jueves, 12 de enero de 2017

Tertulia 75. Ante la ley, de kafka. Comentario de apertura. Por Luis Seguí

Franz Kafka terminó de escribir Ante la ley –también traducido como A las puertas de la ley— a finales de 1914, un relato que junto al titulado Un sueño formaba parte de la novela El Proceso, que el autor no quiso publicar en su momento a pesar de que hacia octubre de 1915 había terminado de escribir el último capítulo. Tal vez debido al afán perfeccionista de Kafka, que la consideraba una obra inacabada –de hecho, lo era—, prefirió entregar al editor un conjunto de relatos bajo el título de Un médico rural, entre los que incluyó los dos que tenía escritos destinados a la novela. El Proceso, en cuyo capítulo noveno aparece Ante la ley como parte de un diálogo de Josep K. con un sacerdote, se publicaría recién en 1925, gracias al empeño de Max Brod.

La publicación de Ante la ley como un texto separado, independiente del contexto en el que se desarrolla El Proceso, ha generado un número casi infinito de interpretaciones acerca de su aparentemente enigmático contenido, cuando en realidad constituye un epítome de la relación del mismo Kafka con la ley, que no por casualidad está presente –de un modo u otro, más o menos abiertamente, a través de elipsis y metáforas— en casi toda su obra, y en particular en El Proceso. Es casi inevitable para cualquier lector de la obra de Kafka que conozca mínimamente la vida del autor, percibir hasta qué punto aparece plasmada en su escritura la relación entre la “ley del padre”, que le atormentaba, y la ley del Estado reguladora de los lazos sociales, cuyo carácter arbitrario e insensato perturbaba igualmente su relación con el mundo. Esa tensión aparece por un lado como un conflicto permanente entre lo que su padre esperaba de él y los deseos más íntimos de Franz, que contradecían las esperanzas paternas de que su único hijo varón le sucediera al frente de sus negocios, y de otro como impotencia para modificar el orden absurdo de la existencia cotidiana.

Un hombre autoritario y patriarcal, irascible, jovial y seguro de sí mismo, muchas veces ignorante, así veía Franz a su padre, y así lo retrata en la Carta al padre que le escribió en 1919 y que el destinatario nunca recibió. Los enfrentamientos con su padre se hicieron frecuentes a partir de 1911, cuando Franz defendió ante él su vocación y elección de vida. Pero sobre todas las cosas Hermann Kafka era incapaz de aceptar que su hijo no era el muchacho fuerte, parecido a él y digno heredero del negocio familiar, sino un joven sensible, cuya constitución enfermiza –agravada a partir de 1917, cuando le diagnosticaron tuberculosis— exigía periódicos ingresos en sanatorios y largos períodos de obligado reposo. Para Kafka, que se doctoró en derecho en 1906, la vida universitaria operó como un catalizador; en esa etapa conoció a Max Brod, de quien se hizo gran amigo, y que junto con Óskar Baum y Felix Weltsch lo introdujo en el ambiente intelectual que tenía como epicentro el Círculo de Praga, ciudad en la que Kafka nació y en la que viviría hasta su muerte en 1924.

Había en Praga en esos años una importante actividad cultural protagonizada principalmente por publicistas y escritores de habla alemana, en su mayoría de origen judío, como Adler, los hermanos Brod, Rilke, Haas, los hermanos Weltsh, Werfel o Kish; en la ciudad vivieron un tiempo Claudel, Einstein y Meyrink, y por ella transitaron por distintos motivos Homannsthal, Musil, Steiner, Buber, Mann y Karl Kraus, entre muchos otros que eran –o serían en breve— famosos. Paralelamente, Viena es el lugar donde coinciden simultáneamente los orígenes de la música dodecafónica, el positivismo jurídico y lógico, la pintura no figurativa y el psicoanálisis, el ámbito en el que se revisita la obra de Shopenhauer y Kierkegaard, un espacio privilegiado en el que se produce una extraordinaria concentración de talento creativo, sumado al brillo social que la distinguía como capital del Imperio Austro-Húngaro. Viena, que se jactaba de su imagen de “ciudad de ensueños”, representaba en realidad para el escritor y periodista Karl Kraus, su más radical crítico social, “el campo de pruebas de la destrucción del mundo”.Tal vez no del mundo, pero sí para Europa entre 1914 y 1918.

Inevitablemente, la vida de Kafka se vio alterada por la guerra, y sus escritos a partir de 1914 reflejan –aun metafóricamente— el impacto provocado por el conflicto. Si como ciudadano Kafka mostró una cierta indiferencia al principio de la guerra, en 1916 escribe en su diario que desea hacerse soldado, una manifestación que parecía responder a una exigencia moral que él mismo se imponía, alejada de la realidad dado que había sido declarado exento del servicio militar por su estado de salud. Según cuenta en su diario, en la segunda mitad de octubre de 1914, es decir al comienzo de la guerra, tiene horribles pesadillas en las que una maquinaria infernal somete a su cuerpo a grandes tormentos. Entre los días 15 y 18 de ese mes escribe el que su traductora y biógrafa Ángeles Camargo describe como “el relato más cruel de toda la obra de Kafka”: En la colonia penitenciaria. Una narración en la que aparecen tres protagonistas principales: un militar, una máquina que el oficial controla –pero que en realidad lo controla a él— y utiliza para destrozar el cuerpo de los condenados, y un observador supuestamente neutral cuya actitud pasiva le hace culpable de la muerte de miles de personas.

Si En la colonia penitenciaria la metáfora es transparente en relación con la guerra y los  responsables de desatarla y alimentarla, como es igualmente clara la alusión a las víctimas, el concepto que Kafka tiene del funcionamiento de la sociedad, con guerra o sin ella, se plasma magistralmente en El Proceso, escrita un año después: la burocracia estatal es una maquinaria concebida arbitrariamente para obrar absurdamente, ante la cual los sujetos se muestran como víctimas inermes porque ignoran cómo funciona, sin percibir que la clave de su eficacia es, precisamente, que carece de una lógica humanamente comprensible.

Cuando en el primer párrafo de la novela se lee  que “alguien debió de haber calumniado a Josep K., puesto que, sin haber hecho nada malo, fueron a arrestarle una mañana”, el texto nos sitúa en el ámbito de una víctima aparentemente inocente, que cuando pregunta a quienes han irrumpido en la casa por qué está arrestado, escucha esta respuesta: “los que nos mandan (y solo conozco los grados inferiores), no tratan, por así decirlo, de localizar la culpabilidad entre la población, sino que, como dice la ley, se sienten llamados por la culpabilidad y entonces nos envían a nosotros los guardianes. Esta es la ley”. Josep K. es ejecutado sin saber de qué se le acusa, ni qué ley se le ha aplicado, y tampoco se le da a conocer la sentencia. Desde el principio y a lo largo de la novela, todo gira alrededor de la búsqueda de una respuesta imposible de obtener, porque lo que se ha instalado en la conciencia de Josep K. es el interrogante fundamental de todo sujeto: algo me hace sentir culpable, y no sé de qué.

