lunes, 20 de mayo de 2013

Reunión LITER-a-TULIA Junio

LITER-a-TULIA finalizará su 5º curso
con el relato del escritor Jack London titulado
La Hoguera


Un relato a caballo entre géneros
 en el que el maestro London, con una prosa fácil,
nos atrapa con su inquietante planteamiento.

Este es el enlace para su lectura:
http://www.cuentosinfin.com/la-hoguera/


Nos reuniremos el viernes, 14 de Junio, a las 18 horas
en Este o Este
Manuela Malasaña nº9
-Metro Bilbao-

miércoles, 1 de mayo de 2013

Graciela Sobral abre la tertulia sobre El ruido de un Trueno de Ray Bradbury

En primer lugar quisiera agradecer a Miguel Ángel, a Gustavo y a Alberto la invitación para abrir la tertulia de hoy, pero en particular a Alberto Estévez, que me insistió bastante y me ofreció esta pequeña joya.

Soy aficionada a la ciencia ficción, me gusta mucho Ray Bradbury, que es uno de los primeros autores de este género que he leído y no conocía este texto, así que me dispuse a su lectura como a un delicado festín, del que debía dar cuenta después con un comentario. Pero me encontré con un cuento que, de entrada, por lo menos, no es nada fácil de comentar. Su lectura aturde como el ruido de un trueno: algo real, sin sentido, amenazador, que produce desconcierto y congoja. Quedé anonadada, no sólo por la lectura en sí, que es muy impresionante, sino porque debía hablar sobre él y su efecto fue dejarme sin palabras.

Entonces recurrí a internet para informarme sobre el ruido del trueno, la teoría del caos y el efecto mariposa. Ray Bradbury, estudioso autodidacta, estaba muy al tanto de los avances científicos y escribió este cuento en 1952 (publicado finalmente en su libro Las doradas manzanas del sol). La teoría del caos aparece en los años 60, a partir de las investigaciones de un meteorólogo llamado Lorenz. O bien Bradbury se adelantó genialmente a estos estudios o bien estaba al tanto de ellos. En cualquier caso, pensó que el mundo cambiaría muchísimo en un siglo, ya que esta increíble historia transcurre en 2055. Estamos todavía lejos de semejantes adelantos científicos, o tal vez no, y no lo sabemos.

En primer lugar, se puede pensar que su relato es una especie de homenaje a esta investigación y que la utiliza como escenario para poner en juego una idea sencilla: el hombre, con el auxilio de la ciencia y de la técnica, cree que puede controlar y manipular, en nuestro caso, la naturaleza, el tiempo y la vida misma, pero los actos tienen consecuencias y éstas son incalculables aunque se intente tener todo bajo control. Por otra parte, sugiere la idea de que nuestro mundo podría haber sido, tranquilamente, otro. Algo tan aparentemente nimio como la vida de una mariposa puede cambiarlo todo.

¿Qué nos dice el cuento? Habla de la omnipotencia y, también, de la tontería del hombre relatando una historia mínima que nos llena de inquietud. El hombre construye y destruye su propio mundo, en muchas ocasiones, de la manera más banal.

La historia mínima tiene cinco personajes, de los cuales, dibuja el perfil de dos, o tres: Eckels, el cazador; Travis, su guía y Lesperance, que pertenece también a la compañía Safari. Ésta es una empresa que se dedica a organizar expediciones de caza muy particulares: mediante una especie de túnel del tiempo llevan a los cazadores a la época histórica en la que pueden encontrar el animal elegido, y les permiten capturar su presa, siendo éste un animal a punto de morir. Es decir, ofrecen la posibilidad de la caza de tal forma que es como si, en el registro de la historia, ese hecho no hubiera ocurrido, como si ese animal no hubiera sido asesinado, como si el hombre no hubiera intervenido allí de ninguna manera. Una especie de operación quirúrgica perversa. Sin embargo, la empresa sabe de su osadía. Al comienzo el oficial dice: “no garantizamos nada, excepto los dinosaurios.”

El ruido de un trueno

El trueno se desplaza mediante ondas explosivas (y no mediante ondas acústicas). Estas ondas explosivas son más rápidas que el sonido, y llegan desde un lugar remoto. Un trueno fuerte y brusco, que se oye inmediatamente después de la fulguración, es engendrado por una onda explosiva que aún no se ha destruido, que permanece viva, actuando en la distancia. El ruido del trueno puede alcanzar una cantidad de decibelios que lo sitúa en el umbral del dolor para el ser humano. Es decir, podemos pensar el ruido del trueno como la voz espantosa e insoportable de algo remoto y vivo.

Eckels

Eckels emprende su aventura después del tranquilizador triunfo del demócrata Keith sobre el tirano. Pero su pieza más preciada, el tyrannosaurus rex se transformará en su peor pesadilla y en su camino al horror y a la muerte.

El miedo de Eckels, por otra parte, es lo que va a agujerear la omnipotencia del proyecto. Eckels dice que no puede matar al tyrannosaurus, ¿se trata del encuentro con un límite? Entiendo que sí. En ese sentido Eckels  representa lo “humano”, es el que se divide frente al monstruo, el que teme, el que se equivoca, el que hace fracasar todo. Porque los otros participantes, más desdibujados en el relato, parece que pueden moverse en ese otro mundo como si no fuera “otro”, respetando las reglas, haciendo lo correcto. Por otro lado, si bien Eckels representa lo humano, representa lo peor de lo humano, lo más pusilánime, lo más mediocre.

Entonces, frente al hecho del encuentro con ese ser tan real, tan inasimilable, Eckels se asusta, aturdido sale fuera del camino que debía llevarlo a la Máquina y pisa la tierra prohibida. Al volver al presente, con barro en los zapatos y la mariposa muerta, descubre, con horror, que las cosas son distintas. Algo que llega rápidamente de un lugar remoto, afecta nuestro presente; algo sinsentido como un ruido amenazador. Pudo parecer que lo amenazador era la naturaleza: el rayo, el tiranosaurio, ¡hasta la misma mariposa! Efectivamente, hay algo incalculable y, por lo tanto, atemorizante, en la naturaleza que el hombre pretende dominar. Pero no se trata fundamentalmente de eso.

El monstruo (o el dios) que Eckels no pudo matar le reaparece, como una pesadilla, en el presente. Con la misma espantosa sorpresa que produce el ruido de un trueno, o la presencia de la bestia, encuentra un mundo distinto. La ortografía ha cambiado, las palabras se escriben de otra manera, lo que estaba escrito se reescribe. Él, con su desobediencia de las normas, con su miedo, ha reescrito la historia de la peor manera.

El texto dice, al final: “Eckels gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa con dedos temblorosos. - ¿No podríamos – se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina, - no podríamos llevarla allá, no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos…? No se movió. Con los ojos cerrados, esperó estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro, y apuntaba. El ruido de un trueno.”

Este párrafo me evocó algo que ya comenté en otra ocasión, en relación al cuento El rastro de tu sangre en la nieve, de Gabriel García Márquez. Eckels, en el último momento, pretende reparar la herida, pero la herida ya se ha producido, no se puede volver atrás ni aún disponiendo de la Máquina del Tiempo. Como he dicho más arriba, las consecuencias de los actos son incalculables e imborrables.

En este caso, el hombre pretende intervenir en la naturaleza, que es una metáfora de los orígenes, que es el comienzo de la historia, como si no lo hiciera, como si eso no tuviera consecuencias. Eckels quiere volver atrás y animar a la mariposa, para recuperar su mundo y su propia vida. Pero eso es imposible.

La maravillosa descripción que hace Bradbury del mundo prehistórico me recordó a la película Blade runner, sobre todo, al monólogo final del replicante Roy Batty, “hora de morir”, cuyas palabras forman parte de la historia del cine y de una poética. Dice: “Yo…he visto cosas que vosotros no creeríais… atacar naves en llamas más allá de Orión, he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.”

Cada momento de la vida, de la historia, se perderá en el tiempo como lágrimas en la lluvia, salvo que alguien pueda contarlo, escribirlo, hacerlo trascender. Ambos, Eckels y Roy Batty, vieron mundos imposibles, el pasado y el futuro. Eckels no es un replicante, es un ser vivo. Pero él no tiene la dignidad ni la grandeza final del replicante, él no vio nada de todo lo que hubiera podido ver. Estuvo en otro mundo, ciegamente, buscando un objeto, una pieza más, la más importante de su colección y cuando vio algo, se horrorizó. Ceguera y miedo. Ambos mueren. Uno, arrepentido, culpable y, a la vez, sin entender nada. Al otro, al replicante, le llega la hora de morir pero antes tiene algo que decir. Sin ser humano, no pasó por este mundo en balde. Cierra un ciclo, puede dar cuenta de algo.

