miércoles, 21 de enero de 2009

No hay un solo camino. Por Fermín Higuera



No hay un solo camino ni un solo libro sagrado. Hay hojas que buscan espacios en cada cuerpo, encarnarse en la determinación indivisible de los volúmenes, hay páginas que persiguen los árboles que abovedan el camino, marcar en el vacío la verticalidad de sus troncos. Poco importa que hayan sido cimentados con las esquirlas de Ulises, los hilvanes y bordados de Penélope, el carro de fuego de Elías o las úlceras de Job.

Yo hablo de un camino que se encuentra en Tenerife y que comunica la ciudad de La Laguna con el barrio de Las Canteras, en dirección al Monte de las Mercedes y también a Bajamar. Pero en mi libro, este camino es el paseo de una niña que recogía la moneda de plata que su padre le tiraba para que, al tropezársela, pudiera soñar con tesoros. Él le arrojaba una y otra vez la misma moneda sin que Asunción lo descubriera. Guiada por el destello, cuando no por el tintineo del metal, repetidamente, recogía del suelo de hojarasca y tierra las mismas cinco pesetas centelleantes creyendo que eran nuevas y distintas. Este camino es para mí un paseo colmado de exclamaciones, crótalos y cascabeles:

Papa otra!
Y otra!
Qué bien otro duro!
Y aquí hay otro!

El río de los pasos fluía bajo la bóveda de eucaliptos, la niña se agachaba sin recato y con resplandor inocente delante de su padre. Escribían a dúo una melodía sujeta a las entonaciones de plata de la vocecita de Asunción y el trueno dulce de Don Juan. La alegría sabia de él conducía las pisadas, disparaba la flecha de los pasitos de la niñita hacia el brillo del metal. El camino era una oquedad de luz, el túnel auroral de una hija y su padre

Yo ya no vivo en nuestra isla y es, para mí, un camino remoto la carretera que va de La Laguna a Las Canteras, pero hace unas semanas pasé por allí con mi amiga Pilar y, cuando entré por el umbral de los primeros árboles, me asaltó la voz de una mujer relatándome aquel capítulo de su niñez y el sonido de una moneda contra las piedras. Mientras atravesábamos, mi amiga y yo, la vía, bajo los grandes eucaliptos, constaté que pervivía en mí el camino de la niña que fue una mujer que ya muriera, conviviendo con el albedrío de los surcos confluyentes.

No hay una sola senda ni unas únicas escrituras sagradas, pero el que quiera conocer a esa niña, u oír de nueva a esa mujer contando su niñez, que venga a mí y entre sin llamar en mi pecho.

Madre nuestra
Madre nuestra que llenas
Los lugares por donde pasó tu palabra
Da ungüento a los árboles de la nostalgia


Fermín Higuera

Liter-a-tulia. ¿Por qué este título?

Cuando pensábamos qué título poner a este espacio me encontré con la sorpresa de no tener que buscarlo, no fue necesario; sucedió algo más próximo a una sensación de "ser hablado"; nuevamente el timón que gobierna la nave le es arrebatado al sujeto y con ello, la adjudicación de la autoría del título queda en el aire.

A la vista del resultado, podemos interpretar una intención de fundir ambas palabras creando algo al estilo de un neologismo; la literatura y la tertulia que vamos a realizar en relación a ella. En medio se ha quedado el "a", elemento central en la teoría psicoanalítica -y en el título-, que intencionadamente al escribirlo he querido marcar como lugar de vacío o de falta, también motor para nuestro proyecto. Un proyecto que finalmente ve la luz gracias al deseo que lo impulsa; esto es lo que nos alienta, un aún, un todavía. Indudablemente el marco de referencia del psicoanálisis, del que provengo, justifica la inclusión de ese elemento, y además acompaña la intención más o menos evidente en esta tertulia; sabida la importancia de la literatura en la historia del psicoanálisis, qué puede aportar este a la lectura de una obra literaria.Estoy seguro que el resultado de esta fusión dejará un saldo pleno de interés. Al menos habrá renovado el impulso que acerca al psicoanalista a la literatura.

Alberto Estévez

LITER-a-TULIA

Liter-a-tulia quiere constituirse como un espacio abierto a todos los que os sentís atraídos por lo literario, por la ficción, y concernidos por la verdad y la sabiduría que su palabra porta. Sabemos con certeza que, en un mundo que pretende por encima de todo la objetividad, suena extraña la apacible convivencia de ciertas palabras que tradicionalmente se hacen compañía, la vida como sueño, la verdad como ficción, la incertidumbre como sabiduría. Pero nosotros creemos en la literatura y en el psicoanálisis como reverso de la prosaica vida que, obstinadamente, nos propone el mundo actual, reverso del anhelo y de la avidez por los objetos, reverso de la certeza de los números exactos, reverso del obsesivo encuentro con el sentido, porque sabemos que la cosa está irremediablemente vacía, la exactitud no consuela nuestra incertidumbre, y el sentido irremediablemente se nos fuga.

La iconoclasta ilustración actual rechaza escuchar lo que la palabra del sujeto tiene que decir, sus pasiones, su sufrimiento, su goce, su deseo. En su afán por hacer de la experiencia humana algo totalmente transparente y homogéneo, la reducen a la falacia de lo orgánico, de manera tal que, nuestro extraordinario decir, quien lo diría, no supone para ella ninguna esencia, ni singular, ni particular, con respecto al código comunicativo/genético de los animales. Falacia que, aunque burda, echa raíces. Intentan atrapar al hombre, reducir su palabra verdadera, la de la ficción, la de los sueños, la de la paradoja, la del equívoco, la de la metáfora, la de la metonimia, la de la incertidumbre, la del divertimento, a la reclusión del más abyecto silencio. No está de más, pues, que reivindiquemos lo tautológico: ¡¡somos seres que hablamos!! Y ello no se puede ignorar sin pagar un precio muy alto. Dan fe de ello, en la actualidad, los manuales de autoayuda de las pseudociencias, no dan abasto en su cascada delirante.

De los Seminarios de Jacques Lacan extraemos la siguiente cita:

“No hay ningún verdadero sujeto que se sostenga, salvo el que habla en nombre de la palabra”

Nuestra pretensión es continuar transitando esta senda. Habla la tradición, escuchamos la palabra en sus múltiples voces y nombres, en la voz asintótica de Dios, en la enigmática de Diotima que habla a Sócrates, en el Oráculo de Delfos consultado por Edipo, en la voz que musita la musa, en los ineludibles sueños, en la invocación áfona del inconsciente, etc. Es preciso dejarse colonizar por ella, permitir que nos transite. Escríbase en nosotros la ficción, que nos lleve por su inigualable aventura, caminemos con ella La Mancha incierta del ser. Esa es nuestra fortuna, nuestra verdad, nuestra libertad. Esa es nuestra elección.

Literatura y psicoanálisis saben que las pasiones del sujeto no son susceptibles de ser reducidas al pensa-miento, al oculta-miento, a la medida, ni a un saber total, por tanto, no pueden ser asimiladas a ningún saber que se pretenda objetivo. Proponemos Liter-a-tulia para leer, sin ningún temor, la incertidumbre. Es responsabilidad de cada uno inventar su libertad, y una forma privilegiada para conseguirlo es acudir al lugar en donde se puedan encontrar claves de nuestro devenir. La literatura es el texto imprescindible en el que todos estamos escritos y nombrados, cada uno con el nombre que le otorgaron al nacer. La ficción es vida, y la vida es ficción, y nosotros somos personajes de un drama infinito, que en la vasta Literatura, si bien se mira, no cesa de no escribirse.

Nuestro deseo es la aventura, ir al posible encuentro con la fortuna que supondría inventar nuevos espacios, palabras nuevas para el cotidiano devenir. Abramos la obra literaria, ella habla transitando una comunidad, corpus indisoluble establecido alrededor de la puesta en juego de una parcialidad del ser del sujeto: el texto. Palabras que transitan al autor, privilegiado amanuense quizá, y prosiguen su digresión por el activo lector, que las hace clásicas. Y en ese trayecto estamos a la espera de que, tarde o temprano, tengamos la fortuna de escuchar un eco lejano, de leer una escritura difusa en la que, sin embargo, ese texto toque el ser del sujeto y conmueva certidumbres.

