domingo, 30 de septiembre de 2012

En Suspensión, comentario de Ignacio Castro para la presentación del libro "Demasiado Rojo" del escritor Gustavo Dessal


¿La información produce los mismos efectos que el terrorismo, expropiando a la gente de su primer capital, un presente intransferible? Como sea, si nuestro exorcismo de masas ha traído la “crisis” como un necesario contraefecto homeostático, también la ficción (escrita o audiovisual) se ha vuelto imprescindible para que no muramos de seguridad en una urbe donde jamás debe ocurrir nada que altere la transparencia del consenso. La literatura nos permite infiltrarnos, soportar este malhumorado universo carcelario en que ha devenido finalmente lo que llamábamos modernidad. La escritura invita a una revuelta molecular compatible con nuestra simulación integral, incluso con la cadena de humillaciones que llamamos economía. Al volver de algunas páginas eres en cierto modo invulnerable, aunque nadie sepa nada al respecto.


Que la literatura sea una morrena en la marcha glacial de este mundo de estrépito; que sea, por el contrario, la articulación de un rumor cardinal que no cabe en las luces del día, rumor frente al cual el ruido del mundo es un resto, eso es algo que sólo se podría dilucidar en cursos superiores. Mientras tanto, más cerca del empirismo angloamericano que del apriorismo moral europeo, Gustavo Dessal (Demasiado rojo, El Nadir) nos entrega trece modulaciones de una incursión al desnudo en la masa bruta de lo vivido. De ahí proviene, tras la magnética Clandestinidad, una rara escucha para lo coloquial y popular que se ensaya en estos relatos. Usando la puntuación como quiere, Dessal trasmite el amasijo de vivir en directo. De los trece, acaso los mejores cuentos son aquellos donde la ideología y nuestras convicciones no pintan nada. Efectivamente, la moral suele ser la coartada para la inmoralidad de no atender a la mutación real que ocurre ahí, bajo el código de barras de nuestra imperial visibilidad.

Estamos hartos de “identificarnos”, hartos de esta seguridad obligatoria que se ha convertido en una depresión media sin tratamiento fácil. Mientras simulamos participar en el pacto traslúcido del narcisismo, de su dialéctica entre aislamiento y comunicación, casi por egoísmo querríamos que de vez en cuando ocurriera algo. Un poco de fiebre, por favor, algo que suspenda por un momento la distribución mundial de la pertenencia. Una individuación sin sujeto que rehace la existencia: ¿es esta la materia prima de la literatura?

Veamos: “Ella los quería así, machos y fuertes, porque opinaba que una mujer de verdad sólo relumbra a la luz de un hombre capaz de matarla” (p. 12). No tenemos por qué preguntarnos qué opina “realmente” el autor de esta frase. Escribir es apostar en serio a ser otro, provocar incluso un prójimo desconocido en nosotros. Es suspender la máquina de guerra de la opinión y poner en marcha una crisis en el orden de las identificaciones. Se trata de la duda metódica que sólo puede ensayar la poesía y la narración.

Se puede entender también Demasiado rojo como una crónica de lo furtivo, de la vida y muerte de un suspiro, ese tipo de experiencia que no es traducible a ningún régimen estable de saber. Tal vez se escribe para darle una oportunidad a lo preindividual, a lo impersonal que hay en nosotros. En suma, buscando una personalización de aquello que nos excede. Evidentemente, se trata de un juego peligroso, pero sin ese peligro la literatura no sería nada. Y no es la peor de las lecturas aquella que cierra un libro porque produce angustia.

Apenas hay tema en “Nos hemos quedado solos”, tan solo la respiración de un mar expectante, momentos detenidos en la memoria, diversas formas de imaginarse la muerte y un amor incondicional por lo insignificante, incluidos los cambios lentos de arena y cielos. Es tal vez ese amor por el amor lo que hace que nada importante en el hombre tenga tiempo y que todo siga pueda seguir en un sendero entre casas abandonadas, de ahí la magia de “Haber visto el pasado tal-como-alguna-vez-había-sido” (p. 24). En el futurista “El alma de las bicicletas”, con un clima que oscila entre Esperando a Godot” y Mad Max, cuatro personajes inolvidables, verídicos de puro inverosímil, recorren la enfermiza luz lechosa de un desierto de polvareda y chatarra tecnológica amontonada. Las pasiones y el humor digitales de estos homeless supervivientes a la última hecatombe, su Grado Máximo de Saturación Técnica, ironizan sobre nuestra actual mutación. Al compás de la ideología del reciclaje, también los humanos están hechos prensando trozos, por eso todos nosotros (igual que Gab, Poe y Tecno) siempre recordamos a alguien.

En su ritmo desbocado, “Adelina” es de una crueldad desternillante: “Toda la injusticia que puede caber en la existencia se había derramado sobre ella como un torrente sin pausa” (p. 57) y sin embargo, no hay forma de matarla. “Dime que me quieres” y “Día de gracia” transpiran el temor de que nadie conoce a nadie, una torsión de lo cotidiano donde ni siquiera la soledad tiene semblantes fijos. Pero tal vez de lo mejor es “Desvelo”, una historia lenta hasta la filigrana, sórdidamente elegante, escenificando un duelo a corta distancia en rituales de medianoche. Al tratarse de una batalla tan antigua, el odio se ha convertido en un gesto de reverencia. “Hasta somos capaces de emocionarnos con nuestra propia representación” (p. 75). Y después esa inalcanzable radiación de Sandra Miles (“Flores para Solomon Ryan”), frágil y distante adolescente que se peina, iluminando estancias, aquejada de una inconfesable enfermedad letal.

En fin, Dessal despliega maestría incluso cuando apenas hay nada que contar y la historia bascula hacia lo que, diríamos, objetivamente insignificante. Si incluso en esos momentos nos atrapa un trastorno subjetivo se debe a que Demasiado rojo no es solamente el resultado del oficio (tal como están las cosas, no sería poco). Lo que llamamos oficio no logra una buena obra, sólo un trabajo que no nos avergüenza. Con muy distintas intensidades, en estos relatos se trata de otra cosa distinta a la pericia narrativa. El autor organiza la anotación de un cataclismo, aunque sea mínimo, de manera que conforme avanza la lectura se produce un impacto neuronal que impide que seas el mismo. No sabemos cómo, Dessal ha pasado una temporada en el infierno del envés, de ahí que pueda afrontar una posibilidad más alta que el principio de realidad que nos conforma. Como para la religión de la seguridad ya tenemos la vida corriente, la información, la crisis, el orden laboral y ciudadano, es normal que la literatura se tenga que dedicar a abrir abismos.

“Has de ser cruel para ser amable” (Shakespeare). Para arrancar, por ejemplo, estos jirones de vida que se libran de la costra del día: “estábamos solos y casi parecíamos de verdad”, “tristeza legañosa”, “lienzo de sombra”, “sombrilla gastada de tantos soles”. O “el cielo ardió hasta reventar de lluvia”. O esto: “Al verme, hizo un gesto que se aproximó a la sonrisa. Se notaba que la alegría no era su especialidad”. Tomas nota de momentos así porque es necesario subrayar esos pasajes que te subrayan. De hecho, se lee, se escribe, porque el orden lineal del día no basta. Sabes que la verdad está del otro lado y entonces pasas el día al acecho, adorando los pequeños altares donde se precipita una transformación que se parece a la noche.

Y el humor, claro, siempre un poco negro: “El espíritu igualitario fue defendido en todo momento para que nadie quedase excluido de la destrucción absoluta” (p. 151). El erotismo del humor permite que la diferencia entre lo deseado y lo conseguido no nos convierta en amargos fanáticos. Fuerzas entonces lo posible, vuelves a soñar tu vida con los ojos abiertos, resistiendo esta global prohibición de tener alma, una prohibición doblemente eficaz por el hecho de que nunca se expresa. Polipatético humour being. El humor es el sexto sentido para el extrañamiento central al mundo: ¿por eso los judíos siempre han sabido algo que a los demás nos cuesta?

