jueves, 5 de noviembre de 2015

Presentación del libro Micronesia, de Gustavo Dessal


Presentación del libro

Micronesia

Gustavo Dessal

Miércoles, 11 Noviembre de 2015 a las 20:30 horas
Gran Vía 60, 2º Izda.

Entrada libre


                                  Contaremos con la presencia del autor

¿Qué motivo puede tener Armando Bermúdez, simple cajero de banco de una sucursal de barrio, para colaborar con una oscura banda de delincuentes? Un hombre anónimo, que lleva una vida insípida, carente de anhelos, proyectos, o afán por el dinero, se convierte en la pieza clave de un misterioso engranaje donde se mezclan mafiosos de poca monta, un informático sobrepasado por sus propias habilidades, y una disparatada sucesión de montajes y simulacros. 

INTERVIENEN:

Sergio Larriera, psicoanalista, miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y docente del Nucep.

Gustavo Dessal, psicoanalista, miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y escritor.

COORDINA:
Amanda Goyapsicoanalista, miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, docente del Nucep y Directora de la BOLM.
  
ORGANIZA:
Equipo BOLM: Pilar Berbén, Carmen Bermúdez, Antonio Ceverino, Beatriz García, Amanda Goya (directora), Ivana Maffrand, María Martorell, Esperanza Molleda, Diana Novara, Juan Carlos Pérez.

lunes, 19 de octubre de 2015

TEATRO CONTEMPORÁNEO ARGENTINO IV CICLO DE LECTURAS DRAMATIZADAS

Organiza e invita: Embajada de la República Argentina en España
Colabora: Casa del Lector
Dirección general del Ciclo: Jorge Cassino


Próxima Lectura: Miércoles 21 de 
octubre: 'Segundas opiniones', 'La que sigue' 'Si tengo suerte' piezas breves enlazadas de Griselda Gambaro.
Dirección: Jorge Cassino 
          En  Matadero Madrid. Paseo de la Chopera, 10 . Casa del Lector
Entrada libre y gratuita hasta completar aforo.

jueves, 15 de octubre de 2015

Lectura dramatizada en Matadero Madrid. Dirige Jorge Cassino

Segunda Lectura Dramatizada:
Miércoles 14 de octubre a las 19:00 h.
En  Matadero Madrid. Paseo de la Chopera, 10 . Casa del Lector
Entrada libre y gratuita hasta completar aforo.

'DE PROFESIÓN MATERNAL' de Griselda Gambaro.
Dirección Damián Giménez.
Reparto: Soledad Oviedo (Matilde), Natalia Moya (Leticia), Marisol Antolino Gómez (Eugenia).

 Matilde, abandonó a su hija Leticia  hace años pero hoy se encontrarán finalmente. 
Matilde vive ahora con Eugenia, su actual pareja:  ese encuentro promete ser tenso, lleno de rencor, dolor y furia, porque: 
 ¿Se puede reconstruir una relación que nunca existió?
 ¿Cómo reaccionar ante una situación de abandono en la que ni siquiera hay recuerdos? 
¿Se puede perdonar?
 ¿Sabrán cómo llegar una a la otra: la madre que no pudo ser y la hija carente de su  amor tan necesario?

TEATRO CONTEMPORÁNEO ARGENTINO
IV CICLO DE LECTURAS DRAMATIZADAS 

GRISELDA GAMBAROABSURDO, REALISMO Y REALISMO CRÍTICO.

Organiza e invita: Embajada de la República Argentina en España
Colabora: Casa del Lector
Dirección general del Ciclo: Jorge Cassino


sábado, 10 de octubre de 2015

Tertulia 64. El regreso, de Joseph Conrad. Comentario de Gustavo Dessal

El regreso. Qué palabras tan sencillas y a la vez tan bien elegidas para dar título a esta obra, escrita por un grande entre los grandes de la literatura moderna. Conrad no solo ha conquistado un lugar eminente, sino que entre otras apasionantes circunstancias de su vida vale la pena mencionar que logró encontrar una extraordinaria fuerza expresiva en una lengua que no era la suya, puesto que había nacido en Polonia, y fue en la juventud cuando adoptó el inglés, convirtiéndose en uno de los más reconocidos estilistas de ese idioma.

A lo largo de este relato iremos viendo cómo el término “regreso” se despliega en una variedad de sentidos que se multiplican como esa imagen tan poderosa del juego de espejos que en cierto momento de a trama el autor va a introducir, para sumergirnos aún más en esa atmósfera de angustia que alcanza los límites de la desesperación. Creo que una de las virtudes más asombrosas de este cuento reside en que Conrad es capaz de acercarnos peligrosamente a lo trágico que, de manera latente, habita en lo cotidiano y lo anodino. Aquí no estamos en el mundo trágico de Shakespeare, no hay guerras, ni parricidios, ni matanzas ni suicidios. No sucede nada extraordinario. Sin embargo, la maestría de Conrad consiste en mostrar que lo trágico no necesita de lo espectacular, sino que podemos hallarlo con solo rascar un poco la delgada superficie de las apariencias. Por otra parte, el autor ha elegido un tema eterno para traducir la profunda y mezquina miseria de la que estamos hechos: el tema de la relación entre un hombre y una mujer, que como ustedes ya bien saben, es uno de los mejores argumentos que el psicoanálisis tiene para sostener que algunos agujeros pueden tener sus remiendos, pero que no por ello desaparecen como agujeros.

La historia comienza con un regreso. Alvan Hervey desciende del tren que lo devuelve a su casa tras una jornada de trabajo. El autor se detiene ex profeso para describir la escena. Le interesa destacar, fundamentalmente, esa multitud de soledades que se dispersan, como si huyesen de algo sospechoso o escondido, algo como la verdad o la pestilencia. Verdad y pestilencia son dos palabras que en cierto modo vertebran la trama. Nuestro protagonista ha escapado siempre de la verdad como de la peste, y está aún muy lejos de imaginar que va a tropezar con ella en la sagrada y firme intimidad de su hogar. Hay un detalle que tal vez pueda parecer un mero recurso destinado a recrear la imagen de la estación, pero que en cambio considero digno de mencionar. En el medio de esa multitud indiferenciada e indiferente, destaca la figura de un anciano que se para un momento, presa de un ataque de tos, y al que nadie presta atención. Esa presencia frágil e ignorada es el contrapunto de Alvan, que es joven, destacado objeto de la mirada, fuerte, exitoso, ganador. Alvan se dirige a su casa, su casa que es el fiel reflejo del mundo tal como él lo concibe y que Conrad resume con preciosas y mordaces palabras: “era una esfera sumamente encantadora, la morada de todas las virtudes, donde nada sucede y donde todos los gozos y las penas son prudentemente atenuados como placeres y molestias. En perfecta armonía con ese espíritu, Alvan ha elegido a una mujer con la que construye una relación que satisface plenamente sus necesidades de orden, normalidad y virtud, que pueda servir a todos los fines prácticos que se requieren para cumplir con esos principios, y cuya máxima intimidad no es presentada en una frase de una sórdida crudeza: “dos animales que se alimentan del mismo pesebre, bajo el mismo techo de un lujoso establo”. Este es uno de los tantos ejemplos de cómo procede Conrad: él mismo, con pocas palabras, convierte el lenguaje en un estilete con el que perfora su propia poesía, haciendo sangrar la superficie de la belleza.

