martes, 4 de noviembre de 2008

Miguel Ángel Alonso rinde homenaje a un viajero singular


Del destierro a la ficción


En el fin del pasaje escrito que nos llevó desde Chesil Beach hasta Un hombre en la oscuridad, me viene a la memoria el remoto y arrojado viajero, siempre renovado, que en su camino llegó, por fin, a ese lugar situado más allá de lo trascendente. Lugar donde, lógicamente, ya ni mora Dios, ni siquiera un panorama, ni siquiera un desierto, sólo un afecto sin límites, informe, siniestro. Pura angustia.


Desde el ineludible destierro que todos los seres humanos hemos, en principio, de aceptar y sufrir, sólo ese viajero audaz puede llegar a un lugar, una frontera, un límite irremediable que asoma al abismo por el que, sin posibilidad de retorno, se han de precipitar las cenizas fatigadas de su nombre, las hojas apócrifas de su vida, el éxtimo y enigmático deseo que esculpiera y escribiera su cuerpo. Palabras de pasos quietos que, en el arrebato del grito abierto en su voz quebrada, se difuminan sin remedio en el inexorable otoño de los anhelos todos.


Ya la mirada, entonces, ni alcanza la memoria de las calles recientes. Pasan y pasan las nubes antiguas, pasan y pasan pesadas y tristes. Repentina, una lágrima melancólica, como pingo de lluvia retenido en la ventana de un día gris, asoma el lamento de no se sabe qué ausencia. Pesa el alma como un dolor mudo, pesa el alma como una inmensa y vacía página blanca.


Es el límite, la frontera en la que se insinúa seductora la indisolubilidad entre la verdad y la ficción, la esencia y la apariencia. Lugar que se ofrece como morada para el poeta, para el creador, para el artista. Es la frontera que escondía, como tesoro inexplorado, un segundo nacimiento, el sentido futuro del más audaz de los viajes: La ficción. Una vida propia, una palabra propia. El viajero, por fin, la habrá de reconocer surgiendo de su silencio, ese vacío que tuvo la fortuna de saber crear.


Regresó del agotador destierro para volver a la infancia, ahora totalmente suya. Tras la ventana, el paisaje asoma ausente a su mirar. Proemio donde los silabarios juegan a soñar runrunes vagos, lejanías de extraños decires, palabras de ojos cerrados, palabras sin cosas, que como un eco impaciente se precipitan desde las ignotas cavernas del cuerpo. Se cierran los ojos para soñar y se mueven a su antojo las palabras. Sueña viajero, sueña los lienzos antiguos que tus ojos infantes pintaron, sueña los cantos rodados que han de morar tu cauce desierto, queda solo, en esta hora silenciosa, en esta incomprensibilidad de todo soñadora de palabras que te habiten.


Miguel Ángel Alonso

domingo, 2 de noviembre de 2008

Comentario de Lliana Heer sobre el libro El Infarto del Alma, de Diamela Eltit y Paz Errazuriz


Fuera de serie


Liliana Heer


“Ha caído mi voz, mi última voz, que aún guarda mi nombre.

Mi voz:

pequeña línea, pequeña canción que nos separa de las cosas.

Estamos lejos de mi voz y el mundo, vestidos de humedades

blancas.

Estamos en el mundo y con los ojos en la noche.

Mi voz es fría y sucia como la piel de los muertos.”


Hecho de estampas Poema VI

Jacobo Fijman


Tomaré como eje de este escrito una investigación realizada por Diamela Eltit y Paz Errazuriz en el Hospital Psiquiátrico Philippe Pinel, anteriormente asilo de tuberculosos situado en Putaendo a 200 kilómetros de Santiago de Chile. El infarto del alma (1) es una intervención que contempla la psicosis en su potencia testimonial; su búsqueda está orientada a mostrar lo abismal del sujeto desanudado de la producción económica y social, el sin red del universo de la caída.


Diamela Eltit tiene un libro anterior en el que reúne la desgrabación de tres monólogos pertenecientes al Padre Mío, texto que captura la voraz necesidad de exclusión del sistema. Pero, mientras El Padre Mío (2) podría prestarse a un análisis exhaustivo de los diversos discursos que pueblan la lógica en exceso de un sujeto que monologa a lo largo de tres años -voces por momentos próximas a los personajes beckettianos-, el despliegue textual de El Infarto del alma tiene por sostén las imágenes fotográficas realizadas por Paz Errazuriz y la narración de una visita al establecimiento que aloja “¿alrededor de quinientos pacientes?” El planteo de la duda numérica forma parte del contrapunto no cifrable del padecimiento.


Espinas melódicas


La fotografía de una mujer y un hombre, ella y él miran la cámara, posan, improvisan, discurren, se abrasan, caminan, se ayudan a quitar la ropa. Imágenes suspendidas en una alianza que privilegia el estar ahí hasta el estremecimiento, son leídas, escritas, pensadas bajo la luz de una ética resistente al discurso de la ciencia y la moral. Prima el estado de exclusión: indigentes, sin nombre, residuos de la sociedad son rescatados simbólicamente del exilio para formar parte de un pensamiento crítico acerca de uno de los afectos más reprimidos de estas décadas: el amor. Curiosamente, la manía típica aunque no exclusiva de la psicosis es la erotomanía, palabra no mencionada en el texto por evitar cualquier tipo de reduccionismo.


El libro comienza con la fotografía muy formal de una pareja de internados y una carta. “Te escribo: ¿has visto mi rostro en alguno de tus sueños?” Al dar vuelta la página aparecen dos figuras abrasadas (por detrás) con ojos angélicos y la enunciación de una antimelodía que fractura el mito del ángel. No es la criatura de las elegías de Rilke transformando lo visible en invisible, este ángel es un peso fuerte “... siempre vocifera escudado en la impunidad que le otorga su pureza. No te imaginas lo que es vivir con la voz de un ángel que te increpa todo el tiempo y te dice que no serás, que no serás, que no serás amada...”


