el jardín que él había soñado tantas veces. Luego se preocupará del lavado de ropa.
Sueños y más sueños en un personaje que al final es un enfermo inmerso en sus fantasías diurnas y al que todos parecen chuparle la vida, desde su madre que le roba el más puro deseo de autonomía y su padre que está en el ejército.
Dramática, terrible, enloquecida historia que a veces resulta muy difícil de asimilar porque tendríamos que asimilar la locura, algo a lo que todos nos resistimos. Y los médicos que atienden a Eugene quieren culpar de toda su enfermedad a la guerra en abstracto, unido a un algo más que viene de la infancia. Pero este engaño dialéctico no podemos dejarlo pasar por alto en este caso tan grave, y salta la pregunta: ¿Por qué los pueblos quieren buscar su trascendencia en las guerras? Y otra más: ¿Dónde queda la responsabilidad de la guerra?
Y repasando el informe de Eugene, y otros informes, la responsabilidad se diluye no podemos encontrarla. Es muy difícil, todo es muy difícil. Quien sabe.
Hasta Descartes dudaría.
Sólo nos queda la solución de contar el color de los muertos.

MªJosé Martínez Sánchez

viernes, 5 de febrero de 2010

Dos pequeños relatos, por Pilar Sánchez Durán

Una de nuestras contertulias habituales, Pilar Sánchez Durán, nos cede amablemente un microrelato y un relato corto.



TRABAJO EN EL ZOO.

Hace un mes que he cambiado la Biblioteca por el Zoo. Ya no estoy en el paro, gano un dinero y además puedo seguir preparándome las oposiciones. Aquí también tengo una mesa y me rodea la gente, pero la jaula es amplia y me siento con más espacio. Puedo beber agua, infusiones, comer, sin tener que alejarme de la mesa de estudio. Gracias a las clases de meditación y relajación que realicé hace tres años, puedo concentrarme mejor. Ni me entero de las risas, las miradas, las preguntas. Ni siento los cacahuetes que algunos adolescentes me tiran. Me sirven de aperitivo junto con el vermú cuando hago el descanso de las 13:00 horas. Según me comentaron mis jefes están haciendo un estudio, pero ahora no recuerdo si era sobre cómo respondían las personas al ver a otro ser humano encerrado en una jaula como un animal, o cómo reaccionaba un sujeto al estar encerrado como un bicho más ante la exposición de sus congéneres. Lo único que he perdido son algunos amigos y a mi novia. Pero no me importa, aquí estoy conociendo nueva gente. Y bueno, sin novia, mi concentración ha mejorado.


PASADO INMINENTE.

Me largué. Salí lo más rápido posible. Dentro del ascensor me miré en el espejo y traté de recomponerme. Huí del hotel. Me mezclé entre la oscuridad y los viandantes como si nunca hubiera estado en aquella habitación. Como si jamás hubiera visto a Sergio colgado de la lámpara con la silla tirada a sus pies. Como si jamás me hubiera llamado para citarme. Me largué suplicando una amnesia inminente. Crucé una calle casi sin mirar. Sonó el móvil.

¿Qué tal tu cita con tu ex?

No he ido. No quiero volver a verle.

Con lo mal que se portó...

Por favor Laura, quiero dejar en el pasado al pasado.

No me extraña. Es que tienes unos ex más raritos.

Todos los ex son raritos, si no, no serían ex.

Llegué a casa. Me metí en la bañera con agua caliente. Una hora después estaba sentada empezando una botella de vodka. Deseaba olvidar todo lo anterior hasta ese mismo momento. Las pocas horas que pude dormir, lo hice en el sofá.

Suena el teléfono.

Entra la luz por la ventana. No me ha cundido nada la noche.

Llegué ayer y quiero verte, quiero saber como estás. Estoy en el Hotel Occidental habitación 333

Sergio, los fantasmas no llaman, no piden entrevistas.Cuelgo.

Llamo a Laura para que me ayude a saber si lo que pasó ayer era real, un mal sueño, una premonición o me han lanzado una maldición y he entrado en una repetición del mismo día.


Pilar Sánchez Durán

lunes, 1 de febrero de 2010

"La infidelidad femenina en la Literatura" Una breve reseña del libro de Gabriel Hernández a cargo de Alberto Estévez

La infidelidad femenina en la literatura es el título que Gabriel Hernández García, psicoanalista que desarrolla su práctica en Murcia y miembro de la AePCL (Asociación española de psicoanálisis del campo lacaniano), ha elegido para esta obra que hoy comentamos.

Dice el prólogo de este libro que éste es el resultado de la articulación de dos grandes pasiones que habitan en su autor; la pasión por la literatura y la pasión por el psicoanálisis. Son pasiones éstas que mantienen cierto vínculo histórico, no por nada están presentes ya en el propio creador de la doctrina psicoanalítica, Sigmund Freud, reconocido lector y reputado escritor hasta el final de sus días.

Es decir, que en esta encrucijada de pasiones es donde se gesta el libro, y para ello elige un tema que no es cualquiera, dado que mayoritariamente, la literatura dedicada al género amoroso esparce su argumento sobre el motivo de la infidelidad, con lo cual amor e infidelidad parecen encontrar una relación que la literatura plantea y el psicoanálisis debe interrogar. En este punto el autor ya nos previene que la infidelidad no debiera ser considerada únicamente como factor desencadenante, sino como condición de la que el amor extrae su verdad.

Nos está previniendo, decía, desde el marco que el psicoanálisis le brinda como herramienta para tamizar estas cuestiones, la misma herramienta que lo habilita a distinguir, y esto es sumamente preciso, infidelidad y adulterio, porque éste queda un poco más acá que aquella, y puede ser regulado a diferencia de la infidelidad que queda exenta.

Jacques Alain Miller en su seminario “Lógicas de la vida amorosa”, impartido en Buenos Aires en 1989 nos habla del primer “flechazo” de la historia humana, Adán y Eva. Cito: “Ellos no sabían lo que era un flechazo. En realidad, tenemos datos para decir que hubo flechazo del lado de Adán; no sabemos si lo hubo del lado de Eva; quizás ella tuvo su flechazo más bien con la serpiente.”

En clave de humor, encontramos esta simpática referencia del tema al cual la obra trata de introducirnos. Y partiendo del ideal amoroso clásico del dos que hacen “uno”, la literatura nos entrega el tres conformando cierta figura triangular, y la lectura psicoanalítica que el autor realiza conseguirá alumbrar un cuarto término en juego. Para ello el autor es diestro en el manejo del aparato teórico que el psicoanalista Jacques Lacan desarrolló a lo largo de su vida; Gabriel Hernández se introduce por la trama literaria de estas 5 mujeres ilustres de la historia de la literatura, y la teoría de los discursos acude en su auxilio para entender la infidelidad femenina y analizar sus pormenores.

Masculino y femenino son posiciones que no dependen de la anatomía, sino de la respuesta al enigma que el sexo supone, y dicha respuesta decide la posición sexual. Es en este sentido que nunca podríamos considerar la infidelidad como Una para ambos sexos, en la medida que la lógica que rige ambos lugares es distinta. Mientras para el varón es el universal quien preside y nos permite hablar del conjunto de los hombres, no es así en el caso de la mujer. Para ella la lógica que impera es la del no-todo, no podemos por tanto hablar del conjunto de las mujeres, el heteros femenino atenta contra el universal de la lógica del varón, y esta obra toma el no-todo que lo femenino supone para dejarnos un saldo bien fecundo.

El autor sabe que cada mujer es una excepción y hace su elección para esta obra, una elección afortunadísima; son 5 mujeres, 5 excepciones, y con valentía se planta ante ellas con intención de entender la forma de amar de cada una, y en ese movimiento nos proporciona el placer que supone una lectura nueva, con un sentido insospechado, de personajes que son clásicos de la literatura.

Esta elección es además un recorrido evolutivo por la temática del amor que nos permitirá comprobar cómo este concepto se ha ido transformando al ritmo de los cambios que la sociedad de la época ha ido padeciendo; tres mujeres quedan enclavadas en novelas escritas en el siglo XIX, y las dos últimas nos acercan a un amor más contemporáneo, en el que los valores amorosos han ido transformándose hasta producir cierta decadencia del mismo.

Cada una de las protagonistas que el autor de esta obra eligió para escrutar el tema de la infidelidad nos va dejando su contribución en forma de un nuevo saber, en ocasiones presentido, al menos en parte, pero que con la ágil explicación que se nos brinda en la obra, se consigue acercarnos a lo que no éramos capaces de expresar. Emma Rouault, más conocida como Madame Bovary, nos va a permitir entender la falta de reciprocidad de toda relación en el hecho de que siempre responde alguien que no es aquel a quien uno se dirige. No-toda la mujer era la Esposa
La novela de Clarín, La Regenta, uno de los mayores exponentes de la literatura española, nos pondrá ante esa hermosa dama, Ana Ozores, y la relación con su confesor. Podremos comprobar el aparente baile de lugares que sufren los personajes, y sin embargo darnos cuenta de que, en la estructura amorosa, dichos lugares, ya están todos ocupados. Ana se ve llevada a defender su propio goce y en ese movimiento, quiebra sus propias defensas: desafiando el argumento de que la virtud se nutra de la tentación, deduce que es la tentación la que se nutre de la virtud, hasta llegar a la amenaza: suplantar el imperativo de virtud por el imperativo de goce, que la lleva al imposible, se resuelve en un querer huir de sí misma.

Particularmente útil resulta la división en tiempos del relato amoroso; el antes, el durante y el después de la infidelidad reciben su nombre en la obra, y curiosamente vemos alojarse a La Regenta en el instante previo, a Mme. Bovary justo en el tiempo de la infidelidad, y la mujer que cierra el ciclo de damas del XIX, Ana Karenina, en el tiempo final, que el autor llamará el tiempo de la exposición de la verdad. La peculiaridad de su caso reside en el hecho de que la confesión de infidelidad no conlleva la ruptura del triángulo, entre otras cosas porque reconoce a su marido un derecho sobre su propia vida, pero no sobre su goce.