¿Qué significa entonces escribir, tener que escribir? Se da ahí una pasión por la superficie compartida y al mismo tiempo una desconfianza hacia su nitidez. Quien ha de escribir, o simplemente leer, tiene un pie en el agujero negro de la revelación. Te pasas el día tomando nota, a pie de minutero, porque eres un “hombre hueco” (Eliot) que necesita saltar por encima de su propia sombra. De ahí las metamorfosis que propicia la escritura, esa percepción que bordea lo imperceptible, como la notaría de una línea de fuga en medio de la norma.

Imaginar, fabular, siempre ver signos, como si fuese irremediable la certeza de que el decorado inmediato engaña. El rumor de la noche en el día oxida nuestras ilusiones cosmopolitas. Al otro lado de este derrumbamiento mudo, sin embargo, existe otra ciudad. Y esto porque la poesía es el eje de toda narración, una vivencia del instante, un lento corrimiento de tierra que hace saltar por los aires la ficción del tiempo lineal.

Bajo nuestra imperial realidad subtitulada, la percepción es hoy la primera especie en peligro de extinción. Y sin embargo, de ella somos siempre responsables y con ella comienza la libertad. Por eso es preciso resucitar un buen pacto con el diablo, una relación perceptiva con aquello para lo que no hay duplicación numérica.



Vivimos bajo una ficción de masas coagulada en interminables interiores. Cuando te das cuenta, apenas puedes morir. Para ello, tal vez la más alta tarea del hombre, habría que estar vivo y mirar de frente la muerte. Mientras tanto, como un animal, el rasgado octubre se acerca. Cuidad vuestras gargantas. Cuidad también la inteligencia para resistir un régimen furtivo que puede adoptar cien nombres: “sociedad”, “información”, “cobertura”, economía... Lejos de esta trampa consensuada, la pequeña y rojiza caja de herramientas que hoy tenemos en las manos nos ayudará a convertir la zozobra en iglú, un refugio tan ligero como la ventisca que cae. Que los dioses bendigan el frío que viene.

Ignacio Castro Rey

jueves, 20 de septiembre de 2012

Comentario del libro "Demasiado Rojo" en el Librepensador, por Guillermo Arróniz López

“Viajar con Ramón era divertido, pero nos sometía a un régimen militar, íbamos de visita a Londres, a Viena, a Roma, y había que levantarse a las seis de la mañana y conocerlo todo mejor que los habitantes locales, un maniático del tiempo, el tiempo era una cosa que lo obsesionaba, aunque casi nunca hablaba de eso, pero se comportaba como alguien que le disputaba una carrera mental a la vida”. “Nos hemos quedado solos”. Página 29.

“No existe fervor más egoísta que el amor de los padres”. “Nos hemos quedado solos”. Página 29.

“En suma, aprendí que eran los adultos quienes estaban locos y perpetraban en los niños el crimen que sus padres habían cometido con ellos: obligarlos a ir a la escuela”. “Los nombres del padre”. Página 106.

“Sí, sí, por supuesto que al lado de lo suyo todo eso es basura, pero no me diga que no se ha dado cuenta que ahora estamos en el reino de la basura, la tele basura, la comida basura, faltaban los juguetes basura”. “Que vienen los indios”. Página 131.

No sé si, al hablar de Demasiado rojo, se puede hablar de influencias, pero, como lector son múltiples las evocaciones. La invención de Morel, de Bioy Casares, autor de la esfera de Borges, con sus personajes congelados en el tiempo, grabados en una representación en 3D, como si les hubieran robado el alma, se me vino a la mente al leer “Nos hemos quedado solos”, donde un hombre desaparece tras tener la extraña experiencia de verse a sí mismo en el pasado, como si pudiera tocarse, como si se estuviera reproduciendo la misma escena feliz con su esposa e hijas, años después.

“El cielo no ha concluido aún su lenta metamorfosis, los bañistas se han ido retirando despacio, cansados, llevando consigo el equipaje playero y sus cuerpos enarenados, y nosotros nos demoramos, porque se sabe que ésta es la mejor hora, la hora en la que la luz se dulcifica y la brisa de fin de agosto trae el frescor anticipado del otoño”. "Nos hemos quedado solos". Página 26.

A Max Aub y sus Crímenes ejemplares (absurdos, casi imposibles de creer pero precisamente por ello tan humanos) me remite el cuento que da título al conjunto. Porque a veces una pequeña obsesión puede ser la clave de una psicopatía que acaba en muerte o malos tratos:

“El violín y el bandoneón hablaban en su jerga, mientras el humo y el alcohol espesaban el ambiente, que solo así se volvía propicio para gozar del baile y velar los cansancios que el tiempo había depositado en los rostros [...] Ella los quería así, machos y fuertes, porque opinaba que una mujer de verdad solo relumbra a la luz de un hombre capaz de matarla. Los que la adoraban, los que aguantaban la respiración cuando la apretaban en la pista, esos no tenían esperanza”. "Demasiado rojo". Página 12.

Este cuento, como puede verse en el fragmento anterior, podrá quizá tacharse de poco políticamente correcto, por aquello de representar mujeres que “buscan” hombres que las minimicen, que las “dominen”, que las posean y por lo tanto dispongan de sus vidas, como se puede disponer de un objeto y destruirlo o arrojarlo a la basura a conveniencia… O casi mejor dicho a capricho. Con independencia de que sean mujeres de notables virtudes, admiradas y deseadas por hombres que creen en una sana relación entre iguales. Pero esa realidad existe, esas mujeres, esa cultura o contracultura existe, y ahí entroncamos con otra de las características (yo diría incluso virtudes) del libro, y es que, a pesar de su exageración a veces literaria, los cuentos son de una verosimilitud escalofriante, posibles en nuestro día a día: las familias que se echan -de unos miembros a otros- la culpa de una tragedia, con medios de gran crueldad psicológica; las familias destruidas por la nostalgia; las familias a las que una desgracia física o psicológica en uno de sus miembros destruye lenta e inexorablemente.

Pero si hay una evocación que podría estar sobrevolando gran parte de este universo de relatos es, para mí, la magnífica y casi olvidada: Carmela Saint-Martin (Carmen Navaz), cuyos relatos son tan negros que tienen tintes de pozo, sin olvidar un cierto humor macabro pero inevitable. Ahí está “Adelina”, para mi gusto, el más terrible de todos los cuentos, con un final tan demoledor como irónico.

Aunque “Día de gracia” y “Que vienen los indios” son igualmente duros de encajar, no resultan tan demoledores. La tristeza de “Día de gracia” se atenúa con un final de poema noria, o casi, donde la metáfora de la muerte como umbral a la nueva vida hace que sea asumible algo que, por muy doloroso que sea, sucede todos los días. Por otra parte, la decadencia de “Que vienen los indios”, el proceso espantoso de aquellas profesiones artesanales que han ido desapareciendo por la presencia abaratadora del plástico y el capitalismo productor de objetos en serie, es también terrible pero hay un humor menos negro, menos macabro.

Con todo hay una omnipresencia en el libro y no es otra que un lenguaje magnífico, bien elegido, siempre en función de unos relatos que llegan a su destino impolutos, impecables. Un uso perfecto del lenguaje, como Literatura del XIX actualizada. Un gran libro de grandes relatos para los que hay que preparar la garganta… ¡Y el estómago!

Publicado por  el 29 Agosto 2012 en Cultura

lunes, 17 de septiembre de 2012

Presentación del libro "Demasiado Rojo" del escritor Gustavo Dessal

LITER-a-TULIA tiene el placer de presentar 
el último libro de relatos editado por
El Nadir
del escritor 
Gustavo Dessal

Viernes 28 de Septiembre
18:30 horas
Este o Este,
Manuela Malasaña nº9


Una mujer que consume sus días bailando y cantando tangos, un hombre que desaparece después de haber visto el pasado, un artesano de figuritas de plomo, una mujer que devora comida como un animal, otra que construye en París un refugio contra el infortunio, una madre invasora adueñándose del insomnio de su hijo, un soldado desnudo frente a una guerrillera del Vietcong o las aventuras de los supervivientes de una catástrofe planetaria, embarcándose en un viaje sin futuro, son algunos de los temas que se desarrollan en los trece relatos que Gustavo Dessal ha escrito bajo el título “Demasiado rojo”. Cuentos rotundos, de lenguaje exquisito y ritmo perfecto en los que los personajes se encuentran al borde del abismo, traspasados por un cierto humor negro que realza el dramatismo con el que cada uno deberá afrontar su destino


Intervienen:

Ignacio Castro Rey, filósofo y crítico de arte.

