domingo, 23 de noviembre de 2008

Inauguramos sección "Desde el psicoanálisis" con un trabajo de César Mazza titulado "Oscar Masotta o la Trieb-lectura por venir"


¿Qué lectura hacemos?


Jacques Lacan propone una operación de lectura denominada disciplina del comentario:


(...) textos que se muestran comparables a aquellos mismos, que la veneración humana ha revestido en otro tiempo de los más altos atributos, por el hecho de que soportan la prueba de esa disciplina del comentario, cuya virtud se redescubre al servirse de ella según la tradición, no sólo para volver a situar una palabra en el contexto de su tiempo, sino para medir si la respuesta que aporta a las preguntas que plantea ha sido o no rebasada por la respuesta que se encuentra en ellas a las preguntas de lo actual. (Lacan, Jacques “La cosa freudiana o sentido de retorno a Freud en psicoanálisis” Escrito1)

Un proceder donde se establece la relación de doble movimiento entre la tradición y lo actual: en primer lugar, el texto inscripto en una tradición y en segundo lugar el texto interrogado por lo actual. El comentador efectúa una operación de lectura donde el retorno a una tradición lleva consigo el atravesamiento de la misma, sin implicar con ello ni el retorno a las fuentes ni al mito del eterno retorno. Es en ese acto que la repetición operativa efectúa la emergencia de lo nuevo, en tanto real inédito desprendido del Otro-textual de la tradición.

En la disciplina del comentario el lector, mediante un acto de exégesis, provoca una extracción, forja un nacimiento. De manera tal que el nuevo texto no es la reproducción del primero.

Ensayar, formular, practicar el psicoanálisis en lengua castellana nos plantea más de una cuestión: ¿cómo ubicarse en una tradición y de ese texto hacer salir otro que responda a las preguntas que se plantea lo actual, no obstante la diferencia de lenguas?

Oscar Masotta desmonta el mito de la originalidad del texto y sus consecuentes desinencias, ya sea con la idea de la copia fiel o con la bastarda; planteando que su lectura “repite y transforma el texto de un autor europeo”[1] sin dejar de avisarnos que “ahí donde repite tal vez traiciona y que ahí donde transforma no es sino porque quiere repetir”. Gesto que adquiere el estatuto de un acontecimiento de lectura ¿Cómo leer en la situación actual la orientación de este trazo? Apropiarse, recorrer y tal vez reinscribir el vestigio de esa marca, será la apuesta de estas irrupciones.

El análisis de este bloque macizo requiere ajustarnos al estricto sentido del término: descomposición de los elementos, prescindencia de considerar el problema como un todo, resolución que podrá traer nuevos enlaces. Hay un procedimiento que el mismo texto preconiza ¿Cual? La tensión entre al menos dos textos, el de la tradición y el de lo actual, el movimiento de la lectura no permitirá cerrar o superponer uno sobre otro sino hacer jugar una correlación de tipo antinómica: funcionando, por ejemplo lo actual fuera y dentro al mismo tiempo de la tradición, en exclusión interna. Fuera del texto de la tradición porque el texto de lo actual aún no está dicho, siempre será por venir. Vale decir, que conlleva un elemento real fuera de lo simbólico, fuera de toda historia teniendo el lector que referirse a la relación con lo actual, en una imposible reproducción, de otra manera, y con otras palabras. Y a la inversa, dentro porque dependerá del modo en que el comentador viviente[2] desde su accidentada actualidad, podrá decir con las palabras del Otro-texto lo que se encuentra sin palabras, sin caer en la superstición de pensar que eso ya estaba dicho. Vale decir, lo que aparecía como enigma en la lectura se disuelve en un nuevo texto.


Roberto Arlt, yo mismo de Masotta: un testimonio de pasaje.


Hay un texto fundamental en la obra de Oscar Masotta titulado Roberto Arlt, yo mismo[3]. Puede decirse que su importancia lo representa su estatuto de travesía, de pasaje. El texto es una comunicación leída en 1965 por el mismo autor ocho años después de haber escrito el ensayo Sexo y traición en Roberto Arlt. La ocasión, entonces, fue la presentación de su propio libro. Por lo tanto, se tratará de un post-scriptum, de un texto que redefine, dirá Ricardo Piglia, el género social de los protocolos canónicos de presentación de libros. ¿De qué forma? Estableciendo una reflexión sobre el desdoblamiento: al presentar su texto se presenta a sí mismo. Y ese es un punto a destacar en esta especie de dispositivo que traza el autor. De acuerdo a esto, nuestra apuesta consistirá en formular un pasaje de discursos en ese texto.

Una posibilidad, tal vez, la más apropiada para ejercer un comentario sea de entrada subrayar casi por un camino inverso, por una conclusión, la fortaleza enunciativa del título: se puede afirmar que ese yo mismo se presenta separado del narcisismo. Hay una operación discursiva pues, en la cual el cambio o pasaje de discurso produce la fragmentación y la transformación del narcisismo de ese sujeto que es Masotta. Un pasaje que se realiza no sin dejar un resto fecundo (un desecho sublimado al final, se puede decir valiéndonos de la frase de Lacan) no sin producir una marca fundante. De un modo muy esquemático ubicamos[4]:


-al intelectual “comprometido”, “Contornista” donde sus referencias se sitúan en Jean Paul Sartre, la fenomenología (Merleau-Ponty) y en la lectura de Roberto Arlt. (En la década del ‘50)


-al vanguardista del happening y del “pop-art” (que opta por un cierto dandysmo que contrasta a la moral austera del “compromiso intelectual”). (En la década del ‘60).


-al irreverente (autorizado en su Reciénvenidez, para emplear un término de Macedonio Fernández) lector de Jacques Lacan que funda el lacanismo en lengua castellana. (Finales del ‘60 y en los ‘70)


“Roberto Arlt, yo mismo” se sitúa entre esos dos extremos apuntados, señalemos cinco puntos:


1- El libro como un objeto extraño al autor.


Pensé en ese tiempo transcurrido - entre la escritura del libro y la presentación -, esa distancia que tal vez me permitía una cierta objetividad para juzgar (me); pensé que el tiempo transcurrido había convertido mi propio libro en un ‘extraño’ para mí mismo. No era totalmente así. Pero en el hecho de tener que ser yo mismo quien ha de presentar a mi propio libro, hay una situación paradojal de la que debiera, al menos, sacar provecho.

La causa de ese extrañamiento lo constituye el objeto a lacaniano (relevado en la mirada de Arlt en Masotta). Un comentario de Ricardo Piglia nos servirá de soporte para desplegar esta articulación que se efectúa con el objeto mirada. La posición canónica que se conoce en la crítica literaria define al sujeto que habla en relación a su borradura o ausencia, esta operación apunta a convertir la subjetividad de la lectura en una categoría universal “cualquiera sea el método que esté usando está tratando que funcione como una objetivación de su subjetividad. En cambio Masotta., me parece que hace una cosa distinta, que consiste en historizar el sujeto de la enunciación” (Piglia, Ricardo Improvisaciones en torno a Masotta). Por lo tanto, se tratará de una positivización o radicalización del sujeto de la enunciación, cuestión que conjeturamos es pertinente situarlo respecto a la extimidad. Siguiendo el trabajo conceptual que hiciera Jacques-Alain Miller de este término aparentemente marginal[5] en la enseñanza de Jacques Lacan encontramos dos avanzadas. Una considera la extimidad del Otro ejercida respecto a la identidad del sujeto consigo mismo, trayendo aparejada la vacilación de esa identidad. En este avance la extimidad no es lo contrario de intimidad (Jacques-Alain Miller): donde lo extraño, la obra para el autor Masotta no es equivalente a lo exterior, sino que la extimidad dice que lo íntimo es Otro, como un cuerpo extranjero, un parásito (Ibidem). Vale decir que, tanto la categoría del autor, como la de la obra aparecen descentradas del yo, en una excentricidad éxtima que nos permite salirnos de la esfericidad concéntrica que entiende la relación de una supuesta interioridad mental con el medio exterior. Puesto que hay ruptura y presentación de otro espacio, la obra no se puede entender como reflejo “exterior” de la subjetividad (“interior”) del autor.