Ante la ley es, dentro de la novela, una parábola relatada a Josep K. por el sacerdote –que es miembro del tribunal que le está juzgando en secreto—, para hacerle ver hasta qué punto todos los sujetos -incluidos los guardianes- son juguetes dentro de un sistema cuya eficacia reside en que nadie puede asignarle un comportamiento previsible.

El pobre campesino que envejece y muere a las puertas de la ley, ¿podría haberla forzado? Como en la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo, ¿quién dispone del saber?

Como bien señala Jesús Villegas en su comentario, en Ante la ley Kafka nos sitúa –como en toda la novela de la que el cuento forma parte— ante un dilema moral. Se trata de la responsabilidad,  un asunto complicado, para cuyo abordaje convendría recurrir al axioma que nos dejó Lacan: de nuestra posición de sujetos somos siempre responsables.


Luis Seguí

Tertulia 75. Ante la ley, de Kafka. Comentario del magistrado Jesús Villegas

Hace ya más de un siglo que Franz Kafka escribió ese brevísimo relato que –con el lapidario título de “Ante la ley” (vordem Geset,)— nos sigue llenando de perplejidad. ¿Qué significado se esconde bajo una historia tan aparentemente sencilla? En realidad, desconocemos cuáles hayan sido las intenciones últimas del autor. Pero poco importa. Su valor consiste en otra cosa, a saber, en el efecto que causa sobre nosotros, los lectores que nos enfrentamos ante esta pieza enigmática, una parábola que nos incita a pensar y repensar. Y, en efecto, eso es lo que haré en las siguientes líneas, examinar la obra como un objeto cerrado en sí mismo desligado de su entorno, como una piedra preciosa bajo la lupa del joyero, atento a su disposición interna, al estilo de los estructuralistas o formalistas rusos. Veamos pues:
         
Algunas de las interpretaciones son banales. Así, salta a la vista que el pobre hombre que impetra justicia es un campesino (ein Mann vom Lande), lo que nos hace pensar en la tensión entre la periferia y el núcleo en el contexto de la planta judicial. Sería una denuncia de cuán lejos queda la organización de los tribunales de las zonas rurales, concentrados estos en la capital del Imperio, mientras que las regiones más remotas permanecen olvidadas del poder central. De hecho, es un tópico que en nuestra patria evoca las tensiones medievales que desembocaron en la independencia del condado de Castilla.
       
No menos trivial, aunque sí más actual, sería la protesta ante la lentitud de una justicia cara y laberíntica (von SaalzuSaal), inaccesible al ciudadano. La consternación del campesino, que ingenuamente no había previsto la dilación del aparato judicial, se expresa en esta impotente queja: “pues la Ley debe ser siempre accesible a todos” (das Gesetzsolldochjedemundimmerzugänglichsein).
         
Algo más interesante es la contraposición Ley-Justicia. La narración es claramente paradójica. Y es que, cuando el campesino obedece al guardián, queda fuera de la Ley; por el contrario, empero, si porfía en acceder al territorio de la Ley, debe desobedecerlo. Esta exégesis nos sitúa en otro tópico, cuál es la rebeldía ante el Rey injusto e incluso el derecho a la rebelión (res eris si recte facies). El vigilante no sería más que el esbirro de una autoridad tiránica cuya resistencia habría que vencer por la fuerza.
         
Esta última aproximación nos sitúa en un campo más psicológico y menos jurídico. Todo el episodio no sería sino una prueba a la integridad del campesino. Si hubiese sido valiente, habría luchado contra el guardián, esbirro de un poder injusto. Esta idea emerge contundentemente in fine, cuando se le revela que la puerta era únicamente para él (dieserEingangwarnurfürdich). Es otro tópico, esta vez relativo a los ritos iniciáticos, al paladín que debe vencer al dragón para ganar la mano de su amada, para convertirse en un auténtico caballero, para cruzar el umbral de los justos. A nuestro protagonista, en cambio, no se le ocurre otra cosa que intentar sobornar a la autoridad y esperar blandamente hasta que termina chocheando (erwirdkindisch) y muere medio ciego. Su debilidad moral le impidió descifrar el enigma de la esfinge.
         
Avanzando por esta vía, parece más provechoso echar mano de conceptos psicoanalíticos. Desde esta perspectiva, el campesino encarnaría el ego y el guardián el super-ego, mientras que ese espacio ignoto que se esconde tras la puerta representaría el inconsciente. Las terapias psicodinámicas alientan a abrir esa puerta para descubrir que sea lo que hay más allá. Pero, ¿merece la pena traspasarla?
         
Jacques Derrida, en su ensayo “Fuerza de la Ley. El fundamento místico de la autoridad” comenta este cuento de Kafka poniendo el acento en la violencia originaria del Derecho. La Ley no nace de una civilizada discusión filosófica en el ágora, sino de un conflicto que, tras sucesivas luchas, acaba por construir su propio orden. Freud lo expresó magistralmente elaborando uno de los mitos más vigorosamente salvajes de nuestro imaginario occidental: la rebelión de la horda primitiva contra el padre, origen del tótem y del tabú, de la religión y de la Ley. Luego vendrían las justificaciones ideológicas, maquillaje legitimador del rostro de la bestia, “ficciones legítimas”, según el citado Derrida. Otro filósofo del Derecho, el británico Jeremías Bentham, aun reconociendo el carácter mendaz de tales invenciones, se rinde a su utilidad, pues facilitan la convivencia social.
        
¿Qué sociedad perviviría sin sus leyendas, sus mitos fundadores? El Imperio de los césares trajo esplendor al mundo: paz, Derecho, arte, vida urbana pero, construidos sus cimientos sobre el sometimiento, cuando no el genocidio, de los pueblos oriundos. Perfectamente conscientes de esa violencia originaria, imaginaron la pax romana que, sin ser falsa, seleccionaba ideológicamente la realidad al servicio de unos intereses muy concretos. ¿Merece la pena hurgar en el pasado para destruir nuestra armonía ciudadana, la respublica?
         
Nuestro filósofo-poeta, don Miguel de Unamuno, proclamaba: “primero la verdad que la paz”. Al fin y al cabo, es una cuestión política. Sea como fuere, nos llega más al corazón la duda existencial que nos toca a cada uno de nosotros, no como ciudadanos sino como hombres, el reto de si nos atreveremos a descender a las mazmorras particulares (carcerprivata) de nuestro inconsciente para descubrir, ¿quién sabe qué?: tal vez soterrados impulsos malvados, monstruosidades morales, repugnantes perversiones. ¿No se derrumbará nuestra psique si descerrajamos la entrada a la cámara de Barba Azul?
         