Escuchemos a Borges: “Está bien que cada texto sea un Proteo, que pueda tomar diversas formas, ya que la lectura puede ser un acto creador, no menos que la escritura... un libro es una cosa entre las cosas, una cosa muerta, hasta que alguien lo abre. Y entonces puede ocurrir el hecho estético, es decir, aquello que está muerto resucita –y resucita bajo una forma que no es necesariamente la que tuvo cuando el tema se presentó al autor—, toma una forma distinta, bueno, esas preciosas variaciones de que usted hablaba recién”.

Proponemos liberarnos de los pasos quietos que nos proponen los prosaicos de la objetividad. Con la obra literaria no estamos ante signos ni significados unívocos. Eso sería poco cauce para un infinito caudal de resonancias. Si estuviesen unidas a protagonistas definidos, a paisajes concretos, a pasiones intransferibles, en definitiva, a palabras que cargan cosas, serían textos pesados, muertos, inmóviles, además de, obviamente, falsos. Es otra palabra la que nos concierne. Si la literatura perdura es porque trasciende acotaciones rígidas, porque los seres humanos, en su infinita variedad, nos reconocemos en ella, y acudimos en su auxilio para saber acerca de nuestro ineludible enigma.

Creemos que se puede sentir con claridad, no estamos ante una estética, ni ante una simple erudición, ni ante un divertimento sin más, sino en el centro de un compromiso. Como decía Ernesto Sábato:

“… la literatura no es un pasatiempo ni una evasión, sino una forma –quizá la más completa y profunda— de examinar la condición humana”.

Si la literatura es la memoria y el escenario excelso del sujeto, el psicoanálisis es, no sólo su sustento conceptual, sino el espacio vital en el que la ficción se hace cuerpo, porque su protagonista, el sujeto que habla su sufrimiento, es literato en la ficción del sueño que en él se elabora, novela y poesía en la sesión analítica, y representante de un drama en el escenario enigmático de la vida.

Todo indica que hablaremos en el seno de una buena e ineludible alianza, la de la literatura y el psicoanálisis. Te esperamos para escribir el texto de un lugar común de palabra verdadera: Liter- a- tulia.

Miguel Ángel Alonso

miércoles, 14 de enero de 2009

Liliana Heer escribe el siguiente artículo en memoria y homenaje a Jorge Menéndez.


La espina infinitesimal

Silvia Hopenhayn y Jorge Menéndez

El “hay” del entre dos

Liliana Heer


La pena va con la vida
como el arte contra la naturaleza
Vladimir Holan



En Nous est un autre, Michel Lafon & Benoît Peeters -sin duda evocando el verso de Rimbaud: Je est un autre, con la potencia de verdad que el hallazgo sintáctico ofrece- abordan el tabú que rodea a la escritura en colaboración. Denuncian el mito que encierra la idea de obra como paradigma de una sola persona y el riesgo que implica la tendencia a condensar a lo largo del tiempo la autoría en un único escritor. Esgrimen las diferentes variables que supone la decisión de crear con otro, desde alianzas de unión absoluta a configuraciones puntuales y asociaciones clandestinas. Analizan así prácticas, misterios, métodos de trabajo de algunas parejas de autores famosas: Borges y Bioy Casares, los hermanos Goncourt, Marx y Engels, Flaubert y Du Camp, Willy y Colette, Deleuze y Guattari entre otros. Más que un estudio de los textos, los autores se detienen en los modos, las estrategias del escribir juntos, óptica que me gustaría incursionar después de referirme a La espina infinitesimal.


Silvia Hopenhayn y Jorge Menéndez alcanzan en esta novela una escritura simultánea, imbricada rigurosamente al extremo de la fusión fluida. Encienden el fuego de las palabras, intrigante combustible que rescata la historia de un hombre, los escollos de su embate con la demanda, los indelebles escalones de la diferencia social, sexual, cuando el angular es lupa y el sonido alta voz.


Plot


La primera frase de "La segunda mirada", capítulo inicial de esta novela, conjuga la topografía del encuentro inesperado: contingencia que no cesará de eludir la inscripción.


"Una bala luminosa atravesó la oscuridad y el joven soldado cayó

sobre la nieve espesa... El futuro se había cortado. Y una mujer

lloraría hasta secarse por el primier amor que perdió en la guerra"


Condicional condicionante del porvenir.

Eros herido expande sus tentáculos, dibuja una caricatura de la nada.

El concierto de instrumentos equívocos se deja oír en las fronteras del alma.


Esa mujer que lloraría, vuelve a llorar una segunda muerte.

Ana cose el bolsillo del saco de un obrero y en la costura enhebra el vacío.

El obrero va a la guerra, vuelve, vuelve a partir. Nace un niño que muere. El segundo hijo, Antonio, protagonista de la novela, heredero de una segunda falta, lleva el nombre de su hermano muerto.


“Experimentar es hacerse preguntas y pensar de manera disonante” escribe Marcel Detienne.


¿Habrá fórmulas para saber si se está vivo?


"Yo era el verdugo matando todo vestigio de ellos en mí... se

deslizaba la orden deshacé tu herencia de mierda... "


Obedecer, plegarse al ideal de perfección, formar parte de promesas ajenas, convertir la lucha de clases en meta familiar revertida: Si el hijo supera a los padres entonces los padres estarán redimidos, es decir, abolidos. Cruento desenlace inmigratorio del deber cumplido y sus innumerables adherencias, restos que me recuerdan el shock, “la caída” narrada por Oscar Massotta ante el féretro de su padre.


Origen, resonancia, duplicación


El tiempo prematuro de lo demasiado tarde se impone.

Reinan los grandes huesos conteniendo escasa espina. Las máculas no viajan solamente por el espacio, también se expanden en el tiempo.

Antiguos resentimientos, alertas, la ausencia como presentación del mundo, ser de vuelto, suspendido, congelado. Extraños derechos de sangre, extrañas vergüenzas.

¿Cómo negociar la paradoja? ¿Será factible diluir el carozo de una traición?

Supuestas virtudes heredadas, escondidas, pudorosamente desplazadas. Supuestos defectos en su repetición temidos, evitados, virulentos. No hay censura que alcance, asoman, asomarán. Del santuario de los ancestros es difícil prescindir, la lección sangrienta acecha, brota del cuerpo, seduce con agudeza vampira. Combatir la muerte, saciar la insaciable hambre de comer paseando por los jardines del pensamiento, perforar el telón de fondo.


El sentido negado


Hay una negación del sentido -según Jean Luc Nancy- que está tan cargada de sentido como el sentido más pleno, una negación que confina con la verdad en cuanto puro abismo de sentido: Muerte expositiva más que exposición a la muerte. “El olor de la distancia”. Lo que no fue dado enlaza el origen de lo irreversible. Antonio se debate acerca del sentido de lo viviente, su tendencia es perseverar en la duda de no haber sido deseado:


"¿Mi madre quiso tenermo o vine al mundo por su empeño de recuperar a un muerto?"


Antonio busca su unidad fuera de la mirada de la madre, busca su propia visión, los tonos, el cómo, y en esa búsqueda gana distancia paso a paso. Diversifica los medios para encontrarse, ensaya, despeja variables, agudiza la vigilancia. Por momentos se sacrifica, se apropia de sí mismo en una pura negatividad: Antonio por Antonio deviene mimesis subjetiva. Bataille habla del sacrificio como de una actividad libre, una suerte de mimetismo a ritmo del universo.

Liberado del afuera, la mirada permanece fija, el sistema panóptico dolorosamente construido tiene el poder de controlar sutilmente hasta las partículas más elementales, proyectando en la pantalla del sueño una secuencia giratoria, cambiante, extraña y propia.


De A a E


Elvira es secretaria bilingüe, milita en un partido de izquierda, vive sola, parece libre. Una esperanza de romper la carcasa de Antonio, un trofeo: tan blanca, tan suave, tan fina que casi no la merecería. Júbilo y desconfianza conviven. El júbilo desaparece, la rivalidad se instala, sorpresa contra reserva, espontaneidad contra procrastinación.