En las dos obras que el libro deja para el final encontramos una característica compartida en la figura del amante; se trata de un nuevo tipo, un amante que quiere ser marido. Además, si bien el verdadero marido no ha perdido nada de su escalafón social, sí lo ha hecho el amante, que en el siglo XX ha dejado de tener la vitola de ocioso conquistador para convertirse en asalariado, en ocasiones del propio marido, vive de su trabajo, y nos plantea un amor en cierta devaluación, en palabras del autor, un amor proletarizado.

Lo comprobamos en la obra que sigue, El amante de Lady Chatterley, amante guardabosques. ¿Qué sentido tiene la infidelidad en una historia como esta, en la que el propio marido es el que pide a su esposa que mantenga relaciones con otro hombre? El problema aparece cuando el no-todo femenino que ella representa contraría la lógica del Uno masculino, y de resultas, algo escapa.

Pienso que no es casual que Gabriel Hernández haya dejado para el final la obra literaria de Anaïs Nin; se trata de los Diarios. Seguramente su disposición responde a la ordenación cronológica que orienta todo el texto, pero es un dato muy apreciable que los Diarios comenzasen a escribirse bajo la forma de cartas a su padre, para que regresase al hogar familiar, y aunque el padre nunca lo hiciera, ella no podrá dejar de escribirlos hasta su propia muerte.

Nos dice Lacan que la defensa histérica contra el goce consiste en proteger al padre ideal. Es decir, la temática del padre es algo que llama a cierta universalidad dentro de la estructura histérica; su vida amorosa, y por tanto, la infidelidad femenina como elemento integrante de la misma, van a verse contaminadas por lo que se desprende de la sobresaliente observación que
Freud hizo a Fliess: “La grandeza del padre orienta la exigencia histérica”

Será esta la manera en la que podamos entender la infidelidad en el caso de Anaïs Nin; una infidelidad que funciona como forma de preservar el amor. Y podremos a su vez mirar de reojo, retroactivamente, a las otras cuatro mujeres que la han precedido en este mismo texto, y ahora, a la luz de esta clave que viene definida por la importancia que la figura del padre supone en lo femenino, clave que permite nada menos que sostener la dimensión del amor para cada una de ellas, volver a pensar la verdad que la histérica se empeña en decir: “Y esta verdad es que el amo está castrado”(1)

Alberto Estévez

(1):Jacques Lacan, Seminario XVII, El reverso del Psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 1992, pág. 101.

miércoles, 27 de enero de 2010

Comentario de MªJosé Martínez Sánchez sobre el libro del escritor y psicoanalista Gabriel Hernández: "La Infidelidad Femenina en la Literatura"

Nos encontramos hoy ante el interesantísimo libro de Gabriel Hernández en el que, a través de cuatro obras literarias y desde el saber psicoanalítico, nos va a explicar los complicados mecanismos del amor humano en donde cabe perfectamente, en el caso de esta obra, la infidelidad femenina.

Helen E. Fisher (1), famosa antropóloga norteamericana, al hablarnos de nuestros antepasados Cromagnon, nos dice que todos sabían lo que era el amor porque en el fondo de sus corazones tenían grabada una vieja inscripción, el patrón que rige los vínculos humanos, tal como lo describió Thomas Hardy (2); y nos transcribe: “Ese aire de familia, lo eterno en el hombre que no atiende a la llamada de la muerte”. La frase me parece bellísima, y ella nos sigue contando como desde que acabó la edad de hielo hubo numerosos bosques donde las familias se asentaron y se encontraron ante sí con dos cosas fundamentales en sus vidas: el enamoramiento dentro del amor sexuado, y el apego.

Sobre estos dos aspectos nos informa, junto con la medicina, que cuando un ser humano se enamora, la secreción de unas sustancias semejantes a las anfetaminas inunda su cerebro, de tal forma, que esa persona se mantiene enajenada pensando solo en el amado hasta el punto de poder pasarse varias noches sin dormir. Luego, cuando ese deseo tan acuciante se hace insostenible o cuando se consuma, aparecen otras sustancias, las endorfinas, dando lugar a la apacible calma amorosa, al descanso y al apego consiguiente. Esta última situación facilita la conservación de la especie y nos lleva a lo doméstico del amor. Pero el ser humano se cansa pronto, o se satura de calma y endorfinas, y vuelven a aparecer el deseo y las anfetaminas, en esa producción simultánea entre sustancias materiales y espirituales que se pondrían al servicio del hombre y del amor. Se trata pues de cómplices biológicos, la famosa química del amor que no será nunca la razón por la cual el amor exista. Se trata de la fisiología cerebral subyacente. Nada más.

Pero es en su novela “El pobre y la dama”, y en las siguientes, donde Hardy nos presenta a sus personajes como seres gobernados absolutamente por las fuerzas de la Naturaleza y por los mecanismos sociales de la férrea sociedad victoriana, en aquella época en la que se admitía el determinismo biológico, del que hemos dado explicación, dentro del cual el sexo era una categoría.

Y son precisamente estas dos fuerzas las que aparecen en las novelas que Gabriel Hernández analiza en su libro: La fuerza natural del amor, y el amor vivido al estilo de la época correspondiente.

De entre las novelas analizadas, Madame Bovary, La Regenta, y Ana Karenina, se escribieron en el XIX, El amante de Lady Chaterley a principios del XX, y Los diarios de Anais Nin, algo más adelante, en ese particular periodo de entreguerras en el que se generó un cambio y una rotura en el pensamiento del mundo occidental.

Las tres primeras, pues, tienen sus argumentos elaborados dentro del movimiento romántico en el que los plebeyos y pequeño-burgueses acceden a la categoría de personajes literarios, y donde tiene cabida lo natural y lo violento del amor. Así mismo aparecen muy claros el ímpetu amoroso, el sufrimiento, la ambigüedad, la melancolía, el narcisismo y la muerte, como características propias de ese movimiento que empieza cuando la religión y sus normas sufren cambios muy serios, con Enrique VIII, en Inglaterra, y con Lutero, en Alemania, por ejemplo. Añadir que el Romanticismo fue el movimiento que hizo avanzar la idea del yo, antes estancado, en la vida y en la literatura, sin ser condicionado ni por lo religioso ni por la razón.

Y Gabriel Hernández encuentra un espacio formal, un lugar dentro del conocimiento analítico desde donde poder mirar y dilucidar la verdad oculta en la vida de esas heroínas de las novelas citadas, para comprender las motivaciones íntimas de sus decisiones, avances y retrocesos en el amor, hasta llegar a la infidelidad, el divorcio y la muerte. Lo hace estudiando el círculo social próximo a la pareja donde habita el seductor de turno, junto a un marido siempre incapaz y despistado. De forma muy esclarecedora viene a decirnos, que aquellas fuerzas de la Naturaleza que en la obra del novelista inglés dominaban a sus desprotegidos protagonistas, no son sino productos elaborados en sus mentes a partir de una educación y unos resúmenes muy particulares que ellos hacen del ambiente y del parentesco en el que se criaron.

Amor e infidelidad vividos de la manera en la que vivían esas mujeres que se nos presentan como prototipos de ese tiempo en el que los personajes masculinos tampoco salen muy bien parados. Todos ellos protagonizan el resumen político y sociológico de una época a través de la forma de amar que plasman los autores, en la que hasta los triángulos pudieran tener cuatro lados, y en la que los amores son tan tergiversados, que al final no sirven para nadie y se pierden. Y todo sin olvidar, precisamente, y más que nunca, que la novela es ficción.

Excelente la comparación hecha de las tres novelas primeras. Igualmente el sutilísimo análisis del circuito amoroso en Mdme. Bovary y La Regenta, en los que todos hemos recordado, con más claridad que nunca, aquellos pecados de amor y los enredos de sus protagonistas, concretamente en esa obra de Clarín tan vasta y compleja como una catedral. Es el estudio de ésta donde encontramos una excelente trasposición de la novela al análisis, en un encaje magnífico, que nos hace disfrutar tanto o más que cuando leímos la novela por primera vez.

Igualmente bueno el análisis de El amante de Lady Chatterley. Aquí ya se percibe el cambio de siglo en ese relatar del sexo más explícito, tomado con naturalidad por parte del guardabosques que admira ya un cuerpo real de mujer en manos de un hombre también real, rebelde frente al maquinismo, en tanto que otros personajes continúan con los prejuicios sociales decimonónicos. Y aunque la trama es aún artificiosa, los protagonistas ya parecen controlar sus emociones y avanzan dando algún sentido a sus vidas. Es curioso ver aquí, ya muy consolidada, la figura del amante que no ya no quiere ser sólo amante sino que ya se puede hacer cargo de la realidad de un matrimonio. El Romanticismo, pues, inicia su declive, pero la vida y el amor siguen siendo complicados. Gabriel Hernández nos lo aclara perfectamente, para luego seguir con los Diarios de Anais Nin.

En esta obra, cuyos personajes no veo totalmente representativos de la época, el panorama cambia por completo por varias razones. Primera, porque un diario ya no es una ficción, y aquí, autor, narrador y protagonista se confunden sin haber crítico que pueda separarlos; y segunda, porque los personajes femeninos ya no son necesariamente casados, y ese vínculo parece tener menos fuerza que en las obras anteriores.

Anaís Nin, June, Henrry Miller, etc., son personajes especiales, élite intelectual de una Norteamérica complaciente consigo misma, en los que esas personas, libres de problemas, se permiten aventurar, investigar, experimentar sobre sí mismos partiendo de unas condiciones de vida y estatus que no son los más comunes dentro de esa sociedad, pero que sí pueden ser el reflejo, tal vez exagerado, de un pensamiento en el que tanto hombres como mujeres ya no se corresponden, en nada, con el cliché anterior.