Según Kafka, “todos luchan por la ley” (allestrebennachdemGesetz). A cada uno de nosotros incumbe averiguar si formamos parte de ese todo. La pregunta, por ende, carece de una respuesta general. Y tal vez sea mejor así.

Jesús Manuel Villegas Fernández

Magistrado

Tertulia 75. Ante la ley, de Kafka. Comentario de Rosa López

Freud con Kafka: “Ante la ley”, un apólogo sobre el superyo
La lectura de este breve relato de Kafka debería acompañar, indefectiblemente, al estudio de los textos en los que Freud se interroga por el nacimiento de la conciencia moral. Kafka tiene la facultad mayor del artista que consigue ilustrar en muy pocas lineas la esencia de la subjetividad. Freud reconoció la subordinación de sus descubrimientos a la sabiduría que los poetas poseen sobre la condición humana.  “Ante la ley” puede ser leída por un psicoanalista como un apólogo que muestra la relación singular de un sujeto frente a la instancia psíquica del superyó.
Freud descubre que los seres humanos cuando vienen al mundo no tienen una disposición intrínseca a socializarse, y para que esto se produzca han de integrar una primera relación con la ley que no es la que se les transmitirá después en los colegios, ni en el código civil, ni en la educación. Se trata de una ley previa que tiene la característica de hacernos sentir siempre en deuda y culpables, aunque no sepamos de qué. Dicho de otro modo, lo que Freud descubre es que la constitución de la ley en el ser hablante es inevitablemente patológica.
Pensemos que estamos tratando de cernir el origen de la ley pura, no de las leyes jurídicas, políticas o morales de las que secundariamente la cultura se dota. Esta ley pura, representada por la instancia psíquica del superyó, es como un punto cero enigmático, inaccesible, que parte de algo infundado e ilegible, a partir de lo cual se inicia después la dimensión del deber, de lo prohibido y de los pactos.
Freud en el año 1930 escribió un texto titulado El Malestar en la Civilización que sigue teniendo plena vigencia y que, a mi modo de ver, tendría que formar parte de los programas educativos . El texto El Malestar en la Cultura, cuya lectura recomiendo encarecidamente, constituye una verdadera joya del pensamiento porque en él Freud desarrolla uno de sus hallazgos más decisivos: el superyó.
Freud se interroga por el nacimiento de la conciencia moral y de la ley  descubriendo que los seres humanos cuando vienen al mundo no tienen una disposición intrínseca a socializarse. el ser humano no puede vivir sin establecer lazos sociales con los otros y constituir de este modo los fundamentos de la civilización. La cultura exige que cada niño, uno por uno, entre de cabeza en un fuerte proceso de domesticación de sus pulsiones originarias. El niño tendrá que renunciar a las satisfacciones autoeróticas que obtiene con su propio cuerpo y con los productos que de éste salen, así como a sus fuertes impulsos agresivos contra los semejantes. Cualquier observador puede darse cuenta de que a los niños les proporciona placer pegar, romper, gritar, ensuciar. Esto demuestra que lo primario en el ser humano es la agresividad, y que no existe el “buen salvaje” como pretendía Rousseau.
La comunidad se dota de la fuerza del derecho para imponerse sobre la fuerza bruta del individuo, y es esta operación de sustitución la que funda la cultura. Por lo tanto, el primer requisito necesario es la creación de un orden jurídico que asegure que ningún individuo puede llegar a violar las reglas sin que esto tenga consecuencias punibles. Los individuos que forman la sociedad han de contribuir a su sostén. ¿Cómo? Sacrificando sus tendencias pulsionales agresivas, sádicas, sexuales y algunas otras. La cultura impone restricciones, y la justicia es la encargada de que nadie escape a las mismas.
Ahora bien, la renuncia a las tendencias pulsionales no significa que estas queden eliminadas o desaparezcan por completo. Sufren una importante transformación, pero permanecen latentes. Tomemos el ejemplo más socorrido para entender esto, el erotismo anal del niño para quien la relación con sus propias heces es una gran fuente de satisfacción: retenerlas, soltarlas cuando le place e incluso jugar con ellas. Todo esto quedará reprimido y en su lugar aparecerán ciertos rasgos de carácter contrarios a la tendencia anal, como la limpieza, el ahorro, el orden, que a veces pueden llegar a convertirse en exageraciones patológicas, tal como nos muestra la neurosis obsesiva.
Este proceso no surge de manera natural como si fuera el devenir de un progreso madurativo normal, sino que es el resultado de un forzamiento simbólico consistente en la imposición de unas reglas, de unas leyes, de unas prohibiciones. Hay que tener en cuenta que las tendencias agresivas no pueden ser erradicadas y seguirán latentes en cada uno de nosotros aunque las hayamos tratado de domesticar, reprimir o sublimar. Por eso la cultura tiene que ejercer su fuerza coercitiva continuamente, imponiendo cada vez más sus leyes. La cultura exige pesados sacrificios tanto en el plano de la sexualidad como en el de las tendencias agresivas, lo que hace que al sujeto le resulte verdaderamente difícil alcanzar en su seno la felicidad.
Partamos de la base de que no nacemos con una facultad natural para diferenciar el bien del mal. Por ejemplo, la niña pequeña que es toqueteada por un adulto puede llegar a sentir placer pues aún no conoce la dimensión del abuso sexual, es solo después que descubre el significado pecaminoso de ese acto y paradójicamente, en lugar de sentirse víctima, se siente culpable, hasta el punto de que la vergüenza puede impedirle denunciar.
La diferenciación entre el bien y el mal proviene de la influencia de agentes externos quienes establecen lo que se debe hacer y lo que está prohibido. ¿Por qué el sujeto se subordina a esta influencia?
La conciencia moral en sentido estricto solo se constituye cuando la autoridad inicialmente externa queda internalizada bajo la forma del superyó. “Solo entonces se tiene derecho a hablar de conciencia moral y de sentimiento de culpabilidad” (Freud). Una vez que esto ocurre ya no funciona como limite el temor a ser descubierto, pues el superyó lo sabe todo, lo ve todo, lo juzga todo y lo que es peor, no establece diferencias entre hacer el mal o desearlo.  La ley del superyó es tan inexorable que no distingue entre el propósito y la realización del acto. El superyó vigila y maltrata al yo como una guarnición militar que se queda de por vida en la ciudad conquistada. Es como tener al policía y al juez dentro de uno mismo, pero con el agravante de que se trata de un policía sádico y de un juez loco.
El yo se subordina a las órdenes que emanan del feroz superyó y se carga de un sentimiento de culpa inconsciente que le condena continuamente y con independencia de sus actos, a sentirse en deuda. El sujeto queda tan acorralado que llega a preguntarse si la culpa de sentirse culpable por todo también es suya.
Así como para los jueces la culpa es un elemento esencial en el proceso jurídico, para los psicoanalistas lo es en la experiencia clínica, y debemos utilizar las primeras entrevistas con un sujeto para verificar si el sentimiento de culpa está presente o, por el contrario, carece de ella. Si la culpa es excesiva, el sujeto buscara activamente hacerse castigar, y si no lo consigue recurrirá a la autodestrucción, pero si no hay culpa estamos frente a un sujeto susceptible de producir la destrucción de los otros.
Pues bien, el superyó es uno de los nombres del inconsciente y representa su cara más terrible. Ya no se trata del inconsciente que puede ser descifrado como un saber que desconocíamos y que produce el jubilo propio del descubrimiento de un nuevo sentido. Se trata del inconsciente como pulsión de muerte, en forma de una ley insensata que coacciona al sujeto a recibir un castigo sin darle la menor significación a la que agarrarse.
