martes, 8 de octubre de 2013

Cuando el cuerpo de Thomas Bernhard, como organismo, tomó la iniciativa. Artículo de Zacarías Marco

Hace ya unos años que me interrogo sobre el escritor austríaco Thomas Bernhard, sin haber podido llegar a formular, hasta ahora, cuál sería la pregunta en cuestión. Por un lado estaban las preocupaciones por la clínica, inicialmente, si Bernhard podía enseñarnos algo en relación con el cuerpo y la enfermedad. Por otro, su particular estilo literario. Leí, por ejemplo, que él mismo se había calificado de enfermo profesional y que decía haber aprendido de su abuelo que la enfermedad era una invención. Es conocido, en este sentido, su gusto por citar a autores como Pascal y Novalis. Con una cita de este último arranca, por ejemplo, el cuarto libro autobiográfico, El frío, aquel que dedica a su estancia en el sanatorio para tuberculosos: “Toda enfermedad puede llamarse enfermedad del alma”. Al principio me había preguntado si su relación con las enfermedades no podía ser una forma de suplencia de una psicosis no desencadenada. A partir de aquella precaria hipótesis inicial, volví a retomar recientemente su lectura intentando que esta preocupación dialogara con su escritura, caracterizada por ese tono suyo tan insistente, torturante para algunos, tan atraído por obtener la fórmula y su repetición. Finalmente, en lo referido a la clínica, la balanza se decantó de otro lado, a medida que decidí tomar al pie de la letra algunas alusiones a la matemática y a la lógica de su escritura. Bernhard parecía insistir en que podía enseñarnos más sobre estados morbosos y melancolía.

Para este acercamiento inicial a la figura de Thomas Bernhard he utilizado como pivote, como punto nodal sobre el que girar, el momento de la caída en la enfermedad. El camino trazado es el de mostrar primero, a partir de unas pinceladas biográficas retrospectivas, que nos encontramos, –al menos esta ha sido mi manera de entenderlo–, ante el resultado de una forclusión inicial, cuya estructura logra mantenerse sin grandes avatares hasta la adolescencia mediante una identificación imaginaria. Después de un rechazo a las instituciones de enseñanza, un lugar de autoridad y disciplina imposibles para él, con 16 años Thomas Bernhard parece iniciar, orgulloso, una andadura propia, pero esta se verá truncada cuando le sobreviene la enfermedad. El momento del derrumbe hay que situarlo, siguiendo su indicación, en un momento lógico preciso, el ingreso hospitalario del abuelo, poco antes de cumplir Thomas los 18 años. Estando pegado a él, no tardará en seguirle, y lo hace casi hasta la muerte. Después enlazaré con unas palabras sobre las querencias metonímicas del estilo de su escritura y, por último, intentaré apuntar algo sobre la hipótesis de que los fenómenos de cuerpo, en el caso de Bernhard, se inscriben en una perspectiva general de melancolía. “Desde mi más tierna infancia, dice, mis sueños culminan siempre en ciudades deshechas, en puentes derrumbados y vagones de ferrocarril rotos que colgaban sobre el abismo”.

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La lista de sus enfermedades es larga: pleuresía húmeda, tuberculosis, tumores benignos, sarcoidosis, enfermedades renales, glaucoma. Pero, ¿cómo comenzó la relación de Bernhard con la enfermedad? Empecemos haciendo caso al propio escritor. Preguntado una vez sobre su sexualidad, Bernhard comentó que no le había interesado nunca, que cuando fue el tiempo de que eso se desarrollara, no pudo ser porque lo que sobrevino en él fue la enfermedad. Esta caída en la enfermedad tuvo su vida pendiente de un hilo durante tres años, concretamente de los 18 a los 21 años. Bernhard contrapone, –veremos el papel que juega la contraposición en su escritura–, sexualidad y enfermedad, como dos caminos lógicamente incompatibles. Pero hay algo ahí que no cuadraba, pues no es a los 18 años cuando eso empieza, por lo general, a agitarse. ¿Qué hubo en su lugar en los años anteriores?

Bernhard escribió una serie de cinco libros llamados autobiográficos, que aparecen tras el éxito de una de sus mejores obras, Corrección, cuando tiene 45 años. En el primer y segundo libro relata los antecedentes de la caída en la enfermedad. Ésta será el objeto de estudio del tercer y cuarto libro, desde entonces obras cumbre de la literatura patológica. En el quinto rompe la linealidad y se retrotrae a una época anterior, su infancia con los abuelos.

El tercer libro de la serie arranca con estas tres palabras: “Era sólo lógico...”. Pero, para entender la lógica de esta impresionante cita, vamos a  situarla antes brevemente. En el primer libro de la serie, El origen, Bernhard había descrito su período de estudiante en Salzburgo, que va desde su entrada en el internado nazi en octubre del 43 hasta su huida del instituto en el 47, de los 13 a los 16 años. El libro, que parece todo él la justificación del abandono académico, consta de dos partes, dedicadas a las figuras de los dos directores de las escuelas: la una nacionalsocialista, durante la guerra; y la otra, católica, tras la derrota de Alemania. Pero, para él, éstas son meras diferencias nominales. El autor resuelve esta contraposición transformándola en una adición: la sociedad salzburguesa no ha dejado de tener, una y otra, dice, estas dos enfermedades del espíritu, el nacionalsocialismo y el catolicismo. A los 16 años toma la primera gran decisión de su vida, su definitivo apartamiento del, así llamado, abyecto sistema educativo, descrito como si dejara atrás la muerte y optara por la vida. Decisión extremadamente difícil porque con ella iba a decepcionar a la única persona a la que, como él dice, realmente quería, su abuelo. Y aunque esta decisión dice tomarla por estricta fidelidad a las enseñanzas del reconocido por él como su único maestro, lo que subyace es su imposibilidad de hacer lazo con el otro, no sólo con la institución. Leemos, por ejemplo: “El convivir con los otros internos fue siempre un convivir con el pensamiento del suicidio, en primer lugar con el pensamiento del suicidio y sólo en segundo lugar con lo que había que aprender o estudiar”. Allí, el pensamiento del suicidio, en el que fue introducido por su abuelo, lo ocupaba ininterrumpidamente, por utilizar una de sus palabras fetiche, y sólo logró identificarse con los dos máximos objetos de burla de la escuela, un compañero tullido y un profesor de cuya extrema fealdad se reían todos, profesores incluidos.

El segundo libro, El sótano, arranca con esta decisión, la de optar por la dirección opuesta. No cualquier otra dirección, sino, dice, la dirección opuesta, haciendo de esto el leitmotiv de esta segunda entrega. Un día salió de casa hacia del instituto y, a mitad de camino, cambió de dirección, se fue a la oficina de empleo y fue rechazando todos los puestos de aprendiz que le ofrecían hasta que le dieron uno en la dirección que solicitaba, la que conducía al barrio más degradado de Salzburgo, portada habitual de los periódicos por sus tragedias y asesinatos, justo en la dirección opuesta a la del instituto. Como aprendiz en una tienda de comestibles trabajó durante 2 años hasta que una tarde de invierno, descargando en mitad de un temporal de nieve un camión de patatas, se resfrió. A partir de ahí comienza un período de varios meses donde no termina de sanar, no se cuida y tiene varias recaídas. En ese estado de suspensión sucede lo que relata al comienzo del tercer libro, El aliento.

Era sólo lógico, eso lo comprendió pronto el joven de dieciocho años no cumplidos, después de los acontecimientos y sucesos que ahora anoto con deseo de ser verídico y claro, que yo mismo enfermara, después de enfermar súbitamente mi abuelo y haber tenido que ir al hospital, (…) pasando por delante de su ventana, detrás de la cual lo observaba yo, desde luego en un estado de ánimo afectivo e intelectual triste y melancólico, después de haberme despedido, sin saber adónde lo llevaba ese paseo a él, la única persona a la que realmente quería. (...) Debió de resultarme claro que, en aquel instante, se había producido un giro decisivo en nuestra existencia. Mi propia enfermedad, no totalmente curada a causa de mi continua irritación con los estados morbosos, se había declarado de nuevo, y de hecho con violencia francamente aterradora. Con fiebre y, al mismo tiempo, en un doloroso estado de ansiedad, ya al día siguiente de haber ido mi abuelo al hospital fui incapaz de levantarme e ir al trabajo.”