Otro avance del concepto de extimidad se localiza en la relación del objeto a con el gran Otro, en esta vinculación es preciso reconceptualizar al Otro. Una cláusula es preciso formular: no se puede fundar la alteridad a partir del significante porque uno siempre vale en relación al Otro. Preguntemos ¿Cuál es entonces la verdadera alteridad del Otro? Para responder con un punto donde el Otro es radicalmente Otro: el goce.

El objeto a es refractario a la representación[6], en cuanto se trata de una objetividad no convocada ante el sujeto de la representación. (Es preciso aclarar que cuando se habla de “representación” no nos referimos a representación imaginaria). Remarquemos el siguiente punto: el objeto a no se articula al sujeto sino a su división, vale decir que designa una enunciación sin enunciado. No representa los objetos del mundo sino que es algo que hay (un quod) sin que se pueda definirse que es (sin quid). [7]Ese goce radicalmente éxtimo al sujeto se localiza en los objetos de la pulsión, por ejemplo la voz y la mirada. Objetos que no entrar al campo del espejo, a la común medida del intercambio, por ejemplo en la supuesta reciprocidad del mandamiento cristiano: ama a tu prójimo como a ti mismo es un intento de anular lo éxtimo.

La conjetura planteada afirmará que en Masotta su obra se homologará a la voz y la mirada y la función que tomará esa extrañeza, ese objeto vuelto éxtimo dará lugar al surgimiento de la estructura de la pregunta.


2- La estructura de la pregunta.


Esta estructura es una constante diseminada a lo largo del texto y no es arriesgado decir que forma parte del estilo en la escritura de Masotta. Por ejemplo:

¿qué ha pasado en mí durante y a lo largo del transcurso del tiempo?- y- ¿Quién era yo, entonces, cuando escribí ese libro? Y también ¿qué pienso yo en el fondo y de verdad sobre ese libro?

El sujeto se identifica a la pregunta y es en esta operación que se concreta un empalme de lo privado a lo público:

Pero me pongo en el lugar de ustedes que me están escuchando. ¿Sobre qué estoy hablando? O bien: ¿de qué me estoy confesando? Pues bien: de nada.

Una pregunta sobre sí mismo entonces sin la identificación a nada personal. Pero es preciso remarcar que el estatuto de la división subjetiva en este empalme lleva consigo tanto una modificación como así también una sustracción de lo íntimo, de lo personal, vale decir, de lo autobiográfico como axioma del fantasma, ya que no se trata de un relato donde se expondría algo privado. Sólo alguien cuya identidad no está determinada puede hacer coincidir los dos planos, el privado y el público, la presentación de este sujeto instala un espacio sin profundidad, sin exterioridad donde el adentro y el afuera se empalman con un elemento vacío, con la indeterminación operativa de una incógnita.[8]

Así se va constituyendo una exposición con múltiples referencias a anécdotas personales o a reflexiones sobre sí mismo Pero, ¿de qué estofa están hechos estos fragmentos? Esas marcas no son más que restos de lo que fue lo personal en la fijeza del fantasma, son restos de lo que fue una huella de goce. Restos rasurados de sentido no hacen más que inmiscuirse en un recurso del lenguaje que se llama estilo: una autoreferencia sin ningún reflejo autobiográfico. Se puede mencionar el empleo de las anécdotas en la argumentación que va construyendo contra las ideas de Emilio Rodrigué, anécdotas donde Masotta se refiere a la circunstancia de su lectura en su viaje a Nueva York del texto en discordia, la Interpretación de los sueños (más específicamente el pasaje conocido como el sueño de la pequeña Ana). Esta forma de armar la escena para que sea posible la parodia de una polémica le permite a Masotta desprenderse de la inconsecuente disputa entre dos personas y hacer valer las posiciones epistémicas-políticas de los actores en juego: Rodrigué “no es cualquiera, es un hijo de Freud” y “de una madre brillante” agregará Masotta no sin un dejo irónico refiriéndose a la filiación al Kleinismo[9] de los psicoanalistas argentinos, quiere decir que su lugar como presidente de la Asociación Argentina de Psicoanálisis fue una de las piezas claves para que el Recienvenido Masotta desplegara su estrategia.


3- La producción de una certeza.


Cuando escribí el libro yo no era un apasionado de Arlt sino de Sartre... Entre la programación del libro y el libro como resultado, no todo estaba en Sartre. Y lo que no estaba en Sartre estaba en mí... extraía, creo, esa certeza que me acompaña desde hace más de quince años. Que efectivamente, tengo algo que decir. Escribir el libro me ayudó, textualmente, a descubrir el sentido de la existencia de la clase a la que pertenecía, la clase media. Una banalidad. Pero es banalidad me había acompañado desde mi nacimiento. Pensando sobre Arlt descubría el sentido de mis conductas actuales y de mis conductas pasadas: que dura y crudamente habían estado determinadas por mi origen social. Y uso la palabra “determinación” es sentido restringido pero fuerte.

Una banalidad para el campo de los Ideales: un campo donde operan las categorías de un intelectual “comprometido”. Pero el que habla es el sujeto de la enunciación más que la exposición realista de una historia o la descripción de una teoría. La pertenencia a la clase social, entonces, se vinculará con su versión del padre, con la moral de la pequeña burguesía, la mediocridad, la cobardía, la “delación” que Masotta infiere del “mensaje de Arlt”.[10] ¿Qué consecuencias puede traer esta posición? Posición vinculada al acto, a un aserto de certidumbre anticipada diremos parafraseando a Jacques Lacan. Cuestión que dejamos pendiente.


4-La excentricidad del margen o el retorno de la pregunta desde otro lugar.


¿Quién era yo cuando escribí el libro? O para forzar la sintaxis: ¿qué había de aparecer en aquel libro de lo que era yo?


En esa cosa que era yo se localiza el objeto a mirada, en el reverso de la conciencia se encuentra ese objeto de la pulsión, la denominada “pulsión escópica”: “un rasgo común a esos objetos es que no tienen imagen especular (...) –esta condición- les permite ser ‘el paño’, o para ser más preciso el forro, sin ser por ello su envés, del sujeto mismo que se considera sujeto de la conciencia. Pues el sujeto que cree poder tener acceso a sí mismo designándose en el enunciado no es ora cosa que un objeto tal” dirá Jacques Lacan.

Teniendo en cuenta la inscripción -vía Sartre- al estilo de un intelectual comprometido con un proyecto de liberación política es posible plantear la cuestión que se establece respecto a la dialéctica entre el centro y el margen. El engranaje entre los sacerdotes y los bufones[11] Descriptivamente el margen se configura en un espacio contestatario de “crítica”, de “vanguardia”, sin embargo una modalidad del margen, ya veremos cuál, supone y es supuesto por una mirada. La misma se sostiene de un modo imperativo estableciendo, dirá Germán García, una teodicea.

Se tratará de un axioma del fantasma que sabrá distribuir el lugar y la función de eso que se da en llamar lo outsider, lo marginal, lo que aparentemente se encuentra fuera del centro y por lo tanto del sistema. En el prólogo de Conciencia y estructura Masotta asevera:

Nuestra miseria, quiero decir, y esos juicios de valor que una vez pronunciamos sobre los otros, tal vez con el único fin de sentirnos diferentes, cuando en verdad no éramos más que una parte de eso mismo que repudiamos, el complemento de un sistema ciego y estúpido que nos incluía en el momento mismo en que nosotros entendíamos abarcar una de sus partes.

