martes, 22 de febrero de 2011

A la luz de la sombra. Un breve apunte de Gustavo Dessal sobre "Los Muertos" de James Joyce


Heidegger pensaba que la angustia es el sentimiento que nos embarga cuando dejamos de estar distraídos con las cosas. Las cosas del mundo sirven precisamente para eso: para distraernos y dejar de ver. No es una función despreciable, puesto que para soportar la vida es preciso que uno no vea todo.
El cuento de Joyce comienza con eso: con las cosas del mundo. Un grupo de personas que se reúnen para celebrar la Navidad, cenar, bailar, cantar. Conversan, ríen, bailan y beben, trinchan un pavo, pronuncian discursos, aplauden. El relato recrea minuciosamente la bulliciosa sonoridad del mundo, el ruido de platos, mandíbulas y carcajadas, pero sobre todo el rumor de las palabras. Joyce parece ofrecernos un todavía incipiente adelanto de lo que más tarde será un franco desbordamiento, cuando en su Ulises las palabras se conviertan en cometas que han escapado de sus órbitas. Aquí, en Los muertos, las palabras son mordaces, elegantes, chispeantes, y a menudo banales. Parecen cargadas de sentido, y nos inducen a creer que van a alguna parte, lo cual es un señuelo, un espejismo, una magistral estratagema del narrador. Joyce nos tiende una trampa, inunda la escena con personajes tan vívidos como inservibles, puesto que su función no es más que la de oficiar de comparsa para la broma. Nos vemos arrastrados hacia esa escena, estamos allí, y nos sentimos inmersos en la atmósfera de esa casa, sentados a la mesa junto con los restantes invitados. Joyce es muy hábil para lograr eso, domina la técnica metonímica a la perfección, cultiva el detalle a fin de que nuestra mirada se colme de realismo. Finalmente, todo eso servirá a un único propósito: demostrarnos que el brillo de las cosas, la luminosidad de lo visible, nos vuelve ciegos, y que solo empezamos a ver algo de verdad cuando las luces del mundo se atenúan.
“Estaba en la parte oscura del recibidor, mirando hacia lo algo de la escalera. Una mujer estaba de pie en la parte superior del primer tramo, también en la sombra. No podía ver su rostro, pero podía ver las franjas de color terracota y salmón de su falda, que en la sombra se percibían negras y blancas. Era su esposa.”
He aquí la primera señal: es necesario que la luz se amortigüe para que empecemos a darnos cuenta de otra cosa. La segunda señal vendrá más tarde, una vez que los últimos brillos de la fiesta se hayan consumido. El conserje se disculpa por el fallo de la luz eléctrica, y Gabriel desdeña incluso la tenue luz de una vela que se le ofrece. Todo lo anterior, la cena, el baile, la risa, las conversaciones y las despedidas, los varios personajes interpuestos, no han sido más que un acto de prestidigitación literaria para llevarnos a lo único que importa en este cuento: él y ella, en esas cuatro o cinco páginas finales. No sabía quién era esa mujer, hasta que se dio cuenta. Era su mujer, y él la ha vuelto a descubrir, después de varios años, y es entonces cuando un intenso deseo lo toma por asalto. Resulta evidente que ese deseo ha surgido de la extraña visión en la escalera. “Había gracia y misterio en su actitud, como si ella fuese el símbolo de algo. Se preguntó de qué podía ser símbolo una mujer de pie, en la sombra de una escalera, escuchando la música distante”.
En la penumbra, el deseo de él ha captado el de ella, un deseo que a su vez está cautivo de un más allá que la música le ha debido de evocar. Y si es verdad que el deseo es el deseo del Otro, ¿será él capaz de avanzar en esa dirección? Porque es lo suficientemente sensible como para comprender que hay algo que se insinúa allende la intimidad de sus cuerpos, un signo que señala hacia otra parte, esa otra parte que solo la penumbra puede dejar aparecer.
¿Qué somos? ¿Qué hemos sido?
“En esa hora, en la que había confiado triunfar, un ser impalpable y vengativo se revolvía contra él, reuniendo fuerzas contra él en su mundo impreciso. Qué pobre papel había jugado él, su marido, en la vida de ella”. Una vez atravesado el umbral del pánico, Gabriel se alivia del dolor. Su pequeñez, su vergonzosa insignificancia, la ignorancia de esos años por fin descubierta, le ha devuelto la visión. “Su alma se había aproximado a esa región donde habita la vasta multitud de los muertos”. Ya no sufrirá de amor, porque le ha llegado el momento de comprender que la nieve cae para todos, cubriendo el Universo.

Gustavo Dessal

jueves, 17 de febrero de 2011

Los muertos, de James Joyce. Comentario de Miguel Ángel Alonso

Los muertos de James Joyce, ejemplar y conmovedora deconstrucción especular que se puntúa con la Imposibilidad como categoría lógica indisoluble, pues ninguna palabra de Gabriel Conroy podrá situar en la muerte –sino alrededor de ella— el saber que no hay. Paradójicamente, Gabriel comprende que es ahí donde se sitúa la pasión de amar, la pasión de vivir.

En el Libro del desasosiego, Fernando Pessoa poetiza alma y paisaje:

Un estado del alma es un paisaje

Gabriel Conroy, en el final del relato, poetiza su vacío, lo versifica, lo cubre de nieve, escribiendo su alma sobre el poniente de todas las vidas. Es su poniente existencial, su lectura singular, su declinación de lo que todo humano lleva inscrito alrededor del enigma de su ser. La belleza y el trágico sentido de lo humano, una vez más, se entrelazan para configurar la esencia misma del arte en lo literario. Gabriel, a la vez que produce su creación artística, aleja de sí la vulgaridad prosaica de los fútiles discursos, de las identidades impostoras, y de todas las convenciones encarnadas en la vanidad del yo.

Los espejos que se rompen, las imágenes que se devalúan, las identidades que no le dicen quien es, las imposturas que lo ridiculizan, las rivalidades, las soberbias, los amores vacíos, se deslizan, a través de la pregunta por el amor auténtico y la realización del duelo, hacia el escenario de la impotencia, la de Gretta y la de Gabriel, que de esa manera se sitúan, después de la confusión y del ruido, en el centro mismo del relato, en el escenario de una ruptura que les resulta insoportable.

Amor y duelo. Dos escenarios que hay que atravesar para llegar a lo Imposible.

Es el amor el que produce la ruptura en el narcisismo de Gabriel y el que abre la antigua herida de Gretta. A la vista queda esa grieta por la que ha de visionarse lo imposible. El amor aparece en dos vertientes. En su autenticidad, es el amor de Michael Furey, ofreciendo a Gretta su vacío, hasta el punto de encontrar la muerte en ese ofrecimiento. En contraposición con esta autenticidad del amor, encontramos el amor vacío que ofrece Gabriel, sostenido en lo especular, en la imagen, que de pronto se torna flácida, lo cual queda muy bien reflejado en la bota caída de su mujer después de expresar su nostalgia, y hasta su melancolía por el amor perdido.

La brecha, la ruptura, la grieta está abierta.

Esto precipita el tercer escenario: el duelo. También aquí encontramos dos modalidades. El duelo de Gretta es muy dificultoso, hasta el punto de que implica la detención del deseo en la imagen del amor perdido y quedarse en la impotencia del malestar. Por otro lado tenemos el duelo de Gabriel, que tiene que ver con la movilización de lo simbólico y un cambio de rumbo que va de la impotencia a la construcción de la Imposibilidad.

Gretta no realiza el duelo. Ella no puede desprenderse de la imagen de su amado. Michael Furey permanece quieto en su retina, lo cual es un impedimento para dar un nuevo rumbo a su deseo. Al no desprenderse de la imagen de su amante, Gretta aparece sin movimiento, dormida, sin posibilidad de amar a otro. Incluso podemos intuir que está en el límite de un abismo por el que se puede deslizar cogida de la mano de Michael Furey. Es decir, Gretta se muestra impotente para asumir el vacío que le deja el amor. Y en esa impotencia se queda soportando su melancolía. Es lo que ocurre cuando lo simbólico no se moviliza para tapar el agujero que deja la pérdida del ser querido, y en su lugar acude la imagen de aquél.

Gabriel, en cambio, realiza un duelo ejemplar y conmovedor. Su poética final no es otra cosa que la confrontación cara a cara con la muerte. Ello le permite una particular construcción, la invención verdaderamente impresionante de su vacío. El duelo de Gabriel es por la persona amada y por sí mismo. Gabriel hace un tránsito muy peculiar. Va desde lo insoportable de la ruptura que le produce la revelación de Gretta, a la construcción de la Imposibilidad, en su declinación de muerte, como posibilidad nueva para su deseo. Reconoce en la muerte su vacío y el de toda la humanidad.

La construcción simbólica de Gabriel es una forma paradigmática de mostrar el más alto grado de sublimación poética. A la vez que muestra el vacío que toca, lo vuelve a poner a distancia escribiendo palabras sobre él. Recubre la vida y la muerte con la nieve, su nueva escritura, que renueva –ya no con la futilidad—el velamiento de la muerte que había quedado al descubierto. Hay un cambio de rumbo en la vida de Gabriel, es el mismo cambio de rumbo de la nieve, que ahora cae hacia el poniente, simbolizando así el lugar de fuga al que se dirige, de forma irremediable, el sentido de lo humano.

Parece clara la auténtica deconstrucción especular que produce Gabriel en esa traslación desde la vanidad que, como fantasma, vestía su ser, atravesando la impotencia que produce la caída de toda su impostura, para llegar a hasta la Imposibilidad que se inscribe en su poniente inexorable, el mismo de todos los seres humanos. Es un encuentro con la verdad.

Quizá a partir de ahora, Gabriel pueda amar verdaderamente, pues ya está en condiciones de entregar al otro lo que no tiene –definición lacaniana del amor— en lugar de entregarle la impostura de los discursos mentirosos. El deseo de Gabriel, que como todo deseo buscaba el objeto que lo colme, había quedado detenido en Gretta, pero, en realidad, lo que hacía en esa detención era sacrificar su falta, es decir, ignorarla.

Podemos decir que Los muertos constituye un buen ejemplo de disolución de una ilusión. La de creer que el espacio imaginario, el que se sostiene en las identidades, es algo distante del vacío. La imagen, la impostura, las identificaciones, la grandeza, todas esas consistencias y compacidades construidas para sentirse uno, en realidad no son más que ilusiones que, aunque necesarias para la vida, hay que saberlas ilusiones. Sólo asumiendo la cualidad fantasmática de estos juegos, se puede transitar desde la falsedad a la autenticidad. Tras su poema, ahora sí, Gabriel aparece, más allá de sus elegantes discursos, como un auténtico sujeto de la verdad: aquél que se hace cargo de su imposibilidad.