Bernhard, que no tenía habitación propia, es trasladado al cuarto del abuelo; y desde allí no para de quejarse mientras es calificado por su madre y su abuela de simulador. Dos días después entra en coma y es trasladado de urgencia al mismo hospital donde ingresara su abuelo, diagnosticándosele una grave pleuresía húmeda. Le hacen una punción y le extraen de la caja torácica tres litros de un líquido gris amarillento. Operación convertida pronto en rutinaria. En fin, este fue el inicio de ese decisivo período de tres años en los que pasaría de la pleuresía húmeda a la tuberculosis y en los que conocería por los periódicos la muerte de su abuelo, semanas después de su ingreso, y la de su madre, al año siguiente. Es sólo después de llegar a estar totalmente desahuciado, que Bernhard decide optar por vivir. Decide otra vez ir en la dirección opuesta, ir contra la, así llamada, torpeza infinita de los médicos y curarse; esta vez contará con una fiel aliada, que hace serie con el abuelo y de quien no podemos hablar ahora: Hedwig Stavianicek, “la tía”, una mujer casada, 35 años mayor que él, con la que entabla amistad en el hospital y sin la que difícilmente hubiera conseguido la constancia para poder escribir.

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Vayamos ahora a la infancia para intentar entender la fatal encrucijada de su adolescencia. Thomas Bernhard no nació en Austria sino en un pueblo de Holanda, en 1931, donde su madre, acompañada por su pareja, se había trasladado buscando trabajo. A los pocos meses el padre del niño los abandona y no se vuelve a saber de él. Madre y bebé regresan a Austria. El pequeño es confiado a los abuelos maternos con quienes vivirá hasta los 7 años. En ese período, la madre les visita dos o tres veces al año. El niño parece feliz acompañando a su abuelo en sus paseos.

Su adorado abuelo, quien sólo al final de su vida ganó algo de dinero con sus libros, estaba obsesionado con hacer, de su hija primero y de su nieto después, grandes figuras del arte. Thomas tomaría de él dos tipos de insignia. La primera, la herramienta de la escritura para plasmar el rechazo casi general a toda sociedad. Leemos: “...tenemos que existir simplemente contra todo o no existir ya, y yo tuve la fuerza de existir contra todo...”. La segunda, pegada a ella como su reverso, la fascinación por la destrucción y el pensamiento sobre el suicidio, con el que el propio abuelo amenazaba y tiranizaba a toda la familia; amenaza que, debido a antecedentes familiares, debía de resultar bastante creíble. “... Me hubiera matado mil veces, escribe,  si mi desvergonzada curiosidad no me hubiera mantenido en la superficie terrestre. Nada he admirado más durante toda mi vida que a los suicidas... Me desprecio por seguir viviendo.”

Su abuela tampoco se quedaba corta en sus aficiones. Llevaba al pequeño Thomas varias veces por semana a los cementerios para ver a los cadáveres expuestos, lo cogía y lo alzaba diciéndole lo ves, lo ves, hasta que el niño rompía a llorar. Continuo visitante, después, de cementerios, no es de extrañar que Thomas apuntara ya maneras desde su niñez. Veamos su máximo divertimento infantil, que el propio Bernhard nos lo conecta con su escritura. De pequeño se escondía en el cuarto de las escobas y esperaba pacientemente a que pasara su abuela, entonces dejaba caer el brazo lentamente para darle un susto de muerte. “Lo bueno, dice, es que nunca fallaba. Para ello había que esperar el mejor momento, no podía hacerlo todos los días, así es que pensaba, ahora ya se le habrá olvidado, y lo volvía a hacer. Mi escritura sigue el mismo principio, no se puede arremeter siempre y todo el tiempo contra los mismos, pierde su efecto.”

Entremedias su madre se casa y tiene dos hijos con Emil Fabjan, quien aceptará figurar sólo como tutor del chico. A los 7 años se produce de manera traumática la vuelta a un hogar que nunca existió. El pequeño Thomas se va a vivir con su madre y su tutor y empieza una enuresis que le acompañará durante años, motivo de continuas humillaciones por parte de su madre. La convivencia con la madre es descrita como difícil en el grado más alto. Los latigazos dejaron pronto de afectarle, pero los insultos no los olvidaría nunca.

Sobre su madre, una de sus amigas nos dejó esta descripción: “Melancólica y depresiva, totalmente a la merced del egoísmo de su padre y del chantaje lacrimoso de su madre.” Ella misma se decía sometida a su padre y tras la muerte de éste enfermó y murió.

Sobre la relación de Thomas Bernhard con su madre, éste escribió: “Cuando ella me veía, veía a mi padre, su amante, que la dejó plantada. Veía en mí con demasiada claridad a quien la destruyó, el mismo rostro. El parecido era asombroso. Mi cara no sólo se parecía a la cara de mi padre, sino que era la misma cara.

¿Y su padre? Una de las cosas que más desataba la cólera de su madre era que el niño preguntara por su padre. Enseguida se le prohibió terminantemente preguntar por él. Pensó que debía de ser un criminal. Sus pesquisas concluyeron en un episodio acaecido a los 16 años. Thomas localiza a sus abuelos paternos y les visita, éstos describen a su hijo como una persona abyecta y reniegan de él. Le dan una foto que le asusta por su parecido. No es que se le pareciera, era su mismo rostro. Se entera además de que murió en extrañas circunstancias siete años atrás. De vuelta a casa cuenta dónde ha estado, su madre lo golpea y quema la foto. Bernhard comprendió, dice, que nunca más volvería a preguntar por él.

Pese a este intento por ubicarse en la filiación, mi hipótesis es que sus preguntas toparon con obstáculos insalvables que reflejaban una imposibilidad inicial, la de poder inscribirse en el deseo de los padres y de poder entrar, así, en el universo de la significación fálica. En definitiva, que tuvo pocas herramientas para poder hacer un recorrido por la carretera principal. No creo que haya una estructuración edípica del deseo y que en su lugar se valió de este apoyo imaginario, el abuelo, al que se engancharía de por vida a través de la escritura. Me ha parecido que consigue dejar algo de la identificación al objeto de desecho al volcar sobre el Otro la inmundicia, consiguiendo hacer parte de este trasvase fuera de sí, aunque en esta tarea el cuerpo no le siga. “Toda mi vida como existencia no es otra cosa que un molestar y un irritar ininterrumpidos.” Veamos un ejemplo:

“Somos procreados, pero no educados, con todo su embrutecimiento, nuestros procreadores, después de habernos procreado, actúan contra nosotros, con toda la torpeza destructora del ser humano, y lo arruinan todo, ya en los tres primeros años de su vida, en ese nuevo ser, del que no saben nada, sólo, si es que lo saben, que lo han hecho aturdida e irresponsablemente, y no saben que, con ello, han cometido el mayor de los crímenes. Con una ignorancia y una vileza completas, nuestros progenitores, y por tanto nuestros padres, nos han echado al mundo y, una vez que estamos ahí, no pueden con nosotros, todos sus intentos de poder con nosotros fracasan, pronto renuncian, pero siempre demasiado tarde, siempre sólo en el instante en que hace tiempo que nos han destruido...”
  
