martes, 15 de enero de 2013

La condena de Kafka y la cara obscena de la ley. Comentario de Miguel Alonso

Franz Kafka es, junto con Sigmund Freud, uno de los pensadores por excelencia de la ley y de su reverso más obsceno. Hay una clara homología entre las formulaciones literarias de Kafka y las temáticas conceptuales de Sigmund Freud. Los dos van más allá de la razón en sus indagaciones, situando la angustia del ser ante su imposibilidad por colmar la exigencia de una ley irracional, sin sentido y perversa, una ley que no es saciada, jamás, por ningún ideal. Una ley, por tanto, ante la cual el sujeto siempre estará en deuda.  

Para comenzar a  hablar de La condena, quiero evocar uno de los títulos más célebres de Kafka, Ante la ley, considerando, además, que es posible relacionar diferentes lugares de su obra en relación al padre. De hecho, según recojo del libro de Georges Bataille, La literatura y el mal, Kafka quería titular toda su obra con un único título, Tentativas de evasión de la esfera paterna. Pues bien, si tratamos de articular Ante la ley y La condena, se podría pensar que George Bendemann no hizo caso de las recomendaciones de ese guardián situado en las puertas de la Ley. Franquear esa puerta de la Ley es responsabilidad exclusiva de quien lo solicita, aun a sabiendas de la advertencia hecha por el guardián, de que en diferentes niveles de la misma hay otros guardianes verdaderamente problemáticos. George Bendemann decidió llevar a cabo esa responsabilidad y realizó la entrada en la Ley.  


Menuda sorpresa se debió de llevar el pobre George. Efectivamente, se encontró con un guardián ambiguo, casi monstruoso, de dos caras: el Padre. Podemos pensar que fue recibido de frente por ese padre destinado reconocerlo, a cumplir la función simbólica de integrarlo en el deseo, a escribirle una ley amable que lo acogiese. Por lo que cuenta el relato, Bendemann está dentro de las relaciones sociales, quiere casarse, tiene deseos, etc., es decir, está dentro de la Ley. Pero ese padre que lo recibe de frente, de pronto gira ciento ochenta grados y le muestra una cara feroz, huraña, omnipotente, que exige de forma imperativa, que culpabiliza obstinadamente, que insulta, que le hace estar en deuda con él, que se alimenta insaciablemente de la renuncia hasta hacer a Bendemann indigno de su vida, obligándole a renunciar a ella. 
   
Y lo angustioso en Kafka es que en su obra nunca hay lugar para una segunda escena, no hay lugar para una nueva relación con la ley. Tanto en El proceso, como en El castillo, en Carta al padre o en La condena, en todas estas obras parece que el protagonista tiene cerrada la puerta para otra relación con la ley. 
Quiero desarrollar ahora, a modo de especulación, una especie de apólogo sobre el protagonista del relato. Si Georg Bendemann acudiese a un análisis antes de su trágico pasaje al acto, pudiera ser que, una vez transcurrido un número suficiente de sesiones, el analista le preguntase: ¿Por qué odias a tu padre? Muy probablemente, Bendemann contestaría con evasivas que podemos tomar del mismo relato: Yo por qué voy a odiar a mi padre, a él le debo la vida, “Mi padre sigue siendo un gigante”, “Mil amigos no sustituyen a mi padre”, es “indispensable para mí”, incluso “me hago reproches por haber descuidado a mi padre”, además, “forma parte de mis obligaciones cuidar a mi padre”, ya lo tengo decidido, “me lo llevaré a mi futuro hogar” cuando me case, etc., etc. En ese momento el psicoanalista corta la sesión para no diluir, entre palabras vacías y llenas de moralidad, el posible efecto que la pregunta pudiese causar. 
Pero una pregunta tan directa y potente no puede ser desoída en su totalidad, de tal manera que, traspasando toda resistencia, algún sonido, por débil que sea, pueda llegar al mismo ser de Bendemann. Éste marcharía de la sesión sintiendo una extraña ebullición en la mente, pues algún tipo de exigencia pide una oportunidad de ser elaborada. Nuestro amigo George, muy bien podría acudir a la siguiente sesión para dirigirse al analista con estas palabras: la pregunta que me formuló, “¿Por qué odias a tu padre?”, estuvo dándome vueltas en la cabeza, y tengo que reconocer que en algún momento fugaz pensé que mi padre era un “comediante”, y alguna vez “me mordí la lengua hasta doblarme de dolor” ante sus actitudes, incluso un día que él estaba de pie en la cama, al menos en un breve momento apareció “como una centella”, el deseo de “que se cayese y se estrellase”.  
Aunque estas no son más que especulaciones construidas sobre frases tomadas del mismo relato, se puede decir que una pregunta como ésa estaría destinada a producir una ruptura en el devenir de un discurso que tuvo las trágicas consecuencias que conocemos. Posibilitar una palabra nueva a George Bendemann sería, al menos, intentar una demora, ganar tiempo ante la inminencia del trágico pasaje al acto. ¿Estaría justificada esa nueva palabra? Sí, si de lo que se trata es de encontrar esa nueva relación con la ley, lo cual parece el leit motiv de las preocupaciones personales de Kafka.   
  
¿Qué quise ilustrar con el apólogo que acabo de narrar y con la relación entre La condena y Ante la ley?  
Una paradoja, no tanto en los personajes kafkianos –como dije, afectados siempre por la radicalidad de la Ley, y en consecuencia, aplastados por ella e imposibilitados para ejercer su deseo— sino una paradoja en el propio Kafka. Él es capaz de ejercer su deseo, la escritura, sin propiciar, sin iluminar una nueva relación con la ley, ejercer su deseo desde un gran sufrimiento. Kafka muestra aquí una gran fortaleza, casi a la altura de la del Padre feroz.    
Al respecto, me parece discutible la tesis de Bataille cuando en la página 144 del ensayo antes citado, en la edición Nortesur, dice lo siguiente:  
“Kafka... no sólo quería ser reconocido por la autoridad que era menos susceptible de reconocerle –el padre— sino que además nunca tuvo intención de derrocar esa autoridad, ni siquiera realmente de enfrentarse a ella. No quiso oponerse a ese padre que le retiraba la posibilidad de vivir, no quiso a su vez ser adulto y padre. A su modo emprendió una lucha a muerte para entrar en la sociedad paterna con toda la plenitud de sus derechos...”.  
Es difícil aceptar que “no quiso oponerse a ese padre”, pues el deseo mismo es ya una oposición. Y sobre todo, el sufrimiento indica una tensión producida por fuerzas que entran en conflicto. Aunque quizá haya que aceptar que Kafka no quiso derrocar la autoridad del Padre, no puede decirse que no dejó de oponerse, pues la oposición no es imaginaria entre uno y otro, sino entre deseos. Por eso la oposición se muestra en el sufrimiento por sostener un deseo que, hay que decir, siempre es enigmático, y del cual, en Kafka, sólo conocemos su metáfora: la escritura.  
Vuelvo a la pregunta: ¿por qué Kafka no pudo vivir su deseo más que en el mayor de los sufrimientos? Porque sitúa la dialéctica entre él y el Padre en un lugar inadecuado. Cualquier intento de dialéctica con esa Ley, desde la conciencia, está destinado al fracaso. No hay dialéctica con esa Ley, porque su movimiento es, siempre, circular, se satisface únicamente con la culpa y la renuncia del sujeto. La conciencia y la razón, al contrario de lo que se cree, no disponen de las herramientas para tratar con la Ley superyoica. Y no sólo eso. La conciencia, como bien lo muestra Kafka en Carta al padre –y la conciencia de cualquier ser humano— es el lugar donde goza la cara obscena y perversa de la Ley, la conciencia es la mesa a la que se sienta el Padre feroz, es la mesa en la que el hijo se ofrece como pábulo en la satisfacción más plena de su masoquismo moral sostenido por la culpa, la deuda y la renuncia.  
El problema no es si Kafka, o George Bendemann, se oponen conscientemente, e imaginariamente al Padre. Plantear este tipo de oposición es creer que esa Ley es exterior al sujeto, que la Ley es el padre real. El problema no está en el exterior, sino en Kafka mismo, en el propio Bendemann, en el interior de todos los seres humanos. La culpa y la deuda ante la Ley son algo consustancial a la misma estructura del sujeto. Cuando uno hace la entrada en ella, además de la parte noble que nos acoge para situarnos en las relaciones sociales, hemos de soportar su otra cara, la cara superyoica que nos hace culpables y deudores, pero sin concretar la culpa o la deuda en ningún objeto exterior, son culpas y deudas abstractas y estructurales.  
El padre de George Bendemann, o el de Kafka, no son, sino, encarnaciones colonizadas por esa otra cara feroz de la Ley. Es decir, no se trata de franquear a un Padre que está en el exterior, sino de franquear una Ley que está dentro, en nuestro interior. Escribir palabras fuera de la hora de la comida mortal, más allá de la razón y la conciencia, es, al menos, una posibilidad que se abre para el franqueamiento de ese nivel de la Ley en el que encontramos al guardián ineludible y feroz, para escribir una ley, la propia, donde el deseo tenga cabida en un padecimiento más diluido, y para, finalmente, retirar esa espada de Damocles que convierte nuestra existencia en indigna, la existencia de Kafka, la de George Bendemann, y nuestra propia existencia.   
Miguel Ángel Alonso

