miércoles, 5 de junio de 2013
lunes, 3 de junio de 2013
Feria del libro 2013, firma de Mº José Martínez en la Feria del Libro
Nuestra compañera y contertulia Mª José Martínez
firmará en la Feria del Libro, caseta 175, Ediciones Antígona,
su última obra de teatro titulada,
lunes, 27 de mayo de 2013
Austerlitz o la memoria en Europa. Miriam Chorne abre la reunión de LITER-a-TULIA dedicada a la novela de W.G. Sebald
“Todos
sabemos que, en su curso habitual,la vida no se detiene demasiado ante los
cadáveres que produce. El pez grande se come al chico -o incluso, una vez muerto no se lo comes. El movimiento de la
vida nivela lo que luego abolirá, y saber cómo se memoriza una muerte plantea
un problema, aunque esta memorización permanezca en cierto modo implícita, o
sea, es propio de la naturaleza de la memorización que el hecho sea olvidado
por el individuo, trátese del asesinato del padre o del asesinato de Moisés. Es
propio de nuestra mente olvidar lo que sigue siendo absolutamente necesario
como clave, como eje alrededor del cual ella misma gira.”
Jacques Lacan, Seminario V, Las formaciones del inconsciente
Austerlitz es una gran novela, que
como las que son de verdad grandes crea su propio mundo.
La anécdota, el argumento, no sé
bien como llamarlo, se ocupa de un hombre que ha perdido todo: su familia, su
tierra, su lengua y hasta su propio nombre, cuando en la búsqueda de salvarlo
su madre lo envía al exilio en un Kindertransport. Es adoptado a los 4 años y
medio por una pareja, un ministro metodista y su mujer, un matrimonio
desgraciado, que vive en una casa fría, sin muebles y triste. El libro cuenta la conversación que mantiene ese
hombre con el narrador, durante muchos años, y a través de la cual conocemos
los esfuerzos inmensos que ha hecho por saber quién es, de dónde venía, al
mismo tiempo que manifiesta la dificultad para que lleguen a su consciencia las
huellas de su pasado.
Su historia es a la vez
extremadamente singular y universal. Traza delicadamente las conexiones entre
su biografía y la historia de Europa. En particular, la invisible presencia de
los campos de concentración de los que Sebald dijo que no se podía escribir
directamente.
Lo hace de un modo oblicuo y muy
original a través, por ejemplo, de la investigación sobre la arquitectura. Por
medio de un estilo peculiar, que aproxima su literatura a la de Joyce, consigue
que como en los sueños, esté hablando de la construcción de una fortaleza, de
sus planos, y al mismo tiempo resulte presente para nosotros, en la periferia,
que ese edificio fue un campo de concentración. En un mundo tan habitado por
fantasmas como por presencias vivas, descubrimos en las piedras o el cemento
las huellas de las vidas, el dolor por ejemplo de los prisioneros. Nos transmite agudamente el recuerdo en el
caso de Jean Amèry de la espantosa cercanía entre víctimas y torturadores.
A su vez este recuerdo obsesivo de
la destrucción que llevan en el interior los edificios le sirve para ocultar
sus propios recuerdos, es como una muralla, una fortaleza contra la memoria de
sus pérdidas.
Utiliza un género: documentary
fiction que le permite capturar elementos irreconciliables. Es un género que
encuentra hoy una gran recepción, seguramente porque permite dar una
complejidad, hablar de aspectos de la historia individual y social
inconciliables, de una manera y con una fuerza que no es posible alcanzar con
la pura ficción. Están pasando en este momento en los cines “Searching for
Sugar Man” un documental extraordinario, que aprovecho para recomendarles, y
construido un poco como este libro según el topos del viaje y la investigación.
En la transcripción, que figura en
la contraportada, de una crítica de The Times se compara el libro de Sebald con
la odisea. Sería el viaje de Ulises a través de los años oscuros de la historia
europea.
Recuerdo que en una entrevista
que le hicieron a Roberto Bolaños decía que este es un género muy agradecido
porque la estructura o falta de estructura del libro en relación a los cánones
clásicos se esfuma al recibir el libro su organización de la misma
investigación. También W.G. Sebald como Bolaños se sirve de esa forma para
construir su texto a partir de desechos, de restos, trozos de real que se unen
de una manera extraña. Más verdadera que si nos hablara de forma directa del
mundo de segregación y del velo que sobre el mismo se ha querido arrojar a lo
largo de la historia de Europa. Ellos, los restos o trozos de real son tanto o
más importantes que la historia misma de Austerlitz.
Un buen ejemplo de este recurso lo
encontramos en el final del libro cuando el protagonista le cuenta al narrador
la infructuosa búsqueda de las huellas de su padre desaparecido en París
tratando de escapar del exterminio nazi.
Con humor a la vez seco y travieso, Sebald describe la nueva Biblioteca
Nacional Francesa diciendo que “ese edificio, inspirado evidentemente, en su
monumentalidad, en el deseo del presidente del Estado de perpetuarse y que,
como me di cuenta ya en mi primera visita,dijo Austerlitz,en todas sus
dimensiones exteriores y su constitución interna, es contrario al ser humano y
de antemano intransigentemente opuesto a las
necesidades de cualquier lector verdadero.” Y añade “Cuando estuve por
primera vez en la cubierta de paseo de la nueva Biblioteca Nacional, necesité
algún tiempo para descubrir el lugar desde el que los visitantes, por una cinta
transportadora, son llevados al piso bajo, (...) Ese transporte descendente
-después de haber subido con el mayor esfuerzo a la meseta- me pareció
enseguida algo absurdo, que evidentemente -no se me ocurre otra explicación,
dijo Austerlitz- tiene por objeto deliberado infundir inseguridad y humillar al
lector, sobre todo porque el viaje termina ante una puerta corredera de aspecto
provisional, el día de mi primera visita cerrada con una cadena atravesada, en
la que hay que dejarse registrar por personal de seguridad semiuniformado.”
Esta descripción nos resulta
reconocible porque cada uno de nosotros ha experimentado esa mentalidad de
vigilancia que domina en la sociedad actual. Y este reconocimiento nos lleva a
descubrir que esa forma de pensamiento -que llevó en su forma exacerbada a la
construcción de los campos de concentración y de exterminio- es aún capaz de
diseñar en el presente la misma clase de edificios. Y que en todos ellos, por
igual, coexiste una “disfunción crónica y una inestabilidad constitucional”.
Su literatura también se acerca a
la de Joyce por su estilo digresivo, sin parágrafos. El fluir de la conciencia
que también nos recuerda a un proceso psicoanalítico, une hechos y ficción. Por
otra parte la utilización de las fotografías que no tiene una función
ilustrativa va en cambio reforzando el tono melancólico del relato. Los temas
de la relación entre la verdad, la verosimilitud, la realidad surgen de la
propia técnica narrativa que enfatiza la conjunción de lo visual y lo verbal
creando un paisaje textual que ha de ser percibido.
