jueves, 15 de noviembre de 2012

Comentario de "El mapa y el territorio" a cargo de Alberto Estévez

Para nuestra segunda reunión del curso hemos elegido esta novela de Michel Houellebecq, “El Mapa y el Territorio”, y con dicha elección coinciden dos autores franceses abriendo el recorrido que pretendemos hacer este año en la tertulia; Claudel el pasado mes, Houellebecq hoy con este premio Goncourt 2010.

Escritor polémico, de pluma irreverente, considerado l’enfant terrible de la literatura francesa, título que sospechamos acepta con sumo gusto y que se ha ido ganando a pulso, no sólo con sus novelas, por las que ha sido calificado de pornógrafo, misógino o racista por sus innumerables enemigos, también por sus declaraciones, en las que no ha titubeado, por ejemplo en verter comentarios del estilo “la religión más idiota del mundo es el Islam”, que lo hacen acreedor del título de islamófobo.

Pero Houellebecq además de oponentes ganados a conciencia, sin duda, también tiene méritos reconocidos, es ingeniero agrónomo, dato que resuena con el título de esta novela, pero sobre todo es un escritor extraordinario, ensayista y poeta, y respecto de la escritura les cito una frase suya: “En el momento que suscites en los demás una mezcla horrorizada de compasión y desprecio, sabrás que vas por el buen camino. Podrás empezar a escribir”. Dicen que otorgarle el Goncourt consiguió amansar bastante a la fiera, cosa que no habían conseguido los múltiples galardones y premios obtenidos con anterioridad, pero ya vemos en esta frase que el espíritu provocador que lo anima no se ha perdido aún. Efectivamente, no parece tener piedad con el producto mediocre, pero también seguramente responde a un gusto por el trabajo bien hecho y la excelencia.

El Mapa y el Territorio además nos sitúa ante el Houellebecq sociólogo, porque es indiscutible que en esta obra, como en tantas otras obras de calidad, observamos cómo una trama, con sus personajes, en las que se van sucediendo situaciones, es utiliza por el autor para recrear de una manera sólida un retrato de la actualidad, de nuestro presente actual, de nuestro mundo, ese que gracias al deseo del Otro nos ha tocado vivir, y en esta recreación artística, nunca mejor dicho, porque la manera elegida es la de un artista de la escritura, va dejándonos sus impresiones, sus valoraciones, un pensamiento que se posiciona de manera decidida en todo lo que a este mundo le está ocurriendo hoy.

Entonces podemos empezar por ahí, el hombre y su mundo, lo simbólico que marca irremediablemente al uno, frente a la vida misma, lo real en estado puro, o si seguimos la reducción que se permite el autor, El mapa y el territorio. Porque, ¿cuál es la diferencia entre un mapa y un territorio? Mientras éste, fotografiado por ejemplo por un satélite no es más que un conjunto de manchas provocadas por la disposición natural de la vegetación y los accidentes geográficos, un mapa es el resultado del pasaje de un territorio por el descodificador humano, es decir, introduzcan un territorio en el artefacto simbólico con que el ser hablante lo positiva y el resultado que obtendrán será un mapa. ¿Recuerdan el título de la primera exposición de nuestro protagonista? “EL MAPA ES MÁS INTERESANTE QUE EL TERITORIO”

Se trata de la exposición primera, todavía nuestro artista no entró en contacto con el escritor, y decide utilizar esa frase para encabezar su exposición dedicada a ese producto híbrido, mezcla de mapa y foto de satélite, entre real y simbólico. Lo que interesa a Jed Martin es lo que puede hacer la mano del hombre con lo real, dicho de otro modo, qué tipo de domesticación puede lograr la mano del hombre con lo real que nos invade.

Sin duda que resulta interesante cómo este proyecto nace, en un viaje que Jed no duda un momento en emprender, el motivo es el fallecimiento de su abuela, y el otro elemento esencial es el compañero de viaje, ni más ni menos que el padre, y ahí sucede la conmoción ante la visión de los mapas Michelín en la gasolinera; a través de este proyecto abre la posibilidad de una dimensión vital que le va a permitir hacer su singular recorrido por la sociedad parisina, e incluso conocer el amor, aunque respecto de eso creo que tendremos que hilar un poco más fino porque si hablamos en términos de amor quizá solo podamos contar con el amor que Olga siente por él. Pero a lo que iba es que la presencia del padre y la de la muerte son el gérmen de este proyecto que tantos réditos arrojará, es el ejercicio que se resume en un tratar de hacer con para llegar a un saber hacer con.

