sábado, 31 de diciembre de 2011

sábado, 17 de diciembre de 2011

Apertura de la tertulia nº 30 sobre El Nadador de John Cheever. Por Luis Seguí

En las tertulias anteriores habían surgido, respecto a los cuentos que comentamos, algunas dificultades para establecer los límites precisos entre amor, odio y locura. En esta ocasión, con el relato El Nadador, de John Cheever, no parece que tengamos problemas para englobarlo dentro de la locura. Aquí no hay amor ni odio, la locura está presente de forma clara.

La escena con la que se inicia el relato en la casa de los Westerhazy, puede ser una escena imaginaria, o puede ser una escena que ocurrió en algún momento del pasado. En ella está Lucinda, la mujer de Neddy Merrill, el protagonista, en un ambiente que, para quienes tengan alguna idea de la vida de John Cheever, es fácil de localizar en la época en que el autor vivía en esos suburbios de las grandes ciudades americanas, de clase media, con piscinas. Lo que refiere Cheever es, en gran medida, una parte de su experiencia. Respecto a esta primera escena, insisto, se presta a discutir si se trata de una escena imaginaria del protagonista, o si en algún momento pudo haber ocurrido. Yo me inclino por situarme en la segunda opción.

Voy a trazar un recorrido haciendo referencias textuales concretas. El personaje protagonista, Neddy Merrill, se ve él mismo como un sujeto apolíneo. Al respecto, el texto es muy ilustrativo. Cito un párrafo del autor:

Tenía una indefinida y modesta idea de sí mismo como una figura legendaria… Volver a casa siguiendo un camino diferente le producía la sensación de que era un peregrino, un explorador, un hombre que tenía un destino.

Pero en el desarrollo de ese río que quiere construir a través de las piscinas para llegar a su casa, el río Lucinda, se encuentra con que hay una piscina, la de los Welcher, que está vacía. Dice el texto:

La ausencia de este eslabón en su cadena acuática le decepcionó de un modo absurdo y se sintió como el explorador que busca la fuente torrencial y encuentra un arroyo seco

Me da la impresión de que el vacío de la piscina es la metáfora de una cierta fragmentación que se produce en su imaginario, a lo cual sigue un estado confusional del sujeto, y al mismo tiempo de negación. Porque, por una parte, cree recordar que hace tiempo había estado con su mujer en la casa de los Welcher, pero no lo tiene claro. Nos dice John Cheever:

“¿La memoria le estaba fallando, o la había disciplinado tanto en la representación de los hechos ingratos que había deteriorado su propio sentido de la verdad?”Ahí se plantea la cuestión de la confusión y, al mismo tiempo, cuando la señora Halloran, otra vecina, le dice:

Nos dolió muchísimo enterarnos de sus desgracias”, Neddy responde: “¿Mis desgracias? No sé de qué me habla.”

Ahí aparece la negación de lo que Neddy mismo dice que son recuerdos desagradables que se ha disciplinado para no tomarlos en cuenta.

Cuando la vecina hace referencia a la venta de su casa y a sus “pobres niñas”, él no recuerda haber vendido la casa y cree que las niñas siguen allí. No obstante, hay algunos momentos de lucidez en el personaje, por eso da la impresión de que no puede construir un delirio completo que le proteja. En esos momentos de lucidez se plantea:

Estaba perdiendo la memoria y quizá su talento para disimular los hechos dolorosos lo inducían a olvidar que había vendido la casa, que sus hijas estaban en dificultades, y que su amigo había sufrido una enfermedad

Se refiere al amigo Eric Sachs, por cuya piscina también pasa, y al que encuentra convaleciente de una operación en la que las cicatrices hacen que no se distinga el ombligo de Eric. Es una nueva brecha que se abre, además de la de la ausencia en la cadena acuática:

El ombligo había desaparecido, y Neddy se preguntó qué podía hacer a las tres de la madrugada la mano errabunda que ponía aprueba nuestras cualidades amatorias, con un vientre sin ombligo, desprovisto de nexo con el nacimiento. ¿Qué podía hacer con esa brecha en la sucesión?”
Me da la impresión de que en el cuento hay una torsión en la que el personaje entra en una pendiente descendiente. Esa figura apolínea de leyenda, con un destino, empieza a encontrarse con lo real, con lo que va a culminar el cuento. Para mí, esa pendiente empieza a manifestarse, a ponerse en evidencia, con el episodio en el que aparece en la fiesta de una vecina que lo ha invitado muchas veces, pero él ha desechado esas invitaciones. Es ahí cuando un camarero le trata con cierta agresividad y desprecio. Dice Cheever:

El suyo era un mundo donde los camareros representaban el termómetro social, y verse desairado por un barman que trabajaba por horas significaba que había sufrido cierta pérdida de dignidad social

El siguiente paso en esa carrera descendente se produce cuando va a ver a su antigua amante, Shirley Adams, que se sorprende al verlo aparecer allí. Se deja entrever que ha habido una relación entre ellos, pero Merrill padece ahí otro estado confusional, no sabe si fue el mes pasado, el año pasado, etc. Y le dice el protagonista a Shirley:

Estoy nadando a través del condado” Y ella le contesta: “Santo Dios, jamás crecerás. Si viniste a buscar dinero no te daré un centavo más

Lo cual revela ciertas facetas de ese personaje en relación con su pasado, con su amante, con los vecinos cuyas invitaciones desechaba, y que ahora, a sus espaldas, dice que se han arruinado, que lo han perdido todo. Lo cual enlaza con el comentario de la señora Halloran cuando se refería a las desgracias de Neddy, de las cuales no se quiere enterar.

En relación con su antigua amante extraigo la siguiente cita:

El amor —en realidad, el combate sexual— era el supremo elixir, el gran anestésico, la píldora de vivo color que renovaría la primavera de su andar, la alegría de la vida en su corazón

Expectativa que sabemos que se frustra por completo, porque su amante está acompañada y, además, lo trata con un desprecio que se refleja en las citas que he traído.

Luego de ese nuevo desencuentro, esta vez amoroso, se acentúa la decadencia del sujeto porque, por primera vez en su vida, no se zambulle en la siguiente piscina, sino que se desliza por los peldaños hasta llegar al agua. Por primera vez en su vida, al llegar al borde de la piscina, no salta, sino que necesita recurrir a la escalera. Ese sujeto apolíneo que se veía a sí mismo como tal, se convierte en un sujeto ya desprovisto de los atributos que se le adjudicarían en su antigua condición.

Y finalmente, cuando se acerca a la que era su casa, el lugar está oscuro. Fantasea, fabula con que es posible que se su familia se hubiese acostado, pero cuando se dirige al garaje, comprueba que la puerta no se abre y está oxidada, lo que da cuenta de que la casa lleva un tiempo vacía. Y la casa, además, estaba cerrada con llave. En un primer momento echa la culpa a la criada, a la asistenta, a la “estúpida cocinera”, dice. Pero en el momento final concluye:

Hasta que recordó que hacía un tiempo que no empleaba ni criada ni cocinera… Vio que el lugar estaba vacío

Es la última frase del cuento. Neddy Merrill se encuentra con su vacío, con la Tyché, con su real. Se resquebraja paso a paso su capacidad para negar la realidad, en primer lugar con la piscina vacía de los Welcher, esa ausencia de un eslabón en la cadena acuática, y la referencia de Shirley Adams cuando le plantea el “nunca vas a crecer”, lo cual me hace remitir al líquido amniótico. Es lo que para él podía significar el agua de las piscinas por las que pensaba trazar el camino hacia esa casa, con esa mujer que ya no existe, con esas hijas que no están.

Luis Seguí

viernes, 16 de diciembre de 2011

La locura con minúsculas: Alberto Estévez comenta "El Nadador", de John Cheever.


   Llegamos hoy a la 30ª tertulia y entramos en el tercer gran epígrafe con el que decidimos vertebrar este curso, La Locura.
  
  Podemos considerar la locura hermana de la literatura, o al menos como pariente próximo. Son innumerables los ejemplos de obras literarias, de todos los tiempos y épocas, que han investigado la locura humana. Porque además de constituirse como un enigma, es un significante que como tantos otros tiene un sentido equívoco, si puede decirse así, y para el caso de hoy, nos interesa pensar si hablamos de la locura con mayúsculas o con minúsculas, ver si entre todos podemos delimitar esta frontera.

 Podemos hablar de la locura en su noción más clásica y referirnos con esta denominación al padecimiento del loco. Pero eso inmediatamente nos abre la pregunta que en algún momento nos hemos hecho cada uno: ¿no estamos todos un poco locos? ¿Quién no hace alguna locura, quién puede decir que no hay huella en su vida de algo absurdo que no responde a una lógica común, y sin embargo, visto en otro, podría hacernos dudar de la posibilidad de que estuviera en cierta medida enajenado?

  Este relato está continuamente transitando esta frontera; Ned, tan pronto se viste con el traje de un sujeto como cualquier otro, uno más, deportista, seductor, amigo de sus vecinos y querido por muchos de ellos, quizá un poco inmaduro, pero no nos costaría trabajo identificar, con estos rasgos, muchos sujetos como él, con su parte un poco loca. Es imposible no estar un poco loco si la vida que hay que vivir es una vida humana.
  
   Y luego está el otro Ned, el que no somos tan capaces de inscribir en el conjunto de la norma, el que se nos sale de ahí, y circula por los caminos más difíciles y menos transitados. Es el sujeto en el que percibimos que la negación se obstina no permitiendo concluir que la represión sea el mecanismo encargado de apartar lo doloroso; la sensación que nos deja es que hay algo más que opera en él, o que falta, algo del estilo de una especie de freno de seguridad que lo resguarda de la colisión fatal.

  Impresionado por este relato, además me ha descubierto a un autor que no conocía, del que me he convertido en incondicional. Me ha gustado tanto que me ha hecho pensar qué importante es para obtener un buen relato disponer de una buena historia que lo sustente. Aquí, no se trata de nada muy elaborado ni enrevesado, una situación que en algún momento de nuestras vidas algunos hemos tenido que atravesar, una ruina económica; lo particular del caso no lo encontramos en las amargas consecuencias que sufre el arruinado, aquí más bien parece que la ruina económica ha desencadenado una ruina subjetiva.

