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domingo, 29 de marzo de 2009

Apertura de la 6ª reunión de Liter-a-tulia, a cargo de Alberto Estévez

La puerta, de Magda Szabó

Jacques Lacan, psicoanalista francés, encargado de que el legado que Sigmun Freud nos dejó, el psicoanálisis, siga existiendo en nuestros días, gracias a la lectura que hizo su obra, transmitía dicha lectura año tras año, en el seminario que dictaba a sus alumnos.

En el que impartió en 1954, dedicado al concepto del yo, existe un capítulo casi acabando el curso, titulado Psicoanálisis y cibernética, en el que hace una de sus curiosas y agudas reflexiones, en este caso acerca de un aparato simple, en el que basta hacer girar un picaporte: una puerta.

Una puerta, dirá a sus alumnos, no es algo totalmente real; considerarla así podría llevarnos a extraños malentendidos. Si al observar una puerta concluimos que produce corrientes de aire, es posible que acabemos llevándonosla al desierto para refrescarnos.

Retomará una serie de frases hechas alrededor de la puerta justamente para poder distanciarla de su condición de objeto real; una puerta a, una puerta que se nos niega, o que por el contrario se nos ofrece, incluso en esta matización llegará a ofrecer una evidencia que resulta simple pero muy pertinente a lo que quiero mostrar: Lacan dirá que la puerta no cumple la misma función instrumental que la ventana.

Una puerta debe estar abierta o cerrada, y esto no es equivalente.

La puerta es, por naturaleza, del orden simbólico, y se abre a algo. Hay disimetría pues entre la apertura y el cierre: si la apertura de la puerta regula el acceso, el cierre, lo obstaculiza. La puerta es un verdadero símbolo, el símbolo por excelencia, aquel en el cual siempre se reconocerá el paso del hombre a alguna parte, por la cruz que ella traza, entrecruzando el acceso y el cierre. Se trata de la relación del acceso y el cierre. Termina la cita de Lacan.


La Puerta es el título de la obra que nos ocupa hoy. Una obra que relata los avatares de la relación entre la autora de la novela y su señora de la limpieza, Emerenc Szeredás. La Puerta es real, por llevar la contraria a Lacan: en la casa de Emerenc, es la que da acceso a su habitación, o más bien habría que decir la que lo impide, ya que esta mujer prohíbe terminantemente que nadie penetre en su intimidad, salvo la propia escritora, bien avanzada la novela, en circunstancias muy particulares, ya que en la primera ocasión que la autora tiene la ocurrencia de sacudir el picaporte, recibe una furiosa reprimenda; la amenaza es tan desproporcionada que la autora teme la agresión física por parte de aquella mujer.

Pero esta anécdota le permite ir dibujando el carácter simbólico del objeto puerta, enseguida nos dirá que es una puerta que protege, protege de las miradas, incluso de la propia muerte.

Y nos toca a nosotros pensar en la escena. ¿Porqué se angustia tanto Emerenc, qué significa para ella que alguien pueda atravesar ese umbral? El celo con el cual cada uno de nosotros guardamos determinados aspectos, elementos, circunstancias de nuestras vidas no parece encajar con la reacción que muestra esta mujer. Hay algo del lado del exceso que nos lleva a valorar la escena de otra manera. También es así para la escritora, que escapa de allí aterrorizada pensando que Emerenc está medio chiflada, es víctima de una mente perturbada.

¿Es cierto esto?¿Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que estamos ante una psicosis? Sea como fuere, lo que personalmente me ha causado gran admiración del relato es el material que Magda Szabó va eligiendo para dibujar una estructura psíquica tan compleja como resulta esta. La sutileza en los detalles, reparar como ella hace en pequeñas cosas que ocurren y que podrían ser desestimadas o calificadas como simples manías o caprichos de Emerenc, no es así, y tiene efecto en el lector: es una valoración de dichos elementos como si estos en realidad fuesen claves a descifrar. Esto es consecuencia directa de haber demostrado una finura, como si de un clínico experimentado se tratase, en el análisis del carácter de su empleada.

Con una prosa envidiable, la vemos detenerse en hechos que para ella son significativos: Emerenc no tiene cama, no se acuesta ni se tumba, ya que eso le provocaba debilidad y un vértigo inaguantable. Por otro lado, la autora percibe un obstáculo en la relación, que define de la siguiente manera: Emerenc no dialoga, sentencia. Podemos decir que está sostenida por la certeza. Algunos de estos hechos no provienen de lo que Emerenc le cuenta, sino de la propia observación del entorno, eso le lleva a decir que todo el mundo se fiaba de Emerenc, pero Emerenc no se fiaba de nadie. Esto se hacía todavía más extremo en el caso de la relación con los hombres; salvando alguna excepción, con ellos había que estar muy alerta, cualquiera podría ser el barbero, aquel desaprensivo que le robó todo. Emerenc con su argumentación pretende convertir en evidente que partiendo de una situación como esa lógicamente se derive una consecuencia como la siguiente: nunca más volvería a tocarla ningún hombre. Nos va dejando datos que tienen todo el interés.

