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miércoles, 6 de julio de 2011

"Amor intruso" Comentario de apertura de la 27ª reunión de LITER-a-TULIA sobre el cuento "La Intrusa" de Jorge Luis Borges.



Buenas tardes, bienvenidos a esta última reunión del curso, un curso en el que apostamos por este género literario que tan injustamente ha sido considerado en general y especialmente en este país. No puedo esconder que la intención de los responsables de este espacio dedicando un año entero al cuento, trata de generar un reconocimiento y colaborar para devolverle su lugar de privilegio, más allá del que tiene en la literatura infantil, en la confianza de que algunos de ustedes puedan compartir a estas alturas este pensamiento.

Quiroga, Zweig, Chéjov, Nabokov, Salinger, Hawthorne, Cortázar, Joyce y Borges, y Conrad, y Faulkner, y Kafka, y Bradbury, y Poe, una lista sin fin que siempre quedaría incompleta. Nosotros elegimos estos nueve en este curso, pero ya ven que otros tantos no menores que estos pudieran ocupar su lugar con la misma fortuna que los elegidos.

Hemos terminado en estas dos últimas reuniones con dos relatos que claramente ejercen esa facultad propia del cuento que es la brevedad, que obliga a su autor a ceñirse a unos límites muy determinados, un coto a la extensión de consecuencias perfectamente visibles en el relato. Ya lo experimentamos en la pasada reunión, nuestro debate fue buscando los detalles, las pequeñas cosas que el escrito nos ofrecía para encontrar las claves de su interpretación, porque inevitablemente, si uno no puede extenderse para expresar un aspecto de su pensamiento ha de recurrir a cierto efecto de condensación, por ello a veces una sola frase, o en ocasiones la disposición o el uso de una palabra en ella puede darnos la llave que abra el cofre; con lo cual el cuento también supone un reto para el lector, porque siendo así, nos enfrentamos a un mensaje cifrado. Seguramente nada impide al autor expresar sus convicciones acerca de tal o cual verdad a través del género que mejor se prestaría a ello, estoy refiriéndome al ensayo, sin embargo al elegir la ficción literaria como campo de trabajo, inevitablemente el texto será codificado por las reglas que ella impone, y tanto la condensación como el desplazamiento serán las herramientas, no únicas, pero sí fundamentales para dicho ciframiento. Y aunque como en el caso de hoy, el intento al hacerlo pueda ser honesto, su autor nos previene que la tentación literaria es muy fuerte y no podrá resistirse.

Comparto con ustedes esto porque particularmente me resulta central preguntarme qué motivaciones llevaron al autor a escribir dicho relato, ¿por qué lo escribe? Curiosamente elijo para decir esto un relato en el que no hay ardices ni trucos que escondan dicho motivo, hasta tal punto que Borges no tiene pudor en confesar lo que le ha llevado a escribir esta historia; nos dice que en ella se cifra un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Podemos entonces pensar a partir de esta confesión que este relato descubre una faceta del interés de Borges que se prende de la naturaleza del arrabal, pero ya escucharon también que hay cifrado, en esta historia se cifra, por tanto les prevengo que quizá no nos esté contando todas las intenciones que lo llevaron a escribirlo.

Desde algún punto de vista podríamos decir que a lo largo de este curso nos hemos vuelto un poco más desconfiados; como se dijo en una de nuestras últimas citas, siempre buscando las vueltas a cosas que son más simples y que carecen de tantas disquisiciones que sólo consiguen complicar. Es posible que quien nos acuse no se vea falto de razón y la vida sea mucho más simple de lo que algunos pensamos, mucho más plana, pero para entonces, Guillermo Grant, el personaje de Quiroga que abría el curso, no sería más un descubridor del amor que las mujeres, el amor que su Miss Dorothy Phillips profesa a las palabras, y su historia sería la simple anécdota de un pobre diablo presa de sus fantasías. ¿Qué decir de Ponto, el bulldog asesino de Zweig? Lo tomamos como un perro celoso capaz de acabar con la vida de un bebé, ¿o nos prestamos al juego de mantener los signos de interrogación de aquel ¿Fue él? para preguntarnos por la alargada sombra de su dueño? Si aceptamos esa pregunta, la partida que vamos a jugar es de apuestas fuertes, en la que nos veremos llevados a privilegiar esas insignificancias que antes nombré detalles, y que nos interrogan desde el texto, para contestar si Gabriel teme manchar sus zapatos con algo más que con esa nieve dublinesa que todo lo cubre, o envidar por nuestro moteca aunque no pueda aceptar el horror que le aguarda en la piedra sacrificial.

Prefiero pensar entonces que más que volvernos desconfiados, educamos nuestra forma de leer. No voy a descubrirles ahora a ustedes que hay muchos tipos de lectura, y que efectivamente dependiendo de la que emprendamos podemos o no ir profundizando en los estratos del texto. En este sentido exactamente es como pienso esencial el aporte que hace el cuento, porque nos muestra otra forma de leer, nos facilita el acceso a otro plano de lectura, y es por ello que no podemos darnos por satisfechos si pensamos a Borges experimentando curiosidad por la miseria arrabalera, en ese caso tendríamos otro título, por ejemplo “Los Nilsen”, o “Crónica de los colorados”, pero de ningún modo “La Intrusa”.