Para concluir este breve comentario quisiera comentar cierta semejanza estructural entre lo que ocurre en el cuento y el psicoanálisis.

La experiencia analítica nos enseña que “volver” al pasado, pensarlo, repensar los acontecimientos y nuestro lugar en ellos, cambia el presente (porque nos permite ver y experimentar las cosas de otra manera) y permite abordar el futuro desde otro punto de vista. Aunque ya no se trata del “efecto mariposa” sino de la lógica del inconsciente y del dispositivo analítico. Poder ver la propia historia desde otro punto de vista cambia el futuro. Aunque, evidentemente, no se trata de la experiencia siniestra que relata nuestro cuento.

Graciela Sobral

Comentario al cuento "El ruido de un trueno", de Ray Bradbury, por Alberto Estévez

Nuestro planeta es un lugar excepcional para la Ciencia; reúne una serie de condiciones que han favorecido la aparición de eso que conocemos como “la vida”, y digo excepcional porque este hecho no es tan común, el conocimiento científico explorando hasta los confines de un universo en expansión no ha podido aportar pruebas de otros lugares en los que se dé este misterioso hecho que es la existencia de seres con vida propia.

Posiblemente, decir vida propia sea un exceso, ya que ésta solo es concebible en un sistema que ha favorecido su surgimiento; por tanto, decir que la vida nos pertenece no hay duda que es un hecho de lenguaje,  porque por mucho que seamos seres de palabra estamos constituidos también por la materia de la que está hecho nuestro planeta, somos naturaleza, y aunque la potencia simbólica del lenguaje consiga atravesarla desnaturalizándola en nuestros cuerpos, afortunadamente el lenguaje no liquida nuestra vida, ahora bien, esa parte de vida late por fuera de ningún orden establecido.

Cuando hablamos de naturaleza tendemos a decir muchas cosas, por ejemplo, decimos que la naturaleza es caprichosa. Nos gusta decir eso a falta de un significado que nos explique el porqué de algunos fenómenos naturales que suceden sin posibilidad de control, contamos los segundos entre el impresionante resplandor del rayo y el estallido del trueno para saber qué lejos se encuentra de nosotros la tormenta, y así, por muy fuerte que éste pueda atronar nos decimos, a ver, …5,…6 segundos, por 340m/s: ah, bien, está a más de 2 kms, no hay peligro.

Bueno, no quiero asustarlos, pero sí hay peligro. Esta misma semana escuché la noticia de un muchacho que había recibido la descarga de un rayo en 5 ocasiones, si bien las dos primeras distaban en el tiempo, las otras tres sucedieron en el espacio de breves minutos, le cayeron 3 rayos seguidos. Claro, como somos seres de lenguaje empecé a pensar que quizá este pobre hombre se dedicaría a algo en relación al metal y que siempre la tormenta lo pilló trabajando, o puede que sus niveles de ferritina en sangre fueran extraordinariamente elevados, no es tan extraño, y su propio organismo atrajera la electricidad como un imán. No dijeron nada de eso en la noticia y acabé pensando, la naturaleza es caprichosa, y sobre todo la del hombre, la de este hombre, porque había sobrevivido a todas las descargas.

El tema de la naturaleza es recurrente en la literatura, mucho más de lo que en un principio podríamos pensar; este curso la naturaleza ha sido protagonista en al menos la mitad de las obras que llevamos comentadas; El Informe de Brodeck, El Mapa y el Territorio y El río del Edén son claro ejemplo, sin olvidar el terremoto que sacude a nuestro ruletista al final de la obra. Y hoy, el ruido de un trueno.

La literatura es depositaria de aquella preocupación e inquietud que la naturaleza y sus manifestaciones producían en los hombres de la prehistoria, y Bradbury recoge este testigo para aplicarle su maestría y así contar una historia que nos enfrente al misterio que supone estar vivos, poniendo en tensión lo real que la vida supone con la acción de la ciencia, o si prefieren con el intento de cernir dicho real, explicarlo y acotarlo, dominarlo en suma. En mi lectura esto está presente desde el inicio del relato, en el que el autor establece las condiciones sobre las que la trama se desarrollará colocando los raíles para que el vagón comience a deslizarse. La flema tibia, la pregunta por si regresará vivo están desde el mismo comienzo; ¿hay garantías? NO GARANTIZAMOS NADA, le dicen, pero el texto exceptúa que de algo sí podemos estar seguros por su carácter inexorable, la muerte es la única compañera fiel del hombre, y ni siquiera una máquina del tiempo que lo lleve de regreso hasta la semilla, podrá librarlo de ella.

Seguramente la mayoría de ustedes conozcan el famoso apólogo llamado “El gesto de la muerte”. Parece ser que procede de la literatura judeo-talmúdica del siglo VI y también está presente en la tradición musulmana sufí de los siglos posteriores. Tiene múltiples versiones, se conoce también como “Cita en Luz”, “Salomon y Azrael”, “El jardinero de la muerte” o “Cita en Samarkanda” entre otras. Es muy breve, les cuento la versión que yo conozco: un criado acude al mercado a comprar y se encuentra con la muerte, cruzan sus miradas y el criado regresa despavorido a casa de su señor para contarle que vio a la muerte esa mañana en el mercado, y le pide un caballo para salir de viaje de inmediato porque al haber encontrado su mirada quizá la muerte haya venido a buscarle, huirá lejos, se irá a Samarkanda para que la muerte no pueda encontrarle. Su señor que lo ve aterrado le concede su permiso y el criado parte al instante, pero el señor siente curiosidad y encamina sus pasos al mercado, donde efectivamente, se encuentra con la muerte a la que se queda mirando muy fijamente, la muerte que lo nota se acerca al señor a preguntarle por qué la está mirando de ese modo, entonces él pregunta -¿eres la muerte? –Sí, ¿por qué lo preguntas? –No podía creerlo, mi criado dijo haberte visto y vino muy impresionado a la casa para contármelo. A lo que la muerte contestó –Sí, a mí también me sorprendió verlo aquí, porque tengo esta noche una cita con él en Samarkanda.

Se dice de este apólogo que busca narrar la lucha entre la vida y la muerte, yo no estoy tan seguro que exista tal lucha, más bien me parece que podemos extraer ese carácter de inexorabilidad que la muerte supone como único destino seguro para el ser vivo, y el apólogo, que efectivamente componemos con palabras, es un intento de simbolizar algo que no se presta a ello, algo que insiste en su opacidad, y que cuando utilizamos una manera menos poética que la que este apólogo nos brinda designamos con el consabido “la naturaleza es caprichosa”, a lo que ese amigo ocurrente que todos tenemos podría apostillar: “y si no que se lo pregunten al hombre del tiempo”.

¿Qué cosa más absurda pone en relación Bradbury, no? Un safari y una máquina del tiempo, uno imagina multitud de aplicaciones apasionantes para una máquina del tiempo que no un safari, casi hasta por cómo está redactado el cartel, parece un poco para tontos, aunque entiendo que alguien podría objetarme que el tonto soy yo al no darme cuenta de las ventajas que tendría evitar desplazamientos a hurtadillas hasta Botswana para matar elefantes, se sube uno a esta máquina y listo.

La ciencia siempre ha tenido ese afán más o menos velado de oponerse a algo que es real; la vida es breve para los que están vivos como nos dice Bradbury; ¿qué animales vivían mucho tiempo?, muy pocos. La ciencia se enfrenta a un abismo insondable que el texto expresa, la jungla era alta y la jungla era ancha, los sonidos que llenan el aire y todo tipo de criaturas nacidas del delirio de una noche febril, llena de gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros. Frente a esta inmensidad inconmensurable la ciencia no puede más que oponer un estrecho sendero, un estrecho sendero frente a la pesadilla.