Inferimos pues la estructura que determina una subjetividad captada y objetivada por la mirada. La mirada, como señalamos, no es del mismo orden que la visión: puedo ver desde cierto punto, pero soy mirado desde todos lados. Un orden pre-subjetivo se presenta en la mirada, la pre-existencia de lo dado a ver respecto a lo visto: hay una extraña contingencia, un mal encuentro que evidenciará “la falta constitutiva de la angustia de castración”. Pero el punto que nos interesa relevar se refiere a la prescripción que la mirada tiene en el discurso del amo. Vale decir, que el significante amo intenta organizar la conciencia instaurando una yocracia tal que en su proyecto lo marginal se encuentra incluido como resto, como un desecho que es preciso excluir. Un discurso que produce los marginales, los transgresores funcionales al sistema sin ninguna posibilidad de exterioridad, de ruptura porque ya está identificados en tanto “complemento”.

Asimismo, esa mirada en Masotta será localizada en un acontecimiento, la muerte de su padre:

¿Quién era yo? En 1960 iba empezar a conocerme: de la noche a la mañana mi salud mental se quiebra y una insufrible enfermedad ‘cae’ sobre mí. Me veo convertido entonces, y de la noche a la mañana, en un objeto social: hago la experiencia de lo que significa, en sociedades como las nuestras, en ser un enfermo mental. (...)

¿qué era lo que había ocasionado la enfermedad? Eso estaba a la vista: la muerte de mi padre? (...) Mi padre no tuvo una muerte dura (...) En esto fue un hombre con suerte: murió en su cama. Y además tuvo otra ventaja (...) no darse cuenta que se moría. Estaba en la cama, conversando de cualquier cosa, enfermo de leucemia (pero el lo ignoraba) y sonriendo tal vez, cuando lo sorprendió la muerte. Sonriendo digo, puesto que cuando lo vi en el cajón y envuelto en sus mortajas, tenía un ricto de tranquilidad y de alegría en la boca. Para entonces yo ya había enfermado, y habría preferido no acercarme al cajón: pero mis parientes me arrastraron a él. No puedo olvidar la impresión que me causó su rostro: por detrás de la insobornable certeza de que yo amaba esa cara, una mezcla de indignación y repulsión....

El fantasma que introduce el discurso del amo organiza la estabilidad de las representaciones imaginarias del sujeto, su concepción del mundo. Ahora bien, la mirada es el objeto que cae de la pantalla del fantasma, la identificación a un rasgo del padre no se sostiene más cuando se sustrae la presencia, Masotta incursiona en un análisis. En cuanto al paso por ese análisis, Germán García dirá que “si hubiera tenido lo que era ‘un buen análisis’ en aquel momento, quizás hubiera sido devuelto a las certezas que acababa de perder. Al poco tiempo se encuentra inventando el psicoanálisis que le faltaba. Fue su falta de análisis, su falta de analista lo que lo llevó al psicoanálisis”.

Por lo tanto, ese margen pre-subjetivo que constituye la mirada irá pasando a otro discurso, sólo en el discurso del analista el objeto mirada oficiará de causa y una de sus consecuencias es la subjetivación: ¿qué había de aparecer en aquel libro de lo que era yo? Donde ello era (una marginalidad de pura pérdida), el sujeto debe advenir (causarse por ese margen sin la prescripción del significante amo).

Masotta hará del resto del fantasma un estilo, llevará esa cosa que era a la dignidad de una política: una forma de encarnar la palabra, de incorporarse (con esa sustancia episódica que se llama mirada) al discurso universal, de hacerse autor.


5- La esquizia en el estilo: entre la mimesis y lo exótico.


Pensemos por ejemplo en el ‘estilo’, en la prosa de mi libro (...), la influencia viene de Merleau-Ponty (...) me fascinaba ese estilo elegante, esa prosa conciente de su cadencia y de su ritmo, esa sobre o infra conciencia del desenvolvimiento temporal de las palabras, ese gusto por ‘tono’ o por la ‘voz’(...) En mi libro sobre Arlt intentaba esa prosa, me esforzaba en establecerme en ella, o en que ella se estableciera en mí. Quiero decir que la imitaba. Y eso no es malo en sí mismo(...) No, lo malo estaba en otra cosa. Imagínense: emplear una prosa de ‘tonos’ para hablar sobre Arlt (...) Quiero decir, que entre yo y las novelas de Arlt había una relación más estrecha, más igualitaria, que entre un alto profesor universitario parisino, (...) Arlt y yo habíamos salido de la misma salsa, conocidos los mismos ruidos y los mismos olores de la misma ciudad, caminamos por las mismas calles, soportamos seguramente los mismos miedos económicos(...) Brevemente: apoyándome en Sartre y Merleau-Ponty yo escribía entonces sobre Arlt. ¿Cómo decirlo? Cuando escribía mi libro en verdad me sentía un poco exótico. Y textualmente, puesto ¿qué es lo exótico sino el resultado de la unión de sistemas simbólicos que tienen poco que ver unos con otros? Pero aún aquí, y aunque con otra significación, aquél exotismo me colocaba en la línea de Arlt.

La mimesis se sitúa en los estilos que se trazan en el Ideal: Merleau-Ponty, Sartre y Arlt (en tanto clase social y lengua natal compartida). Lo exótico se efectuará en el cruce, más precisamente en la esquizia entre lo semejante del espejo y lo radicalmente extranjero. Puesto que se trata de la esquizia del ojo y de la mirada no es casual que Masotta elija una fotografía para presentar esta operación:

Esa imagen sobre sí mismo (prosa de ‘tonos’ –el estilo mimético reflejado en el aparato la visión: el ojo- para escribir sobre Arlt –la mirada como objeto) ¿no tenía acaso mucho que ver con esa foto que se conserva de Arlt en África, vestido con ropas nativas pero calzado con unos enormes y evidentes botines?

Un estilo que sólo se constituye en el Ideal del yo fija al actor a no verse más que amable y amado al mismo tiempo, reproduciendo miméticamente una versión de segunda mano (siempre degradada) del autor citado. Sin embargo se trata, en ese efecto definido como exótico, de un mal encuentro (Tyché). Lo exótico aparece entonces como aquello no asimilable al espejo que fragmentará la identificación narcisística. Este movimiento del texto nos permite inferir la función de la esquizia[12] en la conformación de un estilo. “En la dialéctica del ojo y de la mirada, vemos que no hay coincidencia” (Jacques Lacan), hacerse una mancha en el campo del Otro, “nunca me miras desde donde yo te veo” y a la inversa, “lo que miro nunca es lo que quiero ver”[13]. Por donde lo busquemos, ¡mal encuentro! No hay punto de vista ni malo ni bueno sobre lo que soy en el campo del Otro, sólo me puedo imaginar (como semblante, o disfraz) ser algo para el Otro. La mirada que encuentro no es una mirada vista sino una mirada disfrazada (imaginada) por mí en el Otro.

Ahora bien, ¿cuál es la operatividad de esta esquizia o lo que podemos llamar su función? Tal vez una respuesta pueda ensayarse en la lectura del aforismo que Masotta inscribe: ahí, donde repito traiciono, y ahí donde quiero transformar no hago más que repetir.

La repetición en esta operación no se reduce a la mimesis sino que Masotta la conduce a la exigencia de algo nuevo. Es preciso observar que ambas repeticiones separadas, por sí solas no encontrarían ninguna función más que la mimesis, una reproducción que deja intacta la suposición del Ideal: por un lado la traición y por otro lado la imposibilidad de transformación. Veamos más detenidamente el problema.


-La traición por sí sola no hará más que reproducir el texto del Otro.


-La imposibilidad de traición, de transformación por la exigencia aplastante del Ideal sólo produciría el “narcisismo de las pequeñas diferencias”, el redoblamiento sin salida de la alineación.


Pero la función de la esquizia junta las dos repeticiones de una forma barroca (conservando dos focos)[14], sin escalonamiento de superación sintética entre una repetición y la otra. Esta esquizia operativa las hace fallar de una buena manera. La repetición -que en este caso se refiere al texto de Jacques Lacan- marcada por la traición -fórmula que viene de Roberto Arlt- es una repetición que podrá transformar, extraer un significante nuevo, hacer pasar el Uno fundante de Jacques Lacan a lo real.