  Crear un personaje que se resista a afrontar la realidad no sólo es el reflejo de cualquiera de nosotros, es parte de nuestra condición. El encanto, la genialidad de Cheever está en la forma que se elige para mostrarlo; esto es lo exquisito, esto es la ocurrencia maravillosa, y lo que sin lugar a dudas a catapultado a este relato a la cima del reconocimiento mundial que merecidamente ha obtenido; si además le sumamos esa buena historia tan potente que subyace, entenderemos que se decidiera realizar su adaptación al cine, en la que Burt Lancaster como Ned Merryl defiende una interpretación sobresaliente en una lograda película.

  El protagonista huye de la realidad pero emprende un viaje, y este viaje que podrá pensarse como una puesta en acto de esa huída, en realidad le da de bruces con ella, un viaje que le costará el descenso a sus propios infiernos tras haber surcado el río que constituye el torrente de la pulsión.

 Esto es lo que descubre a un escritor, alguien que tiene en su cabeza un pensamiento con el que explicar lo que nos ocurre mientras estamos vivos, y querer transmitirlo, y contar con la habilidad de hacerlo pasar por un relato. Luego, todo esto se aliña además con elementos que rodean la trama principal, fundamentalmente, ya lo hemos visto en el caso de otros autores norteamericanos que hemos trabajado, me viene ahora el recuerdo del genio de Richard Yates, una crítica feroz contra la sociedad americana, apuntando a su falta de valores, denunciando el morbo de su actitud exhibicionista en la carrera por convertirse en el que más tiene, el mundo de las apariencias en el que la identidad equivale al tener, y por tanto el soy es igual al tengo, o si prefieren el manido: tanto tienes tanto vales; en suma, una crítica que funciona como interpretación de la vacuidad de dicha sociedad, de la que ya estaban siendo avisados por sus propios autores muchos años antes de que George W. Bush alcanzara la presidencia del gobierno de la nación, incluso bastante antes de que lo hiciera el inefable Ronald Reagan.

 Esta crítica ya la tenemos en los primeros párrafos, cuando a propósito del “anoche bebí demasiado”, Cheever delata el cinismo de la doble moral y muestra su radical desencuentro con la sociedad que le tocó vivir. Es una frase que pone en boca de los feligreses saliendo de misa, expiando así su alma de excesos y culpas, pero es también la frase del propio sacerdote, que tampoco posee recursos “divinos” para impedir la seducción que sobre él opera dicho exceso, incluso el jefe del grupo ecologista. Nadie se salva, todos bebemos, y mejor no contradecir al autor, porque los que no beben seguro que harán algo peor, así que algo que parte de nosotros mismos y nos excede forma parte de nuestra naturaleza, y nos aproxima a Ned Merryl. Abajo los semblantes como imposturas de pureza y de bondad, hay algo oscuro en cada uno de nosotros, mal que nos pese también somos eso, y en cuanto bajemos la guardia y nos descuidemos, nuestra parte más sombría amenaza con delatarse. Tratar de aplastarla y hacerla desaparecer provoca su retorno más cruel, mejor inventar la manera cada cual para integrarla pacíficamente.

  A este respecto, les cuento una curiosidad que viene al caso; el cartel promocional de la película reza la siguiente inscripción: “When you talk about the swimmer, will you talk about yourself?”,  que traducido viene a decir: “Cuando hablas de El Nadador, ¿estarás hablando de ti mismo?”.
  
 Personalmente, encuentro el mejor tramo del relato a partir de que se desencadena la tormenta. Este elemento cargado de simbolismo encuentra una posible traducción como manifestación de la terrible realidad de Ned, que empuja las puertas y ventanas y hace apropiado y urgente cerrarlas para que el recuerdo amenazante no entre en la casa de la memoria. Pero no diría que la tormenta es el punto que marca el antes y el después del viaje. La maestría de Cheever reside en utilizar recursos que funcionan como anuncio de ese punto sin retorno del viaje, la tormenta es uno de ellos, el otro, la pista de caballos descuidada, comprobamos el desconcierto que provoca en él, pero el punto que marca el “no hay” en la cadena de júbilo que reinaba hasta ese momento, el eslabón que falta en ésta y que cambia el tono del viaje es el encuentro con la piscina vacía, la piscina que no tiene agua de la casa que está deshabitada, es la anticipación del vacío que lo espera al final del viaje, esa casa cerrada amenaza con hacer retornar a su recuerdo la imagen de su propia casa cerrada y vacía. Esta imagen es de una crudeza extrema en el film.
  
   A partir de ahí, Ned Merryl ya no levanta cabeza, su despliegue megalómano de tintes legendarios arría sus velas dando paso al pobre loco, y con un aspecto lamentable porque su armazón imaginario poco a poco se le desintegra, la gesta cambia de signo y cobra gravedad, y cubre la longitud de las siguientes piscinas a duras penas, recurriendo a las últimas fuerzas de su cuerpo atlético, que sin embargo no le amparan ante la cada vez más evidente pérdida de la propia identidad.
   
   Es un relato muy rico en la profusión de detalles, desde que comienza hasta que acaba. En ese sentido me hizo acordar de Salinger, que los coloca como si fuesen mojones del camino, indicaciones visibles pero no evidentes, pero sobre todo recordé a Nobokov, para mí como para muchos, el rey del detalle, recomendaba a sus alumnos que acariciasen los detalles, los divinos detalles decía él.
   
   Son muy numerosos en el relato de hoy, pero para mí, desde mi propia locura, hubo una imagen que me cautivó, esa que ocurre cuando abandona la piscina de la amante y una tenaz fragancia otoñal lo embriaga, la que desprenden los crisantemos y caléndulas del jardín que atraviesa. Investigué acerca del simbolismo del crisantemo, seguramente llevado porque esta flor aquí en España está muy asociada con los difuntos, parece que el motivo debemos buscarlo en que su floración coincide con la festividad de Todos los Santos y por ello las vemos depositadas en muchas tumbas. Pero curiosamente no es así en todos lados, y en USA, la patria de Cheever, es significada como alegría, y en Japón llegamos al extremo opuesto de España: además de ser la flor nacional del país, el crisantemo en Japón significa la vida eterna, y les agrego que la caléndula allí, en la cultura oriental se asocia con la longevidad, así que en oriente crisantemo y caléndula comparten simbolismo.
 
  Desconozco si Cheever quiso decirnos algo de este estilo, lo que no caduca, lo que no se deteriora, lo que no muere, a través de una fragancia que envuelve y que es típicamente otoñal, la estación por cierto de la caída de la hoja, la estación de la nostalgia, la de la pena que invade a Ned hasta hacer brotar sus lágrimas al darse cuenta de la ausencia, al tomar conciencia del vacío, de cómo finalmente se impone la brecha que interrumpe una sucesión, y que éstas, sus lágrimas, las hacemos nuestras, cuando en ese pequeño resquicio que fugazmente nos ofrece el muro de la negación, nos introducimos temerosos; para entonces ya resulta inevitable sentir el dolor por lo que hemos perdido. Bueno, tal vez palmear el bronceado trasero de Afrodita ayude a sobrellevarlo.

Alberto Estévez

Repetición, delirio y cordura en El Nadador de John Cheever. Comentario de Miguel Alonso

¿Son las obstinaciones humanas asequibles al sentido común, como dice el relato? ¿Qué hay que entender por sentido común, la banalidad de unos adictos y felices cuerdos que beben demasiado? ¿Por qué una obstinación cobra tanta gravedad que impide la detención o la vuelta atrás? ¿Qué objeto encierra esa obstinación delirante para poder cobrar una fuerza inexorable?

Estamos ante un relato, El nadador, verdaderamente conmovedor, altamente simbólico, y en el que podemos resaltar, sobre todo, cuatro elementos: Las citas continuas con el desencuentro; la objeción radical que se hace a la misma realidad; la desactivación de un valor convencional como es la cordura; y por último, la repetición.

Esta última, como símbolo de los conflictos interiores de Neddy y de la clase social a la que un día perteneció y que hoy representan sus vecinos, sería el elemento transversal, tanto porque está presente a lo largo de todo el texto como por ser el articulador de los otros elementos.

¿Dónde encontramos la repetición?: En las sucesivas piscinas; en el “Bebí demasiado”; y en el nombre de “Lucinda”

Todas estas repeticiones podemos pensarlas con la misma estructura, se insiste sobre algo que se resiste a aparecer. Vemos claramente que en cada repetición se renueva un desencuentro: En cada piscina ese desencuentro se va a ir conformando en forma creciente. El “bebí demasiado” es la resaca que anticipa siempre el malestar de un inmediato desencuentro. Y el nombre de Lucinda, en cada repetición, se hace más evanescente. A todas estas repeticiones podríamos añadir la del tiempo atmosférico, símbolo de un tránsito que es paralelo a las variaciones en el espíritu de Neddy Merril, espíritu que transita desde la bonanza de su delirio, hasta la disolución del mismo en la tormenta más radical de su vacío.

¿Cuáles son las cuestiones que resaltan en el protagonista?

En primer lugar, la forma del delirio: una cierta megalomanía. La idea de sí mismo como una figura legendaria que imita a los exploradores y a los nadadores que cruzan los canales. Delirio megalómano con el que se sostiene en el mundo y ante los otros que, sin embargo, en lugar de acogerlo, no hacen más que recordarle, insistentemente, la verdad –otra de las repeticiones del texto— lo que hay detrás de esa megalomanía, un vacío al que le ayudan a dirigirse de forma inexorable.

En segundo lugar, el nombre de Lucinda se repite continuamente, hasta quince veces a lo largo del texto, incluso para dar nombre al río. De esta manera, simbólicamente, Neddy Merrill, en el acto de arrojarse a cada piscina, en realidad renueva el encuentro con su mujer, encuentro que, cada vez, se va significando como desencuentro, como evanescencia.

Al respecto, llama la atención esa piscina central, vacía e inquietante. La falta de agua no es sólo la decisión de unos dueños que venden la casa, es la falta de Lucinda. Un relato corto, tan lleno de simbolismos como es El nadador, no puede rellenarse con vacíos banales. Esa piscina nos convoca, se nos da a leer como un vacío que impide el encuentro de Neddy con su mujer, y que le impide arrojarse a sus brazos, como es su costumbre. Todo un presentimiento. Es el sinsentido instalado en el mismo centro del relato. A partir de este vacío Lucinda va adquiriendo un tono sombrío. Llega el momento en que la megalomanía de Neddy ya no puede atrapar a su mujer, y acaba sintiéndose desamparado como un niño, ya no se lanza a la piscina, ya no se lanza a los brazos de su mujer y sólo puede nadar como ese niño que chapotea en el agua. Puro desamparo.