Miquel Roig, escritor, socio fundador de Hotel Kafka y editor de Diario Kafka sección cultural de diario.es.

Presenta:

Alberto Estévez, psicoanalista.



"Unos relatos que llegan a su destino impolutos, impecables.
Un uso perfecto del lenguaje, como Literatura del XIX actualizada.
Un gran libro de grandes relatos para los que hay que preparar la garganta..."

Guillermo Arróniz López, El Librepensador




El acto contará con la presencia del autor, 
a la finalización del mismo firmará ejemplares de su obra.

Entrada libre


jueves, 6 de septiembre de 2012

LITER-a-TULIA, primera reunión del 5º curso

Queridos tertulianos, iniciamos un nuevo curso tras el descanso veraniego. Es el 5º año el que estamos por comenzar, y para esta ocasión vamos a estrenarnos retomando un género que habíamos aparcado los dos últimos años dedicados al cuento.

Se trata de una novela del escritor francés Philippe Claudel, que lleva por título "El Informe de Brodeck", premio Goncourt de los Estudiantes 2007. Este autor es además un premiado director y guionista de cine que obtuvo el César a la mejor ópera prima por su película "Il y a longtemps que je t'aime" (Hace mucho que te quiero) estrenada en 2008.

Nos encontraremos en el restaurante Este o Este, en la calle Manuela Malasaña nº9, a nuestro horario de comienzo habitual, las 18 horas, pero no lo haremos el segundo viernes de Octubre, día 12, por ser festivo, por lo que adelantamos la reunión al viernes anterior, día 5 de Octubre.

"El informe de Brodeck", editado por Salamandra (2008), sin lugar a dudas confirma a Claudel como uno de los mejores novelistas franceses de su generación. Confiamos que esta obra permita una animada reunión para iniciar este año de tertulia.

Hasta entonces
LITER-a-TULIA

sábado, 21 de julio de 2012

Isabel Cobo abre la 8ª reunión de LITER-a-TULIA analizando el relato "Desvelo"



Que Desvelo trata sobre el odio, sobre los estragos del odio, no creo que deje lugar a dudas. El cuento, de hecho, se plantea como una batalla ritual entre una madre y su hijo, el sujeto narrador, quien incluso nos anuncia el desenlace del torneo que tendrá lugar esa noche: lo va a ganar la madre. Siempre gana ella. ¿Qué se pone en juego entonces en un cuento así donde todo parece estar decidido de antemano? Desde mi punto de vista, no es desde luego saber si efectivamente la madre ganará o no, sino saber qué va a hacer el hijo con ese odio que siente. Y lo primero que me ha llamado la atención es la voz desde la que narra: una voz fría, marcada de principio a fin por la seguridad y la certidumbre, como si nada del ámbito de lo reparador fuera ya posible. También, la manera tan hábil que tiene de desviar nuestra atención hacia la madre y alejarla de sí. Y por lo mismo, el propio desenlace: su dureza. 



Pero empiezo por la voz. Desde el comienzo, el narrador muestra la seguridad del que habla desde el saber. No solo nos anuncia lo que va a ocurrir, sino que en el desarrollo de la historia disecciona con precisión de entomólogo cada secuencia, cada frase y cada palabra que esgrimen uno y otro; los gestos de la madre, la habilidad con la que ambos encajan los golpes y los devuelven; su astucia, en definitiva. 


Tras un largo prolegómeno donde la atmósfera se va cargando de tensión, la batalla, como el mismo hijo la denomina, comienza al fin cuando la madre irrumpe en su dormitorio con la excusa de estar desvelada. Apela a lo de siempre, a los recuerdos. Reconoce andar presa de las cadenas de la memoria, de algo invisible pero difícil de cargar, según su propia expresión. Aunque, eso sí, dice no querer cargar al hijo con eso. Y a partir de ahí comienza la batalla propiamente dicha. Más que a una batalla, la impresión que se tiene es la de estar asistiendo a una especie de partida de ajedrez con palabras. Palabras que, mientras van haciendo incursiones adentrándose en el campo del otro, nos van desvelando la trama sobre la que se sustenta el odio y, en definitiva, los respectivos desvelos de los personajes. Porque no olvidemos que no es solo la madre la desvelada; también el hijo tiene dificultad para conciliar el sueño, para dormir tranquilo. 

El primer movimiento de ficha ventajoso lo marca el hijo cuando menciona la palabra culpa. Solo es necesario sentirla, añade. Queda claro que la palabra culpa no es inocente. Como tampoco lo es la apelación al sentir, eso que el hijo le reclama a la madre pero que él elude todo el tiempo. La madre, por su parte, lo del sentir ni parece oírlo; coge la ficha de la palabra culpa y contraataca con ella al hijo en un movimiento que simula ser confortador: «Vamos, de qué podrías sentirte tú culpable…». Él prosigue. Ella devuelve. Ese es su juego. Hasta que el hijo lanza una especie de jaque a la reina con otra palabra clave: decencia. 

Tampoco es una palabra inocente. Además, resulta especialmente significativa porque nos va a permitir ir atando el cabo de la trama, ese que va siguiendo una línea nítida que une el desvelo con los recuerdos, los recuerdos con una carga invisible pero pesada, esa carga con la culpa, la culpa con la decencia… Y es que resulta que si había un rasgo que pudiera definir al marido y padre respectivamente, ya fallecido, era la decencia. Había sido un hombre decente, un hombre para quien la decencia era el máximo valor, su seña de identidad. Así educó al hijo. Pero todo parece dejar entrever que la mujer debió empujarle a traspasar esa delgada línea que separa lo decente de lo que no lo es. Y entendemos que el traspaso de esa línea trajo al fin la ansiada prosperidad, la elevación social…, pero también el quebrantamiento del marido y, probablemente, su declive psíquico, su enfermedad. 

Pero el hijo, no lo olvidemos, carga también con su propia culpa, tal y como le confiesa esa noche a la madre en el párrafo que he seleccionado para leer: 

«…tampoco yo hice todo lo que hubiera podido (…) A veces me daba cuenta de que él quería hablarme, era como una súplica, pero no se atrevía a expresarla. Yo me escudaba en su pudor, me hacía el distraído, temeroso ante la idea de que me pidiese ayuda, de que me necesitase, de que me contagiase su agonía. Yo entonces solo pensaba en vivir, tenía planes, no estaba dispuesto a que nada me estropease el presente, y en cierto modo lo abandoné, me desentendí de su dolor, de su soledad, de su mirada perdida en algún lugar de su desesperanza». 

He escogido este párrafo porque es al llegar ahí donde me he dado cuenta de lo desconcertante que resulta que hasta esto, que tiene el contenido de una confesión desgarrada, nos lo cuenta el hijo con la misma voz fría e indiferente con que viene contando todo el relato. No se aprecia ni un titubeo ni un quiebro en el tono. No hay un solo signo del ámbito del sentir en su lenguaje o en su voz. De ahí que resulte tan perturbador el desenlace. Parece que ha ocurrido algo decisivo, inesperado hasta para él mismo: le ha dicho a la madre algo que por primera vez la ha dejado sin respuesta, hasta el punto de que, sin saber qué decir, sale con una evasiva: «Oh, se me había olvidado, llamaron esta tarde del taller…». Enseguida tiene lugar su retirada. Y, al poco rato, al hijo le parece oír un grito. Sí, está vez parece que ha ganado él la partida. Aunque, tras esa especie de victoria, ha seguido imperturbable y ha vuelto a lo suyo de cada noche: a intentar conciliar el sueño.