Del encanto al desencanto una membrana indeleble tiñe a la novel pareja de recién casados. El fuera de lugar anida en Antonio, la potencia de fuga crece,

los tironeos entre su origen y el de Elvira van desabriendo la vida cotidiana en la doble acepción de cerrar y quitar sabor. Como si aquella frase de Proust “Nuestro más exclusivo amor por una persona es siempre nuestro amor por otra cosa” estuviera lejos de ser concebida por el protagonista.

Antonio se ha hecho dueño de su facultad de padecer, coleccionista de “privaciones y fugas” rondando en la insatisfacción perpetua. Como un Virgilio nos guía con lucidez y desesperación por los círculos de la extrañeza, recorre pliegues, púas, aguijones, muros:


“Mis conjeturas pueden derivar en un sinfín de hipótesis paranoides que me hunden más de lo que me previenen y me llevan a suponer una espina infinitesimal”.


Duplicada la inicial


Un encuentro imprevisto, Emilia, compañera del secundario a quien no veía desde hace años, abre la dimensión del futuro anterior: tiempo verbal de la anticipación simbólica. Una permanencia conjugada sin premeditar. El acto de enunciación de este personaje penetra los anestesiados oídos de Antonio. Algo le está dedicado, algo de ese decir espontáneo -borboteante, generoso testimonio de una travesía femenina- tiene la virtud de volatilizar su pesadumbre. Ni el tiempo fuera del tiempo ni el presentido orden tradicional.


“En el diálogo se iba estableciendo una doble helicoidal que reproducía el sentido de la historia de Emilia en la vida de Antonio”.


Regalo


Algunas veces, donar responde al centro del equilibrio del contraste. Regalar palabras tiene la fuerza de un desafío: Soy tu Señor y también Satanás. Dos puntos ígneos deslizándose en cascada, pureza de los descifradores. Ciertas combinatorias volverán una y otra vez a lo que Goethe llamaba justicia poética. El narrador plural de La espina… conduce al protagonista hacia una encrucijada: ¿qué regalar?

De entre todos los regalos posibles, Antonio elige un libro: Cuentos reales. Entonces, mientras leemos comenzamos a percibir los vértices constituidos en el arrebato de un gesto sin engañosa ilusión de esperanza. ¿Qué quiero decir? La espina infinitesimal es un regalo para siempre. El arte del lector estará en abordar la filología de lo intraducible.


Silvia Hopenhayn es periodista literaria. Fue editora del suplemento semanal El Cronista Cultural. Tradujo textos inéditos de Cocteau, Supervielle, Nerval, entre otros. Fue corresponsal de Televisión Española para el programa Los Libros. Ideó y condujo el programa de televisión El Fantasma, donde reunía autores y lectores en la Biblioteca Nacional, seguido de La crítica, La lengua suelta y La página en blanco. Realizó un documental sobre Manuel Puig (Puig: paisaje de voces) para ATC y el ciclo Escritores argentinos en el Cable.

Participó como comentarista cultural en Radio América y en Rock & Pop. Fue Jurado del Premio Alfaguara de España 2005. Actualmente es responsable de la sección "La palabra escrita" del programa Primeras luces, en Radio Nacional, publica la columna literaria "Libros en agenda" en el diario La Nación, coordina el ciclo La ficción y sus hacedores en la Casa de la Cultura y es guionista del ciclo televisivo Glorias de la literatura latinoamericana organizado por la Universidad de Princeton y Tranquilo Producciones. Publicó Cuentos reales (Emecé, 2004) y La Espina Infinitesimal (Emecé 2006), ambos en coautoría con Jorge Menéndez.


Jorge Menéndez, psicoanalista. Fue coordinador general del Seminario Freudiano durante dieciocho años. En sus clases de epistemología psicoanalítica introdujo los primeros textos de Jacques Alain-Miller, Alain Badiou y Frege a partir de 1976. Condujo grupos de estudio sobre adopción. Durante diez años intervino en la supervisión de pacientes estériles e ideó un método de intervención clínica en su aplicación de la "inseminación significante". En Ágora dirigió el seminario sobre "Lo real del síntoma" y, en la Sociedad Psicoanalítica Argentina, supervisó con André Green un complejo caso referido a la psicosis. Elaboró en sus escritos las nociones de "estructura descentrada" y "libido informe", ambos conceptos volcados en la ficción que sustentan los Cuentos reales (Emecé 2004) en coautoría con Silvia Hopenhayn. También, en coautoría con Silvia Hopenhayn, publicó la novela La Espina Infinitesimal (Emecé 2006).


Liliana Heer


sábado, 10 de enero de 2009

Apertura de la cuarta reunión de Liter-a-tulia a cargo de Alberto Estévez; El viaje del elefante de José Saramago


Buenas y blancas tardes a todos. Nos reunimos hoy con el año recién estrenado en una cita que no estaba prevista pero que propusisteis algunos de vosotros, y aquí estamos, con El viaje del elefante, la última obra del hace 10 años Nóbel de Literatura, José Saramago. Última obra y probablemente último libro del autor, según sus propias palabras, que ya cumplió 86 años. Aunque respecto de este particular no hay nada seguro, ya que enfermo de una importante afección respiratoria, sólo llevaba escritas 40 páginas de esta obra cuando se presentó la enfermedad, así que las doscientas y pico restantes las escribió posteriormente, terminar la novela fue para él una gran victoria ya que estuvo entre esto y aquello, y en algún momento más próximo de aquello que de esto.
Sin embargo, la hospitalización no ha dado un carácter tétrico a la novela, todo lo contrario, está llena de humor, de fina ironía saramaguiana que desmitifica sin cesar, a veces sin cesar de reír, nobleza, militares e iglesia, que acaban bastante mal parados en este, más que novela, cuento muy largo.
Para empezar, es el retrete el escenario elegido, si se me permite decirlo así, para que Don Juan III, rey de Portugal, muestre sus dudas a su reina, Doña Catalina de Austria, acerca de la dignidad del regalo ofrecido por su reciente boda al archiduque de Austria, el primo Maximiliano.
Una mujer puede gozar provocando las dudas de un hombre, pero aquellas dudas que no son causadas por ella, habitualmente suelen generar inquietud en la mujer, inquietud que Doña Catalina interrumpe de súbito, eufórica y excitadísima: regalarán a Salomón, el elefante indio que hace ya 2 años la corte de Portugal tiene que mantener. En la misma persona de la reina se hace casi simultáneo deshacerse literalmente de una bestia que no tiene oficio ni beneficio y llorarlo por su marcha, pero es que en el fuero interno es donde se dilucidan las contradicciones del ser, las cuales irán en aumento.
Así se inicia el viaje, en cuanto el primo Maximiliano, archiduque autoritario que a parte de ser yerno de Carlos V no se ve que posea ningún otro mérito, ni tampoco su ingenua esposa, tiene a bien aceptar el regalo ofrecido por la bisoña corte de Portugal.
Los militares, algún que otro escalón por debajo de los nobles, también se llevan su ración de ironía del autor, y asistimos a situaciones que provocan la carcajada la mayoría de las veces centradas en la persona del comandante del pelotón portugués, al que casi nada más presentarlo se nos advierte de su ya probada agilidad de espíritu. Alguien que en el pasado estuvo algunos años en el seminario resultado de una crisis mística que acabaría curándose por sí misma. Capaz de proferir frases del estilo “con austriacos nunca se sabe” aunque estos fueran los primeros que iba a cruzarse en su vida, o en el colmo del ridículo, una vez entregado el elefante al archiduque, en su discurso de despedida en la ciudad de Valladolid, con tono solemne arengue a sus soldados: Viena está lejos, Lisboa más lejos aún.
Podría pensarse pues que Saramago en esta desmitificación de las instituciones nos invita a pensar en ellas como prescindibles, frente a la inercia de los tiempos que las considera algo sin lo que no podemos vivir. No discutas con quien manda, Subhro, aprende a vivir. Y es justo en este sentido en el que lanza sus más duros ataques cuando se refiere constantemente a la iglesia católica y sus absurdos milagros preparados, para poder hacer frente y contraatacar la ola invasora luterana que recorre Europa. Rescato una frase entre muchas otras porque me parece de una contundencia y claridad notables: la moral no siempre es lo que parece y puede ser tanto más efectiva cuanto más contraria a sí misma se manifieste.
Ahora bien, tenemos al elefante, verdaderamente otro ser, gobernado por reglas que no se inscriben en ningún código moral conocido, nada que ver con este mundo. Y ciertamente Salomón parece ajeno a lo largo del relato a la complicación humana que acontece a su alrededor, más ocupado de inventar su propia cuenta, porque aunque no nació para cruzar las densas nieves alpinas, no le ha quedado otro remedio. Conste que Saramago lo equipara en estos momentos al ser humano; en su cabeza de elefante se encuentra la interrogación que aúna el no querer y el no saber sobre el mundo en que lo pusieron a vivir, que es una interrogación que nos encontramos todos, nosotros y los elefantes. Pero el autor establece una segunda diferencia fundamental; frente al barrito del elefante, nosotros disponemos de las palabras, y cuando Subhro el cornaca es acusado de usarlas a su antojo, él responde con gran sabiduría: no soy yo quien juega con las palabras, son ellas las que juegan conmigo. Es esto lo que convierte al hombre en un extraño animal, este auténtico baño de lenguaje en el que nos vemos inmersos cuando nacemos, es también lo que obtura la posibilidad hipotética de comunicación, es lo que hace que un archiduque, un rey o un emperador sean cornacas sobre un elefante, o lo que lleva al autor a decir que la representación más precisa del alma humana es el laberinto.
Hemos viajado con Saramago, disfrutado enormemente con su narrativa en la que el uso de una palabra en vez de otra, un verbo más certero, un adjetivo menos visible, parece nada y finalmente lo es todo. Un viaje que muchos pensamos tiene resonancias de otro viaje, aquel que estando hospitalizado estuvo a punto de hacer, como decíamos al principio, entre esto y aquello, pero no me gustaría dar la impresión de que el viaje dejó en mí una sensación de pesimismo, todo lo contrario, aunque no sea aconsejable confiar demasiado en la naturaleza humana, nos lo demuestra la dura experiencia de la vida, aunque seamos cada vez más los defectos que tenemos y no nuestras cualidades, las fórmulas para poder hacer un buen viaje están en el libro, si todo el mundo hiciera lo que puede el mundo sería mejor, y en ese sentido, el respeto por los sentimientos ajenos es la mejor condición para una próspera y feliz vida de relaciones y afectos. No debemos olvidar, Saramago por si acaso nos lo recuerda, que si Lázaro resucitó fue porque le hablaron de buenos modos, tan simple como eso.
Alberto Estévez
9 de Enero de 2009