A Lucinda, finalmente, sólo le queda tomar el carácter de vacío real, lo cual sucede en la escena final.

En esta escena final aparece una cuestión importante. El relato nos introduce, como lectores, en las mismas leyes que rigen su acción. Cuando acabamos de leer el texto quedamos petrificados ante nuestra imposibilidad para establecer el dibujo del mundo de Neddy Merrill. La verdad tiene estructura de ficción, decía Jacques Lacan, por eso el mismo lector se vuelve loco en el sentido de que aparece ante él una especie de ombligo, de agujero negro que no le permite establecer una realidad concreta. Y esa es la misma locura para nosotros y para Neddy Merrill.

¿Por qué no podemos establecer una realidad concreta? Me surgen las siguientes preguntas: ¿Existe Lucinda? ¿Podemos fijar espacios y tiempos en el relato? ¿Estaba realmente Lucinda en ese comienzo del que parte Neddy Merrill? ¿Podemos fijar ese mismo comienzo como verdadero? ¿Es verano, es otoño? Las constelaciones de Andrómeda, Cefo y Casiopea, las carquesias y fragancias otoñales, así como las hojas que caen o la leña que se quema, parecen indicarnos que estamos en un tiempo otoñal, sin embargo, Neddy Merrill parece sentir que su tiempo es el verano de los días largos y calurosos.

El encuentro final con su casa vacía resignifica todo el relato, no permitiéndonos responder con seguridad a esas preguntas, o al menos no pudiendo construir más que especulaciones. Tiempo, espacio y realidad son ambigüedades que no permiten escribir ninguna realidad concreta. Salvo ligeros retazos e insinuaciones, toda realidad se sustrae y quedamos a merced de los mismos sentimientos que van, poco a poco, acosando a Merrill. Es la ficción situando una verdad, el vacío de la locura, tanto en el protagonista como en nosotros mismos

Por lo tanto, en toda esa precariedad de lo humano encarnada por Neddy Merrill, en su imposibilidad de volver atrás, hay más relación con la verdad que en toda la cordura de los juegos sociales, festivos, y en toda la repetición de “Bebí demasiado”. Si Neddy Merrill remonta un río delirante de amor, los felices cuerdos que son sus vecinos remontan ríos delirantes de banalidad que ni siquiera rozan la verdad. Comparamos así dos delirios, el de la locura y el de la cordura. ¿No es delirio el de esos adictos cuerdos? Quizá ellos no lo sepan, pero no hacen otra cosa que sostenerse, así mismo, en la repetición de otro goce sin objeto, eso sí, inscrito convencionalmente como cordura, algo más apto para lo social que la locura de Neddy.

La enseñanza que se podría sacar de este relato podría ser la siguiente: Si la cordura repite un delirio que cree comprender el mundo, pero que en realidad no tiene objeto, la locura de Neddy, por el contrario, no comprende, pero expresa el mismo mundo. Nos dice que el trayecto incesante hacia la nada no se sostiene más que en cualquier delirio repetitivo, en su caso un delirio amoroso, en el otro caso un delirio de banalidad llamado cordura.

Por eso el relato de John Cheever me parece un buen ejemplo para comprender la crueldad, o bien la ignorancia, de aquellos que desprecian el delirio y quieren introducir al loco en el sentido común, en la cordura. De esa manera, y en nombre de lo que llaman verdad, procuran disolver el delirio mostrando al “loco” su engaño. En El nadador, todos parecen confabulados para hacerle ver la realidad que el delirio oculta, lo cual sólo puede conducir a Neddy al mayor de los desastres. Se podría pensar, incluso, por las consecuencias que acabamos de ver, que el delirio puede ser el mejor de los sentidos, la mejor defensa para sostener a un sujeto en la vida, mientras que el sentido común llamado cordura, y que dice hablar en nombre de la verdad, puede llegar a ser lo peor, aquello que acaba destruyendo una vida.


Miguel Ángel Alonso

jueves, 15 de diciembre de 2011

Gustavo Dessal comenta el cuento de John Cheever, El Nadador

Hay un cuento de John Cheever que se titula “¡Oh, juventud y belleza!”, en el que el protagonista, un tal Cash Bentley -un hombre al quenada le ha ido demasiado bien en la vida- quiere demostrarle a todos, y en especial a sí mismo, que las cosas van bien. Para ello, al final de cada reunión social en su casa repite un espectáculo que lo ha hecho famoso, y que consiste en poner en fila todos los muebles del salón e iniciar una carrera con salto de obstáculos. Año tras año, los problemas se van sumando, pero Cash es incombustible. No hay reunión en la que no siga causando la admiración de su auditorio con esa curiosa demostración de fuerza y juventud. Pero una nochealgo sale mal, y en el último salto resbala y se rompe una pierna. Un accidente sin demasiada importancia, pero que cambiará todo para él. Tendrá que aceptarlo, tendrá que asumir que no podrá volver a montar su numerito, pero Cash Bentley no es precisamente esa clase de persona capaz de reconocer las limitaciones de la realidad, ni el devenir del tiempo, ni el menguar de las fuerzas, ni el ineludible llamado de la muerte. Cash Bentley va a pagar muy cara su obstinada decisión de no querer saber sobre todo eso.

Neddy Merrill pertenece a esa misma raza de hombres, la de los Bentleys, hombres dispuestos a desafiar las leyes implacables de la realidad llevando a cabo una hazaña. Pero esa hazaña, lejos de constituir una prueba de superación impulsada por el reconocimiento de las carencias e infortunios de la vida, es en estos casos una carrera ciega hacia la nada, un salto vertiginoso y desesperado en el vacío. Porque el viaje de Neddy Merrill (con ese apellido que no por casualidad es casi idéntico al adjetivo “merry”, que en inglés significa “alegre”, “feliz”, “festivo”) es indudablemente una hazaña, el esfuerzo supremo de escapar al destino. Ha sucedido algo terrible, algo inconmensurable que se deja entrever. Ned, como el salmón, quiere volver al punto de partida, al punto cero, quiere remontar el río de la vida, empezar de nuevo. Ese sobrehumano esfuerzo por olvidar, esa férrea voluntad amnésica, requiere un método, un procedimiento: pasar al costado de los acontecimientos, rodearlos, bordearlos, atravesar los pedazos, los trozos de la existencia rota, deslizarse a contrapelo de la catástrofe, y nada mejor que viajar a través de las piscinas.

¿Por qué laspiscinas? John Cheever es el escritor americano que mejor ha sabido retratar la decadencia de una clase social que, por sobre todas las cosas, procuró mantenerse a flote en las traicioneras aguas de las apariencias. Cheever describe con extrema y sutil minuciosidad ese mundo atroz donde la vida es a cada instante un espectáculo mortal, un circo en el que los espectadores van a gozar viendo cómo una nueva víctima es engullida por el sumidero, mientras todos aguantan la respiración, se compadecen del pobre infeliz, y para sus adentros hacen cábalas sobre quién será el próximo en caer.

La piscina, la célebre piscina americana, es el símbolo perfecto, el espejo del alma de una clase, el reflejo de una buena familia. Para que luzca, hay que mantenerla limpia, quitarle las hojas, disimular sus impurezas, lograr que el líquido parezca claro y brillante.

La piscina y la copa de gin. La copa de gin es una variedad de la piscina, una piscina minúscula. Remojarse en ella es también sumergirse en el elixir de la juventud, porque la juventud -como el alcohol- es un ingrediente fundamental en la receta del olvido. Por eso Ned Merrill, nuestro pequeño Ulises, el héroe de Bullet Park (ese área residencial que constituye el mundo en el que sobrenadan muchos de los personajes de John Cheever) no sale jamás del agua usando la escalerilla, sino que se alza sobre el borde con su propio impulso, un gesto en apariencia trivial, pero que tiene toda su importancia, porque de lo que se trata es de plantarle cara al tiempo, de mostrarse joven y fuerte, incluso atlético.

“¿Estaba perdiendo la memoria y quizá su talento para disimular los hechos dolorosos lo inducía a olvidar que había vendido la casa, que sus hijas estaban en dificultades, y que su amigo había estado enfermo?” Neddie no parece guardar ningún recuerdo de todo aquello, y en su singular peripecia observa su propia vida como si fuera la de otro, extrañado de encontrar un paisaje cada vez más ensombrecido por la ausencia, por el sol que se apaga, por la luz que se extingue, por el calor que escapa de su cuerpo junto con las últimas y obstinadas fuerzas. Al parecer, a alguien le ha ocurrido algo no muy bueno. Pero, ¿a quién? ¿A él? Las voces, ¿a quién señalan? ¿De quién hablan? ¿Y por qué, cuando al borde de la extenuación consigue llegar por fin a casa, no hay nadie para recibirlo? ¿No será que esa oscuridad y ese frío, esa desnudez despojada de la última capa de denodado optimismo, nos quieren dar a entender que en verdad Ned Merrill ya está muerto, solo que hace tanto tiempo de eso que él mismo ha acabado por olvidarlo?

Gustavo Dessal

Aire, agua, tierra y fuego en El Nadador de John Cheever. Comentario de María José Martínez Sánchez.

¿Qué hacían Ned Merrill y su mujer, Lucinda, viviendo con excesiva familiaridad en casa de sus parientes los Westerhazy?

Eso es lo que nos preguntamos hoy al leer este relato, representante fiel de la locura, para intentar comprender lo que le había sucedido al bueno de Ned. Y digo excesiva familiaridad, porque eso es lo que demuestra deslizándose por su baranda y palmeando el trasero de bronce de Afrodita, mientras se dirige a su comedor para desayunar, ya que, según parece, vivían ahí y Ned estaba tan contento. Y esto es lo que quiere aclararnos, el gran John Cheerver, en este cuento hecho al parecer cuando toda la burguesía adinerada se disponía a gozar del venturoso sueño americano. Así había avanzado la economía, aprovechando la investigación de la industria bélica, pero ninguno de los personajes de esta historia parecen recordar nada de eso, sino que sólo quieren disfrutar del buen nivel de vida que habían conseguido y todo con alcohol, mucho alcohol. El tema del alcohol fue uno de los que Cheever manejó para retratar aquella sociedad, y por eso empieza el cuento con la frase que todos pronunciaban en la mañana de un domingo de verano: “Anoche bebí demasiado”.