Son 20 años de relación, es mucho tiempo, y no ha sido un tiempo perdido. La autora ha podido hacer acopio de la sabiduría que esta mujer le ha ido transmitiendo, una sabiduría que es el saldo de lo que ha sido una vida de supervivencia, sabiduría que se hacía necesaria para conservar la vida en unas circunstancias en muchas ocasiones catastróficas, y en alguna en concreto, verdaderamente aterradora. Entonces no debe resultarnos extraño que alguien que pasa por eso enuncie frases del tipo “todos estamos solos, queramos o no, aunque compartamos la vida con otro” O también “al que quiera irse hemos de dejar que se vaya. Quien no se deja sacar del agujero allí se queda”. “Si amamos también tenemos que saber matar”, Los curas mienten, los doctores son ignorantes y codiciosos, los letrados cínicos, los ingenieros ladrones, y los mafiosos abundan por doquier.

La visión política de Emerenc merece un capítulo aparte, aunque yo en esta exposición me limite a citarla porque me parece soberbia: “el mundo se divide en dos clases de personas: los que barren y los que no”

Pero podemos diferenciar otro tipo de enseñanza, más concreta, más funcional para el caso, que la autora extrae y atañe directamente a la posibilidad de relación con su empleada, como una guía que le sirve para bien llevarse con ella y no poner en peligro el vínculo que las une; un saber en consonancia con la verdad del sujeto, que distribuye las posiciones de cada uno para afrontar el esperado buen encuentro con el otro. En un primer momento, el hermetismo de la autora no facilita, más bien impide que esto se produzca; primero debe abrir su puerta para que la empleada abra la suya. Las pistas para salir de esa situación las percibe cuando toma conciencia de que Emerenc consigue hacer equivaler sus ausencias con la ruina, hasta el punto de que la vida del matrimonio sin ella no funciona.

El sacrificio que Emerenc realiza por el otro sólo se producirá si se trata de existencias ruinosas, es la salvadora incondicional hasta la locura, y cuando en los primeros momentos, comprobamos que la relación que la autora tiene con ella no responde a ese molde, la cosa no marcha. Es efectivamente cuando la autora le muestra algo de su ruina yendo a su casa para decirle simplemente, tengo hambre, cuando se produce el milagro. Emerenc no iba a olvidar dicho acto jamás y es en ese momento cuando empieza a quererla de verdad. No quiero dejar de mencionar aquí la idea del marido, abunda en esto, él también tomó conciencia de por dónde debe cruzar la relación para que pueda darse, un personaje que, por otra parte, pasa por la acción sin tener mucho que ver ni que aportar, sin embargo aquí propone una muy lúcida vía para no perder la relación con Emerenc: “vivir en continua agonía para que acuda a salvarnos, es lo más conveniente para su economía afectiva”

Y así podemos entender mejor la clave de la relación de Emerenc con su hija, porque así llama a la autora aunque ella lo desconociera. Magda debe permitir que Emerenc se convierta en la protagonista principal de su vida: “a mí me da todo o no quiero nada”.


Salvar vidas: pobre Emerenc, que en una misma noche había visto cómo delante de sus ojos se escapaban las vidas de sus dos hermanitos y de su madre sin que pudiera, bloqueada por el espanto, hacer nada para remediarlo. Como tampoco nada puede hacer, por mucho que se lo reproche desde su moral cristiana, la autora, con la circunstancia final de la vida de Emerenc. Destinos ligados, circunstancias repetidas, vidas que se cruzan, sueños que se repiten. Sueños en los que la puerta está cerrada impidiendo la salida, provocando la impotencia de nuestra soñante. Y es que los que pierden, son los que se quedan.

Alberto Estévez
Viernes 13 de Marzo de 2009

sábado, 28 de marzo de 2009

Resumen de la 6ª tertulia sobre el libro de Magda Szabó, La Puerta


Es preciso resaltar el acierto en la elección de esta novela para el debate que nos convocó en la sexta tertulia. Porque es una historia donde se producen una serie de encuentros trascendentes, formidables, de los que no siempre ocurren en las vidas. Dialéctica entre subjetividades, en la que se muestran las contradicciones, los cuestionamientos, las críticas, los deseos, dialéctica entre vidas, entre conceptos, reunida en una obra que contiene elementos que suelen habitar en las grandes obras de la literatura. Entre todos estos encuentros destaca el de La escritora y Emerenc, colocadas frente a frente, sirviéndose en la tertulia de nuestras palabras para amarse, para odiarse, para rechazarse, para completarse, para comunicarse, y para incomunicarse, para servirse de la razón o de la sinrazón. ¿Qué tenían la una para la otra? ¿Qué don posee Emerenc que convoca a todos a su alrededor? ¿La escritora es una niña bien o una mujer desamparada? ¿Será esta obra la metáfora de una lucha que cada uno tenemos que solventar en nuestra subjetividad? ¿Son dos filosofías de vida, una práctica y una teórica? ¿Emerenc ejerce una vida que no está en los libros de la intelectualidad, y la escritora, en su faceta de niña bien, ejerce una vida intelectual, poco realista, y cegada por la fama? ¿Es la historia de un encuentro o de un desencuentro? ¿Es el enfrentamiento de dos mundos, los que barren y los que no barren, los amos y los esclavos?

Emerenc y la escritora son personajes provenientes de mundos diferentes, enseñan, en lo contingente de un encuentro prolongado en el tiempo, la dificultad que tienen los seres humanos para establecer una comunicación satisfactoria, o lo que es lo mismo, que en las relaciones humanas siempre hay algo imposible, algo que distorsiona las vidas, algo que tiene que ver con la “no relación”.

