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domingo, 28 de febrero de 2010

Apertura 14ª reunión Liter-a-tulia, por Alberto Estévez


Tierras de Poniente (1974) J.M.Coetzee


El Proyecto Vietnam




¿Puede existir un sujeto sin alma? Si la respuesta fuera afirmativa, ¿Puede establecer una pareja, casarse, ser padre, o llevar a cabo un trabajo? ¿Puede alguien fabricarse el alma? ¿Y si alguien no tiene alma, que consecuencias tendría en el sujeto?

El alma, un término filosófico muy frecuentemente usado en contextos religiosos, en la más superficial de sus lecturas siempre ha apuntado a la esencia interna de cada uno, esencia que desemboca en el hecho de que poseamos determinada identidad, identidad única. Así, podemos afirmar que los términos alma y subjetividad encuentran un nexo en esta lectura, repito, más que somera, de un término que conlleva mucha mayor profundidad, pero esta forma tan simple de pensar el alma es la que conviene para lo que trato de contarles.

Eugene Dawn dice no tener alma; busca cómo fabricarse una, pero sus intentos parecen fracasar. Y esto es un gran problema, ya que por las características que el alma tiene, su presencia produce algún tipo de contención de posibles desastres, y sin ella, uno queda expuesto a una batalla continua por mantener la estabilidad mental, con lo cual, la primera de las consecuencias de su ausencia queda dicha; nuestra parte espiritual va a verse terriblemente afectada.

Parece pues que en esa tríada que la religión cristiana defendió como lo que todo ser humano posee, compuesta por alma, cuerpo y espíritu, la falta de alguno de sus términos produce que la representación imaginaria del triángulo que pudieran conformar dichos tres elementos, pierda uno de sus vértices, dando paso a su descomposición, produciendo no se sabe qué nueva figura insólita en la que la proporción y el orden pierden toda referencia.

Esta descomposición encuentra su más notable mención, y también la más constante y explícita, en lo que afecta al cuerpo del personaje del relato que hoy nos convoca.

El psicoanálisis, que comparte con la medicina el campo en el que opera, el sujeto humano, no encuentra en ella el eco de sus descubrimientos, más bien todo lo contrario; pareciera que se ocupan de aspectos que nada tienen que ver, llegando en demasiadas ocasiones, muchas más de las que a los psicoanalistas nos gustarían, a defender términos opuestos. Uno de los puntos que marcan esta distancia entre ambas disciplinas, y resulta determinante para orientarse, es el cuerpo.

Para la medicina, organismo y cuerpo son una misma cosa, y en esa amalgama resultante se produce el extravío médico, del que la mayoría de practicantes de la medicina no son siquiera conscientes. El psicoanálisis por su parte defiende que el cuerpo, de entrada, no existe. ¿Qué quiere decir de entrada? Es fácil; no viene dado, el cuerpo es una construcción a devenir, y ello significa que no hay garantía de que todos vayamos a tener un cuerpo porque puede que esa construcción se vea impedida. Efectivamente hay un cuerpo, pero es un cuerpo biológico, es un organismo, algo real, y será sólo en el caso de que las condiciones del encuentro de ese organismo con el lenguaje sean favorables que podremos decir que tal sujeto tiene un cuerpo, con su dimensión simbólica y su superficie y contorno, el que la dimensión imaginaria aporta en forma de unidad.

Pero este es un saber que no es exclusivo del psicoanálisis, el autor del que hoy nos ocupamos lo conoce; no hay más que abrir al azar el libro, casi cualquier página del corto relato que elegimos, y tendremos grandes probabilidades de encontrarnos con alguna referencia a un cuerpo que no se ha constituido como tal, en el que constatamos la fragmentación por doquier, o si lo prefieren, las desastrosas consecuencias de la falta de alma.

El cuerpo está referenciado en más de una ocasión como enemigo, un enemigo en rebelión, una herida que supura, un cuerpo tiránico, volviendo a la tríada de la que recién les hablaba, un cuerpo que no da soporte al espíritu. Que no cumple bien ni siquiera con sus funciones de organismo, evacuando los alimentos a medio digerir, o impidiendo que estos lo nutran, claro que, nuestro protagonista sabe porqué ocurre esto y resulta muy interesante escuchar este testimonio de certeza: …sé perfectamente qué es lo que ha consumido mi hombría desde dentro, lo que ha devorado la comida que me tendría que haber nutrido. Es una cosa, un hijo que no es mío, antaño un bebé achaparrado y amarillo encogido en el centro exacto de mi cuerpo, que me chupaba la sangre y crecía con mis residuos, y ahora, un niño mongol repulsivo que extiende sus brazos y piernas por dentro de mis huesos huecos, me roe el hígado con su sonrisa dentuda y vacía su inmundicia biliosa en mis sistemas. Y que no se quiere marchar. ¡Quiero que se termine! ¡Quiero ser libre!

Pero no quiero adelantarme.

John Maxwell Coetzee ha cumplido el martes de esta misma semana 70 años Hijo de emigrantes británicos que participaron en la colonización del país africano, nació en Sudáfrica, se licenció en matemáticas y en inglés en la Universidad de Ciudad de El Cabo. En los 60 viaja a Londres y se emplea como programador informático, unos años más tarde es nombrado Doctor en Lingüística Computacional en la Universidad de Tejas y posteriormente dio clases de lengua y literatura inglesas en la Universidad Estatal de N.Y. Su amor por estas lo llevan a obtener la cátedra de la Universidad de Ciudad de El Cabo en su regreso a su país, que no será definitivo, ya que desde hace unos años reside en Adelaida, donde compatibiliza al escritor con el investigador, en el departamento de inglés de dicha Universidad. Ha cambiado su nacionalidad por la australiana, lo cual no ha provocado que sus escritos se alejen de Sudáfrica, su lugar de nacimiento y en el que transcurren gran parte de sus obras que no han dejado de cuestionar el apartheid y cualquier tipo de racismo colonialista implícito en una sociedad burguesa a la que pertenecía por origen.

Ha sido el primer escritor premiado en dos ocasiones con el Booker, considerado el más prestigioso premio de la literatura en lengua inglesa, primero en 1983, por “Vida y época de Michael K.”, y en 1999 por su obra “Desgracia”. En 2003 fue galardonado con el Nobel de Literatura convirtiéndose así en el 4º africano que lo recibe.

Todo este recorrido biográfico por el autor se justifica por sí mismo, pero me he visto en la necesidad de hacerlo para explicarme personalmente cómo es posible que alguien pueda describir la locura con tanta precisión, con un conocimiento tan pormenorizado de sus fenómenos. Es este un relato sobre el que no podemos albergar dudas; quizás en el hecho de que puede gustar o no, eso por descontado, pero resulta indiscutible que está escrito de manera extraordinaria, sin olvidarnos de que se trata de su primera novela, cuando sólo contaba con 34 años.

Al paso de los capítulos se van sucediendo los acontecimientos, y de alguna forma no podemos afirmar que dichos acontecimientos nos sorprendan completamente, hay una coherencia que el relato no quiebra en ningún momento y que vertebra la historia de principio a fin, en un estilo acorde con la formación matemática que posee el autor; las operaciones que van efectuándose arrojarán un saldo final, en parte esperado y en parte incierto.

Cuando en el último capítulo nos confiesa que la mayoría de los problemas de su vida se los han causado las mujeres, y a ese respecto, su matrimonio con Marylin fue su peor equivocación, aplaudimos al personaje, porque verdaderamente entiende de qué está hablando, sabe qué le pasa, o mejor, qué le ha pasado. Los detalles de su matrimonio ya están enunciados en el primer capítulo, y en unos términos cuando menos sobrecogedores. ¿Cómo debe ser amar?, se pregunta. Es esta una pregunta que refleja su curiosidad de investigador por un sentimiento que no puede experimentar, pero no es algo que anhele en absoluto, o se reproche no sentir, casi al contrario; él está más que conforme consigo, y el vínculo que lo mantiene junto a ella es más firme que el amor, hablamos de la adicción, porque él es adicto a su matrimonio, y cumple con su deber. La triste relación con su esposa es responsabilidad de ella, la culpa no es de él, en realidad, si se dan cuenta, la culpa nunca es de él.

