lunes, 24 de diciembre de 2012

Comentario a "Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura", de Kenzaburo Oé. El padre es una función, por Alberto Estévez.

La elección de este relato del escritor japonés Kenzaburo Oé permite a LITER-a-TULIA retomar la fructífera senda del cuento que tantas satisfacciones ha ofrecido al devenir de nuestra tertulia. Relato de claros tintes autobiográficos, el propio autor tiene un hijo de las características del que aparece en este cuento, lo cual abunda en esta cuestión que desde el principio del curso de este año venimos proponiendo, no hay escritura de ficción posible que no pertenezca al registro más íntimo de su autor, no hay escritura que no sea autobiográfica.

Es éste un relato exigente para la tarea del lector que no resulta fácil, a mi modo de ver por dos cuestiones; el propio relato, la historia contada, que por estar deliciosamente narrada, no hay duda del gusto exquisito que habita la prosa de Oé, no deja de ser una historia difícil, por momentos diría que desagradable, hay algo insoportable que este cuento muestra de manera casi obscena. La otra cuestión que dificulta la lectura hace a su estructura narrativa, sin previo aviso pasamos del presente al pasado y de vuelta al presente, provocando desconcierto, pero es muy inteligente que sea así porque el argumento de la historia que hoy tratamos exige que esa frontera pasado–presente no sea tal, dicho de otro modo, el pasado está más presente que la propia actualidad. Esto es además un elemento muy presente en la escritura japonesa.

A estas dos cuestiones podemos sumarle un tercer factor a tener en consideración, éste ya no es tan visible y desde luego no parece un recurso que pudiéramos inscribir en el apartado puramente técnico del relato, pero sí abunda en su dificultad, porque en este cuento prácticamente todo pareciera ser algo muy distinto de lo que resulta ser al final. La grandeza de este cuento es que permite, según nos situemos, según la perspectiva con que lo abordemos, muy diferentes lecturas, pero no me refiero ahora a lo que vemos producirse aquí en cada una de nuestras reuniones, que no existe una lectura colectiva sino tantas como lectores tenga un cuento, no es eso; me refiero a que uno mismo puede repensar la lectura que hizo sobre aspectos concretos del cuento, y no dar una conclusión definitiva, es como si el mensaje cifrado que este relato intentara hacer pasar viniera a decir: absténganse de comprender demasiado deprisa.

Tomo entonces estos tres ejes para introducirlos en mi lectura del cuento que ya les digo no fue sin la dificultad añadida de volver y repensar el texto. Porque, por ejemplo, ¿cuál es el efecto que produce el suceso del estanque de los osos blancos? El texto dice que casi se volvió loco, pero esta afirmación exige que pensemos si loco no es más bien el estado en el que estaba en simbiosis con su hijo. Es un “… casi se volvió loco” que nosotros podemos pensar como la recuperación de cierta cordura dejando atrás la locura a dos con su hijo, consigue liberarse de una obsesiva idea; no obstante, inmediatamente le invade una lastimosa sensación de soledad. La simbiosis por tanto obtura la invasión de esta sensación lastimosa en su ser.

Es en este ir y venir de la locura a la cordura y viceversa es uno de los lugares principales en donde intento mostrarles la dificultad lectora, pienso que el autor pretende diluir la frontera entre estos dos estados destiñendo sus límites, y eso es algo ya anunciado en el título, nuestra locura es la locura de todos, no sólo la de esa familia.

Por si fuera poco, consideremos el reparto de papeles en la relación del hombre gordo con su hijo, reparto que el suceso traumático de la charca somete a un vuelco. Ya no se trata de su hijo como protegido, él, el hombre gordo también experimenta el sentimiento de protección, la presencia de su hijo convierte las tinieblas en algo no amenazador, o como dijimos antes, no está solo; pero la propia naturaleza de su ligazón reparte lugares intercambiables ya que también el hombre gordo ampara, guía y protege al pequeño, por tanto nunca estos lugares pueden ser leídos en un solo sentido ni con una lectura definitiva. Esto lo rubrica el texto dándonos la fórmula de esta simbiosis: Eeyore = Yo.

Ahora bien, hay algo que no es tan variable y que permanece constante y que podemos aproximar en una primera enunciación: hay el goce, en este caso es el goce de proteger, convertirse en lo que el otro necesita y cuanto más exigente se vuelve la propia situación, más goce se obtiene. ¿Cómo pensar los enfrentamientos con la policía? En ellos el hijo funciona como salvoconducto para ir por la vida evitando la ley, un refugio a salvo de la sombra del padre, tener como hijo a un retrasado mental lo socorre y justifica ante los agentes, nuestro hombre gordo es una víctima, y el mundo, la policía también, están en deuda con él. Quizá merecería la pena detenerse a pensar si esta identificación con la víctima, que de ninguna manera es vivido por el sujeto como una elección, sino más bien como su única posibilidad, como algo impuesto, no tendría una contrapartida terrorífica; creo que esa sensación de compartir el mismo dolor es sin lugar a dudas algo que promueve esa relación simbiótica en la que dos cuerpos tratan de hacer uno, pero me pregunto por cómo colabora esta victimización, cuál es su contribución a la experiencia de ese dolor compartido. No voy a entrar, lo dejo para que lo conversemos, consciente de que quizá sea una cuestión tan clínica y diagnóstica que requiera otro lugar para hacerlo.

Lo único que contamina, ensucia y mancha esta relación tan pura sólo puede ser una cosa: la castración. Bueno, la castración y el estanque de los osos. Este padre y su hijo son la viva imagen de la falta de corte, de la falta de límite, Kenzaburo Oé consigue que nos representemos la no separación entre dos seres.

La situación con los agentes de la policía, o la situación gozosa en el tren rodeado de extraños con su hijo a cuestas, no tienen el mismo signo que la situación con los macarras, es interesante detenernos un momento en ello: ¿por qué se muestran tan agresivos con esta pareja? ¿Su calidad de maleantes resume toda su violencia, o no deja de ser significativo que al único que agredan sea al hombre gordo? Les planteo si no es la visión de algo insoportable, algo que no pueden tolerar, algo tan enfermo hasta la obscenidad que ellos no pueden metabolizar a través de ningún tipo de sublimación, entonces agreden porque es la respuesta de la que disponen, la respuesta que precipita su angustia, es su respuesta habitual de protesta y rechazo, en este caso, ante la visión de esta unión enfermiza padre-hijo. La agresividad y la respuesta violenta es la manera que ellos tienen de enfrentar lo insoportable.

Si aceptamos que una buena parte del atractivo de este texto reside en el hecho de cómo nuestro protagonista, poco a poco, consigue acceder a las zonas oscuras de su verdad, esas zonas que a nadie gustan y que tratamos de ignorar a toda costa, debemos preguntarnos qué es lo importante en relación a lo que pasó con el padre. Pienso que lo fundamental no es solo saber la verdad, o lo que esa verdad esconde, lo crucial es saber la verdad a través de la madre, saber del deseo de la madre. Que nuestro hombre gordo tratara de convertirse en alguien irremplazable para su hijo es un tratamiento que lleva la marca del exceso, sobre todo si, como es su caso, él mismo es consecuencia de un deseo del Otro que está en entredicho. El mutismo de la madre respecto de su propio deseo es lo que lo descompone y desata la ira de nuestro protagonista.

Al fin y al cabo, ¿no nos mostraría este texto también lo difícil que resulta ser otra cosa diferente que una madre para nuestros hijos? ¿En qué consiste ser un padre? Sobrevivir a nuestra locura también es  identificar el hecho de que nuestros hijos no nos necesitan tanto; tan habitualmente somos nosotros los que los necesitamos convirtiéndolos en inseparables para quejarnos del sacrificio que comporta haberlos traído al mundo y mientras tanto seguir gozando de nuestra locura, y además, no quedarnos solos.

