martes, 8 de abril de 2014

Mª José Martínez reseña el cuento de Bioy Casares, "En memoria de Paulina"

Que me ha dicho no sé quién 
que el amor no es solitario.
Juan Ramón Jimenez.

La historia contada en este relato nos habla de un hombre que se miraba constantemente en el espejo de su deseo, sin fijarse para nada en el deseo de los demás.

Siento muchísimo que este relato del gran Bioy Casares, premio Cervantes 1990, no me haya emocionado. A mí me gustó mucho en su día la escritura que mezclaba lo real con lo imaginario, como cuando nuestro querido Gabo mezcló los relatos realistas de su abuelo con los recuerdos fantásticos de su abuela, ya que aquello era una deliciosa fantasía que enriquecía la realidad, siempre pobre, de los pobres y anónimos protagonistas de aquellas novelas que en los años setenta empezamos a conocer. Hoy no puedo decir lo mismo de este relato de Bioy,

En este cuento tenemos varias imágenes que van a ilustrar claramente lo que se nos quiere decir. Así, la primera imagen es la del movimiento del arco sobre la materia del violín, que dará lugar a la música. La segunda es la contemplación estática de un jardín que iluminado con una cierta luz que acaba dando al protagonista la desagradable sensación de falso paraíso edulcorado, y la tercera nos describe la figura de un caballito levantado sobre las patas, símbolo inequívoco de masculinidad y pasión. Básicamente la idea que sustenta esta historia se resume así: sin movimiento no hay pasión y por tanto no hay ni música ni vida, y todo lo que se viva sin una cierta actividad dentro de lo real, nos llevará a ese paraíso edulcorado y absurdo. Y eso es lo que le ocurre al protagonista que piensa y vive atravesado de tal forma por lo simbólico, que lo real lo ha perdido totalmente, que sueña con su novia desde sus estáticos presupuestos imaginarios, sin que la palabra haya servido para organizarle mínimamente la vida y, desde luego, sin dar un paso adelante y ni siquiera hablar con ella de amor, “porque ellos vivían con el falso pudor juvenil”. Así las cosas, ella se va con otro hombre “diferente”, que por supuesto tiene vigor físico, mientras él no se entera de nada ni hace nada por impedirlo. Luego le dirá, al cabo de una semana, que la ve “cambiada, pero ni siquiera esto se lo cree demasiado.

Y ¿por qué actúa así? Pues porque él realmente no quiere saber. Él prefiere seguir en su goce imaginario que se sostiene en la falsa idea de una comunión de las almas, sólo almas, sin materia alguna, y así es como vive en un constante delirio. Tal vez no sabe que sin cuerpo real no hay música posible: ni música de almas, ni música de cuerpos y tal vez, al no sentir así el cuerpo, tampoco se da cuenta de su pobreza ni de sus defectos, sin intentar nunca ponerles remedio ni ir al fondo de la cuestión. Y ocurre que a él, tan estático y sumido en sí mismo, todo lo que va pasando y que podría ilustrarle acerca de los verdaderos deseos de su novia, que sí se ha movido, consigue traducirlo a su manera y encajarlo en su vida, para seguir pensando que nada va con él, que todo está en orden porque sencillamente él lo desea y lo siente así. Y ese es el problema, porque al sentirlo así, goza y ese goce que él asimila al amor, ese goce lo ilumina y pasa a formar parte de ese segundo real que él se ha creado. Quizá habría que tener en cuenta que no es fácil eliminar de la vida todas las palabras ni todo lo simbólico, para admitir que algo de lo simbólico pasa a formar parte de la propia persona dentro de su malestar.

Pero ciñéndome al relato, en él veo fundamentalmente dos cosas: un exceso de absurda imaginación en el protagonista, y una falta excesiva de realidad en todo su entorno. Sobre el protagonista se acumulan una serie de datos de anormalidad que parecen haberse sacado de un manual de patologías. Sobre su entorno decir que simplemente no encuentro en todo el relato a un amigo normal que actúe como testigo de su vida y que le diga claramente que está discurriendo mal, sino todo lo contrario, y creo que para eso le habría servido perfectamente ese portero que aparece al final como el hombre sencillo que le aclara cosas sobre la muerte de Paulina. El personaje creado por Bioy para ser su amigo, en cambio, lo hunde todavía más en la miseria de su propio delirio, como es colocar la mirada del otro en su propio espejo. Por eso es que la mezcla de realidad e imaginación, siendo muy novedosa y atrevida, me parece desproporcionada.