Ahí termina el cuento. ¿Pero qué ha cambiado en él? ¿Qué ha hecho a fin de cuentas con su propio rencor, con su odio y con su culpa? Mi sensación es que nada, que no ha podido hacer nada. De principio a fin ha narrado desde una posición del que se sabe derrotado y ha renunciado a la permeabilidad que posibilitaría algún cambio. Por otra parte, todo el tiempo ha desviado nuestra atención —la suya propia— hacia la madre, y ha apartado hábilmente el foco de sí mismo, como si así pudiera hacernos olvidar que un conflicto es siempre el que cada uno mantiene consigo mismo, con su rencor, con su resentimiento, con su sentimiento de culpa. Por eso, reconozco que me he quedado con muchas ganas de ver cómo se le quebraba en algún momento la voz, cómo se abría alguna fisura en él, en su discurso frío y distante. El discurso de alguien capaz de diseccionar el más mínimo gesto del otro —en este caso una madre sin duda odiosa—, pero incapaz de mirar dentro de sí, única manera de salir de esa prisión en la que anda metido. Bien es verdad que desde el principio nos había advertido que la madre había sido muy buena maestra y él un discípulo aplicado. De ahí que me parezca que el cuento, duro y desesperanzador como la realidad individual y social que refleja, muestra muy bien los estragos del odio; la manera en que mina al que odia. Eso es lo que encuentro más interesante de este cuento, un buen cuento.

Isabel Cobo

viernes, 20 de julio de 2012

La insoportable molicie materna; Rosa López comenta "Desvelo", perteneciente al último libro de relatos de Gustavo Dessal, titulado "Demasiado Rojo".

Este es el tercer cuento que comentamos en Literaturia a propósito de la cuestión del odio. En el primero,"Confesión encontrada en una prisión en la época de Carlos II" de Dickens, nos encontramos con el odio psicótico de un hombre hacia la figura amenazante de un niño. Un odio imposible de dialectizar porque no incluye forma alguna de amor. El segundo relato, "Bienvenido, Bob" de J.C. Onetti, nos trajo una particular pareja unida para siempre por el odio, esos dos hombres que se encontraban en el bar. Este último nos acerca a otra modalidad de pareja, la de un hijo y su madre poniendo sobre el tapete la figura más universal del odio: el odio edipico. 

Como la pareja de los dos hombres del bar, también esta pareja formada por un hijo y su madre parece unida de por vida por ese lazo indestructible del odio. En el relato vemos desplegarse una especie de lucha a muerte entre dos contendientes ninguno de los cuales depone su actitud, porque en cierto modo ambos están hechos de la misma pasta “somos terriblemente fuertes”. Esta lucha solo encontrará su fin con la muerte de alguno de ellos, aunque el hijo, agente del relato, da por sentado que en este duelo será el vencido . 

Uno de los ejes del relato me parece que tiene que ver con el extremo conocimiento del otro. Hay muchas frases al principio que comienzan con una afirmación del saber sobre el otro: “Se que es ella” porque “reconozco sus pasos,,,etc” “Tu sabes que nunca consigo olvidarlo” le dice la madre al hijo más adelante. 

El hijo sabe como es la madre, lo que le gusta, de lo que goza, sus ardides, sus engaños, sus trampas. No se deja engañar, porque la conoce mejor que a si mismo 

A propósito de este conocimiento extremo del otro, recordé una frase de Lacan con la que finaliza uno de sus Seminarios más difíciles (Aún) que me resultaba muy enigmática, hasta que por fin pude comprenderla. La frase es la siguiente: “Saber lo que la pareja va a hacer no es prueba de amor”. 

Y Lacan lo transmite como una experiencia propia. En el momento de la despedida de ese curso lanza al auditorio una pregunta “¿seguiré el año próximo? ! Hagan sus apuestas! ¿Querrá decir que los que adivinen es porque me quieren? Saber lo que la pareja va a hacer no es prueba de amor” 

Más bien puede ser la prueba del odio. Efectivamente, Lacan sabía que algunos le odiaban profundamente y eran esos, precisamente, los que mejor le leían, los que más le conocían. 

Mientras que el amor es ciego, el odio es lucido. Lo que despierta el amor por el otro es aquello de lo que cojea, su falta, porque en el amor lo que se produce es el reconocimiento del modo en que el partenaire se encuentra afectado por los efectos del saber inconsciente. Entonces dos saberes inconsciente entran en sintonía. El problema, nos dice Lacan, es cuando se pasa del saber inconsciente del otro, al ser del otro. “La relación del ser con el ser no es una relación de armonía” es una relación que conduce al odio. A diferencia del amor que se dirige a la falta en el otro, el odio se dirige al ser del otro, a su ser de goce. 

¿Cuál es ese ser de la madre que provoca en el hijo un odio irreductible? Hay un significante que me golpeó al final del cuento porque es como el resumen de lo odioso del ser materno: “molicie”. Lo busqué en el diccionario y encontré la siguiente definición “afición a vivir regaladamente”. 

La madre estaba deseando que el padre muriera no por motivos pasionales, ni por intereses economicos, sino para poder recobrar su estado de molicie “esa indiferencia con la que observas la trabajosa miseria de los que se ven obligados a esforzarse para vivir”. 

Y es en este rasgo donde podemos captar algo insoportable de la posición de esta mujer ante la vida. Alguien que nunca se hace cargo del otro porque se siente en el derecho de vivir a costa de los demás. Son esos seres de excepción que no se consideran responsables de nada, que en todo caso toman la posición de victima, que no quieren pagar el precio de la castración como condición universal de la vida, representada excelentemente en el texto bajo la figura del trabajo (y no me refiero unicamente a la vida laboral). No es casualidad que la madre le pregunte siempre qué has hecho hoy como si olvidara completamente que él, como tantos otros tiene que ir a trabajar. Y en una frase se repite una y otra vez esa palabra “trabajo” que ella no parece concebir. 

El relato nos muestra lo inevitable de la repetición al infinito de esta relación de odio entre hijo y madre. Es un ritual conocido y estragante, al que, sin embargo, el hijo no puede dejar de responder. Para que el juego de semblantes se produzca es necesario la intervención de los dos. Ellos comienzan haciendo un verdadero paripe que envuelve el odio puro bajo las vestimentas de la educación, el estusiasmo, el interes por el otro y hasta la felicidad. Un juego que es perverso porque se nota que ambos gozan. Pero a medida que el relato avanza los velos caen y se empieza a jugar con la verdad de la culpa. Entonces es el hijo quien ataca sin ambages, ella no parece tambalearse y se despide como si tal cosa. 

No obstante al final puede haberse escuchado un grito desgarrado. Entonces, ella no sería tan indestructible como parece....., aunque también puede ser que ese grito no sea más que la expresión del deseo de nuestro protagonista.

Rosa López

lunes, 16 de julio de 2012

Me pregunto. Comentario de Luisa Corbacho sobre la obra literaria de Gustavo Dessal.

      Me pregunto.

      Me pregunto, también,  si el hombre que recreó en su libro a ese ser sin voluntades, a ese repetido vector del mal, a ese metal conductor del horror, se interroga, en algún instante, a solas, sobre qué estaba necesitando hacer sentir a los que leemos Clandestinidad.  Si se interroga  - tras saber su logro de ciertas suertes de desasosiego-  sobre el  para qué. Me pregunto si repara en cómo se aligera su carga – por compartida -  haciéndose más leve esa urdimbre de angustia, desapariciones, indefensión, maldad y muertes. Si…

      A veces, lo imagino levemente aliviado, resarcido y tal vez es eso lo que no le perdone al autor de Clandestinidad que, a mí, se me antoja más como Clandestinidades soterradas bajo la normalidad. Sé  también de mi envidia de él, por haber logrado escribir libros, atravesar ese páramo de desgarro y salir, tal vez, indemne.  Sé que preciso también, como de mi envidia, del reverso que es mi gratitud hacia sus relatos, cuando logran hacerme, aquí adentro, preguntas.
      Describir el mal, pintarlo, esculpirlo, nunca hace el bien. Nunca hace bien. La mano del pintor malagueño que expone el vientre reventado de la España de la guerra “civil”, sus torturados trazos blanquinegros a impactos de  grandes dimensiones, bien podría no añadir nada nuevo a lo vivido. Acaso, me parece, lo congela. Acaso incide en desmedirlo.