Alberto Estévez

sábado, 22 de diciembre de 2012

Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura, de Kenzaburo Oé. Comentario de Gustavo Dessal

Posiblemente lo que más me sobrecoge de este relato, que continúa y profundiza una temática a la que por razones autobiográficas el autor le ha dedicado una buena parte de su reflexión poética, es la singularidad de que en esa peculiar y arquetípica relación que existe entre un niño retrasado y su madre, esta última sea un hombre. Así, con una sencillez que no requiere explicación alguna, y que se nos presenta como una evidencia que asumimos de inmediato, se nos informa de que el hombre gordo está identificado a la hembra del pez celatius, y lleva adosado a su cuerpo al pequeño ser desgraciado y ausente de la vida. Manteniéndolo adherido a su cuerpo, cree darle la vida que le falta. Es conmovedor y a la vez terriblemente inquietante que padre e hijo entablen un vínculo corporal tan estrecho. Kenzaburo Oé maneja con inusual destreza la extraña mezcla de ternura y obscenidad que nos produce la relación entre esos dos seres que conforman una especie de organismo dual, conectado por una simbiosis telepática. El dolor del hijo atraviesa los nervios del padre, llega al pensamiento, y una vez allí se localiza, se codifica, y adquiere significación. El padre convierte el grito informulado y bruto del niño en una representación articulada. Traduce las sensaciones oscuras y deformes en vivencias que pueden alcanzar las palabras. Los cuerpos se acomodan tan bien uno al otro, que solo se distinguen por el tamaño. Son siameses comunicados por un circuito mágico. El cuerpo maternizado del padre se funde con la masa animal del hijo.

El hombre obeso, que en un comienzo actúa como alguien forzado a asumir una esclavitud creada por la mutilada existencia real del hijo, se nos revela muy pronto como el mayor beneficiario de este sacrificio. Bien es verdad que por momentos será capaz de proteger al niño, de calmarlo, de velar sus tumultuosos sueños. Pero lo que un buen día va a descubrir en el zoológico, es que su hijo no lo necesita. Es él, el padre, quien lo ha necesitado. Es él quien lo ha convertido en el objeto inseparable de su existencia, en el complemento de perturbada vida, sobrecargada por el peso de una misteriosa historia. Es él quien, gracias a su hijo y a la maternidad que ha cumplido para el niño, ha logrado sobrevivir a la locura. 

Este padre-madre duerme con el hijo, ambos tomados de las manos, fusionados en el dolor, y una corriente invisible los une, o al menos es eso lo que el hombre gordo cree. Por eso él, que posee una razón y un pensamiento, se considera en el deber de suplir para el pequeño retrasado la función de comprender el mundo, de insuflarle una mínima dosis de inteligibilidad, de apartar aunque más no sea una parte de la espesa bruma que ciega sus sentidos. Lo que el padre no sabe es que obrando de este modo se aleja cada vez más del misterio de su locura. Él cree que es su madre quien lo aparta de la verdad, pero se equivoca. Entre la supuesta locura de su propio padre, y la debilidad mental de su hijo, él sobrevive. 

El equilibrio de fuerzas dura poco más de cuatro años. Lo destruye el episodio del estanque y los osos polares. El hombre gordo, gordo como el oso polar, es obligado por una turba de canallas a abrir las mandíbulas y soltar a su presa. Arrancan al pequeño pez del vientre de la enorme hembra, pero el pequeño pez sobrevive. Sobrevive como puede hacerlo un retrasado mental. Entonces, la locura, ¿a dónde irá a parar? 

El final es difícil, puesto que convoca una noción que para nosotros, los occidentales, nos resulta ya muy lejana. El honor es una virtud que casi no nos resuena. La política la ha hecho desaparecer de buena parte del planeta. Sin embargo, en algunas regiones del mundo todavía es preferible pasar por loco antes que ser recordado como un traidor. La sola idea de asesinar al Emperador, el símbolo del Padre Celestial, es de una magnitud tan monstruosa que contradice el orden del universo. Para salvar el orden y el honor, la madre del hombre gordo ha considerado preferible difundir la historia de la locura. ¿O ha sido su hijo quien ha sostenido esta historia, poniéndola en boca de su madre? Si su padre no estaba loco, y su hijo sobrevivirá a la locura del hombre gordo, ¿qué hará él? Ahora que por fin es libre, libre “de hacerle frente en solitario”, ¿quién podrá enseñarle a sobrevivirla? 

“Un día de primavera, hacia el mediodía, mientras se duchaba después de la sauna, vio delante de él a un desconocido de piel bronceada que le intrigó profundamente. El vaho que empañaba el espejo sin duda estaba allí por algún motivo: ese desconocido era él. A fuerza de observar la imagen que llenaba el espejo, fue advirtiendo en ella numerosos síntomas de desequilibrio mental. Pero, esta vez, ya no tenía ni hijo ni padre con quienes compartir la locura que se apoderaba de él cada vez con más fuerza, amenazando con invadirlo por entero”. Con la historia de la locura paterna y la invalidez del hijo, el hombre gordo ha cubierto de vaho su propio espejo. Todos hacemos más o menos algo parecido. Nos aferramos fuertemente a algo para disimular nuestra locura. Si nos lo quitan, o lo perdemos, caemos en el estanque de la verdad. Y casi siempre sus aguas huelen horriblemente mal.


Gustavo Dessal

La soledad en Kenzaburo Oé. Comentario de Miguel Alonso

A la larga, todo es materia para el arte. Sobre todo la desdicha. La felicidad no, la felicidad ya tiene su fin en sí mismo, por eso casi no hay poetas de la felicidad(Borges)

"No hay nadie que haya jamás escrito o pintado, esculpido o modelado, construido, inventado, a no ser para salir del infierno". (Antonin Artaud)

Toda la trayectoria de la obra de Kenzaburo viene a concordar con la verdad de estas citas. Sabemos las circunstancias de su vida, y cómo los motivos que la inundan son, sobre todo, la desdicha producida por algunos encuentros trascendentales para su existencia, con su hijo, con su misterioso padre, y con el desprecio de su madre. 


El fondo del relato que nos ocupa es esa novela familiar plagada de locura. Desde él asistimos a un proceso de transformación, de liberación, y no sabemos si de libertad. Lo primero que me evoca es uno de los hechos más curiosos de nuestra vida anímica, el de que los hijos heredamos la culpa de los padres. Y particularmente, sobre el hombre gordo se proyecta esa culpa como una mancha de locura proveniente del Otro familiar, de sus dichos, de sus proyectos políticos –los del padre— de sus agravios –los de la madre. En el trayecto, el hombre gordo intenta descifrar esa herencia, cuál es el lugar que ocupa en ella y por qué la recibió. En el medio, la problemática relación con el hijo viene a ser el delirio que construye para sostenerse en la vida.   

Por el compromiso que Kenzaburo Oe asume en relación a su propia realidad y responsabilidad, me parece justo resaltar la carga ética que atraviesa el relato. Asume una dirección inequívoca hacia su propia soledad, eludiendo morales consoladoras, artificios redentores, posiciones misericordiosas, confrontándose al encuentro con el territorio real que le corresponde, esa soledad ineludible desde la que, quizá, pueda elaborarse algo vital. Es una forma de no resignarse a un destino marcado por el Otro.


El proceso de atravesamiento que realiza el hombre gordo nos deja ver, entre otras cosas, la gran distancia que media entre liberación y libertad. Liberación como despojamiento de una carga, y libertad como posibilidad de construir un mundo propio. Digo liberación porque así es como denomina al despojamiento de ese delirio que construye en la simbiosis con su hijo. Y digo libertad porque esa es la ambigua posibilidad que se abre en el final, una vez producida la liberación del padre, si es que ésta verdaderamente acontece.


Vemos perfectamente como una liberación verdadera implica, paradójicamente, un encuentro con el vacío de lo real. Llamativo resulta, en este sentido, el párrafo de la primera página:  


“... logró liberarse de una idea fija que hasta entonces lo había obsesionado; pero una vez liberado, una lastimosa sensación de soledad hizo encoger todavía más el alma pusilánime de aquel hombre gordo”.