En este cuento se aprecian muchos excesos sombríos: veo un cuento tenebroso con un protagonista casi irreal, un cuento que no parece un cuento, sino un relato cargado de excesos donde lo que se alcanza es la locura. Evidentemente hay miles y miles de detalles que ilustran la teoría del relato sobre el protagonista, como pueden ser que el caballito del movimiento y la pasión está en la biblioteca y no en el dormitorio, que el protagonista necesita de una lluvia que lo limpie de algo de lo que él ya desconfía, de la existencia de una particular luz que parece confundirle, de que pasa por alto el prometedor beso de su novia, de la constante alusión a las almas sin nada de cuerpos, del temor a ver en el otro al diferente, no sea que ocurra algo malo, o de esa deformidad que se contempla desde el fondo del agua y, sobre todo, de esa locura reiterativa declarándose enamorado de Paulina aún sin motivo, hasta el dramático hecho de que solamente la toma de la mano cuando ella está muerta. Todas estas son claves valiosísimas para poder analizar la enfermedad mental del muchacho.

Hay dos aspectos del cuento en el que se ven alusiones a otros escritores. Me refiero a Valle Inclán y a Freud. En el caso de Valle, en su obra Luces de Bohemia de 1920, el protagonista se mira en varios espejos deformantes de la realidad. Pensemos en los espejos cóncavos, los que más ilustran la fuerza centrípeta de la contemplación de sí mismo, espejos absorbentes que deforman nuestra realidad. Así es en todo el relato y al final, la visión de su amada, ya muerta, se hace sobre “la mercurial penumbra del espejo”, para concluir, que lo que ha visto no es sino la proyección de la fantasía de su rival sobre su propio espejo, para llegar a la conclusión de que su novia nunca lo había amado. Creo que ahí contempla la proyección estrambótica de su propia locura cuando dice que “lo de ellos era verdad” y que “lo cierto es que Paulina lo había visitado”.

En cuanto a Freud quiero comentar una de las últimas frases del relato en la que el protagonista dice que “de esa lluvia final, el mundo entero surgiría como una pánica expresión de nuestro amor”. Él desea involucrar al mundo entero en su vida como conjunto pánico en el que se oyeran todos los sonidos del bosque. Pero pánico es también la respuesta exagerada a una amenaza, y no sé a cuál de estas cosas se referirá Bioy. También creo haber leído que Freud comenta como en el fragor de una batalla el rey pierde la cabeza y la tropa entra en “pánico”. Así pues, en esta acepción, el “pánico” parece consecuencia de una pérdida de cabeza o pérdida de lo racional, que es justo lo que no se encuentra en toda la descripción que el autor hace de la vida de su protagonista.

Y tras esta última vuelta de tuerca del relato, después de la imagen más que fantasmática del último espejo, porque hay muchas más, he de decir que no sé si me he dejado algo por el camino, que no sé si he entendido bien, pero que prefiero dejarlo aquí, ya que yo no sé verlo de otra manera ni puedo decir más.

Mª José Martínez Sánchez

sábado, 5 de abril de 2014

Apertura de la tertulia 51 Lo real de Henry James. Comentario de Mónica Unterberger

Encantada de estar hoy aquí para comentar mi impresión en y con la lectura de este cuento, relato, breve, de apenas unas 12 páginas. Seré yo también breve. Para empezar, decir, que no siendo una gran lectora de H. James, al leer este relato, recordé enseguida otro cuento “Otra vuelta de tuerca”, que retornó como un recuerdo ultra claro,  al decir de Freud cuando se  refiere a esas escenas que operan como impactos inolvidables. Como corresponde a lo que deja una huella imborrable, de la lectura de ese cuento, permanece una sensación de algo umheimlich, algo imprevisto, sucedía algo que no estaba previsto.

No tuve tiempo de volver a leerlo, pero como comprenderán, ahora no puedo dejar de ir a rebuscarlo. Este cuento, “La Cosa Real”, que es su titulo en ingles,  me confirma que es algo propio del autor: en los personajes desliza lo que en el fondo, no son sino sus preguntas o sus preocupaciones, de una manera lenta, pero sin renuncia.

Dicho lo cual, me pregunto: ¿cómo he leído Lo Real? Que impresión me produjo? Me gustaría compartir  con ustedes mi versión, es decir, mi lectura.

De entrada, encontré una sorpresa, el desconcierto, el malentendido. El malentendido, siempre presente toda vez que se hable, en este caso singular,  parte de interpretar, es decir de leer,  la armonía que ofrece la vista de una pareja, real,  que luce impecable,  parece discreta, educada, espejo de una clase privilegiada, formada en la buena cuna.

Esa opacidad armoniosa va develando lentamente, lo que oculta. Me parece que hay una cuestión presente en el autor: qué vale más? Cuál es el valor a atribuir a lo real, a la perfección aristocrática? Indicada muy claramente con el nombre de la pareja: Monarch en ingles, monarca, reyes, en oposición a lo que representa para el autor, los personajes que encarnan la clase baja, pero dotados de lo vivo, de la ductilidad, de la capacidad creativa. Es una tensión en la que se juega toda la puesta en acto del relato.