Comentario sobre el libro de José Saramago, El viaje del elefante. Por Mª José Martínez Sánchez.

Comentamos hoy, en la primera tertulia del año 2009 —felicidades para todos—, un libro que es más bien un delicioso relato, que una novela.
En él se cuenta el fabuloso y complicado viaje de un elefante, desde Portugal a Viena. Se trata del elefante regalado por el rey Juan III de Portugal al Archiduque de Austria. Para hacer efectivo este regalo ha de organizarse una complicada expedición.
La época, 1551, en pleno concilio de Trento, cuando la Iglesia Católica ha de enfrentarse a la Reforma Protestante, y luchar contra nuestra corrupción e ignorancia. Pero la historia contada nos hace ver, cómo esto, tan serio, no ha calado en la mente del clero y de los religiosos que por los pueblos de España e Italia se encuentra la famosa comitiva. No olvidemos que es en esta época cuando aparecen en nuestro país los primeros libros sobre la picaresca, como es el Lazarillo de Tormes.
El auténtico motivo de ese regalo tan particular, ni se sabe. Nos dice Saramago, que la ocurrencia fue de la reina de Portugal, esposa del rey Juan antes citado que, en un momento cercano a la intimidad, mantiene con su marido una graciosa conversación sobre un regalo que compense al Archiduque de otro regalo anterior un tanto pobre. La reina piensa que regalarle una custodia es lo mejor, pero en vista de los problemas que esto podría provocar con la Iglesia, acoge en su cabeza la excelente idea de regalarle un elefante. Después de 34 páginas la reina ya no recordará al animal, pero al final de la historia, al saber de su muerte, la veremos llorar desconsoladamente.
En este comienzo, Saramago nos retrata fácilmente a los reyes: La reina, mujer puritana y un tanto sorprendente, y el rey, un hombre tranquilo y displicente que, ante los problemas de su mujer, se encoge de hombros.
El libro tiene una voz neutral, una prosa sin puntos ni comas que separen lo que parece principal de algo que tal vez no lo sea tanto; sin letras grandes, deseosas de destacar, y sin título en los respectivos tramos o capítulos en los que parece disponerse. Y aunque en esto se ve perfectamente la intención del autor, sencillo y buen demócrata, bien pudiéramos imaginar un primer capítulo titulado así: “La importancia de las alcobas en el buen funcionamiento de las administraciones públicas”.
Comienza, pues, Saramago, en el momento en que el rey desarrolla con la reina un divertido diálogo que tendrá como consecuencia una especial confesión. Comienzo algo confuso, desde luego, y divertido, sobre lo de tomar decisiones políticas en la alcoba, “pues bien se sabe que es ahí, y en el fuero interno de cada cual, donde se dilucidan las contradicciones del ser”.
Al ir leyendo, nos encontramos con el autor que nos mira serio y desafiante, desde la solapa del libro, seguro de contarnos una historia real. Ésta le sirve de pretexto para desarrollar algo que cuadra maravillosamente a su persona: reflexión, perspicacia, e inteligencia.
Irónico, filosófico, y lo suficientemente mayor como para saber aunar todas esas cosas, nos lega un libro, fácil de leer, donde la historia se nos da en una deliciosa y aparentemente sencilla secuencia de palabras.
La historia contada es real, primero, por basarse en un hecho histórico —según él mismo explica—, y por haber sido adornada con la suficiente fantasía como para rellenar los huecos dejados por los hechos, sin la cual no hubiera sido creíble. Él mismo nos dice que la realidad nunca es monocromática, pues es igual al blanco de las nieves, “que tiene veinte matices que el ojo humano no puede percibir, pero cuya existencia presiente”.
¿Hay algo más interesante que el presentimiento de la realidad? Se trata de la realidad que está en la memoria de todos, de lo que está en el aire y por el aire se trasmite.
Entramos en el libro con la frase clave en la que se nos asegura que “siempre acabamos llegando a donde nos esperan”, mientras nos ponemos en marcha con la comitiva que lleva ese regalo tan inútil como puede ser, un elefante en Viena. Es el regalo de un rey que siempre necesita las ideas de un Secretario de Estado para decir algo sensato y para organizar el viaje. Viaje con el que se ocupa el tiempo —ceremonial constantemente alterado—. Viaje en que mil cosas fallan y se vuelven a organizar, y donde el cornaca es más importante que el comandante por la necesidad práctica de los hechos.
Y visto el viaje como algo simbólico, podemos aprender, con las mil digresiones a las que Saramago nos tiene acostumbrados: que en la vida no salen las cosas como las habíamos imaginado, sino al revés, ya que “la historia de la Humanidad es una interminable sucesión de ocasiones perdidas”.
Y entre la frase de entrada y esta otra, no sé con cuál quedarme.
Es delicioso ver a Saramago, autor y narrador al mismo tiempo, como metiéndose dentro de la narración, agradece al cornaca no poner mala cara cuando lo transforma y maneja a su gusto “para el buen aliño de la narrativa”. Y cómo juega al escribir desde hoy, una historia de allí, con las palabras que luego serían, que aún no eran, pero que él ya conoce, mientras disfruta anticipando historias como la de Romeo y Julieta.
Irónico y elegante, sagaz, fino humorista, crítico con la Iglesia Católica, pero siempre delicado, nos regala sus ideas acerca de las instituciones y de los milagros, tan hábilmente, que pasamos sobre ello como en un paseo militar.
El cornaca, que sobre el elefante se siente como un emperador, nos explica como el induismo es una religión muy complicada, donde las palabras han de ser, a su vez, explicadas con palabras, y donde también hay una trinidad de dioses que se reparten las tareas de creación y destrucción. Y el comandante advierte al muchacho que la Inquisición escucha y que han de ser prudentes, pues tal vez esas similitudes que pudieran verse con nuestro cristianismo, sean causa, muy justificada, por supuesto, de morir en la hoguera.
Somos, pues, “cocreadores”, por tener con nosotros la palabra que nos complica enormemente este mundo, creado por ella , donde todo puede suceder.
Vemos que el autor nos dice cosas muy serias en medio del buen humor, mientras avanza la comitiva. Y todo gira alrededor del animal, tranquilo y bueno, que no se cree importante, precisamente, porque no es un hombre.
Luego aparecen los conflictos diplomáticos basados en las reticencias habidas entre españoles y portugueses: ¡enemigo a la vista!, se oye. Palabras guerreras que de pronunciarlas encenderían a la gente de ambos bandos.
Y, consecuentemente, la defensa de la ignorancia que nos pueda librar a todos de un falso saber.
A medida que caminamos aparecen anécdotas: la del cura que se va a ganar una patada por querer bendecir al elefante con agua que no está bendita. El cornaca que organiza su negocio, etc. Todo de acuerdo con la época y el tono divertido de la obra, incluyendo el cambio de nombre del animal y del cornaca, Fritz, inigualable tópico, indispensable cambio para cada país, en donde las cosas cambian aunque sigan siendo las mismas.
Poco a poco llegamos al milagro de Padua, donde Saramago, reivindicando a su S. Antonio, exhibe su anticlericalismo más jocoso. El hecho es el siguiente: Se necesita un milagro para que la noticia “ayude a reducir los efectos de la predicación protestante ...”. El cornaca advierte al cura de la dificultad de convencer al animal para arrodillarse y luego no acostarse, porque como se nos dijo en otra ocasión, en la cabeza de un elefante el no querer y el no saber, se confunden en una gran interrogación sobre el mundo en que lo pusieron a vivir. Y también sabemos que, en un elefante hay dos elefantes, uno que aprende y otro que persiste en ignorarlo todo, pues goza de algo aprendido, a la vez que tiene un defecto dominante. Igual que el ser humano.
Parece que en la cultura indú, hombres y animales no están tan alejados.
Y Saramago, el irónico, el fino humorista, pero también el sabio, que deja caer sus ideas con sencillez, añade:
“Somos, cada vez más, los defectos que tenemos, no las cualidades”.
El viaje se acaba.
Al cabo de dos años, muere Salomón o Solimán, según lo nombren. Y el autor nos dice enseguida, que con los huesos de sus patas delanteras se confeccionaron sendos paragüeros. Buen final para el elefante.
Su nobleza transformada en algo tangible.
El viaje, inolvidable en la memoria de los que lo vivieron.
Y la pena, en aquella buena reina y señora de su señor que, recordando al elefante, se encerró en sus aposentos y se echó a llorar, tal vez, con un temblor y un desasosiego propios de mejor causa.
Mª José Martínez Sánchez.