Miguel Ángel Alonso

martes, 8 de febrero de 2011

Mª José Martínez reseña "Los Muertos", el relato de Joyce comprendido en "Dublineses"

El presente relato es uno de los relatos de Joyce que, agrupados bajo el nombre de Dublineses, tiene a Dublin y sus gentes como protagonista. El tema del relato es la muerte de las ilusiones, uno de los motivos clave del autor. Lo desarrolla, en tercera persona y con distancia, con su peculiar maestría, en un relato al que tal vez le sobran algunos detalles irrelevantes sobre aquella sociedad dublinesa que a Joyce le tocó vivir. En él, el autor nos advierte de la ceguera que resulta de confiar en que los buenos recuerdos, y las causas que los produjeron, perduran en la memoria de los demás, o de ella, en este caso, tanto como en la nuestra, siendo así que el protagonista de la historia cree que su pareja está tan enamorada de él, como él de ella.
El escenario donde se desarrolla la acción, es una cena en la casa de las herma­nas Morkan en la que se guarda un protocolo familiar ceremonioso, muy elegante y muy inglés. El autor nos cuenta como transcurre esa larguísima reunión en la que el sobrino habrá de trinchar el pavo y pronunciar un discurso, en tanto nos va dejando pistas de cosas que podrían inquietarnos y que están ocultas bajo las notas de un vals. Y todo pudiera ser, y todo es posible, en medio de tanta sutileza escondida entre las palabras que parecen ser dichas para no decir nada y sobre todo para no alterar a nadie. Y tal vez es en ese “no molestar”, donde se ocultan la cobardía y el temor del protagonista a conocer algo que ya existe, pero que Joyce aún nos ocultará hasta el final, entre conversaciones sobre música, y sobre una cosa tan rara como la noticia de esos monjes que duermen y rezan dentro de un ataúd desde donde se dedican a redimir a los pecadores. Pero es curioso ver aquí, en este lugar, esa noticia esperpéntica de unos monjes a los que nadie le había pedido esa caridad a la que se dedican, o sea, a cultivar un amor regalado que tal vez nos va a dar la clave del relato. Y así va pasando el tiempo mientras Gabriel espera a que llegue la hora de pronunciar un discurso en el que pueda decir algo molesto a sus tías. Pero, evidentemente, la educación inglesa no se lo permite, y así es que les agradece la cena y su hospitalidad. Y todo sigue bien, o regular, hasta que, a punto de irse, sorprende a su mujer escuchando una melodía que alguien toca al piano en el piso de arriba llenando el aire de un intenso dolor. Este es el momento en el que el relato va a mostrarnos su centro, el secreto de una canción cantada en el más antiguo y clásico tono irlandés. El aire se queda en suspenso sosteniendo las últimas notas, y poco después, ya en el camino de vuelta, vemos la escena en la que Gabriel quiere consolar a su esposa. Esto quiere hacerlo diciéndole “algo tonto” al oído para atraerla hacia “su realidad”, engatusarla primero y estar con ella después. Así es como el sobrino quiso, en su simpleza, hacerle recordar a ella algún momento en el que ambos, parece, fueron felices, sin tener en cuenta que ella, su mujer, ahora está en otro lugar. Es la idea del hombre que quiere atrapar algo del pasado para hacerlo actual, para paliar así una convivencia de la que el autor nos dice que era harto aburrida. Y lo quiere hacer, como si un hecho pasado y efímero asegu­rase su felicidad para toda la vida.
La reacción de la mujer es bastante lógica, porque no se enfrenta a él y sigue en la línea de disimulo en la que parece llevan muchos años. Y el marido no dedica ni un momento a pensar en cuales podrían ser las claves del abu­rrimiento de su esposa. Ella es el paradigma de una indiferencia conven­cional, y él, del no querer saber nada.
Y el protagonista sigue enfrascado en su aventura mental imaginando que ambos llegarán juntos a una felicidad que preludie un buen encuentro, hasta que, pasado un rato, ella le describe a quién había cantado, hace años, aquella hermosa canción. Y esto de “hace años” es quizá lo más demoledor para él junto a saber que el adolescente que le había cantado La joven de Aughrim a su mujer, había muerto de amor por ella. Entonces el protagonista se ve a sí mismo como un sentimental ridículo y fatuo, ya que contra ciertos muertos no se puede luchar, desde luego, pero no se da por vencido. A continuación nos dice que “una amistosa lástima por ella penetró en su alma” mientras se consolaba pensando en el mérito que tenía, pues fue a través de sus ojos como había recordado ella los ojos de su joven amado.
Entonces, “lágrimas generosa colmaron sus ojos”, nos dice el autor. Y estas lágrimas tenían que ser de amor, dedujo Gabriel. De un amor regalado sin que nadie se lo pidiese, ni agradeciese, como el amor de las monjitas rezadoras que salvan a los pecadores desde dentro de un ataúd. Estamos, pues, ante el pobre amor que el protagonista sigue imaginando y cultivando dentro de sí a pesar de la indiferencia de su mujer.
Y la historia se acaba, pero la ilusión, querido Joyce, en este caso no ha muerto, porque el protagonista no se atreve a dejarla morir.
Se trata del pobre amor de formas atenuadas por la nieve.

Mª José Martínez

sábado, 22 de enero de 2011

La propia insignificancia; comentario de apertura de la 22ª reunión de Liter-a-tulia sobre Wakefield, el cuento de Nathaniel Hawthorne.

Nos encontramos hoy ante un relato verdaderamente peculiar, algo que no debiera sorprendernos dado que el camino de Liter-a-tulia ya ha tenido que adentrarse por algunas obras absolutamente peculiares, pero en este caso, siendo más concreto, y aunque este cuento no sea el único que presenta esta disposición, no deja de resultar pasmoso que a uno le cuenten el cuento en el primer párrafo; una vez que se termina, podemos confirmar emprendiendo la lectura del cuento completo, que el autor lo que hace es desarrollarlo, y en ese desarrollo la propia historia podría enriquecerse con la sutileza de los detalles, pero la historia en sí, lo que va a ocurrir, incluido su final, está contado en el primer párrafo. Casi como el amigo que ya vio la película y que nos la destripa: el asesino es el mayordomo. A partir de ese momento la intriga del film se devalúa, y a veces hasta la relación con el amigo también.

¿Por qué Nathaniel Hawthorne habría de decidir comenzar así? Sólo se me ocurre una posibilidad, que confirmé al releerlo; la importancia para el autor reside en la psicología del personaje, ello no desmerece el relato, es más una cuestión de dónde poner el acento.

Abandonar a la esposa. Uno podría tener algún motivo, o quizá muchos, entre ellos puede que alguno fuera muy poderoso, pero abandonarla sin motivo aparente es, como dice Hawthorne, muy infrecuente, extraño y raro. Pero es que además, la cualidad de este abandono del hogar que llega a prolongarse por 20 años, no sólo atañe a la esposa, suponemos que también sus amistades si las hubiere, y el trabajo del que nada sabemos, deben verse afectados, aunque no igualmente, porque hay un dato que otorga un privilegio cuando nos referimos a su mujer y que la distingue del resto, ya que ella conforma el lugar central de este abandono. Lo que nos dicen es que durante todos los días, y son esos muchos días cuando se trata de 20 años, el marido huido contempló la casa, atisbando con frecuencia a su propia esposa.

Es inevitable, connatural en cuánto seres humanos, tratar de significar, buscar un sentido a todo esto. Nos preguntamos por qué lo haría, tantos años. Debo decirles lo que nos dice el autor, y sigo dentro del primer párrafo, para que vean lo que es capaz de dar de sí éste. Fue un auto-destierro. Singular, sí, indudablemente; un auto-destierro que encuentra su fin así que transcurren 20 años, en los que no sólo se ha puesto un paréntesis a su felicidad matrimonial, se le ha dado por muerto y se ha repartido su herencia. Podemos tratar de pensar el alcance que tiene eso; por ejemplo, que el nombre de este sujeto ha sido borrado de todo documento público o privado, y que su mujer ha debido convertirse probablemente en una resignada viuda.

Y tras estas dos décadas, nuestro desterrado decide volver, y de una forma que nos deja boquiabiertos; no entre clarines ni alharacas, sino como si hubiera ido a por tabaco, cruza la puerta y desde ese mismo instante se convierte en amante esposo para su mujer hasta que la muerte los separe. Asombroso.

Entendemos el destierro habitualmente como un castigo con el que se expulsa a alguien de un lugar, y si hablamos de auto-destierro debemos pensar que la pena se la impone uno mismo, sin embargo, no hay rastro de la pena o el castigo, y esto seguramente se deba a que se trata de una decisión, una decisión que muestra el carácter más o menos determinado de un sujeto que resuelve acerca de algo. Aquí debemos añadir que dicho sujeto pudo no conocer el cálculo, el tiempo que estaría lejos, bueno, no tan lejos, pero conocía de antemano y hubo una premeditación respecto de sus actos, al menos de buena parte de ellos, quedando en el aire el tiempo durante el cual se cumple la supuesta pena que supone este destierro, que es el significante del autor y que aconsejo que tomemos para luego poder exprimirlo cada uno con nuestras reflexiones.

Si le buscamos hermanos a este significante destierro en el conjunto de los significantes del relato, enseguida podemos encontrar otro que aparece asociado con él, se trata del significante “capricho”. El capricho introduce una tilde en la decisión o determinación que les planteaba y que se plantea para Wakefield. El capricho hace que la situación tome el aspecto del antojo, casi del humor del momento, algo arbitrario que probablemente no tenga otro fin que no sea la extravagancia o una supuesta originalidad.

Me parece que esta notación que desliza el autor es muy pertinente y puede aclararnos algo sobre el acto de este sujeto. El capricho conlleva, tiene de suyo, algo de ruptura, de ruptura de lo que es la norma, la rutina, lo cual nos dibuja mucho más claramente el perfil del personaje. La norma rota podría ser, por ejemplo, la de cómo se espera que viva, reaccione o se comporte un sujeto que ha alcanzado la situación social de la que goza nuestro protagonista. Sin embargo, la fantasía de Wakefield cortocircuita esto provocando que se entregue a ella de manera abnegada, como abnegada es la actitud de esta esposa sufriente.

Pero todo este análisis de características semánticas queda un poco huérfano si no le sumamos la invitación del narrador omnisciente para que no perdamos de vista el hecho de que esta historia porta un sentido latente y una moraleja. Justo en este sentido, quiero citarles lo que creo es clave para poder encarar este relato, y lo hago en las propias palabras del autor, porque no sólo me parece muy afortunadamente escrito, sino que apunta a la esencia de esto latente que subyace: nos dice que si pudiera escribir un artículo de varias páginas, podría ilustrar cómo una influencia que escapa a nuestro control pone su poderosa mano en cada uno de nuestros actos y cómo urde con sus consecuencias un férreo tejido de necesidad. Wakefield está hechizado.

El hecho de que alguien pueda ser autor de una extravagancia no lo convierte en alguien extravagante. Nuestro sujeto, característica aquí, condición allá, no se aleja en exceso de lo que muchos varones podrían representar; corazón perezoso, poco hablador, no muy imaginativo, emotivamente frio, sin propensión a la calentura ni a ideas turbulentas que atenten a la constancia, valor éste muy destacable en él. Pero su mujer sabe algo más, sabe que en él hay “algo raro”. Podríamos pedirle que nos concrete un poco más, sin embargo no es ella la que nos responde, lo hace el narrador: lo que busca nuestro sujeto es confundir a su mujer ausentándose una semana. Ese es su plan, irse una semana, para provocar la confusión en ella, y es ahí donde debemos tomar un detalle del texto, sutil, preciso y fundamental para pensar lo que nos ocupa que es lo latente, algo que nuestro sujeto deja escapar a la vez que no puede evitar, la sonrisa de despedida, sonrisa astuta y cómplice, a la que su mujer se aferrará cuando todos le den ya por muerto, sonrisa que será el testigo de ese “algo raro” en este hombre gris.