En el contexto de El Infarto del alma, el ángel y las cartas tuercen la dirección habitual, interpelan al lector a la vez que hacen temblar algunos paradigmas constituyentes de la retórica que nutre el decir y el maldecir amoroso más allá de las rejas. Las cartas hablan de historias en las que cuerpos encarnados en la ilusión de un porvenir sin límite, amenazan, reclaman, dan o reciben cuidados desde una fusión que remite a estados de posesión salvaje.


También, las cartas podrían leerse como un estallido reflejo o “infarto” de pacientes-personajes sin nombre que dirigen sus confesiones, reproches, sueños y desencantos a un destinatario imposible. Están precedidas por un apartado que exhibe lo irreal del más acá de la angustia. “La falta” anticipa la escena del “Te escribo:”, se enuncia en clave de aion, tiempo del acontecimiento donde los días, las noches, los minutos, el instante diseminan privaciones en secuencia infinita.


“LA FALTA


El hambre se cuela de la punta de mi lengua.

Más de 100 días, 24 noches y el hambre crece y

se retuerce y gime como una mujer enfurecida.”


Asoma un interrogante como efecto de lectura, se refiere al estilo en que está narrado el más allá de la razón unido a todas las razones puestas en marcha al unísono. Y si fuera necesario darse a la fuga de ideas, liberar la semántica, emancipar la gramática, elidir la retroacción y la anticipación para dar pie a la presencia de un lenguaje martillo, automaton imparable que suple la falta de


“LA FALTA


El hambre estaba allí, antes de mi nacimiento.

Mis camaradas sufren 1.000 días, 525 noches. Malhaya vida. El cuerpo el alma, hambreados."


Contra flor


En el Manicomio Philippe Pinel, asintóticamente al discurrir burocrático, impera un clima pasional que fractura los modelos esperables. Bajo el comando imaginario, un imán potencia la usinamorodiosa con partición de sílabas y palabras incompletas. El enigma del entre dos se rebela una vez más como construcción, invento, desmemoria del progreso. El Uno vuelto dos en el cuerpo de dos haciendo Uno, fenómeno de simbiosis o “correspondencia”, insiste. Una realidad violatoria, a contrapelo del enunciado “La relación sexual no existe” (3) se expande a través de numerosas parejas convencidas de la existencia del otro hasta la obnubilación. Doble, espejo, complemento, origen, producto; esta entrega mutua regula y mueve a pensar que los pacientes, unificados por el afecto se inmunizan. Abolir la diferencia les ha costado el desgarro de perder lo que no tenían para poseer un duplicado visible de identidad en el universo translúcido del símil.


Puesta en cuadro


Los rostros de los pacientes miran como si no hubiese ningún objeto a evitar. Hombre y mujer igualados: madre-padre-hijo-hermano en fading despiertan una multitud de interrogantes. ¿Habrá similitud de estilo en el amor del hombre y la mujer en la psicosis? Cuando se ama como un loco ¿se ama como una mujer? ¿Es posible amar fuera del estereotipo freudiano que pinta al neurótico amando a una mujer mientras desea a otra -aun en la misma-, a la que si bien no puede amar, puede odiar? El odio, pulsión desbordante que roza las costas del paraíso, suele estar destinado al padre, su Nombre vacuna de salud al ser, enciende el deseo. ¿Es que no hay odio en la psicosis?


Ansias especulares


“El otro se levanta como fantasía de un deseo siamés en el que lo idéntico se completa con el requisito de lo inseparable para derrumbar quizás qué certeza, quizás cuál incertidumbre, qué intento por detener el instante inevitable de la muerte”. Eltit.


El “deseo siamés” cobra distintos perfiles:


Ícaros sedentarios en la proximidad del “más y más”, estériles a cualquier negociación, no calculan ni esperan, ausentes a la voluntad de curación. Si bien la ceguera del asalto los vuelve ilegales, son inimputables jurídicamente, han sido excluidos, privados de la realidad y en la irrealidad que habitan les está permitido cultivar el lirismo:


“El hospital psiquiátrico del pueblo de Putaendo es el

resultado del triunfo de la razón -remarca Eltit-...ya expropiados, ellos

se entregan a la aventura del otro...”


Disueltos en el rapto, sin fronteras entre uno y otro, la tempestad de los celos se ahoga como se ahogaba Lucía -según Jüng- ahí donde Joyce nadaba. Oleadas de pertenencia: Si estás dentro de mí nadie puede mirarte, ningún movimiento se me escapa, soy vos, te poseo.


Una de las internas, Juana, de quien se registra el relato de un sueño de maternidad feliz con ilusión de final sin caída, posiblemente no esté loca, formula Diamela Eltit. En la hipótesis sitúa a un padre acompañado por la pequeña Juana, muerto en el hospicio, y señala una marca de rebeldía que le hace prefigurar lo que ocurriría si Juana, como la legendaria reina española, perdiera a su hombre. Hay en este diseño diagnóstico, a raíz de la sospecha de insurrección, algo que nos permite pensar en Juana fuera de la psicosis, no sólo por pretender sobrevivir en el Pinel evadiendo castigos sino por contar un sueño imposible en el que ella escucha a un hombre enunciar la diferencia: “Yo soy el padre y vos la madre”.


No es una casualidad que este hospital haya estado antes destinado a enfermos de tuberculosis. El sí de la erotomanía en su versión grotesca reproduce el mito romántico del siglo XIX. El cuerpo sagrado, novelesco, heroico, los rostros pálidos-ardidos mirando las montañas en espera de un adiós inmortal han sido desplazados por el desquicio, el encierro, la locura que taladra imperios y los convierte en resto.


Tras soles fríos


Heidegger define lo abismal, signo de la ausencia de un padre, como “la huella de los dioses que han huido”. Continente negro, prisión libertaria, rumor de fuga en ascenso hacia un no lugar que expulsa, atrae, invita a perderse en una patria solitaria, codicia y a la vez tormento del poeta:

“... donde está el peligro/ ahí crece también lo que salva” -Hölderlin.