      Cuando leo los libros de Gustavo Dessal una idea va llegando clara, como en otros autores: sus escritos nunca te rescatarán de nada. Te dejan a la intemperie si al acabar las últimas páginas, esta idea no ha logrado transformarse en otra: esa que te habla de que habrás de ir (como Zenón en Opus Nigrum) a la búsqueda de ti mismo. De mí misma.
      Sus relatos siempre albergan preguntas.  A veces como volutas de humo, a veces, como crisálidas, a veces, a bocajarro, a veces como de cínico, a veces como libélulas.

      Para mí, leer sus escritos es recordar lo que me enseñaban mis primeros maestros en psicoanálisis, cuando todavía mucho campo era orégano y los maestros desgranaban sin prisas ni cuenta de minutos la herencia a quienes estábamos ávidos de recogerla. De digerirla en sorbos  rápidos o lentos, según se pudiera, pero continuados. Es seguir aprendiendo y desaprendiendo  y perdiéndome y, de nuevo, volver a rebuscarme. Es evocar, de algún modo complejo -incluso para mí misma-, el estreno confuso de la primera sesión y señalar vagamente hacia  el horizonte desmentido de las últimas.
      Sus libros… Decidí hace tiempo no leerlos en las noches en que la soledad afina en exceso y   las ausencias  reinan demasiado a sus anchas sin contornos de luna.  Está decidido al amparo del rescate preciso, de un hilo con el que adentrarme por la búsqueda a que invitan, y que no siempre acepto. Y es una decisión que sostengo para con su bienvenido libro nuevo.

      Me reconcilia, sin embargo,  que entre su literatura, a veces del espanto, pueda enternecer hasta las lágrimas cuando leo sobre sus seres cabales, como el dulce marido difunto de La viuda morosa. Hombres cabales amigos de hombres cabales. Hombres que nos quieren amar a las mujeres.  Que nos aman entregados a la sutil tarea de encontrarse con nosotras en lo que  se reconoce que siempre nos falta a algunas de nosotras y algunos de ellos.  Y enredarnos, sudando dichosos, dichosas en la búsqueda incierta, pero alegres de  estar juntos.
Recuerdo el placer de la risa - que me arrancó hasta hacerla carcajada- el diálogo  de toma y daca sin respiro, sensual y certero del marinero y la prostituta de Operación Afrodita.

      La zonas de sus libros, me evocan otros territorios de suspense; de policiacas, territorios de extrañamiento; de realismos sucios y mágicos, de cotidianas hechas con palabras de desayuno, de Poemas que nos muestran “el miedo a la muerte en un puñado de polvo”. Poemas de dicha donde el azar remite a su condición de lo trágico y lo hermoso.  ¿Cómo dejar de celebrar la vida cuando se escribe sobre la banalidad de los hacedores del mal, de malhechores? ¿Cuantas veces hubo el autor de Clandestinidad buscar con urgencia la risa, el silencio, el amor o la amistad para curarse de semejante desgarradura escrita? Y cómo no volver a respirar, cuando a la vuelta de una página te encuentras ante la vastedad que ya contiene solamente el título: Mas- lí -bra -nos -del- bien.
      Ese bien tan corrosivo como el mal y, tal vez aún más imperceptible.

      En sus escritos  reencuentro historias de países que han sufrido, igual que  el mío,  bajo las botas de las leyes sin texto, como  bien viene a exponer Joaquín Caretti,  reencuentro holocaustos saturados de contextos, restos que quedan siempre; restos de restos; reencuentro mi afecto por Argentina; inolvidables amores y también palos de ciega. De ciegos. Reencuentro arqueologías humanas, interrogantes silencios cálidos, personales certidumbres sin principio ni finales definidos, heridas cicatrizantes, explosivos desactivados a tiempo. Reencuentro la tarea ética y estética que construye “la alternativa a lo siniestro”, aquella que me conmueve, que tanta sustancia me dio y me sigue dando  para seguir pensando sobre el proceso creador, en mitad de las vorágines de verdad y las vorágines  de plástico…            
         Sus escritos de sal, inciden sin clemencia en la fisura de lo que te atañe.
         Me  atañe.
         ¿Dispara el hombre escritor, la mujer escritora,
         con las balas que los atraviesan?
         ¿Muere el ser humano de la muerte con que mata?
         Y qué habremos de seguir haciendo con el humo que ha quedado en el aire.

      Dicen que  ha escrito Gustavo Dessal un nuevo libro que lleva por título Demasiado  rojo- temblad, la presentación es “inminente”­­-  que ha vuelto a las andadas. Que insiste, como el deseo.
      Si quieres leerlo aprenderás mucho de los músculos del psicoanálisis, de sus tejidos, desde dentro de los personajes, del fuelle de sus diástoles. Para mí suelen ser buenas lecciones magistrales, de esas que se hacen como sin quererlo; restos de conferencias que saturaron la sala de miradas confluyentes, divergentes, de incómodos silencios, y palabras-nutriente, de memoria de tantos y tantos seres ya de ceniza, que se desgañitaron queriendo propagar, como  ondas expansivas, lo que iban descubriendo  sobre los otros, sobre ellos mismos, sobre ellas mismas.

      Hallarás en sus escritos, al mismo tiempo, seres y situaciones que nos componen y nos descomponen, hombres y mujeres hechos y derechos, hombres y mujeres hechas y deshechas. Al mismo tiempo amor y extranjerías de nosotras mismas, banalidad del mal y lluvia que escampa, siniestridad de la aparente luz y  fértiles oscuridades, ironía y llave de la celda, gusto amargo y carcajada. Suelen sus libros hacer que me reencuentre con mis certierrumbres de musgo y cal.
      Tal vez, como yo, eches siempre de menos la atmósfera, las temperaturas en que se cuecen las hilachas  que reconocen y entretejen las palabras del exilio. Pero eso…

       A veces sus cuentos agridulces son como fuerzas de asalto, se deslizan y agazapan y, de tanto en tanto, logran sitiarte, soterrarte, desenterrarte, situarte. Me pregunto. Me gusta preguntarme sobre sus escritos que parecen requerir –afortunadamente-  alzar el vuelo lejos de las paradas de autobuses, porque parecen reclamar abrirse paso  por entre la tierra y los cascotes de los descampados, como los zarzales que gustan de crecer junto a las rosas. Porque son  como moscas que van y vienen, van y vienen, necesarias, furiosas, aparentemente vulgares, señalando sin descanso, en la vigilia y en los sueños, hacia las zanjas donde se esconde y pervive lo que nombrarse quiere por entre las costuras reventadas de las gentes y las cosas
Luisa Corbacho.

jueves, 5 de julio de 2012

Silvia Lagouarde introduce la reunión que despide el cuarto curso de LITER-a-TULIA con el relato "La Espina", de Ferdinand von Schirach

Resumen del relato





Nuestro protagonista, llamado Feldmayer, había tenido muchos trabajos en su vida: cartero, camarero, fotógrafo, pizzero, herrero. Pero sólo hasta los 35 años. A esa edad encontró “el trabajo de su vida” en el Museo de Arte Antiguo de la ciudad de Berlín como vigilante en la última de las 12 salas de un ala del museo. Debía vigilar una sola estatua: El Espinario; la figura de mármol era una estilización romana del original griego. No era especialmente valiosa pues existen numerosas copias. Por error administrativo estaría 23 años en esa función. 

La sala que Feldmayer debía custodiar tenía 150 metros cuadrados y estaba casi vacía, el vigilante más cercano estaba cuatro salas más allá. Feldmayer estaba ansioso, debía buscarse una ocupación. Medir el espacio pareció una buena opción para pasar las horas muertas. Con la sola ayuda de una regla anotaba en el cuadernillo todos sus cálculos: de las paredes, del techo, medía los huecos de los pestillos, contaba los visitantes, cómo iban vestidos, contaba las moscas y trataba de comprender el secreto de sus vuelos. 