El personaje que conoce muchas
lenguas europeas lleva hasta el estallido los mitos de identidad de las
lenguas, crea una asamblea de discursos que confluyen en su propia subjetividad
fragmentada. Es la misma sensación que nos transmite cuando habla de la música
que producía la troupe del circo que había colocado su carpa detrás de la Gare
d' Austerlitz, al final del libro. “Tampoco sé ya lo que me recordaron los
sonidos producidos por aquellos músicos, que sin duda no sabían leer una
partitura. A veces me parecía como si escuchara en su música algún himno litúrgico
galés hacía tiempo olvidado, otras veces, muy suaves y sin embargo
vertiginosos, los giros de un vals, un motivo tirolés o el paso arrastrado de
una marcha fúnebre, en la que los que escoltan el féretro suspenden un momento
el pie en el aire a cada paso, antes de posarlo en el suelo. Lo que ocurrió
dentro de mí cuando escuché aquella música nocturna totalmente exótica,
extraída de la nada (...) no lo comprendo aún, lo mismo que, en su momento, no
hubiera podido decir si el pecho se me encogía de dolor, o por primera vez en
mi vida, se me henchía de felicidad. Por qué determinados timbres,
oscurecimientos de tono o síncopas lo afectan tanto a uno, a alguien como yo,
básicamente poco musical, no lo entenderé nunca, (...).”
Es la historia de un ser trastornado,
desarraigado, que no puede encontrar su hogar en la tierra o que peor aún en el
mismo hogar encuentra lo siniestro, como bien lo enseña Freud en su análisis de
las significaciones contrapuestas presentes en lo heimlich. El libro nos habla
de varias crisis psíquicas de cierta gravedad que son sin duda, el precio del
olvido y la destrucción de sus recuerdos. Son también la manifestación de una
cultura de la destrucción, de la pulsión de muerte desatada y de su perduración
mucho más allá en el tiempo y en la subjetividad humana.
Miriam Chorne
Austerlitz, de W.G. Sebald; cuando las palabras alcanzan, por Alberto Estévez.
Estamos en nuestra
penúltima reunión de este curso en la que vamos a entrar en esta novela de W.G.
Sebald titulada Austerlitz.
En primer lugar
quiero transmitirles hoy algo del orden de una dificultad, mi dificultad. He
tenido la sensación, ya ocurrió durante la lectura, pero sobre todo
posteriormente, en su finalización, de que me resultaría muy difícil elaborar
comentario alguno para nuestra reunión, no tenía nada que añadir a lo que estas
páginas nos cuentan, y si finalmente conseguía componer algo con cierta
dignidad, más que un aporte como he podido pretender en otras ocasiones, lo
único que conseguiría era llenar mi comentario de citas literales extraídas del
texto, o de reflexiones repetitivas dado que las innumerables citas que
seleccioné expresaban infinitamente, ya no mejor, sino de manera precisa
aquello que pretendía contarles.
No tengo duda, es
consecuencia de lo que esta lectura produjo, y si tuviera que reunir en pocas
palabras una explicación que dé cuenta de lo que me abruma de este escrito
tendría que decirles que esta lectura ha generado una nueva ocasión, pero mucho
más intensa que otras veces, de enfrentarme a la escritura, mi propia escritura,
lo que constituye el acto mismo de escribir.
Aquellos de ustedes que escriban quizá puedan entender más fácilmente de qué se trata. No me estoy refiriendo ahora a la cuestión de verse frente a la hoja en blanco; sin dejar de reconocer que ello ya es un trago y requiere de cierta determinación que en el mejor de los casos se obtiene a través del propio síntoma. Se trata de otro tipo de dificultad, esa que no abandona el escrito aunque éste lleve ya una buena parte redactada. Es aquello que párrafo a párrafo y frase por frase no dejamos atrás a diferencia de lo que sí ocurre con la página en blanco que es más de orden inaugural.
Esta otra dificultad
tiene distintas formas de manifestarse, una de las más habituales se plasma en
la recurrencia del escritor al diccionario, tratando de encontrar la palabra
que mejor se ajusta, sustituyendo aquella que se utilizó varias veces, buscando
el verbo que pueda reflejar de la manera más exacta la acción que pretendemos
expresar en el papel, en definitiva, un conjunto de habilidades que no se
resumen en un ejercicio de estilo, más bien se trata del despliegue de los
recursos de los que disponemos para enfrentar, y ahora creo que puede decirse
de una forma más directa, no una dificultad, sino una imposibilidad, la que es
propia al lenguaje, la imposibilidad de las palabras para decirlo todo, no se
puede decir todo, desde luego que hay un resto que las palabras dejan sin
expresar. Esta consideración de la escritura como síntoma del sujeto, como su
recurso ante lo imposible, es algo absolutamente concernido en la novela que
vemos hoy.
Dicho esto les
propongo lo siguiente: ¿no sería la relación que el escritor establece con esta
imposibilidad que irremediablemente tendrá que experimentar un criterio más que
interesante, incluso único, para pensar la calidad de un ejercicio de
escritura? En Sebald por descontado que encontramos un estilo muy refinado, una
prosa exquisita, tampoco hay duda del pensamiento que le subyace, sobre este
particular podríamos escribir varios ensayos en cuanto a lo que tiene detrás y
es su motor, lo que lo inspira. Seguiríamos hablando de la estructura narrativa
y de otras condiciones que la novela cumple de manera sobresaliente, para
llegar finalmente a ese punto que sacude la lectura, al menos la lectura que
pude hacer, porque lo que se encuentra en esta obra es que esa imposibilidad
estructural del lenguaje y la palabra sufre cierta mengua, como si para esta
ocasión el lenguaje conquistase una porción de terreno más allá de sus
supuestos límites.
Sebald, además de
conmover mi corazoncito, colocando unas palabras detrás de otras logra expresar
aquello para lo que pareciera que no las hubiere, Sebald pone palabras al
agujero, entiendan aquí, ya digo, no solo la conmoción, hablo de la angustia,
de la zozobra, incluso del marasmo, vivencias de un mundo subjetivo saltando en
pedazos expresadas en detalle a veces, y en ligeros trazos otras. El agujero
también es el exilio, la expropiación, la pérdida del mundo que un sujeto
construyó; un agujero que el texto expresa de manera elocuente como “una vida
falsa”.
¿Qué se puede agregar
cuando lo que está escrito es de esta índole? ¿Qué puede escribirse sino
testimoniar de la grandeza que la literatura en ocasiones alcanza?
Verdaderamente no me autorizo para entrar en el análisis de lo que está
escrito, probablemente sea éste un ejercicio con su buena dosis de osadía
siempre, lo que ocurre es que hoy se expresó esta cuestión de manera mucho más
evidente. No obstante, Jacques Austerlitz también es una inspiración para no
dejarse llevar por la inhibición y apelar al síntoma para tratar de plantear
tres cuestiones para la reflexión en nuestro debate.
Considero importante
empezar resaltando el lugar en el que se produce el encuentro entre nuestros
protagonistas y así dejar puntuadas dos cosas, primero, que ocurre en una
estación, lugar eminentemente de paso no siendo que trabajemos en ella, y en
segundo lugar, se produce en una sala con un nombre muy curioso: la salle des pas perdus, la sala de los
pasos perdidos. ¿tenemos otra posibilidad como sujetos del lenguaje que vivir
en clara medida perdidos de nosotros mismos? Esto es lo que descubre y
formaliza Sigmund Freud, el sujeto no dispone de procedimiento alguno para
conocerse completamente, ello no le impide incluso vivir por momentos feliz,
podemos añadir, tanto más feliz cuanto más consciente es de que vivirá toda su
vida exiliado de sí mismo.