Fuera de la significación en su carácter estrictamente referencial, el poeta con su oído abrelatas de palabras invoca a un padre sordo mientras esculpe su plegaria atea -equívoco donde la falta se hace presente en su ausencia. Hay exceso, saltos, garantías bizarras, sobreentendidos nacientes, elección de la desnudez que ofrece la lengua. Es innegable que la frontera entre el estado de escritura y ciertos cuadros delirantes es de consistencia cuasi transparente. Ambos comparten el mismo impulso prometeico, “el espíritu increado de la raza” (4) palpita por ser encendido y revelar su inmediatez. Ambos estados operan de mampara sobre el ex nihilo, pero el posicionamiento subjetivo difiere en cada uno de los casos y es notoriamente distinto el grado de mecanización y de certeza. Casi siempre artesano, vacilante, autocrítico desconfiado de la inspiración, dueño de una servidumbre voluntaria, el artista es un buscador activo de la pasividad del exceso(5); no cae en el abismo, se arroja.


(1) Eltit, Diamela - Errazuriz, Paz: El Infarto del Alma, 1999, Francisco Zegers Editor, Chile.

(2) Eltit, Diamela: El Padre Mío, 2003, LOM, Libros del Ciudadano, Chile.

(3) Lacan, Jacques.

(4) Joyce, James.

(5) Pommier, Gerard: La Excepción Femenina, Ensayo sobre los impases del goce, 1993, Alianza Editorial, Madrid.


Jornadas Nacionales: Psicosis-Psiquiatría-Psicoanálisis “Encuentros y Desencuentros”, Departamento de Docencia e Investigación Hospital “José T. Borda”. Diciembre de 2005


www.lilianaheer.com.ar

miércoles, 29 de octubre de 2008

Desde Valencia, Concha Miralles nos envía la siguiente noticia


EL NADIR EDITA A FELISBERTO HERNÁNDEZ


POR LOS TIEMPOS DE CLEMENTE COLLING


NOVELA LA MEMORIA DEL ESCRITOR AL DESCUBRIR LA MÚSICA


El Nadir ha publicado la novela del escritor, músico y compositor uruguayo, Felisberto Hernández, (Montevideo 1902-1964), Por los tiempos de Clemente Colling. Con este texto, publicado por primera vez en 1942, Felisberto Hernández inicia un periodo de madurez que no cesará en hallazgos literarios hasta su muerte. Felisberto Hernández es una de las figuras más importantes de las letras latinoamericanas, porque sus cuentos se acercan a la poesía sin caer por ello en el abuso metafórico, ni en el lenguaje poético de recursos manidos. Además, también fue un excelente concertista de piano que recorría con su representante, todo el país en largas giras.


Vivió una vida compleja, con matrimonios desafortunados, uno de ellos, con la espía del KGB, África Heras, modista española que se casó con Felisberto para establecer una cabeza de puente de los intereses soviéticos en Montevideo. Al parecer Felisberto nunca llegó a conocer las andanzas de su esposa, aunque algunos comportamientos posteriores al divorcio, como su furibundo anticomunismo, podría hacer pensar que algo sabía. En cualquier caso, la enorme capacidad de este autor para llevar al relato su particular mirada de ojos “habituados a la penumbra”, que sabe distinguir lo que se escapa, captó la atención de Julio Cortázar, que lo tomó como maestro. No en vano Felisberto es un autor que percibe y plasma en su obra aquello que ve con la perspicacia de quien poseyera un don premonitorio. Su obra ha sido traducida a distintos idiomas y celebrada como el trabajo de un autor fascinante.


Por los tiempos de Clemente Colling trata de la memoria del niño que fue Felisberto en el tiempo en que descubrió la belleza y el misterio de la creación musical, su relación con el mundo de los adultos y en particular, la que mantuvo con su maestro de música, un genio loco, piojoso y maloliente al que el niño admira, respeta y a quien termina lavando un día los pies.


El Nadir, Valencia, octubre de 2008


www.editorialelnadir.com


martes, 28 de octubre de 2008

Gabriel Hernández García, psicoanalista, reflexiona, en clave de ironía y humor, sobre la lectura y los libros


Cuenta Baltasar Gracián en su Criticón, que el hombre, a pesar de que se veía en desventaja respecto a los animales en multitud de facultades y sentidos, como la agilidad, el olfato o la vista, no envidiaba ninguna de ellas, y sólo codició la del rumiar, por el regusto y máximo aprovechamiento que con esa facultad se obtenía de lo engullido. De modo que suplicó al “soberano Hazedor” lo dotase de tan extraordinario mecanismo. Revisada la petición en el consistorio divino, le fue respondido que aquel don ya le había sido concedido desde el momento de su nacimiento.


Semejante respuesta dejó al hombre sumamente desconcertado, “pues nunca tal cosa había experimentado en sí ni platicado”. La divina aclaración le llegó en estos términos: “que el saber era su comer y las nobles noticias su alimento; que fuese sacando de los senos de la memoria las cosas y pasándolas al entendimiento; que rumiase bien lo que sin averiguar ni discurrir había tragado; que repasase muy de espacio lo que de ligero concibió”.

Supongo que este personaje, que nunca había “platicado” la rumiación y que incluso ignoraba poseer dicha facultad, si hubiese sido dado a la lectura, no lo sería, en cambio, a la relectura, ya que ésta es una forma de rumiar aquélla.


Y ya metidos en el terreno de la fauna lectora, lo siguiente que se me ocurre es contraponer la lectura rumiante a la lectura del tragalopavo, la lectura que se toma su tiempo, a esa otra que hace de un libro comida rápida y se deja fascinar por el brillo de los escaparates y las relucientes portadas, sin volver casi nunca la vista hacia esos otros libros ya pasados de moda, deslucidos por el paso del tiempo, faltos de la iluminación artificial que acompaña a todo lo novedoso, pero llenos aún de substancias que apenas han podido ser digeridas.


El libro va dejando de ser un objeto de culto para convertirse en un objeto de consumo. Con ello el lector es cada vez menos culto, menos cultivador y más consumidor –supuestamente de cultura. El problema es que la cultura no se puede consumir, sólo se puede cultivar, porque si se consume sólo nos quedará la incultura. A medida que el consumismo invade la actividad lectora, la pitanza literaria parece presentarse cada vez más escuálida y falta de molla.