Semblanza de José Saramago

José Saramago siempre se aventura mucho más allá del título de sus novelas. En cada una de ellas, hace innumerables y continuas incursiones en ese laberinto de complejidad que denominamos la condición humana, su comportamiento, el sentido caprichoso en que se fundamentan muchas veces las instituciones y sus jerarquías, la aceptación incondicional e irracional que los sujetos realizan de esas instituciones, el sentido de la vida, etc. En su condición de escritor de novelas, se muestra como Quijote sensato, éticamente arrimado a los menesterosos, mordaz con las instituciones sociales, siempre en busca de aventura, de sentimientos, de emociones, de supersticiones, de conflictos, de alienaciones, de separaciones, etc. Su utensilio preferido para la experiencia literaria que realiza es la ironía aguda, inteligente, picante, ingeniosa, cargada de humor, y hasta de burla. Su particular manera de aventurarse por la acción del hombre consiste en una cierta dispersión, podríamos decir metonímica, que se desliza a través de múltiples episodios y elementos de la vida cotidiana histórica y actual, dispersión que siempre nos revela, de forma notable, características múltiples de las diferentes identidades del ser humano.

Miguel Ángel Alonso

miércoles, 7 de enero de 2009

Cuarta reunión de Liter-a-tulia




Liter-a-tulia
Tertulia nº 4
Este viernes 9 de enero a las seis de la tarde, celebraremos la primera reunión del año y cuarta de Liter-a-tulia, tertulia que aúna literatura y psicoanálisis. Aunque esta cita no estaba prevista, hemos decidido responder a las distintas peticiones recibidas convocándola en el lugar de nuestra última reunión: Restaurante Este o Este. C/Manuela Malasaña 9. Metro Bilbao salida Manuela Malasaña y Fuencarral. Para esta ocasión elegimos el último trabajo de José Saramago, El viaje del elefante.


"Siempre acabamos llegando a donde nos esperan"

Queremos agradeceros tanto vuestra acogida como la participación demostrada en nuestro último encuentro, en el que la obra de McCarthy, "La Carretera", brindó la oportunidad de escuchar opiniones verdaderamente interesantes y enriquecedoras. Puedes ver algún comentario de texto relacionado con ella en el blog: www.liter-a-tulia.blogspot.com, así como distintas colaboraciones recibidas, un resumen del transcurso de dicha reunión e incluso algunas fotos tomadas durante la celebración de nuestra tertulia.
Esperamos contar con tu presencia en nuestra cuarta reunión convencidos de que tu lectura de la obra elegida aportará nuevas e inesperadas interpretaciones.
Para cualquier consulta dirigirse a Miguel Ángel Alonso o a Alberto Estévez:
E-mail: estalberto@gmail.com
Liter-a-tulia nº 4
Fecha: 9 de Enero de 2008
Hora: 18 horas.
Lugar: Restaurante Este o Este
Dirección: C/Manuela Malasaña 9. Metro Bilbao. Salida Fuencarral y Manuela Malasaña
Libro: El viaje del elefante de José Saramago

sábado, 3 de enero de 2009

Apertura tercera reunión Liter-a-tulia a cargo de Alberto Estévez

Bienvenidos todos, los que suelen frecuentar esta cita y los que hoy nos acompañan por primera vez.

Hoy se celebra nuestra tercera reunión, quiero empezar diciendo que me ha parecido una novela muy bella, esto puede causar extrañeza dado su contenido manifiesto, justo lo contrario, el horror. Pero creo que este par, belleza – horror está presente continuamente en la obra; lo terrorífico y lo tierno, el fuego y el frío oscuro, la bondad y la maldad, o como gusta decir a nuestro pequeño protagonista, los buenos y los malos.

Bella novela digo, por la forma en la que McCarthy la ha escrito, el estilo, a mi modesto entender casi poético. Me refiero a la poesía en su función de belleza, lo estético, las palabras precisas, sus resonancias y evocaciones, pero es indudable que también en su otra dimensión, aquella en la que la palabra apunta al vacío, lo toca a uno, lo conmueve, y por tanto provoca angustia. En mi caso por ejemplo, la descripción del paisaje, ese frío inhumano que todo lo invade, también me invadía a mí dejándome los pies helados leyendo.

Un padre y su hijo pequeño, la unidad simbólica por excelencia, una célula simbólica primaria vagando por las tinieblas de una negrura como para que dolieran los oídos de escuchar. En ese sentido no es casual que no tengan nombres, que dispongamos de los datos mínimos, desconozcamos sus edades y su historia; me parece que el autor trata de preservar dicha dimensión simbólica ya que así es más fácil que podamos ser cualquiera de nosotros los protagonistas.

Y el primer diálogo, ese que abre la secuencia de diálogos cortos, escuetos, pero enormemente tiernos, es la muestra de lo que late en el interior de esa célula:

Hola papá - Aquí estoy - Ya lo sé. Se trata de la figura de el otro, pero ya incluido en la estructura, es absolutamente deliberada la introducción de la palabra papá. Remite a la estructura de parentesco, estructura simbólica primordial que regula los intercambios y sitúa a los sujetos en sus lugares, al padre en su lugar: Aquí estoy - Ya lo sé Ciertamente lo sabe, sabe que ahí está, donde tiene que estar.