Siendo que todo este proceso acontece como un drama interno, sin que los demás se den cuenta, el sujeto no va a obtener un castigo que le venga del exterior, pero lo necesita imperiosamente para calmar la culpa y por tanto se hace castigar, abandonar, rechazar, expulsar, insultar, se castiga a si mismo con terribles remordimientos de conciencia o es presa de la angustia de expectación: “algo malo va a ocurrir porque en el fondo lo merezco”.
Para ilustrar la característica insensata de la ley del superyó no hay mejor fuente que los escritos de Frank Kafka. Hay dos textos fundamentales El Proceso y este relato muy breve titulado Ante la Ley.
En El Proceso, Kafka concibe la situación de un hombre, Joseph K, que es acusado por algo que nunca se le comunica y que los lectores no llegamos a saber en ningún momento. El protagonista no consigue que le digan cuál es la causa por la que va a ser juzgado y, sin embargo, se presta a este absurdo proceso hasta llegar finalmente a entregar su vida al verdugo. Lo que Kafka nos muestra no es tanto lo arbitrario de la ley jurídica sino más bien cómo un hombre atrapado en el sentimiento de culpabilidad puede pagar por una falta que desconoce, es decir, inconsciente, como si hubiera cometido un crimen inapelable. Quiero acentuar que estamos hablando de una ley que no está escrita en la sociedad, sino en el inconsciente de cada uno, por eso el sujeto no puede separarse de ella y queda preso en unos imperativos que le llevan a convertirse en su propio enemigo.
En el apólogo Ante la Ley, vemos cómo un campesino se presenta ante la puerta abierta de la ley, custodiada por un guardián quien le dice que, por el momento, no puede pasar. El campesino necesita imperiosamente entrar en la ley y está dispuesto a esperar lo que haga falta. “La ley debería ser siempre accesible a todos, piensa”. Con el paso del tiempo comienza a sacrificar lo que posee, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta las ofrendas pero no cede. Sentado en un banquito frente a las puertas abiertas, pero inaccesibles, de la ley, pasan los años, y justo antes de morir el campesino, apenas en un susurro, formula una sola pregunta: “Si todos se esfuerzan por llegar a la ley, ¿cómo es posible que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar? El guardián, con una voz atronadora, le dice al oído: “Nadie podía pretenderlo porque esta entrada es solo para ti. Ahora voy a cerrarla”. Un final absolutamente desconcertante.
La respuesta enigmática con que acaba el relato me evocó un aforismo de J. L. Borges que dice: “La puerta es la que elige, no el hombre”. Es decir, el sujeto queda subordinado al superyo que está excelentemente representado por esa voz atronadora del guardián que susurra al oído una insensatez, mientras que el campesino apenas puede sostener un pequeño hilo de voz.
La clínica psicoanalítica comprueba la potencia destructora del superyó, pues no es exagerado afirmar que, como el campesino de Kafka, la vida psíquica del ser humano está centrada fundamentalmente en los esfuerzos que tiene que realizar continuamente para escapar de las exigencias del superyó o para intentar someterse a ellas. Rebelarse contra el superyó resulta inútil porque siempre irá un paso por delante, pero lo más sorprendente es que tratar de ser amado por el superyó conduce a lo peor, como vemos en este buen campesino que está dispuesto a dar todos sus bienes con tal de quedar incluido en el campo de la ley. La enorme paradoja que Freud descubre es que cuanto más trata el sujeto de satisfacer las exigencias del superyó, mas cruel se torna este, pidiendo de manera insaciable, más sacrificios y haciéndole sentir cada vez más culpable.
Notemos que se trata de un funcionamiento circular del que no se puede salir: cuantos más sacrificios haces para estar en paz con el superyó, más sacrificios te pide.  El superyó castiga sin piedad a los más virtuosos, a los más justos, a los santos, es decir, a todos aquellos que están dispuestos a renunciar, como nuestro campesino, a toda satisfacción para cumplir con sus exigencias. ¿Por qué? Porque para el superyó no es suficiente con la renuncia a los actos; también pide la renuncia al deseo, y eso es algo que ya no depende de la voluntad de ningún sujeto. Al deseo inconsciente no se puede renunciar.
El superyo establece un verdadero circulo vicioso difícil de romper. Su funcionamiento es extremadamente perverso porque exige una cosa y su contraria al mismo tiempo. Estamos frente a una nueva paradoja del superyó que Lacan explicó en un texto titulado Kant con Sade, en el que demuestra cómo el imperativo categórico de Kant, que exige el cumplimiento de una ley universal sin la menor consideración por las circunstancias del sujeto, tiene como correlato la máxima Sadeana que exige gozar sin límites tanto del cuerpo del otro como del propio. Dos imperativos inhumanos, podríamos decir, porque ordenan algo imposible de cumplir: una ley absoluta y al mismo tiempo una satisfacción absoluta.
Ese superyó, que nos hizo renunciar a las satisfacciones primarias al mismo tiempo nos obliga a buscar una satisfacción imposible, aunque sea al precio de la autodestrucción. Por eso Lacan cuando habla de las figuras del superyó subraya  tres características: sádico, feroz y obsceno. A la vez  nos explica que la vía por la cual actúa el superyó es la voz. Una voz que tiene la particularidad de utilizar solo el tiempo verbal del imperativo. Los neuróticos la experimentan como una voz interior que les mortifica, los psicóticos que padecen alucinaciones auditivas la escuchan como una voz exterior que les empuja al acto. En los casos más graves de psicosis, las alucinaciones auditivas conducen al acto suicida u homicida, que, en cierto modo son equivalentes, pues en ambos casos el sujeto trata de acallar esa voz que les persigue y que pueden localizar en si mismos o en el semejante.
El psicoanálisis puede reconocer que hay un derecho a la satisfacción, pero advierte sobre los estragos que provoca que se convierta en un deber. Nada obliga a nadie a gozar a excepción del superyó, que nos empuja a algo imposible: la satisfacción absoluta.
El superyó tiene la facultad terrible de transformar los ideales benéficos en imperativos mortales. Por ejemplo, el ideal social de la felicidad, del disfrute o de la búsqueda de la satisfacción, nos puede volver locos cuando se transforma en un imperativo. Frente a la caída de los grandes relatos de la historia se han construido unos nuevos, aparentemente fantásticos, en los que cada uno consume cuanto quiere, tiene “derecho legal” a practicar las perversiones que le parezcan (mientras sea con un partenaire que consienta contractualmente, lo cual excluye únicamente la pedofilia) puede dedicarse a lo que le apetezca sin tener que asumir las obligaciones de luchar o sacrificarse por una causa. ¡Qué maravilla de mundo! Pero precisamente el superyó se presenta con más vigor que nunca, más voraz en sus exigencias, y todavía más obsceno. Ahora hay que disfrutar continuamente, hay que mantenerse eternamente jóvenes y bellos, tener una vida sexual muy activa. Si no lo consigues, te comparas con los demás y te sientes un fracasado. Entonces vemos como una adolescente murió de inanición porque le dijeron “gordita”, el otro asesinó a sus compañeros del instituto porque se burlaban de él, los tres menores aburridos salieron a la calle para experimentar qué se siente al matar a alguien.
Hasta los Rolling Stones supieron captar esta imposibilidad como nos muestran en la letra de su canción más famosa:
I can't get no satisfaction
I can't get no satisfaction
'Cause I try and I try and I try and I try
I can't get no, I can't get no
No puedo conseguir satisfacción.
Porque trato, trato, trato
Y no lo consigo, no lo consigo