La historia de Ned empieza a contarse cuando éste le dice a su mujer que va a volver a casa nadando. Pero él estaba en casa de los Westerazy con su barandilla y su café, y luego nos enteramos que su propia casa está a trece kilómetros hacia el sur. Así es cómo empezamos a comprender su estado mental y algo de su historia, de la que Cheever solamente nos dirá, o bien cosas desperdigadas o detalles atribuidos a otros. Y en este sentido, lo primero que nos sorprende es el hecho de que su mujer, figura que está totalmente desdibujada, a la vista de ese anuncio, tan absurdo, ni le contesta, ni le disuade, ni aporta nada a esa extraña decisión de su marido.

Ned comienza su proyecto, y nadie parece asombrarse. Sus primeros vecinos tampoco le disuaden, porque son unos amigos superficiales con alguno de los cuales no parece relacionarse demasiado bien, tal vez por no tener igual nivel de vida. Pero ¿y él? ¿Quien es ese hombre que decide irse a su casa nadando en una suerte de esfuerzo épico, como un auténtico héroe americano, sin variar la forma de desplazarse en ningún momento? Él no es tonto, nos dice Cheever, tal vez original, pero tenía la modesta idea de sí mismo como la de una figura legendaria a la que nadar largo rato podía ensanchar y exaltar su belleza, a la vez que recuperaría una antigua condición natural, pues él hubiera deseado nadar desnudo. Y así, intentando recuperar la condición de un hermoso Adán, es como tenemos a nuestro hombre respirando profundamente, como si pudiese absorber con sus pulmones la intensidad de su propio placer, tirándose luego de cabeza a la piscina, porque él es todo un hombre. Curioso.

Ned ha respirado el aire profundamente, se siente lleno de vida y ya está en el agua. Y ya tenemos junto a él, dos de los cuatro elementos que los griegos consideraron constitutivos de la Naturaleza: El aire y el agua. El agua que limpia, y el aire que llena sus pulmones de una condición ancestral y natural. Ned, decide salvarse por el agua, porque él era poderoso, nada lo limitaba, y ese era su delirio. Y con esa idea legendaria va a nadar y a recuperar su belleza primigenia, pero lo hace yéndose tan atrás en el tiempo, tanto, como para adquirir la triste miopía que le impedirá ver la rara y dura realidad actual, en la que ni su mujer le ayuda a estar, ni nadie le ayuda a ver. Pasarán varias piscinas más y lo veremos lleno de la complacencia y el afecto del que él mismo disfruta viendo el bienestar de los otros, porque en realidad, todo le complacía, o sea que se conforma con nada y se complace con todo. Y así es como nada, hasta llegar a una casa abandonada en donde la gravilla suelta empieza a incomodarle. Y esa gravilla es la tierra, otro de los elementos básicos que Cheever nos señala sutilmente en el relato, la tierra, el único elemento que le molesta, hasta que el cielo se ensombrece, y a continuación se oye el ruido del trueno.

A mitad de ese viaje simbólico, al final de esa tarde que empieza a ser otoñal, es cuando Cheever nos dice que él empieza a percibir algo. Y entonces el autor nos pregunta a nosotros ¿por qué le agradaban las tormentas? ¿Por qué el sonido de un viento de tormenta le sugiere alegría y buen ánimo? Y aquí aparece el cuarto elemento, el fuego, pero en forma de rayos que están a punto de caer hasta la tierra, pero que en el relato caen lejos y sólo los delata el sonido del trueno. Y este sonido revelador del rayo le gusta, y él empieza a actuar, a cerrar ventanas, a oír lo que él necesita urgentemente que ocurra, pero que sólo son amagos, anuncios, porque nada llega a suceder, porque los rayos y el posible fuego purificador no llegan a la tierra cercana, sino que caen lejos. Y así fue que la tormenta se resolvió en agua. De nuevo tenemos el agua, no el fuego purificador y símbolo de la pasión que debería llegar hasta su tierra y nutrirlo, para hacerla más madre, mas alimenticia, sino agua, sólo agua. Ned nos cuenta entonces la rarísima realidad que ve a su alrededor, un enano con flores envueltas en un diario, un camarero disimulado y una mujer llorando. Pero cuando tiene que cruzar la carretera llena de coches, cosa normal en ese lugar, cuando ha de tener los pies en la tierra, el autor nos dice que no estaba preparado para eso.

Y tal vez el trueno rellena silencios, porque en el relato la familia no le habla, su mujer no le habla. Pero ¿sabemos, acaso, sobre qué y desde cuándo se había producido ese silencio? No, Cheever todavía no nos ha dicho nada ni de la causa ni del cuándo, porque si la lluvia flagelaba los farolillos que la señora Levy había comprado en Kioto, ¿cuando había sido eso? Él no recordaba nada, ni si los Lindley habían vendido sus caballos, ni dónde estaban sus hijas, ni nada. Y el autor nos dice que la lluvia había refrescado el aire, había pasado la tormenta, él temblaba de frío y de pronto empezó a oscurecer y curiosamente, él, empezó a recuperar la luz, cuando vio que otros parecían haber fracasado y otros tienen puesta su casa en venta. ¿Le estaba fallando la memoria o era la represión de los hechos ingratos la que había deteriorado su propio sentido de la verdad? Él oyó a lo lejos el bote inconfundible de una pelota de tenis sobre la tierra, lujo amortiguador del drama de su vida, y de nuevo eso le hizo sentir mejor, más complacido. Y entonces volvió a mirar con indiferencia el cielo nublado que ahora ya no parece gustarle. Este es el momento del ver y no ver, del quiero saber y ya no quiero, de el sí pero no, el medio camino, la indecisión para intentar ver y entender lo que le estaba pasando. Pero no retrocede.

Tenemos que llegar a la página seis, para encontrar la palabra “loco” en el relato. Y yo me pregunto en qué momento de la vida decidió este hombre ignorar todo o, bien, en esa tarde paralela, en qué momento esa pirueta de su vida había cobrado gravedad, y este momento es, cuando él ya había recorrido en su vida, y en la tarde, una distancia que imposibilitaba su regreso, y además, cuando ya lleva un tiempo sin probar el alcohol. No nos olvidemos de ese alcohol que le impedía ver la realidad pero que le procuraba no salir del sueño y de su bienestar. Y sigue corriendo riesgos, cruzando carreteras y nadando en una piscina pública muy poco agradable, porque no ve ninguna de las señales que la realidad va poniendo en su camino. Ned no estaba preparado para luchar por lo real. Había huido de la realidad porque le habría parecido fea y no la querría ver. Y empieza a sentir frío.

No sabemos si Jonh Cheever nos quiere hablar de la locura del protagonista, o si nos quiere hablar de aquel segmento de la sociedad norteamericana. En ningún momento nos dice nada sobre la cultura, ni sobre los conocimientos científicos, ni sobre los estudios de los hijos, ni sobre los demás gustos de la gente de aquel largo recodo de costa rocosa donde se hacen pozos artesianos y desde donde se divisan los barcos y mar, si es que tenían otros gustos. Nada. Solamente se nos cuenta el disfrute de un bienestar y de unas vidas que no sabemos si quieren tapar algo con el alcohol que los reanima, o si el mismo whisky que circula por sus venas forma parte del disfrute. O ambas cosas a la vez, lo más probable.

Y llegamos así a la charla con los Halloran, los falsos comunistas, los nudistas que quieren acercarse así a lo más auténtico de la vida. Y cuando la señora Halloran le dice que lamenta sus desgracias, él responde que no sabe a qué se refiere.

Pero lo más revelador me parece ser cuando en casa de su amigo Eric, ve que éste tiene un vientre operado del que ha desaparecido el ombligo, porque, ¿qué puede hacer a las tres de la madrugada la mano errabunda que pone a prueba nuestras cualidades amatorias en un vientre desposeído del nexo de su nacimiento? ¿Qué se podía hacer con esa brecha en la sucesión? Porque si la unión con la madre es inexistente, ya no hay nada que hacer. Eso es lo que se nos dice, y tal vez este sea el meollo de la cuestión, la forma en que Cheever nos da la calve de la génesis de la locura de este hombre vacío, sin nexo con la vida, sin historia previa, sin anclaje afectivo alguno, al que su mujer ya casi no le habla. No olvidemos que, además del tema del alcohol, las relaciones frustradas es otro de los temas recurrentes del autor. Y tal vez ahí encaje lo de su amante que nos dicen que él mismo dejó, “porque era quien tenía la ventaja”. O sea que se permitía despreciar y disponer del afecto de los demás. Tal vez fuese así. La sociedad que lo rodea es indiferente y fría; deja que un camarero lo trate sin consideración y alguien comenta que ellos se habían arruinado de la noche a la mañana, que ya no tienen más que lo que ganan, y que en alguna ocasión él apareció borracho en casa de un vecino pidiendo dinero. Hasta su amante nos lo dice, ¿pero cuando fue eso de su amante? Él tampoco lo recuerda. Ya estamos en la antepenúltima piscina y se nos dice que el combate sexual, que no el amor, era el gran anestésico, la píldora de vivo color que ahora sabemos que, sin el nexo anatómico del ombligo, él ya no tiene. Ni el combate ni el amor.

El tiempo real de una tarde de verano nos ha dado un resumen de una vida, un recorrido lleno de personajes fantasmagóricos, de vecinos que parecen figurantes y comprobar, cómo el esfuerzo aquel por mantenerse a flote, al margen de la dura realidad, no le había servido para nada, porque había recorrido a nado el condado, pero estaba tan aturdido con el agotamiento, que no veía claro su propio triunfo.

Este es el drama de no darse cuenta de nada, pero tener que pagar las consecuencias porque la vida ha pasado factura, sobre todo al final, cuándo nuestro héroe se mancha las manos con el óxido de un picaporte inútilizado hacía ya mucho tiempo.

Y vio que, al igual que su vida, todo aquel lugar estaba vacío.

Y así acaba este increíble relato en el que todo puede parecer normal, sobre todo al principio, pero que tiene una carga tan grande de irrealidad, que da miedo, hasta llegar a ese final, tan dramático, que pienso nos ha sobrecogido a todos.

Mª José Martínez Sánchez

El Nadador de John Cheever. Comentario de Silvia

Una de las cuestiones que me asombró en el relato es la falta de conexión con los primeros vecinos, en el sentido de que en ningún momento aparece una conversación con ellos. Encontramos solamente a una de las mujeres que lo saluda cuando llega a una de las piscinas, pero inmediatamente se marcha para recibir a un grupo de amigos que vienen en coche. Es el momento en que Neddy aprovecha para marcharse. Es decir, en toda la primera parte del cuento, aunque va atravesando piscinas de forma continua, algunas llenas de gente, no hay conversaciones con los inquilinos.