Ese hombre sobresaliente, y esa mujer hecha para completar el diseño perfecto de un cuadro perfecto, son en verdad tan cercano el uno al otro como dos mulos o dos vacas que se arriman para saciar su apetito. En cambio en el escenario público son dos hábiles y gráciles patinadores que se deslizan por la superficie de la vida, trazando figuras que suscitan la admiración de los otros. Mientras tanto, ambos ignoran la corriente secreta que fluye viva bajo la capa de hielo. Este juego de oposiciones entre lo congelado y lo abrasador, la luz y la oscuridad, lo vivo y lo muerto, la realidad y lo real, atraviesa todo el relato. Tan solo un ejemplo de ello es la estatua de mármol de una mujer que sostiene una luz con su brazo alzado. Esa mujer de mármol, referente que Conrad menciona varias veces y no por casualidad, es el ideal femenino de Alvan: la mujer muerta, inmóvil, funcional, y que aporta esplendor y valor estético. La mujer que está siempre en el lugar donde se la espera.

Por fin, vemos a Harvey alcanzar la meta a la que ansiaba regresar: su dormitorio. Conrad es minucioso en su explicación de los espacios. Se recrea en las estancias de esa casa que simboliza el reino del protagonista, y en especial el dormitorio, el núcleo sagrado de su intimidad, su secreto refugio, ese dormitorio donde va a descubrir la carta que abre un precipicio a sus pies. Ese cuarto donde mediante un ingenioso ardid dramático el autor hará surgir algo que desequilibra la anhelada y bendita soledad de Harvey: la multitud fantasmal y muda de los espejos, el tribunal, el jurado, los dobles imaginarios multiplicados al infinito que lo imitan y lo observan en silencio. La multitud indiferente y lejana de la estación, se ha introducido en la intimidad de su dormitorio para presenciar su caída.

El mero descubrimiento del sobre, incluso antes de conocer su contenido, desencadena en él la intuición de la catástrofe. Ese minúsculo signo que ha alterado la rutinaria y confortable inmovilidad de su vida basta para provocar una conmoción tal que lo hace experimentar “de pronto, el lacerante sentimiento de inseguridad, la absurda y rara impresión de que la casa se ha movido un poco bajo sus pies”. Una vez abierta la carta, su primera reacción consiste en correr hacia la ventana y asomar la cabeza para combatir el ahogo con una bocanada de aire fresco. Para su sorpresa, lo que sucede lo desconcierta aún más: el mundo emerge súbitamente del fondo de la noche, y el murmullo “de algo inmenso y vivo” penetra en sus oídos. La carta lo enfrenta a un horror que desconocía: lo vivo de la existencia, esa vida martirizada y mortificada por el orden, la virtud, la contención, la razón, la normalidad, las reglas, las convenciones, y toda esa compleja maquinaria de tortura que el psicoanálisis identifica con un solo término: el superyó. Es impactante el modo en que Conrad nos transmite el horror de Alvan ante sus propias palabras, unas palabras que a duras penas consigue balbucear y que al oírlas escapar de su boca lo llenan de espanto: “Ella se ha ido”. Las palabras son más poderosas que los hechos. Poseen la siniestra facultad de invocar los poderes del Destino, incluso más que las propias acciones.

Harvey se confronta a un acontecimiento que profana su cuerpo. Se siente de pronto enfermo, porque por primera vez ha sido tocado en la carne sensible de la vida, y la vida -escribe el autor- se le antoja intolerable. ¿Qué es aquello de la vida que ha desarbolado la seguridad en la que Alvan Harvey permanecía guarecido? Con su afinado arte, Conrad comienza a desplegarnos la respuesta: es la mujer. “¿Cómo puede ser que su esposa -¡su esposa!- desprecie el respeto, la comodidad, la paz, la decencia, una posición, todo por nada?”. El abismo no es cualquiera. Es el abismo del deseo, y nadie mejor que la mujer para mostrarnos la magnética afinidad entre el deseo y la nada. Es entonces cuando el relámpago de un pensamiento atraviesa a nuestro hombre. La había visto siempre a ella como una chica de buena crianza, una esposa, una persona culta, señora de su hogar, una dama. “Pero jamás se le ocurrió imaginarla simplemente como una mujer”.

En una cascada de ideas tormentosas, Conrad nos hace recorrer con pasmosa velocidad pero impecable rigor el proceso mental de Harvey, que acaba en la idea que se impone como el estallido de un trueno. “¡Si acaso ella hubiese muerto!”. Es decir, mejor muerta que mujer, antes estatua de mármol que carne palpitante, deseosa de algo que él no puede concebir, él que había creído encontrar la fórmula de la felicidad en una sobria medida: ni demasiado amor, ni demasiado arrepentimiento. Esa mujer, en un instante, ha echado por tierra todo aquello que él se ha esforzado en preservar. Alan comienza a comprender que ha sucedido algo terrible, algo que no se acaba en el hecho de que su mujer se ha marchado. Como la fractura creada por una falla geológica, esa partida ha producido en él una conmoción que toca el núcleo mismo de su existencia, amenazada con disolverse. Ella ha sucumbido a la pasión, esa fuerza innombrable, “esa infamia imperdonable y secreta de nuestros corazones”, eso que debe mantenerse a raya porque es un atentado al orden, la medida, el sentido común, la decencia, lo conveniente. El misterioso e insospechado deseo de ella ha puesto en cuestión el equilibrio del universo, de su universo, el de Alvan, lo ha desarreglado para siempre. Los otros, ese ejército incontable de reproducciones de su propia imagen, lo miran, lo reducen a la pequeñez de una cosa miserable e impotente. Esa violenta sensación de ser objeto de una mirada sin palabras, obra al mismo tiempo un efecto paradójico. Es la angustia y la humillación, la ira y la perplejidad, pero también algo que comienza a nacer en su interior, un dolor que lo humaniza, lo arroja al desamparado originario del que todos provenimos. “Estaba de pie, solo, desnudo y asustado, como el primer hombre en el primer día del mal”.       

Es imperioso que haga algo. ¿Quién puede soportar semejante dosis de verdad de una sola vez? La vida solo se tolera cultivando una buena cosecha de mentiras con el sudor de la frente. Como primera medida, es preciso hacer recuento de las pérdidas, como de las bajas tras una batalla. La contabilidad siempre es uno de los recursos favoritos del hombre, que intenta por todos los medios establecer una cifra al menos aproximada de lo que en el deseo femenino se manifiesta como un exceso incalculable. Pero ella regresa. Con toda la intención, Conrad desequilibra el perfil de los personajes. De ella no sabemos casi nada, o muy poco. No sabemos su nombre. No sabemos por qué se ha marchado, ni por qué ha vuelto. Pero sabemos que ya no es la misma. Para Alvan, la que ha vuelto es Otra, y si en Otra se había convertido al marcharse, es Otra al volver, porque su regreso, lejos de suponer la promesa de una reparación, no hace más que duplicar el horror de lo no sabido: no saber la causa de su partida, no saber la causa de su retorno. Al verla, tiene la impresión de retornar él también de un viaje a una región remota y desconocida, la región donde los corazones habitan sin velo. 