Preparaba hace unos días este comentario compartiendo mesa de trabajo con mi hija, que estaba a sus deberes, en este caso de una de sus asignaturas, “Cultura Clásica”, cuando de repente se dirigió a mí sorprendida para comentarme algo que había llamado su atención del texto que leía. Les comento que es aficionada a la mitología griega y en ello estaba cuando me dijo algo que les reproduzco por la oportuna comunión de lecturas que se produjo en aquel momento: “Zeus creó a las mujeres como castigo para los hombres; castigo mentiroso, revestido de belleza pero por dentro lleno de maldad”. Desconozco el efecto que tuvo en su naturaleza femenina esta enseñanza, debo suponer que como mínimo cierta perplejidad, lo de castigo mentiroso lleno de maldad convendrán que supera ampliamente eso sobre lo que he insistido últimamente de que la mujer supone la hora de la verdad para el varón, claro que deben darse cuenta de que en este caso se trato de Zeus, y él puede decirlo como le apetezca; no creo que podamos establecer comparaciones, resultan odiosas.

También sabemos que es un relato no apto para feministas; digamos que el tratamiento que recibe la mujer de esta historia no va mucho más allá del que se daría a una masa de carne capaz de trabajar, acarrear y servir al varón hasta los límites más perversos de su fantasma, sin una sola protesta, siquiera un gesto de contrariedad por su parte. Una historia que tiene un rastro, la cuenta el hermano menor, Eduardo, y pasa de boca en boca hasta el párroco de Turdera, depositario del relato que le contó su antecesor en el puesto, y que le transmite al narrador. En resumen, una cadena de transmisión compuesta íntegramente por hombres. Miguel Ángel me chivó la inclusión en el relato de la contribución de una mujer, y no cualquier mujer, pero eso es una curiosidad que prefiero que sea él quién les aclare.

Sobre todas las cosas, lo que más escandalizaría a las féminas, tanto a las militantes como a las que no lo son tanto, es una afirmación que se desliza en el texto y que parece difícil de sostener a la vista de los acontecimientos; ambos hermanos están enamorados, enamorados de la Juliana. ¿Cómo es posible? Planteemos algo más; ¿qué necesidad tendrá Cristian de una esposa? ¿De dónde podrá surgir en un sujeto de estas características un deseo de tal naturaleza? No me lo explico, quiero decir, que acepto la explicación de Borges, Cristian se enamoró, pero entonces me surge otra cuestión; como hombre enamorado concibe compartir a su amor con su hermano, compartir en todo su amplio sentido. Por cierto, ¿vieron el detalle? Una vez que la comparten no la nombran. A lo que iba, el relato lo que muestra es que dicho amor a la mujer no es óbice para que el mayor de los hermanos no sea capaz de percibir los sufrimientos del menor y ejerciendo su posesión sobre el objeto se lo ofrezca a Eduardo para que también pueda gozar de él; usala, le dice. Creo que esta cuestión es la responsable del revuelo en el arrabal y se presta como la polémica mayor del relato, el golpe explícito a la moral religiosa que supone que dos hermanos compartan la misma mujer.

Llegamos a un punto en el que cada cual fabrica su propia explicación, y sería absolutamente plausible que dos seres abyectos como son estos, absolutamente alejados de cualquier atisbo de civilización, dos calaveras, puedan llevar a cabo semejante delito, pero no está tan claro que esa explicación le sirva a Borges para cerrar el asunto incestuoso. De nuevo debemos bucear para rescatar del texto un guiño de su autor que queda expresado como al pasar; no sabemos nada de su pasado, al pasado de estos hermanos se refiere. ¿Qué hay en su pasado? ¿Qué puede haber que permita tal barbaridad? El texto no contesta a esto, pero sí dice que hay algo que los une por encima de todo.

Por encima de todo incluye a la Juliana, desafortunadamente para ella, que es sacrificada para que estos hermanos puedan reanudar su vida de hombres entre hombres. Pobrecilla, no fue necesario que esta mujer hiciera nada, ni generar la pelea entre ellos, cosa que no ocurre como todos ustedes saben, acaso algunas discusiones con su epicentro desplazado. Ella no tiene que hacer nada para trastornarlos, con ser, con estar ahí es suficiente. Cocina, trae el mate, siempre dispuesta y sin embargo, el conflicto se desencadena.

Los hermanos comienzan a tener desencuentros, y esto ocurre porque hay que pagar un precio cuando el deseo y la posesión no son los únicos vínculos, un precio que resulta de que ambos estén enamorados de la misma mujer. No es sólo una cuestión de celos, que habría que delimitar muy bien de qué tipo de celos se trata, es que además es una humillación sentir la debilidad que procura el amor, esta es la parte de molestia más incómoda, porque ciertamente no se puede hablar del éxito del acuerdo, es un desatino y no puede triunfar, pero estos hombres han de volver al mundo de sólo hombres y el perjuicio que ha creado esta mujer, esta Pandora que ofrece el mal escondido tras la belleza de sus ojos rasgados, debe terminar con este sacrificio ejecutado sin altar ni ceremonias.

Es en la última frase del texto donde vuelve la insistencia sobre este asunto, cuando nos dicen que este asesinato es otro vínculo más a sumar a los que ya existen entre estos dos hermanos. En este caso, unidos de nuevo, ahora para expulsar a una intrusa, una mujer que sí es culpable, culpable de haberlos enamorado, culpable de sembrar la discordia entre los Nilsen, de generar un amor en ambos que puede poner en peligro el otro amor, el amor fraternal, el amor que existe entre ellos, quién sabe qué rigores y qué peligros habían compartido… nos dice el narrador. Culpable de creer que aquel triángulo amoroso podría convertirse en un triángulo bienavenido, pero eso no fue posible. Su cálculo, si en algún momento lo hubo, no tuvo en cuenta la fuerza del amor entre ambos, no supo ver la fórmula secreta escondida en esa sangre que ambos compartían.