Con el transcurso del tiempo y el olvido burocrático (nunca entró en las rotaciones) el museo cambia a nuestro protagonista. Su casa se convierte en una sala de museo, se levanta todos los días a las seis, cruza el parque de la ciudad de Berlín contando sus pasos: 5.400. Todos los domingos come en un restaurante. Deja de salir con chicas porque hacen mucho ruido, hablan alto y hacen preguntas a las que no sabe responder. Habla regularmente con su madre, la visita cada tres semanas. Cuando ella murió, dio de baja el teléfono y se quedó sin familia. 

Feldmayer nunca se quejó. No es ni feliz ni infeliz hasta que después de ocho años de trabajar en el museo ve por primera vez a la escultura: un muchacho desnudo en una roca sentado, con la mano izquierda coge el empeine del pie izquierdo mientras con la derecha se saca la espina del pie. Le comienza a obstinar la idea de si el muchacho encontró la espina. Pronto comenzó a sentir que la espina estaba en su cerebro y sentía su ruido y le raspaba el cráneo, debía liberar al muchacho y liberarse él, fue cuando se le ocurrió lo de las chinchetas. Compró las más pequeñas y las esparció por la ciudad, zapaterías, piscinas, parques. Las personas se hacían daño y el gozaba de placer cuando se las extraían. Y así pasan 15 años. A sus 58 años decide acabar definitivamente con el sufrimiento del muchacho. Cogió del pedestal la estatua y la arrojó al suelo con todas sus fuerzas. Gritó como nunca lo había hecho en su vida, la sangre de sus venas cambia de color y se ve iluminado y finalmente ve a la espina hasta su desaparición. Se le fueron todos los dolores. La policía lo lleva a su piso y ven que en toda la casa, paredes, techos, estaban pegadas miles y miles de fotografías, todas mostraban el mismo motivo, hombres, mujeres, niños, todos sacándose del pie una chincheta amarilla. 


Comentarios sobre el relato

Sorprende en este relato la “trágica” conjunción de: un olvido administrativo institucional y el hecho de que la persona perjudicada por dicho olvido, el señor Feldmayer nunca se quejara. 

El haber sido olvidado unido a su imposibilidad de tomar la palabra ante las autoridades del museo reclamando por ejemplo otro destino, nos llevan a pensar que este sujeto carece de los recursos simbólicos necesarios para dirigirse al Otro, no sabe invocarlo, adaptándose con total resignación a ese designio. La psicosis del protagonista comienza a manifestarse a partir de ese olvido, en ese haber sido barrido de las rotaciones de la gente de las que se beneficiaban sus otros compañeros. Hundido en su silencio pasará sus horas muertas midiendo todo, haciendo estadísticas. Despojándose de todo su ser convierte su casa en otra sala de museo, no soporta los ruidos, sí el silencio. 

Una rutina prolija y ordenada: levantarse a las 6, cruzar el parque de la ciudad, contar los pasos 5.400, ir todos los domingos al mismo restaurante, dejar de salir con las mujeres. Se sostiene en un lazo social que es ese trabajo pero él va desapareciendo como persona. En esa rutina nada lo agita, no es feliz ni infeliz. Y así se sostiene durante ocho años. A los 43 años descubre al Espinario. La escultura de pronto cobra presencia, considero que las cosas se mantendrán así hasta la muerte de la madre. 

Con el fallecimiento de su madre la estatua se convierte en una presencia real. Y la espina lo único que está fuera de todo cálculo. Esto es su locura. No puede soportar esa incógnita ¿dónde está la espina? Cuando la espina se localiza en su cabeza todo se derrumba siente su ruido y que le raspa el cráneo. Todo es un caos de pinchos y púas. Decide liberar al muchacho para liberarse a sí mismo y se le ocurre lo de las chinchetas. Traslada el problema sin solución: el sufrimiento propio al sufrimiento real de sus víctimas. 

Se pasará 15 años pinchando y fotografiando el sufrimiento y la liberación de sus víctimas. Sacándose las chinchetas. Resumiendo: si la modalidad de goce de los primeros ocho resultaba de mediaciones y cálculos llevados hasta la extenuación, tras la introducción alucinatoria de la espina en su cabeza, la idea delirante de las chinchetas y el pasaje al acto consiguiente trajo calma a su espíritu durante esos 15 años. 

A los 58 años decide terminar con todo. No puede más con la mirada de reproche de sufrimiento del muchacho, y decide romper la estatua. Otra alucinación y finalmente ve la espina. Grito desesperado y risa interminable. Considero que con este pasaje al acto se instala la posibilidad del diálogo con el abogado. Dialogo con el defensor: este ordenamiento subjetivo que le permite contar su historia, nuestro protagonista quizás tome la palabra. Y ganando el juicio es la victima del olvido. La ley le restituye algo, hay una restitución simbólica. Feldmayer sale absuelto, conservó el derecho a recibir una pensión y nunca más volvió a tener una chincheta en la mano. 



Conversación con el autor




Entrevistadora: Si la literatura es ficción y este texto se basa en hechos reales ¿su libro “Crímenes”, ¿es un testimonio de su trayectoria judicial? ¿qué hay de literatura en él? 


F.V.S: (respondió con seguridad y contundencia) Todo es literatura, aunque solo sea por el hecho de que un caso de homicidio ocupa 15 carpetas y mi relato unas pocas hojas. Las carpetas son la realidad y lo otro es literatura. 

Entrevistadora: Bien, vamos a lo que a usted más le importaba de nuestra conversación, recuerdo su inquietud y sorpresa al leer, después de publicar “Crímenes” algunos textos que lo acercaban como jurista a ciertos conceptos elaborados por Lacan… 

F.V.S: (Me interrumpe) efectivamente, insistí mucho en todas mis entrevistas en que el tema fundamental de mi libro es la verdad. En un juicio la verdad que hay reconstruirla con testigos, huellas, pruebas etc. y sólo se llega a un acercamiento. Porque las cosas no son ni blancas ni negras es por lo que para los delitos no hay un castigo fijo. El juez tiene que encontrar la medida de la culpabilidad. Es parte de la condición humana sentirnos culpables de algo, todos decimos mentiras, engañamos. Somos crueles. La culpa forma parte del ser humano. La verdad que hay detrás de la sentencia de un tribunal opera bajo los mismos mecanismos que la verdad literaria y aquí viene mi pregunta ¿Podría hablarme del concepto de verdad en Lacan, creo haber leído que también él asegura que la verdad está estructurada como ficción. 

Entrevistadora: El término “verdad” es uno de los más complejos del discurso de Lacan. Hay algunos puntos básicos claros y constantes en la concepción lacaniana de la verdad. La verdad es siempre la verdad sobre el deseo, sobre el deseo inconsciente. Pero no se puede decir toda la verdad. Hay una imposibilidad estructural de hacerlo. Como usted bien ha observado todos nos sentimos culpables de algo. El deseo es abyecto y desde el inconsciente todos somos culpables. 

Entre la verdad jurídica a la que usted aspira, y la verdad sobre el deseo a la que aspira la cura psicoanalítica, y retomando su intuición de que la verdad que hay detrás de la sentencia de un tribunal opera bajo los mismos mecanismos de la ficción, quiero nombrar una diferencia, la verdad para un sujeto en análisis no es necesariamente ni bella ni beneficiosa, saber cómo “se transgredió la ley” en psicoanálisis no implica más que un culpable y será responsabilidad de ese sujeto liberarse de la culpa. La inocencia en una cura no existe. La verdad jurídica toca en cambio “lo bello de la verdad” cuando es justa, que es lo que intenta hacer usted en todos sus relatos. El escabino como figura jurídica sería aquel que intenta ver la ficción literaria de la verdad, el analista también reconstruye y lleva al sujeto a saber sobre la verdad de su deseo para que su vida sea “menos enferma” o “más bella”. Lo que no descarta el crimen en lo real como usted muy bien interpreta en el relato primero de su libro, “Fahner”. Saber al Señor Fahner, la verdad de su deseo lo llevó a descuartizar a su mujer…

Silvia Lagouarde

miércoles, 4 de julio de 2012

La Espina, de Ferdinand Von Schirach. Un relato muy alemán. Por Gustavo Dessal

El título original del libro no es Crímenes sino Rupturas. Me parece un título menos vulgar, mucho más interesante, porque tiene una capacidad más abarcativa de los casos que nos ocupan. Pero supongo que los editores españoles consideraron que Rupturas era un título menos comercial.