Los diarios de Anais empiezan siendo una serie de cartas que ésta escribe a su padre, y que cuando se van transformando en diario íntimo, incluyen al padre dentro de la historia que poco a poco se va perfilando. La historia cuenta una serie de relaciones que se unen por un lógico razonamiento que ella misma explica, como si de alguna manera quisiera entenderse. La trama es compleja, y en ella aparece claramente ese cuarto personaje que en alguna de las anteriores novelas se vislumbraba. También aparece más explícito el consentimiento del marido, y la infidelidad ya no necesita la justificación de traer un hijo al mundo, sino que cuenta con el elemento consciente de Anais que nos dice saber por qué hace lo que hace. Pero si bien en las novelas anteriores el matrimonio y el amor aparecían por separado, pero siempre con cierta justificación, en los diarios de Anais las relaciones amorosas parecen no tener límites, y aunque nunca se relatan escenas físicas, sí se dan las claves para entender como todo se convierte en un alegre juego colectivo que hasta ahora no conocíamos precisamente por estar tan claro. Juego exclusivo de personas muy especiales que se permiten la pasión pura desprovista de amor sensible, despegados del suelo que pisan otros mortales, para explicar a los demás los efectos que el deseo produce en sus ánimos. Pero el suelo está ahí esperándolos en la caída que todos provocan, por dedicarse solamente al ocioso y atrevido juego de construir un complejo puzzle de relaciones más atrevido que necesario.

El estupendo análisis del autor nos aclara que no puede calcularse el deseo de otras personas implicadas en el juego. También advierte de la inutilidad de jugar dentro de un esquema, tan complejo y sofisticado, en el que ni el propio marido de Anais, que conoce algunas de sus excentricidades, quiere conocer en su totalidad.

“Me niego a vivir en un mundo ordinario como una mujer ordinaria”, nos había confesado ella.
Perversidad más o menos oculta en alguna de las novelas analizadas, y manifiesta en estos diarios que parecen contarnos el ensayo de lo posible, el atrevimiento de un pensamiento evolucionado dentro de una sociedad que avanzaba con la euforia del cambio de siglo sin saber muy bien a dónde iba, como si la dirigiera una fuerza centrífuga que la aparta de su centro, el centro que Thomas Hardy enunció.

Así, pues, nos hemos asomado a una manera muy especial de imaginar el goce, para encontrarnos al final con la degeneración del amor en unas relaciones en las que no pueden distinguirse padre, marido y amante, totalmente intercambiables, en la búsqueda incesante de un goce que parecía no tener límites.

Excelente libro digno de estar en todas las bibliotecas

Mª José Martínez Sánchez

(1) Helen Fisher "Anatomía del amor" Historia natural de la monogamia, el adulterio y el divorcio. Editorial Anagrama 1994, pág. 266.-
(2) Thomas Hardy, escritor y poeta inglés, 1840 - 1928.-


sábado, 16 de enero de 2010

Desarrollo de la tertulia nº 13 sobre la novela Tengo 15 años y no quiero morir de Christine Arnothy en la traducción de Paula Emilia Sanz.



Comentario de Alberto Estévez:

José Ortega y Gasset decía “mientras el tigre no puede dejar de ser tigre, no puede destigrarse, el hombre vive en riesgo permanente de deshumanizarse” Nuestro filósofo madrileño sabía bien de qué hablaba, no por nada los acontecimientos que le habían tocado vivir, me refiero a la guerra civil española, le costaron el exilio, pero además fue testigo de la segunda guerra mundial, esa misma guerra que ocupa las páginas del libro que hoy comentamos.

“Tengo 15 años y no quiero morir” es la obra más importante de su autora, la franco-húngara Christine Arnothy, nacida en 1930, en Budapest, llegó a Francia con las hojas arrancadas a su diario en los bolsillos de sus ropas, pero no fue inmediato a su llegada el acto de escribir y publicar, le llevó 10 años encarar sus notas sobre el sitio de Budapest, enfrentar los traumáticos hechos de su infancia. Aquellas notas escritas en francés, en húngaro y con algunas expresiones del alemán que con ayuda del Larousse pudo reescribir. Será París el lugar en el que la autora se asiente y posteriormente contraiga matrimonio, aunque actualmente vive en Ginebra.

Su viaje continúa pues, desde donde nos deja el libro, en la indefensión e impotencia que la familia experimenta cuando se sabe estafada a la hora de pagar la cuenta en aquel café vienés, prosigue su periplo y encuentra refugio en Bélgica, finalmente en París. “No es tan fácil vivir” es el título del libro que recoge esta parte del viaje que no está descrita ni aludida en la obra que comentamos hoy pero que hace a un modo de continuación. No es un libro tan reconocido pero nos permite comprobar que su experiencia con aquel horror dio para la publicación de al menos dos obras, y parece ser que no sólo, ya que en una entrevista publicada por el diario El País en Julio de este recién terminado 2009, Arnothy comenta que fue finalista al prestigioso premio Goncourt, ese premio cuyo reconocimiento es sólo nominal, la dotación económica consiste en 10€, pero el ganador tiene garantizado el éxito de ventas de su novela. Ella concursaba con “Dios llega tarde”, una obra sobre la opresión soviética en Hungría, y denuncia que no le dieron el premio porque osó llamar ocupantes a los rusos, igual que a los alemanes, porque para ella ambos compartían la misma crueldad. Por lo tanto, al menos son tres las obras de esta autora sobre este acontecimiento que recorre su infancia y marca indudablemente su vida a través de estos tres títulos ya de por sí muy elocuentes.

La que elegimos para hoy traerá para muchos el recuerdo de “El diario de Ana Frank”, uno de los libros más leídos en todo el mundo. Esto le valió el apelativo de la Ana Frank húngara, pero no hay nada de esto en palabras de la autora, porque ella no es judía, no se reconoce húngara más que por accidente y además está viva, eso sí, de milagro. Esta novela es considerada por diversos escritores como una de las obras cumbre de la literatura sobre la guerra y ha obtenido elogios de muchos autores, entre ellos del mismo Sándor Màrai, además de haber vendido sólo en Francia más de tres millones de ejemplares. Y esto es algo que consigue el diario de una adolescente de 15 años recién cumplidos, ¿qué tiene esta novela?

No hay duda que ante cualquier novela sería deseable siempre poder hacer, al menos, dos lecturas. El discurso manifiesto que la narración nos pone ante los ojos, personajes, momentos y lugares, situaciones, desenlaces, etc… Y paralelo a este, otro discurso, ya no tan manifiesto, un hilo tejido entre líneas, en el que laten las verdaderas cuestiones, esas que nos hacen recordar su lectura, las que nos evocan sentimientos y nos dejan pensativos en mitad de un párrafo. Si bien parte de la grandeza de la literatura se demuestra en el hecho de que una misma obra no consigue evocar este segundo discurso más comprometido en todo lector, bien lo sabemos nosotros cada vez que Liter-a-tulia se reúne, comprobamos en cada cual el calado de la novela que tratemos, nunca es el mismo, también es cierto que la literatura porta otra característica, yo diría su característica fundamental; es una forma privilegiada de examinar la condición humana. Es aquí en mi opinión donde el testimonio de esta adolescente cobra su verdadero valor.

Erik Fosse es un cirujano noruego de 59 años. Fue uno de los médicos extranjeros que logró
entrar en la franja de Gaza durante la ofensiva israelí, operaba día y noche sin descanso y contempló escenas muy difíciles de asimilar para un ser humano. Junto con su compañero, Mads Gilbert, ambos médicos han escrito “Ojos en Gaza”; en él nos cuentan la terrible crónica diaria del hospital de Shifa de Gaza, y la descripción incluye además fotografías. Publicado hace un par de meses, se ha convertido en un best seller en su país. Pendiente de traducirse en varias lenguas, desconozco si entre ellas estará el castellano. Fosse comentaba en la entrevista de la que era objeto: “la mejor terapia es hablar, sacarlo fuera, por eso escribí el libro y por eso esta vez no ha sido tan traumática como otras”

El dolor de la guerra, ese dolor que muchos tenemos la suerte de desconocer y que simplemente imaginando es seguro que ni nos acercamos a lo que debe representar, encuentra algún tipo de alivio, encuentra su mejor terapia pudiendo hablar. Esta es la condición humana en todo su esplendor, la condición de sujetos del lenguaje, con todas sus consecuencias, en este caso para bien, porque esa niña de 15 años lo sabe sin saberlo; hay algo en ella que la empuja a escribir y comprobamos que al menos hasta tres libros, para intentar procesar tanta barbarie, destrucción y muerte. Haber podido escribir y haber logrado hacer algo con lo escrito nos tiene hoy convocados aquí décadas después.

Pero si el libro se limitase a la descripción detallada de los pormenores de una guerra se vería privado del valor que contiene; efectivamente página por página hemos de leer las consecuencias del horror en todos los personajes y en sus relaciones, todo lo que acarrea e impone una guerra a la fuerza, nunca mejor dicho, pero el tormento está expresado en la referencia obstinada a lo que debería ser una infancia y una adolescencia en condiciones de paz, que pudiesen ser vividas de manera menos traumática, con los elementos propios de esas etapas de la vida. Quiero decir, que las continuas referencias al sótano mugriento, aquel en el que le parece mentira haber crecido, se hacen también, veladamente, en relación al piso del que la familia disponía y en el que llevaba a cabo su día a día, el destrozo del piano es la consecuencia de una guerra, pero es también el instrumento que marca la infancia de nuestra protagonista, la imaginamos tomando sus lecciones sentada ante el teclado, y a la vez la vemos ahora con sus 15 años y contemplando la posibilidad de su muerte, la muerte de ninguna niña, más bien la de una persona mayor.

Encontramos en el libro en este mismo sentido un pasaje muy descriptivo, algo que nuestra protagonista llama los sueños extravagantes, que explica mucho mejor que mi intento lo que pretendo dilucidar. Se trata de tres sueños que ella juzga extravagantes porque los considera chocantes y extraños, incluso inapropiados para la circunstancia que le toca. En ellos podemos apreciar muy claramente un intento de realización de deseos, pero al mismo tiempo el propio sueño introduce las trabas que impiden su consumación, nada extraño, algo de lo que todos podemos dar testimonio, es ese despertarse en el mejor momento. Pues bien, el arte de la escritora nos permite mirar un poco más acá y en su narración trasluce otro tipo de imposibilidad además de la que lleva aparejada el deseo humano, es la que impone el conflicto bélico, y que encontramos en los tres sueños, en ese agradable paseo bajo las palmeras del brazo del joven, esto es el deseo, pero que no vuelve su rostro hacia ella, el signo de imposibilidad que produce el propio sueño. Cuando viaja en el tren expreso y el mozo del vagón restaurante hace sonar la campanilla, anunciando un delicioso manjar que el propio sueño finalmente se encarga de escamotear; o la salida al teatro, muy apetecible para una muchacha dadas sus inquietudes culturales, pero en la que no consigue escuchar nada cuando los actores declaman en el escenario, como si su sueño estuviera intentando decirle: efectivamente, ¿cómo se te ocurre tener estos sueños extravagantes pasando por lo que estamos pasando? ¿Es que no te has enterado? Estamos en guerra.

