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sábado, 22 de noviembre de 2008

Alberto Estévez inicia la segunda tertulia con su interpretación de "Un hombre en la oscuridad"

Buenas tardes a todos:

Estoy solo en la oscuridad,…, otra noche en blanco en la gran desolación americana. … tumbado en la cama… me cuento historias… me evitan pensar en cosas que prefiero olvidar… sin embargo… las más de las veces mis pensamientos acaban derivando de la historia que pretendo contar a las cosas en las cuales no quiero pensar.

Paul Auster, autor de la obra que hoy nos ocupa, hace decir al protagonista de su historia, August Brill, todo esto en las primeras páginas de su última novela. Este es el hilo que recorre de principio a fin “Un hombre en la oscuridad”

Un septuagenario, enfrentado a la oscuridad obsidiana de su habitación a lo largo de toda una noche de insomnio. Cree haber encontrado una solución para no recordar a su amada esposa, fallecida poco tiempo atrás: consiste en contarse historias que él mismo inventa, darles una continuidad, esa es la solución. Una pequeña historia que consiga alejar los fantasmas.

Desde el marco del psicoanálisis, la solución elegida por nuestro protagonista no se mantiene. En primer lugar, hablar de solución parece poco apropiado cuando se trata de los efectos que la muerte o la dimensión de la pérdida tienen sobre nosotros. Y después, porque para poder seguir adelante ante un trauma así, una pérdida tan dolorosa como la que padece nuestro protagonista, la salida no se encuentra en tratar de tapar lo que duele, por ello no es capaz de pensar más que en el horror. El escritor nos relata la zozobra en la que se encuentra el personaje, pero por si no es suficiente para que nos demos cuenta de cómo está afectado por esa pérdida, se encarga de postrarlo en una cama, no sólo para dormir, sino como consecuencia de haber sufrido un accidente de tráfico que ha destrozado una de sus piernas, acaecido poco después del fallecimiento de su mujer a causa de una mortal enfermedad que se la lleva en unos pocos meses.

August reconoce el fracaso de su tentativa de solución: porqué me empeño en transitar en estos pretéritos y agotados caminos… ganas de hurgar en viejas heridas para sangrar otra vez.

Personalmente no lo creo. No creo que sea deliberado volver una y otra vez sobre aquello que tanto le duele. Más bien pienso que se le impone, es una imposición que el escritor le hace confesar de una manera que me resultó muy simpática: la mente tiene mentalidad propia. ¿Cómo impedir que la mente salga por pies en la dirección que más le apetezca?

Y así es; cuando consigue dar un final atroz a la historia de guerra que lo ha ocupado una buena parte de la noche, la mente sale por pies y crea una avalancha de historias no menos terribles. La profesora de literatura descuartizada en el campo de exterminio, la muchacha judía que salva a su familia de la muerte segura a manos de los nazis, o la defenestración del agente secreto dejando mujer e hija de 2 años. Acabada la historia de horror de la guerra de Owen Brick, todas las historias de muerte acuden a su cabeza.

La vida es decepcionante, Auster lo repite una y otra vez. Y lo pone en labios de unos y de otras, como en el caso de la película japonesa que August ve con su nieta, en la que Noriko, la nuera viuda, personaje exquisito, provoca en él, el recuerdo de su hermana, de nuevo la mente saliendo por pies adonde le apetece. Su hermana murió de pena, y aquí más parece Auster que August el que nos habla: la gente se muere de pena. Ocurre todos los días, y seguirá sucediendo hasta el fin de los tiempos.

Tristeza, soledad, horror, muerte, son elementos constantes página tras página, pero a la vez, el autor, de manera sutil, configura una vía para la esperanza en medio de este páramo desolado, y es ya bien avanzada la novela cuando encontramos la conversación de Katya con su abuelo. Las preguntas de la nieta empujan para que el abuelo hable de aquello que le pasa. Hace acordar la figura del psicoanalista con su paciente, que lejos de permitir taponar las historias con otras de la fantasía pretende que se pueda decir algo, lo que sea, algo respecto de aquello que duele.