¿Es la vanidad la que se encuentra en el fondo de este asunto? ¿Es posible pensar a este hombre como pieza central de un pequeño mundo que en un momento dado juega a desaparecer, gozando de la zozobra que provoca en el Otro? Lo cierto es que nuestro sujeto entra en un estado de agitación como consecuencia directa de su acto, un acto que resulta absolutamente alejado de los rasgos que lo describen como persona, el hombre frio que huye de las turbulencias se separa así de una vida sin sobresaltos. ¿No podríamos pensar, nosotros que somos los únicos privilegiados que conocemos el paradero de Wakefield, que lejos de estar muerto, este hombre está más vivo de lo que ha estado toda su vida? Desde esta idea asistimos al nacimiento de un nuevo hombre, alguien que ya no piensa en su regreso; causar confusión en su mujer ha caducado ya, porque ahora hay algo nuevo, ha aparecido un resentimiento, un cierto enojo que quizá pudiera iluminar ese “algo raro” que nos trajo hasta aquí. Dicho pesar no le permite regresar hasta que ella no esté medio muerta… de miedo, mientras tanto, experimenta cosas nuevas, como la efervescencia de sus sentimientos cuando comprende que ella está enferma, y la causa es su ausencia. Ya está, pensamos, lo consiguió, su mujer enfermó hasta el borde de la muerte, y ocurrió por haberle faltado, ya puede regresar. El paso de las semanas trae la mejoría en la salud de ella, ¿qué aportaría ya su regreso? Ella ya nunca arderá por él. El cálculo de su ausencia queda perturbado. La brecha que se abre entre su apartamento y el domicilio conyugal resulta infranqueable para Wakefield, aunque se encuentre en la calle de al lado, porque nunca se trató de la distancia física. Hawthorne lo dice: Wakefield está en otro mundo.

Es ahora más que nunca cuando se puede pensar que volver a casa es, como nos sugiere el narrador, pisar la propia tumba. Mientras pueda evitarlo, seguirá expuesto al riesgo, porque sabe que ello le ha devuelto la vida, y aunque este paso a un lado, a la manera de los ermitaños, amenace con la pérdida de su lugar, de las ventajas que disfruta, será una vida a salvo, a salvo del sistema que inevitablemente nos aplasta hasta componer el TODO que constituye una sociedad; el hogar, la iglesia…, a salvo de la muerte que supone tener que ajustarse a ello. Un extravagante acto el de nuestro infeliz Wakefield que objeta su propia insignificancia.

Alberto Estévez

viernes, 21 de enero de 2011

LA CAUSALIDAD SECUESTRADA: Gustavo Dessal comenta Wakefield, de Nathaniel Hawthorne

Wakefield es probablemente uno de los cuentos más extraordinarios que jamás se hayan escrito, aunque debido a las frecuentes y a menudo incomprensibles injusticias de la historia no ha gozado de la popularidad que merece. Tal vez porque se trata de un ejemplar insólito en la especie del cuento, ya que debe su rareza a la paradójica circunstancia de haber sido fabricado con una escritura impecablemente clásica, en la que al mismo tiempo el autor ha realizado una notable labor de vaciamiento argumental, al punto de que la historia, incomprensible en su esencia, puede resumirse en unas breves líneas que, de hecho, se nos ofrecen desde el comienzo sin ahorrarnos el conocimiento del desenlace. Esta abrupta síntesis inicial del contenido tiene un doble propósito: por una parte, mostrarnos la insignificancia de los acontecimientos, y por otra, destacar cómo su inofensiva extrañeza no les ha impedido alcanzar un récord en el concurso de las extravagancias humanas.
Sin embargo, al mismo tiempo que se nos señala esta escasez significativa, el talento de Hawthorne consiste en dotar al incidente, como él mismo lo califica, de una profundidad metafísica abismal, capaz de hacer resonar alguna de las preguntas decisivas de la existencia, y conducirnos a la terrible interrogación sobre el sentido de la conducta humana. Es precisamente por la absurda insensatez del comportamiento de Wakefield, por el carácter insólito e irrepetible del acontecimiento, por la pureza de su incomprensible originalidad, que el incidente, a juicio del narrador, merece la “generosa simpatía de la Humanidad”. Esta afirmación, expresada ya en los primeros párrafos, nos advierte que las páginas siguientes habrán de destinarse a reconstruir el puente entre el singular proceder del personaje y aquella universalidad que la simpatía general exige para conceder su misericordia.
Retengamos desde el comienzo la importancia decisiva de una palabra que, a mi entender, se insinúa como una clave fundamental: gap. Palabra que encontraremos al comienzo del relato, cuando el narrador nos diga que “después de tan largo paréntesis en su felicidad matrimonial [...] entró tranquilamente por la puerta, como si hubiera estado afuera solo durante el día, y fue un amante esposo hasta su muerte”. Sin ánimo de cuestionar el acierto de traducir el término inglés gap por nuestro español paréntesis, elección que en el contexto de la frase se adapta más o menos bien al sentido de la frase, la palabra gap encierra una potencia semántica ineludible a los fines de nuestro análisis. Y no se trata aquí de promover lances idiomáticas ni de apelar a irrealizables purezas de la traducción, sino de recordar que el significado principal de gap es el de agujero, hiato, y discontinuidad, conceptos alrededor de los cuales gravita el inquietante enigma de este relato, que convierte a un hecho nimio e improbable en un acontecimiento que horada los cimientos de nuestro sentido común, aquel en el que todos los días nos recostamos para refundar nuestra cotidiana realidad.
La frase encierra, pues, el misterio de esta historia, a la que somos convocados para indagar en un agujero, un hiato, una discontinuidad que irrumpe en la serena línea de la felicidad matrimonial, una felicidad a la que nuestro personaje contribuía con el rasgo más sobresaliente de su personalidad: precisamente el perfil liso y átono de su temperamento, la insubstancialidad de su ser, la imposibilidad de ser capaz de cometer una acción cuyas consecuencias pudieran dejar memoria alguna. Nos vemos obligados a imaginar, siguiendo las sugerencias del narrador, que no es sino en el seno de una felicidad tibia y armoniosa, una existencia poco inclinada hacia las emociones perturbadoras, en suma, el transcurrir de esa homeostasis en la que el amor burgués cifra su ideal, que de un modo impredecible, a todas luces contrario a la razón, se abre una discontinuidad, un hiato, un agujero en el que la comprensión naufraga sin remedio.
Porque si algo nos afecta de manera conmovedora en este relato, no son los hechos, que en ningún momento describen nada sustancial, ni dedican una sola palabra a revelarnos el pathos de los protagonistas. No es la soledad de Wakefield, ni el imprevisible abandono que ha sufrido su mujer lo que nos inquieta. No podríamos sentirnos afectados por eso, en tanto es muy poco lo que se nos informa sobre el estado de ánimo de Wakefield, y mucho menos sobre el de su mujer, de la que ni siquiera sabemos si ha llevado a cabo gestión alguna para dar con el paradero de su marido, o si por el contrario se ha resignado obsecuentemente a su pérdida, como si el destino la hubiese ordenado. Es evidente que la fuerza y la tensión narrativa se obtienen no a pesar de privarnos de todos esos detalles, sino justamente por omitirlos. La abundancia solo conseguiría desviar el relato de su propósito claro: conducirnos hacia el gap, la hiancia, el agujero, el abismo insondable que hay en cada uno de nosotros, y del que estamos separados por una distancia que conjuga al mismo tiempo el cero y el infinito.
Dado que el narrador no nos oculta en ningún momento que ha optado por dar vida imaginaria a lo que tan solo fue una abstracta noticia rescatada de un periódico, nada podría haberle impedido ofrecernos una conjetura argumental sólida e ingeniosa, fantástica o verosímil, para explicar tanto la misteriosa partida de Wakefield como su no menos enigmático regreso al cabo de veinte años. Pero eso es exactamente lo que Hawthorne no desea hacer. No pretende rellenar esa discontinuidad, ni explicarnos el agujero, ni restablecer la secuencia, ni reunir los bordes de la hendidura abierta en la sensata y plácida existencia de sus personajes. Todo lo contrario: de forma deliberada, y empleando un lenguaje y un tono que intenta rebajar en nosotros todo atisbo de sorpresa e incredulidad, nos fuerza a admitir con absoluta naturalidad lo incomprensible, y nos mantendrá hasta el final sin compadecerse de nuestro aturdido entendimiento, dejándonos sin respuesta ante lo que podríamos llamar una causalidad secuestrada.
¡Con qué docilidad nos disponemos a seguir a Wakefield en su rara aventura! De pronto, y carentes de todos los pormenores intermedios, nos encontramos instalados junto a él en su nueva residencia. Cómo la ha conseguido, es algo que en el fondo carece de importancia. Nos vemos obligados a refrenar nuestra curiosidad y a conformarnos con saber que el final de tan intrépido viaje ha conducido a Wakefield a la siguiente calle. Durante los próximos veinte años, estará separado de su vida anterior por solo una calle de distancia, aunque esa calle valga por el infinito, y los veinte años nos sean más que una fracción de segundo, apenas un abrir y cerrar de ojos, una microscópica hendija entre dos pensamientos probablemente intrascendentes. Porque es evidente que la nueva vida de Wakefield no es en verdad muy distinta. Del mismo modo que nada sabíamos de la primera, lo desconocemos casi todo de la actual. ¿En qué entretiene sus horas? ¿A qué se dedica? ¿De dónde obtiene el sustento cotidiano? Ninguna de estas preguntas obtendrá respuesta, dado que el silencio es la regla imperante de esta historia: ni él ni su mujer pronuncian una sola palabra, ni el más mínimo diálogo se insinúa en la partida o el regreso. La visión última y muda de una sonrisa en el rostro de Wakefield será todo lo que de él perdure en el recuerdo de ella, una sonrisa ambigua que la imaginación de la mujer, muchos años después, hará oscilar entre el significado de la muerte y de la astucia. Tan solo una voz se hace escuchar, la voz de la conciencia de Wakefield, que le aconseja no poner demasiado a prueba la falta que su ausencia podría causar en el ser amado. “Es peligroso -dice la voz- abrir una fisura en los afectos humanos, no tanto por lo mucho que pueden abrirse, sino por lo rápido que se cierran”.
¿Qué quiere Wakefield? ¿Qué se propone con su acto? El problema es que ni siquiera él lo sabe. Nuestra ignorancia y nuestra perplejidad son en definitiva las suyas. Nada le impide regresar, salvo el orgullo de mantener a salvo ese proyecto cuyo sentido desconoce. De hecho, la costumbre lo guía hasta el umbral de su casa, y próximo a deshacer el paso que la ha puesto en otra vida, de nuevo se hace oír la voz, pero ahora para alertarlo sobre lo que está a punto de cometer. No siempre tenemos la oportunidad de mirar de cerca, y durante la brevedad de un instante, la bifurcación que el destino pone frente a nosotros invitándonos a escoger entre una u otra dirección. Wakefield huye, no sin antes detenerse para echar una mirada hacia atrás, y descubrir para su perplejidad que todo aquello que hasta entonces le resultaba familiar, no ha necesitado más que una solo noche para volverse ligeramente extraño: el edificio, su propia casa, incluso la silueta de su mujer en el trasluz de la ventana. A partir de ese momento, ninguna duda volverá a atormentarlo, puesto que algo se ha afianzado en él, convirtiéndolo en otro hombre, para quien un paso atrás en su decisión le resultaría ahora más difícil que aquel que lo puso en su estado actual, un estado en el que muy pronto ha conseguido sustituir la repetición de entonces por una nueva, consistente en convertirse en espectador diario y furtivo de su antigua existencia. Observará desde lejos la evolución que su ausencia provoque en el ánimo de la señora Wakefield, y si acaso alguna vez estuvo a punto de ceder a la tentación de correr a su consuelo, una fuerza que ni él mismo conoce ni se explica lo ha retenido en el sitio, y la discreta medida de una calle se ha convertido en la distancia que lo separa de otro mundo.
A esta altura, Wakefield se encuentra atascado entre la imposibilidad de regresar y el desconcierto de un acto cuyo cálculo no sabría asumir en absoluto. Notemos, asimismo, que la presunta libertad en la que su vida se desenvuelve, si acaso habríamos de suponer que su conquista figuró alguna vez en el origen de su intención, no se emplea para otra cosa que merodear como un fantasma alrededor de su antiguo hogar, y mantenerse fiel a su mujer “con todo el afecto del que su corazón es capaz”.
Llegamos, entonces, al centro de este drama, al que ahora podemos apreciar como una estructura perfectamente simétrica: en un extremo de la secuencia tenemos la partida de Wakefield; veinte años después asistiremos a su regreso, y exactamente en el medio, transcurridos diez años en los que nuestro héroe comprueba la oscura e irreconocible fuerza que ha gobernado su hazaña hasta convertirla en una férrea repetición, se produce algo especial. Un buen día, por ningún otro mecanismo que los que el azar emplea para revolver el mundo, Wakefield y su mujer se cruzan en la calle y la muchedumbre los arrastra hasta que sus cuerpos se tocan, sus miradas se cruzan, y sus respectivos silencios se confrontan. Ambos siguen de largo. ¿Lo ha reconocido ella? No es seguro, y si lo ha hecho, poco importa, puesto que tampoco él ha querido manifestarse, apresurándose más bien hacia su refugio, donde al entrar y por primera vez en esos largos años comprende que le ha bastado el instante de una mirada para que “toda la miserable extrañeza de su vida” aparezca ante sus ojos. Es entonces que su propia voz, y ya no la de su conciencia, exclama las únicas palabras que conoceremos de su boca: “¡Wakefield, estás loco!”.
Si acaso lo está, reflexiona el narrador, su locura ha consistido en desistir de formar parte de la vida, sin atreverse tampoco a pertenecer al reino de los muertos. Se ha convertido en un espectador, capaz de atisbar el transcurrir de la existencia, sin ser visto ni reconocido en ella. Durante veinte años se ha jurado a sí mismo regresar, y durante veinte años ha pospuesto su promesa, como si en el fondo jamás hubiese tenido la más mínima conciencia de lo que su aventura ha durado.
O tal vez no está loco, y sencillamente se ha dado de bruces con esa revelación definitiva y fatal, que más valdría no se manifestara nunca, y a la que procuramos volverle la espalda en la medida de lo posible: que estamos irremisiblemente solos, y que puede bastar un ínfimo desplazamiento en el punto de perspectiva para que la familiaridad del ser amado se desvanezca en la sombra de lo irreconocible.
¿Por qué regresa finalmente Wakefield? De nuevo, donde nos reconfortaría encontrar al fin la justa causa que haga cesar de una buena vez tamaño desatino, solo encontraremos una insípida contingencia. Wakefield ha dado uno de sus habituales paseos al hogar que sigue considerando suyo, y lo sorprende una fría lluvia frente al portal de la casa. La intemperie es hostil y desoladora, el interior cálido y confortable. Él no es tan tonto como para desdeñar lo que le conviene, incluso a pesar de que por última vez su conciencia le advierta que, habiéndosele concedido la posibilidad de escapar de una muerte, no tendrá una segunda oportunidad. Atraviesa, pues, el umbral, y le es suficiente con adoptar la misma sonrisa que había dejado al partir, para recobrar la continuidad de lo que estaba interrumpido, como si esa sonrisa, que sin duda encarna la función de la mirada, hubiese sido el verdadero y secreto pasadizo por donde los dos mundos podían conectarse, el corredor en el que la fracción de un segundo equivale a la eternidad, y una calle a la infinitud del Universo.
La conclusión es, sin duda, moral. No nos están permitidas demasiadas libertades, y un paso en falso cometido en un instante, una ínfima torcedura en el cósmico engranaje al que toda vida humana está encadenada, puede conducirnos a esa fatalidad definitiva que tuvimos oportunidad de discutir en ocasión de nuestra lectura de Indignación, la novela de Philip Roth, una temática que este autor continúa en Némesis, su obra más reciente. Si Wakefield ha podido recobrar su tibia y mediana normalidad, es probablemente porque su aventura no ha pasado de ser un mero parpadeo de ojos, durante el cual toda la insensatez de su existencia, no más ni menos absurda que la de cualquiera de nosotros, se iluminó por entero.
¿Quién no ha albergado alguna vez el deseo de huir, de optar por el destierro, de desprenderse de esta nuestra repetida vida y proyectarse en otra? ¿Quién no ha soñado con una libertad que nos aguardaría en otra parte, y de la que estamos alejados por una invisible prisión que nos recluye en la perpetua reproducción de lo mismo? ¿Seríamos capaces, aunque más no fuese por un día en la duración de nuestro vivir, de acometer el salto y arrojarnos a la incertidumbre de ese más allá que nos seduce con su misteriosa sonrisa? Desde luego, si algo nos enseña este asombroso relato, no es tan solo que lo que llamamos el inconsciente es, en definitiva, el nombre que le damos a la imposibilidad de nombrar la causa de lo que mueve una vida. Es también la advertencia de que nuestros actos, por insignificantes que resulten, no pueden deshacerse nunca. Si estamos dispuestos a aceptar esta fatalidad moral, aún a riesgo de perderlo todo, entonces estaremos en condiciones de elegir algo más que una tímida y agridulce resignación. Pero no seamos demasiado exigentes con nosotros mismos. La realidad nos descubre que la mayoría, al igual que Wakefield, no estamos hechos para tanto.
Gustavo Dessal

