lunes 26 de julio de 2010

Meditaciones literarias II: A la Poesia, al Poeta

Uno de los versos que, a mi parecer, merecen estar en cualquier antología de la más excelsa poesía, fue escrito por Leopoldo María Panero:

"Lo que yo soy sólo lo sabe el verso"

La bella perfección de la derrota: Poesía. Potencia del acto más audaz que el ser acomete en el seno de la lengua. Más allá de todo orden, el Poeta limita con su ruptura, con la desnudez del sentido, solicitando al sonido resonancias de una verdad que mora, indefectiblemente, en una lengua desde siempre perdida.

Paradoja de la belleza. “Lo que yo soy sólo lo sabe el verso”. Lugar de llegada, sosiego donde se apaciguan las pasiones y el deseo, como Nietzsche sugería acerca de la Belleza en Así habló Zaratustra. Pero no se puede eludir el desasosiego que este verso acoge. En sus Elegías de Dunio, Elegía I, Rainer Maria Rilke sabe algo esencial que consuena con el verso de Panero: “Lo bello no es nada más que el comienzo de lo terrible”.

"Lo que yo soy sólo lo sabe el verso". La belleza como saber hacer por parte del Poeta, construcción de una morada que se erige en el borde del abismo, que es suyo... y nuestro.

Miguel Ángel Alonso

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domingo 18 de julio de 2010

Meditaciones literarias I: El espacio en la novela: Mundo y Alma

En un párrafo de su obra El arte de la novela, el escritor checo Milan Kundera plantea una secuencia que transita, a grandes rasgos, por la historia de la novela, ilustrando la reducción progresiva del espacio vital en el que se desenvuelven los protagonistas de la literatura. Es un viaje que, partiendo de lo infinito del mundo exterior, camina hacia la pérdida de ese mundo, pasando, de ahí, a lo infinito del alma, donde se alojará la nostalgia por el mundo perdido, para arribar finalmente a un reducto mínimo, una célula mínima del alma que acogerá las paradojas de un hombre atormentado.

En el principio de la novela europea, Milan Kundera sitúa lo ilimitado del amplio mundo –piénsese en El Quijote de Cervantes, o en Jacques el fatalista de Diderot. Para los protagonistas, partir o regresar no eran acciones que entrasen en determinaciones temporales, ni en acotaciones espaciales, sino que se atenían a la aventura de un viaje en el que intervenía el juego del azar, el juego de la libertad.

Posteriormente, las ciudades, las instituciones sociales, políticas y religiosas, reflejadas en la literatura, van conformando la historia a la vez que establecen acotaciones que ocultan el vasto horizonte, que van ralentizando la metonimia del deseo, aun cuando no cercenan totalmente el espacio, pues todavía prometen la aventura.

La secuencia continúa con alusiones a Madame Bovary, de Gustave Flaubert. Allí el espacio ya se reduce dramáticamente, hasta el punto que a la protagonista sólo le queda la nostalgia de una aventura que se imagina, siempre, más allá de su entorno vital cotidiano, rígido y angustioso. A Madame Bovary ya sólo le queda el sueño y las ensoñaciones de la fantasía como aventura.

El proceso es evidente, se pasa así de lo infinito del mundo a lo infinito del alma.

Finalmente la secuencia se puntúa encerrando al ser en sus paradojas. Se diluye la infinitud del alma y queda, como resto, la célula mínima kafkiana en la que todos nos reconocemos, esa culpa ineludible que aceptamos sin saber de qué somos culpables, o bien la imposibilidad de acceso a un Castillo majestuosamente cercano pero terrible, dado que, aún siendo la instancia que convoca al sujeto para ofrecer el sentido de sus cuitas, cada paso hacia él parece alejarnos de la respuesta que esperamos.

Miguel Ángel Alonso

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domingo 11 de julio de 2010

Curiosidades literarias I: Sigmund Freud. Pasajes literarios

En el principio de la edición española de las obras completas de Sigmund Freud, éste da cuenta de su afición temprana por la literatura en una nota de reconocimiento dirigida al traductor D. Luís López-Ballesteros y de Torres:

Siendo yo un joven estudiante, el deseo de leer el inmortal Don Quijote en el original cervantino me llevó a aprender, sin maestros, la bella lengua castellana… “. (1)

Esta nota da la medida del importante y selecto compromiso de Sigmund Freud con la literatura.

A ello se añade, en el inicio propiamente dicho de su obra, una carta dirigida a Emil Fluss en la que la elección literaria de Freud se muestra de nuevo en su distinción selecta. Se refiere allí a pasajes de Virgilio y Edipo rey:

En latín nos dieron un pasaje de Virgilio que casualmente había leído, cierto tiempo atrás, por mi cuenta… La prueba de griego, para la que dieron un pasaje de 33 versos del Edipo rey, salió algo mejor… También este pasaje lo había leído por mi cuenta, sin ocultar tal circunstancia… “. (1)

Liter-a-tulia
(1). Obras completas. Biblioteca Nueva. Tomo I

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sábado 19 de junio de 2010

Un recuerdo para Don José Saramago.

D. José Saramago, uno de los privilegiados por la lengua, uno de sus escogidos, abandonó el registro de la voz. Y la lengua no puede sino callar un poco.

Tengo ante mí la escritura de una dedicatoria que la pluma de José Saramago trazó en mi ejemplar de su libro A Caverna. Ese trazo, separado de la sonoridad de su voz, no me muestra una palabra que pueda reconocer en un significado concreto. Sólo entiendo las primeras palabras, las que escriben mi nombre, uno entre todos los nombres de aquella mañana. Las siguientes parecen una marejadilla producida por el poder de una mano de la que aún recuerdo su fortaleza como de elefante. Buenos días Don José. ¿Como te llamas?... Y escribió: “Para Miguel Ángel...”

No importa. Es como si en esa marejadilla del trazo no hubiese otra cosa que un ofrecimiento perfecto, la remisión a su letra, a su obra. Un placer. Muchas Gracias Don José.

Recuerdo también la frase de Ricardo Reis que Saramago escribe en su novela O ano da morte de Ricardo Reis: "Pido a los dioses que me concedan el no pedirles nada”. Nada le pidió a los dioses sino a los hombres. Quijote tomado por la ironía aguda e ingeniosa, y por el afán de encontrar un escenario digno para la vida de los seres humanos, sobrevoló en su expresión literaria como un gavilán mordaz sobre la injusticia institucional, política y religiosa, y sobre la veleidad sentenciosa de la “verdad” que escriben a fuego los canallas, esa sinrazón que tantas veces alimentó las tragedias sufridas por la comunidad humana.

Estas circunstancias conformaron una manera singularísima de aventurarse en un fluir literario al que una puntuación personal, única e intransferible, dota a sus textos de una metonimia que se desliza, entre líneas, por una reflexión sobre aquello que lo acogió, el lenguaje, sobre la palabra, sobre la escritura, sobre la ficción, en definitiva, sobre la esencia que nos conforma como seres humanos. Supo responder a ese acogimiento situándose como narrador omnisciente que nos contaba, con el maravilloso acento portugués que impregnaba sus letras, las consonancias que sabía escuchar entre la multiplicidad de las cotidianeidades actuales y las históricas, esas que fueron conformando escenarios no siempre dignos para nuestro destino. Era su preocupación vital.

Obrigado y hasta siempre Don José.

Miguel Ángel Alonso

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viernes 18 de junio de 2010

Apertura 18ª reunión Liter-a-tulia sobre la obra de Clara Sánchez "Lo que esconde tu nombre"

Quiero dedicar mis primeras palabras de hoy, que son de profundo agradecimiento, a nuestra invitada, la autora que firma la obra que comentaremos. Se trata, como muy bien saben, de Clara Sánchez, conocida escritora de dilatada trayectoria que comenzó este año literario de la mejor manera. Para nosotros es un honor poder contar con ella, sabedores además de las obligaciones incesantes que debe afrontar, esa es la parte más delicada de recibir un premio de la categoría del Nadal, aunque no esté de más recordar que su carrera se ha visto premiada en distintas ocasiones, por lo tanto cabe pensar que ya tiene cierta costumbre en lidiar con compromisos de todo tipo, y lo demuestra su presencia hoy aquí con nosotros.

Pero me gustaría ponderar dicho agradecimiento, porque hay una persona que es artífice de este encuentro, y la que ha permitido que este cierre de nuestro segundo curso sea a su vez una celebración tan apetecible. Me estoy refiriendo a María Lizcano, compañera psicoanalista hace ya unos años, fiel seguidora de Liter-a-tulia, no por nada fue, como recordarán, la responsable de traernos a Rosa Montero el pasado diciembre, y por consiguiente estamos en condiciones de nombrarla de manera oficial embajadora de nuestra tertulia y secretaria de relaciones con los escritores. Nuestra ilusión era que hubiera no una, sino dos mujeres premiadas, pero carecemos de presupuesto que lo permita, quede aquí al menos la mención registrada además en la grabación que lleva a cabo Miguel. Gracias María.

Quiero plantearles una pregunta; ¿qué es lo que esconde un nombre? ¿Podemos declarar que los nombres esconden algo? Si respondiésemos afirmativamente, podríamos preguntarnos: ¿qué es ese algo, de qué se trata?, y más aún, ¿por qué ese algo ha de ser objeto de encubrimiento?

En alguna ocasión les habrá ocurrido, conversando sobre cine, que al ir a citar a tal actor o tal actriz, el nombre se les escamotea; recuerdan el título de alguna de sus películas, evocan vivamente algunas escenas, son capaces incluso de acordarse de los nombres de algunos otros actores que están en ese mismo reparto, pero el de nuestro protagonista nos falta, hasta que, no se sabe cómo, decimos por fin: “ah, John Malkovich” A mí me pasa con éste y de manera recurrente, tengo pendiente repasar el primer capítulo de Psicopatología de la vida cotidiana, que Freud dedicó al olvido de los nombres propios. Lo cierto es que se produce un efecto de alivio, porque si se dan cuenta, el nombre propio tiene una característica muy particular, no se puede sustituir, cuando se trata de hacerlo se entra en un terreno diferente, nos apoyamos entonces en el sentido y decimos; sí, el del anuncio de Nescafé con George Clooney, o el de Las Amistades Peligrosas refiriéndonos a su profesión, pero el nombre propio no puede moverse, tiene algo de la categoría de lo escrito.