Otra vez la mirada. La mirada de ella, insoportable, indescifrable. Su regreso es tan escalofriante como la carta en la que anunciaba su despedida. Él querrá una explicación, pero al mismo tiempo le horroriza conocerla. “Tenía miedo de que ella dijese demasiado”. Él, que ha preferido siempre el silencio de la palabras inocuas y conocidas, las que no dicen nada. Y por segunda vez leemos la frase que Conrad nos impone como un axioma más pesado que el plomo: “Las palabras son más terribles que los hechos”, una frase que bien podría haber sido escrita por Sigmund Freud.

Esta segunda parte, la que se inicia a partir de que ambos vuelven a estar uno frente al otro, en la intimidad del dormitorio, es una sucesión de fragmentos temblorosos, un intercambio de pocas palabras en dos planos que no se cruzan. Él reclama desesperadamente el sentido, y procura revolver en las ruinas de su edificio buscando las pruebas -mezquinas, previsibles, vulgares- de la infidelidad y los celos. Ella, en cambio, no dice casi nada. Sabe que es inútil hablar, que todo lo que diga será para él una lengua desconocida e incomprensible. Además, ella ha fracasado. Vuelve siendo Otra para él, pero  no para sí misma. 

“No hay nada que saber”, es lo que ella responde.
“Esa carta es el principio y el final”.
“¿Qué es lo que he hecho?”, pregunta él con desgarro.
“Nada”. 

Y en esa nada que a él le resuena como un disparo en el cráneo, se escucha la ambigüedad de la “nada” como inocencia, y la “nada” como necedad.

“Después de todo, te amaba”, admite él. Después de todo.
“No lo sabía”, susurra ella.
“¿Y por qué crees que me casé contigo?”
“Para hacer lo de siempre: complacerte a ti mismo”, dice ella, pero remata su respuesta con una observación demoledora. 

Ella asume su incapacidad para amarlo, pero sabe que si lo hubiese amado de verdad, con esa desmesura del amor a la que una mujer puede entregarse, entonces probablemente él no se habría casado con ella, no se habría atrevido a semejante riesgo. En el tono quebrado de la voz de Alvan ella logra percibir aquello en cuya búsqueda se había marchado. “En la tragedia de su vida, Alvan Harvey había olvidado por completo la mera existencia de ella”.
Pero él no está dispuesto a rendirse, e intenta la batalla suprema, la improvisada prosopopeya -un monólogo literariamente prodigioso- donde echa el resto para convertirse en el sacerdote de una ceremonia destinada a invocar las fuerzas de la razón, los principios, todo aquello a lo que debemos renunciar para garantizar que el mundo recobre la armonía del dulce sepulcro. Incluso está dispuesto a perdonar paternalmente el descabellado acto que ella ha cometido. No obstante, en el fondo está perdido, derrotado. Nunca jamás podrá volver a correrse el velo, nunca jamás dejará de sentir el aguijón de la duda, de la sospecha, de la evidencia de toda falta de garantía. 

“¿Qué pensaba ella?… ¿Qué pensó durante todos estos años? ¿Qué pensó ayer, hoy, qué pensará mañana? Tenía que averiguarlo. ¿Pero cómo podría llegar a saberlo? Ya nunca volvería a saber lo que ella quería decir, lo que ella significaba. Eso sería para siempre imposible”
“Esa mujer lo había aceptado, lo había abandonado, y había regresado con él. Y de todo esto, él jamás podría conocer la verdad”. 

Entonces esta vez fue él quien decidió marcharse, y ya nunca retornó.


Gustavo Dessal

Tertulia 64. El regreso, de Joseph Conrad. Comentario de Miguel Alonso

El relato me parece un prodigio de inteligencia, pero también de habilidad técnica, una genialidad de un escritor excepcional sustentado por un potente pensamiento. Se asemeja a esos cuadros del Romanticismo, Friedrich, Turner, en los que, de pronto, un hombre mínimo contempla la inmensidad natural que lo rodea, o sus grandes obras derruidas por el paso del tiempo, o un naufragio, inmensidades ellas que diluyen la importancia de sus pensamientos, de sus grandiosas construcciones, un hombre que pierde su posición antropocéntrica para a instalarse en una confrontación desigual con la naturaleza. Lo mismo ocurre con Alvan, nuestro protagonista, contemplando su propio naufragio, o la caída de esa ficción que él sostiene como ideal, como gran construcción moral, y todo por la inmensidad de un enigma insoportable, el deseo de La mujer. Lo que ocurre es que Alvan no tiene la audacia de muchos hombres románticos. Más bien, su nostalgia le impide, durante casi toda la obra, dar un paso adelante que lo adentre en esos espacios desconocidos en los que el deseo se escribe en una irremediable página blanca, siempre incierta, pero apasionante. Quizá después de marcharse consiga escribir una verdadera vida, pero no lo sabemos.

Lo que se me reveló al poco de introducirme en la lectura de este relato, fue la importancia simbólica, metafórica, de la descripción primera, la llegada del tren a la estación después de surgir, no de un túnel, sino de un “oscuro agujero”, y la salida en rebaño de todos los pasajeros –masculinos en su mayoría— vestidos con el mismo uniforme, y esa mujer, dirigiéndose al tren, abriéndose paso en contra de la marea arrasadora que formaban los pasajeros masculinos. Es toda una metáfora de lo que, posteriormente, se desarrollará como historia en el relato de Conrad. También adquiere importancia simbólica, sobre todo retroactivamente, algún elemento que va jalonando, como adorno, el relato. Es el caso, por ejemplo, de esa estatua de mármol situada en la escalera de la morada familiar.

La entrada del tren en la estación nos introduce en varios escenarios. Primero, trae a colación ese negro agujero del que vemos surgir al tren. Enfática negritud que, seguida de todo ese rebaño de hombres uniformados, sugiere un agujero más estructural, ese vacío estructural que signa a todos los humanos, vacío que actúa como resorte de nuestro deseo pero, también, de nuestras ficciones, por ejemplo, esa ficción moral de la que trata nuestro relato de hoy, ficción que, por otra parte, es construida por los hombres para velar ese agujero del que todos, inexorablemente, surgimos y que las mujeres encarnan, de forma paradigmática, como enigma del deseo. Si Alvan encarna imaginariamente la ficción moral, “ella”, la mujer de Alvan, que no tiene nombre, encarna el agujero, el enigma del deseo.   