Baltasar Gracián no nos dice cómo acabó la historia del hombre que no sabía rumiar. Pero si la contase en nuestros días, despojándose por un momento de su pesimismo barroco para darle un final feliz, imagino que habría hecho de aquel primer hombre iniciado en los secretos de la rumiación, el guía de todas las tribus de los rumiantes lectores habidas sobre la tierra, los bovinos, ovinos, caprinos, camélidos y cérvidos, a los cuales, una vez reunidos, conduciría hacia los fértiles valles y jugosos pastos de la literatura universal, lejos de las granjas urbanas y de los piensos compuestos teledigeridos.


Gabriel Hernández García

Psicoanalista

sábado, 25 de octubre de 2008

Convocatoria para la segunda tertulia literaria

LITER-a-TULIA

2ª TERTULIA

El viernes 14 de Noviembre, celebraremos la segunda tertulia literaria. Tendrá lugar a partir de las seis de la tarde en el Café Unión, situado en la Calle de la Unión nº 1 (Madrid, metro Ópera) . Es una tertulia abierta a todos los amantes de la literatura, sea cual sea el ámbito del que procedan. Para esta segunda sesión proponemos la lectura de Un hombre en la oscuridad de Paul Auster.

No queremos dejar pasar la oportunidad de agradecer la respuesta masiva que le disteis a la primera convocatoria, más de cincuenta personas nos dimos cita para constituir una sesión muy viva, de la cual podéis encontrar una reseña en el archivo de este mismo blog La tertulia 1.

Esperamos contar de nuevo con vuestra presencia en esta segunda celebración de liter-a-tulia. Recibid un cordial saludo.

Fecha: 14-Noviembre-2008.
Hora: 18 h.
Lugar: Café Unión
Dirección: Calle de la Unión nº 1 (Madrid)
Libro: Un hombre en la oscuridad. (Paul Auster)

Para cualquier consulta dirigirse a Miguel Ángel Alonso o a Alberto Estévez:
E-mail: miguelangelalonso56@telefonica.net




viernes, 24 de octubre de 2008

Demasiada Literatura. Un artículo de Graciela Musachi acerca de narrativa, literatura y psicoanálisis

En una novela que difícilmente entre en lo que considero literatura (“Pensamientos secretos”), David Lodge encarna en dos personajes el abismo que Charles P. Snow describió en 1959 como “Las dos culturas”, abismo que encontró en el ejercicio de su campo específico, el de la educación universitaria en Inglaterra y que se describe así: los que se dedican a las ciencias llamadas duras no saben nada (ni quieren saber) del campo de las letras y viceversa. Aunque años más tarde, él mismo y otros (el último en llegar es un tal John Brockman) han pretendido zanjar este abismo de distintos modos, la imposibilidad persiste y es lo que pone en escena Lodge cuando enfrenta a Ralph Messenger (su apellido alude, es sabido, al programa para mensajes de texto, en tanto que su profesión es la investigacion en Ciencias Cognitivas) con Helen Read (su apellido es “Leer” y su profesión es la enseñanza de las letras siendo, además, novelista). El abismo pretende zanjarse con la alegoría de la seducción mutua pero una amenaza de muerte que se cierne sobre uno de ellos termina volviendo a separar a los efímeros amantes.


Una reflexión de Helen Read (en la página 106) nos resulta sorprendente por venir de una novelista y nos da pie para decir lo que queremos decir:


“...me hizo pensar en la prolífica producción de narrativa de nuestra cultura. ¿Es una producción excesiva? ¿Corremos el peligro de acumular una montaña de ficción, un inmenso excedente de novelas, como las montañas de mantequilla y los lagos de leche de la CEE? Recuerdo el seco comentario de Ralph Messenger: ‘Es discutible que el mundo necesite más novelistas’


Claro que se puede argumentar que existe una necesidad humana básica de narrativa: es una de las herramientas fundamentales para entender la experiencia; lo ha sido hasta ahora, hasta lo más lejos que podemos remontarnos en la historia. Pero me pregunto: ¿esto entraña necesariamente la multiplicación infinita de relatos nuevos? Antes del auge de la novela no existía la misma obligación por parte del narrador; las viejas historias conocidas podían contarse centenares de veces, la historia de Troya, la de Roma, la de Gran Bretaña... dándoles un nuevo sesgo a medida que los tiempos cambiaban. Pero, a lo largo de los tres últimos siglos a los escritores se les ha exigido que inventen una historia nueva cada vez. (...) parece extraordinario y hasta malsano, que nos tomemos la molestia de inventar todas esas vidas ficticias adicionales.”


Sus preguntas son muy pertinentes: ¿qué es esa necesidad?, ¿por qué los últimos tres siglos?, ¿por qué hay algo malsano y excesivo en la literatura?


Hay una respuesta freudiana que, en este contexto, es ineludible y es que “la ciencia queda vencida por la creación del poeta”. Aquí Sigmund Freud usa la palabra del poeta como sinónimo de literatura pues está hablando de la novela “La Gradiva” de Jensen. Freud llega a decir que los poetas son aliados del psicoanálisis ya que ninguna ciencia ha podido decir mejor que la literatura algo verdadero sobre lo que German García llama “serdicentes”, para traducir en algo la palabra de Lacan “parlettre”.


En cuanto a los “tres siglos”, se ha podido decir que la modernidad, consecuencia del nacimiento de la ciencia moderna en el Siglo XVIII, avanza con una prosa que mortifica a la poesía del serdicente, Jacques-Alain Miller muestra que los siglos XIX y XX son, en este sentido, efecto de ese siglo XVIII y resultan un esfuerzo para que “la modernidad entregue algunas gotas de poesía”. En el momento de la revolución industrial y sus efectos, toma consistencia el escribir bien ya que los poetas captaron rápidamente que el discurso de la utilidad quitaba encanto al mundo. Pero la literatura implica algo más que el encantamiento del mundo. Ralph Messenger, que pretende registrar sus más íntimos pensamientos escribiendo todo lo que se le viene a la mente para alimentar sus hipótesis cognitivas, llega a una conclusión sorprendente: “Yo no intentaba crear un ilusión, yo buscaba lo real. Pero es difícil. Imposible, en realidad”.