Por ello les decía antes que tenemos que apuntar con mucha precisión cuando hablamos de celos en este trío, porque por encima de los que puedan surgir por las preferencias que la Juliana exprasara para con cada cual, hay otros celos mucho más feroces. No encuentro que se trate de a quién quiere más Juliana Burgos, a su marido, o al cuñado, o a cualquiera que tuviera a bien acercarse por el burdel de Morón cuando es vendida, como Cristo, por unas cuantas monedas. No, los celos son otros, y lo injusto de esta situación es que inevitablemente las consecuencias son para ella. Los celos son los que cada hermano siente respecto del otro, como consecuencia del miedo, miedo a que alguno de los dos pueda amar más a la mujer que a su propio hermano, y todo se pierda para siempre entre ellos, todo eso que han compartido, las muertes que ambos debían, sus peleas hombro a hombro incluso contra la policía, la defensa de su soledad que hacía que en sus dominios nadie fuera bien recibido. Sería interesante preguntarnos si la presencia de esa Biblia de tapas negras en una hacienda tan desolada, no sería su forma de conjurar un amor entre hombres que pudiera exceder los límites de la moralidad.

Ellos son los Nilsen, y no van a consentir ser objeto de un amor que los humilla y los somete, y además, amenaza con separarlos. Para qué complicarse con mujeres, no habrá tumba a la que llevar flores porque ahora toca olvidarla; la vida puede ser, ya les dije, mucho más sencilla, mucho más apacible, y mucho más tranquila; e infinitamente más aburrida.


Alberto Estévez

martes, 5 de julio de 2011

La madre, qué es ser argentino y el amor. Comentario de Luis Seguí en la tertulia sobre La Intrusa

Pienso en el origen de la frase final, lo cual me lleva a comentar algo sobre la madre de Borges, Doña Leonor Acevedo. Borges vivió con ella hasta que Doña Leonor murió. Era una persona muy posesiva en relación con la vida de su hijo, probablemente de forma inconsciente. Pero Doña Leonor, al sugerir ese final, quizá estuviese pensando qué haría ella, qué le gustaría que hiciera su hijo si apareciera una mujer en esa relación tan estrecha que tenían. Es una disquisición mía en relación con el inconsciente que existe.

Y al hilo del comentario de Silvia, quería comentar que a Borges, al que nosotros admiramos justamente, en Argentina era un personaje muy polémico por lo que representaba políticamente. Era un hombre visceralmente antiperonista. Y una de las críticas que se le hacían, y que estaba bastante generalizada por los que no lo habían leído nunca, es que Borges era más francés, más europeo que argentino, que desconocía la realidad argentina. Era un argumento político que se utilizaba porque Borges había sido un opositor feroz al peronismo, hasta el punto de que una vez, cuando le preguntaron cómo eran los peronistas, dijo que eran incorregibles.

Yo quiero desmentir ese bulo de que Borges no conocía la realidad argentina. En este cuento, como en muchos otros, o en los poemas donde habla del compadrito, del orillero, hay una mezcla de deseo de saber cómo era la vida en esa Argentina salvaje del XIX, la época en la que se desarrolla este cuento y, al mismo tiempo, había un rechazo del hombre urbano y civilizado.

Insisto, en muchos cuentos revela que sabía muy bien cómo era la vida de los gauchos y cómo se estaba forjando la cultura argentina en esa época. Tiene un poema donde se pregunta qué es ser argentino. Lo considera un enigma. Considera que no se puede saber qué es un argentino, porque, como todo país que se ha hecho a partir de la inmigración, es una mezcla que todavía no ha consolidado. De hecho, la presencia de los inmigrantes en Argentina, fundamentalmente italianos y españoles, pero también otras minorías, irlandeses, franceses, judíos alemanes de Centroeuropa, era un crisol donde también otros intelectuales y escritores como Borges se preguntaban sobre esa misma realidad.

Hay otro famoso escritor argentino que se llamaba Benito Lynch, irlandés que tiene textos tan famosos para los argentinos como El inglés de los güesos, que narra la historia de un arqueólogo que iba con una bolsa de huesos; otro se llamaba Los caranchos de La Florida.

Es decir, hay un auténtico crisol donde se ha forjado la Argentina de hoy. Y cuando Borges describe a estos personajes revela un conocimiento que ya quisieran tener muchos, sobre lo que es, realmente, la vida de los gauchos. Hace una referencia muy concreta cuando habla de los colorados y su posible origen en Dinamarca o Irlanda. Es ambiguo en eso, y hay una sugerencia, no son de aquí, vienen de otra cultura, pero están integrados en la peor parte de esta cultura, en la parte salvaje, en la parte feraz, pendenciera.

En la redacción que escribe de esos hermanos, que se sostienen en una complicidad viril, como tantos hombres, efectivamente, puede haber una homosexualidad latente. Sí, pero no importa. De lo que se trata es de esa complicidad viril de los hermanos enfrentados al resto del mundo. Porque su forma de lazo social es defender su fortaleza frente a la cual todos los demás son potenciales enemigos. Por eso han hecho su vida siendo troperos, los que llevan la tropa, cuarteadores, los que llevan los carros por los caminos del campo, cuatreros, es decir, ladrones de ganado, tahúres...

En fin, describe unos personajes francamente indeseables. No hablemos ya del episodio donde van a vender a Juliana al prostíbulo y luego la recuperan comprándola de nuevo. Son dos operaciones mercantiles sucesivas donde estos sujetos pretenden mantener la unidad familiar.

Este cuento es un canto a la fraternidad, mantener la unidad familiar contra quien sea, más si es una mujer. Porque en este caso, no se puede, como se ha dicho, sentirse enamorado. Esa sería una manifestación de debilidad en el contexto en el que viven, de tal manera que no les queda otra alternativa que quitar de en medio a ese personaje que les fastidió la vida. Y la pobre Juliana es la que paga las consecuencias, porque ha amenazado esa complicidad viril que se fundaba, no en la ausencia de sexo –porque los hermanos iban de juerga, iban al prostíbulo ocasionalmente—sino que se fundaba en no admitir ninguna intrusión. Y aquí, el amor es el intruso.