Los personajes

Surgen como dos mundos, transitando la misma senda, unas veces de la mano, otras soltándose, siempre con la mediación de los encuentros y los desencuentros.

Emerenc, un personaje literariamente fascinante, tiene muy marcadas las tragedias de su vida, pero a la vez posee unas virtudes impresionantes, una energía fuera de lo común, de fortaleza espiritual, física, entregada a los demás, generosa con los animales. Pero también aparece como brusca, manipuladora, con ansias de poder, dura, y hasta violenta. De esta forma, se deja ver a través de de una cierta ambigüedad aunque también planteándose un guión fijo que tiene que seguir en su vida. Se habló de ella desde muchas vertientes. Además de las ya expuestas, también apareció como alter ego de la escritora, como si representase la expresión de una de sus vertientes. Según esta concepción, el libro sería la metáfora de una lucha dentro de la subjetividad, un enorme enfrentamiento entre lo racional y lo irracional que poco a poco va convergiendo. Emerenc también fue vista como salvadora de vidas, humanas y animales, lo cual le habría ayudado a superar las muertes que jalonaron su adolescencia.

Por su parte, La escritora también surgió a través de muchas facetas, sobre todo una contraposición entre niña bien, intelectual, refugiada de la vida en los libros, oponiéndose a la posición que hacía referencia a que no sería una niña bien, sino una mujer desamparada y débil, en una situación de duelo que no acaba de resolver. Sus desgracias no aparecerían tan marcadas como en el caso de Emerenc pero se leen entre líneas. Va a misa porque es el único momento en que puede reencontrarse con sus padres fallecidos. Y cuando no está Emerenc es de una inconsistencia y debilidad enormes, no puede sostener su vida. En el comienzo de la novela dice “yo maté a Emernc y quería salvarla, no destruirla”. El deseo de salvar al otro puede tener esta torsión extraña en la que acabas destruyéndola.

Quizá estas dos mujeres se busquen una a la otra, pero cada una busca una cosa diferente, posiblemente la escritora busque una madre que perdió, y Emerenc busque a la escritora para cumplir su voluntad, para cumplir su deseo por encima de todo, para lo cual escogería un lugar desde donde puede dominar toda la escena y colocar a todos en el lugar que a ella le conviene.

Lo que pervive es la ambigüedad, por una parte parece que la novela muestra o nos hace creer que existe la relación entre los seres humanos, que finalmente es posible una relación. Por otro lado la autora nos dejaría en la duda de quien tiene razón y quien deja de tenerla. En este sentido nos dedica la novela a todos, construyendo algo para que dudemos, para que veamos la gran dificultad de la comunicación entre los seres humanos.

El amor
Una gran ambigüedad y ambivalencia se hizo sentir al respecto. El amor corría y escapaba en múltiples direcciones, afloraba y se desvanecía, Emernc se hacía amar y se hacía rechazar, y la escritora se situaba en una posición difícil de determinar.

La posición de Emerenc quizá se pueda sintetizar en la siguiente hipótesis. Tendría una imposibilidad de decir, a través del discurso, palabras que sustenten su afecto: “cuánto te quiero” o “cuanto quiero a todos los que me rodean”. Da todo lo que tiene, más no puede. No buscaba el poder, tenía una capacidad inagotable de satisfacer la demanda del Otro. La autora siempre se queja de que Emerenc no le pide nada, y la única vez que se lo pide, que se anima a hacer una demanda de amor por primera vez al Otro, se produce el único acto donde realiza lo peor. Y eso significó para Emerenc la muerte, el deseo de no seguir viva. Emerenc, entonces, se sostendría en el amor, en el respeto a una ética que había sostenido su vida entera.

Pero otras veces, su conducta, su brusquedad, incluso su violencia, hacen de ella un personaje difícil en relación al amor.

La página 99 daría una de las claves de la novela. Allí plantea el cariño como una emoción desarticulada por excelencia, sin fórmulas precisas. La autora es elegida por Emerenc como su verdadera heredera en una de las escenas que resulta más espectaculares, cuando le pide que le deje la habitación de la madre para recibir una visita. Ahí supimos que se trataba de esa niña que había salvado durante la guerra, visita que no llega después de haber colocado los objetos más preciados para recibirla, lo que produce un estado de desesperación formidable. Después de este acontecimiento, cuando la escritora va a visitarla a la casa, le pide cenar colocándose en el lugar de esa niña, momento en el que queda incorporada en la vida de Emerenc de forma total.

Pero el cariño está desregulado siempre. El libro contendría una verdadera historia de amor en la que la escritora tuvo ese gran fallo que anuncia en el principio: “yo maté a Emernc y quería salvarla, no destruirla”

La traición
Apareció la estructura de la traición, más allá de que la autora lo supiese. Más allá del yo existe el inconsciente y se pone en juego la ética universal. Desde este lugar, la autora transmite una imposibilidad que tienen determinados intelectuales que comprenden los significantes del Otro, pero no saben lo que es amar. Emerenc daba pistas por todos los lados, ya no sólo del amor que sentía por esta hija que nunca tuvo, sino también de una ética admirable. Sin embargo, se habría encontrado con la soberbia y la vanidad de la escritora. Su traición a esa mujer, que era una madre para la escritora, tendría, entonces, algo de imperdonable. Una traición de esta magnitud llevaría a la venganza, y la única forma que tenía esta mujer de ejercerla era dejar de existir. Es la respuesta a una tensión, porque lo que estaba en juego era el reconocimiento del amor, y La escritora no pudo superar los prejuicios intelectuales que tenía. En el momento que más la necesita, se ausenta. Ahí comenzaría la traición al amor incondicional y a la ética que la escritora no pudo entender.