Esta primera cuestión
me lleva a plantearles la segunda en la línea de cómo se configura el destino
de un sujeto en relación a lo que la propia historia relata: ¿podemos imaginar
cada uno de nosotros no haber llegado a la edad de 5 años y tener que afrontar
una desposesión tan terrible como la que sufre Jacques Austerlitz? Planteado
desde otro ángulo: ¿Imaginan, aquellos que tengan hijos, a alguno de ellos a la
edad de 4 años y pico? Bien, ahora véanse ustedes introduciéndolo en un tren a
él solo, sin garantía alguna de volverlo a ver en lo que les reste de vida, con
la inevitable sensación de que quizá este acto tampoco garantice la vida de
nuestro pequeño, y si lo consigue, seguir vivo me refiero, no será sin un costo
subjetivo elevadísimo.
No hay duda que
cuando una criatura llega al mundo no es lo mismo que lo haga en Adís Abeba que
hacerlo en Madrid, no hablo ahora en términos de felicidad, sino de
supervivencia entendida en su versión más básica. Cuando nosotros vemos
alejarse en el tren a nuestro pequeño podemos desear que muchos profesores como
André Hilary aparezcan a su encuentro, y compañeras como Marie de Verneuil lo
acompañen en su vida, pero será inevitable saber que predicadores como Elias o
corazones gélidos como Gwendoline también cruzarán sus pasos en su camino. Sin
embargo, no podemos tomar la variable de los buenos o malos encuentros para
analizar el destino que se forja un sujeto. ¿Qué ocurre cuando una polilla
extravía su camino? Pues que ello puede llevarla a dejarse morir en un rincón.
La decisión que un sujeto puede tomar ante algo de esta índole, luchar con
todas sus fuerzas y a pesar de todo para impedir que el desarraigo haga presa
en él hasta consumirlo es mucho más definitivo de cara a hablar en términos de
destino para ese sujeto que el número de malos y buenos encuentros que se
produzcan en su vida. Él lo declara abiertamente dibujándonos cuál es su
posición ética al respecto: “Nada podría
ser peor que echar a perder incluso el final de una vida desgraciada”.
Entiendo que esta
frase condensa el lugar de responsabilidad que un sujeto detenta respecto del
destino que puede darle a su propia vida. Vemos que ante el sentimiento de que
una enfermedad latente en él estuviera dispuesta a declararse, y luchando
contra una descomposición que es mucho más que la carga que una vida nos obliga
a soportar, me refiero a una lucha contra algo del orden de una aniquilación,
sus pasos, sus pasos perdidos ahora un poco menos, lo llevan a esa escena
sublime en aquel hall de la estación de Liverpool Street desde el que ve todas
las horas de su pasado y también a ese pequeño niño desvalido, sentado y
esperando, al matrimonio que viene a recogerlo, ese niño que no es otro que él
mismo.
El tercer punto que
aislé está en relación directa con esta escena de la estación de Liverpool
Street, me refiero al tratamiento del tiempo, su lugar en la trama es
fundamental. Hay un intento por desnudar el concepto de tiempo. Leí algo así hace
muchos años, en mi adolescencia, que resultó muy especial para mí; se trataba
de la novela “Viento del Este, viento del Oeste”, de la escritora
estadounidense Pearl S. Buck. Al mencionarles este asunto del tiempo recordé
una frase de aquella novela que el olvido no consigue borrar, seguro que no es
literal, pero venía a decir que el hombre parece estar obsesionado con que el
tiempo pasa, pero en realidad es el hombre el que pasa, y el tiempo sigue
igual.
No tan poético pero
mucho más exhaustivo lo dice Austerlitz en el observatorio de Greenwich cuando
afirma que el tiempo es la más artificial de todas nuestra invenciones, de
carácter arbitrario, no hay exactitud al regirnos por el día solar, tuvimos que
crear para ello un sol semiimaginario. Lo sucedido no habría sucedido, solo
sucederá en el momento en que pensemos en ello. Con la idea del paso del
tiempo, por tanto, nos protegemos de un dolor y una miseria que no cesa, su
vertiente cronológica es cómplice de nuestra ignorancia, y es costumbre restar
valor a lo sucedido con esa muletilla de eso ya pasó, o eso es el pasado,
cuando lo que esta novela nos muestra es la importancia que tiene el campo de
gravitación de las cosas olvidadas, que hacen que todos los momentos de una
vida puedan aparecer reunidos en un solo espacio. Es una experiencia aterradora
al parecer, pero en alguna medida todos podemos imaginar algo de este orden en
nuestra propia experiencia.
Lo dejo aquí, entre los múltiples efectos que produjo esta lectura yo también viajé, hasta el 2 de diciembre de 1805 y con una máquina del tiempo muy asequible, estuve viendo en Youtube un documental acerca de la batalla de Austerlitz, identificado por la pasión con la que aparece en la narración del profesor, pero no voy a entrar en ello porque eso es otra guerra.
Alberto Estévez
sábado, 25 de mayo de 2013
Austerlitz, de W. G. Sebald. Comentario de Gustavo Dessal
Me ha gustado mucho la presentación de Miriam Chorne,
realmente la comparto. Tengo la impresión de que la novela está dividida
claramente en dos partes. La técnica de escritura, que en este caso se apoya
fundamentalmente en la metonimia, es decir, ese deslizamiento de una cosa a
otra, en realidad va transportando, sin que nos demos cuenta, una metáfora
sublime. Escribe sobre algo, pero está tratando de otra cosa. Esa técnica, si
la tuviéramos que transportar al terreno fundamental de la subjetividad, la definiría
como la relación que los seres humanos tenemos con los recuerdos.
Las
personas que no pertenecen al campo del psicoanálisis podrán entender
perfectamente la siguiente cuestión. Freud consideraba que el recuerdo es
siempre encubridor, que todo lo que recordamos conscientemente está al servicio
de ocultar otra cosa. Y cuando una persona evoca sus recuerdos, éstos intentan,
efectivamente, decir algo que está olvidado y que no puede ser traído a la
memoria consciente.
En un momento de la novela se produce un giro
inesperado. Entonces nos damos cuenta, retroactivamente, que toda esa
multiplicidad de recuerdos, efectivamente, está destinada, en primer lugar, a
que Austerlitz pueda sostener una historia. Él es un hombre que se ha quedado
sin historia, y se construye una rodeándose de una multiplicidad de evocaciones
y recuerdos que ocultan lo que, en determinado momento, va a emerger, algo que
lo golpea y nos produce un efecto sorprendente.
En la segunda parte,
cuando comenzamos a percibir la metáfora escondida en aquello que se presentó
en la primera parte, es cuando la lectura cobra un sentido fuerte. Me tomé el
trabajo de hacer un ejercicio, aunque necesitaría mucho tiempo para hacerlo
bien. Pero me atrevería a afirmar lo siguiente: casi todas las frases de la
primera parte encuentran en la segunda el desarrollo de lo que en un comienzo
era tan solo una anunciación, una alusión, un índice.