Como relato, parecía  que en su aparente monotonía iba a aburrirme. Tenía algún efecto de sorpresa, emergía alguna pregunta sobre los giros de estilo de escritura,  sí…con instantes de distracción por un cierto tono lineal   en su discurrir….hasta que fue surgiendo, casi sin darme cuenta, una sensación curiosa: la fuerte impresión de que estaba ante un cuadro o varios, o una serie: se iba pintando algo producido por la mediación de una mirada, allí presente,  que ofrecía  distintas escenas dentro de la escena en la que se incluía a la vez, el pintor mismo. Una curiosa topología, pensé, instaurado por el estilo de H. James que permitía esa representación.

Todo el relato transcurre en una habitación, donde se entra y se sale, se trabaja, se supone y se “aprende a ver”. La mirada ocupa un lugar privilegiado, y  me dejé llevar por esa mirada con la que el pintor, da a ver a un espectador lo que ahí sucede.

Me parece que en esas escenas se pintan varios teatros:  uno,  como hilo principal que se tiende desde el principio hasta el final, es el que ilustra ese viaje que va desde las formas más armoniosas bajo las que nos presenta el primer encuentro con la encantadora pareja-  “autentico matrimonio”, dirá y  que va a definir como esa  profunda fusión en la que cada uno, encuentra el  apoyo de su falta, en el otro -  y, el otro, paralelo diria yo,  en el cual el recorrido temporal de cada escena,  puntúa nuevos desencuentros y descubrimientos de los mas y los menos de cada uno de los personajes.

Durante ese trayecto, es cuando  ocurre lo imprevisto: el rasgado de ese velo que la buena forma ofrece,  y que deja aparecer lo que mancha , lo que  quiebra, lo que  trocea la imagen fascinante. Su amigo, el crítico en el que confía le dice: “tu trabajo los ha destrozado”!-  En aquello en lo que  el pintor creía reflejar lo más real,  aparecía lo que hace mancha. El pintor, pinta lo que ve su mirada y no sabe. Eso que da a ver, lo sorprende a él mismo. Da a ver, como sucede en el cuadro que ofrece el pintor a la contemplación del espectador, su propia mirada. Punto desde donde mira lo que no está al alcance de su ver, su visión, siempre fascinada por la imagen que, a todos,  nos cautiva.

Por la vía fecunda de lo más propio de un pintor, el autor nos ofrece su debate entre  lo verdadero  y lo que lo vela, cosa que dice así” la omisión de lo real, como lo más apto para la representación”, donde ese “ real,” inamovible, siempre lo mismo, puede ser mucho menos valioso que “lo ficticio”.

Quizás el hecho de tratarse de un artista, hizo que mi primera impresión no fuera otra que encontrarme atrapada en las escenas que se multiplican, como en un cuadro velazquiano: ese hacer de  la obra que incluye,  y en la que se incluye el propio artista participando en la puesta en escena de lo que se da a ver.

Lo que  me parece notable en el cuento: es ese surgimiento de lo menos amable, ligado a un no saber, que solo lo sorprende cuando es nombrado por un otro, al que se le supone un saber. En ello, le devuelve lo que su mirada no ve, lo que no le impide dar a ver. El autor, H. James,  lleva este desnudamiento de lo real, desmenuzado, si puedo decirlo así,  en el cruce de las palabras pronunciadas,  por  cada uno de los personajes, y  que tocan lo más intimo hasta un borde.

Lo lleva,  hasta unos últimos bordes: los que lo muestran, al pintor  mismo, desdoblado, dividido en esa lucha con el rechazo a esa insoportable visión de la caída de sus propios ideales: va de la armonía real,  de la imagen de la pareja,  a lo real de la servidumbre en la que se ofrecen. Lo dice al final: “ no podía, era horrible verlos lavar los platos sucios!”

Me parece que ilustra este cuento muy bien la lucha entre el gusto por la novedad, por  lo imprevisto, por la variedad, y cierta fascinación por la repetición de lo mismo, como dice al  hablar de la dama, de “siempre lo mismo”, a la que él mismo, no puede escapar.

Sin demorarme más,  sólo añadir, ya que lo nombré, ese segundo teatro que nos enseña, por decirlo así. Como dije antes, el marco donde transcurre la escena, es una habitación “u n lugar, dice el autor, “donde se estudia como aprender a ver”. Sin salir de la habitación, nos pinta  con  muy pocos personajes, el modo en que se mueve una época, cómo funciona  esa sociedad de finales del siglo XIX.

En ese sentido, al final del cuento me pregunto: más allá y más acá de lo más propio de una sociedad y su época: ¿qué cambia en la relación entre los que “tienen” el poder y los que “no lo tienen?”, cuestión que está bien presente me parece en el relato. A nivel íntimo: es la dialéctica entre el amo y el esclavo, reproducida entre él artista y la pareja, él artista y su editores, él artista y el novelista famoso, él artista y sus modelos, etc. Dejo abierta la pregunta.
Gracias.