Otra vertiente de la traición sería un lugar donde el libro viene a mostrar algo que todas las obras grandiosas, literarias y universales, tienen. ¿En qué sentido se tomaría, entonces, la traición? No en el sentido más inmediato del término, sino en el sentido de que cada vez que uno tiene que hacer algo verdaderamente decisivo, cuando el otro espera todo de nosotros, estamos condenados a fallar. Eso era algo que ya mostraba la primera novela que comentamos en esta tertulia, Chesil Beach de Ian McEwan. ¿Quién es el bueno? ¿Quién el malo?, ¿Quién traiciona? No importa, la cuestión es que hay algo más allá de las intenciones y de la ética de cada uno. Fallamos. En Chesil Beach hubiera bastado una palabra más o una menos, pero siempre en el momento crucial cometemos la traición, no la de la mala fe, sino el hecho de que estamos destinados a fallar, a mostrar que, finalmente, estamos completamente solos.

Y una tercera posición sobre la traición haría referencia a ella como una liberación de la escritora respecto a la dependencia emocional que tiene, tan fuerte, del marido, y de Emerenc.

La temática amo-esclavo

Habría también una temática en el libro, investigada en las grandes obras de la literatura, temática de las más fundamentales a lo largo de la historia humana, la del amo y el esclavo. Se ha sostenido esta relación durante siglos y siglos de filosofía. Cuando Emerenc dice que hay dos categorías de seres humanos, los que barren y los que no –es su forma pedestre de expresar que hay amos y esclavos. Pero lo grandioso de la novela, como lo hace la tradición literaria, es mostrar la dificultad para situar quién es el amo y quién el esclavo. Toda la dinámica de la novela escribe esto como signo constante y permanente donde aquél que pareciera ser el amo termina adoptando el papel de esclavo, y el que parecía esclavo termina convirtiéndose en el amo. Pero no es algo que se defina claramente, todo el tiempo está presente esta ambigüedad. Puede interpretarse que Emerenc termina ocupando el lugar de amo y la escritora el de esclava, porque aunque sobreviva, queda esclavizada, tiene que dedicar su vida a lavar su culpa, saldar su deuda a través de la obra. Pero es difícil saber quien es el amo y quien el esclavo. Una de las cosas por las que estaríamos ante una obra grandiosa es porque muestra, en esta dualidad condenable de amo-esclavo, la complejidad, la ambigüedad, el pasaje permanente y sutil de un lugar a otro.

Una ética problemática

En Emerenc encontramos una cuestión ética difícil de resolver. Su deseo de salvar animales, niños, cosas, objetos, encuentra un límite. Cuando ve que en el otro no hay el más mínimo deseo de vivir, le ayuda a suicidarse. No vemos en ella el deseo de salvar a toda costa, sino que, en su deseo de salvar a todos, encuentra ese límite. Sería toda una cuestión ética, el respeto de una decisión ante la muerte. Hay personas que se dejan morir, que ya no quieren vivir más, es lo que finalmente le ocurre a ella misma, no le compensa vivir, y lo sabe.

La culpa

Lo que parece estar fuera de dudas es que la escritora considera que algo en su acción tuvo consecuencias nefastas, porque se hace responsable de esa acción. Escribe la novela después de la muerte de la asistenta para perdonarse a sí misma, por la sensación de culpa de no haber respondido como la asistente hubiese respondido en su caso.

Liter-a-tulia

miércoles, 18 de marzo de 2009

La puerta, de Magda Szabó. Comentario de Miguel Ángel Alonso

¿Cómo se puede acceder al ser? En este libro, las pasiones de los protagonistas parecen converger en el anhelo de tocarlo, no siempre de la buena manera, sino a través de la trasgresión, incluso de la perversión. El deseo, el amor, el insulto o la ofensa, la traición, la muerte, el sueño, convocan nuestra atención, además de lo traumático, que impone en las vidas de las dos protagonistas un antes y un después.

Los terribles excesos vitales acaecidos en la infancia de Emerenc, le hacen “emplear toda su energía en encontrar algo en el futuro que le permitiera remediar el pasado” (15). Pareciera ser un sujeto que, a partir de su infancia y adolescencia, construye su ser resguardándose del sufrimiento en una posición que, finalmente, se hace seductora para el Otro. Con los medios de que dispone, escasos, aunque notables, se vuelve activamente hermética, con el fin de prevenir el torrente de goce que amenaza sobrepasarla. Es su forma de “saber hacer” con la vida. Pero en toda su acción, en las relaciones con el otro, parece encerrarse en una defensa.

Defensa de los afectos: “No debe entregarse nunca a una pasión con toda su alma porque eso lleva antes o después, pero infaliblemente, a su perdición” (162).

Emerenc no quiere padecer más divisiones, más desengaños, y se protege en un hermetismo que le ofrece seguridad, la posibilidad de no contaminarse de nuevo con los afectos.

