miércoles, 25 de junio de 2014

Curso Lengüajes III

Estimados tertulianos, tenemos el placer de presentaros el curso que se iniciará el próximo 1 de Julio en la sede de Madrid de la ELP


Lengüajes III
Enseñanza declarada a cargo de Sergio Larriera
En la Sede de Madrid de la ELP, Julio 2014
Gran Vía 60, 2ª planta


Sinthomaquinaciones

James Joyce

http://dl.dropboxusercontent.com/u/641112/brujula.pdf

En estas sinthomaquinaciones en torno a la obra de James Joyce, y puesto que E fue su modo de habitar RSI, se tratará de recibirlo tri-di-mansionado. Para ello, habremos de parlaserlo, sonidarlo y letrasladarlo.

Sonidar a Joyce es darle sonido, ya sea oyendo su propia voz en la lectura de un breve pasaje de Anna Livia Plurabelle, o leyendo en voz alta diversos fragmentos de sus escritos.

Letrasladar pequeñas partes de sus textos a nuestra lalengüa. Pues este ciclo será en castellano, aunque con las necesarias lecturas en lalengüa joyceana. Las películas se proyectarán en versión original con subtítulos en castellano. La excepción la constituye Finnegans Wake, film que sonará en boca de los actores, y se leerá en los subtítulos la misma lalengüa, la de Joyce.

Parlaser a Joyce implicará, respecto de elementos mínimos de su escritura, abandonarse a sus múltiples derivas translingüísticas, tanto por el sonido como por el sentido, entregarse a sus resonancias simbólicas, entrar en sus misterios esotéricos, a sus evocaciones alquímicas, mitológicas, literarias, poéticas, a sus arreglos de cuentas con la historia, sus luchas con la Iglesia Católica, sus modos de combinar filosofía y estética...

Calendario

Martes 1 (20:30-22:30) Apertura del curso: Sergio Larriera -Texto: “Dublineses” Intervienen: Alberto Estévez y Miguel Alonso

Jueves 3 (19:30-22:30) - Proyección película: “Dublineses”. John Huston (1987).
Debate: Miguel Alonso

Viernes 4 (20:30-22:30) - Texto: “Los Muertos”. Interviene: Gustavo Dessal

Lunes 7 (20:30-22:30) - Texto: “Retrato del artista adolescente”. Interviene: Miguel Alonso

Martes 8 (20:30-22:30) - Texto: “Retrato del artista adolescente”. “Stephen the inbetweener”. Interviene: Luisa Sánchez

Miércoles 9 (19:30-22:30) - Proyección película: “Nora”. Pat Murphy (2000). Debate: Olga Montón

Viernes 11 (20:30-22:30) - Tema: “Nora Barnacle” Intervienen: Mercedes de Francisco (coord.), Concha Miguélez y Carmen Bermúdez.

Lunes 14 (20:30-22:30) -Tema: “Lucía Joyce”. Interviene: Miriam Chorne

Martes 15 (20:30-22:30) - Texto (teatro): “Exiles” Interviene: Sergio Larriera

Miércoles 16 (20:30-22:30) - Tema: “La recepción de Joyce en España”. Interviene: Carlos G. Santa Cecilia

Jueves 17 (19:30-22:30) - Proyección película: “Ulysses”. Joseph Strick (1967). Debate: Luis Teszkiewicz

Viernes 18 (19:30-22:30) - Proyección película: “Bloom”. Sean Walsh (2003). Debate: Sergio Larriera

Lunes 21 (19:30-22:30) - Proyección película: “Finnegans Wake”. Mary Ellen Bute (1965). Debate: A determinar

Martes 22 (20:30-22:30) - Tema: “Anna Livia Plurabelle”. Voz: James Joyce. Interviene: Mario Coll.

Miércoles 23 (20:30-22:30) - Tema: “Anna Livia Plurabelle” Interviene: Mario Coll.

Jueves 24 (20:30-22:30) -Tema: “Anna Livia Plurabelle” Interviene: Mario Coll.
  
Viernes 25 (19:30-22:30) - Proyección película: “El hombre sin edad”. Francis Ford Coppola (2007). Debate: Sergio Larriera y Mario Coll

martes, 24 de junio de 2014

Coloquio sobre La Inquisición en el Este o Este

El próximo sábado, día 28 de Junio, tendrá lugar el acto de presentación del libro
 "Los Iluminados y la Inquisición" 
de nuestra compañera de tertulia  Mª José Martínez Sánchez, 
junto al libro  de la jurista Laura Beck Varela
titulado "Literatura Jurídica y Censura".  





Partiendo de ambos libros se establecerá un coloquio sobre la Inquisición, en la tertulia convocada por el colectivo de jueces dirigidos por Manuel Jesús Villegas Fernández.
 
La reunión tendrá lugar en el conocido restaurante Este O Este, situado en la calle Manuela Malasaña nº9, y dará comienzo a las 18 horas.  

miércoles, 11 de junio de 2014

"No solo en Navidad", reseña del cuento de Heinrich Böll a cargo de Mª José Martínez

El alemán Heinrrich Böll, nacido en 1917, premio Nobel de Literatura en 1972 y escritor de la posguerra, nos cuenta con total inocencia fingida, y con toda naturalidad, la trágica historia de una familia alemana que a lo largo de su vida ve como se pierde la honorabilidad de su linaje.

En realidad, la familia es la propia Alemania, la antigua Alemania que en buena parte se había nutrido de un pensamiento filosófíco muy particular, pero que también estaba compuesta por una población de individuos a los que Ortega llamaba filisteos, dándole a esta palabra la acepción de personas de poca finura espiritual, aunque esto sería muy difícil de concretar en cada caso. Creo que en la narración, a este tipo de individuos los representa el padre de familia. Se trata de aquellos comerciantes que tras la primera guerra mundial se dispusieron a comerciar desde la industria general y la pesada en particular, para acumular dinero y prepararse para una próxima guerra, ya que el reparto de poderes y territorios de la primera los había dejado insatisfechos.

Visto el planteamiento y según Böll, esta familia alemana tiene dos hijos: uno de ellos es Franz, el boxeador que se dedicará a repartir golpes, y el otro, el que parecía ser más sensato, se hace comunista. Esa fue la división que sufrió la sociedad alemana representada por los hijos de la familia del honrado comerciante al que, vista la desafección de sus hijos para con las fiestas navideñas, y que animado por el sufrimiento de su mujer, la tía Mila, no le quedó más remedio que celebrar las fiestas sin ellos. Y así fue realmente, porque a aquellos honrados comerciantes y empresarios dueños de las grandes industrias del acero y armamento, les venía muy bien que hubiese unos nazis para que se llevaran por delante a unos pocos comunistas que ya estaban fastidiando demasiado en sus fábricas con la manía de organizar huelgas. Al fin, unos pocos judíos, unos pocos comunistas menos… esa mezcla oportunista que detectaron como peligrosísima para el desarrollo de su propia industria tan necesitada de crecimiento. Todo estaba bien, todo se podía admitir, todo, inclusive que sus hijos no formaran parte de la liturgia navideña en tanto en su casa se siguiera poniendo para disfrute de su mujer, aquel precioso abeto de Navidad adornado de colores, luces y enanitos movibles que bailaban al son que tocaban. Así las cosas, la tía Mila vivió feliz en su casa durante la Segunda Guerra Mundial, guerra en la que Boll fue movilizado por la Wehrmascht y apresado luego por las fuerzas norteamericanas, aquella guerra de los horrores en la que murió tantísima gente, mientras que a ella sólo le preocupaba que no le faltase el abeto. Y podríamos preguntarnos ¿por qué ellos no sufrieron ningún destrozo a pesar de los terribles bombardeos que padeció Alemania? Pues es que esta es una historia que sólo habla del árbol de Navidad, pero que debajo tiene la historia comercial de aquella Alemania en la que algunos buenos comerciantes surtieron al ejército de materiales y pertrechos para la guerra, recuperando así la hegemonía perdida tras la Primera Guerra Mundial y aumentando su patrimonio. 