Creo que el alivio que experimentamos en esas ocasiones en las que el nombre vuelve a nuestra boca está en relación con cierto efecto de unión; hemos colmado un hueco, hemos rellenado un vacío, obturado un agujero. Hueco, vacío y agujero, sinónimos aquí de algo innombrable, que impide saber el nombre de aquello que somos, y ahí acude en nuestro auxilio la nominación, aportándonos un nombre con el que soñamos burlar nuestra propia fragmentación en la que estamos constituidos como sujetos del lenguaje, un nombre para poder bordear nuestro particular abismo, el de cada uno.

Así, el nombre propio se configura como herramienta para tapar, para esconder la división que padecemos, pero en realidad, no es más que un puro significante, esa es su condición, y la autora nos lo recuerda: “los nombres en sí mismos no son nada, todo depende de quién los lleve puestos” Debo decir que el título no sólo me ha resultado muy atractivo, Lo que esconde tu nombre, sino que me parece muy feliz su elección, quizá podamos después preguntar a Clara sobre esta decisión.

Siempre que comienzo una novela trato con especial interés su primera página, en muchas ocasiones he encontrado claves que me han iluminado en el desarrollo posterior, al estilo de las primeras palabras que un paciente elige para comenzar una sesión. En muchas ocasiones vuelvo sobre ellas, y no es extraño que tanto durante la lectura como al finalizar la obra, relea en más de una ocasión esa primera página a la luz de lo que se ha dicho o escrito después. Pues bien, esta vez también dio su fruto: tenemos a Julián, nuestro coprotagonista, ello no significa que el peso esté repartido al 50%, nos lo encontramos haciendo la maleta. A bote pronto pensamos; se va de viaje, y efectivamente acertamos, pero cuando nos dicen lo que su hija piensa de él, ya cambia nuestra perspectiva, lo escrito toma otra dimensión y la lectura va dando cuerpo a ese marcharse, no sólo nos avisan del peso del pasado hasta tildarlo de obsesión, sino que nos están narrando en ese gesto relativamente habitual, hacer una maleta, un rasgo central de este personaje. Creo que tacharlo de viejo loco no se justifica completamente en su obsesión por el pasado, todos tenemos un pasado y lo de la obsesión lo compartimos en mayor o menor medida cada uno, lo de viejos ya lo dejo al criterio de cada cual.

La locura de este personaje, si me permiten decirlo así, sin ninguna intención diagnóstica en ello, está más bien en su intento fracasado de experimentar una metamorfosis, la que consiste en dejar de ser “superviviente” para convertirse en “cazador”. Esta metamorfosis que supuestamente transformaría el miedo, la culpa y la vergüenza, características de un superviviente, en furia y venganza, condiciones del cazador, no se consuma en la persona de Julián, por mucho que quiera. El cazador es Salva, y Julián no se engaña, sabe que su calidad de cazador no es la de su amigo, porque a él siempre se le escapan aunque no sepa muy bien por qué, el caso es que no puede acabar con ellos. El veneno de Mauthausen no tuvo el mismo efecto en ambos, por ello Julián no ha venido de caza a Alicante, ha venido a cumplir la misión de su amigo, pero ésta no le pertenece, se ve llevado a hacerla, y esta es la paradoja, porque él es un superviviente.

Pero además lo de superviviente precisa que nos detengamos en ello, porque no es un título ganado únicamente en el campo de trabajo alemán, que ya sería un argumento más que potente para justificarlo, sino que además su condición de superviviente se redobla con la muerte de su esposa Raquel, y nos dice en la página 170; “Tenía la impresión de que me había quedado en este mundo después de morir Raquel para expiar alguna culpa, para sufrir un poco más, no tenía ninguna lógica que la hubiera sobrevivido”. Para colmo, y como muy bien saben, la tirada de dados le vuelve a favorecer, y será Salva el que desaparezca quedando él como testigo de ambas muertes y único superviviente de este trío. Ahora el título es del todo suyo y es en estas condiciones que la culpa hace pasto en él. Podemos comprobar la exaltación que esta cuestión ha tomado proponiendo que Julián llega a sentirse víctima de estar vivo.

Los que asistieron a la última tertulia quizá recuerden una pregunta rozando el final de la reunión que se basaba en la culpa respecto de la novela de Yates. Me parece que esta obra que nos reúne hoy, trata de la inevitable relación entre este sentimiento y la posición de víctima, y permite distinguir distintas declinaciones, porque la culpa no sólo encuentra su fundamento en el hecho de que alguien pueda sobrevivir a sus seres queridos, el libro explora otras vías, y lo hace sirviéndose de un personaje en el que la culpa alcanza un estatuto de síntoma que lo invade todo, es lo que ocurre cuando la identificación de víctima tiene tanta fuerza; el texto nos va indicando los distintos enclaves de la vida de Julián en los que la culpa parece fortificarse; uno de ellos lo constituye su relación de pareja; se reprocha descuidarla en favor de las atenciones que reciben personas que ni siquiera conoce. Esto se hace extensivo a la relación con la hija evidentemente, porque el descuido lo ha llevado a perderse cómo su hijita ha ido creciendo. Y él tiene claro que esto le pasó “siempre”, desde su estancia en Mauthausen, pero la presencia del adverbio “siempre”, convendrán conmigo, que invita a pensar que el origen de su desatención y desapego para con los suyos, de este hombre que nos presentan haciendo la maleta, viene de antes, por mucho que él se empeñe en recordarnos que “siempre” es a partir de estar en el campo; más pareciera ésta una intención de negar ese “antes” del que, ya se dieron cuenta, como lectores estamos absolutamente excluidos.

Vayamos entonces a lo que sí conocemos y aprovechamos para dar entrada a la que comparte el protagonismo en la novela, muchísimo más que su mujer y su hija. Sandra es heredera de Raquel en lo que a la subjetividad de Julián respecta, claro que no nos vayamos a pensar que él se ha enamorado de ella o que ha habido flechazo, inmediatamente y de manera vehemente nos jura que no hay nada de eso por si nos estábamos pensando cualquier cosa, ya se sabe que el malentendido lo único que consigue es enredar. Esta muchacha ha llegado hasta aquí como consecuencia de haber perdido la brújula hace tiempo y parece encontrarse completamente desorientada. Guiada por dicha desorientación, es la confusión la que le brinda una solución para su momento actual, una solución de marcados tintes infantiles: encontrar unos padres adoptivos en la figura de Fred y Karin, los ancianos que la socorren en la playa, a los que poco a poco se va aproximando, renunciando incluso a la independencia que pudiera reportarle vivir en su propia casa, hasta finalmente guarecerse bajo el mismo techo de la pareja. Con ellos se siente cuidada e incluso contempla un futuro tranquilizador a través de la posible herencia que podría recibir, pero creo que no hay intención de mostrarnos a Sandra como alguien que encarne un sujeto interesado, más bien se trata de querer acomodarse a la tranquilidad, sus intereses son más bien evitar los riesgos de la vida y encontrar un lugar en calma, con ciertas comodidades, y sin grandes emociones ni peligros. Y en el camino de todo ello, repartir parte del peso que supone la angustia de convertirse en madre.

Hay una doble formulación en la posición en la que Sandra se nos presenta. Por un lado, lo que pudiera encuadrarse bajo la fórmula “estar a la espera”. Su vida auténtica va a empezar en cualquier momento, quién sabe si no lo habrá hecho ya al mudarse a casa de los viejos. De cualquier modo, bajo esta modalidad, ella cede su responsabilidad a la propia vida, que se convierte en la encargada de traerle su futuro, ella no va a salir a buscarlo. Y en segundo lugar, la pauta o el patrón que gobierna dicha posición puede nombrarse como “vivir escapando”, o huyendo, en la que encajarían multitud de predicados: escapar de vérselas con el padre del lo que lleva en sus entrañas, escapar de su verdadera familia, de su falta de compromiso con cualquier tipo de trabajo, incluso de la realidad que supone su embarazo.

Hacer un recorrido descomponiendo la posición de Sandra me sirve para mostrarles el cambio que se ha efectuado en su personaje al haberse embarcado en la aventura de Julián, aunque nosotros sepamos que en realidad es la aventura de Salva. Se produce un proceso de cierta maduración, con limitaciones, pero es evidente que pasar de la posición de espera a una actitud decidida en pos de un objetivo surte efectos, hay cierta rectificación subjetiva en ella producida cuando confirma que no es posible vivir sin peligros, que no existe la vida sin cierto riesgo, el que conllevan nuestras decisiones y nuestros actos. Comprobamos la transformación en el paso que supone evadirse de la maternidad a la preocupación por el futuro de su hijo. Esta es la más notable, pero por el contrario, y por eso dije con limitaciones, hay otros aspectos en los que no se ha producido un cambio tan apreciable, quizá sean estos aspectos los menos susceptibles a un proceso de maduración, lo cual me lleva al último punto en el que me ha hecho detenerme esta novela y que no quiero dejar de transmitirles; se trata del amor.

La trama argumental de esta novela en principio no estaría tan cercana a lo que representa la cuestión del amor, y la prueba es que no podemos clasificarla como novela romántica, sin embargo ustedes saben que es un sentimiento que alimenta constantemente la literatura y en esta obra en concreto es un elemento bien presente; ambos personajes comparten algunos aspectos, lo cual seguro que propició casi desde el principio ese feeling entre ambos, y es en ese sentido y en lo que respecta al tema amoroso, tanto el uno como el otro, parecen revelar cierta estrechez en su experiencia.

¿Qué hay de invención, que hay de hereditario o de repetición en la forma que cada uno tenemos de afrontar las relaciones amorosas? En el caso de Sandra muy pronto tenemos argumentos; quizá mis padres fuesen más felices si mi madre admirase a mi padre como Karin a su marido. Observen que a continuación nos da la clave: debía de ser algo genético porque tampoco yo había logrado admirar a Santi de esa manera. Sandra pues contesta a nuestra pregunta, efectivamente, el amor es repetición, en su caso, lo que se repite es el modelo “heredado” de la pareja de los padres. Ahora bien, al observar esta diferencia entre ambas parejas debemos pensar que Sandra dispone de la sensibilidad suficiente para percibir que amar puede ser otra cosa, y la novela le da la oportunidad de vivir una experiencia inédita, apasionarse con un amor que la desarbola, y por el que además es correspondida, y sin embargo decide marcharse. Aunque todo en la novela nos lleve a pensar que no le quedaba otra opción, y que los acontecimientos hacían necesaria su marcha, no he podido dejar de valorarla como una elección, como tampoco pude dejar de preguntarme qué hubiera ocurrido si hubiera decidido quedarse y apostar por ese amor.