Sí se ha enterado, ya lo creo, pero algo porfía en ella, insiste, no puede aceptar tanto desastre y tanta muerte, no puede soportar la mirada de los muertos que le reprochan que siga viva, el espectáculo de una ciudad en ruinas que evoca la ruina de cada uno, una ruina moral, el vicio y la virtud han perdido sus fronteras y serán los más duros los que puedan sobrevivir a tanta desolación. La posibilidad de morir ya no implica tristeza sino una turbación para la que no encuentra palabras, incluso parece haber establecido cierta conexión diferente con su cuerpo y puede diferenciar un miedo físico de otras sensaciones. Todo esto encuentra su resumen en la confesión al religioso, que tiene lugar bien avanzado el libro, da cuenta en un par de párrafos del tono narrativo, en él se entroncan el miedo a la muerte y el terror por la propia desaparición, a su vez la sensación de injusticia por todo aquello perdido, lo que pudiera haber sido una vida rodeada de una circunstancia diferente y donde soñar no hubiera sido necesariamente juzgado como algo extravagante. La confesión al sacerdote da cuenta de que se ha enterado perfectamente que estamos en guerra, y no sólo eso, sino que los efectos de la misma parecen no acabarse nunca, resulta dramático verla frustrarse una y otra vez e incluso se aprecia cierta tentación de ceder al desaliento, porque ni la salida del sótano, ni el dificultoso traslado a la casa de campo, ni la anhelada llegada a Viena, consiguen dar comienzo a la nueva vida, aún así siempre su esperanza se renueva, como la oportunidad de que pudiera volver a nacer.

Hay un momento entre todos estos que tiene un acento diferente, aquel en el que cruzan la frontera y ella descubre que no hay ningún muro, que se trata simplemente de atravesar la negra hierba bajo la luz de la luna, y en ese atravesamiento acude el recuerdo de Pista ofreciéndole su mano, como en aquella ocasión que tuvo que cruzar la tabla sobre el muerto; la luna alumbra toda la escena en un momento poético de la novela, la prosa casi se convierte en poesía, porque esa luz tan intensa de luna ha conseguido bañar de blanco sus manos, sus cabellos, incluso su corazón, desembarazándola por unos instantes de la negrura de aquel sótano mortífero.

Hay un proceso de maduración en el relato que me lleva a diferenciar una primera y una segunda parte que no podría exactamente delimitar; si bien la primera parte parece más del orden de una descripción de acontecimientos que se suceden, con algunos brochazos sueltos de las sensaciones que nuestra protagonista comparte con el lector, estos brochazos van haciéndose más consistentes y la narrativa dedica decididamente más espacio a todo lo que nuestra sujeto elabora y siente. Entonces, el efecto original que me prendió de la novela y pretendo transmitir consiste en que los acontecimientos que suceden van llevando a Christine a la pérdida de su actitud ingenua e inocente, y esta se va tornando, como decía, en madurez, y esto ocurre en una obra de ciento y pocas páginas, somos testigos de cómo deja atrás su inocencia, casi me atrevería a decir que nos hace cómplices de ello, pero no hay ni una sola referencia a esto en concreto, por eso decía que se desliza entre líneas, es ese otro discurso que subyace, que de manera latente va dejando un saldo, el mismo que deja la buena escritura.

Ella nos dice que en aquel sótano murió una niña, ahora deberá seguir viviendo como una persona mayor. Yo sin embargo pienso que esa niña siguió muy viva en la persona de Christine Arnothy, y las coordenadas que marcaron el rumbo de su existencia encuentran su código en los acontecimientos terribles que rodearon aquella infancia. De ello ha dado cumplida cuenta su escritura, que en esta ocasión como en tanta otras en la historia, ha sido un intento de humanizar el horror, de no sucumbir a la desesperación, de resistir ante lo más siniestro. Desde luego, es una escritura que nos hace reflexionar, quizá no estemos tan en riesgo de deshumanizarnos como creía el filósofo, sino, más bien, tengamos que considerar todas esas atrocidades formando parte del conjunto que representa nuestra condición humana.

Comentario de Miguel Alonso:

Habiéndole escuchado a Alberto el comentario de Marai en el que sostenía que estamos ante una de las novelas más importantes escrita sobre la ocupación soviética de Hungría, uno se siente desamparado y siente vértigo ante lo que va a decir, pues va en sentido contrario a lo expresado por Marai. A mi el relato me parece un auténtico despropósito literario, lo cual me hace dudar hasta de la existencia de ese diario.
Cuando un lector aborda este tipo de literatura, se sitúa con una predisposición especial, pues conoce, de antemano, los horrendos acontecimientos acaecidos durante la segunda guerra mundial. Da por supuesto el atroz sufrimiento, el dolor fuera de todo tiempo, la angustia y la muerte. Todo ello aparece reflejado en la obra que hoy analizamos. Sabe, asimismo, del heroísmo que supuso soportar ese destiempo que atrapó a los individuos en un abismo espacial. No se duda, en principio, ni de la sinceridad de la voz autorial, ni de la sinceridad del relato. Pero una crónica de hechos reales, por sí mismo, no crea literatura. Convertir esas vivencias en literatura exige una invención retórica que sea capaz de, además de hacerlos creíbles, proyectar los sentimientos, las sensaciones, los afectos angustiosos, hacia el ánimo del lector, para conmoverlo y, de esa manera, posibilitar algún tipo de identificación con los personajes. En este sentido, Tengo 15 años y no quiero morir está tan plagado de incongruencias, que acaban difuminándose, en gran medida, los efectos que debería de producir, lo cual me impide situarla dentro del estatus de buena literatura.

Son diversos los lugares en los que quiero justificar esta opinión.

No me parece del todo justificable aceptar la sugerencia que se nos hace en la nota de la contraportada, la de agarrarse al argumento de que la novela es obra de una ingenua adolescente, pues la novela es posterior, en casi diez años, al diario que se dice escrito durante el cautiverio –por cierto, sólo en la segunda parte, casi al final del relato, se hace referencia a la escritura de ese diario, y nunca en la parte del cautiverio, lo cual no favorece creer en su existencia—. Es decir, quien lo convierte en novela ya no es la adolescente ingenua, sino alguien con unos años más de experiencia para haberse tomado el trabajo de cuidar el lenguaje de una escritura espontánea como la de un diario, y ofrecer un lenguaje que, aun conservando su esencia de adolescente, hiciese más creíble la situación vivida.

Y es que el comienzo del relato produce una extraordinaria decepción literaria. El lenguaje es utilizado sin el más mínimo cuidado, de forma caótica, disolviendo, así, los efectos que podrían conmocionar a los lectores. La palabra “enterrados”, que pretende situar al lector e informarlo acerca de la posición en que se encuentran los personajes, encierra una potencia literaria que, efectivamente, se amplía con la frase “no sabíamos cuando era de día y cuando de noche”. Pero esta construcción, sin tiempo y sin espacio, pierde toda su fuerza de inmediato y se derrumba. A su lado, casi rozándose unas palabras con otras, podemos leer: “casi había anochecido”; “que llegara Pista durante aquella tarde”; “Pista llegó al anochecer”, “Pista salió al amanecer”; “el reloj seguía marcando las horas”; “Los tres primeros días pasaron deprisa”; Y más adelante: “A los alemanes los observábamos desde la entrada del sótano” (25) (57); “ese cañoncito montado sobre un camión” (10); “la ciudad ardía a su alrededor” (11); “el tragaluz por el que habitualmente se filtraba una pálida claridad” (27); “íbamos a buscar agua a la calle Canard”. Y para rematar la cuestión leemos en la página 45: “... a la mañana siguiente se celebraría misa en nuestro sótano. (Se hacía verdaderamente extraño oír esas palabras: mañana, tarde, noche, pues en la oscuridad perpetua del sótano... el único punto fijo era el bombardeo nocturno..., ha nevado durante la noche...”. Verdaderamente, no es extraño oír las palabras mañana, tarde o noche, las está pronunciando continuamente, desde el principio hasta el final del cautiverio en el sótano, como si supiera, todo el tiempo, cuando amanece y cuando se pone el sol.

Es imposible sentir la lobreguez de un enterramiento, y en ningún momento tenemos la sensación de que los personajes estén apartados del fragor de la batalla, sino más bien, parece que son espectadores directos de los acontecimientos. Se dejaban ver, cualquiera entraba de improviso en su enterramiento, no se resguardaban del contacto con los soldados (57), hablaban con ellos, iban en procesión a buscar agua, salían del sótano para contemplar los destrozos de la guerra.

Por otro lado, la entrada de Pista es de una frialdad y de una simpleza insuperable. “Buenas noches, les deseo buenas noches”. Silbando, como Pedro por su casa, cuando, en realidad, suponemos que llega a un lugar recóndito, a un lugar en el que los protagonistas están “enterrados”, separados y preservados del mundo. Todo lo que se escribe desvirtúa la extraterritorialidad y el efecto de la palabra “enterrados”. Y mayor aún es la simpleza del diálogo –como casi todos los que suceden en el relato— que en dos palabras sella la amistad con un desconocido en medio de una guerra terrible:

“. ¿Quién es usted?
. Istvan Nagy del condado de Somogy.
. Esta presentación selló nuestra amistad”.

Ni más ni menos.

Además, Pista tiene el privilegio de ser el personaje que ocupa la primera frase que introduce a la lectura, lo cual no suele carecer de importancia en un relato. Si es el salvador, tal como se le nombra, su pasaje efímero por el texto –muere en la página 51— no parece justificar, ni esa posición de privilegio que supone encabezar el relato, ni el calificativo de salvador. Es un personaje del que no conservamos, al final de la lectura, ningún recuerdo trascendente pese a que la autora trata de rescatarlo en su recuerdo durante la huída, eso sí, otra vez como “salvador”.