La condena de Kafka, o el coraje de vivir la vida. Comentario de Graciela Kasanetz

He leído muchas veces este cuento. La primera vez que lo hice, y frente al desenlace, me preguntaba ¿esto qué es? Pero como siempre, esta tertulia me resulta enormemente rica, y permite ampliar el pensamiento. Voy a estar de acuerdo con muchas de las cosas que se dijeron. Creo que en la trama, al igual que ocurre en La metamorfosis, encontramos la precipitación del cumplimiento de una condena. Si allí la teníamos en la primera frase, aquí la tenemos en la última. En La metamorfosis la condena era por no haber vivido su vida. Por haber faltado el coraje para vivirla, se transforma en un insecto. Creo que en La condena, a mi entender, se trata de lo mismo, de la falta de coraje, de la cobardía para vivir la vida. Esto lo pensaba al hilo de lo que ya se comentó, que no es una culpa religiosa, sino una culpa Shakespereana, producto de postergar aquello que tiene que ver con el deseo. Para mí, después de haber escuchado a los tertulianos, es indiferente si existía o no existía el amigo, si existía o no el padre, si existía o no la mujer. Eso es de lo que se vale magistralmente Kafka para engancharnos y poder llegar a decir lo que casi es indecible. Excepto en los escritores de esta talla –y pensaba en la tertulia del mes pasado sobre una obra de Kenzaburo Oe— la cuestión es cómo dicen lo indecible. Creo que la condena, para Kafka, es la vida misma cuando no se tiene el coraje de vivirla. En esta falta de coraje entra, por supuesto, el miedo al matrimonio, el miedo a la mujer.  


Plantea casi siempre Kafka que sólo es posible ser hijo de un padre terrible. Voy a parafrasear a Jacques Lacan. Dice que la mujer no existe. Con mucho atrevimiento voy a decir que el padre tampoco existe, y que la madre tampoco existe. Cuando digo que el padre y la madre no existen, no lo digo en el mismo sentido que dice Lacan que la mujer no existe. Es decir, que no es posible hacer una categoría de la mujer. Si digo que el padre no existe es porque el padre de cada uno es un fantasma de cada uno, es algo que uno ha creado; la madre de cada uno también, independientemente de que tengan algún rasgo, por supuesto, que uno ha construido y ha tomado de esos padres. Pero el sujeto que es padre de una persona, el sujeto que es madre de una persona, es distinto para cada uno de sus hermanos, con lo cual, el padre y la madre no existen más que como fantasmas y por su función como tales. Lacan dice, del padre se puede pasar a condición de servirse de él. El tema es que este hijo, George, no se puede servir del padre para vivir su vida. Si éste era el hijo que el padre había querido tener, creo que reformularía la cuestión. Éste es el hijo que el hijo cree que el padre quiso tener.  


Tanto La condena como La metamorfosis representan el pasaje inmediato al cumplimiento de una merecida condena, una condena por no haber tenido el coraje de vivir la vida.  


Graciela Kasanetz

La lógica onírica en La Condena de Franz Kafka. Comentario de Luis Teszkiewicz

Una de las cuestiones llamativas del relato es que empieza como un relato realista, con una historia mínima, la del amigo, de pronto sufre un vuelco total y entra en otra lógica. Pero no es un absoluto sinsentido. Es una lógica más bien onírica, donde las cosas suceden de una forma que no responde a la de la vigilia. Encontramos el enfrentamiento de Kafka con el padre, uno no puede dejar de pensar en Carta al padre cuando lee La condena. También sabemos de la importante oposición del padre al compromiso matrimonial de Kafka. Todos estos elementos, de pronto, entran en una lógica totalmente onírica en la cual, finalmente, un mandato, una orden del padre, se ejecuta como un paso al acto sin ninguna mediación.  


La condena es un cuento que no se puede explicar. Cuando hablo de lógica onírica también lo hago porque el amigo, de pronto, puede no existir, y el padre puede decir que, no sólo existe el amigo, sino que, además es su representante. Kafka escribe el relato en el límite de los acontecimientos, como en el límite escribió siempre, de hecho, no pudo terminar ninguna de sus novelas. Por eso encontramos esos saltos de lógica que nos proyectan hacia una lógica onírica, hacia otra escena que no es la realidad. Por eso nunca vamos a poder explicar sus textos por la escena de la realidad.

Luis Teszkiewicz

Lo inverosímil en La condena de Kafka

Todas las intervenciones de la tertulia van girando en torno al tema del padre, la culpa, etc., pero, a la vez, da la impresión de que son comentarios que tratan de escaparse del relato. Lo digo porque La condena me pareció inverosímil. La primera parte, como bien se apuntó, parece realista, la segunda, a partir de que se dirige al cuarto del padre, parece onírica. Sin embargo, el amigo, ¿qué importancia tiene? Hay algo bizarro en la forma en que George encara esta relación. Lo mismo, cuando encara el diálogo con la mujer hablando del matrimonio, es un diálogo que no tiene ningún sentido. ¿Por qué esta mujer se pone furiosa porque no va a venir el amigo a la boda?: “Si tienes semejantes amigos no deberías comprometerte conmigo”. Es un diálogo totalmente inverosímil, como lo es la importancia increíble que tiene el amigo. Esta segunda parte del relato pareciera un despropósito, como si todo se deshilachara, como si todo fuese una invención de George, el padre da órdenes, contraórdenes, el amigo existe, el amigo parece no existir, la supuesta mujer acomodada es tomada como una furcia, la mujer también parece que pudiera no existir, y todo se diluye hasta que aparece un Kafka elevado a su máxima potencia. No leí nunca un relato de Kafka tan inverosímil como éste, un relato en el que pudiera encontrar tan poco sentido. Kafka ha creado relatos donde uno puede leer un argumento, en cambio éste me dejó perpleja. Y al final, lo único que puede haber de real, en el peor sentido de la palabra, es esta relación con el padre, que lo condena y lo envía a la muerte.  

Una tertuliana que no dijo el nombre

La apariencia, la realidad y lo onírico en La Condena de Kafka

Me parece interesante lo que distingue Luis Teszkiewicz como realidad y momento onírico, pero creo que se puede uniformar todo. Claro que el relato es inverosímil, pero es tan inverosímil como lo es la vida. La vida es absolutamente inverosímil. Cuando leemos cualquier noticia, no es extraño que ésta, de pronto, supere cualquier ficción que podamos leer. En verdad, que las cosas sean verosímiles es algo que nosotros tratamos de inventar para, más o menos, poder funcionar cotidianamente, dar cierta cotidianeidad a la vida: esta es mi casa, esta es mi familia, estos mis amigos, etc. Todo eso se puede descomponer de la manera más increíble y se puede transformar. Por lo tanto, creo que Kafka es un escritor realista todo el tiempo, y lo que simplemente puede ver es que la lógica frente a la cual tratamos de cerrar los ojos, él no puede dejar de percibirla. No puede dejar de percibir que detrás de la apariencia hay un mundo que podemos llamar onírico, pero que es el mundo real. Por lo tanto, el planteamiento sería al revés, el mundo onírico es el de todos los días. Pero en la realidad tratamos de manejarnos en el sueño de que entendemos el mundo. Y verdaderamente, lo que Kafka nos muestra es lo que se puede llegar a ver cuando uno, aunque sea por un segundo, se despierta.

