jueves, 15 de diciembre de 2011

Aire, agua, tierra y fuego en El Nadador de John Cheever. Comentario de María José Martínez Sánchez.

¿Qué hacían Ned Merrill y su mujer, Lucinda, viviendo con excesiva familiaridad en casa de sus parientes los Westerhazy?

Eso es lo que nos preguntamos hoy al leer este relato, representante fiel de la locura, para intentar comprender lo que le había sucedido al bueno de Ned. Y digo excesiva familiaridad, porque eso es lo que demuestra deslizándose por su baranda y palmeando el trasero de bronce de Afrodita, mientras se dirige a su comedor para desayunar, ya que, según parece, vivían ahí y Ned estaba tan contento. Y esto es lo que quiere aclararnos, el gran John Cheerver, en este cuento hecho al parecer cuando toda la burguesía adinerada se disponía a gozar del venturoso sueño americano. Así había avanzado la economía, aprovechando la investigación de la industria bélica, pero ninguno de los personajes de esta historia parecen recordar nada de eso, sino que sólo quieren disfrutar del buen nivel de vida que habían conseguido y todo con alcohol, mucho alcohol. El tema del alcohol fue uno de los que Cheever manejó para retratar aquella sociedad, y por eso empieza el cuento con la frase que todos pronunciaban en la mañana de un domingo de verano: “Anoche bebí demasiado”.

La historia de Ned empieza a contarse cuando éste le dice a su mujer que va a volver a casa nadando. Pero él estaba en casa de los Westerazy con su barandilla y su café, y luego nos enteramos que su propia casa está a trece kilómetros hacia el sur. Así es cómo empezamos a comprender su estado mental y algo de su historia, de la que Cheever solamente nos dirá, o bien cosas desperdigadas o detalles atribuidos a otros. Y en este sentido, lo primero que nos sorprende es el hecho de que su mujer, figura que está totalmente desdibujada, a la vista de ese anuncio, tan absurdo, ni le contesta, ni le disuade, ni aporta nada a esa extraña decisión de su marido.

Ned comienza su proyecto, y nadie parece asombrarse. Sus primeros vecinos tampoco le disuaden, porque son unos amigos superficiales con alguno de los cuales no parece relacionarse demasiado bien, tal vez por no tener igual nivel de vida. Pero ¿y él? ¿Quien es ese hombre que decide irse a su casa nadando en una suerte de esfuerzo épico, como un auténtico héroe americano, sin variar la forma de desplazarse en ningún momento? Él no es tonto, nos dice Cheever, tal vez original, pero tenía la modesta idea de sí mismo como la de una figura legendaria a la que nadar largo rato podía ensanchar y exaltar su belleza, a la vez que recuperaría una antigua condición natural, pues él hubiera deseado nadar desnudo. Y así, intentando recuperar la condición de un hermoso Adán, es como tenemos a nuestro hombre respirando profundamente, como si pudiese absorber con sus pulmones la intensidad de su propio placer, tirándose luego de cabeza a la piscina, porque él es todo un hombre. Curioso.

Ned ha respirado el aire profundamente, se siente lleno de vida y ya está en el agua. Y ya tenemos junto a él, dos de los cuatro elementos que los griegos consideraron constitutivos de la Naturaleza: El aire y el agua. El agua que limpia, y el aire que llena sus pulmones de una condición ancestral y natural. Ned, decide salvarse por el agua, porque él era poderoso, nada lo limitaba, y ese era su delirio. Y con esa idea legendaria va a nadar y a recuperar su belleza primigenia, pero lo hace yéndose tan atrás en el tiempo, tanto, como para adquirir la triste miopía que le impedirá ver la rara y dura realidad actual, en la que ni su mujer le ayuda a estar, ni nadie le ayuda a ver. Pasarán varias piscinas más y lo veremos lleno de la complacencia y el afecto del que él mismo disfruta viendo el bienestar de los otros, porque en realidad, todo le complacía, o sea que se conforma con nada y se complace con todo. Y así es como nada, hasta llegar a una casa abandonada en donde la gravilla suelta empieza a incomodarle. Y esa gravilla es la tierra, otro de los elementos básicos que Cheever nos señala sutilmente en el relato, la tierra, el único elemento que le molesta, hasta que el cielo se ensombrece, y a continuación se oye el ruido del trueno.