Esta falta estructural de la satisfacción absoluta es la prueba de que todavía funciona el deseo que por definición es insatisfecho. Un deseo satisfecho deja de ser deseo. Cuando los Rolling, en la cima del éxito y en pleno consumo de todo: mujeres, hombres, drogas, alcohol, dicen que no encuentran la satisfacción total por más que lo intentan, podemos tener un cierto optimismo, pues cualquiera que sea el poder del superyo, por suerte el contra poder del deseo, como insatisfecho, está presente, incluso en la civilización actual.

El psicoanálisis apuesta por el deseo, como podrán suponer, hasta el punto de que Lacan afirma que lo único de lo que debemos sentirnos culpables es de haber retrocedido frente a nuestro deseo.


Rosa López

Tertulia 75. Ante la ley, de Kafka. Comentario de María José Martínez

      Queridos amigos: He leído este texto de Kafka y articulado a su alrededor lo que sus líneas me han sugerido. Voy a seguir el texto a rajatabla añadiendo en cursiva mis reflexiones. 

Ante la ley hay un guardián. No sabemos si es una ley buena o mala, pero parece tener “derecho de admisión” o que necesita protegerse de alguien pues tiene un guardián que vigila la entrada.

Un campesino se presenta y solicita a ese hombre que le deje entrar en la ley. Parece ser que el campesino viene de un espacio diferente, diríamos que es un espacio fuera de la ley y que, tal vez, alguien le dijo que era bueno entrar en ella. Observemos que el hombre puede conocer a los que están en su espacio, pero que no sabe quiénes son los que están dentro. Tal vez los de dentro sean tan altos y tan poderosos como su representante, o sea, como el centinela, y de hecho esto es lo que le dicen. En todo caso, la suma de  ambos espacios se supone que forma el todo de una sociedad.  

El centinela le dice que por ahora no. Esto es como si aún no cumpliera ciertos requisitos para entrar.     

La puerta de la ley está abierta. Da la impresión de que si no fuera por el poderoso centinela, la entrada sería fácil.

El centinela le recuerda que él es poderoso y los que están dentro de la ley los son todavía más. Es curioso que el guardián no le dice que los de dentro son buenos, sino que son poderosos. Da la impresión de que los poderosos manipulasen o controlasen la ley, o que hasta que puedan estar por encima de ella, sobre todo el último al que ni el centinela se atreve a mirar de frente. Ése tiene que ser terrorífico.
Yo creo firmemente que hasta aquí el centinela le está diciendo la verdad.

El hombre suplica. El hombre no ceja en su deseo y tal vez lo que pide es que lo dejen entrar tal como es, porque dada su condición de excluido no puede hacer otra cosa. Pero ¿a qué va a esperar? ¿A que cambien los poderosos guardianes de la ley? Este hombre es un ingenuo, pero como desde su vida anterior o su espacio anterior  debió de oír algo sobre cómo van ciertas cosas, decide sobornar al guardián con alguna de los enseres  que él tenía, aunque parece que eso no es suficiente.

El guardián tiene la caradura de decirle: Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo. O sea que el soborno era algo usual o al menos no rechazado.

El hombre envejece y sigue fuera. Va a morir y maldice su mala suerte sin poder hacer nada. Vuelve a su infancia o sea, repasa toda su vida desde que era pequeño. Y sigue sin entender cómo, si su deseo era noble, no puede conseguirlo. La ley como tal, brilla ante sus ojos. Y pregunta:

¿Cómo es posible que durante tantos años nadie pretendiera entrar más que yo? Y si antes el centinela le había dicho la verdad sobre la ley y  los poderosos, ahora es cuando el poderoso guardián lo engaña diciéndole:

Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti.
O sea, que podía haber entrado si hubiera querido.
No hay nada más falso.
Yo pienso que la ley no está hecha a la medida del ciudadano más marginal ni contempla su circunstancia, ni está hecha a la medida de cada hombre, aunque los buenos jueces lo intenten tal como dijo ayer Jesús Manuel, nuestro querido juez, pero esa frase sirve de irónico reproche a los poderosos para justificar la exclusión o el castigo. La ley sirve para separar de la sociedad a los que molestan, pero no se dedica a adecuarla. Y en este caso que cuenta Kafka, los poderosos la controlan y tal vez la manejen para su beneficio. Pero ellos sí que ya estaban dentro y eran muy fuertes. El poderoso sistema de vigilancia interna de aquel espacio desconocido, no estaba hecho para el pobre hombre del cuento que deseaba  entrar.
Creo que la narración “kafkiana” es bastante elocuente.

No quiero extenderme más sobre el cuento estrictamente, sólo añadir, que yo, habida cuenta de mi nacimiento dentro de la ley, hubiera franqueado la puerta. De hecho estoy dentro, y desde mi escasa situación repudio a los poderosos que la controlan y constantemente reclamo una ”buena ley“ útil para todos. Pero si hubiera nacido en una familia fuera de la ley, lo más probable es que no hubiera podido entrar, sin dar, tal vez, con mis huesos en la cárcel. 