Gustavo Dessal

La condena, de Kafka. Una obra de arte.

Parece claro que Kafka nos sitúa más allá de la razón en sus indagaciones. Y creo que entre todos acabamos de dar sentido en esta tertulia a una de las teorías sobre el arte que tiene Jacques Lacan: El arte como una organización alrededor del vacío. Una organización alrededor de lo indecible, de lo que no tiene contexto, de lo que no tiene historia, de lo que no tiene significación, y entre todos, con nuestras palabras, acabamos de rodear el vacío. Estamos ante una auténtica obra de arte, porque una obra de tal calibre, lo que hace es eso, evocar la imposibilidad, situarnos ante ella, pero no mostrarla de una manera directa, sino velada. Podríamos decir que este relato, más que mirarlo nosotros, nos mira él a nosotros, nos aguijonea, nos detiene, nos deja perplejos, porque estamos ante una obra en la que lo imposible, lo que no tiene ningún contexto, está absolutamente presente.  


 Miguel Alonso.

lunes, 14 de enero de 2013

El caráter estructural de la culpa en Kafka. Comentario de Luis Seguí

Lo que Kafka expresa en toda su literatura, tanto en las novelas como en los cuentos, tiene que ver con el presente, no con el futuro. No nos está anunciando el futuro, sino el presente. Es más, está hablando de su presente. Y no se puede entender la literatura de Kafka –no en el sentido de la comprensión, de la imposibilidad de encontrarle un sentido— no se puede entender por qué Kafka escribe cómo escribe y escribe lo que escribe, sin conocer los detalles fundamentales de su vida. Para empezar, era un germano-parlante en Praga, un checo que habla alemán; en segundo lugar, la relación con su padre, presente en todos los cuentos y en todas sus obras; en tercer lugar, la culpa.  


Kafka es muy consciente del carácter estructural de la culpa, aunque no lo dice con estos términos. Al comienzo de El Proceso, cuando la policía viene a detener a Joseph K., él protesta, pregunta por qué se le detiene y declara su inocencia, que no es culpable de nada. Uno de los policías le contesta displicentemente, a nosotros no nos interesa la culpabilidad, los tribunales se sienten atraídos por la culpa. Justamente, en esa explicación está contenido el carácter estructural de la culpa. No estamos buscando una cosa concreta, “usted ha matado”, “usted ha robado”, etc., no importa, hay una culpa que usted, por el hecho de ser un sujeto hablante, lleva consigo.  


Ese carácter de culpa estructural está presente a lo largo de todo El proceso. En la conversación con el sacerdote queda claramente expresada la imposibilidad de redimir  la culpa. Es decir, esta no se redime ni por la vía religiosa, ni por la vía gnóstica o atea. Por ningún lado, no hay salida. Por eso, finalmente, Joseph K., se deja ejecutar sin saber por qué se lo acusa.  


Se ha mencionado a lo largo de la tertulia el cuento A las puertas de la ley. Hay que decir que, en muchos de los cuentos, la presencia de la ley es tan evidente que no podemos olvidar, además, que Kafka estudió derecho, que se licenció como abogado por la decisión de su padre. Él no quería estudiar jurisprudencia, fue el padre quien le condujo por ese camino, y sabemos que trabajó en una compañía de seguros. La pregunta es: ¿de verdad fue obligado por el padre, o es que su conciencia en relación con la ley, su pregunta, su interrogación en relación con ella le condujo a estudiar el aspecto formal y simbólico de la ley, la plasmación jurídica de la ley, que no es la ley estructural?  

Evidentemente, lo suyo era la literatura, y la cuestión de la ley y la culpa, presente en todos sus relatos. Había mencionado el relato A las puestas de la ley. Lo que significa este cuento de Kafka es que es imposible acceder a la ley. Lo que le ocurre al campesino que está esperando toda su vida, hasta el final, es que no puede acceder. Por lo tanto, el relato es una metáfora sobre la imposibilidad de los sujetos para acceder a la ley.  

Otro cuento que recomiendo vivamente es La colonia penitenciaria, un cuento que Gustavo Dessal utilizó en varias ocasiones para ejemplificar lo que significa la repetición. La colonia penitenciaria es un territorio ignoto, desconocido, no se dice donde está. Un viajero lo visita, y un oficial orgulloso le muestra cómo se ejecutan las condenas. En La colonia penitenciaria no hay más que una condena, es la condena a muerte. El sujeto es acostado sobre una camilla, sobre una tabla, y baja un mecanismo que tiene miles de agujas que van escribiendo sobre el cuerpo del sujeto la sentencia, una y otra vez, hasta que el sujeto muere desangrado. Es un cuento que tiene una enorme cantidad de lecturas posibles, una de ellas es ésta, la metáfora de la imposibilidad de salvarse de la condena, de la condena a muerte.  

Y desde luego, en la vida personal de Kafka encontramos, como ya se dijo, la imposibilidad de asumir responsabilidades familiares en relación con el matrimonio. Hay un libro, Cartas a Milena, donde encontamos la correspondencia que mantuvo con su novia Milena Jesenská, con la que no pudo contraer matrimonio. 

Kafka no pudo liberarse jamás del peso del padre, de ese padre que aparece en todos los cuentos, con distintas formas, representado de manera diferente, pero siempre presente. Y la muerte prematura de Kafka por tuberculosis fue, quizá, una renuncia a continuar en el mundo. Es verdad que murió de la muerte mal llamada natural, pero da la impresión de que en su prematuro fallecimiento había algo más que una circunstancia desafortunada desde el punto de vista médico.  

Debemos a Max Brod la fortuna de conocer la obra de Kafka, pues no cumplió el deseo o la petición que le hizo el escritor, de que quemase todos sus escritos.  

Luis Seguí  

Sara Veiras reseña, y sobre todo reflexiona, sobre nuestra pasada reunión dedicada a "La Condena", de Franz Kafka





en Liter-a-tulia tiramos las chancletas. 



Tirar las chancletas: 

Sacarse las chancletas, ponerse los tacones, 

e irse de rumba. 





Cuando los allegados -personas ajenas a este conocimiento- me preguntan por el psicoanálisis acostumbro decir que trata sobre los agujeros del cuerpo, y compruebo, para mi sorpresa, que mi respuesta impacta y que da mucho juego, porque, sin gran esfuerzo, los preguntones reconocen que comen o fuman o hablan demasiado, o que escuchan mal, o que envidian y sufren por los ojos, o que padecen estreñimiento. 

Podría continuar hablando de otros agujeros, esos que provocan los lapsus, los sueños, o los síntomas, pero me he vuelto perezosa. ¡Qué trabajos pasé con estos asuntos en otros tiempos! 

Quizás por eso disfruto tanto de Liter-a-tulia, aquí los agujeros cuanto más agujereados más interesan. 

Perplejidad, sinsentido, inmovilidad; lo que se puede llegar a ver cuando, aunque sea por un segundo, se despierta... He aquí parte del despliegue que se realiza hoy Viernes 11 de Enero del 2013 en el café Este o Este en torno al texto “La condena” de Franz Kafka. 

¿Realismo, sueño, desdoblamiento del personaje? Mentiras y más mentiras son denunciadas por algunas contertulias que parecen necesitar rebelarse contra ese mundo que llamamos kafkiano en honor a un autor que consiguió bordear el vacío. 

Se habló también de lo ineludible: el padre, las cartas al padre, la ley, la culpa, el castigo, temas neurálgicos en la obra de Kafka. 