En segundo lugar, y ante este panorama, el autor monta toda una estrategia, como diría nuestro querido y añorado Alberto Estévez. En la confrontación imaginaria entre un “un” hombre y “una” mujer, lo que hace, en realidad, es confrontar dos estructuras, la masculina y la femenina, lo cuantificable y lo que no entra en la cuantificación, lo limitado y lo que no entra en los límites, lo cual puede leerse también como confrontación entre una moral muy concreta usada como marco y límite para la convivencia, y lo que escapa a ese marco, a ese límite moral, a saber, el enigma del deseo de La mujer, en tanto no toda ella entra en el control de la moral. “Qué fecundo resulta el enigma de lo femenino”, decía Alberto. Pues sí. Como para que alguien como Conrad pueda escribir relatos tan potentes y extraordinarios como El regreso.

Lo masculino, representado imaginariamente por Alvan, sostiene una ficción legal, una moral de clase fundada en el pensamiento burgués, para que nada escape al control, para que todo esté atado y bien atado, para que ningún deseo, emoción o sentimiento pueda perturbar la tranquilidad de unas relaciones humanas acomodadas. Por otro lado, una mujer sin nombre, simplemente “ella”, para abarcar así a La Mujer con mayúsculas, –el hombre sí tiene nombre, Alvan— “ella”, representada imaginariamente por un sujeto de carne y hueso, ante Alvan, parece una alegoría del enigma del deseo femenino, de ese agujero negro irrepresentable. Lo digo por la enorme cantidad de energía que tiene que emplear Alvan para luchar contra algo que para él es una abstracción irrepresentable, superior a él, un enigma que se le revela en ese ser femenino y que no puede ser captado ni aceptado por su ficción moral. Porque claro, no vamos a pensar que esa moral es revelación divina. No. Esa moral burguesa e ideal es una ficción creada por el hombre para dar lugar a un espacio de convivencia determinado. Pero ni la comodidad que esa ficción ofrece, ni sus bienes, ni la reputación y posición social que otorga, nada de esas materialidades pueden apoderarse del enigma que “ella” pone en escena. 

¿Qué son los pasajeros saliendo del tren más que un trasunto metafórico de esa moral universal con la que Alvan quisiera obturar la emergencia del deseo particular y singular de cada uno y, sobre todo, del deseo enigmático de la mujer? ¿Qué es esa mujer abriéndose paso a contracorriente del rebaño, sino “ella”, en el relato, una alegoría de ese enigma de lo femenino, siempre visto como amenaza para cualquier moral convencional?

De ahí que estemos ante un escenario profundamente ético. En esta línea, y dada la moral que circula por todo el relato, me parece muy pertinente traer a colación esa diferenciación que aparece en algunas vertientes de la filosofía y, de manera muy sólida, en el campo del psicoanálisis, a saber, la diferenciación entre moral y ética. Si se puede hablar de una moral universal como ideal, como ficción humana que intenta establecer un espacio de convivencia normativo basado en lo que está bien y en lo que está mal, no podemos hablar igualmente de una ética universal, pues en la cuestión ética estaría implicado el deseo. Y la relación con el deseo es, siempre, una cuestión particular. Una moral que no tiene en cuenta el deseo no es ética, es simplemente una estética de mármol, hierática, helada, inmóvil, como esa estatua que, inerte, adorna la escalera. En una moral de ese tipo, Alvan pretende ser el amo absoluto de la situación, pretende que la mujer no hable, no piense, no tenga afectos, que sea, simplemente, una estatua hermosa de mármol. Cualquier movimiento vital resulta peligroso.

Podemos preguntarnos, entonces, si se trata del deseo particular de cada uno, ¿cómo construir una relación estable entre hombre y mujer? Por supuesto, asumiendo una posición ética. Si nos movemos en el campo del amor, o de la vida en común, que pareciera ser el que sugiere el relato, podríamos pensar que Alvan quiere saberlo todo, tenerlo atado y bien atado, para lo cual dispone, de antemano, de una moral. Pero tenerlo todo atado y bien atado, ¿es un escenario seguro? En absoluto, ya estamos viendo que no. En una vida en común, necesariamente, la confianza en el otro ha de aceptar lo que no se puede decir.

Alvan parece confundido al final del cuento, pero sabe. Sólo piensa en un don. Y está bien que lo haga, porque de eso se trata. Él acabó comprendiendo.  ¿Ella no lo tiene? Alvan nos dice que no, pero sabe que sí, que ella representa paradigmáticamente ese don. La confusión de Alvan consiste en que para él un don sólo podía ser material. Él ve la verdad, sin duda, pero al esperar encontrar allí un don material, del cual “ella” iba a ser portadora, lo que encuentra es un agujero. Esa es, en realidad, la verdadera materialidad. Sabemos que comprende porque se marcha. Y nunca regresará, quizá como tantos y tantos hombres que vieron el agujero y prefieren vivir enfundados en el sobretodo de la moral y alejados del deseo, o quizá sea capaz de escribir un escenario nuevo en el que ponga en juego lo que aprendió, que en toda relación hay un vacío, algo que no se puede decir, un enigma inexorable que hay que poder soportar. Y quizá, entonces, pueda amar. Pero no lo sabemos.   

Miguel Alonso  

lunes, 28 de septiembre de 2015

Homenaje a Alberto Estévez. Intervención de Gustavo Dessal

Hay algo común en todos los comentarios de Alberto: el hecho de que él se hace presente en lo que dice, en lo que escribe. Todo el tiempo deja ver de forma explícita el modo en que se implica en la lectura, y no solo lo confiesa, sino que nos habla. Sus escritos fueron un diálogo entre las vivencias que la lectura de las obras producían en él, y los tertulianos. Por supuesto, esto no ha estado reñido con el hecho de que sus reflexiones sean brillantes, porque emplea un método de lectura que se apoya fundamentalmente en el detalle. Alberto no se interesa tanto en la trama general del texto, en las grandes líneas argumentales, sino que busca en el detalle el secreto de la obra, y trata de extraer de allí las consecuencias morales decisivas. La conclusión no falta en ninguno de sus comentarios. Se trata, para él, de encontrar en cada pieza literaria aquel trozo de verdad que valida su calidad universal. Alberto es un lector agudo, que no desdeña la identificación como punto de apoyo para la lectura. No es un crítico literario, quien por encima de todo buscará una aproximación despojada de su propio yo, aunque sea una pretensión imposible. Alberto escribe a partir del efecto que la lectura ha producido en él mismo, y utiliza ese efecto y ese afecto como brújula para orientarse en la lógica del argumento, en el mensaje supuesto del autor, en la enseñanza que la pieza nos deja. 