A Julián no hay quien lo desarme desde el amor, y no tiene reparos en confesarlo, que el amor por Raquel es el de Salva, y si estuvo con ella fue porque Raquel lo eligió a él. Su amor no está a la altura del de su amigo. Su amor es un amor tranquilo, que es un adjetivo muy elocuente en este caso; nunca hizo tonterías por amor, ni Raquel lo puso nunca en el trance de hacer nada fuera de lo normal. ¿Qué frase tan enigmática esta, verdad? ¿Las mujeres nos llevan a los hombres a hacer cosas raras? Es posible, aunque bueno, parece que no a todos, en algunos el amor al padre tiene tanto peso que debilita la pasión por ellas, máxime cuando su Salva-dor incluso ha llegado a devolverles la vida.

Pero como en el caso de Sandra, tampoco podríamos afirmar que no existe amor en Julián; sabemos que funcionó como potente antídoto metabolizando gran parte del veneno que destiló Mauthausen, igualmente, el amor a Sandra lo mueve a renunciar en parte a la satisfacción de su venganza, aunque por el camino no haya cejado ni un instante intentando quitarle la ilusión por Alberto. Nos propone un gélido debemos darnos espacio para perpetuar la constante distancia afectiva con su hija, y juega a recuperar el amor al final de su vida, pero es un semblante que esconde lo que verdaderamente se le impone y le resulta inevitable: querer enloquecer al anciano nazi con quien convive, como ellos le habían enseñado Quizá no tenga otra opción, quizá es lo que se puede hacer cuando uno queda fijado tan intensamente a una posición, la venganza da la espalda a lo que el futuro se empeña en ofrecer, entonces nos retornan las palabras de Sandra, y quedamos desolados ante la posibilidad de que el drama de una víctima pueda transformarse en tragedia, la que supone malgastar una vida.

Alberto Estévez 11 de Junio 2010

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miércoles 16 de junio de 2010

Comentario de Héctor Urdaneta sobre la novela Lo que esconde tu nombre, de Clara Sánchez

Es difícil decir algo cuando lo leído no deja huellas.

Pensar en Lo que esconde tu nombre es volver sobre un tema trillado en la literatura; una historia nazi sumergida en la infamia, la confusión y la venganza; sentimientos propios de un evento tan dramático y deleznable como lo fue la II gran guerra.

La obra es narrada a dos voces; la voz de la confusión y la voz de la venganza. Una joven transita por un momento critico de su vida y se entrega ciegamente a “la buena fe y la bondad” de dos desconocidos, la aparente inocencia de Sandra cobrará un alto precio, ella se verá llevada hacia un camino ominoso, lleno de maldad y soberbia; cualidades encarnadas en la figura de dos amables y frágiles viejitos Fred y Karin (estos dos personajes serán señuelos, juegos de semblante). Por otra parte, aparece un hombre atormentado, Julián que no ha logrado descanso para su conciencia después de haber vivido un duro evento; tras precipitarse una contingencia, él intentará cobrar una deuda (real y simbólica) que arrastra desde su pasado.

Las claves de la novela se tejen entre polos, de la ingenuidad, el caos de la juventud a la astucia, la desconfianza devenida en la adultez, por otro lado, encontramos la falta de experiencia conjugada en una gran confianza en el porvenir y el extremo del dolor y la decepción acumulada de una larga y penosa vida.

Al margen de estos detalles que “anudan” la red de la trama, no puedo dejar de preguntarme ¿qué reflexión o argumento se desarrolla y nos deja esta obra de ficción?, ¿qué elementos estilísticos y estéticos valen reconocer en la novela?, ¿qué aporte da al mundo de las letras Clara Sánchez en esta obra, reconocida con el Premio Nadal 2010?. Para mi son cuestiones que quedan abiertas.

Se puede reconocer que la historia se lee con facilidad, tiene un buen ritmo, la escritora va soltando piezas en forma de pequeños enigmas y luego vuelve a ellos con la intención de despejar dudas y supuestos enigmas; pero creo que finalmente la historia no transciende (más allá de poder considerar que aborda un tema aún de actualidad) la autora se pasea por lugares comunes, se alarga en pasajes innecesarios para llegar a situaciones poco creíbles; por otro lado, se dibujan escuetas líneas de la psicología de los personajes, produciendo un efecto de inconsistencia, los personajes actúan de formas extrañas, desconcertando al lector.

Para finalizar este breve comentario, considero (acotando que lo hago “a partir de mis gustos e interesas literarios”) que las figuras retóricas son escasas; la arquitectura, el desarrollo filosófico-narrativo es pobre. Lo que esconde tu nombre me parece una historia más, simple y silvestre de un evento ciertamente duro y visceral que enmarca las coordenadas nuestro reciente y pasado siglo.

Héctor Urdaneta G.

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jueves 27 de mayo de 2010

Desarrollo de la tertulia sobre la novela Revolutionary Road de Richard Yates

Comentario de Alberto Estévez:

El artículo de presentación de la tertulia, escrito por Alberto Estévez, se puede leer a continuación de estos comentarios.

Comentario de Miguel Alonso:

Como bien sugiere la intervención de Alberto, esta novela contiene una diversidad enorme de cuestiones y, además, de gran calado. Tengo registradas algunas relativas a la imposibilidad de comunicación entre los seres humanas, la cuestión del deseo, la metáfora del viaje como secuencia del deseo, las lógicas masculina y femenina, el tema del amor, y otra secuencia de la relación entre el loco, como personificación de la verdad, su relación con los dos protagonistas y la incomodidad en la que continuamente los sitúa hasta hacerlos arribar a su propia verdad. Trataré algunas de ellas y luego me detendré para que otros puedan tomar la palabra, y quizá más adelante tenga la posibilidad de añadir otros comentarios.

Yo tomé la novela como una escritura de contrastes esenciales que confluyen en los dos protagonistas April y Frank. Los contrastes serían Pasión/Indolencia; Amor/Deseo sexual; Verdad/Mentira; Palabra plena/Palabra vacía; Psicosis/Neurosis. Y en el medio de esos contrastes sitúo lo que me parece más importante, la facilidad con que tratamos de desvincularnos de la senda del deseo, circunstancia que en el caso que nos ocupa convierte a unos personajes en indolentes, y a otros, en su impotencia, en dignos de compasión.

Pensaba comenzar a tratar el tema de la incomunicación, pero me decanto por el del deseo, que me parece esencial en esta novela. Aunque mejor que decir el deseo, sería decir la cobardía ante el deseo. Vemos un conglomerado de personajes conformando un verdadero bosque petrificado de seres humanos, una auténtica arboleda de banalidades, vulgaridades y sufrimientos. Y en el interior de esa arboleda, una frase mínima, perdida por la novela, nos ilustra acerca de por qué la vulgaridad, al menos aparentemente, y quiero subrayar aparentemente, le gana terreno al deseo, o lo que es lo mismo, nos ilustra sobre la tremenda dificultad que supone implicarse en el deseo y en la vida.

“Acaso son fáciles las cosas que merecen la pena” (169).

Porque en esta novela las cosas que merecen la pena sólo se pueden encontrar escondidas tras el laberinto de las palabras vacías, de las imposturas, de los convencionalismos, esas máscaras de las que no saben desprenderse Frank y April, pese a la incomodidad y al sufrimiento que les supone soportarlas. La cobardía ante el deseo, sobre todo por parte de Frank, hace que ese deseo no funcione por sí mismo como motor de la acción. Pero como tantas veces ocurre, el deseo cobra su tasa por estar detenido, aprisionado, y la cobra con el dolor atroz, con el drama cruel de unas existencias que finalmente desembocan, sin remedio, en lo peor. Es lo que tardíamente descubren April y Frank tras el atravesamiento de sus respectivos desiertos de vulgaridad (170).

Como la gran literatura enseña, el encuentro con el deseo siempre tiene, para el sujeto, la particularidad de situarlo en un viaje incierto, sin garantías, hacia no se sabe donde. Es la esencia del deseo. París estaba destinada a ser la metáfora que hiciese surgir el brillo necesario para una vida. Pero aunque la metáfora parisina haya sido escrita por una mujer, el viaje y la metonimia del deseo son tachados por un hombre. Creo que Frank Wheeler es un pobre hombre, el antihéroe que tuvo que esperar al rompimiento de su vida para iniciar un verdadero viaje, el psicoanálisis, con seguridad tardío y tan incierto como el que April le proponía en la vida, pero un viaje, al fin y al cabo, hacia su verdad.

Hay una intuición que la novela deja ver como anticipo de lo que es un verdadero viaje. Es la siguiente. La vida en el deseo pertenece al orden de la invención, sea en el marco que sea.

“Todo el mundo piensa en escribir libros y pintar cuadros, no lo entiendo. Santo Dios: ¿es que los únicos que pueden vivir a su aire son los escritores y los artistas?” (211)

En el psicoanálisis, quizá Frank pueda “entender” que la banalidad, la necedad, la desidia, el convencionalismo y la comodidad, conspiran contra la vida, contra la incertidumbre propia del deseo, es decir, contra el esfuerzo que supone tener que inventar a cada momento los pasos de la vida. El miedo a esta incertidumbre es el sostén de la cobardía, lo que nos lleva a buscar el refugio en la seguridad, en el cálculo y en la previsión. Duele en el alma pensar que, en su propio psicoanálisis, Frank tenga que escuchar como regresa el eco de las palabras que pronunciaba April:

“Estoy llena de vida, y tengo ganas de salir y hacer algo absolutamente loco y maravilloso...” (19)

Alguna medida de locura tiene toda vida fundada en la invención y en el deseo. Quizá si consigue asumir la incertidumbre que eso conlleva, Frank pueda escribir letras singulares que correspondan a sus pasos propios.