Este sendero, de límites muy reducidos, es el camino que nos depara el cientificismo, un camino por el que debemos deambular todos, todos por el mismo, sin considerar las diferencias que nos distinguen, todos bajo el mismo mandato: NO SE SALGA DEL SENDERO. Y a esto se le suma, Bradbury no se lo deja en el tintero, la falta de posicionamiento ético: si le pasa algo no somos responsables. Comprobamos que no hace falta esperar hasta 2055 para ver cómo se ha impuesto en nuestros días este modelo, cada vez que firmamos nuestro consentimiento a una prueba o a una intervención médica exoneramos al médico de su responsabilidad, efectivamente doctor, usted no es el responsable, soy yo como testimonia mi propia firma. No es extraño que al vernos en esa situación nos sintamos como el protagonista del relato, y cuando leemos en el papel todos los riesgos a los que estamos expuestos a causa de lo que nos tienen que hacer podemos llegar a repetir palabra por palabra lo mismo que dice el personaje del cuento; ¿tratan de asustarme? No, usted haga lo que le digo, siga por el sendero sin salirse.

Los límites de ese sendero se han ido configurando a lo largo de la historia de la ciencia. En la rama que encarna la física fue revolucionario el cambio que supuso pasar del determinismo científico a un entorno más próximo al carácter probabilístico del Principio de Incertidumbre, formulado por Werner Heisenberg en 1927. Fue el paso de un pretendido conocimiento absolutamente preciso al registro de cierta indeterminación, la indeterminación que afecta a la expedición y que hace imposible predecir si volverán con vida.

Posteriores a todo esto y casi llegando hasta nuestros días, y evidentemente fruto de la formulación del principio de Heisenberg, aparecieron los desarrollos de la teoría del caos, el pionero de dichos desarrollos fue Edward Lorenz, fallecido hace pocos años. Él fue quien acuñó el término efecto Mariposa para designar lo que ocurría en ciertos sistemas dinámicos muy sensibles a las variaciones en sus condiciones iniciales. Sin entrar a la complejidad que todo esto implica porque mis propias limitaciones me lo impiden, lo cierto es que tanto la teoría del caos como el efecto mariposa están mucho más próximos a nuestro día a día de lo que en un principio pudiéramos pensar. Los desarrollos de la teoría del caos inspiran las previsiones meteorológicas, no siempre con gran fortuna, ya saben que la naturaleza es caprichosa, y el efecto mariposa ha sido muy explorado en el cine, quizá el ejemplo más popular, a parte de aquel episodio en el que Homer Simpson cambia el futuro al matar un insecto en la prehistoria, sea la película Babel, en la que varias tramas se afectan unas a otras aunque sus personajes viven en puntos muy distantes del globo.

Pero una máquina del tiempo, una verdadera máquina del tiempo le hace pensar a uno si estamos definitivamente sentenciados a no saber nada de esa inmensidad, si no hay posibilidad alguna de entender este condenado misterio que llamamos vida, que nos rodea por doquier y del que formamos parte en tanto materia orgánica viva. Una máquina del tiempo para hacer posible volver atrás y empezar de nuevo, para poder conjurar la muerte en su paso implacable y volver a vivir otra vez, una máquina que tuviera la facultad de resucitar a una pequeña mariposa.

Alberto Estévez

Miguel Ángel Alonso comenta El Ruido de un Trueno, de Ray Bradbury

El goce y el mal desprecian la gramática.

El ruido de un trueno es un texto que, por su atinada intuición, atraviesa los años sin perder nada de su vigencia en cuanto a su pensamiento. Fue publicado en 1952 –tiempo conocido como “la era atómica”— pocos años después del lanzamiento de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaky. Intuyó en la persona de su protagonista Eckels, y de forma clarividente, la infinita servidumbre de los seres humanos a los productos de la ciencia y la tecnología, más concretamente, a los objetos técnicos. Pero, a la vez, intuyó la devaluación que, paralelamente, iría sufriendo lo que hasta el momento es esencial en la vida de los sujetos: el lenguaje y sus productos, a saber, las lenguas y sus gramáticas.

No se trata de erigirse en detractores de los objetos técnicos y de los avances científicos, pues ellos resultan
ya indispensables para nuestra vida y para nuestro bienestar, pero sí se trata de indagar, según nos muestra el relato de Bradbury, la tensión entre la gramática, como orden de lo humano que sitúa a los sujetos en el mundo, y una vertiente problemática de estos productos técnicos, la promesa falaz que trasladan de felicidad y de goce pleno.  
En este sentido, resulta significativa y paradigmática la propuesta del safari, además de la teatralidad y gestualidad de Eckels, el protagonista. Es necesario, no sólo leer ese comienzo fulminante del relato, sino oírlo, escuchar su sonido. El cartel anuncia el safari:

SAFARI EN EL TIEMPO S.A. SAFARIS A CUALQUIER AÑO DEL PASADO. USTED ELIGE EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEVAMOS ALLÍ, USTED LO MATA”.

Tratándose de un safari, la cuestión ni siquiera es la caza, sino “matar”. Con esa potencia suena ese “usted lo mata”, sobre todo si seguimos leyendo y escuchando lo que sigue:

Una flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del escritorio”.

Toda una teatralidad acompañada de una gestualidad orgiástica, orgasmática, a la que el dinero añade un tinte totalmente lascivo. Es decir, estamos ante una inequívoca escena de goce pleno que se fantasea alrededor de la utilización del objeto técnico y del hecho de “matar” a un dinosaurio. Eckels se muestra como un personaje totalmente embelesado por ese objeto técnico que es la máquina del tiempo, y encarnando una expectativa de satisfacción sin límites.  

Pero hay que discernir de lo que se trata. Por parte de la ciencia y la tecnología, no de otra cosa que del afán de poder y dominio sobre la naturaleza y sobre el sujeto, y dominio del tiempo y del espacio. Por parte de Eckels, de una servidumbre a ese poder y a sus objetos a cambio de una promesa de felicidad y goce plenos. Éste sería el goce en su vertiente de servidumbre, un goce adictivo. 

Las preguntas surgen a raudales: ¿Qué hay detrás de esas promesas que, ciertamente, cada día comprobamos que actúan en detrimento de lo simbólico?, ¿qué hay detrás de esas promesas que, en gran medida, no hacen más que silenciar a los sujetos y asimilarlos a una especie de autismo?, ¿qué hay detrás de una seducción tecnológica que llega hasta a corromper el entramado político e institucional?, ¿quiénes son esos “Hombres fuertes”, esos “hombres con agallas” de los que habla el relato, situados como portavoces “políticos” de esos afanes?

Todas estas preguntas confluyen en una sola respuesta. En realidad, todo se traduce en el intento de desarraigar al ser humano de su terreno simbólico y arrastrarlo hacia el terreno del goce, como estrategia infalible de aquellos “hombres fuertes y con agallas” para afianzar el poder y el dominio. Es una cuestión de perversión “política”, o lo que es lo mismo, el goce en su vertiente de mal.

El desarraigo es uno de los aspectos esenciales que El Ruido de un trueno nos muestra. Eckels se sitúa por fuera de una realidad propiamente humana. Ya no vive en un mundo simbólico en el que, por todas partes, surgen barreras imposibles de traspasar, sino que se ve trasladado hacia un escenario sin límites de tiempo y espacio, sin límites de goce, en el que el mundo mismo se convierte en un juguete, en un objeto técnico para seducir al hombre. Ese es el espíritu que Bradbury intuyó para un futuro que, incluso, llegó a ser también parte de su propio presente, pues hace poco tiempo que se produjo su fallecimiento.

Son enormes las evocaciones que el relato de Bradbury tiene con un texto filosófico, Serenidad de Heidegger, donde se plantean, en la introducción, los problemas nuevos que se vislumbraban al albor del apogeo científico-técnico de la época. Surgen ahora las mismas preguntas que Heidegger se hacía en el año 1955, casualmente la misma era atómica en la que Bradbury escribe y publica El ruido de un trueno. Ante la irresponsabilidad del mundo científico por las consecuencias que puedan derivarse de sus inventos, o por el mal uso que se haga de ellos, ante la fascinación que el individuo, en general, siente por esos avances, ante el desarraigo al que ese sujeto se ve arrastrado por el poder de lo científico, ¿podremos conservar un escenario propio al que sigamos llamando humano?, ¿podremos incluso seguir llamándonos humanos ante las enormes transformaciones que la ciencia produce en lo real del sujeto y del mundo, o en lo que Heidegger llamaba su sustancia vital?, ¿no se está produciendo una agresión irresponsable contra la misma vida y contra lo esencial de la humanidad?, ¿no estamos asistiendo a una auténtica transformación del mundo?, ¿estamos preparados para esas transformaciones?