Es muy delicado e ingenioso el movimiento que propone el autor, es un movimiento doble, porque al hacerle reconocer que la génesis de la mayoría de los problemas de su vida residen en sus relaciones con las mujeres, y creo que estas se limitan a su esposa y su madre, el escritor consigue también prevenirnos del valor que tiene la elaboración del Proyecto Vietnam, que indudablemente puede ser considerado como desencadenante, o como uno de los desencadenantes de su desequilibrio, no hay duda, pero no claudiquemos a la tentación de quererlo explicar todo desde lo que la preparación de dicho proyecto desencadena en el personaje.

En el segundo capítulo tiene lugar la exposición de este proyecto, que no sólo no considera las advertencias enunciadas en tono más que prudente por su superior, Coetzee, sino que seguramente éstas provocan el efecto indeseado, porque el resultado es la exacerbación de su “desobediencia”, con lo que el proyecto finalmente es desestimado y apartado, y nuestro protagonista se precipita al vacío. Es por eso que el tercer capítulo resulta todavía más difícil de leer incluso que el propio informe, la desfragmentación del cuerpo es absoluta, en ausencia de un yo que integre el esquema corporal, leemos incluso en palabras del protagonista, un yo como funda, que conexione las partes corporales, aunque el fuego interior lo consuma, y una advertencia, algo retumba en su cabeza, torrentes sepultados comienzan a fluir: ¡voy a entrar en acción!

El drama que sigue a este imperativo es aterrador, casi acaba de la peor manera posible, y con nuestro protagonista recluido en un centro psiquiátrico en el que la calma, el descanso y la rutina reparadora se hacen equivaler con el hecho de que no haya mujeres. Pero la lectura que yo fui haciendo llevaba implícita una ternura por su protagonista, y debo decir que me he sentido respaldado por el texto, porque el autor ha contribuido decididamente para que yo tratase de rescatar a Eugene, cuando hace gala de su honestidad reconociendo que está muy enfermo porque Vietnam le ha costado demasiado, cuando lucha denodadamente contra su voz interior, cuando expresa su ideal de un yo que funcione y contenga la fuga, cuando porfía voluntariosamente en la escritura como forma de detener lo inevitable. Y también mi admiración y envidia por su lucidez cuestionando el diagnóstico de los supuestos expertos psiquiatras, qué manera magistral de expresarlo: ¿Por qué el estrés me iba a llevar a un ataque casi fatal a un niño…, y no al suicidio, por ejemplo, o al alcohol? Esto no parece que pueda explicarlo mi formación en materia bélica. Vean qué sutil la conclusión de este loco: los diagnósticos basados en el estrés dicen poco.

No sé si percibieron el enganche que existe entre la primera frase y el final del texto. “Me llamo Eugene Dawn. No puedo hacer nada al respecto…” Esta frase enigmática con la que comienza el relato encuentra su explicación en el último párrafo, en el que nos cuenta el deseo del que proviene, aunque habría mucho que decir sobre el estatuto de dicho deseo, no por nada lean la última frase porque creo que es clave para entender a qué nos enfrentamos; él no cree que provenga del deseo de nadie, lo que espera es averiguar de quién ha sido culpa su nacimiento.

Espero contagiarles esta cierta mezcla de pena por el enfermo y admiración por su costado ético, no puedo dejar de sentirlo por Eugene, que ni siquiera tiene un deseo al que remitirse, pero que no elude la responsabilidad de su acto criminal, ahora bien, fue una consecuencia, una terrible y condenable consecuencia de una gesta, a la que se vio llevado por querer salvar a su hijo de una madre vampiro que acabaría por convertirlo en un tontaina, y darle una segunda oportunidad. La misma segunda oportunidad que trató de darse a sí mismo, esperando que al presentar su proyecto sobre la guerra de Vietnam pudiera tener acceso a lo que eligió como título para su polémico informe, y así, poder disfrutar de una “Vida Nueva”.