Para ilustrar este advenimiento de la soledad tras la liberación, siento la solicitud de pronunciamiento por parte de uno de los poemas más extraordinarios de la gran poetisa gallega Rosalía de Castro: Unha vez tiven un cravo (Una vez tuve un clavo):

Una vez tuve un clavo
Clavado en el corazón
Y no recuerdo si aquel clavo
Era de oro, de hierro o de amor.
Sólo sé que me hizo un mal tan hondo
Que tanto me atormentó
Que día y noche sin cesar lloraba
Cual lloró Magdalena en la pasión.
Señor que todo lo puedes
Le pedí una vez a Dios
Dame valor para arrancar de un golpe
Clavo de tal condición.
Y me lo dio Dios, y lo arranqué
Pero ¿Quién lo iba a pensar?... Después
Ya no sentí más tormentos
Ni supe que era dolor
Supe sólo que no sé que me faltaba
En donde el clavo faltó
Y sé... sé que tuve soledades
De aquella pena... ¡Buen Dios!
Este barro mortal que envuelve el espíritu
¡Quién lo entenderá, Señor!

Magistral, magnífica Rosalía de Castro: “Supe sólo que no sé que me faltaba/En donde el clavo faltó”. En realidad, una buena parte del relato de Kenzaburo cabe en este verso. Y todo proceso de verdadera liberación, tiene cabida en este verso. 

Porque la soledad que aborda al hombre gordo liberado de la relación imperiosa con su hijo, es una figura que mora permanentemente en la vida de todo ser humano. Circula por detrás de las palabras, es la sustancia aprisionada en las soluciones fantasmales y delirantes, es el cimiento oculto de la realidad, y, paradójicamente, reaparece siempre por la ventana abierta de cualquier liberación. Repito, no hay que confundir liberación con libertad. Escribir como Kenzaburo es su forma de salvarse de esa soledad que rompe el cuerpo, y que no es más que un eco del infierno. Escribir como Kenzaburo es construir la libertad después de haber sentido la soledad más profunda.  

¿Donde encontramos la libertad, o la posibilidad de ella, para el hombre gordo? Creo que en el final de la novela. Aunque esa posibilidad se presenta de forma ambigua. No sabemos si el hombre gordo puede construir algún artefacto que le permita sostenerse en la vida, como anteriormente se lo permitía el delirio, o si caerá melancólicamente en el mismo encierro, en la misma locura que el padre.

Lo que sí podríamos pensar sobre Kenzaburo Oe, es que él sí supo construir la libertad en ese edificio vital que supone su obra. Al respecto, y como conclusión, evoco algo que se dijo el pasado martes 11 de Diciembre en la presentación de los libros de Ion Vianu y Matei Calinescu –este último también padre de un niño autista— y es lo siguiente:

Cualquier libro es una enfermedad vencida”. 

Miguel Ángel Alonso

Una pincelada histórica y la locura en el relato de Kenzaburo Oé. Comentario de Luis Seguí

Kenzaburo Oe, de alguna manera, es la contracara de Yukio Mishima. Éste era un nacionalista militarista y un escritor que se suicidó en un cuartel militar haciéndose el harakiri, porque fracasa un golpe de estado. Kenzaburo es lo contrario.


A partir de la lectura de Oe y de otros textos, también de ciertos episodios en la historia de Japón, pensaba que hay países más psicóticos que otros, o que tienen más propensión a la psicosis. Un cambio cultural de la magnitud del vivido por Japón, no puede resultar gratuito. El paso de la dinastía Meiji, a finales del XIX, y la occidentalización forzada de Japón, forzosamente tiene que dejar una huella. Es parecido a lo que ocurrió en Turquía cuando Mustafá Kemal Atatürk decidió occidentalizar el país, prohibir el velo, utilizar el alfabeto latino en lugar del turco tradicional. Ese tipo de cambios culturales que abarcan, no sólo a un sujeto que lo haga voluntariamente, sino a un país entero, necesariamente ha de dejar huella.

En Japón, esa transformación forzosa ocurrió a finales del XIX y comienzos del XX. Coincide con el surgimiento de Japón como potencia militar imperialista que, primero, invade China, y luego se involucra en la Segunda Guerra Mundial. Adopta una constitución democrática que, en realidad, fue impuesta por McArthur, que mandaba en Japón después de arrasar Hiroshima y Nagasaki. Es decir, la constitución democrática de Japón es impuesta por arriba, como la dinastía Meiji impuso la occidentalización sesenta años antes.


Este cuento de Oe está recorrido por la cuestión de la locura, no en balde está incluida en el título. La locura está presente en todos los personajes de la obra. Probablemente, el único que se salva es el niño deficiente mental. Todos los demás están locos, la madre, el hombre obeso, el padre, que se encierra en un armario después de perder, políticamente hablando, su destino, su futuro, y que se lo nombra como AQUÉL. La locura del hombre gordo es un producto de la forclusión del nombre de ese padre

Una de las mayores paradojas y, al mismo tiempo, demostraciones de la locura, es el nombre que el hombre gordo le pone a ese hijo que no sabe si va a vivir. Le pone el nombre muerte. Luego tiene un estallido hilarante en el retrete, absolutamente inexplicable, que sólo puede venir de una mente enferma. Cuando no sabe si el hijo va a vivir, ya le pone el nombre muerte, aunque luego utilice un apelativo.

La pelea feroz que el protagonista tiene con su madre obedece a que ella le privó del padre, del nombre del padre, de la figura del padre y de los escritos sobre el padre. Porque lo que reprocha a la madre es la apropiación que ha llevado a cabo sobre los escritos, se los ha ocultado, es decir, le ha privado de parte de su historia, de lo fundamental de su historia.

Todos sabemos que cuando una persona dice que se hace el loco, es que está loco. En varias páginas, en diferentes párrafos del relato, se dice que la madre se hace la loca, o él se hace el loco. La simulación de la locura es un fenómeno más común de lo que uno cree – normalmente se simula la locura para eludir una condena judicial, o para salvarse de ir al ejército—y cuando esa simulación se lleva a cabo, es que uno está loco.

Por lo tanto, en este cuento, la locura es el hilo conductor de todos los personajes hasta el final. En ese final es donde encontramos un atisbo de esperanza. Es posible que, paradójicamente, el hijo, deficiente mental, se salve de la locura de toda la saga familiar gracias a que el padre, el hombre gordo, pueda reencontrar, de alguna manera, su nombre.
Luis Seguí

Kenzaburo Oé. Un tratamiento de lo real por lo simbólico. Comentario de Mónica Unterberger

La temporalidad, el nombre que no aparece para nominar al hombre gordo, la relación de éste con su hijo, la relación con su padre y con su madre. Una obra como ésta, escrita por alguien de la estatura de Kenzaburo Oe, es la muestra de un tratamiento de lo insoportable por parte de lo simbólico. En este sentido, evoco una cuestión planteada en el Seminario 7, La ética del psicoanálisis. En el fondo, ya se trate del arte, de la pintura o, como en este caso, de la escritura, estamos ante un tratamiento simbólico que  puede acotar y poner límite a lo insoportable de ese encuentro desdichado entre el padre y el hijo, o entre el hombre gordo y su propio padre. También en el relato se pone de manifiesto una pregunta: ¿Qué es ser padre? En el cuento de Kenzaburo vemos que no hay una fórmula universal, porque en realidad es una pregunta que nadie puede responder.  



Y siendo que esta historia puede ser la de cualquiera, cuando nos dejamos llevar por la magia de las palabras, y eso es lo interesante, la historia se eleva a un nivel que evoca las cuestiones más intrincadas del ser. Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura es lo que el hombre gordo rescata de la frase del padre. Y es una frase que nos incluye a todos en su formulación. Todos estamos un poco locos ¿Cómo hacer para tratar la particular locura que a todos nos sujeta? Lo que hace Kenzaburo me parece una manera de tratarla. Pero el paso primero es advertir que cada uno delira un poco, como todo el mundo.

