martes, 16 de junio de 2009

Inicio 9ª Reunión Liter-a-tulia; un comentario de Alberto Estévez



Las Salvajes Muchachas del Partido,

de Lázaro Covadlo



Esta es la obra a la que dedicamos nuestra cita de fin de curso, que en el orden de las obras que hemos trabajado, ocupa el noveno lugar desde Septiembre pasado en el que iniciamos nuestras reuniones.
Nos vemos obsequiados hoy con la presencia del autor, D. Lázaro Covadlo, que ha tenido la gentileza de aceptar nuestra invitación y nos permite gozar del privilegio de su compañía a la hora de abordar las cuestiones que esta obra suya suscite.
Celebramos enormemente que el autor haya cambiado de idea. Digo esto porque en sus páginas nos advierte que no le pidamos que visite a un psicoanalista; ha venido al psicoanalista. Esperemos que en esta ocasión pueda sacar algo en limpio.
Al fin y al cabo, esta advertencia suya hay que tomarla con muchas reservas, ya que el propio libro no se encuentra muy distante de una lectura psicoanalítica. No sólo por cómo plantea las situaciones en las que la paradoja está siempre presente, por el dibujo que hace del sujeto, de sus encuentros y desencuentros, por los conceptos con los que decide lidiar en el relato, sino también porque nos orienta de manera muy nítida de por dónde él no está dispuesto a pasar, y encontramos indicaciones muy precisas al respecto. El autor nos dice: esto no es un libro de auto ayuda. Está muy bien, porque nosotros no queremos perder el tiempo con términos como listado y gestión de escenas fundamentales, o con el dibujo del mapa de nuestra existencia; vaya usted a saber el garabato que nos puede llegar a salir.
Evidentemente, estas cuestiones están mucho mejor expresadas en el libro, con un fino sentido del humor y una ironía que en ocasiones nos arranca la risa. Pero donde se percibe claramente de qué pretende alejarse y adonde se arrima el autor es en el rumbo que nos va haciendo tomar la propia lectura, fruto inevitable del saber con el que Covadlo aborda una historia.
En primer lugar quiero citar, porque para mí se ha representado como un concepto espinal, que recorre la obra de principio a fin, el asunto de la ficción, con el que nada más empezar la obra ya se busca nuestra complicidad en la sospecha de que los seres humanos viven en un estado de ficción perpetua. Esto resuena, la palabra casi por su resonancia invita a pensar en algo del lado de una condena, un elemento ineliminable de la estructura del sujeto. Vivimos una ficción perpetua. Pero atención, porque sólo un poco más adelante y por si teníamos alguna duda del matiz con el que el autor quiere que pensemos esta cuestión de la ficción, abunda en su sospecha y nos dice: “la ficción nos cubre del principio al fin, y es el faro que ilumina la realidad”. Es decir, desde que nacemos hasta que morimos nos vemos en la imposibilidad de desembarazarnos de la ficción como elemento por el que ha de pasar la percepción de la realidad, lo que convierte a mi realidad y tu realidad en diferentes. El ejercicio al que nos somete este espacio, Liter-a-tulia, nos ha permitido comprobar como eso se ha ido cumpliendo en la discusión de cada una de las obras que hemos propuesto.
Que la realidad esté preñada de ficción es por tanto una visión muy próxima a la del psicoanálisis. El propio Jacques Lacan, que afinaba enormemente en sus enunciados, nos dejó una perla entre tantas cuando nos dijo


que la verdad tiene estructura de ficción. Covadlo lo sabe, y al final del libro ya no lo enuncia en tono de sospecha, está convencido: “en la vida y en la historia de los hombres siempre acaba triunfando la ficción”

He tenido oportunidad muy recientemente de compartir una mesa en la que se presentaba el libro de un amigo, Gustavo Dessal, con Don José María Merino. En su muy reciente ingreso en la Real Academia Española, pronunció un discurso que llevaba el título “Ficción de Verdad”. En él nos dice que la realidad puede ser descrita como verdadera o falsa, pero la ficción es un camino distinto, distinto de la mera crónica, porque la ficción revela lo que la realidad esconde, es por eso que puede crear una realidad propia, exclusiva.