Pero su primera exposición no es su primera producción artística, recuerdan el proyecto que debe presentar para su admisión en Bellas Artes, las fotografías de los objetos manufacturados del mundo, “La historia de la humanidad es la historia del dominio de los metales”, más de 300 fotos que postulan un serio candidato, incapaz sin embargo de redactar la nota de presentación de dicho trabajo, y Houellebecq enfatiza, dificultad que lo acompañaría durante toda su vida.

Jed es un artista, y un artista extraordinario, pero también podemos abrir un segundo catálogo para enumerar sus dificultades, cosa que no voy a hacer porque me interesó mucho más cómo va enfrentándolas, antes citaba el amor, creer en el amor es para él lo mismo que creer en fantasmas, pero no jugar la partida en el campo del amor no le impide ser depositario de un saber de la comedia sexual, por ejemplo: sabe leer en los ojos de Olga el deseo. En otro sentido, si nos detenemos en la relación con su padre, tampoco éste parece muy amoroso, sí un tipo responsable para criar él solo a un hijo, en todo caso una relación muy distante, y sin embargo hay que ver qué suerte de alquimia produce nuestro personaje para acabar sabiendo que todo lo que viene del padre le permite tomar impulso en la vida (Je père sévère, je persévère), ya saben que el padre no es sólo la persona del padre, es sobre todo una función, y en ese sentido cobra todo su valor el rescate en el desván de la cámara de fotos Linhof del abuelo, el padre de su padre, con ella aborda la cuasi totalidad de sus estudios artísticos.

Esto es lo que me admira de este personaje, porque alguien puede estar plagado de limitaciones, no hay más que ver cómo acaba sus días víctima del desapego fundamental que lo define y que le hace vivir una existencia por la que nunca sintió gran estima, pero ello aunque parezca que puede hacernos incurrir en una contradicción, no tiene porqué significar que el sujeto no pueda estar bien orientado en su vida, y Jed lo demuestra, el artista extraordinario en esta ocasión es una faceta más de un sujeto extraordinario, un ser humano amante de la belleza, por ejemplo, la que puede conseguir la manufactura humana y que se consagra en los objetos, pero no estamos hablando de todos los objetos, no al menos de aquellos que la producción mercantil nos brinda para su consumo adictivo, hablamos del artesanado, de aquellos objetos que están marcados por cierta magia, que encierran el deseo de quien los pensó y elaboró, esa es la magia que los envuelve, es la magia que los humaniza y los distingue de aquellos otros objetos científicos, diseñados técnicamente para ser gozados.

Pero apreciar el trabajo artesano, ser capaz de admirar dichos objetos no es nada especial, en todo caso podría vulgarmente tomarse como tener buen gusto, no dudo que Jed lo tenga, pero tampoco de que él va más allá, su gusto por esos objetos no es fruto solamente de la belleza propia de dicho objeto, es el resultado de una posición ética que marca su vida, que aloja el lugar de la causa como lugar de un vacío y el deseo como deseo de otra cosa, es ese el camino que nos permite pensar su arte como la forma de operar con lo imposible.

Por esto, uno de los aspectos que más me ha interrogado de la lectura de este libro es el papel tan destacado que tienen los objetos que aparecen, ya digo, me parece que no todos tienen el mismo estatuto, no es lo mismo el Audi A6 Allroad que la Linhof del abuelo, pero en ese sentido el libro es también él un catálogo, que incluso puede llegar a relatar el manual de instrucciones de uno de los objetos que se describen, una especie de realismo exhacerbado. Me parece haber entendido el porqué de esta promoción de los objetos, les cito: Es brutal, ¿sabe usted?, terriblemente brutal. Mientras que las especies animales más insignificantes tardan miles, a veces millones de años en desaparecer, los productos manufacturados son desterrados de la superficie del planeta en unos días, nunca se les concede una segunda oportunidad, no les queda más remedio que sufrir, impotentes, el diktat irresponsable y fascista de los responsables de las líneas de producción, que naturalmente saben mejor que nadie lo que quiere el consumidor, que pretenden captar en él una espera de novedades, que lo único que hacen en realidad es transformar su vida en una búsqueda agotadora y desesperada, un vagabundeo sin fin entre lineales eternamente modificados.

Son palabras del escritor dirigidas a Jed, éste le contesta: Quizá deberíamos reservar nuestra confianza y amor para los productos extremadamente onerosos, que gozan de un rango mítico. No me imagino, por ejemplo, que Rolex suspenda la producción del Oyster Perpetual Day-Date.