Muchas gracias.                                        Mª José Martínez. 

Tertulia 75. Ante la ley, de Kafka. Comentario de Miguel Alonso

Ante la ley es el relato más complicado y de más difícil comprensibilidad que afronté a lo largo de estos años de tertulia. Aquí el sentido parece fugarse por todos los lados, de manera que toda interpretación se muestra tangencial al texto, sin nunca aprehenderlo, sin nunca apresarlo del todo. Pero pienso que situarse en esa incomprensibilidad, y asumirla, es un buen lugar de llegada, no sólo como lector, sobre todo como sujeto. Y digo como sujeto porque, tengo la impresión de que esta propuesta kafkiana de comparecencia ante la ley supone comparecer ante el sujeto mismo. De manera que estaríamos ante una especie de tautología en la cual el campesino, situándose ante la ley, lo haría ante sí mismo.

Para llegar a esta conclusión necesito hacer un pequeño recorrido.

En primer lugar, nuestro protagonista, “un hombre del campo”, en su anhelo de entrada a la ley y en su infructuosa y prolongada espera, nos hace sentir el peso de la precariedad, del conflicto, es decir, de la división, el peso de la mendicidad y, por supuesto, el peso de la falta, del vacío, de la imposibilidad, hasta el mismo momento de la muerte. Y es que esta rara especie, la humana, la del ser que habla, encarnada en el hombre del campo, tratando de encontrar su esencia, y posicionado ante ella, irremediablemente se muere sin saber.

Pienso que para afrontar un relato tan corto, tan condensado, tan complicado, no se puede desperdiciar ninguna sugerencia que venga de él. En este sentido, no capté, en ninguno de los ensayos que leí, ninguna referencia al hecho de que el “hombre del campo” no acude a la entrada de la misteriosa ley sin haber sido tocado por ella. Hay un paso previo a su deseo, vamos a decir a su voluntad férrea de entrar en la ley. Y es que, aunque sea de forma mínima, ya viene investido por una ley que se le impone, la ley del lenguaje, la ley del significante, la ley del orden simbólico. Y esto me parece muy importante para lo que viene luego, pues ser “un hombre del campo” quiere decir que está adscrito a un conjunto cerrado –insisto en esto, “un conjunto cerrado” en contraposición a lo abierto de la ley ante la que acude el protagonista. Y estar en ese conjunto cerrado que podemos denominar “los hombres del campo” otorga pleno derecho de realidad, es decir, sitúa al personaje en una realidad constituida anticipadamente por los significantes. Es una cuestión puramente estructural, pero legal, que se le impone.

Evidentemente, no es una cuestión que esté explicitada de una forma concreta, no hay una demora precisa en ella, pero no deberíamos soslayarla, pues evita entrar en el absurdo de que alguien es potador de la palaba, como queda demostrado en la dialéctica metafísica que sostiene con el guardián, sin haber entrado en la ley. Eso no es posible. Si entró en el lenguaje, entró en la ley. Además, la ventaja que ofrece tomar esta vertiente en consideración, es que de esa manea podemos establecer dos planos opuestos de la ley, a saber, un plano simbólico, el que acabamos de  ver, que daría sentido a la vida situando al sujeto en la realidad, y un plano articulado al sinsentido, e incluso a la ferocidad, no de la ley, porque nunca sabemos qué es la ley, sino de sus guardines.  

Lo que ocurre es que el campesino se confronta, a mi modo de ver, con otra vertiente de la ley que no ofrece significantes, palabras a las que agarrarse. Esta alegoría, Ante la ley, vendría a señalarnos que todos los sujetos que admiten la ley del lenguaje, esa que les permite pertenecer a conjuntos cerrados y perfectamente habitables, de los que se puede salir o entrar, han de confrontarse, de forma ineludible, con otra vertiente de la ley que no muestra su esencia, que no muestra su ser, una vertiente abierta, cualidad que, a diferencia de la anterior, no permite establecer ningún conjunto, pues no ofrece límites visibles que nos puedan contener. Ahí es muy explícito el relato, cada sujeto, como bien queda reflejado en el final, tiene una relación particular y única con esa vertiente insensata de la ley. Es una relación de uno por uno.

Llegados a este punto, no podemos dejar de reflexionar acerca de la figura del guardián para encontrar algún sentido en esta vertiente enigmática de la ley.

Porque no podemos hablar de representante. Una cosa es ser representante de la ley, y otra cosa es ser guardián de la ley. Podríamos hablar de representantes cuando estos se ocupan de los aspectos simbólicos de la ley que permiten al sujeto inscribirse en un orden simbólico, en un orden de realidad. Pero los guardianes no permiten esta inscripción, ni siquiera parecen humanos, aunque su figura lo sea. El guardián, casi podíamos decir que tiene una nariz enfática, unos pelos enfáticos, todo en él parece tan enfático como para que no nos tomemos su figura como totalmente humana. Es un poco raro el hombre.  

Y si el primer guardián tiene un aspecto algo inquietante y que infunde temor con su nariz puntiaguda, su poder, etc., etc., qué decir de los siguientes guardianes. No parecen del todo humanos aunque tomen una cierta forma. Da la impresión de que cuanto más se avanza en la ley, ésta más se aleja de cualquier investidura simbólica y se articula con lo monstruoso, hasta el punto de que solamente moran en su ámbito poderes difusos, poco amables y nada deseables para nuestros cuerpos. Esos guardianes poco humanos, tanto en su aspecto como en sus sugerencias, me traen a la cabeza la cuestión de una de las leyes más atroces que sufrimos, la que deriva de la instancia del superyó, que como bien decía Gustavo Dessal en su curso sobre este concepto:

Es que hay algo que reconocemos como una ley, pero una ley peculiar en tanto uno no puede saber qué es aquello que la fundamenta y, sin embargo, no se puede sustraer a ella.

Las resonancias de esta frase con el texto de Kafka me parecen elocuentes. El hombre del campo parece no poder sustraerse a ella. Pero además, si continúo con el desarrollo de mi interpretación, el relato muestra algo paradójico en el anhelo de entrar en un escenario legal que no le augura nada prometedor. ¿Por qué esa adherencia?

Podemos pensar en el terreno de la voz. Es impresionante el relato en este punto, pues mostraría una verdad estructural del sujeto: su división. El hombre del campo escenifica, en ese anhelo, un empuje inevitable, casi podríamos decir imperativo, pues ninguna razón parece detenerlo, hasta el punto de que entra en la dialéctica con la voz del guardián durante toda su vida. Y siendo una voz que prohíbe, sugiere y empuja y detiene, acoge y produce temor, todo al mismo tiempo, qué nos impide tomarla como metáfora de esa voz del superyó, bien conocida por todos por su monstruosidad, por su incoherencia, por su apariencia humana, que parece pertenecer a la moral pero a la vez es el empuje más mortífero que padecemos los seres humanos hacia nuestra destrucción. En realidad, la voz del guardián viene a proyectar en el hombre del campo la absoluta división que padecemos todos los sujetos en relación a esa voz áfona que nos paraliza en nuestras vidas. El hombre del campo se muestra aquí como un auténtico símbolo de esa división. No sabe qué es esa ley, sólo conoce una voz insensata relacionada con ella. 