Para él, sigo con su discurso, que la especie humana inventara la palabra y la ordenase en ficciones nos convirtió en ese mismo momento en sapiens. Y creo que cuando dice que sirviendo a la realidad, la ficción construye una forma exclusiva de verdad, estamos retornando al enunciado de Lacan. Es cierto que nosotros los psicoanalistas para hablar de cuestiones afines a la ficción utilizamos más comúnmente el término mito, herederos como somos de Freud, un lector inagotable por cierto, pero estamos hablando de las mismas cuestiones, que hacen a la argumentación que pretendo hoy, más allá de que el significante sea el mismo exactamente.
Parece pues que la realidad cambia en el caso de cada uno, y para nuestro narrador, si la realidad de la vida no estaba llena de aventuras terribles e inquietantes como las que le contaba Salustiano, entonces habría que conformarse con una existencia gris y desolada, la de los resignados y acomodados, que vegetan transportando una masa de carne y huesos, ese sería su destino. Este otro aspecto lo considero fundamental en el desarrollo de la novela; la identidad. Covadlo desconfía, y así nos dice que duda de que el niño, el joven y el hombre sean realmente un mismo ser. Es verdaderamente brillante la apuesta, y arriesgada, parece que invitase a pensar en una multiplicidad de identidades, al menos 3, una para el niño, otra para el joven y una última para el hombre, pero también es cierto que hay gente que no madura nunca, esos sólo dispondrían de dos, y no digamos de aquellos que son niños toda la vida, en ese caso no habría cambio de identidad, una para toda la vida, como la madre.
Es cierto que aunque nos guste hablar de identidad como un todo, algo unitario, seguramente respondiendo a un afán de totalidad que trata de velar las grietas y los vacíos que inevitablemente nos acompañan, la identidad es más bien una suma, la suma de las múltiples identificaciones que a lo largo de la vida vamos agregando en forma de compendio que finalmente nos identifica, pero no del todo. El protagonista de nuestra novela es en ese sentido un ejemplo absolutamente ilustrativo: la identidad de Baruj Kowenski está compuesta de anarquista, revolucionario, contrabandista, zapatero remendón, talabartero, impresor, soldado de caballería, … Algunas otras identidades están en entredicho, como la de esposo, la de padre, y sobre todo la de religioso. Me parecieron sublimes sus diálogos con el rabino de Moisés Ville, aquellos en los que le recuerda que la mejor ofrenda a Dios es cumplir sus mandatos y no decidir por cuenta propia, o cuando le da por hacer historia y le lanza a la cara que el primer pogrom fue llevado a cabo por judíos. La máxima autoridad religiosa de la colonia lo insta a abandonarla harto ya de nuestro impío Baruj.
Pero si hay una identidad que destaca por encima del resto y que marca verdaderamente su devenir es la de fugitivo. Mientras las otras identidades salpican su vida por períodos más o menos largos, fugitivo es la identidad constante, es la más solida, convierte a las demás en secundarias, y realmente es tal la fuerza de este significante que abre la cuestión de la huida como algo más íntimo, como si en realidad Baruj más que escapar de los peligros exteriores, quisiese huir de sí mismo, la amenaza procede de dentro aunque no lo sepa, y esto crea momentos de verdadera confusión sobre todo siendo joven, cuando trata de convencerse que es víctima de sus circunstancias, y estas le impiden ejercer como esposo o como padre.