Desde luego, el psicoanálisis es el discurso que brinda el marco y la perspectiva del trabajo crítico sobre la obra. Desde un comienzo, nos propusimos como objetivo que esa referencia conceptual no se ejerciera como un instrumento de descodificación de los textos. No se trataba de “traducir” una novela o un cuento al aparato doctrinario del psicoanálisis, sino de una dialéctica sutil, que Alberto maneja con gran maestría, y por la cual la ficción literaria se convierte en guía espiritual del psicoanalista, en señales que nos guían por un camino que lleva hacia los secretos más recónditos del sujeto, y que nos ayudan a comprender mejor qué es el inconsciente, el deseo, el goce, la angustia, y tantos otros conceptos que el psicoanálisis estudia y emplea en su aproximación al drama humano. Por ese motivo las presentaciones de Alberto tienen, entre otras cosas, el mérito de mostrar un mirada analítica sobre la literatura sin desmerecerla, sin embadurnarla con el lenguaje del psicoanálisis, que no fue concebido para ser poético, aunque pueda ayudarnos a entender un poco mejor la poética de la vida humana. 

No es ninguna originalidad decir que en lo que cada uno escribe hay la huella del sujeto. En el caso de Alberto, él está en cada una de sus líneas, de sus frases. No solo no se esconde detrás de lo que dice, sino que se afirma en ello, nos habla, nos hace partícipe de manera apasionada de lo que a él le aconteció, la experiencia que supuso para él una lectura, la emoción que le causó, la asociación a veces personal e íntima que una frase despertó en su conciencia. Creo que a Alberto le gustaba admitir aquello de lo literario en lo que no solo encontraba al sujeto universal, sino también a sí mismo. En mi opinión, en eso radica uno de los mayores encantos que nos produce leer sus ensayos, escritos además con ese rasgo de finura, de ironía y de humor que todos recordamos como sus marcas inconfundibles.


Gustavo Dessal

Homenaje a Alberto Estévez. Intervención de Miguel Ángel Alonso

Voy a rescatar la memoria de Alberto desde sus textos. Tomaré en cuenta, fundamentalmente, dos vertientes al respecto, una histórica referida a su entrada en Liter-a-tulia, y otra más centrada en el contenido concreto de esos textos.

Fue allá por el año 2007 cuando comenzó este proyecto de Liter-a-tulia. Un proyecto que tomó forma en pocas reuniones, las pocas que requería algo tan proclive a la constitución de la misma como era el deseo de Alberto, Gustavo y el mío propio. Pero son importantes los antecedentes de cada uno, es decir, los resortes que nos empujaron a entrar en este espacio de Literatura y Psicoanálisis. En lo que a Alberto respecta, podemos decir que, literalmente, entró en Liter-a-tulia de la mano de sus textos. La historia es que fueron las exposiciones que hacía en la Escuela, exposiciones de sus casos clínicos, yo diría construidas con bien-decir, las más cuidadas, las más claras y, tratándose de Alberto, las más dramatizadas en su declamación –así era su inigualable estilo— digo que ellas fueron el bagaje que ofreció a la literatura y a la tertulia para entrar a formar parte de este proyecto al que, además, hay que decir, dio ese nombre tan original, Liter-a-tulia, original en tanto, por un lado condensa las dos palabras: literatura y tertulia, a la vez que introduce, con esa vocal a –referencia clara al objeto a de Lacan—la articulación tradicional entre la literatura y el psicoanálisis.  

Por otro lado, en la consolidación de la tertulia tuvieron fundamental importancia, sin duda, estos cincuenta y tantos artículos escritos y leídos por él como proemio de cada sesión. Estos artículos que, salvando el recato y la timidez iniciales, fueron ganando consistencia a lo largo del tiempo, son la prueba más concluyente del paso que realizamos todos los tertulianos desde la incertidumbre de la que él hablaba en la primera tertulia –Chesil Beach, de Ian McEwan— a lo que podríamos llamar, como en los mejores sueños, la realización de un deseo: Liter-a-tulia.

En relación a la cualidad y calidad de sus textos, hay que decir que se aprende mucho de sus lecturas inteligentes y detallistas, pegadas a la letra. Pienso que una de las virtudes de Alberto como lector era la proyección a la lectura de una de sus mayores capacidades como psicoanalista: la agudeza de su oído, la finura de su escucha. Su lectura estaba abierta, siempre, a dejarse seducir por lo que consideraba habilidad narrativa del autor, por la estrategia que usaba para llevar a cabo su pensamiento y por los posibles efectos que ese pensamiento y esa estrategia tenían en el lector. Es decir, estaba convencido de que el autor, de entrada, estaba sostenido por un pensamiento potente: “algo que sustenta a un gran autor frente al que no lo es; su pensamiento(Tertulia sobre Los Rebeldes, de Sandor Marai), y que empleaba una estrategia para llevarlo a cabo. En esa estrategia, siempre disimulada, encontraba el llamado de esa verdad que circula por detrás de las palabras, o simulada en la misma superficie del texto, esa verdad demorada en los encuentros, desencuentros, en los temores, en las obsesiones, en los enigmas, en los síntomas, en los silencios, en los fantasmas de los protagonistas. Tomaba nota de esta de esa verdad escondida en Los Rebeldes de Marai:

“... no basta relatar los hechos, algo se oculta tras ellos

En este sentido, buenos autores, como los que leímos en Liter-a-tulia, “expertos en laberintos y oscuridades humanas”, y un buen lector como Alberto, entraban claramente en sintonía, partiendo de esa verdad que en lo humano siempre tiene algo de carencia, algo de decepcionante, en tanto no hay círculo que se cierre en una síntesis feliz. El caso es que los textos de Alberto siempre tenían, como punto de partida y como horizonte esa dimensión precaria de nuestra verdad, dimensión no siempre aceptada de buen grado, cuando no literalmente silenciada. A contracorriente de esa posición vulgar, como digo, él no tenía otro horizonte, como lector y, por supuesto, como psicoanalista.  

Al respecto, me parece excelente su artículo sobre Un hombre en la oscuridad, de Paul Auster, donde Alberto sitúa la dimensión de la pérdida como algo consustancial a lo humano. Pero hace justicia al autor atribuyéndole el montaje de una estrategia literaria para resaltar que lo que más nos afecta, la pérdida, es lo que no se quiere afrontar, pero eso que no se quiere afrontar, empuja y empuja desde el inconsciente con la pretensión de hacerse saber. Al respecto, resaltaba esta frase que le resultaba simpática en la novela:

“... la mente tiene mentalidad propia. ¿Cómo impedir que la mente salga por pies en la dirección que más le apetezca?”

Auster y Alberto entran en sintonía. Claramente, Alberto está reconociendo aquí la potencia del pensamiento de un buen escritor, nada menos que el reconocimiento del inconsciente por parte de Paul Auster. Es el pensamiento por el que, decía, se deja seducir.

En todos los textos procuraba encontrar la articulación del texto con el psicoanálisis. En esta articulación, prestaba gran atención a las citas, a las que tomaba como esas gotas de sentido que el autor va dejando caer a lo largo del texto y que evocaban algo de la verdad oculta en el texto. Esta articulación entre literatura y psicoanálisis, en realidad era un homenaje al autor, a su saber hacer en el difícil laberinto de lo humano, en tanto desconocemos las determinaciones que nos rigen. Por ejemplo, toma una cita de La carretera que señalaba, nuevamente, el mecanismo de funcionamiento del inconsciente:  

“... olvidas lo que quieres recordar y recuerdas lo que quieres olvidar”

Así ponderaba al autor literario en su sabiduría, frente a otras vertientes disciplinarias que no contemplan esta dimensión de la verdad inconsciente, o la dimensión de la verdad, de la falta, etc., sino que se inclinan a presentar lo humano como dueño absoluto y consciente de su destino.