Katya no es psicoanalista, por el contrario podemos plantear el parecido con su abuelo a la hora de enfrentar el trauma; él se cuenta historias para no recordar otras, ella intenta borrar las imágenes del horror colocando otras encima; el mismo método. Pese a ello, con su curiosidad consigue que su abuelo reviva su historia de amor, y lo que es más importante, vuelva a tomar conciencia de que su Sonia no sólo era su tierra firme, sino incluso su conexión con el mundo. Pero además finalmente la nieta concilia el sueño, consecuencia directa de este ejercicio de intentar poner palabras para frenar la potencia de las imágenes.

Mejor así en cualquier caso, porque aunque sea con muleta se trata de que podamos llegar hasta ese desayuno campesino que nos espera, ya que el peregrino mundo sigue girando.

Alberto Estévez14 de Noviembre de 2008

viernes, 21 de noviembre de 2008

Comentario de Miguel Ángel Alonso sobre Un hombre en la oscuridad (Paul Auster)

En el comienzo de este comentario de texto quiero escribir una frase que hace tiempo parece querer encontrar un acomodo en algún lugar de mi escritura. Es como si me perteneciese. Y yo no dudo que es así. Me vino a la memoria como evocación, tras la lectura de Un hombre en la oscuridad. Hace tiempo se la escuché a un amigo, aunque no puedo decir si era de su propia cosecha o no, no lo sé, y quizá no lo podré saber nunca:

Cuando los seres humanos callan sólo se oyen sus gritos

Esta frase me permitió un abrochamiento para las múltiples cuestiones que suscita la lectura del texto, y construir un sentido, palabras alrededor de los gritos que August Brill, Miriam, Katia, y otros personajes secundarios, nos hacen llegar desde sus soledades, desde sus oscuridades, desde sus muertes, en definitiva, desde sus traumas, esos que, actuando fuera del tiempo, van conformando vacíos particulares –alguno de ellos verdaderamente siniestro.

1. Estamos ante una novela que se constituye, por un lado, como el escenario en el que se hace una presentación directa de lo real traumático y muchas veces obsceno, abismos particulares relacionados todos con la muerte que, en muchos episodios, adquiere un carácter absolutamente siniestro. Pero a la vez, se elabora un tratamiento del vacío, mediado por la introducción de lo simbólico en su función de autoridad encarnada por August Brill, quien se sitúa como el aglutinador de los vacíos de todos, hasta del suyo propio y del nuestro, proponiendo escritura, fantasía, cine, etc.

2. Por otro lado, la novela también muestra una oposición entre neurosis y perversión, es decir, la oposición entre los que fantasean y escriben su ficción, y los que van más allá y traspasan los límites de la piel y la agujerean y la destrozan: Los perversos.

3. Y por último, en la novela aparecen nítidas dos realidades, una física y otra conceptual. La física se refiere a los acontecimientos tan ricos en elementos afectivos que los protagonistas han de atravesar. La conceptual se muestra, en la fantasía de Owen Brick, implicando elípticamente a todos los seres humanos en general.

En síntesis, habría para todos los protagonistas dos momentos que se hacen patentes. Por un lado, todos han de cargar con el peso infinito de un momento traumático, estructural o contingente –falta de palabras, divorcios, guerras, muertes— que ejerce su función fuera del tiempo, pues en cualquier momento de la vida se hace presente como angustia vital. Por otra parte, sus vidas han de desarrollarse en el suceder temporal, ese intervalo vital en el que todo se mezcla en el decir, los sucesos o palabras del pasado, las que precisan decirse en el presente, y las que quizá nos acojan en el futuro:

“El pasado vive en el presente, el que trasladamos con nosotros al futuro” (94)

August Brill. Una función simbólica

Los gritos de los protagonistas, sus soledades, se harían insoportables si no fuesen mitigados por la función que ejerce Brill, la del vínculo que los anuda a la vida, la mano que trata de rescatarlos del hoyo en el que cada uno está sumergido:

“Lo que te propongo es una cura, un remedio para sacudir la tristeza” (193)

Su función propicia espacios en los que explayar el amor y lo simbólico. Las ficciones correspondientes a cada uno de los protagonistas son líneas cortadas que van conformando una especie de contrapunto literario expresado desde realidades físicas y conceptuales, luz y oscuridad, pasado y presente, soledad y compañía, movimiento y melancolía, desde el Yo y desde el Otro. Así será para todos, hasta para nosotros mismos, “mientras el peregrino mundo siga girando”.