Luis Seguí

viernes, 1 de julio de 2011

Semblanza sobre los gauchos realizada por Silvia Lagouarde en la tertulia sobre el relato de Borges La Intusa*.

Venía curiosa a la tertulia, pensando qué podemos decir de Borges. Porque estamos hablando de un genio, y los genios intimidan. Yo tuve la suerte de asistir a unas clases magistrales que dio Piglia sobre Borges en la Casa Encendida y, después de ver lo que él logró descifrar e interpretar de un relato de Borges, me di cuenta de que leer a Borges tiene tantas lecturas, entre ellas las filosóficas, que es muy difícil hablar de un hombre que tiene una inteligencia que, evidentemente, no todos nosotros tenemos. Y eso genera una admiración que intimida muchísimo. Pensaba en lo que yo podía aportar a la tertulia, y decidí no hablar de Borges sino de la cultura gauchesca. Especialmente me dirijo a las personas que están acá y son europeas, porque imagino que los argentinos quizá ya sepan lo que voy a decir.

¿Este relato tiene algo que ver con el gaucho del 2011, como cultura?

Quizá los europeos piensen que no. Sin embargo, es absolutamente perfecto en el 2011, porque la cultura de los gauchos en Argentina no se ha modificado, sobre todo en esa relación que se tiene con el concepto de libertad, de ser hombre, y el trato que tienen con el amor. Permanece intacto. Y el gaucho no puede formar una familia, porque la familia, como concepto burgués, para el gaucho es sinónimo de cárcel absoluta. Y creo que tienen bastante razón.

El gaucho también tiene una relación con su virilidad. Está la relación que tiene con el objeto femenino, en el que, si hay un enganche fantasmal, es ese en que la mujer que se enamora de un gaucho es, esencialmente, masoquista, y ello como concepción en la femineidad a través de la feliz vivencia de ese masoquismo.

Yo me crié con los gauchos, pertenezco a un pueblo de gauchos, uno de los más conocidos. Al lado de mi casa hay una pulpería, es un bar que mantiene sus condiciones estéticas idénticas a las de 1800, donde todos los caballos están en la puerta, y en el que entran los gauchos vestidos de gauchos. Siempre están tomando ginebra en medio de la oscuridad. Y si entra una mujer se hace el silencio y se preguntan cómo ha osado entrar una mujer, si ese lugar es absolutamente masculino. Se piensan, entonces, que es una extranjera.

Y por ejemplo, las personas que pertenecemos a esta cultura gauchesca, sabemos que hay diseminados, sin exagerar, multitud de niños de los que se sabe quién es la madre, pero no se sabe quien es el padre. Puede ser cualquiera de los siete gauchos famosísimos que hay en todo el pueblo. Porque tienen esa relación con el objeto femenino, y no se enteran de que tienen el hijo. También hay una incestuosidad muy interesante. Todo esto forma parte de la cultura de los pueblos gauchos. El mío se llama Capilla del Señor, lo pueden ver en Internet, y estoy al lado de otro más famoso al que va mucho turismo europeo. En ellos, la cultura gauchesca sigue estando instalada. En mi pueblo es normal encontrar cinco caballos en un semáforo.

Pero nosotros, pequeños burgueses, desde nuestras concepciones, estamos muy disociados de esa cultura gaucha. Hay una gran división cultural. Eso no quiere decir que su cultura no sea asumida. Como digo, hay una gran disociación entre la cultura gaucha y la pequeño burguesa, si bien hay muchas fiestas gauchas.

Pero lo que quería nombrar, y es por lo que Borges me parece un genio, es que en estas pequeñas páginas ha relatado y ha dejado sellada la cultura del gaucho y ese sentido que tienen de la libertad, y también del amor como humillante. Es esa cosa viril que roza el machismo, pero es su cultura.

Creo que no va a cambiar nunca. El gaucho no evoluciona como lo hace el objeto técnico, el gaucho no tiene nada que ver con Internet. Eso no les interesa. Están todo el día con los caballos, con las vacas, y tienen una manera de comer que todavía está vigente.

Silvia Lagouarde

*A continuación del comentario de Silvia, Gustavo Dessal ofrece una explicación acerca de por qué hay culturas que cambian y otras que no lo hacen. El comentario de Gustavo es el siguiente:

A la luz de lo que acaba de comentar Silvia, recuerdo que, en los cincuenta, Levy-Strauss escribió un texto extraordinario donde se interrogaba por qué existen civilizaciones que cambian y otras que no.

Las civilizaciones, las culturas, se dividen en dos grandes categorías, las que se modifican con el paso del tiempo y de la historia, y las que son inmutables, esas que solemos llamar, desde el punto de vista de la referencia eurocentrica, pueblos primitivos.

La respuesta que da Levy-Strauss a su pregunta es que los pueblos que no cambian son aquellos que están organizados, sustentados, por relatos, por una historia, por una mitografía capaz de satisfacer todas las necesidades existenciales y espirituales de esa cultura. Es decir, que no dejan nada librado a la incógnita.

Por el contrario, solamente pueden cambiar aquellas civilizaciones cuyo relato deje algún espacio abierto y, por lo tanto, introduzca la necesidad de una búsqueda, de algo que esté más allá de lo que está dado.