Y desde la persona del padre, la asunción de esa posición. Posición, en el diccionario, viene expresada como: Modo de estar puesta una persona o cosa. Es al modo, pues, a lo que hace la cuestión de la posición, traducida en la novela por un velar sin descanso, dadas las condiciones en las que se desarrolla, por la continuidad de la vida de su hijo. No se trata sólo de alimentarlo y protegerlo del frío para guardar su vida, para el padre esta también depende de leerle cuentos, conservar sus juguetes y cargar con ellos, o cederle la última Coca Cola. Posición que también ayuda a configurar el chico mostrándole los límites de la misma, los límites del padre:

Miró al chico ¿Quieres esperar aquí? - No, siempre dices lo mismo - Lo siento - Ya lo sé. Pero siempre lo dices. O más adelante cuando lo remite a sus propias palabras: si no cumples una promesa pequeña tampoco cumplirás una grande. Tú me lo dijiste.
Así que es un padre en falta, estupendo, pero por eso mismo en falta. Y en su posición de padre dado lo que le ha tocado vivir, acreedor de un resultado: ¿Tienes alma maldito seas eternamente? ¡Oh Dios!

Me gustaría citar dos elementos que arriman esta obra del lado del psicoanálisis, ya que Liter-a-tulia convoca literatura y psicoanálisis con este formato de tertulia. El primero de ellos, las citas que el autor va dejando gotear a lo largo del relato, citas plenas de sentido para los que nos dedicamos a esta profesión. Entre ellas elegiría una que seguramente ha llamado la atención: olvidas lo que quieres recordar y recuerdas lo que quieres olvidar. Este es el dibujo exacto de aquello que Freud hace más de cien años formalizó: el inconsciente. Somos sujetos del inconsciente, estamos sujetos a él. En ese sentido la voluntad resulta insuficiente siempre en las cuestiones que atañen al ser humano porque desconocemos las determinaciones que nos rigen. Plantear el inconsciente como lo hace McCarthy no sólo es ponderarlo frente a otras concepciones del ser humano que no lo contemplan, creo que es una bomba, ahí está, sólo hay que leerlo para las psicologías de la conciencia que no aceptan la hipótesis freudiana.

Pero por si esto fuera poco, hay otro elemento, mucho más evidente si cabe que este primero, que coloca “La Carretera” como un texto de clara inspiración psicoanalítica. No sé si les ha llamado la atención; estoy hablando de los sueños. Otro elemento simbólico. La novela está plagada de ellos, desde la primera página se nos relata el sueño de la gruta en la que su hijo es quien lo guía a él, paradójico en relación al desarrollo de la novela en la que es el padre siempre quien conduce en el camino. Ni una explicación, ni una interpretación, los sueños están ahí, se producen. ¿Pero forman parte del sinsentido, o quizá este permanece oculto, inconsciente? No es casualidad, y en esto quizá no hayan reparado tantos de ustedes, que el último sueño que el padre tiene antes de morir de nuevo se sucede en una cueva en la que se alcanza el punto sin retorno, casi a la manera de una cadena onírica, página tras página, en la que el último eslabón, el último sueño, engancha con el primero.

Ahora bien, para poder soñar hay que estar vivo. No me refiero sólo a la vida orgánica, sino al hecho de que para su mujer, que ya no puede más, ellos no están vivos, son muertos andantes y por eso afirma: yo no sueño nada! Poco después se levanta y se marcha para quitarse la vida. Sin embargo para el personaje del padre son supervivientes, rechaza la muerte como amante; los supervivientes sí que sueñan, continuamente por lo visto, y llevan el fuego.

Para terminar, quizá por seguir en la dinámica de querer provocar, quisiera decir que la novela me pareció no sólo bella, también optimista. Ya lo pensé de la de Auster por mucho que repitiera “la vida es decepcionante”, aquí también lo pienso, hay un elemento que me lo hace ver así: el fuego. Claramente metafórico de otro elemento, como no, simbólico: el deseo. ¿Dónde está? ¿Es de verdad? Le pregunta el niño. El fuego está en tu interior, le dice, y será lo que te guíe y el responsable de que tengas buena suerte y continúes sin peligro.

Más allá de que eso se cumpla en la novela, creo que la dimensión del deseo que trata de rescatar el autor es la de “seguir adelante”. ¿No es esa una forma optimista y positiva de encarar la vida?

Alberto Estévez
12 de Diciembre de 2008

viernes, 2 de enero de 2009

Resumen de la tercera tertulia


En el ambiente extraordinariamente acogedor que nos ofreció el nuevo local, y bajo la atenta mirada de los iconos pictóricos de Platón, Spinoza, Heidegger, Schopenhauer, Nietzsche, Unamuno, etc., discurrió la tercera tertulia literaria que tuvo como protagonista central al libro de Cormac McCarthy, La Carretera. Se podría decir sin temor a equivocarnos, que aquéllos que asistieron a la tertulia y tuvieron el privilegio de leer una obra tan impactante como ésta, sin duda habrán sentido una honda conmoción en su ser, difícilmente se puede salir indiferente de una experiencia como ésta. Del mismo modo, podemos asegurar que el libro se enriqueció, más si cabe, tras los comentarios surgidos en el intensísimo debate que se suscitó alrededor de la paternidad, de la mujer, del amor, de la ética, de la religiosidad, e incluso, del juego.

Lo primero que se destacó fue, tanto la belleza como el carácter desasosegante y angustioso de la novela, y la contraposición entre ambas entidades. La belleza y el horror, lo terrorífico y lo tierno, el fuego y el frío, la bondad y la maldad serían entidades presentes en toda la extensión de La carretera

La cuestión estética, en cuanto a su belleza, se planteó por la vertiente del lenguaje empleado y del estilo casi poético presente en las palabras elegidas y las resonancias y evocaciones que sugiere, pero también se planteó desde otra dimensión de la poesía, la palabra que apunta al vacío que toca y conmueve al lector.

Por lo que respecta al desasosiego, uno de los motivos por los que se produciría vendría dado porque la novela nos remite a imágenes que el cine y la TV trasmiten desde que comenzó el cine de catástrofes y de invasiones terrestres por seres alienígenas. Se podría pensar que una ficción como la que describe la novela, parecía imposible que se convirtiera en realidad, pero en los últimos decenios, el conocimiento real de los riesgos del cambio climático, de la contaminación, del agotamiento de los recursos naturales propiciados por la vorágine del sistema capitalista, nos presentifica la posibilidad de que lo que este libro nos describe, la nada, ya no sea una fantasía irrealizable. Hay imágenes, en el cine, en TV, en documentales, sobre el ultimátum a la tierra, sobre la devastación de Hiroshima, que hace que cuando leemos este libro estén presentes, aunque no sea de forma consciente, esas imágenes en donde se nos ha dado a ver lo que podría ocurrir con la devastación de la tierra, no ya en un punto concreto sino como algo generalizado. No es difícil, por tanto, imaginarse la ceniza y la devastación de todo ese escenario, pues ya lo hemos visto en imágenes y en las nuevas formas audiovisuales.

Se abundó en ese desasosiego trayendo a colación dos párrafos del libro de Roland Barthes, El placer del texto, párrafos que hablan de la diferencia entre el texto de placer y texto de goce. El primero dice que si se juzga un texto según el placer, no se puede decir si ese texto es bueno o si otro es malo. Ese texto del placer proviene de la cultura, no rompe con ella y está ligado a una práctica confortable de la lectura, a un confort intelectual. Sin embargo, el texto de goce, que sería el caso que nos ocupa, pone en estado de pérdida, desacomoda, tal vez incluso produce aburrimiento, hace vacilar en el lector los fundamentos históricos y culturales, la consistencia de sus gustos, de sus valores, de sus recuerdos.

La buena traducción del libro, la gran riqueza y el manejo del lenguaje, fueron motivos que atrajeron la atención de los tertulianos. Por un lado, habría en el libro muchas palabras que difícilmente se usan en la lengua castellana. Esto tendría que ver, de alguna manera, con la belleza a la que ya se hizo referencia, y sería una peculiaridad que introduce el autor, no el traductor, el cual habría hecho el esfuerzo de no borrar tal riqueza del lenguaje.