Mónica Unterberger

La magia de las palabras en Kenzaburo Oé. Comentario de Antonio el galeno

Hay una poesía de Machado muy conocida y parecida a la de Rosalía de Castro. También en ella se hace presente la soledad de la que hablábamos anteriormente. Dice así:


YO VOY SOÑANDO CAMINOS




Yo voy soñando caminos 

de la tarde. ¡Las colinas 
doradas, los verdes pinos, 
las polvorientas encinas!...


¿Adónde el camino irá? 

Yo voy cantando, viajero, 
a lo largo del sendero... 
—La tarde cayendo está—.


En el corazón tenía 

la espina de una pasión; 
logré arrancármela un día; 
ya no siento el corazón.


Y todo el campo un momento 

se queda, mudo y sombrío, 
meditando. Suena el viento 
en los álamos del río.


La tarde más se oscurece; 

y el camino se serpea 
y débilmente blanquea, 
se enturbia y desaparece.


Mi cantar vuelve a plañir: 

Aguda espina dorada, 
quién te volviera a sentir 
en el corazón clavada.

En relación al relato de Kenzaburo, tengo que decir que me siento un blasfemo, que puedo cometer el sacrilegio mayor, porque en mi lectura sobre el relato he sentido que jamás he leído con tanta dedicación algo que me interesara tan poco. Es algo fantástico. Creo que ahí está todo el mérito de Kenzaburo. Cuenta una historia pequeña, enfermiza, entre un padre y un hijo que no tiene el menor interés, y la cuenta hilvanando las palabras con una magia que prende. Me preguntaba ¿contará algo que me llegue a interesar? Y consideraba, al mismo tiempo, que estaba ante un gran escritor por la magia que prende al lector.

Antonio

El goce abyecto en el relato de Kenzaburo Oe. Comentario de Graciela Sobral

No pude terminar de leer el libro, acusé el golpe. Pero me inspiro en lo que se va diciendo en la tertulia. Borges tiene un cuento donde se trata el goce: Los inmortales, unos seres que están en el mundo del goce. Pero es un goce mítico, lejano. Creo que el cuento de Kenzaburo Oe también habla del goce, pero de un goce que no es mítico, es más cercano, patológico. Cualquier persona que se haya interrogado sobre sí mismo, sobre su vida, sobre su horror, se encuentra rápidamente en la cercanía de ese goce espantoso, insoportable, significado por esas manos cogidas. Es la manera en que nombro el golpe que me dio la lectura de este cuento. Es decir, Kenzaburo tiene el arte de narrar un goce que resulta insoportable, pero no es el goce de ellos dos exclusivamente, sino el de cada uno de nosotros, un goce abyecto que tratamos de que esté escondido, porque es lo que cada uno quisiera no ver en sí.   

Graciela Sobral.

martes, 4 de diciembre de 2012

Beatriz Schlieper comenta el libro "Demasiado Rojo" del escritor Gustavo Dessal

La extrañeza escalofriante de lo familiar sale a nuestro encuentro en estos relatos que inesperadamente desencadenan un corte en la secuencia con un acontecimiento disruptivo; aunque en algunos al llegar al final se encuentran retroactivamente los indicios que daban el atisbo de un destino imposible de evitar. La muerte siempre soslayada, pero siempre presente en las distintas pérdidas de la vida, se oculta también en el deslizamiento del tiempo. En ese sentido la cita perfecta de Lope de Vega, que sin embargo subtiende como un hilo conductor el conjunto de los relatos. 

Son relatos impiadosos que alojan en el corazón del cuento el parásito que se enrosca y agazapa para asestar el golpe mortal sobre el incauto lector. El odio y el amor mudan y se tornasolan en un compás que evoca una danza macabra; así los vínculos que expresan toda la escala de matices, los que vivifican y al mismo tiempo los que aplastan al sujeto. Así el lugar del padre que en el momento preciso ocupa su lugar, dice lo justo y basta. O el espanto del odio de esa madre que intentando poner un coto a su hija sin amarres, intenta envenenarla incrementando su voracidad y que, por un detalle inesperado, en uno de esos contorneos que hace la vida va a terminar siendo carne de ese mismo apetito inconmensurable. O el otro rencor contenido y silencioso crecido como un hongo a la sombra de la historia transcurrida. Si el lector espera encontrar una tregua en la simultaneidad del relato del acontecer de dos vidas que comparten cierto acostumbramiento amoroso, igual será alcanzado por el sino implacable de ese encuentro fallido. 

Constantemente los relatos se mueven en un juego de espejos, en la puntuación desconcertantemente exacta del autor que con maestría denuncia con este artilugio, la tensión que subyace en lo imaginario de los lazos y que hace que finalmente no se sepa a quien corresponde el enunciado. Donde el yo de cada uno se estira a las fronteras del otro, al punto que ya no se sabe, como decía Lacan, donde estuvo el primer saque. 

Los personajes se desdoblan permanentemente, incluso el tiempo se adelanta a sí mismo por “un accidente”, “un simple error” que desdobla presente y pasado y trasmuta la simple felicidad, “Que estábamos todos y casi parecíamos de verdad”, en la cruda visión del horror del tiempo “descontándose”. Instante de la extrañeza más radical de la subjetividad cuando se ve viéndose en un desgarro del ser que ya no es y que sin embargo sigue siendo en el aquí y ahora. 

La inacabable variedad de los temas y los modos de abordarlos dan cuenta de una capacidad imaginativa que parece no tener fronteras; el intento de fusión adolescente que añora la demanda del sacrificio supremo por parte del objeto de amor; y en las antípodas, el otro rasgo adolescente “hipermoderno” de la exigencia de inmediatez del goce, para quien la única relevancia de la vida ajena es la extraíble utilidad de una circunstancia. 

También el resorte que empuja al hombre constreñido en lo impoluto de la blancura de la que ha hecho su razón, a dirigirse con firmeza, luego del planchado perfecto del pantalón y la corbata adecuada en busca de quién, como él, ya ha elegido su camino. Y el abrupto final, esbozado apenas en las sutiles cadencias del presagio, estalla en el fulgor de un destello que desgarra la cuidada y nívea blancura. Como una afrenta a sus obsesiones la mariposa despliega sus alas y rompe como una mancha su blancura. Demasiado rojo! 

Un hombre que, frente al sinsentido de la vida, añora perderse en el paisaje de un simple cuadro; anhelo del encuentro que, oculto en esa callejuela, solo podía realizarse en el instante final. 

La mirada implacable del guerrero que no hace concesiones y acompaña a quien con un grito de guerra morirá matando su magnífica obra de la Reserva Faunística de Sierra Morada que como él ya no tiene lugar en el mundo. 

Nuevamente la tensión entre ficción y realidad del que despierta soñando con los parámetros exactos de su ser y su entorno, todo está ahí idéntico a sí mismo. El vértigo del vacío de sentido, el pasaje al acto y el horror, de no saber cuando despertó. 

Las finas ironías “no es que sus torturas sean peores que las nuestras. Solo que en este caso la víctima seré yo.” O lo descarnado de: “Vio su propio reflejo en el charco de sangre fresca que se extendía al costado del cuerpo.” 

La belleza poética de las imágenes en la metáfora de “este súcubo que ha entrado por la puerta de la noche” o también “La luz, que luchaba por sobreponerse a esa niebla que nunca se retiraba del todo” 

Y el final del libro que cierra sus páginas con este cuento que se posiciona en el final de los tiempos; y que en el revoltijo de cosas rotas, restos y desechos corta la respiración del lector al mostrar con infinitos detalles la catástrofe del conjuro de la ciencia y el capitalismo. El autor narra con este fresco de la Guerra del Fin de las Guerras, donde también habitan los Hombres que no Hablan, los avatares de los sobrevivientes de una civilización que ya no es más; y que en el límite de sus fuerzas se aferran a la idea de quien portaba en su memoria textos literarios. Ellos creen en su saber y en su promesa de una salida en busca de un punto ignoto. El mar. 

La maravilla de las imágenes infernales: “Mares azules, mares inmóviles de plomo, mares de fuego que se agitaban y gemían como criaturas atormentadas por un terrible dolor. Mares de espejo y de hielo, mares de polvo y ceniza que el viento dispersaba en ráfagas y remolinos. Mares en la noche y mares iluminados por soles exangües y moribundos.” 