Me pregunto si eso tendrá que ver con el hecho de que Neddy sea un clochard, un personaje que vive en la calle. ¿Dónde vive Neddy? Quizá sea un clochard que, de repente, inventa este delirio que va paseando por el cordón umbilical, podríamos decir, o por la relación con su mujer. El delirio lo disuelven los vecinos, pero el comienzo, y toda la primera parte, resultan desconcertantes. Aparentemente va relacionándose con mucha gente, pero, en realidad, no se relaciona con nadie, ni siquiera con la persona que está nadando en la piscina, a la cual esquiva.

Yo leí el relato prestando atención a los pequeños detalles, para tratar de entender de dónde salía este hombre. Porque lo que cuenta de su casa no existe. Pero entonces, ¿dónde vive Neddy?

Silvia

El Nadador de John Cheever. Un viaje exterior e interior. Por Graciela Sobral

Me gustó la matización que se hizo en el comentario de Alberto Estévez sobre la diferenciación entre locura con mayúscula o con minúscula. Porque no estamos ante una locura con mayúscula, sino ante una locura con minúscula.

Y como sé que hay una película sobre este cuento, quiero decir que yo lo filmaría como una ciencia-ficción subjetiva. Porque el de Neddy es un viaje en un tiempo interior y en uno exterior. En el tiempo exterior es el Otro el que va diciendo quién es. Porque el relato parece una fantasía en la que no se puede establecer cuál es la realidad, qué realidad tienen los personajes, si están vivos, si están muertos, si están delirando. Un hombre emprende un viaje que no se sabe qué tipo de viaje es

Pero hay otro viaje dentro de ese viaje. A mitad de camino ese viaje cambia y Neddy se encuentra con otro paisaje, un vaciamiento. Si primero hay una fiesta donde es acogido, donde lo tratan bien, luego comienza una especie de decadencia, de vaciamiento, cuyo paradigma sería la piscina vacía. Es un paisaje que parece más propio de su verdadera vida, el que da una idea más fiel de Neddy.

Es por tanto un viaje con un corte evidente, un corte que le muestra su soledad. Y creo que es un hombre que no quiere saber de su propio horror, pero se encamina en la búsqueda de ese horror para, finalmente, encontrarlo. En realidad, Neddy no recorre piscinas. En las piscinas caseras se recorre el trayecto en diez brazadas, sin embargo su viaje es extenuante. Es como que estuviese recorriendo otro tipo de distancias, no la que hay entre un borde y otro de la piscina. Neddy está haciendo un viaje interior para encontrarse con su vacío. Me evoca el Retrato de Dorian Gray. Sale de un mundo fantástico, divino, apolíneo, y se encuentra con la destrucción total. Es como en El retrato, ese rostro destruido, donde no queda nada.

Graciela Sobral

El Nadador de John Cheever. Comentario de Miriam Chorne

La primera idea que quería comentarles retoma algo que ya se comentó, la pregunta sobre si los obstinados son accesibles al sentido común. Por esa vía, aunque no es algo idéntico, Neddy me hacía acordar a Bartleby, el personaje de “preferiría no hacerlo”, en el sentido de que estamos ante una obstinación que lleva a lo peor. Él no puede volverse en su recorrido. Suponiendo un plano realista, volverse podría ser una solución, pero no puede hacerlo, tiene que llegar a la extenuación y al horror de esa casa en la que se enfrenta con la pérdida, una pérdida que no sabemos concretar. Y en este ámbito, la cuestión del tiempo me parece importante, pues nos encontramos con el camino de la vida expresado en un solo día.El cuento, por otra parte, me parece de una actualidad impresionante. Estamos en una sociedad, la actual, donde ocurre algo parecido a lo que leemos en El nadador. La sociedad actual disfruta mientras el pobre desgraciado cae. Gran parte de las películas americanas del 2010, tratan del tema de las hipotecas, la pérdida del trabajo, de lo que eso significa para las vidas.

Y al respecto de lo actual que resulta el cuento quiero resaltar un hecho. Ni siquiera todos están en la bebida, sino que todos están en la resaca del día después, y eso es muy importante en función a esta época de crisis que nos toca vivir. Porque esta es la resaca del capitalismo desenfrenado muy bien aplicable al relato de Cheever.

Y pensaba que, en un sentido, es un cuento posmoderno. Porque la modernidad, en primer lugar, volvió a poner en juego una idea de individualidad propia del romanticismo, una reivindicación de la individualidad genial. En este cuento, en la primera parte, hay una reivindicación en eso que Luis Seguí, en su intervención, llamaba apolíneo, pero que más que apolíneo es ser original. Anoto algunas palabras: figura legendaria, original, tener un destino. Serían figuras de esa individualidad genial.

Miriam Chorne

El Nadador de John Cheever. La locura de todos. Comentario de Graciela Kasanetz

Desde el principio me llamó la atención ese paralelo entre el nombre del río y el de la mujer de Neddy. Y Lucinda es un río que, efectivamente, existe. Yo también pienso que si algo podía mantenerle a flote era el reencuentro con el cauce del río, reencuentro que lo es con su mujer. Es verdad que apenas no hay diálogos en este cuento, pero quienes le dirigen la palabra son sólo mujeres. Me venía a la mente el poema de Miguel Hernández, llegó con tres heridas, la del amor, la de la muerte, la de la vida. Coincido con que, tal vez, esta es la locura de todos, y no la locura de un delirio. El empecinamiento en algo loco, de lo que uno siente que no se puede bajar, aunque sea absolutamente insensato. Incluso, en uno de los párrafos dice que había recorrido la distancia que le impedía volver atrás. Se preguntaba por qué no lo hacía si no había prometido nada a nadie, sin embargo, estaba comprometido con su propia imagen, y eso lo devoraba.

Respecto a la cuestión que plantea Silvia en su comentario, de si era un clochard, en el sentido laxo y en el sentido metafórico, yo respondería: como todos nosotros.

El relato me parece una crítica social magistral, porque va escalonando cuál es el descenso social, incluso al llegar a la piscina pública, es alguien sin identidad, porque en las otras piscinas, él está identificado como lo que fue y ahora ya no es. Nos va contando como él y su mujer, no sólo formaban parte de esta clase, sino que eran de los que estaban más altos, porque los otros los invitaban con semanas de anticipación y con frecuencia a sus fiestas, pero ellos no se dignaban a ir. Y cuando llega a la casa no hay nadie, era domingo, como tantos otros domingos en los que se querrían quedar solos en familia. Lo único que podemos abrochar es que, ese sí era un lugar de alojamiento para él, su mujer, este río Lucinda al que de manera obstinada quiere hacer existir.

Y planteando el tema que sugiere Miriam Chorne en su comentario, podemos hablar de la actualidad del relato de Cheever, podríamos hablar incluso de la burbuja inmobiliaria, porque estamos ante propiedades que se van sucediendo, y se van poniendo los escalones que hay para bajar. La casa en venta, porque Neddy ve, en primer lugar, una casa en venta, pero es de otros, allí donde estaban los caballos no hay nada. Es decir, muestra los escalones que todos pueden ir bajando, el desprecio que ellos tenían por las invitaciones de los demás, ahora ya directamente ni son invitados, ni Neddy es bienvenido, incluso es despreciado por el camarero.Hay algo que me llama mucho la atención y no termino de entender, pero debe tener algún sentido. Gustavo menciona incluso un tiempo, que puede ser el de la muerte. Yo también me preguntaba si Neddy estaba vivo o muerto. Puede decirse que su cuerpo va muriendo, los brazos quedan inertes, el frío entra en su cuerpo, y finalmente está desnudo a la vista de todos, una desnudez vergonzante, no elegida.

El título del relato me parece genial. ¿Cómo mantenerse a flote? ¿Cómo seguir nadando cuando pasa todo esto? Pensaba que él va quedándose sin un lugar donde habitar hasta que, finalmente, se queda, también él, sin su casa.

Nosotros sabemos que el único amparo que nos acoge ante el desamparo de la vida, es el alojamiento que podemos encontrar en el Otro, un alojamiento al que también hay que consentir. Y el universo imaginario en el que se alojaba Neddy, de repente lo desaloja a él, pero todos parecen en trance de ser desalojados.

En este punto evoqué la cuestión del trabajo y de Las amistades peligrosas, donde nadie trabaja. Todo transcurre entre el jolgorio, las envidias, pero nadie vive de su trabajo. Aquí parece que también es mal considerado vivir del trabajo.

Y en cuanto a la locura, no me resuena más en este cuento que en otros. Precisamente, creo que esta es una locura que nos toca a todos, una insensatez en la que, tanto individual como socialmente, podemos caer, incluso creo que estamos embarcados en ella. Se trataría, en tal caso, de ver cómo nadamos, qué corriente de río construimos, porque nadar de piscina en piscina no va a construir ningún río nuevo. Creo que, tal vez se trate de construir algún tipo de río navegable.

Graciela Kasanetz

Lo biográfico en John Cheever. Comentario de Carmen Peces en la tertulia sobre El Nadador.

Me parece que la maestría en la forma de narrar de Cheever es que todos sus cuentos se prestan a una gran cantidad de lecturas, y este en particular. Al hilo de lo que se preguntaba Silvia al comienzo de la tertulia, sobre cuándo lo había escrito, hay que decir que Cheever lo publica en el New Yorker en el año 1964. Y es curioso, pese a que tenía cierta facilidad para escribir sus cuentos, sobre éste comentaba que le llevó mucho tiempo. Tanto tiempo para quince páginas. O sea, un cuento que, de alguna manera, tenía mucho de él, como pasa siempre. En otros de sus cuentos encontramos la cuestión del alcoholismo. En este surgen preguntas como las siguientes: ¿será un mendigo?, ¿será un loco? Se pueden conjeturar muchas variables. Creo que hay algo biográfico en sus cuentos. Si hacemos abstracción, la cuestión del ascenso y la caída del personaje destaca en todos.