Por otro lado, sería un texto maravillosamente parco en adjetivos, despojado de adjetivos. La importancia de la palabra como significante está del lado de los dos protagonistas que garantizan la continuidad del ser humano y del significante. Pero con el laconismo de los diálogos –también despojados de adjetivación— el autor logra transmitir, en la relación padre hijo, una sensibilidad y una ternura de dos seres en medio de la nada, y también logra transmitir ese carácter desasosegante, al que ya nos referimos, de un escenario despojado tanto de vida como de adjetivos.

Estaríamos ante un texto de clara concepción psicoanalítica. Los sueños están presentes desde la primera página hasta la última salpicando las páginas del libro, sueños sin explicación, simplemente están ahí. Una cadena onírica donde el último eslabón engancha con el que abre la lectura del libro. El último sueño, al igual que el primero, se sucede en una cueva donde se alcanza el punto sin retorno.

Por otra parte, citas como “Olvidas lo que quieres recordar y recuerdas lo que quieres olvidar”, tienen resonancias claras en el psicoanálisis, ésta en particular evocaría un dibujo exacto de lo que Freud conformó como el inconsciente. Situar el inconsciente como lo hace McCarthy sería ponderarlo frente a otras concepciones del ser humano.

En definitiva y sintetizando, estaríamos ante una literatura militante, estaríamos ante el libro de un visionario, un libro impactante, un libro que despierta y ante el que no podemos permanecer indiferentes. El autor manifestaría en su novela que la humanidad, en caso de seguir el camino que lleva, llegará en algún momento a este escenario, al de un enfrentamiento con ese real, sin esperanza, sin dios. Hacia eso caminaríamos si no empezamos a sentirnos sujetos responsables.

Sería entonces un libro que lleva a la política, esperanzador desde el punto de vista de la responsabilidad ética que tenemos cada uno de nosotros en relación a este mundo global. De lo que nos suceda a todos, algo tendremos que ver en ello

Lo simbólico y lo real

Dos instancias en desequilibrio. Se mostraría en el libro un espacio virtual creíble como escenario en el que se experimenta, por parte de los protagonistas, un exceso de lo Real. El desequilibrio entre estas dos instancias podría de relieve dos cuestiones, el inevitable desarrollo de una pulsión de muerte sin control, el desvarío de un goce psicótico, y también la radical maldad en la relación entre los seres humanos. Ello daría lugar un interrogante sobre el oscuro lugar del alma donde radica el mal, pues la catástrofe no es obra de la naturaleza, es la expresión de una intervención humana, de tal manera que el paisaje devastado revelaría la irresponsabilidad de los sujetos frente a su condición de tales.

Lo real como verdad indisociable de la subjetividad, puesta al descubierto por la precariedad de lo simbólico, sería lo que se puede extraer del siguiente párrafo:

“Como si el mundo se encogiera en torno a un núcleo no procesado de entidades desglosables… El sagrado idioma desprovisto de sus referentes y por tanto de su realidad… A tiempo para desaparecer para siempre en un abrir y cerrar de ojos.”

Desde este punto de vista, se podría deducir la siguiente enseñanza: Sin el lenguaje no hay posibilidad para la existencia de un mundo, lo cual nos lleva a la otra frase del libro:

“Cuando no tengas nada más inventa ceremonias e infúndeles vida”

Sería, nada más y nada menos, la posibilidad de velar lo real destructivo, es decir, poner en juego el papel que le corresponde a la instancia simbólica.

La función paterna

Fue uno de los temas más controvertidos en toda la extensión de la tertulia. Pero antes de suscitarse la controversia, se resaltó el valor del padre como función simbólica. El padre y el hijo constituirían la unidad simbólica primaria. El autor de la novela, al no introducir nombres, ni edades, ni historia, trataría de provocar dicha dimensión simbólica con la intención de que los personajes pudiesen ser cada uno de nosotros. ¿Qué latiría en esa célula simbólica? Lo podríamos ver en la simplicidad del siguiente diálogo:

-Hola papá
-Aquí estoy
-Ya lo sé

El Otro incluido en la estructura del parentesco que regula los intercambios y sitúa a los sujetos en sus lugares. El padre está donde tiene que estar: “aquí estoy”. Y el hijo lo sabe: “Ya lo sé”. La función paterna ayuda a configurar la del chico pero, a la vez, es un padre que muestra, en algunos diálogos con el hijo, los límites de esa posición, es decir, un padre en falta.

Una anécdota del libro nos orientaría acerca de esta necesidad de recursos simbólicos que tiene el ser humano, la necesidad del Otro. El padre, cuando en el camino se encuentra dentro de lo que había sido la casa de su infancia, llama por teléfono a su propio padre. Esto no tiene más sentido que un llamado al padre. Ese padre que hace de padre todo el tiempo, a su vez necesita un padre al que apelar.

Respecto a las dos posiciones que se suscitaron en la tertulia con respecto a la función paterna, la primera entendía la novela como la historia de una paternidad, incluso una historia de amor entre el padre y el hijo. El padre que se ve obligado a llevar al hijo hasta el final, protegiéndolo a él y al fuego, es decir, a la semilla humana que permitiría la continuidad de la vida en el mundo. La obligación moral de trasladar esa semilla hacia un sitio pareciera lo más trágico del libro, ya que, como lo muestra, en realidad no hay un destino claro hacia el que dirigirse. Si bien se mira, el reflejo que esta circunstancia tiene en nuestras realidades es que ningún padre sabe hacia donde lleva a su hijo.

En esta línea, se planteó que estábamos ante una historia de amor, el padre herido manifiesta un gran amor y ternura hacia el hijo. Y un hijo creado en ese deseo paterno, de tanto amor, tendría una gran cantidad de posibilidades de sobrevivir a lo más adverso.

La otra postura mantenía que estábamos ante un padre que sólo ve la amenaza del Otro, un padre que no estaría trasmitiendo al hijo la posición ética que supone hacer ver que el otro también tiene derecho a vivir. Por el contrario, le transmite un miedo tal que, en su postulación paterna, hace que sigan solos en la carretera porque en cada ser ve un enemigo. Por todo ello, ese niño, aún sin prejuicios, porque no es producto de un mundo pasado, sin embargo se le está imbuyendo la absoluta amenaza del Otro. En este sentido, no hay una buena realización de la función paterna.

Hubo una respuesta dirigida a esta posición. Aunque es verdad que estamos ante un padre del exceso de la protección, el niño es un niño de la bondad, de la consideración del Otro. Hay una labor del padre muy rescatable, la función de evitar el peligro que acecha a los hijos, el padre es el que vigila, el que está atento. Sería preciso considerar que el mundo que describe el libro es para estar paranoico, a uno le pegan un tiro porque sí, se encuentran bebés cocinados. Un mundo espantoso. Y en un mundo semejante, ¿qué podría hacer un padre? Es evidente que el padre comete excesos pero es un padre muy quemado por la vida. Una nueva generación toma el relevo, es otra cosa, el hijo tendrá la posibilidad que no tiene el padre: confiar en el Otro.

A propósito de esta función paterna, y con respecto a la consideración de por qué no se vuelven locos todos en ese mundo, se introdujo como ilustración un apólogo que Lacan utiliza para explicar por qué unos sujetos son psicóticos y otros no. Es el apólogo de la carretera principal. ¿Cómo no deshumanizarse a pesar de las condiciones que se muestran en el libro? ¿Cómo no volverse loco ante espectáculos como los que muestra, cuerpos humanos colgados de las vigas, cadáveres en la carretera, el hambre que amenaza acabar con las vidas? ¿Cómo no volverse loco en el medio de tanto horror? ¿Por qué no todos estamos locos, se pregunta Lacan, si somos sujetos de la palabra? ¿Cómo no todos escuchamos voces y deliramos? Lacan encuentra el Nombre del Padre, una especie de función que permite que tengamos recursos para caminar por la vida. Inventa el apólogo de la carretera para hacer ver que frente a los hechos biológicos de la vida no tenemos un dispositivo instintivo, sino uno simbólico. Ser padre, procrear, el embarazo, la diferencia de los sexos, frente a estos hechos, si uno no está en la carretera principal del Nombre del Padre, no sabría cómo actuar. El psicótico no dispone de la carretera principal, transita caminos secundarios que no están señalizados. El Nombre del Padre permitiría orientar un camino, no se sabe hacia dónde, pero un camino con señales que orientan la vida.