Locura, odio y condena a no vivir la propia vida en toda su plenitud –dentro de un matrimonio feliz y con descendencia-, ocuparon parte de un debate digno de la genialidad del autor convocado. 

También circuló un separador de páginas maravilloso con una cita de William Faulkner: 

“Un artista es una criatura impulsada por demonios. No sabe por qué ellos lo escogen y generalmente está demasiado ocupado para preguntárselo. Es completamente amoral en el sentido de que será capaz de robar, tomar prestado, mendigar o despojar a cualquiera y a todo el mundo con tal de realizar la obra.” 

Alguien agregó, o yo creí escuchar: “Yo soy capaz de matar por mi obra...” 

En cuanto a mí no dejé de pensar en el amor, en la potencia del amor que se requiere para sustentar la obra de un creador de la envergadura de Franz Kafka. 

¿Necesitó Kafka mendigar, pedir prestado o despojar a otros? Intuyo que sí, es una bella metáfora. 

En cuanto a los demonios, es obvio que el padre fantaseado por Kafka, el único accesible para él, indica que en esto se equivoca Faulkner: Es el propio artista quien elige a su demonio y no al revés. 

¿Se podría escribir como Kafka sin entregarse -como una condena-, al demonio de esta elección problemática que es vivir al borde de un río que terminará ahogándote? 

Creo que esta posición creativa tiene algo de ese enigmático “Dar lo que no se tiene a quien no lo es” que plantea Lacan al referirse al amor. 

Repito, no dejé de pensar en el amor durante esta inspiradora tertulia. Asunto complicado y que tiene bastante menos de bonito de lo que cabría esperar del matrimonio, pues -y pensándolo desde la perspectiva que señala Lacan- el amor es un asunto kafkiano. Es decir impregnado de sinsentido, perplejidad, absurdo, y de todos esos in-significables que acompañan a los raros matrimonios. 

Hablé de esto, más bien balbuceé algo en presencia de un amigo, y él propuso el significante locura. A partir de esta sugerencia pienso en el enamoramiento, que según Freud “es un estado de locura transitoria”; y se me ocurre decir que el estado de creación, el momento en el cual la vida se entrega a la obra, es un estado de enamoramiento. Además agrego -es mi hipótesis- que el creador vive en un estado de enamoramiento permanente. 

En mi imaginación el escritor Franz Kafka es un hombre enamorado. Cuando leo y releo “La metamorfosis”, uno de mis textos preferidos, no dejo de pensar en ello porque provoca en mí un estado recíproco. Juro que estoy enamorada de esa mano, de esa obra, de ese despropósito, y que lo disfruto. 

Sigue resonando en mí la frase de Faulkner, ese párrafo que habla de la falta de tiempo del artista -demasiado ocupado-. 

Me pregunto por el tiempo para ser feliz -en el sentido convencional-. ¿Le deja al artista su vocación un tiempo libre para emplearlo así. Es más, quiere hacerlo, es decir, ocuparlo en recibir la visita de un cuñado? 

Incluso voy más allá: ¿Después de haber bebido en las aguas del Nilo -el regocijo de crear-, pueden interesarle las aguas de otro río? 

Un artista hace lo que sea por su obra: inventarse un padre, una culpa, una condena, el horror de despertar en el cuerpo de un insecto... Pero, ¿qué hace de ese invento un Don para otros? 

Así como el inconsciente se conoce por sus manifestaciones, el amor se conoce por sus efectos. Por eso no he dejado de pensar en el amor durante esta tertulia. En la potencia del amor que sustenta la obra de nuestro inestimable Franz Kafka.

Sara Veiras

miércoles, 9 de enero de 2013

Recordatorio primera reunión LITER-a-TULIA 2013

Este próximo viernes, día 11 de Enero, abordaremos el cuento
"La Condena"
de Franz Kafka



Este es el enlace para leerlo en Internet:


Nos reuniremos a las 18 horas en  
Este o Este, 
c/ Manuela Malasaña 9, Metro Bilbao


LITER-a-TULIA

miércoles, 2 de enero de 2013

Mª José Martínez nos adelanta su comentario de "La Condena", relato que abrirá la primera tertulia del año.

Empezamos el año en Liter-a-tulia con la lectura de La Condena. A este relato nos convocan sus dirigentes con la sana intención de que nos vayamos acostumbrando a este lío Kafkiano del absurdo, de la no racionalidad, de no saber si el padre es listo o tonto y también, quizá, para que aprendamos a conformarnos, porque no puede hacerse nada de forma diferente a la que desea el padre, algo que, coincidentemente, los dirigentes de nuestro país quieren inculcarnos a diario.

Ya lo explicó en una ocasión el Sr. Rajoy, y yo me lo tomé muy en serio, cuando dijo que aquí nos habíamos comprado todos demasiadas televisiones de plasma y hecho demasiados viajes al Caribe. Y aunque entonces busqué por toda la casa y no encontré ningún televisor de esos modernos, y aunque solo me desplazo en autobús y al Caribe no llego, me dispongo hoy a comentar el texto encomendado para que nadie pueda decir que no colaboro en la solución del problema.

Pero volviendo al relato, creo que si un chico tiene un amigo, y si a pesar de todas las tonterías de su novia no la manda a paseo y sigue queriendo escribirle una carta, lo más sensato es que la escriba sin preguntar y sin buscar la garantizada desaprobación del padre; porque, además, la explicación que le dará ese personaje descaradamente manipulador, la explicación, digo, será tan estúpida, que dará rabia oírla, o sea,  indignación.

¿Es que ese padre que ostenta el poder, que se finge en posesión de la verdad, que tergiversa la historia para destruir al chico, cree que éste le obedecerá? Pues sí, ese es el tema, que el hijo ha de obedecer, que el hijo quiere creer ciegamente en el padre ya que su madre ha muerto, y quiere hacerle caso con verdadero amor. Pero realmente hoy, con lo que vamos aprendiendo, no sé yo si alguien puede tomarse en serio lo que ese padre le dice a Kafka. Yo no lo creo aunque no hay nada mejor para desmontar cualquier discurso racional, para disimular las propias faltas, que extender entre la gente la difusa sensación de una culpa. Así es como el padre acusa al hijo de no haber amado bastante a la madre, o quizá a la patria, porque pensándolo bien, España somos todos y al fin de cuentas, como todos somos pecadores, todos pudimos haber degollado de una cuchillada al bueno de Ramses. 

Y es que los Padres de la Patria son muy suyos y tienen sus rarezas como el dichoso padre kafkiano que durante el presente relato da muestras evidentes de ser un hombre perverso. Pero es curioso ver como aún llamándole mentiroso al hijo, haciéndole creer que no tiene ese amigo y que lo que dice es falso, éste reconoce la autoridad y la altura que lo aplastan simbólicamente, sin darse cuenta de que el padre se finge enfermo para luego sorprenderlo y acabar poniéndose a bailar. Esta es la ceremonia de la confusión llevada al extremo, para conseguir que el hijo acabe sin saber quién es él realmente, y sin poder tener un sentido claro de la realidad. Y por eso, antes de morir ahogado, el chico, tan duro consigo mismo, reconoce que ama a sus padres. Buen hijo, sí señor, cumpliendo con la ley de Dios, cómo debe ser, aunque el padre le estropee el domingo primaveral y hasta quiera arruinarle su boda, su legítima felicidad, despreciando y calumniando descaradamente a su novia. 

Pero a estas alturas del relato, es bueno saber que el padre de Kafka fue un judío pobre que consiguió sacar adelante un negocio familiar con mucho esfuerzo. Las teorías capitalistas se abrían paso en aquel momento histórico en que el escritor hablaba alemán sin serlo, y vivía en Praga sin ser totalmente checo, porque era judío y además, fervientemente religioso. El escritor murió de tuberculosis, pero vivió en un ambiente acomodado  recibiendo una refinada educación alemana. Y fue allí, en el seno de su familia, donde elaboró la mayor identificación negativa con su padre, justo lo que él no quería ser, pero que aún no queriéndolo, este le confundía hasta el extremo de no poder apreciar su asqueroso juego. No es casual que la obra literaria de Kafka esté llena de reproches hacia ese padre que lo destruye a él y al cariño que le profesa. Demasiada destrucción para un niño. 