Mónica Unterberger

De lo ideal a lo real. Comentario de Rosa López sobre Lo real, de Henry James

No es de extrañar que el cuento de Henry James titulado “Lo Real” haya dado lugar a innumerables comentarios e interpretaciones, pues en las pocas páginas que lo componen el autor ha conseguido condensar uno de los dramas más universales del ser humano: la relación entre lo ideal y lo real.

En el primer párrafo del texto se nos anuncian tanto el inicio de una experiencia como el desenlace de la misma. 

“Cuando la esposa del conserje, que solía contestar el timbre, anunció «Un caballero y una dama, señor», tuve, como me sucedía a menudo por esos días - el deseo es padre del pensamiento - la intuición inmediata de que debía tratarse de modelos. Modelos eran en este caso mis visitas, pero no en el sentido en que lo habría preferido.

Estamos frente a la intuición del protagonista del relato, el pintor, que como toda intuición no es sino la expresión de un deseo: el deseo, en este caso, de convertirse en un verdadero artista. Por eso prefería encontrarse con unos modelos que le sirvieran como vehículo de este deseo a conseguir nuevos clientes que le proporcionaran una ganancia económica.

Pero en el segundo párrafo se nos anticipa el final de la historia, pues nos dice que no fueron los modelos que él habría preferido.

El significante “modelo” vertebra toda la narración, a la vez que va cobrando distintas significaciones a lo largo de la misma. Notemos que en determinado momento el pintor nos transmite que la palabra “modelo” es fea y puede tener un carácter peyorativo.

Trataré de exponer las aportaciones que me ha proporcionado este relato para  explicar con más claridad algunos de los términos que utilizamos habitualmente en la práctica psicoanalítica y que, como suele ser habitual, cobran su máxima expresión en la capacidad que tienen los poetas para mostrar los secretos resortes de la subjetividad humana. 

Comencemos por preguntarnos ¿de qué eran modelos estas dos personas que llaman a la puerta de un pintor? De lo que es un caballero y una dama. Ellos constituyen la quintaesencia de una presencia varonil imponente y una distinción femenina inigualable. Al mismo tiempo, la unión de ambos representa el modelo más logrado de lo que debe ser la pareja hombre mujer. Un autentico matrimonio “comme il faut”. Respecto a las diferencias sexuales, el psicoanálisis descubre, desde sus inicios, que la relación entre los sexos no responde a ningún fundamento natural o instintivo. El hecho indiscutible de que habitamos en un mundo de palabras tiene como consecuencia la pérdida de ese conocimiento que por la vía de una transmisión genética determina la diferencia macho/hembra en las especies animales. Para los seres hablantes,hacerse hombre o mujer se convierte en un trabajo extremadamente complejo, pues nos faltan los rieles naturales y nos sobran las palabras. Podemos producir miles de combinaciones de significantes para tratar de cernir qué es lo masculino y es qué lo femenino, tantas más cuanto que ninguna es suficiente, pues resulta imposible la definición última e inequívoca de qué es ser hombre o ser mujer.Enfrentados a la falta de un conocimiento natural y a los embrollos del lenguaje, tendremos que conquistar una identidad sexuada masculina o femenina independientemente de nuestra genitalidad.

Pongamos el acento en el término “identidad”, porque nos da la clave de la pasta con que se construyen las diferencias sexuales y de la fragilidad que las caracteriza.Nos hacemos de uno u otro sexo por vía de las identificaciones a los modelos que nos vienen del Otro del discurso, pero no elegimos cualquier modelo sino aquellos que elevamos a la categoría del ideal. Como le dice el Sr Monarch al pintor, al descubrir que le ha sustituido por un nuevo modelo masculino: “¿Él es la idea que usted tiene de un caballero inglés?” Efectivamente, lo que está en juego son las ideas, o más precisamente los ideales con los que se fabrican los semblantes de lo que deberían ser los caballeros y las damas. Estos semblantes, en la medida que responden al registro de los ideales, son susceptibles de cambiar en el tiempo y en el espacio. El señor Monarch encarna el ideal de un caballero inglés del siglo XIX, así como su esposa representa el ideal femenino de esa época.La genialidad del autor consiste en crear un relato en el que se nos va mostrando el drama que subyace bajo cualquier ideal que trate de llevarse al extremo de su realización.
En la clínica tenemos ejemplos de los estragos que produce en algunos sujetos su intento desesperado de alcanzar el ideal a cualquier precio. La anorexia es, en muchas ocasiones, el resultado de un afán de perfeccionismo que no encuentra un límite que lo frene o que solo lo encuentra con la muerte.