En cuanto al título, si se supone que forma parte de la novela, sus connotaciones sugieren una promesa de intensidad que se ve defraudada. En lugar de orientarnos, lo único que consigue es desorientarnos y desenfocar el relato. No existe una trama alrededor de él, se significa como una simple queja que se esparce discontinuamente por escasas líneas de alguna de las páginas, queja que se procura disolver en escenarios moralistas de esencia cristiana, en la petición de escucha al sacerdote correspondiente y en la oración, evitando cualquier tipo de reflexión ética al respecto. Religión y muerte se sitúan, así, en el mismo plano.

Lo religioso está tratado de una forma harto conocida y tópica. El moralismo cristiano, consolador, como testimonio de un orden celestial más allá de la barbarie terrenal, atraviesa toda la novela, desde que aparece el “salvador” Pista, que en la cena, haciendo gala del calificativo, “cortó doce partes iguales de su pan y de su tocino...” y “El alimento se deshacía en el hueco de nuestras bocas...”, pasando por esa especie de Judas que lo llama desertor, hasta llegar a la confesión con el padre en una iglesia que está ubicada, de forma perenne, en el pensamiento de la autora. Y un detalle resulta sospechoso, que sólo sean ella y sus padres, quienes encarnan los preceptos cristianos sin apenas fisuras. Todos los demás personajes son un poco malos, y uno es muy malo, casualmente el comunista que, para su mayor denigración –bien se encarga la autora de ponerla en evidencia— además de su falta de solidaridad, se acobarda y viste de gala para ir a misa. Además, piensa que puede ser vengativo cuando lleguen los rusos. Parece que para la autora, sólo los cristianos son capaces de ejercer la solidaridad.

Por momentos, la novela parece escrita para resaltar ciertos ideales o modelos ejemplares de orden moral y religioso y ponerlos en contraste con lo que la autora considera el mal, por ejemplo, el comunismo, el ejército ruso que todo lo destruye, y en el que hay violadores y mujeres soldados de anchas piernas y sujetadores antieróticos. Tópicos insufribles. Sólo le faltaba decir que los soldados alemanes eran rubios y guapos, ya que nos habla de que seguramente tenían familias esperándolos y era necesario ejercer la caridad con ellos cuando estaban en peligro de muerte. No hay un solo momento para la compasión, dirigida al soldado ruso.

El tratamiento de la muerte, lo mismo que el de la religión, se me antoja superfluo, pero sugerente de algo que, sin duda, no está en la intención de la autora trasmitir. Esa queja, “no quiero morir”, al encomendarse a lo trascendente, a lo divino y a la oración, se muestra egoísta, situando la muerte siempre en el otro y nunca en uno mismo. Es la comodidad de la redención encomendada siempre al otro, que estará velando por nosotros en ese más allá abstracto, pero que en la vida real sufrió y se murió de verdad. La autora no acepta nunca su muerte.

Nos dice la contraportada: “por las páginas de este libro transitan unos personajes que precisamente por su humanidad resultan entrañables” ¿Alguien es capaz de ver personajes entrañables en esta novela? Como mínimo permítaseme evocar la ambivalencia, pues alguna acción realizan que se pueda llamar solidaria. Pero es que, demás de que ninguno de ellos posee la más mínima intensidad literaria, son incapaces de salir de su propio goce, a saber, el afán de riquezas, la acumulación de alimentos, la posesión de valores materiales, y no les importa en absoluto la suerte de los otros, salvo raras excepciones en las que se ven muy acuciados por las necesidades vitales, y sabiendo que la muerte acecha en sus destinos. La novela es, sobre todo, un catálogo de egoísmos sin escrúpulos. ¿Personajes “entrañables”?

Y respecto a la palabra “Humanidad”, no parece adecuada para ligar a los personajes de esta novela. Pero no porque no sea humano el mal –en la novela vemos que es demasiado humano—sino por el contexto que estamos analizando, que pretende deslizarse, superficialmente, por connotaciones morales referidas al bien, a la razón, a la solidaridad, al amor, etc., y eso aparece contrarrestado por la fuerza del egoísmo.

Sólo la segunda parte de la novela, las peripecias de la huída y el engaño del que es objeto la familia, nos deja en la intemperie pensando cuál va a ser nuestra suerte. Sólo ahí me fue posible situarme en su lugar de sufrimiento, de identificación, ahí donde no había apelación a la divinidad, donde, verdaderamente, estaban tan solos ante su destino, que podemos palpar su incertidumbre y hacerlos terrenales, es decir, sentir su dolor, su soledad. Aún así, en el momento en que se encuentran en gran dificultad, cuando el guía no puede llevarlos hacia la frontera, la autora vuelve a tener a mano una iglesia donde pasar la noche.

Creo que estamos ante una novela, efectivamente, ingenua, desde luego muy irregular en lo afectivo, y sin pensamiento. Se limita a escribir una crónica de hechos y sucesos sobre los que no lanza ningún tipo de análisis, ni lleva a cabo ninguna elaboración ética. Nadie parece tener una verdadera vida interior salvo en relación al goce. Los personajes no tienen intensidad, algunos parecen auténticas caricaturas, y los diálogos son muy pobres. Hay un abismo entre los hechos que suceden y el lenguaje que se utiliza para cohesionar y dar fuerza a la experiencia. Es una novela que no convence, y hasta hace dudar de su sinceridad. No parece una decisión atinada la tomada por la autora a la hora de sugerir lo que nos va a contar, porque de repente nos encontramos divagando por escenarios insospechados tratando de encontrar algún tipo de pensamiento relacionado con su queja. Todo ello es el motivo por el que el sufrimiento de esa queja no puede elevarse a la altura emotiva que se le supone. Me resulta imposible compartirlo en la forma que nos lo ofrece la autora.

Comentario de Luis Seguí:

En primer lugar, me gustaría interrogarme e interrogar sobre el género literario del libro. No sé si es una novela, si es una autobiografía. Porque la parte de ficción que caracteriza a una obra literaria, a una novela, está ausente. Se trata aquí de unas notas. Y me gustaría referirme al momento en que fue escrito. Lo que ha señalado Miguel me parece muy pertinente, porque las notas que supuestamente tomó la autora se hicieron mientras estaba en el encierro, en una Budapest bombardeada. Y da la impresión, por la simpleza, por la escritura poco cuidada, literariamente hablando, que las contradicciones que se han señalado son muy evidentes. Efectivamente, parece que estuviesen escritas por una adolescente sin cultura literaria. Culta en otro sentido, pero no literariamente. Al final del libro, cuando se va a marchar de la casa de campo para huir hacia Austria, arranca unas páginas y las esconde en su ropa, son las notas que supuestamente tomó en el sótano, aunque durante el desarrollo del texto no hace referencia ninguna a que escribió ese diario en tales circunstancias, o que se escurrió en el sótano para dirigirse a un lugar donde hubiese luz para escribir. No hay la más mínima referencia a la escritura durante el desarrollo del relato, sólo aparece al final cuando dice que arranca las hojas. La simpleza, la falta de cuidado, como digo, dan la impresión de que es el texto de una adolescente. Es verdad que tuvo 10 años para perfeccionar el texto, revisarlo, y mejorarlo en sentido literario, pero parece que no lo ha hecho, que se quedó con las notas que tomó 10 años antes.

El libro me remite a dos referencias. Una es Sandor Marai. Tiene un libro autobiográfico que se llama ¡Tierra, Tierra!, donde describe la entrada del ejército rojo en Hungría. Los soviéticos van ocupando el terreno, y coincide Marai con una descripción que hace esta autora en relación a los rasgos mogólicos de los soldados soviéticos. Marai también los señala, e históricamente es así. Las tropas soviéticas llevaban un cuerpo de élite en el frente, que se componía de tártaros y mogoles. Y se caracterizaban, en primer lugar, porque no eran occidentales, eran personas de otra cultura, violaban y saqueaban como, generalmente, hacen los vencedores y los ocupantes de un territorio conquistado. Y la violación que sufre Ilus, la madre que después va a morir en la explosión de una mina en el Danubio, no parece que sea una cosa original ni novedosa, ni que obedezca a un sentimiento anticomunista que, por otra parte, existe en el libro. No causalmente, Hungría estaba ocupada por los alemanes, y había un movimiento pro nazi en Hungría muy importante y poderoso. Es decir, los sentimientos pro alemanes, cualquiera que vea la contraportada del libro, puede comprenderlos. La madre de la autora era germano-polaca, y el padre húngaro, es decir, la influencia germanófila en la ideología de la autora es evidente. También el anticomunismo, porque para un burgués húngaro, el ejército rojo estaba compuesto por salvajes que venían a desposeer a los burgueses, a comer a los niños crudos. Era todo lo que se decía de la maldad “innata” de los comunistas. Todo eso está presente, a veces subliminalmente, a veces muy directamente a lo largo de la obra. También Marai lo desarrolla, mucho mejor, en ¡Tierra, Tierra!

Otra referencia es a Jorge Semprún, que también vivió la guerra. Me parece una referencia muy pertinente porque observa algo que está en este libro. Semprún dice que en los campos de concentración coincidían, en ese lugar de horror, el mal absoluto por un lado, y la fraternidad por otro. Y en este libro aparece el mal absoluto, la guerra en primer lugar, los combatientes en su crueldad, pero, además, la fraternidad, que se patentiza en algunos comportamientos de la gente que está en el sótano. Esas doce personas, esos doce apóstoles, manifiestan actitudes de ternura, de solidaridad, Pista en primer lugar, un personaje muy esquemático, pero un personaje que atraviesa toda la primera mitad del libro como un ángel bueno frente al ángel exterminador de la muerte y de la guerra, el ángel salvador que viene con harina, que viene con raciones de comida, que los lleva a buscar agua. El mal absoluto por un lado y la fraternidad por el otro, la que le da la naranja a Ilus para el niño, gestos de ese orden acompañados por el egoísmo, por el sacrificio absurdo del judío, que cree que con su estrella de David amarilla, los soviéticos lo van a respetar y que los nazis lo van a asesinar. Lo asesinan los soviéticos. Son esas contradicciones, y esos encuentros trágicos que producen las situaciones límites, al igual que cuando ella va a los baños turcos y vuelve con el agua y se la da al caballo moribundo que está alrededor de ese sótano. Entonces, creo que el libro adolece de una gran cantidad de defectos, desde el punto de vista literario, que son remarcables.