A juzgar por la gramática y las consecuencias políticas que Bradbury deja ver en el final del relato, parece que no estamos preparados para estas transformaciones tan radicales. Yo me adhiero a esa creencia. ¿Quo vadis humanidad?, parece sugerir ese anuncio del final, con su nueva forma de expresión, ni siquiera gramática, verdaderamente precarizada por el empuje insoslayable de un goce que sólo los canallas pueden ofrecer como plenitud para los sujetos:

SEFARI EN EL TIEMPO. S. A. SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO USTE NOMBRA EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEBAMOS AYI. USTE LO MATA”. 

Este anuncio es, todavía, un paso intermedio hacia la garantía de un silencio patológico, hacia la gramática de un mundo en el que los políticos desaparecerán, donde la política ya no sería ni un recuerdo, este anuncio es la señal de abandono de las raíces, una gramática del ruido, de la confusión y de la prepotencia.  

Por eso resulta descorazonador, en la época actual, escuchar a hombres de letras, a poetas, a artistas, a muchos de los que deberían de ser garantes, guardianes, preservadores apasionados de lo simbólico, de la gramática como posibilidad para el orden humano, resulta descorazonador, digo, escuchar, entreverados entre sus discursos, su rendición a la falacia de que todo lo humano es susceptible de ser exprimido por la neurología, la biología, la química, la genética, etc. No sé si esto será cierto o no, pero de lo que no me cabe duda es que si esta apuesta acaba finalmente triunfando, los rebaños de iguales, los rebaños de autómatas y obedientes, los restos carnales de algo que un día se llamó ser humano con sus singularidades individuales, dejarán de caminar por la palabra para dirigirse, con su infinita servidumbre, hacia la estupidez de lo que todavía hoy es una distopía, Fahrenheit 451. ¿Hasta cuando lo seguirá siendo?

Lean la introducción a Serenidad de Heidegger, verán cuántos ecos encuentran con El ruido de un trueno de Bradbury. Allí se propone el pensamiento meditativo frente al pensamiento calculador y planificador; allí se trata, no de la servidumbre en relación al objeto técnico, sino de servirse de él. En definitiva, tanto en la proposición implícita de Bradbury, como en Serenidad, como aquí –en el mundo humano que todavía, a duras penas conservamos— se trata de ser gramáticos, no analfabetos. 

Miguel Alonso  

Gustavo Dessal comenta El ruido de un Trueno, de Ray Bradbury


Cuando Bradbury publicó este cuento en 1952, todavía no se había acuñado la expresión "efecto mariposa" creada por el matemático Lorenz, padre de la teoría del caos.

El relato es de tal magnitud metafísica que su análisis puede ser enfocado desde múltiples perspectivas. Por una parte tenemos el misterio del tiempo. Lo que en el cuento se nos propone como ficción constituye también un problema físico matemático. La idea de un tiempo lineal se ve desbordada por la posibilidad de que el tiempo posea varias dimensiones, cuyas trayectorias no sigan el modelo de la flecha. Por otra parte, tenemos la cuestión apasionante de la causalidad. La teoría del caos, en la que se puede situar la trama del cuento, considera que ciertos sistemas están gobernados por un determinismo absoluto y que una alteración imperceptible en las etapas iniciales de un proceso físico puede adquirir proporciones gigantescas en los efectos posteriores. Travis, el guía jefe, lo explica muy bien con el ejemplo del ratón aplastado.

Lo que Bradbury nos propone es una profunda interrogación sobre cómo concebimos la causalidad. Lo que ha sido responde a una sucesión de acontecimientos contingentes que en una lectura retroactiva los consideramos necesarios. Pero todo podría ser de otra manera por la sencilla razón de que no hay posibilidad de saber a priori en qué momento vamos a pisar o no al ratón y cambiar el curso de las cosas. En cierto modo, podemos incluso pensar que Hitler no era necesario, que podría no haber nacido, que la historia responde a la teoría del caos, y por lo tanto cualquier predicción es imposible a largo plazo.

Pero lo más interesante es que Bradbury nos plasme toda esta cuestión radicalmente compleja a través de un sujeto. Lo asombroso es la decisión que toma el autor al cargar sobre la espalda de un solo hombre (Eckels) el terrible peso de la historia. Aquí es donde a mi juicio el relato se aparta de su formato de ciencia ficción (un género con el que el propio Bradbury nunca se sintió del todo identificado) para convertirse en una fábula moral.

Eckels no es cualquier hombre. Su cobardía no radica exactamente en el hecho de quedar paralizado ante la aparición del monstruo, sino en creer que el dinero podía ser un modo de compensar su irresponsabilidad. La historia del mundo, que se nos muestra por una parte como un encadenamiento de microscópicas contingencias enlazadas hasta formar una trama causal imprevisible, tiene su reverso en la decisión humana de tomar uno u otro camino. La elección es el contrapunto de la fatalidad, y el Destino de un hombre es el modo como procede frente a lo imposible. Por eso me parece que toda la obra de Bradbury está atravesada por una posición ética que puede resumirse del siguiente modo: nuestras acciones no se miden solo por sus consecuencias inmediatas, sino por su proyección en el concurso general de nuestra vida. Eckels no es, sin duda, culpable de que un tirano se haya apropiado del poder. Pero la suma de todas las pequeñas dimisiones puede terminar convirtiéndose en una catástrofe devastadora. De allí que la falta de Eckels sea imperdonable, y que el relato se convierta en el paradigma de todos aquellos momentos de la historia en los que la cobardía acaba por abrir la puerta a la llamada del mal. Hay un guiño evidente de Bradbury al hacer que el Tyranosaurius Rex reaparezca sesenta millones de años más tarde en la forma del tirano Deutscher.

Bradbury pertenece a la tradición de los pensadores consecuencialistas, los que sostienen una ética que no se basa en la universalidad de la ley moral, sino en las consecuencias de nuestros actos y nuestra responsabilidad más allá de las buenas o malas intenciones subyacentes. Esta temática ha sido muy trabajada por el autor, que en algunos de sus cuentos ha llevado la cuestión de la responsabilidad moral incluso al terreno de la infancia, mostrando que también allí existen actos que son inapelables. Recomiendo al respecto muy especialmente All summer in a day (Todo el verano en un día), donde indaga de forma magistral en la terrible crueldad que los niños pueden ejercer.

Gustavo Dessal

Una cuestión ética: ¿Qué hacer con el resto? Comentario de Graciela Kasanetz al cuento El ruido de un trueno, de Ray Bradbury


Realmente, como me ocurre muchas veces, me surge un comentario a raíz de lo que se dice en la tertulia. El lema y la propaganda del safari vienen a decir: nosotros lo llevamos, usted lo mata. Es lo que hace que la responsabilidad no recaiga sobre quienes hacen el ofrecimiento, sobre quienes organizan el safari. La ciencia te lleva, si tú la usas, es asunto tuyo.

Esto me hizo pensar que Bradbury tiene una posición muy lacaniana. Hay una palabra que no se nombró, pero está todo el tiempo en el relato: el resto. ¿Qué hacer con el resto, con el resto que deja el pasado, con el resto que nos mueve, con el resto de lo que imaginamos como futuro? En ese punto dice: cuidado porque el tiranosaurio rex es muy voraz. La bestia sin palabras es muy voraz. Y produce el ruido de un trueno.
Pero, ¿quiénes son los voraces?

Todo es posible por dinero, por ejemplo, la orgía de matar al Tiranosaurio por diez mil dólares. Y parece que pretenden  que esto, limpiamente, no deje resto: nosotros lo llevamos, usted lo mata, (tiene que matar al animal que previamente han designado porque iba a morir en unos segundos). En lo que dice aquí, como en muchísimas otras ocasiones, Bradbury se adelanta al futuro. Me hizo recordar el premio World  Press Foto de hace unos años, aquel niño retratado, un niño que se está cayendo, casi un bebé, con el buitre detrás, y el fotógrafo – que luego de unos años se suicidó— sacando la foto y ganando el premio con ella. Cuando le preguntaron por qué no hizo nada para evitar esa situación problemática del niño, dijo que el niño igualmente iba a morir unos segundos después, unos minutos después. Como si el “cómo”, que es el punto ético en el que uno puede asumir o dimitir, no tuviera ninguna importancia. No puedo recordar cómo se llamaba la película en la que aparece un reportero gráfico de guerra que va yendo de lugar en lugar y le muestran cómo fusilan a alguien. Entonces, ese reportero, ese fotógrafo dice: soy culpable porque ese hombre ha muerto para que yo saque la fotografía.