Voy a poner un
ejemplo. En la primera parte hay una escena en la que aparece un funcionario al
que Austerlitz le hace una pregunta, un funcionario que se presenta "con
la puntualidad de un tren alemán". Esa frase sobre la puntualidad de un
tren alemán parece un simple detalle descriptivo, pero tiene una potencia
narrativa impresionante. Porque en esas pocas palabras está contenida la
cuestión de los trenes, el papel de Alemania, la burocracia, etc.
También he pensado
sobre la cuestión de la subjetividad y la memoria de Europa, presentes a lo
largo de toda la novela. Por ejemplo, en el momento en que se produce el
reencuentro en Praga con la señora que lo había cuidado de pequeño, ella pronuncia
unas palabras en las que se pregunta sobre qué cimientos está construido
nuestro mundo. Y hacia el final del libro nos cuenta que la biblioteca, la
nueva Biblioteca Nacional, se construye sobre un terreno en el cual había un
depósito donde se guardaban, clasificados minuciosamente, alemanamente, todos
los objetos que se habían robado a los judíos franceses. Es decir, otra vez la
cuestión de los cimientos. En la página 33 habla de la estación de Amberes, y
el libro acaba con el incendio de la estación de Lucerna.
Es decir, todo se va
articulando de una manera impresionante. Y al mismo tiempo, la primera parte es
toda una extraña descripción. Las cosas ocupan un lugar importantísimo en la
novela, así como los animales. Ninguna descripción es azarosa. Despliega la
gran racionalidad clasificatoria que caracteriza a la Ilustración.
Es la descripción de los distintos tipos de polillas, de florecillas, los
distintos tipos de pajarillos que existen. Es decir, todo, efectivamente, sigue
la lógica de ese estallido clasificatorio que constituye el proyecto de la
racionalidad clasificatoria de la Ilustración. Y ese proyecto desemboca en el
surgimiento de algo que no es un accidente en el proceso de racionalización,
sino todo lo contrario, el proyecto de racionalidad
científico-técnico-burocrático.
Un detalle muy
logrado. Los objetos, insisto, tienen un papel importante en la manera de
construir la novela. Y hay uno en particular, fundamental: la mochila. Es lo
que al protagonista le da una cierta continuidad en la existencia. La lleva
consigo en el tren y se abrazaba a ella. Lo primero que destaca el narrador es
que cuando conoce al personaje, esa mochila es inseparable, una parte casi del
cuerpo, una prolongación, un apéndice de Austerlitz. No sabemos lo que lleva dentro,
pero le da continuidad en el relato, en su existencia.
Gustavo Dessal
Austerlitz, de W. G. Sebald. Comentario de Miguel Ángel Alonso
Austerlitz es la magistral
puesta en escena de una concepción nada usual sobre el emplazamiento de un ser
humano por su origen, por su verdad y sobre el desafío que supone afrontar los
pormenores del camino que conduce a ella.
Para
comenzar, las primeras descripciones que W. G. Sebald realiza acerca de las
fortificaciones, las defensas, los afanes de poder, el monumentalismo, etc., me
provocaron, de inmediato, una reflexión paralela, pues tenía la intuición de
que esas descripciones eran una proyección, a la vida militar, de las defensas
que el ser humano construye en su psiquismo. La reflexión es la siguiente: siempre,
ante la verdad del origen, la capciosa, la artificiosa conciencia construye una
fortaleza colosal: el olvido. Su aspecto
es macizo y compacto, pero su sombra ya predice, bien su propia catástrofe, bien
la del ser encerrado en ese olvido.
El
olvido, en general, es una construcción
humillante para el ser, pues lo despoja de sus recuerdos y de su verdad. Pero a
la vez, de forma ineludible, concita la atención de enemigos bien poderosos, el
deseo y la angustia. No es poca cosa. Entre estos elementos juega Austerlitz la
partida de la vida, pues la novela lo muestra acorazado, atrincherado involuntariamente
en el olvido de sí mismo, paralizado en la rutina del tiempo lineal, pensante y
razonante, y proyectado por su deseo hacia una confusión enigmática y angustiosa
de lenguas en la que, paradójicamente, podrá encontrar alguna luz. Estamos,
pues, en la lucha entre el recato de la conciencia y el deseo decidido de
Austerlitz.
Dijo
Austerlitz que, en algún lugar de su ser, el tiempo perdió su privilegiada
posición de omnipotencia:
“Para mí fue realmente como si el tiempo se
hubiese detenido desde el día de mi primera partida de Praga” (222)
Esta
detención le impidió armonizar sus pasos al tic-tac del mundo. Austerlitz es un
hombre que no existe, alojado en un agujero simbólico. No sabe cuál es el
tiempo ni la lengua ni la realidad que le concierne. Y además de estar
emplazado por una verdad enigmática, escurridiza y opaca, se siente compelido a
cuestionar los discursos prefabricados que intuye que no son suyos. Ante su
perentoria decisión –que es una decisión ética— Austerlitz se instala en la
escucha de un saber que no sabe, un saber que, sin embargo, presiente que le
pertenece, pues le insiste de una forma muy singular.
¿Cómo escucha Austerlitz el discurso de su
verdad?
De
forma irremediable, se desplaza por una estructura lingüística esencialmente temporal
–esa planicie metonímica que es el texto de W. G. Sebald— deambula por la
infinitud de un lenguaje con solo dos puntos y aparte, atestado de
contigüidades, de encadenamientos, de digresiones que, en ese insistente “Dijo Austerlitz”, pareciera querer
sostener y amarrar la esencia perdida de su vida, pareciera querer taponar
compulsivamente su agujero simbólico.
Pero
en esa estructura lingüística encontramos también algunas repeticiones, como las
cúpulas, las estaciones ferroviarias, elementos del discurso que sitúan a Austerlitz
ante una realidad concreta, evocadora y, por ello, enigmática, lo cual logra
detenerlo, contenerlo, puntuarlo y sosegar su fatiga discursiva. No son menores
otras repeticiones, como las fortificaciones, pues, como resistencias obstinadas,
actúan como un reclamo que parece inquietarlo y convocarlo a algún
desciframiento.
Pero
también juega la partida en otra estructura lingüística, ésta sí atemporal, no
situada en la profundidad, sino en la misma superficie de lo que Austerlitz
dice. Pues escucha, en eso que dice, algunas palabras que le suenan distintas, algunas
palabras que le traen significaciones distantes, y es captado por algunos
lugares y objetos que intuye pintados también en otros sitios ignotos y longincuos.
No son más que los testimonios afectivos de una verdad difícilmente accesible
para Austerlitz en relación a su origen.
Una
de las singularidades de la novela es que Austerlitz, en su tortuoso viaje, comprueba
que la verdad no se ve ni se toca, sino que se reconstruye con los retales ofrecidos
por esos testimonios. Ellos se significan como las únicas vías que permiten
abrigar la esperanza de llegada a algún horizonte vital. Pero tiene una
intuición fuera de lo común, y es que para arribar a ese horizonte no vale el
pensamiento, no valen los libros, ni vale la razón. Dice en la página 280:
“Los libros, inútiles para producir el
encuentro con los orígenes”
Curiosa
observación. Cuando se trata de la verdad, cuando se trata del ser, cuando se
trata del deseo, resulta que el pensamiento y el conocimiento aparecen como
marginales, no resultan aliados para iniciar el camino ni para llegar a su fin.