Comentario de Silvia Lagouarde:

Llegar al texto después de ver la película (como es mi caso), ¿modifica la captación del hecho literario? ¿Es posible erradicar la puesta en escena de lo que se lee? ¿Nos facilita la comprensión de “la cosa” o nos lo impide?

El periódico El País se pregunta si la heroína de esta novela es una Madame Bovary habitando los sueños de pesadilla del sueño americano. ¿Es acertado el paralelismo de Madama Bovary 1857 con April 1962? ¿”La cosa” en uno y otro texto son intercambiables? ¿Qué es “la cosa”? ¿Qué nos sugiere el texto en ese paralelismo? ¿Es el suicidio de dos mujeres jóvenes? ¿Las mismas causas por no poder soportar la vida? ¿Qué realizan en este acto extremo? ¿Nos quieren decir algo que de otra manera es imposible de ser escuchado? ¿Y escuchado por quién? ¿Qué es lo que ambas no pueden conciliar en su condición de mujeres?

Cuando una mujer joven se suicida teniendo hijos pequeños produce en la sociedad una pregunta que recorre con espanto “el planeta” ¿Una madre que abandona a sus hijos no es un “monstruo de mujer?

Monstruosidad y locura, locura y monstruosidad... ¿Hay perdón? ¿Es posible perdonar a una mujer que no encontró en la maternidad la respuesta a su completud, a su vacío? ¿Perdona la sociedad a una mujer que renuncia a la maternidad por seguir un deseo que no sea el de ser madre? ¿El hombre, en su pregunta qué es una mujer, puede soportar que la respuesta pueda ser no ser madre?

Una mujer que se suicida sin estar loca en absoluto, sino por entrever en sí misma que hay algo más allá de ese destino, pone en acto algo del mito de la naturalidad que en general es rechazado por la gran mayoría de los hombres y de las mujeres. De ese suicidio es de lo que más me hubiese gustado debatir porque por ahí anda la cosa más esencial de este texto literario.
¿Qué significa ser mujer? Síntoma del hombre y me atrevo a decir también síntoma de la mujer.

Comentario de Beatriz García:

Yo creo que la novela es un entrecruzamiento de una desilusión generacional, con la pregunta por el ser un hombre y una mujer y el querer huir en relación a su posición como hombre y mujer.

Comentario de Silvia Lagouarde:

Es una mujer que tiene un punto de sabiduría. Por ejemplo, cuando le plantea ¡¡Cómo vas a abortar!! Ella le dice que ya tiene dos hijos, y que ya no está en el mundo como madre, que lo que quiere es otra cosa. Algo hay de verdad en cuanto a que él la deja embarazada para seguir en su absoluta nulidad.

Comentario de Beatriz García:

Lo que ocurre es que la salida que busca ella, es una salida falsa. Irse a París para que él se encuentre a sí mismo es tratar de construir un hombre con la creencia de que así puede encontrar algo de su propio deseo. Lo cual me parece una salida equivocada, pues aunque hubiesen hecho el viaje, se encontrarían con un nuevo impasse.

Comentario de Silvia Lagouarde:

Si se hubieran ido a París, claro que hubieran tenido problemas nuevos y de la vida doméstica, pero hubieran salido de ese destino gris que tenía él, que para ella era el destino de un hombre común, del hombre que no puede salirse de su seguridad. Ella quería la inseguridad y la posibilidad de trabajar en París. Además, el trabajo para la mujer en aquel tiempo era difícil, estamos hablando de momentos en que la mujer estaba sometida a prejuicios y condiciones desventajosas para ella.

Comentario de Beatriz García:

Pero el personaje con el que representabas el convencionalismo, la señora Givings, se dedica a trabajar hasta embrutecerse, hasta no enterarse de nada y quedarse rendida por la noche. Cada uno de los Givings, a su manera, uno desconectando el audífono, la otra trabajando a su manera, representan los personajes que no quieren saber nada de ellos mismos ni de lo que les pasa.

Comentario de Silvia Lagouarde:

Por eso April trata de anticiparse a ese destino.

Comentario de Beatriz García:

El título, además de lo que comentabas, tiene la ironía de que no es nada revolucionario lo que ellos consiguen. Justamente, consiguen lo que planteaba Jacques Lacan, revolución para volver otra vez a lo mismo. Él, con su pantomima de ir a trabajar todos los días al edificio Knox donde trabajaba su padre, despreciando lo que hace, llega un punto en el que se encuentra haciendo el idiota y tirando su vida por la ventana. Y por parte de ella, el intento que hace con el teatro, y esas conversaciones con los Campbell, donde ellos se sienten diferentes de todo el mundo, es una especie de teatro donde tampoco llegan a ninguna parte. Entonces, hacen esa especie de salida desesperada, vamos a París para romper con todo, pero ninguno de los dos puede ir contra eso que les espanta. Porque no se trata simplemente de saltar hacia otro lado.

Comentario de Silvia Lagouarde:

Eso no se puede predecir. Hacer un corte y modificar la vida implica que no podemos saber las consecuencias que puede tener, pero tiene consecuencias. Para empezar, no hubiera sucedido lo que sucedió.

Comentario de Héctor:

Una vez leída la novela me quedaron tres inquietudes. La primera acerca del contexto social en el que aparece la novela, y no puedo evitar hacer un paralelismo con Philp Roth –una escritura muy parecida a la de Richard Yates— en relación a construir, mostrar la crudeza y la verdad de lo que se entendió como el sueño americano. Luego me centré en repensar el sueño americano a la luz de lo que muestra la novela, y lo que interpreto como los efectos de verdad que produjo. Y el tercer punto, que aprovecho para conectar con la discusión, tiene que ver con los roles de Frank y April.

El tema de la maternidad está tratado de forma muy aguda. Pasa por la pregunta sobre qué significaba ser mujer en ese contexto. Y una de las cosas que más me interesaban tiene que ver con discusiones muy actuales. Se refiere a la construcción de los géneros y cómo el autor, desde la literatura, viene a comentar que ser mujer, no está necesariamente está vinculado o conectado con ser madre. Ser mujer puede significar otras cosas prescindiendo de la maternidad. Es un tema tan actual como que recientemente se aprueba la ley del aborto y todavía se siguen despertando preguntas e inquietudes en relación con esta cuestión. En muchos ámbitos todavía se asume que una mujer se define en tanto se reproduce y tiene hijos, sin tener en consideración otros elementos en la dinámica simbólica que podrían generar su posición como mujer. Así como también se define a una mujer por ser madre, también es verdad que en algunos contextos se ve muy mal cuando un padre tiene gestos maternales con sus hijos.

En este sentido, me planteaba inquietudes respecto al género. Me parece que hay dos grandes posturas dentro de una discusión acerca de si la sexualidad o los géneros son una construcción social o si es algo biológicamente determinado. Hay teorías que me interesan, tienen que ver con el movimiento feminista, con el movimiento queer, etc., que, justamente, vienen a darle una vuelta al asunto para acabar determinando que no hay goces que estén claramente definidos. Esto me hacía pensar en Lacan, que si bien no tiene nada que ver con la historia feminista, cuando está planteando la sexuación, no está hablando de diferencias anatómicas, sino que lo hace de diferentes posiciones subjetivas.

Este apunte me parece digno de tener en cuenta, la posibilidad de construirse subjetivamente a partir de la individualidad, lo cual permite borrar muchas veces aquello que culturalmente nos intenta signar o performar, y que, como bien decía Freud, es parte del malestar en la cultura.

Teniendo en cuenta lo dicho y trasladándome al terreno de la novela, la disposición o determinación de April de no volver a encarnar la maternidad, trae como consecuencia la muerte. Como la cultura le imponía el papel de la reproducción, le prohibía abortar, la elección tiene las consecuencias trágicas que produce. Es la tensión que continuamente puede vivir cada sujeto entre lo que es su deseo –un tema muy psicoanalítico— y cuestiones que tienen que ver con lo social, el deber ser, la convención, etc.

Comentario de Pilar Pérez:

El deseo que April tiene de irse a París es para que él desarrolle su masculinidad. ¿Qué quiere con eso? ¿Qué espera de él? ¿Qué es lo que le falta? ¿Por qué piensa que tiene que ser más masculino de lo que es? ¿Qué es esa masculinidad que espera que desarrolle en París mientras ella trabaja a la vez que él se encontraría a sí mismo? No sé si él tiene mucho más que encontrar que lo que ya tiene. Supongo que ella espera una persona más interesante que la que tiene delante, alguien más comprensivo. Pero no lo sé

Comentario de Miguel Ángel Alonso:

El tema de la masculinidad, efectivamente, está muy presente en la obra. Y me parece que es muy entendible si lo vinculamos a la cuestión del amor. Es en ese ámbito donde se siente toda la crudeza y la tensión de la obra.

Tenemos, además de un plano fenomenológico respecto al amor, un plano estructural. Vemos al hombre, Frank, no aceptando desprenderse de lo que tiene, y a la mujer, April, en la cúspide de su angustia, temiendo perder definitivamente el amor del otro. Y esas dos posiciones tienen que ver con marcas propias de la estructura subjetiva.
Observamos en April una polaridad, por un lado no duda en manifestar el amor hacia el Otro, pero también se sitúa como víctima en una exposición incesante de su desamparo.

“Siempre supe que yo no le importaba a nadie y siempre dejé que todos supieran que yo lo sabía” (32)

Esta polaridad es subsidiaria de una demanda de amor defraudada por la falta de respuesta del Otro primordial, el padre, demanda que ahora se proyecta hacia Frank en un apremio que solicita condiciones de vida que posibiliten el amor. Es una demanda irrenunciable, pero irremediablemente infructuosa pues tampoco es colmada simbólicamente. En ese escenario aparece la tremenda potencia de un objeto mínimo, el caballito blanco, como símbolo del amor que representa al padre en su ausencia. Y lo conserva toda su vida. También cumple la función de defensa contra la angustia y la soledad que esa ausencia implica.

Es fácil darse cuenta de que estas circunstancias son proclives para dejar al descubierto la falta en ser, el vacío simbólico, lo cual conforma un escenario abonado para el advenimiento de la pulsión de muerte.