La tía Mila es la causa inmediata de esta historia donde la inocencia se usa como cubierta de aquel diabólico entramado, porque ¿quién puede despotricar contra la inocencia y la buena intención de la Sra. Mila que sólo tiene la “debilidad inofensiva” de querer celebrar la Navidad con sus hijos? Nadie. Y creo que para eso está hecha la narración, pera decirnos que no hay mejor tapadera que oculte cualquier cosa, como el calor del hogar, los rezos, los cánticos, y toda esa corte de dulzuras y adornos navideños para justificarlo todo, para ocultar la hipocresía de quienes sabían perfectamente lo que hacían y lo que estaba pasando, porque los festejos navideños son el semblante que mejor cubre la cara más fea de la sociedad. 

Volviendo a la narración, en la casa de la tía Mila veremos unos enanitos que hacían un “tintineo dulce y suave” y un ángel de rojas mejillas que susurraba “paz, paz”. Y así constantemente, pues la tía no quería dejar de tener allí el árbol, porque si se lo quitaban, gritaba. Pero un día, las bombas cayeron muy cerca y sucedió lo “terrible”, pues el dichoso ángel cayó al suelo violentamente y se rompió. Todos se condolieron con la tía que era una mujer encantadora, a la que eso fue lo único que le afectó de la guerra ya que su marido y sus hijos hicieron todo lo posible por ocultarle la terrible destrucción de Alemania en la que ciertamente estaban implicados. Los hijos, estratégicamente situados, tampoco sufrieron nada. Y la señora quiso seguir de fiesta con su árbol y su ángel, no sólo en Navidad, sino todo el año, pues quería que todo fuese como antes, decía, y todos se preguntaban: ¿cómo quitarle a una anciana tan encantadora esa ilusión? 

Hasta el año 46 no fue posible prepararlo todo de nuevo, y en el 47, cuando se le volvieron a caer los adornos, la tía volvió a gritar y nadie conseguía que se callase. Después de intentarlo dándole pastillas, su hijo el boxeador sugiere que le hagan un exorcismo, porque ¿quién podía ser el responsable de tantos gritos y tanto desorden? Pues el demonio, otra institución muy útil. Y sin hacerle caso al hijo, su bondadoso marido decidió volver a poner el árbol fuese como fuese. Los niños comían dulces y rompían figuritas, y entonces los mayores pensaron que sólo su generación había servido para algo. 

Al llegar el Carnaval, la tía volvió a gritar, ahora, contra todo lo que significase diversión. Se buscó a un sustituto del párroco, porque al actual ya le decían “proletario con sotana”, y mediante las influencias del tío, se intentó procesar al coadjutor y al párroco, porque no había nada más peligroso que ser proletario. La Iglesia, pues, estaba siendo manipulada y condenada si no se dejase manipular. Este es el muy valioso juego de la utilidad donde unos son útiles para otros y todos están contentos ya que además, toda aquella parafernalia de la Navidad, también era algo muy útil para favorecer el comercio mediante las importaciones que el buen señor hacía. 

Pero la tía Mila no era del todo feliz. Ella necesitaba tener segura la fiesta diaria, y para eso necesitaba que todo el mundo disfrutase con ella de aquel aroma y de aquel encanto de luces y de velas, al mismo tiempo que ella, con su tirita morada recogiéndole las arrugas del cuello, seguía siendo encantadora. No hay nada en la vida como El discreto encanto de la burguesía, aunque otros intenten estropearlo. Y eso es lo que ella no quería, porque el disfrute de ciertas cosas, para que sea completo, ha de ser un disfrute colectivo, de tal forma, que nadie se atreva a ponerlo en duda con su disidencia. Pero si no era Navidad, la tía no veía que otras personas disfrutaran como ella, y eso la ponía enferma hasta que llegaba de nuevo, la “auténtica Navidad”. 

Lo que pasó luego es que el cuerpo del bondadoso industrial se cansó de tanta velita y tanto aburrimiento, y como la tía seguía enferma, el hombre adquirió unos hábitos inmorales calificados como adulterio, al mismo tiempo que los dos sacerdotes antes acusados fueron absueltos. Ya eran otros tiempos y los hijos, que también se habían cansado de tanta celebración navideña, contrataron a un cómico. Yo creo que aquí el mismísimo Boll, suelta la carcajada cuando nos dice que la tía descubre en la cama la identidad del personaje. Y el comerciante cristiano dejó de parecerlo, y hasta contrató a una compañía de actores que también salieron ganando, aunque por causas económicas hubiera que rebajarles el sueldo. Esos fueron, tal vez, los únicos efectos malos de aquella situación, ya que las guerras proporcionan trabajo a mucha gente. 

El relato es francamente largo porque Böll no quiso dejarse nada en el tintero. 

La tía Mila y el prelado permanecieron inamovibles, cosa lógica en Iglesia y tradición. 

El boxeador acabó arruinado y de monje contemplativo, los nazis filosofaban. 

Lucie y Karl se fueron a Hispanoamérica, como tantos otros. 

El hijo comunista se quedó en su ciudad organizando su distrito, y el honrado comerciante, cansado de tan ridícula historia, acabó harto sin ni siquiera quitar el polvo a las figuras de cera que habían terminado por sustituir a sus nietos. 

Y eso fueron los efectos, algunos impredecibles, de haber mantenido por tanto tiempo una ficción absurda que solamente les sirvió a ellos durante un tiempo, y a Böll, para hablarnos de Alemania. 

La vida siguió y la tradición, tal vez, cambió de rumbo. 

Ojalá


Mª José Martínez 
   


jueves, 22 de mayo de 2014

Oscar Caneda abre la tertulia 53 sobre El muchacho que escribía poesía, de Yukio Mishima.

Si bien el cuento podría no ser autobiográfico, sí es autorreferencial. La voz del narrador evita la primera persona,  lo hace en tercera, pero siempre se ubica en el punto de vista del protagonista; habla desde su subjetividad. Y, como veremos, hay coincidencias en el contexto de la época en que ambos, autor y personaje, vivieron.

Durante una enfermedad, escribió en una semana una serie de poemas cuando ya se sentía entusiasmado porque le era sencillo escribir varios al día. Ya da cuenta de su narcisismo y de su arrogancia juvenil como de su inexperiencia.

"Una semana: Antología". Recortó un óvalo en la cubierta de su cuaderno para destacar la palabra "poemas" en la primera página. Abajo, escribió en inglés: "12th. 18th: May, 1940".

Titula “Una semana: Antología” 

¿Era necesario destacar la palabra “poemas” en la portada?

“Abajo escribió en inglés…”

En la adolescencia del escritor, Japón estaba a pocos años de la occidentalización de su cultura, en esa generación aún estaba presente lo ancestral en su historia familiar. Esa alusión al idioma inglés en un bajo de página, alude a la tensión que le producía la coexistencia de ambas culturas.

“Sus poemas empezaban a llamar la atención de los estudiantes de los últimos años. "La algarabía es por mis 15 años". Pero el muchacho confiaba en su genio. Empezó a ser atrevido cuando hablaba con los mayores. Quería dejar de decir "es posible", tenía que decir siempre "sí".”

Su baja autoestima, a la cual hace referencia en otro párrafo al indicar que se siente físicamente feo, es aliviada por la mirada que, de sus poemas, le hacen sus compañeros mayores. Justifica ese entusiasmo por su corta edad, pero se deja ver su incipiente atrevimiento: comienza a dejar “de decir es posible, para decir siempre “sí”.