Finalmente, el patético invento del que se valen estos últimos personajes del libro, en su escape fellinezco; pero también como metáfora del devenir de la humanidad, condenada al fracaso ilustra sobre el porvenir de una ilusión. 

Este breve comentario es un pequeño recorte de rasgos de algunos relatos y no alcanza a registrar la fineza y las sutilezas con que Gustavo Dessal colorea el dolor de existir con el que nos atrapa una y otra vez.

Beatriz Schlieper

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Lectura Diciembre:"Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura"


En nuestra reunión del mes próximo, como ya anunciamos con anterioridad, abordaremos la obra del nobel Kenzaburo Oé titulada "Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura".

Aunque los responsables de la tertulia recomendamos la lectura de los tres cuentos que componen el volumen, nos centraremos únicamente en el comentario del primero de ellos que da título al libro.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Héctor Urdaneta abre la sesión 38 de Liter-a-tulia con su comentario sobre El mapa y el territorio de Michel Houellebecq

                                                    El espejo y la creación.

 La lectura de “El mapa y el territorio” resulta interesante porque da la oportunidad re-considerar múltiples temas que se van cruzando en el desarrollo de la historia, la soledad, las dificultades de la comunicación, la inspiración en la acción creativa, la sociedad entrelazada con valores de mercado... entre otros.



De ese conjunto de temas posibles para comentar, yo me quedo con el del arte, en una doble dimensión, por un lado desde el aspecto global, en cuanto se refiere al arte como espejo de lo social, y por otro, el arte como emergencia a la inquietud personal que activa mecanismos de creación.   


En la dimensión de arte como espejo social, Hoeullebecq establece todo un juego de relaciones “sintomáticas” en el desarrollo artístico de Jed Martin, la fotografía[1] será su primer acercamiento a la acción creativa, el joven Jed retrata compulsivamente “piezas de acero” que luego servirán a catálogos de ferreterías. Pasado un tiempo y llegado al sentimiento de la saciedad de las imágenes de acero, Jed descubre accidentalmente los mapas Michelin y con ello un nuevo impulso, el de retratar éstas cartografías desde variados e ingeniosos ángulos; en ese momento además, se suma el encuentro de Olga, una mujer bella y con poder que potenciará su primera exposición, respaldándolo con los mejores recursos de apoyo y difusión. Las imágenes de las carreteras serán todo un éxito. 


Posteriormente, salta a la pintura con el proyecto de realizar una “genealogía de los oficios”, en ella se retrata nuestra sociedad desde sus orígenes modernos, es decir, desde oficios artesanos (como el carnicero) hasta los más técnicos (los de última generación). Hoeullebecq se interesa por ciertos personajes que han pasado a representar símbolos de nuestra cultura, por tanto supongo que no fue nada ingenua la decisión de tomar como modelos a Bill Gates y Steve Jobs (jugando una partida de ajedrez, la conversación de Palo Alto), así como, Jeff Koons y Damien Hirst.

Entonces, por un lado, tenemos la ingeniería informática con sus softwares, el desarrollo de la inteligencia artificial, la nanotecnología, la robótica, esa que reproduce semblantes de irrealidad cuando sus efectos se sobreponen a lo humano (generando des-contacto, aislamiento, adicción, exclusión), por otro lado, dos artistas plásticos “supuestos sujetos” de ingenio y saber, capaces de traducir lo humano, y encontramos lo kitsch y la muerte (características ineludibles de nuestra contemporaneidad); curiosamente además, éstos “artistas” son dignos ejemplos de lo hiper-liberal, de los más altos valores de mercado (sus obras gozan de reconocimiento, se venden por precios astronómicos[2].), con ellos se hacen oír ecos de des-humanización. Poder e imagen atraviesan a Jed Martin, Jeff Koons y Damien Hirst (sobre esto podríamos seguir diciendo muchas cosas).

Intentando ser breve, salto al otro punto que me gustaría referir brevemente, el arte como emergencia de creación. Hoeullebecq deje entrever en medio de sus mareas pesimistas como el arte posibilita calma y cuotas/fragmentos de sentido, en el caso de Jed Martin, un personaje un tanto melancólico y derrotado, se entrega a su oficio como un esclavo que no puede huir de su destino. Podemos encontrar la siguiente cita: 

“...a Jed le interrogarían en numerosas ocasiones sobre lo que, en su opinión, significaba ser artista. No habría de encontrar nada interesante ni muy original que decir, exceptuando una sola cosa que en consecuencia repetiría casi en cada entrevista: ser artista, en su opinión, era ante todo ser alguien sometido. Sometido a mensajes misteriosos, imprevisibles, que ha falta de algo mejor y en ausencia de toda creencia religiosa había que calificar de intuiciones; mensajes que no por ello ordenaban de manera menos imperiosa, categórica, sin dejarte la menor posibilidad de escabullirte, a no ser que perdieras toda noción de integridad y respeto por ti mismo.” p. 94[3]

Por tanto, estas palabras me hacen recordar las que ya pronunció hace un tiempo un señor para referirse a la experiencia de todo sujeto en posición de interrogarse sobre su identidad en los momentos en los que el sentido se fuga, se requiere inventar algo, crear algo... y allí, en ese punto ser artista es un esfuerzo de poesía*

 Héctor Urdaneta
 
[1]        En los antecedentes de Jed se lastran un abuelo fotógrafo y un padre arquitecto con ciertas ambiciones artística
[2]        El 30 de agosto de 2007, Hirst vendío su obra trabajo "Por el amor de Dios" ("For the Love of God"), una calavera humana auténtica, toda ella incrustada de diamantes, 8.601 en total, que alcanzó los 50 millones de £ (74 millones de €).
[3]        Otra referencias de éste punto se haya en la P. 222-23

Comentario de "El mapa y el territorio" a cargo de Alberto Estévez

Para nuestra segunda reunión del curso hemos elegido esta novela de Michel Houellebecq, “El Mapa y el Territorio”, y con dicha elección coinciden dos autores franceses abriendo el recorrido que pretendemos hacer este año en la tertulia; Claudel el pasado mes, Houellebecq hoy con este premio Goncourt 2010.

Escritor polémico, de pluma irreverente, considerado l’enfant terrible de la literatura francesa, título que sospechamos acepta con sumo gusto y que se ha ido ganando a pulso, no sólo con sus novelas, por las que ha sido calificado de pornógrafo, misógino o racista por sus innumerables enemigos, también por sus declaraciones, en las que no ha titubeado, por ejemplo en verter comentarios del estilo “la religión más idiota del mundo es el Islam”, que lo hacen acreedor del título de islamófobo.

Pero Houellebecq además de oponentes ganados a conciencia, sin duda, también tiene méritos reconocidos, es ingeniero agrónomo, dato que resuena con el título de esta novela, pero sobre todo es un escritor extraordinario, ensayista y poeta, y respecto de la escritura les cito una frase suya: “En el momento que suscites en los demás una mezcla horrorizada de compasión y desprecio, sabrás que vas por el buen camino. Podrás empezar a escribir”. Dicen que otorgarle el Goncourt consiguió amansar bastante a la fiera, cosa que no habían conseguido los múltiples galardones y premios obtenidos con anterioridad, pero ya vemos en esta frase que el espíritu provocador que lo anima no se ha perdido aún. Efectivamente, no parece tener piedad con el producto mediocre, pero también seguramente responde a un gusto por el trabajo bien hecho y la excelencia.

El Mapa y el Territorio además nos sitúa ante el Houellebecq sociólogo, porque es indiscutible que en esta obra, como en tantas otras obras de calidad, observamos cómo una trama, con sus personajes, en las que se van sucediendo situaciones, es utiliza por el autor para recrear de una manera sólida un retrato de la actualidad, de nuestro presente actual, de nuestro mundo, ese que gracias al deseo del Otro nos ha tocado vivir, y en esta recreación artística, nunca mejor dicho, porque la manera elegida es la de un artista de la escritura, va dejándonos sus impresiones, sus valoraciones, un pensamiento que se posiciona de manera decidida en todo lo que a este mundo le está ocurriendo hoy.

