martes, 8 de mayo de 2012

"Desvelo", el relato de Ovidiu Stoicescu comentado por Mª José Martínez Sánchez

No puede ser mejor este relato que nos sorprende por su agudeza retratando la  complejidad de las cosas. Se trata de asistir a una conversación que se repite noche tras noche entre una madre y su hijo. Éste, que ya es mayor y parece haber vuelto al hogar sin que sepamos por qué, se mide con su madre en un ritual de duelo nocturno de silencios y palabras. Pero para este encuentro se preparan los dos, sobre todo la madre, que elige el tierno escenario del dormitorio en donde va a dar a su hijo las buenas noches. La elección es muy buena y el encuentro tiene reminiscencias de beso materno infantil junto a un peluche. A veces, nos dice el chico, él le contesta con una falsa sonrisa de felicidad, en tanto aprende de su enorme capacidad para hacer daño, o bien abomina de su desvelo por querer demostrarle siempre su incomparable virtud. Pero ya hemos leído el relato y sabemos que su odio es totalmente infructuoso, y tal vez este relato que hoy traemos a nuestra tertulia, quiera decirnos precisamente eso: que el odio es inútil, que no soluciona nada, que se retroalimenta y se perpetúa, de tal manera, que no es la vida real la que pierde la madre ni hay nada que termine o desaparezca en la escena mostrada por este relato, porque hasta el grito final es imaginario.
            
Ovidiu Stoicescu, universitario y escritor rumano de 58 años, divorciado,  conoce muy bien al tipo de hombre que fueron antiguos reyes de su tierra, el cruel  hombre medieval que viniendo en oleadas guerreras sobre su país, domina, mata, somete y ahoga siempre a sus enemigos para cobrarse el botín. Y esta es la figura que parece reclamar la madre, la del hombre triunfador que trae a casa el sueldo a cualquier precio, aunque ahora le diga al hijo que admiraba la decencia de su padre, trayendo a colación el episodio del juguete. Este es el tandem madre-hijo que aparece en el relato fingiendo ella que no finge, según la versión del hijo. Pero ya es solamente es una discreta sombra, y aún así –dice-, sigue arrastrando el peso de los recuerdos, el peso del tiempo. Y como el hijo ya es de otra generación y por eso avanza, se atreve a comentarle algo sobre la culpa. Entonces ella disimula en tanto él se queja de que su madre no haya tenido otra manera de vivir sino esta, la de exigir a su marido una seguridad, frente al espantajo de la incertidumbre, aún a costa de aceptar un soborno, para obtener una vida confortable y segura dentro de un matrimonio convencional. Y el chico sigue diciéndole que esa seguridad la logró a cambio de nada, y le recuerda su desidia y el abandono en que lo tuvo de niño sin querer ocuparse de él, además de observar con indiferencia la trabajosa miseria de quienes se ven obligados a esforzarse para vivir. Lógicamente el chico reclama otro ejemplo de vida, que ya es bastante.

Hay momentos del diálogo en los que la madre se coloca en el papel de esposa, y entonces se deja ver su conflicto matrimonial, y se comprende, perfectamente, que cada uno de los personajes del diálogo tenga su  particular punto de vista. Luego ella le dice al hijo que no conoce nada de lo que ella ha padecido con su padre, porque cuando él estaba fuera y venía de visita, él fingía en su presencia aparentando cierto interés; y ahora él quiere echarle la culpa de todo. Esos son los momentos en los que la madre –nos dice él-, hace “giros mortales en el aire de la memoria para acabar siempre de pie”. Sea como sea, la culpa está presente y no encuentra donde colocarse ya que nadie la quiere aceptar, y los argumentos de la controversia se repiten sin cesar ya que, tal vez, cada uno ve las cosas de distinta manera. Así es la condición humana, a pesar de que momentos antes el autor nos aseguró que la culpa es una manifestación de la decencia. Muy buena y muy reconfortante definición.
            
Sin duda la madre siente remordimientos. El hijo a su vez, también reconoce que no escuchó al padre cuando lo necesitaba, que no le ayudó, que lo dejó solo, porque él tenía sus propios planes vitales y no quería contagiarse. Y esta declaración, que nos parece lógica, tal vez oculte otro sentimiento de culpa y sea la causa de que el hijo no pueda liberarse de la madre en ese reparto de responsabilidades hecho con nocturnidad.
            
Es en el tandem madre-hijo donde encontramos la raíz del odio, pero yo dudo si este odio viene del gran ascendiente que tiene la madre sobre el chico, o si es que le sigue el juego porque no puede dejar de odiarla. Pero si la odia tanto ¿por qué no la echa de la habitación? Pues porque, como dije al principio, el odio se alimenta de sí mismo. Los dos personajes tienen un acuerdo de sangre que durará para siempre, en tanto disimulan para que todo eso les resulte llevadero. Luego el protagonista nos aclara que ha de mantener ese odio para que su madre no lo vea débil y la devore con su amor, y yo disiento totalmente de esta afirmación que hace el autor, porque en esa madre que me describe el relato no encuentro nada de amor, ni siquiera un pobre amor de segunda clase. Los padres y madres no son padres y madres por tener hijos, son padres y madres por querer tener hijos, y ese “querer tener hijos”, es algo muy especial.
            
Tenemos, pues, a dos adultos que, erróneamente,  buscaron apoyo en el hijo, quizá consejo. Tal vez las circunstancias y los recíprocos intereses los llevaron hasta ahí, pero el hijo que no escuchó ni jugó el papel que su padre le pedía, aún escucha cada noche a la madre con sus penosos recuerdos sin poder liberarse de ella. El vínculo que une a este hijo con su madre, de la que normalmente se espera todo lo bueno, es un vínculo muy fuerte: es la neurosis.
            
Desde la Mitología griega, la Madre-Tierra es un símil muy usado en  Literatura. Gea es la madre primordial y también pavorosa, principio y fin. Principio  porque da vida y fin, porque la entierra. Y es muy curioso observar, según decían los griegos, que se trata de la Madre-Tierra, la que nació del Caos sin haber tenido padres. Ella nació cuando ambos, Urano, el cielo, y ella, Gea, la tierra, estaban unidos y copulaban sin descanso, hasta que su propio hijo, Crono, la separó del cielo porque ella se lo pidió, y al separar a los dos fue cuando quedó entre ellos un espacio suficiente para que circulara la vida. Y es curioso ver como el hijo que soluciona un problema dispone otro, porque quedarse para siempre separada del cielo, sea el que sea, aunque sea el cielo de la propia subjetividad, no tiene que ser muy agradable. La madre mitológica es una creación rara que después de haber sido separada del cielo por su hijo, vive añorando esa unión. 
            
Estas son las reflexiones a las que nos acerca la Mitología para aclararnos que ella, la Madre, como tierra que era, conocía perfectamente los tenebrosos mundos subterráneos.
            
El autor ha entretejido a todos los personajes y los ha mezclado muy bien, igual que hizo ella en su loco deseo de justificación y manipulación, como cuando sin darle mayor importancia, avisa al chico del recado que le llegó del taller. Y con este nuevo  salto en el vacío, consigue dejar al chico callado y dejar también abierto el camino para poder seguir hablando al día siguiente. Pero ¿por qué seguir? Pues porque la madre  necesita rescatar, en esa charla, su justificación y su integridad.

               


No se si los lectores, desde fuera, podremos señalar, con claridad, todas y cada una de las circunstancias que dieron lugar a esta historia.

Mª José Martínez

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