viernes, 14 de enero de 2011

Breve comentario de MªJosé Martínez sobre Wakefield, de Nathaniel Hawthorne

Tenemos hoy ante nosotros un cuento maravilloso al que doy este calificativo porque me parece hecho al viejo estilo de los relatos que dieron nombre al género. Su autor nació en 1804, su padre murió a los cuatro años, y sin duda el pequeño Nathaniel recibió alguna influencia de su abuelo, oral o recordado, que había sido uno de los colonos puritanos de aquel triste Salem. Puritano también, siempre ambivalente entre lo espiritual y lo emocional, escribió desde muy joven, y él mismo nos dice hablándonos de su vida, que él “soñaba que vivía”



Encuadrado en el Romanticismo americano, en su lado más oscuro, escéptico e influenciado por el trascendentalismo, sugiere sus ideas siempre con voz suave, y de él nos dijo Borges “que expresaba con su voz el tenue mundo crepuscular de la imaginación”.



Su cuento empieza diciéndonos que la tal historia la leyó en un periódico, y así es cómo se escribían las grandes novelas de la época de Cervantes, como el mismo Quijote, de las que se ocultaban sus autores diciéndose traductores que habían encontrado un famoso y raro manuscrito, etc. Pues así, de igual forma se oculta Nathaniel, al que sin duda le resulta gracioso y menos responsable contar esa historia rara que él mismo se encarga de comentar. Y es así, mediante ese truco, comentándola, como completa la narración, de tal forma, que la deja rematada y justificada, no cerrada, pero sin dejar ni un resquicio para nuestra airada protesta. Dicha protesta, pues, sería inútil, pues él llegará hasta el final del cuento para mostrarnos el sentido latente y la moraleja a donde quiere conducirnos.



Relato vaporoso e irreal, como romántico a ultranza en la voladura de su pensamiento, inocente en la estupidez contada, culpable en su arrebato de locura, donde vemos que la fatalidad va a cebarse en Wakefield desde que su desastrosa imaginación prevé un cambio en su desdichada esposa, ya desde el principio, por ser incapaz de atenerse a la sensato y a lo real que hay en su vida. El sentimiento de la muerte de su esposa lo excita como a una mente infantil, no fría, pero sí calenturienta y absurda, que se aburre y quiere experimentar, jugar un juego que anuncia para 3-4 días, pero se le va de las manos y dura veinte años. Así es como Hawthorne quiere poner de manifiesto su romanticismo, al igual que otros de su estilo, diciéndonos que sus actos escapaban a su control y contando también con el Destino, que lo relaciona casi a la fuerza con una mujer viuda a la que “sus pesares se han vuelto tan indispensables para su corazón, que sería un mal trato cambiarlos por la dicha”. Preciosa esta consideración a la que somos llevados tan suavemente por medio de la expresión “mal trato” o mal apaño, de manera que casi nos convence.



Extraordinario relato donde se encuentran todos los ingredientes necesarios para cerrar el cuento: el destino de una terquedad que lo hace sentirse inmutable sin apreciar el tiempo que, para él, fluye sin sentir y pasa, aunque no lo vea pasar. Metáfora de los que estando cerca ni se ven ni se reconocen, y la moraleja del paso del río de la vida que nos lleva con él sin saber reaccionar al goce del encuentro, y del que además no debemos separarnos ni movernos un ápice, nos advierte, para no perdernos en un mundo que a él ya le parecía tan estructurado y misterioso, que con solo dar un paso a un lado nos perderíamos.



Precioso, maravilloso cuento exquisito en su hechura, del que agradezco a los organizadores de la tertulia la sugerencia ineludible de leerlo.



MªJosé Martínez

miércoles, 5 de enero de 2011

Apertura 21ª reunión Liter-a-tulia; comentario del cuento "Amorcito", de Antón Chéjov.