Austerlitz privilegia el encuentro casual con esos testimonios en los que se
posaron ciertos afectos por los que se siente conmovido. Esto recuerda la
inversión del cogito cartesiano producida por J. Lacan:
“No soy allí donde soy el juguete de mi
pensamiento; pienso en lo que soy, allí donde no pienso pensar”
Para
abundar en esta posición, dice Austerlitz en las páginas 142 y 143 que el
conocimiento que había acumulado no era más que una memoria sustitutiva y
compensatoria. Es decir, sitúa al pensamiento y al conocimiento como velos de
su verdad.
Separado
de su conciencia y del tic-tac del tiempo, Austerlitz siente la preocupación
por encontrar las leyes que rigen el retorno del pasado. Y el caso es que las
pone a la vista magistralmente. Su cita con la verdad no tiene que ver con un
tiempo lineal. En su discurso, los muertos pueden estar más vivos que los
propios vivos, y las fracturas son el terreno firme para atisbar esa verdad. Cuando
se trata del origen, Austerlitz sólo le da poder a esos “reflejos de reconocimiento” que se lastran, de forma ilógica, de
forma extraña, con afectos que Austerlitz presiente que no pertenecen a ellos:
“Por qué determinados timbres,
oscurecimientos de tono o síncopas lo afectan tanto a uno, a alguien como yo,
básicamente poco musical… pero hoy, en retrospectiva, me parece que el misterio
de que entonces me sintiera conmovido se encierra en la imagen del ganso blanco
como la nieve que permaneció inmóvil y rígido entre los actores, mientras
tocaban” (273)
Austerlitz,
atento a los afectos que marcan su discurso y su cuerpo como única posibilidad
de sentirse vivo, encuentra el camino hacia la producción de su nacimiento
simbólico, de su reencuentro con la lengua materna, o lo que es lo mismo, el
reencuentro con alguno de los aromas de su patria, de su infancia, de su origen.
Reencuentro,
por otra parte, lleno de paradojas. Decía Baudelaire que nuestra patria es la
infancia. Pero lo
cierto es que, de una u otra forma, la infancia, para Austerlitz, así como para muchos de nosotros, sino para todos, se convierte en una tierra muy lejana, hasta el punto de hacernos sentir la vida como un destierro. En realidad, ese destierro es eterno, porque lo es de una palabra jamás pronunciada. Austerlitz lo muestra de una forma radical, pero todos tenemos un agujero simbólico en el origen. Porque finalmente, como le ocurre al protagonista, no se puede conquistar la infancia, porque, finalmente, no hay verdad ni origen ni patria que se puedan ver ni tocar. En la vida nos movemos por la ética contenida en una decisión fundamental, o vivir atrincherados siempre en el olvido, caminando la fatiga de los pasos quietos, o volviendo siempre, por caminos inexistentes, hacia una palabra jamás pronunciada, arrastrando con nosotros la mácula de un infinito querer.
cierto es que, de una u otra forma, la infancia, para Austerlitz, así como para muchos de nosotros, sino para todos, se convierte en una tierra muy lejana, hasta el punto de hacernos sentir la vida como un destierro. En realidad, ese destierro es eterno, porque lo es de una palabra jamás pronunciada. Austerlitz lo muestra de una forma radical, pero todos tenemos un agujero simbólico en el origen. Porque finalmente, como le ocurre al protagonista, no se puede conquistar la infancia, porque, finalmente, no hay verdad ni origen ni patria que se puedan ver ni tocar. En la vida nos movemos por la ética contenida en una decisión fundamental, o vivir atrincherados siempre en el olvido, caminando la fatiga de los pasos quietos, o volviendo siempre, por caminos inexistentes, hacia una palabra jamás pronunciada, arrastrando con nosotros la mácula de un infinito querer.
Miguel Ángel Alonso
Austerlitz, de W. G. Sebald. Comentario de Rosa López
Voy
a contar una anécdota que me ocurrió, hace tiempo, en uno de mis viajes desde
la estación de Chamartín en Madrid a la de Austerlitz en París. Para mí era una
estación rara, siempre estaba en obras. La anécdota me ocurrió en el primero de
los viajes que hice. Tomé el tren, dormí en uno de esos compartimentos de
cuatro camas, y tuve una pesadilla horrible, espantosa, consistente en que el
tren entraba a la estación de Auschwitz, y cuando bajaba del tren, unos policías distribuían a
hombres y mujeres hacia lugares distintos. Esa
fue la pesadilla. Quiero decir que todos llevamos en la memoria
individual, esa memoria colectiva que ha producido en nosotros un terrible
agujero después del cual ya no se puede hablar igual. Y, desafortunadamente,
escuchamos a nuestros políticos, en la actualidad, utilizar el término “nazismo puro” para hablar de los
escraches. Es no tener la menor noción de lo que ha supuesto ese nefasto
episodio de la humanidad en la vergonzosa historia de Europa. Lo que hace el
sueño es realizar una metáfora, cambiar un significante por otro, Austerlitz
por Auschwitz. Está en la misma
novela. En realidad, todo el tiempo se trata de Auschwitz; la multitud
de estaciones a las que entran los trenes son, finalmente, esa imagen que todos
tenemos de los trenes entrando dentro del campo de concentración. Es la
invisible presencia de los campos de concentración. Se habla de todas las
estaciones, pero justamente, no de Auschwitz.
El protagonista dice que la estación de Austerlitz le resulta de
las más misteriosas y siniestras, y dice que pareciera el escenario de un
crimen no espiado. ¿De qué está hablando?
El
libro acontece entre los años 1967 y 1998. Dos personajes se encuentran, un
alemán que no soporta Alemania y un judío que no sabe ni quién es. Y se encuentran
en “el salón de los pasos perdidos”, porque viajan sin ton ni son. Los dos
estudian mucho, pero no saben qué es lo que les mueve. Pero no lo saben ellos
ni lo sabemos nadie, porque todos estamos embarcados en la vida sin saber quién
lleva el timón. Entre el 67 y el 98 trascurre su relación, y no encontramos
nada relativo a esos treinta años, como por ejemplo en el 68 el mayo francés. Todo
parece una retroacción hacia Auschwitz.
La novela
me parece
impresionante como reconstrucción histórica de un sujeto que vivía en una fortaleza.
Al respecto, resulta hermosa la alegoría de las fortalezas, es muy freudiana. Freud
habla de capas de cebolla, aquí se habla de una ciudad sitiada por murallas
sucesivas. Pero el sujeto está detrás de todo eso, un sujeto que no quiere
saber quién es, o que hace un desplazamiento, pues en lugar de investigar su
historia, investiga la de la arquitectura europea, o bien es profesor, pero se
fija en los divinos, ínfimos y evocadores detalles que lo derivan hacia el
recuerdo de la madre.