Comparto que se trata de la locura de muchos. Porque hay una cosa interesante. Cuando se zambulle por vez primera, dice el narrador, sentía un inexplicable desprecio hacia los hombres que no se arrojaban a la piscina. Eso, en la vida cotidiana, tiene el significado del que no mira las consecuencias de sus actos. Es lanzarse sin pensar demasiado. Hay algo que tiene que ver con operaciones, con actos del sujeto que implican un riesgo sin medir las consecuencias. Alberto decía algo en relación a la ruina económica y subjetiva. Yo antepondría la ruina subjetiva que lo aboca, si nos ponemos en la realidad del cuento, aunque está lleno de símbolos y metáforas, a la ruina económica. Podemos pensar que es un tipo que pertenece a la alta sociedad si atendemos a la piscina del principio, a las copas, a los Martini. Pero se acaba arruinando, es lo que dicen los comentarios que se hacen a sus espaldas. Neddy puede ser alguien que se lanza a la piscina, en relación a esas operaciones de riesgo en la vida que todos conocemos, pero que acaban arruinándolo.

Carmen Peces

Lo universal en El Nadador de John Cheever. Comentario de Mónica Unterberger

Estamos ante un ejemplo claro de la enormidad del escritor. Me parece que lo que decía Miriam en relación con la actualidad, tiene que ver con lo universal que este autor es capaz de mostrar. Y quizá el trabajo y el tiempo que le costó escribir el relato, se puede considerar en relación al trayecto que hace, desde lo más entero del comienzo, hacia lo más fragmentado del final. Es un enorme recorrido en muy breves páginas, un recorrido de lo que se tiene a lo que no se tiene, no se posee, no se reconoce.

En ese sentido, me parece que el relato tiene mucho que ver con el tema que nos convoca, la locura. Y comparto la apreciación de que estamos ante una locura ordinaria, en el sentido que nos puede tocar a todos, estar en un lugar y luego pasar a otro. Y no es necesario estar absolutamente loco, sino que hay encuentros en la vida que llevan a ese punto de desconocimiento, aunque sea transitorio.

Y la convocatoria de la locura estaba bien indicada también por la cuestión de la temporalidad que tiene el cuento. Esa temporalidad me parece que apunta bastante bien al enrarecimiento que producen esos momentos en los que se rompe la cotidianeidad y el sentimiento de realidad que la acompaña.
Este sería el aspecto universal que hay que resaltar, estamos ante una circunstancia que nos puede suceder, que nos puede tocar a todos, que en algunos casos tendrá más o menos incidencia, pero nadie puede esquivar esos momentos de falta de ubicación en la vida.

Mónica Unterberger

Un sueño. Comentario de Graciela Amorín sobre el cuento de John Cheever, El nadador

Me resultó evidente cuando leí el relato, y sobre todo leyendo una reseña de la traducción al castellano de los cuentos completos, que Cheever le daba mucha importancia a los sueños. Y cuando se habla de la locura de todos, me da la impresión de que estáis hablando de que todos soñamos. Porque me quedó la idea de que el relato tiene toda la estructura de un sueño que al final se trasforma en una pesadilla, de la que uno se despierta cuando culmina el sueño. Toda la secuencia es como la de esos sueños en los que uno va buscando algo, experiencia tras experiencia, y en los que la contracción del tiempo es la que se da en los sueños, en una noche recorrió años. Me da la impresión de que este relato puede ser un sueño de Cheever, un sueño en el que va creciendo la angustia, lo cual hace que ese sueño no sirva para seguir siendo soñado, para seguir durmiendo y, finalmente, uno se despierta.

Graciela Amorín

Los diferentes franqueamientos en El Nadador de John Cheever. Por Gustavo Dessal

Hay una escena impresionante en el cuento. Se corresponde con los distintos momentos de franqueamiento. El relato no transita en una línea continua, por el contrario, entra y sale todo el tiempo en una sucesión de diferentes franqueamientos. Pero hay uno fundamental de distinto carácter que los demás. Es cuando tiene que cruzar la carretera. Él sabe que ese momento iba a llegar. De todo el cálculo mental que había hecho sobre el recorrido, sabía que había un momento en el que se iba a producir un tiempo máximo de exposición, donde iba a quedar a merced del desamparo más absoluto. Neddy no puede cruzar la carretera, le tiran cosas, es objeto de burla y escarnio, es uno de los momentos en que todo cambia para él, lo que anuncia su caída, y queda con los restos. Es interesante, en ese momento consigue atravesar hacia la otra mitad porque un camionero, en otra traducción un viejecito, de otra clase social que no es la suya, se apiada de él y lo deja pasar. Me parece un detalle magistral.

Gustavo Dessal

Última cuestión suscitada en la tertulia sobre El nadador, de John Cheever

¿Cuál es la diferencia entre cordura y locura? Estamos dando por hecho que los que le están diciendo cómo tiene que comportarse Neddy, son los cuerdos. Y quizá no lo sean. ¿Realmente este hombre está desarrollando una locura o se la estamos haciendo ver?

Lo que se dio por sentado en la tertulia es que en Neddy hay algo de una locura generalizada. Nadie podría levantar la mano diciendo que está a salvo de la locura y nombrar al otro como loco. Todo ser puede caer en ella.

Es por ello que en el comienzo de la tertulia se cuestionaba la misma realidad, porque, efectivamente, ¿cuál es la realidad en la que uno puede asegurar que está la cordura y en otra realidad la locura. Es difícil establecerlo. Graciela Kasanetz hablaba de construir algún tipo de río navegable. De alguna forma, todos estamos compelidos a construir algo en lo que podamos estar más o menos asentados. Quizá, la sutil diferencia entre locura y cordura se pueda establecer por cierta distancia que uno pueda tomar respecto a esa ruina a la que llega el protagonista. Es lo que puede hacer decir a alguien que el piso sobre el que se sostiene es más consistente que otro, pero, a fin de cuenta, todos estamos marcados por lo mismo. Cualquier realidad no hace sino ceñir un abismo al que todos estamos expuestos. Por lo tanto, como decíamos poco más arriba, quizá la distancia que podamos establecer con ese abismo sea lo que nos permita decir, ni siquiera “Yo soy cuerdo”, sino tan sólo “yo estoy cuerdo”. Pero tampoco con la boca muy grande.

Liter-a-tulia

viernes, 18 de noviembre de 2011

Rosa López abre la segunda reunión de LITER-a-TULIA dedicada al odio a través del relato "Confesión encontrada en una prisión en la época de Carlos II"