Hay que pensar que no es ninguna casualidad que la estupidez de un rex, a lo mejor tiranosaurio por lo desfasado que está —y esta es opinión mía— la institución rex (el rey español y su foto con el elefante abatido) necesitó la foto. Porque no se trata tan sólo de matar, sino que hace falta mostrar que se tiene el placer  y  el derecho a hacer eso, a matar. Me parece que el tema es ético: qué hacer con el resto que, sin duda, lo queramos o no, anima nuestros actos y además sigue estando allí, no  hay ningún simbólico de la ciencia que lo pueda cercar por completo.

Siempre hay un resto. Y ese resto hay que tratarlo desde la responsabilidad de cada uno. El mundo moderno, en relación con los diez mil dólares, me recordaba que una de las cosas que admitimos como normales es que, en el civilizadísimos mundo en el que estamos, hay unos países ricos que generan más basura nuclear y que compran, porque tienen dinero para hacerlo, las cuotas para generar basura nuclear, cuotas que corresponden a países pobres. Y se trata además de no ver qué restos generamos. ¿No estamos cada vez más con el objeto técnico que caduca inmediatamente y que deja un resto contaminante en la tierra? Pues el tema es que no pensemos en el resto. El asunto es que podemos seguir consumiendo y pensar que el coltán de nuestros móviles no tiene nada que ver con las muertes en las guerras. 

Graciela Kasanetz

lunes, 29 de abril de 2013

El ruido de un trueno, de Ray Bradbury. Comentario de Candela Dessal

Recuerdo que cuando era una niña mi padre me contó una historia:

Érase una vez un humilde campesino que transportaba leña para venderla en la ciudad. Ese día, el azar le empujó a desviarse de su camino habitual para probar un posible atajo. Mientras atravesaba el ignoto camino escuchó unos gritos de auxilio y siguió el rastro del sonido hasta alcanzar su origen: en el medio del solitario paraje un pozo; en el fondo del pozo, un niño se ahogaba. El campesino presuroso rescató al niño y lo llevó a su hogar, pero dicho hogar resultó ser la propiedad del riquísimo duque de Marlborough, quien insistió en recompensar al campesino por su proeza con una caudalosa suma. El campesino rehusó, pero ante la insistencia del duque, aceptó como retribución que sufragara los estudios de su hijo, para que éste tuviera la oportunidad de ir a la universidad. Hasta aquí, sólo una historia; pero esta historia desemboca en una poderosa moraleja sobre el azar y sus designios: el hijo del duque resultó ser Winston Churchill, y el del campesino, Alexander Fleming.

No se ha podido demostrar la veracidad de esta historia, pero para el caso da qué pensar. ¿Qué hubiera pasado si la noche en que Alois y Klara Hitler concibieron al pequeño Adolf ella hubiera dicho “esta noche no, cariño”? A primera vista parece una reflexión fútil, tan insustancial como el aleteo de una mariposa, una mariposa “brillante, verde, y dorada, y negra”, y sin embargo, nos introduce en el escalofriante mundo del verbo ser y sus posibles conjugaciones: “pudiera haber sido”, “pudiera no haber sido”, pero  “fue”, pero “es”, o “no fue” y ya “no será”. Es en ese punto en el que empezamos a perder el control de nuestra vida, de La vida, y nos preguntamos, como hizo Heidegger: “¿por qué hay ser y no más bien nada?”

Al sumergirnos en el milagro del ser (que nos remite directamente al terror del no ser y la muerte) es inevitable confirmar cuán errado está el ser humano, cómo dos conceptos que determinan su existencia, la “pulsión de muerte” y la “voluntad de poder”, han logrado distanciarlo tantísimo del verdadero ser de su existencia: el aleteo de una mariposa. Gracias a su gran genio, y a la extraordinaria metáfora del ser y del tiempo que se dibuja en “El ruido de un trueno”, Ray Bradbury hace resurgir el enigma que dio a luz a la filosofía, y nos recuerda cuán fortuita e insignificante es nuestra existencia particular, y aún así, lo difícil que es escapar a su mezquindad. 

Candela Dessal

lunes, 22 de abril de 2013

CUANDO UNA VERDAD ADQUIERE ESTRUCTURA DE FICCIÓN. Por Viviana Rosenzwit



Yo siempre aconsejé a mis estudiantes que si un libro les aburre, lo dejen; que no lo lean porque es famoso, ni porque es moderno, ni porque es antiguo: la lectura es una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz
Jorge Luis Borges


Por esta vez, sepan disculpar la autorreferencia. Un simple recurso que se aplica frente a la alusión. Pero eso viene después:
Suelo leer mucho. Cada novedad que pasa por mis manos es blanco de mi mirada. O me desvío leyendo textos para las búsquedas bibliográficas que me solicitan. O cuando acomodo los libros y las revistas en los estantes de las bibliotecas me entusiasmo más de la cuenta. O los trabajos inéditos de los autores que me consultan y otro tanto de las editoriales para las que trabajo, los libros que me envían de regalo, los comentarios de libros que otros escriben. Leo y releo a Freud, Lacan y algunos otros autores que siempre me acompañan y podría seguir enumerando oportunidades para leer. Quienes trabajan en el mundo del libro sabrán de inmediato a qué me refiero.
Seguramente en estos años he desarrollado ciertas mañas funcionales al trabajo, pero que a la vez me convierten en un lector menos desprevenido. Debo tener en cuenta ciertas variables de estilo, de contexto, el marco teórico, plantearme a qué público se dirige la obra, revisar citas, notas al pie y muchas veces hasta establecer cambios de formas y contenidos de los textos para que luzcan más atractivos, interesantes y legibles.
Me gusta leer, aventurarme cada vez y no hay ningún secreto en eso. Pues leer es tener los ojos abiertos al mundo, con una mirada ancha que regala siempre el enigma de lo inconcluso. Una pequeña anécdota me viene a la memoria: hace tiempo hablando del deseo y de los libros, alguien en tono de humor me sugirió: Tendrías que poner un pasacalle que diga: “Yo ♥ objeto libro”. ¿Quién les dice que este trabajo no lo sea? Un pasacalle con un tinte más privado que propicia la circulación del deseo a través del leer.
Era un domingo a la tarde, un clima de pausa circulaba por mi casa. Me senté frente al escritorio como tantas veces a leer una novela: Muerde Muertos.
El libro me lo había regalado uno de sus autores, mi amigo Carlos Marcos, quien agregó algún comentario al pasar que, ahora percibo, no escuché a tiempo.
La trama se mueve en un género epistolar que desde el inicio me resultó muy atractivo. En un tono intimista que torna innecesarias las largas descripciones se nos presenta Blaise, un bibliotecario retirado que vive en Buenos Aires y se define como bibliómano o, mejor, como una “peregrina rata alada”. Durante años ha acumulado libros, unos tras otros hasta que dio con la noticia de que un antepasado de su familia había escrito un libro tan extraño como inhallable, que no formaba parte de ningún catálogo, ni colecciones, ni bibliotecas. El libro de sus desvelos era el Tratado teórico del oficio de muerde muertos. Los “muerde muertos” parecen contar con la habilidad de volver a la vida a ciertos muertos a través de un ritual. ¿Una simple ilusión? Tal vez, pero vale la pena ir por ella.
Su primera carta habrá llegado a destino porque un tal Jesús desde Salamanca le responde. En el transcurso de la lectura se entera que su hermano, a quien ha buscado durante mucho tiempo, ha muerto.
Mientras avanzaba en la novela podía captar ciertos guiños dirigidos a quienes estamos en contacto con los libros, las bibliotecas, buscar bibliografía, escribir, leer, locuras librescas que atrapaban mi atención.
¡Y qué bien describe Jesús lo que justo ahora siento!:

En algún tiempo escribía mucho y todo surgía con fluidez. No estaba como ahora dando vueltas y vueltas a las frases, estrujando papeles, y haciendo uno, dos y hasta tres borradores...”.

