lunes, 23 de abril de 2012

Un hallazgo, de Nadine Gordimer. Comentario de Gustavo Dessal

¡Ay, las mujeres! Para un hombre, es imposible escapar de ellas. Ni siquiera refugiándose en la solitaria punta de una montaña, porque como le sucedió a San Antonio, muy pronto surgirían en nuestras visiones. Tampoco la homosexualidad nos libra de ellas, dado que no hay homosexual (hombre o mujer) para quien su madre no sea la protagonista de su inconsciente.
Este hombre ha tenido mala suerte con ellas, y en esta fábula de Nadine Gordimer (una escritora que suele emplear la estructura de la fábula en muchos de sus relatos) el pobre intenta buscar la soledad para olvidarse un poco de sus pesares. Convengamos en que la elección del destino turístico no es el más apropiado para los fines que supuestamente persigue. Ellas están por todas partes. Y, además, no de cualquier manera, sino en su máxima carnalidad. Un regalo para la vista, y la autora es muy hábil para recrear la gozosa experiencia masculina de mirar esos cuerpos, de no poder evitar la tentación de devorarlos con la mirada, de saborearlos, de oler la piel aceitada, el cabello chorreante. Las imágenes logran transmitirnos esa atmósfera lúbrica y feliz del hombre-niño en la playa, esa embriaguez erótica que el protagonista debe compensar un poco con la sensación de la dura piedra contra su espalda. Se necesita alguna realidad firme entre tanto sueño libidinoso, entre tanta proximidad a los cuerpos untuosos de las mujeres cuya atracción es capaz de borrar cualquier otra presencia: “Había hombres, pero él no los veía”. El protagonista, que buscaba el olvido, se convierte rápidamente en un disimulado merodeador, un tiburón nervioso que patrulla el agua presintiendo el roce de los cuerpos. Atisba el goce de ellas, ese goce que los hombres admiramos con auténtica fascinación, ese goce que es el de las mujeres a solas con su cuerpo, al que adoran con afeites, abalorios e innumerables regalos que se hacen a sí mismas y a los que los hombres no podemos acceder. Pocas imágenes poseen la fuerza erótica que nos ofrece la visión de una mujer maquillándose frente al espejo.
En el transcurso del relato nos damos cuenta de algo sorprendente. Si en un principio la figura femenina, cargada de una sensualidad que abruma al protagonista y contagia al lector, domina la escena, en un segundo momento irrumpe otro objeto que se impone de diversas maneras. Hay algo muy profundo en aquel verso de Paul Eluard que dice “El amor es un guijarro que ríe al sol”. Incluso algunos críticos han considerado que muy pocas definiciones del amor son tan acertadas como este verso, y yo no puedo menos que encontrar su misteriosa resonancia en este relato.
La piedra. La piedra comienza a aparecérsenos por todas partes, declinada en distintas formas. La piedra del suelo que hinca la carne de la espalda, las cuentas cristalinas de las mujeres saliendo del agua y que emiten señales luminosas, las piedras que el hombre, solitario, arroja sobre la superficie del agua. Entonces, ya no está tan solo. Además de las mujeres, están las piedras. Piedras, trozos de vidrios multicolores que el mar ha pulido hasta convertirlas
en pequeñas gemas. El mar contiene tesoros y desechos, restos, cosas. Objetos que parecen no servir para nada, y que sin embargo cobran un valor. Un hombre arroja una piedra, y otra, y otra, y en ese arrojar, en ese acto de desprender de sí un objeto, produce algo, crea algo especial, algo decisivo en la vida del ser humano: la dimensión de la pérdida. Es por ello que este cuento se titula “A find”, “Un hallazgo”. Para encontrar, es preciso haber perdido. Encontrar es siempre volver a encontrar, lo cual exige la pérdida como única condición para que algo pueda ser hallado. ¿Por qué un hombre habría de interesarse en el cuerpo de una mujer, si en alguna parte de ese cuerpo no se escondiese la promesa de volver a encontrar una pequeña felicidad perdida?
No nos sorprende, entonces, que la piedra, y esta vez bajo la forma de una auténtica joya, venga al lugar que la pérdida ha dejado vacante. La joya, el objeto precioso, índice inequívoco de lo femenino, puesto que un anillo es, en definitiva, un agujero, la metonimia de la mujer. Nadine Gordimer es lo suficientemente sabia como para comprender que el objeto del deseo del hombre no es nunca una mujer, aunque pueda disfrazarse de ella. El objeto del deseo es una pequeña cosa, un detalle, ese pezón enrojecido por el sol y asimilado a la dulzura de una fresa, ese triángulo invertido, ese aro en el lóbulo de una oreja que añade el toque de fetichismo imprescindible para que el cuerpo alcance su máxima potencia erótica. Tómese una mujer completamente desnuda, añádasele por ejemplo una simple pulsera en un tobillo, solo eso, y obsérvese el efecto que ese divino detalle produce en la mirada masculina, por no entrar en descripciones más explícitas. Me encantaría saber cómo los defensores del amor como mecanismo fisiológico explican eso. Quién sabe, a lo mejor resulta que tenemos un gen que detecta las pulseras en los tobillos de las mujeres.
Si nuestro hombre había procurado alejarse de las hembras, he aquí que su inconsciente lo pone en la senda de volver a ellas. Se inicia entonces una bello juego entre la pérdida (alguna ha dejado caer algo valioso) y la búsqueda, que sin duda toma como modelo al zapatito de la Cenicienta, pero con las diferencias del caso. Se presentan muchas, pero ninguna es quien tiene que ser. Porque -lo sabemos- tiene que ser una. “Hubo una cuya voz era diferente”. Una que había perdido...toda esperanza. “Pero, ¿y si había una posibilidad en un millón?”
“El amor es un guijarro que ríe al sol”, dijo Paul Eluard. Un guijarro, pero no cualquiera.
Uno en un millón.
Y no es que esa, la Una, la que tenía que ser, sea la dueña del anillo. Esa es la gracia del cuento. La gracia es que para convertirse en dueña, le basta con un pequeño movimiento de la mano, un truco sutil, un “veloz acto de prestidigitación” para que el anillo quepa, y ella pueda acomodarse a la maravillosa mentira que él le pide que ella encarne. No hay nada más que decir, porque se ha dicho lo que se debía. Y lo que no se dice, es lo que sella el pacto entre un hombre y una mujer. Ella se convierte en la tercera. Es un buen número. Si tuviera más tiempo les contaría por qué. Será otro día.
Gustavo Dessal

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