Nos dice que estaba anémico de tanto masturbarse, y aclara “su fealdad no había empezado a molestarle”, sin embargo en la siguiente frase destaca que la poesía estaba en otro sitio diferente a sus sensaciones “físicas de asco”. Era “algo aparte de todo”.  Vive la poesía como algo externo a él, que no lo compromete, como si estuviese afuera de la vida. De ahí que produzca metáforas sobre el mundo exterior, en todo objeto que pueda transformar en lo que para él es “bello”. Su falta de vivencias lo hacen  contemplativo; la carencia de conocimientos lo lleva a estudiar el diccionario para rescatar palabras.  Escribía palabras “sin emoción”. No le gustaba escrutar su mundo interior ni el mundo exterior, se limitaba a escribir sobre aquellos objetos que le permitieran tener la ilusión de felicidad; así lo sentía, y así lo decía:

 Rechazaba fríamente los objetos reales pero extraños que no podía transformar: "No hay poesía en eso". 

Con el acceso al Club Literario acude al Diccionario de la Literatura Universal, donde se hallan las biografías de los escritores. Él no las leía, se limitaba a contemplar las fotos de los poetas. Los que más le llamaban la atención eran los que lucían más jóvenes y “bellos” Se sentía atraído por el suicidio de los poetas románticos, salvaguardándose en su corta edad. Veía a la muerte como una ilusión demasiado lejana, de modo que la muerte era otra de sus contemplaciones. Más adelante, su monitor le dice:

“- Hay dos tipos: Schilla y Goethe. Sabe quién es Schilla, ¿no es cierto?”
“- ¿Quiere decir Schiller?”
“- Sí. No trate nunca de convertirse en un Schilla. Sea un Goethe”.

A primera vista nos informa que él no había leído a ninguno de ellos, de hecho en el cuento se deja entrever que poco y nada ha leído. Y hay algo curioso: el juego con la fonética. El monitor le dice Schilla, refiriéndose a Schiller. En la fonética inglesa la terminación “er” se suele pronunciar con un fonema, mezcla de “a” y “e”, pero un extranjero de esa lengua se inclina más por la “a”; de modo que aquí tenemos otro dato de la tensión entre las culturas, en este caso a través de la lengua. El joven no ha asimilado aún el idioma inglés, y pronuncia Schiller tal cual está escrito.  Además, los escritores que llaman su atención pertenecen a la cultura occidental. Y el monitor le está diciendo que abandone su postura romántica por algo más comprometido con su propio ser.

Conoce a R, presidente del Club Literario, quien no hacía reparos en ser “amigo” de un joven menor; él lo atribuía a que R lo consideraba genial, y como –creía-, R era un genio, entre genios no hay edades. Comienzan a tener una relación epistolar; ha de haber sido ideal para el muchacho ya que, una vez más, no pondría el cuerpo. R es un poeta anónimo, apenas ha editado un libro y de manera privada, pero el muchacho lo cree genial, no tanto por su valoración sino porque antes  R le da valor al muchacho. Si para él soy un genio, para mí él lo es. El autor subraya esa anonimidad nombrándolo con una inicial, en el cuento no llega a tener nombre. Es decir: existe en la mirada del muchacho, como los objetos que podía “transformar”.  No era consciente de la carencia que le hacía escribir, lo vinculaba a su “genio”, quizás como un modo de no querer asumir su falta, de no querer verse a sí mismo.

“… Sus poemas no nacían de la necesidad. Le venían naturalmente; aunque tratara de negarlos, los poemas mismos movían su mano y lo obligaban a escribir. La necesidad implicaba una carencia, algo que no podía concebir en sí mismo. Reducía, en primer lugar, las fuentes de su poesía a la palabra "genio", y no podía creer que hubiera en él una carencia de la que no fuera consciente. Y aunque lo fuera, prefería llamarlo "genio" y no carencia”.

Un juego de béisbol de sus compañeros le refleja algo de lo que es incapaz: compadecerse, llorar, sentir. Sólo en la contemplación encontraba el motivo de su poesía. Esta revelación le hace abandonar el tema “naturaleza” por el del “amor”. Algo que jamás vivió pero que ahora trataría de abordar con la única herramienta que aprendió en el diccionario: las palabras. En ellas encontraba todo lo que necesitaba, las resignificaba al modo que le era propicio; en ellas encontraba el dolor, la amistad, el horror… todo estaba allí, pero siempre fuera de él. Las palabras no eran las que significaban experiencia, sólo signos que le hacían imaginar distintas emociones. Sin sentirlas. No había conflicto entre el mundo exterior y su pensamiento; como si la cultura le rozara su genialidad y su candor, sin alterarlo.

Asimismo, daba  a las palabras un sentido universal, tal vez intentando borrar la frontera de las dos culturas que le producían tensión, sin ser consciente de ello.

“Le hubiera sido fácil recurrir a la imaginación. Pero el muchacho dudaba en hacerlo. La imaginación necesita una clase de identificación en la que el ser se duele con el dolor de los demás. El muchacho, en su frialdad, no sentía nunca el dolor de los demás. Sin sentir el menor dolor se susurraba: "Eso es dolor, es algo que conozco”.

Cuando R lo invita a tener una charla y le confiesa su enamoramiento con una mujer casada, el muchacho cree tener la oportunidad de ser testigo de lo que estar enamorado. Lejos de su intuición, le parece algo ya leído, ya conocido por él. Además lo ve como algo banal, mediocre, alejado de la poesía. Para R la mujer era muy bella; para la mujer R era hermoso, tanto que le elogió su frente y sus cejas. Esto es algo que no entendía el muchacho: ¿Cómo podía ver algo hermoso en una frente tan fea? Además con esas cejas gruesas y juntas. Tan lejos de la experiencia estaba...

“En ese momento el muchacho tuvo la revelación de algo. Había visto la ridícula impureza que siempre se entremete en nuestra conciencia del amor o de la vida, esa ridícula impureza sin la cual no podemos sobrevivir ni en ésta ni en aquel: es decir, la convicción de que el ser cejijuntos nos hace bellos”.
“El muchacho pensó que también él, quizás, de un modo más intelectual, estaba abriéndose camino en la vida gracias a una convicción parecida. Algo en ese pensamiento lo hizo estremecerse”.

Era inconsciente de que, por su narcisismo e imposibilidad de sentir, le hacía falta vivir para hallar las preguntas adecuadas.

El final del cuento, es intenso y significativo: escucha un golpe de un bate a una pelota de béisbol. Recordemos que el juego de béisbol de sus compañeros le había hecho vislumbrar lo más cercano a un sentimiento, aunque ajeno a él. Este golpe y los gritos de sus compañeros, entonces, le dieron, “por primera vez en su vida” la revelación de que algún día dejará de escribir poesía. Con claridad nos explicita que para el muchacho la poesía está fuera de los conflictos e impurezas que definen la vida. Por eso al intuir que en el futuro él deberá, sin remedio, vivir, ya no escribirá poesía.

“El muchacho se mordió los labios y sonrió. El día se estaba oscureciendo. Oyó los gritos que llegaban desde donde practicaba el Club de Béisbol. Percibió un eco lúcido cuando una pelota golpeada por bate fue lanzada hacia el cielo. "Algún día, tal vez, yo también deje de escribir poesía", pensó el muchacho por primera vez en su vida. Pero todavía le quedaba por descubrir que nunca había sido poeta”.

Y la última frase del cuento, el narrador se aleja del protagonista y, con su propia voz, dice:

“Pero todavía le quedaba por descubrir que nunca había sido poeta”

Óscar Caneda

El muchacho que escribía poesía, de Yukio Mishima. Comentario de Miguel Alonso

“... poeta, que, según dicen, es enfermedad incurable y pegadiza”. (Cervantes, El Quijote).      

Este cuento de Yukio Mishima parece sugerente para reflexionar acerca del lugar esencial y problemático del que brota la poesía y para formular la pregunta qué significa nombrarse como poeta, de tal manera que podamos distinguir categóricamente entre versificar y poetizar, o lo que es lo mismo, diferenciar entre hacer jueguecitos pueriles con la lengua o sentirse concernido por la enfermedad de la propia carne, es decir, por la imposibilidad, por la ausencia que la palabra poética cobija. Quien caiga en la poesía, quien tropiece con ella, sin duda ha de tener que sobrevivir en esos límites donde la palabra difícilmente alcanza a sostenerse en su función de nombrar.      