Por tanto, registramos dos divisiones, la confrontación con una ley simbólica y con otra insensata, por un lado. Y por otro, y dentro de esta última ley insensata, registramos otra división, la situación paradójica y contradictora que lo empuja a la vez que le prohíbe el acceso a esa ley. La situación sugiere una topología del exterior y del interior todo reunido en un mismo ser, el hombre del campo. Se está configurando una alegoría de una división que el sujeto siente en su propio interior y de lo cual no es, en absoluto, consciente. Es la cuestión de la extimidad, una ley que se muestra viniendo del exterior, pero que se revela en lo más íntimo del sujeto, en este caso, el hombre del campo, no pudiendo sustraerse de ella a lo largo de toda una vida.

Por supuesto, estamos ante una ley despersonalizada, por eso no hay representantes, sino algo como figuras un poco siniestras, como guardianes. No encontramos allí a ninguna persona real. Vuelvo a traer a colación a Gustavo Dessal cuando dice:

Freud, en El malestar en la cultura, habla del superyó como una instancia feroz, una instancia que, aunque necesaria, está en la base del malestar, y en El yo y el ello, la asocia con los intereses de la pulsión de muerte   

Si el primer paso del hombre del campo lo da dentro de una ley simbólica, amable, primera, podríamos pensar que los representantes de esa ley son, además de la familia, las instituciones sociales. Pero, es a medida que pretende adentrarse en la esencia de la ley, que comienza a situarnos en la frontera con la insensatez, con las paradojas, con un empuje que parece imperativo y no se puede soslayar.

Por abundar y recalcar lo dicho. En el lado de la ley simbólica, la del lenguaje, las realidades son, de algún modo, exclusivas, es decir, o se es campesino, o se es otra cosa que se sitúa en el exterior de ese conjunto. Todos podemos tomar referencias al respecto, pues encontramos un orden. Pero en lo relativo al sujeto, esto no agota las posibilidades. Hay algo más allá del orden y del sentido, la confrontación con una ley enigmática, insensata que no nos ofrece un margen de maniobra, sino que nos paraliza, en tanto sólo sabemos de ella por la mediación de personificaciones difusas. Es Otra ley de la que, como bien explicita el relato, no podemos decir nada.

El relato concluye estableciendo que cada uno tiene su entrada. Eso significa que no hay todo, sino uno por uno, sin conjunto posible. No es posible expresar ninguna especificación, ninguna determinación que acote y limite a un conjunto cerrado. Podríamos expresarlo como que algo en la ley no entra dentro de la determinación simbólica y el orden, sino que hay una parte de la ley que sume al sujeto en la indeterminación, en la división, en la angustia, en el desamparo, en el no saber.

Todo ello nos llevaría a tratar de definir cuál es el ser de la ley. Aquí está la tautología de la que hablaba al comienzo. Decir que estamos Ante la ley, es lo mismo que decir que estamos ante el mismo sujeto, que es siempre un sujeto en falta. Acceder al ser de la ley sería acceder a su propio ser. Aceptar la incomprensibilidad es asumir que ese ser está vacío y para siempre. Si es un causa perdida el encuentro con el origen del lenguaje, da la impresión de que tratar de dar con el origen de la ley, con el ser de la ley,  es un problema subsidiario del primero. Si acaso, pensar que el hecho de hablar implica esas dos vertientes, una articulada a la amabilidad del símbolo, otra más articulada, incluso, a una pulsión de muerte en tanto la insensatez nos envuelve, nos paraliza y, como bien expresa el relato, nos convoca.

Miguel Alonso


jueves, 8 de diciembre de 2016

Tertulia 74. ¿A dónde vas? ¿Dónde has estado?, de Joyce Carol Oates. Comentario de Gustavo Dessal

Joyce Carol Oates dedicó a Bob Dylan este cuento, escrito en 1966. El crítico literario Rob Davidson, de la Universidad de Purdue en Indiana, experto en la poesía de Dylan, le preguntó directamente a la autora el motivo, y ella le respondió que había escrito ese cuento luego de escuchar “It's All Over Now, Baby Blue” (“Todo se acabó, Chica Triste”), un tema grabado en 1965. Según Davidson, hay par de versos decisivos que explícitamente se reflejan en el cuento:
                                      The vagabond who's rapping at your door
                                      Is standing in the clothes that you oncewore

         Su traducción aproximada sería:

                                      El vagabundo que golpea tu puerta
                                      Está de pie, con la ropa que alguna vez usaste