Entonces podemos empezar por ahí, el hombre y su mundo, lo simbólico que marca irremediablemente al uno, frente a la vida misma, lo real en estado puro, o si seguimos la reducción que se permite el autor, El mapa y el territorio. Porque, ¿cuál es la diferencia entre un mapa y un territorio? Mientras éste, fotografiado por ejemplo por un satélite no es más que un conjunto de manchas provocadas por la disposición natural de la vegetación y los accidentes geográficos, un mapa es el resultado del pasaje de un territorio por el descodificador humano, es decir, introduzcan un territorio en el artefacto simbólico con que el ser hablante lo positiva y el resultado que obtendrán será un mapa. ¿Recuerdan el título de la primera exposición de nuestro protagonista? “EL MAPA ES MÁS INTERESANTE QUE EL TERITORIO”

Se trata de la exposición primera, todavía nuestro artista no entró en contacto con el escritor, y decide utilizar esa frase para encabezar su exposición dedicada a ese producto híbrido, mezcla de mapa y foto de satélite, entre real y simbólico. Lo que interesa a Jed Martin es lo que puede hacer la mano del hombre con lo real, dicho de otro modo, qué tipo de domesticación puede lograr la mano del hombre con lo real que nos invade.

Sin duda que resulta interesante cómo este proyecto nace, en un viaje que Jed no duda un momento en emprender, el motivo es el fallecimiento de su abuela, y el otro elemento esencial es el compañero de viaje, ni más ni menos que el padre, y ahí sucede la conmoción ante la visión de los mapas Michelín en la gasolinera; a través de este proyecto abre la posibilidad de una dimensión vital que le va a permitir hacer su singular recorrido por la sociedad parisina, e incluso conocer el amor, aunque respecto de eso creo que tendremos que hilar un poco más fino porque si hablamos en términos de amor quizá solo podamos contar con el amor que Olga siente por él. Pero a lo que iba es que la presencia del padre y la de la muerte son el gérmen de este proyecto que tantos réditos arrojará, es el ejercicio que se resume en un tratar de hacer con para llegar a un saber hacer con.

Pero su primera exposición no es su primera producción artística, recuerdan el proyecto que debe presentar para su admisión en Bellas Artes, las fotografías de los objetos manufacturados del mundo, “La historia de la humanidad es la historia del dominio de los metales”, más de 300 fotos que postulan un serio candidato, incapaz sin embargo de redactar la nota de presentación de dicho trabajo, y Houellebecq enfatiza, dificultad que lo acompañaría durante toda su vida.

Jed es un artista, y un artista extraordinario, pero también podemos abrir un segundo catálogo para enumerar sus dificultades, cosa que no voy a hacer porque me interesó mucho más cómo va enfrentándolas, antes citaba el amor, creer en el amor es para él lo mismo que creer en fantasmas, pero no jugar la partida en el campo del amor no le impide ser depositario de un saber de la comedia sexual, por ejemplo: sabe leer en los ojos de Olga el deseo. En otro sentido, si nos detenemos en la relación con su padre, tampoco éste parece muy amoroso, sí un tipo responsable para criar él solo a un hijo, en todo caso una relación muy distante, y sin embargo hay que ver qué suerte de alquimia produce nuestro personaje para acabar sabiendo que todo lo que viene del padre le permite tomar impulso en la vida (Je père sévère, je persévère), ya saben que el padre no es sólo la persona del padre, es sobre todo una función, y en ese sentido cobra todo su valor el rescate en el desván de la cámara de fotos Linhof del abuelo, el padre de su padre, con ella aborda la cuasi totalidad de sus estudios artísticos.

Esto es lo que me admira de este personaje, porque alguien puede estar plagado de limitaciones, no hay más que ver cómo acaba sus días víctima del desapego fundamental que lo define y que le hace vivir una existencia por la que nunca sintió gran estima, pero ello aunque parezca que puede hacernos incurrir en una contradicción, no tiene porqué significar que el sujeto no pueda estar bien orientado en su vida, y Jed lo demuestra, el artista extraordinario en esta ocasión es una faceta más de un sujeto extraordinario, un ser humano amante de la belleza, por ejemplo, la que puede conseguir la manufactura humana y que se consagra en los objetos, pero no estamos hablando de todos los objetos, no al menos de aquellos que la producción mercantil nos brinda para su consumo adictivo, hablamos del artesanado, de aquellos objetos que están marcados por cierta magia, que encierran el deseo de quien los pensó y elaboró, esa es la magia que los envuelve, es la magia que los humaniza y los distingue de aquellos otros objetos científicos, diseñados técnicamente para ser gozados.

Pero apreciar el trabajo artesano, ser capaz de admirar dichos objetos no es nada especial, en todo caso podría vulgarmente tomarse como tener buen gusto, no dudo que Jed lo tenga, pero tampoco de que él va más allá, su gusto por esos objetos no es fruto solamente de la belleza propia de dicho objeto, es el resultado de una posición ética que marca su vida, que aloja el lugar de la causa como lugar de un vacío y el deseo como deseo de otra cosa, es ese el camino que nos permite pensar su arte como la forma de operar con lo imposible.

Por esto, uno de los aspectos que más me ha interrogado de la lectura de este libro es el papel tan destacado que tienen los objetos que aparecen, ya digo, me parece que no todos tienen el mismo estatuto, no es lo mismo el Audi A6 Allroad que la Linhof del abuelo, pero en ese sentido el libro es también él un catálogo, que incluso puede llegar a relatar el manual de instrucciones de uno de los objetos que se describen, una especie de realismo exhacerbado. Me parece haber entendido el porqué de esta promoción de los objetos, les cito: Es brutal, ¿sabe usted?, terriblemente brutal. Mientras que las especies animales más insignificantes tardan miles, a veces millones de años en desaparecer, los productos manufacturados son desterrados de la superficie del planeta en unos días, nunca se les concede una segunda oportunidad, no les queda más remedio que sufrir, impotentes, el diktat irresponsable y fascista de los responsables de las líneas de producción, que naturalmente saben mejor que nadie lo que quiere el consumidor, que pretenden captar en él una espera de novedades, que lo único que hacen en realidad es transformar su vida en una búsqueda agotadora y desesperada, un vagabundeo sin fin entre lineales eternamente modificados.

Son palabras del escritor dirigidas a Jed, éste le contesta: Quizá deberíamos reservar nuestra confianza y amor para los productos extremadamente onerosos, que gozan de un rango mítico. No me imagino, por ejemplo, que Rolex suspenda la producción del Oyster Perpetual Day-Date.

– Usted es joven… Usted es jovencísimo… Rolex hará lo mismo que los demás. Fíjense a dónde llega Houellebecq en el párrafo siguiente: “También nosotros somos productos, productos culturales. Nosotros también llegaremos a la obsolescencia. El funcionamiento del mecanismo es idéntico, con la salvedad de que no existe, en general, mejora técnica o funcional evidente; sólo subsiste la exigencia de novedad en estado puro”

Por esto Hirst arrebató a Koons el nº1 en el mercado del arte, y hoy vemos sus habituales representaciones mortíferas en forma de calaveras estampadas en los productos de cualquier tienda de moda que se precie de estar a la última, porque la producción mercantil ha asestado un golpe fatal a los últimos representantes del artesanado. Esto es lo que desliza el libro bajo su trama de ficción, y ocurre porque Houellebecq es un pensador, un filósofo de nuestro tiempo, y su amplia visión de lo que está pasando en el mundo le permite darse cuenta de que la dictadura del mercado no se concreta única exclusivamente en el mundo del arte, también percibe todo lo que conlleva, y el libro marca muy bien en distintos momentos la tendencia actual a interpretar todo desde la biología que reduce al hombre a sus condiciones biológicas, mientras el autor lo rescata de esa animalidad y lo eleva por encima de la naturaleza, ese es el efecto del lenguaje, esa es la arista que añade lo simbólico y lo cambia todo porque hace que, como tan bien nos dice Jacques Alain Miller, el cuerpo del hombre sea la vergüenza de la creación porque está enfermo de la verdad, una verdad que habla y trastorna la relación del cuerpo con el mundo.