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Lo que quizás más sorprende de la escritura de Thomas Bernhard es su capacidad para mantener ese impulso en un imposible crecendo durante páginas enteras. Ordena y reordena y vuelve a formular, una y otra vez, buscando elementos que mantengan siempre o, si es posible, aumenten la contundencia buscada. Me ha parecido que, como en Joyce no se trata de un simple apego al retruécano, lo que está en juego en Bernhard también es de otro orden: se trata de hacer surgir, en el estado más primigenio posible, una estructura elemental que va a repetir y machacar sin mesura. Bernhard construye a base de: repetición y adición; paralelismo y contraposición; continuidades y rupturas. Pero es la contraposición, la tensión radical que establece entre dos polos nítidamente opuestos, la piedra angular de su escritura. Morimos a partir del instante en que nacemos...” Creo que sin ella, el deslizamiento sería imparable. Bernhard parece conseguir una calma cuando obtiene esa fórmula radical, algo, por otra parte no sorprendente pues lo que ahí observamos es la emergencia de la estructura simbólica misma, con su inmediato efecto pacificador. A esta característica se suma, como veíamos, la de la intensidad, el interés de cargar cada segmento de frase de toda significación posible, y de jugar a continuación con ellas, musicalmente, como si todos los segmentos fueran los acordes álgidos de la quinta sinfonía. Bastará leer una frase, describiendo Salzburgo, para apreciar el efecto cubista que consigue con enrevesadas subordinaciones, una suma de múltiples bloques sonoros que sólo las comas puntúan. Un permanente cha-cha-cha-chán, donde al aire de certeza se suma la imposibilidad de introducir un vacío.

Las condiciones meteorológicas extremas, que irritan y debilitan continuamente y, en cualquier caso, enferman siempre a las personas que viven en ella, por una parte, y la arquitectura salzburguesa, que en esas condiciones produce unos efectos cada vez más devastadores en la constitución de las personas, por otra, ese clima prealpino, que oprime a todas esas personas dignas de compasión, de forma consciente o insconsciente pero, en sentido médico, siempre dañina y, en consecuencia, que las oprime en su mente y su cuerpo y en todo su ser, al fin y al cabo totalmente a la merced de esas condiciones naturales, y con brutalidad increíble produce una y otra vez esos habitantes irritantes y debilitantes y enfermantes y humillantes e insultantes y dotados de una gran vileza y abyección, engendran una y otra vez a esos salzburgueses de nacimiento o llegados de fuera que, entre sus muros fríos y húmedos, amados con predilección por el aprendiz y estudiante que fui hace treinta años en esa ciudad, pero odiados por experiencia, se entregan a sus estúpidas terquedades, absurdidades, barbaridades, asuntos brutales y melancolías, y constituyen una inagotable fuente de ingresos para todos los médicos y empresarios de pompas fúnebres posibles e imposibles.
  
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Para terminar, volviendo a la clínica, quizá podríamos decir que Bernhard no construyó un cuerpo en el sentido de a-natomía, por seguir un juego lacaniano del Seminario 20. Si el hábito recubre el cuerpo, entendido como agujero, como objeto a, aquí no hubo extracción del objeto que construyera el vacío necesario para atrapar las pulsiones en sus bordes, no hubo suficiente simbólico para agujerear esa superficie. Por ello el organismo quedó como una planicie donde el goce campó a sus anchas. La ausencia de significación fálica no permitió a Bernhard esa separación corporal, –destinada a impedir o limitar que los órganos se pongan a significar por su cuenta–, quedando el organismo significantizado en su conjunto. De ahí que veamos al organismo yendo radicalmente por libre, tratado como algo separado, algo que descarriló un día en la adolescencia, en un momento lógico preciso.

En síntesis, el ir en la dirección opuesta, que concreta en términos de arremeter siempre y todo el tiempo, creo que hace de suplencia de la melancolía al permitirle un hacer más allá de la identificación al objeto de deshecho. Sin embargo, la forma escritural que toma la suplencia no consigue anudar algo soltado en lo imaginario, por lo que no fue suficiente para construirse un cuerpo. 

Zacarías Marco,  septiembre de 2013

viernes, 4 de octubre de 2013

Exposición Entre-Fibres: Marek Sobczyk

El próximo Jueves 10 de Octubre (19:30hs.)
se inaugura una nueva exposición:
Entre-fibras,
último proyecto original del artista Marek Sobczyk (París, 1954),
realizado en Francia, durante 2013 (Papelera de Vaux, Dordoña); dibujos, pinturas y collages sobre distintos tipos de papel manufacturados por el artista
con distintas técnicas y materiales naturales.


Espacio de Arte
Plaza del Cordón 2, 3ºdcha.
28005 Madrid

martes, 3 de septiembre de 2013

Comienzo del nuevo curso de LITER-a-TULIA; Octubre 2013

LITER-a-TULIA quiere daros la bienvenida al inicio de un nuevo curso; este próximo Octubre comenzaremos con nuestra primera reunión que abrirá el ciclo de citas mensuales, el segundo viernes de mes, hasta Junio del próximo año.


Para esta ocasión hemos elegido una novela del escritor argentino, Roberto Arlt, titulada Los siete locos.


"Unir y mezclar a Borges y a Arlt es una de las utopías de la literatura argentina, pero eso no es posible, aunque el intento de la cruza está en Cortázar, en Marechal, muy nítido en Onetti".
(Ricardo Piglia)

El libro está disponible en librerías y también en Internet, en el siguiente enlace:

Viernes 11 de Octubre, 18 horas
Este o Este, Manuela Malasaña 9
Metro Bilbao

lunes, 2 de septiembre de 2013

LITER-a-TULIA despide el 5º año comentando el relato de Jack London, "La Hoguera".

Comenzamos la novena y última reunión del curso de este año, quinto curso ya en la andadura de la tertulia, 45 reuniones con la de hoy en total. Jack London acude a nuestro escenario con esta hoguera que esperamos pueda prender el debate posterior sobre lo que el texto plantea, en ese sentido me produce cierta curiosidad la característica de dicho debate, veremos si se plantea desde la intensidad, es decir, retorciendo un mismo tema y apuntando diversas reflexiones sobre él, o es un debate más diverso, abriendo diferentes cuestiones. Cada uno que haga su apuesta, la mía ya está hecha, cuando acabemos veremos el resultado.

Personalmente encuentro muy interesante hacer una lectura de lo que ha sido el curso en la última reunión. No se trata tanto de hacer balance, creo que la valoración siempre se muestra falta de objetividad, prefiero tratar de dar cuenta de lo que a posteriori ha formado un sendero, el sendero del 5º curso, que al igual que pasa con el protagonista del cuento de hoy, en la medida que uno lo va transitando no se atisba muy claramente, y es después que vamos percibiendo en nuestras propias huellas el camino que hemos formado. Este efecto es casi siempre algo muy sorprendente, cuando se trata de la experiencia de un psicoanálisis es algo inevitable. 

Pero vayamos al sendero que hemos formado al transitar este 5º curso.
La literatura y el psicoanálisis comparten la materia prima que les da su posibilidad de existir. No existiría la literatura sin palabras, y lo mismo podemos decir de un psicoanálisis, éstas son su condición sine qua non, con lo que a vista de pájaro ya vemos lo que abre camino, lo que aparta la maleza dibujando una senda: son las palabras. El lenguaje traza el sendero que convierte a la literatura en la práctica de la excelencia de la palabra  y al psicoanálisis en la práctica de la palabra por excelencia. Hasta tal punto que podemos decir que la literatura es un arte, no sé si lo es el psicoanálisis pero no cabe duda de que para ser psicoanalista hay que tener cierto arte.

Las palabras por lo tanto son el piso que alfombra nuestro sendero, a la manera de las rodadas del carruaje que encontramos en el camino, y la provisión de estas palabras se hace a partir de 9 contenedores, las 9 expresiones literarias que completan nuestro curso, que comenzó en Octubre pasado con El Informe de Brodeck poniendo en evidencia la condición humana en su vertiente de barbarie y destrucción frente a lo extraño, hasta el punto de reducir a un sujeto, nuestro perro Brodeck, al estatuto animal, el estatuto básico de superviviente. No hay duda que algo del superviviente lo constatamos también en la persona de Jed Martin, el protagonista de la siguiente cita, El Mapa y el territorio, frente a lo mortífero que esta novela plantea no como peligro exterior sino como amenaza desde dentro mismo del protagonista, ante lo cual Jed aplica su tratamiento de supervivencia, su fórmula: la sublimación por el arte.