Porque el cambio de discurso de ese sujeto Masotta tendrá consecuencias en la entrada del lacanismo en nuestra lengua. Señalemos un jalón del trayecto de ese estilo marcado por el joven polemista de Contorno que irá preparando la escena para la fundación en la parodia de la primera institución lacaniana homónima a la de París, la Escuela Freudiana de Buenos Aires en 1974: la polémica con Emilio Rodrigué.

Emilio Rodrigué, psicoanalista que preside la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) responde en su artículo “Leer a Rodrigué” (Revista Argentina de Psicología, Año 1, Nro. 2, diciembre de 1969) a una especie de provocación de Masotta expuesta en “Leer a Freud” (Revista Argentina de Psicología, Año 1, Nro. 1, septiembre de 1969) donde Masotta vincula la lógica de un caso de Rodrigué con el tratamiento que hace Freud en el sueño de la pequeña Ana. ¿Qué hace Masotta? Hace caer la máscara que identifica al autor con la teoría del simbolismo de Ernest Jones, desafilándolo en consecuencia de tal tradición. Masotta sitúa, vía Lacan, a Rodrigué en la línea de Freud: procedimiento paradigmático, ya que señala el “olvido” sino el rechazo del psicoanálisis en Argentina de los fundamentos freudianos. Bien, Masotta es consecuente con lo que anuncia en su artículo Anotaciones para un psicoanálisis de Emilio Rodrigué:

Los títulos de los escritos en cuestión indicarán al lector parte del tenor de la discusión. En primer lugar, Rodrigué, fiel a una concepción vieja de la elegancia, y utilizando ese “punchy language” que ha adoptado últimamente, se divierte. Nosotros no hemos querido dejar perder entonces la oportunidad de construir el escenario de una parodia; pero nuestra intención no es elegante, es didáctica. Seguir sugiriéndonos la manera de leer a Freud y a Lacan para llegar a entender esa cuestión espinosa: el psicoanálisis.

Reservando, se entiende, la elegancia sin mayores consecuencias, más que la del pavoneo o la exhibición del narcisismo, para Rodrigué. Masotta lee a Rodrigué porque el sujeto exhibe su síntoma:

Pasemos al sueño de Ana, siguiendo la sugestión de Masotta. Ana es Ana Freud, la hija de Freud. Masotta nos informa que el sueño de ‘la pequeña Ana se articula en voz lata durante el dormir: Ana F(r)eud, f(r)esas, f(r)ambuesas, bollos, papilla’. Cómo está presente –según Masotta- el significante en este sueño. Citémoslo nuevamente: ‘En la repetición de un grupo fónico, en la escansión que la repetición introduce, en el efecto, en fin, de un ordenamiento retórico y de jerarquización interna y autónoma de las frases...’ Para Masotta las ‘fr’ en Freud, frambuesas, y frases son importantes. Pero la cuestión es: ¿para quién? Seguramente no para la pequeña Ana. Ana era austríaca y los niños austríacos sueñan en alemán

Masotta verifica rápidamente que “Rodrigué no había hecho antes lo que me recomendaba que hiciera después”, es decir la lectura en la edición alemana del fragmento en cuestión. Pero esa exhibición del sujeto Rodrigué no forma parte de un estilo sino tan solo de la ingenuidad de la perversión personal: una ingenuidad nula que se sustenta en la teoría vigente del psicoanálisis post-freudiano argentino. Rodrigué es un promotor de Jacques Lacan a pesar suyo: se ofrece al desnudo sin mediar ninguna máscara, como leído (en el sentido fuerte del término) antes que lector. Hace falta que alguien interprete, Masotta dirá que la vocación del texto de Rodrigué “se revela en primer lugar como masoquista”, más aún:

Al tener que citar la cita que Rodrigué hace de mi cita de Lacan citando a Freud, este lugar lacaniano de la obra de Freud se torna repentinamente conocido: en adelante quienes hablen entre nosotros del simbolismo y del sueño, no podrán ignorarlo. Lacan ha sido citado, que yo sepa, por no más de dos o tres psicoanalistas en la Argentina. Rodrigué, en este sentido, y sin proponérselo, toma la delantera: distinguiéndose de ellos (...) ha citado algo que efectivamente tiene que ver con Lacan.

Es de destacar el dispositivo de la polémica instrumentado por Masotta: la conformación de un texto con múltiples referencias idiomáticas con la rigurosa intromisión de varias disciplinas, donde la huella de un sí mismo, de un narcisismo destituido y hecho semblante en las aparentemente personales y anecdóticas referencias autobiográficas presentan públicamente a un sujeto sin una fácil identificación que sin embargo fundamenta su argumentación, su autoridad en un saber en constante progreso. A su vez, su lamelle (como gustará decir tiempo después refiriéndose a su ligadura a la causa analítica, a esa cosa a la que sujeto podrá advenir) no dejará de esconderse inútilmente en los siguientes semblantes, en los restos metonímicos de: las generaciones, las viejas (refiriéndose a la fotografía que el mismo tomó en Nueva York), el respeto por los coleccionistas, la lanza, silbidos, serpientes, la muerte, la transformación del pájaro hegeliano, el destino de una cierta minerva inexistente.

No atacábamos a Rodrigué, lo dejamos hablar, dirá Masotta para afirmar el siguiente argumento: si la neutralidad –como afirma Freud- no excluye el deseo de quién debe ejercerla, la aparición del deseo de aquel que no estaba en cuestión (es decir, de él mismo) no arrastra necesariamente el error sobre la apreciación del deseo de quién lo puso en evidencia (vale decir, el deseo de Rodrigué). Se verá entonces que el deseo de Masotta no carece de empresa puesto que pasa por los semblantes para de ellos obtener lo real[15]: una subversión en el campo del psicoanálisis, la fundación del lacanismo en nuestra lengua.


César Mazza


[1] Se refiere a Jacques Lacan.

[2] Término que tomamos de Eric Laurent.

[3] Este texto se encuentra en el Apéndice de “Masotta, Oscar Sexo y traición en Roberto Arlt. Ed. Centro Editor de América Latina. Buenos Aires 1982”

[4] Como se advertirá no se trata de escribir una historia de Masotta, tan solo trazar algunas líneas que se conjeturan como claves. Respecto al esquema tendrá el vicio de todo esquema: la captación intuitiva de una linealidad y “olvidar en una imagen intuitiva el análisis que la sostiene” (Jacques Lacan). Para matizar este esquema puntualicemos que Masotta en 1959 en un artículo de su autoría, “La fenomenología de Sartre y un trabajo de Daniel Lagache” (publicado en la revista Centro Nro. 13, Buenos Aires) realiza un comentario de la posición política de Jacques Lacan en la Sociedad Francesa de Psicoanálisis al citar la revista La Psychanalyse Nro.1Qué sabía Masotta de Lacan en 1959?”), en 1964 da una conferencia en el Instituto Pichón Riviere de Psiquiatría Social “Jacques Lacan o el inconsciente en los fundamentos de la filosofía” (publicado un año después en la revista cordobesa “Pasado y presente”) donde entre otras cuestiones, se refiere al estilo de Jacques Lacan, por último Masotta recibe un ejemplar de los Escrits en el año de su aparición, en el 66, con una dedicatoria en la primera página: “A Oscar Masotta amigo de mi pensamiento tan cercano aunque su residencia es tan lejana. Jacques Lacan. El 11-XII-66”. (Germán García trabaja este punto en “¿

[5] Anteponemos la condición de la apariencia a lo marginal porque se entiende que lo marginal supone o mejor dicho es impuesto por un centro y la excentricidad lacaniana del asunto se orienta con la subversión del significante amo que sostiene esa suposición.