Su posición ambigua respecto al amor se plasma en los encuentros y los desencuentros, desplazamientos propios de la vida amorosa. La vida sentimental de Emerenc está dividida entre el amor y las decepcionantes experiencias que tuvo con la familia y con los hombres. La relación con el otro está marcada por esta ambivalencia, ella necesita encontrar en el otro algún signo que haga surgir el amor, pero a la vez se resguarda tomando una cierta distancia de ese afecto, de manera que, en gran medida, sacrifica ese amor con el fin de evitar el malestar que produce su pérdida. No sería, entonces, un amor vital ligado a la falla, a la imposibilidad, a la contingencia, a los objetos de este mundo –juega su vida a un solo destino que tiene que ver con el otro mundo, para lo cual quiere construir una morada que la cobije más allá de la vida—. Si el amor de Emerenc no puede dar lugar a la imposibilidad ni a la inconsistencia, es porque no soporta la falta de garantías que le ofrece.

Del lado de la escritora estamos ante un modelo del amor más simple, marcado por determinaciones edípicas. Para ella Emerenc es la madre con la que quisiera compartir sus secretos. En muchos momentos de la obra, Emerenc está puesta en el papel de la madre de la escritora, con la que ésta parece que no pudo compartir experiencias.

La puerta de Magda Szabó me evoca otras lecturas anteriores, Bartleby el escribiente de Herman Melville, y El perfume de Patrick Süskind. En el primero uno se preguntaba cómo era posible soportar la respuesta autista e invariable del escribiente ante la solicitud de realización de un trabajo: “preferiría no hacerlo”. También aquí uno se pregunta por qué se soporta al personaje de Emerenc como sirviente. Porque, pese a su eficiencia en el trabajo, es un personaje caprichoso, contradictorio, impertinente, que no deja de proferir exabruptos, ofensas, insultos, llegando incluso a la violencia verbal con la familia y a la física con el perro. La lectura nos permite una posible interpretación. Es aquí donde evoco El perfume. Uno puede soportar a Emerenc porque es poseedora de una esencia que los otros suponen en ella. Esa esencia es lo que convoca a todos los incondicionales a su alrededor, como un ideal, como alguien que posee un poder sobre ellos. Se puede decir que posee un objeto, algo que no sabemos lo que es, no podríamos decirlo, pero lo posee y moviliza el deseo del otro.

En este sentido, se podría decir que Emerenc tiene el objeto causa del deseo. La medida humana que el otro tiene de ella está signada por este objeto. Su casa es la metáfora de su vida y de la de cualquiera de nosotros, la metáfora de la estructura subjetiva. La antesala, es ese escenario de reunión, no problemático, de vínculo social, donde las relaciones imaginarias con el otro tienen su lugar. Y por otro lado ese otro lugar enigmático hacia el que todos dirigen la mirada, la puerta siempre cerrada, punto de detención del deseo, lugar que concita el interés y el movimiento hacia ella.

Lo curioso de ese lugar es su variedad de registros. Cuando la escritora lo atraviesa por primera vez observa dos cosas, por un lado la pulcritud, por otro, que es un lugar en el que se acoge al animal perdido. La segunda vez que lo atraviesa es un basurero escatológico. Aún lo atravesará una tercera vez, ya veremos lo que aprecia en esa ocasión.

Ese objeto es el que Emerenc trata de resguardar a toda costa. Pero él concita un movimiento perverso que, aunque revestido por la fachada de la normalidad y de la ley, no deja de ser el mismo movimiento que se produce en El perfume. Como dice Lacan:

“Te amo pero, inexplicablemente, amo algo de ti que es más que tú mismo y, por lo tanto, te destruyo"

Es el impulso sádico. Cuando se atraviesa el umbral que resguarda lo más íntimo del ser, el objeto a, cuando se atraviesa la piel en busca de esa esencia inconmensurable, el personaje deja de estar a la altura que se creía, sólo se encuentra lo inmoral, lo pestilente, lo obsceno, o la muerte. Es lo que aparece cuando todos, queriendo ver más allá de lo cotidiano, derriban la puerta. Incluso la violencia del hacha que usan para derribarla muestra la perversión, la ansiedad por saber lo que hay tras la coraza, tras la piel de Emerenc.

No hay nada en ese lugar. El ejemplo lo da el momento en que se traspasa la cámara acorazada. Es la tercera visita de la escritora. Ahí vemos la verdadera naturaleza del objeto a, como semblante de un vacío. Todo es pura fachada, una máscara. Cuando Emerenc se muere, los objetos se difuminan, ningún soporte hay para ellos, pues están llenos de vacío.

“No encontraron restos de nada, solo el vacío que un mobiliario, unas piezas de porcelana y un reloj habían dejado después de convertirse en nada” (310)

Por todo ello, Emerenc se cubre la cara, siente vergüenza porque lo más íntimo de ella ha sido puesto al descubierto ante todos. Emerenc entonces bajó de las alturas y se muestra como paradigma de una estructura mortal.