A mi modo de ver estas dos citas de Octubre y Noviembre pasados componen un ternario con la de Diciembre haciendo un subconjunto del primer tercio del curso. El tema de la supervivencia es el eje del ternario y se hace evidente en esta tercera cita, Dínos cómo sobrevivir a nuestra locura, que en cierta forma abrocha las dos citas anteriores con ésta y nombra a su vez esta supervivencia en el propio título señalando el objeto al que responde: la locura, parasitaria de nuestra condición de seres de palabras, ya sea la locura del semejante, o nuestra propia locura, perturbación expresada en la novela de Kenzaburo Oé en la casi obscena alienación de aquel padre con su hijo.

Con la llegada del nuevo año se produjo un recodo en el camino, cierto giro que el relato de Kafka, La Condena, produjo. Aquí no se trata tanto de la supervivencia, recordarán el funesto final de su protagonista Georg, que justamente no sobrevive, sino de la culpa como fluido que recorre los laberintos de una subjetividad dominada por el absurdo y el sinsentido. La culpa puede declinarse en función del amor, y hablamos con Kafka del amor al padre, y con José María Merino del amor a la pareja, el amor de Daniel a Tere en El río del Edén, que nos permitió disfrutar, además de la presencia de su autor, en un animado debate en el que aquel río separaba inevitablemente las dos posiciones para enfrentar lo que puede deparar una vida, la del hombre y la de la mujer.

Dos relatos ocuparon nuestro interés en las dos citas posteriores, dos relatos en los que la ficción que los atraviesa comparte una cuestión: mostrar las coordenadas de una oscura satisfacción en el sujeto. Los dos relatos eligen el juego, aunque de dos maneras diferentes, El Ruletista apoyándose en el azar y el El Ruido de un Trueno en la Ciencia, brindando una experiencia aterradora pero inigualable. Como consecuencia, ambos relatos exploran los límites de nuestra condición, los límites que expresa nuestra relación con la muerte, que se torna protagonista, curiosamente en ambos, a través de armas de fuego.

La siguiente cita da un contrapunto a estas dos y a la vez tiende un puente con el relato justamente anterior, el trueno de Bradbury: si bien por un lado aquellas citas traían a colación el horror en relación a un final, Austerlitz nos brinda ese mismo horror en relación al origen, aunque no nos lleva al origen de los tiempos, se trata de la odisea que para Jacques Austerlitz supone no poder encontrar su lugar en este mundo, estar desconectado de su origen; y en este sentido, horror, olvido y memoria forman el marco de esta extraordinaria novela donde de nuevo la supervivencia toma el protagonismo.

4 novelas, 4 relatos y una novela corta han sido los contenedores para abordar estos temas: el origen, el final, los laberintos de la subjetividad encarnados en la culpa y el amor, la locura, la naturaleza humana en suma. ¿Pero realmente no es una contradicción en los términos hablar de naturaleza humana? Para entrar en esta cuestión viene como anillo al dedo La Hoguera, el relato que propusimos hoy, y que redobla la temática de este curso, que queda, les propongo, marcado por este significante de la supervivencia

Hablar de naturaleza humana es cuando menos controvertido sin hacer algunas precisiones, Porque si hay un cuerpo entre todas las especies que habitan la tierra donde no existe la completud natural ese es el cuerpo del ser humano. ¿Por qué no existe, a quién echamos la culpa de esta merma biológica en nuestros cuerpos? A lo que hemos llamado la materia prima de la literatura y del psicoanálisis, la culpa es de la palabra. La palabra es responsable de que nuestra vida sea una vida simbólica, que pervierte la evidencia de que también somos materia viva. La palabra tiene la culpa, no hay duda, de que el protagonista de Jack London muera congelado en la nieve. Es por culpa de estar dotados de la razón y no por las palabras que se dicen en el relato, es un relato prácticamente mudo, sino por el hecho de ser seres de palabras, estar constituidos por palabras, las palabras son nuestra particular biología que nos aleja de la naturaleza, me gusta mucho la manera que eligió Mº José, nuestra compañera, para expresarlo en su reseña, naturaleza entendida como un mundo sideral totalmente indiferente a nuestro antropocentrismo. Y el relato por un momento también abre esa brecha, poniendo en relación de continuidad la bomba sanguínea que aminora el ritmo en el organismo de nuestro insensato, con el frío del espacio que cae sin clemencia sobre la corteza terrestre.

Esta es la brecha, el mérito de este relato es justamente situarse ahí, entre los dos cuerpos de nuestro protagonista, su organismo y la imagen narcisista que lo recubre. Y esa brecha está sellada para este necio. Qué listo London porque para marcar el contraste utiliza a un animal como compañero, no otro sujeto, sino un perro, porque en el perro, como en todos los animales exceptuando a los animales palabreros, en el perro hay un solo cuerpo, no hay grieta ni brecha, ni dos cuerpos en relación ni en oposición. Y es seguro que el perro no sabe que en ese espacio sideral hay otras masas que reciben el nombre de planetas, ni siquiera sabe que gracias a la razón, esos planetas responden a un nombre, y es seguro que tampoco le importa un bledo, lo que le importa es el saber de su instinto, no el esfuerzo de sublimación cultural. Y ese saber instintual sí tiene conexión directa con lo biológico, la sangre era algo vivo como el perro dice el texto, equiparando sangre y perro en el dominio de lo vivo, ahí no hay brecha, no podemos hablar de interferencia, el animal es su propio cuerpo. Cabría pensar si podemos extraer de esa comparación que hace el autor la consecuencia de que nosotros no somos algo vivo. Sin duda lo somos, pero nosotros acarreamos con un cuerpo a través de un desierto helado despreciando la inconveniencia de permanecer a la intemperie haciendo un frío tan espantoso.

Los humanos no podemos decir que nuestra vida no tenga relación con el saber. Afortunadamente el saber nos ha permitido llegar hasta donde hoy estamos, los logros del hombre en la historia pasan por la conquista de un saber, pero no un saber del instinto, no es un saber que se hereda genéticamente, es un saber hecho de palabras y éstas se traducen en consecuencias directas para la vida humana. Cuando Freud se ve enfrentado al cuerpo de las histéricas en la Salpetriêre constata un cuerpo desobediente -y por cierto, extrae un saber de ello-, que no se rige por leyes naturales, y cuando el protagonista del relato ignora cuán insignificante es su materia orgánica en un paraje de temperaturas inferiores a 50º bajo cero, rechazando acatar lo que la autoconservación le ordena, nos damos cuenta de cómo el cuerpo no forma unidad con el sujeto, el cuerpo desobedece las leyes de la medicina, el cuerpo está aquejado de síntomas de los que el saber médico no puede dar cuenta, y la pregunta por la causa de dichos síntomas obtendrá una respuesta u otra dependiendo de la posición ética del sujeto en la persona del médico.

Creo que podemos caer en la tentación de atribuir a nuestro personaje cierta dosis de masoquismo, un gusto por el sufrimiento mal dosificado, se le habría ido la mano y la sobredosis de sufrimiento se lo llevó por delante, atribuyéndole así una intención mortífera que aligeraría un poco el drama: mira, pues él se lo ha buscado, ganas de sufrir. Lo verdaderamente dramático reside en el hecho de pensarlo por fuera de su intencionalidad, como algo que lo sorprende y que hace vanos sus esfuerzos cuando ya es demasiado tarde, una estúpida manera de encontrar la muerte cuando el sujeto no quería morir. En este sentido cabría diferenciar al menos dos estatutos de la angustia en el personaje de London, la angustia como señal, como miedo ante la precipitación cada vez más irreversible de los acontecimientos, presente en la parte central del relato, y la angustia como real, que está presente hacia el final y se desliza en esas imágenes de su propio cuerpo como no perteneciéndole, no le responde, el enamoramiento cegador de la propia imagen cae y el sujeto se ve reducido a su propio cuerpo, porque la naturaleza es inexorable en ese sentido y siempre vence la batalla contra la palabra.