August Brill, entonces, se ofrece como galvanizador de los vacíos particulares de cada sujeto. Acoge el de su hija Miriam, a quien se ofrece como espacio de lectura, de escucha de la ficción que ella construye para sí; también el de su nieta Katia, que no podría soportar sola la estremecedora dureza de la muerte que le corresponde, y el peso de la culpa que arrastra, ambas configurando un abismo siniestro que prácticamente la abandona a la vida como personaje melancólico, como objeto inmóvil situado muy cerca de la caída; August Brill recoge su propio vacío producido por otra muerte, la de su esposa, y lo hace ofreciéndoselo a la fantasía, que lo escucha en la ficción que construye para Owen Brick; también se lo ofrece a su nieta Katia en el relato que hace de la relación con su mujer, relación de la que ella, sin saberlo, se revela como salvadora; y, finalmente, acoge también nuestro propio vacío que, por si no lo sabemos, lo muestra bien profundo en esa fantasía de carácter parabólico que, por carecer irremediablemente de palabras, tanto en su principio –el nacimiento de Brick— como en el final de la misma –su muerte—, además de por introducir el mal, nos está escribiendo a todos:

La fantasía de Owen Brick


1. Una realidad conceptual
2. La subjetividad, un conflicto de intereses
3. La introducción del mal. La guerra

En principio, lo que más se deja escuchar es la amplitud sonora de una extraña fantasía que, aun sabiéndose tal, suena como cualquier realidad cotidiana, y ello porque no parece difícil sentirse, uno mismo, dentro de ese lugar:

“… su historia, la historia de la guerra en ese otro mundo, que también es éste” (136)

1. Una realidad conceptual.

De la fantasía se puede extraer la realidad conceptual. Resuenan cuestiones que aluden de forma elíptica a la estructura de la subjetividad constituida a partir de carencias primordiales que se hacen visibles en el mismo momento en que uno tiene conciencia de que está en un mundo. August Brill, en su fantasía neurótica, encarna un Otro enigmático, creador que escribe a un ser humano, que lo introduce en el enigma de la vida, pero al que no le proporciona las palabras que, en último término puedan dar cuenta del sentido que ella tiene.
¿Quién no nace en el abismo profundo, sin fondo, conformado por la carencia de la palabra que le pudiese dar significación a su estancia en el mundo? ¿Quién no necesita del Otro, su centinela que le tienda la mano, que le dé palabras que lo rescaten de su precariedad, del precipicio, de ese hoyo indefinido? ¿Quién no vive en un mundo escrito o hablado por Otro, por ese deseo que nos reserva palabras anticipadas para nosotros desde antes de nuestro nacimiento? ¿Qué nacimiento no es caprichoso? ¿Qué muerte no lo es?

2. La subjetividad. Un conflicto de intereses.

La fantasía de Owen Brick muestra todo un conflicto de intereses alrededor de la subjetividad, una lucha política llena de controversias, en la cual el ser humano, encarnado por Brick, trata de nadar, de no hundirse, trata de no ser un objeto que se abisma en su hoyo particular. Con los recursos provenientes, en principio, de la palabra que le viene del Otro, del centinela, de Dios, de los superiores que ordenan la acción, de quien le ordena matar al propio padre que lo está escribiendo –August Brill—, ese ser humano, pese a tantas determinaciones, también puede hacer efectiva su propia decisión, adquiere su propia responsabilidad en la acción que el otro dice que le corresponde realizar en el mundo. Esa es su propia responsabilidad, decidir si se implica o no en la guerra, en si mata o no al padre, aun sabiendo que la muerte lo puede alcanzar a él. Y finalmente lo alcanza caprichosamente como a tantos otros. Todo ello necesariamente ha de resonar en la ficción que se escribe en nuestros cuerpos, la que delimita una tendencia propia a la disolución. Ficción que toma, en la novela, la forma del arte, escritura, cine, que ofrecen una posible rectificación a ese destino inmediato fatal y trágico para todos.