Me levanto: Tantas horas sentada me generan mucho cansancio; paradojas del cuerpo quizás. Voy hacia a la cocina, me hago un té de frutos rojos y me dispongo a entrar en la recta final de la historia. Ya caía la tarde y se iba terminando la tranquilidad a mi alrededor. Pero había algo que me invitaba a seguir leyendo, y descubrir el desenlace de los muerde muertos.
Así llego a la última carta de Blaise:

El tiempo había pasado y continúa pasando, pero ya no importa. Era la fragilidad de esa noche la que nos tenía reunidos en la propia fragilidad que duele hasta lo imposible. Nuestras tinieblas se deshilachaban en una orgía atormentada y lastimosa...
Llegaban todos aquellos que nacieron entre libros. Sus piernas eran de papel y sus brazos de coceduras. Traían el lomo curvado, el cuero un poco ajado y aún se les podía leer algo del antiguo dorado en los rostros. Estaban todos aquellos que se marean con alguna antigüedad, los que desconfían de la literatura de moda, los que lloran, transpiran y eyaculan tinta. Todos ellos, los bibliófilos que simulan porque creen que así serán aceptados entre los demás seres humanos, todos ellos venían a nosotros: ... los hermanos Marcos, Perrot, Henschel, Marcelo Cao, la Vivilibros, Mica,... todos... todos los que recuerdo y los que he olvidado, todos, todos aunque lo nieguen han estado allí....
En la nada y en silencio nos retiramos entendiendo que las cualidades que hacían especiales a estas personas, esas características que los hacían resplandecer en la vida cotidiana, el aura que transportaba su nombre y su presencia algún día se volverían invisibles. Perdida la esperanza de cada uno, todos quedaríamos solos. Nada.

Uno entre esos personajes me sonó extrañamente familiar, volví sobre ellos, volví sobre el texto. ¿Abría leído bien?, ¿quién (¿cuál otra?) era la Vivilibros? Un personaje que me rozaba de cerca, ¡qué extraña sensación de golpe encontrarme con un personaje de mi misma! ¿Esa también soy yo? ¿Quién soy yo? ¿Viviana o la Vivilibros? ¿Aquella que estaba leyendo la novela o la que gozaba entre los hilos de la historia? De un texto no hay más sujeto que el lector, ya que el autor queda fragmentado en su historia, en el relato, convirtiéndose en causa. Entonces, me pregunto: ¿ficción o realidad?, ¿sujeto o personaje?, ¿vida o muerte?, ¿de qué realidad estamos hablando?, ¿existe una realidad que excluye al sujeto o la realidad se construye a partir de él?

 “Los muerde muertos no estamos para revivir a nadie... estamos para hacer hablar a los muertos y también para la ingrata tarea de callarlos cuando es necesario...”.

Los lectores estamos para dar vida a aquellos personajes que transitan por las narraciones. Un lector que se deja atrapar por ese mundo ficcional que entra a través de sus ojos. La lectura es una de las formas de la felicidad. Entrecruzamientos donde, más que nunca, la ficción tiene estructura de verdad.

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Nota: El libro de referencia es Muerde muertos (quién alimenta a quién...) de Carlos Marcos, José María Marcos editado por la editorial Muerde Muertos, Buenos Aires, 2012.

martes, 16 de abril de 2013

Reunión LITER-a-TULIA Mayo

En nuestra próxima reunión
comentaremos la novela de W.G. Sebald
Austerlitz


"Sebald es el Joyce del siglo XXI. Su narración de la odisea de un hombre
a través de los años oscuros de la historia europea
-la síntesis de un canon de pensamiento y literatura occidental-
es una de las obras más conmovedoras y verdaderas
del mundo desde la posguerra" (The Times)

Nos reuniremos el viernes 10 de Mayo a las 18 horas
en Este o Este -Manuela Malasaña 9-
Metro Bilbao


www.liter-a-tulia.blogspot.com

domingo, 14 de abril de 2013

Acerca de José Luis Sanpedro, por Mª José Martínez

Lo conocí hace muchos años cuando vino a dar una charla a la ONG “Nosotras Mismas” a la que yo pertenecía. Le vimos subir a buen ritmo las escaleras hasta el 2º piso de aquella casa sin ascensor, del barrio de Chamberí, y cuando ya arriba lo comentamos con él, nos dijo: 

–Y ¿cómo queríais que subiera si estabais todas mirándome desde abajo? 

Luego su charla fue sobre Economía, de la que casi ninguna sabíamos nada, pero todo nos lo explicó muy sencillamente, o yo lo entendí así, ya que al final de la tarde vino a decirnos, que si la Economía vale al ser humano, es buena, y si no le vale, si no le facilita la vida, pues no lo es. Mas tarde, hace sólo tres años, lo oí en la facultad de Periodismo, en donde el suelo, pasillos, escaleras y rincones estaban abarrotados de chicos jóvenes deseosos de oír sus razonamientos. 

Hoy no nos queda más remedio que despedimos de él, de ese extraordinario profesor que no cesaba de aprender para no dejar de enseñar. Ojalá que otros le sigan para que nosotros podamos seguir oyendo el hilo de su pensamiento. Ojalá que otros líderes que trabajan por la dignidad del hombre y a favor de los Derechos Humanos se le unan, porque según él mismo decía, no se necesita nada más que cumplir con ellos, y todo lo demás, sobra. 

Ojalá que foros como el Frente Cívico Somos Mayoría, como la Escuela de Ciudadanos, o tal vez con los numerosos indignados de todas las fechas, o con el Sr. Shultz, presidente del Parlamento Europeo que lidera un grupo socialista inconformista o, sencillamente, con el inconfundible y valiente Miguel Ángel Revilla, que nos ilustra muchas veces desde la 6ª explicando cifras que cantan desajustes impresentables e injusticias vergonzosas, ojalá que todos se le unan y que, olvidando sus intereses más identitarios, podamos unir fuerzas para seguir la línea de este otro inolvidable profesor, para lograr que nuestro país salga de la terrible crisis moral que nos invade. 

Mª José Martínez

Madrid, 12 de abril de 2013

jueves, 11 de abril de 2013

El Llanto de un Niño; por Fermín Higuera

El llanto de un niño abandonado en medio de la sabana convoca la epifanía del hambre. Las víboras, emperatrices del suelo, los guepardos, califas en mitad del aire y la tierra, los buitres, obispos de la carroña, encaminan sus dentaduras al niño dios que les brinda la oportunidad de saciarse. Antes de atacarlo se arrodillan para adorar la intemperie absoluta de la víctima. Seguros del banquete deciden darse un respiro. Llamaradas de éxtasis devotos descienden sobre sus cabezas. Prisioneros en el instante del deleite crean espacios para discutir y argumentar las teologías del depredador. Pero a la llamada del llanto del niño también acude el león. Él ocupa la cúspide de la pirámide porque trasciende su fiereza en juegos que puede compartir consigo mismo o con su pandilla. Él logra transformar el apetito de la carne en lúdico divertimento porque también corona la cumbre de los frisos y nadie se atreve a disputarle la presa. Es suyo el abandonado y puede hacer con él lo que quiera. Pero he aquí que el niño siente reflejados sus ojos ambarinos en los rayos de la frente del león y que el león descubre su cabellera rubia en la sonrisa dorada del niño. Incluso podríamos decir que todo el esplendor amarillo de las espigas de la sabana alcanza un eco en esta escena de reconocimiento. Así el niño es adoptado, gracias al encanto de su sonrisa, por una familia de leones y halla en el rey león un preceptor que dialoga con él todos los atardeceres. Largas conversaciones vesperales durante más de dos años crean vínculos. Un día el niño desatiende en su sonrisa al felino leonado. Quizás porque se siente seguro desvía su sus ojos hacia una cigüeña que emigra hacia el norte. Al rey león, al mismo tiempo, se le debilita su benevolencia y de súbito le arranca al niño un brazo de un zarpazo. Arrepentido, al darse cuenta de lo que ha hecho, le lame el muñón hasta curárselo. El niño no entiende nada, una y otra vez se pregunta a sí mismo por qué le han comido el brazo, hasta que advierte en que dejó de mirar y sonreír, distraído por la migración de la cigüeña, en el momento del ataque. Su vida depende de que sonría al depredador. Herido y postrado en mitad del llano le es difícil, mas como es un niño termina olvidándose del vacío de su miembro y sonriéndole de nuevo. Al poco tiempo reanudan sus conversaciones animados por la fascinación de sus miradas, hasta que, nuevamente, sin aviso previo y sin ninguna cigüeña que escriba signos en el cielo que distraigan la mirada del niño, le arranca el otro brazo. El niño esta vez tarda más en olvidar que le han quitado el brazo que le quedaba. Pero como sabemos ya, él es un niño y los niños son fuertes en el olvido. Así que vuelven a hablarse el uno al otro alentados por la belleza que proyectan el uno sobre el otro, hasta que un buen día, el león le arranca primero una pierna y después la otra.