Somos una paradoja, y de esta me serví hoy para tratar de mostrarles que en el ser humano la pérdida irreparable de la brújula que ofrecería el instinto es por culpa de las palabras que nos constituyen, pero a la vez, son ellas las responsables de que defendamos una posibilidad de supervivencia para el ser humano ante las implacables leyes de una naturaleza que nos amenaza con toda su potencia mortífera.

En realidad nos han repetido aquello de la verdad os hará libres, lo que no nos contaron es que estamos presos en ella, presos de una verdad hecha de palabras, hasta el fin de nuestros días.

Alberto Estévez

Refutación del realismo y del naturalismo. Comentario de Miguel Alonso sobre el relato La Hoguera, de Jack London

La hoguera parece un relato apropiado para refutar el encasillamiento de Jack London dentro de las tesis del realismo y el naturalismo. Gran parte de la crítica se empeña en esta simplificación de su narrativa, llevada por la presentación imaginaria de sus relatos, impresionantes cuadros de una naturaleza casi impoluta, poseída por una voluntad impía y determinista con respecto al hombre. Y la simplificación también se produce atendiendo a la inclinación intelectual del autor, muy ligada al darwinismo. Pero la obra de un autor, como bien se encargaron de hacernos ver los grandes de la literatura, ha de superar al escritor, trascender su intelectualidad, sus creencias y sus anhelos morales, si no, como dice Borges, el escritor no ha escrito nada.

Porque tratar los relatos de Jack London, y en particular La hoguera, como ilustración y confirmación de las doctrinas de Darwin, es decir, como selección natural que elimina a los menos adaptados y dotados de la especie, es dejar de lado, o incluso rechazar, lo que no entiende el naturalismo, lo que incomoda al naturalismo: el sujeto, presente en este relato de forma privilegiada. Este rechazo siempre se hace en favor de un positivismo científico, moral y determinista, que no deja ninguna libertad, ninguna responsabilidad a los protagonistas en relación a sus actos y a su constitución dentro del lenguaje.

En verdad, con la escritura de Jack London estamos ante la plasmación de verdaderos dramas humanos en los que el espacio natural no es sino el contexto artificioso que distrae, la trampa que opaca la luz y nos desvía del motivo fundamental: el drama vital de un sujeto literario.

Podríamos preguntarnos qué significación tiene el tremendismo de Jack London. Todo en él está sobredimensionado, todo adquiere unas proporciones desmesuradas, todo se separa de un discurrir más o menos confortable, más o menos sosegado, tanto en su vida como en su narrativa. Este dato también lo separa del realismo. De tal manera, sus relatos pueden tomarse como el trasunto de su vida, siempre merodeando por los interiores de situaciones límite, impulsado, casi podríamos decir, por una pulsión de muerte que en él parece inexorable.  

En relación con el naturalismo, lo que primero salta a la vista y queda refutado en La hoguera es la naturaleza y el atavismo que supuestamente habita en todo ser humano, motivos del pensamiento de London y sustento del darwinismo. En este relato sin hombres, uno solo, aislado y mínimo en relación a su entorno –lo cual puede tanto facilitar como dificultar la obviedad de lo que muestra, dependiendo de la agudeza del lector, del espectador— refuta con toda claridad la tesis del atavismo darwinista, pues ese hombre del relato está incapacitado para mostrarnos el más mínimo rasgo de bestialismo, de animalidad ¿Dónde está el naturalismo de alguien que no es capaz de guiarse por ningún instinto, como lo muestra la contraposición con el perro? En efecto, se repite varias veces que el perro sí está provisto de un instinto que lo guía. Pero en el protagonista de La hoguera, como en todo ser humano, el instinto está perdido. Este solo elemento ya invalida, de forma radical, la tesis de la bestia atávica que supuestamente nos habita desde tiempos ancestrales.

Verdaderamente, ¿alguien puede encontrar biología y naturaleza en este relato, a no ser en el perro? ¿No está el protagonista absolutamente alejado de cualquier biología y de cualquier actitud instintiva? El mismo paisaje natural, ¿no está marcado por la escritura humana? ¿Qué es ese camino abierto por el hombre que atraviesa todo el cuadro? ¿No es una escritura hecha por el hombre sobre la tierra? ¿No es una escritura sobre la página blanca de lo real?:   
Esta línea oscura era la ruta principal...”

La “bestia humana” londoniana, por tanto, no es biología, ni herencia atávica, ni carácter ancestral salvaje, y la naturaleza de London está, sin duda, marcada por esa escritura que, sobre la página blanca de lo real, escribe el drama en el que se representa una gestión –desde luego muy particular— de deseos  y pulsiones. Un drama que, como decíamos, es el trasunto de una vitalidad que, dentro de un cierto pesimismo, no hace más que novelarse en una necesidad imperiosa de tormentosas, y hasta románticas, aventuras.  

Siguiendo con la metáfora del cuadro, podemos invocar cierta peculiaridad del relato. ¿Dónde encontramos al sujeto que, como una mancha dentro de la inmensa y casi impoluta blancura de la página blanca de la naturaleza, viene a subvertir las tesis realistas y naturalistas?

El relato introduce la dimensión de la mirada, que no debemos confundir con la visión. Nos situamos en la escena final, la del sueño, que viene a producir una auténtica inversión. Si Jack London, desde su intelectualidad y creencias, pareciera invitarnos a ver, como espectadores, la voluntad implacable de una naturaleza armónica ante la que sucumben los peor adaptados, los peor dotados, ahora la cuestión se invierte para que nosotros mismos seamos cuadro. El infortunado protagonista, desde el sueño, es mirado por su propia mirada –no por sus ojos que, definitivamente, dejaron de registrar el mundo. Si antes estábamos situados en el exterior viendo un cuadro realista, ahora estamos en el interior del mismo como sujetos que somos mirados por nuestra propia mirada. Es decir, somos cuadro.

La representación realista fundada en una perspectiva con paisaje helado y hombre mínimo, finalmente, nos muestra una imagen fija, un cuerpo aparentemente muerto, tumbado en la inmensidad blanca, nevada y helada. Pero esa escena pasa a ocupar un lugar secundario, porque ya está dominada por el sueño, por el lenguaje, por el inconsciente del protagonista y por su propia mirada. El protagonista y el lector ya no ven el cuadro, sino que ellos mismos son mirados desde diversos elementos del sueño, elementos que pertenecen al drama del hombre, a su propia vida, y que lo implican en su propia decisión.

Desde el sueño miran al hombre sus compañeros, el mismo Sulphur Creek, su pipa, sus palabras antiguas, sus consejos, el frío ahora sí intenso, y, como digo, su propia mirada y su propia decisión. Y el tiempo ya no es el diacrónico de la realidad, sino que está más próximo a una sincronía que insta a reconocer la responsabilidad de elección en relación a un deseo, el propio, que no otorga ninguna naturalidad instintiva que garantice el camino por la vida. El deseo pone en manos de uno la decisión problemática. En un camino trazado por el Otro, uno tiene que ir escribiendo sus propios pasos y sorteando las hiancias, los agujeros de lo real.

Por lo tanto, el protagonista es el objeto mirado, es el cuadro, con la peculiaridad de que, solamente por esta única vez en el relato, coincide con su mirada en un mismo lugar, en el sueño. Es lo que conforma la mancha que aparece, sorpresivamente, en una representación realista.

Con esta mancha –similar a la que se produce en el procedimiento pictórico de la anamorfosis— el relato se le va de las manos a la intelectualidad del mismo autor, se le va de las manos a una crítica literaria proclive a las tesis del naturalismo, y se le va de las manos también al mismo yo, a la misma voluntad del protagonista, que yace tirada en la nieve. A todos ellos se le disloca la perspectiva realista, naturalista y determinista, en favor de lo que en ella se rechaza: la dimensión de la mirada que sitúa al sujeto como cuadro, no como observador, a la vez que ubica las encrucijadas de su deseo, y lo sitúa ante la responsabilidad de sus propias decisiones. 