Por eso diría que nada hay más extraño a la poesía que la idea del fluir y, por supuesto, la facilidad del fluir con la que el protagonista del relato llena cuadernos enteros de versos. Todo lo contrario. En poesía no se trata de palabras bellas y equilibradas que se suceden en un tiempo cronológico más o menos amplio, ni de palabras que se pueden encontrar en cualquier diccionario, como insinúa el muchacho. Eso es un simple ejercicio gimnástico. Las palabras poéticas no pertenecen a los diccionarios. Las palabras de la poesía llevan la marca inextinguible de lo que no cesa de no escribirse, es decir, de lo que no cesa de no fluir. La palabra poética nos arroja, como un lamento sublime, el eco de lo que no se puede nombrar. Es lo que sugiere, por ejemplo, el verso, éste sí auténtico, del maestro Leopoldo María Panero:

Porque lo que soy yo solo lo sabe el verso
que va a morir en tus labios(P. 440)

… o qué decir del verso de Quevedo:

 “Polvo serán, más polvo enamorado"

¿Qué fluir encontramos en estos versos de pura poesía si no es el de lo que no puede decirse? ¿Qué fluir encontramos si no es la finitud real del ser y la imposibilidad de nombrarlo? ¿Qué fluir encontramos si no es, recordando a Rilke, el de una belleza que presagia lo terrible? Si acaso, podríamos estar de acuerdo en que lo sugerido por el auténtico poema, más que la belleza, es la perfección simbólica… pero con vuelta de hoja: el abismo. 

Qué decir, entonces, ya no del fluir, sino también del sonido que nos arroja la palabra “posible”, el sonido que nos ofrece el “” rotundo en el segundo párrafo del relato que, en sintonía con el fluir, parece sugerir el dominio de la voluntad sobre el verso. Lo cierto es que nadie puede dominar el verso, ni siquiera el poeta. Porque si bien lo miramos en esos auténticos versos que acabamos de citar, allí el poeta es siempre un exiliado muy singular, pues es un exiliado sin patria a la que regresar. Para darle un cariz más absoluto a esta hipótesis, diría que el poeta es alguien exiliado de una patria que es la suya, pero en  la que nunca estuvo.  

Desde estas premisas, qué extraño resulta el sonido ampuloso de palabras como “antología”, o el sonido de la palabta genio, tal como las escuchamos en el contexto del primer párrafo. Profusión, exceso, exuberancia, palabras propicias para el engreimiento y la vanidad, sustantivos, sin embargo, insustanciales para una verdadera poética. El muchacho nos hace recordar, en "su-posición poética"”, la pose de ese lenguaje romántico engolado que pretende nombrar una naturaleza presumida, coqueta, resaltando su fragancia y los brillos resplandecientes de un cosmos feliz, tranquilo y armónico. Nada en esa naturaleza se fractura, nada se divide, sólo recoge las palabras para trasmitir su felicidad. Demasiada adjetivación y ornamento como para pensar que ahí residiría la esencia de lo poético. Esas palabras parecen, en efecto, los anhelos de un soñador débil en el sentido que lo toma Fernando Pessoa cuando rebate, en el Libro del desasosiego, la frase de Amiel: “Un paisaje es un estado del alma”. El poeta portugués responde que más valdría decir: 

Un estado del alma es un paisaje

Porque un poeta no transita desde el paisaje hasta el alma. Su exilio implica la imposibilidad de habitar y recrear cualquier realidad que se pretenda real. Un soñador débil como El muchacho cree en la cosa como se cree en un ídolo, y la viste con diccionarios. Vive instalado en el “no saber”, distanciado del cuerpo enfermo, de las “sensaciones físicas de asco”, y distanciado del alma. Cuerpo y alma velados. Su poesía ofrece el carácter pusilánime de una belleza cándida que, como pantalla, arroja sombra sobre la verdad. ¿Cobardía? No es fácil saber y aceptar que se vive un exilio perenne. Es más fácil ilusionarse con bonitos cuadros de lenguaje llamando verso a esa supuesta identidad entre palabra y cosa.   

Si traje a colación a Fernando Pessoa y Amiel, es porque veo, en esas frases opuestas, diferentes direcciones de la palabra. Aunque parezca lo contrario por su querencia hacia los diccionarios, el muchacho no cree en las palabras. Para él no son siquiera metáforas, sino monolitos de significado, vestimentas adecuadas –ni más ni menos— que consiguen nombrar la cosa. La auténtica felicidad. En efecto, no puede haber desarmonía, el muchacho cree en la cosa para la que hay una palabra inequívoca, como en la frase de Amiel: “Un paisaje es un estado del alma”.

Pero un paisaje simplemente “es”, y ello independientemente de cualquier estado del alma. En realidad, la poesía consuena más con la propuesta de Pessoa: “Un estado del alma es un paisaje”. Ahí sí está presente la metáfora. Desde la palabra, único recurso que se le ofrece al poeta, transita éste, no hacia la cosa, sino hacia un paisaje singular que no puede acceder a la cosa, sino simplemente evocar la imposibilidad que mora en esa misma palabra. Es lo que resuena como eco en el verso de Panero o en el de Quevedo. La palabra poética es ligera, en el sentido de volátil, porque no pueden encadenarse a ninguna cosa concreta. La palabra poética, de forma irremediable, es morada excelente de la ausencia.    

Siguiendo este mismo camino, resulta curioso el tratamiento que El muchacho hace de la belleza. Podemos remitirnos nuevamente a momentos concretos de la literatura romántica. Recuerdo, por ejemplo, a Dorian Gray aproximándose a su retrato, que pretendía representar su infinita belleza, e inmediatamente sentir celos de su propia imagen, esa que no envejecerá nunca en la pintura, mientras él siente el terror, la fealdad de la inexorable finitud de su imagen física. Pero si el retrato de Dorian Gray en su misma belleza lleva la marca de la finitud, y posteriormente irá reflejando el estado terrible y corrupto del alma del modelo, El muchacho del relato de Mishima es más débil  y simple que Dorian Gray. Ni siquiera sentirá la verdad. También para el protagonista del relato de Mishima, la belleza es delicadeza, refinamiento, juventud, etc., pero ninguna división subjetiva parecía concernirle desde ella:

“... su propia fealdad no había empezado a molestarle. La poesía era algo aparte de esas sensaciones físicas de asco. La poesía era algo aparte de todo. En las sutiles mentiras de un poema aprendía el arte de mentir sutilmente. Sólo importaba que las palabras fueran bellas. Todo el día estudiaba el diccionario

Nada que ver con la gran poesía, sólo estamos ante una concepción trivial de la belleza que con facilidad nos contamina. ¿Se trata de belleza en poesía? No necesariamente. Quizá de perfección, como sostenía Borges y sugerimos nosotros anteriormente. Igualmente, Mishima nos hace pensar que la belleza no es una condición necesaria de la poesía cuando pone en boca de El muchacho la cita anterior sugiriendo algo de la fealdad y del asco que mantiene a distancia. Como decíamos anteriormente, si la belleza aparece en la poesía, como en el cuadro de Dorian Gray, o como en cualquier arte, sólo puede comparecer como subsidiaria de la crudeza que porta la verdad humana. Pues de eso se trata en poesía, no tanto de belleza, sino de verdad.

Como sugeríamos en la cita con la que abríamos la reflexión, la poesía no es ningún jueguecito, sino algo más grave, es “enfermedad incurable” para el poeta. Por eso, a falta de patria, a falta de suelo consistente que pisar, y solo con el sustento de la palabra: 

El poeta tiene que crear el medio que lo comprenda" (Wordsworth)

Para hacer una diferenciación más o menos categórica, podríamos concluir esta reflexión contestando a la pregunta que planteábamos al comienzo. ¿Cuál es la diferencia entre un versificador y un poeta? El versificador conserva, se conserva e imita; el poeta destruye, se destruye y crea.

En eso consiste, no su juego, sino su saber hacer con una enfermedad incurable: Poesía. 