La conjunción de este cuento con el recuerdo de lo que plantea Levy-Strauss, me ha hecho pensar que no por nada, estas culturas inmodificables –estaba pensando en los gitanos, que tienen también algo de lo gauchesco en el sentido de la separación nítida de los roles y papeles entre hombre y mujer— son culturas en donde hay una necesidad, un imperativo de mantener un lugar perfectamente delimitado para la mujer.

Porque la mujer es la que verdaderamente puede introducir una fisura, puede perforar ese sistema de autoabastecimiento que constituye la pervivencia de una cultura. Es decir, hay culturas que perviven gracias a que nada les falta, por así decirlo. Y para que nada siga faltando, es preciso que lo femenino esté muy bien encerrado. De lo contrario, lo femenino es siempre la puerta abierta hacia la posibilidad de introducir una diferencia que desestabilice el sistema.

Comentario de María José Martínez en la tertulia sobre La Intrusa de J. L. Borges

Una cosa que me sorprendió. Y es que muchos de los relatos de Borges de esta serie, El informe Brodie, comienzan con el latiguillo, "otro me contó", "otro me dijo", etc. Me parecía que, de esta manera, Borges se libera de una especie de responsabilidad de contar. No se hace responsable de nada. Muchas veces, uno se da cuenta, por parte del autor, o del narrador, a quien prefiere en la novela, en el relato, por quien tiene más simpatías, qué enseñanza nos quiere dejar. Y aquí Borges no dice nada, no se inclina por nadie. Cuenta, narra, y nada más. Y ante esa especie de frialdad e indiferencia, me quedo pensando que el misterio es el propio Borges, no sabemos muy bien quien es.

El único sitio en donde me pareció que los sentimientos empiezan a aflorar en el relato es cuando dice que los dos estaban enamorados. Y esto, de algún modo los humillaba. Para mí, ahí hay una clave fundamental. En España, en el siglo XVI, nadie confesaba el amor. Confesaba los celos, el odio, el honor, los duelos –que había muchos— pero amor, ningún hombre lo confesaba. Como que no era cosa de hombres. El amor es siempre más femenino, de alguna forma les hacía mostrar una debilidad que no podía existir en ellos. De manera tal, matan a Juliana porque estaba estropeando lo que ellos eran en esencia. Yo, hasta le encuentro algo de humor negro. Me hace reír esa simpleza de estos señores.

A ese amor masculino que hay entre los hermanos, a esa pareja indisoluble, no le veo nada de homosexualidad. Veo que defienden a ultranza esa manera de ser masculina, muy machos, muy criollos, muy suyos, muy de navaja, pero nada más. En cuanto algo les rompe ese esquema, se acaba la historia.

Los hermanos constituyen todo un prototipo de pareja.

María José Martínez Sánchez

lunes, 27 de junio de 2011

Un pequeño comentario sobre Borges de nuestro galeno Antonio, realizado en la tertulia sobre La intrusa.

El informe de Brodie fue escrito en 1970, y puesto que había nacido el último año del siglo, Borges tenía 71 años cuando escribe el primer cuento de este libro, La intrusa.

Quería pararme en la literatura borgeana, desde el punto de vista estrictamente literario. Por supuesto, Borges tiene virtudes que alcanzan el nivel de sobresaliente. Y una de esas virtudes es la capacidad para decir lo que quiere con una gran escasez de palabras. Ese laconismo es una de las características de Borges. Y eso lo consigue gracias a un uso exquisito, tremendamente acertado, de los adjetivos. Si un escritor utiliza bien los adjetivos, ahorra palabras a la hora de definir el resto de la frase:

En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida

El otro asunto que quiero subrayar, que en este cuento quizá no se ve tanto, pero es otra de las virtudes de Borges, es que dentro de ese laconismo hay algo maravillosamente musical. Si uno lee en voz alta sus cuentos, consigue un ritmo en el que el lector comprueba que no le sobra ni le falta una sola sílaba. Es algo que ocurre con los clásicos, por ejemplo en El Quijote:

En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”.

Como digo, quizá en este cuento no se ve tanto como en otros. Recuerdo ahora:

“... en las horas ciertas de la noche aún puedo caminar por las calles”.

Es algo perfecto, como una música. Esto es lo que quería subrayar, la virtud de esos adjetivos perfectos que permiten una concisión de la frase y una gran musicalidad.

Antonio

domingo, 26 de junio de 2011

La referencia bíblica en La intrusa de J. L. Borges (2 Samuel, I, 26)

La referencia bíblica que, como epígrafe, aparece al comienzo del texto de La intrusa, corresponde a la endecha que pronuncia el Rey David a la muerte de su amigo Jonatán, hijo del Rey Saul.

"Angustia tengo por ti, hermano mío Jonatán, que me fuiste muy dulce; más maravilloso me fue tu amor, que el amor de las mujeres".

Se encuentra en una de las versiones del Antiguo Testamento, la Biblia Septuaginta, llamada así porque, según se dice, fueron setenta sus traductores.

Es, quizá, esta endecha, uno de los fundamentos para las interpretaciones de homosexualidad reprimida que se vierten sobre las relaciones de los hermanos Nelson en el cuento de Borges. Homosexualidad a la que hace referencia Rosa López en su comentario realizado en la tertulia.

Liter-a-tulia

viernes, 24 de junio de 2011

Comentario realizado por Rosa López en la tertulia sobre el cuento de Borges "La intrusa"

Lo que resalta a primera vista es la economía de las palabras de Borges para describirnos unos personajes a través de muy pocos objetos. En toda la historia del relato, el seguimiento de los objetos tiene una importancia fundamental: los objetos del campo, los objetos de los cuatreros y los objetos religiosos.