Vacío simbólico que no tiene que ver con ninguna naturalidad. Porque lo esencial de la demanda de amor, como podemos ver en la novela, escapa a cualquier naturalidad sexual y a la satisfacción de necesidades, no pide al otro que entregue lo que tiene, sino lo que no tiene. April se dirige al que cree que puede darle la palabra para su dolor de existir, para su desamparo, es decir, para su falta en ser, la palabra que suponga el complemento simbólico que apacigüe su vacío. Pero con la particularidad propia de una verdadera demanda de amor, Frank ha de mostrarse también afectado por esa falta. Porque April le viene a decir, implícitamente, que lo ama por lo que no tiene. Es lo que subyace en la metáfora del viaje, le pide que se movilice por su falta, lo que supuestamente permitiría inscribir la palabra que a ambos les falta.

Pero Frank no responde por la vertiente de la falta, al contrario, teme perder lo que tiene en la vida, quiere mantenerlo, no quiere saber nada de su falta. Podría decirse que no acepta feminizarse, y sólo puede ofrecer lo que tiene, la seguridad del trabajo y la convención, el cálculo, la previsión, incluso su masculinidad y la potencia de su pene en tanto vehículo del semen preñador. Es lo que ofrece ante el continuo cuestionamiento de April, que con frecuencia le hace ver su impotencia para darle lo que exige. Y es lo que le hace ver el loco John Givings, cuando le habla de que él es muy macho porque no hace otra cosa que dejar embarazada a su mujer.

Al responder con lo que tiene, la demanda de amor queda sepultada constituyendo el fracaso de lo simbólico. Él no le da a April la palabra que pueda apaciguar su vientre. La naturalidad, el hijo que va a tener no es lo que su vacío requiere, es el peso de una angustia, y April rechaza esa naturalidad. Es la frustración que la conduce al pasaje al acto, a la tragedia final donde se desvincula del cuerpo.

Comentario de Alberto Estévez:

Fíjate que en una de las citas que trajo Miguel, me parece que enmarca muy bien el territorio y la gestión de los vacíos y cómo él no puede tolerar nada de esto. La frase es:

- Acaso son fáciles las cosas que merecen la pena.
- Claro que no, tienes razón, creo que estoy un poco cansado esta noche. ¿Quieres una copa?

Se ve en este diálogo que la cosa no cala en él.

Comentario de Cristina Daudén:

April también se enamora de una imagen, de unas insignias, de algo que tiene que ver con uno mismo y que pone en el otro. La masculinidad. Y ella no hace más que pedir ese ideal de hombre que empieza a desmoronarse.

Y en relación a hacer de esta mujer una heroína, eso es relativo. Pienso y abogo porque la mujer, además de mujer, puede ser madre o no. Pero esta mujer elige no vivir, pero no es una elección forzada, porque ella ha elegido tener dos niños. Tampoco es una heroína. Yo creo que su posición es una huída hacia delante.

Comentario de Graciela Kasanetz:

Hay algo que es un desencadenante de todo el drama final. Es lo que les dice el loco a ambos y que hace que Frank lo eche de su casa y le quiera pegar, y lo que hace que ella se precipite en su acto final. Es la frase:

“No quisiera ser ese niño”.

Hay algo bastante particular de esta pareja, aunque pueda ser extensible a muchas otras, y es la forma que toma el vacío para estas dos personas. Me parece que tiene que ver con que no se pueden enfrentar a algo que les ha quedado muy grande a ambos, la paternidad y la maternidad. Con ello no saben qué hacer, sino reaccionar como ese niño que cada uno de ellos fue ante sus propios padres.

La niña del matrimonio les dirige preguntas, en silencio y en palabras, respecto del proyectado viaje. Ella quiere alguna razón de por qué tiene que abandonar todo lo importante para su vida. Y rinde sus armas a la madre cuando ésta le dice que las decisiones las toman los mayores, y que gran parte de los juguetes se los tiene que regalar a la vecina. Pero la niña había expuesto lo que era importante para ella. Y después de todo esto, sin ninguna explicación, nada de lo dicho se lleva a cabo. La niña quiere saber qué pasa, por qué deciden y por qué no tienen ninguna voz para los padres. Porque cada vez que hablan, estos padres están prendidos a sus heridas infantiles, e igual que ellos reclamaban ser atendidos como sujetos, sus hijos también reclaman la necesidad que tienen de ser sujetos sostenidos, escuchados.

Se puede decir que April es una madre de los cuidados. En eso la pintan muy bien. Incluso, ante cosas que él descuida, el abrigo, la comida, etc.

El extrañamiento frente a la paternidad también se ponen también en boca de Shep Campbell respecto de sus hijos cuando los ve mirando la TV, y los ve como extraños, como preguntándose qué tienen que ver con él. Y en Frank respecto de sus propios hijos, en algo que él sabe que ha sido una visión propia, que el niño no se ha cruzado cuando iba a segar. Eso a él no le importa, y April consuela al niño.

De todos modos, me parece que lo que desencadena la tragedia es la frase de John Givings “no quisiera ser ese niño”. No se sabe de qué deseo de los padres va a nacer, más bien parece que va a nacer de un rechazo de ambos por ese niño. Cuando él dice: “Ojalá lo hubieras hecho ya”, es lo más verdadero que puede decir. Si no lo dijo antes fue porque era su propia estratagema para no decir que no quería hacer el viaje porque no había nada que encontrar en París de su deseo. Porque su deseo era una construcción de ella. Y April se da cuenta también de eso. No tiene ya donde sostenerse. Cuando tiene la relación con Shep en el coche y éste le confiesa su amor, ella no quiere ni oír hablar, le dice que no le conoce. Es una frase profundísima que pone de manifiesto la soledad de cada uno de los personajes.

Algo me angustió profundamente de este libro. Es bastante curioso que, frente a las cosas trágicas, él cada día en su trabajo está sin hacer absolutamente nada, cambiando los papeles a un cajón, a otro, a otro y a otro persiguiendo únicamente su imagen. Richard Yates pinta muy bien esa situación, cuando él mira en el espejo cada uno de sus gestos, cómo ensaya cada una de las poses, y como la eligió a ella, que era lo que se podría decir una mujer de bandera. Y si tenía una mujer de bandera, algo más de su imagen se sostenía.

Yo creo que quizá ha habido enamoramiento. Pero la carta que ella empezaba a escribir y que tira a la papelera, era la más profunda de las verdades que había entre ellos, que nunca se habían querido. Que no había más que lo que reflejara en el otro la propia imagen como amable. Y me parece que ese es el punto en el que no pueden querer a sus hijos. Precisamente, porque no había más que eso entre ellos. Tal vez, posteriormente, Frank se pueda plantear otras cosas o no, o lo que se encuentre en un análisis sea algo muy duro. No lo sé.

Por supuesto, también está el telón del sueño americano, y quizá algo más del amor en la pareja de los Campbell. Porque, precisamente, cuando él se enamora de April tiene, respecto a su propia mujer, mucha más piedad que la que ninguno de los otros personajes tienen entre sí.

Hay otra cuestión que me parece que destruye un tópico. Y me parece muy bien destruido. Es que en la boca del loco está la verdad y el derecho a decirla. Lo que este libro cuestiona es que frente a la locura hay una posición ética. Y se puede decir que este loco era bastante agresivo respecto de los demás, respecto de este matrimonio. Podía enfrentarse él a esa verdad. Porque él sabe que es ese hijo. No quisiera ser ese niño porque él sabe lo que es ser ese niño. Yo creo que esa es la más profunda de las verdades, y se la dispara a los demás a quema ropa.

Comentario de Gustavo Dessal:

No sé si puedo articular algo muy organizado, por dos razones, la primera es que acabo de terminar el libro ahora mismo, y la segunda es que me produjo un impacto emocional tan grande, que todavía estoy reponiéndome y tratando de entender por qué me ha llegado tanto. Estoy muy sensibilizado con todo lo que se ha dicho, y a medida que voy escuchando las distintas intervenciones, me van ayudando a situarme respecto a la lectura del libro.

Cristina dijo algo con lo que quisiera comenzar. Ella piensa que April no es una heroína, y estoy de acuerdo. Porque pensar que ella es una heroína es inclinar demasiado la balanza en favor de April, como una víctima de la imposibilidad masculina de escuchar esa otra cosa en la mujer. Eso es cierto, pero me parece que en el libro hay algo que está muy bien destacado, y es que, si ser mujer es un problema, incluso en ciertas culturas es más que un problema, es casi una desgracia, creo que no hay que olvidar que la masculinidad también es una cuestión muy problemática y muy trágica.

Podemos caer muy fácilmente en la cuestión gremial, cada uno tira para su gremio. Realmente, no pretendo hacer eso, sino recordar que en el libro hay permanentemente una insistencia en el autor, y es que destaca mucho más el drama de él que el de ella, aunque la personalidad de April es más compleja. Evidentemente, la salida de ella la vuelve ante nuestros ojos como la víctima de toda la coyuntura dramática. Pero pienso que el autor tiene la extraordinaria finura de trasmitir lo tremendamente perdido que está este hombre y cómo intenta compensar de mil maneras el extravío que tiene en la vida. Por ejemplo, necesita cultivar su imagen permanentemente, pero no es un hombre presuntuoso, no es un pedante. Necesita recrear permanentemente la composición de su imagen como una de las formas de encontrar una cierta orientación cada mañana que se levanta, es decir, recomponerse a sí mismo y enfrentar una existencia frente a la que se encuentra perdido.

Les pido que mis observaciones las tomen como una cuestión temporal, porque no sé si con el trascurso de los días, y si sigo meditando, voy a sostener lo mismo que digo ahora. Pero hay dos cosas que quiero plantear al hilo del impacto que me produjo la lectura. A pesar de que pienso que lo más acentuado en la novela es la problemática del varón, la circunstancia de ella me conmueve tremendamente por una cuestión que planteo de la siguiente manera.

¿Por qué los Wheeler no son como los Campbell? ¿Cuál es la diferencia? El contrapunto de los dos matrimonios es lo más extraordinario del libro. Al final del libro Shep manifiesta que tampoco está tan seguro de si lo que vive le gusta, si tendría que haber hecho la elección que había hecho, si está en conformidad con su deseo. La única cosa que sabe es que cuando él entra en el dormitorio, la mujer está viva.