Sus artículos también se asientan en una premisa sabia, eso que Rilke sentenciaba con su axioma: “lo bello no es más que el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar”. Así lo mostró en esa cuarta tertulia sobre la novela a la que acabamos de aludir, La carretera, de Comarc McCarthy cuando decía:

“... me ha parecido una novela muy bella, esto puede causar extrañeza dado su contenido manifiesto, justo lo contrario, el horror. Pero creo que este par, belleza – horror está presente continuamente en la obra; lo terrorífico y lo tierno, el fuego y el frío oscuro, la bondad y la maldad, o como gusta decir a nuestro pequeño protagonista, los buenos y los malos”.

Finalmente, quisiera destacar una concepción de la escritura que me pareció ya genial en su momento, y me lo sigue pareciendo. Fue la que estableció en el texto que escribió acerca de El ruletista, de Mircea Cartarescu, con quien pasamos una tarde haciéndole una entrevista que podéis leer en el blog de Liter-a-tulia. Estoy seguro que esa concepción tiene mucho que ver con aquello que le empujaba a él mismo a volcarse en sus textos. Dice allí:

 La relación que cada autor tiene con la escritura es fundamental. La ficción de que se trate siempre estará preñada de la relación del autor con el acto de escribir. En el caso de Cartarescu, la Literatura es la forma de indagar en su propio ser. Si este ser es considerado en su condición de falta, escribir suele constituirse como forma de rellenar un vacío doloroso. Y aquí el autor es meridiano en la diferenciación de lo que constituye el arte y lo que no lo alcanza, al decirnos que no hay arte sin una herida interior. En su caso la escritura es un intento de suturarla. Dice Cartarescu: “por eso escribo a mano, esa forma de escribir mantiene una relación esencial con el hilo que parte de esa herida”. Lo cual sugiere que el brazo sería una especie de prolongación a través del cual la herida se manifiesta, y es curioso que utilice la palabra “hilo” porque éste justamente se utiliza para suturar heridas abiertas”.

Como digo, es un comentario genial para establecer, con todo su peso, lo real en el mismo punto de arranque de la verdadera escritura.   

Me parece que Alberto, al igual que los buenos autores, era un lector con un pensamiento potente, con una teoría que fue alimentando, en la más pura tradición del psicoanálisis, con los textos de la literatura. De ellos siempre rescató la dimensión ética del deseo y de la verdad, tan cara para los buenos lectores, para los buenos autores y para los buenos psicoanalistas. Y a esa misma dimensión del deseo nos acogemos nosotros ahora para seguir adelante, hablando, tratando de bien-decir, como fórmula que, con seguridad, Alberto nos propondría para encarar el resto del tiempo de Liter-a-tulia, es decir, el tiempo de la ficción que, a fin de cuentas, es el tiempo donde él prefirió demorarse y donde, como él, elegimos demorarnos nosotros.

Miguel Ángel Alonso

Homenaje a Alberto Estévez. A un hombre del deseo. Intervención de Rosa López

A un hombre del deseo

Leer de seguido todos los textos de Alberto me ha servido para confirmar por una nueva vía, lo que tuve el privilegio de conocer escuchando sus palabras en el diván. Dude si debía explicitar aquí y ahora que durante años he sido la analista de Alberto Estévez, pero me autorice a hacerlo apoyándome en su propio deseo pues sabía que quiso testimoniar sobre su experiencia como analizante, del mismo modo que lo hizo como analista. 
                           
Su deseo por conocer la verdad del inconsciente, por asumir la responsabilidad de su vida y por sostener una respuesta optimista frente a las contingencias más duras, sin por ello caer en la negación, se sostuvo sin ambages hasta el último día de su vida, en el que, a pesar de la gravedad de su estado, no canceló su sesión de análisis. Mi único mérito ha consistido en acompañar su impresionante deseo de seguir pensándose y quedarme un paso por detrás de sus palabras que con la enfermedad se habían liberado de las ataduras de esos fantasmas que nos llevan a sufrir por pequeñas tonterías.  

El ser hablante tiene estas paradojas, enfrentado al amo absoluto que es la muerte, deja de temer lo que hasta el momento le atormentaba. Alberto avanzó exponencialmente en su análisis y en el de sus pacientes, a los que me consta atendió hasta unos días antes de su fallecimiento. Salía muy poco, no tenía fuerza para ver a los amigos, ni para asistir a Literatulia aunque era su lugar más querido, pero no cejó en seguir analizando a sus pacientes y a sí mismo. 

Era conocedor de que su enfermedad podía llevarle a la muerte, pero no quiso perder el optimismo propio de un sujeto deseante. Es con este genuino optimismo, que estando advertido de lo peor sigue ligado al deseo, con el que me he encontrado leyendo sus textos. Mencionará algunos fragmentos para demostrarlo (los subrayados son míos)

En el primer libro que comentamos Chesil Beach de McEwan, Alberto enfoca ese punto decisivo en toda vida en el que se cruza la contingencia inesperada con la respuesta posterior del sujeto. 

Leyendo una entrevista reciente del autor McEwan, este confesaba su obsesión por una idea: cómo puede cambiar tu vida en un solo momento. 
Sabemos que esa escena por sí sola no tiene la potencia de cambiar una vida, ya que pasado ese momento, al día siguiente, la siguiente semana, podría haber buscado la fórmula 

Me gusta mucho esta expresión “buscar la fórmula” acuñada por Alberto y utilizada en varia ocasiones sin que la haya tomado prestada ni de Freud, ni de Lacan. Solo me evoca el poema de Rimbaud titulado “Vagabundos” en el que habla de encontrar el lugar y la fórmula, pero estoy segura que él la extrajo de su  propio bien decir. Buscar la fórmula es una bella manera de hablar de la posición ética de un sujeto frente a lo real de la existencia, la manera de responder a las contingencias azarosas de la vida, siendo que  Alberto se situaba siempre del lado del deseo. 

La carretera de Comarc Maccarthy

Para terminar, quizá por seguir en la dinámica de querer provocar, quisiera decir que la novela me pareció no sólo bella, también optimista. Ya lo pensé de la de Auster por mucho que repitiera “la vida es decepcionante”, aquí también lo pienso, hay un elemento que me lo hace ver así: el fuego. Claramente metafórico de otro elemento, como no, simbólico: el deseo. ¿Dónde está? ¿Es de verdad? Le pregunta el niño. El fuego está en tu interior, le dice, y será lo que te guíe y el responsable de que tengas buena suerte y continúes sin peligro.
Más allá de que eso se cumpla en la novela, creo que la dimensión del deseo que trata de rescatar el autor es la de “seguir adelante”. ¿No es esa una forma optimista y positiva de encarar la vida?

