sábado, 9 de enero de 2016

Tertulia 66. El caballero inexistente, de Italo Calvino. Comentario de Gustavo Dessal

La obra que hoy nos reúne es compleja. Aunque su lectura pueda resultar amena, tengo la impresión de que su densidad simbólica es tan grande que me resulta difícil encontrar una puerta de entrada. Nunca sabemos lo que un autor se propone expresar, y por otra parte los lectores tenemos el derecho de librarnos a nuestro antojo y escoger el sentido que nos plazca. No estamos obligados a someternos a las reglas que rigen las obras científicas o filosóficas, en las que la interpretación está más limitada. Es por ese motivo que la ficción nos ofrece la oportunidad de encender nuestra imaginación, y crear una relación íntima y personal con el autor, aunque seamos para él desconocidos. Por supuesto, existen interpretaciones más interesantes que otras, no necesariamente por ser más versadas en la crítica literaria. De hecho, en el prólogo a la edición que hemos encontrado en internet, Esther Benítez propone la lectura de esta pequeña obra como una sátira de la Guerra Fría. Es un buen ejemplo de que la crítica literaria no necesariamente logra indicarnos el mejor camino.
        
No obstante, es cierto que el fondo general sobre el que se asienta el argumento, a la vez fantástico y surrealista, es la guerra. Pero no importa si se trata de una guerra concreta, sino más bien que la guerra sea prácticamente el estado general y constante de los hombres. Aunque tendemos a considerar que en el último siglo hemos conocido las mayores atrocidades, no debemos olvidar que en tiempos pretéritos la guerra fue una actividad perpetua. Los pueblos de siglos pasados, incluso si nos remontamos a los testimonios de la historia anterior a Cristo, casi no conocieron tiempos de paz. La guerra constituye una de las actividades humanas más importantes, al punto de ser una fuente principal de la economía de pueblos y naciones. Aunque en la actualidad vivimos una tensión bélica en numerosos lugares del planeta, no es comparable a la que nuestros antepasados conocieron. La guerra no era en la antigüedad un acontecimiento excepcional, una fractura en la vida de las sociedades, sino un modo de vida. Esparta fue un estado guerrero, organizado como tal y para ese propósito. Durante varios siglos Europa fue un continente donde sus habitantes iban a la guerra con la misma naturalidad con la que hoy vamos por la mañana al trabajo. Calvino consigue transmitir eso mediante la comicidad. Nos recrea el ejército de Carlomagno en su lucha contra los enemigos de la cristiandad como si se tratase de una gran corporación empresarial. El propio emperador aparece como un jefe que se interesa por la buena marcha de los negocios, pero sin poner en ello una excesiva carga emocional. Entonces, en esa forma de vida que fue la guerra, y que en la actualidad se perpetúa por medios combinados que suman acciones armadas, contiendas económicas, culturales y tecnológicas, vemos discurrir a una serie de personajes disparatados en su apariencia, pero indudablemente complejos. El modélico y antipático Agilulfo, a quien le falta el cuerpo; Gurdulú, a quien no le falta el cuerpo pero sí cabeza; el idealista Torrismundo; Bradamante, cuya identidad femenina se nos revela por sorpresa, redoblada hacia el final de la historia cuando descubrimos que es la monja Teodora, narradora de todas estas peripecias.
        
¿De qué trata este libro? Yo no sabría responder a esta pregunta, de modo que me limitaré a señalar algunos temas.
        
Por una parte, nos encontramos desde el comienzo con una paradoja. Agilulfo parece sentir envidia de quienes poseen un cuerpo, pero es un sentimiento ambivalente, ya que cuando los otros se quitan la armadura, ésta no es más que una envoltura, mucho más vacía que la suya. Al ver las armaduras separadas en sus distintas partes y esparcidas por el suelo, el caballero observa que “los colegas tan nombrados, los gloriosos paladines, ¿qué eran ahora? La armadura, testimonio de su grado y de su nombre, de las hazañas llevadas a cabo, de la fuerza y el valor, hela aquí reducida a una envoltura, a chatarra vacía”. En cambio a él, el inexistente, “no era posible descomponerlo en piezas, desmembrarlo: era y seguía siendo en cada momento del día y de la noche Agilulfo Emo Bertrandino de los Guildivernos y de los Otros de Corbentraz y Sura, armado caballero de Selimpia Citerior y de Fez”. Calvino nos hace una especie de juego de prestidigitación. La armadura es una metonimia del cuerpo, una envoltura, del mismo modo que lo es la imagen del cuerpo. Agilulfo no posee un cuerpo pero sin embargo posee la imagen que le da su armadura, que jamás se quita, y sobre todo la identidad del  imponente nombre, cuya consistencia es para él mayor que la de los otros. Tenemos allí, pues, un primer tema. ¿Qué existe más? ¿El cuerpo y su imagen, afectados por el tiempo, prometidos a la caducidad y la muerte, o el nombre, capaz de conquistar una trascendencia?
        
Como no obstante la existencia real requiere de la vida, Calvino le confiere a Agilulfo un complemento: el cuerpo acéfalo de Gurdulú. Es Carlomagno quien lo convierte en escudero. Al revés de lo que le sucede con Agilulfo, cuya ausencia de cuerpo se suple con la certidumbre del nombre, Gurdulú se llama de muchas maneras, sus nombres cambian como las estaciones del año, y ninguno de ellos le asegura un ser. En cambio sí está dotado para los goces de la vida: comer, beber, retozar con las mujeres. Mientras Agilulfo cree saber quién es, pero es incapaz de gozar, Gurdulú goza pero no puede saber quién es. Hay allí, entonces, otro tema que se indaga de manera cómica: la oposición entre el ser y el pensamiento. Calvino encuentra un modo irónico de cuestionar, casi del mismo modo en que lo ha hecho Jacques Lacan, el célebre cogito cartesiano, según el cual el pensamiento asegura el ser: “Pienso, luego soy”. Cuestionar el cogito cartesiano no es poca cosa, si tenemos en cuenta que constituye el principio filosófico sobre el que se apoya toda nuestra ciencia moderna. Esta oposición entre Agilulfo y Gurdulú puede enunciarse como lo hace Lacan cuando retuerce el cogito de Descartes: “Soy allí donde no pienso, pienso allí donde no soy”. Gurdulú es porque no piensa. Solo actúa. Agilulfo piensa todo el tiempo, pero no puede ser.
        
Desde luego, hay muchas más cuestiones que espero podamos desarrollar a lo largo de la conversación, pero de momento me detengo aquí.


Gustavo Dessal

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