Aparte de esto, yo quisiera saber qué tipo de mujer o madre se le murió a ese padre arbitrario que sólo desea descolocar al hijo que trabaja y que saca adelante el negocio familiar, al que acusa de desobediente. También quisiera saber por qué se inventa otro hijo o personaje más digno, si este hijo es suficientemente esforzado como  siempre lo fue la clase trabajadora. Porque ¿hay algo más digno que el trabajo y el esfuerzo personal para mantener adecuadamente a la familia? No, no lo hay. Pero entonces ¿por qué quiere el padre buscarse un “otro” de dudosa realidad,  colmar de favoritismos al que se fue del país con su esfuerzo, al que también usa para justificar sus métodos de trabajo? Porque él, por su autoridad absoluta, no quiere ni permite discutir otra manera de hacer las cosas. Da la casualidad, de que en este relato como  en la vida, hay un otro como referencia, ese otro en el que se ve la falta, la paja en el ojo, pero que el padre usa para destruir al chico, haciéndoselo ver como hijo ideal, de quien  confiesa ser amigo y gozar de su cariño. Así pues, el hijo ha sido sustituido en el amor del padre.

Y ante esa declaración de identificación con su viejo amigo, la pequeña fuerza de la razón del chico, cede. El hijo trabajador y legítimo se siente abandonado, pero sigue esforzándose en ayudar a ese padre caduco y senil porque cree cumplir con su deber. Y porque dentro de ese universo paterno, sigue buscándole a su existencia una solución idealizada.

Pero ¿realmente es así de inútil el atormentado hombre contemporáneo que el escritor quiso hacernos ver?  

Tal vez sí, pues eso es posible, pero yo quisiera pensar que no, que al menos hoy, no, porque ya casi nadie tolera la autoridad que condena a los hijos al silencio.

El chico le grita al padre ¡comediante!, en un acto casi heroico, para después quedarse totalmente destruido como persona. El chico se asusta de sí mismo, de su coraje incontrolado y en cuanto acaba de pronunciar la fatídica palabra, se siente culpable de haber intentado desenmascarar al padre. Eso sería dudar de él y eso no puede ser. Efectivamente, son muchos años siendo hijo sumiso para atreverse ahora.

Y ante tal desacato, el culpable es él.

 Luego el padre le llama inmaduro mientras le recrimina querer tapar con mantas piadosas su manera de defender el patrimonio familiar. Es curioso como el incipiente capitalismo y el mundo de los negocios, inciden en la relación familiar. Finalmente le llamará hombre diabólico, y lo condena a morir ahogado. Y estas estúpidas frases, son  para el hijo una sentencia en firme. Luego el padre desaparece de la escena.

No es fácil para nosotros seguir ese discurso incoherente del padre que por obra de no sé qué suerte acaba haciendo claudicar al chico. Él piensa ahora en su amigo lejano que ya le parece ser el hombre adecuado, el más eficaz, mejor que el mismo  padre. Entonces desea su vuelta y espera con ilusión al hombre que se imagina cargado de honrado sentido común. Por un momento y por obra y gracia del padre, el “otro”  ya es válido para él, ha cambiado de perfil y ya le puede servir, en tanto que él, que ni puede ni sabe buscar otra alternativa, ya no tiene para sí forma alguna.

Pero ¿es que no hay otra persona real y más útil a quien escribir pidiendo ayuda? 

Pues no lo sé, pero lo que ocurre es que de tanto esperar, ese hombre tan deseado se va pareciendo al hombre que nunca existió. Y ese, el hombre al que aún no se le ve, será el futuro padre, si es que el chico lo busca, lo llama, consigue hacerse oír y logra atraerlo a su causa.

Mientras tanto, el padre manipulador, sigue presumiendo de su poder absoluto, de su influencia con la madre y con el amigo. También presume de haberse ganado a la clientela que sostiene el negocio, a la que tiene en el bolsillo, de tal forma que aunque el chico se ríe de sus múltiples bolsillos, ya no sabe si el padre tiene razón o no, porque ha destruido totalmente su amor edípico y ha sido expulsado del universo paterno. Por eso acaba derrotado. De ahora en adelante, el chico actuará como si fuese el único culpable y merecedor de castigo, pues él obró mal, frente al hijo deseado que obró bien.

Como consecuencia de no tener ya entidad propia, acepta la condena del padre, como inapelable y se deja caer y llevar por la corriente de las aguas que ya están alcanzando la altura máxima dentro de su tragedia personal.

Y la barandilla rompe por el sitio más débil.

El chico paga la culpa con su cuerpo y con su vida. El tráfico se encargará de apagar el ruido que haga al caer, como si el chico, cuidadoso de no molestar, fuese un pobre desahuciado sin derechos. Hemos de decir, aclarando la historia, que tal muerte, no supuso prácticamente cambio alguno en la inconfesable conducta del padre.

Así, como en este relato, así es la obra del autor y su historia: un gran laberinto delirante sin cordura alguna, en donde el hombre se pierde sin remedio y en donde la muerte es la liberación.



Siempre pensé que Kafka era una persona muy rara aunque muy inteligente, pero, sinceramente, a pesar de los ríos de tinta que ha hecho correr, a pesar de haber explorado los más recónditos pliegues del alma humana, el padre que nos muestra en este relato, no me gusta absolutamente nada.



Mª José Martínez

lunes, 24 de diciembre de 2012

Comentario a "Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura", de Kenzaburo Oé. El padre es una función, por Alberto Estévez.

La elección de este relato del escritor japonés Kenzaburo Oé permite a LITER-a-TULIA retomar la fructífera senda del cuento que tantas satisfacciones ha ofrecido al devenir de nuestra tertulia. Relato de claros tintes autobiográficos, el propio autor tiene un hijo de las características del que aparece en este cuento, lo cual abunda en esta cuestión que desde el principio del curso de este año venimos proponiendo, no hay escritura de ficción posible que no pertenezca al registro más íntimo de su autor, no hay escritura que no sea autobiográfica.

Es éste un relato exigente para la tarea del lector que no resulta fácil, a mi modo de ver por dos cuestiones; el propio relato, la historia contada, que por estar deliciosamente narrada, no hay duda del gusto exquisito que habita la prosa de Oé, no deja de ser una historia difícil, por momentos diría que desagradable, hay algo insoportable que este cuento muestra de manera casi obscena. La otra cuestión que dificulta la lectura hace a su estructura narrativa, sin previo aviso pasamos del presente al pasado y de vuelta al presente, provocando desconcierto, pero es muy inteligente que sea así porque el argumento de la historia que hoy tratamos exige que esa frontera pasado–presente no sea tal, dicho de otro modo, el pasado está más presente que la propia actualidad. Esto es además un elemento muy presente en la escritura japonesa.

A estas dos cuestiones podemos sumarle un tercer factor a tener en consideración, éste ya no es tan visible y desde luego no parece un recurso que pudiéramos inscribir en el apartado puramente técnico del relato, pero sí abunda en su dificultad, porque en este cuento prácticamente todo pareciera ser algo muy distinto de lo que resulta ser al final. La grandeza de este cuento es que permite, según nos situemos, según la perspectiva con que lo abordemos, muy diferentes lecturas, pero no me refiero ahora a lo que vemos producirse aquí en cada una de nuestras reuniones, que no existe una lectura colectiva sino tantas como lectores tenga un cuento, no es eso; me refiero a que uno mismo puede repensar la lectura que hizo sobre aspectos concretos del cuento, y no dar una conclusión definitiva, es como si el mensaje cifrado que este relato intentara hacer pasar viniera a decir: absténganse de comprender demasiado deprisa.