Quiero comenzar subrayando lo extraordinario de la posición existencial desde la que habla el protagonista, todavía entre los vivos, pero a punto de entrar en el mundo de los muertos. Esa extraña zona entre la vida y la muerte, que hace que el sujeto tome la palabra para confesar “Toda la verdad”, eso que se pide en los juicios cuando se obliga a jurar sobre la Biblia que se va a decir: la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Solo que la verdad no puede decirse toda, aún cuando esta sea la intención de un sujeto, que por otra parte ya no tiene nada que perder. No puede decirse toda, ni puede decirse nada más que la verdad depurada completamente de la dimensión del engaño. La verdad es mentirosa y parcial por estructura. Seremos los lectores quienes recibamos esta confesión y tratemos de comprender algo más con los pocos, pero esenciales, elementos que nos ofrece el relato.
Tenemos al protagonista que se define como un hombre cobarde, desconfiado y hosco y tenemos al hermano, quien, por el contrario, atesora las virtudes que al él le faltan: generoso, viril, de buen corazón, más guapo, vital y sobre todo amado. Ambos hermanos son de naturaleza tan diferente que el mensaje que los otros le transmiten  al protagonista cuando le conocen es que no se puede comprender cómo tienen tan pocos puntos en común. La comparación siempre es odiosa, sobre todo cuando uno sale tan mal parado frente a la imagen del otro. El hermano encarna el ideal masculino, mientras que él es un ser despreciable que nos confiesa, de entrada, dos sentimientos: la indiferencia ante la muerte del hermano, probablemente tan deseada, y esa enconada envidia que siempre sintió en su corazón.  Creo que tenemos aquí la clave de todo el drama. De la envidia feroz en la infancia, pasando por el deseo de muerte del otro, hasta llegar al odio, que es el tema de esta reunión.
Tanto la filosofía como el psicoanalisis se han preguntado cuál es el sentimiento más arcaico del ser humano, si el amor o el odio, llegando a la conclusión de que primero es el odio y después el amor. Para el psicoanalisis el odio es precursor del amor y constituye el vinculo primario con los otros. Más precisamente, lo que se comprueba  a través de la clinica, es que el origen de las relaciones sociales se encuentra en los celos con el hermano. En la fraternidad se dará el amor, sin duda, pero son los celos los que constituyen el pivote al rededor del cual se conforma el destino de cada sujeto en el registro de lo social. El reconocimiento en la infancia de la existencia del hermano produce un fuerte sentimiento de intrusión. San Agustín en sus Confesiones nos ofrece una imagen paradigmática de este drama inicial de la vida: “He visto con mis ojos y observado a un pequeño dominado por los celos.  Todavía no hablaba y no podía mirar sin palidecer el espectáculo amargo de su hermano de leche”.
De esta encrucijada vital se derivan dos caminos diferentes: o bien el sujeto se queda  en el odio y la consecuente necesidad de destruir al intruso, o comienza a amarlo y a identificarse con él. Generalmente el odio y el amor se conjugan como las dos caras de una misma moneda, de manera que el amor más fuerte puede bascular hacia el odio y viceversa.
El relato de Dikens tiene una lógica implacable que muestra la sabiduría del escritor acerca del funcionamiento del alma humana. El protagonista se casa, pero no con cualquier mujer, sino precisamente con la hermana de la esposa de su hermano. Dos parejas de hermanos de distinto sexo se dan cita en el texto para duplicar el efecto del drama de la fraternidad. Este casamiento no le acerca más al hermano por la vía del amor, sino que se desliza ya irremediablemente hacia el odio mediante un desplazamiento del mismo sobre la figura de la cuñada. Creo, por otra parte, que en  la trama no vamos a encontrar la ambivalencia común entre el amor y el odio. Decimos, sin equivocarnos, que no hay amor sin odio, pero la frase no es reversible, pues muy bien puede suceder que haya odio sin amor. Pienso que este es el caso de nuestro protagonista y es lo que origina la gravedad de sus sentimientos y del acto que se deriva de los mismos. Cuando el odio no está neutralizado por el amor, lo que se pone en juego es la necesidad de destruir al otro, ese otro que se nos torna insoportable, que nos persigue con su mirada, que conoce el núcleo miserable de nuestro propio ser. La mirada del otro se hace omnipresente y atraviesa la barrera del semblante hasta descubrir lo que hay detrás de las apariencias.  Si el amor se dirige siempre al semblante, el odio apunta al ser del otro. 
Cuando el odio cobra este carácter extremo estamos, sin duda, en el campo de la enfermedad mental. El enfermo experimenta la existencia del kakon (palabra griega que significa “mal”). Ese espíritu maligno que lo amenaza desde el exterior, pero que a la vez lo habita en lo más intimo. La experiencia es tan insoportable que para liberarse de la misma el sujeto pasa al acto, en este caso homicida, aunque podría haber sido suicida, porque en definitiva el enfermo quiere asesinar en el otro el kakon de su propio ser.
Volvamos a la historia; parece que la fortuna hace que la cuñada muera, liberando al sujeto de su mirada escrutadora y amenazante. Sin embargo, es imposible liberarse de algo que se proyecta fuera estando a la vez dentro, por eso muerta la madre el mal retorna bajo la figura del hijo como una replica de la muerta. El niño es portador de una mirada que lo persigue con un propósito y un significado que el sujeto dice saber.
Si pensamos este crimen como los detectives que vemos en las peliculas empezaríamos preguntándonos por el móvil del mismo. Quid pro quo? ¿A quién beneficia?  Me parece que el autor nos lanza un falso señuelo al mostrar que la muerte del niño convertiría al asesino en heredero y que el motivo pudiera ser el interés económico. Pretendo demostrar que el pasaje al acto homicida está comandado por el odio en su expresión más radical, depurado de todo sentimiento amoroso, un odio que solo puede saldarse con la extinción del objeto que lo produce. Si seguimos las pistas a la letra nos encontramos con la siguiente secuencia:
“Siempre que salía de mis pensamientos melancólicos lo encontraba mirándome con fijeza”
Primero: el sujeto dice estar inmerso en sus pensamientos melancólicos, es decir es presa de un mal que le aproxima a la muerte, muy frecuentemente bajo la forma del suicidio. El melancólico siente que su ser no es más que un deshecho que no merece seguir vivo. Esto no es un dato exclusivamente clínico, desde hace siglos la melancolía ha sido materia de la literatura y de la sabiduría popular y siempre aparece  ligada al suicidio.
Segundo: cuando sale del horror interno de sus pensamientos lo que encuentra es el horror exterior de una mirada acusatoria, que lo desprecia nuevamente como un ser indigno. Quiero subrayar el carácter reversible del conflicto, lo insoportable se presenta basculando del interior al exterior y su erradicación solo puede obtenerse mediante el suicidio o el homicidio.
Tercero: de la mirada que viene del niño hacia su persona se pasa progresivamente a la mirada de él sobre el niño. Lo miraba durante horas, escondido detrás de un árbol, después miraba la escena del niño con su esposa como si esta fuera una madre, o por las noches miraba como dormía. No puede parar de mirarlo con una fascinación malsana que le hace sentir como un “infeliz culpable” a punto de ser sorprendido por una mirada que lo miraría mirando. Es su propia mirada la que va teniendo un propósito aniquilatorio hacia el niño y al mismo tiempo proyecta ese sentimiento como una amenaza que le viene del otro, por eso nos dice “sólo el diablo sabe con qué terror yo, un hombre hecho y derecho, seguía los pasos de aquel niño que se aproximaba a la orilla de agua”
Quinto: en el momento del acto homicida se produce un estado alucinatorio, retorna la mirada de la madre en los ojos del niño y luego se multiplica por doquier, todo el universo se transforma en mirada ante la que no hay ocultamiento posible y entonces, el cobarde y poco hombre aniquila a aquel que provenía de una sangre valiente y varonil (la del hermano).
Después queda preso de la obsesión absoluta de ocultar su acto (todo lo demás no le importa), pero no se puede esconder nada cuando la mirada amenaza por todas partes. Matas unos ojos tratando de eliminar su mirada y está vuelve con más potencia. No hay manera de ganarle la partida, es ya la mirada de Dios la que le observa, el ojo de fuego sin soporte humano eliminable.
“Los trabajadores debieron de pensar que estaba loco”. Es que efectivamente lo estaba, porque a fin de cuentas mientras el mal estaba localizado en el niño el sujeto se sostenía en el odio, ahora el mal está sin localizar y se arrepiente de haberlo matado no tanto por compasión como por parar esta locura insufrible, el terror continuo de que lo oculto se destape. Ya no puede dormir, ni comer, ni vivir, porque  el muerto puede salir de su tumba.
La visita del conocido y su compañero le hace perder lo poco que le quedaba de juicio. Sentado sobre la tierra que oculta el cuerpo muerto, escucha la siguiente frase “¿Qué puede ganar un hombre asesinando a un pobre niño?”. Él todavía mantiene cierta tranquilidad, pero entonces, como viniendo de otro mundo surge la presencia de dos perros sabuesos que descubren su presa a través del olfato. Es fantástico este giro que encuentra Dikens pasando de la mirada al olfato, ese sentido que se orienta sin ver y del que los humanos nos apartamos al hacernos bipedos.
El asesino es descubierto por los dos perros y apresado por los dos hombres, en una escena en la que definitivamente muestra su locura. Finalmente confiesa y pide el perdón. Despues, en esas horas previas a la muerte, vuelve a confesar, sin compasión, ni consuelo alguno, completamente solo respecto a cualquier compañía humana, pero absolutamente acompañado por su espiritu maligno, ese kakon que trato de eliminar en el otro y que no lo abandonara jamás.
 Rosa López

Lo Inevitable; un comentario de Alberto Estévez sobre el relato de Dickens; "Confesión encontrada en una prisión en la época de Carlos II"


Lo que les propongo hoy es que concentren su atención en una frase del texto, una frase que encierra un misterio; el misterio viene dado por el hecho de que se trata de una pregunta y el autor nos escamotea la respuesta, no nos la sirve de manera explícita. Me incliné por esa frase porque, para mí, encierra la esencia de este cuento magistral, mi valoración fue in crescendo a cada lectura nueva que hacía.


Seguro que recuerdan el momento en el que los investigadores deciden visitar la casa del asesino, y él los recibe sentado justo encima de donde ha cavado la fosa en la que enterró el cadáver de su sobrino. Por cierto, ¿observaron que esta palabra no aparece en el texto? El niño, que es la palabra que se repite incesantemente, con la que esta narración en primera persona se refiere a él, el niño, es hijo de su hermano, por tanto es sobrino directo si puede decirse así. Pero pienso que de manera intencionada, el narrador, que es y no es Dickens, este el efecto que consiguen las narraciones en primera persona, en este caso acentuado además por el hecho de ser una confesión escrita. Bien, el autor de ésta, no puede darle ese rango familiar al niño, no puede situarlo en el lugar de hijo, porque aún siéndolo biológicamente de su hermano, la mujer lo adopta como propio, y él consiente a ello, quedando en el lugar de padre, pero es un lugar del que no sería suficiente decir que nuestro protagonista no lo puede encarnar, es que no hace alusión a dicho lugar de padre, como si ni siquiera lo pudiera imaginar, como si esa consecuencia lógica para él no lo fuera en absoluto, algo del orden de una imposibilidad. Es muy fino este relato, no le hace falta explicitarnos, prefiere insinuar, y nosotros vamos entresacando, por eso tiene tanta riqueza, uno no cesa de descubrir.

Considero central esta puntualización respecto de lo que creo que es una imposibilidad para asumir la función paterna en la persona del asesino, pero estábamos en ese momento de la visita de los representantes de la ley, que Dickens decide que sean hermanos, y quería revelarles la frase que me inquietó, que es el momento en el que se dirigen a él y le dicen: ¿Qué puede ganar un hombre asesinando a un pobre niño? Pues bien, ahí el texto enmudece, y en realidad hace bien, porque será nuestra tarea deducirlo; eso es en mi opinión lo que propone Dickens, y que les traslado, quiero plantearles ¿qué gana este hombre asesinando al chiquillo?

Bueno, no es cierto que no haya respuesta alguna, Dickens hace un formato de respuesta que no se dirige a los investigadores, sino a nosotros, y dice: Yo podía contestarle mejor que nadie lo que podía ganar un hombre con tal hecho, pero mantuve la tranquilidad, aunque me recorrió un escalofrío. Con este formato de respuesta nos ha pasado el testigo a nosotros, nos hemos convertido en los investigadores, y somos los responsables de deducir, con los elementos de los que disponemos, qué gana este hombre haciendo desaparecer al muchacho.

Contrariamente a lo que se piensa, Freud no descubrió el complejo de Edipo a partir del amor, sino a partir del odio, es decir, no se trata tanto del amor del hijo a la madre cuanto del odio al padre. Debiéramos estar ya acostumbrados los lectores de Freud, porque muchas de sus enseñanzas no van exentas de cierta polémica, pero parece que con él no hay forma de estar prevenido o vacunado contra la perplejidad. Por ejemplo, cuando nos habla del duelo por una persona amada, él percibe un odio inconsciente en la persona que lo padece, un odio hacia el difunto.

Luego tienen esa relación de las mujeres con sus madres, que es seguro que vamos a poder analizar a lo largo de este curso. Una relación que contiene elementos de una pasión y de otra, es decir, en el mismo vínculo podemos constatar la presencia de amor y odio. Freud dice que este odio es inconsciente, yo creo que en algunos casos no lo es tanto, incluso diría que resulta bien visible. Pero fíjense cómo opera Freud, por eso les decía que no hay posibilidad de que su pensamiento resulte predecible; no se trata de que obtengamos las pruebas de ese odio de la hija hacia la madre en las escenas de gritos y en los enfados que se saldan colgando el teléfono, no, para él, en las reacciones en las que observa un exceso de ternura, o en las que se confiesa la presencia de la culpabilidad hacia la madre o hacia un surrogado de ella, ahí tenemos la prueba de la presencia de este odio inconsciente.

Los hombres que forman pareja estable con las mujeres conocen perfectamente la salida que suele tomar este odio, y los que además de tener una pareja estable, leen a Freud, saben que ellos son los herederos de ese odio de la hija hacia la madre, y aquí volvemos a sorprendernos, porque siempre se ha tendido a pensar que el marido es el heredero del vínculo de la mujer con su padre, y Freud nos contradice afirmando que en realidad están mucho más presentes las actitudes con la madre, y que con el hombre se tiende a reeditar las coordenadas del vínculo maternal.