– Usted es joven… Usted es jovencísimo… Rolex hará lo mismo que los demás. Fíjense a dónde llega Houellebecq en el párrafo siguiente: “También nosotros somos productos, productos culturales. Nosotros también llegaremos a la obsolescencia. El funcionamiento del mecanismo es idéntico, con la salvedad de que no existe, en general, mejora técnica o funcional evidente; sólo subsiste la exigencia de novedad en estado puro”

Por esto Hirst arrebató a Koons el nº1 en el mercado del arte, y hoy vemos sus habituales representaciones mortíferas en forma de calaveras estampadas en los productos de cualquier tienda de moda que se precie de estar a la última, porque la producción mercantil ha asestado un golpe fatal a los últimos representantes del artesanado. Esto es lo que desliza el libro bajo su trama de ficción, y ocurre porque Houellebecq es un pensador, un filósofo de nuestro tiempo, y su amplia visión de lo que está pasando en el mundo le permite darse cuenta de que la dictadura del mercado no se concreta única exclusivamente en el mundo del arte, también percibe todo lo que conlleva, y el libro marca muy bien en distintos momentos la tendencia actual a interpretar todo desde la biología que reduce al hombre a sus condiciones biológicas, mientras el autor lo rescata de esa animalidad y lo eleva por encima de la naturaleza, ese es el efecto del lenguaje, esa es la arista que añade lo simbólico y lo cambia todo porque hace que, como tan bien nos dice Jacques Alain Miller, el cuerpo del hombre sea la vergüenza de la creación porque está enfermo de la verdad, una verdad que habla y trastorna la relación del cuerpo con el mundo.

Sin duda que hay mucha guasa en el autor cuando nos hace ver cómo una diosa como Olga elige a un muchachito como Jed en lugar de un bruto viril que te lleva a la cama, que es la imagen en auge desde hace unos años, no solo un cambio de moda, más bien el retorno a los fundamentos básicos de la naturaleza, la atracción sexual en lo que tiene de más elemental y brutal.

Bien, termino; Jed se retira de un mundo sin magia, de su sociedad tras haberla analizado y retratado, y su marcha en realidad es un regreso, el regreso al estado de soledad de su infancia para crear sus videogramas, 30 años de retiro para su última obra, el triunfo de la vegetación, plasmado en el hundimiento de los objetos industriales en las capas vegetales, la voracidad biológica destruyéndolo todo, es el viaje de retorno, en suma, que lo llevará desde el mapa hasta el territorio.


Alberto Estévez

5 comentarios:

Margarita Álvarez Villanueva dijo...

Gracias Alberto. Me ha gustado mucho tu texto. Como leí la novela sin pensar en hacer un trabajo de elaboración, ahora vuestros comentarios me permiten recordar lo que leí y me ayudan a hacerlo. Y el primer efecto es que me han entrado ganas de volverla a leer, lo cual está muy bien.
Yo creo que el territorio ya es algo delimitado por lo simbólico porque es un dominio, con unos límites, unos accidentes (ríos, montañas, planicies, etc.), una pertenencia, etc. Pero el mapa permite orientarse en él. Y en este sentido el mapa es más importante que el territorio. Me gustado especialmente cuando dices que, a pesar de sus singularidades/limitaciones es un sujeto bien orientado porque podría parecer que no. Y estoy de acuerdo también que es así. Mientras leía la obra, cuando hablaba la relación con el padre -que tiene pasajes magníficos-, me venía a la cabeza otra relación, la que aparece en "Tiempo de vida" de Giralt Torrente, no sé si la conoces. La leí hace más de un año y me resultó también muy interesante la manera en que ilustra que el padre es siempre una función fallida, y eso eso no quiere decir que no opere. Saludos.

Alberto Estévez dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Alberto Estévez dijo...

No conozco la obra de Torrente pero me lo apunto sin duda.
Estoy de acuerdo contigo, los diálogos con el padre conforman momentos en los que la obra alcanza sus cotas más sobresalientes, y nos dejan el saldo más humano de Jed Martin. Te invito si quieres escribir algo al respecto a que nos lo envíes, estaremos encantados de publicarlo.
Un abrazo.

Margarita Álvarez Villanueva dijo...

De acuerdo. Si se me ocurre algo, os lo envío, Gracias. Un abrazo.

Margarita Álvarez Villanueva dijo...

De acuerdo, Alberto. Si escribo algo, os lo envío. Gracias, Un abrazo.