Un cuento de Antón Chéjov nos reúne hoy en la tercera cita del curso. Su título, Amorcito. Como ya saben ustedes, en algunos lugares es titulado de manera diferente y podemos encontrarnos el mismo relato como Un Ángel o incluso también Ólenka, el nombre de su protagonista.
Una vez enviada la primera convocatoria para comunicarles a ustedes cuál era la obra elegida, una colega de Valencia, Gloria Flores, nos felicitaba por la elección. Yo lo desconocía, pero al parecer la cultura rusa y más en concreto, su literatura, ocupan un lugar importante para ella, un lugar que se ha mantenido incluso con el paso de los años. Tolstoi, Dostoiewski, Pushkin, Chéjov, Brodsky y tantos otros son los responsables de un legado que se ha dado en llamar “alma rusa”, legado que sigue muy vivo hoy día y de ello tienen bastante culpa sus directores de cine contemporáneos que no parecen dispuestos a que ese tesoro se pierda.
Se da la coincidencia de que esta compañera, tras unas jornadas psicoanalíticas que celebramos a finales del pasado mes de noviembre aquí en Madrid, viajaba de vuelta a su ciudad y había elegido como compañero de viaje un pequeño texto de Natalia Ginzburg titulado Antón Chéjov de la editorial Acantilado, y me copió en el mensaje que me envió un pequeño fragmento de la, parece ser, famosa anécdota de las “Ostras” que yo desconocía.
Debo contextualizar primero y decirles que Chéjov vivió únicamente 44 años, y que la causante de ello fue la tuberculosis que lo había acompañado desde bien joven, y que contrajo trabajando en su profesión, la medicina. Esta enfermedad fue la responsable también de que, un mes antes de morir, se estableciera en un spa de la Selva Negra alemana, huyendo supongo del extremo frio ruso. La cita que Gloria me copió del libro dice así:
“Chéjov deliraba, hablaba del Japón y de un marinero: Ella le colocó una bolsa de hielo sobre el pecho. Y de pronto, recuperada la lucidez, él le preguntó: “¿Para qué poner hielo sobre un corazón vacío?”
El doctor Schwöhrer llegó a las dos de la mañana. “Ich sterbe –le dijo Chéjov-. Me muero” El médico le puso una inyección de alcanfor. Luego quiso mandar a buscar un tubo de oxígeno. Chéjov le dijo: “Es inútil. Cuando lo traigan me habré muerto.” Entonces, el médico mandó que le subieran una botella de champán
Chéjov aceptó la copa que le ofrecieron y dijo: “Hacía mucho que no bebía champán”. Vació la copa y se acostó de lado. Poco después dejó de respirar. Era el 2 de Julio de 1904.
Se tomaron las medidas necesarias para trasladar el cuerpo a Moscú. No se sabe por qué llegó en un tren destinado también al transporte de ostras. Los amigos y familiares que esperaban vieron llegar un tren de color verde, uno de cuyos vagones llevaba un cartel con la palabra “Ostras”. El ataúd viajaba en aquel tren.
Esta anécdota me parece bien ilustrativa de lo que podemos pensar que sucede ante la lectura de las obras de este autor. Igual que el ataúd, perdonen la resonancia macabra, era la perla que escondía aquel tren destinado al transporte de ostras, los relatos de Chéjov siempre esconden una perla, siempre hay un más allá de lo que el autor plantea manifiestamente y de manera tan natural, incluso diría, hay una cierta trampa que el relato oculta tras un estilo que muestra una no disimulada sencillez, por el contrario, ésta es seguramente intencionada.
Él defendía lo siguiente; decía que la labor del artista era plantear preguntas, no resolverlas. Pienso que es esta creencia la que lo convirtió en el maestro del género literario que representa el cuento; lo vamos a comprobar este curso, si de alguna manera no lo estamos comprobando ya. Cuando en la primera reunión, nuestra invitada, Carmen Botello, nos decía que el cuento es el género literario que más se aproxima a la realidad subjetiva estaba hablando de esto mismo. Porque el cuento tiene esa estructura que produce un corte, un vacío una vez que finalizamos la lectura del relato. Hay algo que queda abierto, es la pregunta planteada que propone Chéjov que no encuentra dentro del relato su respuesta, y por tanto genera un vacío por la falta de su resolución. Para muestra no tenemos más que dirigirnos al que hoy nos concierne, con un final absolutamente tajante y a su vez tremendamente enigmático Alguien me comentaba la pasada semana que esa frase del final es la clave, yo no termino de darme cuenta, pero sí percibo que si hablamos de clave es que hay algo por resolver, una perla escondida en un relato cotidiano.
Admito la crítica que argumenta que lo que le ocurre a nuestra Olga no es algo tan habitual ni cotidiano, es un personaje que encierra una particularidad muy marcada y que por si no hemos reparado en ello, el autor nos sacude en una frase entre admiraciones ¡… qué horroroso es no tener ninguna opinión! Pero, cómo se forma una opinión alguien acerca de algo? Fíjense qué sorpresa, al final la manera en la que nos formamos una opinión no es algo tan distinto de lo que ocurre con nuestra protagonista, si acaso, podríamos hablar de una cuestión de grado superlativo para ella, pero nosotros todos estamos constituidos de lenguaje, que no es algo que vamos adquiriendo en la medida que maduramos, el lenguaje es previo a nuestra llegada al mundo, y ya antes, mucho antes de tener una mínima conciencia de nada, hay un lugar en este mundo simbólico que espera que nosotros lleguemos, el lugar que nos ha reservado el Otro. Estoy pintando el cuadro que refleja la mejor de las escenas.
Por eso les decía que hasta cierto punto podemos tomar este relato como crónica de un acontecimiento cotidiano, no porque nosotros quedemos suspendidos de alguien de la manera que lo está Ólenka para poder gozar en la vida, en ese sentido su alienación al otro resulta extrema, hasta el punto de que su vida parece quedar congelada si ese Otro sale de la escena, pero bien cierto es que el autor podría estarnos previniendo en su reflexión sobre esta mujer de que todos inevitablemente estamos constituidos de ese mixto que supone la inclusión en nuestra subjetividad de la figura determinante del Otro.
Tampoco es algo tan extraño, sabemos que en determinados contextos podemos vernos llevados a opinar cosas diferentes, y a veces hasta muy diferentes, y esto no es necesariamente consecuencia de que dicho contexto amenace nuestra propia integridad física. En una conversación, es nuestro interlocutor el que dispone de manera más o menos evidente lo que vamos a decir. Y esto rige en mayor medida si dicho Otro tiene relevancia en nuestra economía subjetiva.
Para nuestra protagonista, el supuesto amor que sentía por sus maridos era capaz de convertirla; ora en una experta defensora del teatro como arte sin el cual la vida tendría sentido alguno, ora como embajadora de las cualidades de la madera y profunda religiosa practicante, haciendo de los pensamientos de sus maridos algo propio, como también de sus gustos y devociones. A tal punto que la desaparición de estos socavaba un vacío en ella imposible de soportar.
Este vacío es nuestra condición como seres humanos, un vacío que no puede rellenar el amor, aunque es indudable que echa una mano para poder soportarlo, y entonces vemos como ella, conocedora de esta cuestión, utiliza el amor, si puedo decirlo así, para rellenar una existencia que evidencia su precariedad a través de la soledad que padece. La prueba de ello la encontramos en los momentos en los que nuestra protagonista está casada, ahí es donde reside la diferencia fundamental con otras historias más habituales, porque en esos momentos ella no presenta fractura por ningún lugar, parece completa. Pegada al Otro no sólo puede soportar la vida, sino que cree apoderarse de su vacío constitutivo. Nosotros podríamos hablarle de las limitaciones del amor, o incluso de que el matrimonio no es garantía de ninguna felicidad plena, algunos piensan que más bien al contrario. Les aseguro que no haríamos ningún favor a Olga explicándoselo.
Y en esta línea, la tercera solución que el autor plantea para esta mujer resulta genial, porque podemos pensarla en la línea de las equivalencias, ya no pasa por el vínculo del matrimonio; se trata del hijo del veterinario, Sasha, al que adopta como propio y acoge, que en parte no nos sorprende en Olga; establece su primer casamiento con un hombre desdichado y confiesa a la vez haber querido únicamente antes de éste a su padre, un hombre enfermo. Parece que tuviese cierta predisposición para alojarse en las historias que conllevan un signo de calamidad.
Con el muchacho insistirán punto por punto los comportamientos que habíamos visto en juego con sus difuntos maridos, repitiendo las mismas frases que el muchacho recita -no me dirán que no es genial introducir la definición de lo que es una isla, me parece absolutamente sutil-. Pero su temor de que lo que tiene lo puede perder y volver a su recurrente y peculiar soledad planea de manera insistente, cada vez que golpean su puerta. Aquí tenemos otra vez el elemento simbólico puerta que tanto nos enseñó en la lectura de la novela de Magda Szab
Por todo ello y finalmente, creo que todos somos un poco Ólenka, entre la añoranza de plenitud y la amargura por lo que no marcha se cuelan las actitudes defensivas y se extiende la sensación de amenaza empobreciendo cualquier existencia entre rutinas y perezas. El propio Chéjov debía saberlo, y él no se andaba con ambages a la hora de reconocer su propia división, tomemos su propio testimonio: la medicina es mi esposa legal, la literatura sólo mi amante. Es claro que para él, para Chéjov como sujeto, propiciar la convivencia con sus vacíos, lidiar con ellos, no suponía la catástrofe que arruina una vida, más bien al contrario, creó con ello, destapó, consciente de que era su mayor patrimonio, responsable de la preciada joya que constituye hoy su legado literario, una magnífica perla en un vagón de ostras.
Alberto Estévez

martes, 4 de enero de 2011

Amorcito de Chejov. El amor cuestionado. Por Graciela Kasanetz

Dos cosas me llaman la atención en este cuento. Una, la falta de duelo absoluta, otra los sueños.

Chejov hace mención a los sueños de esta mujer. En un primer sueño, cuando está casada con el maderero, ella se despierta gritando. Es en el final del sueño, cuando los troncos, las vigas y los costeros se golpeaban emitiendo el sonoro ruido de madera seca. Todos caían y de nuevo se levantaban encaramándose unos sobre otros. Oleñka deja escapar un grito y se despierta mientras el marido le dice: ¿qué tienes, querida? Persígnate.

El horror de ella, el grito, lo deja escapar, precisamente, donde algo de su propia vida se le hace presente. Ella siempre se encarama, como estos troncos secos, a otro tronco, y todos caen como ella cae. Cada vez que cae uno de sus maridos, de nuevo se levantan encaramándose unos sobre otros.

Pero hay más sueños. En un segundo sueño aparece un patio desierto. Desierto como su propia vida. Cuando muere uno de sus maridos –da igual cual sea porque en realidad lleva la pérdida como estandarte—ella dice:

Tengan piedad soy una huérfana

¿Quién viene a consolarla? La gatita. Me resuenan tres cosas. Primero el hincapié que hace Chejov en las palabras del telegrama, que están equivocadas y son como risueñas. Segundo, las últimas palabras del cuento. Estén como estén traducidas, lo están de la misma manera en todo el cuento. Dice: “te voy a dar, vete, no me toques”. Este amorcito tan amorcito, es intocable. Precisamente, si hay algo que pasa con esta mujer es que nadie la toca. Y tercero, la otra palabra es vete. Cuando la gata la va a consolar ella le dice: vete, vete. Y realmente, trata al niño como a la gata. Pero Chejov también dice, cuando ella está casada con el veterinario, que hay que tratar a los animales y a sus enfermedades, como se trata a las personas. Y ella, en sus palabras, está tratando al niño con las mismas palabras que ha tratado al gato, al que no tolera.