Esto me mueve a otra cuestión que es la siguiente. Lo magistral de construir, con una lógica implacable, una historia que finalmente nos deja con una gran incógnita. ¿Por qué realmente ha pasado esto? Hay algo que no podemos terminar de explicar, algo en la contingencia que es insondable para los seres humanos. Ni toda la lógica de la filosofía, de la sociología, del psicoanálisis, ni todos esos saberes juntos, pueden agotar por completo el misterio de una vida humana. Porque tampoco los Wheeler son más alienados, ni más ajenos a la verdad, ni más extraviados respecto a su deseo que los Campbell. Los Campbell sin embargo están vivos. La reflexión es muy impresionante. Es verdad que el deseo se cobra su precio en una vida que no lo contempla, pero claro, por poco que se asomaron a una pequeña rendija para preguntarse si no habría otra cosa en la vida que la inercia del día a día, menudo precio tuvieron que pagar. Quiero decir, no es tan fácil la cuestión del deseo. Evidentemente, perseguir el deseo también tiene su precio. Y a veces el precio de vivir en conformidad con la verdad puede ser terrible. ¿Por qué? Es un misterio.

Comentario de Silvia Lagouarde:

Me enamoraron los dos personajes, y pienso que circulaba el amor entre ellos. Absolutamente. Ese hombre amaba a esa mujer y esa mujer amaba a ese hombre. Y, justamente, la enorme tristeza que trasmite el libro es porque se amaban. Había por parte de él una intencionalidad de comprenderla, de ayudarla en lo que podía. Y respecto al suicidio, creo que es suicidio entre comillas, porque cuando realiza el acto piensa en salvarse. Es algo que hacían muchísimas mujeres. Por ejemplo, en Argentina, cuando la ley del aborto no estaba permitida, se provocaban hemorragias para ser atendidas en hospitales. April sabe lo que está haciendo y el peligro de muerte que conlleva, pero tiene una mínima esperanza de salvarse, tomas sus precauciones, llama al hospital. Pero prefiere el riesgo, a tener ese niño.

Y respecto a la palabra heroína. Cuando uno lee un texto tiene que ir más allá de él. Digo heroína en el sentido de que encarna algo de lo del universal femenino, toma esa resolución de arriesgarse la muerte y podíamos pensar que en esto hay una llamada biológico-política por parte del autor en defensa del aborto. En 1960 el aborto estaba prohibido en todo el mundo. Los grandes pensadores estaban a favor.

En definitiva, creo que en la novela se plantea lo difícil que es ser hombre y también lo difícil que es para los hombres comprender a las mujeres. Por eso me parece que este libro es magistral, y justamente conmueve porque se ama a los dos personajes y en lo que les pasa se ve la imposibilidad de encontrar la solución. Creo firmemente que son dos personajes para ser amados.

Comentario de Graciela Kasanetz:

Lo que señala Gustavo me parece importante. ¿Qué diferencia a los Campbell de los Wheeler? Yo había visto la película primero y después leí el libro. El libro es mucho más rico que la película. Por ejemplo, los Campbell son figuras sin ninguna profundidad en la película, sin embargo aquí es lo contrario. Y uno de los datos importantes es que los Campbell habían hecho ese viaje. Shep había querido huir, igual que Frank, de su destino, el que le marcaba su madre. Y lo que encontró después del viaje es que lo que estaba rechazando era lo que realmente quería. Me parece que, no siempre, apostar por el deseo es lo que nos lleva a lo mejor. Y vivir permanentemente en la verdad puede ser lo más trágico que nos suceda. El deseo no es sacrosanto. Es decir, hay que conocer el propio deseo y decidir respecto suyo, porque a veces el deseo nos lleva a lo peor. No siempre consentir a él es lo mejor. Y me parece que algo de eso han entendido cada uno de los Campbell.

Quizá yo querría corregirme un poco después de lo escuchado. No hablo de una falta absoluta de amor entre los Wheeler. Hablo de una posición descarnada de April cuando ve que tal empeño por la verdad la hizo vivir en un engaño y ya no puede respetar a Frank.

Respecto del suicidio, quizá me he quedado con las escenas de la película. Hay ciertos detalles como el de hervir los elementos que va a usar. Si uno está dispuesto a un suicidio, para qué los va a hervir, da lo mismo. Había un cierto llamado al otro, un pedir algo al Otro. No se subió a una torre y se tiró por una ventana. Yo creo que lo podemos leer de esta manera, dirigirse al Otro para lograr consumar el aborto para que el destino no le diese ese niño. Es la palabra del loco resonando. Precisamente, me parece que entendieron, tanto Frank como ella, que ese hijo tendría que pagar lo que estaba pasando.

Comentario de Pilar:

También se puede interpretar como que el deshacerse de ese niño es la esperanza de que puedan ir a París.

Comentario de Miguel Alonso:

Me parece que, efectivamente, vivir la verdad puede ser algo muy complicado. Estar en la senda del deseo puede ser complicado. Es más, vivir en la misma verdad de uno, diría que es imposible. Habría que distanciarse de esa verdad para poder vivir. Pero con respecto a la cuestión de los matrimonios Campbell y los Wheeler, creo que hay una diferencia. Y la diferencia es que las mujeres están en dos posiciones radicalmente opuestas. Milly Campbell es, con perdón, una auténtica cotorra que incluso se satisface en su bla, bla referente a la miseria de los Wheeler. Es más, el marido Shep, en un momento dado, se sorprende al darse cuenta de que se está satisfaciendo en ese bla, bla. Mientras que April vive siempre en otro plano, más comprometido éticamente, invocada por una desmesura para la que quisiera encontrar un límite. En un diálogo que tiene con Frank lo dice claramente:


- Eres una persona mucho más moral que yo, Frank. Supongo que por eso te admiro.
- Moral y convencional ¿no significan acaso la misma cosa? (274)
- Yo no le veo la diferencia. Hay gente que sí; tú, por ejemplo; pero yo no, y me parece que no la he visto nunca (274)


Entonces, a mí no me parece que puedan asemejarse los dos matrimonios. Y efectivamente, vivir en el deseo puede tener un precio muy grande. Pero también lo tiene no vivir en él.

Comentario de Beatriz García:

No sé si April está tan guiada por una idea de viaje sólo por una cuestión de inconformismo. Quizá eso es más aparente. Realmente anda detrás de un ideal que tiene que ver, tal vez, con el destrozo familiar infantil donde se encontró con unos padres no la querían, que no la recogen, que la abandonan. Ella tiene imperiosa necesidad de construir una imagen de hombre en la que cifra sus esperanzas. Quizá su tragedia es el profundo desconocimiento que tiene de lo que la está guiando, que no es tanto un inconformismo. Ese inconformismo está abocado a la tragedia porque contiene un profundo desconocimiento de lo que a ella la está moviendo, la persecución de ese ideal que ha puesto en Frank. Ella le pide, pero él está en otra historia, tratando de cumplir con la reparación del padre caído, el pobre hombre con el maletín. En realidad, ambos están en historias diferentes, y ninguno de los dos sabe cómo se están moviendo los hilos de sus destinos.

Comentario de Pilar Pérez:

Quería hacer un poco apología del suicidio. Es una tragedia para los hijos que se quedan solos, que puedan sufrir el trauma de saber que su madre se ha suicidado en lugar de haberse muerto de otra manera. Pero a veces no hay más salida. No quiero banalizar la cuestión, pero puede que no tuviese otra solución. Hay muchas vidas así. Si te planteas la vida de verdad, puedes llegar a pensar que la única vía es el suicidio. No en el sentido que puedan darle los japoneses, por una pérdida de honor, sino por ver la verdadera vacuidad. Ella llegó a una conclusión lúcida, no tengo otra solución que morirme, o llamar la atención para que le hagan caso y poder encontrar un cambio de situación. Pero la situación no iba a cambiar, la mimarían más si no se hubiese muerto. Prefiero la situación de esta mujer, es lícito el suicidio.

Comentario de Pilar:

Yo creo que April en ningún momento se quiere suicidar. La muerte es consecuencia de su acto, que ella ya tenía previsto cuando se quedó embarazada, pero su marido le dice que no. Como se decía antes, si uno se va a suicidar no importa hervir las jeringuillas, o llevarse el teléfono. Me inclino a pensar que deshaciéndose de ese niño tiene la esperanza de salir de esa monotonía de su vida y podría cumplir el sueño de ir a París.

Dentro del tema, el loco es el único que dice la verdad, da en el meollo del asunto en el que la pareja está complicada. El loco le hace decir a Frank: “te tenías que haber deshecho de ese niño”, y ella toma la decisión última.

Por otro lado, los años cincuenta es un período de cambios que originan mucha frustración. Quizá las esperanzas que todos habían puesto en el término de la guerra y el cambio de mentalidad, no se cumple tan rápido como se hubiera querido, lo cual origina una serie de frustraciones y estar a caballo entre lo antiguo y lo moderno. La sociedad está muy frustrada, es muy monótona y está aburrida. Cumplir un horario puede ser muy monótono. Ustedes psicoanalistas, igual tienen un caso extraordinario a lo largo del año, y el resto, no digo que no tengan importancia porque son pacientes, pero no son casos extraordinarios que a ustedes les induzca especial interés, o mejor, que su vocación científica se vea realmente colmada como para volcarse en ese caso extraordinario. A lo mejor sus pacientes son monótonos, mi marido también en su trabajo, o los clientes son monótonas. Y la vida en general es monótona, no sólo ahora, siempre. Es sota, caballo y rey. No ocurren cosas extraordinarias todos los días. Y nuestra inteligencia es lo que nos va a permitir sobrellevar la vida a base de pequeñas cosas que nos van a llenar, crear una ilusión constante cada uno en su vertiente. En definitiva, son las pequeñas cosas las que llenan y hacen salir de la monotonía de estar con unos amigos que hace unos años pensaban igual que yo, pero llega un momento en que te das cuenta de que no tienes nada en común con ellos. Y eso es porque cada uno evoluciona según su circunstancia, su cultura, según muchas cosas.