Y Helen cita la tesis de Virginia Woolf sobre la literatura: “Grabemos los átomos en la mente a medida que caen en la mente y en el orden que caen”.


Sin embargo, aunque ambos pretender situar algo real no buscan lo mismo. Ralph busca la utilidad, Woolf busca otro valor que el de la utilidad, algo que no sirve para nada pero es tan real como el de la ciencia.



Algo pasa al leer, algo al escribir, algo al hablar a un analista



Rabelais hacía –hace- reír y aliviaba de las grandilocuencias de su tiempo. Jacques Lacan se aburre al leer a Sade. Romain Rolland (poeta cercano al misticismo hindú) producía exaltación y goce a Sigmund Freud, el racionalista extremo, según su autodefinición. Según Borges, como ningún otro texto de su tiempo, el “Martín Fierro” produjo un dispendio de inutilidades entre los críticos. Lo que pasa al leer es, entre otras cosas, algo del orden de la inutilidad (risa, exaltación, alivio, angustia...).


Osvaldo Lamborguini se reía al escribir alguno de sus textos en el que ponía en escena lo que llamaba “el dispositivo del contínuo” que consistía en volverse loco al hacer el gesto del dedo índice girando en la sien. James Joyce gozaba escribiendo el “Ulises” ya que imaginaba que iba a hacer trabajar a los universitarios durante 300 años. Mal que le pese a David Lodge o a su alter ego Helen Read, esa necesidad de narrativa, ese exceso que conlleva, lo malsano que la empuja resulta ser goce… goce del cuerpo que se exalta, se angustia, se sacude de risa, se alivia de dolores. Ese goce está alojado por la escritura, en la escritura y no es producto del significado de la historia (o no solamente) sino de la letra, no por la significación sino por lo que se escribe o se lee y esto no lo llega a captar David Lodge. La letra y el goce que produce es algo bien real ya que es satisfacción del que escribe pero también del que lee dado que está también su satisfacción. Ambas testimonian de lo que de la letra resuena en el cuerpo y va del placer al sufrimiento, del horror al alivio, de la risa al llanto, de la indignación al embeleso, de la autosuficiencia al síntoma en una línea que, sin pasar ningún borde, es el goce del serdicente y algo por completo inútil.


¿Sueño, juego, deseo? Paradojas de la satisfacción que vale como goce del cuerpo.



Singularidad del psicoanálisis.



Si bien el psicoanálisis es un esfuerzo por decir bien, no se asimila a una cuestión de pura retórica sino que en él, se trata de decir el goce propio de un modo que haga que el dolor de existir se convierta en soportable justamente por acercarse lo más posible a esa singularidad del propio goce habiendo logrado cierto saber sobre él. En suma, si bien el psicoanálisis toma el relevo de la poesía, hay diferencias. Un analizado se orienta respecto de su goce y sabe hacer uso de él. En un poeta lo primero no sucede necesariamente aunque el uso que haga de él tenga resultados sublimes. El caso típico es el de Rilke, el gran poeta que escribía con sus entrañas al desnudo lo que le hacía la vida insoportable. Contrariamente a lo que creía Rilke (apoyado en esto por su amiga Lou Andreas Salomé) un psicoanálisis le hubiera permitido quizás una relación a su vida, a su goce, menos insoportable y no le hubiera sacado nada de su don para crear poesía.


El psicoanálisis se sitúa, en el campo de las dos culturas en un lugar paradójico de autoatravesamiento: no es una ciencia pero la tiene en su horizonte. No hace poesía pero su ambición es el biendecir.


Graciela Musachi

miércoles, 22 de octubre de 2008

Esmeralda Miras, miembro de EOL Buenos Aires, Centro Descartes, AMP, escribe, desde la literatura, un breve ensayo sobre el amor.


Versiones del amor. Dante, Victoria, y Ortega.


Victoria Ocampo le comenta a Virginia Wolf su deseo: escribir, bien o mal, pero, como una mujer. ¿Cuál es el cómo?


Busquemos en su primer ensayo, sus apuntes sobre un pasaje de la Divina Comedia. "De Francesca a Beatrice", lectura que hace entre dos mujeres. Siendo joven y formal, escribe en su libreta de apuntes sus impresiones, lo que consuena con ella de esos versos.


Nos cuenta que subió la escalera de la Biblioteca Nacional, temblando, asustada, cuando le llevaba estos escritos a su maestro Paul Groussac. Él le recomienda abandonarlos, le sugiere que se dedique a algo menos dantesco y pedantesco, que escriba algo más personal, sobre ella misma, por ejemplo.


Victoria nos dirá: "No se percataba que sobre ese asunto, carecía yo de informaciones fidedignas”


Oscuramente como a tientas, buscaba en esos versos respuestas para sí. Se va entonces desmoralizada, desorientada, desilusionada. ¿Cómo abandonar lo que la abarcaba, lo que no la abandonaba, lo que al leer la leía? Sus informaciones sobre lo que le pasaba las estaba buscando en el Dante.


A pesar de esto guarda sus escritos y poco después aparecen en Babel, un apartado de la Nación en 1921. Más tarde, Ortega y Gasset los rescata y los publica en la Revista de Occidente.


¿Qué es el amor Francesca?


Estamos en El Infierno, en el canto V desde el verso 100.