Tomo entonces estos tres ejes para introducirlos en mi lectura del cuento que ya les digo no fue sin la dificultad añadida de volver y repensar el texto. Porque, por ejemplo, ¿cuál es el efecto que produce el suceso del estanque de los osos blancos? El texto dice que casi se volvió loco, pero esta afirmación exige que pensemos si loco no es más bien el estado en el que estaba en simbiosis con su hijo. Es un “… casi se volvió loco” que nosotros podemos pensar como la recuperación de cierta cordura dejando atrás la locura a dos con su hijo, consigue liberarse de una obsesiva idea; no obstante, inmediatamente le invade una lastimosa sensación de soledad. La simbiosis por tanto obtura la invasión de esta sensación lastimosa en su ser.

Es en este ir y venir de la locura a la cordura y viceversa es uno de los lugares principales en donde intento mostrarles la dificultad lectora, pienso que el autor pretende diluir la frontera entre estos dos estados destiñendo sus límites, y eso es algo ya anunciado en el título, nuestra locura es la locura de todos, no sólo la de esa familia.

Por si fuera poco, consideremos el reparto de papeles en la relación del hombre gordo con su hijo, reparto que el suceso traumático de la charca somete a un vuelco. Ya no se trata de su hijo como protegido, él, el hombre gordo también experimenta el sentimiento de protección, la presencia de su hijo convierte las tinieblas en algo no amenazador, o como dijimos antes, no está solo; pero la propia naturaleza de su ligazón reparte lugares intercambiables ya que también el hombre gordo ampara, guía y protege al pequeño, por tanto nunca estos lugares pueden ser leídos en un solo sentido ni con una lectura definitiva. Esto lo rubrica el texto dándonos la fórmula de esta simbiosis: Eeyore = Yo.

Ahora bien, hay algo que no es tan variable y que permanece constante y que podemos aproximar en una primera enunciación: hay el goce, en este caso es el goce de proteger, convertirse en lo que el otro necesita y cuanto más exigente se vuelve la propia situación, más goce se obtiene. ¿Cómo pensar los enfrentamientos con la policía? En ellos el hijo funciona como salvoconducto para ir por la vida evitando la ley, un refugio a salvo de la sombra del padre, tener como hijo a un retrasado mental lo socorre y justifica ante los agentes, nuestro hombre gordo es una víctima, y el mundo, la policía también, están en deuda con él. Quizá merecería la pena detenerse a pensar si esta identificación con la víctima, que de ninguna manera es vivido por el sujeto como una elección, sino más bien como su única posibilidad, como algo impuesto, no tendría una contrapartida terrorífica; creo que esa sensación de compartir el mismo dolor es sin lugar a dudas algo que promueve esa relación simbiótica en la que dos cuerpos tratan de hacer uno, pero me pregunto por cómo colabora esta victimización, cuál es su contribución a la experiencia de ese dolor compartido. No voy a entrar, lo dejo para que lo conversemos, consciente de que quizá sea una cuestión tan clínica y diagnóstica que requiera otro lugar para hacerlo.

Lo único que contamina, ensucia y mancha esta relación tan pura sólo puede ser una cosa: la castración. Bueno, la castración y el estanque de los osos. Este padre y su hijo son la viva imagen de la falta de corte, de la falta de límite, Kenzaburo Oé consigue que nos representemos la no separación entre dos seres.

La situación con los agentes de la policía, o la situación gozosa en el tren rodeado de extraños con su hijo a cuestas, no tienen el mismo signo que la situación con los macarras, es interesante detenernos un momento en ello: ¿por qué se muestran tan agresivos con esta pareja? ¿Su calidad de maleantes resume toda su violencia, o no deja de ser significativo que al único que agredan sea al hombre gordo? Les planteo si no es la visión de algo insoportable, algo que no pueden tolerar, algo tan enfermo hasta la obscenidad que ellos no pueden metabolizar a través de ningún tipo de sublimación, entonces agreden porque es la respuesta de la que disponen, la respuesta que precipita su angustia, es su respuesta habitual de protesta y rechazo, en este caso, ante la visión de esta unión enfermiza padre-hijo. La agresividad y la respuesta violenta es la manera que ellos tienen de enfrentar lo insoportable.

Si aceptamos que una buena parte del atractivo de este texto reside en el hecho de cómo nuestro protagonista, poco a poco, consigue acceder a las zonas oscuras de su verdad, esas zonas que a nadie gustan y que tratamos de ignorar a toda costa, debemos preguntarnos qué es lo importante en relación a lo que pasó con el padre. Pienso que lo fundamental no es solo saber la verdad, o lo que esa verdad esconde, lo crucial es saber la verdad a través de la madre, saber del deseo de la madre. Que nuestro hombre gordo tratara de convertirse en alguien irremplazable para su hijo es un tratamiento que lleva la marca del exceso, sobre todo si, como es su caso, él mismo es consecuencia de un deseo del Otro que está en entredicho. El mutismo de la madre respecto de su propio deseo es lo que lo descompone y desata la ira de nuestro protagonista.

Al fin y al cabo, ¿no nos mostraría este texto también lo difícil que resulta ser otra cosa diferente que una madre para nuestros hijos? ¿En qué consiste ser un padre? Sobrevivir a nuestra locura también es  identificar el hecho de que nuestros hijos no nos necesitan tanto; tan habitualmente somos nosotros los que los necesitamos convirtiéndolos en inseparables para quejarnos del sacrificio que comporta haberlos traído al mundo y mientras tanto seguir gozando de nuestra locura, y además, no quedarnos solos.

Alberto Estévez

sábado, 22 de diciembre de 2012

Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura, de Kenzaburo Oé. Comentario de Gustavo Dessal

Posiblemente lo que más me sobrecoge de este relato, que continúa y profundiza una temática a la que por razones autobiográficas el autor le ha dedicado una buena parte de su reflexión poética, es la singularidad de que en esa peculiar y arquetípica relación que existe entre un niño retrasado y su madre, esta última sea un hombre. Así, con una sencillez que no requiere explicación alguna, y que se nos presenta como una evidencia que asumimos de inmediato, se nos informa de que el hombre gordo está identificado a la hembra del pez celatius, y lleva adosado a su cuerpo al pequeño ser desgraciado y ausente de la vida. Manteniéndolo adherido a su cuerpo, cree darle la vida que le falta. Es conmovedor y a la vez terriblemente inquietante que padre e hijo entablen un vínculo corporal tan estrecho. Kenzaburo Oé maneja con inusual destreza la extraña mezcla de ternura y obscenidad que nos produce la relación entre esos dos seres que conforman una especie de organismo dual, conectado por una simbiosis telepática. El dolor del hijo atraviesa los nervios del padre, llega al pensamiento, y una vez allí se localiza, se codifica, y adquiere significación. El padre convierte el grito informulado y bruto del niño en una representación articulada. Traduce las sensaciones oscuras y deformes en vivencias que pueden alcanzar las palabras. Los cuerpos se acomodan tan bien uno al otro, que solo se distinguen por el tamaño. Son siameses comunicados por un circuito mágico. El cuerpo maternizado del padre se funde con la masa animal del hijo.

El hombre obeso, que en un comienzo actúa como alguien forzado a asumir una esclavitud creada por la mutilada existencia real del hijo, se nos revela muy pronto como el mayor beneficiario de este sacrificio. Bien es verdad que por momentos será capaz de proteger al niño, de calmarlo, de velar sus tumultuosos sueños. Pero lo que un buen día va a descubrir en el zoológico, es que su hijo no lo necesita. Es él, el padre, quien lo ha necesitado. Es él quien lo ha convertido en el objeto inseparable de su existencia, en el complemento de perturbada vida, sobrecargada por el peso de una misteriosa historia. Es él quien, gracias a su hijo y a la maternidad que ha cumplido para el niño, ha logrado sobrevivir a la locura. 

Este padre-madre duerme con el hijo, ambos tomados de las manos, fusionados en el dolor, y una corriente invisible los une, o al menos es eso lo que el hombre gordo cree. Por eso él, que posee una razón y un pensamiento, se considera en el deber de suplir para el pequeño retrasado la función de comprender el mundo, de insuflarle una mínima dosis de inteligibilidad, de apartar aunque más no sea una parte de la espesa bruma que ciega sus sentidos. Lo que el padre no sabe es que obrando de este modo se aleja cada vez más del misterio de su locura. Él cree que es su madre quien lo aparta de la verdad, pero se equivoca. Entre la supuesta locura de su propio padre, y la debilidad mental de su hijo, él sobrevive. 