Pero
Austerlitz no quiere saber nada. Es un sujeto fortificado hasta que le vienen
los ataques que él denomina histéricos, se siente mal, se marea, se desvanece,
le entran las nauseas. Ahí demuestra, como él dice, que una ciudad fortalecida
puede ser fácilmente atacada si las armas son las adecuadas. Y el retorno de lo
reprimido tiene toda la potencia de las armas adecuadas. Un sujeto puede estar
negando toda su vida, no queriendo saber nada de su historia, no queriendo investigar,
pero de pronto viene un recuerdo, o sale al paso algo, en la vida, que trae la
verdad. Es lo que le ocurre a Austerlitz.
Y para finalizar quiero comentar algo relativo a las
cuestiones que aparecen del lado de los objetos, lo llamaría los divinos
detalles. Contienen mucha verdad los comentarios que hacen referencia a que la
novela, en principio, es abrumadora, pero claro, si hacemos una lectura
retroactiva, de eso que en principio abrumaba, se extrae un gran jugo, porque
empiezan a verse los divinos detalles. Cuando muere la mujer que le acoge, una
mujer que no hace de madre jamás, y por la cual no siente ningún afecto, su
cuerpo está ataviado con el traje de bodas, también encontramos el detalle de
los guantes con las perlitas nacaradas, o de malaquita. Esos detalles le traen
las lágrimas a los ojos, por qué, porque en el fondo son los guantes de Vera, la
chica que le cuidaba. Y así, toda la novela está llena de divinos detalles, es
impresionante en este sentido.
Rosa López
Austerlitz, de W. G. Sebald. Comentario de Silvia
Como
todos los grandes libros, Austerlitz dispara nuestras asociaciones y
evocaciones de manera impresionante. Una de las primeras evocaciones fue el
arqueólogo de las siete ciudades de Troya, Schliemann, porque la memoria de Europa y la de
Austerlitz son como siete ciudades de Troya, una debajo de otra.
También
me recordó un documental, pasado por Canal +,
sobre Roman Polanski. En él, por primera vez, habla de su historia a raíz del
juicio en Suiza. Un periodista, amigo suyo, le propone una entrevista en la que
cuente lo que sucedió realmente en su vida. Y cuenta algo que me pareció
increíble. Y es que de pequeño tuvo que ir a vivir al gueto, del cual se van
llevando a la gente de forma aleatoria, sin saber por qué. Su hermana se había
fugado y se marchó a París.
Roman
Polanski había nacido en París, y sus padres tuvieron la mala idea de volver a
Cracovia justo antes de que empezara la guerra. En el gueto, el padre se da
cuenta de que en cualquier momento pueden desaparecer todos. Como digo, la
hermana logra escapar a París, mientras que a la madre la prenden, la llevan, y
nunca más aparece. Y el padre da dinero a unos campesinos para que, si alguna
vez es hecho prisionero, se hagan cargo de su hijo. De esta manera logra que
éste se salve, pues efectivamente al padre lo hacen prisionero.
Un
día, Roman Polanski, se da cuenta de que han cogido al padre, se va a vivir con
los campesinos, y cuenta que todos esos años, de forma permanente, estuvo
esperando que llegara su familia. Cada persona que veía a lo lejos, cada sombra
que veía, pensaba que podría ser su padre. En cuanto a su madre, él ya sabía
que no iba a volver. Pero lo increíble es que, por razones que no vienen a
cuento, su padre sobrevive al campo de concentración. Sin embargo, no lo vuelve
a ver durante mucho tiempo.
Y
cuando va a la fiesta de un amigo, éste le dice que pase a saludar a su padre,
que hace mucho que no lo ve. Sube a verlo y, en ese momento, la mujer con la
que el padre se había casado, le dice que el padre lleva varios días sin comer,
encerrado en su habitación llorando, que nadie sabe qué le pasa. Polanski llama
a la puerta, se presenta, pide que lo deje entrar, y el padre lo deja entrar.
Cuando le pregunta qué le ha pasado, por qué todo ese llanto, el padre responde
que cuando estaba en el campo de concentración, un día que se llevaron a todos
los niños del campo. Toda la gente alrededor de él lloraba, se tiraba al suelo,
se mesaban los cabellos, daban gritos espantosos. Y él fue el único que se
quedó de pie, sin llorar, sin decir nada, porque sabía que su hijo estaba
salvado con los campesinos.
Pero,
qué fue lo que despertó el recuerdo en este hombre que no había llorado nunca, que
nunca había hablado del campo de concentración. Ocurrió que había encendido la
radio y escuchado una canción que los argentinos de nuestra edad recordamos: Oh
mi papá. Resulta que es la canción que habían puesto en el campo de
concentración ese día en que se llevaron a los niños para gasearlos.
Contaba
este ejemplo porque la novela, efectivamente, dispara una gran cantidad de
asociaciones. Otra cosa de la cual me acordé es que el historiador Tony Judt, un
historiador de la última parte del siglo XX, dice que está fascinado por
las estaciones de ferrocarril. Le parecen la obra arquitectónica mejor diseñada,
porque han sobrevivido un siglo. Es decir, las mismas estaciones que se
hicieron a finales del XIX, o principios del XX, siguen funcionando hasta ahora.
Dice que no muchas construcciones arquitectónicas logran mantenerse de esta
manera. Esta asociación me vino, precisamente, por la importancia que tienen
las estaciones para Austerlitz.
Quiero
decir, para finalizar, que el libro está escrito en el 2001. Si mal no
recuerdo, en ese año surge el Euro. La sensación que me deja la novela es la de
una gran crítica, o una actitud muy alerta de Sebald en relación a la historia
europea. Es otra de las cuestiones que me sugiere el libro.
Silvia
Austerlitz de W. G. Sebald. Comentario de María José
Austerlitz
me parece una gran novela. He leído también Los
anillos de Saturno y me gusta mucho Sebald. Produce la impresión de que
estamos ante una auténtica literatura. Aquí está lo que diría Kafka, la
literatura como un hachazo en la cabeza, lento y moroso, pero inolvidable.
Tiene unas descripciones extraordinarias que me producen la misma impresión que
la poesía, es decir, la de cuando se tira una piedra en un estanque y ver cómo
los círculos van agrandándose y profundizándose. Es un efecto hipnótico, como
el que produce Faulkner, o como Javier Marías.
No
sé por qué tengo la impresión de que todo el tiempo está realizando la metáfora
de algo. Y claro, después de lo que se ha comentado en la tertulia, está
clarísimo. Parece como si no hablase de las estaciones, sino de otra cosa.
Otra
cuestión que me llama la atención, y parece un hallazgo. Podría ser una novela
erudita, pedante, diletante, insoportable, y sin embargo, esa erudición tiene
un efecto ecuménico, porque es capaz de vincular la historia del chaval, del
cura, de la provincia de Gales, con Darwin. Todo eso resulta muy humano y apasionante.
Lo que le ocurre a esta novela es ser Literatura con mayúsculas, y no lectura.