Por otro lado, comparado este libro con el de de Irene Nemirovsky, El baile, que se comentó aquí también, ella lo escribió más o menos a la edad de 17 años, y sin embargo, tiene mucha más calidad literaria, hay una diferencia abismal. Hay algo que hecho en falta en este libro que comentamos hoy, y es la ausencia completa de profundidad psicológica. Ni siquiera describe a sus padres, ni con un afecto especial ni ninguna otra circunstancia. Están ahí simplemente. Con ellos cruza la frontera, pero hay algo de un distanciamiento afectivo, también, con todo el resto de los personajes que participan del relato. Hay un distanciamiento psicológico en el que ella padece, yo diría, un narcisismo muy manifiesto. Todo gira en torno a ella. Es comprensible desde el punto de vista de que “quiere vivir”, es decir, lo suyo es sobrevivir como pueda. Pero así como es minuciosa en algunas descripciones, echo mucho en falta lo que Nemirovsky sí hace en su libro El baile, donde hay una madurez personal, literaria, y una profundidad psicológica que aquí está, para mí, completamente ausente.

Comentario de Silvia Lagouarde

Luis me ha reducido enormemente lo que pensaba decir. De Vladimir Navokov se escribieron tres textos acerca de sus clases magistrales de literatura. Se publicaron, en todo el mundo occidental, Curso de Literatura europea, Curso de Literatura rusa, y Curso sobre El Quijote. En el segundo libro, de 1930, en la primera página, lo primero que dice es que la novela es ficción, y que si no hay ficción no hay novela. Yo me identifico mucho con esta frase de Navokov. Y cuando leí el texto que comentamos, en ningún momento pensé que era una novela. En absoluto. Creo firmemente que es un testimonio. Y puede ser que determinadas ideologías lo aprovechen, pero es el testimonio de una vida en lo real, de alguien a quien yo no considero escritora. Y desde el momento que no la considero escritora, tampoco me parece pertinente hacer, desde mi parte, una crítica como la que hizo Miguel. Me identifico con esa crítica, pero creo que tu enojo parte del hecho de que haces la crítica a una novela, pero esto no es una novela sino un testimonio. Y respecto al testimonio, uno puede decir que le conmueve, que no le conmueve, lo va a usar tal partido a su favor, tal otro al suyo, según lo que relata el testimonio. Es lo que generalmente sucede. Y, efectivamente, me identifico con lo que dijo Luis, tanto esta escritora, como Marai, son fervientes anticomunistas, y el relato tiene esa visión en relación a nuestros ideales. Eso es inevitable. Si yo hubiese estado en las mismas circunstancias y hubiera sido comunista, igual les habría perdonado en el testimonio.

Esta es una parte. La otra parte que quería comentar trae como referencia a Eugenio Trías. En Los límites del mundo dice que la ética, como concepto filosófico, se manifiesta solamente en las situaciones límites de la condición humana. Y nombra la guerra como una de las experiencias más notables para poner en juego la ética en todo ser humano. Y ello como un efecto en el que se pone en juego lo peor y lo mejor del ser humano. En este texto, que a mí no me resultó sorprendente, porque esas historias de horror ya las conocemos, pero tiene algunos elementos que puede ser interesante rescatar. Por ejemplo, me resultó muy conmovedora. Intentando defender la posición de testimonio, me pareció una cosa extremadamente interesante el tema de los caballos, porque ante tanta situación límite, ante tanta falta de agua, me sorprendió esa mirada, esa imagen de los ojos del caballo –que también estaba sufriendo— me pareció un relato de lo mejor que puede hacer el ser humano. Porque se piensa mucho en nosotros y no en los animales. Ese relato me pareció interesante.

Fundándome en lo que acabo de decir, pensaba que este libro no iba a dar para dos horas de debate porque, ¿qué se puede decir si no es una novela? En fin, quería plantear como pregunta dirigida a todos, si esto se puede considerar, o no, una novela.

Comentario de Pilar Berbén:

Según empecé a leer este libro, que se presenta como las vivencias de una chica de 15 años, como su diario, me empecé a sorprender. Una de esas sorpresas es que yo no me creo que eso haya sido lo que escribió. No digo que no haya escrito, pero no es creíble esa escritura a los 15 años. Pero, no porque esté bien o mal escrito, sino porque falta el sentimiento. Tenemos presente el Diario de Ana Frank, esas vivencias tan personales, y aquí lees y esperas que en algún momento aparezca algo más íntimo, más personal. Y no aparece. Eso es lo que menos me gusta de un relato que, en general, no me ha gustado. Pensaba que me había pasado a mí sola, veía un montón de contradicciones, pero ya veo que no me pasó a mi sola. Y sobre todo, repito, no me parece creíble por lo que acabo de decir.

Comentario de María Lizcano:
Tengo que decir que tampoco yo salí entusiasmada de la lectura de este relato, no me gustó mucho. La leí hasta el final tratando de encontrar algo y pensando que se había elegido esta novela por su calidad. Pero he visto que es muy complicado extraer de ella alguna cuestión. Pensaba que nos iba a poder trasmitir lo más sublime del ser humano, lo más mezquino, lo más deleznable, en estas situaciones de guerra, y creo que eso lo trasmite bien. Pero estuve buscando algo más personal, más íntimo, y no conseguí encontrarlo, lo cual me fue frustrando a lo largo de la lectura. Mientras tanto, me fui encontrando con esas incongruencias de las que hablaba Miguel. Pero la parte peor es cuando cruzan la frontera, y aunque la frase la dice el guía, ella, de alguna manera, también dice que no vuelve a correr más con dos viejos como esos, de casi sesenta años. Ahí ya me sentí verdaderamente molesta. En definitiva, el relato no consigue trasmitir nunca nada que tenga que ver con la cercanía, con el sentimiento, y encima nos encontramos con ese momento en el que se queja de la edad de los personajes, de los ancianos, de los padres. El libro se lee rápido y no deja ningún poso.

Comentario de Teresa:

A mí el libro me gustó. Yo la veo como una persona de quince años a la que le viene de golpe una situación que le resulta imposible de analizar y de asimilar. Por eso, solamente piensa en ella y no describe a sus padres, sino que describe la situación como una niña que, sólo finalmente, toma conciencia de que la situación es muy grave. El final me parece tremendo. Ella no describe a sus padres porque piensa que le van a resolver todo, y no se le ocurre pensar que pueden morir, y se dedica a pasar las horas. Quizá más que escribir un diario, en determinado momento escribió unas notas, y a los diez años, a partir de ellas, intentaría sacar el diario. A mí también me gustó más El Baile, pero esta también me gustó.

Comentario de Miguel Alonso:
Preguntaba Silvia si se puede considerar este libro una novela. Yo creo que, efectivamente, una vez leída, no se puede considerar propiamente una novela, sino una crónica de sucesos y acontecimientos. Por eso dije que la autora nos despista, porque el título sí es sugerente de una novela, es una queja subjetiva, lo cual invita a pensar que nos vamos a encontrar con un desarrollo que tiene que ver con la muerte. Y realmente, no hay ninguna reflexión sobre la muerte. Te refieres a Eugenio Trías diciendo que, para él, la ética se manifiesta en una situación límite. Y eso, seguramente es así. Pero aquí no hay ninguna posición ética, la hay, si acaso, moral. Me gusta distinguir la cuestión moral de la cuestión ética. La primera referida a preceptos, en este caso cristianos, a ideales, en cambio la ética está referida al hecho cierto de que nos morimos, a ese vacío que nos presenta la muerte, a esa falta de palabras en referencia a ella, de la cual la autora nunca hace la más mínima reflexión en los escasos momentos en los que se plantea la cuestión de la muerte propia. Siempre es la misma queja de que no quiere morir. Y como dije en mi comentario primero, hay un egoísmo en su posición, pues siempre ve la muerte en los otros y nunca en ella misma. Y se refiere a la otra vida, a la separación del alma del cuerpo, de tal manera que ve para sí la redención, ve que los otros van a estar velando por ella en el más allá. No hay ningún duelo de la autora respecto a la queja que propone, la cual es, como digo, sugerente de una novela al estar escrita en el título. Encontré, una vez que había acabado de trabajar la tertulia, una cita de Jorge Alemán en I Jornadas Cultura, Medicina y Psicoanálisis, Amor a la Literatura, página 67, un párrafo donde dice:

“La escritura es el procedimiento a través del cual lo insoportable se vuelve imposible. Con esto estoy diciendo que no hay jamás acceso a la plenitud de ser, que todos somos hijos de una falla incurable, de una fractura irresoluble, de una ruptura constitutiva de nosotros mismos que no encuentra jamás su equilibrio. El duelo es precisamente saber perder, no hay duelo si uno puede acceder a la plenitud. Duelo quiere decir saber perder y no identificarse con lo perdido. Pero el duelo es siempre un juego, una partida con respecto a la pérdida. Pero no respecto a la pérdida de esto o aquello, sino la pérdida que nos constituye como tal”

Lo insoportable es la muerte. Plenitud de ser es el lugar en el que se sitúa la autora, para ella no hay muerte, hay más allá. Ella siempre está accediendo a la plenitud, siempre tiene el más allá como posibilidad, lo cual no es otra cosa que velar la muerte. Nunca juega la partida, porque a ella no le va a afectar la muerte. El duelo no se realiza respecto a los muertos que vería por el camino, sino respecto a lo que ella nunca acepta, es la pérdida para ella misma.

Me parece que el título propone, sugiere una reflexión ética desde una queja subjetiva, desarrollo que no se encuentra ni aparece por ninguna parte.