Alberto Estévez

sábado, 27 de febrero de 2010

Comentario sobre "El proyecto Vietnam" de J.M. Coetzee*. Por Gustavo Dessal

NO ESTA LOCO QUIEN QUIERE

Precisamente porque la locura es el acontecimiento humano que más hondo se interna en el turbulento corazón del lenguaje, a menudo el loco y su delirio son los que mejor saben reflejar las significaciones de la época y la historia con las que a duras penas logran convivir. Eugene Dawn, el protagonista de esta nouvelle con la que el magistral Coetzee se interna en su carrera literaria, es sin lugar a dudas un paranoico. Su locura no es una metáfora, puesto que el autor no se propone extraer un propósito moralizante o ejemplificador. No obstante, y más allá de la extraordinaria crónica del derrumbamiento subjetivo de un hombre, se alza como un fondo de escenario el acontecimiento Vietnam.
Vietnam no es simplemente una guerra más en la extensa serie bélica de los Estados Unidos. Vietnam es el nombre de un acontecimiento traumático en la historia de ese país. Un trauma que no se ha borrado, un verdadero desgarro en la estructura mitológica de esa nación, y Eugene Dawn es su alegoría viviente.
El atentado a las Twin Towers no fue un auténtico trauma, a pesar de la tremenda conmoción social que produjo. Kuwait, Afganistán, Somalia, Irak, no son traumas. Vietnam lo fue, y no debido a la derrota. Al revés, fue el trauma el que produjo la derrota. ¿Qué dio lugar al trauma? No fueron los miles de muertos americanos, sino la culpa. La única guerra en la que los Estados Unidos perdió la certidumbre de ser la verdad. Eugene comprende eso muy bien. Él está tan próximo a lo real que lo comprende todo muy bien. Sabe que la compasión debilita la potencia, y que una potencia debilitada abre la puerta de la culpa, y el fermento de la culpa es un augurio seguro de la derrota. Por lo tanto, la única solución debe ser kantiana: obrar sin que ningún sentimiento personal contamine la acción debida.
“El Proyecto Vietnam” es un tratado sobre el padre. Me permito resumirlo de este modo,
aunque resulte abrupto, porque no encuentro un concepto mejor que pueda condensar la lógica de su argumento. El Padre. Es evidente que Coetzee conoce muy bien el psicoanálisis, y sin duda el mito freudiano de “Tótem y tabú”, y es este el mito que se trasluce a lo largo de toda la historia. Mucho más difícil para mí es entender cómo ha conseguido percibir la conexión entre el Padre y la voz, dado que la voz es el objeto privilegiado e ineludible que atraviesa la narración.
De entrada, en la primera frase, somos informados de la coyuntura dramática que desencadena el cataclismo del protagonista, provocando una herida mortal en el centro de su existencia: el desencuentro con su jefe, a quien de forma explícita Eugene identifica con la figura paterna. La sola presencia de este padre le impone una sumisión femenina. Procura agradarlo, captar su mirada como lo haría una mujer con el hombre al que ama en silencio y en la oscuridad: “si él se hubiera fijado en mí como yo realmente quería que se fijara...yo me habría entregado a él sin reservas”. Pero el Padre, lejos de reconocerlo, lo rechaza. Entonces Eugene Dawn intentará desafiarlo, y para ello recurrirá a una estrategia imaginaria, carente de toda simbolización, más bien parecida a la reacción etológica del pájaro que ante la visión de su rival despliega un comportamiento de advertencia y hostilidad. “Para la entrevista he puesto la espalda recta y he adoptado una mirada osada”. Esos pocos datos nos son suficientes para apreciar, como se comprobará después, la radical ausencia de toda integración de la figura paterna, un agujero cuyo retorno mortífero culminará en el apuñalamiento del hijo.
“De la cabeza a los pies, soy el súbdito de un cuerpo en rebelión”. Eugene libra una batalla cotidiana con su cuerpo, demasiado vivo, demasiado real, demasiado presente. Un cuerpo al que la humanización de la palabra no le ha quitado ese exceso de vida que lo vuelve insoportable, invivible. Todo en la existencia de Eugene Dawn adquiere un carácter bélico, incluso (y fundamentalmente) la relación con su esposa: “una batalla continua por mantener mi estabilidad mental pese a los asaltos histéricos de ella y la presión de mi cuerpo enemigo”. Eugene vive asediado, y la acechanza del enemigo viene tanto del exterior como de dentro, lo cual vuelve difícil toda esperanza de escapar.
A pesar de todo -y allí tenemos por cierto una prueba de la valentía del sujeto- no se rinde. Mantener esa estabilidad mental lo obliga a ser un estratega, y el capítulo 2 de la obra consiste en la exposición de un delirio disfrazado de Informe, en el cual los conocimientos sobre mitología y antropología se ponen al servicio de restituir la función del Padre encarnada en su Voz, orden superior, implacable e inmisericorde, capaz de instaurar la obediencia y asegurar la victoria sobre las fuerzas rebeldes. Este capítulo es una obra maestra de penetración en la psicología de las masas, y una demostración de la secreta alianza existente entre la psicosis y el discurso científico. Al respecto quiero citar un párrafo que justifica sobradamente el epígrafe con el que Coetzee encabeza el segundo relato, una frase de Flaubert que dice “Lo que es importante de la filosofía de la historia”, lo cual es una clave para comprender la diferencia entre la gran literatura y la literatura mediocre: no el argumento, ni el estilo, ni la construcción de los personajes, sino la filosofía. Muchos escritores escriben, pero no todos son filósofos. Voy, entonces, a la cita:
“Cuando la tierra conspira de manera incestuosa con sus hijos, ¿acaso no deberíamos recurrir a los brazos de esa diosa de la techné que surge de nuestro cerebro? ¿Acaso no es hora de que la madre-tierra sea suplantada por su fiel hija, engendrada sin participación de mujer? Así amanece la era de Atenea. En el teatro de Operaciones de Indochina, lo que estamos representando es del drama del fin de la era telúrica y el matrimonio del dios celeste con un hija-reina partenógena” (pág. 46).
¿Qué significa todo esto? Significa que Eugene Dawn ha comprendido que la guerra de Vietnam no es simplemente una guerra colonial, una guerra de intereses políticos, estratégicos, y en definitiva económicos. Es la guerra entre dos concepciones del mundo, una concepción del mundo articulada al mito edípico, y por lo tanto subsidiaria de la historia y la tradición, y una concepción del mundo donde la técnica se postula como la representación exclusiva de la verdad, una verdad partenógena, es decir, una verdad sin deuda ni culpa, que se afirma a sí misma por el puro poder de su eficacia. “Las acusaciones de atrocidad carecen de fundamento cuando no se pueden demostrar -argumenta Dawn en su informe. El noventa y cinco por ciento de las aldeas que borramos del mapa nunca estuvieron en el mismo”. Solo lo racional es real, piensa Eugene parafraseando a Hegel, y lo racional es aquello que se despoja de cualquier temor y temblor, de cualquier vacilación debilitante. “El problema de la victoria es un problema técnico”. Se trata, entonces, de proporcionar el mito que mejor se adapte a las ventajas de la técnica.
Asomado a los tres frentes donde se despliega su guerra (su cuerpo, su mujer y Vietnam), Eugene Dawn es consciente de que no puede claudicar, que se debe a una misión, que está al servicio de la ley superior de la Verdad: “tengo un deber hacia la historia que no puede esperar”, y ese esa percepción megalomaníaca de su papel en el mundo lo que lo mantiene temporariamente a salvo de la caída.
¡Cómo retrata el recuerdo infantil con el que comienza el capítulo 3 lo que para Eugene supone la experiencia de su cuerpo! Es un recuerdo luminoso que dice así: “Tenía en mi habitación un jardín de cristales: agujas y láminas... que se erguían frágilmente desde el fondo de un frasco de conservas, estalagmitas que obedecían su fuerza vital de cristales muertos”. Este terrible oxímoron (“fuerza vital de cristales muertos”) es la auténtica representación del propio Eugene. Él es sin duda ese cristal frágil y muerto, asediado por una fuerza vital que lo consume. ¿Qué hacer, pues, ante esta vivencia de desmoronamiento? ¿Cómo sobrevivir “sin alma” al caos de un organismo sin gobierno? Sin el Padre como Nombre, muy pronto descubre el valor de la enciclopedia: se convence de que la ordenación alfabética del mundo es superior a todas las demás. Con el orden y el estudio algo se consigue: fabricarse un alma. El problema es ese encuentro con Coetzee, el jefe. Un encuentro que no augura nada bueno, porque se trata de un tipo que “no puede entender a un hombre que experimenta su yo como una funda que mantiene juntas sus partes corporales mientras por dentro arde sin cesar”.
Si el Informe no va a ser aceptado, si el esfuerzo empeñado en sostener el cielo de las significaciones se demostrará vano, entonces no hay más remedio que darse a la fuga, batirse en retirada, para expresarnos en el mismo tono bélico de todo el relato. Es una retirada táctica, destinada a reunir fuerzas y reorientarse: “Más importante para mí que el problema marital, descubro ahora, es el problema de los nombres. Como tanta otra gente de talante intelectual, soy más especialista en relaciones que en nombres”. Podríamos dedicar una larga disquisición a esta sola frase, cuyo alcance probablemente excede lo que el autor pretendió escribir, y de lo que por supuesto no sabemos nada.
Pero lo que dice es muy cierto: cuando falta el Nombre, el Nombre del Padre como anudamiento del aparato del significante, entonces existen los nombres. Los nombres (en plural) sirven para fijar las cosas, y el defecto del Nombre en la paranoia desemboca en una “especialización de las relaciones”. Un delirio puede muy bien ser definido de ese modo: una estructura semántica donde reina la especialización de las relaciones entre las palabras, los significados y las cosas, en detrimento de la virtud fijadora del nombre. El desarrollo hiperbólico de las conexiones convierte cualquier cosa en un signo elocuente. En contraste, los nombres inmovilizan y ordenan: “Sería un saludable correctivo aprender los nombres de los pájaros cantores, y también los de una buena selección de plantas e insectos (los nombres de los mamíferos ya me los aprendí en la infancia). Los insectos me resultan fascinantes, todavía más fascinantes que los pájaros. Me impresiona la invariabilidad que alcanzan en su conducta”. La huida al motel con su hijo es para Eugene Dawn el desesperado intento de abandonar la vía de la techné recomendada en el Informe, para refugiarse en la regularidad inmutable de la naturaleza, ahora que el desencuentro con Coetzee ha provocado que “la guerra y mi discurso sobre la guerra se vuelvan contra mí y me envenenen”. La certeza acaba por imponerse: “Yo sé perfectamente lo que ha consumido mi hombría desde dentro, lo que ha devorado la comida que me tendría que haber nutrido. Es una cosa, un hijo que no es mío: antaño un bebé achaparrado y amarillo encogido en el centro exacto de mi cuerpo, que me chupaba la sangre y crecía con mis residuos. Y ahora, en 1973, un niño mongol repulsivo que extiende sus brazos y piernas por dentro de mis huesos huecos, me roe el hígado con su sonrisa dentuda y vacía su inmundicia biliosa en mis sistemas. Y que no se quiere marchar. ¡Quiero que se termine! ¡Quiero ser libre!” (pág. 61 y 62).
Todo se precipita con los golpes en la habitación del motel.
El final (capítulo 5) es la esperanza de curación basada en la cooperación con los médicos, y la asunción de principios morales sanos, simples y normales: el clásico higienismo del sentido común. Pero la esperanza (nos lo palpitamos) es el preámbulo del suicidio. Todavía late en Eugene Dawn el orgullo de la inocencia paranoica, el sentimiento de que por debajo de la comedia de sumisión a la norma que está dispuesto a representar, subyace la convicción megalomaníaca de ser alguien distinto, excepcional, alguien sobresaliente, que pondrá todo su empeño en averiguar quién ha sido el culpable...
*Incluido en Tierras de Poniente. Mondadori, Barcelona 2009
Gustavo Dessal

jueves, 18 de febrero de 2010

Comentario de Miguel Ángel Alonso sobre el relato de J.M. Coetzee, El proyecto Vietnam, incluido en su novela Tierras de poniente.