Creo que en esto hay algo muy moderno, muy de moda actualmente y muy políticamente correcto –con lo de aberrante que tiene lo políticamente correcto. Y es que muchas personas se presentan como huérfanas de la vida, como víctimas, y la víctima tiene derecho a todo. Es decir, la víctima puede ser la más terrible de las personas.

Sobre el comentario que hicieron acerca de Bartleby, pienso que éste no permitía, de forma radical, que nadie se alojara, expulsaba al Otro. Amorcito también. Y sólo uno de sus maridos se lo dice, el veterinario, cuando le obliga a callarse diciéndole no digas lo que no sabes.

Algo me molestó en una primera lectura de este personaje. En la segunda lectura me preguntaba qué era lo que me molestó. Y es que esta mujer no amaba a nadie. Precisamente, el Amorcito era quién ella se consideraba para los demás. Realmente, ¿qué hay dentro de esta cáscara de amorcito? Me parece que hay es un ser vampírico. Me pregunto si los maridos no preferían la muerte a estar con esta mujer vampírica.

Graciela Kasanetz

viernes, 24 de diciembre de 2010

Amorcito: La falta de huella. Por Gustavo Dessal


Creo que ha sido un acierto escoger este cuento para comentar en la tertulia. Su maravilla consiste en la multiplicidad de lecturas que admite. Y es muy difícil decir que una sea más válida que otra. Esa es la potencia del cuento y la potencia del autor.

Hice dos lecturas. En la primera encontré una pobre señora, en la segunda, al igual que le ocurrió a Graciela Sobral, también me surgió Bartleby. Pensé que Amorcito era una contracara de Bartleby.

Vamos trazando un recorrido en torno al cuento. Empezamos con las intervenciones de Alberto y Miguel viendo los elementos universales de la condición humana, y ahora vamos avanzando hacia lo particular. En ese avance estamos escuchando matices, elementos no solamente subjetivos, sino también históricos, a los que hizo referencia Ignacio Castro en su comentario. Es verdad que en este cuento encontramos una cierta anticipación de ese tono de vacuidad que caracteriza nuestra época. Esa atmósfera de vacuidad donde se puede cambiar de discurso todo el tiempo, porque en realidad todos son sustituibles.

Ioana calificaba la frase final como perversa. También María José Sánchez, en su comentario publicado en el Blog, toma esa interpretación, sacando la conclusión de que hay un lado perverso. Yo tengo mis dudas. Intenté encontrar la versión en francés, pues los franceses son muy buenos traductores del ruso –ha habido siempre una conexión de lenguas entre Francia y Rusia—pero no la pude encontrar. Porque la frase varía mucho según las traducciones. La frase en inglés dice, más o menos, lo siguiente: “Quita, no fastidies que te doy”. Pero lo que observo, y me parece muy enigmático, es que en el texto, el niño, cuando le habla a Oleñka, le habla de usted, sin embargo en esa frase final le habla de tú. Sinceramente, no sé a quien se dirige el niño, no puedo sacar una conclusión. Es un punto enigmático. Se necesitaría una precisión mayor sobre lo que Chejov escribió. No sé si se está defendiendo de ella, si se está peleando con un niño. No lo sé. En mi primera lectura creía que era ella la que soñaba, en una segunda lectura me parece que no, que es el niño el que sueña. En la versión inglesa queda claro que es el niño el que sueña y pronuncia las palabras. Entonces, la interpretación de la última frase como perversa, me parece legítima, pero yo no capté eso porque, insisto, no termino de comprenderla bien.

Pero hay otra cuestión muy curiosa. Al principio, Oleñka también me parecía una persona que tomaba del Otro todo, que todo lo incorporaba, todo se le pegaba, y que cambiaba de discurso tan pronto como cambiaba de objeto. Después empecé a darme cuenta de que había algo peculiar en la manera en que Chejov construye este personaje. En realidad, a ella no le importa perder ninguno de sus objetos amorosos, es rapidísimo como encuentra otro. No hace ningún duelo. ¿Realmente ha amado a alguno? ¿Es amor?

Ahí enganché con otra cuestión, un detalle muy interesante. Cuando ella está en pareja con el señor de la madera, alguien le pregunta si van a ir al teatro. Su contestación es que ellos no están para perder el tiempo en esas cosas. En ella no queda huella de nada, no se inscribe nada. Ella repite todo, pero es una aparente identificación. No se identifica al discurso de nadie, repite pero nada deja huella. Ella dice, pero no entra en conflicto con lo que pudo haber dicho meses atrás, porque no hay contradicción, porque no hay una huella dejada por la palabra del Otro. Es una cosa muy impresionante.

Me parece que no hay que caer en la tentación de reducirla a un tipo clínico. No digo que no existan tipos clínicos así, pero, a diferencia del memorioso Funes, que no puede olvidar nada, Oleñka no registra nada. Nada se inscribe en ella. Y esto es una verdadera creación, algo único. No sé si Chejov pretendió aventurar con este personaje una visión de lo que sería el sujeto moderno un siglo más tarde. Tomando la metáfora de Ignacio Castro en su comentario, avanzamos en la neblina y cuando miramos para atrás vemos todo claro, pero no es tan seguro de que tengamos las cosas tan claras cuando avanzamos. No sé si Chejov tenía alguna intuición de lo que venía pero, como après-coup, uno puede ver en esa falta de toda huella, en eso que nada deja, una anticipación de lo que hoy es, de alguna manera, nuestra experiencia cotidiana: el hombre moderno en el que poco a poco se extingue la facultad de la memoria, porque el lenguaje se ha vuelto vacuo y fugaz, y va perdiendo la potencia de marcarnos, de dejar una huella duradera.

Gustavo Dessal

jueves, 23 de diciembre de 2010

El final en Amorcito. Comentario de Ioana Zlotescu


Entre todas las traducciones que hay del título, me parece que Un ángel es muy perversa. Y creo que es la que sintoniza con la intención de Chejov. Yo me dirijo a los psicoanalistas, como conocedores del alma humana, para preguntarles cómo observan la parte perversa latente en esta mujer. Porque el final me parece uno de los más perversos que escribió Chejov. Oleñka sueña una sexualidad con el niño. Por eso pongo en relación el título Un ángel con el final. ¿Es evidente esta característica perversa en esta mujer? ¿Da pistas Chejov al respecto?

Ioana Zlotescu

Amorcito de Chejov: Crónica de la niebla subjetiva o la metáfora de la vida que viene. Por Ignacio Castro Rey


La perversión del final, la perversión de esta mujer, es la perversión de todo el cuento y de todo Chejov. Como se decía antes, los personajes de Chejov viven sin cobertura. Toda su temática, en cierto modo, es el drama de una vida sin cobertura. No hay Historia, ni Estado, ni función pública, privada o profesional que cubra, que sujete esas vidas. El tema de Chejov es la irrupción vital que no tiene metalenguaje, incluso para el propio protagonista, que querría –como todos nosotros- reconocerse en un modelo seguro. Sea hombre o mujer, siempre surgen variaciones, declinaciones fuera del modelo que uno tiene de sí mismo.

Conozco una “prima hermana” de Amorcito en la vida real a la que, por falta del autoritarismo necesario en el período de crecimiento, del autoritarismo necesario para tomar una opción, había crecido con una especie de incapacidad para el no, con un sí perpetuo que le hacía llenarse de todo lo que le venía encima. La frase final insinúa lo que es obvio, y que está en todo el cuento: la perversión. Oleñka no puede soñar más que con un Otro que la salve, no de sí misma, sino de ese vacío que ocupa buena parte de su personalidad.

Toda Rusia, por lo demás, gira misteriosamente en torno a una especie de crónica de la niebla, crónica de la nieve que es el sujeto moderno. Cuando digo toda Rusia quiero decir que si uno ve películas de Zvyagintsev, de Sokurov, Tarkovski o de Loznitsa, el tema es el mismo. Si uno lee a Tolstoi, “enemigo” político de Chejov -o viceversa-, a Dostovievski, el tema es parecido, con declinaciones diversas, a saber: una existencia que nunca encuentra un tipo de identificación que la sujete.

Esto explica que Chejov, quizá más particularmente que Dostoievski y Tolstoi, haya asombrado a la Inglaterra de comienzos del s. XX y cambiado el teatro norteamericano. Gran parte de la literatura actual siga obsesionada con esta temática que no tiene tema. Si recordáis Ojos negros de Nikita Mikhalkov, basado en otro cuento precioso de Chejov, el protagonista también tenía una incapacidad patológica y peligrosísima para el no. Al personaje encarnado por Mastroianni todo se le pegaba. Era mentiroso por generosidad, ya que no había ningún dique típico de la identificación, la especialización moderna que le permitiese liberarse de nada.

En ese sentido, Chejov es el profeta de la vida que viene, abocada a declinaciones y registros que no se detienen en ninguna identificación fija. No me parece que sea casual que un autor especialmente ejemplar de finales del Siglo XX, como es Sokurov esté obsesionado por este modelo que no tiene molde.

2º Comentario
Creo que nosotros también somos víctimas de la crónica de la niebla que Chejov casi siempre pone en marcha. En el sentido de que parece que, en esta tertulia, se puede decir cualquier cosa y todas suenan verosímiles. Este extraño país, en el que Chejov es un personaje central de la segunda mitad del XIX, lleva un siglo y medio oscilando entre la melancolía de la estepa, la crónica de la niebla, y la violencia histórica y militar, ambos extremos para mi gusto muy interesantes, si no admirables. Un siglo antes, con Pedro I El Grande, le demuestra a los suecos que Occidente son ellos. En cierto modo, toda la literatura rusa, también Dostovievski, es la cara b, morbosa, irregular, profundamente sentimental, de una potencia geométrica, arquitectónica, militar y científica considerable, tanto en los tiempos de Chejov como antes de él. Uno viaja a San Petersburgo, una de las ciudades más impresionantes que he visto en mi vida, y de repente entiende cómo todo el laberinto de Dostovievski es el intento desesperado de buscar la alteridad, las esquinas de la vida que se esconden en una geometría nacional implacable; tanto como la que más, ya que rebasan a Francia y Alemania en la pasión por la geometría. Chejov sería alguien que nos cuenta la otra cara de la geometría, es decir, los laberintos de una sentimentalidad que en cierto modo es la única arma de destrucción masiva de la nación rusa. O de defensa masiva que posee un sujeto que no tiene ataduras identitarias, a pesar de tantas ofertas que le rodean.

Hay un texto precioso que siempre recomiendo, Teoría del Bloom, un pequeño libro que sería digno de un curso entero. Bloom es Oleñka sin esta fidelidad que ella tiene, bastante impresionante, al desamparo. Porque, si de una cosa tiene memoria Oleñka, es del desamparo. Memoria del desamparo, fidelidad al desamparo. No sé si “mata” a sus maridos, pero sí expulsa con una fuerza centrípeta a lo que le rodea. Teoría del Bloom, decía, es una crónica de la niebla de este sujeto instalado en el estado larvario. También acerca del beneficio del estado larvario --todos sabemos algo en esta sala aunque estemos disimulando--, de alguna manera, Oleñka está con un pie en esta flexibilidad cadavérica del sujeto moderno, flexible para defenderse de las ofertas, de las agresiones que le rodean en forma de amantes, obligaciones profesionales o genéricas, y otro pie en una sentimentalidad que es el eje de la literatura rusa. Creo que esta oscilación, este dilema y la propuesta política existencial de por dónde salga -por una honda sentimentalidad que pueda encontrar un suelo en la niebla del sujeto o por el lado de nuevas identificaciones-, creo que es lo que sigue haciendo moderna a la literatura rusa y quizá a Chejov en primer lugar.