Comentario de Silvia Lagouarde:
Yo creo firmemente que este texto es verdadero. Que esta chica, bien o mal, escribió el texto a los quince años. No sé si en España es un hábito escribir un diario con esa edad, yo lo hice. Y a los quince años escribí algo de lo que no me he olvidado. Hoy, si se lee, se diría que es imposible escribir así a los quince años. Hacía afirmaciones que hoy me conmueven por mi inocencia, por mi desconocimiento e ignorancia del mundo. Era una niña de 15 años que ahora podrá decir que perdió su inocencia. Es claro que no es una buena escritora, porque no tiene una sensibilidad que supere su propia subjetividad. Lo escribió tal cual y así lo dejó. Y yo no sé qué escribió después. Entonces, una niña de 15 años, perfectamente puede haber vivido las cosas así. Una niña de 15 años, realmente no puede tener una percepción de la subjetividad del otro, ya que ni siquiera se percibe a sí mismo. Creo que le exiges a esta escritura algo de un ser adulto, cuando esta mujer, en este testimonio, no es una persona adulta. Ella relata lo que ha vivido. Y cuando hablo de la ética, voy más allá de lo que ella quiere trasmitir. Es lo que percibo desde mi subjetividad.

Entonces, no es una novela, todos los personajes de una novela son de ficción, más allá de que uno pueda decir que es autobiográfica, que el escritor saque pautas de su abuela, pero absolutamente todo es ficción, si no, no es novela. Raskolnikov, de Crimen y castigo, es ficción, sin embargo, en la historia de la literatura, casi existe como ser. Eso es lo genial que tiene una novela bien escrita. Es lo que dice Navokov. Dedica medio libro a Flaubert, y analiza a Madame Bovary, y aunque casi creemos en la existencia de Madame Bovary, en realidad es pura ficción, y ahí lo demuestra, porque había dudas de si era autobiografía. Nada, ficción pura y dura. Por lo tanto, en este texto, dado que relata lo que le ocurrió a una niña en un sótano en tiempos de guerra, qué críticas se le pueden hacer. Este testimonio tiene valor como tal, porque el tema de la memoria de los pueblos y de los hombres, es algo que hay que rescatar en los seres humanos. Me puede gustar más o menos porque habla mal de los rusos, pero es verdad que los rusos no eran todos buenos... Que yo pensaba en mi idealismo de los 15 años que todos los rusos eran buenos, yo también pensaba eso, pero luego me dí cuenta que eso no era así. También me creía que ser católica era ser buena.

Comentario de Beatriz García:
En la línea de Silvia, la obra hay que enmarcarla en ese momento en que, tres años después de instalarse en la casa de campo, y ya impuesto el régimen soviético, el régimen comunista, aquello se les ha hecho insoportable para la vida, la gente muere a su alrededor, y tienen que marchar. Su tristeza tiene que ver con el inicio de un camino incierto, nuevamente. Y cuando se confiesa con un cura desconocido, en una iglesia lejos de su casa, cuando le cuenta todo, que se van a marchar, lo mal que se siente por estar sólo pensando en ella cuando están sucediendo terribles acontecimientos, lo que le dice el cura, que no la conoce, es que cuando vaya al otro lado tiene que contar lo que allí estaba sucediendo. Creo que ese es el marco en el que escribe la obra, y de ahí adquiere su valor.

Y, al margen de las consideraciones que habéis mencionado, a mí el libro me ha resultado muy conmovedor. Me parece que esas incongruencias que mencionáis no le dan calidad literaria, es verdad. Y al igual que Luis, yo también pensé en la novela de Nemirovsky, El baile, que es una obra de una chica joven. Esta novela es verdad que no alcanza su calidad literaria, pero tiene un estilo que, con una cierta austeridad, trasmite muy bien el clima de la situación que viven. Cuando la terminé, hice un comentario, era como si yo hubiese salido en aquel momento de un sótano bombardeado y quienes me esperaban estuviesen tranquilos en una sala. Me parece que trasmite muy bien la vivencia de espanto que en ciertos momentos narra muy bien. Por ejemplo, ese momento en el que salta por los aires la chica con el hijo. Todo parecía que iba a terminar bien, y lo contempla con los ojos secos, más allá del horror. Tiene un cierto estilo que, aunque no sea muy valioso literariamente, sí que es algo más que una simple crónica, creo que ha tenido una observación muy penetrante de los acontecimientos.

Comentario (En la audición no se puede reconocer el nombre de quien lo hace):

Respecto a la calidad literaria coincido absolutamente en que podemos darle una baja nota. Y en cuanto al tema de que es una adolescente de 15 años, yo creo que tiene mucho criterio para describir determinadas cosas. Hay unos personajes que, en su maldad, sí tiene una capacidad para describirlos. Sin embargo no la tiene en la bondad. Ni siquiera con sus propios conciudadanos, con lo cual ya le quito la validez de sus quince años. Quiero decir que los 15 años son para lo bueno y para lo malo. Si una persona no tiene capacidad para describir una bondad, tampoco puede tenerla para describir el mal. Tiene capacidad para, en un espacio muy corto, cuando está en su gran casa de su burguesía, va a describir a los rusos, que son terribles. Ha tenido, durante cinco minutos, capacidad para hacer un análisis fisiológico y psicológico de unos personajes, como iban vestidos, como son, como se comportan, y además, los desdobla y los usa a su propia voluntad. Respecto al judío, lógicamente, tendría que ayudar a los rusos porque cuando estos llegasen se iba a poner de su parte y los iba a salvar a todos, pero ella lo condena, porque ella lo dice, se niega a trabajar para los rusos y lo matan. Con lo cual, creo que todo es muy incoherente, quiere llevar el agua tanto a su molino, que le frustra sus proyectos.

Y desde luego, es terrible que no sienta compasión por ninguno de los personajes que la rodean, excepto por el caballo que se está muriendo. Que cuando la gente en guerra se está muriendo, lo que hace es comerse el caballo, lo mata y lo come, pero no le va a dar agua. Y luego hay otra incoherencia, están continuamente rodeados de nieve, y resulta que siempre están con frío, sudando, y con sed. No se puede entender. Y un niño de quince años, sí que sabe distinguir esos temas. No tendrá una valoración más amplia, pero distinguir determinados comportamientos que están ocurriendo a su lado, sí que tiene capacidad para discernir y describir. Entonces, creo que ha querido decir otra cosa con su diario, o como queramos llamarlo, porque es verdad que no tiene nada de novela. Ha recurrido a ese lenguaje para hacerlo más creíble, para decir que esto es real, pero en realidad, lo que creo es que quería llevar el agua a su molino. No me ha conmovido en absoluto el relato.

Comentario de Graciela Kasanetz:
No tuve tiempo para leer el libro, no pensaba intervenir por esa razón, pero quería hacerlo al hilo de alguna reflexión que hacéis respecto del valor literario y el valor de la posición ética, y, sobre todo, algo que a mí me escuece mucho, y es la mediación de Marai. Éste tiene dos libros autobiográficos, unos es ¡Tierra, Tierra!, y otro es Memorias de un burgués. Marai es un escritor que a mí me gusta mucho, pero me enfadé mucho con estos dos libros. Están extraordinariamente escritos, como suele ser, pero transmite un odio, disfrazado de argumentos éticos y literarios, hacia cualquiera que no proviniera de un cierto nivel de la burguesía. Y en ¡Tierra, Tierra! y en Memorias de un burgués, las descripciones que hace de los alemanes, los personajes que elige de los alemanes, y los que elige de los rusos, realmente constituyen una absoluta caricatura muy bien envuelta. Entonces, que Marai diga –yo no conozco a esta autora— pero que diga que es uno de los mejores libros sobre la guerra, habiendo los libros que hay sobre la guerra y sobre la condición humana en la guerra, me parece muy poco ético.

Pensaba, durante la exposición de Luis, en Irene Nemirovsky. Antes de El baile, tiene un libro que se publicó en un periódico, no recuerdo ahora su nombre. Y si en El baile ajusta cuentas con su madre, en el otro ajusta cuentas con su padre. Es una novela extraordinaria, a mi criterio, como todo lo que ha escrito Irene Nemirovsky. Y también era una chavalita muy joven, y había sido muy mimada por la vida hasta determinado momento. Pero es tal la cualidad literaria, y la calidad ética de la escritora, que sí me he atrevido a intervenir para plantear, ¿qué es lo que gobierna la publicación y la promoción de determinados escritores, o que se hacen llamar tales?, ¿qué es lo que hace que en determinados círculos se promocione a una escritora para formar opinión pública? Digo esto porque me acordaba de un escritor que para mí tiene mucha altura literaria, incluso en sus escritos literarios, mucha profundidad ética, y que, sin embargo, no me parece buena persona, es Vargas Llosa. Y por qué Vargas Llosa escribe en todos los periódicos y llegó a postularse políticamente como presidente de su país, al amparo de su calidad literaria. Entonces, esto del valor del testimonio para la memoria de los pueblos, aun en esta época en que supuestamente está tan democratizada la participación de cualquiera a través de los medios digitales, sin embargo, siguen siendo tan manipulados, y podría decirse nuevamente que la historia la escriben los vencedores, con otros medios, pero sigue siendo lo mismo. En este sentido, no rescato que se publique, aunque sea un testimonio de una chavala de 15 años, porque la palabra de cualquier persona es válida como testimonio. Pero, ¿por qué se eligen determinadas palabras? Pido disculpas porque estoy presuponiendo cosas de una autora y un libro que no conozco, y he tomado la palabra en relación a lo que voy escuchando.

Comentario de Carmen Peces:
La pregunta de Graciela me parece muy interesante y atemporal. Más allá de la tertulia de hoy, uno se pregunta por qué determinada editorial, y en determinado momento, publica lo que publica. Me parece muy pertinente ese apunte que haces aunque pidas disculpas por no haber leído el libro. Yo no sabía que estaba recién publicada, ni sabía quien estaba detrás de la editorial. Con lo cual, esa pregunta, como digo, me parece muy pertinente.