Por ejemplo, creo que la Biblia no es solamente un pequeño objeto que viene a mostrar la procedencia de los hermanos, esa línea protestante del norte de Europa, sino que es importante la referencia al versículo del comienzo, y también es importante la alusión del párroco aludiendo a otro párroco. Realmente, el cuento remite a la Biblia para llevar a cabo una especie de herejía. Porque estos dos bárbaros, los Nilsen, estaban curtidos, cultivados por este libro de tapa negra.

Hay una jugada de Borges contra la iglesia, contra la Biblia, único libro en una casa de pecadores que no pagan por los pecados. Lo vemos ya en la primera frase, donde se nos dice que Cristián muere de muerte natural. Es el colmo. Se pasaron la vida en pendencias y matando, pero nunca les llegó una cuchillada a tiempo, a ninguno de los dos, de tal manera que mueren de muerte natural.

Por otro lado, y también respecto a la Biblia, en ella había algunas inscripciones. Los hermanos no tienen historia, pero seguramente, en esas inscripciones estaban los días de bautismo. Era lo que se solía hacer.

Quiero detenerme ahora en la siguiente frase:

“... un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos”.

Orilleros, palabra maravillosa que hace referencia a los suburbios de Buenos Aires. Me fijé también las palabras “breve” y “trágico”. Porque es verdad que en este cuento encontramos las características de la tragedia. Pero, a diferencia de la tragedia griega, esta tragedia criolla no tiene saga familiar, ni tiene las consecuencias de Edipo arrancándose los ojos. Es la pérdida del sentido de la tragedia, y es la tragedia de los emigrantes europeos en América. Lo trágico es que han perdido la historia, que están completamente desarraigados, que no tienen la saga familiar.

Y vemos la figura del coro, muy leve, pero es ese coro que goza con alevosía de lo que va a venir:

El barrio, que tal vez lo supo antes que ellos, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos”.

El coro ya está prediciendo el desenlace que se estaba armando.

Tenemos, por tanto, los objetos del campo y los objetos religiosos, pero, además, la misma Juliana Burgos es un objeto, poseedora, a su vez, de otros objetos, un rosario y una cruz que le había dado su madre, objetos religiosos también.

En relación con los hermanos. Ellos conforman una pareja indisoluble. Que sean homosexuales reprimidos, como dice la interpretación psicoanalítica anglosajona, no me parece tan relevante. Una parte del psicoanálisis anglosajón planteó que, en este cuento de Borges, está reprimida la tendencia incestuosa, y que usaban a la mujer como objeto intermedio para gozar, porque no se animaban a tener el encuentro sexual directamente entre ellos. Es una interpretación psicoanalítica que me parece forzada. Estaría apoyada en el salmo bíblico citado anteriormente. En cualquier caso, hubiera o no homosexualidad, era una pareja indisoluble en la que no se podía introducir ningún tercero, porque se desestabilizaba.

Pero en un momento determinado, el cuento nos informa de que, sin saberlo, los hermanos estaban celándose. Creo que ahí sí hay una pequeña alusión al inconsciente. Ellos no sabían lo que les estaba pasando. Lo cual tendría que ver con el hecho de que no podían concebir el amor. Estaban hechos para las puñaladas, y cualquier cuestión que fuera del orden del amor no era para ellos asumible.

Al respecto, se podría establecer algún comentario. Hay algo que me extrañó en este cuento respecto al estatuto del amor. Estos hombres, ¿hasta qué punto son capaces de amar? En el contexto hay un momento chocante. Es cuando dice que estaba enamorado de la mujer de Cristián. Es decir, no tanto de Juliana Burgos, como de la mujer del hermano. Es clarísimo, está enamorado de la mujer del otro. Pero además, el diagnóstico del amor nos lo da el propio Borges en otra frase:

En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la maraña (que también era una rutina) de aquel monstruoso amor”.

Y esta es la historia de un monstruoso amor, el de estos dos hombres que hay que imaginar que no fueron amados en la infancia. Estamos en una economía máxima de la palabra, lo cual se refleja en las cosas que se dicen entre los hermanos, y sobre todo en esa frase final:

A trabajar hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté

Economía de las palabras. Incluso hay un momento en que la mandaron que se retirara porque iban a hablar en el patio. Yo pensaba, ¿qué van a hablar? Juliana se echó la siesta pero, inmediatamente, la levantaron. No son hombres de palabras, son hombres del acto para quienes la palabra se reduce a la mínima expresión.

Pero lo más trágico, además de la propia muerte de Juliana Burgos, es que en esa muerte vuelve a aparecer Antígona en el cadáver que queda insepulto y va a ser devorado por los caranchos. Y trágico es, también, que ellos mueran de muerte natural.

Rosa López

domingo, 19 de junio de 2011

Breve comentario a "La intrusa" de J. L. Borges. Por Gustavo Dessal.

Sin duda, es muy improbable que Eduardo Nelson (o Nilsen) hubiese confesado alguna vez esta historia, ni siquiera después de la muerte de Cristián. Habría supuesto una traición, un quebranto del pacto viril que unía a los hermanos, y que acabó siendo más fuerte que el renuncio al que ambos sucumbieron durante un corto tiempo de sus vidas. Pero que la fuente de la leyenda no haya sido la boca de Eduardo, es el motivo que le permite a Borges introducir, desde las primeras líneas de este cuento descarnado, uno de sus temas favoritos: la idea de que lo real es inasible, y que la realidad solo se sostiene en la ficción. No existen los hechos, no existe la facticidad de lo vivido, no hay alcance posible del texto originario de las cosas, y toda palabra es siempre la que viene al lugar de otra irremediablemente perdida.