[6] El a no es un capítulo de la ontología: la ontología dice lo que es común a todos los objetos de la representación ante la experiencia. Permite reunir diversos rasgos del objeto antes de la experiencia misma del objeto. La ontología dice a priori lo que puede decirse de los objetos: la categoría de Aristóteles: lo dicho ya está depositado sobre el objeto. Puede decirse que la estructura de los objetos es ya la misma que la del enunciado.

[7] Se puede considerar como ejemplo la diferencia entre el semejante y el prójimo, esto es: el primero cubre con un velo imaginario un campo sin representación eso que le resultaba tan familiar o tan próximo a su dominio.

[8] En definitiva, este movimiento no es otro más que el protagonizado por el sujeto agenciando en el discurso de la histeria.

[9] Respecto a la ironía puede decirse que la posición de Masotta es estrictamente respetuosa de Rodrigué, en ese pasaje diferenciará a este último de León Grimberg, por ejemplo. Masotta se referirá a la afinidad de la exposición del caso de Melanie Klein (y de la cual Rodrigué es un excelente expositor) con la de Lacan.

[10] En una carta del año 1955 dirigida a su amigo Carlos Correas, Masotta profiere: “ A veces me abandono al furor estéril de maldecir mi condición económica, mis angustias económicas, y con ellas a la clase social a la que debemos esta avergonzada infelicidad”. En otra carta de 1958 (también a Carlos Correas), Masotta se refiere a la certeza de la siguiente manera: “La trampa consiste en aparentar estar en posesión de lo que uno está solamente en vías de conquistar. Sin embargo hay, no un saber, sino algunas certidumbres que son propiamente mías”.

[11] Parafraseando a Jan Kott, Germán García plantea la disyuntiva de la condición humana en términos de tragedia o de grotesco: “el mundo de la tragedia y el mundo de lo grotesco tienen estructuras parecidas. Lo grotesco adopta los esquemas dramáticos de la tragedia y plantea las mismas cuestiones de base. Sólo sus respuestas son diferentes (...) En este debate sobre la interpretación trágica o grotesca de la condición humana se encuentra un reflejo del permanente y siempre vivo conflicto de dos estilos, dos filosofías (...)” (Kott, Jean (1970) Apuntes sobre Shakespeare. Barcelona, Editorial Seix Barral). Citado en el libro de García, Germán (1992) Oscar Masotta. Los ecos de un nombre. Buenos Aires,. Ediciones Eolia.

[12] Término desarrollado por Jacques Lacan en el Seminario 11. Schize deriva del griego skhizein: partir, agrietar, cortar o dividir un cuerpo sólido en sentido longitudinal. (Diccionario Robert)

[13] En este pasaje se puede retomar el siguiente párrafo: Cuando escribí el libro yo no era un apasionado de Arlt sino de Sartre... . Entre la programación del libro y el libro como resultado, no todo estaba en Sartre. Y lo que no estaba en Sartre estaba en mí... estría, creo, esa certeza no todo estaba en Sartre (...).

[14] Aquí se puede retomar el epígrafe del Discurso de Roma, donde Jacques Lacan cita a Lichtenberg: Vamos a determinar esto mientras aún estamos en el afelio de nuestra materia, ya que cuando lleguemos al perihelio, el calor será capaz de hacérnoslo olvidar. Tal como lo situara Françoise Regnault, hay una desconfianza en el calor del entusiasmo, ya que cuanto más cerca del sol nos encontramos (en el perihelio) es cuando más frío tenemos. A la inversa, es en el afelio donde nos quemamos.

[15] Esa es la operación que Jacques-Alain Miller encuentra en Jacques Lacan: en el prefacio de Un comienzo en la vid . De Sartre a Lacan Miller escribirá : “Lacan no ‘ faisait pas semblant ” (no fingía, no hacía como si). Nadie hubiera conseguido que reconociera que su acto no era sino gesto, como así me confesó Sartre. Lacan pasaba por los ‘semblantes', pero era para, de ellos, obtener lo real.”

sábado, 22 de noviembre de 2008

Alberto Estévez inicia la segunda tertulia con su interpretación de "Un hombre en la oscuridad"

Buenas tardes a todos:

Estoy solo en la oscuridad,…, otra noche en blanco en la gran desolación americana. … tumbado en la cama… me cuento historias… me evitan pensar en cosas que prefiero olvidar… sin embargo… las más de las veces mis pensamientos acaban derivando de la historia que pretendo contar a las cosas en las cuales no quiero pensar.

Paul Auster, autor de la obra que hoy nos ocupa, hace decir al protagonista de su historia, August Brill, todo esto en las primeras páginas de su última novela. Este es el hilo que recorre de principio a fin “Un hombre en la oscuridad”

Un septuagenario, enfrentado a la oscuridad obsidiana de su habitación a lo largo de toda una noche de insomnio. Cree haber encontrado una solución para no recordar a su amada esposa, fallecida poco tiempo atrás: consiste en contarse historias que él mismo inventa, darles una continuidad, esa es la solución. Una pequeña historia que consiga alejar los fantasmas.

Desde el marco del psicoanálisis, la solución elegida por nuestro protagonista no se mantiene. En primer lugar, hablar de solución parece poco apropiado cuando se trata de los efectos que la muerte o la dimensión de la pérdida tienen sobre nosotros. Y después, porque para poder seguir adelante ante un trauma así, una pérdida tan dolorosa como la que padece nuestro protagonista, la salida no se encuentra en tratar de tapar lo que duele, por ello no es capaz de pensar más que en el horror. El escritor nos relata la zozobra en la que se encuentra el personaje, pero por si no es suficiente para que nos demos cuenta de cómo está afectado por esa pérdida, se encarga de postrarlo en una cama, no sólo para dormir, sino como consecuencia de haber sufrido un accidente de tráfico que ha destrozado una de sus piernas, acaecido poco después del fallecimiento de su mujer a causa de una mortal enfermedad que se la lleva en unos pocos meses.

August reconoce el fracaso de su tentativa de solución: porqué me empeño en transitar en estos pretéritos y agotados caminos… ganas de hurgar en viejas heridas para sangrar otra vez.

Personalmente no lo creo. No creo que sea deliberado volver una y otra vez sobre aquello que tanto le duele. Más bien pienso que se le impone, es una imposición que el escritor le hace confesar de una manera que me resultó muy simpática: la mente tiene mentalidad propia. ¿Cómo impedir que la mente salga por pies en la dirección que más le apetezca?

Y así es; cuando consigue dar un final atroz a la historia de guerra que lo ha ocupado una buena parte de la noche, la mente sale por pies y crea una avalancha de historias no menos terribles. La profesora de literatura descuartizada en el campo de exterminio, la muchacha judía que salva a su familia de la muerte segura a manos de los nazis, o la defenestración del agente secreto dejando mujer e hija de 2 años. Acabada la historia de horror de la guerra de Owen Brick, todas las historias de muerte acuden a su cabeza.

La vida es decepcionante, Auster lo repite una y otra vez. Y lo pone en labios de unos y de otras, como en el caso de la película japonesa que August ve con su nieta, en la que Noriko, la nuera viuda, personaje exquisito, provoca en él, el recuerdo de su hermana, de nuevo la mente saliendo por pies adonde le apetece. Su hermana murió de pena, y aquí más parece Auster que August el que nos habla: la gente se muere de pena. Ocurre todos los días, y seguirá sucediendo hasta el fin de los tiempos.

Tristeza, soledad, horror, muerte, son elementos constantes página tras página, pero a la vez, el autor, de manera sutil, configura una vía para la esperanza en medio de este páramo desolado, y es ya bien avanzada la novela cuando encontramos la conversación de Katya con su abuelo. Las preguntas de la nieta empujan para que el abuelo hable de aquello que le pasa. Hace acordar la figura del psicoanalista con su paciente, que lejos de permitir taponar las historias con otras de la fantasía pretende que se pueda decir algo, lo que sea, algo respecto de aquello que duele.