Miguel Ángel Alonso   

El muchacho que escribía poesía, de Yukio Mishima. Comentario de Teresa

Una de las cuestiones que me resultó más interesante del relato de Mishima es el desarraigo que las palabras tienen respecto a la vida. Quizá el autor, por ser adolescente, todavía no ha vivido esa vida, por lo cual no puede hablar de ella. Se decía que es así por el hecho de ser un adolescente. Pero no creo que se trate solamente de eso, pues un adolescente puede estar viviendo cosas, puede tener experiencias vitales importantes.

¿Cuáles son las impresiones que me ha trasmitido el cuento? Me parece que es autobiográfico, en el sentido de que hay algo autotransferencial. Creo que este cuento sólo puede escribirlo alguien que experimentó estas sensaciones en algún momento. Pero además, si se lee algo de su literatura, de su biografía, etc., uno confirma que estas impresiones entran dentro de lo posible. La sensación que tengo es que el muchacho escapaba de la vida por algo propio de él, no sólo referido a la edad. Habla de los poetas románticos, dice que en su relato los poetas románticos no tienen la maraña de barbas que los hacen viejos, sino que todos son jóvenes y bellos. Es un sujeto que, independientemente de la edad, busca continuamente la belleza como manera de defenderse de la castración y de las emociones que podía tener como adolescente. Apunta a que algo en él está negando su propio cuerpo adolescente, su propia pulsión –estaba anémico de tanto masturbarse. Busca las palabras desesperadamente como forma de defenderse de su propio cuerpo y de sus pulsiones. 

Teresa

El muchacho que escribía poesía, de Yukio Mishima. Comentario de Silvia Lagouarde

Lo que me impresiona y fascina de Mishima es su propia vida. Pero en referencia al cuento, son muchas las cuestiones que se sugieren para un tratamiento del mismo. Tenemos el tema del arte, el artista, el genio, el poeta, y lo que se nombró como separar al autor de su obra.

Quiero comenzar contando una anécdota que tiene coincidencia con algunas particularidades de la lógica del cuento. Conocí en Italia a un poeta chileno exiliado de la dictadura de Pinochet. Teníamos amigos comunes con los cuales nos reuníamos frecuentemente. Vivíamos todos en el mismo pueblo y, como digo, él era poeta. Pero tenía una vida muy aburrida, nunca decía nada que sorprendiera, su mujer era aburrida. Y nadie mostraba un gran interés por sus textos. Pero resulta que le dan un premio muy importante de poesía en Italia, lo cual fue un suceso muy grande, y todos nos quedamos preguntando cómo no habíamos caído en esa virtud de nuestro amigo. Ahí empezamos a leer su poesía, y era verdaderamente extraordinaria, maravillosa. No podías creer que aquella persona, con esas pinceladas de falta de pulsión, podía escribir o sintetizar el dolor de esa manera. Era un libro que se llamaba Exilio, y allí había un gran poeta. Pensé que era mejor no conocer la vida de los autores, porque, a veces, conocer algo de esas vidas, impide que uno no pueda percibir lo extraordinario que ellas guardan.

Lo que más me interesó del relato de Mishima fue el tema del genio y la edad. Es decir, cómo un chico a los 15 años se plantea ser un genio, y el tema de la arrogancia. Sin embargo, para hacer una contraposición, creo que el personaje que más me ha impresionado en poesía es Rimbaud. Era un genio, además de ser poeta. Podemos ver la diferencia entre un poeta y un genio. A los diez años, Rimbaud ya había conocido de la vida y escrito grandes poemas. Y a los diecinueve cambió la historia de la poesía, cambió la historia de la literatura, y creo que cambió los perfiles de lo que sería el bohemio. Es decir, cambió la vida de muchísimas personas e influyó a casi todos los autores del siglo XX. Ahí sí podemos nombrar a un genio y un maravilloso poeta.

Me preguntaba, en relación a las alusiones a los poetas europeos y a la mala pronunciación, si la arrogancia de la que hace gala el personaje, no tendría que ver con posiciones arrogantes respecto a lo que el autor pensaba sobre su raza, sobre las tradiciones poéticas japonesas y sus rituales. Podía considerar que eran el máximum de la cultura mundial. Planteo, entonces, la hipótesis de que quizá, en el inconsciente de ese hombre aparece una vertiente singular, la de considerar que está cuestionando a Europa como la inculta, la arrogante que no entiende nada de la vida. Por el contrario, Japón sería el emblema de la tradición mundial que no podía ser comprendido por esta cultura. 

Silvia Lagouarde

El muchacho que escribía poesía, de Yukio Mishima. Comentario de Fernando

El relato de Mishima me ha gustado, pero también me ha decepcionado. La primera impresión es la de haber leído un cuento muy estructurado, de párrafos muy cortos, cada uno aludiendo a conceptos muy concretos que, en conjunto, pierden el sentido de continuidad. Si se van leyendo uno a uno, se acaba en una cierta confusión sobre el personaje.

Entonces, he tratado de comprender al personaje, un muchacho de 15 años. Por supuesto que tiene arrogancia. ¿Qué chico de 15 años no tiene arrogancia? Independientemente de las culturas, todos los chavales de 15 años, salvo problema, son arrogantes, se creen que van a conquistar el mundo, tienen todo por delante. Por otro lado, hay que comprender a este personaje en su aspecto sociológico. Proviene de una cultura muy marcada por su abuela, que procedía de una familia aristocrática. Era uno de sus principios y ascendencias. Por otro lado, provenía de una clase de gobernantes, de funcionarios, una clase media normal. Es más, su abuelo parece que fue un gobernador corrupto muy denigrado por la sociedad.

Todo esto hace que se trasplante en el entorno de un Colegio de Pares de la alta burguesía. Y se encontraba en una situación verdaderamente conflictiva. Pero hay que decir que esto le ocurre al propio autor, Mishima, y lo vuelca en el personaje del muchacho. En este sentido, el cuento es autobiográfico. Por lo tanto, sociológicamente se encuentra en un entorno que no acaba de ser de par con los pares. Encuentra un referente en ese amigo, hasta que se da cuenta que no es el tutor que esperaba cuando todavía estaba en un punto de inocencia.

Pero existe otro trasfondo muy particular, y es que no asume su homosexualidad hasta muy tarde. Y esto crea un conflicto, aunque él no sea consciente. Y aunque no lo explicita claramente, se ve el no apreció que tiene hacia el sistema de emparejarse. Buscar un sustituto, y ese sustituto no lo encuentra en la poesía, sino en las palabras. La poesía, para él, es el máximo exponente de las palabras, y por eso, en su arrogancia. Él es un buscador de palabras, busca las palabras en el diccionario, encuentra su satisfacción y felicidad en las palabras.

Luego encontramos un trasfondo psicológico muy fuertes, concretado en un vacío existencial. No sé si fue por eso que Margarite Yourcenar escribió sobre Mishima y su visión del vacío. Es el vacío existencial que respiraba este muchacho en todas las situaciones por las que iba pasando su fealdad, su no asunción de la homosexualidad, su falta de encaje sociológico en el lugar en el que estaba. A partir de ese vacío, luego se volcó en la literatura, mucho después, bastante después, porque entre medias intentó complacer a su padre, por ejemplo, con la abogacía. Fue posteriormente, bastante después, cuando acabó la guerra, que se dio cuenta de la caída de todos los paradigmas que había recibido de su abuela, de los samuráis, de estos principios inquebrantables de la cultura japonesa. Además, él no había ido a la guerra, por su propia voluntad y porque había hecho trampa. Esto fue muy duro para él durante mucho tiempo. Y tenemos también el culto al cuerpo. 