“¿No ves que Emerenc se siente profundamente avergonzada ante ti, delante de todos nosotros, porque ha mostrado su vulnerabilidad, no puede soportar la idea de haber sido descubierta en su impúdico estado de abandono, rodeada de todo tipo de inmundicias, y ver así su dignidad pisoteada y destrozada? Es normal que ahora adopte el papel de amnésica, para no recordar su propia imagen rota en mil pedazos… Tú que eras la única capaz en este mundo de convencerla para que abriese esa maldita puerta, la engañaste y permitiste a la gente descubrir sus secretos. Has sido desleal con alguien que es más puro que cualquiera de nosotros. Tú le has dado el beso de Judas” (267).

La relación entre la escritora y Emerenc, introduce un vacío, un imposible que queda como trauma escondido detrás de una puerta. Lo imposible es Real que subsiste tras la relación: el sueño de angustia. La pesadilla de la escritora, y su despertar, nos lo muestran. Un espacio de imposibilidad subjetivo resguardado por una puerta. Cuando el deseo insiste en traspasarla, se produce la angustia, y el sueño cumple su trabajo, te despierta.

Pero dije al principio que la convergencia en el ser era una de las características que mostraban los elementos que aparecen en este libro. Un elemento resalta notablemente, es el desprecio, la ofensa, el insulto. Si el deseo quiere apresar la sustancia inaprensible, otra forma de tratar de alcanzar el ser del otro es el insulto. Es, además del amor, la otra dirección encarnada en la posición de Emerenc. El insulto pretende dividir al otro, y quedar grabado en el ser, fijar al sujeto a los significantes que se profieren. El insulto va dirigido al ser de goce del sujeto, es decir, a su forma de gozar. El insulto dice “tu eres”, y ese decir es trasformado por el sujeto en “yo soy”. Es, se puede decir, una especie de superyó que, de una u otra manera, está presente en la vida de los protagonistas del libro.

Emerenc resguarda lo que está más allá de su semblante, de la máscara que construyó con el tiempo, hermética, marcada por las contingencias que fueron surgiendo en su relación con el otro, en su devenir traumático. Pero al igual que comenten una perversión con ella, por su parte la comete con el otro encarnado en la escritora. Las marcas de goce del otro son para ella un motivo de odio, de desprecio, de insulto, es su forma de alcanzar el ser del otro más que con el amor. Porque le resulta difícil sostenerse en el amor, para poder hacerlo primero habría de reconocer cuáles son sus marcas, sus signos, su vacío resguardado en el interior de su hermetismo, y en la inmortalidad que cree poder encontrar con su muerte, su verdadera mansión, su paraíso.

Otros temas que aparecen en el libro con menos notoriedad son la apropiación que de los discursos éticos hacen ciertas instituciones sociales que lo usan en interés propio y para el sometimiento del otro, pone como ejemplo a la iglesia apropiándose del discurso ético de Cristo. También se pone en juego la jerarquía y la oposición de los valores en que nos sustentamos, amistad y traición, la falsedad y banalidad de lo célebre, de los acontecimientos sociales en contraposición al sufrimiento del otro, de tal manera que nuestra decisión es nuestra responsabilidad. El sentimiento de culpa de la escritora es consecuencia de sus decisiones. En psicoanálisis se habla de desangustiar, pero no de desculpabilizar, pues en esa culpa es preciso ver la responsabilidad que tiene quien la siente.

En definitiva, se podría decir que estamos ante una obra ética que hurga en lo recóndito del ser y en sus avatares, atravesando la moral, la ley, y el bien, asentados en lo convencional.

Miguel Ángel Alonso.