El equilibrio de fuerzas dura poco más de cuatro años. Lo destruye el episodio del estanque y los osos polares. El hombre gordo, gordo como el oso polar, es obligado por una turba de canallas a abrir las mandíbulas y soltar a su presa. Arrancan al pequeño pez del vientre de la enorme hembra, pero el pequeño pez sobrevive. Sobrevive como puede hacerlo un retrasado mental. Entonces, la locura, ¿a dónde irá a parar? 

El final es difícil, puesto que convoca una noción que para nosotros, los occidentales, nos resulta ya muy lejana. El honor es una virtud que casi no nos resuena. La política la ha hecho desaparecer de buena parte del planeta. Sin embargo, en algunas regiones del mundo todavía es preferible pasar por loco antes que ser recordado como un traidor. La sola idea de asesinar al Emperador, el símbolo del Padre Celestial, es de una magnitud tan monstruosa que contradice el orden del universo. Para salvar el orden y el honor, la madre del hombre gordo ha considerado preferible difundir la historia de la locura. ¿O ha sido su hijo quien ha sostenido esta historia, poniéndola en boca de su madre? Si su padre no estaba loco, y su hijo sobrevivirá a la locura del hombre gordo, ¿qué hará él? Ahora que por fin es libre, libre “de hacerle frente en solitario”, ¿quién podrá enseñarle a sobrevivirla? 

“Un día de primavera, hacia el mediodía, mientras se duchaba después de la sauna, vio delante de él a un desconocido de piel bronceada que le intrigó profundamente. El vaho que empañaba el espejo sin duda estaba allí por algún motivo: ese desconocido era él. A fuerza de observar la imagen que llenaba el espejo, fue advirtiendo en ella numerosos síntomas de desequilibrio mental. Pero, esta vez, ya no tenía ni hijo ni padre con quienes compartir la locura que se apoderaba de él cada vez con más fuerza, amenazando con invadirlo por entero”. Con la historia de la locura paterna y la invalidez del hijo, el hombre gordo ha cubierto de vaho su propio espejo. Todos hacemos más o menos algo parecido. Nos aferramos fuertemente a algo para disimular nuestra locura. Si nos lo quitan, o lo perdemos, caemos en el estanque de la verdad. Y casi siempre sus aguas huelen horriblemente mal.


Gustavo Dessal

La soledad en Kenzaburo Oé. Comentario de Miguel Alonso

“A la larga, todo es materia para el arte. Sobre todo la desdicha. La felicidad no, la felicidad ya tiene su fin en sí mismo, por eso casi no hay poetas de la felicidad” (Borges)

"No hay nadie que haya jamás escrito o pintado, esculpido o modelado, construido, inventado, a no ser para salir del infierno". (Antonin Artaud)

Toda la trayectoria de la obra de Kenzaburo viene a concordar con la verdad de estas citas. Sabemos las circunstancias de su vida, y cómo los motivos que la inundan son, sobre todo, la desdicha producida por algunos encuentros trascendentales para su existencia, con su hijo, con su misterioso padre, y con el desprecio de su madre. 


El fondo del relato que nos ocupa es esa novela familiar plagada de locura. Desde él asistimos a un proceso de transformación, de liberación, y no sabemos si de libertad. Lo primero que me evoca es uno de los hechos más curiosos de nuestra vida anímica, el de que los hijos heredamos la culpa de los padres. Y particularmente, sobre el hombre gordo se proyecta esa culpa como una mancha de locura proveniente del Otro familiar, de sus dichos, de sus proyectos políticos –los del padre— de sus agravios –los de la madre. En el trayecto, el hombre gordo intenta descifrar esa herencia, cuál es el lugar que ocupa en ella y por qué la recibió. En el medio, la problemática relación con el hijo viene a ser el delirio que construye para sostenerse en la vida.   

Por el compromiso que Kenzaburo Oe asume en relación a su propia realidad y responsabilidad, me parece justo resaltar la carga ética que atraviesa el relato. Asume una dirección inequívoca hacia su propia soledad, eludiendo morales consoladoras, artificios redentores, posiciones misericordiosas, confrontándose al encuentro con el territorio real que le corresponde, esa soledad ineludible desde la que, quizá, pueda elaborarse algo vital. Es una forma de no resignarse a un destino marcado por el Otro.


El proceso de atravesamiento que realiza el hombre gordo nos deja ver, entre otras cosas, la gran distancia que media entre liberación y libertad. Liberación como despojamiento de una carga, y libertad como posibilidad de construir un mundo propio. Digo liberación porque así es como denomina al despojamiento de ese delirio que construye en la simbiosis con su hijo. Y digo libertad porque esa es la ambigua posibilidad que se abre en el final, una vez producida la liberación del padre, si es que ésta verdaderamente acontece.


Vemos perfectamente como una liberación verdadera implica, paradójicamente, un encuentro con el vacío de lo real. Llamativo resulta, en este sentido, el párrafo de la primera página:  


“... logró liberarse de una idea fija que hasta entonces lo había obsesionado; pero una vez liberado, una lastimosa sensación de soledad hizo encoger todavía más el alma pusilánime de aquel hombre gordo”.

Para ilustrar este advenimiento de la soledad tras la liberación, siento la solicitud de pronunciamiento por parte de uno de los poemas más extraordinarios de la gran poetisa gallega Rosalía de Castro: Unha vez tiven un cravo (Una vez tuve un clavo):

Una vez tuve un clavo
Clavado en el corazón
Y no recuerdo si aquel clavo
Era de oro, de hierro o de amor.
Sólo sé que me hizo un mal tan hondo
Que tanto me atormentó
Que día y noche sin cesar lloraba
Cual lloró Magdalena en la pasión.
Señor que todo lo puedes
Le pedí una vez a Dios
Dame valor para arrancar de un golpe
Clavo de tal condición.
Y me lo dio Dios, y lo arranqué
Pero ¿Quién lo iba a pensar?... Después
Ya no sentí más tormentos
Ni supe que era dolor
Supe sólo que no sé que me faltaba
En donde el clavo faltó
Y sé... sé que tuve soledades
De aquella pena... ¡Buen Dios!
Este barro mortal que envuelve el espíritu
¡Quién lo entenderá, Señor!

Magistral, magnífica Rosalía de Castro: “Supe sólo que no sé que me faltaba/En donde el clavo faltó”. En realidad, una buena parte del relato de Kenzaburo cabe en este verso. Y todo proceso de verdadera liberación, tiene cabida en este verso. 

Porque la soledad que aborda al hombre gordo liberado de la relación imperiosa con su hijo, es una figura que mora permanentemente en la vida de todo ser humano. Circula por detrás de las palabras, es la sustancia aprisionada en las soluciones fantasmales y delirantes, es el cimiento oculto de la realidad, y, paradójicamente, reaparece siempre por la ventana abierta de cualquier liberación. Repito, no hay que confundir liberación con libertad. Escribir como Kenzaburo es su forma de salvarse de esa soledad que rompe el cuerpo, y que no es más que un eco del infierno. Escribir como Kenzaburo es construir la libertad después de haber sentido la soledad más profunda.  

¿Donde encontramos la libertad, o la posibilidad de ella, para el hombre gordo? Creo que en el final de la novela. Aunque esa posibilidad se presenta de forma ambigua. No sabemos si el hombre gordo puede construir algún artefacto que le permita sostenerse en la vida, como anteriormente se lo permitía el delirio, o si caerá melancólicamente en el mismo encierro, en la misma locura que el padre.

Lo que sí podríamos pensar sobre Kenzaburo Oe, es que él sí supo construir la libertad en ese edificio vital que supone su obra. Al respecto, y como conclusión, evoco algo que se dijo el pasado martes 11 de Diciembre en la presentación de los libros de Ion Vianu y Matei Calinescu –este último también padre de un niño autista— y es lo siguiente:

“Cualquier libro es una enfermedad vencida”. 