3. La introducción del mal. La guerra

Finalmente, y para incluir al otro elemento de la fantasía, hago una construcción basada en párrafos sacados del mismo libro. Porque ellos plantean algo esencial que hace referencia a que en la naturaleza humana no todo quiere el bien:

“Los despreciables actos que los seres humanos cometen en perjuicio mutuo no son simples aberraciones sino parte esencial de lo que somos” (58)

“Una vez que la mente es capaz de representarse algo así, se comprende que el terreno que se pisa está abonado con las peores posibilidades de la imaginación. Si puede pensarse, es fácil que ocurra” (98)

Se muestra así una oposición entre neurosis y perversión, la diferencia entre los que fantasean y los que traspasan los límites de la piel, los que la agujerean. Se dice con frecuencia que la neurosis es el negativo de la perversión. Si acaso, August Brill, afortunadamente para él, no pasa de ser un neurótico que sabe que en la ficción se sitúa el límite que no se puede atravesar, que más allá de ella no hay nada, solo lo que hay que velar, lo siniestro. Otros en cambio, de forma perversa, van más allá de la fantasía, de la ficción, de tal manera que, en lugar de velarlo, producen ese siniestro sometiendo las vidas a la guerra, a la destrucción, a la muerte.

Basta mirar para alguno de los mandatarios, de los poderosos que rigen el mundo. ¿No es acaso la guerra el juego perverso de un niño mayor que, yendo más allá del límite que impone su sueño, dejó de soñar para oscurecer, angustiar, agujerear, traspasar, romper, matar así el cuerpo del otro?

La gran desolación americana (9) no deja de ser la desolación de todas las tierras y de todos los hombres.

Una presentación de lo real: Lo siniestro

  1. Lo particular
  2. Lo general
Es el lugar en el que la vida tiene su límite, donde la palabra enmudece. Lo siniestro es una categoría que aparece en múltiples lugares de la novela, y en todos lo hace produciendo la misma consecuencia. Quien sufre su inesperado acceso, por ejemplo, en la inconcebible violencia de unas muertes, queda perplejo, sin habla. Así ocurre en la historia que nos cuenta sobre Jean Luc y su novia descuartizada por los nazis, con todos los ingredientes del más repugnante sadismo, en un campo de concentración, pág 139.

1. Lo particular

Pero, al respecto, parece oportuno detenerse en uno de los vacíos, de los abismos más singulares de la novela, el de Katia, estampido insonoro, casi sin palabras, que detiene la vida. Desde el momento en que su mente es poseída por el recuerdo intruso, ya fuera del tiempo, la espeluznante escena en la que degollan a su novio, ella ocupa el lugar de un ser en la desidia, casi melancólico, a punto de caerse del mundo de las palabras. Yo diría que es el verdadero grito que paraliza todo movimiento vital, mostrando que más allá de las palabras no hay nada, sólo la imposibilidad de vivir.