Un pequeño apunte más. Pensad que antes y después de Chejov, esta literatura excelente que nos resulta tan actual convive con una propuesta de terapia, una propuesta conductista de superar la niebla con el esfuerzo titánico, nuclear y militar, de la gran Rusia, antes y después de la URSS. No está lejos lo que nos cuenta Chejov: la crudeza de un sujeto disuelto que quiere todo lo que le rodea, que está a punto de ser despedazado como un hombre de la Edad Media. Esto no está lejos de esta voluntad de hierro de los líderes rusos -sea en la versión de los Zares, de Stalin o del Putin actual-, a todos en Occidente nos asusta. Sin embargo, Chejov toma de frente su otra cara, ese vértigo en el que se abisma el sujeto.
Ignacio Castro Rey

domingo, 19 de diciembre de 2010

Amorcito y el escribiente Bartleby. Contraposición entre el sí y el no. Por Graciela Sobral

Estos días leí algunos comentarios sobre Alice Munro en relación a su último libro Demasiada felicidad. Es una autora que, en su madurez, hizo un intento de dejar la literatura pero no pudo hacerlo y finalmente volvió a escribir. En uno de los textos la comparaban con Chejov, más concretamente decían que en su país la habían bautizado como “nuestra Chejov”.

He escuchado las intervenciones de los compañeros y sus distintas lecturas del cuento. Todas me han parecido muy interesantes. He participado de ellas casi al modo de Amorcito, diciendo mentalmente a cada una, “sí, es cierto”, “si, es cierto”.

En lo que atañe a mi propia lectura, en la primera pensé que estaba ante un sujeto vacío, loco. En una lectura posterior recordé a Bartleby, el escribiente de Melville. Eso me dio la oportunidad de contraponer dos sujetos vacíos. Creo que Amorcito es, en un sentido, el envés de Bartleby. Éste aparece descrito en un primer momento como un hombre tranquilo y sereno, pero en el transcurso del relato va mostrando que está animado por un negativismo, por una fuerza autodestructiva con la que va vaciándose o llenándose de destrucción, hasta que no hay más, hasta que llega a la muerte. Bartleby es el sujeto que dice no. Es indiscutible que si la palabra “no” o “preferiría no” tiene como referencia a alguien, éste es Bartleby. Por el contrario, Amorcito es un sujeto que dice sí a todo. Es un sujeto tan vacío como Bartleby, pero realiza el camino contrario. Si aquél avanza en el “no” hacia la autodestrucción, esta mujer no quiere la autodestrucción (tal vez realiza lo contrario). Ella avanza en el “” llenándose por la vía del amor, adueñándose de los rasgos, de los gustos de sus partenaires, devorándolos, podríamos decir, hasta el final.

En relación al final, creo que no es tan ambiguo como inquietante, aunque entiendo que preferimos pensar en lo ambiguo porque lo poco que dice resulta insoportable. Si uno lee atentamente el texto, por lo menos en la edición que yo he utilizado (Ed. Edhasa, traducido por H. Zernask), está bastante claro:

Ah, bueno, no es nada, gracias a Dios”, piensa ella.
Poco a poco cae el peso de su corazón y vuelve a sentirse bien; se acuesta y piensa en Sasha, quien duerme profundamente en la habitación vecina y, de vez en cuando, dice en sueños:
- ¡Te voy a dar! ¡Vete! ¡No me toques!”

Ella está despierta, se acuesta y piensa. Es Sasha el que duerme en la habitación vecina y habla en sueños. No hay ninguna ambigüedad, por lo menos en cuanto a quién es el que dice las palabras finales.
Graciela Sobral

De lo universal a lo particular en Amorcito de Chejov. Por Miriam Chorne

En principio se hicieron dos planteamientos respecto al cuento de Chejov, uno hace referencia a la división universal del sujeto, otro plantea, más decididamente, que el autor está mostrando la vida psíquica de una mujer, mujer-madre. Me parece que éste es uno de los temas del cuento. Respecto al vacío existencial, universal, es verdad que podemos plantearlo como una inconsistencia del ser mujer que se adhiere a los ideales de la pareja. A veces, observando los cambios que se van produciendo en una mujer, se puede saber el tipo de parejas que ha tenido. En ese sentido, la disposición sacrificial que se nombraba en términos de mendicidad –la mujer pobre, la disposición sacrificial con que se entrega al marido— trabaja para los ideales de los hombres. Y esto, si bien es universal, me parece que apunta a algo más particular.

Por otro lado, mientras leía el cuento me planteaba algún interrogante. Hay dos elementos muy importantes en el relato que quedan muy vivos. Primero, podríamos pensar que hay algo de una neurosis de destino, porque Oleñka va perdiendo a esos hombres uno tras otro. Segundo, no se sabe qué pasa con el niño. Estamos ante un final tan ambiguo, que incluso hay distintas versiones según las traducciones que leamos.
Miriam Chorne

viernes, 17 de diciembre de 2010

Amorcito de Chejov: Una lectura plural. Comentario de Silvia Lagouarde

Quizá la brevedad del relato permite al lector un lujo casi irrealizable con otros textos más extensos: releerlo, no una, sino cinco veces. Ese fue mi caso.

Primera lectura:

Un cuento encantador. Oleñka, su protagonista, resulta entrañablemente ensoñadora, simpática, cultivando el amor, así sin más, en lo que le va ofreciendo la vida casi en forma casual. Un “cuentito” perfecto que nos hace sonreír, y nosotras, como lectoras, también extendimos nuestra mano afable para tomar la de ella y decirle: “Amorcito”.

Segunda lectura:

Interrogantes: ¿Posición femenina? ¿Es esto la femineidad? ¿Es esto ser madre, ser mujer? ¿Las madres, en posición sólo como madres, no sueñan que todo lo que aman es maravillosamente perfecto? ¿Cuántas mujeres semejantes conoce uno en el transcurso de una vida?

La inquietud se apodera de mi alma, algo se aprisiona en ella y se rebela. ¡NO! ¡POR FAVOR, NO! Esa pasión por la ignorancia es una desdicha. Sin embargo, a cuántas mujeres así se les perdona todo desvarío intelectual. ¿Cambiarían ellas algo del mundo?

Tercera lectura:

Sin embargo, hay algo en esta Oleñka que me recuerda a casi todas las madres del mundo.

Cuarta lectura:

¿Metáfora de la pequeña, mediana burguesía que vive tan a-históricamente, tan encantadoramente fuera del mundo que son los que fundamentan los peores movimientos fascistas, totalitarismos varios, movimientos de opinión que no argumentan nada y están plagados de prejuicios, lugares comunes y vacío intelectual?

Quinta lectura:

Chejov. Gran cuentista. Maestro de generaciones futuras. ¿Por qué podemos asegurar que este pequeño relato es un gran relato de la historia universal de la literatura rusa del siglo XIX? Porque el tiempo no deja de actualizar la verdad que esconde. En cada lectura surge un nuevo interrogante, el texto se nos hace más imprescindible, pasamos de la sonrisa al espanto, de la casi nada aparente descripción de sus protagonistas a escribir un ensayo político. Esa atmósfera tan humorísticamente encantadora de la vida de Oleñka, donde las cosas suceden sin más, traza una línea fronteriza en relación a “el perdón” por la ignorancia de ese no querer saber. ¿Perdonamos a Oleñka porque es mujer/madre? ¿Permitiríamos esa falta de “responsabilidad” en un sujeto masculino? ¿Sería éste tan “Amorcito”?

Dejo todas las lecturas que aún me faltan a ver si el mismo texto me da la respuesta a alguna de las preguntas.

Silvia Lagouarde

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Elementos universales en Amorcito, de Anton Chejov. Por Miguel Ángel Alonso

"Amamos a aquel que responde a nuestra pregunta: ¿Quién soy yo?". Jacques-Alain Miller

De cada cuento de Chejov emana una sensación de bondad y serenidad que se intuyen relativas a una profunda comprensión de las carencias existenciales del ser. En ellos, el autor nunca elude la negatividad del ser, por el contrario, los protagonistas, de una u otra forma, soportan la marca de algún tipo de falla. Pero la mirada de Chejov me aparece elevada. Observa el movimiento de los seres humanos desde una posición de majestuosa dignidad. Al igual que en Bestiarios de Cortázar, pero desde el exterior del cuento, nada parece contrariarlo. Cada uno de sus cuentos es una invitación a observar, sin escándalo alguno, aquello que la limitada conciencia quisiera rechazar: la soledad radical e íntima del ser. Y Chejov asume e ilumina, sin estridencias, la existencia de esa soledad que, en sus cuentos, aparece en su lugar apropiado, a saber, gobernando la acción de los seres humanos, no desde el exterior, sino desde su propio interior. La luz que arroja sobre ella sitúa a nuestro autor como uno de los privilegiados entre los pensadores literarios del ser.

Son varias las cuestiones que se pueden tratar en este cuento. Por ejemplo, la cuestión de la identidad; cierta lógica de la vida amorosa de la mujer; diferentes estatutos del hiato existencial del ser; la cuestión de la creación como remedio de la negatividad existencial; y la invención de la maternidad.

En Amorcito, Un ángel u Oleñka –los tres títulos con que se conoce este cuento—se pone en evidencia, ante todo, la imposibilidad de decir “yo soy”, es decir, la imposibilidad de ser uno consigo mismo en una de sus clásicas declinaciones, el desamparo original o ausencia de morada para el ser. Esto coloca a Oleñka en la indigencia y en la mendicidad, pues para ese desamparo sólo encuentra una posibilidad, morar en la casa del Otro, alienarse a las palabras del Otro como recurso. Inevitablemente, viene a mi mente el axioma de Rimbaud:

Yo es otro

Oleñka nunca es propietaria de una identidad. Tras la apariencia de consistencia que las sucesivas identificaciones le otorgan, con sus correspondientes connotaciones psicológicas, lo que se hace patente es el carácter originario del ser, a saber, la radical soledad de la existencia que no lleva adosada ninguna identidad. Es lo mismo que decir la falta de una palabra propia para la existencia. Oleñka “mendiga” palabras de otros, identidades siempre frágiles, prestas para desmoronarse ante cualquier contingencia.

Si nos situamos en la lógica de la vida amorosa, podemos deducir que, para Oleñka, como para tantas mujeres, hay un ideal que, encarnado en el Otro, daría la respuesta a la pregunta ¿quién soy? Muchas mujeres encuentran en el Otro esa respuesta en la encarnación de ideales antiguos. Cada sucesiva identificación es una variación que se sostiene en el ideal. Entonces, el amor que está en juego en el relato es una respuesta, aunque hay que reconocer, no muy esperanzadora. Si pensamos en la frase que encabeza este comentario: “Amamos a aquél que responde a nuestra pregunta”.