María José
Austerlitz de W. G. Sebald. Comentario de Beatriz García
La novela, además de parecerme una ficción
documental, contiene una mezcla de géneros. Yo había leído hace años Los emigrados, un libro de relatos de
Sebald, y la impresión que me habían dejado era muy parecida a la que me dejó
Austerlitz, una cierta difuminación del borde entre la narrativa y la poesía. Es
como si hubiese leído un poema más que una novela. Esto tendría que ver con el rechazo
de la racionalidad y del orden lógico de las cosas, del tiempo lógico, una
cierta fuga del sentido, todo ello
coherente con esta concatenación de las cosas, de los pensamientos, de
la que se viene hablando en la tertulia. Y todo perfectamente implicado en la historia
que está contando el protagonista.
Otra cuestión hace referencia a la metáfora y la
metonimia. Es verdad que todo el tiempo se advierte la presencia de un
correlato, pero mi sensación, la palabra que venía a la cabeza era la de resonancia
más que metáfora. No me terminaba de parecer una metáfora, sino un orden de resonancia
que me evocaba la poesía, por eso hablaba anteriormente de un texto con un sentido
problemático, pero donde las cosas se van abrochando, no a la manera
tradicional.
A mí también se me hizo duro entrar en el texto, pero
me empezó a ser más fácil cuando comenzó a contar la historia del pastor,
porque era de un orden más histórico. Y se hace complicado entrar en el texto
porque nos lo impide el amor que tenemos por el sentido. Y es que para leer
este libro hace falta un tiempo mental, que no es el que tenemos normalmente.
Hay que leerlo con calma, volver atrás todo el tiempo y releer porque si no,
uno no sabe a dónde agarrarse. Es difícil agarrarse a algo, salvo a la mochila.
Beatriz García
Antonio comenta Austerlitz, de W. G. Sebald
En
relación a esa concatenación metonímica, tan abundante en la novela, voy a
tratar un posible lado crítico negativo de esta, evidentemente, genial y
espléndida novela. Estoy de acuerdo en eso. Pero tengo que decir que, por
primera vez en mi vida, he pensado que el síndrome que en psiquiatría se llama
logorrea, esa compulsión inmoderada a hablar profusa y seguidamente, esa
especie de delirio del lenguaje, empecé a pensar si esto podía darse en también
en la escritura literaria. Pues el texto me parecía una especie de logorrea en
la escritura. Empecé la novela con un buen ánimo, iba a leer nada menos que al
más original narrador de nuestro tiempo, como dice en la contraportada. Pero en
la página 30, tras haber pasado por las concatenaciones metonímicas, por las asociaciones
de comentarios sobre estaciones, sobre monumentos, cúpulas, animales nocturnos,
guerras, cuadros, museos, fortificaciones, etc., estaba abrumado. No sabía cómo
organizar todo aquello, descrito con una prosa riquísima, fluida, abigarrada y
sin un solo punto y aparte. De tal manera, tuve la impresión de que todo
aquello me sobrepasaba, me desbordaba. Me he sentido continuamente abrumado por
el peso terrible de aquel discurso de concatenaciones, derivas diversas y a
miles. La novela alcanza unos niveles fantásticos de expresión sin pensar en el
lector. Es decir, reconozco, por supuesto, la enorme facilidad literaria de
Sebald, pero quiero confesar que lo de Austerlitz me obligó a rendirme.
Antonio
Breve comentario sobre Austerlitz, de W. G. Sebald. Por Luis Teskiewicz
Hay
un libro de memorias apasionante de Roman Polanski. Empieza contando toda su experiencia
infantil de ser un niño exiliado de su familia para salvar la vida. Pero el
comentario de Antonio me ha estimulado el surgimiento de otra cuestión. A poco
de comenzar a leer la novela, recordé una cita que Borges refería a su amigo
Bioy Casares. Decía a los alumnos de literatura lo siguiente:
Yo siempre aconsejé a mis estudiantes que si un libro les aburre, lo
dejen; que no lo lean porque es famoso, ni porque es moderno, ni porque es
antiguo: la lectura es una de las formas de la felicidad y no se puede obligar
a nadie a ser feliz”
Y
fue lo que hice. Tengo que confesar que la primera vez tenía un prejuicio
favorable, porque gente que yo respeto mucho, como es la gente que organiza
esta tertulia, lo había elegido. Por ello, esperaba no solo una buena novela,
sino una gran novela. En todo caso, esto no quiere decir mucho más que sobre
gusto no hay colores. De todas maneras, lo que escucho ahora en la tertulia me
apasiona, y no es la primera vez que ocurre que, al empezar un libro por
segunda vez, se encuentra un nuevo placer. Pero en la primera lectura, la
novela pudo conmigo.
Luis Teskiewicz
lunes, 20 de mayo de 2013
Reunión LITER-a-TULIA Junio
LITER-a-TULIA finalizará su 5º curso
con el relato del escritor Jack London titulado
La Hoguera
Un relato a caballo entre géneros
en el que el maestro London, con una prosa fácil,
nos atrapa con su inquietante planteamiento.
Este es el enlace para su lectura:
http://www.cuentosinfin.com/la-hoguera/
Este es el enlace para su lectura:
http://www.cuentosinfin.com/la-hoguera/
Nos reuniremos el viernes, 14 de Junio, a las 18 horas
en Este o Este
Manuela Malasaña nº9
-Metro Bilbao-
miércoles, 1 de mayo de 2013
Graciela Sobral abre la tertulia sobre El ruido de un Trueno de Ray Bradbury
En primer lugar
quisiera agradecer a Miguel Ángel, a Gustavo y a Alberto la invitación para abrir
la tertulia de hoy, pero en particular a Alberto Estévez, que me insistió
bastante y me ofreció esta pequeña joya.
Soy aficionada a la
ciencia ficción, me gusta mucho Ray Bradbury, que es uno de los primeros
autores de este género que he leído y no conocía este texto, así que me dispuse
a su lectura como a un delicado festín, del que debía dar cuenta después con un
comentario. Pero me encontré con un cuento que, de entrada, por lo menos, no es
nada fácil de comentar. Su lectura aturde como el ruido de un trueno: algo
real, sin sentido, amenazador, que produce desconcierto y congoja. Quedé anonadada,
no sólo por la lectura en sí, que es muy impresionante, sino porque debía
hablar sobre él y su efecto fue dejarme sin palabras.
Entonces recurrí a
internet para informarme sobre el ruido del trueno, la teoría del caos y el
efecto mariposa. Ray Bradbury, estudioso autodidacta, estaba muy al tanto de
los avances científicos y escribió este cuento en 1952 (publicado finalmente en
su libro Las doradas manzanas del sol).
La teoría del caos aparece en los años 60, a partir de las investigaciones de
un meteorólogo llamado Lorenz. O bien Bradbury se adelantó genialmente a estos
estudios o bien estaba al tanto de ellos. En cualquier caso, pensó que el mundo
cambiaría muchísimo en un siglo, ya que esta increíble historia transcurre en
2055. Estamos todavía lejos de semejantes adelantos científicos, o tal vez no,
y no lo sabemos.
En primer lugar, se
puede pensar que su relato es una especie de homenaje a esta investigación y que
la utiliza como escenario para poner en juego una idea sencilla: el hombre, con
el auxilio de la ciencia y de la técnica, cree que puede controlar y manipular,
en nuestro caso, la naturaleza, el tiempo y la vida misma, pero los actos
tienen consecuencias y éstas son incalculables aunque se intente tener todo
bajo control. Por otra parte, sugiere la idea de que nuestro mundo podría haber
sido, tranquilamente, otro. Algo tan aparentemente nimio como la vida de una
mariposa puede cambiarlo todo.