“El viaje del Elefante” de Saramago

Un viaje que muchos pensamos tiene resonancias de otro viaje, aquel que estando hospitalizado estuvo a punto de hacer entre esto y aquello, pero no me gustaría dar la impresión de que el viaje dejó en mí una sensación de pesimismo, todo lo contrario, aunque no sea aconsejable confiar demasiado en la naturaleza humana lasfórmulas para poder hacer un buen viaje están en el libro, el respeto por los sentimientos ajenos es la mejor condición para una próspera y feliz vida de relaciones y afectos. No debemos olvidar que si Lázaro resucitó fue porque le hablaron de buenos modos, tan simple como eso.
Los que conocimos íntimamente a Alberto sabemos que ejerció siempre el respeto por los sentimientos ajenos y el arte de hablar de buenos modos

Libro de cuentos de Jose María Merino

¿Hay esperanza para el sujeto en un sistema cómo el que recrea la obra? Nosotros ya tenemos una respuesta, modesta, se llama Liter-a-tulia, un espacio en el que gozamos del privilegio de darle la palabra al sujeto.

“El baile” de Irene Nemiroski

Se trata del deseo. Y este es el paso que como sujeto ha de abordar: desde la posición de objeto que trata de colmar el deseo de su madre, o como gusta decir a su madre, ser una buena hija, hasta poder convertirse en el objeto del deseo del varón.


Desde luego que no es poco, pero ese pobre mamá con el que la autora ha decidido finalizar la obra, nos llena de esperanzas.


“Instrucciones para salvar el mundo” de Rosa Montero

Una Humanidad dividida entre los que disfrutan y los desasosegados y tras el recorrido del relato acompañando a sus protagonistas, y como por ensalmo, la división de la Humanidad se nos transforma entre los que saben amar y los que no saben. Ciertamente el papel del amor resulta una clave singular en el devenir de muchos sujetos; sería muy atrevido adscribirse al grupo de los que saben amar ignorando lo que alguien cercano pudiera decir a ese respecto, pero de algo no hay duda: el amor es uno de los ingredientes principales por los que algunos podemos declararnos dichosos de vivir.

Querido Alberto, desde aquí afirmo que tú si podías adscribirte al grupo de los que saben amar y la prueba inequívoca de ello es el amor que supiste provocar en todos nosotros (muchos), que seguimos llorando tu perdida.


Rosa López

Homenaje a Alberto Estévez. Intervención de Esperanza Molleda

Lo terrible, la ficción y la amistad 

Así he decidido titular mi homenaje a Alberto. ¿Cómo llegué a concluir este título? Explicarlo será mi manera de celebrar este encuentro dedicado a Alberto.

Acepté con entusiasmo la propuesta de Miguel y Gustavo de recordar a Alberto. Me gustó la idea de inspirarnos en los textos que él había escrito a lo largo de estos años: poner en juego la escritura de Alberto a la hora de recordarlo.

Abro el archivo con los escritos de Alberto, ¿cómo elegir?, ¿qué palabras podrán guiar mi personal aportación al homenaje a Alberto? Reviso los títulos de la cantidad de obras que mi amigo presentó en Literatulia, entre ellos llaman la atención cinco libros cuya lectura supuso para mí una conmoción: Chesil Beach, El baile, Indignación, Bartebly, y El mapa y el territorio.

Leo los comentarios que ha hecho Alberto a estos libros. Con algunos amigos me ocurre que, cuando leo sus escritos, reconozco su estilo y, por momentos, la lectura de sus textos hace resonar en mi cabeza su voz, la cadencia de su hablar, su estilo, y las palabras escritas en la pantalla o en el papel me permiten rememorar de manera vívida la presencia material de la persona ausente. Esto me ocurre mientras leo y releo las palabras de Alberto. Me produce alegría poder tenerlo presente así con ayuda de sus escritos.

Me pregunto, ¿qué es lo que hace que estas novelas sean especiales para mí?, ¿por qué me sobrecogen estos relatos y no otros?, ¿por qué me conmueven estos autores y no otros? Encuentro un significante que sirve de hilo para hilvanar todos ellos: “Lo terrible”. Estas obras me estremecen porque en ellas se presenta para mí, desde distintas perspectivas, “lo terrible”.

Recuerdo que, en una ocasión, leí o tal vez escuché que en la ficción se busca aquello que da forma al particular fantasma de cada quien. Se siente placer, se encuentra satisfacción en las ficciones que sintonizan con el armazón personal fabricado ad hoc por cada uno de nosotros para protegernos de lo Real. Por eso disfrutamos de la ficción porque sostiene, alimenta, adorna nuestro fantasma y, en el mejor de los casos, lo trasciende en una obra de arte, lo transforman en una forma bella y talentosamente ordenada que nos ayuda a asumir ese hueso duro de la existencia que para mí era nombrado como “lo terrible”. “Terrible” como la muerte prematura de una amigo apreciado y valioso como Alberto.

Alberto era para mí, además de un compañero de Escuela, un amigo. ¿Qué es un amigo? No hablamos mucho en psicoanálisis de la amistad. Me extraña. La amistad, como la ficción, es otra manera de tratar “lo terrible”, pero así como la ficción podemos usarla para que no haga más que redoblar el soliloquio interior que nos arma; el amigo, por muy cercano que sea, siempre hace de un modo u otro obstáculo a la repetición de uno mismo. Un amigo es un interlocutor en el más estricto sentido de la palabra, alguien con el que se pueden compartir pedacitos del mundo interior y del que se espera que se entremeta en ese mundo para sacarnos de nuestro ensimismamiento con una interpretación, con un chiste, con un consejo, con una identificación, con una distracción, con una confidencia, con su complicidad. Querer estar allí con alguien para eso, eso es para mí la amistad y con Alberto eso se daba.

Alberto ya no está aquí en persona, pero por suerte, gracias a la invitación de Miguel y Gustavo, lo encontraba allí en sus textos para seguir siendo aún mi amigo interlocutor, obstáculo a la repetición de mí misma.

Así que allí donde yo veía en Chesil Beach “lo terrible” que hay para cada uno en hacerse con su sexualidad y poder a partir de ello encontrarse con una pareja, Alberto me decía: “¡Cómo puede cambiar el rumbo de una vida en un instante! Se puede buscar una fórmula para alcanzar lo que se desea”.

Donde yo me recreaba en las consecuencias “terribles” del odio, del desencuentro entre la madre y la hija de El baile, Alberto me decía: “No es fácil transitar la intensidad de las vínculos que unen a madres e hijas”.

O ponía palabras al vacío terrible que me procuró la lectura de Bartebly, confiándome que a él le produjo algo cercano al espanto, que le dejó seco dificultándole más de lo habitual la tarea de enfrentarse a la página en blanco para hacer la presentación del libro en Literatulia.