A mitad de ese viaje simbólico, al final de esa tarde que empieza a ser otoñal, es cuando Cheever nos dice que él empieza a percibir algo. Y entonces el autor nos pregunta a nosotros ¿por qué le agradaban las tormentas? ¿Por qué el sonido de un viento de tormenta le sugiere alegría y buen ánimo? Y aquí aparece el cuarto elemento, el fuego, pero en forma de rayos que están a punto de caer hasta la tierra, pero que en el relato caen lejos y sólo los delata el sonido del trueno. Y este sonido revelador del rayo le gusta, y él empieza a actuar, a cerrar ventanas, a oír lo que él necesita urgentemente que ocurra, pero que sólo son amagos, anuncios, porque nada llega a suceder, porque los rayos y el posible fuego purificador no llegan a la tierra cercana, sino que caen lejos. Y así fue que la tormenta se resolvió en agua. De nuevo tenemos el agua, no el fuego purificador y símbolo de la pasión que debería llegar hasta su tierra y nutrirlo, para hacerla más madre, mas alimenticia, sino agua, sólo agua. Ned nos cuenta entonces la rarísima realidad que ve a su alrededor, un enano con flores envueltas en un diario, un camarero disimulado y una mujer llorando. Pero cuando tiene que cruzar la carretera llena de coches, cosa normal en ese lugar, cuando ha de tener los pies en la tierra, el autor nos dice que no estaba preparado para eso.

Y tal vez el trueno rellena silencios, porque en el relato la familia no le habla, su mujer no le habla. Pero ¿sabemos, acaso, sobre qué y desde cuándo se había producido ese silencio? No, Cheever todavía no nos ha dicho nada ni de la causa ni del cuándo, porque si la lluvia flagelaba los farolillos que la señora Levy había comprado en Kioto, ¿cuando había sido eso? Él no recordaba nada, ni si los Lindley habían vendido sus caballos, ni dónde estaban sus hijas, ni nada. Y el autor nos dice que la lluvia había refrescado el aire, había pasado la tormenta, él temblaba de frío y de pronto empezó a oscurecer y curiosamente, él, empezó a recuperar la luz, cuando vio que otros parecían haber fracasado y otros tienen puesta su casa en venta. ¿Le estaba fallando la memoria o era la represión de los hechos ingratos la que había deteriorado su propio sentido de la verdad? Él oyó a lo lejos el bote inconfundible de una pelota de tenis sobre la tierra, lujo amortiguador del drama de su vida, y de nuevo eso le hizo sentir mejor, más complacido. Y entonces volvió a mirar con indiferencia el cielo nublado que ahora ya no parece gustarle. Este es el momento del ver y no ver, del quiero saber y ya no quiero, de el sí pero no, el medio camino, la indecisión para intentar ver y entender lo que le estaba pasando. Pero no retrocede.

Tenemos que llegar a la página seis, para encontrar la palabra “loco” en el relato. Y yo me pregunto en qué momento de la vida decidió este hombre ignorar todo o, bien, en esa tarde paralela, en qué momento esa pirueta de su vida había cobrado gravedad, y este momento es, cuando él ya había recorrido en su vida, y en la tarde, una distancia que imposibilitaba su regreso, y además, cuando ya lleva un tiempo sin probar el alcohol. No nos olvidemos de ese alcohol que le impedía ver la realidad pero que le procuraba no salir del sueño y de su bienestar. Y sigue corriendo riesgos, cruzando carreteras y nadando en una piscina pública muy poco agradable, porque no ve ninguna de las señales que la realidad va poniendo en su camino. Ned no estaba preparado para luchar por lo real. Había huido de la realidad porque le habría parecido fea y no la querría ver. Y empieza a sentir frío.