Comentario de Alberto Estévez:

No podemos vernos tentados de tomar el episodio del suicidio como algo aislado. Lo digo porque, justo antes, se destacó muy bien. Hay un acceso a algún tipo de verdad por parte de esta mujer. Es verdaderamente consciente de que no quiere a este hombre, es consciente de que ha estirado el peligro del enamoramiento demasiado tiempo. Aquí sobran años de relación, y no había mimbres para una relación tan amplia.

Comentario de Graciela Kasanetz:

Quiero destacar algo que planteó Gustavo, y que a mí me sucede cada vez que tenemos esta tertulia. Es por lo que quisiera agradecer muchísimo a quienes la organizan y la sostienen. Y es que las intervenciones de cada uno nos permiten a todos los demás pensar y aportar cuestiones varias. Esto tiene que ver con el clima que aquí hay, y me parece algo importantísimo. Creo que este libro es un auténtico fresco por las diferentes posiciones que se pueden plantear. Respecto a la cuestión sobre la apología del suicidio, yo hablaría de algunas posiciones que resumiría en cuatro puntos.

El dolor de existir es común a todos, tengamos la vida que tengamos, tengamos los padres que tengamos, tengamos la historia que tengamos, habitemos la época que habitemos, sea cual sea nuestra posición subjetiva. Y frente a ese dolor, creo que la lucidez no permite únicamente el suicidio. Pero quizá a veces puede serlo. Lo que quiero subrayar es que este fresco, al menos nos presenta cuatro opciones: El suicidio, la locura, el soportar y conformarse en la vida, y el afrontarla.

Respecto de Frank, se abre es la perspectiva de que pueda cambiar la posición con la que se ha enfrentado a la vida. Posición que no fue precisamente afrontarla, sino soportarla, esquivar todo lo que le enfrentaba con la verdad. Y de repente se encuentra con las consecuencias brutales de lo que a posteriori podemos ver como habiéndose constituido en un acto inapelable.

Quizá los psicoanalistas tendríamos que discutirlo, creo que estamos ante un acting out, no ante un pasaje al acto, aunque las consecuencias lo convierten en un acto que en la vida de Frank supone un antes y un después, lo mismo que en la vida de sus hijos.

Hay algo sobre el exceso de palabra y sobre las maneras en que cada uno lo soporta. Lo señala en muchísimos personajes. Por ejemplo, en Shep, cuando April, en el coche y en la discoteca le piensa contar su vida, y a él no le interesa en absoluto y no la escucha. El modo en que habla demasiado la mujer de Shep. También cuando April le dice a Frank que se calle, que no hay que poner más palabras. La imposibilidad de ella para callarse y no decir siempre lo que le parece que tiene que decir. Y la desconexión, el acto último del libro, donde el señor Givings se desconecta el audífono.

Y finalmente, me parece que el acto de April sitúa a Frank ante la responsabilidad de tener que afrontar la vida. Quizá por ahí se vislumbra alguna otra cosa, quizá encuentre alguna alternativa más.

Comentario de Marisa Estévez:

Traía una cuestión que alguno de vosotros, como expertos psicoanalistas, posiblemente me podáis contestar. Es sobre el papel que juega la culpa en esta historia. Frente al individuo encontramos una serie de realidades, de remordimientos y situaciones que confrontan a cada uno de los protagonistas con el vacío, con la soledad, y con esa situación final tan desmesurada. Quería saber cómo veis la cuestión de la culpa. Pienso en la mayoría de los personajes, porque de forma consciente se producen infidelidades, de forma inconsciente hay paternidades mal entendidas, circunstancias que normalmente arrastran la culpa y provoca determinadas conductas.

Comentario de Gustavo Dessal:

Es una pregunta muy interesante. En primer lugar quisiera aclarar una cuestión, agradezco mucho lo de expertos, pero yo procuro acudir aquí como lector. No puedo quitarme de la cabeza algunas cosas que me ha aportado la vida, pero trato realmente de no utilizar el instrumento del psicoanálisis como una clave de lectura.

Respecto a tu pregunta, quizá necesitaría tiempo para responderla. Estoy totalmente de acuerdo contigo que la culpa está presente en todos los personajes. Está presente en la madre, en la señora Givings, que todo el tiempo realiza una tarea frenética consistente en inventarse una vida donde en ningún momento se pueda detener ni un solo instante porque si se detiene se desmorona. Está la culpa en el marido, que la combate, cuando ya no puede más, desconectando el audífono. Está la culpabilidad en el vecino, que se ha pasado todos esos años codiciando a la otra mujer. Es decir, la culpa está presente en todos los personajes, cada uno la modula de diferente manera. Ahora, sí, para saber exactamente el papel que esto tiene en el desarrollo, quizá necesitaría reflexionar un poco más. Es indudable que es un sentimiento que en todos ellos está presente, y además, en mayor o menor medida, todos son conscientes de esa culpa.

Comentario de Luisa: (No se oye muy bien la grabación, recojo lo que se puede escuchar)

Estoy de acuerdo con gran parte de lo que se dijo en la tertulia. Para mí es claro que los protagonistas no se aman, siguen por inercia una comodidad incómoda. Me resulta curioso lo que todos habéis llamado deseo, cuando yo lo llamo sueño. El sueño de April va más allá pero no se sabe de donde viene. Tiene algo de trágico, es como preguntarse por qué siente esas necesidades. Es un sueño que hace referencia a un cuestionamiento de formas de vivir. Ella dice no a lo que todo el mundo toma como lo normal, lo único posible, lo único alcanzable, y hay que aguantar con eso. Ella se rebela y busca otras salidas. Pero por otro lado, ese sueño excesivo tiene una contradicción. Yo me pregunto, ¿por qué no se va ella a París? Si él no quiere ir, que se vaya ella. Es su sueño. Creo que está muy presente en esta novela lo desconocido de cada personaje, y desconocido para ellos mismos. Es una de las cosas más fascinantes. April hace referencia a cuestionar la vidae, explorar a ver qué pasa, explorar si hay algo más allá de las circunstancias que viven.

Comentario de Alberto Estévez:

Lo vamos a dejar aquí. Os agradeceros vuestra presencia y os anuncio que en la próxima tertulia, el viernes día 11 de Junio, nos honrará con su presencia la ganadora del Nadal, la escritora Clara Sánchez, quien nos sugirió que hablásemos de su libro Lo que esconde tu nombre. Os esperamos para comentarlo entonces.

Liter-a-tulia

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lunes 17 de mayo de 2010

Apertura de la 17ª reunión de Liter-a-tulia; Revolutionary Road, a cargo de Alberto Estévez

Revolutionary Road, publicada en 1961, es el debut como novelista de Richard Yates, Escritor, profesor y periodista, creo que es correcto ordenar así esta secuencia profesional, decidió dar este curioso título a su novela, y hubo de defenderlo firmemente, porque los editores le pidieron de manera insistente el cambio de título; en opinión de ellos parecía el de una novela histórica, pero Yates no cedió, sin duda ése era uno de los rasgos de su carácter. Él pretendía que el título sugiriera que el camino revolucionario de 1776 había llegado a un punto muerto en los 50. No andaban tan desencaminados por tanto los editores cuando el propio escritor introduce la dimensión histórica para justificar el título, las vueltas que su país ha dado en los últimos casi 200 años.


¿Y cómo podríam
os definir el momento que se vivió en el año 61? Desde las distintas perspectivas que podemos pensar la historia, sería posible etiquetar de diferentes maneras ese período. Una de las denominaciones que más se ha utilizado por afortunada y descriptiva de aquellos momentos es el de “la era de la ansiedad”, o incluso más popular aún el manido “fracaso del sueño americano” que nos habla de la frustración de hombres y mujeres ante el inalcanzable e imposible ideal estadounidense; deben perdonar la redundancia porque al hablar de “Ideal” se sobreentiende que no tiene sentido aclarar si es posible o no atraparlo, en la medida que el ideal no tiene más lugar que en el imaginario del sujeto, en este caso con la mediación, la complicidad si lo prefieren, del otro social que lo sirve en bandeja. El sueño americano tiene una tradición arraigada en la inmigración algunos siglos antes, ligando los Estados Unidos a la tierra de las oportunidades y de la abundancia, pero como concepto de sueño americano más dirigido a sus nativos, recibe su formulación no hace tanto, en 1931 en un libro de historia titulado American Epics y escrito por James Truslow Adams.


Ahora bien, esta pequeña introducción no busca refrendar la vertiente histórica que pueda esconderse en el título, sí introducir las claves que marcan el deambular de los sujetos en una sociedad. Pero, ¿alguien piensa que esta obra sea la simple recreación en una serie de personajes de las miserias que supone el fracaso de un sueño ideológico? Siempre es posible dicho así, pero personalmente ha supuesto mucho más que eso, aunque sólo sea porque uno no descubre grandes autores todos los días, y además en este caso no crean que ha sido fácil, una circunstancia contingente lo propició, la película de Sam Mendes.


Si recuerdan, en la primera convocatoria que enviamos para este encuentro de hoy, incluimos lo que el escritor Stewart O’Nan dio en llamar, o mejor dicho, en titular, ya que escribió un voluminoso ensayo en la Boston review acerca del tema, “El mundo perdido de Richard Yates” O’Nan se preguntaba: ¿Porqué las obras del gran escritor de la Edad de la Ansiedad dejaron de publicarse? Escribir tan bien y luego ser olvidado es un legado terrorífico.


Richard Yates nació en 1926, y su más temprana infancia se vio marcada por el divorcio de sus padres. Participó en la Segunda Guerra Mundial, y cuando regresó a su país unos años más tarde, ya que estuvo viviendo un tiempo en Francia, ejerció como redactor en Nueva York. Como dato curioso les diré que redactó los discursos de Robert Kennedy hasta el año 63, cuando su hermano JFK fue asesinado en Dallas.


El alcohol y la soledad, tras dos matrimonios fracasados, lo convierten en un misántropo, y es indudable que su desgaste y su desilusión se proyectaron en sus personajes. Poco antes de morir dijo lo siguiente: “si en mi obra hay un tema, sospecho que es uno simple: que la mayor parte de los seres humanos están irremediablemente solos, ahí es donde reside la tragedia”.