sábado, 14 de marzo de 2009

La Puerta, de Magda Szabó. Comentario de María José Martínez Sánchez

Nos encontramos hoy ante “La Puerta”, extraordinaria novela que hemos de leer con atención para encontrar, en las palabras y en el contraste de los personajes, las claves de esta historia sobre la que hemos de opinar, claves que se encuentran muy espaciadas.
A mi entender hay un tema principal en la novela, la culpa. Y otros dos no menos importantes: el esfuerzo para conseguir realizar el deseo, y la imposibilidad de evitar la muerte. Las tres cosas están aquí relacionadas.
De estructura circular, y en tono de confesión, la novela empieza y acaba con la descripción de un sueño, sin haberse solucionado el problema que el mismo sueño nos indica. Se trata de una pesadilla recurrente en que la protagonista está frente a una puerta que necesita abrir porque hay un enfermo en la casa y llegan los servicios médicos. Y aún siendo esto necesario, no puede hacerlo, ni tampoco pedir auxilio, porque su voz no tiene sonido. Pero pasado el sueño hay otra imagen, real, que la autora cuenta inmediatamente y que persiste en su cabeza: la de otra puerta de un cuarto donde su criada guarda celosamente su intimidad, y que a ella le fue desvelada.
Autora y narradora omnisciente, nos cuenta esta historia en un constante ir y venir de sinceridad, recuerdos y sensaciones, a veces en primera persona, a veces en tercera, a veces en singular y a veces en plural, sin llegar a hacer nunca un flash back descarado. Esto es lo que hace que la historia fluya como el agua. Y la autora parece pedirnos que, después de darnos todo tipo de explicaciones, la podamos entender, ya que ella confiesa ser quién mato a su sirvienta y nos lo quiere contar.
Esta confesión del principio y este dedicarnos la novela, pudiera ser un truco literario para interesarnos en el tema, dado que, implícitamente, se nos pide que opinemos. Comprendo perfectamente esta petición, ya que cada una de estas dos mujeres tiene sus razones particulares para intentar llevar adelante sus respectivos deseos. Y no sabríamos a quién de las dos disculpar más después de tanto desaguisado, si a la escritora que parece cuerda o a la criada que parece loca. Esta es la manera que usa la autora para indicarnos lo difícil de esa relación materno – filial, auténtico laberinto de la memoria en el que ella misma se pierde. Novela psicológica, cuajada de confusos estados de ánimo, donde las dos mujeres viven juntas un auténtico melodrama sin conocer nosotros, cuánto hay en el libro de realidad y cuánto de ficción.
Empieza por sorprendernos cómo en el proceso de selección es Emerenc la que pregunta sobre las característica de sus “amos”. Así es como les llamará en adelante, sobre todo al marido de la protagonista, al que deja prácticamente apartado de su circuito vital, siendo ella, en realidad, la verdadera ama. Acepta el trabajo y parece adoptarlos como niños pequeños a los que imperiosamente ha de educar, sobre todo a ella.
En la convivencia entre Emerenc y el ama de casa, hay una constante inversión de papeles, una sorprendente pugna por el poder, un desprecio absoluto hacia el trabajo intelectual de la protagonista, por parte de la sirvienta, y una dependencia total de la protagonista hacia ella. Y con todo este panorama que vemos a través de la lectura, uno se pregunta: ¿Por qué permanecen juntas estas dos mujeres? ¿Por qué han unido sus destinos?
Emerence es una persona mayor, físicamente corpulenta, cargada de sentido común y de experiencia, muy aguda en sus juicios, a la que no le faltan palabras claras para opinar sobre los demás cuando, después de sus enfados, decide hacerlo. Persona capaz de concitar sobre ella amor y odio, trabajadora infatigable, que a veces se emborracha, nos dice muchas cosas sobre temas vitales mientras respeta y cultiva, con pasión, los rituales de la muerte. Cascarrabias, arbitraria, hermética, es la que siempre acude a ayudar a los demás, la seguridad, el ejemplo, la primera cereza del verano y la primera castaña del otoño, la madre que podría ser. También es una defensora a ultranza de lo real. Y pera terminar de retratarnos a Emerenc, la autora nos indica que ella entiende por real solamente lo que es material. Curiosa esta acepción y muy interesante, porque es casi seguro que lo material fue lo primero que se nombró con la palabra sencilla y clara, tal como esta mujer pretende que sea todo. Así, después de haber vivido mucho, ella piensa que casi todo se resume en esa materialidad verdadera de las cosas. Es quién defiende su ignorancia en muchos temas, para luego creerse dotada con la sabiduría de todo. Persona práctica que barre su acera todos los días, ha de cuidar muy bien su escoba de abedul, ya que el mundo, como ella simplemente proclama, se divide en dos: los que barren y los que ordenan barrer.
Además de esto, Emerenc, no permite entrar a nadie en una de las habitaciones de su casa que mantiene siempre con la puerta cerrada.
Y ya tenemos ahí la otra puerta que un día ella permitirá traspasar a la protagonista. Más tarde, otra apertura de esa misma puerta, con la temida difusión de su secreto, acarreará una desgracia.
La protagonista es una escritora, defensora de la libertad, que se sentiría perdida sin su criada, cosa que ésta usa a menudo como chantaje para intentar educarla a su modo, aunque la haga llorar a menudo, para lograr la tiranía de su deseo. Convencida de haberle causado la muerte a Emerenc, sabemos que durante la dominación comunista se vio silenciada por el poder. Pero no creo que sea este el significado de esa parte del sueño en la que ella no puede hablar. Hacia el final de la novela veremos, como esa voz que no suena, es la que la criada le reclama a ella en relación con la auténtica caridad y el cuidado de su marido al que –le dice enfadada–, sería mejor hacerle buenas comiditas, que rezar por él en días fijos. Y aquí ya no nos queda más remedio que volver al sueño de la protagonista, pues el enfermo del sueño sería precisamente su marido, la persona que ella no es capaz de defender.