Trato de hacerles notar algo que nos va a servir para pensar los relatos que este año versen sobre el amor y el odio, el del otro día de McCullers y el de hoy de Dickens, y es que ambas pasiones son inseparables, odio y amor están juntos siempre, y allí donde perciban la presencia de uno, el otro no anda lejos. Y una de las pistas que podemos tomar de la mano de Freud es observar el exceso, cuando hay un amor excesivo, ya estamos prevenidos, hay un odio inconsciente muy activo, y la sobrecompensación amorosa trata de mantenerlo a raya. Lo dice muy bien uno de mis autores preferidos, al igual que Freud, resulta revelador, pero en el terreno literario, cuando en su obra “La Mujer Justa” Sándor Márai nos revela: No se puede amar tanto, no se debe amar tanto a nadie, ni siquiera a los propios hijos.

Ahora volvamos al relato, tenemos un sujeto de naturaleza desconfiada y que confiesa estar poseído por un espíritu maligno. Sin lazo social, es alguien que no experimenta el lazo fraternal como vínculo alguno, si acaso lo interpreta como algo amenazador, y esto no es algo que se quede en un proceso interno, más típico del neurótico, sino que resulta bien visible a los demás, la cuñada lo escruta con la mirada porque lo teme, y el hermano, en su lecho de muerte lamenta la distancia que los ha separado, pero se encarga de dejar todo bien atado, y la herencia del niño, si le sucediese algo, será para su cuñada, en ningún caso para nuestro protagonista. ¿Qué significa si le sucediese algo? Son otros tiempos, de elevada mortalidad infantil, se pueden buscar causas para ese supuesto que no apunten al protagonista del relato, pero reconocerán que habrá que hacer un esfuerzo para desvincularlo, porque todos saben que el niño corre peligro con el tío que le ha tocado. Hasta el protagonista, en las últimas horas de su vida, horas de confesión, nos dice algo que contesta esta cuestión. Tengo ahora la sensación de que era como si se hallara suspendida sobre nosotros una extraña y terrible prefiguración de lo que ha sucedido desde entonces. ¿Y qué canta el pobre pequeño inocente camino del lago y de su terrible muerte? Cecea una cancioncilla titulada “Que Dios se apiade de mí”

No soy tan lector de Dickens como para saber si el pensamiento que mueve al autor en este relato es algo del lado del determinismo, de lo inevitable, de que da igual cómo situemos las piezas, finalmente se ordenarán en un único sentido, pero sí es cierto que el cuento deja una cierta sensación de que las situaciones fuesen confluyendo unas con otras hasta el fatal desenlace.

Volviendo a la pregunta que les formulé; ¿Este posible determinismo podría contestarla? ¿Nos daría las claves que permiten conocer qué gana él asesinando al pobre niño? Porque si hubiera sido evidente que hay una temática de celos, que el niño amenaza con la pérdida de las atenciones de la mujer hacia él, la pérdida en suma del ser amado, estaríamos en una dimensión mucho más abierta a la circunstancia, menos determinista, pero por el contrario, aquí lo que tenemos es la mirada, ojos que miran, incluso ojos de fuego, y no rivalidad neurótica.

Por tanto, respecto de las formas de odio de las que les hablé, debiéramos distinguir otro odio más, el odio paranoico, un odio delirante que resulta ser respuesta a la vivencia del otro como enemigo y amenaza, y de esta manera, se constata el odio en esos ojos que miran, y que a su vez hacen surgir el propio. Es este un terreno mucho más determinista, en el que la certeza fulmina cualquier libertad de posibilidades, quizás en esto podamos encontrar una diferencia con el amor, que suele encarnar una pasión mucho más contingente, inprecisa y vacilante; en suma, una pasión caprichosa.


Alberto Estévez

miércoles, 16 de noviembre de 2011

El advenimiento del sujeto en Confesión encontrada en una prisión de la época de Carlos II. Por Miguel Ángel Alonso

Al igual que ocurrió con la novela que analizamos en la anterior tertulia, también aquí resulta complicado circunscribir este relato de Dickens a una sola cuestión, el odio. Cuando se elige un cuento, es evidente que no se trata de encontrar en él la pureza de un tema, eso no existe, se trata, más bien, de articular la cuestión que nos convoca con aquellos territorios que por su propia esencia se sitúan fronterizos con ella. Y en este cuento de Dickens, el odio, la envidia, el rencor, fluyen desde el condenado, para desparramarse por el campo de lo imaginario, es decir, por el campo de las relaciones con la imagen del cuerpo del otro, con el semejante, para regresar hacia ese mismo sujeto desde el territorio de lo real, desde el sinsentido, ya no como odio, sino trasformado en mirada como una alteridad poco concreta. Pero, además, ese flujo de odio y rencor desemboca en una presentación del sujeto al que la confesión sitúa ante su verdad.

Es decir, me interesa destacar del texto ciertas particularidades que están sustentando la fenomenología del odio. Respecto a la trama, podría decirse que es bastante clásica. Aparecen los otros como imágenes siempre fascinantes; a continuación surge el odio proyectado sucesivamente hacia esos otros, el hermano, la cuñada o el niño; para desembocar en la muerte supuestamente liberadora, sea natural o por asesinato, de esos otros especulares. Pero una de las circunstancias que me parece que otorga su indudable valor a este cuento es el surgimiento del condenado, no como reo, sino como sujeto ante su verdad subjetiva y ante la ley.

Y cuando digo sujeto, no me refiero a un yo de la conciencia dueño de sí mismo, todo lo contrario, me refiero a que el reo es una figura literaria que encarna la idea de división, de escisión, por sus conflictos. Conflictos que se desarrollan en su conciencia, el odio y el rencor que le provoca la imagen del otro, del semejante; también el conflicto como imposibilidad de fijar el momento y la causa que hacen surgir su acción delictiva; división entre la norma y el goce de las pasiones; y encarna el conflicto como sujeto pasivo de esa mirada omnipotente que lo vigila y sabe todo sobre él: “Hay ojos por todas partes”.

En este ámbito, creo necesario resaltar la relevancia y el carácter definido de la confesión, pues es ella la que tiene la función de iluminar al condenado como sujeto. La confesión no la hace para explicar el sentido del acto, para ofrecernos una comprensión razonable del mismo –aspecto que sería el deseable para la ley— sino para poner en juego su deseo, la satisfacción de sus pasiones, la precariedad de su verdad, y para ilustrar algo muy interesante, y es que en su acto, como en todo acto del sujeto, siempre hay una decisión que tiene algo de insondable.

Todo aquello sucedía en mi interior

Para ahondar en la división del sujeto, en la confesión hay también una reflexión implícita sobre la verdad. El condenado no puede establecer una linealidad que lo lleve desde la causa hasta el momento del asesinato. En ese sentido, sólo puede transitar discontinuidades. En ningún momento puede hacer coincidir la verdad con lo real. Y eso, como digo, es lo que ocurre en cualquier acto subjetivo. Esa sería la precariedad propia de una verdad subjetiva que nada tiene que ver con la legal. La diferencia entre estas dos verdades, más que expresarse, es sugerida en ese sonido seco y cortante del final del cuento. La verdad legal, a diferencia de la verdad subjetiva, suena categórica, sentenciosa, porque no contempla lo que de indecible hay en el acto del condenado.

Caí de rodillas, y con un castañeteo de dientes confesé la verdad y rogué que me perdonaran. Me han negado el perdón, y vuelvo a confesar la verdad. He sido juzgado por el crimen, me han encontrado culpable y sentenciado”.

Vuelve a confesar la verdad, la repite dando vueltas sobre algo que no se le revela, porque para un sujeto la verdad nunca es exactitud. Esa sería su posición como sujeto. Pero es juzgado por el crimen, por el acto, es otro plano, el de la ley. En la confesión observamos la distancia del acto delictivo y del sentido pleno, dejándonos ver al condenado en sus vicisitudes como sujeto ante la verdad y ante la ley que tipifica su acto como delito.

Pero el desconcierto del condenado en relación con la verdad se hace más evidente cuando la confesión nos enseña como por detrás de las palabras, y sin una precisa conciencia, aparece la sustancia de sus pensamientos, que, ¡oh sorpresa!, es el odio, el rencor, la envidia. Es decir, la satisfacción de esas pasiones dando consistencia al acto, parasitando el pensamiento, impidiendo el advenimiento de planteamientos morales y obligando a la satisfacción pulsional de pasiones como el odio:

La idea no me llegó de repente, sino poco a poco, presentándose al principio con una forma difusa, como a gran distancia… luego se va acercando más y más, perdiendo con ello parte de su horror e improbabilidad, y luego toma carne y hueso; o mejor dicho, se convierte en la sustancia y la suma total de todos mis pensamientos diarios y en una cuestión de medios y de seguridad; ya no existe el planteamiento de cometer o no el hecho”.

Y la idea de división se me presenta también entre la visión y la mirada. Si la visión es meridiana en el terreno de la conciencia, es decir, se ve al otro como imagen provista de ciertos caracteres que suscitan el odio y el rencor, la mirada, en cambio, surge como una certeza en un brillo que atrapa, que petrifica, pero es independiente de la visión de los ojos, pues también aparece en esa luciérnaga que brilla como si fuera el ojo de Dios, o surge desde la misma tierra que cubre el cadáver del niño, así como en el momento final en el que el prisionero redacta su confesión, cuando tanto él, como los otros imaginarios a los que se confrontó, están más que muertos.

Otro elemento de división, como turbación, como angustia, nos lo ofrecen los sueños del protagonista. Despertándose sobresaltado ante la repetición de las mismas pesadillas. Es la misma mirada que no hace sino detener el tiempo en la repetición de la culpa.

Este sería, fundamentalmente, el campo de la división que se encarna en la figura literaria del reo como un conflicto esencial que, de forma más o menos radical, soportamos todos los seres humanos. Y en ese conflicto lo que observamos es que el campo aparentemente consistente de la conciencia no puede sino someterse ante la consistencia, cuasi omnipotente, de los elementos inconscientes que, sin duda, rigen y determinan la acción del reo, como la de todos los seres humanos.

En definitiva, el cuento de Dickens me parece un gran texto, porque no se detiene en consideraciones psicológicas que justifiquen y nos hagan entender razonablemente el acto delictivo. La confesión lo sitúa como un texto claramente metapsicológico, que va más allá de la conciencia y de un yo cognitivo, para poner en juego el dinamismo de diferentes fuerzas en conflicto, así como el carácter insondable que, en último término, preside los actos determinantes de la vida de los sujetos.

Miguel Ángel Alonso