Miguel Ángel Alonso

Una pincelada histórica y la locura en el relato de Kenzaburo Oé. Comentario de Luis Seguí

Kenzaburo Oe, de alguna manera, es la contracara de Yukio Mishima. Éste era un nacionalista militarista y un escritor que se suicidó en un cuartel militar haciéndose el harakiri, porque fracasa un golpe de estado. Kenzaburo es lo contrario.


A partir de la lectura de Oe y de otros textos, también de ciertos episodios en la historia de Japón, pensaba que hay países más psicóticos que otros, o que tienen más propensión a la psicosis. Un cambio cultural de la magnitud del vivido por Japón, no puede resultar gratuito. El paso de la dinastía Meiji, a finales del XIX, y la occidentalización forzada de Japón, forzosamente tiene que dejar una huella. Es parecido a lo que ocurrió en Turquía cuando Mustafá Kemal Atatürk decidió occidentalizar el país, prohibir el velo, utilizar el alfabeto latino en lugar del turco tradicional. Ese tipo de cambios culturales que abarcan, no sólo a un sujeto que lo haga voluntariamente, sino a un país entero, necesariamente ha de dejar huella.

En Japón, esa transformación forzosa ocurrió a finales del XIX y comienzos del XX. Coincide con el surgimiento de Japón como potencia militar imperialista que, primero, invade China, y luego se involucra en la Segunda Guerra Mundial. Adopta una constitución democrática que, en realidad, fue impuesta por McArthur, que mandaba en Japón después de arrasar Hiroshima y Nagasaki. Es decir, la constitución democrática de Japón es impuesta por arriba, como la dinastía Meiji impuso la occidentalización sesenta años antes.


Este cuento de Oe está recorrido por la cuestión de la locura, no en balde está incluida en el título. La locura está presente en todos los personajes de la obra. Probablemente, el único que se salva es el niño deficiente mental. Todos los demás están locos, la madre, el hombre obeso, el padre, que se encierra en un armario después de perder, políticamente hablando, su destino, su futuro, y que se lo nombra como AQUÉL. La locura del hombre gordo es un producto de la forclusión del nombre de ese padre

Una de las mayores paradojas y, al mismo tiempo, demostraciones de la locura, es el nombre que el hombre gordo le pone a ese hijo que no sabe si va a vivir. Le pone el nombre muerte. Luego tiene un estallido hilarante en el retrete, absolutamente inexplicable, que sólo puede venir de una mente enferma. Cuando no sabe si el hijo va a vivir, ya le pone el nombre muerte, aunque luego utilice un apelativo.

La pelea feroz que el protagonista tiene con su madre obedece a que ella le privó del padre, del nombre del padre, de la figura del padre y de los escritos sobre el padre. Porque lo que reprocha a la madre es la apropiación que ha llevado a cabo sobre los escritos, se los ha ocultado, es decir, le ha privado de parte de su historia, de lo fundamental de su historia.

Todos sabemos que cuando una persona dice que se hace el loco, es que está loco. En varias páginas, en diferentes párrafos del relato, se dice que la madre se hace la loca, o él se hace el loco. La simulación de la locura es un fenómeno más común de lo que uno cree – normalmente se simula la locura para eludir una condena judicial, o para salvarse de ir al ejército—y cuando esa simulación se lleva a cabo, es que uno está loco.

Por lo tanto, en este cuento, la locura es el hilo conductor de todos los personajes hasta el final. En ese final es donde encontramos un atisbo de esperanza. Es posible que, paradójicamente, el hijo, deficiente mental, se salve de la locura de toda la saga familiar gracias a que el padre, el hombre gordo, pueda reencontrar, de alguna manera, su nombre.
Luis Seguí

Kenzaburo Oé. Un tratamiento de lo real por lo simbólico. Comentario de Mónica Unterberger

La temporalidad, el nombre que no aparece para nominar al hombre gordo, la relación de éste con su hijo, la relación con su padre y con su madre. Una obra como ésta, escrita por alguien de la estatura de Kenzaburo Oe, es la muestra de un tratamiento de lo insoportable por parte de lo simbólico. En este sentido, evoco una cuestión planteada en el Seminario 7, La ética del psicoanálisis. En el fondo, ya se trate del arte, de la pintura o, como en este caso, de la escritura, estamos ante un tratamiento simbólico que  puede acotar y poner límite a lo insoportable de ese encuentro desdichado entre el padre y el hijo, o entre el hombre gordo y su propio padre. También en el relato se pone de manifiesto una pregunta: ¿Qué es ser padre? En el cuento de Kenzaburo vemos que no hay una fórmula universal, porque en realidad es una pregunta que nadie puede responder.  



Y siendo que esta historia puede ser la de cualquiera, cuando nos dejamos llevar por la magia de las palabras, y eso es lo interesante, la historia se eleva a un nivel que evoca las cuestiones más intrincadas del ser. Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura es lo que el hombre gordo rescata de la frase del padre. Y es una frase que nos incluye a todos en su formulación. Todos estamos un poco locos ¿Cómo hacer para tratar la particular locura que a todos nos sujeta? Lo que hace Kenzaburo me parece una manera de tratarla. Pero el paso primero es advertir que cada uno delira un poco, como todo el mundo.

Mónica Unterberger

La magia de las palabras en Kenzaburo Oé. Comentario de Antonio el galeno

Hay una poesía de Machado muy conocida y parecida a la de Rosalía de Castro. También en ella se hace presente la soledad de la que hablábamos anteriormente. Dice así:


YO VOY SOÑANDO CAMINOS




Yo voy soñando caminos 

de la tarde. ¡Las colinas 
doradas, los verdes pinos, 
las polvorientas encinas!...


¿Adónde el camino irá? 

Yo voy cantando, viajero, 
a lo largo del sendero... 
—La tarde cayendo está—.


En el corazón tenía 

la espina de una pasión; 
logré arrancármela un día; 
ya no siento el corazón.


Y todo el campo un momento 

se queda, mudo y sombrío, 
meditando. Suena el viento 
en los álamos del río.


La tarde más se oscurece; 

y el camino se serpea 
y débilmente blanquea, 
se enturbia y desaparece.


Mi cantar vuelve a plañir: 

Aguda espina dorada, 
quién te volviera a sentir 
en el corazón clavada.

En relación al relato de Kenzaburo, tengo que decir que me siento un blasfemo, que puedo cometer el sacrilegio mayor, porque en mi lectura sobre el relato he sentido que jamás he leído con tanta dedicación algo que me interesara tan poco. Es algo fantástico. Creo que ahí está todo el mérito de Kenzaburo. Cuenta una historia pequeña, enfermiza, entre un padre y un hijo que no tiene el menor interés, y la cuenta hilvanando las palabras con una magia que prende. Me preguntaba ¿contará algo que me llegue a interesar? Y consideraba, al mismo tiempo, que estaba ante un gran escritor por la magia que prende al lector.

Antonio

El goce abyecto en el relato de Kenzaburo Oe. Comentario de Graciela Sobral

No pude terminar de leer el libro, acusé el golpe. Pero me inspiro en lo que se va diciendo en la tertulia. Borges tiene un cuento donde se trata el goce: Los inmortales, unos seres que están en el mundo del goce. Pero es un goce mítico, lejano. Creo que el cuento de Kenzaburo Oe también habla del goce, pero de un goce que no es mítico, es más cercano, patológico. Cualquier persona que se haya interrogado sobre sí mismo, sobre su vida, sobre su horror, se encuentra rápidamente en la cercanía de ese goce espantoso, insoportable, significado por esas manos cogidas. Es la manera en que nombro el golpe que me dio la lectura de este cuento. Es decir, Kenzaburo tiene el arte de narrar un goce que resulta insoportable, pero no es el goce de ellos dos exclusivamente, sino el de cada uno de nosotros, un goce abyecto que tratamos de que esté escondido, porque es lo que cada uno quisiera no ver en sí.   

Graciela Sobral.