Katya no es psicoanalista, por el contrario podemos plantear el parecido con su abuelo a la hora de enfrentar el trauma; él se cuenta historias para no recordar otras, ella intenta borrar las imágenes del horror colocando otras encima; el mismo método. Pese a ello, con su curiosidad consigue que su abuelo reviva su historia de amor, y lo que es más importante, vuelva a tomar conciencia de que su Sonia no sólo era su tierra firme, sino incluso su conexión con el mundo. Pero además finalmente la nieta concilia el sueño, consecuencia directa de este ejercicio de intentar poner palabras para frenar la potencia de las imágenes.

Mejor así en cualquier caso, porque aunque sea con muleta se trata de que podamos llegar hasta ese desayuno campesino que nos espera, ya que el peregrino mundo sigue girando.

Alberto Estévez. 14 de Noviembre de 2008

viernes, 21 de noviembre de 2008

Comentario de Miguel Ángel Alonso sobre Un hombre en la oscuridad (Paul Auster)

En el comienzo de este comentario de texto quiero escribir una frase que hace tiempo parece querer encontrar un acomodo en algún lugar de mi escritura. Es como si me perteneciese. Y yo no dudo que es así. Me vino a la memoria como evocación, tras la lectura de Un hombre en la oscuridad. Hace tiempo se la escuché a un amigo, aunque no puedo decir si era de su propia cosecha o no, no lo sé, y quizá no lo podré saber nunca:

“Cuando los seres humanos callan sólo se oyen sus gritos”

Esta frase me permitió un abrochamiento para las múltiples cuestiones que suscita la lectura del texto, y construir un sentido, palabras alrededor de los gritos que August Brill, Miriam, Katia, y otros personajes secundarios, nos hacen llegar desde sus soledades, desde sus oscuridades, desde sus muertes, en definitiva, desde sus traumas, esos que, actuando fuera del tiempo, van conformando vacíos particulares –alguno de ellos verdaderamente siniestro.

1. Estamos ante una novela que se constituye, por un lado, como el escenario en el que se hace una presentación directa de lo real traumático y muchas veces obsceno, abismos particulares relacionados todos con la muerte que, en muchos episodios, adquiere un carácter absolutamente siniestro. Pero a la vez, se elabora un tratamiento del vacío, mediado por la introducción de lo simbólico en su función de autoridad encarnada por August Brill, quien se sitúa como el aglutinador de los vacíos de todos, hasta del suyo propio y del nuestro, proponiendo escritura, fantasía, cine, etc.

2. Por otro lado, la novela también muestra una oposición entre neurosis y perversión, es decir, la oposición entre los que fantasean y escriben su ficción, y los que van más allá y traspasan los límites de la piel y la agujerean y la destrozan: Los perversos.

3. Y por último, en la novela aparecen nítidas dos realidades, una física y otra conceptual. La física se refiere a los acontecimientos tan ricos en elementos afectivos que los protagonistas han de atravesar. La conceptual se muestra, en la fantasía de Owen Brick, implicando elípticamente a todos los seres humanos en general.

En síntesis, habría para todos los protagonistas dos momentos que se hacen patentes. Por un lado, todos han de cargar con el peso infinito de un momento traumático, estructural o contingente –falta de palabras, divorcios, guerras, muertes— que ejerce su función fuera del tiempo, pues en cualquier momento de la vida se hace presente como angustia vital. Por otra parte, sus vidas han de desarrollarse en el suceder temporal, ese intervalo vital en el que todo se mezcla en el decir, los sucesos o palabras del pasado, las que precisan decirse en el presente, y las que quizá nos acojan en el futuro:

“El pasado vive en el presente, el que trasladamos con nosotros al futuro” (94)

August Brill. Una función simbólica

Los gritos de los protagonistas, sus soledades, se harían insoportables si no fuesen mitigados por la función que ejerce Brill, la del vínculo que los anuda a la vida, la mano que trata de rescatarlos del hoyo en el que cada uno está sumergido:

“Lo que te propongo es una cura, un remedio para sacudir la tristeza” (193)

Su función propicia espacios en los que explayar el amor y lo simbólico. Las ficciones correspondientes a cada uno de los protagonistas son líneas cortadas que van conformando una especie de contrapunto literario expresado desde realidades físicas y conceptuales, luz y oscuridad, pasado y presente, soledad y compañía, movimiento y melancolía, desde el Yo y desde el Otro. Así será para todos, hasta para nosotros mismos, “mientras el peregrino mundo siga girando”.

August Brill, entonces, se ofrece como galvanizador de los vacíos particulares de cada sujeto. Acoge el de su hija Miriam, a quien se ofrece como espacio de lectura, de escucha de la ficción que ella construye para sí; también el de su nieta Katia, que no podría soportar sola la estremecedora dureza de la muerte que le corresponde, y el peso de la culpa que arrastra, ambas configurando un abismo siniestro que prácticamente la abandona a la vida como personaje melancólico, como objeto inmóvil situado muy cerca de la caída; August Brill recoge su propio vacío producido por otra muerte, la de su esposa, y lo hace ofreciéndoselo a la fantasía, que lo escucha en la ficción que construye para Owen Brick; también se lo ofrece a su nieta Katia en el relato que hace de la relación con su mujer, relación de la que ella, sin saberlo, se revela como salvadora; y, finalmente, acoge también nuestro propio vacío que, por si no lo sabemos, lo muestra bien profundo en esa fantasía de carácter parabólico que, por carecer irremediablemente de palabras, tanto en su principio –el nacimiento de Brick— como en el final de la misma –su muerte—, además de por introducir el mal, nos está escribiendo a todos:

La fantasía de Owen Brick


1. Una realidad conceptual
2. La subjetividad, un conflicto de intereses
3. La introducción del mal. La guerra

En principio, lo que más se deja escuchar es la amplitud sonora de una extraña fantasía que, aun sabiéndose tal, suena como cualquier realidad cotidiana, y ello porque no parece difícil sentirse, uno mismo, dentro de ese lugar:

“… su historia, la historia de la guerra en ese otro mundo, que también es éste” (136)

1. Una realidad conceptual.

De la fantasía se puede extraer la realidad conceptual. Resuenan cuestiones que aluden de forma elíptica a la estructura de la subjetividad constituida a partir de carencias primordiales que se hacen visibles en el mismo momento en que uno tiene conciencia de que está en un mundo. August Brill, en su fantasía neurótica, encarna un Otro enigmático, creador que escribe a un ser humano, que lo introduce en el enigma de la vida, pero al que no le proporciona las palabras que, en último término puedan dar cuenta del sentido que ella tiene.
¿Quién no nace en el abismo profundo, sin fondo, conformado por la carencia de la palabra que le pudiese dar significación a su estancia en el mundo? ¿Quién no necesita del Otro, su centinela que le tienda la mano, que le dé palabras que lo rescaten de su precariedad, del precipicio, de ese hoyo indefinido? ¿Quién no vive en un mundo escrito o hablado por Otro, por ese deseo que nos reserva palabras anticipadas para nosotros desde antes de nuestro nacimiento? ¿Qué nacimiento no es caprichoso? ¿Qué muerte no lo es?

2. La subjetividad. Un conflicto de intereses.

La fantasía de Owen Brick muestra todo un conflicto de intereses alrededor de la subjetividad, una lucha política llena de controversias, en la cual el ser humano, encarnado por Brick, trata de nadar, de no hundirse, trata de no ser un objeto que se abisma en su hoyo particular. Con los recursos provenientes, en principio, de la palabra que le viene del Otro, del centinela, de Dios, de los superiores que ordenan la acción, de quien le ordena matar al propio padre que lo está escribiendo –August Brill—, ese ser humano, pese a tantas determinaciones, también puede hacer efectiva su propia decisión, adquiere su propia responsabilidad en la acción que el otro dice que le corresponde realizar en el mundo. Esa es su propia responsabilidad, decidir si se implica o no en la guerra, en si mata o no al padre, aun sabiendo que la muerte lo puede alcanzar a él. Y finalmente lo alcanza caprichosamente como a tantos otros. Todo ello necesariamente ha de resonar en la ficción que se escribe en nuestros cuerpos, la que delimita una tendencia propia a la disolución. Ficción que toma, en la novela, la forma del arte, escritura, cine, que ofrecen una posible rectificación a ese destino inmediato fatal y trágico para todos.