“No pretendo sugerir que Katya se haya hecho de piedra. Sonríe y a veces hasta emite una risita durante las escenas graciosas de las comedias, y sus conductos lacrimales se han activado con frecuencia ante las escenas emotivas de los dramas” (24)

Casi es una cosa, pero todavía no. Resultan ejemplares y conmovedores esos momentos en que evoca los objetos inanimados de las películas como símbolos receptores callados de un deseo. Ella, situándose en el lugar de esos objetos inmóviles, como símbolo de un trauma espeluznante, muestra también sus afectos, su risa, sus lágrimas, mínimos resquicios de esperanza para ese deseo que nos pueda rescatar de la Cosa:

“No está mal Katya. La cabeza te sigue funcionando…”Objetos inanimados como medio de expresar emociones humanas (25)

Si bien los miramos, esos objetos no son propiamente cosas, están investidos con palabras, con deseo (25). Con sus comentarios “sagaces e incisivos(25), Katya nos muestra una esperanza incierta de salvación. Objetos investidos por el amor en la película El ladrón de bicicletas, esa forma del amor que encuentra un eco en la expresión profundamente poética de la escritura lacaniana: “Amor es dar lo que no se tiene(25); y en la película La india, también ahí vemos al objeto, no como cosa, sino como un signo de amor. Por su parte, en La gran ilusión, los platos adquieren vida mostrándose como la señal de una ausencia.

Así también, Katya, como objeto inmóvil, se muestra, no como cosa, sino, propiamente, como señal inequívoca de una ausencia, de una falta de palabras, de una castración que es preciso suturar, de la que es preciso realizar un duelo. Es lo que, costosamente, trata de realizar con la acogida amorosa que le brinda su abuelo.

“Nosotros lo vimos. Presenciamos su asesinato, y a menos que borre ese vídeo con otras imágenes, no podré ver otra cosa en la vida. No logro quitármelo de la cabeza.

- Nunca podrás librarte de ello. Tienes que asumirlo. Acéptalo y trata de empezar a vivir de nuevo”

2. Lo general

Pero la categoría de lo siniestro y la posibilidad de salvación, envuelve todas las vidas, al igual que ocurría con el deseo que escribía en la ficción de Owen Brick. Así lo hacen ver diferentes párrafos de la novela.

“En uno u otro momento, toda familia vive acontecimientos extraordinarios: crímenes horrendos, inundaciones y terremotos, accidentes extraños, milagrosos golpes de suerte…baúles llenos de hechos ocultos que dejarían boquiabierto a cualquiera en caso de que se levantara la tapa” (143)

La propuesta que se asienta como remedio para sacudir la pérdida y el hondo vacío que deja en las vidas, es el duelo, siempre de carácter simbólico. Es una de las enseñanzas que parece brindar la lectura de Un hombre en la oscuridad. La falta de palabras es un desgarro que nos afecta a todos, todos tenemos nuestro abismo particular. Pero la palabra también nos ofrece una esperanza de salvación, es preciso situarse en un lugar de encuentro con ella para poder rodear y velar el trauma de lo siniestro. De él hay que tomar distancia para poder seguir adelante:

“… me he contado una historia a mí mismo. Es lo que hago cuando no puedo dormir” (192)

Podríamos decir con August Brill, cuando el horror de la castración, la angustia que produce, no nos permite vivir.

Conclusión

Un hombre en la oscuridad puede tomarse como el escenario en el que se nos presenta directamente lo real traumático y el tratamiento del vacío que ese real produce, tratamiento que sólo puede llevarse a cabo con la mediación de diferentes funciones simbólicas. Es, por dura que parezca, la acción de cualquier sujeto ante la monotonía diaria de cualquier vida, ficción y realidad, luz y oscuridad, día y noche, silencio de estrellas y rugir de tempestades. Un sujeto que, siendo escrito por el deseo de diferentes alteridades, ha de soportar el peso de un acento relevante, el de una carencia primordial, la falta de palabras que den un sentido al principio imposible de simbolizar, y al final que sobreviene repentino, caprichoso, en cualquier lugar. Todos, en definitiva, hemos de tratar de encontrar la posibilidad de realizar el duelo que nos corresponda, ese que nos podría salvar de una caída inmediata.