También quiero señalar que, al menos este cuento, La espina, introduce una cuestión importante: es un cuento muy alemán. Pero todo el espíritu del libro plantea esta vertiente. Diría que, aún siendo el propio autor muy alemán, no es seguro que sea un propósito consciente por su parte.


En las primeras frases recrea ya un mundo que es consustancial a la idiosincrasia alemana. Un mundo caracterizado por un orden donde todo está contabilizado, fichado. El tema de las fichas es muy interesante, podría haber hablado de computadoras, pero habla de fichas, término que para los alemanes es muy evocador. Por otro lado, tenemos los tres uniformes grises y la camisa que le entregan al protagonista. Unos sencillos detalles que evocan la eficacia.

Sólo un golpe de viento, una imagen del azar, podía producir el cambio y la dislocación que de ello resulta en ese universo programado.

Y me parece muy interesante el consentimiento que el protagonista otorga a la situación a la que se ve sometido, el silencio absoluto, el hecho de que no eleve la más mínima protesta. Esto tiene un peso en la atmósfera del cuento, en el sentido de que sigue siendo una cuestión muy alemana. Como sigue siendo una cuestión muy alemana el debate que se abre respecto de la comisión del mal, si el hecho protagonizado por Feldmayer es un crimen o una ruptura.

¿Cualquier persona es capaz de cualquier cosa? Esta es una problemática muy alemana, y aún no resuelta. Yo basé mi última novela en un ensayo de Harald Weltzer que se titula Los ejecutores. Personas corrientes convertidos en asesinos de masas. Hay toda una literatura sobre esto. No cualquiera hace cualquier cosa, pero cuando sesenta millones de personas hacen la misma cosa, eso introduce al menos un problema.

Imagino que la formación intelectual de un hombre como Von Schirach no debe desconocer que hay una leyenda muy importante, centroeuropea y de la Edad Media, que es el mito de la piedra de la locura. Se creía en ciertas regiones del norte de Alemania y Flandes que la locura era una piedra que estaba alojada en la cabeza, y la curación de la locura consistía en la extracción de la piedra que la provocaba. Los españoles tenemos la fortuna de contar, en el Museo del Prado, nada menos que con la obra más importante sobre esta temática, La extracción de la piedra de la locura de El Bosco. Hay otro cuadro sobre esta temática del pintor Van Hemessen. Se consideran las dos obras más importantes sobre esta temática, sobre todo la de El Bosco, por la cantidad de simbolismos que contiene.

La otra cuestión que me parece interesante del cuento es el tema. La espina, más allá de su temática grecolatina, contiene un simbolismo crístico muy importante. En determinado momento el protagonista va a pasar a la acción, va a pasar al acto con las chinchetas. Y lo hace para redimir. Esta palabra me parece muy importante. Redimir a la estatua de su dolor. Y el hecho de tomar sobre sí la carga de redimir a ese ser del dolor, creo que añade otra temática al relato.

Por eso creo que el cuento tiene una carga de profundidad muy grande. Trabaja simultáneamente con fuentes semánticas, y con toda una simbología que combina la antigüedad y la Edad Media, todo lo cual lo hace muy interesante. Y la problemática de que la locura tenga que ver con algo que no se consigue extirpar del cuerpo –la espina— está muy bien captada por el autor.

También aparece en el relato una reflexión sobre la cuestión del tiempo. Porque la locura tiene mucho que ver con la cuestión de la infinitud. Feldmayer, a partir del momento en que ingresa en el museo, entra en la eternidad. Como ya no puede rotar, queda flotando en la eternidad.

La eternidad es una dimensión del tiempo que, a la vez, nos introduce en la paradoja de que anula el tiempo. Y para poder recobrar su localización en el tiempo, el protagonista necesita objetivar algo en el espacio. Es una cuestión estrictamente físico matemática. La única manera, eso lo demuestra Einstein, de que podamos tener una cierta objetivación del tiempo, es el espacio-tiempo. El tiempo es una cosa absolutamente subjetiva, mientras que el espacio no lo es. Por tanto, es mediante el espacio como podemos tener una cierta dimensión de lo que es el tiempo.

Lo interesante es cómo consigue este hombre recobrar la dimensión del tiempo. En ese sentido, me parece extraordinario el relato. Esto forma parte de la condición de todos. En cierta realidad, todos, si sólo estuviésemos hechos de palabras, estaríamos prometidos a la eternidad. Lo que nos hace verdaderamente partícipes de la vida es el hecho de tener un cuerpo y de poder tener alguna vivencia respecto al cuerpo. En este caso es una vivencia que pasa fundamentalmente por el dolor, no solamente en relación a la locura. Por eso me parece que la temática crística es muy importante, porque la religión cristiana es la primera en la historia del monoteísmo en introducir la dimensión del cuerpo en la forma del dolor.  

Gustavo Dessal

miércoles, 20 de junio de 2012

Breve apunte a la inminente publicación del libro de relatos "Demasiado Rojo", del escritor Gustavo Dessal

El último libro de cuentos de Gustavo Dessal, Demasiado rojo, nos presenta una intensa variedad de situaciones, profundamente humanas, paradójicamente humanas, en tanto cada una de ellas deja la marca  del estremecimiento en un pensamiento demasiado fascinado por el orden, la belleza, la bondad de la vida, sus tics salvadores, incluso demasiado fascinado por la felicidad. En contraposición, otras demasías, rojas, resplandecientes, sombrías, excluyentes, dibujan territorios que lindan o se extienden paralelos a inminencias que, por demasiado reales, nos trasmiten las más altas cotas de inquietud. 

Gustavo recrea trece situaciones –nada menos que trece, y toco madera— en pocas líneas, pero diseminando por ellas una tensión en estado creciente, tensión que sólo encuentra un paradójico exutorio en un silencio final que nos deja perplejos, en una página blanca que nos toma tras la lectura de cada relato para insinuar que, por realmente humana, ella contiene el color de cualquier demasía. 



Miguel Ángel Alonso

martes, 19 de junio de 2012

La sonrisa del buda; comentario de Alberto Estévez al relato "La Espina" de Ferdinand von Schirach

Nuestra última reunión del curso va a concluirlo con el tema de la locura. Comprenderán que este tema a los que nos dedicamos a la clínica nos convoca muy especialmente, más cuando la redacción del cuento se presta de esta manera ofreciendo un caso clínico para analizar. Bueno, creo que este año en más de una ocasión ya nos hemos prodigado en este tipo de comentarios y como psicoanalista voy a tratar de abstenerme en lo posible, aunque la tentación es grande; en fin, comprenderán que no les prometa nada. 




Feldmayer es el tercer loco al que convocamos a nuestras reuniones de este curso, es muy probable que otros personajes se hayan librado de este diagnóstico simplemente porque sus relatos quedaron dentro de otros epígrafes que no el de la locura. Feldmayer, además, establece un hilo coincidente con sus dos predecesores, la Emily de Faulkner y Ned Merryl, nuestro nadador insaciable; los tres tienen un nombre. No es tan frecuente, recuerden el Desvelo de Stoicescu, que por cierto hoy ha decidido acompañarnos de nuevo, su protagonista no tenía nombre. Menciono esto porque la cuestión del nombre es importante en este cuento, es su ficha con su nombre la que la contingencia elige para que dicho nombre no aparezca en el fichero de rotaciones y caiga por tanto en el olvido. 