El señor y la señora Monarch han apostado en la vida por encarnar, con su propio cuerpo, la imagen ideal más próxima a lo que se supone que sería valorado por la mirada del Otro. El Otro me ve en la forma que a mí me place ser visto, y  de está manera me aseguro un lugar en el mundo. Pero se trata de un lugar forzado que condena al sujeto a reducirse a la condición de un bello objeto petrificado, que adorna la escena para la mirada de todos. Ellos ofrecen su imagen para ser fotografiados o retratados, y el pintor se ve llevado sin darse cuenta a evaluar sus figuras como si se tratara de animales a la venta o de negros esclavos útiles. Vemos asomarse en este comentario la vertiente de la degradación, compañera inseparable de la idealización. Podríamos decir que toda imagen ideal encierra en sí misma un objeto abyecto, inmundo, execrable, y es a este objeto al que los psicoanalistas le daríamos un estatuto más cercano a lo real. El ideal cubre lo real, pero también señala su existencia. Ambos funcionan como una especie de banda de Moebius, en la que el sujeto pasa sin solución de continuidad de lo sublime a lo siniestro, de la belleza al horror, de lo amable a lo rechazable. Aviso para navegantes: no conviene encarnar la imagen ideal, pues su contrapartida es demoledora. Antes o después se producirá la coincidencia del significante ideal con ese objeto insoportable que es un indice de lo real. Pero no confundamos lo real al que se refiere el psicoanálisis con la noción de realidad.

Precisamente Jacques Lacan orientó toda su enseñanza hacia la distinción entre lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario. La realidad, que siempre es subjetiva, se configura con elementos imaginarios y simbólicos que van tejiendo esa trama con la cual cada uno trata de dar un sentido a su existencia.  Por contra, lo Real es aquello que escapa a esta construcción, lo que de la existencia no se deja definir con las palabras o representar mediante las imágenes. Es ese resto de nuestro ser que desconocemos completamente y en el que, sobre todo, no podemos reconocernos. Lo más intimo y a la vez lo más extranjero: lo “éxtimo" (neologismo inventado por Lacan). El problema surge cuando se superponen el ideal y el objeto “éxtimo". Freud supo analizar este fenómeno en un texto titulado “Psicología de las masas y análisis del yo”, en el que demuestra que las masas se constituyen en el momento que se produce una conjunción entre un discurso de grandes ideales  y  un pequeño rasgo, sin sentido, que detenta aquel que lidera este discurso. El ejemplo que Lacan utiliza es el del movimiento nazi en el que el bigotito de Hitler se juntó con el ideal de grandeza de la nación alemana, dando lugar a un efecto de identificación masivo. Todos iguales al líder y todos iguales entre sí.

Cuando esto se produce, el ideal se transforma en esa figura obscena, cruel y sádica, a la que denominamos superyo. Y hemos de decir que todo ideal es susceptible de convertirse en un mandato del superyo que exige rendimientos imposibles mediante un funcionamiento circular imparable, pues cuanto más sacrificios se le entregan,s castiga y más reclama. El superyo, voraz e insaciable, se alimenta de los ideales hasta convertirlos en una tiranía bajo la cual el sujeto queda aplastado. Dicho de otro modo, el superyo tiene la facultad terrible de transformar los ideales benéficos en imperativos mortales. Por ejemplo, el ideal social de la felicidad, del disfrute o de la búsqueda de la satisfacción, nos puede volver locos cuando se transforma en un imperativo. Asimismo, cuando el ideal de la belleza y de la eterna juventud se convierte en un imperativo puede llevar al sujeto a su ruina (como en el relato de James), incluso a la muerte. En ese sentido, el mundo de la moda es uno de los sectores en los que la circularidad del superyo produce mayores estragos. Los modelos tienen que habitar en un medio donde las exigencias de perfección son llevadas al paroxismo. La imagen del cuerpo se convierte en un imperativo tan voraz que no hay suficiente delgadez, ni belleza, ni juventud, que pueda satisfacerlo. La voz del superyo sigue pidiendo todavía más: más delgadez, más impacto, más belleza, más perfección, produciendo el efecto espectral de un mundo convertido en imagen.

Pero volvamos al relato de Henry James, y al devenir de esta pareja ideal que, por circunstancias no del todo claras, ha caído en la ruina más absoluta y se ve obligada a utilizar el único capital que le resta: su imagen perfecta. Esa imagen les ha petrificado como estatuas inmóviles, y les condena a jugar siempre el mismo rol aunque su mundo haya cambiado. Nadie quiere contratarlos para trabajos menores, porque su aspecto produce en los otros prejuicios insuperables. Presos de esa cáscara bajo la cual no se atisba el sujeto, no consiguen servir para nada. Solo pueden representarse a sí mismos, y su falta de ductilidad les convierte en maniquíes sin alma, objetos emblemáticos (lo ideal) que poco a poco se transformarán en objetos execrables (lo real).El significante execrablessale de la boca  de Jack Hawley, el critico amigo del pintor quien, con una mirada fresca, analiza las ilustraciones para las que habían posado los Monarch, y le dice que con este trabajo se ha apartado de su meta artística dejándose llevar por las tipificaciones, que esas figuras eran completamente estúpidas, y que, en definitiva, se trataba de esa gente a la que es preciso poner en la puerta.