Soy el súbdito de un cuerpo en rebelión

Cuanto más arraigado y universal sea un mito, más difícil de combatir resulta

Tierras de ponienteEstamos ante un texto erudito y lúcido. Es mucho lo que enseña acerca de ciertas esencias que estructuran la subjetividad. Es asombrosa la puesta en escena de tantos y tan precisos resortes que operan esa estructura, lo cual sugiere, de parte del autor, un conocimiento que no puede adscribirse únicamente a lo intuitivo, lo cual, por otra parte, constituye una forma privilegiada de encuentro con nuestra verdad. Desde luego, parece imposible disponer del saber que enseña Tierras de Poniente, si no tiene que ver con algún tipo de experiencia particular y profunda que el autor sabe trasladar a la ficción con indudable maestría. El hecho mismo de situarse en el texto como interlocutor del otro, solicita, al menos, la “aventura” de un comentario mínimo. Digo aventura porque no es seguro que ese Coetzee sea el propio autor. Y es que la misma estructura del relato sugiere una división subjetiva y la consiguiente confrontación entre diferentes espacios de la subjetividad. Coetzee es nombrado en tercera persona, como autoridad y como conciencia moral del protagonista Eugene, supeditado de forma extrema e inamovible a sus juicios y a sus exigencias, y atrapado en las redes de la obediencia suprema, y de un cierto masoquismo moral.

El trayecto está jalonado, además, por otros elementos tales como el poder del lenguaje, la potencia del mito, la ambivalencia en la relación con el padre –representado aquí, de forma simbólica, por la autoridad de Coetzee—, y la puesta en escena del orden y la obediencia en un continuo hostigamiento por parte de esa feroz conciencia moral que, por un lado, impone la ley obligando a la renuncia, pero a la vez, se satisface en el protagonista con su insaciabilidad, exigiendo más y más renuncia. Así lo experimenta Eugene Dawn.

Las primeras palabras del relato son: “Me llamo Eugene Dawn. No puedo hacer nada al respecto”. Creo que muestran, de entrada, una esencia del relato: su determinismo ineludible, y el carácter marginal de la conciencia. Antes de ese principio no hay otra cosa que un inescrutable silencio, el protagonista nada posee que le pertenezca, todo es del Otro. En el principio no hay decisión, el deseo del Otro –encarnado en los padres— se impone en el mismo momento en que lo nombran. También podríamos decir que en el final, “tengo grandes esperanzas de averiguar de quién soy culpa” tampoco hay decisión, sólo puede invocar difusas esperanzas en la aridez de un secreto que no se le revela.

Ese sería el escenario donde se juega la partida de una existencia, la de Eugene Dawn, que sólo puede sostenerse en el marco del orden y la obediencia, instalado en un cuerpo que no responde a su voluntad, porque está signado, de una forma muy singular, por un deseo que no puede comprender.

Es importante el tratamiento que hace del cuerpo. Lo diferencia con claridad precisa del organismo. El cuerpo es algo construido, sintomático, que dentro de su patología le traiciona, es un enemigo que no hace caso de las disciplinas que se le quieren imponer, ni hace caso a ningún tipo de psicología del gesto. Aquellos síntomas a los que la psicología pretende hacer entrar por la puerta del cuarto oscuro, los descubrimos prestos saliendo hacia la claridad por la ventana. Lo dice de forma emocionante: “soy el súbdito de un cuerpo en rebelión”. Un cuerpo que no responde al pensamiento, a la estrategia que Eugene desea imponerle para luchar contra la autoridad insensata. Podemos ver, entonces, cómo en el ser humano, el cuerpo no es lo mismo que el organismo. El organismo sería una parte natural, biológica, por lo tanto, no sintomática, esos órganos que responden a sus funciones naturales: “Solamente los órganos de mi abdomen conservan su libertad ciega: el hígado, el páncreas, las tripas y por supuesto el corazón, chapoteando apiñados como octillizos no nacidos”. Habría que añadir que, muchas veces, ni las vísceras se libran de ser cuerpo.

Como decía, la conciencia es, en este relato, algo marginal. Ella sólo puede registrar una proyección patológica, el extremado afán de orden, de obediencia, y de evitar el conflicto con los superiores por parte de Eugene, sin que ningún elemento simbólico pueda rescatarlo de la inmovilidad férrea de su posición subjetiva. Estamos, por tanto, en el interior de un intrincado laberinto, de una historia personal atormentada, atrapada en un destino trágico, condenada, y sin posibilidad de conciliarse con ninguna identidad.

Creo pertinente hacer una referencia al extraordinario tratamiento que hace del lenguaje en el encuentro con Coetzee. Las primeras palabras que Eugene pronuncia en relación con él, son impecables, tanto en su forma como en el fondo, tienen tal plasticidad, tal fuerza expresiva, que nos arrastran en su narración agitada, a la vez que trasmiten la esencia de la relación. Respecto a la forma, son palabras que van de aquí para allá, en un catálogo de frases cortas, aforísticas, como sentencias que tratan de vestirse con una verdad que no encuentra nunca el lugar donde posarse, lo cual va conformando su fondo, un flujo de pensamiento, un monólogo interior que nos ofrece emociones, afectos, sentimientos, sospechas, fantasmas, estrategias, razones, cargado todo de tal dramatismo, que nos hace sentir en la superficie de esas palabras la intimidad de un sujeto atormentado por un conflicto de ambivalencia, amor/odio respecto a la autoridad.

Podemos localizar a continuación lo que el texto nos hace sentir como la profundidad de una nueva determinación del lenguaje, el poder de la ficción mitológica, en una escritura que fluye densa y plena de reflexión. La ficción pura de la primera parte del relato se muda en ensayo para articularse, como anillo al dedo, al drama vital de Eugene Dawn. Resulta difícil sostenerse a flote ante tamaña erudición mitológica que nos muestra los fundamentos de los lazos sociales en la vida pasada, pero que nos hace dudar de la vida futura. No es seguro que, tras la batalla entre las mitologías tradicionales y las nuevas, éstas últimas garanticen la vida de los seres humanos. Las nuevas mitologías, más que preocuparse por anudar y hacer consistentes los lazos sociales, tal como hacían las tradicionales, parecen destinadas a vehicular el mal.

La techné clásica, esa inteligencia creadora, tradicionalmente empleada para relacionarse con lo ente y encontrar una conciliación del sujeto con el mundo, es tomada de forma perversa por la tecnología para satisfacer las exigencias del mal, es decir, llevar a cabo el sometimiento del mundo y la destrucción de las mitologías tradicionales para sustituirlas por la nueva y abyecta “mitología” del poder: la voz del mal sin culpa, es decir, del padre omnipotente que no se somete a ninguna ley.

La tecnología sería el soporte material de esa nueva y analfabeta mitología, la que impone la obediencia plena e incondicional a una autoridad infalible que no tiene que convencer, sino simplemente ordenar. Mitología que, de forma casi total, es asumida por los herederos de la contienda de Vietnam, los que conformamos el mundo actual.

Esta es una lección que podemos extraer del relato, una lección que nos puede permitir posicionarnos para evitar que se apoderen, de forma definitiva, de todo pensamiento, de nuestra capacidad para crear ficciones y sostener en ellas los lazos sociales. Creo que, más que nunca, se hace precisa una nueva ficción, para ello hay que encontrar la vulnerabilidad, el Talón de Aquiles del padre omnipotente para asesinarlo, aunque tengamos que soportar por ello una culpa indeleble. Si no es así, sus determinaciones nos conducirán a una derrota final, de la cual nos ilustra también el relato.