Miguel Ángel Alonso



sábado, 15 de noviembre de 2008

Comentario de María José Martínez Sánchez sobre Un hombre en la oscuridad de Paul Auster


En el libro que comentamos, el autor crea un personaje, Brill, viudo de 72 años y protagonista de la novela, que por causa de su enfermedad no puede dormir. Este personaje cree que todo lo que piensa se realiza, y durante su insomnio inventa historias para sí mismo.
“Estoy solo en la oscuridad dándole vueltas al mundo en la cabeza mientras paso otra noche de insomnio, otra noche en blanco en la gran desolación americana”.
No se puede seguir la lectura sin fijarnos en esta frase que pudiera señalar lo que el autor quiere comunicar, o bien que tomará esa idea como telón de fondo de una historia.
En la novela hay dos personajes. El primero es August Brill, que va a contarnos su historia. El segundo es Owen Brick, un mago que vive dentro de una de las historias que Brill imagina. Veamos lo qué nos cuentan y si esas dos historias se relacionan entre si.
Brill confiesa que a veces se pierde contándose esas historias a sí mismo.
Esto hace saltar todas las alarmas, porque habrá que ver si ese perderse juega un papel en la novela, o si se trata de la disculpa inconsciente de un autor que también se pierde.
El anciano vive rodeado de mujeres, su esposa, en el recuerdo, su hija separada, y su nieta, a la que mataron el novio en la guerra de Irak. Ésta ve muchas películas junto a su abuelo, algunas con historias y detalles deliciosos, y Auster nos las cuenta, tal vez como simple acompañamiento de la historia, o para resaltar la idea de la mujer, fundamental en la historia de Brill.
En una de estas historias que el anciano Brill se inventa por las noches —ficción dentro de la ficción—, un hombre, Brick, un mago, ha caído en un hoyo. Este hoyo es el sistema que utiliza Auster para pasar del mundo de Brill al mundo de Brick.
Brill y Brick son nombres muy parecidos y más adelante se nos dirá que, en realidad, son el mismo personaje.
El hecho de que el personaje de la 2ª ficción sea un mago, en cualquier novela tendría un significado. Veremos si aquí ocurre así.
Dicho mago caído, en el hoyo, parece que hubiera perdido la memoria, y cuando busca en su bolsillo encuentra una cartera con la documentación que fija su identidad: Se trata de un soldado, el cabo Owen Brick.
Cuando este personaje pide ayuda para salir del hoyo se desatan, ante sus ojos y oídos, unos sonidos y unas trazas de algo que no existía antes y que ahora es una nueva realidad.
Es la guerra —deduce el personaje—. La guerra que parece estar presente en el imaginario americano.
Fuera aparece un sargento que le habla y lo convence para salir de allí:
“Cabo —dice el desconocido—, cabo Brick, es hora de marcharse”.
Auster es un autor brillante, de prosa sencilla, clara y sin ataduras, que no ofrece dificultades, que dice lo que quiere; sencillamente, lo cuenta y punto. Todo un arte. Este arranque de la novela es de lo más prometedor.
Y empezamos a encontrar una serie de simbolismos que nos remiten a la frase de “la gran desolación americana”
En la conversación, cuando Brick pregunta cómo apareció allí, el sargento le aclara que no esa no es la guerra de Irak, que eso no existe, (ni tampoco el 11 S, nos dicen más adelante), que lo que ocurre es que hay una 2ª guerra civil “en la que nadie se alista”, que todos los reclutas aparecen así, a través del hoyo, y que, “cuando estás tan tranquilo viviendo tu vida de pronto te encuentras metido en la guerra”.
La denuncia de Auster sobre la guerra y el ejército parece muy clara. Lo hace por medio de esa historia en la que nos habla de una 2ª guerra civil, de unos estados confederados y de otros que se quieren independizar, en clara alusión a las distintas formas de ver la vida y la guerra en esa Norteamérica con un estado de opinión muy dividido.
Y el sargento acaba asegurándole que la guerra “va a acabar gracias a tí”. Nos encontramos con el mecanismo de la creación de un héroe, haciéndole ver su importancia, y “que sólo acabará si mata al responsable de haberla inventado”, que es precisamente el hombre que lo inventó a él, el hombre que no puede dormir. Pero el sargento añade que, “tu eres el imbécil...”, con lo que parece que lo va a desengañar, pero como le sigue diciendo ser “el elegido para una gran tarea”, el personaje, aunque lo insulten, sigue oyendo los cantos de sirena del heroísmo que el ejército le promete.
También le dice que si no lleva a cabo esa muerte, ellos, unos militares miembros de una sociedad secreta que tiene poder sobre él, lo matarán.
Todo aparece confuso.
La guerra —dice el autor más adelante—, está fuera del pozo en que ha caído el mago, pero también está en el mundo del primer personaje, su creador, aunque él no lo sepa.
Esta aclaración de Auster suena rara, suena a justificación descolocada.
Pero ya tenemos dos mundos y dos personajes enlazados entre sí por la orden de matar.
Y el primer personaje creado por Auster que, dado el símil de su nombre con el del mago parece que escribe esa historia para ser él mismo dentro de ella, aunque no lo expresa en la novela, parece que quisiera suicidarse.
El sargento, con esa orden, quiere convertir a Brick en un asesino, pero también puede decirse —añade—, “liberador” o “artífice de la paz”, y vemos las palabras que, al igual que, “salvador de la patria” y otras similares se usan eufemísticamente en las guerras.