“Alguien la oyó de alguien”, nos informa Borges con su habitual laconismo. Y ese alguien,¿de quién la oyó? Se adivina aquí un deslizamiento que borra el origen, deslocaliza la fuente. Por si no fuera suficiente, una segunda versión llega a los oídos de Borges, “ con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso”, y que deben asumirse como inevitables, casi diríamos naturales, así como la tentación confesada de que el afán literario le añada alguna que otra modificación. Aquí es donde escritura y pensamiento se conjugan, dado que el genio de Borges es profundamente filosófico además de poético: nos jura probidad, es decir, honradez, la cual no consiste en buscar la objetividad, sino la verdad, ese “breve y trágico cristal” que solo la ficción nos permite extraer.

Si el origen de la historia se pierde, otro tanto sucede con el origen de sus protagonistas, que nada saben sobre el lugar ni el tiempo ni las palabras que los preceden y constituyen: su azarosa crónica, perdida “como todo se perderá”. La Biblia y el color de su pelo delatan una procedencia remota y europea, más lejana que la de los conquistadores. Como ambos profesan hacia la ignorancia la misma pasión que se les impondrá en un recodo de su existencia, viven en el absoluto desconocimiento de su historia. Tras de sí no hay relato alguno, y son ellos los que fundan su gesta, como si nada debieran ni hubiesen salido de vientre alguno. Juntos, son el principio y el fin.

No es necesario conocer cómo Juliana Burgos se cruzó en sus vidas. Por lo visto, Borges juzga superfluo gastar siquiera una línea en ello. Conformémonos con saber que un buen día Cristián la trajo a vivir con él, es decir, la introdujo como tercera en la paridad de esa temible fratría, hasta entonces solo afectada por una diferencia en la edad. ¿Fueron los modestos encantos de Juliana los que conmovieron el corazón duro y reseco de Eduardo, o el mero hecho de que, viéndola en posesión de otro, él se viese a sí mismo como privado de lo que nunca había echado en falta? Y que conste, como Borges nos lo señala con máxima economía de términos y precisión de conceptos, que a ninguno de los hermanos le había faltado hasta entonces el aliviadero del sexo en juergas y lupanares. No fue el deseo lo que desacomodó sus rutinas y amagó con desatar el nudo de la pareja fraterna. Fue el amor, inaudito en el escenario de esas vidas que por encima de todo defendían su soledad y su silencio. Un amor que, en aquel “duro suburbio” donde ni siquiera para sus adentros un hombre podía confesarlo, los humillaba a los dos, porque el amor brota de la falta, y al instante la revela y la muestra, para vergüenza del varón que cifra su hombría en su afán por desconocerla, aunque para ello tenga que mutilarse.

Tal vez porque la voluntad de justicia distributiva no pudiera disimular la preferencia de Juliana por uno de ellos, o tal vez porque el arreglo estaba necesariamente prometido al fracaso, el hecho es que hubo un primer intento de automutilación: vender a la Juliana a un prostíbulo, arrancarla del lugar del amor y devolverla al sitio donde están las mujeres que no causan problemas, porque no se distinguen, si se poseen, ni se codician. Si acaso procuraron mediante este manejo regresar a la petrificada rutina de la comunidad de los “hombres entre hombres”, no pudieron lograrlo, y no le faltó valor a Cristián para ponerle palabras, las justas pero certeras: “De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano”.

¿Borges escribe en el lenguaje de esos hombres, o esos hombres hablan el lenguaje borgiano? Se abre aquí una bifurcación que no habré de tomar, por conducirnos de pleno hacia la inmensidad de la lengua que Borges nos descubre en el habla de esos seres desprovistos de toda erudición. En la pluma de Borges, los gauchos tejen un decir poético que iguala a Homero o Rimbaud.

Fracasada “la infame solución”, es necesario un proceder más quirúrgico, porque el rebajamiento imaginario intentado mediante la venta no ha conseguido otra cosa que aproximarlos aún más al temido abismo de la carencia. Muerta, ya no será de ninguno, y ninguno habrá de sentir el insoportable dolor de amarla, el único miedo con el que no pueden batirse.

GUSTAVO DESSAL

jueves, 16 de junio de 2011

Las cosas y el deseo. Comentario de Miguel Alonso en la tertulia sobre el relato La intrusa, de J. L. Borges

Estamos ante un texto en el que la abstracción de lo intelectual –desde la que Borges concibe tantos de sus relatos— se sitúa a una cierta distancia. En La intrusa, el drama de la vida misma parece reclamar la exclusividad del espacio. Pero un plano teórico, que se sitúe sobre la vitalidad del cuento, ni siquiera aquí estaría de más. Por el contrario, puede clarificar perfectamente el “pathos” en el que se ubican los dos hermanos, a saber, su obsesión por rechazar cualquier incertidumbre que pueda venir a conmover su mundo inmóvil e idiota, únicamente fijado a las cosas. Y hay que decir lo siguiente, no son las cosas, los objetos, lo que nos hace humanos, sino las palabras y su incertidumbre consustancial. Es el “Dicen (lo cual es improbable”... el terreno donde el ser puede nombrarse humano.

Lo que está implicado en el nudo dramático de La intrusa, más allá del acto final, contundente, del asesinato, es un modo de estar en el mundo y el afán de tener un control absoluto sobre el destino. Este modo de estar en el mundo, encarnado por los Nelson, viene dado por lo que implica el rechazo a vivir en el marco de una verdad que nunca se revela de forma total, el rechazo a vivir en el marco problemático del deseo y en el de una palabra propia para ese deseo. Ese rechazo podemos significarlo en la frase final que uno de los hermanos, después de haber matado a Juliana, decide ilusoriamente:

Ya no habrá más perjuicios

Son diversos los elementos que requieren nuestra atención, verdad, deseo, palabras y cosas, además del corte que introduce la mujer, elementos a los cuales se les puede seguir en una evolución ordenada a lo largo del texto de Borges. Voy a tratar de situarlos en esta reflexión. Comienzan a pergeñarse ya en el primer renglón. Podríamos pensar, ya que estamos en un texto con alguna referencia bíblica, que lo primero es el verbo: “Dicen (lo cual es improbable)”
Pero la particularidad es que, ligada al verbo, al decir, encontramos la improbabilidad, sobre la que el narrador abunda de inmediato para mostrar sus intenciones:

“... ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor—a la historia”.

