jueves, 15 de noviembre de 2012

Héctor Urdaneta abre la sesión 38 de Liter-a-tulia con su comentario sobre El mapa y el territorio de Michel Houellebecq

                                                    El espejo y la creación.

 La lectura de “El mapa y el territorio” resulta interesante porque da la oportunidad re-considerar múltiples temas que se van cruzando en el desarrollo de la historia, la soledad, las dificultades de la comunicación, la inspiración en la acción creativa, la sociedad entrelazada con valores de mercado... entre otros.



De ese conjunto de temas posibles para comentar, yo me quedo con el del arte, en una doble dimensión, por un lado desde el aspecto global, en cuanto se refiere al arte como espejo de lo social, y por otro, el arte como emergencia a la inquietud personal que activa mecanismos de creación.   


En la dimensión de arte como espejo social, Hoeullebecq establece todo un juego de relaciones “sintomáticas” en el desarrollo artístico de Jed Martin, la fotografía[1] será su primer acercamiento a la acción creativa, el joven Jed retrata compulsivamente “piezas de acero” que luego servirán a catálogos de ferreterías. Pasado un tiempo y llegado al sentimiento de la saciedad de las imágenes de acero, Jed descubre accidentalmente los mapas Michelin y con ello un nuevo impulso, el de retratar éstas cartografías desde variados e ingeniosos ángulos; en ese momento además, se suma el encuentro de Olga, una mujer bella y con poder que potenciará su primera exposición, respaldándolo con los mejores recursos de apoyo y difusión. Las imágenes de las carreteras serán todo un éxito. 


Posteriormente, salta a la pintura con el proyecto de realizar una “genealogía de los oficios”, en ella se retrata nuestra sociedad desde sus orígenes modernos, es decir, desde oficios artesanos (como el carnicero) hasta los más técnicos (los de última generación). Hoeullebecq se interesa por ciertos personajes que han pasado a representar símbolos de nuestra cultura, por tanto supongo que no fue nada ingenua la decisión de tomar como modelos a Bill Gates y Steve Jobs (jugando una partida de ajedrez, la conversación de Palo Alto), así como, Jeff Koons y Damien Hirst.

Entonces, por un lado, tenemos la ingeniería informática con sus softwares, el desarrollo de la inteligencia artificial, la nanotecnología, la robótica, esa que reproduce semblantes de irrealidad cuando sus efectos se sobreponen a lo humano (generando des-contacto, aislamiento, adicción, exclusión), por otro lado, dos artistas plásticos “supuestos sujetos” de ingenio y saber, capaces de traducir lo humano, y encontramos lo kitsch y la muerte (características ineludibles de nuestra contemporaneidad); curiosamente además, éstos “artistas” son dignos ejemplos de lo hiper-liberal, de los más altos valores de mercado (sus obras gozan de reconocimiento, se venden por precios astronómicos[2].), con ellos se hacen oír ecos de des-humanización. Poder e imagen atraviesan a Jed Martin, Jeff Koons y Damien Hirst (sobre esto podríamos seguir diciendo muchas cosas).

Intentando ser breve, salto al otro punto que me gustaría referir brevemente, el arte como emergencia de creación. Hoeullebecq deje entrever en medio de sus mareas pesimistas como el arte posibilita calma y cuotas/fragmentos de sentido, en el caso de Jed Martin, un personaje un tanto melancólico y derrotado, se entrega a su oficio como un esclavo que no puede huir de su destino. Podemos encontrar la siguiente cita: 

“...a Jed le interrogarían en numerosas ocasiones sobre lo que, en su opinión, significaba ser artista. No habría de encontrar nada interesante ni muy original que decir, exceptuando una sola cosa que en consecuencia repetiría casi en cada entrevista: ser artista, en su opinión, era ante todo ser alguien sometido. Sometido a mensajes misteriosos, imprevisibles, que ha falta de algo mejor y en ausencia de toda creencia religiosa había que calificar de intuiciones; mensajes que no por ello ordenaban de manera menos imperiosa, categórica, sin dejarte la menor posibilidad de escabullirte, a no ser que perdieras toda noción de integridad y respeto por ti mismo.” p. 94[3]

Por tanto, estas palabras me hacen recordar las que ya pronunció hace un tiempo un señor para referirse a la experiencia de todo sujeto en posición de interrogarse sobre su identidad en los momentos en los que el sentido se fuga, se requiere inventar algo, crear algo... y allí, en ese punto ser artista es un esfuerzo de poesía*

 Héctor Urdaneta
 
[1]        En los antecedentes de Jed se lastran un abuelo fotógrafo y un padre arquitecto con ciertas ambiciones artística
[2]        El 30 de agosto de 2007, Hirst vendío su obra trabajo "Por el amor de Dios" ("For the Love of God"), una calavera humana auténtica, toda ella incrustada de diamantes, 8.601 en total, que alcanzó los 50 millones de £ (74 millones de €).
[3]        Otra referencias de éste punto se haya en la P. 222-23

1 comentario:

Margarita Álvarez Villanueva dijo...

Me ha gustado recordar esta definición de artista que cita Héctor, que me había llamado la atención cuando la leí pero luego había olvidado. Gracias por recordármela. Me parece que es una manera bastante clara de decir que no es artista quien quiere -por ejemplo quien tiene una formación o un dominio técnico- sino quien no tiene otro remedio. Yo creo que es así.