Pero defender, ¿de quién? Pues de la muerte que se lo llevaría si no pudiesen entrar en la casa los sanitarios. Y esa es la culpa que siente la protagonista con respecto a su marido. Pero aquí podríamos pensar dos cosas: que ella lo cuida mal y llora, porque reconoce que la sirvienta tiene razón, o que lo cuida bien y a pesar de todo, esa puerta rodeada de seres con una dimensión sobrehumana, al no poderse abrir, tiene el significado de la muerte, pues haga lo que haga, la muerte se lo llevará. Y para añadir dificultad al veredicto, las dos cosas están en la novela.
Esta es, pues, la otra relación personal que no podremos dilucidar sin dificultad. Lo espiritual es siempre ambiguo.
Y la puerta de la casa de la criada, se abrirá un día para dejarle ver a ella, en un acto de recompensa, su secreto mejor guardado. Después, y porque la vida es imprevisible, ella no podrá evitar que entren allí los servicios sociales –por otra parte plenamente justificados–. A través de esa puerta verá todo el pueblo la miseria que acumula Emerenc. Finalmente la criada muere culpabilizando a la protagonista que, cargada de antemano con un sueño en el que aparece como culpable, asume una y otra vez, entre alegrías que no cuajan y penas que se repiten, que todo ha sido por su culpa. La autora da varias vueltas de tuerca al tema, y consigue mantenernos delante de un dilema del que no sabremos salir fácilmente. En resumen, podríamos decir, que abrir una puerta dio entrada a la muerte, y el no poder abrir la otra puerta también tendrá esta consecuencia. No se puede escapar de la pesadilla de culpa con la que se abre y cierra el libro.
Pero aún viendo ya lo que significan estas dos puertas en la novela, seguimos preguntándonos, ¿cuál fue la clave para que esas dos personas estuvieran una al lado de otra tanto tiempo? ¿Por qué unieron sus destinos?
Tal vez a la protagonista la lleve el deseo de recuperar a una madre perdida, pero sobre todo, y según nos aclara, para poder verla de cerca. ¿Como un espejo en el que pudiera verse ella misma? Tal vez. Y esto es lo que le hace permanecer a su lado respetando totalmente, al igual que todo el barrio, salvo excepciones, la terrible individualidad de esa mujer que rayaba en la locura.
Y Emerenc, adopta a la protagonista por considerarla fácil para doblegar a su deseo. Éste consistía en vivir y morir con dignidad. Y tal vez el motivo del deseo fuera lo de menos. Lo que necesitaba Emerenc, dado su carácter, era imponerlo.
Emerenc es la incógnita por excelencia, el muro contra el que tropieza en un inútil deseo de entenderla, la que le exige total dedicación, la muestra de esa humanidad compleja sobre la que se construye toda una vida con los restos de un naufragio, en este caso, y casi siempre, naufragio familiar y colectivo.
En un momento dado, Emerenc le reprocha, que siempre la esté mirando con expresión de “enamorada nostálgica”, ya que ella es buena, pero mucho más dura, y no va a aceptar el papel de madre afectiva que ella constantemente le suplica. Vemos como su afán controlador regulaba la temperatura afectiva de su relación con ella que en todo momento se siente atraída y rechazada.
Y cuando le reclama su voz para que haga reír a su marido, la protagonista, después de echarse a llorar, nos hablará de la pureza de su corazón y de su rebeldía. –¿Rebeldía?–. Sólo al final, cuando, lógicamente, se va a Grecia, cosa que la protagonista dice que haría aunque fuese su padre quien estuviese muriendo. Y pureza de corazón, también. Ella se justificará y nos explicará, cómo hace todas esas cosas, que Emerenc le echa en cara, precisamente para dar sensación de normalidad en una casa donde hay un enfermo al que no quiere acongojar. De nuevo, dos opciones razonables para nuestro discurrir.
En otro momento Emerenc le reprocha que no la dejase morir con dignidad, y cuando ella le asegura, mintiendo, que ha cuidado de toda su casa, la criada la llama por el diminutivo que usaban sus padres, Magdusca. Luego, como un perro fiel, y al igual que hacía Viola, le chupetea los dedos.
La vida no tiene sentido si durara eternamente. El que ama, también tiene que saber matar. Son dos frases de la sirvienta.
Pureza de corazón, por un lado, tenacidad y dureza por otro. La incomprensión como ley superior. Ambigüedad. Distintos caminos para llevar adelante los deseos más ocultos de las dos mujeres.
La relación entre ellas se desmorona al igual que aquellos maravillosos muebles antiguos que la sirvienta quería dejarle como herencia.
Cuando se agrava, la protagonista nos dice que si Emerenc muere no hay salvación posible para ella, pues será culpable otra vez, y que si sobrevive, “la fuerza que la mantuvo siempre a flote, la seguirá sosteniendo, por ultimísima vez, sin hundirse en los torbellinos de su abismo personal”.
Y es la palabra “siempre” la que nos hace pensar, que si bien el sueño era reciente, el abismo de su vida viene de muy atrás, posiblemente originado por la madre biológica que aparece en la novela sólo por referencias.
Los sueños son un arma de doble filo, nos dice la autora.
Al final de la novela, cuando Emerenc ya ha muerto, el marido reaparece y le recomienda a su mujer buscar otra sirvienta de distintas características, ante lo que ella clama sin poderse contener: ¡Emerenc!
Entre dos personas siempre hay una puerta cerrada de difícil apertura.
La historia ha terminado. El barrio está de luto. ¿Podremos comprender ahora mejor a la escritora húngara que nos ha contado todo esto?
María José Martínez Sánchez

martes, 10 de marzo de 2009

Convocatoria 6ª Reunión Liter-a-tulia


Liter-a-tulia
6ª Reunión
Este viernes, día 13 de marzo, os recordamos que se celebrará una nueva reunión de Liter-a-tulia, tertulia que pretende articular literatura y psicoanálisis, para comentar en esta ocasión la obra de la escritora húngara Magda Szabó, titulada La Puerta.
La reunión comenzará a las 6 de la tarde y tendrá lugar en nuestro local habitual, el restaurante Este o Este, situado en la calle Manuela Malasaña nº9.(Metro Bilbao)


Cualquier duda o aclaración podéis hacerla al correo de Miguel Ángel Alonso o de Alberto Estévez:
Fecha: viernes 13 de Marzo de 2009
Hora: 6 de la tarde
Lugar: restaurante Este o Este
Dirección: Manuela Malasaña 9 (Metro Bilbao)
Libro: La Puerta (Magda Szabó)