Fernando

El muchacho que escribía poesía, de Yukio Mishima. Comentario de Ignacio

Podemos analizar la obra de muchas formas. Acaba de hacerse referencia a la fuerza del aspecto sociológico, la situación de Japón después de la guerra, se habló de su avbuela aristócrata. Para mí hay un núcleo del personaje que hace referencia al estar atravesado por su fealdad, aunque en un momento dice que esa fealdad no había empezado todavía molestarle. Pero es evidente que, posteriormente, le molestó. Porque al final, cuando ya está atravesado por su fealdad, dice que quien hace cosas bellas no puede ser feo. Y plantea que se va a curar de su vergüenza a base de escribir poesías. Por lo tanto, hay un dolor un vital, hasta el punto de que Mishima se acaba suicidando. 

Fernando

El muchacho que escribía poesía, de Yukio Mishima. Comentario de Graciela Amorín

¿Por qué se siente necesidad de escribir en forma poética y no simplemente en la forma en que se habla, o en la forma tradicional de la literatura? Pienso que hay cosas que las palabras no alcanzan, cosas que el significante no puede nombrar. Y se trata de decirlas de otro modo. Es del mismo modo que la pintura, en un momento, pasó a ser abstracta porque quería acercarse a la música y apartarse de lo meramente descriptivo asociado al significante. Porque lo que quería expresar no podía hacerlo con el significante. Yo asocio esta circunstancia con el hecho de que algunas poesías parecen difíciles, y cuesta mucho saber lo que quiso decir el poeta. O sea, pienso que hay cosas que no se pueden decir de otra manera que no sea de manera poética. Y tal como se dice al final del cuento, no se había dado cuenta que nunca había sido poeta, y es que esa búsqueda no era poesía. La poesía, como ya se dijo en otra intervención, es una necesidad. Recordé aquel momento en que yo misma, con once años, escribí una poesía que no conservo. Fue una experiencia personal que me llevó a la necesidad de escribir, la necesidad de escribir algo que el lenguaje corriente no alcanzaba a decir. Es desde esa imposibilidad que se busca un juego de palabras con el fin que algo de esa imposibilidad se transparente. 

Graciela Amorín

martes, 20 de mayo de 2014

Mª José Martínez reseña "El muchacho que escribía poesía", de Yukio Mishima

Tenemos ante nosotros un relato de juventud del gran Mishima, cuyo nombre significa “lugar desde donde se contempla la nieve”. Pienso que tal vez su nombre determinó, en parte, su manera de situarse en la vida, ya que de él se dice, además de otras cosas, que fue un idealista pendiente de la pureza y que siempre amó fríamente el arte, incluso el arte de morir.

Lo que más me sorprendió en este relato, es la contraposición que hace el protagonista entre masturbación y poesía, como algo físico enfrentado a lo espiritual. Pero cuando al final nos habla de su amigo R que se enamora, nos comenta que de eso puede salvarse haciendo un buen poema. Es curioso ver como en este caso contrapone el enamoramiento con poesía. Así pues para él, enamoramiento era similar a masturbación. Es fácil ver que con estas ideas, con esa “forma” de verlo o, más bien, con esa “sin forma” de ver el amor, el chico no lo entendiese.

La primera parte del relato se ocupa de la descripción del protagonista, de sus ideas y de su manera de vivir, rechazando la visión de todo lo real que él no pudiese transformar en poesía, una forma de vida de lo más original, por no decir otra cosa. Parece ser que él sólo era feliz si las cosas tomaban, a través de sus palabras, la forma poética deseada, la belleza más pura y sin duda la más peligrosa: la belleza incontaminada por cualquier forma material. He de apuntar aquí que la belleza o la poesía, cuando tienen algo corporal que las inspira, no son tan amenazantes como esta belleza a la que aspiraba Mishima. La poesía pues, tal como él la concebía y la plasmaba, era todo su goce, a pesar de saber que la poesía era sobre todo “decir mentiras”, tal como era su caso. Así pues, él ya vislumbraba que con aquella obsesión por la poesía, mentía.

Pero el relato no deja dudas de que la poesía era lo mejor para él, pues su goce solitario lo ponía feo y anémico; pero como él vivía en su mundo interior, cosa bellísima para él, que se consideraba “un genio”, pensaba que quien hacía esas poesías tan bellas no podía ser feo, aunque nadie le había dado ninguna opinión al respecto. Vemos, pues, a un personaje encerrado en sí mismo, que imaginaba poder vivir todas las emociones experimentando con la realidad de las palabras, que no de las personas, para así no tener que enfrentarse con la realidad de su cuerpo. Así es que huyendo de toda relación personal, huyendo de esa incapacidad que tenía para relacionarse con los demás y que no reconoce, no se le ocurre otra cosa que echar mano de la palabra poética para preservar la armonía de su alma, esa alma que veía amenazada, además de calmar con ella las alteraciones propias de su edad. Seguramente era eso lo que quitaba la tranquilidad a su espíritu.

La segunda parte del relato narra los hechos ocurridos a su amigo R que se ha enamorado. En esta ocasión su amigo lleva un uniforme, pero con caspa. Es muy cómico ver como este autor, heredero de la más rancia tradición militarista japonesa, que adora los uniformes y la disciplina, lo mancilla en este caso con algo tan vulgar como la caspa. Pero esto no es en vano, pues lo vulgar ocurre cuando el amigo cuenta al chico sus penas de amor. “El espectáculo era desagradable”, nos dice, porque él, que se sentía al margen de tales hechos, hace una constante huída desde la realidad a la espiritualidad poética más absurda. Y cuando el amigo le dice que él no comprende nada, se siente tan herido que se quiere vengar. Luego discuten sobre Goethe que escribiendo el Werther se salvó del suicidio, y aquí vemos la tercera contraposición que nos hace en el relato, escritura contra suicidio. Pero tal cosa no le convence, piensa el chico, porque a Goethe nada le podrá salvar, y lo único que le queda es suicidarse. Pero si el suicidio y la poesía se ven aquí como cosas que no salvan, ¿cómo sobrevivió el alemán? Y la respuesta que nos da es que Goethe era un genio y da la casualidad que él también se sentía así, y así es como quiere salvarse. El hecho tan cotidiano y tan posible como es enamorarse a su edad, es para él algo extravagante y entonces piensa, vengativamente, que Goethe era egoísta y que su amigo no es un verdadero genio, ya que se deja llevar por esa clase de amor impropia de los genios.

Pero al final del relato aparece la realidad, la forma. El amigo le dice que le enseñará una foto de su amada, dando así un paso hacia lo real y lo corporal, pero tal cosa no sucede. Mishima no lo hace, lo deja pasar, porque tal vez en su relato no sabría cómo tratar la foto de la amada. El amigo también le cuenta que su novia lo ve a él con una frente preciosa, y ahí aparece el detalle que ya le vale a Mishima, la frente, a través de la cual el chico tiene una revelación. Hemos de destacar que casi no se ha nombrado nada del cuerpo, sino sólo un trozo de frente que es, precisamente, la parte que aloja el cerebro y por extensión, el pensamiento. Pero a él le llega, porque ha visto una impureza material infiltrada en el sentimiento, ese trozo cuerpo que ya tiene para él una cierta y mágica dimensión, un trozo de frente cecijunta que él también posee. Así es como llega a la convicción de que lo cecijunto es bello, siempre a su través, a su idea. Y es que el pobre chico no sabe cómo hacer para salvarse. Con esa idea, con esa imagen, con esa pequeña forma de su cuerpo es como el protagonista cierra la brecha y consigue la noción de su totalidad, al transformar la forma “vulgar” de su frente, en algo valioso y bello que forma parte de él. Ahora se ha visto y se ha reconocido.

Así termina Mishima este relato, con el chico oyendo, por fin, algo ajeno a él, el sonido exterior, de la pelota golpeada por el bate, pues él careció, hasta entonces, de la facultad de asomarse a otros mundos que no fueran el suyo. El protagonista de 15 años, que según parece nunca fue poeta y que no se suicidó por negligencia, dice que algún día, tal vez, él deje de escribir poesía. Y es que seguramente ya no la necesita.

La “forma” del cuerpo que él despreciaba por vulgar, ha tomado en su mente forma de belleza, y esto era su ideal, lo que él más amaba, la falsa belleza más pura, aquello por lo que, sin saberlo sacrificaba su vida..