Francesa y Paolo juntos en el viento como sombras, a las que Dante se acerca asombrado. Actitud que generalmente mantiene en todo su recorrido, no se privaba de preguntar, a la manera socrática, uno por uno, qué los había llevado a habitar tal o cuál lugar en los círculos de su universo. Dante, aquí, quiere saber quiénes son y cómo fue que se enamoraron. Pero es a ella, a Francesca a quién se dirige. ¿Qué es el amor Francesca? y ella le dice: " amor no perdona" a la manera que podemos ver en los versos del Canto V de El Infierno, desde el verso 100


Victoria escribe los sucesos que se producen a partir de su lectura de estos versos en el tercer tomo de su biografía, que según María Esther Vázquez, es una novela de amor. Francesca y Paolo le permiten acercarse a lo que estaba viviendo en ese momento, su amor prohibido con el primo de su marido.


"Empecé a encontrar en el poema una revelación de estados de ánimo, que aclaraban aspectos de mi propio ser".


Amor clandestino que se prolongará durante 13 años y que termina con su matrimonio, amor reconocido por ella como el amor más importante de toda su vida. Amor, pasión, que pretende describir en su ópera prima. Dice:


"Cuesta trabajo comprender cuando se empieza a vivir y a leer, en qué consiste el suplicio de los dos amantes del Canto V.

Es verdad que son arrebatados de la vida pero van eternamente unidos el uno al otro, se siente uno inclinado a imaginar que el ser llevado sin tregua por un huracán no ha de ser tormento muy terrible si se comparte con el ser amado, el sentido profundo de esta búfera infernal no aparece enseguida y los versos permanecen inexpugnables mientras el dolor de vivir no ha abierto la brecha por donde manan su belleza, su sentido y nuestra sangre."

“Francesca y Paolo van juntos, sí, pero… adónde. A ninguna parte. Giran, solamente. Francesca y Paolo están juntos, sí,… pero cómo. Envueltos en huracán y tinieblas, enceguecidos por la noche, asordados por el clamor del viento, no pueden verse, no pueden hablarse.

El huracán apaga el sonido de sus voces y sus miradas no encuentran sino tinieblas.

Van abrazados el uno al otro pero ciegos y sordos el uno del otro.

Prisioneros solitarios de la tempestad y de la noche.

Prisioneros de su propia tempestad y de su propia noche, prisioneros de sus sentidos.

Y aquello mismo que los mantiene asidos uno al otro, los mantiene separados, son los viajeros errabundos de su amor, esclavos del vórtice que los arrastra, sin jamás poder hacer alto y gustar el uno del otro porque para poder gustar de una cosa hay que hacer el silencio en torno suyo, hay que morar en ella.

Así tantos seres van inseparables y no obstante aislados.

Es el jamás mas absoluto, más desesperado que haya arrancado el arte a la vida”.


Creo que Victoria, en su consonancia, en su resonancia, capta la estructura de la imposibilidad de la relación, los amores difíciles, el silencio estructural aún en el ruido, silencio de lo indecible, que se alude mejor desde una posición femenina, el vacío que limita con el amor. Los versos que el " jamás" produce.


Es interesante, en este sentido, lo que produce en Ortega y Gasset, quién escribe un prólogo extenso para esta obra, donde ubica a Victoria en el Ideal, desarrolla el lugar de la dama y del amor, casi como un compendio del amor cortés. Victoria rechaza ese lugar de "La Señora”, y trata a Ortega como la dama al caballero. Desdén y causa.


Este juego de cajas chinas, de espejos, estas puestas de erastés, en Lanzarote, Francesca, Victoria, Ortega, me pareció un buen ejemplo de lo que para Lacan es la estructura del amor, un vacío significante. Encontré algunas referencias a Dante y su poesía del amor que, como Victoria, las llama la bufonada y como es que con el significante amor, se crea la comedia. Algo de verdad.


Victoria en este juego es una alusión a lo que ella llama una mujer escritora, finalmente, de estos encuentros y desencuentros, Victoria Ocampo obtiene un nombre: “Sur”, sugerido por Ortega para su editorial.


Esmeralda Miras.

martes, 21 de octubre de 2008

Concha Miralles hace una reflexión sobre la escritura y la lectura, partiendo de un hermoso cuento

¿QUÉ FUE ANTES, LA LECTURA O LA ESCRITURA?


Ésta, que parecería una pregunta más sencilla de responder que la del huevo y la gallina, si nos detenemos un poco a pensar, se encuentra en el mismo orden de retos del razonamiento. Si entendemos que leer consiste en descifrar el mensaje que encierran determinados signos y nos remontamos a la prehistoria, los hombres de aquellos tiempos, aún no iniciados en grafías de ningún tipo, observaban con curiosidad el cielo, sus movimientos y misterios. La naturaleza y sus ciclos han despertado desde antiguo enigmas que se han querido comprender e interpretar. Signos escritos, mucho antes de que existiera el pergamino, en el cielo, en el vuelo de las aves, en la lluvia o en el fuego. Signos de algo, de otra cosa, de un saber oculto y secreto que sólo los iniciados podían revelar.


La lectura, en ese rango de misterio que se esconde en los signos escritos a través de los cuales surge el conocimiento, la cultura, y se nutre la imaginación, tiene, pues, su origen en el deseo de desvelar los grandes misterios del mundo, los mismos para los que aún, con toda la arrogancia tecnológica de nuestra época, no tenemos respuestas concluyentes. Y si la lectura surge por el deseo de interpretar, de desvelar, la escritura nace en el deseo de comunicar y trasmitir. Se trata de tiempos diferentes, ¿pero cuál de ellos antes? Acaso resulte lógico pensar que primero sea el deseo de conocer y luego el de trasmitir. En ese caso, la gallina o el huevo –según como se considere el principio de las cosas- sería la lectura.


Y, hablando de principios, hay un precioso cuento de Rudyard Kipling, incluido en Los cuentos de así fue, que se me viene al hilo de todo esto. Lleva por título “Cómo se escribió la primera carta”, y narra las peripecias de Tegumai Bopsulai y su hija Taffi. Estos fueron un día a pescar carpas al río Wagen, cuando se encontraron con el arpón roto y muy lejos de su hogar. A la niña, para ayudar a su padre, se le ocurrió hacer unos dibujitos en una hoja de abedul representando a su padre en el río, triste, con el arpón roto. También dibujó a su madre, la cueva donde vivían y el arpón de repuesto que allí tenían. Le pidió a un extranjero de piernas largas que casualmente pasaba por allí que llevara corriendo la misiva a su madre, confiando en que ella sabría interpretarla y le entregaría el arpón de repuesto. No contó Taffi con el susto que se llevaría su neolítica señora madre al leer la carta, pues de los dibujos concluyó que el extranjero había dado muerte con un arpón a su marido y que venía a vanagloriarse de ello delante de todos.