La enfermedad mental decanta el devenir del protagonista hacia un casi fatal desenlace, muy revelador en relación a la inconsciencia, a la falta de sentido último de nuestros actos, para los cuales, las interpretaciones psicológicas de tipo fenomenológico que se construyen para dar sentido a la acción subjetiva, son simplezas que no tienen la más mínima relevancia, y no pueden llevar a cabo ninguna rectificación subjetiva porque son incapaces de acceder al secreto que ella encierra.

El conflicto real que surge con la autoridad, borra a Eugene como sujeto, ya no puede sostenerse en esa construcción mitológica de la obediencia que lo sostiene en el mundo. Todo su entramado simbólico sobre la obediencia se viene abajo, y acomete una acción inconsciente que lo sitúa en los límites del crimen.

Eugene acepta finalmente el orden impuesto de la institución mental. Está conforme en ese escenario que le permite reencontrarse con un orden vital que le resulta imprescindible para sostenerse. Aquí se revela el carácter analfabeto de la nueva mitología que llega a abarcar, no sólo el espacio de la tierra madre, sino también el de la enfermedad mental, el de las instituciones mentales. Todo lo que ocurre en el ser humano, la locura, los síntomas, la enfermedad mental, las angustias, las divisiones, todo lo refieren a lo fenomenológico, lo cual no puede llevar más que a que reconozcan su impotencia porque lo fenomenológico les dice poco. Es decir, la psicosis de Eugene, dice poco. Están desorientados. Todo su malestar lo suponen consecuencia de su relación con la guerra. Es la deriva simplista y fácil del padre omnipotente, siempre dispuesto a dotar a la institución mental de la pastilla que silencie lo que el sujeto sabe.

¿No estamos permitiendo que este analfabetismo ponga el punto final a la historia del ser humano?

Miguel Ángel Alonso

Comentario de Silvia Lagouarde sobre el libro Tierras de Poniente, de J.M. Coetzee

Parece que en esta ocasión todos leímos el mismo libro. Hay una gran coincidencia en las intervenciones. Yo me identifico con ellas. Es un libro que, cuando empecé a leerlo, me compenetré con él a fondo, no me había pasado nunca con un texto, tenía que dejar de leerlo porque estaba totalmente dentro de la cabeza de este personaje. Incluso tenía la sensación de que me iba a psicotizar asistiendo a ese monólogo tan particular.

Quiero decir, en primer lugar, que no me identifico con Alberto en la simpatía que le generó el personaje. Coetzee escribe de una manera extraordinaria, y pocas veces he leído algo tan perfecto en relación a lo que es la mente de un psicótico, en relación a la locura. Es perfecto. Lo es tanto que, ese personaje, justamente porque no entra en ningún tipo de responsabilidad subjetiva, en mí no provoca ningún tipo de emoción, me provoca casi un sentimiento psicotizante, y entiendo que es imposible de ser amado.

Y creo que Coetzee pretende hablar de cuando hay o no responsabilidad en el hombre y en la historia. En ese sentido, en esta obra lo que observamos es la parte opuesta de su otra obra Desgracia. Porque allí plantea que las atrocidades que hace el hombre blanco en Sudáfrica –pero que se pueden extender a la historia del ser humano desde que somos tales— sí repercuten en una responsabilidad subjetiva. Y a veces, el precio que hay que pagar para ser redimido, es aceptar que esa violencia no se perdona solamente porque se haga un partido de fútbol, tal como ocurre en la película Invictus, que cuenta las peripecias de la vida de Nelson Mandela. Lo que plantea en Desgracia es durísimo, y a mí también me dejó mal.

Coetzee es un hombre que expresa de tal manera las cosas, que hace que me compenetre con lo que plantea sobre la violencia. Por ejemplo, lo que plantea es que hay una responsabilidad absoluta en Sudáfrica en lo que se ha realizado a nivel histórico.

Yo me pregunté el porqué este texto, qué intencionalidad puede tener hablar tan perfectamente de la locura. Me dejó intrigada. Quiero indagar en esta intuición que tengo sobre la intencionalidad de Coetzee, si es verdad que el tema que trata es el de la responsabilidad, que cada acto tiene consecuencias, y que no se puede perdonar sólo a través de la palabra perdón.

Silvia Lagouarde

Comentario de Graciela Kasanetz sobre el libro Tierras de Poniente, de J.M. Coetzee

Quería hacer un comentario sobre dos intervenciones que se han hecho, lo que ha tomado Miguel y el tema del cuerpo que mencionó Alberto.

Creo que en este libro están expuestos varios cuerpos, el cuerpo social norteamericano, el cuerpo de este sujeto y los cuerpos de aquellos que él no considera sujetos, y que son, para el cuerpo social norteamericano, un cáncer que hay que eliminar, los vietnamitas.

En psicoanálisis hablamos que no es lo mismo ser un cuerpo que tener un cuerpo. Que se llega a tener un cuerpo en el mejor de los casos, y que se parte siempre de un organismo. Y que de los actos –no del comportamiento, eso que nos quieren hacer creer que son comportamientos, incluso este sujeto se ampara en sus comportamientos no tomando ninguno de sus comportamientos como un acto—, de los actos es responsable un sujeto. Y hay una diferencia ética abismal entre el comportamiento, del que se ocupa la psicología cognitiva y la psiquiatría centrada en los fármacos, y los actos que son actos de sujetos humanos, por tanto éticos, y sobre los que cada uno tiene responsabilidad. Sobre el tema del cuerpo, hay que decir que este sujeto no llega a tener un cuerpo.

Sin embargo, hay una cuestión que no quisiera que quedara en paralelo. Y es que la psicosis, la locura, puede arrasar muchas cosas, pero la locura no arrebata per se, la vertiente ética de un sujeto. Hay locos que, aun cometiendo el mismo tipo de acto, o parecido, sin embargo siguen reclamando la humanidad de su acto, la responsabilidad sobre él. Recuerdo, tal vez debe ser algo que se repite mucho, a Althusser. Era un psicótico que mató a su esposa y se le exoneró jurídicamente de responsabilidad, y él, en el libro El porvenir es largo, reivindica el derecho a ser responsable de su acto. Porque si le quitan la responsabilidad de su acto, le quitan su humanidad.

Por todo esto, como todos los libros de Coetzee, este del que hoy hablamos me parece un libro extraordinario. El segundo ensayo del libro abunda en la misma línea, en no asumir en absoluto la responsabilidad del acto. Me ha sorprendido la madurez de este texto, no lo veo menos maduro que sus textos siguientes. Y creo que es una crítica que, igual que El porqué de la guerra de Freud, tiene hoy la misma actualidad en otros conflictos provocados por potencias dominantes, que en última instancia siguen siendo económicas, sobre pueblos enteros arrasando la cualidad humana de los integrantes de esos pueblos. Podemos pensar hoy mismo en Haití.

Me parece, entonces, un relato extraordinario.

Y tampoco puedo compartir ninguna simpatía por el personaje. Porque este personaje no considera que el otro tenga más existencia que la de ser culpable de los actos que él mismo realiza. Y en esto léanse sus padres, léase su jefe, léase su mismo hijo, su mujer. Creo que no es un personaje con el que yo pueda simpatizar ni sentir la más mínima ternura. Porque respecto a la locura, para mí, que me dedico al psicoanálisis y a la clínica, hay muchos psicóticos con una posición ética realmente de responsabilidad de sus actos, aun cuando no sean dueños de ellos, aun cuando una voz les haya ordenado determinada cosa, no dejan de reconocer que el otro es un semejante. En ese punto me parece magistral el relato.