Pero ¿es que todo el mundo necesita de la belleza de una forma tan descabellada? Imposible. La belleza en el arte, siempre, o casi siempre, ha estado inspirada por algo material.

Cosas de Mishima, aquel chico que sólo quería ver la nieve.

Un verdadero caso clínico.

Mª José Martínez

Inma Marcos nos ofrece su comentario sobre "El muchacho que escribía poesía", relato de Yukio Mishima

Amigos de LITER-a-TULIA.

Aunque no nos conocemos soy una asidua lectora de vuestro blog y por esto me permito hacer un comentario y ofrecerlo a vuestra lectura, sobre este relato de Mishima, El muchacho que escribía poesía.

Quiero comenzar haciendo un juego (una pequeña trampa poética) con la parte del texto en que Mishima nos dice las metáforas que concurren en el éxtasis creativo del muchacho. El juego consiste en cambiar el tiempo verbal y pasarlo a presente y en cambiar un "como" por un "es":

La oruga hace encajes con las hojas del cerezo

Un guijarro lanzado a través de robles esplendorosos vuela hacia el mar

Los duraznos se maquillan suavemente entre el zumbido de insectos dorados

[...]

El cuerpo de una muchacha sentada junto a un horno es una rosa ardiente

Él se acerca a la ventana y descubre que es una flor artificial

Su piel, en carne de gallina, se convierte en el gastado pétalo

de una flor de terciopelo.

Luego volveré a estos versos. Ahora quiero contar lo que a mí me cuenta Mishima.

Un muchacho que tiene quince años y no tiene nombre, escribe poesía. Parece que no lo hace mal. Un poema suyo, que a él le da pena, no me parece tan malo:

Así como el borde transparente de este vidrio

tiene un fulgor azul,
 
así tus límpidos ojos pueden

esconder un destello de amor

La poesía, sin duda, le visita, casi diría que como Pedro por su casa. Le regala poemas que no puede dejar de escribir, se asombra. Si es verdad que la poesía florece por florecer podríamos decir que en él ocurre y concurre, incluso en algunos momentos con la osadía de los quince años, aventurando en el lenguaje, nombrando a la gallina en el poema y poniendo los árboles patas arriba.

Él lo llama "genio", y bien parece el maligno genio de Descartes soñándole y haciéndole vivir en un sueño hecho de palabras. El genio que se encargará de su vida y de su muerte. Sí, las palabras tejen el sueño que es la vida del muchacho. La poesía en su materia prima.

Y parece, en un primer momento, que estas también le traen las cosas pues en las palabras y por ellas cree conocer las emociones: la alegría del amor, el sufrimiento, la tristeza, el desamor... Cuando al final del relato el amigo le cuenta sus penas, él reconoce todos esos sentimientos porque los ha leído. Sabemos que en la lectura vivimos. Pero él no llora y dice súplica sin emoción como solo puede hacerlo quien nunca ha suplicado. Y aunque sabe "mentalmente" que un poema nace de la tristeza, no es su caso. Difícil ser un poeta romántico, como él quiere, preferiblemente joven, cuando la muerte, en todas sus expresiones, está tan lejos de uno como sólo de un muchacho de quince años puede estarlo. Por ello, y cosa muy natural en la poesía, aprende a mentir "sutilmente": Nunca ha amado y escribe poemas de amor. Ya Platón quería echar a los poetas de la República por mentirosos y creo que hay algo de verdad en esto pero no sé si es relevante pues tampoco sé si al poema le importa si miente.

Y vive en las palabras, sobre todo si son de las bellas, con el afán de quien quiere separarse años luz de su cuerpo, que parece le da algunos problemas, pero esto en un muchacho de quince años no me parece raro, el cuerpo a esa edad es una cosa extraña, luego uno se hace a su cuerpo y su cuerpo se hace a uno y se sobrellevan. Él no quiere nada con las cosas y menos con esa. Sólo hay para él poesía en las palabras. Si un objeto le llama la atención y no se convierte inmediatamente en imagen, lo abandona. Pero sí parece intuir que uno se inscribe en el mundo por el lenguaje y sabe que las palabras, aún la misma, son siempre distintas. El muchacho construye para sí un infinito caleidoscopio poético.

Y es feliz cuando el mundo adopta la forma de su deseo que es la forma de la poesía, las ideas . Entonces su felicidad es inmensa y hay algo en ella insólito, absolutamente propio y necesario para la poesía, el goce de escribirla. Nunca habría reconocido como sí hizo otro, este sí, grandísimo poeta, haber cometido el peor de los pecados que puede cometer un hombre: no haber sido feliz. Pero... quién sabe.

El muchacho tiene un amigo, un otro (con minúscula, el Otro creo que es él mismo), y me parece que solo es aceptado porque se ha desgañitado alabándole su talento, y en el que reconoce un algo, un dolor, una sombra que nunca caerá sobre él. Este amigo que viene acompañado de la palabra fiebre y habla con pasión, que sí tiene nombre, o más bien letra —R—, que sí sufre (—Sufro —dice) por un amor imposible, que tiene cuerpo pues se ensucia las manos, que tiene dos protuberancias por frente que el amor ha hecho hermosa, y una nariz donde parece habitar la angustia, que "adorna sus miserias".... Este amigo aparece atravesado por un saber (Tú no comprendes todavía) que es el saber que produce la letra de la palabra amor, o de la palabra muerte o de cualquier otra, al atravesar el cuerpo y dejarlo herido para siempre.

Y ahí el muchacho tiene una revelación que viene precedida de un sueño, en color, como sueñan los poetas. Un inmenso pavo real verde atado a la cadena que un hombre arrastra y que le hace formular una pregunta simpática: ¿Qué querrá decir un pavo real verde para Freud? Luego ve el amor por primera vez con sus ojos en el rostro del amigo aunque no es para él un bello espectáculo y entonces, con una sonrisa en su rostro que aparece por primera vez en el relato, esboza una duda que es otra pregunta porque una duda casi siempre es una pregunta: Algún día, tal vez yo, también dejaré de escribir.

Y volviendo entonces al juego del poema y a los últimos versos, donde no alcanzo a entrever si la flor artificial es la muchacha o es el muchacho la flor artificial, pero en todo caso la flor es artificial, y una flor de terciopelo no es una flor.

Tal vez entonces comprendió que a la flor de su poema le faltaba la sangre y la carne y también el color que es lo que da la experiencia, me dice Mishima, y que las palabras que tan dichosamente llegaban no se quedaban a vivir en él, y que aún no sabía ser feliz, y que el como era el es, y que tan sólo nombraba y no tenía nombre... y que la sombra había caído definitivamente sobre él.

Y que también podría no ser un Schiller o un Goethe, sino un Holderlïn, que en el último tiempo de su vida, cuando ya era viejo y loco, firmaba con un nombre que él mismo se había dado (Scardanelli), y terminaba todos sus poemas con el mismo verso:

Humildemente.

Inma Marcos

lunes, 19 de mayo de 2014

Reunión fin de curso, Junio 2014

LITER-a-TULIA despide el curso de este año
abordando el análisis del cuento del escritor alemán
Heinrich Böll
que lleva por título
"No solo en Navidad"


El relato "No solo en Navidad", en la finura de su tono surrealista,
es un magnífico ejemplo de la buena literatura.
El maestro alemán, no suficientemente reconocido en nuestro país,
utiliza el sarcasmo para crear escenas desternillantes;
una fina sátira deslizándose sobre el fondo de una situación familiar
absolutamente dramática.


Existe un enlace en Internet para la lectura de sus cuentos,
entre los que se encuentra el propuesto:

Viernes 13 de Junio, 18 horas
Este o Este
Manuela Malasaña 9
Metro Bilbao 

 

jueves, 15 de mayo de 2014

Esperanza Molleda abre la tertulia sobre el relato de Bioy Casares En memoria de Paulina

En primer lugar quiero agradecer a Gustavo Dessal, a Miguel Ángel Alonso y a Alberto Estévez la invitación a introducir la tertulia de esta tarde. A ellos que me une una simpatía especial que yo llamaría cariño. Con Miguel Ángel y  Alberto, cariño hecho de compañerismo y de trabajo codo a codo en la Escuela, como  miembros de la misma generación que somos. Y con Gustavo Dessal, cariño nacido del agradecimiento por la generosidad y por la confianza con la que me he sentido tratada por él desde que llegué a la Escuela.