Según el cuento de Kipling, la primera carta que se escribió en el mundo tuvo una lectura equivocada, con la consecuente paliza descomunal en los lomos del primer cartero de la historia.


Valga este relato para argumentar que la lectura –sobre todo si se trata de asuntos literarios- tiene la virtud y el peligro de aquella primera misiva: poder ser interpretada de tantos modos diferentes como lecturas se hagan de ella, porque pasa sin remedio por el filtro de lo subjetivo, y éste suele conectar mucho más con las emociones que con la razón. Eso hace que la escritura pueda multiplicarse infinitamente en el ámbito de lo personal e intransferible y que cobre dimensiones absolutamente desconocidas a las intenciones originarias del autor, porque, como puede decirse, hay mil lecturas distintas y un solo escrito verdadero.


Concha M. Miralles

viernes, 17 de octubre de 2008

D. Cesar Mazza nos envía el siguiente texto, en clave de ensayo, sobre la lectura.

La lectura y sus dobles (Por César Mazza)


Me entrego otra vez a la lectura, tal vez como último refugio de lo que fuera una lectura de iniciación, con el objetivo más inmediato de contrarrestar cierto extrañamiento propio a la experiencia de la escritura. El reencuentro con aquel texto de Borges, signado como el primero de la serie en la ficción que cada cual construye del inicio, duplica las lecturas recorridas hasta aquí. Infatigable retorna la frase del relato El inmortal: (antes de entrar a la ciudad de los inmortales, el personaje murmura) Tan abominadas del hombre son la novedad y el desierto que me alegré de que uno de los trogloditas me hubiera acompañado hasta el fin. Cerré los ojos y aguardé (sin dormir) que relumbrara el día.


La pregunta entonces: ¿por qué la novedad sería abominable? Alusión aparentemente paradójica puesto que en otros textos Borges referirá lo abominable al espejo y a la paternidad, vale decir, a la potencia de la multiplicación. Un ejemplo puede señalarse en el pasaje que sigue, de Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius. Antes de comentar la frase, recordemos que la escena del comienzo es una invitación para ingresar al texto. Pero ¿de qué forma? Este relato en primera persona devela la ingenuidad del yo del realismo, pero en él un movimiento desestabiliza la identificación del lector: mediante un juego de espejos el reflejo de un reflejo configura una simulada simulación que sitúa nuestra presencia en el interior del cuadro observando ahora a los personajes cautivos de un espejo.


"Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar. El espejo inquietaba el fondo de un corredor de una quinta de la calle Gaona, en Ramos Mejías; la enciclopedia falazmente se llama The Anglo-American Cyclopadeia (New York, 1917) y es una reimpresión literal, pero también morosa, de la Enciclopaedia Británica de 1902. El hecho se produjo hará unos cinco años. Bioy Casares había cenado conmigo esa noche y nos demoró una vasta polémica sobre la ejecución de una novela en primera persona, cuyo narrador omitiera o desfigurara los hechos e incurriera en diversas contradicciones, que permitieran a unos pocos lectores –a muy pocos lectores- la adivinación de una realidad atroz o banal. Desde el fondo remoto del corredor, el espejo nos acechaba. Descubrimos (en la alta noche ese descubrimiento es inevitable) que los espejos tienen algo de monstruoso. Entonces Bioy Casares recordó que uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres".


Por su puesto que los referentes de la narración no guardan una estabilidad realista, tanto el espejo como la Enciclopedia formaran parte de la intriga. El espejo en tanto captación de la mirada ya no tendrá la bondadosa capacidad de darnos una imagen donde nos podamos ver amables y amados, representados por una buena forma. El espejo borgeano vuelve inquietante y más interesante la realidad. Más aún, es una ironía que desnuda la ingenuidad de una concepción del mundo anclada en dos términos: lo bueno y lo malo, la civilización y la barbarie, el cielo y la tierra, etc. En cuanto a la Enciclopedia, baste decir que el autor sostiene la intriga no solamente respecto a su origen sino que también en relación a la ubicuidad de ese país indocumentado y de ese heresiarca anónimo. Una ex -sistencia inquietante que no dejará de subvertir la idea establecida de lo que se entiende por el orden del mundo.


El otro relato que alude a la conjunción entre el espejo y la paternidad se titula Los espejos abominables dentro de la saga El tintorero enmascarado Hákim de Merv, títulos que se incluyen en la Historia Universal de la Infamia. El extraño tintorero, refiriéndose a su oficio, dirá: así pequé en los años de mi juventud y trastorné los verdaderos colores de las criaturas, así Satán y el Ángel son desenmascarados en su impostura, en su ingenua versión de la verdad.

El Ángel me decía que los carneros no eran del color de los tigres, el Satán me decía que el Poderoso quería que lo fueran y se valía de mi astucia y de mi púrpura. Ahora yo sé que el Ángel y el Satán erraban la verdad y que todo color es aborrecible.


Por suerte existe ese arte de impíos, de falsarios y de inconstantes que consiste en inventar la simulación. Borges nos advierte en el Prólogo a la edición de 1954 que dichas páginas no disimulan su naturaleza barroca, sin dejar de avisarnos que barroco es aquel estilo que deliberadamente agota (o quiere agotar) sus posibilidades y que linda con su propia caricatura. Un tintorero enmascarado es un pleonasmo ¿por qué alguien que se dedica al oficio de enmascarar con manchas, tinturas, colores aparece al mismo tiempo enmascarado? Procedimiento que exhibe el propio disfraz, comedia de la presencia, parodia que explicita la máscara: la inexistencia de una identidad original o, si se quiere, del imperativo de ser auténtico. Porque los no incautos, por un lado, son los que aparentemente no se dejan engañar o incautar por el juego de las máscaras, y por otro lado, como el Ángel y Satán son los que se engañan exigiendo lo verdadero sobre lo verdadero tras levantar el último velo. Así desfilan varias figuras de esa especie, los que encuentran tanto una novedad abominable, como infiernos maravillosos y cielos no menos desesperados por haber querido ver que hay detrás de la máscara, sin saber que lo esencial del universo es la vacuidad. Pero la parodia no solo denuncia todas las apariencias del mundo sino que, fundamentalmente resta dramatismo a las figuras del horror.