Graciela Kasanetz

Comentario de Carmen Peces sobre el libro Tierras de Poniente, de J.M. Coetzee

Más allá de estas cuestiones que a veces se plantean en la literatura, sobre la simpatía o no de los personajes, comparto lo que se ha dicho sobre la maestría del escritor. Tiene una habilidad de maestro. Se hablaba de Desgracia, pero hay otra obra suya donde relata lo que es una patología, En medio de ninguna parte, su primer escrito. El personaje protagonista es una mujer, y parece mentira que un escritor pueda plasmarlo de tal manera que hasta parece que está vivo.

Respecto al relato que nos ocupa hoy, me parece en su conjunto conmovedor, y por momentos inquietante. Me ha interesado mucho lo que se ha dicho sobre la cuestión de la psicosis porque me costaba ver la armonía con la que escribe el informe, con una cuestión que tenía que ver con su estructura psíquica. Me daba por pensar que ese tipo de informe lo podía escribir cualquiera que no fuese necesariamente psicótico.

Y ahí lo asociaba con lo que escribe Anna Arendt en Sobre la violencia, y la cuestión de la banalidad del mal. Porque hay algo de lo peor del ser humano ahí presente, la parte más oscura en cuanto a que queda deshumanizado, en cuanto a su materialidad. Cuando describe el contenido de las fotografías, es espeluznante, pero cuando hay párrafos en los que habla que hay masacres que no se pueden demostrar en relación a las aldeas que no están en el mapa, aun es más espeluznantes.

Me pareció impresionante esta cuestión de la banalidad del mal.

Carmen Peces

Comentario de Rosa López sobre el libro Tierras de Poniente, de J.M. Coetzee

Quería comentar el acto concreto de clavar el cuchillo a su propio hijo. Todo el libro tiene varias lecturas, pero hay una que tiene que ver con la paternidad. ¿Cómo entender el acto homicida con respecto a su propio hijo?

En ese sentido, el personaje dice que el estrés no explica nada, y se pregunta por qué el acto fue contra su propio hijo, carne de su carne, y por qué no fue suicida. Lo que ocurre es que es lo mismo. Esa carne de su carne también es el cuerpo que a él se le degrada, se le deteriora. Ese mismo acto era reversible, tanto podía ser homicida como suicida, porque en esa desesperación del psicótico hay un punto en el que tiene que erradicar, el objeto malo, interno, lo tiene que matar, lo tiene que aniquilar, ya sea fuera, ya sea dentro, porque no hay una topología exterior entre el hijo y su propia carne. Es lo mismo. Clavando ese cuchillo en la carne del hijo se lo está clavando a él mismo, no hay una diferencia.

Y de hecho, hay toda una cuestión sobre la paternidad. Está él como hijo frente a Coetzee, y éste como su padre. Y no sé si se dan cuenta de que la primera vez que menciona al hijo, dice que los únicos momentos que tiene de relax son por las mañanas, cuando su mente está un poco más calmada, momentos que son perturbados por Marilyn y por su hijo. Cuando leí esa frase pensé de quién sería el hijo. Más bien pensé que era de Marilyn, que lo había tenido con otra persona.

Lo que demuestra el psicoanálisis es que hay una diferencia entre ser padre desde el punto de vista biológico que desde el punto de vista humano. Cualquiera puede reproducirse biológicamente. Pero para asumir un hijo, amarle e integrarle en el deseo de uno, cuidarlo y reconocerlo como el objeto más preciado, hay que tener un aparato mental que los psicóticos no tienen. Y se ve muy claramente en este relato, como el hijo es un objeto en el cual el protagonista no ve una relación de continuidad.

Esto es un caso clínico que encierra una buena parte de la teoría analítica. Podríamos estar horas hablando página por página, frase por frase. Los psicoanalistas lacanianos decimos que el ser humano necesita simbolizar los hechos de la vida como el nacimiento, la muerte, la procreación, el sexo, etc., todo eso hay que simbolizarlo. Todo eso acontece, pero si uno no lo registra y no sabe como integrarlo, sólo nos podemos encontrar con aberraciones. Este hombre tiene una confusión enorme en todo, por ejemplo en la sexualidad. El pene y el falo, no es lo mismo tener un cartílago que cuelga al final del espinazo, que tener un órgano fálico que permite un goce fálico. Él lo dice muy bien cuando sostiene que en la literatura dicen que se goza de esto, esa felicidad –sexual podríamos decir— los ha eludido. Lo dice claramente. Tiene eso que cuelga, dice que clava la reja de mi arado. El sexo se degrada completamente y la procreación es un acto puramente orgánico y biológico: “Mi semilla se derrama como orina en las fútiles cloacas de los trazos reproductivos de Marilyn”. Es un acto de procreación degradado completamente a lo más orgánico y biológico.

Y luego aparece ese episodio de fuga. De pronto se va con el hijo. Pero el hijo no es más que un correlato de sí mismo. Y hay un momento en el que sale a caminar con él, donde dice que el hijo está orgulloso de su padre, quiere ser como él. Es toda una respuesta. Él intentando estar del lado del padre como ideal para ese hijo que es criado por una madre histérica, pero a la vez el hijo es ese objeto que le corroe, tengo un hijo dentro que me corroe, que fue el primero, y luego tengo un hijo mogol y no se quiere marchar. Está preñado de un hijo que hay que matar. Hay que matar fuera o dentro, da lo mismo, no hay una topología. Es el sentido que tiene el acto desde el punto clínico, no es un acto homicida.

Rosa López

Comentario de Miriam Chorne sobre el libro Tierras de Poniente, de J.M. Coetzee

Retomando la discusión de si era o no un personaje que despertaba simpatías. Me parece que puede despertar las dos cosas al mismo tiempo. Porque es verdad que ese aspecto al que Gustavo aludía: “frío cristal”, espanta cuando describía lo que es el encuentro con su mujer. Y al mismo tiempo está la descripción tan fina que hace sobre lo que es la vida de este personaje, te transmite perfectamente lo trabajoso que es la vida para un psicótico. Porque dice que cuando está con la gente, piensan todos que no se desenvuelve bien. En realidad está controlando no tener el tic tal o el tic cual, no hacer una mueca, y va describiendo la tensión tan grande que muestra lo difícil que le resulta estar. Simplemente eso, estar, es complicado para él. Y cada acción es como un acto de voluntad. Para hacer las cosas corrientes que en la vida hace cualquiera, él tiene que buscarlas casi conscientemente. En ese sentido, es muy conmovedor. Tiene un aspecto que, no sé si es cuestión de ternura, pero si desierta compasión, conmueve y se puede sentir perfectamente lo difícil que es la vida para ese hombre.

Por tomar la primera frase, cuando habla de su nombre, dice que no puede hacer nada al respecto. La cosa que para nosotros es más obvia y evidente, de que somos tal o cual, para este hombre, el hecho de no poder hacer nada con eso quiere decir que no tiene ninguna identidad con ese nombre. No hay ninguna confluencia entre el nombre y él mismo. Y para uno, justamente, el nombre es una de las cosas a las que se siente más identificado.