Entonces Brick pregunta a quién tiene que matar, pregunta por su nombre, y le contestan que eso es lo de menos, puesto que el “quién”, no importa. Esta es una idea terrible porque el hombre es usado por el ejército, por la CIA tal vez, por esa organización misteriosa en la novela, como algo “anónimo”.
El sargento le asegura a Brick que la guerra existe por ser un producto de la imaginación de esa persona que la piensa, y que, “si ese cabrón tuviera cojones para volarse la tapa de los sesos, no estaríamos hablando de esto ahora”.
Aquí se elude toda responsabilidad. Se nos describe a una persona que parece no controlar su imaginación y a la que el ejército obedece. Bien pudiéramos encontrarnos ante el símil de un gobernante que imagina lo que quiere y hace lo que quiere: perfecto retrato de Bush.
Por tanto, a esa persona que no controla su imaginación y que no se suicida, no queda más remedio que matarlo. Cosa exagerada, extraña, cuando menos, dentro de esa historia dentro de la historia.
Brill nos sigue contando su historia junto a sueños, recuerdos y muchas historias más, demasiadas para mi gusto, posible muestra de la vida norteamericana, y también recurso para mostrarnos, en esa intrahistoria, la vida de un hombre viejo y enfermo a través de sus recuerdos.
En un momento él apela a una frase acerca de una poetisa sobre la que su hija escribe. La frase es:
Mientras el peregrino mundo sigue girando.
Esta frase, junto a la de “la gran desolación americana”, pudiera ser otra de las claves, el “leitmotiv” para aglutinar esta novela que me parece muy dispersa en sus intenciones, y que tal vez pudieran ser dos novelas. Pienso que el creador de una historia es muy dueño de decir unas cosas y ocultar otras, hacer aparecer y desaparecer personajes, crear mundos ficticios, desde luego, pero esto ha de hacerlo con una intención bien definida.
Auster nos desvela en el libro sus ideas sobre una América diferente, una nación más independiente, con servicios sociales dignos, y tal vez sin televisión. También nos dice que cree en Dios. Esto podría traslucir la idiosincrasia del autor, pero no queda claro si esa es su intención. Mas adelante añade que, “cada mundo es la creación mental de un individuo”.
Hay un momento en que el mago dice que le han robado la cabeza, que alguien lo controla, como si estuviese en un mundo dentro de otro de los infinitos mundos posibles creados por un Dios infinito en su concepción de historias y argumentos también infinitos. Y en ese ámbito, que nos remite a Giordano Bruno, todo es posible.
Y nos asalta la terrible duda: Si somos producto de un creador, si toda explicación nos la dan las religiones, si no encontramos el hilo de una razón y si nosotros mismos creamos: ¿quiénes somos realmente? ¿Un capricho de un ser que nos imagina? Y, ¿por qué nos imagina mortales? Y, ¿con qué derecho?
Pero aparte de todas estas elucubraciones a las que la novela da pie, nos encontramos que el autor, por boca de Brill, confunde distintas realidades dentro de un mundo con distintos mundos físicos. Él mismo nos dice en la pág. 121,
esto se está convirtiendo en una broma más bien complicada, supongo, pero el caso es que el personaje Brill no entraba en mis planes originales. La mente que fraguó la guerra iba a ser la de otro... pero incluyéndome en la narración la historia se hace real.”
Y tenemos que el hoyo es una solución demasiado fácil y barata, junto con una inyección, para explicar ciertas transiciones geográficas. Y cuando ya ha vuelto Brick a su vida anterior junto a Flora, su mujer, resulta que, aparte de querer vivir en paz, no pueden ir a ver a Brill, a Vermont, por si acaso lo convencen de que deje de inventarse historias y acabe la guerra. Y como finalmente no van, vienen los federales y los matan.
Y con esta solución tan elemental y desconcertante, estoy convencida de que Auster ha estado jugando con la magia. Creo sinceramente que la historia se le ha ido de las manos.
Al final, Brill, que se reconoce anciano dice patéticamente, “que alguien me toque, que alguien me hable”, bellísimas y reveladoras palabras reflejo de una necesidad verdadera y real que nos hacen pensar.
Sigue luego contándonos su vida mientras se la cuenta a su nieta en unas páginas parecidas a una relación cronológica de hechos carentes de afectividad o fríamente contados, donde de alguna forma él se justifica y medita sobre las decisiones que pueden cambiar la vida de una persona. Termina hablando con su hija mayor para volver a la frase: “Mientras el peregrino mundo sigue girando”, tal vez buscando un cierre.
Las dos tramas, pues, ¿se han unido para algo o podían haber ido por separado?
Creo que la novela carece de ese nexo, de un tono general o una cierta cadencia que, mantenida a lo largo de toda la obra, es lo que nos hace recordar, afectivamente, una novela.
Sea como sea, la historia ha terminado.
En una ocasión leí en “El Cultural”, del periódico “El Mundo”, una crítica de Germán Gullón sobre una de las obras de Auster, “Viajes por el Scriptorium”, en la que sus personajes van a pedirle cuentas sobre lo escrito. Es ahí cuando uno de ellos, el doctor, le dice que se concentre en la tarea presente, que tenga en cuenta que hay que, Imaginar razonando.
Y ya que Auster, que ha escrito cosas maravillosas, se recomienda esto a sí mismo, no podemos por menos que recordárselo, disculparlo, y volver a disfrutar de su prosa tan clara en otras de sus obras.