Al principio al pintor le divierte imaginar a esta pareja en todas las facetas de su vida, pues le resultaba extremadamente fácil hacerse una idea de su modo de vida, de sus gustos o sus gestos. No es que fueran superficiales, sino que sabían lo que había que hacer para guardar la compostura que se espera de un caballero y de una dama. Como si acaso esto fuera un asunto simple y natural. Más adelante lo divertido va dando lugar a un tremendo aburrimiento:“Me aburrían mucho; pero el mismo hecho de que me aburrieran me impedía sacrificarlos. Tengo de ellos la visión de su permanencia en mi estudio, sentados contra la pared en el viejo banco de terciopelo que luego iría la basura”. En esta frase se anuncia que el destino de los Monarch será muy similar al del banco de terciopelo, convertirse en objetos desechados por inservibles.

Efectivamente, los Monarch no servían a los fines del arte, porque lo fundamental no es que el modelo se adecue al ideal sino que transmita un punto de perversión, algo fuera de la norma que se acerque más al sujeto en su complejidad, que a la apariencia de la persona.

Solo en una ocasión la Sra Monarch dejó traslucir un rasgo que rompe fugazmente con el molde imaginario, precisamente cuando se ofreció a retocar el peinado de su rival, Miss Churm, quien la había desplazado definitivamente de su trabajo. En ese momento el pintor captó en ella una mirada que jamás podrá olvidar y que, esta vez sí, le hubiera gustado pintar.

Para captar la subjetividad, nos dice el pintor, es necesario omitir lo ideal. Esta aseveración se emparenta completamente con la que sostiene el psicoanálisis, y en ese sentido la práctica analítica defiende una orientación que entra en consonancia con el objetivo del arte. Ambos discursos tratan de ir más allá del campo de las representaciones imaginarias, de las apariencias y de los lugares comunes, hasta tocar esa extimidad de lo real que condiciona la vida humana.

El resorte fundamental de la experiencia analítica es mantener la distancia entre lo ideal y lo real. Para ello, el sujeto en análisis tendrá que atravesar las identificaciones idealizantes que le sitúan en el desconocimiento de sí mismo y de lo real que lo determina. De no ser así, el ideal y lo real se juntarán, y entonces el sujeto puede ser conducido, sin saberlo, hacia ese destino representado en este relato por el señor y la señora Monarch, quienes pasan de encarnar el ideal admirado por todos a convertirse en el objeto insoportable que nadie quiere tener a su lado.
Finalmente son dejados caer como un resto excluido de la sociedad.

Rosa López


Lo real, Henry James. Comentario de Gustavo Dessal

Henry James nació en Nueva York el 15 de abril de 1843, y murió en Londres en 1916. Referente definitivo de la literatura, fue uno de los fundadores de la literatura psicológica. La profundidad de sus personajes, la extraordinaria penetración en las raíces más hondas de los seres humanos, lo sitúan entre los autores más destacados y universales, eso que han logrado elevar su obra al plano de la eternidad.
        
Sus biógrafos coinciden en describirlo como un hombre que mantenía una relación ambigua con el mundo. Aunque en apariencia se comportaba de modo extremadamente sociable, en el fondo era un ser solitario, que jamás se sintió integrado a ninguno de los numerosos círculos con los que se relacionaba. Esa posición de observador externo, unida a su ausencia de identidad sexual, fueron tal vez algunos de los factores que influyeron en dotarlo de una visión radiográfica de la condición humana, que se refleja en todos sus personajes.
        
A pesar de su brevedad, Lo real es una de esas obras -como el Bartleby de Melville- que han dado origen a miles de páginas y ensayos críticos. Y si me atrevo a esta comparación, es (como lo sugeriré dentro de un momento) porque Lo real de Henry James tiene algunas reminiscencias con el cuenco de Herman Melville.
        
Este es un relato triste. Hay en él, en esa atmósfera tan especial, en ese ambiente del estudio artístico convertido en metáfora del mundo por gracia del autor, que nos conmueve y nos deja en el pensamiento una ligera herida, un escozor perfectamente soportable, pero lo bastante incómodo como para que necesitemos un rato de meditación para aliviarlo.
        