La moraleja que se puede derivar de la lectura de La hoguera es que, además de una realidad física externa, verdaderamente real sin duda, existe también una realidad psíquica que, más allá de todo determinismo natural absoluto, escribe sus letras sobre la página blanca de lo real para dar sustento a un deseo sin naturaleza, sin instinto, sin nada consistente que ofrecer como garantía para transitar una vida. Ese es nuestro drama, y ese es el drama de Jack London, un drama de escritura, de lenguaje, de elección, no de determinismo natural.   

Miguel Alonso

Comentario de Luis Teszkiewicz sobre el relato La hoguera, de Jack London

Al enterarme de que la tertulia iba a girar en torno a un cuento de Jack London, sentí una gran emoción. La obra de este autor tiene que ver, en lo que a mí respecta, con el descubrimiento del amor hacia la literatura. Si evoco el amor desmedido de Borges por H. G. Wells, para mí London supuso el descubrimiento de la literatura en la infancia con sus libros de perros, con Colmillo Blanco, con El llamado de la Selva, etc. Posteriormente, en la adolescencia, descubrí otros Jack London, el socialista, con una novela de política ficción no muy difundida, Talón de Hierro, donde el mundo es por entero socialista excepto Estados Unidos, estado totalitario y talón de hierro del capitalismo. Descubrí también esos cuentos maravillosos, de los mejores que he leído, cuentos de Alaska y de los mares del sur. Respecto a los primeros, uno de los que más me conmovió no es La hoguera, del que hoy nos ocupamos, sino otro que se llama Deseo de vivir. Dice la leyenda que Lenin se lo hizo leer en su lecho de muerte. Pero recordé una frase contenida en Los mares del sur, más concretamente en un cuento titulado El inevitable hombre blanco. Dice lo siguiente acerca del dominio que el hombre blanco va a establecer sobre el mundo:
Y, naturalmente, el hombre blanco es inevitable. Es el destino del negro ––le interrumpió Roberts––. Dígale a un blanco cualquiera que hay madreperla en una laguna infestada por decenas de miles de caníbales vociferantes e inmediatamente se pondrá en camino con un reloj despertador que utilizará a modo de cronómetro y media docena de buceadores canacas, todos apretados como sardinas en lata en un espacioso queche de cinco toneladas. Susúrrele al oído que se ha descubierto oro en el Polo Norte y esa misma criatura de tez blanca, ese ser inevitable, partirá sin dilación, armado de pico, pala y el último modelo de artesa. Y lo que es más, llegará a su destino. Hágale saber que hay diamantes en las ardientes murallas del infierno y el hombre blanco asaltará esas murallas y pondrá a trabajar al mismísimo Satán con su pico y con su pala. Ahí tiene el resultado de ser estúpido e inevitable

En relación con La hoguera, también aquí encontramos al estúpido e inevitable hombre blanco que ha ido a buscar la riqueza al Ártico, la madera, ese trozo de naturaleza que será transformado en mercancía. Morirá en esa historia de error, de exceso y enfrentamiento con una naturaleza indiferente por completo a sus expectativas. Pero los otros hombres blancos que lo esperan en el campamento lograrán cortar la madera, extraerán ese producto pese a los rigores naturales.

En definitiva, La hoguera hace presente la naturaleza y la muerte como realidad. Una muerte real que sucede con precisión, y ello porque ese hombre no ha podido medir el límite que la naturaleza impone. Relato que conmueve por la impotencia del hombre ante su enfrentamiento con esa naturaleza indiferente.   

Luis Teszkiewicz

Comentario de Graciela Amorín sobre el relato La Hoguera, de Jack London

El hombre de este relato se aparta de sus compañeros porque, según dice, deseaba dar un rodeo antes de llegar al punto de reunión, un campamento en una antigua localidad minera. La razón de su recorrido solitario era averiguar si había buenos troncos en las islas del Yukon. Tal vez sea con este propósito que el caminante mira, desde lejos, el paisaje con abetos de tales islas. Lo importante es que se había apartado del grupo e iba a solas con un perro, que parece suyo, aunque en la relación con él hay poco afecto. Cuando leemos que le ayuda a quitarse el hielo de las patas, aún no sabemos que eso no indica cariño. De la soledad y la angustia del perro nos enteramos más adelante.

Su lazo humano más importante durante el relato, por las palabras que de recuerda, es el veterano de Sulphur Creek, al que en algún momento, incluso, se siente agradecido. El veterano es el único, en cuanto a su conocimiento de lo que ocurriría a 60º bajo cero, que estaba a la altura de la sabiduría instintiva del perro.

El hombre del cuento tenía poca imaginación y no deseaba pensar, pero el autor va describiendo con minucia los efectos del frío sobre el cuerpo humano a los que este hombre está atento. Aún así, a partir de cierto momento empieza a suceder todo lo que el veterano de Sulphur Creek le había advertido y era conveniente evitar.

Al retomar el camino después de comer, sucede lo peor: se hunde hasta las rodillas en el agua que la nieve ocultaba. El veterano le había advertido que no debía viajar solo cuando el termómetro estuviese a menos de 50º bajo cero. Era una ley que el hombre sabía que estaba transgrediendo, aunque no lo recordara o, en otros momentos, pensara en ello con orgullo, pues “cualquier hombre digno de este nombre podía viajar solo”.

Lo que le sucede al personaje del cuento no es una catástrofe de la que no pudiera haber escapado. Sabía que corría peligro y siguió adelante con su plan de viajar solo, sin sus compañeros y con ese frío. Podría pensarse en un suicidio por inconsciencia, por rechazo de la sabiduría de quien le aconsejaba, el veterano de Sulphur Creek.

Pero no se sabe lo que puede deparar el aislarse y seguir a solas. La consecuencia no tiene por qué ser siempre la muerte. Tampoco se sabe si en compañía la vida es menos peligrosa. 

Hay un pequeño párrafo en el prólogo del libro de Ferdinand von Schirac, Crímenes, al  cual pertenecía el cuento La espina, del que se habló en esta tertulia, que me parece que viene muy al caso:

Nos pasamos la vida danzando sobre una fina capa de hielo; debajo hace frío, y nos espera una muerte rápida. El hielo no soporta el peso de algunas personas, que se hunden. Ese es el momento que me interesa. Si tenemos suerte, no ocurre nada y seguimos danzando. Si tenemos suerte.”

Graciela Amorín

Comentario de un tertuliano sobre La Hoguera, de Jack London

Quería poner el relato La hoguera en relación con lo que ocurrió años después en la primera expedición de Scott al polo norte, un absoluto desastre en el que murieron todos. Una mezcla de estupidez y osadía sin límites. Son dos vertientes muy presentes en el tiempo actual de la humanidad. Por una parte el deseo de aventura, por otra la de explorar hasta la última frontera. Es algo de lo que tenemos noticias todos los días, expediciones al Himalaya, muchas culminadas con éxito, pero también lugares de encuentro con la muerte por parte de muchas expediciones. ¿Deseo, pulsión, instinto? No sé cuál sería el nombre correcto para ese afán que reside en nosotros y nos empuja a llegar más allá de cualquier frontera.  

Comentario de Teresa sobre el relato La hoguera, de Jack London

Lo que me sugiere el relato es que, al menos en una de sus vertientes, el autor intenta decir algo en relación a una diferencia, el animal con su instinto, y el hombre desprovisto del mismo. Veo a este hombre, ante las dificultades tan terribles que la naturaleza le impone, en la misma situación de ese sujeto indefenso, el infans, nacido en estado de prematuración, sin un instinto que lo guíe de forma natural, necesitando de sus semejantes para sobrevivir. Porque este hombre está continuamente acordándose de sus compañeros, de lo que le dijo quien le dio consejos que no siguió. Y con el tema de la hoguera insiste en esta cuestión, pues hace referencia continuamente a que si no estuviese solo, si hubiese alguien con él, podría haber encendido la hoguera. Su imposibilidad surgía por el hecho de estar solo y no tener, como el perro, un saber natural que lo guíe.