Los ideales dan consistencia a esta confusión que padece, y así puede pensar que se va a Rusia a defenderlos y reprimir que realmente está escapando del infierno de vida que él mismo ha creado. Así mismo, se reprocha cómo es posible que mientras él está copulando y comiendo como un cerdo, sus camaradas puedan estar muriendo. Pero en esta confusión de nuestro protagonista no participa el autor, más bien todo lo contrario, nos recuerda cuán lábiles pueden llegar a ser algunas etiquetas rimbombantes como la de revolucionario. ¿Qué es un verdadero revolucionario? El tono en ocasiones es de burla, por ejemplo cuando se nos cita el Catecismo Revolucionario; traigo al recuerdo esa escena de tintes dramáticos, en la que Ana le dice que se olvide de ella, que practica el amor libre, mientras en la sala de al lado están los compañeros de Baruj, y aquí está el giro hacia la comedia, resulta que han decidido que todos los bienes se comparten, incluso el bien sexual, porque, ¿cómo va a ser eso de que unos gocen y otros no? La fórmula delirante del prorrateo del placer es un atentado burlesco a la figura ideal del revolucionario.
Ciertamente esta confusión va cediendo, no podemos hablar de la caída de los ideales, pero escuchamos pensamientos de otro signo en la cabeza de Baruj, que pasa de ser víctima de las circunstancias a una posición de cierta responsabilidad con ellas, darse cuenta del infierno que ha creado en su vida, lo mal que la ha encaminado. Es cierto que no sabe porqué llegan las circunstancias hasta determinado extremo, pero empieza a dejarse ver la certidumbre de que él es quien está detrás de sus desdichas.
Esto abre un debate muy interesante en la novela acerca de la teoría del caos, los cambios en un sistema dinámico, los encuentros y las circunstancias que se entrecruzan, las contingencias que provocan giros insospechados, el peso del pasado, y la afirmación de que es ahí donde radica la felicidad; en su evocación me ha hecho sentir cierto punto de melancolía, que no sé como repartir entre el personaje y el narrador, pero presente todo el relato. Digo que abre un debate que en mi opinión desemboca en la cuestión del destino, el destino de los seres humanos. El destino que damos a nuestras vidas, hacia donde ha encaminado Baruj la suya. Se ha mentido a sí mismo tratando de escapar de sus demonios interiores. Su ficción de creerse en deuda con el mundo, ha hecho que pierda el amor de las dos mujeres a las que quería, este ANA-rquista enamorado, que busca rescatar las cenizas de su familia de origen tomando más y más distancia con la propia, con la familia que él hubiera podido haber construido al lado de Berta. O haber estado presente acompañando en el lecho de muerte a su hermano Jehudá, que en su momento le quitó la fantasía de suicidio simplemente recordándole lo que lo quería. Ha huido de tantas cosas, tan continuamente, que le resulta inevitable la sensación de que el mundo ha seguido su marcha sin él. Es un momento conmovedor. Como lo es también el de la confesión de sus sueños, aquellos que narran a través de la metáfora del tren la condena perpetua a la que se ve llevado por su propia ficción, la condena de llegar siempre tarde, de estar en el peor lugar y momento por su propia culpa. Es posible que haya evitado vegetar como una masa de carne y huesos, pero no ha podido dejar de deambular como un fantasma, una sombra escurridiza, siempre a salto de mata, estableciendo una distancia de seguridad que no le permitió llegar a tiempo para tomar su tren.
Ficción, identidad, destino: grandes cuestiones que comparten protagonismo en la novela e interés para el psicoanálisis. Además de un viaje por la historia que seguramente para muchos de nosotros era parcialmente desconocida. El carácter aventurero de Baruj nos ha transportado incluso hasta nuestra propia guerra civil, donde él confiesa entre dientes que quiere completar su autodestrucción. Pero finalmente no hay datos de que esta se produzca, la escena en la que cae abatido por un proyectil enemigo, o en la que fallece a causa una enfermedad grave, no están descritas en la novela. Así que nada nos impide una mirada suspicaz al anciano que podamos encontrarnos en el parque mientras saboreamos nuestra lectura, o al que cedamos el asiento en el vagón del metro, una mirada que escruta si ese hombre pudiera ser Baruj Kowenski. Al fin y al cabo, amigos, y de eso da fe Liter-a-tulia, la ficción siempre triunfa.

Alberto Estévez
12 de Junio de 2009