Antes de aceptar su invitación, leí el texto completo del relato, aunque la primera frase (además del cariño del que acabo de hablarles) ya me decantó hacia el sí. “Siempre quise a Paulina”, empieza el relato de Bioy Casares. “Bien, me dije, una historia de amor con sorpresa, esto es lo mío”. En mi veta femenina está el ser una forofa del amor, de las historias de amor, y en mi veta todavía un poco histérica está el ser una forofa de las historias de amor con truco, con fallos, con dificultades.

Empezaré con una afirmación contundente. Para mí  “EN MEMORIA DE PAULINA”  trata de cómo las historias de amor se transforman en cuentos de terror. ¿Es un relato fantástico? No lo creo. Creo, en cambio, que la fabulación fantástica de Bioy Casares le permite traspasar las reglas del realismo para mostrarnos con mayor agudeza y contraste esa experiencia, no poco habitual, en la que las historias de amor particulares se ven transformadas en un instante en cuentos de terror, en la que los consciente y lo inconsciente, lo real y lo fantaseado suelen mezclarse en la psique del afectado de tal forma que resultan difícil ser tamizadas.

El relato de Bioy Casares presenta dos historias de amor convertidas en cuentos de horror, una, la del narrador con Paulina; otra, la de Paulina con Julio Montero. Una, contada con detalle, la otra adivinada por la contundencia de los hechos. Ambas fracasadas. Fracasadas de mala manera, quiero decir, porque fracasar, lo que se dice fracasar, todas las historias de amor fracasan, se frustran en algún punto, no tienen el éxito que el fervor inicial de los amantes espera, aunque algunas, por suerte, fracasan de una manera menos mala que estas…

Es precisamente este punto de fracaso de mayor o menor calado que existe en cada historia de amor el que nos lleva a experimentar el horror que Bioy describe en este cuento, que nos lleva a sorprendernos cuando en una historia de amor en la que estamos inmerso, en la que parece, imaginamos, queremos imaginar  que todo va bien, de repente, ¡zas,! la distancia, el desconocimiento, la extrañeza,  los celos, el miedo, la traición, el rechazo, el abandono, la frialdad, la incapacidad de comprender que se ha colado entre los dos amantes. Es el horror del encuentro con el “no hay relación sexual” que el deseo, el enamoramiento, el amor correspondido querían hacernos olvidar.

Los seres humanos no sabemos qué hacer con esta imposibilidad que Lacan definió como “la inexistencia de la relación sexual”, nos cuesta aceptar esta limitación del amor, nos cuesta aceptar la soledad  sustancial de nuestra existencia, nos resistimos ante el profundo desamparo que anida en nuestro interior y nos lanzamos unos en brazos de otros, ciegos, sin querer ver este punto negro y antes que aceptarlo, elucubramos con el lenguaje y con la imaginación todo tipo de explicaciones.

- “Estás cambiada.
- Sí- respondió-. ¡Como nos conocemos! No necesito hablar para que sepas lo que siento.
Nos miramos en los ojos, en un éxtasis de beatitud.
-         Gracias- contesté.
Nada me conmovía tanto como la admisión, por parte de Paulina, de la entrañable conformidad de nuestras almas. Confiadamente me abandoné a ese halago. No sé cuando me pregunté (incrédulamente) si las palabras de Paulina ocultarían otro sentido. Antes de que yo considerara esta posibilidad, Paulina emprendió una confusa explicación. Oí de pronto:
-         En primera tarde ya estábamos perdidamente enamorados.
Me pregunté quiénes estaban enamorados. Paulina continuó.
-         Es muy celoso. No se opone a nuestra amistad, pero le juré que, por un tiempo, no te vería.
Yo esperaba aún la imposible aclaración que me tranquilizara. No sabía si Paulina hablaba en broma o en serio. No sabía  qué expresión había en mi rostro. No sabía  lo desgarradora que era mi congoja. Paulina agregó:
-         Me voy, Julio está esperándome. No subió para no molestarnos.
-         ¿Quién?- pregunté.
En seguida temí – como si nada hubiera ocurrido- que Paulina descubriera que yo era un impostor y que nuestras almas no estaban tan juntas.
Paulina contestó con naturalidad:
-         Julio Montero (…)
Después me encontré solo. Todo era absurdo. No había una persona más incompatible con Paulina (y conmigo) que Montero. ¿O me equivocaba? Si Paulina quería a ese hombre, tal vez nunca se había parecido a mí. Una abjuración no me bastó; descubrí que muchas veces yo había entrevisto la espantosa verdad”. 

Con estas líneas, Bioy Casares nos muestra esa delgada línea con la que se pasa de la historia de amor al cuento de terror.

Bioy Casares recorre a través de estas dos historias de amor entretejidas por la persona de Paulina, dos estilos distintos de enfrentarse a la “no relación sexual”. El estilo del narrador y el estilo de Montero. Y a través de los dos estilos, encontramos algunas estrategias  de engañarnos en el amor, de cegarnos ante lo imposible de una relación plena entre hombre y mujer, muchas de las cuales no nos resultarán extrañas, si volvemos con humildad nuestra mirada a las historias de amor que hemos vivido.

El estilo del narrador nos dibuja un amor de finas líneas, de frescura infantil, de craso idealismo: ella es mi gemela, ella es mi modelo, nuestras almas están unidas. En él, la mujer es un objeto idealizado, ajeno a toda carnalidad, ajeno a toda imperfección. El hombre crea y recrea en su imaginación, se regodea en los pensamientos y en las palabras que definen este amor ideal. Este amor se ve puesto en evidencia por la rudeza viril de Julio Montero.

El estilo de Julio Montero se adivina hecho de pasión, de terrenalidad, de incapacidad para poner freno al encuentro entre los cuerpos, forjado más por los hechos que por las palabras. Un amor que, en su exceso, encuentra un límite en los celos hacia ese entendimiento amistoso y templado que existía entre el narrador y Paulina.

El narrador piensa que Montero fue el causante de su fracaso con Paulina. Montero pensó que era el narrador el responsable de su fracaso con Paulina. Y Paulina pensó que lo que no le daba el narrador y que encontraba en Montero era lo que le faltaba. Al final, ellos solos con sus recuerdos y ella, muerta.

Cuanto menos margen dejamos para la brecha oscura que existe en toda historia de amor, más se convierte la historia de amor en un cuento de terror en el que es necesario  encontrar un culpable.

¿Habría habido una posibilidad de continuar su historia de amor si el narrador hubiese podido exponer su amor ideal por Paulina al encuentro de los cuerpos? ¿Habría habido una posibilidad de continuar su historia de amor si  Montero hubiera podido aceptar que no estaba en sus manos dar a Paulina la delicadeza que le ofrecía el narrador? ¿Habría habido una posibilidad  de continuar con vida para Paulina si hubiera podido renunciar a uno de los dos?
No sabemos, pero intuimos que cualquiera de estas historias de amor que hubiera continuado, hubiera sido una historia de amor fracasada. Pero una historia de amor fracasada de una mejor manera, porque toda historia que continúa entre un hombre y una mujer a pesar de la “maldición” de la imposibilidad de la relación sexual, a pesar de las inhibiciones, de los fantasmas, de los miedos de cada uno de los partenaires es una historia que apuesta por lo posible y no se hace morir por lo imposible. Aunque, por desgracia, como el psicoanálisis nos enseña, nos es cuestión de buena voluntad que las historias de amor fracasen de mejor o peor manera, ya que lo más insondable de cada sujeto se pone en juego en el encuentro amoroso. 

Esperanza Molleda