Fermín Higuera

miércoles, 10 de abril de 2013

Recordatorio LITER-a-TULIA Abril

Pasado mañana, viernes 12 de Abril, Liter-a-tulia
se reúne para comentar
el cuento del maestro Ray Bradbury titulado
"El ruido de un trueno"


Este es su enlace en Internet:

En el blog hemos publicado la reseña que Mª José Martínez
ha elaborado para este cuento, disponible en el  siguiente enlace:

Os esperamos este viernes a las 18 horas en el Este o Este
Manuela Malasaña 9, Metro Bilbao

www.liter-a-tulia.blogspot.com

Comentario de Mª José Martínez sobre "El ruido de un trueno", de Ray Bradbury


“El anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente.”

Encontramos a Eckels, al protagonista del relato, leyendo el anuncio de un extraño safari que por la sensación artificial que producía, tal vez pudiera llamarse “El Espejismo”, porque en aquella agencia de viajes no se garantizaba la supervivencia de los turistas que a cambio sí podían escoger la época y el animal que quisiesen matar, y porque además, multas aparte, el safari y la felicidad que prometía, costaba 10.000 dólares. 

Eckels fantasea y aunque todo parece muy incierto, le gustaría ir contra el tiempo, enrollar la madeja de la vida, llegar a la semilla y así, quizá, vencer a la muerte, en tanto él se asegura la posibilidad de abatir la pieza elegida con sus propias manos. Así era como se vivía el ocio en aquella estúpida sociedad adinerada y aburrida de 2055: comprando emociones fuertes e increíbles, aunque el programa fuese totalmente absurdo. He de decir, también, que la fantasía de acercarse a la muerte me recuerda al relato de Mircea Cartarescu, donde el protagonista de un cuento romántico juega con ella hasta que al final es la muerte quien juega con él, utilizando la ironía de un terremoto indiferente y una muerte inesperada. 

Y es que la vida está llena de ironías, y aquí, en este cuento, tras la paradoja del anuncio con la que nos recibe el gran Bradbury, se encuentra toda la fantasía sobre la máquina del tiempo mezclada con ciertas advertencias como la posibilidad de que el Tyrannosurux Rex se enfade y pueda comerse un viajero. Y esta broma, incluida en el precio, está bien, ya que el tonto de Eckels se lo tiene merecido. Este ha agitado delante del empleado un montón de dinero para no aburrirse, porque en aquel mundo tan evolucionado, y esto es todo un detalle, algunos necesitaban de algo tan sofisticado para distraerse, como el poder convivir con dinosaurios, para lo cual necesitaban de la máquina del tiempo. Más tarde, el protagonista, sudará de miedo al comprobar el tamaño de su atrevimiento, y en medio de amenazas volverá al presente a bordo de aquella máquina en la que lo único real que vemos es el fusil que cada uno de los turistas del tiempo lleva entre las manos. Y para convencerlos, para que vean lo bien que han invertido su dinero, antes de salir les aclaran que cuando lleguen a su destino, ni Cristo ni otros personajes históricos habrán nacido. 

Pero lo mejor de las instrucciones viene cuando se les dice que al animal que van a cazar hay que darle en el lugar pintado de rojo y en el momento oportuno, para que la muerte ocurra solamente entre los animales que pronto morirían de muerte natural y no cambiar, en nada o en muy poco, el casi divino e intocable orden de las cosas. Se trata de no introducir ningún cambio ni de alterar la necesaria secuencia natural que causaría un hambre colectiva de terribles proporciones y así poder garantizar un safari sin consecuencia alguna para ese presente al que luego tienen que volver. Ya están en marcha y escuchan la prolija explicación de los monitores. Ya están en un lugar selvático del pasado y los vemos avanzar por un sendero elevado por la imaginación del autor, del cual ninguno debe bajarse. Nadie ha de pisar la tierra ni tocar ni una brizna de hierba, les advierten muy seriamente, para que no se produzca el caos. 

Y así es como los mantienen a todos asustados. Porque si bien no hay que interferir en la propagación de las especies, tampoco hay que dotar a la Naturaleza de un poder que abarque todo orden social y político. Y así, también, jugando con las palabras, formadoras de ideas, continúa la historia. Y tal vez con intención o muy a su pesar, el autor nos habla de un determinismo biológico absoluto, de forma que todo depende de la cadena biológica tanto que, basta el fallo de uno de los viajeros y una mariposa muerta en un poco de barro, para que el presidente electo de su país haya cambiado. Vemos que, por causa de esa mariposa, todos los males han sobrevenido y el presidente de ahora es, precisamente, un dictador. 

Yo no sé cómo valoró este relato la gente de su época, pero la demostración del hecho es totalmente ingenua en tanto que la ficción nos lo presenta como evidente. Los partidos políticos seguramente alternarían en la presidencia de aquel país, pero el hambre de África, por ejemplo, y el hecho de la elección del presidente del país, hecho tan trascendente para aquel posiblemente mundo globalizado en el que vivirían, sólo dependerá, nos dice el autor, del alterado orden biológico producido allá lejos en el tiempo y en el espacio, y nunca de otros factores. Y es que entre los otros factores tendríamos el factor humano, el hombre actuando o dejando de actuar en la economía, en la política, en las finanzas y, por supuesto, en lo social: el hombre responsable de sus actos mucho más allá que de la estupidez de emprender semejante viaje. Pero esta idea de la responsabilidad, no gusta a nadie, porque cada uno va a su aire, y porque nadie quiere hacerse cargo de los problemas del mundo. Es curioso ver como a través de la ciencia ficción, y a partir de la manera en que aquellos personajes entretenían el ocio, se nos habla y advierte de la manipulación a la que ya hoy estamos sometidos. 

Pero ¿por qué se salió Eckels del sendero marcado? Tal vez la acción oscura del subconsciente provocó cierta lucidez en ese viajero que no tuvo en cuenta las advertencias de los organizadores del safari, y que viajando se encontró a sí mismo, extraña paradoja dentro de las normas de los organizadores de aquel sarao. Ese fue el Hombre que pudo ver la cara oculta de lo real, el que se destacó de los otros al darse cuenta de su gran error. Pero ése hombre es precisamente el que merece un castigo. Porque la relación entre la mariposa y el presidente del país es evidente, y no digo nada si luego apareciese en el barro de sus botas algún otro insecto antidiluviano y ya no nacerían ni Cristo, ni Napoleón, ni Hitler ni nadie más. Porque desobedecer a los que organizaban todo aquello era algo gravísimo. 

Y lamentando, sin duda, alguna de estas pérdidas, estoy convencida que lo mejor es no desviarse ni un ápice de la norma, y más si se ha pagado peaje, impuestos a la Hacienda pública o algo así, que nos quite responsabilidades y nos permita sentirnos ciudadanos de primera que cumplen con sus obligaciones. Porque si te sales de la norma, vas a acabar cargando con los trapos sucios de los otros sacando las balas del animal abatido para que no quede ni rastro de aquel expolio que unos pocos organizaron para enriquecerse, ya que lo importante es divertirse. 

Y el ruido del disparo se oyó perfectamente.

Mª José Martínez

miércoles, 3 de abril de 2013

La paternidad del nombre. Breve comentario del relato "Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura" de Kenzaburo Oé. Por Graciela Kasanetz

 Kenzaburo Oé,  escritor japonés nacido en  1937, obtiene en 1994 el Premio Nobel de Literatura.


 La subjetividad y la política conforman una amalgama en su escritura, siempre comprometida con su país, Japón, con su época y con sus circunstancias familiares.