Y otra cosa que me ha sorprendido, los elogios de Marai. Lo que se me ocurre, al hilo de estas intervenciones últimas, es una identificación en lo ideológico, porque se trata de su país, Marai es un señor que se tuvo que exiliar, y está claro que los tiros van por ahí. Los afectos, ya sabemos, uno puede perder la perspectiva de la calidad literaria y estar hablando de otras cosas. Pero también quería decir, que ha estado bien el arranque de la tertulia y la polémica que se ha suscitado, pero que se ha matizado con las últimas intervenciones, algunas de las cuales suscribo. Yo creo que las exigencias que hacemos de calidad literaria, es porque no ignoramos que esta señora se puso a escribir a los veinticinco años, si no lo hubiéramos sabido, es muy posible que muchas de las cosas que aquí se han dicho, las hubiéramos visto de otro modo. Se estaban diciendo cosas respecto a la posición ética, cosas respecto a la posibilidad o imposibilidad de elaborar un duelo, pero es que, cuando se trata de la adolescencia, y los que trabajamos con adolescentes lo sabemos, hay una cantidad de cuestiones de la condición humana que, según a la luz de las edades a las que las tratamos, no es fácil hablar de ellas, el amor en la adolescencia, la violencia en adolescentes, y cuestiones tan importantes como elaborar un duelo en la adolescencia, pensar en la muerte. Hay que pensar en los límites. Desde esta perspectiva una es más benevolente.

Y a mí me ha conmovido a ratos. Me ha interesado lo que planteaban los presentadores de una primera parte y una segunda, que yo tampoco sabría donde situar, pero sé que la primera parte me estaba aburriendo, y es más, me preguntaba qué es lo que llevaba a elegir este texto, porque no le veo a dónde vamos a parar. Pero en la segunda parte algo pasa, pero no puedo situarla a partir de un suceso, de una página, pero es cierto que lo que digo que me ha conmovido tiene más que ver con la segunda parte. En ese sentido, la cuestión me parece bastante psicoanalítica. Hay libros que tratan de testimonios, donde además algo del horror está presente, la cuestión ideológica y el decir que los buenos están aquí y los malos allá, está muy presente en cantidad de escritos. A mí me hacía recordar los escritos de Freud sobre la guerra, cuando habla de los genocidios, de las masacres, las cartas que escribe con Einstein, en el sentido de que los personajes no estarán bien delimitados ni construidos, pero aparece algo de las luces y las sombras de los humanos, en el sentido de que hay generosidad y compasión, pero también hay mezquindad y mucha. Los que ocuparon la casa de campo son parientes, y la tía Julia, cuando los ve aparecer, hubiera preferido que estuviesen muertos.

En esta cuestión de la exigencia que hacíamos a la autora, me sumo a las opiniones que no ven al relato como literatura, pero sí es un testimonio. Y dado que se nombró a Marai, se nombró a Semprún, por qué una muchacha de 15 años tendría que dar testimonio como lo dio Primo Levi, como lo dio Semprún después de salir del campo de concentración. Un coetáneo de ella, un húngaro, Imre Kertesz, a lo largo de toda su obra, hable de lo que hable, está hablando de la guerra, del horror y de lo que pasó en su país. Entonces, esta muchacha escribió lo que pudo. Y estoy de acuerdo con esas incongruencias que manifestaste, pero lo vi desde el lado del testimonio de alguien que tiene 15 años.

Comentario de María José Sánchez:
Yo lo vi así también. Hay una ingenuidad y un egoísmo grandísimo y una inmadurez propia de los 15 años. La perspectiva de las contradicciones de luz, oscuridad, noche, etc., creo que son añadidos literarios que ella quiere hacer a los diez años. Como si quisiera expresarlo así, como el simbolismo de esa vida. Pero yo obviaría eso. Respecto a lo que decía Graciela, yo he leído que, parece ser, en Francia quisieron hacer este texto suyo, apropiárselo un poco, y algunas editoriales le dieron cierta importancia y la sacaron adelante, porque los horrores que narra los quisieron asumir como propios para darle empuje a lo que había sido su resistencia. En ese sentido, se publica lo que quieren algunos, y cómo quieren algunos. Y evidentemente, esto está trufado todo de un anticomunismo grande. Pero veo que es un testimonio como otros tantos que hay de la guerra, y el tema es tan serio, que te acaba conmoviendo igual, tanto si está bien hecho como si no lo está. A mí, estéticamente, el relato no me ha parecido muy malo. La estética del relato me llama siempre mucho la atención, si no me gusta no entro en él. Y yo encontré que, estéticamente, tiene esa pequeña distancia, pequeña claridad de la niña que ve, que dice, pero no entra en el tema. Y esa especie de distanciamiento, a mí no me ha estorbado, porque no es distanciamiento, sino una mala narración que va mejorando lentamente. Y luego, aunque quede esa distancia, entra en unos temas, de una manera muy singular. Por ejemplo, la casa de campo, el perro que tienen que abandonar, una serie de detalles que empiezan a conmoverme más. Y en el fondo, como está todo el horror y sufrimiento de una guerra, como de cualquier guerra, creo que es donde todos nos dejamos llevar por la emoción que el mismo tema suscita.

Comentario de Silvia Lagouarde:
Acerca de lo que decía Graciela, vemos con frecuencia las posiciones de derechas y de izquierda, y la manipulación que a veces se hace de las distintas posiciones a través del relato, de las novelas, del cine. A veces, la objetividad es bastante difícil de discernir. Sin embargo, el testimonio de una obra de arte, que no es el caso de este testimonio que estamos analizando, yo creo que una verdadera obra de arte está siempre absolutamente por encima de toda ideología. Un buen texto literario es absolutamente independiente. Podría ser el caso tan debatido de Borges. Un verdadero escritor que haya escrito una obra universal de la literatura, en su relato tiene que hacer de manera que, , la verdad, en el mismo momento en que se cuenta, ha de ser revolucionaria. Luego será el lector el que pueda tomar partido y se identifique con un ideal o con otro. Pero, respecto a la toma de partido del escritor, eso ha sucedido tanto en la literatura soviética como en la cubana, y también en su pintura. Entonces, cae la obra de arte y se convierte en un panfleto. En general, yo creo, como Gramsci, que si uno cuenta las cosas como son, tiene que ser el lector el que decida el ideal con el que se identifica.

Luego está el poder de las editoriales. Está claro que va a haber tendencias. Y también está el tema del dinero. El texto es absolutamente comercial, el nombre es comercial. Por eso no responde a lo que Miguel buscaba, está puesto por ser comercial.

Comentario (En la audición no se puede reconocer el nombre de quien lo hace):

Quería comentar que los testimonios que hay sobre la segunda guerra mundial, generalmente son de gente judía. Verdaderamente, sabían que iban a morir. Pero creo que la importancia que ha tenido este libro, por lo que se ha vendido tanto, es porque se trata de una niña que también ha vivido la guerra, no tan dramáticamente como los judíos, que esos sí que verdaderamente iban a morir, pero esta tenía posibilidad de morir también. Creo que el título lo dice. Se trata de contarlo como Ana Frank lo contó, pero es una niña que era cristiana que vivió también el tema de la guerra. Eso es lo que le está dando tanta importancia, por eso querían cogerlo como símbolo en Francia, como símbolo de la resistencia, porque todo el mundo vivió la guerra más allá de ser judío. Pienso que esa es la importancia y el horror lo vivió ella. Lo único que, “no quiero morir”, es ahí donde los judíos ya lo tenían muy claro, que iban a morir, y ella dice que no quiere morir. Quiero decir que ella vive las mismas cosas, no tanto como Ana Frank pero vive el dramatismo y el horror.

Comentario de Carmen Peces:
Nos estábamos preguntando por el título. Creo que está en relación con la frase del final cuando dice, qué bueno sería nacer. Con lo cual, ella se identifica con los muertos, con la muerte más allá de que no sepa describirlo.

Comentario de Pilar Berbén:
Recordad que la frase “Tengo 15 años y no quiero morir” aparece en la confesión que realiza con el segundo cura.

Comentario de Miguel Alonso:
Ese es uno de los detalles que más me hace dudar de la existencia del diario. Porque si se analizan las dos confesiones, la de la primera parte del libro con un sacerdote, y la segunda con otro sacerdote, algunas de las palabras son las mismas, lo cual me resulta muy sospechoso.

Comentario de Carmen Peces:
Efectivamente, nos hace preguntarnos si lo pudo escribir o no. Es toda una conjetura. Lo pudo escribir o no, tampoco es lo más importante. Pero si efectivamente no lo escribió y fue una elaboración posterior, todo lo que hablábamos respecto a todos los que han dado testimonio del horror, y no todos judíos... Semprún escribe La escritura o la vida, y es muy conmovedor en el sentido de que cuenta por qué lo tituló así. En un momento dice que en principio era La escritura o la muerte, y cuenta cómo tuvo los folios en la carpeta y había una inhibición, no podía dar testimonio del horror. Si efectivamente esto es un testimonio, la cosa es muy complicada, porque está la vida en juego, pero ahora nos planteamos que quizá no lo escribió.

Comentario de Alberto Estévez:
Yo creo que no sólo se ha producido esta división entre aquellos a los que le ha gustado y aquellos a los que no le ha gustado el testimonio, el relato, sino que se ha percibido que, entre los dos bandos, ha habido por un lado, la creencia de que aquello fuera un relato de una niña de 15 años, y los otros desconfiaban, absolutamente, de que aquello estaba corregido. A todos se nos ha pasado por la cabeza. Yo creo que alguna gente que no le ha gustado, ha puesto sus dudas acerca de la veracidad, de que el relato fuera verdaderamente el de una niña de 15 años. A mí, justamente, los fallos tan clamorosos que hay, me dan la clave de que son los de una niña de quince años, y es lo que verdaderamente me conmueve. Porque, realmente, sin ser ningún experto, hay cosas que no se escapan, se leen, y bueno, ya quedaron atrás los quince años, pero a través de los hijos y de los sobrinos, ves cosas, y con quince años hay una percepción del mundo realmente distinta.

Yo decía en la presentación que lo rico de este ejercicio es encontrar polémicas así tan vivas como la que tuvimos hoy. La próxima cita tendrá lugar el segundo viernes de Febrero, trabajaremos el libro de Coetzee Tierras de poniente, vamos a tomar solamente el primer relato Proyecto Vietnam. Hasta la próxima y muchas gracias a todos.

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