Teresa 

Comentario de Miriam Chorne sobre el relato La hoguera, de Jack London

Pequeñas observaciones. Una tiene que ver con el título del relato en inglés: To Build a Fire. En algunas traducciones al castellano se establece como Encender una hoguera. De todas maneras, en inglés, “To build” es construir. Y encontramos algo central en el cuento, justamente la cuestión del encender la hoguera. Siete u ocho páginas, de las 13, aproximadamente, que contiene el relato, se demoran en el hecho de encender la hoguera. En ese sentido, la palabra encender tiene todo el peso de lo que no se consigue construir, el fuego que lo hubiera salvado.

En relación a lo que dijo Miguel Ángel Alonso en su intervención, estoy de acuerdo en casi todo. Leí en algún lado que el género de este tipo de cuentos de Jack London es terror naturalista. Es verdad que no se trata de un naturalismo desnudo, pero London utiliza un cierto naturalismo, porque va describiendo, fríamente, miles de detalles del paisaje para construir una historia de terror. Es una buena conjunción.

La hoguera suscita una cierta angustia, pues desde la segunda página se ve a donde va a ser conducido ese hombre por su manera de hacer, inexorablemente transita hacia su muerte. En ese sentido, pienso que no es necesario atribuirle ningún masoquismo, pero sí hay en juego una pulsión de muerte, es el hecho de haberse metido en esa historia imposible. Estaba advertido, le habían dicho que no fuera solo, que no saliera con esa temperatura, pero él no hizo caso.

Leí el cuento en inglés, y algunas cuestiones me parecieron notables, en particular una cosa que tiene que ver con el género y el estilo. En las primeras frases se insiste en el frío y en el color gris de los días. Unos renglones más abajo dice que no había sol, ni una pizca de sol. Esta reiteración, sin más añadidos, hace que el naturalismo se vuelva terrorífico. Es el exceso gris. 

Miriam Chorne

Historias contadas. Comentario de Graciela Sobral sobre el relato La hoguera, de Jack London

Hay algo obvio: hay historias y vidas que son contadas. Y hay una relación entre psicoanálisis y literatura, tiene que ver con las historias, con las vidas que son contadas con palabras. Me emocionó mucho leer este cuento porque me remitió a una historia muy cercana. Es una historia que ocurre en 1901. Mi abuelo, en ese momento, tenía 19 años, y era alférez de la marina Argentina. Un barco noruego que hacía una expedición al Polo Sur, paró en Buenos Aires para abastecerse, y retomó su viaje con los 150 suecos y noruegos que viajaban en él, y mi abuelo. Este barco se llamaba Antartic. Los viajeros eran todos científicos que iban al polo a poner una caseta de investigación. Luego el barco daría una vuelta por la zona y volvería para recoger a los científicos y hacer el viaje de regreso. Pero está la naturaleza, el frío, el hielo, y eso no ocurrió así. El barco se hundió, y sus viajeros no pudieron volver en el momento previsto. De los 151 –los 150 suecos y noruegos más mi abuelo— sólo sobrevivieron 6, entre ellos mi abuelo. Éste murió posteriormente, cuando yo tenía 5 años, pero he participado toda la vida en actos que conmemoran esa epopeya. Porque él fue un héroe nacional. Entonces, a raíz de la lectura del cuento de Jack London, volví a releer el libro de mi abuelo Dos años entre los hielos.

Era como si en La hoguera, yo estuviera ahí, haciendo el camino con ese hombre necio. Lo que vive es tremendo. Uno de los méritos del cuento es que te sitúa en la piel del protagonista. Y desde la perspectiva de éste es tan verídico, lo que cuenta es tan real, que tiene las características de la omnipotencia y la necedad en relación con la naturaleza. En la relación con el animal, no se trata de que quererlos, sino de usarlos, lo cual no quiere decir maltratarlos. Eventualmente se los comían, si no tenían otra cosa para comer.

Por tanto, le debo a Jack London haberme vuelto a acercar al libro de mi abuelo. Y si pudiera decir algo desde la perspectiva de este cuento, diría que hay que estar despierto. Si te duermes te mueres. Te mueres congelado. Es muy impresionante. Como digo, estos relatos los he oído muchas veces. Me gusta como introduce lo subjetivo en la naturaleza. Mi abuelo contaba que estos hombres se quedan congelados a medida que se dormían, y que esa era la muerte más dulce, muerte en la que uno, poco a poco, va desapareciendo.

Quería hacer un homenaje emocionado a estos hombres a través del relato de Jack London y del libro de mi abuelo, los dos muy creíbles en cuanto a la forma de afrontar esas expediciones con su puro coraje. Eran vidas que se vivían en esa época, historias donde todavía había un mundo hostil por conquistar y descubrir. 

Graciela Sobral

Los hombres atemporales. Comentario de Silvia Lagouarde sobre el relato La hoguera de Jack London

Yo creo que cada relato nos descubre nuestra subjetividad. Para mí, el texto es un homenaje a ese tipo de hombres como el abuelo de Graciela, hombres necesarios, atemporales, que fundamentan su virilidad en la rudeza y en la obstinación. Y esa obstinación que vemos en el relato, como la de los ciento cincuenta suecos y noruegos y la de tantos pescadores que atraviesan el mar, es la firmeza de una virilidad. Estos hombres, como digo, son atemporales, existieron en la época de los gladiadores, hoy en el siglo XX, y seguirán existiendo en el XXI. Son hombres necesarios, hombres heroicos que tienen una relación con la vida en la que no existe el miedo, lo cual nos lleva a pensar que quizá no tengan inconsciente, en el sentido de que no se dividen, nada de lo paradójico les suscita una pregunta. Si tuvieran inconsciente, quizá no podrían llevar a cabo estas aventuras, ni podrían ser tan heroicos. De estos hombres hay en Galicia miles transitando el mar. Si en estos momentos hubiese una catástrofe, dudo que aquí apareciese alguno de esos hombres, los intelectuales, en general, son miedosos. Estos hombres obstinados y heroicos organizarían la catástrofe para que no cundiese el pánico.

Por tanto, son hombres atemporales que no se modifican en el trascurso del tiempo, que se ríen de la verdad. Lo vemos en el cine, en la literatura, personajes rudos, obstinados y valientes. Por eso me emocionó la lectura de La Hoguera, pues me evocó esos sujetos anónimos, pero heroicos. Viví el texto, y creo que este hombre, este sujeto, este personaje, se convierte en un homenaje a esos seres heroicos que nadie conoce, y que, realmente, combaten las leyes de la vida y de la naturaleza con una ética admirable. Esta vida sigue existiendo en las aldeas de la mayor parte del mundo, en los marineros de Galicia, en las historias atemporales que cuentan, idénticas a las de hace trescientos años. Lo que hay que hacer es saberlas escuchar y tener el interés del relato. En Galicia escuchas ese tipo de historias.

Lo que pretendo con este comentario es universalizar a este tipo de personajes obstinados. Para mí no son necios, sino que, en su obstinación, no es que no tengan imaginación, lo que no tienen es relación con el inconsciente, y esto hace que tengan una relación con la muerte absolutamente natural, cosa que no le ocurre a ningún neurótico. Esta me parece la intencionalidad del escritor, hacer una pintura en la que se cruza una fatalidad y un sujeto obstinado, rudo, valiente.


Silvia Lagouarde

¿Necedad o heroicidad? Comentario de Jesús sobre el relato La hoguera, de Jack London

En primer lugar quiero dar las gracias a los organizadores de esta tertulia por las últimas cuatro sesiones a las que pude asistir. Dar las gracias por el interés que ponen, y porque no, por el cariño, para que esto salga como sale. Muchas gracias de verdad.