3. La introducción del mal. La guerra

Finalmente, y para incluir al otro elemento de la fantasía, hago una construcción basada en párrafos sacados del mismo libro. Porque ellos plantean algo esencial que hace referencia a que en la naturaleza humana no todo quiere el bien:

“Los despreciables actos que los seres humanos cometen en perjuicio mutuo no son simples aberraciones sino parte esencial de lo que somos” (58)

“Una vez que la mente es capaz de representarse algo así, se comprende que el terreno que se pisa está abonado con las peores posibilidades de la imaginación. Si puede pensarse, es fácil que ocurra” (98)

Se muestra así una oposición entre neurosis y perversión, la diferencia entre los que fantasean y los que traspasan los límites de la piel, los que la agujerean. Se dice con frecuencia que la neurosis es el negativo de la perversión. Si acaso, August Brill, afortunadamente para él, no pasa de ser un neurótico que sabe que en la ficción se sitúa el límite que no se puede atravesar, que más allá de ella no hay nada, solo lo que hay que velar, lo siniestro. Otros en cambio, de forma perversa, van más allá de la fantasía, de la ficción, de tal manera que, en lugar de velarlo, producen ese siniestro sometiendo las vidas a la guerra, a la destrucción, a la muerte.

Basta mirar para alguno de los mandatarios, de los poderosos que rigen el mundo. ¿No es acaso la guerra el juego perverso de un niño mayor que, yendo más allá del límite que impone su sueño, dejó de soñar para oscurecer, angustiar, agujerear, traspasar, romper, matar así el cuerpo del otro?

La gran desolación americana (9) no deja de ser la desolación de todas las tierras y de todos los hombres.

Una presentación de lo real: Lo siniestro

  1. Lo particular
  2. Lo general
Es el lugar en el que la vida tiene su límite, donde la palabra enmudece. Lo siniestro es una categoría que aparece en múltiples lugares de la novela, y en todos lo hace produciendo la misma consecuencia. Quien sufre su inesperado acceso, por ejemplo, en la inconcebible violencia de unas muertes, queda perplejo, sin habla. Así ocurre en la historia que nos cuenta sobre Jean Luc y su novia descuartizada por los nazis, con todos los ingredientes del más repugnante sadismo, en un campo de concentración, pág 139.

1. Lo particular

Pero, al respecto, parece oportuno detenerse en uno de los vacíos, de los abismos más singulares de la novela, el de Katia, estampido insonoro, casi sin palabras, que detiene la vida. Desde el momento en que su mente es poseída por el recuerdo intruso, ya fuera del tiempo, la espeluznante escena en la que degollan a su novio, ella ocupa el lugar de un ser en la desidia, casi melancólico, a punto de caerse del mundo de las palabras. Yo diría que es el verdadero grito que paraliza todo movimiento vital, mostrando que más allá de las palabras no hay nada, sólo la imposibilidad de vivir.

“No pretendo sugerir que Katya se haya hecho de piedra. Sonríe y a veces hasta emite una risita durante las escenas graciosas de las comedias, y sus conductos lacrimales se han activado con frecuencia ante las escenas emotivas de los dramas” (24)

Casi es una cosa, pero todavía no. Resultan ejemplares y conmovedores esos momentos en que evoca los objetos inanimados de las películas como símbolos receptores callados de un deseo. Ella, situándose en el lugar de esos objetos inmóviles, como símbolo de un trauma espeluznante, muestra también sus afectos, su risa, sus lágrimas, mínimos resquicios de esperanza para ese deseo que nos pueda rescatar de la Cosa:

“No está mal Katya. La cabeza te sigue funcionando…”“Objetos inanimados como medio de expresar emociones humanas” (25)

Si bien los miramos, esos objetos no son propiamente cosas, están investidos con palabras, con deseo (25). Con sus comentarios “sagaces e incisivos” (25), Katya nos muestra una esperanza incierta de salvación. Objetos investidos por el amor en la película El ladrón de bicicletas, esa forma del amor que encuentra un eco en la expresión profundamente poética de la escritura lacaniana: “Amor es dar lo que no se tiene” (25); y en la película La india, también ahí vemos al objeto, no como cosa, sino como un signo de amor. Por su parte, en La gran ilusión, los platos adquieren vida mostrándose como la señal de una ausencia.

Así también, Katya, como objeto inmóvil, se muestra, no como cosa, sino, propiamente, como señal inequívoca de una ausencia, de una falta de palabras, de una castración que es preciso suturar, de la que es preciso realizar un duelo. Es lo que, costosamente, trata de realizar con la acogida amorosa que le brinda su abuelo.

“Nosotros lo vimos. Presenciamos su asesinato, y a menos que borre ese vídeo con otras imágenes, no podré ver otra cosa en la vida. No logro quitármelo de la cabeza.

- Nunca podrás librarte de ello. Tienes que asumirlo. Acéptalo y trata de empezar a vivir de nuevo”

2. Lo general

Pero la categoría de lo siniestro y la posibilidad de salvación, envuelve todas las vidas, al igual que ocurría con el deseo que escribía en la ficción de Owen Brick. Así lo hacen ver diferentes párrafos de la novela.

“En uno u otro momento, toda familia vive acontecimientos extraordinarios: crímenes horrendos, inundaciones y terremotos, accidentes extraños, milagrosos golpes de suerte…baúles llenos de hechos ocultos que dejarían boquiabierto a cualquiera en caso de que se levantara la tapa” (143)

La propuesta que se asienta como remedio para sacudir la pérdida y el hondo vacío que deja en las vidas, es el duelo, siempre de carácter simbólico. Es una de las enseñanzas que parece brindar la lectura de Un hombre en la oscuridad. La falta de palabras es un desgarro que nos afecta a todos, todos tenemos nuestro abismo particular. Pero la palabra también nos ofrece una esperanza de salvación, es preciso situarse en un lugar de encuentro con ella para poder rodear y velar el trauma de lo siniestro. De él hay que tomar distancia para poder seguir adelante:

“… me he contado una historia a mí mismo. Es lo que hago cuando no puedo dormir” (192)

Podríamos decir con August Brill, cuando el horror de la castración, la angustia que produce, no nos permite vivir.

Conclusión

Un hombre en la oscuridad puede tomarse como el escenario en el que se nos presenta directamente lo real traumático y el tratamiento del vacío que ese real produce, tratamiento que sólo puede llevarse a cabo con la mediación de diferentes funciones simbólicas. Es, por dura que parezca, la acción de cualquier sujeto ante la monotonía diaria de cualquier vida, ficción y realidad, luz y oscuridad, día y noche, silencio de estrellas y rugir de tempestades. Un sujeto que, siendo escrito por el deseo de diferentes alteridades, ha de soportar el peso de un acento relevante, el de una carencia primordial, la falta de palabras que den un sentido al principio imposible de simbolizar, y al final que sobreviene repentino, caprichoso, en cualquier lugar. Todos, en definitiva, hemos de tratar de encontrar la posibilidad de realizar el duelo que nos corresponda, ese que nos podría salvar de una caída inmediata.

Miguel Ángel Alonso



jueves, 20 de noviembre de 2008

Del Blog DigoPsicoanálisis.com, con el permiso de la autora, reproducimos el artículo de Carmen González Táboas


INESPERADA ALEGRÍA

Escribía sobre el más antiguo e insoluble obstáculo que se conoce entre los seres que hablan: la presencia de lo incalculable que hace temblar la proposición universal.