También me hacía poner el énfasis en el peso que la rabia y el orgullo puede tener nuestras decisiones y sacarme una vez más de mi gusto por “lo terrible” del destino del protagonista de Indignación.

Y, ¿cómo no alegrarme de que Alberto me recordase el valor de la creación y de la compañía de los buenos objetos, allí donde la acerada soledad parece imponerse y separarnos definitivamente del mundo como le ocurre al protagonista de El mapa y el territorio?

En fin, gracias, Alberto, por haberme dejado tus palabras escritas. Y gracias, Miguel y Gustavo, por darme la oportunidad de volver a hablar con mi amigo a través de sus textos.


Esperanza Molleda

Homenaje a Alberto Estévez. Intervención de Graciela Sobral

Estas líneas son muy difíciles de escribir.

Leer los textos de Alberto que nos habéis enviado es doloroso porque nos evoca, porque vemos, podría decir, su presencia luminosa en la tertulia, y esto nos hace más difícil aún creer lo que ha pasado. Hace dos años que Alberto no asistía, pero su vuelta estaba en el aire, ya volvería.

Lo conocí como alumno del Nucep, el Centro donde enseñamos psicoanálisis, pero entonces no teníamos una relación personal. En un momento dado me dijo que quería hacer una actividad clínica conmigo. Ahí, lentamente, comenzamos a conversar, a tomar café, a comer. No sé por qué. No sé si tiene que haber un motivo para una relación, para una amistad. No sé cual era nuestro motivo. Creo que era él, su forma de ser: tan atento y entrañable. Era una persona que siempre tenía un gesto o una palabra cariñosa y verdadera para el otro. Nuestra amistad fue algo que tuvo mucho que ver con Alberto porque yo no soy así, yo no hago amigos fácilmente.

Liter-a-tulia formó una parte muy importante de los encuentros. Me invitasteis a comentar Bartleby, el escribiente, de H. Melville y desde entonces no dejé de asistir a la tertulia hasta que Alberto enfermó. Cuando él dejó de venir, yo casi no vine más. Siento un vacío que no puedo llenar. ¿Qué cosa mía se llevó Alberto que me deja este vacío?

La vida, que es muy dura, nos hizo encontrar en otros circuitos, de dolor y de enfermedad. Pero esa fue también una ocasión para estar juntos, para quedar, para hablar de las cosas que nos pasaban. Compartimos médicos y pasillos. Yo fui muy optimista hasta el último momento, aún cuando el optimismo no se podía sostener, porque no quería aceptar lo que ya era evidente.

La conversación sobre libros estaba siempre presente en nuestros encuentros. Hace pocos meses le regalé un libro de una escritora que me gusta mucho y él no había leído nunca, Joyce Carol Oates (Un jardín de placeres terrenales). Luego no pudo leerlo, ya no tenía fuerzas para emprender semejante empresa. Es una lástima porque le hubiera gustado mucho.

Me alegra que nos reunamos para despedirlo, aunque yo todavía no me creo su ausencia.

Graciela Sobral

Homenaje a Alberto Estévez. Intervención de Sergio Larriera

¿Por qué participo en este homenaje, en el que tan sentidos testimonios he escuchado, tejidos en años de trabajo juntos, de profunda amistad, de cálidos momentos compartidos entre Alberto Estévez y quienes me han precedido en el uso de la palabra?
En efecto, lo que me unía a Alberto no era una amistad en el noble sentido en que hoy se la expresa, ni siquiera era el resultado de una más o menos prolongada colaboración en alguna tarea de la Escuela. Nuestras coincidencias escasearon, fueron cruces esporádicos en los que jamás intercambiamos una sola palabra íntima. Sin embargo, desde el primer día, cuando lo escuché en Liter-a-tulia, en una de las pocas ocasiones en que pude asistir, sentí por Alberto una firme simpatía, no frontal ni alborozada, sino un sentimiento que definiría como una simpatía en escorzo. Me impresionaron su puesta en escena, el modo en que el cuerpo sostenía su voz, la manera en que las palabras, siempre atinadas, se apropiaban de esa sonoridad privilegiada. Pero especialmente quiero destacar su calidad de lector. Sus méritos como tal quedaron puestos de relieve el día en que, por decisión de la Biblioteca de la Sede, compartimos la presentación de un libro que yo había leído y propuesto para ser presentado. El mismo relató en la presentación que cuando le encomendaron esa tarea, desconocía el libro en cuestión. Pues bien, el rigor de su lectura fue asombroso, realizando una prolija disección del texto, complejo como pocos por ser un libro sobre la concepción lacaniana de la psicosis.
Con estos antecedentes, no vacilé en invitarlo para realizar la apertura del ciclo que anualmente dirijo, Lengüajes, en el cual también participaron, por Liter-a-tulia, Gustavo Dessal y Miguel Alonso. Fue el 1 de julio de 2014. Supuso para Alberto un enorme esfuerzo, pues se encontraba físicamente agotado, hasta el punto que fue su última intervención en público. Aquella fue una lección magistral de entereza y de voluntad de vivir, una apasionada muestra de su vocación de transmitir. Destacaré sus palabras referidas a su posición de lector, entresacadas de su intervención sobre el relato de Joyce, Los Muertos. Comparó dos lecturas del mismo relato. La que había realizado para Liter-a-tulía hacía más de tres años, a fines de 2011, y la lectura efectuada a propósito de esa intervención, digamos su lectura actual. En apariencia, el mismo lector del mismo texto. Pero sólo “cuando el peso de la vida hace desaparecer todo rastro de pasión, de deseo en el sujeto”, cuando el sujeto alcanza una linealidad tal que le asegure ser el mismo “hasta el fin de sus días”, solamente entonces habrá eliminado cualquier posibilidad de encuentro, de sorpresa, haciendo del relato una idéntica sucesión de puntos y comas. Alberto, utilizando la gris vida afectiva de Gabriel Conroy, caracterizó para nosotros al lector incapaz de producir una mera puntuación en sucesivas lecturas. Por eso, si en la primera vez Alberto había experimentado la sensación de estar leyendo dos relatos separados por el corte de Gretta en la escalera, pudo decirnos: “lo que en esta nueva ocasión de leer el relato se me produjo no tiene nada que ver con aquello; hoy no veo dos relatos por ningún sitio, y me atrevo a decirles que me paso al bando opuesto, el relato me parece tan compacto, me resulta de una compacidad tal que incluso aquello que di en llamar “corte” no tiene el mismo valor para mí”.
Los invito a que lean comparativamente estas dos intervenciones de Alberto Estévez, separadas por más de tres años, en esa cuidada recopilación de sus textos que nos entregó Miguel Alonso. Yo he hecho de los mismos una mínima utilización para exaltar sus dones de lector.
Deseo cerrar este homenaje insistiendo en su última lección, la que nos brindó en  un final en el cual las pulsaciones no se entregaron a la ceremonia canibalística de la devoración del cuerpo, sino que infundieron vida en un espíritu inquebrantable en su ardor psicoanalítico por la literatura y en su pasión literaria por el psicoanálisis.
Sergio Larriera