También quiero decir que he leído el comentario de María José Martínez, me ha parecido estupendo. A propósito de lo que decía, quiero hacer mi intervención. Me he preguntado acerca de dos cosas contrapuestas. El protagonista, ¿necio?, ¿héroe? Según los comentarios que se acaban de hacer, parece que solamente es necio el que no triunfa, y héroe es el que, aún siendo tan necio, tiene la suerte de triunfar. Desde mi punto de vista no es así. Además, el cuento de London lo plantea, sobre todo cuando dice que este señor, el protagonista, no tenía imaginación ninguna. Como consecuencia de ello era un soberbio –lamento utilizar una palabra tan dura— un hombre que se quedaba en sí  mismo, que no encontraba la implicación de las cosas. Tanto es así que no se da cuenta de que si se queda solo, le pueden ocurrir cosas tremendas. Deja a sus compañeros, y tiene que dar un rodeo a cincuenta grados bajo cero. Eso es de necios.

Otra cosa diferente resulta plantearse, por ejemplo, por qué Colón es un héroe. Navega a América en la situación que todos sabemos, convencido, dice la historia, de que era redonda la tierra. No llega al sitio que quiere llegar, pero tiene una base e imaginación. Piensa que hay un conjunto de leyes físicas y conocimientos que le apoyan. Puede fracasar su expedición, pero tiene muchas probabilidades de llegar a tierra si no sobrevienen contingencias catastróficas. Es decir, tiene muchas probabilidades de triunfo. Y descubre América.

Eso es un héroe. Algo completamente diferente a lo otro. Por eso me gustó la exposición de María José Martínez. Sobre todo porque ha hablado muy bien de lo que era este personaje en su enfrentamiento con la naturaleza. Este antropocentrismo que trasciende al personaje está en nosotros. Y es que nos creemos los más grandes, ni tan siquiera nos damos cuenta de que está la naturaleza, a la que le debemos un respeto.

¿Por qué el perro, en una situación extrema, puede ser más capaz de sobrevivir que el hombre? Sencillamente, porque el hombre piensa mal, o no piensa, o  piensa sin articulación, dice María José. Porque el hombre, cuando piensa desde unos terrenos que no son los que le puedan llevar a un juicio más o menos correcto, si piensa desde la soberbia, no puede llegar a ningún lugar. Me ha gustado también como ha derivado hacia el tema de los recursos ambientales, que a mí tanto me interesan. Creo sinceramente que tiene razón cuando plantea que es, efectivamente, esta mentalidad antropocéntrica, la que hace que despreciemos en gran parte a la naturaleza, que no la respetemos, y no solamente, sino que, además, podamos llevar a cabo la gran barbaridad de destrozarla. 

Jesús

Graciela Kasanetz comenta el relato La hoguera, de Jack London

Como siempre, agradecer a todos sus comentarios. A mí, el relato me pareció demasiado frío. He ido pensando al hilo de lo que iban diciendo, y cuando digo que me pareció un poco frío, ahí incluyo al hombre. Es lo que señaló Miriam Chorne respecto al paisaje, “demasiado” frío, “demasiado” gris, pues yo diría que este era un hombre “demasiado” solo. Para sobrevivir, quiso hacerlo como si fuera un perro, cuando era un hombre. Y eso es imposible.

Alberto Estévez dijo que muere cuando no quería morir. Creo que sí hay mucho de la pulsión de muerte muy fuerte en este hombre, y creo que, en parte, ya estaba muerto. Y cuando comentaron que la naturaleza puede ser muy despiadada, yo diría que la naturaleza humana puede ser muy despiadada. Y cuando Graciela comentaba que hay que estar despierto, si te duermes te mueres congelado, esto es aplicable al organismo del viviente humano.

Pero este hombre, a mi entender, ya era un hombre congelado. Murió congelado su ser de viviente, pero ya era un hombre congelado. Quizá el momento en que deja de luchar por seguir vivo como un perro, sugiere la reflexión acerca de una muerte con decencia y dignidad. No quiere morir como una gallina decapitada, moviéndose para conservar lo poco de calor que pueda conservar. En este sentido, me parece una intención deliberada del relato de London situar esta muerte que él imagina con los otros mirando su cadáver. Es decir, no hay una mirada sobre la historia de este hombre, sobre lo que se plantea en muchas ocasiones, a saber, si somos nuestros recuerdos, ¿quién era este hombre? En ese punto, me pareció que estábamos ante un hombre congelado y un relato muy frío. 

Graciela Kasanetz

Otros comentarios surgidos en la tertulia sobre el relato La Hoguera, de Jack London

María José Martínez: Leí en algún lado que Jack London, en este cuento, se dedica a estudiar al hombre moderno, ese hombre que ya no piensa como se debe pensar. Es el hombre que se dirige únicamente a lo mercantil. Es la desarticulación de todo su pensamiento, lo que le hace fallar en el hecho fundamental de mantener la hoguera encendida. Creo que este hombre es el paradigma de la estupidez encarnada en el hombre moderno y mercantilista, menos atento a lo que pueda decir la experiencia de los otros. Y ello porque se cree poderoso, de manera que no contempla contingencias que puedan surgir en su contra.

Alberto Estévez: Es un hombre desconectado del saber, incluso despreciativo con el saber. London hace una reflexión acerca del hombre, en el sentido de que ninguno que se precie de serlo, puede sobrevivir solo.

Creo que lo heroico pasa por la asunción de cierta debilidad. Este personaje inicia el viaje subiendo una cuesta, y para negar su debilidad hace el gesto de mirar el reloj ante sí mismo, pues no hay nadie más que el perro. Es una relación muy particular con su propia debilidad.

Graciela Sobral: Es un hombre que no sabe nada, que inicia una aventura sin respetar ningún saber. Pregunta cómo atravesar esa naturaleza, y le responden, le aconsejan, le advierten. Y si le dan consejos es porque él no sabe, no detenta el saber suficiente, pero tampoco escucha a los que saben, de ahí su omnipotencia y necedad. Va a la muerte queriendo desafiar no se sabe qué cosa.

Miriam Chorne: El momento que señalaba María José me parece que tiene la forma de un acto fallido, colocar la hoguera en el lugar donde está destinada a apagarse.

María José Martínez: Un acto fallido dirigido a una mentalidad necia.

Esperanza: He llegado a la conclusión de que, seamos quien seamos, estemos donde estemos, necesitamos de la sabiduría, de la compañía de los demás, no podemos hacer la vida solos. No podemos tener la soberbia de este personaje. Necesitamos a los demás.

Miguel Alonso: Se planteó que toda muerte era un suicidio. No lo sé, pero creo que en algún lugar oí que uno elige su forma de morir. En este relato encontramos, posiblemente, las dos vertientes. Todos los personajes que no son capaces de acotar la pulsión de muerte –cuestión que aparece tanto en el relato como en la vida del mismo autor, no está claro si se suicidó o no— están irremisiblemente empujados a padecer el tremendismo de situaciones similares, en esencia, a la que bien describe el texto de London. El personaje parece buscar lo que le ocurre, animado por esa pulsión de muerte. Estaríamos ante una especie de suicidio, aunque inconsciente. Pero cuando habla de querer morir con dignidad, está expresando una elección, es decir, morir de una forma determinada. Encontramos entonces las dos vertientes, pulsión de muerte como empuje a una especie de suicidio, y elección en la forma de morir.  

Pero quisiera decir también que estos personajes no me parecen sin inconsciente. El sueño final es una formación del inconsciente, situada de forma maestra por el autor. 

Antonio: Si la esencia es contar como se produce la muerte de un hombre que se encuentra atrapado por unas condiciones cada vez más negativas impuestas por la naturaleza, creo que, en definitiva, es lo que nos ocurre a todos a lo largo de la vida. La vejez es eso, una lucha continua por sobrevivir a una naturaleza que se muestra cada vez más despiadada y terrible. Es el paralelismo que hace atractivo al relato y que pueda identificarme con él.  

Liter-a-tulia