La operación del doble, primero como asegurador de la vida -dirá Freud- se transformará en un siniestro mensajero de la muerte que no deja de guardar relación con los semblantes del horror, con un supuesto goce malvado del Otro. Porque “el espejo –dirá Germán García- es un objeto donde se ve aparecer Uno”, la historia será la que atenta contra ese Uno: “La historia del espejo habla de envenenados por el azogue de los cristales que cubrían las paredes de sus cámaras de sueño: cuerpos confinados a la duplicación de los espejos que pasan durmiendo a la muerte.” (García, Germán)

Desarmar el espejo es atentar contra el régimen del Uno. Por lo tanto, fabricar la parodia del doble implicará desnaturalizar la propia máscara, esa encarnadura mediante la cual alguien se cree Uno. Tzvetan Todorov dirá que el gesto inaugural de toda lectura es cierto trastorno del orden aparente del texto. El autor tratando de responder a la pregunta ¿cómo leer? pasa revista a diversos tipos de “discursos críticos” de la literatura, tales como la proyección, el comentario, la interpretación y la poética. Procedimientos estos, que enmarcan la noción de lectura, situando su especificidad. Así la lectura atraviesa y es atravesada por esas otras operaciones.

Estos discursos no solamente son diferentes entre sí sino que también comparten un rasgo en común: ser heterogéneos al discurso literario mismo. Despierta cierta intriga la forma en que el autor se apropia de Freud para preguntarse por el precio de la elección metodológica efectuada: leer un lenguaje a través de otro, un sistema simbólico por intermedio de otro. Freud había señalado que el sueño no sabe decir ‘no’, dirá Todorov para preguntarse ¿la literatura no tendría a su vez, algunos elementos que el lenguaje ordinario no sabe decir?

Si la teoría presupone el lenguaje científico, la literatura tendrá un costado inteorizable. Afirmación que le permitirá al autor aseverar que una función de la literatura será la subversión de esos lenguajes, ya sea el científico o el ordinario. ¿Qué papel jugará la lectura en este entrevero de discursos? La lectura es una práctica que se hace y deshace, será la inquietante cabeza de Medusa que se duplica hasta el infinito. De la serie enumerada de operaciones, su concepto no se deja subsumir por los otros, permanece con una cierta indeterminación que sostiene la especificidad. Por ejemplo respecto de la poética, procedimiento que apunta a catalogar un texto dentro de un género, la lectura se diferencia porque su objeto es el texto singular y su objetivo será desmontar su sistema.


Teóricamente –dirá Todorov- pretende un imposible. Quiere asir, con ayuda del lenguaje, la obra como pura diferencia, mientras que el lenguaje mismo reposa sobre la semejanza y nombra lo genérico, no lo individual. La expresión ‘sistema del texto’ es un oxímoron. Esto es posible en la medida (la especificidad, la singularidad) en que no es pura. El trabajo de lectura consiste siempre, en un grado más o menos grande, no en obliterar la diferencia, sino en desmontarla como efecto de la diferencia cuyo funcionamiento se puede conocer. Sin ‘alcanzar’ jamás el texto, la lectura podrá acercársele infinitamente.


La lectura tampoco se subordinará al dominio de la interpretación [1] puesto que su operación no se constituye específicamente en la sustitución de un texto por otro. Todorov señalará al palimpsesto como ejemplar para describir la interpretación, en tanto descubre, a través del tejido textual aparente, un segundo texto más auténtico. Si bien la lectura tiene un parentesco con la concepción de texto como palimpsesto, su movimiento no apunta a remplazar un texto por otro sino a describir la relación entre ambos. Para la lectura –dirá Todorov- el texto no se constituye como otro sino como múltiple.

Otra puntuación que no quisiera saltear es la referida al comentario: una tensión se establece entre el comentario como una lectura atomizada y la lectura como un comentario sistemático. Vale decir, el problema de entrar al discurso universal sin la eliminación de la singularidad, sin el barrido del rasgo de cada lector. El autor resuelve la aporía de una forma muy divertida, con una especie de chiste: porque lo va a referir nada menos que al tema de la fidelidad. En primer lugar, dirá que la tensión se dirime en términos de renuncia: aquel que apunta al sistema deberá renunciar al principio de fidelidad literal; para luego subvertir el sentido de la fidelidad, en cuanto desnaturaliza la idea de tal virtud. Dirá que no se accede directamente a la fidelidad, se la conquista; eso implica abandonos frecuentes, pero no irresponsables.

Y una conquista no será estrictamente un descubrimiento, sino que su hallazgo viene del encuentro, se produce en y por el mal-encuentro. Más aún, llevar a un extremo la apropiación del texto me permitió no abandonar la fidelidad literal, extraer la frase para el título y explotar conceptualmente la figura del doble. La cita, entonces: estas distinciones entre la lectura y sus dobles no deben llevarnos a pensar que las separa un abismo y nada las reúne.


Cesar Mazza


Bibliografía:

García Germán (1977): “Enigma Tausk” en Obras Psicoanalíticas de Victor Tausk. Buenos Ed. Morel

Todorov, Tzvantan (1987): “¿Cómo leer?” (Traducción de L. Vilariño) Publicación de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario.

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[1]
Parafraseando al autor diremos que el reinado de la interpretación es vasto puesto que domina la tradición occidental desde las exégesis alegóricas y teológicas de la Edad Media hasta la hermenéutica contemporánea.