¿De qué trata este cuento? De muchas cosas, pero en especial trae al primer plano uno de los problemas más antiguos de la metafísica: el problema de la representación, que tanto obsesionó a Platón, al extremo de imaginar una República en la que los pintores y los poetas no tendrían cabida, por ser meros especuladores y falsificadores de la realidad. En cierto modo, Platón no se equivocaba, porque el arte no consiste en reflejar la realidad, sino que la crea. Los seres humanos no tenemos ningún acceso a la realidad, porque sencillamente ella no existe. El cuadro de Antonio López donde vemos el comienzo de la Gran Vía madrileña en su encuentro con la calle Alcalá, no es una representación perfecta y cuasi fotográfica de la realidad llamada “Gran Vía”. Ese cuadro inventa la Gran Vía, la crea, del mismo modo que los retratos de Chuck Close, uno de los más célebres exponentes del hiperrealismo americano, no reproducen a sus modelos, sino que los hacen existir.
        
En Lo real, Henry James nos cuenta sin dramatismo alguno la pequeña tragedia de dos seres que ven cómo sus vidas han llegado al borde del precipicio, y ya no hay camino de regreso. Tanto Bartleby (obra que probablemente James había leído) como los Monarch se instalan de manera parasitaria, son incomprensiblemente tolerados y aceptados por sus respectivos empleadores (el pintor en este caso, y el dueño del despacho contable en el cuento de Melville), y a pesar de que su desempeño resulta a todas luces inadecuado a los fines por los que reciben una paga, sus empleadores no pueden deshacerse de ellos.
        
No sabemos gran cosa sobre los Monarch (del mismo modo que la vida y procedencia de Bartleby no es casi desconocida), un apellido que James no elige al azar. Solo sabemos que por algún motivo su existencia ha tocado el fondo de la desesperación. Les queda lo que llevan puesto, una lujosa envoltura que alguna vez -suponemos- fue representativa de la vida que lograron llevar. Pero en el momento en que los conocemos, eso que tienen (sus ropas, sus objetos, su majestuosa figura), es todo lo que son. No hay más. Y aunque de modo absolutamente intencional Henry James se obstina en no revelarnos nada de su historia, comenzamos a sospechar que el verdadero problema no es económico, que el drama no gira alrededor del tener, sino del ser. De allí el título: Lo real. Porque lo real se refiere a eso, al problema del ser. La maestría de H. James consiste en permitirnos recrear la historia de los Monarch mediante apenas unos escasos datos, pero fundamentalmente empleando el contraste entre estos seres que se enfrentan a su final, y dos personajes, otra pareja formada por sus antagonistas: la señorita Churm y Oronte.
        
¿Qué buscan los Monarch? ¿Un trabajo? ¿La subsistencia económica, dado que lo han perdido todo y solo les quedan unos pocos disfraces? Sin duda. Pero me parece que James no se conforma con eso. Si ese fuera el centro del asunto, el relato sería igualmente maravilloso pero no alcanzaría la gloria de la inmortalidad literaria. Porque hay dos frases que en mi lectura dan la clave de la historia, y que nos resumen el verdadero problema. Una de ellas, es la confesión del pintor de que una de sus mayores “perversidades” (es el término que emplea el autor) es que tiene una “preferencia innata por el tema representado que por lo real”. El defecto de lo real es su falta de representatividad: “Me gustan las cosas que aparentan”. Y la otra frase, la que posiblemente constituya el núcleo de esta tragedia, es cuando el señor Monarch, en un arrebato de discreta desesperación, suplica al pintor: “Tenemos que hacer algo, y pensamos que un artista de su clase tal vez pueda hacer algo de nosotros”. Este “podría hacer algo de nosotros” es el eje alrededor del cual gira el drama de esta paradoja: que aquellos que se toman a sí mismos por lo que son, los que creen ser quienes son, no solo no son lo real sino que se enfrentan a su atroz falsedad, mientras que la señorita Churm y el vulgar Oronte (que sin saberlo representan una comedia, incluso cuando no posan para nadie, la humana comedia de representar lo que no son) son ellos lo verdaderamente real de la historia.
        
No tengo tiempo de ahondar en este relato. Simplemente quiero concluir recordando que lo más cuerdo que salió de la locura del infeliz Rimbaud, fue su certidumbre de que “yo soy otro”. Lo que James nos enseña es que tomarse por lo real es lo más cercano a la locura y la muerte.
        
“¿Por qué no emplea usted una mujer ya hecha?”, pregunta el señor Monarch señalando a su mujer y contradiciéndose a sí mismo, puesto que antes acaba de rogar “Haga usted algo de nosotros”. El pintor no le contesta directamente, pero Henry James nos hace saber la respuesta.