Sin duda que hay mucha guasa en el autor cuando nos hace ver cómo una diosa como Olga elige a un muchachito como Jed en lugar de un bruto viril que te lleva a la cama, que es la imagen en auge desde hace unos años, no solo un cambio de moda, más bien el retorno a los fundamentos básicos de la naturaleza, la atracción sexual en lo que tiene de más elemental y brutal.

Bien, termino; Jed se retira de un mundo sin magia, de su sociedad tras haberla analizado y retratado, y su marcha en realidad es un regreso, el regreso al estado de soledad de su infancia para crear sus videogramas, 30 años de retiro para su última obra, el triunfo de la vegetación, plasmado en el hundimiento de los objetos industriales en las capas vegetales, la voracidad biológica destruyéndolo todo, es el viaje de retorno, en suma, que lo llevará desde el mapa hasta el territorio.


Alberto Estévez

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Gustavo Dessal comental El Mapa y el Territorio de Michel Houellebecq

            Una profunda piedad sobre la condición humana

Quiero agradecerle a Héctor la apertura que ha hecho de la tertulia, estableciendo una perspectiva verdaderamente interesante sobre el arte como reflejo o síntoma del mundo contemporáneo.

Para mi gusto estamos hoy ante una novela de gran riqueza, independientemente de la polémica que se pueda crear acerca del escritor. He leído todas las novelas de Houellebecq, incluso el intercambio epistolar entre él y Bernard-Henri Lévi publicado con el título Enemigos públicos. Creo que Houellebecq no es sólo un escritor, es también un filósofo, un pensador. Eso es algo que me gusta de los escritores, pues en la literatura es necesario que haya también un pensamiento. Houellebecq no es un simple escritor que se dedica a entretener y producir best-sellers, sino que tiene algo más.

Independientemente de la fascinación que ejerce, buena parte de la crítica lo ha condenado como un tipo canalla. Supongo que él ha hecho bastante para granjearse esa fama. Sin embargo, en su obra no he encontrado una posición canallesca, sino todo lo contrario.

En primer lugar, me parece que no es un moralista. No es el único autor que ha hecho el esfuerzo de retratar la posmodernidad –posiblemente sea, en ese sentido, uno de los mejores— pero como digo, ha tenido la capacidad de situarse en una perspectiva que no abre juicios morales. Houellebecq hace una crítica social terriblemente descarnada, pero al mismo tiempo es capaz de expresar una profunda piedad sobre la condición humana. Por eso pienso que no se trata de un sujeto canalla. Hay muchísimos párrafos y frases donde detrás de ese personaje que parece cínico, frío, y descreído de todo, se expresa una compasión por el género humano.

Un caso concreto. La manera en que describe el geriátrico y las cenas de los ancianos. Por una parte, con esa crudeza propia de la época contemporánea en la cual la gente no sabe qué hacer con sus viejos, pero a la vez la descripción traduce una profunda piedad por el dolor y el sufrimiento. Hay muchos ejemplos de ese tipo.

Pocas veces he leído a un autor tan autobiográfico. Él está en todos sus libros y en todos sus personajes, incluso los femeninos. Se desdobla en todos ellos.

El mapa y el territorio es una obra madura. En esta ocasión, a diferencia de las anteriores, no utiliza el recurso a lo pornográfico. Hay que decir que, en otras novelas, lo utiliza muy bien, pues no es fácil hacerlo con rigor y estilo. Pero en esta vemos a un Houellebecq muy distinto.

Me ha interesado, fundamentalmente, el personaje que crea, Jed Martin, ese personaje que, insisto, se repite en otras novelas. Por ejemplo, en Las partículas elementales, uno de los protagonistas es un sujeto semejante a Jed Martin. Y en casi todos los personajes está esa caracterización de un sujeto profundamente extraviado en la existencia, terriblemente separado de la vida. En efecto, es sintomático que su partenaire más humano, su compañero fiel, sea ese calentador estropeado. Jed se ha convertido en un multimillonario, pero no lo cambia por otro. Tiene un gran cariño por ese objeto. Y es que Jed no puede amar nada vivo. Si todos estamos separados del territorio, él lo está un poco más.

Hay varios ejes de lectura fundamentales. Por una parte la relación con el padre, que recorre todo el libro. Una relación un tanto ritualizada, pero que en ningún momento se interrumpe. Él cuida del padre. Es la única relación verdadera, la única continuada, la única que llega, en determinado momento, a conmoverlo, al punto de que cuando va averiguar lo que pasó en el geriátrico de Suiza está a punto de asesinar a la gerente que lo atiende. Es el único momento en donde uno asiste a una verdadera conmoción, porque en el resto de su vida nada lo conmueve. Puede lamentar un poco la pérdida de esa mujer tan bella, Olga; su fama lo deja un poco perplejo; el dinero no le cambia la vida; tiene un coche un poco más lujoso, pero en el fondo nada lo toca verdaderamente.

En este sentido, para Jed lo interesante es el mapa. Porque a pesar del padre, es un sujeto huérfano. De ahí viene la necesidad del mapa. El mapa es la búsqueda de las carreteras que lo orienten un poco. Cuando Lacan eligió la metáfora de la "carretera principal" para hablar del Nombre del Padre no lo hizo por casualidad. Podría haber usado otra metáfora, pero se decidió por esa. Y Jed no se orienta en la vida sino a través de eso que ha conseguido inventar, a falta de una "carretera principal". Héctor Urdaneta, en su introducción a la tertulia, lo ha planteado muy bien: mediante el arte nuestro protagonista ha conseguido encontrar un lugar digno en el mundo.

Eso es Houellebecq, esa es su vida. Ni siquiera se encarga de disimular demasiado las huellas de su propia vida. Es muy interesante, porque la relación con la madre ha sido para él una cuestión atroz, y él mismo es un padre fracasado. Me parece que nos trasmite la posición ética del personaje que consigue hacerse un lugar digno en el mundo, un lugar donde, además, su propio éxito no lo corrompe. A pesar de que cambian sus circunstancias, sigue siendo “fiel a si mismo y a su calentador”. Y esa es, a mi modo de ver, la posición del propio autor, que ha ganado dinero a espuertas, y que, al mismo tiempo, sigue muy pegado a su síntoma.

En síntesis, Houellebecq sería un voyeur de la realidad. No creo que sea un autor que promocione la catástrofe. La ve, no la inventa. Ve la catástrofe, no la condena ni la promueve, ni se horroriza ante ella. Pero insisto en que a su mirada no le falta compasión.

Se le critica el hecho de que no ofrezca una alternativa. No sé si un escritor está obligado a ofrecer una visión positiva, o una idea salvadora. También se necesitan escritores que nos pongan frente al abismo y que nos hagan mirar eso. Después, que cada uno decida si quiere suicidarse, o tratar de producir alguna clase de salvación.
Gustavo Dessal 

El mapa y el territorio. Comentario de Miguel Alonso

                           Objetos y ficciones, banalidades y trascendencias

De la objetividad a la ficción. De la ciencia al poema. Del objeto al sujeto. De la infinitud a la caducidad. Trescientas sesenta y nueve páginas para transitar “el mapa”, ocho para otear “el territorio”. Trescientas sesenta y nueve páginas para mostrar la exclusión del sujeto, nueve para mostrarlo. Houellebecq, en  su afán por introducirse en la banalidad intrascendente del mundo moderno, hace transitar a Jed Martin páginas y páginas –algunas interminables, como las de la primera parte, dedicadas al arte contemporáneo— para que sintamos la frialdad emotiva, rutinaria y brutal, de un “mecanismo racional”, el capitalismo, y algunas de sus consecuencias más notables, por ejemplo, la falta de ubicación subjetiva, el aislamiento, y la conversión de lo humano en objeto y mercancía. Soportando una cierta fatiga, Jed Martin arriba a las últimas páginas, las del encuentro con la inevitable trascendencia, el límite y la finitud de lo humano, categorías representadas, ahora sí, en una auténtica muestra de arte contemporáneo.  