¿Cómo pensar ahora el tema que la novela plantea? Es indudable que de base está el momento social en el que los acontecimientos ocurren, un barrio residencial de las afueras de Nueva York al comienzo de los años 60, pero tan cierto como eso, es también que una de las características mágicas de esta obra es su absoluta actualidad, algo que podríamos trasladar, con muy pocas modificaciones, más en la forma que en el fondo, a nuestros primera década de este siglo XXI: ¡han pasado 50 años! ¿Y cómo se consigue que los años no pasen para este libro? Enfrentando los problemas centrales que nos afectan como sujetos, fíjense: esta novela nos permite analizar a través de sus personajes temas tan fundamentales como las dificultades y trabas que nos plantea la emergencia del propio deseo y el papel que en todo ello interpreta la repetición; también la paternidad; el conflicto que supone dar una respuesta a la pregunta de qué es ser padre o madre; también el amor, pero en este caso, más allá del narcótico efluvio que embriaga en el período del enamoramiento; pueden encontrar repetidamente las posiciones de los sujetos frente al enigma que acompaña la posibilidad de encuentro entre los sexos; y de manera bien precisa, como nos recuerda el propio autor, la soledad, la soledad que, como tragedia, acompaña al ser humano. Si a todo esto le sumamos la prosa de Richard Yates y su valentía y finura para adentrarse en las zonas más oscuras tanto de los hombres como de las mujeres, el resultado es una gran obra. Esto es una pequeña muestra que elegí de su prosa: A cada momento veían la promesa del fracaso en las miradas de los demás, en los cabeceos y sonrisas de disculpa cuando se despedían y en la espasmódica premura con que montaban en sus respectivos coches y volvían a casa, donde probablemente les esperaban promesas de fracaso más antiguas y menos explícitas.


Y para expresar todo esto, para darle juego, el autor no necesita mucho, le basta únicamente con un hombre y una mujer. Él, alguien que vive a espaldas de sí mismo, que lleva a flor de piel el niño que fue, un niño fascinado por su padre, pero del que no obtiene la correspondencia a sus sentimientos. Condenado en una eterna alternancia: por un lado, dicha fascinación por papá lo lleva a engendrar un ideal que en distintas ocasiones a lo largo de la obra siente que encarna, y son esos episodios que Yates relata tan magistralmente, en los que Frank hace gala de una ridícula presunción, a veces más que episodios, períodos, como cuando regresa de una Europa de guerra y muerte, y aparece la infatuación con la que aborda cualquier escena. Pero también está el otro lado, aquel que lo descompone y del que encontramos el testimonio en el capítulo V de la primera parte de la novela, verdaderamente exquisito; entonces Frank no tiene más de 10 años, pero los fantasmas lo acompañarán el resto de su vida, expresados en cada mañana, cuando llegando ante las puertas de su trabajo acudan a su cabeza las palabras que su padre le diría en aquella primera visita “mejor que me des la mano, este cruce es peligroso”, la visita en la que su espejismo se rompió en mil pedazos, y en la que la desilusión fue el afecto que arraigó en su recuerdo, y marcó su futuro.


Estos dos polos de su relación a la figura paterna indudablemente dan cuenta de las dificultades que aparecerán a la postre con sus propios hijos, su padre no puede transmitirle de manera eficiente la relación con la ley y la interdicción que ésta dispone en el deseo. Hasta podemos hacer un balance final de la relación que Frank tuvo con su padre, el propio libro nos la propone antes de ese capítulo que les cito, y el autor decide nombrarla como “crónica discordancia”. Hay incluso una confesión de Frank acerca de esto, cuando nos dice: “sólo con la relación que tuvimos mi padre y yo se podría llenar un libro de texto” Confesión en la que no quedan muy claros los bordes que separan a Frank Wheeler de Richard Yates, como si el propio autor fuera en realidad el que se está confesando.


Frank comenta que su casa era un nido de neurosis, pero cómo disfrutarían los psiquiatras con un caso como el de April, su mujer. April es ella, atractiva, seductora, maestra de los semblantes, incluso cuando su falda manchada debería acobardarla, mantiene la cabeza bien alta. Abandonada nada más nacer en casa de una tía, hija de un padre que se suicida y de una madre que termina sus días en un centro para alcohólicos, sin embargo, sólo puede quererlos a ellos, y será ésta su propia condena, convertir el “caballito blanco”, limosna de un padre que no la quiere, en el símbolo de un amor profundamente idealizado.


Sucede tarde ya, bien avanzada la novela, cuando puede denunciar ante sí misma esta obstinada mentira, y resulta desgarrador cómo lo dice en el tramo final de la primera parte de la obra: “¿es posible que uno pueda llegar a engañarse tanto?”


El personaje de April me parece más complejo que el de su marido, y esto es así porque sus circunstancias personales lo exigen, su historia infantil contiene mayor deterioro que la de Frank, pero al decir más complejo no me refiero solamente a la vertiente patológica, porque en la narración, contrariamente a lo que podría esperarse, es ella la que parece estar más despierta que él, la lucidez que demuestra, por ejemplo, interpretando a su marido: acusa a Frank de que su mayor pecado es ceder ante su propio deseo, pervirtiendo así su esencia e incluso su identidad, arrastrándolo a repetir una historia que no es la suya, sino la de su padre. No le falta razón, de ahí el plan, irse a Europa, tomar distancia con todo, que los kilómetros puedan alejarlo de ese pasado que somete a su marido, y en la utopía de labrar un nuevo camino, también ella podría emprender la huída, que es además su fórmula favorita cuando la realidad se le torna en amenaza en distintos momentos a lo largo del relato.


Al poner en las palabras de April la denuncia de lo que está ocurriendo, a mi parecer Yates pretende que repensemos y nos planteemos nuestros propios prejuicios acerca de la diferencia entre locura y cordura; tanto el personaje de ella como el del hijo de la señora Givings tienen a su cargo en la novela los dichos que conforman los destellos de brillantez y que funcionan como brújula para el lector, y ante los cuales, los demás personajes de la novela parecen ser meros comparsas que reaccionaran, bien atónitos, bien enfadados o molestos, porque las palabras proferidas apuntan a la verdad escondida. En el caso de John, ni siquiera los 37 electrosocks consiguieron chamuscarle su aguda visión, que le sirve, entre otras cosas, para dirigirse a este matrimonio, y decirle a Frank que ha dejado preñada a su mujer para esconderse tras su vestido premamá, el comentario se aproxima tanto al verdadero motivo por el cual ya no se van a Europa y a la esencia de la relación de esa pareja, que Frank no lo soporta más y se ve llevado a intervenir echándolo de su casa. Esa misma escena termina cuando John, “el loco”, apuntando a April con su dedo, y para cerrar la reunión, sentencia que celebra no ser ese niño.


La huída, a la que Richard Yates ya se ha ocupado, en distintos lugares, de dar su estatuto como acto recurrente en ella, y que Frank siempre recibía con pánico, finalmente cobra su verdadera dimensión cuando se convierte en un acto suicida repitiendo el que tiempo atrás cometiera su padre. Es verdaderamente desalentador el desenlace, sobre todo para Frank, al que sus peores presagios se le cumplen; sólo gracias a la nota que ella le deja y al psicoanálisis que ha decidido comenzar, consigue que vislumbremos la posibilidad de que este hombre pueda ir encajando el terrible golpe. Definitivamente, las perpetuas o las siemprevivas no son las flores que corresponden a una mujer como April, y de su lado resulta estremecedor el testimonio que nos deja, sobre todo por la serenidad con la que lo hace, son sus últimas palabras en la novela y transmite una determinación que produce escalofríos, porque ahora sabe lo que en realidad había sabido siempre…: que para hacer algo absolutamente serio, algo de verdad, al final resulta que tienes que hacerlo tú solo.


Qué filo tan sensible nos propone el autor, porque si bien pareciera que la solución pudiera correr del lado de salir del autoengaño del que ella misma se acusa, en el que estuvo sumida toda su vida, cuando resulta que accede a un saber que había estado en ella de siempre y por tanto este autoengaño deja de funcionar, se precipita hacia lo peor. Considerar esta paradoja resulta esencial si queremos entender lo que el autor nos trata de transmitir.


El doctor Jacques Lacan decía que en ningún caso podíamos considerar el psicoanálisis como crítica literaria, ya que éste no da un aporte a la crítica literaria como tal. La referencia continua en la historia del psicoanálisis a la literatura es porque la literatura enriquece al psicoanálisis mismo, y aclara cuestiones que le competen directamente. La práctica del psicoanalista no motiva un juicio literario, no tiene interés en ese sentido; pero lo que para el psicoanálisis resulta fundamental es lo que el artista dice de su obra, más incluso que lo que la propia obra plantea. Por eso introduje, si recuerdan, lo que el propio Richard Yates sospecha que es el único tema que su obra plantea, y se lo hace decir a April en sus últimas palabras; que los seres humanos están irremediablemente solos, y es ahí donde reside la tragedia.


Stewart O’nan nos dice: No existe en Yates el desenlace que podría conducir a un final feliz. No hay comedia que diluya la humillación. Cuando se abre camino lo peor, no hay asidero”


Termino recordando que les hablé de la película que el director San Mendes realizó acerca de esta novela y que me permitió, a modo de feliz contingencia, adentrarme en el oscuro mundo de Richard Yates. Por entonces, Kate Winslet, que interpreta a April, era esposa del director, y eso debió inclinar la balanza a su favor frente a otras candidatas, pero no deja de ser significativo que éste eligiera como partenaire a Di Caprio para que tomara el papel de Frank, porque al disponerlo así, estaba reproduciendo la pareja que 10 años antes había llevado a la gran pantalla una de las películas que más reconocimiento obtuvo de la crítica en general, hasta el punto de ser considerada dentro del género romántico como pieza fundamental, me estoy refiriendo a Titanic. Por cierto, cada vez que esta pareja cinematográfica se junta muere alguno de los dos, menos mal que no siempre le toca al mismo. Revolutionary Road, por el contrario, no puede ser considerada romántica, es cruda y descarnada, seguramente no tan apta para el gran público que gusta de las historias edulcoradas, pero esto es lo que hay cuando el que da vida a la historia es un escritor como Richard Yates, se abre camino lo peor, y sus libros se llenarán de polvo en el estante de cualquier librería de segunda mano sin que nadie haga nada por solucionarlo.

Alberto Estévez

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