Gustavo Dessal

Lo real, de Henry James. Comentario de Miguel Alonso

Desde la pregunta, cargada de curiosidad, que se me impuso ya desde antes de comenzar la lectura: ¿qué será lo real en Henry James?, afronté el relato convencido de que iba a asistir al desarrollo de un pensamiento profundo del autor sobre el arte de la pintura y su problemática acerca de la representación. Pero, siendo eso, creo que Lo real es, sobre todo, una reflexión acerca del sujeto, signada por diversas vertientes del saber que, tradicionalmente, se acercaron a esa misma reflexión. Por un lado, encontramos reminiscencias metafísicas por el juego que el relato ofrece en cuanto a traer la esencia, la sustancia de la cosa, a la presencia, es decir, si aquello que el relato nombra como dama puede encontrar la esencia que la justifique como tal en su ser. En segundo lugar, intuimos una reflexión implícita muy potente sobre el lenguaje. En este caso, la pregunta es si la palabra nombra la cosa. La palabra no parece encontrar un objeto único e inequívoco, cualquiera puede ocupar esa función de dama. Por otro lado, Lo real, en efecto, puede inducirnos a considerar el enigma del arte y la problemática de la representación. Y aquí nos encontramos con el mismo problema, la pregunta acerca de si lo representado es alcanzado por la representación en la coincidencia entre apariencia/esencia. No lo parece, de tal manera que lo que se impone es una creación a partir de un vacío esencial, que también aquí lleva el nombre de lo real. Y por último, tratándose de Henry James, no podemos olvidar el aspecto social, donde encontramos la división de clases entre aristócratas y plebeyos, pero también la permeabilidad de las fronteras que las separan, más permeable del lado de los aristócratas hacia los plebeyos que al contrario.

Con tantas variaciones, lo que me parece más sustancial de Lo real es su capacidad para señalar nuestra insustancialidad y la evanescencia del ser. Si la dama, la Sra. Monarch, muestra su inconsistencia para revelar la esencia de la cosa Dama, si esa esencia no es alcanzada por su impostura, que tiene que ver con la moda, con un codo doblado de determinada manera, o la cabeza inclinada según el uso, ahí no hay más que una cáscara vacía. Hasta el punto de que el mismo narrador habla de ese aspecto de vacuidad de la dama. En oposición a ella, la plebeya, que ni por asomo soñaría ser incluida socialmente dentro del significante aristócrata o dama, vemos que es capaz de adquirir una esencia, que no sabemos exactamente cuál es, pero que nada tiene que ver con su imagen.  

Esto nos conduce a una reflexión inmediata, que el yo de cada sujeto puede ser la instancia que acoge la mentira, porque en realidad, no coincide con ninguna esencia, adoptando cualquier identidad. Y por otro lado, que en la representación pictórica, al igual que en la representación yoica, no se alcanza la cosa ni la coincidencia entre apariencia y esencia. De tal manera, lo verdaderamente importante en Lo real es que nos damos de bruces con nuestro real, con nuestro ser vacío sin sustancia, sin esencia. Por eso es susceptible de ser llenado con cualquier identidad, con cualquier cosa que consideremos esencia. En este sentido, Lo real nos trae reminiscencias del relato Amorcito de Chejov, comentado también en esta tertulia, cuando la protagonista Ólenka llenaba su vacío con el saber de cada marido con el que se casó.

Por lo tanto, si no se puede tocar una única esencia de la cosa Dama, Henry James nos sitúa en un terreno movedizo. La impostura de la identidad es una consistencia lábil. En Lo real nadie es. Hasta el punto de que objetivar no es alcanzar la cosa, por el contrario, objetivar es, simplemente, crear. Cada acto de pintura es un acto de creación que no alcanza el objeto representado. Podemos decir que la misma palabra, sea dama o cualquier otra, contiene ese defecto irrepresentable de lo real. Dice al respecto:

El sujeto representado sobre lo real; de este modo el defecto de lo real podía ser solamente la falta de representación

Lo real, entonces, ilustra, más que otra cosa, lo que supone ser seres de lenguaje. Vemos quizá en él la metáfora como una de las posibilidades que el lenguaje ofrece para construir una existencia. Los plebeyos del cuento de Henry James saben escribirse como tales figuras metafóricas, es decir, saben ser creativos. Esa es su existencia. Los que se creen esencia, como los señores Monarch, por el contrario, sólo pueden vivir en un delirio de ser.

Evocando una reflexión de Fernando Pessoa, pienso que la dama y el mayor pretenden ser los paisajes. Los plebeyos, en cambio, muestran su vacío, no son paisaje, y pueden constituirse como metáfora de él. Muestran que un estado del alma es un paisaje. Si Amiel decía que un paisaje era un estado del alma, Fernando Pessoa contravenía esta afirmación en su Libro del desasosiego diciendo que ese pensamiento era el de un soñador débil, que más valdría decir que un estado del alma es un paisaje, al menos eso tenía el valor de una metáfora. Esto sería lo que pinta el pintor, un estado del alma, una metáfora, pues lo real del paisaje no puede pintarse, no puede representarse. Eso es, verdaderamente, lo máximo que podemos alcanzar en la objetivación.    


Miguel Alonso