¿Quién soy yo?: “Yo es Otro

Sintetizando, y en un plano más general, Chejov está produciendo en Oleñka, modulaciones sucesivas entre la palabra y su falta, el amor y la soledad, el sentido y el sinsentido, la identidad y el desamparo, para poner en juego una modulación fundamental que engloba a todas las demás, a saber, la modulación entre lo que parece pero no es –la entidad, la identidad, el ente, lo óntico— y lo que es pero no parece, es decir, el ser, su negatividad, lo ontológico.

Respecto al estatuto de la falta, en Oleñka nos revela dos vertientes: el pathos y el deseo. La primera, mortificante, no hace más que producirle sufrimiento. Oleñka es un ser dividido por el agujero que supone no disponer de palabras originales propias. Es la matriz de lo que la enferma. Pero, por otro lado, esa falta es el resorte y fundamento de un deseo en el que podemos observar las peculiaridades de su movimiento. El movimiento hacia los objetos que aparecen delante –los ideales— movimiento que nunca consigue hacerse con el objeto que lo satisfaga. Y lo invariable como causa del movimiento, a saber, el hiato que mora en el centro del ser de Oleñka.

En relación con el tercer punto –la creación— podemos preguntarnos. ¿Qué consecuencias se pueden intuir en relación con esa falta en ser que encarna Oleñka? Sin duda alguna, la necesidad de la creación como aquello que permite mitigar los efectos mortificantes de su soledad. Si todas las identificaciones de Oleñka tienen el peso de la alienación a las palabras del Otro, en esta última asunción de una identidad –ser madre—no se aliena a nadie, es una creación que no toma como referencia a ningún ser humano concreto. En el Seminario 1, página 200, Lacan recuerda a Heine, quien, en uno de sus versos, ponía las siguientes palabras en boca de Dios:
La enfermedad es el fundamento último del conjunto del empuje creador. Creando me he curado

Pero, en el fondo, nada diferencia esta función de las otras más alienantes. Sentimos la amenaza de que también esa función caiga y deje a Oleñka, nuevamente, desamparada. Los golpes en la puerta de su casa, en esa noche ya oscura, nos paralizan, nos sostienen en vilo durante un tiempo aterrador. Tememos que esos golpes en la puerta vengan arrebatarle también el nombre de madre y su soledad primordial renueve todo su potencial mortificante.

No sé si las últimas palabras, en las que el niño sueña “No me toques”, será una nueva amenaza que aguarda en el futuro a Oleñka, quizá un guiño que contraponga el deseo de la madre adoptiva -tener el hijo que la complete de su falta en ser- y el deseo del hijo, que no podrá ser sin la separación del deseo absorbente de la madre.

No habrá remedio para Oleñka. También el nombre de madre tendrá que perderlo. ¿Será la próxima renovación de su desamparo original?

Miguel Ángel Alonso

jueves, 9 de diciembre de 2010

Amorcito de Chéjov; la lectura de MªJosé Martínez Sánchez

Nos encontramos hoy con un cuento de Chejov, del que Tolstoy afirmó que era el mejor de sus cuentos. Se trata de “Amorcito”, del que el autor se marchó en silencio y nos dejó a todos sin final. Así lo hizo el delicioso, sutil, y suave escritor ruso del que Gorki afirmó que, realmente, era un hombre bueno.

Con un humor discreto y una cierta dinámica, muy suya, el gran narrador ruso nos quiso advertir sobre múltiples aspectos del alma humana, siendo muy abundante en su obra el retrato femenino, muy bien dibujado, a pesar de que él mismo nos decía que “nadie sabe nada de la vida”.

Podríamos decir que Chejov fue el escritor del realismo, del naturalismo, y del idealismo juntos, pues en la deliciosa amalgama de sus historias caben, sin que nosotros nos demos mucha cuenta, todas esas denominaciones, pero sin excesivo ruido. Y así, en el cuento que nos ocupa, Chejov no parece alterarse ni enfadarse por nada. Sólo se va.

El cuento nos habla de la vida de una mujer, Olenka, un personaje muy simple, que necesita amor sin límites y tener siempre un hombre a su lado para sentirse viva. Es así que un día oye quejarse al pobre Kukin, de quien se enamoró enseguida por iden¬tificación. Luego vendrían Vasily, el maderero, al que sólo con oírle “ya lo quería tanto”, y luego el veterinario, que en realidad tiene su mujer de la que se había separado. Hasta aquí todo va bien y vemos que junto a ese simple personaje femenino pasan unos personajes masculinos que también parecen aparearse con ella con una facilidad y sencillez admirables. Y aunque nos sorprenda esa falta de “roce” en casi todas sus parejas, nos conformamos con la historia, pues todo podría ser, al no saber todavía lo que Chejov nos quería contar. Y el cuento se desliza por nuestro conocimiento sin mayores problemas. Pero quizá el autor lo tenía todo planeado, y tanto idilio, en parte simple y en parte poco contado, se quiebra cuando Sasha, el hijo del veterinario sueña en voz alta y pronuncia la frase terrible e inesperada del final: “Vete. No me toques”. Y así, de repente, en la última línea de ese cuento, que no sabemos cómo va a acabar, aparece la denuncia de un abuso sexual.

Y nosotros, que venimos de leer un dulce cuento lleno de humor, de placidez y concordia, nos encontramos con un retrato femenino que en este caso es una auténtica sorpresa.
Pero el cuento cumple maravillosamente su función, la de dejarnos una nueva y unitaria enseñanza sobre la conducta humana: Cualquier persona puede albergar dentro de su mente una actitud que puede ser dañina.

Así fue como Chejov nos demostró ser el escritor más humano de aquel momento cuando ya se anunciaba entre nosotros una literatura más des-humanizada que sólo se apreciase por sí misma, sin tener en cuenta su inspiración en las historias personales, ni lo que ella pudiera tener de influencia en los seres humanos.

Dicen que Tolstoy comentó en su día la posible idea de Chejov de humillar en el relato a esa figura femenina, pero que al ir desarrollando la historia, Olenka fue haciéndose tan sumisa y dependiente entre sus manos, que al escritor le invadió la piedad hacia ella y no la condenó.
Porque ¿podríamos condenar nosotros a la mujer que, según parece, abusaba del niño al que cuidaba como si fuera su hijo y por quien daría la vida? Chejov ha conseguido que no. La historia nos ha impactado, y por supuesto que condenaríamos la acción por ser una acción reprobable, pero que tal como nos la describe el autor, no sabríamos cómo juzgar, porque solemos tener de los abusos sexuales a menores otro tipo de información, que aquí es escasa, y porque con la simpleza Olenka nos hemos quedado desarmados.

Chejov, sabio contemplador de la vida y cuentista sin par, sale de la historia de puntillas porque siempre fue un gran defensor de la dignidad humana que aquí tampoco quiso romper.
Y para finalizar el cuento, pensemos que seguramente al llegar el padre del niño, se acabaría el problema, primero, porque el hombre tal vez vuelva a acostarse con Olenka, y segundo, porque seguramente el padre cumpliría con su papel de poner orden en aquella demasiado estrecha relación madre – hijo.

Y colorín colorado... esta historia se ha terminado, pero sin olvidar la enseñanza que Chejov, y todo cuento nos han querido dejar.


Mª José Martínez Sánchez

martes, 30 de noviembre de 2010

Una fantasía y la realización textual de su deseo. Un artículo de Rosa López

Estamos ante una historia impresionante. Veremos en ella hasta qué punto el deseo de un sujeto puede guiar y determinar tanto los actos de su vida como su destino. La historia es la siguiente:

Se trata de un joven de 17 años que, desde la ciudad en la que realiza sus estudios, escribe una carta a su amigo del pueblo en la cual le comenta las vicisitudes y los resultados de los exámenes de lo que correspondería al final del bachillerato. Entre otras cosas le comenta que en la prueba de griego, el profesor le había puesto la nota más alta entre todos los alumnos, porque el tema que le había tocado traducir pertenecía a una de sus lecturas favoritas. Se trataba de un pasaje del Edipo Rey de Sófocles. En la carta bromea con el amigo y le aconseja que ate sus cartas y las guarde bien porque, quien sabe si algún día no serán importantes. Pues bien, esta carta que os comento, llegó a ser tan importante que encabezó uno de los libros más importantes de este siglo: La interpretación de los sueños.

El joven del que les hablo es Sigmund Freud. Ya desde su adolescencia estaba verdaderamente persuadido de que estaba destinado a hacer algo grande en la vida. En realidad, esta fantasía es bastante común en los adolescentes, pero lo más curioso e interesante es cómo los deseos de Freud van realizándose casi al pie de la letra de una manera verdaderamente prodigiosa.

Después de que Freud acaba el bachillerato pasaron muchas cosas. Como se sabe, el camino que eligió no fue precisamente fácil. El saber que estaba inventando no era bien recibido por sus contemporáneos, eran pocos los que le acompañaban en su camino. Sin embargo, esta cantidad de obstáculos con los que Freud se encontró, no le impidieron seguir adelante pues estaba movido por un Deseo sin ambages, sin vacilaciones.

De esta manera llegamos a su 50 cumpleaños, donde otro acontecimiento vuelve a traernos la figura de Edipo enlazada a una realización del Deseo, mejor diríamos, una realización casi textual del Deseo.

En 1906, Freud cumple 50 años. El pequeño grupo de sus allegados de Viena le hacen un obsequio. Se trata de un medallón que lleva esculpido, en el anverso, el perfil de Freud, y en el reverso la imagen de Edipo en actitud de responder a la esfinge. Lo más impresionante es que, en el contorno del medallón, habían inscrito una frase de la obra de Sófocles que dice:

"Experto en enigmas insignes que hubo de llegar a ser el primero de los humanos".

Ernest Jones, en su biografía de Freud, nos cuenta que este obsequio dio lugar a un curioso incidente. Dice que cuando Freud leyó la inscripción se puso pálido, agitado y, con voz estrangulada, preguntó a quién se le había ocurrido semejante idea. Añade Jones que su actitud era la de quien se encuentra con una especie de aparición angustiosa. Cuando Freud consiguió sobreponerse a esta primera impresión, les comentó que se había quedado muy impactado porque, cuando era joven estudiante, acostumbraba a pasearse por los patios de la universidad de Viena, y mientras se fijaba en los bustos que allí había de los profesores insignes de la institución, pensaba que su busto estaría un día entre ellos. Pero lo que sí es más específico y particular es que la fantasía de Freud se completaba, no sólo con que su busto estuviera allí, sino que debajo del busto estuviera inscrita justamente esa frase del Edipo Rey de Sófocles.

En 1955, ya muerto Freud hacía bastantes años, fue Ernest Jones el encargado de descubrir el busto de Freud en el atrio de la universidad de Viena, en el que se pueden imaginar que va inscrito el lema del Edipo Rey de Sófocles:

"Experto en enigmas insignes que hubo de llegar a ser el primero de los hombres".

Rosa López