Y todavía más, en una nueva frase, ahora introduciendo un nuevo elemento, el relativismo de la verdad junto con la improbabilidad:

La escribo ahora –la historia— porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos”.

La improbabilidad: “si no me engaño”; la verdad cifrada: “un breve y trágico cristal” alrededor del que sitúa el decir improbable, o sea, palabras, las suyas y las de otros.

Queda situado el registro de la verdad, del decir y del deseo. Del deseo porque lo que se produce es un deslizamiento a través de una palabra que merodea alrededor de una verdad que, ya desde el comienzo, se define como cifrada y, por tanto, de acceso problemático. Desde ese lugar escribe el narrador, el mismo lugar en el que se sitúa siempre la excelencia de Borges, ya sea literaria, histórica, psicológica, etc., siempre relativista respecto a la verdad y, por lo tanto, distanciándose de su atávica, unívoca y, con frecuencia, pendenciera ascendencia, tantas veces evocada por él o incluso imaginada.

A partir de este inicio pleno de incertidumbres, se pone en juego una oposición. Aparecen de forma masiva las cosas, como si fueran los objetos naturales capaces de saciar las necesidades de los hermanos Nelson, y de situarlos de forma inequívoca en el mundo. ¿Dónde situamos las cosas, los objetos?

En un plano mínimo y primario del lenguaje. Aparecen sin movimiento, insustituibles, instituidas para la repetición, cosas que nunca entran en la dialéctica con otros objetos del mundo. Es como si el verdadero lenguaje humano, el “Dicen (lo cual es improbable)...” no existiera, sino tan solo:

el caballo, el apero, la daga de hoja corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol pendenciero”.

Es una frase sin verbos, llena de palabras desnudas, o vestidas de forma mínima, que sugieren la soledad de lo primario, esa soledad idiota en la que vivían los hermanos Nilsen, un escenario de cosas sólo tocadas por algún que otro adjetivo inquietante.

Y hablando de dagas que producen escalofríos, ¿dónde podemos situar un corte dramático en la vida de esos hombretones, los hermanos Nelson?

La mujer, siempre intrusa para el hombre, viene a jugar un papel determinante. Juliana Burgos, aunque los hermanos la tomaron en principio como una cosa más, de pronto, insospechadamente, resulta que moviliza lo humano. Donde el pobre hombre cree dominar el destino, trazando sobre él la marca de unas mínimas palabras, la mujer sobreviene para diluir la tinta y dejar al pobre hombre ante la incertidumbre vital, ante su humanidad, ante su vacío, que para los hermanos es horroroso y ante el que se apresuran a retroceder para recuperar, no la cosa, sino el fetiche sin vida.

¿Quién mejor que una mujer puede extraer al hombre de los lugares limitados, atávicos, solitarios, idiotas y primarios en los que trata de sostenerse? ¿Quién mejor que una mujer puede mostrarle al hombre el delirio que supone creer que las palabras son cosas? ¿Quién mejor que una mujer puede acobardar al hombre poniendo ante él la fecundidad de la vida? ¿Quién, mejor que una mujer, puede situar al hombre en el “peligroso” y “vergonzoso” escenario de su feminización –la del hombre— ese escenario desde el que puede amar?

Hacia el lugar de su feminización fueron arrastrados los Nilsen por Juliana Burgos. Ellos, tan hombres, tan fuertes, tan temidos, tan pendencieros, corrieron el peligro de perder “lo que tenían”, perder su hombría, perder las cosas para entrar en el difícil terreno de la incertidumbre, donde el “no tener” es bandera de la vida, “no tener” seguridad, “no tener” referencias fijas, “no tener” al hermano como signo único.

Pero creían, pobres ilusos, que eliminado la incertidumbre ya no habría más perjuicios. La aparición de Juliana Burgos puso en juego un elemento problemático: el deseo. Ella es la causa del deseo que desubicará, por siempre, a los Nelson. Los lugares ya se han movilizado, comienzan a producirse sustituciones, deslizamiento de intenciones y afectos, los celos, las mentiras, el cuestionamiento del otro, del hermano, como algo único, y el cuestionamiento de aquel destino contundentemente fijado a las cosas sin verbo.

Ella se torna la causa que los hace deseantes, y contra eso el remedio siempre es precario. Aunque pretenden recuperar su posición de inmovilidad, sucumben necesariamente al paso por ese deseo. Como bien subraya el final del cuento, están obligados a olvidar a Juliana.

Es el pathos de los hermanos, su neurosis: procurar olvidar, eternamente, aquello que por un momento fugaz los atravesó. Y el olvido, para ellos, supone arrastrarse por las cosas mortecinas que, imitando a las palabras, pero no siéndolo, no mueven nada, sino que instalan la ignorancia en el no querer saber.

Cada mujer encarna algo de lo indecible. Lamentablemente para los hermanos, probaron la suculencia de Juliana Burgos, que si bien pretendían que fuese una cosa más, encontraron con ella la humanidad que los causó, que los movilizó. Y uno puede matar a la encarnación del deseo sin encontrar ningún castigo penal, pero al deseo mismo, a ese no se lo puede matar. Por eso quedan, eternamente, condenados a olvidarla, o lo que es lo mismo, a recordarla.

Miguel Ángel Alonso