Qué mejor escenario que el del arte para el juego entre objetos y ficciones, entre banalidades y trascendencias. Encuentro un desdoblamiento muy interesante entre lo clásico y lo contemporáneo. Si miramos la novela en su conjunto, pareciera ceñirse a la propuesta del arte clásico, a la propuesta de los pintores clásicos, una invitación a que nos adentremos en los senderos de la perspectiva –en este caso la del sistema capitalista—, para que caminemos por ella como sujetos. Houellebecq, tengo la impresión de que, por un lado, pretende incluir en esa perspectiva el desgarramiento emocional del sujeto del capitalismo; por otro lado, Jed Martin, desdoblado a su vez entre su papel como desubicado existencial –así se muestra en la perspectiva que dibuja Houellebecq, en su problemática relación con el padre y las mujeres— y su papel activo como producto del capitalismo en el que excluye al sujeto llenando su arte de objetos, de objetividad, de letras incesantes—no de palabras— que, en su acumulación hacen sentir cierto rechazo a un lector, porque, sea éste clásico o moderno, no puede asentarse en la vida más que como sujeto de la palabra. ¿Cuál sería la esencia de su arte?:   

Representaciones del mundo en las cuales la gente no debía de estar incluida(P. 34)

Esta me parece una de las vertientes fundamentales de la novela: una exclusión, un rechazo muy singular que el sistema realiza del sujeto en pos del encuentro con una pretendida objetividad. Porque, aunque en sus cuadros aparezcan seres humanos, Jed sólo pretende reflejar una objetividad que se daría en las relaciones de trabajo.

No podemos, sino, dejar sentir nuestra inquietud por esta deriva, absolutamente brutal, que echa raíces y llena de prejuicios tanto al estamento social como a los individuos. Tomando lo que en un determinado contexto de la novela se nombra como “error de la modernidad”, me apropio de ese significante para sostener que el protagonista, Jed Martin, así como su vida, no son sino la consecuencia de ese “error de la modernidad”. En su interior podemos oponer la frialdad racional del mercado capitalista a la emotividad de lo humano, la realidad pretendidamente objetiva de los cuadros y fotografías a la realidad como ficción, arte clásico a arte moderno y, finalmente, oponer mapa y territorio.

En realidad, lo que hace Jed Martin, sin saberlo, es producir un oxímoron insoportablemente prosaico. Estaría pintando “ficción objetiva”. Porque la objetividad que pretende es irrepresentable –como toda objetividad. El objeto, si bien lo miramos, no deja de ser una víscera que se le arranca a la palabra después de romperla. Y la visión de las vísceras, para lo humano, es repugnante. Nos basta contemplar esa muestra de arte contemporáneo radical que es el cadáver troceado y esparcido de Houellebecq para darnos cuenta del rechazo que produce el objeto desnudo, sin la vestidura de su semblante. Como señala Máximo Recalcati en su obra Las tres estéticas de Lacan, un culto realístico de la Cosa.    

El epígrafe que encabeza la novela: "El mundo está harto de mí y yo estoy harto de él", parece justificar este comentario asentado sobre el error de la modernidad. Una fatiga que proviene de esta versión prosaica, violenta e ignorante del sistema capitalista que, con sus mecanismos reguladores de lo humano, no hace sino precarizar la vida, borrando la palabra y cualquier atisbo de espiritualidad en lo humano.     

Si nos detenemos en la contemplación de la perspectiva de Houellebecq, uno se pregunta cuáles son los lazos que unen a los seres humanos en este sistema, cuál es la argamasa que cohesiona esta propuesta de modernidad. Una vez introducidos en el movimiento vertiginoso y disperso de la novela, en el remolino de objetos y marcas, de siglas que nombran a esos objetos y marcas, sin poder fijar la mirada en ningún lugar concreto, nos apeamos de las trascendencias para apostar por la banalidad de esos lazos sociales. Podemos pensar que Jed Martin sólo consigue establecer una impecable relación con su calentador, mientras que tiene auténticos problemas para constituir relaciones estables con los seres humanos.   

Desde estos presupuestos, sostengo que El mapa y el territorio se puede tomar como una novela política, como una visión política de lo social. Porque contrapone esa dialéctica permanente entre los mecanismos mercantiles y un sujeto esencialmente desubicado y misántropo, a un reclamo que se le hace al sistema, su falta de humanidad.       

Es la contraposición entre “el mapa y el territorio”. El mapa es ese lienzo de realismo cargado de ironía que pinta un entramado social gozante y narcisista, signado por el frenesí irrefrenable del capitalismo, por lo mercantil, por el funcionalismo, por la producción incesante de objetos, por la oferta y la demanda, mientras que el territorio –esto es muy importante— no sería ninguna realidad objetiva, no sería ningún relieve Michelín que pueda objetivarse en la fotografía, no es ningún objeto que pueda ser fijado en la fotografía, no es ninguna idea que pueda ser pintada en un lienzo, todo eso son pantallas y lienzos de ilusión, pues el territorio está constituido por los elementos afectivos del sujeto, y por algo inexplorable y real, esos restos que el sistema no puede acotar.

Como decíamos anteriormente, la objetividad, la Cosa, no es alcanzable por lo humano, es el resto insoportable que Jed no puede captar, que no consigue domesticar, que no puede hacer entrar en ninguna realidad. Es lo que se pone en juego cuando afronta el cuadro de Jeff Kons y Damien Hirst, y no puede hacer otra cosa que destruirlo. Esta imposibilidad de objetivación es el reclamo final de la novela, ese donde las fotografías muestran el territorio del límite como caducidad de la vida. Es lo real, el contrapunto trascendente que diluye toda la banalidad de lo incesante e ilimitado de la maquinaria capitalista.

En este sentido, me parece bien escogido el escenario del arte para visualizar la contraposición entre mapa y territorio. Evoco a Gérard Wajcman en su análisis de Cuadrado negro sobre fondo blanco de Malevich, análisis que lleva a cabo en su ensayo El objeto del siglo. Siguiendo sus hipótesis  de manera muy general, todos los cuadros –todos los mapas, diríamos nosotros— son una mostración, no de la realidad, sino de la “estructura de la ilusión”. “Todo espacio es una ilusión pintada” y además, para lo humano, “la ilusión es irreductible”. Para nosotros, “La verdad es eso”. Lo cual consuena con el aforismo lacaniano de que “la verdad tiene estructura de ficción”. 

Es decir, el capitalismo miente en su objetividad. Nuestra realidad es un mapa, una ficción, sólo ahí podemos orientarnos, pues el territorio, como decíamos anteriormente, es real, y por tanto, inexplorable. La realidad que pinta y fotografía Jed Martin, así como la realidad que denuncia Houellebecq en su novela, son ilusiones, ficciones, “un poco de pintura sobre una superficie”*, podemos decir, un poco de palabra, jueguecitos intrascendentes, y hasta banales, realizados sobre telas opacas.

La primera conclusión es clara: el hombre está separado de la naturaleza, por eso necesita, de forma irremediable, construir ilusiones, mapas, ficciones, en definitiva, sistemas de vida, realidades en las que poder vivir.

El hombre no formaba parte de la naturaleza, se había elevado por encima de ella(El mapa y el territorio. Michel Houellebecq. Ed. Anagrama. Página 282)

La segunda conclusión es el carácter contingente de este sistema capitalista, su carácter de ficción. Pero al ser contingente, la caducidad que se le marca al ser humano, es una caducidad que recae también sobre el capitalismo.

Me parece que la novela, mostrando la realidad en su estructura de ficción, de ilusión, diluye el engaño de la objetividad y de la aparente eternidad en que se sostiene el sistema capitalista, lo cual deja abierta las puertas para otras posibilidades, para la construcción de otros escenarios vitales en los que podamos organizar un sistema de valores más acordes con nuestra naturaleza humana.

Esta sería la cuestión política que se deduce de la novela.

Miguel Ángel Alonso