“Su nombre no fue incluido…” nos dice el texto, por tanto podríamos acordar que queda excluido por no estar incluido donde lo están el resto de compañeros, donde están todos. Paradójicamente, su exclusión refuerza el vínculo que conecta a Feldmayer con Emily y Ned, porque esta exclusión remite a un lugar de excepción, recordarán la importancia que dimos en Emily al lugar que tenía la excepción, aquella mujer era una excepción, su casa, su exención de impuestos, etc., y nuestro nadador favorito, Ned Merryl también representaba la excepción, en este caso haciendo redoblar el tambor de la exclusión, sus circunstancias actuales lo dejaban fuera de aquel que fue un día su grupo social de pertenencia. 

La excepción lo que viene a decir es que existe uno para el que no, lo saca del para todos. Para todos las rotaciones, para Feldmayer no. Una parte de la belleza del relato reside en hacernos creer que esa excepción es consecuencia del azar, de un golpe de viento, pero esa excepción Feldmayer la hace suya anulando así el componente azaroso. La hace suya porque él ya estaba excluido del para todos antes de que la srta. Truckau, del departamento de personal, olvidase cerrar la ventana. 

Veremos que el escritor refuerza este efecto de exclusión cuando relega a Feldmayer a la última de las 12 salas del museo, la más alejada de todas. La figura del castaño solitario es una personificación como lo vimos con la casa de Emily, y a eso sumamos la distancia física con los otros vigilantes y la presencia del silencio como elemento reforzador de su soledad. 

Digamos que son unas condiciones de aislamiento tal que superan el umbral de exclusión de Feldmayer, y ahí situamos el primer asomo de su inquietud, y su primera tentativa de solución, medir la sala. No es una medición normal, es una medición obsesiva en grado superlativo, que contempla huecos y vacíos, esto es fundamental, su tentativa busca frenar la absorción que ese vacío podría estar haciendo de él, y resuelve llenando de números y medidas dicho vacío, es su intento de cernirlo, de configurar sus límites para alejar el sentimiento de amenaza que lo posee intentando convertir el vacío en agujero, que no es lo mismo. Lo que no sabe el pobre Feldmayer, y lo que no sabemos todavía nosotros es que dicho vacío ya lo ha apresado. 

Eso empezamos a sospecharlo cuando hay que inventar nuevas tentativas para aplacar su inquietud que no cede, la siguiente la constituyen los visitantes, con los que hace nuevos recuentos, contabilidades, e incluso estadísticas. Grupos estadísticos harto curiosos; hay uno que podríamos llamar de caracteres genéticos (color de pelo, ojos y piel), otro que sería el grupo estadístico de complementos (bufandas, bolsos y cinturones), y un tercer grupo que no sé cómo bautizar: ¿el grupo curioso?, compuesto por calvas, barbas y ¡anillos de boda! Bueno, no los animaré a que imiten este comportamiento, pero sí pueden imaginar de qué estamos hablando si alguno de ustedes se ve tentado a realizar la estadística de cualquiera de estos grupos con los asistentes de esta reunión, se darán cuenta más aproximada de qué nos están hablando. 

Y entonces, el narrador omnisciente nos da la primera afirmación de peso, ha dejado de relatar como mero observador y toma partido de manera clara: “El museo cambió a Feldmayer”. ¿Por qué nos dice esto? Si recuerdan el texto es ese momento en el que empieza a describirnos todo lo que ha cambiado su vida, regala la TV, tira los cuadros, arranca el empapelado y blanquea las paredes, dejan de interesarle las chicas, perfectamente podríamos llegar a esa conclusión por nosotros mismos, aparentemente de manera generosa el narrador nos la entrega pero los hechos de su vida son evidentes. Mi idea es que no quiere que el lector piense en Feldmayer como un loco antes de su entrada en el museo, lo que pretende es que nos demos cuenta cuán frágil puede ser nuestra supuesta cordura, nuestro imperturbable equilibrio mental quizás no lo soporte todo; un tipo que llevaba una vida ordenada, sin estridencias, sufre un desequilibrio inesperado pero de proporciones mayúsculas y su vida se derrumba. Nos confirma que el vacío lo apresó, no pudo contenerlo y el propio vacío provocó un efecto de vaciado en su vida en el que los objetos salen de la escena, todos menos uno, otra excepción, su Leica, su cámara fotográfica, lo cual nos hace pensar que ese instrumento creado para captar imágenes tiene un efecto reparador. 

Cuando tuve ocasión de volver sobre el relato tras mi primera lectura, me llamó la atención lo tarde que entra en escena la escultura, es casi a la mitad del relato, hasta ese momento no sabemos qué obra artística contiene la sala que guarda Feldmayer con su presencia, sí, una escultura, pero de qué se trata. Hemos por tanto de admitir que sus diferentes tentativas para solucionar su inquietud tuvieron cierto éxito, hasta nos llegan a decir que estaba satisfecho con su vida. Ocuparse de la escultura es equivalente al desencadenamiento de un malestar más allá de la inquietud, este malestar no va a dejarse atemperar tan fácilmente y las cosas empiezan a ir de mal en peor, comienzan las alucinaciones y la presencia de fenómenos corporales propios del diagnóstico de una psicosis. 

Contamos con el delirio del enfermo, la historia que inventa sobre la estatua, una carrera en la que el muchacho pisa una espina y tiene que parar a extraérsela, mientras los demás siguen, él debe detenerse, y no podrá seguir corriendo hasta que no la extraiga; él, Feldmayer es el espinario, incapaz de reanudar su vida hasta que no encuentre esa espina. Digamos que las chinchetas redimen su dolor, hacen detenerse a los demás corredores y le devuelven la sensación de no encontrarse tan parado, casi congelado, y además le permiten albergar la fantasía de que esa espina podrá extraerse, esta vez será uno más entre todos y la encontrará como ha hecho el resto con la chincheta. 

Pero no, no la encuentra, y ya saben lo que se ve llevado a hacer, y lo extraño que resulta ese momento en el que revienta la estatua contra el suelo y él siente cambiar el color de la sangre que corre por sus venas, que nos recuerda a aquellos pasajes que Coetzee tan magistralmente nos narró en su ópera prima que trabajamos aquí hace ya dos años. Verdaderamente es una satisfacción personal encontrar estas muestras de sabiduría sobre la naturaleza humana en un escritor de tan altísima talla como Coetzee, de nuevo una ópera prima, en esta caso la de von Schirach que parece prometer una gran pluma en el panorama literario actual. 

Creo ver a este gran escritor en el final del cuento de hoy, un final añadido a la historia que es imposible le conste al autor, es un final literario de un cuento que también lo es aunque relate un caso clínico-penal. De nuevo una ventana abierta por la que ahora, en lugar de la brisa, entra el calor de la primavera, y de nuevo una mujer, pero ya no se trata de las fichas de los vigilantes, ahora la tarea es recomponer múltiples fragmentos mientras fuma su cigarrillo. Son dos ventanas y dos mujeres; les aseguro que no ha dejado de interrogarme esta cuestión, no creo en la teoría narrativa de la repetición casual, creo que la estructura del relato viene marcada por estas coincidencias de inicio y fin, una mujer introduce la contingencia, otra mujer restaura el destrozo que dicha contingencia provocó. 

¿Acaso es esta coincidencia lo que hace sonreír al buda? ¿No estaría él sonriendo, desde el saber que la antigüedad le otorga, por algo que nosotros no podemos comprender, una casualidad que no podemos interpretar? Al igual que Feldmayer, yo también tengo mi propio delirio, y creo que el buda se ríe porque algo entiende en ese efecto de paréntesis que hacen esas dos mujeres, paréntesis que encierra entre medias la acción del relato, se ríe porque lleva muchos años dedicado a contemplar la condición humana, y sabe que todos tenemos clavada una espina, y que debemos vivir con ella. No se trata tanto de una verdad oculta, la espina es más bien un resto incurable. Y el buda sonríe porque sabe que lo mejor es no intentar estirparla. 

Alberto Estévez