No sabemos si Jonh Cheever nos quiere hablar de la locura del protagonista, o si nos quiere hablar de aquel segmento de la sociedad norteamericana. En ningún momento nos dice nada sobre la cultura, ni sobre los conocimientos científicos, ni sobre los estudios de los hijos, ni sobre los demás gustos de la gente de aquel largo recodo de costa rocosa donde se hacen pozos artesianos y desde donde se divisan los barcos y mar, si es que tenían otros gustos. Nada. Solamente se nos cuenta el disfrute de un bienestar y de unas vidas que no sabemos si quieren tapar algo con el alcohol que los reanima, o si el mismo whisky que circula por sus venas forma parte del disfrute. O ambas cosas a la vez, lo más probable.

Y llegamos así a la charla con los Halloran, los falsos comunistas, los nudistas que quieren acercarse así a lo más auténtico de la vida. Y cuando la señora Halloran le dice que lamenta sus desgracias, él responde que no sabe a qué se refiere.

Pero lo más revelador me parece ser cuando en casa de su amigo Eric, ve que éste tiene un vientre operado del que ha desaparecido el ombligo, porque, ¿qué puede hacer a las tres de la madrugada la mano errabunda que pone a prueba nuestras cualidades amatorias en un vientre desposeído del nexo de su nacimiento? ¿Qué se podía hacer con esa brecha en la sucesión? Porque si la unión con la madre es inexistente, ya no hay nada que hacer. Eso es lo que se nos dice, y tal vez este sea el meollo de la cuestión, la forma en que Cheever nos da la calve de la génesis de la locura de este hombre vacío, sin nexo con la vida, sin historia previa, sin anclaje afectivo alguno, al que su mujer ya casi no le habla. No olvidemos que, además del tema del alcohol, las relaciones frustradas es otro de los temas recurrentes del autor. Y tal vez ahí encaje lo de su amante que nos dicen que él mismo dejó, “porque era quien tenía la ventaja”. O sea que se permitía despreciar y disponer del afecto de los demás. Tal vez fuese así. La sociedad que lo rodea es indiferente y fría; deja que un camarero lo trate sin consideración y alguien comenta que ellos se habían arruinado de la noche a la mañana, que ya no tienen más que lo que ganan, y que en alguna ocasión él apareció borracho en casa de un vecino pidiendo dinero. Hasta su amante nos lo dice, ¿pero cuando fue eso de su amante? Él tampoco lo recuerda. Ya estamos en la antepenúltima piscina y se nos dice que el combate sexual, que no el amor, era el gran anestésico, la píldora de vivo color que ahora sabemos que, sin el nexo anatómico del ombligo, él ya no tiene. Ni el combate ni el amor.

El tiempo real de una tarde de verano nos ha dado un resumen de una vida, un recorrido lleno de personajes fantasmagóricos, de vecinos que parecen figurantes y comprobar, cómo el esfuerzo aquel por mantenerse a flote, al margen de la dura realidad, no le había servido para nada, porque había recorrido a nado el condado, pero estaba tan aturdido con el agotamiento, que no veía claro su propio triunfo.

Este es el drama de no darse cuenta de nada, pero tener que pagar las consecuencias porque la vida ha pasado factura, sobre todo al final, cuándo nuestro héroe se mancha las manos con el óxido de un picaporte inútilizado hacía ya mucho tiempo.

Y vio que, al igual que su vida, todo aquel lugar estaba vacío.

Y así acaba este increíble relato en el que todo puede parecer normal, sobre todo al principio, pero que tiene una carga tan grande de irrealidad, que da miedo, hasta llegar a ese final, tan dramático, que pienso nos ha sobrecogido a todos.

Mª José Martínez Sánchez

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