         Davidson sugiere algunas conexiones más entre el cuento y otros temas de Dylan, pero no voy a entrar en ello, porque son conjeturas interesantes (las he revisado) pero exceden el propósito de nuestra tertulia. No obstante, hay una observación de este crítico que sí vale la pena mencionar, y es el papel que la música cumple en el relato. La música está todo el tiempo presente, es el sonido de fondo de la historia, podríamos decir: en la salida al centro comercial, en el restaurante, la música que Connie escucha en su casa cuando decide no acompañar al resto de su familia a la barbacoa, y por supuesto la música que suena en la radio que Ellie, el colega de Arnold Friend, lleva en la mano. La música como ingrediente hipnótico, la música como algo que puede ser también el vehículo del mal. Davidson se apresura a aclarar que no es eso lo que Carol Oates piensa sobre Dylan, sino todo lo contrario. La dedicatoria sugiere que la música de Dylan “es el antídoto contra el veneno”.
         Creo que podríamos ocupar horas interminables con este cuento, tal vez más que con muchas novelas, tal es el grado de profundidad y la variedad de los temas que aquí vamos a encontrar. Solo a partir de este relato podría organizarse un seminario completo sobre algunos aspectos de la femineidad. Me encanta particularmente el modo en que se nos introduce de inmediato en la situación, y qué escasez de medios y de palabras emplea la autora para trazarnos un perfil prácticamente completo de la protagonista, una adolescente de quince años como tantas otras, una chica que se busca a sí misma en la mirada de los otros, y a la que su madre no parece caerle del todo bien, posiblemente porque le recuerda demasiado su propio pasado de mujer. Una adolescente que está de lleno en lo que se está cuando se tienen quince años, el mundo es una infinita oferta de estímulos excitantes, el cuerpo es una fruta abierta y olorosa, las olas baten contra la rompiente del sexo, y la familia y los adultos en general se convierten en algo hostil, inadecuado para contener la onda expansiva de la bomba que acaba de estallar.
         Yo suelo decir, medio en broma pero bastante en serio, que no creo en Dios pero estoy convencido de la existencia del demonio. Denle a la figura del demonio la significación que más os plazca. Me da igual. Existe. Si hay suerte, uno no se topa con él jamás, pero puede ocurrir que sí, que eso acontezca. Cuando sucede, entonces no hay salvación alguna.
         Este relato es eso: la historia de un encuentro. Se trata de algo fortuito, es una contingencia, no está tramado en el destino. Un encuentro, un encuentro de verdad, un encuentro que va a cambiar una vida, es siempre algo que desborda los límites del entendimiento, es una experiencia que no tiene retroceso. Y a veces resulta mortal. Un encuentro no es del orden del acontecimiento pasivo. Un encuentro se produce cuando uno se deja caer en los brazos de lo real. Por más que lo real lo tome a uno desprevenido, siempre vamos a descubrir que no se vuelve necesariamente traumático sino a condición de que uno entre allí de cierta manera, que no es cualquiera. Y lo real entra en Connie por dos vías simultáneas y complementarias, que conforman el núcleo del cuento: la mirada y la voz. Se trata de un relato eminentemente visual. Vemos el mundo de Connie a través de sus ojos, vemos el destello del mundo, vemos su brillo cegador. Todo el argumento está perfectamente construido para darnos a entender que detrás del espectáculo de esa realidad fascinante y embriagadora, hay una mirada escondida. Está claramente dicho: ella sube al coche de Eddie, dejando a su amiga en el centro comercial, “y en el camino Connie no pudo evitar que sus ojos se paseasen por los parabrisas y los rostros que la rodeaban, y su cara relucía de un gozo que nada tenía que ver con Eddie ni siquiera con el sitio; debía de ser la música. Se encogió de hombros, absorbió en su aliento el puro placer de estar viva, y justo en ese momento divisó un rostro apenas unos metros del de ella”. Todavía no lo sabemos los lectores, tampoco lo sabe Connie, o tal vez sí, lo sabe sin saberlo, es una posibilidad a debatir, lo que significa esa coincidencia entre “el puro placer de estar viva”, y la aparición de esa cara. Vamos a necesitar algunas pocas páginas más para entender que el final se acaba de anunciar. Pero ya estamos de lleno en el asunto. La mirada y la voz. Hay un término que se repite dos veces, solo dos, pero  que merece  destacarse: “slit”. Significa “raja, hendidura”, y como verbo quiere decir “cortar”. Carol Oates lo emplea de un modo singular, en un sentido figurado: “to slit the eyes”, algo así como “entrecerrar o entornar los ojos”, o sea, convertirlos en dos hendiduras. Primero en el instante de la aparición. “Connie  lo miró con los ojos entornados y apartó la vista, pero no pudo evitar darse la vuelta para volver a mirarlo”. Es algo muy sutil, un recurso de alguien que conoce muy bien su oficio: en ese “no pudo evitar”, está contenida la esencia del relato. Por eso digo que uno no se deja tomar por lo real de cualquier manera.
         La palabrita reaparece hacia el final. “Él -refiriéndose a Arnold Friend- esbozó una sonrisa tan ancha que sus ojos se convirtieron en hendiduras [“slits”]. El corte, la raja, la hendidura, son distintas maneras de nombrar una misma cosa: el inconsciente como desgarro, como abertura que deja paso a otra escena, a una realidad imperceptible para  los sentidos.
         El coche es dorado. Dorado como los sueños de toda chica de quince años, incluso aunque se presente conducido por alguien que sin ninguna duda es inconveniente. Connie lo sabe. Por eso duda al principio, porque trata durante un rato de que la razón se imponga. Pero el sujeto nunca es razonable. Ese es el motivo por el cual toda esa basura y charlatanería de la autoayuda y la búsqueda de la felicidad es el credo al que nuestra época adhiere aunque resulte una estafa, y la gente se asombre de que una mujer se deje arrastrar hacia aquello que va a llevarla a la perdición, cuando es precisamente esa perdición lo que a ella le interesa. Porque al sujeto humano lo que más le interesa no es la felicidad. Incluso aunque la busque frenéticamente. Cuando más frenéticamente la busque, más seguro es de que hará lo que menos le convenga. En materia de amor, de sexo, de satisfacción, los seres humanos no suelen inclinarse hacia lo conveniente. Al menos no suelen inclinarse a lo que vulgarmente entendemos por eso. Tal vez sea necesario darle una alcance distinto al término “conveniencia”. Entonces podríamos ponernos de acuerdo. Sí, elegimos lo que conviene, siempre y cuando distingamos cuál es el sujeto al que esa elección le resulta conveniente. No es la persona, no es el sujeto razonante, no es el individuo que piensa. Porque Connie no es idiota, incluso está a punto de coger el teléfono y llamar a la policía. Pero sucumbe. Sucumbe a la voz. No es algo que le suceda solo a ella. Le pasa a mucha gente. Resulta notable el poder que una voz puede tener. Eso no tiene nada que ver con lo que se dice. Porque Arnold no dice nada interesante, salvo que lo sabe todo. No tiene el don de la adivinación. La acción transcurre en un lugar donde todos conocen a todos, y las tribus locales se transmiten la información. Arnold se ha encargado de informarse sobre aquello que le interesa en esa ocasión. Y le habla a Connie. No importa lo que le dice. Importa cómo lo dice. Importa el hecho de que no va a intentar convencerla de que salga, sino que va a hacerle sentir que ha llegado su hora. Que pude intentar lo que quiera, pero que ha llegado su hora. Él ha venido para llevarla. Ni siquiera va a emplear la violencia. Todos hemos visto esa famosa puerta mosquitero que hay en las casas sencillas americanas, esa puerta a la que se derriba de una simple patada. Pero Arnold sabe que no habrá necesidad de hacer eso. Su poder está en la voz, y en la mirada, pero sobre todo en la voz. La autora ha sabido elegir muy bien el momento del día en el que se desarrolla el desenlaces. A plena luz. El sol es deslumbrante, y las gafas espejadas de Arnold Friend la reflejan a ella. Como al principio del cuento. Ella se mira en el espejo de la mirada del Otro. No voy a detenerme en las frases, construidas magistralmente para hacernos sentir todos los matices de la voz de Arnold. Su voz es un rayo que va a doblegar toda voluntad, toda resistencia. Vemos eso todos los días. En las noticias. En la vida cotidiana. Una voz puede poner de rodillas a una mujer, también a un hombre, por supuesto, incluso a una nación entera.
         Ahora sabemos que, justamente en el instante que Connie aspira con todas sus fuerzas “el puro placer de estar viva”, su suerte está echada. Acaba de morir.

Gustavo Dessal