 “Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura” es el primer relato de los tres que componen el libro del mismo título, que el escritor publica en 1966. Leerlo no es fácil.  Independientemente de que los avatares de la vida de cada lector  confluyan o difieran  de los de los personajes, es imposible no sentirse profundamente concernido.
 Kenzaburo Oé  hace resonar en el  lector  preguntas fundamentales y le obliga a hacerlas propias: ¿qué he sido para  cada uno de mis  padres?, ¿qué es cada uno de mis padres para mí?, ¿qué soy para cada uno de mis hijos?, ¿qué es cada uno de mis hijos para mí?, ¿qué es un hijo para un padre?, ¿qué es un padre para un hijo?
Escrito en tercera persona, sin embargo el autor nos sitúa demasiado cerca del personaje principal ; a  distancia ínfima ,  casi dentro de él.
 Cronológicamente el relato no empieza por el principio, pero lo hace por el comienzo de un cambio de posición en la vida del protagonista, al que conocemos sólo bajo la denominación de “el hombre gordo”. Un  violento encuentro contingente con unos gamberros en el Zoo, le da la oportunidad de consentir a separarse de su hijo deficiente, comprobando que su simbiosis con el niño no era una imposición del destino sino una elección propia, tan propia como la propia locura. 
 “El hombre gordo” es un profesor que “…depositaba en la llegada de su hijo al mundo la esperanza de iniciar una nueva vida desembarazándose de la sombra de su difunto padre…” 1 y  se encuentra con que su hijo nace  con un grave defecto congénito. Esto  lo enfrenta a él y a su mujer a una elección a pura pérdida: para que viva es necesario someterlo a una operación quirúrgica en la que el riesgo mayor es la muerte, y el mejor resultado esperable  son graves secuelas; la otra opción es dejarle morir.
 “…Llegó la fecha límite para inscribir al recién nacido, y fue a la oficina del registro civil, pero no se le había ocurrido pensar qué nombre le pondría a su hijo hasta que la empleada se lo preguntó. Por esas fechas todavía estaba pendiente  de la operación, es decir, aún no se había decidido si el destino de su hijo sería la muerte o el retraso mental. A una existencia así, ¿podía  ponérsele algún nombre…?” 2
Y le pone por nombre  “…mori, que podía relacionarse tanto con la muerte como con la vida carente de inteligencia de un vegetal, pues significa “bosque” en japonés”… y le  otorga “…el sobrenombre  de Eeyore, el asno misántropo que aparece en Winnie- the- Poo” 3
¿Cómo un hombre gordo sin nombre- hijo  a su vez de aquél que perdió su propio nombre -puede dar un nombre a su hijo? ¿Cómo soportarse en un linaje sin nombre, cómo sobrevivir a la locura de ese linaje? .
No es el nacimiento de un hijo monstruoso lo que impide al “hombre gordo” la elección para éste de un nombre que lo humanice, es su falta de amparo en un nombre paterno lo que lo obstaculiza.
¿Cómo sobrevivir a nuestra locura sin el amparo del nombre?
¿Se puede ser hijo, se puede ser padre, sin acogerse a la paternidad del nombre?
El relato ubica las coordenadas  adversas de la vida del “hombre gordo”:
·        Su padre fue un conspirador  contra el emperador que traicionó a  sus compañeros de conspiración   y vivió largos años voluntariamente escondido y encerrado en el trastero de su casa, cebando su gordura y repudiando a su familia hasta su muerte. En la familia  y en su pueblo su nombre queda borrado bajo el apelativo de “aquél”.
·        Su madre vivía encerrada en su vergüenza y su rencor, ocultando éstas tras la versión de una locura familiar hereditaria.
·        El odio mutuo marca la relación con su madre.
·        Tiene un hijo deficiente y autista.
 Kenzaburo Oé no justifica en las coordenadas de la vida del  “hombre gordo” la posición de éste, no justifica en ellas  su locura, nos hace reparar en ellas,  y  también en su extravío, que puede ser el nuestro.
Confrontado a lo más extraño en lo más íntimo, el nacimiento de un hijo monstruoso facilita al “hombre gordo” una vía regia para sumergirse en su propia locura. ¿Cómo adoptar a ese hijo como propio?  El “hombre gordo” decide  fusionarse, hacerse uno con su hijo, llevándolo adherido a él, también  hace a éste uno con su propia locura, la  locura de sustentar un linaje en la identificación al rasgo mórbido de la gordura familiar, al rasgo de la culpa paterna.   
Cuando se publica “Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura” habían pasado tres años desde  que el primogénito  de  su autor, Hikari,  naciera con una grave malformación  craneal.
El padre y la madre del niño apuestan por una complicada  operación quirúrgica, Hikari sobrevive con muchas dificultades y secuelas (problemas graves de visión, inquietud constante, autismo).
Hasta los cuatro o cinco años el niño  no intenta comunicarse, sus padres piensan que  “no podía tener ningún sentido de la familia-una piedra en la hierba”.4
Kenzaburo y su esposa Yukari, luchan  para hacer  de su propio dolor algo fecundo y para  que la particular subjetividad de su hijo encuentre algún  cauce para manifestarse. Cada uno  lo hará a su manera, Kenzaburo con su escritura, Yukari con la música, los dos con amor, exquisita atención, dedicación y respeto.
Yukari escucha música clásica en compañía de Hikari, esto apacigua la  inquietud  de su hijo y la que a ella le produce la del niño.
Será el encuentro casual con la emisión de un programa radiofónico en que se oye el canto de unos pájaros y la voz plana de una locutora que dice a qué pájaro corresponde cada canto, lo que ejerza un potente efecto tranquilizador en el niño, atraiga su atención y lo impulse  a comunicarse.
En una entrevista de 2005 el escritor dirá:
 “Hikari nació, hace 41 años, con un tumor de color rojo brillante, del tamaño de una segunda cabeza, que hubo que extirparle en una operación a vida o muerte. Esa angustia y la deficiencia mental que se le diagnosticó, marcan decisivamente mi obra literaria”
“…Hubo un tiempo en que yo quería ser un novelista europeo, dibujar el mundo como lo hacía el humanismo y todos los grandes autores del Viejo Continente. El nacimiento de mi hijo interrumpió esos sentimientos. Tomé la decisión de vivir con él, convertirlo en parte de la familia, integrarlo en mi convivencia diaria, ser feliz con esa nueva realidad. Decidí que continuaría retratando al mundo y a Japón, pero a través de la vida de mi hijo. Hikari es una especie de lente a través de la cual se filtra la realidad. Sus expresiones de niño, sus movimientos, sus rabietas, sus violencias, sus alegrías, cómo vive en nosotros, son instrumentos con los que reflejo el mundo. La realidad externa y la privada convergen. Tengo la sensación de que escogí la manera de escribir correcta, y también, la manera de vivir correcta.”5
Con el tiempo y con la ayuda de una cantante y un profesor de piano, especialmente sensibles  a la subjetividad de Hikari, éste aprende la escritura musical y comienza a componer.
Hikari, cuyo nombre significa” luz” en japonés, y a quien durante muchos años sus padres llamaron familiarmente “Pooh- chan” (por Winnie-the  Pooh), logrará hacer escuchar su propia enunciación a través de la música, una enunciación que porta las marcas que ha elegido aceptar de  sus padres: la escritura y la música. El sobrenombre familiar de Poo- chan es una de las marcas que ha rechazado llevar.
Hikari se ha hecho un nombre propio, en la actualidad es un reconocido compositor, escribe música clásica. A criterio de la crítica especializada una de las particularidades de sus composiciones es transmitir sosiego.
Escribiendo a través de su hijo, Kenzaburo Oé encuentra su propia voz. A través de la escritura musical Hikari Oé encuentra la suya.
“La música de mi hijo es un modelo de mi literatura. Yo quiero hacer lo mismo”6
Padre e hijo se han servido uno del otro para hacerse un nombre, para hacer oír su propia voz: el  padre que escribe a través del  hijo autista adviene padre del compositor, el hijo autista del padre escritor adviene finalmente el compositor que tiene un padre escritor. En el nombre del hijo, en el nombre del padre. Modos singulares de sobrevivir a la propia locura.
 Nuestra locura de origen es nacer hijos del lenguaje. Paradójicamente sólo en el lenguaje podemos encontrar amparo.
 Nos toca a cada uno, la responsabilidad de inventar cómo sobrevivir a nuestra locura  singular, sabiendo que nadie puede responder en nuestro lugar. La maestría  literaria de Kenzaburo Oé nos convoca a ello en su magnífico relato.
Notas:
      1.   Kenzaburo Oé.”Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura”. Editorial Anagrama.     
           Colección Compactos. Tercera Edición. Marzo 2012. Pág. 12.
      2.   Idem  1. Pág.12.
      3.   Idem   1. Pág. 13.
  1. Conversación con Kenzaburo Oé por Harry Kreisler.16/4/1999. Conversaciones con Historia. Instituto de Estudios Internacionales. Universidad de California. Berkeley.
      5.   Entrevista a Kenzaburo Oé  por Xavi Ayén. Publicada en el periódico La Vanguardia.                       
      14/11/2005.
6.   Idem  4 .
Graciela Kasanetz..