¿Qué nos dice el cuento? Habla de la omnipotencia y, también, de la
tontería del hombre relatando una historia mínima que nos llena de inquietud.
El hombre construye y destruye su propio mundo, en muchas ocasiones, de la
manera más banal.
La historia mínima
tiene cinco personajes, de los cuales, dibuja el perfil de dos, o tres: Eckels,
el cazador; Travis, su guía y Lesperance, que pertenece también a la compañía
Safari. Ésta es una empresa que se dedica a organizar expediciones de caza muy
particulares: mediante una especie de túnel del tiempo llevan a los cazadores a
la época histórica en la que pueden encontrar el animal elegido, y les permiten
capturar su presa, siendo éste un animal a punto de morir. Es decir, ofrecen la
posibilidad de la caza de tal forma que es como si, en el registro de la
historia, ese hecho no hubiera ocurrido, como si ese animal no hubiera sido
asesinado, como si el hombre no hubiera intervenido allí de ninguna manera. Una
especie de operación quirúrgica perversa. Sin embargo, la empresa sabe de su
osadía. Al comienzo el oficial dice: “no garantizamos nada, excepto los
dinosaurios.”
El ruido de un
trueno
El trueno se
desplaza mediante ondas explosivas (y no mediante ondas acústicas). Estas ondas
explosivas son más rápidas que el sonido, y llegan desde un lugar remoto. Un trueno fuerte y brusco, que se oye inmediatamente después de la fulguración,
es engendrado por una onda explosiva que aún no se ha destruido, que permanece
viva, actuando en la distancia. El ruido del trueno puede alcanzar una cantidad de
decibelios que lo sitúa en el umbral del dolor para el ser humano. Es decir, podemos
pensar el ruido del trueno como la voz espantosa e insoportable de algo remoto
y vivo.
Eckels
Eckels emprende su
aventura después del tranquilizador triunfo del demócrata Keith sobre el
tirano. Pero su pieza más preciada, el tyrannosaurus rex se transformará en su
peor pesadilla y en su camino al horror y a la muerte.
El miedo de Eckels,
por otra parte, es lo que va a agujerear la omnipotencia del proyecto. Eckels dice
que no puede matar al tyrannosaurus, ¿se trata del encuentro con un límite? Entiendo
que sí. En ese sentido Eckels representa
lo “humano”, es el que se divide frente al monstruo, el que teme, el que se
equivoca, el que hace fracasar todo. Porque los otros participantes, más
desdibujados en el relato, parece que pueden moverse en ese otro mundo como si
no fuera “otro”, respetando las reglas, haciendo lo correcto. Por otro lado, si
bien Eckels representa lo humano, representa lo peor de lo humano, lo más
pusilánime, lo más mediocre.
Entonces, frente al
hecho del encuentro con ese ser tan real, tan inasimilable, Eckels se asusta,
aturdido sale fuera del camino que debía llevarlo a la Máquina y pisa la tierra
prohibida. Al volver al presente, con barro en los zapatos y la mariposa
muerta, descubre, con horror, que las cosas son distintas. Algo que llega rápidamente de un lugar remoto,
afecta nuestro presente; algo sinsentido como un ruido amenazador. Pudo parecer
que lo amenazador era la naturaleza: el rayo, el tiranosaurio, ¡hasta la misma
mariposa! Efectivamente, hay algo incalculable y, por lo tanto, atemorizante,
en la naturaleza que el hombre pretende dominar. Pero no se trata
fundamentalmente de eso.
El monstruo (o el dios)
que Eckels no pudo matar le reaparece, como una pesadilla, en el presente. Con
la misma espantosa sorpresa que produce el ruido de un trueno, o la presencia
de la bestia, encuentra un mundo distinto. La ortografía ha cambiado, las
palabras se escriben de otra manera, lo que estaba escrito se reescribe. Él,
con su desobediencia de las normas, con su miedo, ha reescrito la historia de
la peor manera.
El texto dice, al
final: “Eckels gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa con dedos
temblorosos. - ¿No podríamos – se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a
los oficiales, a la Máquina, - no podríamos llevarla allá, no podríamos hacerla
vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos…? No se movió.
Con los ojos cerrados, esperó estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que
Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro, y apuntaba. El ruido de un
trueno.”
Este párrafo me
evocó algo que ya comenté en otra ocasión, en relación al cuento El rastro de tu sangre en la nieve, de
Gabriel García Márquez. Eckels, en el último momento, pretende reparar la
herida, pero la herida ya se ha producido, no se puede volver atrás ni aún
disponiendo de la Máquina del Tiempo. Como he dicho más arriba, las
consecuencias de los actos son incalculables e imborrables.
En este caso, el
hombre pretende intervenir en la naturaleza, que es una metáfora de los
orígenes, que es el comienzo de la historia, como si no lo hiciera, como si eso
no tuviera consecuencias. Eckels quiere volver atrás y animar a la mariposa,
para recuperar su mundo y su propia vida. Pero eso es imposible.
La maravillosa descripción
que hace Bradbury del mundo prehistórico me recordó a la película Blade runner, sobre todo, al monólogo
final del replicante Roy Batty, “hora de
morir”, cuyas palabras forman parte de la historia del cine y de una
poética. Dice: “Yo…he visto cosas que vosotros no creeríais… atacar naves en
llamas más allá de Orión, he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la
puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como
lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.”
Cada momento de la vida, de la historia, se perderá en el
tiempo como lágrimas en la lluvia, salvo que alguien pueda contarlo,
escribirlo, hacerlo trascender. Ambos, Eckels y Roy Batty, vieron mundos imposibles,
el pasado y el futuro. Eckels no es un replicante,
es un ser vivo. Pero él no tiene la dignidad ni la grandeza final del
replicante, él no vio nada de todo lo que hubiera podido ver. Estuvo en otro
mundo, ciegamente, buscando un objeto, una pieza más, la más importante de su
colección y cuando vio algo, se horrorizó. Ceguera y miedo. Ambos mueren. Uno,
arrepentido, culpable y, a la vez, sin entender nada. Al otro, al replicante,
le llega la hora de morir pero antes tiene algo que decir. Sin ser humano, no
pasó por este mundo en balde. Cierra un ciclo, puede dar cuenta de algo.
Para concluir este
breve comentario quisiera comentar cierta semejanza estructural entre lo que
ocurre en el cuento y el psicoanálisis.
La experiencia
analítica nos enseña que “volver” al pasado, pensarlo, repensar los
acontecimientos y nuestro lugar en ellos, cambia el presente (porque nos
permite ver y experimentar las cosas de otra manera) y permite abordar el
futuro desde otro punto de vista. Aunque ya no se trata del “efecto mariposa”
sino de la lógica del inconsciente y del dispositivo analítico. Poder ver la
propia historia desde otro punto de vista cambia el futuro. Aunque,
evidentemente, no se trata de la experiencia siniestra que relata nuestro
cuento.
Graciela
Sobral
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