Miriam Chorne

Comentario de Concha Miralles sobre el libro Tierras de Poniente, de J.M. Coetzee

Este libro me ha suscitado muchas preguntas durante toda su lectura. Se me hizo una lectura difícil y densa. Sobre el primer relato, comparto lo que decís, me parece una magnífica descripción de un delirio, de una locura. Pero también me pregunté por la cuestión literaria del texto, la estructura, se habla de que es un informe, parece ser que se está construyendo un ensayo, también se habla de una novela, cuando tiene este encuentro con Coetzee le habla de investigación y de que está haciendo una novela. Ahí me preguntaba qué es esto, cuando también parece un diario de su propia locura. Yo me preguntaba desde dónde habla, si habla después del acto con su hijo, si cuando está en el manicomio, desde dónde construye ese informe Vietnam. También me pregunto por el propio Coetzee, es muy curiosa su posición.
Incluso en el segundo relato, que también me leí, me he cuestionado qué unión podía haber entre los dos relatos, porque la novela son dos relatos, y se supone que tiene que haber un nexo entre ellas. Hay un momento que, en el primer relato, creí encontrar esa conexión. Es cuando hace referencia a la publicación de su trabajo en tal editorial, y que a partir de ahí se dedicará a otra cosa porque él es un explorador, y pensaba que si hubiera vivido hace doscientos años hubiera descubierto otros territorios. Es un punto donde parece que conecta con el otro relato.
Y ese Coetzee que no sé si es real o es un antepasado del propio autor. Es otra de las preguntas que me hago. Si esto es así, si realmente es un antepasado del autor, tiene un hilo importante que quizá no he sabido interpretar y llegar a descubrir. Sería interesante discutirlo.
Concha Miralles

Comentarios y diálogos suscitados tras las intervenciones, en el final de la tertulia de El Proyecto Vietnam

Miriam Chorne
Respecto a lo que plantea Concha Miralles, yo pensaba, mientras leía, que llamar Coetzee al superior, hace que uno no identifique narrador y autor. Eso por un lado. Y por otro lado, cuando los escuchaba, pensaba que el personaje de Coetzee no se sabe si es el autor, su abuelo, alguien que se llama Coetzee. En realidad, estamos haciendo una suposición. Pero es cierto que en el siguiente relato, inmediatamente, habla de que hay tres Coetzee, y éste es el que ha hecho la traducción, porque pone los nombres. J.M. Coetzee es éste. Pero puede llamarse Coetzee y que no tenga nada que ver con su familia siquiera, o ser un antepasado. De momento uno puede jugar con todas estas variantes. En todo caso, que el narrador no se llama Coetzee.

Silvia Lagouarde
Es verdad, como decía Gustavo, que todo buen escritor es un filósofo. Cuando dije que me suscitó el deseo de leer más libros suyos para descubrir algo de su intencionalidad en este texto, tenía que ver con su filosofía, no con su psicología.

Y otra cosa que me parece importante de este texto, es la certeza psicótica y de inocencia. Porque yo a este personaje lo veo absolutamente inocente. Jamás le pondría la pena de muerte. Sin embargo, creo que en Desgracia, siguiendo el interés que me generó su literatura por ver qué quiere, o qué tiene en el fondo algo de la filosofía de este hombre, es que él está muy enfadado por lo que sería la falta de responsabilidad del poder del primer mundo, que no hay perdón ante las enormes tragedias humanas que se llevaron a cabo durante el siglo XX, y que hay algo de la posición política, en este momento, que no merece el perdón. Por ejemplo, en Europa, donde hay una desintegración absoluta de políticos, de partidos y una posición de estupidez y falta de responsabilidad.

Creo que de Desgracia se puede inferir un mensaje, o se toman cartas en el asunto, o se viene la venganza más atroz, de manera que los que tienen hoy poder y riqueza en este primer mundo, preparaos para lo que puede ser el futuro. Creo que está haciendo una advertencia y me conmociona la manera extraordinaria de contarlo, verdaderamente merece el Premio Nóbel, escribe de forma extraordinaria. Ha sido muy acertado haber elegido a este autor.

Graciela Kasanetz
Quiero retomar la cuestión del apellido, Coetzee, que aparece en los dos relatos. Voy a hacer una alusión mínima al segundo relato, pero primero quiero decir que, en el primero, Coetzee es el jefe que ocupa el lugar de un padre tomado desde la perspectiva del hijo. Porque Coetzee no es el protagonista.

En el segundo relato, el protagonista es el colono Coetzee. Y podríamos decir que está también del lado de la voz, la atronadora voz vengadora del dios padre a quien han desobedecido y osado ir contra su ley.

No solamente cualquiera puede ser padre biológicamente hablando, y puede reproducirse, sino que hay una condición que compartimos todos, y es una condición que también hay que adquirir, aunque sea una condición biológica, y es que todos somos hijos. También hay que hacerse hijo. Porque, precisamente, en el primer relato, el protagonista busca la culpa y la responsabilidad de los actos en esta genealogía paterna, él busca ser hijo de alguien, busca alguna subjetivación. Y en el segundo relato, lo que no hace este padre terrible es reconocer la humanidad en el sentido de este cuidado por los hijos. Me parece que también en eso es magistral.

Yo leí estos dos relatos y debo confesar que aparté el libro porque me resultaba demasiado terrible. Creo que la crudeza de estos dos elementos llevados al límite de los asesinatos, aúnan lo mismo que Gustavo señalaba en el protagonista del primer relato, la certeza y la inocencia también están en el protagonista del segundo relato.

Rosa López
Quiero preguntarle a Graciela. No sé como tomamos lo de investigar su infancia. ¿Qué valor le das a que él comience a investigar su infancia y sobre qué deseo le ha traído al mundo? El camino se lo sugieren los psiquiatras. El protagonista dice que el argumento de los psiquiatras es que para su tratamiento tendría que empezar en los inicios del pasado remoto y avanzar de forma gradual hasta el presente. Es un argumento razonable, así que por ahora está hablando no de la infancia de Martin, sino de la suya. Es como un proceso de análisis.

¿Tú ves que cuando busca la culpa él se está eximiendo?

Graciela Kasanetz
Respecto a ser hijo, siempre el deseo de los padres es una interpretación de los hijos, y en ese punto cada sujeto tiene la oportunidad de esa oscura e insondable decisión, de poder interpretarlo de una manera y no de otra, y no quiero decir que no haya condiciones para los sujetos, condiciones de su nacimiento y de su infancia, que puedan ser más determinantes que otras, pero siempre está la posición del sujeto.

Rosa López

Yo estoy de acuerdo con Alberto, la posición del sujeto es que él lleva toda la vida intentando ordenar el mundo para que no se le eche encima, porque es amenazador, todo es amenazador para él, cualquier gesto del otro lo es. Entonces, el hombre hace lo que puede, no veo que tenga una posición de Bella Alma.

Graciela Kasanetz
Las certezas de que ninguna otra cosa se puede hacer, y de que haya intentado hacerlo de la mejor manera posible, creo que forma parte de una metáfora entre el proyecto Vietnam, que no es el proyecto de una persona, y la implacabilidad del proyecto, y cómo lo justifica. Me parece que hay ahí una cierta metáfora. Yo no lo tomo únicamente como un caso clínico, pero además pienso que no puede ser un caso clínico porque el único caso clínico es del que habla. Aquí vuelvo a pensar que a pesar de todas las precisiones, hay que tener cuidado.

Rosa López
Efectivamente. Esto es un poco un abuso. Es un caramelo desde el punto de vista clínico.

Alberto Estévez
El Proyecto Vietnam, tiene un título muy sugerente: Vida nueva. No es cualquier título.

Gustavo Dessal
Por eso es importante que él se llame Dawn, amanecer.

Miriam Chorne

Hay una frase que cuenta Primo Levi, que cuando llegan al campo de concentración, hay una autoridad del campo que les dice que nunca se sabrá lo que aquí va a pasar. Si alguno de llega a escaparse, aunque quiera testimoniar, vamos a hacer desaparecer todo, los hornos. Si alguno llegara a escapar nadie va a creer que semejantes barbaridades hayan sido cometidas. Es una vida nueva errando hasta el fondo.

María José Sánchez

Cuando dice “Coetzee me pide que revise mi ensayo” es curioso como el autor se mete en el texto en la primera frase. El autor nos complica la vida en este sentido, porque el personaje se desdobla en dos, uno que quiere agradar a Coetzee, haciendo el ensayo acomodaticio para conformar esa idea de la nueva mitología, y el otro que no quiere hacerlo. Esta dualidad le lleva a la locura. Esto sería un resumen rápido. Y al final pide que le dejen algo de su malestar para no tener esa mente tan vacía de contenidos.

Liter-a-tulia

lunes, 8 de febrero de 2010

MªJosé Martínez comenta "El proyecto Vietnam", el relato que trabajaremos en la tertulia de este viernes 12 de Febrero.