Se observó que la relación entre padre e hijo está graduada. Al principio el niño no se separa del padre, más adelante el padre se va separando del hijo, lo mira desde lo lejos, por ejemplo, desde el barco, a partir de ahí el niño ha de ir tomando decisiones, y finalmente se queda solo en la irremediable separación del padre.

Otra gradación sería la que muestra al hijo preguntando si podía acompañar al padre. Éste le respondía que no, que tenía que quedarse quieto hasta que él regresase de sus expediciones en busca de comida o cualquier otro motivo. Luego el padre le pregunta al chico si quiere ir con él, le empieza a dar otro espacio, y en un tercer momento ya le llega a preguntar acerca de lo que deben de hacer, es decir, comparten los dos el futuro. Tiene que ir enseñándole a vivir, de tal manera que se observa una evolución. El padre va dejando aprender al hijo con el fin de que pueda tomar decisiones en el momento en que se quede solo.

La madre

No se encontró una clara justificación al papel de la madre en la novela. Pareciera que simplemente decide desaparecer y ya está. Sólo hay un pequeño párrafo para indicar que ella abandona la vida. Alguien sostenía que, como madre, no podía entender esa posición, notaba el vacío de la justificación. Y al respecto, habría algo sorprendente, la posición del padre y del chico ante esa muerte, se marchan sin mirar atrás. Pareciera que no quisieran saber.

Como derivación de esta posición de la madre, se dijo que en la novela hay muy poca presencia femenina. Es un hecho que llama la atención, sólo tres mujeres aparecen en espacios mínimos, la madre, una mujer embarazada, y la que en la escena final acoge al niño. Sorprende que la mujer no juegue un papel como cuidadora del fuego, función de la que ellos, hombres, se sitúan como representantes, cuando en realidad es la mujer la que garantiza la vida, la que transporta el germen de la vida. Extrañó mucho esa ausencia femenina frente a los hombres que se consideran cuidadores y guardianes del fuego.

Como conclusión a esta cuestión se preguntó: ¿Qué hacemos en un mundo donde la mujer ya no quiere vivir? Puede ser un hecho simbólico, el haber anulado su presencia en ese mundo yermo.

La Religiosidad

Surgió como una actitud espiritual en relación al tema de la paternidad, como la creencia en el padre que, despojado de todos los elementos simbólicos, garantiza la posibilidad de seguir en el mundo, como alguien que engarza unas generaciones con otras, aquello que está como eslabón entre lo que nos ha precedido y el futuro. Un padre que no puede guiarse por el pasado porque no existe, ni por el futuro, que no sabe a dónde va, sin embargo guía al hijo con la certeza de que hay semblantes que mantener. Una creencia en el padre más allá de todo, como garante del sentido de las cosas. En ese sentido se dijo que era un libro religioso.

Aunque también el tema de la religiosidad resultó un tema controvertido. Más que religioso pareciera un libro que apunta a la afirmación de la vida como una circunstancia inmediata. No sería ni un libro religioso ni un libro que apunte a la esperanza.

Se matizó el tema de la religiosidad recordando una de las frases de libro: “Donde a los hombres no les va bien a los dioses no les va mucho mejor”. Dios entonces se muestra como producto del hombre. En el libro se está en la búsqueda de un Otro más humano que divino. El mismo niño, una vez muerto el padre, cuando es acogido por la mujer, dice que prefiere hablar con el padre que con el dios que le proponen, divino. Lo cual equivaldría a pensar que cada uno tiene que buscar el sentido por su cuenta. Los aparatos trascendentes se difuminan para dejar su lugar a otros más intrascendentes, es decir, cada uno ha de construir su ficción para dar sentido a su vida, ficciones que hacen a unos buenos y a otros malos, ficciones que convierten a unos en portadores del fuego, esos pequeños artificios simbólicos que nos mantienen apegados al mundo.

El aspecto religioso fue también introducido con respecto a la escena final del libro. Se dijo que ese final era un final fácil, con Dios. Hubo contestación a esta posición. Desde su punto de vista, no parecía milagrosa esa situación. No sería casualidad que el niño saliese a la carretera y que los primeros que encuentre sean buenos. Efectivamente, ese final no es casual, eso ocurre porque el niño se abre a la posibilidad de ver quién es ese Otro, cosa que el padre no permite. El niño toma la decisión, decide quedarse.

En definitiva, habría una especie de espiritualidad laica que trasciende todo el libro y que tiene que ver con el vacío, con la búsqueda de un sentido no dado, y en consecuencia, con que no hay un lugar claro hacia dónde ir, pese a que en el principio del libro pareciera que existiese una meta, un Edén, llevar al hijo a algún lugar concreto.

Y en el aspecto más sacro, la presencia y ausencia de Dios fue uno de los motivos del debate. Se dijo que había invocaciones clásicas de la filosofía tales como, si dios existe por qué ha permitido que se produzca esta destrucción.

La dimensión ética

En libros como éste se vería una doble faceta de la condición humana. Por ejemplo, en el libro Sin destino, de Imre Kertesz, se muestra como en los campos de concentración, llevados por la degradación brutal, los sujetos se van deshumanizando, perdiendo los valores y la dignidad. Pero no todos. Algunos la siguen conservando, como el maestro moribundo que, a pesar de ello, da parte de su comida al otro. Igualmente, en La Carretera están estas dos dimensiones, el horror de la condición humana, los tipos que se van encontrando por la carretera, que han llegado a la más terrible deshumanización, pero también nos encontramos con ese punto sublime que tiene la condición humana, impresionante, que se refleja en el amor.

En este sentido, se destacó la posición ética del chico, su esfuerzo por no deshumanizarse frente al infierno que estaban viviendo él y el padre. Se podría decir, desde esta vertiente, que es el hijo quien está educando al padre. Cuando el padre ya fruto de las malas experiencias que ha tenido en la vida, prefiere mantener una posición pragmática, ir a lo práctico, como se ve en el momento en que deja a un anciano abandonado, el niño sin embargo, como pureza de la vida, se sitúa como contrapunto a la seguridad y con su generosidad corrige la postura del padre.

También se pensó que el niño era algo así como el portador del ideal de la civilización. Tiene más arraigado que el padre el tabú del asesinato. Es como si fuese un guardián del sentido. Se hace referencia a aquel sueño que tuvo, en el que se manifiesta la falta de sentido, lo Umheimlich, lo siniestro, cuando los muñequitos se mueven solos, el niño se siente aterrado ante esa falta de sentido.

Lo que estaría en juego, en definitiva, es la responsabilidad personal, social y política, en el mundo que nos toca vivir. Sería, según todos estos cánones éticos, un libro para recomendar a todo el mundo, y tendría algo de la esencia de los cuentos tradicionales.

Desde este punto de vista ético, habría una especie de mensaje que se podría deducir de la lectura del libro. No se trataría de llegar a un mundo mejor, sino ser mejores en el mundo que toca vivir. Por eso el niño pregunta todo el tiempo: “¿somos buenos?”

La ética que impone el objeto técnico

Se comparó el libro al juego. Se mata a la gente igual que se hace en el juego de la PlayStation, y al igual que en ella, no hay historicidad, y los sujetos no tienen alma. ¿Cuántos años necesitamos para convertirnos en sujetos sin alma? Estas nuevas maneras de gozar que nos proponen las PlayStation, ir destruyendo al adversario, es también, de alguna manera, la obscenidad que denuncia el libro. El cambio que se estaría generando es que la ética que empieza a nombrarse es la que marca y manda el juego. No habría más ética que las reglas del juego y hay que matar a todos los adversarios. Es una de las posibles posiciones que se pueden adoptar como lector del libro, la que se tiene ante la PlayStation, uno se ve disparando sobre los adversarios.

Miguel Ángel Alonso