Algo así les sucede a ciertos hombres frente a las mujeres; nadie las entiende; son todas locas. Lo cual tiene su verdad. Porque cruzarse con supuestas-mujeres del estándar no es lo mismo que tropezar con una; ese es otro cantar. Esa una mujer se le vuelve peligrosa, porque justo eso particular y misterioso podría atraerlo como un imán.

Mientras en esos pensamientos estaba, recibí un correo de Andy, inestimable lector y librero, con el link del reportaje a una escritora argentina…[1] “La intemperie (Ed. Interzona), de Gabriela Massuh, es lo mejor que leí últimamente”.

Abro el link; con las respuestas, me vuelve el rostro de la foto puesta arriba. Leo a los saltos. Esta mujer escribe en los bordes del día laborable; sabe lo que yo sé: cómo la escritura empuja, se derrama por huecos y noches, devora feriados y fines de semana…

Ella, doctorada en Letras con Borges, ahora elige a Puig. Mezcla ensayo con biografía. Para ella es mejor “tener cerca lo que a uno le resulta entrañable” (y escribe sobre sus abuelos inmigrantes). Le interesan los artistas que unen a la práctica del arte el estudio de los condicionamientos económicos. Pone en sus personajes jóvenes “terror al énfasis, al patetismo”. Sabe que “en la Cultura”, si no se dan “buenas noticias” se verán las notas rechazadas, los textos silenciados y los autores tachados.[2]

Ahora bien, ¿qué me hace pensar que ella es una mujer?

Me resuena en palabras de esta autora que quiero retener. Su escritura, dice, no es ensayo o vericueto al estilo de Aira, ni el encierro narrativo de Piglia, “sino el goce, el rescate del placer de la literatura”. “Cuando una poesía te busca, es porque te fue a buscar, te agarró como una glicina te puede agarrar un verano”, inesperadamente. Gabriela Massuh busca lo abierto de la escritura, y, lejos del vericueto, o el encierro narrativos, deja a la historia escribirse sola, la página en blanco no le genera pavor. [3]

Para el psicoanálisis la partición “hombre o mujer” se funda en lógica. Los seres hablantes –más allá de la anatomía e incluso más allá de las declaraciones y las prácticas sexuales— hablando discursean su manera de andar por la vida.

”Mientras eso dicen ¿de qué en verdad gozan?” ¿De qué lado gozan?[4] ¿Del lado del goce fálico, lado hombre? ¿O del lado del-no-todo-goce-fálico, lado mujer?[5]

El lado goce fálico goza del universal; conduce una lógica dura, plana, cerrada, de verdades probadas e inapelables; lógica masculina en la que se anotan muchas mujeres. Por ejemplo, las madres que se afirman en un saber-todo-del-hijo/a…” por ser madres”.

El lado goce femenino dice de un goce no-todo-ahí; escapa, se escabulle por los intersticios. Sueña, cree, lee en lo opaco en una intuición, un pálpito, un temblor. Sí, tal vez esto de desamarra en pura locura. Pero puede estar bien anudado en una discursividad que ciñe amor y odio, que permite el acceso al poema, a un saber de las orillas, a la abertura donde la angustia o la alegría “pueden agarrarte como una glicina un verano”.

El goce femenino no es exclusivo de las mujeres. Por eso Lacan se ponía de este lado, y leía a los místicos. Hay hombres que están tan bien del lado del no-todo como las mujeres pueden estarlo, “y no por ello deja de irles bien”, acota Lacan. (¿De qué lado está la señora Palin, llena de hijos y de rifles? ¿De qué lado la seductora comehombres?) Como se ve, identificarse a los semblantes de un sexo no es el todo del asunto.


Carmen González Táboas: www.digopsicoanalisis.com


[1] Ver en: www.evaristocultural.com.ar/massuh.htm

[2] También es expulsado el psicoanálisis que “no es un sueño”. Recuerdo un recuadrito mentiroso en el diario PERFIL, supuesta minireseña de mi libro QUERIDA MARÍA, Cuando el psicoanálisis no es un sueño

[3] G.Massuh cita a Mallarmé. Lacan habla de la fantasía inconsciente del “angustiado de la página blanca”.

[4] Sobre el goce puede verse lo que escribí en mi post nº10

[5] La referencia se encuentra en Lacan, Jacques, Seminario 20, Aún, Barcelona, Paidós, 1981, cap.VII, p.95

miércoles, 19 de noviembre de 2008

20 de Noviembre de 2008. Primeras jornadas Cultura, Medicina y psicoanálisis. Amor a la literatura. Organizadas por el Círculo Psicoanalítico de León.

Centro Cultural Caja España. Santa

Amor a la Literatura es el título de una jornada novedosa, organizada por el Círculo Psicoanalítico de León en colaboración con Caja España, pensada para relanzar los vínculos del Psicoanálisis con el espacio cultural y literario de nuestra ciudad. Para ello interrogaremos en un espacio abierto el affaire del escritor, el poder de la palabra y su relación con el alivio del malestar humano a través de su eco poético. También abordaremos ese aguijón que nutre el anhelo de escribir, así como, su interrogación y su silencio. Pero en unas Jornadas sobre Cultura, Medicina y Psicoanálisis, cómo no abordar los hechizos, amores y odios entre el escritor y sus personajes. En este sentido, los personajes que el autor recrea a través de su letra, ¿viven a partir de él o, más bien, el autor vive la vida a través de ellos? Finalmente, en un mundo plagado de objetos técnicos para el consumo había que plantear una pregunta: ¿Es la Literatura un objeto de consumo más tendente a adormecer que a despertar? ¿Hacia dónde camina? Con esta Jornada de puertas abiertas esperamos que nuestra ciudad pueda interrogarse, como todos nosotros, acerca de esa pasión que nos anima a leer y a escribir. Porque, en verdad, la letra y la palabra funcionan en nuestra vida como un elixir que permite atemperar el dolor y el sufrimiento de la condición humana.


Luis-Salvador López Herrero

Presidente del Círculo Psicoanalítico de León


I Jornadas

Cultura, Medicina y Psicoanálisis

Amor a la Literatura


Centro Cultural Caja España.


20 de noviembre de 2008. León.


Sesión de mañana


10:00 - 10:15 h. Presentación.


10:15 - 11:30 h. Conferencia inaugural.


Presenta: Cristina Peñalosa. Escritora.

Interviene: José María Merino. Escritor.

• El arte de escribir: ¿invención u oficio técnico?


12:00 - 13:30 h. Síntoma, Letras y Palabras.


Moderador: Sergio Larriera. Médico, psicoanalista y escritor.

Miembro de la ELP y AMP.

• El poder de la palabra.

Antonio Colinas. Poeta.

• La escritura o la pasión por lo imposible.

Luis-Salvador López Herrero. Médico y psicoanalista.

Miembro de la ELP y AMP. Presidente Círculo Psicoanalítico de León.

• La curación y la escritura.

Hipólito G. Navarro. Escritor.

• Palabra y poesía en la cura.

Jorge Alemán. Poeta y psicoanalista.

Miembro de la ELP y AMP.


Sesión de tarde


16:45 - 18:15 h. El escritor y sus personajes


Moderador: Luis Artigue. Poeta y escritor.

• ¿Hablamos de la inspiración?

Antonio Martínez Llamas. Médico y escritor.

• “Lo que sabe el poeta. Reflexiones sobre

‘On Chesil Beach’, de Ian McEwan”.

Gustavo Dessal. Psicoanalista y escritor.

Miembro de la ELP y AMP.

• El yo disgregado.

Eloísa Otero. Escritora.

• Devenir, devenir.

Silvia Zayas. Escritora.


18:30 - 19:30 h. Conferencia de clausura


Presenta: Alfonso García. Escritor.

Interviene: Luis Mateo Díez. Escritor.

• ¿Hacia dónde camina la Literatura?