Impresionante esta obra de J.M. Coetzee, breve, intensa, y condensada, que nos despista tanto que no parece una novela.
Nada más empezar el narrador dice su nombre, Eugene Dawn, y nos cuenta que Coetzee le ha pedido que revise su informe. Cierro el libro y compruebo el nombre del autor. Está bien. Vuelvo adentro, sigo, y en el primer renglón ya tengo tres personas narrador, autor y el alter ego del narrador. Tres verdaderas personas para una historia, y esto, ya se sabe, es siempre algo complicado.
El autor va a contarnos, dentro de un espacio irreal, las consecuencias de la guerra del Vietnam, sobre todo en los americanos, que es lo que importa. Para eso novela la historia de Eugene Dawn, al que le han pedido un informe sobre el Proyecto Vietnam que dirige Coetzee. Y estos dos personajes que, recubiertos de músculos y carne, son una persona, van a enfrentarse entre sí. Uno de ellos será Eugene, el subordinado, el débil, el hombre creativo y ahora descontento, y el otro es Coetzee, el que se vende al sistema y que mantendrá, sin decaer, las exigencias oficiales sobre el tono debido que de aquel informe se esperaba. En esa lucha van a estar los dos durante cinco capítulos, y en este último comprendemos que la persona que encerraba a los dos personajes incompatibles está muy enferma.
Y lo curioso de esta enfermedad es que ha sido retransmitida en directo, porque a la locura la vimos avanzar esas páginas que cada vez se vuelven más incoherentes conteniendo la palabra de un hombre que ha matado a su hijo y que acabará desvariando. Pocas veces se ha visto contar así una historia. Pero también está muy clara la distinción que hace el mismo Eugene sobre las dos locuras de la novela: una es la locura de la guerra, y otra, la peor, la causa de su crisis, es la locura de tener que mentir sobre ella.
Pocas cosas están separadas en esta novela de finales del XX en el que ya todo se nos muestra en los medios y en el cual Freud ya nos había ilustrado.
En la novela que comentamos no existe ningún orden interno y el autor mezcla, a posta, todos los elementos materia del argumento para plasmar la total confusión mental y la complejidad del asunto a tratar y de la locura.
Narrada en primera persona, en constante monólogo interior y sin orden cronológico, Eugene, nos traslada el informe que es la síntesis de la tesis de la novela. Luego nos adelantará su mirada a poniente. Y allí acabará su historia intentando ser un buen chico y ganarse el cariño de sus cuidadores en tanto que, muy aplicado, estudia su crisis. De esta nos confiesa querer quedarse con algo, con algo de su locura, con algo propio, para poder soportar su yo tan vacío y lamentable como el del resto de sus compatriotas.
Se trata, pues, de la biografía del hombre que se vio forzado a elaborar un informe lleno de instrucciones y consejos para lograr que los militares que combaten en Vietnam se sientan bien, donde las palabras hechas con 52 símbolos disimulen la verdad y justifiquen la barbarie, informe del que se roban y ocultan datos y fotos terribles, donde se aconsejan estrategias y tácticas, donde se sugieren caminos secundarios para no enfrentarse a lo que de verdad estaba ocurriendo, y para que, en definitiva, los pilotos de aquellos terribles B-52 puedan seguir matando. Porque ¿cómo podrían hacer aquellas cosas unos buenos padres de familia, hermanos leales, personas salidas de las ciudades pequeñas donde todos formaban una comunidad de bienintencionados vecinos? Imposible, no puede ser, la normalidad se ha roto y eso sería un fallo. Ya nos lo advierte la cita del comienzo al decirnos que “los pilotos habría que seleccionarlos entre sujetos sin escrúpulos”. Y por si entre ellos se cuela alguno de los sanos personajes a los que nos tienen acostumbrados sus películas, es necesario un informe que enseñe a los mandos a diseñar estrategias para cuidar a esos chicos y para cuidar a la opinión pública.
Porque se trata de aplastar la rebeldía de quienes le estaban saliendo díscolos al estado norteamericano, porque cada uno de aquellos pequeños estados fuera de su control y de su Geografía, estaban haciendo su camino de guerras y sometimientos, y este camino es tan largo, que ya no se puede consentir, porque aún no han llegado a la democracia necesaria para que todo vaya bien. Por eso hay que obligarlos un poco. Y todo de acuerdo con las normas de esos chicos que alzan en sus manos las cabezas de sus enemigos, los que han conquistado la razón absoluta de la fuerza, los dueños de una moral y una higiene, tales, que ya no deberían cuestionarse en ningún lugar del planeta.
Así nos dice el autor cómo Norteamérica va dando forma a sus mitos.
¡Señor! ¡Sí, Señor!
Pero aparece otro fallo, y sobre eso se ha de trabajar en el informe, pues esos pequeños y sucios vietnamitas harapientos no quieren escuchar la voz atronadora del Padre americano desde el aire, porque ellos tienen otro Padre que siempre les habló de otra manera. Y Eugene sigue trabajando aunque le falten fotos, aunque le roben papeles, porque el problema radica en conseguir la victoria. Pero eso ya es un problema técnico que tal vez tenga que resolverse mediante una fórmula. Y el protagonista nos remite a otros libros para que veamos la hipocresía y la falsedad del que quiere engañar a la gente de su país y a la de los demás. Pero él, que se siente culpable a más no poder, exclama: “¿Por qué no nos pudieron aceptar? Y luego: ¿por qué no se resistieron?” Porque “Si demuestras tu valía –les gritábamos– también demostraréis la nuestra”. Y Eugene nos dice que las fórmulas que trascribe las toma de un libro en la Biblioteca Truman, ya que él sólo es uno de esos hombres librescos que ha tenido la suerte de tener visiones de gran claridad. Y sigue trabajando y nos confirma, que solo se puede ganar la guerra si se bombardea 24 horas, si se fumiga todo el territorio con PROP-12, o si se usa NAPALM sin parar, y televisado, que emociona más.
“Hasta que nos mostremos como somos y nos deleitemos en el verdadero significado de nuestros actos, continuaremos sufriendo el doble castigo de la culpa y la falta de eficacia”
Terrible y cierta esa confesión, porque si encima de ser culpables no se consigue nada...Y Eugene, que aún está algo lúcido, siente que aún “Podemos triunfar”, y que además “Tengo el deber de señalar nuestro deber”
Después, ilusionado, se aleja de su mujer y de Coetzee para quedarse solamente con el hijo y con la parte buena de su persona.
En el motel a donde ha huido, el autor nos cuenta de sus trucos sobre su escritura, y ya no cabe más ficción dentro de la propia ficción de esta novela, de la que casi nos olvidamos que es novela, mientras desgrana, inteligentísimo, todas las ideas sobre el yo, y nos cuenta como su hijo va hacia el jardín que él había soñado tantas veces. Luego se preocupará del lavado de ropa.
Sueños y más sueños en un personaje que al final es un enfermo inmerso en sus fantasías diurnas y al que todos parecen chuparle la vida, desde su madre que le roba el más puro deseo de autonomía y su padre que está en el ejército.
Dramática, terrible, enloquecida historia que a veces resulta muy difícil de asimilar porque tendríamos que asimilar la locura, algo a lo que todos nos resistimos. Y los médicos que atienden a Eugene quieren culpar de toda su enfermedad a la guerra en abstracto, unido a un algo más que viene de la infancia. Pero este engaño dialéctico no podemos dejarlo pasar por alto en este caso tan grave, y salta la pregunta: ¿Por qué los pueblos quieren buscar su trascendencia en las guerras? Y otra más: ¿Dónde queda la responsabilidad de la guerra?
Y repasando el informe de Eugene, y otros informes, la responsabilidad se diluye no podemos encontrarla. Es muy difícil, todo es muy difícil. Quien sabe.
Hasta Descartes dudaría.
Sólo nos queda la solución de contar el color de los muertos.

MªJosé Martínez Sánchez