María José Martínez Sánchez

sábado, 25 de octubre de 2008

Convocatoria para la segunda tertulia literaria

LITER-a-TULIA

2ª TERTULIA

El viernes 14 de Noviembre, celebraremos la segunda tertulia literaria. Tendrá lugar a partir de las seis de la tarde en el Café Unión, situado en la Calle de la Unión nº 1 (Madrid, metro Ópera) . Es una tertulia abierta a todos los amantes de la literatura, sea cual sea el ámbito del que procedan. Para esta segunda sesión proponemos la lectura de Un hombre en la oscuridad de Paul Auster.

No queremos dejar pasar la oportunidad de agradecer la respuesta masiva que le disteis a la primera convocatoria, más de cincuenta personas nos dimos cita para constituir una sesión muy viva, de la cual podéis encontrar una reseña en el archivo de este mismo blog La tertulia 1.

Esperamos contar de nuevo con vuestra presencia en esta segunda celebración de liter-a-tulia. Recibid un cordial saludo.

Fecha: 14-Noviembre-2008.
Hora: 18 h.
Lugar: Café Unión
Dirección: Calle de la Unión nº 1 (Madrid)
Libro: Un hombre en la oscuridad. (Paul Auster)

Para cualquier consulta dirigirse a Miguel Ángel Alonso o a Alberto Estévez:
E-mail: miguelangelalonso56@telefonica.net